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1973

Revolución, Conservadurismo y tradición

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1973
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Revolución, conservadurismo, Tradición

REVOLUCION, CONSERVADURISMO, TRADICION
POR
J\.f:ICHELE F. SCIACCA.
La revolución, movimiento de la mayoría o de casi todo el pue­
blo (debe distinguirse de la "rebelión", que
es aplicable a una perso­
na o un pequeño grupo), en
su significado más general significa una
desviación violenta del proceso evolutivo normal; en este sentido se
opone a "evolución", de la que puede provocar la detención o la in­
volución. Pero en el sentido no ya propiamente de revolución _sino
de renovación de ideas o doctrinas (por ejemplo, en el sentido de
"revolución" en la filosofía o en la ciencia), ella, la revolución, a
pesar de la apariencia de provocar
la detención o la involución de
ese proceso, como pretende el que quiere mantener el "status qua",
lo que hace sustancialmente es favorecer y acelerar la evolución.
Además del significado vulgar de la palabra revolución, que se
relaciona con "confusión"-y "desorden", etc., el uso del término
desde la segunda mirad del siglo XVII se ha limitado a un dominio
bien definido: "revolución" se usa desde entonces para indicar un
trastorno que lleva consigo una mutación violenta y casi siempre
cruenta del gobierno
y de las condiciones políticas y sociales con la
finalidad de establecer un orden nuevo, también jurídico, que sus­
tiru.ya el legalmente constiruido para el que, y en la medida en que
este último está simplemente conservado o inmovilizado, la revolu­
ción representa la subversión.
la revolución, condenada en general hasta el siglo XVI, empieza
después a tener sus defensores cuando nace y se afirma el Iluminis­
mo, o sea con la prevalencia del
espíriru. laicista: entonces ya no se
considera la revolución como un mero hecho negativo contra el
orden
y perjudicial para el bien común, sino como un acontecimien­
to positivo, capaz de crear una mejor
y más justa f'atio f'ei publicae.
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MICHELE F. SCIACCA
Siendo positivo, y por lo tanto un bien, a pesar de sus inevitables
aspectos negativos, la revolución, siquiera sólo practicable en casos
extremos, es un "derecho" del pueblo soberano -la idea de la re­
volución como derecho está unida a la idea de la soberanía popular­
der"f'hO al cual no puede renunciar, dice Locke (Segundo tratado del
gobierno, 1690) usando de él contra aquellos legisladores que resul­
tan indignos del mandato recibido. Rousseau (Contrato social, 1761,
l. III, c. 10), por su parte, dice que en el momento en el que el
gobierno deja de administrar el Estado según las_ leyes y "usurpa el
poder soberano" que reside en el pueblo, "el contrato social se di­
suelve y todos los ciudadanos recobran el derecho de entrar por de­
recho
en el uso de su libertad natural, pues san forzados pero no
obligados a obedecer". La constitución francesa del 93 dió un paso
adelante: además del derecho, proclama
el "deber" a la revolución:
si un gobierno lesiona el derecho del pueblo, por eso, y para todos,
la insurrección violenta es un deber sacrosanto e indispensable.
En el siglo XIX la revolución obtiene ulteriores justificaciones y
reconocimientos en el sentido de revolución "liberal", o en pro de las
libertades civiles y de la independencia de los pueblos, y en el senti­
do de revolución "socialista"
por la justioia social contra la explota­
ción del proletariado
y de su trabajo y, por consiguiente, contra los
privilegios del capital.
De ahí el conflicto entre libertades políticas
y civiles
y libertad social, que puede llegar hasta el fanatismo parcial,
y, por tanto, abstracto -en todo caso negativo de la persona inte­
gral-, en defensa de la libertad a costa de lá justicia y en defensa de
la just_icia en· sentido socialista a costa de la libertad. La revolución
liberal reprocha a la
social" el haber negado la libertad sin resolver
tampoco
el problema de la liberación de la necesidad económica; la
revolución social reconoce a la revolución liberal el logro de haber
promovido las libertades civiles
y la ind,ependencia de los pueblos,
pero le reprocha el haber defraudado las aspiraciones del pueblo por
haber fracasado, como revolución burguesa
y capitalista, en la solu­
ción del problema de
la justicia, tarea que pertenece a la revolución
social, cuyo objetivo
es· la destrucción del capitalismo. Todavía hoy,
a pesar de las muchas revoluciones que se han sucedido, tanto· la
so­
ciedad llamada de régimen capitalista como la sociedad de régimen
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REVOLUCION, CONSERV ADURJSMO, TRADICION
socialista buscan una solución al problema libertad-justicia, es decir,
un orden en el cual exista el respeto de la libertad en la justicia y
de la justicia
en la libertad. Por esto la historia de la humanidad está
enormemente abierta a nuevas revoluciones o subversiones violentas
y a contrarrevoluciones y restauraciones.
Con Marx y Engels la revolución,se erige en ley universal de la
historia: "no la crítica··
-se lee en la Ideología germánica (1845)­
sino ·Ia revolución "es la ~uerza que mueve a la historia, incluso de la
religión, de la filosofía y de la teoría""; afirmat:ión ésta que se en­
cuentra reafirmada
en el Manifiesto (1848), donde se proclama el
"derrocamiento violento" de todo el orden social del tiempo. -Nos
limitamos a notar_ que aquí se afirma: además
de· la supremacía, la
primada de la ''praxis" ·o de la acción sobre el pensamiento, como
aquella que es el elemento motor y generador de la teoría; de donde
se sigue que no es la acción la hija del pensamiento, sino éste el de
aquélla; que no
es el pensamiento el que juzga li acción sino ésta a
aquél;
por lo que la praxis, en cuanto revolución o derrocamiento
violento,
es --ella-la verdad y la justicia que debe prevalecer a
través
de la dictadura del proletariado contra la praxis injusta y falsa
de
la clase burguesa. Pero la praxis erigida en juez de sí misma,. a
pesar de ser
un contrasentido, comporta la justificación de todos los
abusos, de todas las injusticias y
la asfixia de la libertad.
No nos toca a nosotros. discutir sobre la significación jurídica de
la revolución, problema todavía hoy abierto
y discutido entre los que
afirman que ella es
.la negación del derecho, y los que sostienen que
debe ser tomada como criterio de legitimación de los Estados, que de
ella nacen, y como órgano generador del derecho; en general
se la
acepta como
un hecho consumado, teniendo en cuenta sus aspectos
positivos, y el
mal mayor que sobrevendría a la comunidad si se res­
taurase violentamente el orden precedente; pero
no podemos pasar
por alto
el problema de su significado moral que, por lo demás, afecta
también a su
a,.specto jurídico.
Si un orden político-social-jurídico establecido como tal, -se funda
en el derecho
narural y este derecho inspira toda su ordenación, su
subversión violenta o revolucionaria no tiene ningún significado
ni
morá.l ni jurídico. Pero esto· supone qúe el orden constiru.Ído no ·pue-
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de permanecer · inmóvil e inmutable en su derecho positivo y en sus
modalidades históricas; si el que gobierna, preocupado solamente por
la, conservación de este derecho lo endurece y hace de esta _conserva­
ción como un fin exclusivo de su gobierno, ese no tiene en cuenta
sino que contradice para impedir que prosperen,
las nuevas estruc­
turas sociales, el nacimiento de nuevas exigencias de justicia y de li­
bertad, que presentan
nueyos problemas. Gobernando así, no respeta
para nada el mismo derecho natural que utilizado como medio para
la conservación del orden j~ídico existente no está reconocido como
fit.1 al cual debe siempre tender cualquier derecho positivo a través
de la renovación de los ordenamientos, a la cual no estimula el mis­
mo derecho natural para que el derecho positivo mismo responda
mejor a una más profunda conciencia de justicia y de libertad; pro­
ceso que se identifica con el
_proceso mismo de madurez de la huma­
nidad hacia
el derecho natural presente en la conciencia de cada
hombre y, por Jo tanto, padre de Jo que de justicia y de libertad tie­
nen y promueven los ordenamienots jurídicos que históricamente se
siguen y se alternan. Cada vez que falta la correspondencia entre el
derecho positivo y ia situación histórica para una mejor realización
del derecho natural, la conservación de este último reducido a
un
pretexto o a una coartada, degenera en conservadurismo, o sea en
querer conservar
por la fuerza _o por la violencia, la cual se puede
ejercer' de muy diversos modos, incluso no cruentos, un ordenamien­
to que no corresponde ya a la nueva sociedad que ha crecido o cam­
biado a sus espaldas, a pesar de la represión. Aquí está el origen de
las grandes revoluciones,
y aquí también su significado moral dentro
de los límites que precisaremos. Con otras palabras,
el orden jurídico
que se quiere conservar por la fuerza
y en abstracto, como no con­
cuerda más con una conciencia histórica
· renovada, resulta, a pesar
de las apariencias, en contra del derecho natural del cual al comienzo,
en
el caso que sobre esto se fundara, era una modalidad o una forma
histórica correspondiente a
una situación concreta, fu!J-damento y co­
rrespondencia que entonces lo hacían legítimo y lo informaban con
un contenido
y una significación moral. Pero desde el momento en
que no
se ha renovado, sino que se ha endurecido coagulando un con­
jup.to de intereses individuales o de casta, o de clase, se ha como se~
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REVOLUCION, CONSERV Al)URJSMO, TRADJCION
parado de la matriz que ya no lo fecunda; y se ha erigido como en un
ordenamiento i~utable y perenne, esto es, ha usurpado los atribu­
tos que pertenecen_ al derecho natural, cesando así de _ser legítimo res~
pecto a la nueva realidad histórica Y vaciándose de _todo signifiqido
moral. En efecto, los intereses parciales de un individuo o de una
clase en perjuicio del derecho natural de una sola persona son, por
est9 mismo, una violencia de la ley moral.
Con respecto
al _ conservadurismo, la revolución, dejando a un
lado sus excesos (que en parte pueden ser imputados al sistema rígi­
damente conservador que los provoca) tiene una cierta validez moral
y también jurídica, a condición que obedezca, además a la de ser
extrema ratio, a las siguientes condiciones que son irrenunciables si
quiere gozar la susodicha validez: la conservación, con las debidas re­
formas, de todo aquello que era válido o conforme al .derecho natural
en el régimen
de.µ-ocado; una mejor· actuación, a través del trastorno
que provoca
y de la nueva ordenación, del derecho natural, cuyo res­
peto
y promoción deben ser siempre el fin que todo lo inspire; la
confirmación del principio de autoridad, que en ningún caso puede
ser delimitado sin caer en el autoritarismo que se quiere
evitar y que
resulta inevitable cuando el principio de autoridad entra en ·crisis.
Si bien se considera la revolución así entendida desde el momento
que
se Presenta como mutación del orden constituido, afirma su de­
recho a tal mutación en nombre de la conservación, no estéril sino
fecunda, del principio de autoridad
y del derecho natural, traicionado
o esclerosado por el conservadurismo en la medida en que este lo
instrumentaliz~ al servicio de intereses particulares que Se amparan
en
un orden superado e injusto y que, justamente por esos intereses,
quiere mantenerse e imponerse
por la fuerza de modo autoritario. Si
el movimiento revolucionario· no cumple estas condiciones, al derro­
car una situación, repite,
en otro plano y en favor de otro sector pri­
vilegiado, las mismas injusticias del conservadurismo.
Si no se quiere caer en la ceguera revolucionaria se debe evitar la
ceguera conservadurista. Esto se consigue uniformándose con el de­
recho natural, uniformidad que significa, conservándolo vivo, hacer­
lo fecundo a través de nuevos ordenamientos jurídicos, dictados por
la conciencia moral cada vez más de acuerdo ~on las nuevas y diver-
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sas siniaciones históricas·. la involución se define dialécticamente:
respecto de la revolución_ cuando esta desvía la evolución; y respecto
del conservadurismo, cuando éste pretende -impedirla por la fuerza.
Si
d ordenamiento se inspirase siempre en el derecho natural, que es
el dfrecho de la persona, este derecho sería el propulsor de la historia
y de ordenamientos siempre nuevos y adecuados; la dialéctica armó­
nica entre cambios sociales y la adecuación a ellos de los ordenamien­
tos según el derecho natural innovador o renovador de unos y de otros,
haría superfluos los conservadurismos y las revoluciones porque el pro­
ceso histórico se identificaría con aquello de la tradición, que la dia­
léctica
de conservadurismo y de revolución tiende siempre a poner al
margen hasta perderla.
Según las breves indicaciones que hemos dado, resulta que
la va­
lidez moral o jurídica de la
conservación y de la revolución no se de­
fine contra el derecho natural
inhereflte a la persona yj en el caso de
la revolución,
coiitra el orden jurídico sino en relación ton el dere­
cho
naru.ral mismo y el orden jurídico que se debe respetar en cuan­
to tal; en efecto, la conservación es válida -y en este caso es la ne:.
gación del conservadurismo---· en la medida en que se "conserva" el
derecho natural_ en los nuevos ordenamientos a. fin de que se actúe
históricamente, como lo
es la revolución en la medida en que, des­
truido un orden ineficiente e injusto, instaura otro mejor sobre la
base de los derechos de la persona y de los valores que le son propios
y que no dependen de la sociedad, sin descuidar aquellos que son
propios de esta última; todos exigen respeto, autonomía y libre pro­
moci(m. Como· se ve,-tal validez· comporta, tanto por parte de la con­
servación como
por parte de la revolución -la primera contra el con­
servadurismo y para evitar la revolución, la segunda contra el mismo
conservadurismo
y en nombre de la conservación dinámica del dere­
cho
natural-la inserción de ambas en la tradición. Pero en la me­
dida en la cual consiguen
acniar esta operación, se niegan como. dia­
léctica de conservación
estática y de subversión violenta -para dar paso
a la tradición misma que
-por sí misma proceso y madre de pro­
greso,
por sí misma en movimiento e innovadora de las módalidades
históricas en cuanto comienzo desde el principio del
derecho que "en­
trega"
y "confía"· al proceso histórico-, coincide con la dialéctica
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REVOLUCION, CONSERVADURISMO, TRADICION
armónica entre las mutaciones históricas y la adecuación a ellas de
los· ordenamientos que forman parte del derecho natutal.
En el plano
de la historia las aportaciones positivas del conservatism.o y de la re­
volución se valoran por lo que de la tradición, a pesar de todo, con­
siguen actuar.
• • •
llegando á este punto, se impone la reflexión sobre un interro­
gante planteado
por el aspecto trágico de la historia: ¿porqué no se
actúa, sino raramente, la dialéctica armónica entre las nuevas exigen­
cias de justicia y libertad debidas a una mayor conciencia histórica y
la adecuación a ellas del orden constituido según exige el derecho
natural y el_ lumen de la tradición? Es decir, ¿por qué en lugar de
una relación dialéctica armónica, se
da históricamente el fenómeno
del conservadurismo
que se opone a toda mutación, mortificando la
tradición y provocando la revolución y sus excesos y ésta, en algunos
casos, la restauración violenta
por precaria que sea? La respuesta a
esta pregunta plantea el problema del mal desde el punto
de vista
filosófico y teológico, es decir del mal, considerado como obra del
hombre, a consecuencia del pecado original
y, por extensión, el pro­
blema de
la libertad en el sentido cristiano y en el no cristiano.
Si bien se considera, conservátisnio _ y revolución, incluso cuando
se califican
de cristianos o católicos, operan según un ·concepto no
cristiano
de libertad, es decir, de una libertad entendida solamente
como liberación de los obstáculos externos, y por eso, por el conserva­
durismo, como liberación
de las nuevas estructuras, mediante su obsta- .
culación;
por la revolución, como liberación de las antiguas a través
de su
destrucci6n~ Una y otra de la_s dos tendencias_ tienen en común
la convicción de que basta liberarse del obstáculo externo, con el que
se identifica al mal, para realizar la libertad y con ella un orden justo
o menos injusto o más
juSto, sea en el sentido moral, sea en el jurí-·
dico; esto es, se preocupan del cambio o de la conservación del ex­
terior --convencidos que la libertad
es algo que se conquista sólo
históricamente
al final del desarrollo o de la evolución del proceso
histórico y no de.
las trarisformaciones interiores-; quieren cambiar
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MICHELE F. SCIACCA
o conservar las cosas en mejor, pero dejando irunurados :Sus egoísmos;
por eso, también en esto los revolucionarios son tan conservad.Ores
como los más
encarnizados conservadores que, a su vez, son cOnser­
vadores de la revolución. Se oponen una revolución estática y una
dinámica contra el derecho natural y la tradición. La libertad así en­
tendida no es cristiana y por consiguiente no puede serlo tampoco la
justicia; todo, conservatismo o revolución, queda al nivel del mal,
aun en el caso de que el conservadurismo o
la revolución eliminen
algunos males; en efecto, acabarán por genernr otros, o los mismos
con diversas variantes.
La libertad cristiana
no es soLunente la liberación de los males
externos debidos a estructuras envejecidas o degeneradas, cuya reno­
vación exigida por el derecho natural es siempre oportuna y necesa­
ria
para el bien de la comunidad, sino la victoria del cristiano sobre
el mal que lleva dentro de él y que hace esclava a su voluntad. Hasta
que 1a voluntad humana no· se convierta al bien, los males de la so­
ciedad
no se pueden eliminar. El conservador lucha por conservar un
orden -que ya no es suficiente pero que le garantiza privilegios que
satisfacen su egoísmo. El revolucionario lucha por abatir este orden
impuesto
por la conservación de privilegios antisociales y quiere sus­
tituirlo violentamente
por uno nuevo que al final sustin1ye unos
privilegios creando otros nuevos
que satisfacen su egoísmo propio.
Resulta
que hasta tanto que el hombre no cambie en su interior y no
haga el
máximo esfuerzo po; conservarse y perfeccionarse con este
cambio,
en estas alternativas de conservadurismo-revolución-restaura­
ción, pasaremos
de una conservación a Otra revolución, y así sucesiva­
mente se irá marcando un trágico camino para los individuos y para los
pueblos, sembrados
de conflictos producidos por egoísmos encontrados.
El cambio
y el esfuerzo interior, esto es, la auténtica libertad, luchandO
contra el
IIlal que anida en el interior de cada hombre, se conquista a sí
misma con la ayuda de la gracia que la perfecciona, la potencia y la ele­
va a libertad para el bien, si bien conservando su capacidad para el mal,
No existe sociedad libre y justa sin hombres libres y justos. Por lo
tanto, antes
de preocuparse de imponer violentamente la conserva­
ción
de la esttuctttra o su mutación subvertidora en nombre de la
justicia o de la libertad, debemos nosotros hacernos, cada uno según
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REVOLUCION, CONSERV ADURJSMO, TRADICION
las propias posibilidades, libres y profundamente justos, de modo que
de rales hombres haya cada día

más, y cada día menos esclavos del mal
e injusto funcionamiento de las estructuras
y de los ordenamientos.
Lo que más importa no es que haya hombres que gr.itan contra la in­
justicia
y la esclavitud, impuestas por un mal gobierno que sólo busca
su
co_nse,tvación, ni otros que quieran derrocarlo con la revolución,
sino que quien así grite o quiera derribar sea él un justo, un libre
-un "fuerte"-que quiera la: libertad y la justicia para todos, como
sus dimensiones interiores;
si así acontece, entonces las estructuras y
los ordenamientos se convierten en correas de transmisión de la jus­
ticia y
de la libertad.
Si no ocurre esto, actúan los unos contra los
ortos como obsesos
esclavos en sus sentimientos
y en su mente, y p:>r esto poseídos por
el odio; continuarán gritando: "escándalo", y culpándose recíproca­
mente de acciones
indig!l.aS, sin pensar que "la-piedra de escándalo",
el "cepo" que los induce al mal, al mal ejemplo y a la división fu­
riosa, es sólo su egoísmo subterráneo o patente.
Así, lo mismo quien
grita
y oprime para conservar, que quien grita y hace violencia para
revolucionar, son dos injustos que
en nombre de la justicia y. de la
libertad luchan, uno para defender los privilegios de que goza,
y orro
para obtenerlos
y gozar de ellos; este último, una vez destruido el
orden existente, continúa la lucha contra la restauración que le ame­
naza, aun sabiendo que, abatido
por la revolución un orden que no
responde a la realidad histórica
es imposible restaurarlo de un modo
estable, porque está "fuera de
la realidad". Por eso la restauración
cuando lo
es sólo de privilegios ligados con viejas estrucruras es una
inútil tentativa contrarrevolucionaria que termina
por convalidar ju­
rídicamente el orden nacido de la revolución.
Vapores o estadio gaseoso, estadio de liquidez, de coagulación, de
solidificación, de petrificaciones:
es el proceso de la revolución.
El conservadurismo se la goza
en el primer estadio, se preocupa y
se pone nervioso en el segundo, ataca ton violencia en el tercero,
llora
y busca desesperado la restauración en el cuarto.
Es entonces cuando surge la lucha a muerte entre dos formas de
conservadurismo:
el viejo, abatido por la revolución y el nuevo, que
la misma ha instaurado. Por eso, aun cuando fracase la .restauración,
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el conservatismo se consuela, porque la revolución se ha convertido en
conservadora; en .el último estad.fo se trueca en conservadurismo,
enemigo de
toda innovación o cambio, de donde la aparición por el
horizonte de nuevos vapores y humos, destinados a seguir el mismo
proceso.
Y la consecuencia es, un conservadurismo, al modo dicho, que se
hace conservación 4e la revolución, de los nuevos privilegios e in­
tereses de ella nacidos: la revolución, consolidada, tiende a conservar­
se a sí misma, esto es, el poder que ha conquistado, por tanto a so­
lidificarse y petrificarse. Es el precio del olvido o de la traición al de­
recho natural
y a la tradición por las conquistas históricas del hombre
puesto
en maldad. De aquí la utopía -pero que, sin embargo, dentro
de esa lógica y esa óptica, es lo único, a pesar de estar condenada al
estadio humoso que pueda hacet posible la quiebra de la espiral revo­
lución-conservadurismo-de la ··revolución permanente y universal",
es decir, siempre
en el estadio de fluidez. Pero si 1tdvta {ni, ( panta rei),
no hay posibilidad de ordenamiento alguno y, por tanto, de que exista
una sociedad:
el "bellum omnium contra omnes" es el sólo estadio
permanente, la única ley
'"es la ü~pu; ( violencia) o la opresión sin
tregua.
Si
en lugar de la sed insaciable de riqueza y de podet, que a me­
nudo se conserva y se ejerce como fin en sí mismo .( el poder por el
poder); si en lugar de las ambiciones que jamás se satisfacen,
rurbia
fuente de resentimientos y de odios, se tuviese presente que-la rique­
za es medio
y ,el poder servicio, y que el· único fin que los hace justos
y libres es el bien común y la salvaguardia de los derechos de la
persona, que no ha de verse aislada sino en interdependencia con la
promoción del bien
de la comunidad misma, entonces, esta "meta­
noia"
haría imposible la revolución y el conservadurismo. Más aún, la
revolución alcanzaría su significado propio y auténtico de reconsti­
tución de la condición ''originaria", de perenne redescubrimiento de
las "raíces", del sentido "inicial"
y siempre acrual de la verdad. De
aquí la dialéctica de conservación y de cambio: conservación dinámi­
ca que estimula,
por sí misma, al cambio de las situaciones históri­
cas
y de sus estructuras, transformadas· por la presencia, interiormen­
te transformante, del "originario" inagotable; es
"revóludonario"
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REVOLUCION, CONSERV ADURJSMO, TRADICION
agarrarse a la raíz en cualquier situación histórica, no el simple tratar
de "descuajado todo". Preocuparse sólo de derribar las sitoaciones
exteriores, equivale a
descuidar o declararse incapaz de "transformar·
se" uno mismo a la altura del ser.,
Basta ser integralmente cristianos para transformar c~lquier si~
tuación, para recrear conservando y para .conservar recreando.
llito explica por qué una conciencia auténticamente cristiana no
puede colocarse en posición de rotura
ni frente a la tradición, como
hace la revolución, ni frente al progreso Comd hace el conservaduris-.
mo. Se pone en posición dialéctica frente a lo ·uno y frente a lo
ocro; esto es, adopta la posición justa de conservár renovando y de
renovar conservando, que
es_ la dialéctica o la relación que une la
tradición y el progreso, porque no hay progreso Verdadero o_ cons­
tructivo sin tradición
y no hay tradición viva y operante sin progre­
so; más: la tradición, como tal,
es por esencia progreso, mcivimiento,
renovación. Tanto para
el conservadurismo· como Para la revolución,
la discriminación o del
porvenir o del pasado viene dada pór· el pre­
sente. Para el conservadurismo, el presente, que debe conservarse tal
cual, discrimina el porv'enir, presagio de calamidádes; para_ la revo..:
lución el presente discrimina el pasado detestable y está cargado de
todas las.mejores renovado.ti.es; de ellas
eS juzgado capaz y de ellas es
el origen. los· dos aC:abah por negar el pasado y el porvenir, y con ello
también el presente y además la historia.
En efecro, un presente que
es sólo repetición conservadora del paSadO no tiene porvenir; un pre­
sente que
es radical principio" del porvenir, no tiene pasado; pero en
contradicción consigo mismo
se ve obligado a hacer nacer de sí mis­
mo aquella historia de cuya
negadóri ese presente sin pasado roma
el impulso.
Ni pueden ser distintamente: las dos concepciones del
presente son una negación radical de la tradición, que no
es tal si
carece de porvenir o_ si está sin pasado.
• • •
¿Cuál es la posición del conservadurismo y de la revolución fren­
te a
la Iglesia que es inseparablemente carismática e institucional?
La de considerarla únicamellte, tanto· el conservadurismo como la
revolución, como una institucióll histórica para fines políticos y so-
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dales; aunque reconozcan -o admitan con fe sincera-su origen
divino y sobrenatural, la defienden o la combaten en la medida en
que
es utilizable para los fines de la conservación o de la restaura­
ción de un orden político y social, o de su destrucción por la instau­
ración de otro radicalmente_ nuevo. Según este punto de vista el con­
servadurismo_
se inclina a un "ateísmo práctico y a una teología po­
lítica",
y la revolución, por un lado, tiende a, un "ateísmo ideológico"
intransigente o transigente, según la táctica y la estrategia que em­
plea, por orro lado a favorecer la teología política de modo que se
dejen cada vez más de lado la teología dogmática, la divinidad
y el
fin sobrenatural de la Iglesia y cada vez más se acentúe su misión
mundana, soda! y política. Una y arra parten de la naturalización de
la religión y en ella coherentemente desembocan. Con frecuencia, en el
conservadurismo, la revalorización de la fe va acompañada de la des­
trucción del racionalismo en cualquier modo entendido, de la razón
como
tal, en nombre de la inmediatez del sentimiento, cuyo primado
se identifica con el de la fe que, privada del sostén de la razón, se
apoya en la autoridad indiscutible porque indiscutida, por su origen
divino, del "sentido común", . cuya autoridad se impone también en
el terreno
tempor~ exigiendo obediencia; y así el conservadurismo,
cuyo mérito es la defensa del principio de autoridad, coincide con el
autoritarismo.
-De aquél es fácil pasar más allá, desarrollando el con·
servadurismo en su alma nan1ralista e historicista, a la reducción de
la Iglesia (y, por lo tanto, del catolicismo) a una fuerza histórica, o
más bien a
la fuerza histórica en vías de incesante desarrollo, la úni­
ca válida para favorecer el progreso social y para consolidar la cohe­
si6n
y la existencia de la sociedad; la tradición o la continuidad his­
tórica se invoca en apoyo dé esta tesis y se fía al consenso universal.
Frente a esta posición,
la revoludón tiene una postura crítica: por un
lado se coloca contra el conservatismo que considera la Iglesia y la
religión como poderosas fuerzas aliadas de la conservación, y tiende a
destruirlas juntamente con
esta última; por otro lado, la revolución
está siempre dispuesta a aceptar la tesis naturalista e historicista de
la Iglesia y del Catolidsmo considerados únicamente como fuerzas
históricas, sociales y políticas, que se deben evaluar y comprobar de
un modo pragmático en el terreno de su eficacia y no de su verdad,
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REVOLUCION, CONSER.V ADURISMO, TR.ADICION
empujando hasta el extremo el historicismo y el naturalismo ·que -en
el momento que la reducen exclusivamente a este aspecto matan a la
Iglesia y matan también a la religión al privarla de su fundaruento y
de sus fines sobrenaturales.
En este es~do de guerra y al mismo tiempo de alianza, en cuan­
to que la recíproca oposición sostiene a uno y otra, conservadurismo y
revolución apelan a las fuerzas católicas, siempre sobre la base de la
Iglesia entendida como institución: el primero, para que se con­
vienan en fuerzas portadoras de la conservación; la segunda, en la
cual se coloca el progresismo católico, para que se hagan progresistas
y por tanto también revolucionarias, proyectándose hacia el porvenir,
ambos con acentos mesiánicos; el uno con un mesianismo de rígida
conservación del áureo "staru.s quo" o del "antes"; la otra, con un
mesianismo a modo de un adviento prometedor de un paradisíaco e
indefectible "después".
En ambas posiciones la Iglesia sólo tiene que
desarrollar una misión histórica:
para el conservadurismo, como la
que, en cuanto institución, es la depo.sitaria de este cometido ( en la
jerarquía; culminante en la autoridad del Pontífice, se .manifiesta la
soberanía divina; la infalibilidad del Papa y su soberanía temporal se
hacen sinónimos); para la revolución, como aquella que cesando de
ser la Iglesia del conservadurismo o
de_ la restauración, es siempre,
como institución,
útil a la sociedad y, mientras cumpla una función
histórica, puede entrar en diálogo con
.las nuevas instancias sociales de
que
es portadora la revolución misma, adaptarse a los nuevos tiem­
pos e identificarse con la idea exclusivamente temporal de un pro­
greso para finalidades puramente históricas
y mundanas.
Nos encontramos frente a dos concepciones de la Iglesia, enten­
dida como fuerza política
y social; a dos teologías políticas, si bien
una habla todavía de Dios
y otra decreta su muerte; en una, la Igle­
sia carismática
y su alma místico-ascética está por lo menos subordi­
nada a lo temporal; en otra co-eliminada del todo como superada por
el proceso histórico del crecimiento del hombre y de su concepción
social, como si
la veste institucional de la Iglesia y su misión mundana
agotasen todo el set de la Iglesia y toda su verdad. Así, la tradición
dogmática cede el puesto a la puramente hi_stórica: Cristo, el Verbo
encarnado, crucificado
y resucitado para la salvación eterna es como
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MICHBLE F. SCIACCA
olvidado; queda el hombre, del cual conservadores y revolucionarios,
según las circunstancias, se dividen-lcis vestido's como los soldados de
Pilato.
Es evidente que la Iglesia, ni aun como insdrución, puede conver­
tirse
en protectora de v~ejas estructuras políticas y sociales. ni en des­
heladora de la tradición-por los intereses o los -privilegios de esta o
de la otra clase, ·ni-siquiera en el caso· en _que revolución o conserva­
ción se propongan reparar injusticias sociales si el mejoramiento de
las condiciones de vida
y del orden político se considera como el fin
último del
hombre, independientemente de su -fin sobrenatural. la
Iglesia no puede en ningún caso prescindir de la salvación de las
almas, lo que es su misión primaria y fundamental, la que le fue con­
fiada·
paf Cristo al fundarla~ Esto no significa que la Iglesia no tenga
su misión mundana
y que puéd.a dese.titenderse del orden político o
social; la tiene
y, en nuestra opinión, consiste en el oponerse al· con­
servadurismo
y a la revolución, dos modos, en el fondo, de -negación
del progreso
y de La tradición que la Iglesia considera siempre con
vistas al bien común
y siempre que el fin sea la salvación eterna,
como una unidad indivisible dentro de su distinción:

progreso de
y
en la tradición y tradición en el progreso; lo nuevo que no reniega
de la tradición
y. saca de ella su alimento y la ttadición siempre re­
planteada
y renovada, por encima de la conservación o restauración
de lo
viej-o y_ por encima, e incluso contra, si llega el Caso, moderni­
zaciones
y "aggiornamentos ,. subversivos y deformantes. Como he es­
crito en otro lugar (ver Filosofia y antifilosofia, Milán, 1973', pá­
gina 121) "La afición idolátrica y
por eso snper'sticiosa al pasado lo
mismo que el rehusarlo de plano inspirándose en otra idolatría supers­
ticiosa
y _fanática del "salto hacia adelante ... " son un producto de la
pérdida de la "luz de La tradición" y, por esto mismo, también de la
"luz del progreso".· Tradición y progreso siempre en la Iglesia, con­
cebida como unidad
'indivisible de la Iglesia-carismática e institucio­
nal que
enseña y actúa en el· mundo como institución apostólica o
anunciadora de la Revelación,
de la quf" es depositaria infalible, para
la salvación de los hombres, a la que concurren de modo inseparable
la paz temporal o del cuerpo
y La paz espirirual.
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