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1968

Los mitos actuales

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1968
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El mito del igualitarismo

EL MITO DEL IGUALITARISMO
POR
EuGENW VÉGAS LATAPIE.
El igualitarismo postula la absoluta igualdad jurídica, políti­
ca y social de todos los hombres, Constituye un desarrollo pato­
lógico
y monstruoso de un principio verdadero, siempre defendido
y propagado por
la Iglesia Católica: el principio de la igualdad de
natnraleza de todos los hombres.
El origen del mito -o quimera del igualitarismo se esconde en
la noche de los tiempos, quizá como eco-difuminado-del recuerdo
del
Paraíso perdido por nuestros primeros padres. Platón, en "El
Político", habla de una legendaria Edad de Oro, en la que los
hombres estaban gobernados por la divinidad en persona, sin
precisar de constitución política. Ningún hombre tenía mujer ni
hijos; los árboles les suministraban frutos en abundancia sin ne­
cesidad
de cultivo, pues la tierra los producía espontáneamente;
vivían desnudos y dormían sobre el césped a campo raso.
Dos mil años
más tarde Cervantes pone en labios de Don
Quijote añoranzas semejantes a las recogidas
por Platón. Así, en
su discurso a los cabreros dice
el caballero de la Triste Fignra:
"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos
pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en
esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aque­
lla
venturosa sin fatiga alguna, sino porqtie entonces los que en
ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en
aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era nece­
sario para alcanzar su diario sustento tomar otro trabajo que
alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberal­
mente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto ... "
¡¡Las solícitas y discretas abejas ofrecían a cualquier mano, sm
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interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo fruto. Los alcor­
noques les daban sus livianas
cortezas con que comenzaron a cu­
brir sus casas. La pesada reja del corvo arado no abría la tierra,
que ésta, sin ser forzada, ofrecía con qué hartar, sustentar y de­
leitar a los hijos que entonces la poseían ... "
Estos fantásticos sueños de una pretendida Edad de Oro eran
totalmente inofensivos, sin derivaciones prácticas de importancia,
meros productos de la imaginación desenfrenada de los forjadores
de utopías. Pero _en el siglo xv 1n, Juan J acabo Rousseau y sus
numerosos seguidores lograron convencer a muchos de sus cré­
dulos lectores de
la posibilidad de restaurar esa legendaria Edad
de Oro, anterior al pretendido pacto social, en que los hombres
eran buenos por naturaleza, püt no haber sido aún pervertidos por
la sociedad, y vivían libres y felices, sin gobierno y sin propiedad,
como lo demostraban esos buenos salvajes que decían haber des­
cubierto
en remotos rincones ele América. Muy linajudas damas
y muchos que se creían filósofos se embelesaron con la imagen del
"buen salvaje" y fue tema predilecto de los "salones literarios"
y de las "sociedades de pensamiento" divagar sobre ese bucólico
estado
anterior al pacto social y sobre los medios de arrastrar de
raíz la sociedad existente, para restablecer esa quimérica e idílica
situación
en que imperaba la igualdad absoluta y florecía sin obs­
táculo algnno la virtud natural de los hombres.
Desde entonces, aquel idealismo meramente imaginario e in­
ofensivo se corvirtió en quimera propagada y perseguida por vi­
sionarios
y agitadores. "Libertad, Ignaldad, Fraternidad" fue la
divisa
de la Revolución francesa. La igualdad de derechos y la
soberanía nacional fueron
expresamente reconocidos en la De­
claración
de Derechos de 1789. Sin embargo, esa misma Declara­
ción consagraba al derecho
de propiedad privada como un derecho
natural, imprescriptible (art. 2."), inviolable y sagrado (art. 17),
con lo que
la desigualdad económica quedaba subsistente. En ejer­
cicio
de su libertad Francisco Emilio (Gracchus) Babeuf lanzó
su "Manifiesto
de los iguales" y otros_ escritos propugnando el
comunismo, que trató de llevar a la práctica, lo que le valió subir
las gradas de la gnillotina en 1797. No obstante la cruenta repre-
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s10n, el ideal igualitarista siguió extendiéndose, favorecido por
la infrahumana situación en que se vio sumida la clase obrera
desde los albores de
la era indnstrial, víctima indefensa de la
avaricia de
la' burguesía atea y capitalista al haber prohibido en
1791, la
Ley Le Chapellier, toda asociación obrera, En junio de
1848
muchos miles de obreros inspirados en ideales igualitaristas
murieron en las calles de
París luchando desesperadamente contra
las tropas de la recién nacida segunda república francesa.
El mismü
año en que Marx y Engels lanzaron su famoso "Manifiesto" los
ideólogos del comunismo
ya habían encontrado numerosos segui­
dores dispuestos a luchar con todas sus fuerzas
para la implanta­
ción de sus teorías.
El igualitarismo.
El igualitarismo se trata de justificar mediante razonamientos
del tenor siguente:
"La igualdad de los hombres es una ley esta­
blecida
por el mismo Dios. Todos nacmi.os llorando, todos mori­
mos suspirando: la naturaleza
no hace diferencia entre pobres y
ricos, plebeyos y nobles y la religión nos enseña que todos tene­
mos
un mismo origen y un mismo destino. La igualdad es obra
de Dios ; la desigualdad es
obra del hombre; sólo la maldad ha
podido introducir en el mundo esas horribles desigualdades de
que es víctima
el linaje humano; sólo la ignorancia y la ausencia
del sentimiento de
la propia dignidad han podido tolerarlas." Los
párrafos que preceden los pone el filósofo Balmes en labios de
un "declamador'', y después de reconocer que hay en esas pala­
bras errores capitales y verdades palmarias las somete a
una sen­
cilla pero profunda crítica en
el capítulo XIV de su conocido libro
'1El Criterio".
Coincide con
el declamador pintado por Balmes el tristemen­
te célebre abade de Lamennais, precursor de la democracia cris­
tiana, de quien son estas palabras:
"Dios no ha hecho ni pequeños
ni grandes, ni dueños ni esclavos, ni reyes ni súbditos;
ha hecho a
todos los hombres iguales.
Pero entre los hombres, algunos tienen
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más fuerza o cuerpo o espíritu o voluntad, y son esos quienes
intentan dominar a los otros, cuando, el orgullo o la codicia ahogan
en ellos el amor a sus hermanos".
Los conceptos que preceden, y otros semejantes, son indu­
dablemente halagadores a los oídos de las masas y tamhién a los
de gentes de mediocre formación o dominados por la envidia. Sin
embargo, los más de ellos no resisten a un sencillo examen hecho
a la luz del seutido común y de la razón natural. Entremezclados
con algunas verdades parciales, esos conceptos constituyen una
serie de principios falsos, imposibles de realización práctica, pero
capaces de seducir y arrebatar a muchos que se sienten ofendidos
en su orgullo íntimo por la existencia de cualquier desigualdad,
tanto si es natural como si es adquirida o accidental. Todos los
hombres,
por haber heredado la naturaleza caída de nuestros pri­
meros padres, estamos propicios a caer
en la tentación que nos
incita a rebelarnos contra
toda superioridad. Claro es que la gra­
cia divina puede fortalecer nuestra naturaleza viciada y preser­
vamos de caer en la tentación. Pero para ser favorecidos con la
gracia, don gratuito de Dios, es necesario que la pidamos con
corazón puro y pongamos todos los medios precisos para alcan­
zarla. Ahora bien, en
el mundo actual tan naturalista y tan sel­
vático
----<,l calificativo es del inolvidable Pío XII-son escascs los
que impetran la gracia divina y, po,r el contrario, son legión los
que tienen como único anhelo conseguir la felicidad en esta vida,
cosa que esperan alcanzar mediante las reformas de las estruc­
turas sociales y económicas.
Sería ciego quien no percibiera la existencia de una enorme co­
rriente igualitarista que, impulsada por todos los medios de co­
municación social, amenaza con arrasar desde sus raíces lo que
aún subsiste de civilización cristiana, para en su solar intentar la
construcción
de la ansiada ciudad igualitaria. Gracias al desarro­
llo industrial y a la iguadad económica, los igualitaristas esperan
desterrar el viejo princip,o de que este mundo es un valle de lá­
grimas para en su lugar establecer un paraíso desacralizado, que
hará realidad en esta vida el bienestar y la felicidad de sus mo­
radores.
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EL MITO DEL IGUALITARJSMO
Es evidente que la corriente igualitarista es muy fuerte y que
va adquiriendo
un ímpetu avasallador. Las fatalistas y creyentes
en la llamada corriente de la Historia, consideran a ésta como
irreversible, siendo inútil luchar contra ella
y proclaman que la
actitud más prudente a adoptar frente a una corriente de este
tipo es la de ponerse a su servicio, para encauzarla en lo posible,
ya que tales corrientes sociales siguen su marcha inexorable y
llegan a su final siempre. Totalmente contraria es la posición de
los que creemos que la
Historia la hacen los hombres, que los
pueblos son lo que quieren sus gobernantes y que las ideas gobier­
nan a los pueblos. En efecto, la Historia está llena de hechos que
demuestran que los hombres no son objetos inertes en
el curso de
los acontecimientos, sino sus sujetos activos. Ante cualquier fe­
nómeno social o político que se produzca lo racional y lo pru­
dente es someterlo a un detenido estudio, y si el juicio que se
obtiene es negativo, o sea.que el fenómeno contemplado es malo,
lo que procede es combatirlo hasta conseguir su destrucción. Así,
al desplomarse en abril de 1931 los últimos vestigios de
la Monar­
quía liberal en España, que no había
impeclido el nacimiento y
desarrollo de las fuerzas revolucionarias pero sí contenerlas por
cierto tiempo, irrumpió en
nuestra vida pública una corriente an­
tirreligiosa
y antisocial, tan vigorosa que hada presagiar que
nuestra patria fuera arrastrada a una situación de anarquía
y de
crimen institucionalizados.
Pero frente a esa corriente revolucio­
naria, que fue también calificada de irreversible e inexorable,
se
irguieron una serie de hombres de pro resueltos a combatirla deno­
nadamente, incluso a precio de sangre, en
torno a los cuales se
aglutinaron muchos otros españoles resueltos, como los héroes
del Libro Sagrado, a morir con la espada
en la mano, mejor que
contemplar la ruina de su templo
y la destrucción de su pueblo,
que lograron producir otra corriente contrarrevolucionaria que al
enfrentarse con
fa que venía disfrutando del monopolio de la calle
y de los puestos oficiales dio lugar al memorable Alzamiento
Nacional que venció a
la corriente revolucionaria a precio de rau­
dales de sangre.
i Loor eterno a Ramiro de Maeztu, Víctor. Pra­
dera, José Antonio Primo de Rivera, José Calvo Sotelo, ... jefes
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
espirituales de la Cruzada, y que el recuerdo de su gloriosa muer­
te nos sirva
de estímulo para seguir fieles a los ideales en cuyo ser­
vicio alcanzaron
la palma del martirio! Su ejemplo y el de in­
contables héroes anónimos constituye un elocuente mentís a quie­
nes sustentan la teoría de la marcha irreversible de la llamada
corriente de
la Historia. No recomendaré nunca bastante a este
respecto
la lectura de la magistral exposición que sobre "el sen­
tido de la Historia" pronunció Jean Mad.iran en la apertura del
IV Congreso de Lausanne en abril de 1968 (1).
Para poner de manifiesto con la mayor claridad posible los
errores fundamentales sobre los que se asienta el mito o quimera
del igualitarismo es necesario exponer sumariamente lo que enseña
el derecho natural y la doctrina pontificia sobre la igualdad de los
hombres
y sobre las desigualdades.
Igualdad de los hombres.
La doctrina católica ha sustentado siempre que existe entre
todos los hombres una igualdad fundamental de naturaleza. Cada
hombre, por el mero hecho de serlo, representa un valor tras­
cendente y absoluto por haberle dado Dios un alma inmortal.
"Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios'', nos en­
seña el primer capítulo del Génesis. La identidad de la natura­
leza humana constituye la igualdad natural de los hombres como
hombres y la identidad de los derechos que nacen con aquella na­
turaleza forma la igualdad jurídica natural de todos los hombres.
Por esta razón todos los hombres desde que nacen tienen un de­
recho igual a su vida, a su libre inclinación respecto del Bien y
a defender aquella vida y esta tendencia.
"El alma es la que lleva impresa la imagen y semejanza de
Dios
-dice León XIII en la Rerwm N ova,rum-. En esto son
todos los hombres iguales y nada hay que determine diferencias
(1) Publicado íntegramente en el núm. 69 de VERBO, págs. 663 y si­
guiente.., (&lit. 9peiro, S. A.).
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EL MITO DEL IGU ALIT ARISMO
entre los ricos y los pobres, entre los señores y los operarios,
entre los gobernantes
y los particulares, pues uno misnw es el
Señor de todo (Rom. 10,12)."
En efecto, todos los hombres nacen con un mismo fin que
cumplir: servir a Dios en esta vida y después gozarle en la eterna.
Al tener todos los -hombres un mismo fin que cumplir, también
tienen los mismos derechos o facultades indispensables para cum­
plir ese deber para con Dios. N adíe, absolutamente nadie, puede
privarles de esos derechos o facultades, ya sea una persona indi­
vidual, ya
lo sea el Estado o cualquier otra persona colectiva.
En el deber de servir y amar a n;os que tienen todos los hom­
bres, sin distinción alguna, se comprenden sus deberes de conser­
var su existencia
y de dirigir todas sus acciones al ~rvicio y glo­
ria de su Creador. De estos deberes absolutos para con Dios se
derivan los derechos necesarios para cumplirlos. El hombre tiene
derechos porque tiene deberes,
y tiene deberes hacia sus semejan­
tes porque los tiene con relación a Dios.
La doctrina católica constantemente ha afirmado que existe
una igualdad fundamental de naturaleza entre todos los hombres
por tener todos un solo y mismo origen. Pero por encima de est~
igualdad fundamental de naturaleza la Iglesia enseña que existe
entre los cristianos una igualdad superior en el orden sobrenatu­
ral: una misma fe, una misma esperanza, un mismo destino, un
mismo bautismo
y unos mismos sacramentos. "No hay ya judío o
griego
-escribe San Pablo-, no hay siervo o libre, no hay varón
o hembra,
¡x>rque todos sois uno en Cristo-Jesús" (Gálatas, 2, 28).
León XIII, en la encclica Quod aipostolici nvuneris enseña: "La
igualdad de los diferentes miembros sociales consiste sólo en que
todos los hombres tienen
su origen en Dios Creador, que han sido
redimidos por Jesucristo
y deben a la norma exacta de sus méritos
y deméritos ser juzgados y premiados o castigados por Dios." San
Pío X reproduce textualmente esta enseñanza en su Motu proprio
de 18 de diciembre de 1903.
* * *
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
Uno de los derechos fundamentales o innatos que se derivan
de la igualdad natural de los hombres es el de ser considerados
como persona, o sea el de ser reconocida y respetada la dignidad
humana. Como quiera que este último término se viene empleando
con enorme frecuencia, estimo
de interés extenderme en algunas
consideraciones
para precisar su verdadero sentido y cortar el
paso a equívocas o falsas interpretaciones del concepto de la tan
traída y llevada dignidad de la persona humana.
José Prisco, en su ¡¡Filosofía del Derecho", consagra el capí­
tulo 3.0 del Libro segundo a exponer el "derecho a la dignidad
personal" del que reproduzco lo siguiente: "El hombre tiene re­
laciones con las cosa,s y con las persona,s; y estas relaciones redu­
cidas a sus categorías generales son las de medí,o y de fin. Las
cosas tienen respecto del hombre la relación de medio y las per-
. sanas entre sí la relación de fin.. Por esto toda persona tiene el
deber de tratar a las demás como seres dotados de un fin propio,
y ella a su vez tiene derecho a ser reconocida como ente que tiene
un fin propio, y no como medio a los fines de otros. Este es el
derecho a la dig,nidad personal."
León XIII, en la Rerum nova:rum, enseña: "La verdadera
dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en
la virtud; que la virtud es patrimonio común de todos los mor­
tales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres''. Y
también : A nadie
le está permitido violar impunemente la dignidad
humana, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia; ni
ponerle trabas en· la marcha hacia su perfeccionamiento, que
lleva a
la sempiterna vida de los cielos."
La dignidad humana es la más preciosa cualidad que Dios ha
concedido a los hombres al haberlos creado a su imagen y se­
mejanza, cualidad o
atributo que conservan hasta el momento de
su muerte. Por su conducta abominable o criminal el hombre
puede hacerse socialmente indigno, pero no por eso pierde su
condición de imagen de Dios y hasta
el último momento de su
vida puede alcanzar su último fin. Esa imagen de Dios en que
consiste la dignidad humana debe ser respetada en todo hombre
por bajo que haya caído y
por encenagado que pueda estar en el
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vicio. Cada alma es tan itlfinitamente preciosa para Dios que no
ahorrará esfuerzos para salvar al más insignificante o al peor
de todos nosotros.
El trapense norteamericano Fray Raymond
ha escrito un precioso libro con el título Dios baja al infierno del
crim,en~ en que narra la conversación de un asesino "no sólo para
referir la grandeza del alma de aquél, que murió en la silla eléc­
trica, sino para demostrar al lector que su propia álma, como las
de todos los seres humanos, tiene
un altísimo valor". El prolo­
guista de la edición española hace admirnr la figura del inspector
de policía Austin Price "preocupado de que muera con absoluta
dignidad el criminal que ha vivido indignamente y al cual han dado
caza sus sabuesos", lo que le hace invitar a un niño y a dos Her­
manas de la Caridad a visitar en la cárcel a un reo de asesinato.·
Ahora bien, este verdadero concepto de la dignidad humana no
implica
en manera alguna el deber de respetar los errores y los
crímenes de los hombres. "Odia al delito y compadece al delin­
cuente", es un viejo af(?rismo que recoge una sabia doctrina.
Se deben denunciar, combatir, execrar los pensamientos y los
actos indignos, erróneos
y criminales, pero al mismo tiempo se
debe respetar e incluso amar a la persona que los profesa o los
realiza en atención a que ésta puede en cualquier momento arre­
pentirse de sus indignidades y obtener el perdón de Dios. En una
palabra:
el respeto a la dignidad del hombre no nos puede llevar
al respeto
y aplauso de sus indignidades.
Si nos atenemos al significado gramatical de la palabra vemos
que
"digno" es ser merecedor de algo favorable o adverso -de
ahí la frase ·"digno castigo a su perversidad"-, si bien cuando.se
emplea la palabra de una manera absoluta se toma siempre en ·su
acepción favorable y en contraposición de indigno. A su vez la
palabra "dignidad" significa la calidad de digno.
La dignidad está
en relación directa con los merecimientos y aumenta o disminuye
según los méritos o deméritos de cada persona. La dignidad se
puede empañar e incluso perder, pero basta un punto de contrición
para recuperarla. Durante siglos establecieron las leyes penas de
"cadena perpetua", "trabajos forzados a perpetuidad", "muerte
civil" y otras semejantes y1 en nuestros días, el Código Civil de
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España regula la "incapacidad para suceder por causa de in­
dignidad".
Fuera de la religión católica no hay base sólida para reconocer
la dignidad de la persona humana, pues tan sólo ella afirma que
todos los hombres, absolutamente todos, han sido creados por
Dios a su imagen y semejanza.
Si se desconoce o se niega la existencia de Dios pierden con­
sistencia los conceptos de mérito y demérito, y volverá a imperar
en la
Tierra, con mayoÍ-intensidad que nunca, la fuerza bruta
que oprimirá a los débiles.
El hombre se convertirá en el lobo de
los otros hombres.
Este derecho que tiene todo hombre a que sea respetada su
dignidad, que hoy parece indiscutible aunque de hecho
tan reite­
radamente se conculque, fue ignorado
por todos los pueblos hasta
el advenimiento de Cristo. Filósofos tan preclaros como Platón
y Aristóteles defendieron con razonados argumentos la institución
de la esclavitud. Fue Cristo quien restauró el concepto de la
dignidad natural de todos los hombres y fue la Iglesia Católica,
por
la sola fuerza de la Verdad que constituye su doctrina y por
la sangre de sus mártires, la que hizo posible la abolición de la
esclavitud, arrancando previamente de las conciencias las falsas
premisas
en que se basaba tan inhumana institución.
Son innumerables los autores católicos que han defendido la
dignidad de la persona humana. Todos los papas contemporáneos
han recordado y reivindicado esa dignidad negada y escarnecida
por los Estados totalitarios. El inolvidable Pío XII dedicó a la
dignidad humana su Mensaje de Navidad de 1956.
Es de notar
que en este documento al defender la dignidad también recordaba
los límites de esta dignidad. Con ello trataba sin duda de combatir
los peligros que encierra
el falso concepto que muchos católicos
se han formado de esa dignidad. San Pío X había denunciado el
mal en su carta N otre charg'e apostolique, de 25 de agosto ele 1910,
al escribir que "en la base de todas las falsificaciones de las no­
ciones sociales _fundamentales de Le Sill'on estaba una idea falsa
de la dignidad humana".
Con su ciencia y sabiduría de profeta inspirado, San Pío X,
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EL MITO DEL IGUAUTARJSMO
previó los males que esa idea falsa de la dignidad humana estaba
causando en
el campo católico. En efecto, en nombre de esa falsa
dignidad se ha llegado a endiosar profanamente al hombre y asentar
que todos sus pensamientos y actos, sin referencia alguna a su
moralidad, son merecedores de respeto y hasta de reverencia. Esa
pretendida dignidad exige que se rehaga su naturaleza dotándole
de una conciencia luminosa, fuerte, independiente
y autónoma,
"no obedeciendo más que a sí-misma y capaz de asumir y .cumplir
sin falta las más graves responsabilidades''.. Debe enseñarse que
"la obediencia es contraria a la dignidad humana y que el ideal
sería sustituir la obediencia
por la GJUto•ridaá consentida". "Gran­
dilocuentes palabras ----comentaba San Pío X-con las que se
exalta
el sentimiento del orgullo humano; sueño que arrastra al
hombre sin luz, sin guía
y sin auxilios por el camino de la ilusión,
en
el que aguardando el gran día de la_ plena conciencia será de­
vorado por el error y las pasiones. Además, ¿ cuándo vendrá
ese
gran día? A menos que cambie ·la naturaleza humana (cosa
que no está al alcance
de Le Sillon), ¿ vendrá ese día alguna vez?"
Los errores de Marc Sangnier, fundador de
Le Si/lor, y de
sus discípulos no desaparecieron con
la condena pontificia, como
tampoco desaparecieron los del modernismo a pesar de
la Encíclica
Pascendi y el juramento antinwdernista. Tras un período de astuto
silencio Marc Sangnier, continuó propagando sus sueños
y qui­
meras
que, posiblemente, no-hubieran obtenido gran difusión
de no haber conseguido
el apoyo, a partir de 1927, del filósofo
J acques Maritain, de
gran influencia en los ambientes eclesiásticos
por
su meritoria labor divulgadora del tomismo. Maritain, con su
empaque filosófico y sus arrebatos teológicos, ha dado
un carác­
ter aparentemente científico a las quimeras de Marc Sangnier.
En su Humanismo integral y en otros numerosos escritos se en­
cuentran remozadas las principales tesis
de Le Sillon. Quien desee
ahondar en
el tema deberá leer el áureo libro del profesor Leopoldo
Eulogio Palacios, titulado
El mito de la N uew cristwrndad y los
del presbítero argentino Julio Meihvie1Ie De Lamennais a Mari­
tain y Críticas de la c01VCepción de Maritain sobre la persona
humana.
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Partiendo de un falso concepto de la dignidad humana se pre­
tende justificar todas las concupiscencias, todos los extravíos e
incluso los crímenes de los hombres.
La dignidad humana se ha
convertido en
una especie de talismán dotado de poder suficiente
para alterar el concepto que del hombre tenía hasta ahora el pen­
samiento cristiano, capaz de
convertir en justo y saludable lo que
hasta ahora se había tenido como ilícito, y de abrogar varios pre­
ceptos del Decálogo y
muy especialmente el décimo que prohíbe
codiciar los bienes ajenos.
La falsa dignidad humana reclama la
igualdad absoluta y por ello exige que debe procederse a la e_xpo­
lización de los bienes.
Sin embargo el precepto de la Biblia es terminante: "No desea­
rás la mujer de tu prójimo, ni desearás su casa, ni su campo, ni
su siervo, ni su sierva, ni nada de cuanto a tu prójimo pertenezca"
(Dt. 5, 21),
Si la actitud de San Pío X hubiera sido debidamente secundada
y proseguida sin desmayo no tendríamos hoy que lamentarnos
de
la aparente autodestrucción de la Iglesia, en la que muchos han
suplantado la teología por la sociología. ¡ Y qué sociología ! San
Pío X calificaba de '1tremendas y dolorosas" "la audacia y la lige­
reza
de espíritu de los hombres que se llaman católicos, que sueñan
con volver a
fundar la sociedad en tales condiciones y con estable­
cer sobre la tierra,
por encima de la Iglesia católica, el reino de la
justicia y del amor, con obreros venidos de
todas partes, de todas
las religiones o sin religión, con o
sin creencias, con tal que olviden
lo que les divide: sus convicciones filosóficas y religiosas, y que
pongan en común
lo que les une : un generoso idealismo y fuerzas
morales tomadas donde les sea posible
... " "¿ Qué van a producir?
¿ Qué es lo que va a salir de esta colaboración? Una construcción
puramente verbal y quimérica, en la que veremos reflejarse des­
ordenadamente
y en una confusión seductora la palabras de libertad,
justicia,
fraternidad y amor, igualdad y exaltación humana, todo
basado sobre
una dignidad humana mal entendida. Será una agita­
ción tumultuosa, estéril
para el fin pretendido y que aprovechará
a los agitadores de las masas
menos utopistas. Sí, verdaderamente
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EL MITO DEL /GUALITARJSMO
se puede afirmar que Le Siilon se ha hecho compañero del viaje
del socialismo, puesto la mirada sobre una quimera."
Como imperativo a este falso concepto de la dignidad humana
y del humanismo antropocéntrico que se ha adueñado de tantos
intelectuales católicos, se defiende como un axioma la necesidad
de un cambio profundo y radical de todas las estructuras sociales.
Se declara periclitada y caducada la doctrina social católica que
se había venido enseñando hasta tiempos recientísimos. La otrora
tan ensalzada doctrina de León
XIII hoy se ve despreciada o
ignorada. Los arrogantes y temerarios innovadores que tanto bu­
llen en estos tiempos resprecian olímpicamente estas palabras de
la Rerum novarum: " ... si hay que curar a la sociedad humana, sólo
podrá curarla el retorno a la vida y a las costumbres cristianas,
ya que cuando se trata de resturar las sociedades decadentes, hay
que hacerlas volver a sus principios.
Porque la perfección de
toda sociedad está
en buscar y conseguir aquello para que fue
instituida, de modo que sea causa de los movimientos
y actos
sociales la misma causa que originó la sociedad.
Por lo cual apar­
tarse de lo estatuido
es corrupción, tornar a ello es curación".
Ese desprecio integral a todos los principios en que se sus­
tentó la civilización cristiana también fue denunciado
por San
Pío X al decir en 1910 a los obispos de Francia: "Vosotros sois
el pasado; ellos son los pioneros de la civilización futura. Vos­
otros representáis
la jerarquía, las desigualdades sociales, la auto­
ridad y la obediencia; instituciones envejecidas, a las cuales las
almas de ellos, estimuladas por
otro ideal, no pueden plegarse" ...
"Nos no podemos, a pesár de nuestra longanimidad, sustraernos
a
un justo movimiento de indignación. Porque se inspira a vues­
tra juventud católica la desconfianza hacia la Iglesia, su madre;
se le enseña que después de diecinueve siglos la Iglesia no ha
logrado todavía en
el mundo constituir la sociedad sobre sus ver­
dader:ls bases; que no ha comprendido las nociones sociales de
la autoridad, de
la libertad, de la igualdad, de la fraternidad y
de
la dignidad humana ... " "El soplo de la revolución ha pasado
por aquí,
y Nos podemos concluir que, si las doctrinas sociales
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de Le Sillon son erróneas, su espíritu es peligroso y su educación
funesta."
Pero si las enseñanzas de León XIII están hoy silenciadas,
las de su inmediato sucesor han sido condenadas a perpetuo pre­
sidio, hasta
el punto que J ean Madiran ha podido fundadamente
poner
como título de uno de sus trabajos (2) esta tremenda inte­
rrogación:
"¿ Ha existido San Pío X?''.
La desigualdad de los hombres.
Admitida la igualdad natural de todos los hombres en lo que
respecta a
su naturaleza y a la igualdad de los derechos que se
derivan de la misma, es forzoso reconocer seguidamente la exis­
tencia de desigualdades naturales o accidentales que distinguen
a unos hombres de
-otros. Todo hombre además de ser animal
racional, característica común o todos los hombres, tiene otras
cualidades peculiares a cada uno.
No existe ni ha existido el
hombre ideal, el tipo de hombre que podríamos llamar, metafó­
ricamente, químicamente puro, sin ninguna clase de diferencias
individuales. Mucho se
ha discutido en torno a la famosa afirma­
ción de José de Maistre de
que había conocido a italianos, fran­
ceses, rusos o persas, pero que jamás había encontrado al hombre.
Ni el autor de Las veladas de San Petersburgo, ni nadie, han
podido jamás encontrar
un hombre que sea tan sólo animal ra­
cional, sin ningún carácter individual capaz de distinguirle de
sus
semejantes, un hombre que no fuera en ningún aspecto su­
perior o inferior a
-otros hombres, que no tuviera más que 1a
esencia del hombre.
El hombre abstracto no existe. La naturaleza humana se ma­
nifiesta siempre in concreto, se individualiza en éste o en el otro
(2) Itineraires, núm. 6, ;p,igs. 174 y sigs. Véase la referencia a esta
pregunta en otro trabajo del
mismo Jean Madiratl., La Cité Catholique
aujowrd'hu,i;
traducido al castellano por Speiro, con el título Criticas a
la Ciudad Católica, cfr. págs. 164 y sig.s.
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EL MITO DEL IGUALITARJSMO
hombre y, por eso, diferenciándose los individuos humanos por
cualidades específicas, tanto físicas como morales, también se dife­
rencian en sus derechos individuales. Por el mero hecho de ser
hombre, todos los hombres tienen los derechos derivados de su
naturaleza humana: tal es el derecho a la vida, el derecho de ser
reconocido como persona, el derecho a cumplir libremente sus
deberes para con su Creador. Pero, por el mero hecho de ser
hombre, no tienen todos los hombres el derecho, por ejemplo,
de ser titulares de una hipoteca, de un usufructo, de una servi­
dumbre o de
un derecho de retracto. Estos y otros derechos tan
sólo corresponden a algunos hombres eu virtud de títulos inde­
pendientes de
su abstracta cualidad de hombres.
El que haya entre. los hombres algo de invariable, de irre­
ductible, de fundamentalmente igual,
no quiere decir que exista
entre ellos una igualdad absoluta. También todos los árboles
tienen de igual y de común el
ser plantas peremnes, de tronco
leñoso
y elevado, que se ramifica a mayor o menor altura, pero
se tendría por loco a quien sostuviera que por darse en todos ·
los árboles esos caracteres comunes hay que considerar iguales
a los pinos
y a los chopos, a los eucaliptos y a los robles, etc.
Claro es que este extremado ejemplo se refiere a árboles
de dis­
tinta especie y que las desigualdades y diferencias son debidas
a sus diferencias específicas que distinguen a las distintas es­
pecies arbóreas.
Pero reconocido esto, es un hecho que entre
los miles de millones de pinos o robles que existen no es posible
encontrar dos que sean exactamente iguales, ni siquiera dos
ho­
jas que sean exactamente iguales. Fue Leibniz quien afirmó que
no existen en el universo dos seres completamente iguales.
Conviene fijar la atención
.en que las desigualdades del
ejemplo que precede se producen exclusivamente
por razón de
sus diferencias físicas. También entre los hombres se dan dife­
rencias físicas que los distinguen.
Unos hombres son altos y
otros bajos; unos fuertes y otro débiles; unos tienen vista de
lince
y otros son miopes; unos tienen voz armoniosa y potente
y otros la tienen débil o desagradable, etc. Estas diferencias, por
injustas que les parezcan a los igualitaristas, son hechos reales
391
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
y _es imposible desconocerlas en la vida práctica. Basta apuntar
la hipótesis de que se trate
de crear un orfeón, un equipo de
fútbol o una orquesta
para que resulte evidente la locura que
supondría reclutar
sus componentes de espaldas a las dotes o
facultades que diferencian a unos hombres de otros.
Pero entre los hombres, además de las diferencias respecto
a las cualidades físicas existen las diferencias procedentes de las
facultades intelectuales y morales que tienen mayor importanº
cia.
En virtud del hecho evidente de la existencia de las des­
igualdades, sería irracional no tener presentes estas diferencias
cuando sea necesario designar a alguien
para el desempeño de
una función.
Para ser médico, ingeniero, arquitecto o abogado,
se requieren unos diplomas espe.ciales, ,pero, entre los que
han
obtenido un mismo título, también existen diferencias reales o
aparentes que trascienden a
la esfera social. Es constan_te el
anhelo de los familiares de los enfermos en que éstos sean asis­
tidos
por los médicos de mayor reputación (3).
Es un hecho palmario que entre profesionales de la misma
facultad existen grandes diferencias.
Muy pocos son muy bue­
nos, muchos son discretos,
otros mediocres, otros malos e inclu­
so los
hay pésimos. Pero con ser grandes las desigualdades pro­
cedentes de
la inteligencia o de la competencia profesional, aún
son mayores las derivadas de
las cualidades morales de los hom­
bres.
Unos son trabajadores, otros negligentes y otros ociosos;
unos son honrados, otros sin escrúpulos
y otros delincuentes;
unos caritativos
y otro crueles; unos tratan de imitar a Jesús
y otros a Barrabás, el favorecido por el sufragio popular en el
más injusto y elocuente plebiscito hecho por los hombres.
(3) No puedo olvidar la amargura con que se expresaba un antiguo
compañero mío de cuando los dos éramos soldados voluntarios de la
IV Bandera de la Legión, al darme noticias de su mujer, enferma de
cáncer, de que ésta tan sólo fuera atendida por los médicos del Seguro
y no por el doctor Marafión. Para este modesto obrero de la limpieza
del Metro no eran todos los médicos iguales, y tenía plena confianza en
que su mujer se .curaría de ser asistida por el reputado doctor. Enterado
:Marañón asistió gratuitamente a la enferma, pero, no obstante, é.'3ta murió
meses des¡pués.
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EL MITO DEL IGUAUTARJSMO
Al estudiar el problema de la igualdad y desigualdad de los
hombres,
el filósofo francés J acques Maritain distingue tres pa­
siciones: l.ª La puramente empirista o nominalista o de la filo­
sofía del esclavista;
2.' La purameute idealista o de la filosofía
del igualitarismo, y
3,.• La realista o de la filosofía auténtica de
la igualdad.
El error empirista -según Maritain-no está en pensar
que hay y que debe haber inevitablemente desigualdades indi­
viduales entre los hombres.
Está en no ver y no afirmar más
que esto y en tener prácticamente
por nada la realidad y la dig­
nidad de esta naturaleza o esencia que todos los hombres tienen
en común. A los ojos de los adeptos de esta teoría las catego­
rías inferiores están hechas exclusivamente
para servir. El be­
neficio mayor que pueden dispensarles los hombres superiores
es enseñarles a encontrar
su placer en la felicidad de aquellos a
quienes sirven y la
mejor recompensa a su fidelidad.
Al error empirista o nominalista se opone -y continúo ex­
poniendo la opinión de Maritain-la deificación idealista de la
igualdad.
Para todos aquellos que piensan, sin saberlo, como
puros idealistas, la unidad de la naturaleza humana es la de
una idea Subsistente, la de
un hombre en sí erigiéndose por en­
cima del tiempo
y cuyos individuos comprometidos en la vida
concreta son sombras sin substancia.
En esta concepción pura­
mente lógica, y no ontológica,
de la comunidad de esencia entre
las criaturas racionales,
el H omio platonicus absorbe y reabsor­
be en él toda la realidad de los hombres; la igualdad específica
entre ellos deviene real, es la única que tiene derecho a existir,
es la única reconocida
por el espíritu. Las desigualdades natu­
rales son minimizadas y las desigualdades sociales no deben exis­
tir,
ya que "el hombre en sí no puede ser desigual a sí mismo,
está ultrajado en su dignidad esencial cada vez que un individuo
es desigual a otro,
y, en definitiva, cada vez que un individuo
difiere de otro.
El error idealista a este respecto no es el pen­
sar que hay una esencial igualdad de naturaleza entre los hom­
bres; es el de no ver y no afirmar más que ·esto, haciendo re­
fluir toda la substancia humana en la sola especie abstracta y
393
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
de tener por nada, en la práctica, la naturaleza y la realidad de
esas desigualdades individuales
que se inscriben en el mundo del
singular
y de la historia y que, a pesar del peso de dolor o de
injusticia que el pecado de los
hombres o los vicios de las insti­
tuciones puede añadirles, son, en
sí, tan necesarias al movi­
miento y al desenvolvimiento -de la vida humana como la diver­
sidad de las partes lo es a la perfección de la flor o del poema."
La concepción realista del hombre rechaza tanto su visión
nominalista como la idealista.
La igualdad de naturaleza de los
hombres no es
ni una mera palabra ni la exigencia lógica de
una especie abstracta hipostasiada. Es ontológica y concreta.
Pero también son reales y concretas las desigualdades prove­
nientes
de los dones naturales o de las virtudes adquiridas o de
las condiciones sociales.
Muy numerosos textos pontificios se podrían citar coinciden­
tes con la doctrina que se acaba de exponer, pero, en aras de
la brevedad, basten estos pasajes de León XIII.
"Esrablézcase ... , en primer lugar ~dice la Rerum nova­
r~ que debe ser respetada la condición hwnana, que no se
puede igualar
en la sociedad civil lo alto con lo bajo. Los socia­
listas lo rpretenden, es verdad, .pero todo es vana tentativa con­
tra la naturaleza de las cosas. Y hay por naturaleza entre los
hombres muchas
y grandes diferencias; no son iguales los ta­
lentos de todos, no la habilidad, ni la salud, ni lo son las fuer­
zas; y de la inevitable diferencia de estas cosas brota espontá­
neamente la diferencia de fortuna."
"Aunque todos los ciudadanos -y continúo copian.do de ]a
misma encíclica-sin excepción alguna, deban contribuir nece­
sariamente a la totalidad del bien común, del cual deriva una
parte no pequeña a los individuos, no todos, sin embargo, pue­
den aportar lo mismo ni en igual cantidad. Cualquiera que sean
las vicisitudes en las distintas formas de gobierno, siempre exis­
tirá en el estado de los ciudadanos aquella diferencia sin la cual
no puede existir ni concebirse sociedad alguna. Es necesario, en
absoluto, que haya quienes se dediquen a las funciones de go­
bierno, quienes legislen, quienes juzguen y, finalmente, qúienes
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Fundaci\363n Speiro

EL MITO DEL IGUALITARJSMO
con su dictamen y autoridad administren los asuntos civiles y
militares. Aportaciones de tales hombres que nadie dejará de
ver que son principales y que ellos deben ser considerados como
superiores en toda sociedad por el hecho de que contribuyen al
bien común más de cerca y con más altas razones."
* * •
El arzobispo de Cambrai, Mons. Emile Guerri, en su libro
"La doctrine sociale de l'Église", distingue cinco categorías de
desigualdades según las diversas causas que las producen.
En
la primera comprende las desigualdades que califica de indi­
viduales: sexo, salud, inteligencia
y talento; en la segunda las
derivadas de la diversidad de funciones de ia sociedad;
en la
tercera
las procedentes de la desigualdad de cultura, posición
social, fortuna, etc. ; en la
cuarta agrupa las desigualdades que
son consecuencia del pecado de los individuos, de los ventajistas
sin escrúpulos, inhumanos
y que llegan por todos los medios;
en la quinta coloca las desigualdades derivadas del desorden de
la sociedad
y de un mal reparto de la riqueza y de los bienes
de la tierra.
Mons.
Guerry reconoce como útiles y beneficiosas las des­
igualdades comprendidas en las dos primeras categorías.
En lo
que se refiere a las diferencias
de sexo reproduce unas palabras
de
Pío XII en que afirma que"la naturaleza les ha atribuido
campos de actividad
y papeles distintos". Respecto a las des­
igualdades comprendidas en la tercera categoría, sin llegar a
reprobarlas abiertamente, deja
atisbar su disconfomidad al es­
cribir que la doctrina social de la Iglesia ofrece
un programa po­
sitivo tendente a disminuirlas progresivamente.
En cuanto a las
que incluye
en las categorías cuarta y quinta las reprueba con
vigor.
Las opiniones que emite el ilustre autor sobre las des­
igualdades procedentes de la posesión de los bienes del espíritu
y de la fortuna podrían ser objeto de aclaraciones e incluso de
fundadas impugnaciones.
También merecería estudio especial el
tan manido tópico de la mala o injusta distr1bución de la rique-
395
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
za, que a fuerza de repetirse indiscriminadamente, oportune at­
qu,e importune, contribuye a propagar-un est3.do de conciencia
en las masas contra todos los poseedores de grandes riquezas,
sin distinguir si su adquisición ha sido justa o injusta, ni el
empleo que de las mismas hace
su titular.
La opulencia no es injusta en sí misma y, por lo tanto, no
debe ser objeto de sistemática execración.
León XIII, en la
Rerum wovarum, no titupeó en encomiar a católicos "de co­
piosas fortunas" (co¡,iosis dimtiis) por su entusiasta diligencia
al ibien común, al fundar y propagar organizaciories de obreros
"con su generosa aportación económica". Lo plausible o censu­
rable no es la posesión de riquezas, sino el empleo o uso que
de ellas se haga. Las Leyes y los Tribunales sancionar a quienes adquieran pocas o muchas riquezas
por me­
dios injustos,
pero también deben proteger a quienes las han
adquirido lícitamente.
La parábola del pobre Lázaro y el rico
Epulón es altamente aleccionadora.
En el capítulo 16 del Evan­
gelio según
San Lucas se refiere cómo el rico inhumano a su
muerte va a los infiernos, en tanto que el pobre bueno fue lle­
vado por los ángeles al seno de Abraham. Ahora bien, ¿ quién
fue
Abraham? La respuesta nos la da el Génesis ( c;;p. 13, f. 2) :
"Era Abraham muy rico en ganados y plata y oro." El buen
pobre reposando
junto al buen rico; esa es la imagen palpable
de la paz social, comentan los ilustres autores de la obra "So­
cialismo y propiedad rural", recientemente editada en España (4).
Muchas y aleccionadoras consideraciones se JXJdrlan hacer
sobre los diferentes tipos de desigualdades, pero me limitaré tan
sólo a detenerme en una de ellas; en la provocada por las des­
igualdades de cuna o de familia en que se nace. Y lo haré trans­
cribiendo palabras inmensamente más autorizadas que las que
yo pudiera escribir.
"Las desigualdades sociales, incluso las que están ligadas al
(4) Socialismo y propiedad rural, Por Antonio de Castro Mayer,
Geraldo de
Proeni,;a Sigaud, Plinio Correa de Oliveira y Luis Mendoru;a
de Freitas. (Editado por "Asociación Cordobesa de Derecho Agrario",
Cruz Conde, 17; Córdoba.)
396
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EL MITO DEL IGUAUTARISMO
nacimiento, son inevitables. La benigna naturaleza y la bendi­
ción de Dios a la humanidad, iluminan y protegen a las cunas,
las besan, pero no las nivelan. Sucede lo mismo en las socieda­
des
más inexorablemente niveladas. Jamás logró ningún arti­
ficio ser bastante eficaz hasta el punto de hacer que el hijo de
un gran jefe, de un gran conductor de multitudes, permanezca
en todo en el mismo estado que un obrero ciudadano perdido en
el puéblo. Pero si tales disparidades inevitables pueden, si se
miran de un modo pagano, parecer · como una inflexible conse­
cuencia de las fuerzas sociales y de la supremacía conseguida
por unos sobre otros, según las leyes ciegas que se supone rigen
la actividad humana, y consumar el triunfo de algunos, así como
el sacrificio de otros; por el contrario, tales desigualdades no
pueden ser consideradas por una mente cristiana instruida y
educada, sino como disposición deseada ¡:x>r Dios, por las mis­
mas razones que .explican las desigualdades
en el interior de la
familia y, por tanto, con el fin de unir más ·a los hombres entre
sí,
en el viaje de la vida presente para la patria del cielo, ayu­
dándose los unos a los otros, de la misma forma que un padre
ayuda a la madre y a los hijos.
"Si esta concepción paterna de la superioridad social, en oca­
siones,
en virtud del ímpetu de las pasiones· humanas, arrastra
las almas a desvíos en las relaciones de personas de categoría
más elevada como a las de condición más humilde, la historia de
la humanidad decaída no se sorprende con esto. Tales desvíos
no bastan para disminuir u ofuscar la verdad fundamental de
que
para los cristianos las desigualdades sociales se funden en
una gran familia humana" (5).
La sociedad sin clases.
Aunque el tema se presta a escribir largas y documentadas
páginas,
en atención a la índole de este trabajo me limitaré en
(5) Pío XII, Alocución de 5-I-42. ("Discursi et Radiomessagi", vo­
lumen
III, pág. 347.)
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
esta ocasión a exponer algunas sencillas indicaciones en torno
a la quimera de la sociedad sin clases.
Los propugnadores de los sueños igualitaristas han acuñado
y puesto en circulación una serie de slogans, dotados de gran
capacidad subversiva por halagar las pasiones de las masas, ta­
les como
"la injusta distribución de la riqueza", "la igualdad de
oportunidades", la total
"seguridad social", garantizada por el
Estado Providencia... Esa~ y otras maravillas serán realidad,
dicen ellos,
el día en que desaparezcan las actuales estructuras
y sean sustituidas por la sociedad sin clases.
Casi la totalidad de los medios de comunicación social,
y
también las cátedras y ambones, susurran, insinúan o proclaman
con energía que todos los hombres serán felices en este mundo
tan pronto como se implante
la sociedad igualitaria sustituyen­
do a la execrada sociedad clasista. Según ellos, todas las injus­
ticias, miserias y dolores que han venido soportando pacientew
mente la inmensa mayoría de los hombres se deben e4dusiva·
mente a la existencia de las clases sociales.
Sin embargo, es un hecho constante que en todos los pue­
blos
y en todos los tiempos ha habido diferentes clases, como
consecuencia neces?,ria de las desigualdades económicas, cultu­
rales y profesionales de sus miembros.
Una sociedad sin clases
es imposible físicamente, pues
en tal hipótesis dejaría de haber
Sociedad, produciéndose la anarquía, pero como a
su vez ésta es
imposible, inevitablemente sobrevendría un régimen despótico
y tiránico.
Es perfectamente concebible, ya que la historia demuestra
repetidamente su posibilidad, que una clase dominante de go­
bernantes o de propietarios sea extirpada.
Basta recordar lo
acaecido en
Francia a partir de 1789, y en Rusia en 1917, en
que sus clases directoras quedaron eliminadas
y en enorme par­
te exterminadas. Pero inmediatamente de producirse esa aniquila­
ción de
una clase directora surge otra que ocupa su lugar, desem­
peñando sus funciones
y disfruta de las mismas preeminencias
que la anterior.
En ningún país comunista los gobernantes y jefes
del
Partido son iguales, social y económicamente, a los gobernados.
398
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EL MITO DEL IGUALITARJSMO
El famoso libro "La nueva clase" (6) del comunista yugos­
lavo Milovan Djilas, no hace más que confirmar el fenómeno
inevitable de la existencia de las clases sociales. Desde el punto
de vista doctrinal, nada
nueVo aporta ese libro, pero, en cambioJ
constituye una elocuente confirmación práctica de que en Rusia
y en los países comunistas siguen existiendo diferencias de
clase.
Leamos textualmente algo de lo que escribe Djilas:
"La nueva clase está formada por aquellos que poseen pri­
vilegios especiales y preferencias económicas a causa del mono­
polio administrativo que ejercen" ... "No todos los miembros
del partido son miembros de la nueva clase." ... "El partido
hace la clase,
:Pero la clase se desarrolla como consecuencia y
utiliza al partido corno base." . . . "Stalin declaró : "Si no hu­
biéramos creado el aparato habríamos fracasado. Si hubiera sus­
tituido la palabra
"aparato" por "clase nueva", todo habría sido
más claro, la nueva clase nació
_por razones objetivas y por el
deseo, el talento y la acción de un dirigente" (pág. 46) " ... el
hombre corriente considera al funcionario comunista como un
hombre muy rico y que no tiene que
trabajar" (pág. 51).
"Orlaw, en su Stalin au powvoir (París, 1951) afirma que
el sueldo de un obrero en la
U. R. S. en 1935 era de 1.800 ru­
blos anuales y el del secretario de una comisión de radio era de
45.000" (pág. 52).
"La colectivización fue una guerra terrible y desvastadora
parecida a
una empresa de locos, salvo porque fue provechosa
para la nueva clase al asegurar su autoridad" (pág. 62).
La propiedad privada fue destruida y convertida en propie­
dad colectiva. "El establecimiento de la propiedad de la nueva
clase se puso de
· manifiesto en los cambios en la psicología, la
manera de vivir
y la posición material de sus miembros ... Ad­
qmneron casas de campo, las mejores viviendas, muebles y co­
sas semejantes
y se edificaron alojamientos especiales y casas
(6) Milovan Djilas La nueva clase, E~it. Suramericana, Buenos Aires,
1961.
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
de ·descanso exclusivos para la burocracia superior, para la élite
de la nueva clase "(pág. 62).
"La nweva clase es voraz e insaciable, como lo era la b-urr­
guesía. Pero no posee las virtudes de la frugalidad y la econo­
mía que poseía la burguesía. La nueva clase es tan exclusiva
como la arístocracía, pero sin el refinamiento y la caballerosidad
orgullosa de
la aristocracia" (pág. 64).
"Con diversos impuestos y otros medios, el régimen se ha
apropiado inclusive de la participación en los beneficios que los
obreros creían les iban a dar. Sólo les han quedado las migajas
de
la mesa y las ilusiones" (pág. 72).
"Su método de dominio -el de la N. C.-constituye una
de las páginas más vergorizosas de la historia humana. Los
hombres admirarán las empresas grandiosas que llevó a cabo,
pero se avergonzarán de los medios que empleó para realizar­
las" Gpág. 73).
* * *
Pueden clasificarse en dos grupos a los partidarios de la
igualdad y nivelación social. En el primero incluiremos a los pro­
pugnadores de
la destrucción de las estructuras existentes por
medios violentos y revolucionarios, entre los que es forzoso in­
cluir a quienes titulándose católicos postulan la llamada "teología
de la violencia". Interesa
subfayar que, hasta el presente, en ningún
país se
ha implantado el comunismo por vías evolutivas o de
sufragio mayoritario, sino exclusivamente
por vías de hecho re­
volucionario.
En el segundo se pueden incluir a quienes pretenden·
conseguir su objetivo
por medios evolutivos y pacíficos.
Entre los dos grupos no existe antagonismo alguno de prin­
cipio,
ya que sólo difieren en los medios a emplear, pero conviene
tener
en cuenta lo preciosa que es la colaboración de los pacíficos
y evolucionistas
para los revolucionarios. En efecto, con mayor
o menor lentitud
van creando un clima, un estado de opinión,
propicio al igualitarismo
qtie va minando a las actuales clases
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EL MITO DEL IGUALIT ARISMO
dominantes, hasta producirlas un estado de aletargamiento que
en su momento utilizarán los revolucionarios.
Al grupo segundo pertenecen un núme_ro creciente de católicos,
seducidos por lo que estiman tienen de justo los doctrinas comu­
nistas. Aunque todavía discrepantes con la actitud irreligiosa del
comunismo,
tratan de llevar a la práctica sus postulados sociales
y políticos, desdeñando las
·enseñanzas de Pío XI de que "el
comunismo es intrínsecamente perverso" (7).
Los slogans comunistas a que antes he alulido van convirtién­
dose
en verdaderos dogmas en la mente de muchos católicos que
inconscientemente
van introduciendo en la base de las institu­
ciones fundamentales del Estado, a quién confían la capital misión
de destruir las actuales estructuras.
El Estado ya no tiene corno
fines fundamentales los de justicia, moneda y fonsadera (mante­
nimiento del orden exterior e interior), sino que es además el
monopolizador de la beneficienciaJ de la educaciónJ de la produc­
ción
... J y, además, y muy destacadamente, el órgano de la niveli­
zación social.
Para conseguir la igualdad social utiliza dos pode­
rosos instrumentos: la silenciosa
y ruinosa inflación y el impuesto.
De la inflación apenas se habla, por así convenir a los gobernantes
que la producen y a los agiotistas a quienes enriquece (8).
En cambioJ se entonan elocuentes himnos al impuesto como
instrumento apto
para realizar la la sedicente justicia social me­
diante
una constante redistribución de la riqueza. Sin embargo,
León
XIII, en la encíclica Rerum novmruni, tildada po_r muchos
de
socialistaJ enseñó : "... que la propiedad privada no se vea
absorvida
por la dureza de los tributos e impuestos. El derecho
de poseer bienes en privado
no ha sido dado por la ley, sino por
la naturaleza y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo,
(7) Cfr. en VERBO~ núm. 5-5, el texto íntegro de la E. Diviwis Re­
demptoris, y los trabajos de Jean Ousset, Loois Salleron y M0rcel de
Corte en torno
al mismo.
(8) Sobre
la inflación, la igualdad de oportunidades y otra'3 cuestiones
aludidas
en este trabajo recomiendo encarecidamente la meditada lectura
de la obra Sociedad de Masas y Derecho, que acaba de publicar la Edi­
torial
"Taurosn escrita por Juan Vallet de Goytisolo.
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EUGENIO VEGAS LATAPIE
sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común.
Procedería, por consiguiente, de una manera injusta e inhumana
si exigiera de los bienes privados más de lo que es justo bajo razón
de tributos".
Para impedir y sancionar la "injusta adquisición de la riqueza"
el Estado cuenta con un órgano encargado de tal menester, los
Tribunales de Justicia.
Por desgracia, quizá por falta de la ne"
cesaria denuncia o de las pruebas precisas, son muy contados los
casos en
que los Tribunales de Justicia pueden realizar su augusto
cometido sobre los detentadores de las riquezas
injustamente
adquiridas.
En lo que respecta al tema concreto de la sociedad sin clases
son muy numerosos los pasajes que tengo a la vista de las En­
cíclicas de León XIII, Quod ap,ostolici muneri, Rerwm novarum y
Grarves de co1111muni, pero razones de brevedad me impelen a
limitarme a recomendar su detenida lectura y a cerrar este trabajo
con los siguientes textos de San Pío X : "Nuestro predecesor ...
ha enseñado expresamente que la democracia cristiana debe man­
tener la diversidad de las clases, que es propia ciertamente de todo
estado ciertamente bien constituido, y querer para la sociedad
humana la forma y carácter que Dios, su autor, ha impreso en
ellas. Ha condenado «una democracia que llega al grado de per­
versidad que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al
pueblo
y en procurar la supresión y la nivelación de las cla­
ses»" (9).
Los sillonistas "rechazan la doctrina recordada por León
XIII
sobre los principios esenciales de la sociedad, colocando la auto­
ridad en el pueblo o casi suprimiéndola y tomándola como ideal
para realizar la nivelación de las clases. Caminan, por consi­
guiente, al margen de la doctrina católica, hacia
un ideal con­
denado" ( 10).
(9) León XIII, Graves de commu.ni.
(10) S. Pío X, carta N otre charge apostolique, publicada íntegramente
en
el núm. 34-35 de VERBO, y en el mismo núm. 1)Uede verse el trabajo
de Louis Salleron
¿ Tiene aún sentido la carta sobre Le Sillon?
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