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1972

Acción y contemplación

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1972
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Amor y contemplación en la poesía hispánica

AMOR Y CONTEMPLACION EN LA POESIA
HISPANICA
POR
GABRIEL DE AltMAs.
( ... así como 1a gracia santificante, al dilatarse
en la gloria, nos dará el derecho a contemplar a
Dios como El es, de igual manera, en este mun­
do por
entre las penumbras_ de la fe, la gracia
nos permitirá penetrar con los ojos de Dios en
las reconditeces de sus misterios».
Dom COLUMBA MARMIÓN.
I
Al morir el gran poera Tomás Morales, el amplio sinfonisra del
Atlántico, dejó incompleta
la composición que había de servir de
prólogo
al libro "Manantiales en la rora", de Fernando Gonzáiez.
Sólo había escrito el primer cuartero, en inspirados endecasílabos,
que dice así:
Yo sé que hay bravas gentes que desdeñan
el verbo noble y la ideal medida:
para esos pobres seres
que no sueñan,
qué poca cosa debe ser la vida.
Parece, a simple vista,
qlle estos versos del poeta canario están
en contradicción con aquellos otros · que el mejor de nuestros dra­
marurgos, Calderón de la Barca, pone en boca del Príncipe Segis­
mundo, en su famosísima obra
"La vida es sueño":
Sueña
el rico en su riqueza
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria
y su pobreza;
sueña el que a
medrar empieza;
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GABRIEL DE ARMAS
sueña el que afana y pretende;
sueña el que agravia y ofende
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
¿Qué
es la vida? Un frenesí.
¿Qué
es la vida? Una ilusión.
Una sombra, una ficción
y el mayor bien es pequeño:
que toda
la vida es sueño
y los sueños, sueños son.
¿Por qué la vida
es sueño para Calderón de la Barca? Porque es,
efectivamente, como un sueño abocado a un despertar eterno. Es como
una ilusión fugaz, que de pronto se disipa. En los endecasílabos de
Morales el sueño, sin embargo, es sinónimo de ideal. Ideal que, claro
está, hemos
de mantener, si queremos dar un sentido a esa vida fugaz,
antesala de otra imperecedera.
Frente a los ideales de odio, de violen­
cia, de resentimiento
y exterminio, que hoy ensanchan su radio de
acción-en un mundo que pierde pie y que se hundirá definitivamen­
te, de no poner remedio, es absolutamente necesario encender la an­
torcha del amor y de la esperanza. Esta es la gran misión del inte­
lectual y del artista.
El arte, que es naturaleza y espíritu a la vez, debe ambicionar,
concretamente,
en el más estricto sentido aristotélico, crear lo ver­
dadero con perfección. Por eso el artista, inspirado en la naturaleza,
riquísima en mariifestaciones
de exquisita belleza, ha de saber-prescin­
dir de posibles defectos que pueda detectar en ella, y llegar, median­
te un doloroso y feliz proceso de abstracción, a la obra soñada (poe­
sía, pintura, música, escultura ... ), que palpitaba ya, con rea:lidad pre­
sentida, en los más profundos
:11-ondones de su alma.
Creo que fue Ramiro de Maeztu quien definió el atte como un
anuncio esplendente de la resurrección. El arte debe desempeñar, en
este mundo
de miserias, una trascendental misión de amor y de be­
lleza.
Estos dos valores, amor y belleza, se compenetran de tal modo
que,
de la contemplación de lo bello, nace espontáneamente el amor,
el cual es bello y amable de por sí. Y es bien sintomático y aleccio-
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nador que fuera precisamente el discípulo Amado el que escribiera,
inspirado en
las. enseñanzas del divino Maestro, este impresionante
pensamiento: "El que no ama permanece.en la muerte" (1).
El
16 de abril de 1848 ingresaba en la Real Ácadernia Españo­
la de la Lengua don Juan Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas.
Su discurso de recepción versó sobre
la Biblia. En uno de sus bri­
llantes párrafos expone: "Tres pensamientos hay en el hombre, poé­
ticos por excelencia:
el amor a Dios, el. amor a la mujer y el amor
a
la patria: el sentimiento religioso, el humano y el político; por
eso, allí donde es oscura la noticia de Dios, donde se cubre con un
velo el rostro de mujer, donde son cautivas o siervas las naciones, la
poesía
es a manera de llama que, falta de alimentos, se consume y
desfallece. Por el contrario, allí donde Dios brilla en su Trono con
toda la majestad de su gloria; allí donde impera la mujer con el
irresistible poder de sus encantos, allí donde el pueblo es libre, la
poesía tiene púdicas rosas para la mujer, gloriosas palmas para las
naciones, alas espléndidas para encumbrarse a las regiones altísimas
del cielo·· (2).
11
Y a en los albores de nuestra lírica aflora el sentimiento religio­
so con dulces. caracteres inconfundibles. Gonzalo de Berceo, el pri­
mer poeta español de nombre conocido, en cuya alma "se escondía
alguna partícula de aquel fuego que había de inflamar
la del Dan­
te", nos sorprende con sus devotos cantos a María Santísima, en
tono deprecatorio:
Sennora Benedicta, Reina acabada,
Por mano del
tu fijo don Cristo coronada:
Líbranos del diablo de
la su i;ancaiada,
Que tiene a las almas siempre !Dala celada.
En los "Milagros de Nuestra Señora" gózase Berceo en descri­
bir los enormes prodigios obrados
por la Madre de Dios; y se detie-
( 1) Joan., III, 14.
(2) Donoso Cortés: Obras Completas, B. A. C., Madrid, 1946, tomo 11,
págs. 162-163.
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ne en el regusto del loor y de la alabanza al más alto ideal de la
mujer cifrado
en María. Ideal que, andando el tiempo, alcanzaría la
suma expresión de la belleza
en el arre plástico español, con Zur­
barán, Alonso Cano, Murillo, Luis Morales, Oaudio Coello, Salcillo,
Gregorio Hernández, Luján Pérez
...
Afirma San Ignacio de Loyola, como principio y fundamento de
sus "Ejercicios Espirituales", que el hombre es nacido· o criado para
amar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor y mediante esto
salvar su ánima
(3 ). Es verdad cierta, enseñada por la Teología, que
Dios, en
su perfecta omnisciencia, presta eficientes auxilios a todo
aquel que
está fuera de la Verdad, para encontrar el camino recto
que le condnzca a ella. Ya lo dijo San Pablo
en la primera epístola
que dirigió a Timoteo, su discípulo y obispo de Efeso, con toda fir­
meza y precisión: "El
cnal (Dios) quiere que todos los hombres se
salven y vengan en conocimiento de la verdad"' (4).
Dios
llama al hombre. Este puede o no responder con compla­
cencia
y gratitud. Con prontitud o negligencia. Todos recibimos,
como don sobrenatural gratuito, la gran merced de la gracia
sufi­
ciente. No siempre esta gracia es eficaz. No olvidemos que el hom­
bre, en su libre albedrío, puede escoger lo que más
plazca a su ape­
tito, aunque virtualmente tenga que dar una respuesta negativa a su
propio Creador.
, Este llamamiento divino y este continuo dilatar la respuest¡ po­
sitiva, por parte del hombre, convirtiendo así en ineficaz lo que de
por sí era
suficiente1 nos .lo expone Lbpe de Vega, en uno de los más
pulcros, logrados y sugerentes sonetos de
la Literatura Universal:
¿Qué tengo
yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches
_del hibierno escuras?
¡ Oh cuanto fueron mis entrañas duras
pues no te abrí!
j Qué extraño desvarío,
( 3) Ignad_o de Loyola: Ejercicios Espiritua/eJ, M~id,. Apos. de la
Prensa, 1927,
pág. 34.
(4) San Pablo: Vl a Timoteo1 11,4.
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si de mi ingratitud el hielo. frío
secó
las llagas de tus plantas puras!
¡ Cuántas veces mi ángel me decía! :
-Ahna, asómate ágora a la ventana,
verás con cuánto amor
llamar pofía-
i Y cuántas, Hermosura soberana,
-mañana le abriremos--respondía
para lo mismo responder mañana!
III
Es interesante fijarse en los inexcrutables designo, de Dios. Es­
tudiar cómo la gracia santifica al hombre, justificándole por tan di­
versos procedimientos. Pararse a contemplar
la psicológica multifor­
midad
de la gracia. En el orden somático no existen dos fisonomías
exactamente
iguales. Tampoco en el orden psicológico nos encontra­
mos con dos almas idénticas. En el orden sobrenatural, los "Cami­
nos
de Damasco" no suelen repetirse.
La simple lectura de Santa Teresa de Jesús quebrará un día la re­
sistencia atea de Edhit Stein.
Una circunstancia milagrosa romperá
para siempre los prejuicios de Alexis Cartel.
Un acontecimiento im­
pensado hará caer de rodillas a García Morente. El arte cristiano
convertirá a Thomas Merton. La observación atenta del acontecer ca­
tólico conquistará para Cristo a Singrid Undset.
El dolor será la
puerta de entrada de Francisco Carnelutti. La poesía cristiana abrirá
horizontes infinitos en el alma de Paul Oaudel. Una conversación
con León Bloy abrirá los ojos .de Jacques Maritain y de su esposa
Raisa y
de Pieter Van der Meer de W alcheren ...
A veces, la gracia es tumbativa. Como la de Saulo. Su alma es una
pira
de odio y de venganza mortal contra los cristianos. En vertigi­
nosa cabalgadura va camino
de Damasco. Lleva cartas dirigidas a
las sinagogas, para apresar a los discípulos del Nazareno. "No respi­
raba sino
amenazas y muerte contra los discípulos del Señor" (5). La
historia es conocida: nna luz del cielo le hizo tambalearse y caer de
su cabalgadura encabritada.
Tan abundante, densa y eficaz fue la gra-
(5) Hechos, IX,l.
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cia que conmovió a Saulo, que hoy se le conoce con el sobrenombre
de "el Apóstol" por antonomasia.
La gracia que transformó el alma de Agustín, fururo obispo de
Hipona, fue alcanzada, por el contrario, a golpe de oraciones, de sÚ·
plicas dolorosas, de profundos suspiros, de lágrimas constantes. Un
día Mónica solicita la
ayuda de un obispo para que irrumpa, con su
ciencia, en el alma de Agustín y disipe, de una vez para siempre, los
errores que atenazan su entendimiento. Este obispo "algo cansado
ya de su importuoidad, le dijo: Dejadme en paz mujer: así Dios os
dé vida, como es imposible que perezca hijo de tantas lágrimas" (6).
Toda
esta gama variadísima de las operaciones divinas en orden
a la conversión del hombre, ha
sido cantada admirablemente por la
lírica hispana. Ella puede describirnos, en estrofas de primorosa ca­
lidad estética, todo el itinerario ele! más complicado proceso espiri­
tual: desde la
etuda expresión del arrepentimiento y del desengafio,
punto quizá de arranqué de una vida que va a entrar en la órbita de
un dramatismo ascético, hasta la elevación del alma -a la unión trans­
forman te, máxima cumbre del fenómeno místico. Allí, donde el en­
tendimiento intuye las maravillas de lo increado y columbra los es­
pacios temblorosos de infinito; donde la voluntad, enardecida por un
fuego que
no acierta a explicar sólo desea amar y ser amada; que­
dando el alma extática y despojada su memoria de todo recuerdo, a
semejanza de Dios que no tiene memoria, porque su Ser es infinito
y omnipresente frente al pretérito y cara al fururo. Entonces, bien
puede
el alma repetir con el Apóstol: "Vivo yo, mas no yo, porque
es Cristo quien vive en mí" (7).
Un día cae -¿por casualidad?- en manos de Amado Nervo la
"Imitación_ de Cristo", escrita por Tomás de Kempis. Después de
leerla, el poeta comienza a ver la vida desde otro punto de vista. La
verdad de sus palabras se le clavan en su alma como cilicios hirientes.
Este mundo, tan bello, tan amable, tan atractivo, pasa . . . Pasa como
las nubes, como
las naVes, como las sombras. Quizá Amado Nervo
está en los iniciales balbuceos de las primeras "moradas'', utilizando
( 6) San Agustín: Confe.riones, Apos. de la Prensa, Madrid, 1942, pá­
gina 70.
(7) San Pablo: Gal., 11,20.
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CONTEMPLACION EN LA POESIA HISPANICA
un lenguaje teresiano. No es, pues, extraño que prorrumpa en aquel
canto impresionante, mezcla de cordura
y desesperación, con visos
de protesta y pespuntes hetéticos:
Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo
¡ y es por el libro que tú escribiste!
j Oh Kempis!, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar oceano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere,
que todo es vano.
Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al
beso invitan,
las rubias trenzas, los grandes ojos,
¡ sin acordarme que se marchitan!
Mas como afirman doctores graves,
que
tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras ... ,
huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño
mi mente alegra
y con
tu libro bajo del brazo,
voy recorriendo la noche negra
¡ Oh, Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
Ha muchos años que estoy enfermo,
¡ y
es por el libro que tú escribiste!
Paremos mientes ahora en
la postura de Maragall. No canta, no,
como Nervo, desesperadamente, su desHusión.
El poeta catalán se
eleva al Creador
por las criaturas: el mar, las vegas, los labios dul­
ces y las rubias trenzas no tienen por qué constituir piedra de escán­
dalo.
De todo ello se puede gozar con la paz de Dios en el alma. Y
hasta desear en nuestro corazón, cada momento que pasa, eternizar
los segundos de felicidad vivida.
Si el mundo es ya tan bello, si se mira,
Señor, de vuestra
paz los ojos llenos,
¿Qué más en la otra vida podéis darme?
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Por eso tan celoso de mis ojos
Y de
mi rüstro estoy, y de mi cuerpo,
Señor, y de este corazón latente
Que de él inseparable me habéis dado
...
¡Tanto_ temor, así, tengo a la muerte!
Pues ¿con qué otros .sentidos
podré ver
Este azul de los cielos, que se
cierne
Sobre los montes, y este mar inmenso,
Y este sol que fulgura
en todas partes?
Dadme
en estos sentidos paz eterna
y no querré otro cielo que ese cielo.
No puedo comprender a aquel que nunca
Dijo a otro instante que pasaba: -j Párate!
Más que
al momento de la muerte misma.
No comprendo, Señor. ¡ Yo qtie quisiera
Tantos momentos
sujetar al -día
Para en mi corazón eternizarlos!
Este
sentimiento noble y puro de elevarse al Creador a través de
las criaturas
encuentra su expresión aguda en el príncipe de nuestros
líricos, Fray Luis de León. Poesía intimista que surge al contacto de
las realidades circundantes. Ya cante la serenidad del aire,
ruando
suena la música gobernada por la sabia mano de Salinas, ya exprese
el sabor melifluo de la vida del campo,
ya contemple el cielo ador­
nado de innumerables luces,
ya describa las celestes mansiones, Fray
Luis de
-León se nos muestra como un inmenso poeta bíblico, de es­
tiló propio y original, que alcanza en su cántico a la Ascensión per­
fecciones estilísticas nada comunes. Canto sencillo
y llano, carente
de artificios, de forma pura, es, como diría Menéndez Pelayo, "una
mansa dulzura que penetra
y embarga el a'lma sin excitar los nervios,
y la templa y serena, y le abre con una sola palabra los horizontes
de lo infinito":
ll64
¿ Y dejas, Pastor Santo,
ni grey en este valle hondo, escuro,
con soledad
y llanto;
y tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
.......................................
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CONTEMPLACION EN LA POESIA HISPAN/CA
¡Ay! nube envidiosa:
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿dó vuelas presurosa?
¡ cuán rica tú te alejas!
¡ cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
Peto aun
el alma no las tiene todas consigo. El demonio la ronda
const3.Iltemente y ella tiene conciencia de su pequeñez y de su in­
significancia. Sin la aynda del Señor nada puede el hombte en orden
a su propia santificación. Las tres concupiscencias señaladas por San
Juan nos acosan a toda hora: concupiscencia de la carne, concupis­
cencia de los ojos y soberbia de la vida (8). El poeta Jo comprende
e implora la aynda del Todopoderoso, como lo hace
el gran nicara­
güense, Rubén
Darío, en un rasgo de honda sinceridad:
¡ Señor, que la fe se muere!
Señor, mira mi dolor.
j Miserere! ¡ Miserere!
Dame la mano, Señor
IV
Distinguen los teólogos entre el amor de concupiscencia y el amor
de caridad. Amar a Dios porque de El recibo beneficios
es amor de
concupiscencia. Amar la bondad absoluta de Dios, por ser Quien es,
prescindiendo de los beneficios, es amor de caridad. Lope de Vega
canta la primera forma imperfecta y elemental de amor, en su cono­
cida composición poética:
¿Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo de morir, es infalible.
Dejar de ver a Dios
y condenarme,
triste cosa será, pero posible.
Contrasta este amor de conrupiscencia o temor de perder los
bienes prometidos, con
el amor generoso y desprendido del autor
(8) I Joan., 11,20.
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del bellísimo Soneto Anónimo, cuyos dos primeros cuartetos "son
de Jo más hermoso que se haya escrito en español", según Ludwig
Pfandl (9). El autor vuelve sus ojos al Redentor
y, al comprender
toda la grandeza del misterio
de su pasión y muerte, realiza la más
sublime de las enrregas:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que
me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan .temido,
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, al fin,
tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que
te quiero, te quisiera.
Pero entre ambos amores, el imperfecto, que no puede olvidar­
se de promesas que envuelven dádivas o castigos, y el de caridad,
amor perfecto que por su entrega generosa se remonta a las alturas
místicas, la lírica hispana nos sorprende a cada paso, mostrándonos
toda la esplendorosa floración del Espíritu en el alma del hombre
viador
y caminante.
¿ A quién no ha conquistado la lectura de la admirable parábola
del Buen Pastor?
¡ Qué contraste entre el Pastor verdadero, que en­
trega su vida por las ovejas,
y el mercenario, que, como asalariado,
carece de interés por ellas y huye
al menor peligro! Cristo se defi­
nió a Sí mismo:
"Y o soy el buen Pastor; y conozco mis ovejas, y
las ovejas me conocen a mí" (10).
Manuel Machado, el
que cantara en "Ad elfos" su escepticismo,
(9) Ludwig Pfandl:· Historia de la Literatura Nacional. Erpañola en la
edad de oro, Sucesores de Juan Gili, Barcelona, 1933, pig. 165.
(10) Joan., Il,16.
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CONTEMPLACION EN LA POESIA HlSPANICA
dejándose llevar y traer por las olas, sin que se tomara en serio la
pena de vivir, nos ha
de sorprender, andando el tiempo, con una bellísima composición, "El buen Pastor", arquetipo de sencillez, de gracia, de cautivadora terneza:
Pastor; te bendigo por lo que me das.
Si nada
me das, también te bendigo.
Te sigo, riendo, si entre
rosas vas. Si vas entre cardos y zarzas, te sigo.
¡
Contigo en lo menos, contigo en lo más, y siempre contigo!
Cristo está siempre presente en su Iglesia. Con presencia física
bajo las especies eucarísticas. Cristo viene cada día al altar bajo la
acción litúrgica del sacerdote
co~grante. El pan de vida es su pro­pia carne, que El ha entregado para la salvación del mundo. Cuando
anunció este misterio muchos de sus
discípulos dejaron de seguid.e. E impelido por esta circunstancia, hubo de preguntar a los doce Após­
toles:
"Y vosotros, ¿queréis también marcharos?" ( 11). La Iglesia,
pues, desde
sus inicios, nada tuvo que ver con una democracia donde
contase
la voluntad de cada cual. Gustase o no, sólo El, Señor y Maestro, debería disponer del presente r del futuro. Frente a los que aun continúan queriendo enrurbiar torpemente el misterio eucarís­
tico, Mossen Jacinto Verdaguer, el épico cantor de la "Atlántida",
nos ofrece
una obra de composiciones dedicadas al Sacramento del
Amor:
¿Quién te bajó desde
el cielo
para alumbrar este suelo,
astro
de claro fulgor?
¿Quién
de la esfera estrellada
te condujo a
mí morada?
El amor.
De las perlas la más fina
de la perlera divina,
¿quién
~on tu bello esplendor
(11) JoaQ., Vl,68.
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te arrancó del firinam.ento
y en mi pecho te dio asiento?
El amor.
Lirio fresco, lirio tierno,
lirio del jardín eterno,
que embalsamas _con tu olor,
¿quién te trajo a este desierto
de ortiga
y cardo cubierto?
El amor.
¿Quién no
ha sentido. alguna vez el azote del dolor sobre los
lomos de ·su. espíritu? ¿Es el sufrimiento, tanto físico-como moral,
se pregunta la humanidad doliente, una intrascendente circunstan­
cia que se maldice siempre,
en tanto se tolera por irremediable? No.
Sufrir con Cristo da
un sentido nuevo al dolor. Así dice San Pablo
a los filipenses: "La gracia que
os ha sido concedida es la de sufrir
por la causa de Cristo, y no solamente creer en El" (12). El plectto
de José
María Pemán, el insigne poeta gaditano, pone en su poesía
"Resignación", dedicada a
la memoria de su padre, acentos pauli­
nos, que penetran sin forzamientos en
el alma del lector:
¡ Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad;
porque pones, con
amor,
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!
Será el dolor que viniere
en buen hora recibido.
Venga, pues que Dios lo quiere
¿Qué
me importa verme herido
si es" mi Dios el que me hiere?
V
En la "Subida
al. Monte Carmelo", Sa.n Juan de la Cruz nos de­
talla cómo la fe ha de purificarse, con dolor y quebranto, hasta lle-
(12) San Pablo: Phi/., 1,29.
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CONTEMPLACION EN LA POESIA HISPANICA
gar al supremo gozo de la contemplación. La contemplación, nos en­
señaba el profesor y filósofo Michele Federico Sciacca, _ es "pararse
para
·ver". Para subir a la contemplación sobrenatural, infusa, sólo
existe una senda: la oración confiada y perseverante. A este respec­
to, nos dice Fray Juan de Jesús María, citado por el P. Arintero en
su "Evolución Mística", que "la· contemplación es una vista quieta
de la verdad hallada. De manera que la meditación es como el ca­
mino, la contemplación es el término del mismo camino" (13). La
contemplación sobrenatural es obrada directamente por Dios en el
alma bien dispuesta, la cual permanece como embebida en místicas
claridades y
como sumergida en la intuición más viva del misterio
amoroso.
Arintero, el gran renovador de la mística tradicional, hubo de
lanzar su artillería gruesa contra aquellos que trataban, confundidos
y confundiendo, de dividir la contemplación en infusa y adquirida.
Toda contemplación
sobrenatural, afirma Arintero, es infusa. Un
discípulo
suyo, el P. Ignacio González. Menéndez-Reigada, siguien­
do la trayectoria de su maestro escribe, en 1926, "Unidad específica
de la 91ntemplaci6n cristiana". De esta obra entresacamos las si­
guientes Ifneas tan acertadamente descriptivas: "En la contempla­
ción el entendimiento no afirma ni niega, ni compone ni divide,
ni busca ni indaga, ni pasa de una cosa a otra, sino que está fijo
mirando la verdad que se manifiesta"' (14).
El poeta místico y contemplativo es, sin duda, por su índole, el
más fino, leal y agudo de los amadores. El nos proporciona nuevos
horizontes de amor a Dios y nos descubre, en versos de cadenciosa
sublimidad, el inmenso piélago de su alma en el reposo del Amado.
Todo es como un adelanto de la eterna bienaventuranza.
El gran tratadista c!e la vida mística, Thomas Merron, siguiendo
las huellas de San Juan de la Cruz, nos describe así la contempla­
ción: "la contemplación está siempre más allá de nuestro conoci­
miento, más allá de nuestras luces, más allá de los sistemas, más allá
(13) Arintero: Evolución Mística, B. A. C., Madrid, 1968, pág. 429.
(14) Menéndez-Reigada, Fr. Ignacio: Unidad específica de la contem­
plación cristiana, Madrid, 1926.
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GABRJEL DE ARMAS
de las explicaciones, más allá del discurso, más allá del diálogo y
más allá de nuestro propio ser. Para en~ar en el reino de la con­
templación uno tiene que morir, en cierto sentido; pero esta muer­
te es, en realidad, la entrada en una vida más alta. Es una muerte
por la vida, que deja detrás todo cuanto ronocemos o apreciamos
como
vida, pensamiento, experiencia, gozo y ser" (15).
Ahora es la Doctora Mística, Teresa de Jesús, la que nos habla
de su propia vida fuera de sí, muerta a sí misma, a causa del fuego
del amor de Dios que en sí tenía, en su conocida letrilla:
Vivo sin vivir en mí
y ran aira vida espero
que muero porque no muero.
Y
en la última estrofa de esta encanradora romposkión, nos alec­
ciona acerca de lo que es, en realidad, su vida ausente del Amado:
Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?:
lástima tengo de mí
por ser mi mal tan entero,
que muero porque no muero.
San Bernatdo, el Dr. Melifluo, gran rontemplativo, nos habla
de la razón de ser de 1a rontemplación, del origen de la misma.
¿Cómo-se produce este prodigioso fenómeno? El nos da una res­
puesta sencilla y profunda: "La contemplación resulra de la descen­
sión del Verbo de Dios a la humana naturaleza por la gracia y la
exaltación
de la humana naturaleza al mismo Verbo por el amor
divino"
(16).
Esa descensión divina y superexaltación humana ·se expresan,
con primorosas
formas, en el más poeta de nuestros teólogos y en
el más teólogo de nuestros poetas, en San Juan de la Cruz, cuya
(15) Thomas Merton: Nueva.r semillas de ~ontemp/aci6n1 Edhasa, Bue­
nos Aires, 1963, pág. 16.
(16)
San Bernardo: Ohra.r Completa.r1 B. A. C.~ 19_~;' tomo I, pági­
* 1.113.
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CONTEMPLACION EN LA POESIA HISPAN/CA
poesía angélica, al decir de Menéndez Pelayo, "ya no parece de este
mundo,
ni es posible medirla con criterios literarios" (17).
Nadie
como él ha narrado, en imágenes de singular encanto, la
plácida intensidad de la uni6n transformante, que constituye la
última y suprema etapa de la contemplación:
En una noche oscura
Con ansias en amores inflamada,
¡ Oh, dichosa ventura!
Salí sin ser notada,
Estando ya mi casa sosegada.
¡ Oh, noche que guiaste!
¡ Oh, Noche amable, más que el alborada!
¡Oh, Noche, que juntaste
Amado con amada,
Amada en
el Amado transformada!
Quedéme y olvidéme,
El rostro recliné sobre el Amado,
Ces6 todo,
y dejéme
Dejando mi cuidado
Entre
las azucenas olvidado.
VI
Pero hay algo que no debemos olvidar. La conteroplación cris­
tiana es el dispositivo necesario a toda acción. Sin oración no es
concebible la actividad apostólica. Por eso, la unión con los her­
manos debe estar precedida de la unión con Dios.
Es más. Sin
unión con Dios, que es Padre, no existe unión con los hermanos,
hijos del Padre común. La filantropía fue siempre un ideal cursi
que terminó a bofetadas. La que hoy se nos quiere suministrar de
mamte, acaba ante los brotes permanentes de violencia, sediciones,
raptos, secuestros y roq.a clase de terrorismos que conmueven al
mundo ...
Con roda razón, pues, escribió Jacques Leclerq: "El misticismo
(17) Menéndez Pelayo: Es111dfo.r de critica literaria (primera serie),
ll!adrid, 1927, pág. 5'.
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GABRIEL DE ARMAS
cristiano es el más radical de todos, porque todo lo absorbe, y hasta
cocinar o labrar la tierra_ pueden transformarse en un canto divino;
pero tiene toda la simplicidad de la flor de los campos" (18). Peo­
samieoto éste que ya, de forma bien sencilla y ditecta, exponía la
Reformadora del Carmelo a sus monjitas,
en el libro de las Fnnda­
ciones: " ... entre pucheros. anda el Señor ayudándoos en lo inte­
rior y exterior'' (19).
No ya como contemplativos místicoS, sino como hombres re­
flexivos, serenos, que se
"pai-an para ver", fijémonos en un hecho
hi_stórico que no es pura contingencia: cómo la Espafia contempla­
tiva
es la del esfuerzo, la de la justa ambición, la de la eficiencia, la
del heroísmo, la de la acción prepotente en ultraruar. La que se
abre camino a la esperanza. La que arde en caridad. La que civiliza
y estimula la energía individual. La que reza y la que lucha por el
bien.
No fue ella, no, precisamente, la España inerte que se dejó do­
minar por un deseo de extinguir las afecciones del alma, en paran­
gón con la absurda quietud del "Nitvana" de las religiones orieota­
les. la España mística es la de las grandes realizaciones históricas.
La madre de veinte naciones que rezan a Cristo en castellano.
También esta
España, mística y andariega, contemplativa y rea­
lizadora,
ru.vo sus mejores versos en la lira indómita de un genial
vate_ peruano: José Santos Chocano:
Tú si eres grande,
España romancesca
y luminosa:_
tú eres la Fe que el corazón expande;
tú la Esperanza que en la Fe reposa;
y tú, la Caridad que por doquiera
va prodigando su alma generosa.
Grande fue
to ideal, grande to sneño:
tan grande fuiste en la cristiana era,
que el mundo antiguo resultó' pequeño
y para ti se completó la Esfera.
(18) Leclercq: Treinta meditaciones, Desclée Brouwer, Bilbao, -1956,
1956,
pág. 176.
(19) Santa Teresa de Jesús: Fund(ICiones~ V,8 en Ohras de Santa Te­
resa, edic. y notas del P. Silverio de Santa Teresa, 2.ª edici6n, Burgos, 19,30,
pág. 780.
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