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1969

Poder y libertad

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1969
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Acción

ACCION
POR
FRANCISCO Jos:t FERNÁND:ez D:& LA CIGoÑA.
San Gregario Magno habla de los cristianos que hacia el fin de los tiempos, "obedeciendo a una falsa política, ·se,rían tí-. midos y cobardes en la defensa de la verdad, y por una cul­pable tolerancia se callarán ante la violación de las leyes di­
vinas
y humanas. Predicarán fa prudencia y la política munda­nas, y pervertirán, con sus sofismas y su facundia, el espíritu de los simples" (1).
El silencio es quizá la característica más señalada del cris­tiano en estos tiempos, _que parecen caracterizarse por el ruido, y que para algunos -por ejemplo, Marshall Mcluhan-incluso
originan un nuevo tipo
de hombre producto de estas técnicas
electrónicas que se han introducido por la voz y la imagen en todos los hogares y en todas las mentes (2).
"Esta pasividad frente al error activo y militante, esta ocio­sidad apostólica de algunos modernos católicos ante_ la pasmosa
actividad de los enemigos de Dios, esta ausencia de técnica y
organización en defensa
de Ja verdad frente al ejército unifi­cado y compacto _de los sembradores del error, parece ser la mayor traición del momento contra 1a verdad" (3). Y esto, cuando en palabras del Pío XII "es todo un mundo
(1) S. Gregorio Magno: Comentarios al libro de Job. Citado por J. Ousset, Para que 2l reine, pág. 2S/7, Madrid, 1961. (2) Cfr. Juan Vallet de Goytisolo: Sociedad de Mosas y Derecho, págs. 73 sigs.
(3) "Pastoral colectiva del ·Episcopado ecuatoriano", abril 1960, Ecc!esia, 25-II-1961; Ecclesia, núm. 1.024, ·pág. 15
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lo que hay que rehacer desde sus cimientos" (4). No puede ha­
ber mayor contradicción
entre la actividad real de los católicos
y la que deberían tener si quisieran conformar de acuerdo con
sus ideas este siglo xx en el que nos ha tocado vivir.
Sin emOO.rgo, la doctrina social de la Iglesia, el derecho
público cristiano no es un consejo evangélico cuyo cumplimiento
significaría
un mayor mérito para la vida eterna. Es en este
mundo -aunque ciertamente también en el más allá-donde
se recogerán los frutos de una civilización basada en el derecho
natural o donde se sufrirá el haberse separado de él.
Hay, pues, además de
un deber de estado, un egoísmo muy
natural en implantar una sociedad humana en lugar de la ter­
mitera con que nos amenaza el totalitarismo. Pues de ello de nuestra felicidad. O conseguimos un mundo para hombres
-y en ese mundo· tenernos que vivir nosotros y nuestros hi­
jos-o esa marea infrahumana que constituyen las masas, y
que Vallet ha descrito admirablemente en su último libro (S),
nos ahogará en la esclavitud.
Si es todo
un mundo el que hay que rehacer, esto no se con­
seguirá con el silencio, con la cobardía, con 1a inactividad. Es
necesaria, es urgentemente necesaria la acción (6). Y no hay
peor engaño que el de creer que Dios, no se sabe por qué mo­
tivos, arreglará un mundo en el que Él ha querido fuésemos nos­
otros los q_ue organizásemos ·en él la convivencia. Este sobre­
naturalismo mal entendido esconde,
tras una apariencia de santo
abandono en mano de Dios, el séptimo de los pecados capitales:
la pereza.·
A
Dios rogando y con el mazo dando, ~ice el viejo refrán
castellano, y éste ha sido el modo de proceder que siempre ha
autorizado la más ortodoxa doctrina católica. Orar como si nues­
tra acción debiera ser inútil, y actuar como si nuestra oración pu­
diera serlo también.
(4) P!o Xll: Mensaje por un mundo mejor, 10-II-1952.
(5) Juan Valle! de Goytisolo, ob. cit.
(6) Recordamos como Hbro básico La Acción, de Jean Ousset, Spei­
ro, S. A., Madrid, 1969, libro que a lo largo de estas páginas seguimos en
muchas ocasiones.
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No es necesario describir la situación actual del mundo y ex­
plicar
el porqué de nuestro disgusto ante ella. El hombre, cada
vez menos hombre pues
parece haber renunciado· al más excelso
de sus atributos, la inteligencia, está alcanzando simas poc.as ve­
ces igualadas de degeneración moral, y el hombre que no piensa
y que vive peor que los animales no merece otro trato que el de
ser conducido en manada, sintiendo sobre su espalda el látigo
del conductor.
Es esta situación la que hay que cambiar, y para conseguirlo
es preciso ~son palabras de Pío XII-vencer "la apatía o la
timidez de los buenos, que se retiran de la lucha o resisten con
excesiva debilidad" (7). Si este mundo no nos gusta, si presa­
gios siniestros amanecen, es ·necesario aprestarnos a la acción,
porque las
palabras de Demóstenes a los atenienses (8) tienen
resonarícias muy actuales: "¡ Ciertamente las cosas van mal, y
os desesperais l Pero equivocadamente. Tendríais razón, en efecto,
si habiendo realizado todo
lo necesario para que las cosas mar­
chasen. bien, las hubieseis visto sin embargo estropearse. Pero
las cosas han ido mal hasta abara porque no habeis hecho lo ne­
cesario para que fueran de otra forma. Os queda por hacer lo
que no habeis hecho,
y las cosas irán bien. ¿ Por qué, pues, os
desesperais ahora?" Somos los grandes culpables de lo que
la­
mentamos. Por eso creemos, con Ousset, que la victoria de la
Revolución, lejos de
manifest'ar una ausencia de la justicia di­
vina, expresa perfectamente
el respeto absoluto de Dios por el
plan de la creación, que atribuye, incluso al malvado, el fruto nor­
mal de su trabajo.
El labrador impío que doblado sobre el surco cuida de su
c_osecha verá cómo ésta grana, salvo especial intervención de
Dios, mientras
.que aquel que pase sus días en oración y' peni­
tencia, pero sin cuidarse de sembrar y abonar, no verá -salvo
un milagro, y ésto•s se producen en muy pocos casos-el verdoc
del trigo en primavera ni el grano dorado llenando sus trojes.
(7) Pío XI: "Quas Primas", Documentos Políticos, pi¡Íg. 511, BAC,
Madrid, 1958.
(8) Citadas por J. Ousset: La Acción, pág. 23.
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FRANCISCO /OSE FERNANDEZ DE LA CIGOl "Porque si es cierto, como. está escrito en el salmo CXI, que
«el deseo de los pecadores parecerá des1'derium peccatorum pe­
ribit>> ~ no se v.:e porque este indefectible castigo divino debería
corresponder al retorno victorioso de un ejército que no ha com­
batido, «de hijos de la luz» que no han alumbrado. Retorno vic­
torioso que sería
el insolente triunfo de estos pretendidos «bue­
nos», de los
que San Pío X no temía afirmar que por su pe­
reza, por su cobardía, son más que todos los otros el nervio del
reino de
Satán" (9).
Los versos del nicaragüense adquieren tonos proféticos (10).
"Brumas septentrionales nos llenan de tristeza,
se. mue:ren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas."
Y la
pregunta ahí se queda para que la contesteis: "¿ Callare­
mos
ahora para llorar después?"
* * *
Hay que tener en cuenta, ,sin embargo, que no hay nada más
inoperante que ese activismo
que surge de un momento de eufo­
ria o· de desesperación,
.y que lanza a gentes, quizá bien intencio­
nadas, pero que
no saben lo que quieren, a golpes de mano que
no conducen a nada.
La acción que hay que emprender eontra la
Revolución no puede ser, si
se quiere una mínima posibilidad de
triunfo, improvisada
ni momentánea. Es preciso saber muy bien
adónde se
quiere ir y dedicarse a ello intensamente y de un modo
duradero. Y
si dijimos que es toda una sociedad la que hay que rehacer
hay que
ded~carse a ello con fe y con esperanza.
La acción a emprender, una acción regeneradora del cuerpo
social, hay que realizarla en múltiples campos. En el plano fami-
(9) J ean Ousset: La Acción, pág. 12.
(10) Rubén Darío: Poesías completas, pág. 732, Aguilar. Madrid, 1954.
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iiar -¡ cuántos padres se lamentan del hijo rebelde, hijo que nun­
ca recibió de su padre una palabra de orientación f;_; en el pro­
fesional
-¡ cuántas veces magníficos profesionales abandonan al
e~ernigo, sus colegios, sus organizaciones, las mil instítucio11es
desde las que se podría imponer un dique efectivo a las fuerzas
de la
revolución!-. En el municipal y regional. En la empresa y
en la agricultura.
En el sindicato y en la política. En la parro­
quia y en la diócesis. En todo lugar tenéis que hacer sentir vues­
tra presencia. Porque "el verdadero cristiano debe serlo como
hombre individual, pe.ro debe st::rlo también en su hogar, como
jefe de una familia, d.ebe_ s_erlo asimismo :en_ .su profesión, y debe
serlo en su vida privada y en su vida pública"c (11).
Si
queremos la sociedad organizada conforme a esos princi­
pios que creemos son los. únicos que pueden salvarla, no rpodemos
contentarnos con desearlo. Y "no digais ,jam~s: Somos las mino­
rías. Acordaos de aquella frase del Evangelio pronunciada por
Jesús: «Por qué donde están dos .o tre~_ congregados en mi nom­
bre allí estoy Yo en medio de ellos». Ved cómo no ha habla­
do de mayoría. Si sois dos o tres n-0 os conteis, comenzad con au­
dacia" (12).
Y todo lo que pueda parecer imposible pensad
que. siempre
puede dividirse en posibles parciales que una vez completados
integrarán
el todo que se juzgaba imposible alcanzar. :¡ No, pa­
recía,_ .imposible que doce pescadores ga'lile~ éonquis~asen el
mundo? ·
Sin embargo, no pensemos que el camino es fácil y la victo­
ria segura. Un falso optimismo ~os haría desfallecer ante el _pri­
mer fracaso. Y cuando hemQs. ab_ando11ado tantos años el campo
al enemigo, la reconquista tiene
que ser ardua y ha de costar
sangre.
¿ Cómo podemos actuar? Este es el fin de este encuentro. Pen-
(11) Cardenal Pla y Daniel : Discurso en la clausura a la Asamblea
de Acción Social Patronal.
VEROO, serie I, núm. 3, pág. 61 (1961).
(12) P. de la Gorce, cit. por J. Ousset: Para que il reine, pág. 440.
La Glldad Católica. Madrid, 1961.
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sar juntos en posibilidades de acción, en caminos a emprender.
Lo que parece claro es que nuestra acción no puede enfocarse a
corregir un solo aspecto del desorden, porque al ser éste múltiple
hay que aplicarse a atajarlo
por doquier. Y ello, además, porque
no hay que olvidar las características psicológicas del ser humano.
El agricultor se interesará por la educación de los hijos, tema que
también preocupará al industrial; pero a éste quizá no le pre­
ocupe demasiado una sana descentralización regional o a aquél no
le interese mayormente el problema de la gestión de la empresa.
Lo que no deja de ser natural y lo que permite que
en todos los
campos existan gentes decididas y con eonocimiento
del tema dis­
puestas al combate.
Y
lo que permite también que sean múltiples las organizacio­
nes destinadas a combatir la Revolución y a restaurar el orden so­
cial cristiano. Multiplic:i,dad de grupos, que es también en sí mis­
ma una ventaja, al impedir los enormes gastos burocráticos de
los grandes organismos y sobre todo al no poder los miembros
desentenderse de la acción, como ocurre en los grandes partidos
donde la mayoría de los afiliados se limiten a votar
en las elec­
ciones,
y eso cuando votan.
Y: otra ventaja que tampoco hay que desdeñar es que al ser
mnchos los grupos existentes es más difícil
el actuai: contra ellos.
Es preciso, sin embargo, que haya una relativa unidad, que
no la darán, al no existir, el jefe o la organización única. Ese
actuar convergente que hace que todos peleando sus batallas con­
sigan la victoria final no puede lograrse más que trabajando "en
la unidad
de un mismo espíritu" (13).
Este ha de ser
el elemento sincronizador de todas las activida­
des singulares. Y el cómo conseguirlo debe ser nuestra preocupa­
ción fundamental.
Es la doctrina de la Iglesia la que puede damos a todos ese
sentir común, ese pensamiento unánime. Es preciso, pues, que
esa doctrin.a sea conocida por todos los que se lancen a ese com-
(13) J ean Ousset: La Acción, págs. 42 y sigs.
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bate de reconstrucción social. Hay que formar unas élites que
sean las mantenedoras
de la pureza de la verdad en el duro bre­
gar de la acción. Personas que conozcan la verdad y que la irra­
dien. Personas que animen a todos los cuerpos intermedios, in­
yectándoles a la vez el amor a la verdad y el espíritu de com­
bate.
Que no se r=een con la posesión de la doctrina o en
comentarla en el círculo de los iniciados, porque "de poco sirve
el propósito catequista si se confina en círculos afines, a ense­
ñarle la lección a los que ya la saben, a convencer convictos, con­
fesar confesos y repartir hojitas parroquiales entre parroquia­
nos devotos" (14).
Sólo queda
advertir que la doctrina de la Iglesia, que hasta
la década de los años sesenta había sido propuesta sin discre­
paru:ias
apreciables, es hoy falseada por clérigos y laicos que
pretenden
hacemos pasar por palabras de Dios a Marx, Mao
o Marcuse.
La exhortación de San PalJlo a Timoteo cobra hoy
renovada actualidad:
"Predica la palabra, insiste a tiempo y des­
de tiempo, arguye, enseña, exhorta con
toda longanimidad y
doctrina, pues vendrá un
tiempo~ en que no sufrirán la sana
doctrina ; antes, deseosos de novedades, se amontonarán
maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la
verdad para volverlos a las fábulas" (15). Y pretender edificar
la ciudad sobre fábulas es hacerlo sobre arena.
Por ello es to­
davía más necesario el conocimiento de la verdad, ya que no
basta cualquier
nihil obstat para garantizar· una doctrina. Es sólo
el Ubi Petrus lo que nos asegura la verdad.
Cuando proliferan los clérigos "contestatarios", cuando car­
denales hacen declaraciones lanzadas al escándalo desde plata­
formas publicitarias del más avanzado progresismo como son
las Informa/ions Catho/iqu,es lnternationoJes (16), el contrastar las
(14) Eugenio :Montes: El viajero y su sombra, pág. 134. Ed. Cultura
Española. Madrid, 1941.
(15) San Pablo: JI Epístola a TimoW!o, 4,2-4. Nácar-,Colunga. Sagrada
Biblia, pág. 1464. BcAiC. Madrid, 1955.
(16) M. ,Qement: "Um leigo assume a defesa do Papa contra um
Cardeal", Hora presente, agosto 1969, núm. 4, págs. 121-146.
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teorías con la roca inconmovible de Pedro es un norma de ele­
mental
prndencia.
Pero_ una vez ep. posesión de la _doctrina es nece~io también
un máximo de flexibilidad para no esterilizarnos en_ luchas entre
hermanos
por puntos tot~lmente secundarios. L<;>s grupos que_ se
opongan
a_ la Revolución tendrán legítima~ preferencias ,que no
serán compartidas por todos. Pero preferencias en la unidad del
mismo espíritu.
Y esas diversidades legítimas no habrán de cons­
tituir nunca motivos de d1l~nsión. ¡ Cuántas veces no_ se ha logra­
do -
una unión vital para el triunfo. por ridíc~las dife~encias ~i­
dentales ! Porque no simpatizamos con ral · persona. Porque los
miem~ros
de tal grupo no son de determinada asoc!~ción apostó­
lica.
Porque en tal otro vemos "peligrosos infiltrados" porque no
llevan
el escapulario o no practican determinada devoción. Cosas
eti sí todas ellas legítimas y muchas de ellas hasta santas, pero que
entran dentro del campo de las opciones libres o de las materias
llo esenciales.
Huy~mo~, pues,
·del uniformismO como de un pelig"fo, y si so­
mos devotos, por ejemplo, de Ignacio de Loyola comprendamos
que
otros pueden serlo de Domingo de Guzmán o de Teresa de
Jesús. Y precisamente esta unión de devociones, de métodos, de
personas son
Jo que hacen viva y operante a la sociedad, que no hay
que olvidar está compuesta de hombres que en lo único que son
iguales es
en la suprema dignidad de ser hijos de Dios.
Y una última consideración: en toda acción que se emprende
no puede perderse de vista el concepto de eficacia.
El magnífico
libro de
J ean Ousset, La Acción, indispensable para todo plan­
teamiento de la misma, y que podéis adquirir en la sección de li­
bros del Congreso, estudia, entre otros, este aspecto trascendental
de la acción (17).
Se da
el caso de católicos que piensan que con trabajar no hay
ya _,que J?reo_cuparse por el resultado,_ pu~ Dios, que ve intencio­
nes "'Y-deSVel0S, preiniará ~ su ,iloria a· aé¡uel que ha combatido.
"Importa poco la evidencia del resultado en la vida sobre-
(17) J. Ousset: La Acción, págs. 6 y sigs.
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natural, en la vida interior y de puro amor a Dios, ya que en este
orden de cosas el fin directo inmediáto es agradar a Dios, y se sabe
que esta finalidad
se consigue normalmente por el mismo ~ech~ de
dedicarse a ello generosamente.
Sin embargo, ya no
es así cuando se abordan actividades me­
nós directá.mente ordenadas a··nioS, a ·finalidades temporales es­
pecíficas.
¿ Qué se diría, por ejemplo1 del fraile cocinero que, so pre­
texto de que gana el cielo afanándose en torno a los fogones, no
se inquietase
por el efecto de sus mixturas, de sus platos quema:­
dos, de sus salsas purgantes, de sus caldos expln~ivos?
Y, asimismo, iqué se pensaría de la religiosa_ enfermera que,
a pretexto de que también gana el cielo por el hecho de ser una
religiosa orante y ferviente, no se preocupase de la ineficacia ha­
bitual de los remedios escogidos,
de los cuidados prodigados? ¿ Y
quién se atrevería a decirle: "Hermana, no se inquiete de que los
enfermos
se le mueran a chorros en cuant-9 quedan a su cargo.
Poco importa
el resultado. ¡Animo! Lo importante es que de esta
manera gane usted
el dedo?" (18).
Debemos pensar si nuestra acción es eficaz, para reconside­
rarla si
es preciso o incluso abandonarla para emprender otra
nueva si necesario fuera. Y ello con humildad y sin resentimientos.
Sólo en este caso, después de trabajar denodadamente y pre­
ocupados siempre
por la eficacia, si ocurre que la Providencia no
bendice nuestros esfuerzos, podemos llegar tranquilos al juicio
de
"Aquel que en su bondad infinita reserva a 1os que combaten
bien
por su causa una recompensa mayor que la victoria" (19).
(18) J. Ousset : La Acción, pag 7.
(19) J. Donoso Cortés: Carta al Conde de Montalambert (26-V-1849).
Citado por Eugenio Vegas, Escritos Políticos, t. I, pág. 7. Editorial Círculo.
Zaragoza, 1959.
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