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1968

Los mitos actuales

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1968
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El mito del marxismo

EL MITO DEL MARXISMO
POR
F'ru,,NCISTO Er,ÍAS DE TEJADA.
La utopía como dicterio.
El oyente que benévolamente me escuchare habrá reaccionado
negativamente ya con el título de mi comunicación: el mito del
marxismo. Porque hablar del marxismo como mito requiere po­
nerse enfrente de la terminología del propio Marx, quien desató
las furias de su genio iracundo y poderoso contra los sembradores
de utopías y contra los que para sus ojos andaban
aún envueltos
en las nieblas tornasoladas de los mitos. Utopistas y mitificadores
fueron denigrados en tan suma manera
por Engels y por Marx
que todo marxista que se precie estimará un insulto ser calificado
con estas palabras escandalosas y endiabladas, en las que Marx .
sintetizó uno entre los mayores calificativos para el desprecio.
Decir en labios marxistas que alguien es utópico o que maneja
mitos eqtúvale a negarle, sin más, la menor de las consideraciones,
es expulsarle del posible diálogo, echando por delante un adjetivo
donde hay
más denuesto que argumento.
Marx despachó a los precursores del socialismo moderno,
a Saint-Simón, a Owen, a Fourier, como forjadores de crea­
ciones irreales obradas, según Heinen rein uropistischen Sinn",
con arreglo a criterios de pura autopía, ya desde los trenos del
Manifiesto comunista de 1848. (KARL MARX : Die Früh­
schriften.
Stuttgart, Alfred Kroner Verlag, 1953, pág. 558.) Los
acusaba del mayor pecado para su mentalidad ebria de ciencia
orgullosa y del fatalismo mesiánico de su raza hebrea : ir contra
la corriente de la historia, una corriente que era cierta con arre­
glo a los cánones del saber
de la época, tal como Marx con-
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
cebía al saber de la época; una corriente que era ineluctable,
tal como eran ineludibles las necesarias direcciones del pregreso.
Qµedaban_ fuera de lo que Marx contaba como palanca renova­
dora de la sociedad coetánea hacia las metas ciertas de la ciudad
ensoñada del futuro socialista; fuera de la lucha de clases,
ex­
presión de la dinámica sociológica para un materialista dialéctico
que en la contraposición de las clases contempla la epifanía del
primado
de los valores económicos, Así lo dice a la letra el
Manifiesto CIYl>t.,nista: "Die Bedeutung des kritisch-utopistischen
Sozialismus und Kommunismus steht im umgekehrten
Verhiilt­
nis zur geschichtlichen Entwicklung. In desselben Masse, worin
der .Klassenkampf sich entwickelt und gestaltet, verliert diese
phantastische Erhebung
über denselben, diese phantastische Be­
kiimpfung
desselben allen praktiscl:en Wert, alle theoretische
Berechtigung.
Waren daher die Urheber dieser Systeme auch in
vieler Beziehung revolutioniir, so bilden ihrer Schüler jedesmal
reaktionaren Sekten. Sie hallen die alten Anschauungen der
Meister fest gegenüber der geschichtlichen Fortentwicklung des
Proletariats. Sie suchen daher konsequent den Klassenkampf
ab­
zustumpfen und die Gegensiitze zu vermitteln. Sie triiumen nach
immer die versuchsweise V erwirklichung ihrer gesellschaftlichen
Utopien, Stiftung einzelner Phalanstere, Gründung
van Home­
Kolonien, Errichtung eines kleinen Ikarien
-Duodezausgabe des
neuen
J erusalem-und zum A ufba u aller di eser spanischen
Schlosser müssen sie an die Philanthropie der bürgerlichen
Herzen und
Geldsacke appellieren. Allmiihlich fallen sie in die
Kategorie d.er oben geschilderten reaktioniiren oder konservativen
Sozialisten und unterscheiden sich nur noch von ihnen durch
mehr systematische Pedanterie, durch den fanatischen Aberglauben
an die Wunderwirgungen ihrer sozialen Wissenschaft" (Ibídem).
O sea: "La irnrportancia del socialismo y del comunismo crítico­
utópivo está en relación inversa del desarrollo de la historia.
A medida que la lucha de clases se amplía y se organiza,
todos
estos vanos afanes por quedar más allá de las pugnas, toda esta
contraposición fantástica, pierden su valor político y su justi­
ficación teórica. Si, por ende, desde muchos puntos de vista los
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EL MITO DEL MARXISMO
autores de tales sistemas eran todavía revolucionarios, sus dis­
cípulos no suelen formar más que sectas reaccionarias.
De cara
a la evolución histórica del proletariado, se aferran a las viejas
concepciones de sus maestos. Buscan obstinadamente, en conse­
cuencia, limar la lucha de clases y apaciguar los antagonismos.
No cesan en sus sueños de ensayar la experimentación de sus
utopías sociales, de crear falansterios, de fundar "home-colonies'';
de
establecer pequeñas !carías, edición en dozavo de la Nueva
Jerusalén. Y para dar vida a estos castillos en el aire se ven
obligados a buscar la ayuda de la caridad de los corazones y
de
las ,bo,lsas de los burgueses. Poco a poco van cayendo en la
categoría de los socialistas reaccionarios y conservadores a que
antes nos referimos y de quienes ya no se diferencian más que
por
una pedantería más sistemática y por una fe supersticiosa
y fanática en los milagrosos resultados de la ciencia social."
Podría transcurrir la hora entera recopilando trechos pare­
cidos a éste, en los que asomara la querella dura
y pertinaz de
Carlos Marx contra sus predecesores inmediatos, los para él
utópicos fantásticos y ensoñadores de mitos que fundaran el so­
cialismo moderno. Son enemigos despreciables :porque carecen
de lo que Marx más estimaba:
la consciencia de la estructura
científica de la historia, como quehacer que se va realizando paula­
tina y forzosamente según dialéctica de las fuerzas económicas
en una evolución cierta e inaplazable cuya consumación tendrá
lugar
en el paraíso futuro, siquiera el puente hacia esa felicidad
segurisima haya de tenderse de la orilla del capitalismo a la
del comunismo, pasando por el apocalíptico puente de la re­
volución.
Igual que Marx piensa Engels, el bnrgués tudesco de Bremen
que fue angel tutelar
y testamentario oficial del judío tudesco
de Renania. El An1ti-DrÜhriwg es, en resumidas cuentas, un des­
atado furor polémico contra la ineficacia de los utópicos del
socialismo, "alquimistas sociales." (traducción castellana de Wen­
ceslao Roces. Madrid, Cenit, 1932, pág. 18), esto es, ayunos de
saber científico, artesanos ignaros de la ciencia social y de la
historia dialécticamente materialista. Saint-Simon, Owen y Fo1.1,-
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rier, los mismos tres puestos en la picota de la indignidad en el
Manifiesto carnUJJ1,ista de 1848, tienen por nota común la de "no
ser representantes de los intereses del proletariado, que entre
tanto había surgido de un producto histórico. Al igual que los
racionalistas, estos tres autores no se proponen emancipar a
una clase determinada, sino a toda la humanidad. Y lo mismo que
ellos, pretenden instaurar
el reino de la razón y de la justicia
eterna" (pág. S). Estos apóstoles primeros no merecen admiración,
ni siquiera consideración ninguna, porque son unos ilusos for­
jadores de utopía, a la cuneta del sendero por donde fatalmente
van caminando los
pasos de la historia. Aprisionados en su co­
yttntura incipriente y burguesa, su mirada miope no perforó los
horizontes del mañana, envueltos en la densa neblina que sola­
mente consiguió despejar Carlos Marx merced a sus saberes
científicos y a haber planteado con rigor de ciencia lo que para
ellos era aún confusa imagen de fantástica utopía moralista.
"Esta situación histórica -decretará Friedrich Engels-informa
las doctrinas de los fundadores del socialismo.
Sus teorias incipien­
tes no hacen más que reflejar el estado incipiente de la producción
capitalista, la incipiente situación de clase. Querían sacarse de la
cabeza la solución de los problemas sociales latente todavía en las
condiciones económicas embrionarias de la época. La sociedad
no encerraba más que males,
que la razón pensante era llamada a
remediar. Tratábase de descubrir un sistema nuevo y más per­
fecto del orden social,
para imponérselo a la sociedad desde fuera
por medio de la propaganda, y a ser posible predicando con el
ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo de
conducta. Estos nuevos sistemas sociales nacían condenados· a
moverse en
el reino de la utopía; cuando más detallados y minu­
ciosos fueran, más tenían
que degenerar forzosamente en puras
fantasías" (pág. 281 ).
Los dos corifeos hermanados del socialismo con ínfulas de
científico desdeñan hasta el desprecio a los predecesores
inme­
diatos. Y lo que es más grave, el desprecio baja tantos escalones
qUe su evocación provoca todo lo más ironías y censuras. Llamar
utópico a un socialista será arma arrojadiza en
el combate
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EL MITO DEL MARXISMO
ideológico. Un arma venenosa, puesto que va untada del veneno
del ridículo. Quien la reciba en sus carnes de .pensador es hombre
muerto. Utópico será
~ra Marx y para Engels sencillamente
apelativo denigrante, y formularlo equivale a excluir incluso del
estudio a quien ya, una vez definido por utópico, carece siquiera
del derecho a merecer los honores de la refutación.
La utopía oomo réplica.
Y, sin embargo, el calificativo de utópiC;o, dardo envenenado
en las polémicas, iba a ser lanzado contra el mismísimo Marx por
su rival más inmediato, aquel Pedro José Proudhon, cuya cuna
ya francesa se meció en la tierra españolísima del Franco-Con­
dado de Borgoña. Porque es el caso que Proudhon replica a
Marx tratando de utópico al socialismo científico que Marx
profesa. Si
Marx le ataca nominalmente en el Manifiesto comu­
nista (Die
F~ühschriften, 555) como burgués pequeño cuya as­
piración va en buscar una burguesía sin proletariado, "die
Bourgeoisie ohne das Proletariat", en una Nueva Jerusalén
utópica y absurda, Proudhon le refuta echando mano de idéntica
arma denigradora: la de definirle
utópico y fantástico.
En su referencia a las utopías sociales, desde la República
de Platón a la I caría de Orbet, está sigilosamente incluido el
socialismo científico de
Marx en el capítulo XII del Sistema de
las contradicciones econ:ómi;:as o Filosofía de la miseria. He
aquí sus palabras: "Lo primero que me :puso en guardia contra
la utopía comunista, y de la cual ni siquiera sospechan sus
partidarios, es que la comunidad es una de las categorías de la
economía política, de esta pretendida ciencia que
el socialismo
tiene la misión de combatir y que
yo he calificado de descripción de
las rutinas propietarias. Así como
la propiedad es el monopolio
elevado a la segunda potencia, la comunidad es la exaltación del
Estado, la glorificación de la policia. Y así como
el Estado se
estableció, en la quinta época, como una reacción contra el mono­
polio, así también, en la fase a que hemos llegado,
el comunismo
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FRANCISCO EL/AS DE TEJADA
se presenta a dar el jaque-mate a la propiedad. -El comunismo,
pues, reproduce, aunque en sentido inverso, todas las contradic­
ciones de la economía política. Su secreto consiste en sustituir
al individuo ,por el hombre colectivo en todas las funciones so­
ciales: producción, cambio, oonsum.o, educación y familia. Y como
esta nueva evolución no concebía ni resuelve nada, llega fa­
talmente, como las anteriores, a la iniquidad y a la miseria. -
Así, pues, el destino del socialismo es conipletamente negativo;
la utopía comunista, salida del dato económico del Estado,
es la contraprueba de la rutina egoísta y propietaria. Desde este
punto de vista no carece de utilidad, y sinre a la ciencia social
como sirve a la filología la oposición de nada a algo. El so­
cialismo es una logomaquia" (trad. de Francisco Pi i Margall.
Buenos Aires, Editorial Américalee, 1945, pág.
529).
Que Carlos Marx acusó el golpe, no obstante no fuese ende­
rezado directamente contra él., dícelo a las claras la violencia
desmesurada con que desabridamente responde en el Manifiesto
de 1848 y el tono asperísimo con que a la Filosofía de la miseria
respondió con Das Elend der Phüosophie, La miseria de la filo­
sofía. Es que Proudhon había combatido lo que era más sagrado
para
Marx: la cientificidad del socialismo, fuera de la cual no
había más que sueños de utopía, mitos edificados en el aire. Y
Marx,
por encima de todo, no es, no quiso ser jamás, aquel varón
a la caza de fórmulas, "der Mann auf der Jagd nach Formeln"
que reprochara a Proudhon
en Das Elend der Philosophie ( en
Die Frühschriften, 514). Si para Marx, Proudhon se coloca las
ideas sobre la cabeza, "stellt als echter Philosoph die Dinge auf
den
lKopf" (Das Elend der Phüosophie, 497), él quiere andar
con los pies bien apoyados sobre el suelo de la ciencia.
No le
basta contemplar de espectador
el proceso histórico, aspira a
intervenir en él. "Die Philosophen -consignó en la undécima
de sus Thesen über Feuerbach--haben die Welt nur verschieden
interpretiert; es kiOmmt darauf an, sie zu venandern". "Los filó­
sofos se han limitado a interpretar al mundo de maneras diferen­
tes; lo que hay que hacer es cambiarlo."
Donde torna otra vez la eterna acusación menospreciadora
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EL MITO DEL MARXISMO
de que son utópicos quienes no sean verdaderamente científico..-;,
según él entendía a la ciencia, con arreglo a los cánones del
materialismo histórico.
Proudhcm en la utopía, Marx en la rea­
lidad .
.El diálogo de ataques vuélvese interminable.
Si Carlos Marx fue utópico.
¿ Tenía razón Marx o la tenía Proudhon? La repuesta no
interesa tanto tocante a este último, porque es
únicamente Marx
el objeto de nuestra consideración presente. O en otros. términos:
¿ es que Marx, tan hostil contra los utópicos, pecó también de
visos de utopía? ¿ Es que Marx mereció ese para él injurioso
calificativo? ¿ Hay en el marxismo factores de fantasía, de ilu­
sión, de metafísica,
de quiméricos mitos? ¿ Sueña o no con ciudades
ideales en un mañana perfecto y luminoso, donde hayan desapare­
cido las tenebrosas nieblas del presente? Y si ello fuera así,
¿ cómo armonizar esas tendencias con su realismo férvido y con
su segura certeza de tener lois pies bien clavados en el suelo firme
de
la ciencia?
La primera observación mirando a una respuesta es la de
que, efectivamente, contra
tamañas tajantes protestas indigna­
das, los estudiosos del pensamiento utópico han incluido a
Marx
entre los acreedores a dicho calificativo. En sus Caminos dé wtopía,
Martín Buber le dedica un largo capítulo, el VIII (México,
Fondo de Cultura Económica, 1955, págs. 112-136).
En su re­
ciente Historie de rutopie, Jean Servier ha escrito que en "le
troisiieme volume du Capital retrouve le ton de toutes les ut~ies,
les images de tous les Teves nés de la civilisation industt"ielle"
(París, Gallimard, 1967, pág. 285). Utopista por cuanto profe­
tiza escatológicamente un paraíso, el paraíso socialista, al. final
del proceso certísimo y necesarísimo
de la historia, llámale Martin
Schwenke en su V om Staatsroman zur Sdence fiction. Bine Un­
tersuchW11Jg iiber Geschichte und Fwnkticm der naturwissenschaft­
liche-te-chnischen
U tapie cuando escribe: "Es ist Marx nicht
gelungen, sich volt auf den Boden der Fortschrittsidee, der
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FRANCISCO EUAS DE TETADA
wissenschsftlich-technischen Denkweisen und damit der Vetande­
rungsdenkens zu stellen. Er ist Utopist und Eschatologe, und
eine genauere Untersuchung dieses Zwiespaltes würde müglich­
erweise zu dem Ergebnis kommen, dass er Eschatologie in ihm
die Vorhand hatte" (Stuttgart, Ferdinand Enke, 1957, pági­
nas
113,-114). K. R. Popper, en los análisis de su The open socie/Jy
and its enemries, le caracteriza fundamentalmente por profeta (Lon­
don, George Routledge and sons. II (1945), 78), presentando su
titánico esfuerzo científico
en el sentido de que "the economic
research of
Marx is completely subservient to his historical pro­
fecy" (pág. 79), porque la totalidad de los trabajos científicos
de Marx son instrumentos razonados al apasionado servicio de
su mito de la perfecta sociedad socialista del futuro. Nicolás
Berdyaev, en
su The origm of Russian communism, contempla en
Marx un utópico, pero un utópico que se distingue del resto de
los utópicos en que su profecía pretende realizarse
en la tierra
y en la historia, en un espacio y en un tiempo dados (London,
Geoffroy Bless, 1927, pág. 152). Rodolfo Mondolfo ha estudiado,
en su ll materialismo storico in Federico En;gels, cómo se pasa
del utopismo al comunismo mediante la dialéctica hegeliana de
la historia (Firenze, La nuova italia, 1952, pág. 106). José Luis
López Aranguren, en El ma:rx,ismo como moral,, escribe que "el
emotivismo positivo referido
al marxismo consiste, bajo su forma
más exaltante, en
la mitificación y el utopismo. El marxismo
es convertido de este modo en una doctrina
de salvación, no
por intramundana menos escatológica, en un mesianismo, en un
mensaje profético que, a través de una apocalipsis revolucionaria,
promete
la liberadora redención" (Madrid, Alianza Editorial,
1968, págs. 25-26).
He recogido u:n poco al azar, tomándolas de los libros que
tenía más a mano; estas seis opiniones de seis estudiosos de seis
nacionalidades diferentes,
pa_ra mostrar cómo la tesis de Marx
utópico no es
rara, ni nueva, ni deleznable. Tal vez indignaría
a Marx si resucitara. Pero
el juicio del futuro no puede estar
sujeto a las presunciones de los hombres, y ojos críticos ven
frecuentemente en los actos o en las ideas de un personaje temas
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EL MITO DEL MARXISMO
contrarios a los que a él le placería fueran vistos. Marx, le
gustara o no si volviera al mundo de los vivos, pasa por utópico,
por soñador de futuros perfectos, por profeta de un porvenir
mejor, casi por el fundador de una religión nueva que encandilara
a sus secuaces con la promesa
de un necesario paraíso.
La segunda cuestión es la del contraste entre los dos aspectos
que el marxismo, sin duda con excelencias de galanuras ideo­
lógicas, pretende ayuntar por muy difíciles que parezcan los
obstáculos que se oponen al intento; la seguridad de la ciencia
con la magia de la ilusión de la utopía. Porque la novedad de
Marx, lo que trueca a
Marx en excepcional utópico, es que su
utopía no está fuera del mundo, sino en el mundo; que no es
una fantasía, sino una -certidumbre;_ que es realid~_d ca~!__ t~ngible
sin desmedros de ilusión de ensueño. Que es, en suma~-una utopía
con un topos claro: la Tierra enter"a; que es ucronía con un
tiempo indudable: al cabo del proceso dialéctico de las luchas
de clases
y tal vez si es preciso después del apocalipsis de la
revolución. Utopía y ucronía evidentes, porque a ellas llega
Marx
prescindiendo de fantasías aladas, empleando el método científico
que certifica su materialismo histórico.
La explicación está en lo novedad con que Marx relaciona lo
racional con lo real, la idea con
la "praxis" .. Para el jusnatura­
lismo protestante la razón precedía a la historia, sin que cupieran
otros acomodos que el de que
la historia se amoldase a la razón;
lo que la razón decreta habrá de realizarse por completo; el
deber prejuzga al ser; Puffendorf o Wolff trazaban la arquitec­
tura de un derecho ideal, sin necesidad de historia, al cual seguirán
o deberán seguir los hechos y las conductas de los hombres.
Hegel los funde en la Idea, donde íntimamente se enlazan en
preclaro
marid?je el "Denken" y el "Sein", el pensamiento y el
ser, la razón con la realidad, la lógica con la ontología. Todo lo
racional es real y todo lo real es racional. Al cumplirse un hecho
se realiza la Idea, y la Idea se realiza en cada uno de los hechos
que se CUIIl4)len.
Marx coloca al pensamiento detrás del hecho. No otro es el
significado del materialismo histórico respecto a su padre y pre-
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decesor el idealismo hegeliano. La filosofía es posterior a la
"praxis". En la Dewtsche ldeolügi,e está escrito: "Der Kommunis­
mus unterscheidet sich von allen bisherigen Bewegungen dadurch,
dass
er die Grnndlage aller bisherigen Produktions- und Verkehr­
verhiiiltnisse umwiilzt und alle naturwüchtingen Voraussetzungen
zum erstenmal
mit Bewusstsein als Geschopfe der bisherigen
Menschen behandelt, ihrer
Naturwiürdigkeit entkleidet und der
Macht der vereinigten Individuen unterwirft. Seine
Einrich­
tung is daher wesentlich iikonomisch" (Die Fnühschriften, 399).
Esto es, lo que distingue al marxismo de los movimientos que le
precedieren es
dar la vuelta a los planteamientos y colocar como
fundamento de todo discurso los esquemas de
la e00'10mía. La
"unw,alzende Praxis" de la te.-ee•a-de-las-Thesen iiber Feuerbach
es el dinamismo esclareciendo un sentido nuevo, en el cnal la
economía prima sobre toda otra consideración. La Idea hegeliana
queda rota, mejor, descoyuntada.
Porque ya no fnnde unitaria
y dialécticamente al "Denken" con el "Sein", sino que ahora
el "Sein" precede al "Denken". Y un "Sein", entiéndase bien,
recortado al juego de las fuerzas económícas de producción y de
consumó. La mudanza es primordialmente metodológica, mas el
cambio en el método acarrea alterar de arriba a ahajo el alcance
de los saberes, la orientación de la existencia humana y la tra yec­
toria objetiva de
la historia.
Rebeldía y revolución.
El tránsito entre ambos saberes tuvo lugar con arreglo a
esquemas vitales, cuya fenomenología ha esclarecido, Roger Muc­
chielli
en Le mythe de la cité idelJle (París, Presses Universitaires
de France,
1960).
Según esos esquemas habría que diferenciar al rebelde del
revolucionario para considerar luego, con arreglo a sus aspiracio­
nes respectivas, lo que haya
en Marx de revolucionario y lo que
tuvo de rebelde, en función de la utopía a la que constantemente
enderezó los pasos de sus afanes ideológicos.
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J]L MITO DEL MARXISMO
El rebelde es un resentido afectivo por disconformidad mental
con la sociedad que le rodea.
La rebeldía es la exaltación apasio­
nada de una diferencia de criterios que llega a cuajar en reaccio­
nes tan profundas que arrastran al individuo poseído por ellas en
la más descomunal de las embriagueces posibles : la borrachera
de las ideologías.
El revolucionario es quien, además de disconforme, eleva la
dimensión de su resentimiento apasionado a proporciones de he­
catombe. Para ser auténtica, la revolución exige la tragedia de
un apocal~sis. Los cambios han de ser totales y violentos, absolu­
tos y sin posfüilidades de retorno.
En la revolución hay que dar
el salto vertiginoso al abismo de la fantasía.
De ahí, creo yo, que haya habido muchos rebeldes, siendo
más contadas las revoluciones
.. Es que en la rebeldía tiene sed
el individuo, mientras que en las revoluciones son los dioses
los sedientos. Y la sed de los dioses, a diferencia de la sed de
los hombres, añade dos requisitos previos y precisos: el primero,
que sea una sed de absolutos, una sed fantástica de valores ra­
dicales, una
sed que arraste a las muchedumbres hacia el oasis
de la felicidad aun a costa de
ir regando con muertos los arenales
del desierto; el segundo, que les sea ofrendado
el rito de un sa­
crificio magno, una hecatornbre en la cual, no conformes con la
sangre de los cien bueyes del ritual helénico, reclaman víctimas
tras víctimas en holocaustos incesantes.
Incontables veces, delante de la juventud de nuestro tiempo,
de estos hijos de
papá que acuden a vitorear a Mao y al Ché
Guevara trasladándose a
la Universidad por lo menos en un
seiscientos, de estos burgueses que añoran un comunismo que les
cure a latigazos de la enfermedad burguesa de sus tedios estúpidos,
de estos clérigos que confunden al sermón de la ley de Cristo
con-la soflana de los latiguillos mitinescos, me he preguntado si
será signo de la historia que las rebeldías de los tontos acaben
siendo las revoluciones de los fanáticos, y si detrás de estos señori­
tos
del socialismo y detrás de estos curitas del ecumenismo de la en­
trega, no estará cavando
el futuro los insondables abismos de una
quimera, que resplandecerá después de la hecatombe tal como
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
verdean los espejismos en los arenales del Sahara. Y si tras esta
revolución de los sefioritos metidos a marxistas y de los frailes
metidos a jefes de célula no volverá a repetirse una vez más el
destino de todas las utopias terrenales : deshacerse en volutas
de humo que se lleva el viento de la realidad, una realidad que
-habrá exigido con sed de dioses revoluciotiarios 1a sangre de esos
mismos revolucionarios de café y de esos alborotadores de sa­
cristía profanada.
Porque la rebeldía es la chispa de la revolución. La rebeldía
comienza
por un individuo y se extiende todo lo más a una
parte de
la sociedad, a un grupo, a un partido, a una clase. Los
esclavos de Graco, como las partidas de bandoleros, como las
blasfemias de Nietzsche, son actitudes de rebelde. La conquista
de
la nivelación teológica en el fatalismo proclamado por Martín
Lutero, la conquista de la nivelación política en la negación de
la historia aventada por los franceses del 89 y la conquista de la
nivelación ec.onómica en la pobreza aireada por Carlos 1'.Iarx en
el siglo
XIX son i"evo~uciones, con los caracteres dichos de todas
las revol11:ciones: emborracharse de absolutos y rpasar al puente
del mafiana sobre un río de torbellinos de sangre humana.
La rebeldia es hija de la frustración de una ilusión, el choque
de un contraste agudizado. La revolución, mucho más ancha y
mucho más intensa, exige perentoriamente la utopía. Con la
revolución, masas de hombres ventean la utopía y caminan por
los
tremendos parajes del apocalipsis fanáticamente, sin impor­
tarles sacrificios ni pérdidas, con la fe ciega de que al fmal del
áspero camino pisarán las moradas de la felicidad.
La rebeldía pende de la psícología, la revolución del mito.
La rebeldía es protesta, la revolución es frenesí. La rebeldía se
explica por el juego de la conducta de los hombres como hombres;
la revolución es algo sobrehumano, porque en su hondón más
cierto lo que hay es reniego del orden divino que dispuso la
vida terrenal en valle de lágimas, es la aspiración delirante de
crear urgentemente un paraíso aquí abajo para que el hombre
pueda conseguir la felicidad por sí mismo sin ninguna necesidad
de Dfos. Por eso la rebeldía puede ser un grito desalmado de
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EL MITO DEL MARXISMO
iras y desasosiegos; pero la revolución es siempre una blasfemia.
Sin excepción, todos los revolucionarios lo que han querido más
o menos conscientemente es edificar una Jerusalén terrena que
arrincone como trasto innecesario a la -Jerusalén celeste, esto es,
que deifique al hombre, arrumbando a Dios por decaído y por
inútil. La revolución es por fuerza· el eco por los recovecos del
tiempo del
"Non serviam" luciferino. La revolución es la secula­
rización de la felicidad,
es la sustitución de la revelación divina
por un mito hechura de la razón humana.
Marx rebelde y revolucionario.
Marx comenzó siendo un rebelde por exigencias de su situa­
ción vital.
Toma conciencia de la vida enmarcado en un medio al
que no puede amoldarse. Su madre es el vástago de una familia
de rabinos holandeses, una estirpe secularmente consagrada al
estudio de la Torah; mujer sin cultura, que apenas si llega a
conseguir
expresarse torpemente en alemán, enquistada pero
nunca fundida
en la florida sociedad renana de los inicios del
siglo
xrx. Su padre es el abogado Herschel Marx, volteriano,
escéptico, hombre que
cifró_ sus ilusiones máximas en insertarse
sólidamente
en este pedazo de sociedad prusiana y que para con­
seguirlo
no dudó en pisotearlo todo, incluida la fe de sus mayores.
Marx capta desde sus .primeros balbuceos esta situación incómoda,
este arrinconamiento vital,
esta situación terrible de saberse y
sentirse al margen de la sociedad donde ha nacido. Sensación
agudizada
en un muchacho seguro de sus talentos e ilimitado en
sus ambiciones, que cada día confirma hasta la saciedad cómo
nunca
podrá desenvolver en tales ambientes hostiles el brillo
de los primeros, ni,
por tanto, cubrir los objetivos que la segnnda
le propone. En su disertación en alemán al graduarse de ba­
chiller lo dirá entre rebelde y desesperadamente: "Nosotros no
podemos abrazar la profesión a que nos creemos destinados;
nuestra situación en la sociedad se halla determinada de antemano,
antes de que podamos tomar una decisión" (en NrcOLAS BAUDY:
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FRANCISCO ELIAS DE TETADA
Le marxisme. Le crnteooire du "Ca¡Jital". París, Planéte, 1967,
página 30).
Esa rebeldía Je acerca y le separa de su admirado Hegel.
Le acerca por seducción filosófica y porque en la filosofía hegeliana
está escrito
el secreto de la necesidad de las contradicciones.
Le separa :p.orque la urgencia vital de sus ambiciones desmochadas
por
el contorno hostil de la Prusia en que vivía dan realidad
inmediata, apasionada, a lo que en la especulación hegeliana no
era otra cosa que el planear majestuoso de la Idea,
Del choque con la realidad,
la comprensión antes sentida que
razonada de que la realidad
no puede quedarse en escalones pro­
gresivos del devenir dialéctico, le salvó su orgullo, el genio mis­
terioso de su raza. Marx no poseía la fe de sus abuelos los
rabinos, que en eJ servicio de Jehová habían encanecido gene­
ración tras generación;
pero le quedaban las consecuencias vitales
de aquella fe milenaria que siglo tras siglo había empapado sus
sangres con la convicción de la superioridad que mantiene en pie
a los elegidos en medio de las adversidades. Marx no es de
religión
heb.-ea, pero tiene el orgullo altivo de quienes se saben
elegidos.
Aun perdida la fe de las Escrituras reaccionará ante
las circunstancias con la superioridad de su raza, Como un hebreo
habituado a pactar el sentido de la historia con su Dios.
Lo que trajo de nuevo el pueblo hebreo en la filosofía es el
sentido linear .de la historia, en contraposición a la visión de
los aconteceres
como sucesión cíclica de retornos paralelos que
venía siendo general en los demás pueblos del Oriente. En la
mentalidad hebrea no cabe el eterno retorno ni es la historia un
anillo de veranos que
Vienen tras inviernos y primaveras. Es
más bien una flecha disparada al infinito, cuyo arquero es Dios
y cuyo blanco es la gloria infinita del mismo Dios. El pueblo
elegido
por Jehová cruza esa historia dándola significación y
ritmo porque
es el escabel del Eterno, el instrumento por el
Eterno elegido para pregón donde manifestar sus poderlos.
Marx tenía ese mismo sentido de la historia como flecha.
Lo que sucede es que es incrédulo, es hijo del siglo xrx, es dis­
cípulo de Hegel, es
un rabino desengañado del Dios de los rabinos.
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EL MITO DEL MARXISMO
Su rabia de acorralado social y su amor por los saberes de la
ciencia que
eran el signo de su siglo, le llevan a secularizar a
Dios y
al pueblo elegido de Dios, a sustituir a la T orah por la
ciencia coetánea, a
revisar los valores de su casta. Pero la obra
secularizadora
no le apartará jamás de los cánones vitales. Es
un resentido con madera de revolucionario; su rebeldía es la
semilla que florecerá
en el terreno de su mentalidad hebrea jYdra
dar cosecha en la revolución que -lleva a otro reino de Dios en el
confín de las fronteras de la historia, por más que sea ahora un
Dios remedo y no coincidencia del Dios milenario de sus padres
y de sus abuelos.
Pierre Bigo, en M[JfY'xisme et humooisme, ha subrayado que
"par quelque ,biais qu'on aborde l'économie politique marxiste,
on est obligé de
condure qu'une affirmation d'ordre métaphysique
la traverse de
part en part: af!innation du su jet humain et de
son incomrnesurabilité avec les objets que l'entourent, affirmation
d'une reconnaissanc.e
final.e par l'Histoire de la valeur de ce
su
jet... Le souffle prophétique traverse l'oeuvre tout entiére.
Tout se fige si l'on supprime ce mouvement" (París,. HPresses
Universiiaires
de France", 1953, págs. 140-141).
En lugar de Jehová el dios de Marx es el hombre. Derrocado
Jehová de los altares del sacrificio,
el orgullo de Marx le impedía
re.conocer
otro dios extraño a su pueb.lo. El único dios será él
mismo, el hombre Marx; pei:-o, eso sí, objetivado en humanidad
con arreglo a los estilos de la
filosofía del idealismo tudesco, por
él estudiada tan a fondo. Los argumentos se los dará otro hermano
de raza, Ludwig Feuerbach,
en su Das Wesen des Christentums,
La esencia del cristianrisnio~ al sostener que "Gott ist das reine,
das
unberschcankte, das frei Gefühl ", que Dios es el sentimiento
humano puro, ilimitado
y libre (Siimtliche W et"ke. Stuttgart,
Frommanns Verlag -Gunther Holzboog,
VI (1960), 13). Ludwig
Feuerbach le enseñó
en consecuencia que son los hombres los
que fabrican a los
dioses. no los dioses loo que crean a los hombres;
que los dioses no son más que
la proyección hacia el infinito de
los anhelos
humanos, que son la objetivación de las ansias de
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FRANCISCO EUAS DE TEJADA
ilimitación y de ,perfección que el hombre tiene. El dios de Marx
será la Humanidad del hombre objetivado.
Pero Jehová tenía wi pueblo elegido, el pueblo hebreo, al que
había sacado de la cautividad de Egipto, al que había regalado
la
Tierra prometida de Canaán y al que luego había castigado
para
ejemplo de su gloria. Marx tendrá también su pueblo elegido,
el proletariado, los nuevos hebreos de la economía ,política. Lo
mismo que Israel había atravesado los siglos dando testimonio
de Jehová,
el proletariado ha ido pasando por la historia para dar
testimonio de la Humanidad.
Tal como los judíos habían confe­
sado
el reino de Jehová sin menoscabo de las más terribles ad­
versidades,
el proletariado había venido sufriendo adversidades
seculares
para confesar la gloria de la Humanidad divinizada.
Lo que seduce al lector del Manifiesto comunista de 1848, más
allá de cualquier discrepancia ideológica, es el acento solemne de
treno biblico que le inspira. Parece estarse leyendo a Jeremías
cuando predice
el castigo de los pecadores en los trechos en los
que
Marx profetiza el hundimiento de la sociedad pecadora de
la burguesía.
Es Jeremías quien habla en V, 14-15, y dice: "Por
esto, así dice Y ahué, el Dios de los ejércitos : Por cuanto habéis
dicho esto, mirad que hago
de mis palabras un fuego, y este
pueblo será la leña que devore. He aquí que voy a traer, contra
vosotros,
¡ oh Casa de Israel!, una nación lejana, dice Yaué:
un pueblo fuerte, un pueblo antiquísimo; un pueblo cuya lengua
no conoces y cuyas palabras no entiendes"'. Y es Marx quien carga
a la burguesía capitalista con el fardo de los vicios más execrables.
En el capítulo XXII del primer libro del Das Kapital el pro­
ceso de acumulación capitalista va estigmatizado ·como un latro­
cinio, "als ein Raub" (Das Kapital. Stuttgart, Alfred Kri:iner,
1957, pág. 330); un pecado original del capitalismo que daña
siempre en todas partes, por cuanto "die Erbs:ünde wirkt überall"
(ibd). Contra esos pecadores la voz del profeta del Dios de la
Humanidad divinizada es idéntica en las amenazas a las de sus
hermanos
de raza los profetas de Jehová: "Die Kommunisten
verschmahen es, ihre Ansichten und Ansichten zu verheimlichen.
Si.e erklaren es offen, dass ihre Zwecke nur erreicht worden kOn-
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EL MITO DEL MARXISMO
nen durch den gewaltsarnen Umsturz aller bisherigen Gesell­
schaftsordnung.
Mogen die herrschenden Klassen vor eine kom­
munitische Revolution zittern.
Die Proletarier haben nichts in
ihr zu verlieren als ihre Kette. Sie haben eine Welt zu
gewinnen"
(Die Frühschriften, 560). "Los comunistas desdeñan guardar en
secreto sus ideas y sus propósitos. Declaran francamente que sus
fines no
piteden conseguirse sin la destrucción violenta del en­
tero orden social
tal como ha existido hasta ahora. No carecen
de razón las clases dominadoras cuando se echan a temblar ante
la amenaza de una revolución comunista. Los proletarios no tienen
en eIIa que perder otra c_osa que sus cadenas. Tienen un mundo
que ganar."
Tienen un mundo que ganar, el mundo futuro de la utopía
comunista, el paraíso terreno de la Humanidad que deje innece­
sar.io al paraíso ttltraterrenal promesa de Dios tras la muerte.
La utopía de la vida, feliz coronación del proceso histórico, es
el motor profundo del marxismo, lo que le transforma en la
universal
palanca que es en esta segunda mitad del siglo xx.
Esa utopía es la que atrae a las gentes bajo sus estandartes. Si
se la quitárais quedarían en cuadro los ejércitos de la revolución
social.
La inmensa ~ayoría de los que se creen marxistas lo
son exclusivamente
en función de esta escatología paradisíaca
de la historia. Preguntadles,
y veréis son contados quienes co­
nocen las teorías marxistas del materialismo histórico, más es­
caso todavía el número de los que han leído El Capital. Lo que
enfervoriza a las masas no es la serie de razonamientos, sino la
fe. Lo que cada día cosecha prosélitos no son los argumentos del
economista, sino las promesas del profeta. Sobre el telón de fondo
de la política
contemporánea, Marx es el profeta por excelencia,
el nuevo profeta de las felicidades próximas, el man,pulador del
mito que desencadena la ilusión de las muchedumbres, el apóstol
de la redención del pecado original de la alienación que va a
redimir
al hombre tras la pasión de la revolución en esa ciudad
feliz que será la versión según el materialismo histórico del reino
que Jehová tiene prometido a sus judíos como final inexorable
al cabo de los tiempos. La utopía, que es el paraíso de esta reli-
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FRANCISCO ELIAS DE TEfADA
gión atea, entronizadora del hombre en el altar donde antes era
adorado u;os_
Esa utopía es la que proporciona a la rebeldía del hombre
Marx sus dimensiones de revolución universal. La auténtica fuer­
za del marxismo poderoso es esta escatología triunfalista
· en la
que el nuevn pueblo elegido, el proletariado que fue pisoteado
a lo largo de los siglos, va a edificar
por y para sí mismo el
paraíso de la Humanidad.
Lo que sí hizo Marx es razonar con datos económicos el
necesario advenimiento de la utopía. Todas sus obras son la de­
mostración de que la historia tejida eu torno
al proletariado tiene
nn
sentido rectilíneo parejo al que tenía la historia para los
rabinos de Israel.
La estructura dualista de las clases es el dua­
lismo entre los hijos de la Alianza y los
"goyin" o paganía. La
"'K]assenlage" que se actualiza como "Klasse" merced a que sus
miembros cobren el "Klassenge:fühl" que la da conciencia de tal,
es la conversión del pueblo elegido a la religión de su flamante
Dios, único verdadero según la economía política. La revolución
es el apocalipsis violento de la redención que en el acabamiento
del cumplirse los tiempos profetizados precederá al advenimiento
del novedoso reino del
u;os nuevo. El triunfo del proletariado
equivale al
certisimo triunfo de los herederos de David sobre las
puertas de sus enemigos. La utopía comunista es la secularización
del reino de la nueva Jerusalén terrena.
Y ese
reinn llegará. Lo dice el profeta Marx, que ha demos­
tradO, datos de ciencia económica en mano, la necesaria vic­
toria del pueblo elegido del proletariado, Además, en esta línea
de la evolución va la ciencia biológica materialista contemporánea
suya. Para Marx la revolución será lo que fue para Darwin la
transmutación de las especies; no la negación de la línea forzosa
de la evolución universal, sí
el impulso que acelera el proceso
evolutivo. Este profeta de barbas -bíblicas que lleva en las venas
la sangre de cien generaciones de rabinos cree en la necesidad
del cumplimiento de sus profecías científicas con idéntica fe a
como Isaías o Jeremías sintieran
la necesidad del cum¡plimiento
de las pafabras de Jehová.
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EL MITO DEL MARXISMO
Vigencia del mito del marxis-mo.
Lo que queda hoy en pie del marxismo es solamente esta
utopía, este mito que encandila a las gentes al brillo de la nueva
estrella venida de Oriente para anunciar el paraíso terrenal en
un mañana que se toca con las manos. De lo demás no queda
nada. En biología la ciencia soviética rechaza el burdo evolucio­
nismo materialista y pr-oclama que la vida no es materia, sino
estructura dinámica de la materia y, por
tanto., independiente
de ella; tal Alexander I vanovich Oparin en El origen de la vida
sobre
la tierra (Torino, Paolo Boringhieri, 1961, pág. 333). En
filosofía
del derecho Andrei I, Vishinsky en sus V oprosi Prava:
Gosudarstva i Mar,ksa (Moscva, 1949), reduce lo jurídico a la
voluntad de la clase, o sea del partido, sin curarse de las famo­
sas superestructuras por Marx tan egregiamente teorizadas. En
ética, la moral consiste rpara Roger Garaudy en su M crrxisme
au XX' siécle en la creación continua del hombre por el hombre
(París,
La Palatine, 1966, pág. 84), una versión neohumanista
que está más cerca de las Declaraciones abstractas
del 1789 que de
la misión sagrada de un proletariado que para Marx identificaba
al bien y al mal con sus conveniencias o perjuicios. En política
el entero leninismo no ha hecho otra cosa que suplantar al con­
cepto sociológico de clase
por el concepto político de partido,
visión ciertamente sobremanera eficaz en lo pragmático, pero que
es
la negación del marxismo tal como Marx lo concibió ; al paso
que todo el esfuerzo de Mao Tse-Tung han consistido en el em­
peño
de Hberar al comunismo chino de los esquemas cerrados
prescritos porr Carlos Marx, dando a cada uno de sus términos
un valer adaptable a la coyuntura china, como ha demostrado
Yung Ping Chan en su
Chinese Political ThüU!]ht (The Hague,
Martinus Nijhoff, 1966).
Nada queda en pie de la
cJbra científica de Marx entre sus
secuaces, que ante ella reaccionan de dos modos: los doctrinarios
alterándola,
el vulgo desconociéndola. Pero queda en pie, desa­
fiando adversarios, cara a las hostilidades enemigas, la
utopía de
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
su reino ideal futuro, el mito de la sociedad comunista del ma­
ñana.
Marx, que rebajó a dicterio insultante el calificativo de
utópico, está en el primer plano de nuestra época precisamente
porque fue el mayor utópico moderno, porque fue el profeta del
mito que en nuestros tiempos ha demostrado poseer mayor vigor
para apasionar a las muchedumbres: el mito del paraíso terrenal
inevitable que es la médula del marxismo contemporáneo, el mito
de la utopía del marxismo.
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