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1973

Revolución, Conservadurismo y tradición

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1973
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El conservadurismo y su visión de la historia

EL CONSElRV ADURISMO Y SU VISION DE LA IIlSTORIA
POR
JosÉ ANTONJO G. DE CORTÁZAR y SAGARMÍNAGA.
l. Planteamiento,
Un tema beligerante y quebradizo me ha tocado en suerte des­
arrollar ante ustedes. Comptendo que quizá pueda herit algunas sus­
ceptibilidades, aunque, como es natural no es esta mi intención. Pero
al examinar los problemas del conservadurismo, tema que se escapa
de las manos como una anguila, y al estudiar las grandes figutas de
la tradición, del conservatismo y del conservadurismo por otro, es
posible que algunos de ustedes muestren su disconformidad conmigo.
Es un ensayo de, un terna erizado de dificulrades porque existen opi­
niones
pata todos los gustos ya que es difícil calificar de conserva­
duristas a muchos pensadores o sistemas políticos, como también es
resbaladizo eliminar de
este término despectivo a otros. Espero de
la bondad de todos que en los puntos que se discrepen se sirvan di­
rigirse a mí para compulsar opiniones, rectificar citas o modificar
juicios. Y ahora, con la ayuda de Dios, varoos adelante.
2. Visión de la historia y conservadurismo.
Ante el problema que nos interesa -visión de la historia y con­
servadurismo y que también se extiende a la visión de la historia del
conservadurismo-, es obligado
examinar, aunque muy someramen­
te, el problema de las diversas historiologías que se han presentado
en
el campo de batalla del pensamiento en el transcurso de los úl­
timos años. También es conveniente. estudiar, brevísimarnente por
cierto, el problema capital de la Filosofía de la Historia. Aunque pa­
rezca que con ello nos escapamos del tema concreto asignado a nues-
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tto trabajo, creemos que no es así, ya que es la mejor manera de cap­
tar todos los distintos matices del mismo. Se ha afirmado por algunos
que
la historia obedece a ciertas leyes fatales, por ejemplo, el mar­
xismo; otros creen, como Meyer y Toynbee, Huizinga, Albert, y
Weber, que
es la obra de un azar, de ese a= que aplicado a las leyes
físicas ha sostenido recientemente con gran. audiencia de crítica el
profesor Monod; para muchos la historia es un conjunto de unidades
historicas
-aclaro que en esta apretada síntesis sigo en parte la obra
"Humanística" del recientemente fallecido
Lattaz-como defien­
den Vico, Buchez, Danilevski, Guplowicz, no hace mucho tiempo el
propio Spengler y recientemente Sorokin en quien la teoría de las
unidades históricas pierde, como se ha dicho acertadamente, un poco
de su dogmatismo y Toynbee que alarga la serie de estas unidades
hasta
. veintiuna mientras Buchez admite solo cuatro, Gobineau diez,
Danilevsky once y Alfred
Weber once también; o si al contrario la
historia no
es más que un "ttend" unh¡ersal, una flecha que sigue un
camino por encima de la anécdota de las unidades históricas o civi­
lizaciones
encerradas en sus propios muros, ~mo sostienen, a par­
tit de Turgot y Condorcet, Herder, Alfred Weber y otros; si el des­
arrollo de la historia se apoya en un factor predominante o en varios,
ya sean estos en línea regular, ya sean cíclicamente, ya sean alternati­
vamente, ora --como dice Larraz-en series paralelas, ora en juego
contradictorio; si la historia es línea o ciclo; si es flecha o círculo
( esta tesis alumbrada por Vico,
según el cual la Historia no se cum­
ple universalmente sino por pueblos cada uno de los cuales atraviesa
un "Corso" o recorrido constituido por tres edades: la divina, la he­
r6ica y la humana, la cual al hundirse en la injusticia inicia un
"Ricorso", un nuevo recorrido que vuelve a repetir las tres fases
expresadas); si la historia según el padre Gratty es cíclica pero pro­
gresivamente, o si es un sentido que empuja definitivamente al hom­
bre hacia el marxismo según las tesis de Marx, Lefebre y algunos de
los cristianos en marcha hacia el socialismo o
se dirige como Larraz
a
la· realización del bien común institucional. De todo ello lo que nos
interesa guardar es que para nosotros la historia parte de Dios y va
hacia Dios y que esa fecha o
ese sistema de unidades históricas ce­
rradas o progresivas tiene un eje -la Encarnación de Jesucristo-
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EL CONSERVADURISMO
y un fin, el propio Cristo, no en el sentido del Punto Omega del
padre Teilhard, sino el que ha sustentado siempre la teología y la
filosofía cristiana.
De todas maneras hay que reconocer que se puede defender que
las mismas teorías cíclicas no
se oponen radicalmente a nuestra idea.
Al menos en su afirmación esencial de que el origen y el fin de la
historia sea Dios. Sólo se refiere a momentos, a situaciones particula­
res, pero que-varían siempre de modelo y que caminan, aunque a
primera vista no lo
parezca, por senderos que llevan muchas veces
a la verdadera singladura de la historia.
Para los cristianos, 1repetimos, el sentido último de la historia
----<:omo dice Haecker-está determinado por el. bien supremo, el
Surnmum Bonum, que es Dios. La tradición, interpretarnos aquí el
pensamiento de Mircea Eliade; aplicando su idea a nuestro tema con­
creto, no es una rebelión contra el tiempo movida por la nostalgia . .Si
eso así fuera caeríamos en un simple conservadurismo que no es más
que la expresión de una sociedad petrificada. Y esta sociedad petri­
ficada, representante pura en la realidad vital de
un pensamiento
conservadurista, es la que sólo quiere permanecer estática, muerta, la
que solo pretende conservar un orden de ideas inujsto, es decir, una
simple máquina neumática de un pensamiento arrofiado. No es más
que una lata de conservas de un momento bueno
para los privile­
giados sin
las obligaciones que surgen para todos de una tradición
viva. Por ejemplo: ¿Cuándo
se suicida la nobleza como clase? Sólo
cuando quiere gozar de los derechos y abstenerse de las obligaciones.
En España concretamente cuando se hace simplemente una nobleza
cortesana. Nada más triste que contemplar
el paisaje iluminado por
los sangrantes ponientes de la historia, como cuando leemos los
de­
cretos de Felipe IV para obligar a esta aristocracia que descansa en
la almohadilla de
sus privilegios a participar activamente en la guerra
cuando. se va a perder Porrugal: las cuarro quintas partes de los man­
dos del ejército en campaña están, a falta de nobles españoles, en.
manos de extranjeros. Estamos ya en presencia del ~uicidio de la
aristocracia.
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3. Filosofía fonnal y material de la historia.
En esta altura de nuestro trabajo es _conveniente traer a colación
ciertas nociones de Filosofía de la Historia
para aclarar el tema que
tenemos
entre manos. Seguimos en_ este punto a Ferrater Mora para
quien existe una Filosofía material de la Historia, que se ocupa pri­
mariamente
de los hechos (San Agustín, Hegel, Spengler, Toynbee
aunque con
ciertas implicaciones conceptuales) y una Filosofía fomud
que se ocupa fundamentaltoente de conceptos puros (Rickert, Col­
lingwood) aunque también con algunas implicaciones fácticas.
La filosofía formal a lo largo de la historia tiene varias direc­
ciones: la escuela filosófica antropológica en la que en la filosofía
contempla estos principales caminos: los de Dilthey y Ortega, los
marxistas, las
de Troeltsch y Mannheim, los de Heidegger que sólo
ve en el hombre un ser de lejanía, la escuela espistemológica aunque
tiene
· implicaciones de la anterior; la escuela neokantiana con Win­
delband y Cassirer y la escuela analítica de Gardiner y Dray.
La filosofía material de la historia se ocupa ante todo del sentido
de la historia. Hay así entre las diversas visiones de la historia una
visión teológica que explica la historia como la realización de los
designios de la Providencia, como una marcha hacia un reino d_ivino;
(esta es, en definitiva, nuestra tesis sobre el sentido de la historia con
lo que recogemos lo mejor de la tradición católica). (El propio Hegel,
como nos recuerda Jaspers, a pesar de las varias direcciones de su
pensamiento
y. de las muy equívocas interpretaciones del mismo,
afirma que toda la historia va a Dios y viene de El; y que el adveni­
miento del Hijo del Hombre
es el eje de la historia universal.)
Vallet ha escrito refiriéndose a este terna: "Es preciso que todos,
gobernantes y gobernados, sintamos la necesidad que nos compete
en la coos·ervación, mejora, restauración o reposición del orden na­
tural querido por el Creador". Esto me recuerda una feliz frase de
Balmes que
yo hago mía: "la religión es la verdadera filosofía de la
historia".
Por su parte, Ellas de Tejada remacha: "El hombre es una saeta
que rasga el suelo de aquí abajo entre la nada y la eternidad, una
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EL CONSERV ADURJSMO
eternidad que pende de lo que obra mientras se está concretamente
usando
de la vida concreta que Dios le concedió sobre la tierra, sin
ponerle más limitación a su libertad que la de que no pueda dejar
de ser libre en
la responsabilidad de su destino ultraterreno." Es
decir, proclamamos abiertamente nuestro rechace del historicismo al
uso. Contra el historicismo irresponsable
-de tan variadas proceden­
cia-Popper acaba de escribir: "Con el fin de informar al lector
de los resultados
más recientes, me propongo dar aquí en unas pocas
palabras,
un bosquejo de la refutación del historicismo. El argumen­
to se puede resumir en cinco proposiciqnes como sigue: 1/ El curso
de la hisroria humana está fuertemente influido por el crecimiento
de los conocimientos humanos ... 2.' No podemos predecir, por mé­
todos racionales o científicos, el crecimiento futuro de nuestros cono­
cimientos científicos . . . 3.' No podemos, por tanto, predecir ~ curso
futuro de la historia humana
... 4.' Esto significa que hemos de re­
chazar la posibilidad de una historia teórica, es decir, de una ciencia
histórica
y social, de la misma naturaleza que la física teórica. No
puede haber una teoría científica del desarrollo histórico que sirva
de base para la predicción histórica.
5.' La meta fundamental de los
métodos historicistas . . • está, por lo tanto, mal concebida
y el histo­
ricismo ca.e por su base."
Otra de las divisiones de la filosofía material de la historia es la
metafísica que coloca
una entidad metafísica, voluntad, idea in­
consciente, etc., en el centro productor de la historia. La visión natu­
ralista es --dice Ferrater-"la de aquellas doctrinas que erigen uno
o varios de los llamados factores reales en motores efectivos del des­
envolvimento histórico o que convierten la historia en un desarrollo
inexorable de etapas tales como la niñez, la juventud, la madurez,
etcétera, de la humanidad". Estos factores pueden ser la economía, la
raza, la condición geográfica. Para Max Scheler la historia se explica
como función
de factores reales y determinaciones ideales. A efectos
de nu_estro trabajo está clara nuestra posición beligerante ante mu­
chos de estos conceptos por la fatalidad e irreversibilidad de su sig­
nificado.
Siguiendo a Ferrater distingamos la segunda clasificación de fi­
losofías materiales
de la historia: dos principaies, la lineal y la cíclica.
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/OSE ANTONIO G. DE CORT AZAR Y SAGARMINAGA
La lineal concibe a la historia como un desarrollo continuo a través
de determinadas etapas. Dos direcciones principales
se distinguen en
ella; un hecho
histórico, nudo de la historia, o etapas diferentes sin
un hecho central. Dentro de
la primera está la concepción cristiana
de
San Agustín y Bossuet, es decir, la concepción providencialista
según la cual el mundo
es dirigido por una providencia y la historia
camina hacia Dios.
Es obvio repetir que esta es nuestra tesis.
La tesis de fases diferentes se subdivide a su vez en concepciones
naturales
como las de Voltaire, el progresismo, las concepciones bio­
culturales de Herder, la metafísica de Fichiheger, las sociales de Comte
y Mru:x. Todas suelen pasar por avances y retrocesos, por optimistas
o pesimismos. (Entre
los pesimistas coloca Ferrater a De Bonald,
Maistre
y Donoso: Me permito argüir que son pesimistas en la forma
ante hechos
concreros de su tiempo, pero optimistas porque saben
que la historia
se rige por la providencia, única ley que admitimos
frente a los irreversibles sentidos de la historia hoy tan aplaudidos
irresponsablemente
y tan de moda.)
Respecto a la forma cíclica -para la que la historia se desarrolla
en
fases que se repiten y a la que volvernos a meocionar pese a lo
dicho anteriormente,
y perdónesenos la repetición-existen dos prin­
cipales grupos: Uno
se funda en factores sociológicos y culturales
(por ejemplo Vico); otro en la idea de las civilizaciones (Spengler
y Toynbee). Ferrater habla también de combinaciones de las ideas
lineal y cíclica, de
las concepciones progresistas y decadentistas ( en
estas últimas veo
yo la concepción conservadurista de la historia)
"que pueden dar lugar a varias misiones más complejas para cada
una de las cuales puede encontrarse una "forma", "modelo" o "fi.
gura". Partiendo de nuestros principios no es difícil aplicar la solu­
cióri a táda una de estas posiciones.
4. Conservadurismo e historia.
Si aplicamos a cualquiera de las v1S1ones históricas la idea del
conservadurismo vemos que en todas ellas puede encontrarse y de
hecho se encuentra siempre una fase o etapa
conservadúrista, a ex-
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EL CONSERV ADURJSMO
cepción de la concepción tradicional de la historia del cristianismo.
Cualquiera que sea
la doctrina observada en relación con el tema del
conservadurismo, hallaremos latentes en muchos aspectos, etapas o
formas cíclicas o lineales o de cualquier otra formulación que muestra
el
perfil del conservadurismo con una visión de la historia que po­
demos
llamar petrificada. Hay siempre un momento en las diversas
fases
de la historia en la que el conservadurismo triunfa, en la que
el mundo de
las ideas y de los sentimientos queda embalsamado, es­
tático, estéril. En una palabra, todas las historiologías admiten en su
seno la presencia de un eón conservadurista.
Es conveniente, como muy bien aclara Gambra, que antes de in­
troducirnos
en el examen del conservadurismo, distingamos éste del
conservatismo, que es un concepto neutro que puede ser bueno o
malo. Por ejemplo, el conservatismo de la tradición viva y fecunda
unido a un espíritu dinámico que presenta soluciones en cada mo­
mento del devenir· del hombre, es san.o; el conservatismo de formas
disecadas, impoteri.tes, infructíferas, sin el aliento de una tradición
que empuje desde el pasado, es dañoso.
En general el término conservador que puede responder a este
conservatismo sano del que habla Gambra y que ·constituye una de
las tenazas
de la tradición siendo la otra la aparición viva y actual de
lo
ren011ador fecundo, base de las ideas y sentimientos nuevos que
son válidos -para entonces, para aquí. y ahora y para mañana-,
no ha tenido fortuna ni en los tratadistas ni siquiera en los propios
diccionarios. La mayor parte de ellos dan a la palabra conservador un
sentido de conservadurismo, o sea, sólo yen la deformación despee-
. tica del término. Así el diccionario de la Real Academia en la ter­
cera acepción del término conservador dice: "que profesa las doctri­
nas políticas que toman en gran consideración
la continuidad del
espíritu
nacional". Con todos los respetos para la Real Academia no
creo que esta definición haya limpiado, fijado
y dado esplendor al
idioma, porque la definición es igualmente aplicable a
una de las
tenazas del espíritu tradicional a la que antes nos hemos referido y,
en cambio, no aclara lo que diferencia a ªla doctrina simplemente con­
servadora
de la doctrina enraizada en la ttadición viva. En la palabra
conservadurismo el diccionario dice escuetamente: "Doctrina política
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/OSE ANTONIO G, DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
del partido conservador español". Así limita mucho el término. Y
si la acepción de conservador es extensiva, aunque no clarifique sus
límites, la noción de conservadurismo es profundamente restrictiva.
Con respeeto al término tradicionalismo, el Diccionario de la
Acadeniia díce, con un criterío reaccionario en el peor sentido de la
palabra, que es él "sistema político que consiste en mantener o res­
tablecer las instituciones antiguas en el régimen de la nación y en la
organización social". En una palabra, olvida el movimiento diná­
mico, vivo, · palpitante y actual de la tradición lo que hemos llamado
la tenaza abierta a las innovaciones y la adaptación a las necesidades
concretas
y vitales de cada momento histórico. En la definición (del
Larousse se define el conservadurismo como "la condición de aqué­
llos
que_ son hostiles a las innovaciones políticas y sociales e incluso,
a
veces, a las innovaciones técnicas". El diccionario enciclopédico del
"lleader-Digest" escribe al definir al conservador: "dícese del par­
tido político que se opone a innovaciones".
5. La tes-is de "VERBO".
Con una enorme claridad la revista "VERBO" en la convocatoria
de la XII Reunión de Amigos de la Ciudad Católica fija perfecta­
mente, a nuestro modo de ver, los dos términos que son base de nues­
tro actual trabajo. Así, dice: "Conservadurismo es una petrificación
de lo que había sido tradición viva y que ya no es sino un cadáver,
como también lo es la adhesión a los resultados de una revolución
triunfante consolidada generalmente en un estado totalitario de
cuyos
puestos de mando la nueva clase pretende no desprenderse". (Basta
recordar
--'aunque volvamos después a este tema-en la segunda
acepción
de esta rotunda definición los actuales conservadurismos de
Rusia, Yugoeslavia y otros países marxistas y en la historia, la adhe­
sión conservadurista a la política napoleónica de Luis Felipe o del
Pequeño Napoleón.)
Sigamos con "VJlRBO": "Historicismo es el mero arrastre de la
hi~toria sin perspectiva suprahistórica, sin metafísica alguna que lo
trascienda al contemplarlo". Dentro del historicismo, en la definición
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EL CONSERV ADURJSMO
de_ "VERBO" nos interesa la parte que se relaciona con nuestro tema:
la posición del hombre que se sitúa en el río. de la historia de es­
paldas a la corriente contentándose con recoger lo que éste le trae.
Pero a este historicismo y al otro el de contemplar la Historia como
nn destino fatal e irreversible hay que oponer la tesis de los mejores
pensadores
-últimamente el propio Valler-quien recogiendo las
ideas de Charpentier, escribe sobre "El movimiento de la historia" ...
"El batonnier Jacques Char¡,entier nos lo expone con nn hnmor
que nos resulta negro: "Cuando Francia --dice, no olvidemos
que escribe para franceses----pierde sus colonias es el sentido
de la historia. Cnando Rusia coloniza Polonia, Rnmanía
y Hun­
gría, es también el sentido de ía historia. Lo era tambien cuan­
do Hitler asesinaba en masa a los judíos. Lo es aún cuando la
ONU mantiene la anarquía en el Congo.
El sentido de la historia,
como dice el mismo autor, apacigua todos los escrúpulos, resuelve
todos los casos de conciencia, rehabilita todas las ineptitudes y jus­
tifica las peores atrocidades". Leamos a Gambra, continúa Vallet:
"El débil, el indolente
y el cobarde justifican en el mito su inacción
o
su falta de resistencia frente a la justicia, apelando a las exigencias
de un devenir incontenible;
el fuerte o el ambicioso por sn parre,
justifican también su pasión de mando y su mismo mandato, como
producto de la necesidad histórica. El gobernante acrual, el dictador
o el hombre fuerte de cualquier situación no se siente ya en la ne­
cesidad de buscar justificaciones legales o morales a su mandato,
sino que lo afirma
como puro poder en tanto que producto de la
historia en su proceso creador".
El conservadurismo quúnicam.ente puro es solamente una vuelta
al pasado inmediato, es decir, a la conservación del estado actual de
cosas por que sí, a la pura inercia, a la esterilidad más extremada,
al mantenimiento de un orden aunque este sea un desorden estable-­
bido. La frase de Goethe de prefiero la injusticia al desorden -<¡ue
yo· encuentro sumamente discutible------puede ser el lema de esre tipo
de conservadurismo.
Para mí el conservadurismo que más nos interesa -por las cir­
_cunstancias históricas en que vivimos-es el nacido de la Revolu­
ción francesa. Y de otras revoluciones posteriores, aunque tengan dife-
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rentes signos. Es un simple ideal amojamado, cadavérico. El dejar las
cosas como son, aceptando -los principios revolucionarios. Frente a
él la tradición, que también es conservadora en lo que es útil y vivaz,
es una asimilación de principios fundamentales válidos para todas las
épocas. Y frente al conservadurismo nacido
de la revolución se yer­
gue
la tradición válida ea señal de eterna lozanía.
Ha dicho Berdiaev: "Es un error el creer que los pueblos y las
sociedades, viven
en el presente. El presente es algo apenas asequible.
En realidad se vive ea la fuerza del pasado y en la atracción del porve­
nir". "De ahí, como escribe Uscatescu, lograr reunir por tanto en
una fecunda idea, tradición y futuro, pasado y porvenir, significa de
por sí penetrar en el secreto de la dinámica humana, espiritual, po­
lítica y social'". Berdiaev de la mano de Uscatescu nos dice: "La vida
es progreso pero el pasado continua viviendo. El pasado no se des­
truye y si por azar llegara a ser completamente aniquilado no podría
existir el progreso.
No se puede destruir sino un pasado muerto,
falso, corrompido, dañino a la marcha de la vida,
pero no el viviente
y precioso y adquirido para la eternidad". Karl Jung sintetiza maravi­
llosamente: "hoy tiene sentido solamente lo que petmanece
entre
el ayer y el mañana".
El conservadutismo es el culto al precedente por el precedente.
Pero el precedente cercano, al
de una situación no lejana. Le falta en
absoluto perspectiva para otear los grandes caminos de la historia.
Es una medida de simple remedio para un momento, sin basarse en
un pasado vital sino simplemente en un ayer contingente, sin pen­
sar en el mañana. Es dormir bajo la almohada de una situaeión sin
preguntarse
por la doctrina que la sustenta y de su responsabilidad
ante la historia universal. Es en resumen una situación de presente
anclada a un pasado próximo y miope sin la menor visión del futuro.
MARAVALL nos recuerda que ha habido inuchos conservadores que
critican la idea del progreso. Así Spengler y Friedman.
"La querella
de
antiguos y modernos -ha dicho Cuttius--es un fenómeno cons­
tante de la historia".
Es toda una actitud cultural la que en ese debate
se revela. Como dice Maravall la postura de los
antiguos es lo con­
servador~ la de los modernos, el proceso revolucionario. La tradición
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EL CONSERV ADURJSMO
(agrego yo, de la vivaz actual) enlaza e integra a ambas, supetándolas
en una superior unidad.
Sobre el conservadurismo y la reacción de la sociedad .estática
escribe Maravall:
"Las fuerzas <=9nservadoras españolas en. el mante­
nimiento estático de
un orden que toda sociedad suscita en su con­
creta situación
se oponen... a las tendencias renovadoras". De ahí
la conocida advertencia conservadora contra los peligros que toda
novedad enttaña para la estabilidad de un orden. Pero, como añadi­
mos nosottos, al emplear Maravall la palabra conservadora
se refiere
radicalmente
al auténtico conservadurismo.
Para Elliot en su obra "la idea de una sociedad cristiana" el
conservadurismo que el
llama conservatismo (no distingue como
C-.ambra entre conservatismo y conservadurismo) es demasiado a me­
nudo conservación de las cosas malas. Más adelante, y refiriéndose al
problema del liberalismo
y del conservadurismo, escribe: "Aunque
el liberalismo esté
en conttaste con el conservadurismo, ambos pueden
ser igualmente repelentes:
Si el primero puede significar caos, el
último puede significar petrificación. Siempre volvemos a enfren­
tarnos con esta pregunta: ¿Qué es lo que ·debe desrrnirse? Y así mis­
mo con esta otta: ¿Qué es lo que debe
conservarse? Ni el liberalismo
ni el conservatismo (en su sentido de conservadurismo, aclaramos)
bastan para guiarnos, ya que no son filosofías sino, quizás, sólo cos­
tumbres. En el siglo
XIX el partido liberal tenía su propio conserva­
tismo y el partido conservador su propio liberalismo; ninguno· de
ellos sostenía una filosofía política."
Eugenio D'Ors en La ciencia de la cultura, escribe a este respecto
que la mentalidad conservadora cuando muestra preferencia por lo ac­
cidental y allegadizo, por lo que en biología se llaman "caracteres ad­
quiridos", se convierte en un elemento anticultural "como ha podido
verse en la civilización china y, en menores proporciones, en los. nacio­
nalismos y racionalismos de Occidente. Pero cuando se refiere a lo
esencial y básico, lo que realmente se encuentra en una actitud de
unidad, ía tradición, el conservatismo, que de la sucesión de hogares
resulten, tiene un sentido unitario eminentemente favorable a la teo­
ría de la cultura".
En otto lugar habla D'Ors de que la descolonización del pasado,
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del seudo anecdótico pasado, del pasado putamente concreto, está
desprovisto de actualidad, de la misma manera que está desprovisto
de eternidad. Este conservadurismo concreto, apostillo yo, es
el que
defiende un estado de cosas amorfo por no cambiar, por permanecer,
por cerrar la puerta a toda innovación. Al conservadurismo se le pue~
den aplicar las palabras de Sciacca, aunque referidas a nuestra actual
civilización, que en muchos de sus aspectos vive un conservadurismo
exclusivamente material: "Nuestra civilización es una dvilización
efectivamente ciclópea. Pero como el cíclope . de la leyenda tiene un
ojo:
sólo el de la materia. Le falta el del espíritu y sin ese, que es
el más propiatpente humano, el hombre queda en tinieblas. El hom­
bre civilizado
de hoy es un gran bárbaro porque no hay mayor ni
peor barbarie, como
ya dijo Scheler, que la barbarie científica y téc­
nicamente. establecida". Estas palabras sintonizan perfectamente el
espíritu que anima el programa de .. Verbo" anunciando estas jor­
nadas. Es decir, considerado el conservadutismo como la adhesión a
los resultados de una revolución triunfante, consolidada generalmente
en un ~stado totalitario' de cuyos puestos de mando la nueva clase
pretende no desprenderse dando en la sociedad de masas. Como sín­
tesis
de roda esta parte del trabajo, podríamos citar la de Eduardo
Aunós
en su Romanticismo y polltica: .. Sería un gran error confun­
dir el cónservadurismo con el tradicionalismo, son dos tendencias
completamente distintas: . . . el tradicionalismo es una doctrina de
disconformidad de la realidad ambiente. Su ambición es alterar la
corriente
de los hechos, no para remansarla en un recodo de quietud
provisional; sino para hacerla retornar a sus verdaderos cauces."
6. Formas del conservadurismo.
Por lo general, ya lo hemos dicho anteriormente, la mayor parte
de
los tratadistas mezclan al conservadurismo con ideas que ellos
creen afines: así con el conservatismo neutro de que habla Gambra
o con
el propio tradicioriálismo. Tanto en uno como en otro éaSo la
equivocación, es notoria. Porque el cooservatismo -ese término neu­
tro que define Gambra-puede tener una perspectiva válida mieñ­
tras que el conservadutismo es en realidad una idea caduca y estéril
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EL CONSERVADURISMO
cuando no radicalmente mala. Y mezclar conservadurismo con tradi­
ción --cosa que no solo hacen los marxistas y revolucionarios sino
también escritores liberales ( el propio Weber mezcla en Economía
'Y sociedad conservadurismo y tradición)-es desconocer en esencia
el valor de la tradición, expléndido conjunto de conservación del pa­
sado válido y de la asimilación de lo actual válido para un futuro
de esperanza y vida. ¡ Cómo que no existe una diferencia radical y
beligerante entre un Guizot -símbolo para mí del má.s típico con­
servadurismo con su famoso consejo a los franceses "Enriqueceos" -
y los pensadores de un conservatismo sano pero incompleto y, sobre
todo, con las verdaderas bases del orden natural que propugnamos!
Hay un conservadurismo que ha existido siempre en todas las
formas políticas, aun en las más revolucionarias, como podemos ver en
los imperios
asiáticos y en otras fórmulas de la h_istoria antigua; otro
conservadurismo, que es el más interesante para nosotros, que parte
de los epígonos de la revolución Francesa y que tomó cuerpo en los
partidos moderados del siglo
XIX que aceptaron las tesis de la Re­
volución o, al menos, muchas de ellas; otro conservadurismo es el
sueño que engendró monstruos de esa revolución a caballo que _fue
Napoleón; otro conservadurismo, el de las monarquías que se suici­
daron como
la de Luis Felipe; otro el de la Santa Alianza; otra el de
los Estados del Sur de Norteamérica, es decit, el conservadurismo
nacido
de la burguesía y del capitalismo; otro, por ejemplo, el en­
gendrado en la sociedad
de Napoleón III, sin contar los actuales con­
servadurismos -a los que ya nos hemos referido-en que vive el
pensamiento
y la acción de los regímenes totalitarios de Rusia, Yu~
goeslavia y muchos engendrados en parecidas ideas y los nacidos de
toda revolución con la aparición de una nueva clase que, ante todo,
sólo quiera una cosa: permar.iecer.
Se ha hablado también del conservadurismo ligado a la geron­
tocracia, a la política de los viejos y a los honoratiores que dice W e­
ber, o sea, al conservadurismo basado en las personas que adminis­
traban o administran organizaciones por una dedicación exclusiva
que descansa en una fuerza social o
profesional que se convierte poco
a poco en una costumbre petrificada aceptada por los demás.
Según Duverger esto ocurre
y profesionalmente en la mayoría de
763
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/OSE ANTONIO G. DE CORT AZAR Y SAGARMINAGA
los partidos democráticos del mundo. Véase, por ejemplo, el paisaje
que
nos muestra la actual sociedad norteamericana.
Incluso en el propio mundo del pensamiento
se ve como muchos
escritores
(ya nos referimos.antes al propio Max Weber), confunden
las nociones de simple conservación, conservadurismo y tradición.
Así para algunos el mismo Burke es, ante todo y sobre todo, un con­
servador; otros como Kink
lo considera un tradicionalista; para
nosotros
es un pensador, sólidamente tradicional, dado el aborrascado
tiempo en-el que tuvo que vivir. (Lo qú.e nos parece una afirmación
delirante es la de Ebenstein que llega a tildarlo de demócrata.)
Para nosotros, volvemos a afirmatlo, Burke es una mezcla de tra­
dición y conservación, aunque no por ello dejen de aparecer algunas
veces en su ingente obra obra doetrinas típicamente conservaduristas.
Pero hay que reconocer que sus Reflexiones sobre la Revoluci6n
Francesa fueron la primera gran crítica -:viva en muchos todavía­
de los principios de 1789. Y en ella se inspiraron los escritores con­
trarrevolucionarios, algunos · defensores de la tradición más estricta
como De Bonald y Maistte; otros simplemente conservaduristas como
Guizot y Meternich; otros liberales conservadores como Tocqueville
( de gran transcendencia en
el pensamiento actual antirrevolucionario)
y el propio, extraño y peligroso Hegel -arma de 32 filos como la
Rosa de los Vientos-, aunque parece, según ciertos autores de valía,
que éste no conoció la obra del gran escritor inglés.
No hay que olvidar en el curso de nuestro trabajo la intensa re­
lación que tambiéu
ha existido entre conservadurismo y liberalismo
sobre todo en el siglo
XIX. En sus Instituciones políticas 'Y de,-echo
constitucional el profesor francés Duverger -con el que nos senti­
mos en muchos lugares de su obra en posición radicalmente opuesta
por su concepción del derecho constimcional y por su visión parti­
dista de la
Historia-, al tratar de las aportaciones de otras ideologías
al liberalismo, escribe:
"'La ideología liberal se ha desarrollado, sobre
todo, en el interior de sistemas poHticos conservadores; de ahí que
las sociedades liberales no hayan podido nunca desembarazarse total­
mente de la influencia de
las instituciones y de las ideologías con­
servadoras ...
Más adelante dice: "'Las relaciones del liberalismo y
del conservadurismo
han evolucionado profundamente: Enemigos en
764
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EL CONSERVADURISMO
el siglo anterior (aunque para nosotros la mayor parte de los conser­
vadurismos son de inspiración liberal) en éste se han fusionado más
o menos. En esta fusión
el conservadurismo ha sido más o menos ab­
sorbido. No obstante alguno de sus elemeatos persistea aún en el
interior
·del liberalismo contemporáneo".
Las relaciones liberalismo-conservadurismo son "al principio, se­
gún Duverger, violeatamente antagónicas: "El siglo XIX está domi­
nado por la lucha de los conservadores y de los liberales .

. . El
com­
bate es iniciado por los liberales contra los conservadores que de­
tentan el poder en los antiguos regímenes monárquicos y aristocrá­
ticos ... En la base se trata de una lucha .de clases". (Al escribir esto,
subrayo, Duverger, como tantos otros autores, mezcla las ideas con­
servadoras y conservaduristas con algunas de la perenne tradición.)
"Los liberales
-continua el escritor francés-representan esencial­
meate a
la burguesía manufacturera, comerciante e intelectual, y los
conservadores
la aristocracia tradicional (¡ otra anfibología, exclamo
yo!) fundada en los privilegios de nacimiento
y en la propiedad de
la tierra
... La burguesía quiere eliminar a la aristocracia de la di­
rección del Estado y ocupar su lugar .•. El conflieto de clases se trans­
forma en lucha de dos ideologías que se convierten en dos sistemas
de valores irreductiblemente opuestos
~ntre los cuales la coexistencia
parece casi imposible".
Duverger continua unas líneas después: "No obstante los con­
servadores y liberales se acerca¡on enseguida: incluso han llegado a
fusionarse más o menos en un mismo ·partido en la época contem­
poránea. El partido conservador británico es ea realidad un partido
liberal conservador que ha guardado
d nombre de conservador y
tomado una doctrina esencialmente liberal. Su clientela corresponde
a
la vez a los conservadores y libetales del siglo XIX; una pequefia
parte de estos últimos
se eacuentra ea el reducido partido liberal que
subsiste todavía.
Lo mismo puede decirse de la democracia cristiana
alemana, de la democracia cristiaoa italiana, de la Unión de
demó­
cratas para la República de Ftancia. La derecha occidental actual es
conservadora liberal contra una izquierda socialista". Posteriormeate
el escritor francés agrega: "La unión de los conservadores no es total.
Muchos sienten la nostalgia de un sistema autoritario. Los fascismos

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/OSE ANTONIO G, DE CORTAZAR Y SAGARM.INAGA
contemporáneos han renovado las viejas ideologías consetvadoras dán­
doles nn aire moderno .

. .
La ideología conservadora mantiene, por
tanto, nna fuerza latente dentro de
lo que se podtía llamar el sub­
consciente de las sociedádes occidentales". Como vemos, la mezcla
.de las ideas conservadoras y conservaduristas aparece a cada pa~o en
el fondo de la doctrina política actual.
Una postura muy interesante dentro de nuestro tema y, como una
forma aparte del conservadurismo, tanto que se le puede llamar en
realidad, siguiendo la distinción apuntada anteriormente, conserva­
tismo, es la de Kirk que ha tratado magistralmente en sus dos famo­
sas obras Un programa t,mra conserv«dores y La mentaUd«d conser­
vadora en Inglaterra y en los Estados Unidas, este tan interesante y
ambicioso
tema.
La moderna mentalidad conservadora en el sentido de conserva­
tismo puesta de relieve pot Kirk, no admite a nuestro modo de ver
graves censuras. Sino, al revés, en muchos casos está influida por
una tradición que palpita a través de las instituciones
y de las doc­
trinas. Kirk dice que las preguntas que más urgentemente exijen una
respuesta
de las mentes conservadoras son las diez siguientes:
l. El problema mental de cómo revivir nuestras inteligencias de
la uniformidad y esterilidad de la época de
masas.
2. El problema de corazón, o de cómo resucitar las aspiraciones
espirituales y
los dictados de la conciencia en un tiempo que ha vi­
vido demasiado en medio del horror.
3. El problema del hastío, o de cómo nuestra sociedad industria­
lizada
y estandardizada puede adquirir un sentido renovado de las
personas v~rdaderamente humanas.
4. El problema de comunidad, o de cómo el colectivismo puede
evitarse mediante la restauración de un verdadero Estado.
5. El problema de la justicia social, o de cómo lograr que la
avaricia y la envidia no levanten al hombre cOntra su hermano.
6. El problema de los deseos, o de cómo satisfacer los deseos
justos y desechar los injustos.
7. El problema de orden, o de cómo deben preservarse entre
nosotros
la variedad y la complejidad.
766
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FL CONSERVADURISMO
8. El problema del poder, o de cómo el poder que ha sido pues­
ro en nuestras manos debe estar gobernado por la razón.
9. El problema
de la lealtad, o de cómo enseñar a los hombres
a
amar a su país, a sus antepasados, a su posteridad.
10. El problema de la
t,¡¡ldi¡;ión, o de cómp en este tiempo en
que el cambio parece reinar, una continuidad puede ligar una gene­
ración con otra generación.
¿Quién va a negar que la mayoría de. las sugestiones de Kirk no
son aceptables? Más adelante escribe el escritor norteamericano:
"Donde quiera exista dignidad
humana es el producto de la convic­
ción
de que somos partes de una gran continuidad y esencia que nos
eleva
por encima de los brnros; y donde quiera hay un gobierno po­
pular justo y. libre, consecuencia es de la creencia en_ criterios supe­
riores
al interés del momento y a la voluntad de una mayoría tempo­
ral. Si esto se olvida, el pueblo se convertirá en una cosa despreciable.
El conservador, al tratar de restaurar ep.tre los hombres la concien­
cia
del valor de la tradición, no actúa llevado p~r un desdén hacia
las masas: Al contrario, actúa
¡,or amor a ellas en tanto que perso­
nas humanas y trata de preservar
para ellas una vida digna de los
hombres. El conservador no estima
que la cultura deba ser rebajada
"porque el pueblo así lo quiera" o que la literatura debe ceder a
las
"historias cómicas", "porque el pueblo así lo quiere"; no tiene una
opinión tan baja del pueblo;
el proletario, despojado de su tradición
y sin raíces, puede apetecer tal degradación; pero el conservador es­
pera restaurar a la muchedumbre solitaria -esa muchedumbre so­
litaria, aclaro, de la que nos habla Riesman y que ha sido examinado
en España por Vallet en su
Derecho y .rociedad de ma.ras --que forma
el proletariado sin rostro
en el carácter y en la individualidad. Y
quizá el primer paso
en esta restauración deba ser una atención re­
novada a las exigencias
de la tradición"'. (Hay que reconocer que las
palabras
de Kirk son totalmente aceptables para nosotros. Solamente
suprimiríamos el quizá de su última frase.)
"¿Es posible
-se pregunta el insigne tratadista norteamerica­
no--resucitar un sentido de las tradiciones en una muchedumbre
que
ha olvidado el concepto mismo de la tradición? El conservador
767
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/OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
consciente --contesta-así lo cree. El trabajo será lento y sutil; por
mi parte sugiero algunos aspectos de esta tarea:
l. Una afirmación
de la verdad que existe
en la tradición. El conservador combatirá la
presunción de los "intelectoales" ( esta palabra está entrecomillada)
de que toda sabiduría procede de la racionalidad pura
y de la ense­
ñanza formal ... 2. Una defensa de las clases y regiones en las coales
la tradición todavía es una fuerza viva. El conservador hará cuanto
esté en su poder para evitar la disminución de nuestra población ru­
ral, recomendará la descentralización de la-industria y· la desconcen­
tración de ia pobiación; buscará la manera de que ia mayor parte po­
sible de hombres
y mujeres vivan próximos al mundo natural y acos­
tumbrado en el que florece la tradición ... 3. Una humanización de
ia vida humana infundiendo en el individuo el sentido de la comu­
nidad . . .
4. El retorno al hogar, a la iglesia y a las asociaciones vo­
luntarias como transmisoras de tradición ... "
Kirk termina su libro Un programa para conservadores, con estas
sugerentes palabras de las que nosotros nos hacemos eco: "En la de­
fensa de ia tradición, así como de los diversos problemas que be to­
cado en este libro, el conservador
no. debe acobardarse ante ia pro­
babilidad de ser
mal entendido por ia mayoría de las gentes y ata­
cado por todos aquellos
cuyos intereses materiales parecen ir ligados
a una degradación continua de
ias masas. El liberal doctrinario Je
pondrá algún mote, y el duelo irreflexivo de ia riqueza y del poder
le negará su apoyo.
El conservador debe afrontar el hecho de que
muy bien puede salir vencido. Contrariamente al marxista, el con­
servador, no profesa una creencia fanática en el triunfo inevitable
de su causa. Pero pese a todo esto, el conservador no se rendirá al
contagio de la Opinión masiva o de las tentaciones de engrandeci­
miento material o de poder. Convencido de que es una parte del con­
trato de
la sociedad eterna, cumplirá con la santidad de este contrato
y hará Jo que tenga asignado en el pacto".
Eo su otro libro La mentalidad conservadora en Inglaterra y en
Estados
Unidos, dice Kirk que está dirigido "a los pensadores britá­
nicos
y norteamericanos que han defendido ia tradición y ias viejas
instituciones". Para limitar más aún el campo del libro
sólo examina
a los pensadores que está en la línea de Burke: "convencido
-dic.,__.
768
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EL CONSERV ADURJSMO
de que la de Burke es la verdadera escuela de los principios conser­
vadores, he omitido
la consideración de los liberales más aotiderno­
cráticos (Lowe) de los individualistas más antigubernamentales (Spen­
cer) de los escritores más aotiparlamentarios (Carlyye)".
Para
Kirk en el libro que examinamos hay seis cánones del pen­
samiento conservador: 1) La creencia general de que un designio
divino rige la sociedad y la conciencia. humana forjando una eterna
cadena
de derechos y deberes, que liga a grandes y humildes, a vivos
y a muertos. 2) Cierta inclinación hacia
la proliferación, variedad y
misterio
de la vida tradicional frente a los limitativos designios de
uniformidad, igualitarismo y utilitarismo de
la mayor parte de los
sistemas radicales . . . 3)
La convicción de que la sociedad civilizada
requiere órdenes y clases.
La única igualdad verdadera es la moral:
Todos los demás intentos
de nivelación conducen a la desesperación
si son reforzados por
una legislación positiva. 4) La creencia de que
propiedad y libertad están inseparableruente conectadas y
de que la
liberación económica no implica progreso económico . . .
? ) Fe en
las reformas constitudinarias y desconfianza hacia los sofistas y calcu­
ladores . . . 6) El Reconocimiento de que cambio y reforma no son
cosas idénticas y de que las innovaciones son con mucha frecuencia
devoradores incendios más que muestras de progreso. "En una mag­
nífica síntesis, recoge Kirk el pensamiento de Burke que sintetiza
en su definición del Estado todo el pensamiento conservador. (Y tra­
dicional agrego yo). "Es un ente moral ordenado por Dios con una
unidad espiritual integrada por los muertos, los vivos
y· los que
han de nacer".
Al igual que en Un programa para conseroadores, recalca Kirk
al final de su obra que los problemas acruales con los que se encuen­
tra el conservatismo, que pudiéramos llamar tradicional, son los si·
guientes: 1) El problema de la regeneración espiritual y moral; la
restauración de un sistema ético y de la saoción religiosa sobre la que
se funda toda vida digna de ser vivida ... 2) El problema de la jefa­
tura político-social
que tiene dos aspectos: La conservación de cier­
tas medidas
de veneración, disciplina, orden y clase ... 3) El problema
del proletariado porque la masa de los hombres debe encontrar un
Jtatus y una esperanza dentro de la sociedad: verdadera familia, res-
., 769
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/OSE ANTONIO G, DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
peto para el pasado, responsabilidad para el fu~, propiedad pri­
vada, deberes tanto como derechos. 4) El problema de la estabilidad
económica.
Al igual que lo anterior que se refiere al conservatismo en los
Estados Unidos, Kirk expone un breve programa de aplicación de las
auténticas doctrinas conservadoras a los eventos modernos. Pero que
a mi modo de ver pueden ser aplicados a
todos los conservatismos
positivos. Este programa descansa en las siguientes bases: 1) Afirma­
ción de la naturaleza moral
de la sociedad. 2) Defensa de la propie­
dad.
3) Conservación de las libertades locales, de los derechos pri­
vados tradicionales
y de la división de poderes, pues si estos faltan
la república camina hacia la .. voluntad general" de Rousseau y allí
permanece. 4) Humildad nacional. Los estadistas conservadores deben
aceptar sus deberes en el mundo, con modestia y precauciones, y
descubrir que la diversidad es mejor que la uniformidad, que los
Estados Unidos no pueden imponer
sus .instituciones a culturas que
tienen
el !Ilismo derecho a ser respetadas y deben recordar que la más
alta obligación de Norteamérica en los asuntos de las naciones es
proporcionar el ejemplo de un Estado honesto, rrauquilo y próspero,
de una república justa
y libre, virtuosa y permane~te".
7. El conservadurismo como pensamiento.
Un aspecto conservadurista típico, no total, es el del liberalismo
de Montesquieu de quien ya
me ocupé en anteriores "Reuniones de
los Amigos de la Ciudad Católica". Entonces decía: "El liberalismo
de Montesquieu es un liberalismo aristocrático basado en una estruc­
rura de parlamentos y cuerpos intermedios. Para Godechot, el his­
toriador neoliberal de
la Revolución Francesa, lo que, sobre todo y
ante todo, quiere Montesquieu, es dulcificar el absolutismo monárqui­
co aunque sea en provecho de la nobleza ... Ebenstein, por su parte, le
ve fundamentalmente, aparte del reconocimiento
de sus ideas_ sobre la
separación de poderes con el
fin de templar el absolutismo real, como
un defensor de los privilegios de la aristocracia. Ferrater lo contem­
pla también como
la cabeza del liberalismo aristocrático, o conser-
770
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EL CONSERV ADURJSMO
vador aclaro yo, pues como exactamente dice, para Montesquieu la
democracia aunque lícita es imposible,- Por ello. entre las tres fór­
mulas posibles, Despotismo, Monarquía y Democracia,
se inclina por
la Monarquía . . . porque
es la más firme defensora de la libertad y
el Despotismo no es más que una deformación monstruosa de la
Monarquía. Hombre clásico, frente al romanticismo de Rousseau,
escéptico, tolerante, Montesquieu es contemplado por Menéndez y
Pelayo como un mnderado relativo pero, en definitiva, equilibrado en
medio de la
orgía intelectual -<:orno escribe del siglo de las luces-,
o, agrego yo, siguiendo a Maine de füran, "el siglo de la irreflexión".
Otro típico conservadurismo del pensamiento es el doctrinarismo
liberal que busca la vía media entre reacción y revolución. Entre
derecho divino y soberanía popular se detienen en la monarquía
constitucional tan rápidamente ensayada -como dice Beneyto-co~
mo fracasada.
Aunque al principio más o menos liberal doctrinario, Donoso
reacciona después en una actitud francamente tradicional. y ataca a
los doctrinarios como "doctores del eclecticismo, ciencia impotente,
una vez pasada la época de la trausición ··.
Muy interesante es la figura de Maine de Biran. Chevalier le
cousidera como un hombre de orden y
un moderado. Así el 21 de
junio de 1815, antes de
la segunda abdicadón de Napoleón, él que
ha servido a la administración napoleónica escribe en forma rotúnda:
"Poco a poco los sentimientos de la mayorfa demos_ esperar firmemente, que a pesar de todos los esfuef'zos de
estos furiosos jefes del partido revolucionario, no llegarán a
borrar
de los corazones franceses los restos de ese sentimiento monárquico
adormecido durante tantos años
y que hemos visto despertarse con
tanto calor y fuerza en 1814, de ese sentimiento identificado por
nos·
otros con el honor de la patria, de la gloria y de la virtud, al único
que podríamos adherirnos para detener divisiones funestas
y para
conservar a los ojos de Europa, al igual que a nuestros propios · ojos,
el derecho de
llamarnos todavía una nación. Sin el sentimiento mo·
nárquico, sin el respeto y el amor al Rey legítimo, no puede haber
para Francia ni religión, ni moral, ni patria". En otro lugar este hom·
bre tachado de conservadurismo por muchos escribe: "La Monarquía
771
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/OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
(de Luis XVIII, aclaro) se vio reducida a tomar la fuerza y su influen­
cia
de la Revolución misma . . . Los Barbones dejaron de reinar el
mismo día que se desposaron con la Revolución". Singular actitud
vital esta
de Maine de Biran, A pesar de sus servicios adminisrrativos
a Ia-causa napoleónica, causa representante máxima de los conserva­
durismos; en el fondo de su alma late la verdadera y auténtica tra­
dición
en el sentido ortodoxo que nosorros damos a estas palabras.
Si fue Maine
de Biran un conservador en la práctica, en la pura
teoría,
en lo más profundo de su "alma escindida", cultivó las creen­
cias tradicionales en su teoría filOsófica y política, una de las más im­
portantes de Europa desde Kant.
Aunque
en parte de sus ideas late un cierto docrrinarismo po­
lítico, Rosmini en Italia, no cede ·en lo esencial al espíritu de su tiem~
po, un tiempo conservadurista. Es verdad que tiene en la vida prác­
tica una posición conciliadora. En ello se parece a Balmes partidario,
ante todo, de la roncordia, pero sin dejar de defender lo esencial de
las ideas tradicionalmente vivas. Para Chevalier, Rosmini y sus dis­
cípulos fueron acusados
de cierto deslizamiento hacia el panteísmo
( cosa que no es verdad y de la que protestará vehementemente nues­
rro gran Sciacca). Rosmini quiso en el orden político dar una base
filosófica conforme con su genio al "Risorgimiento" italiano
y de
acuerdo cou el espíritu
y dogma del catolicismo. Es, una figura varia.
Y aunque se le haya
acusa ron en el manantial tradicional. Algo parecido se puede decir de Bal­
mes· a-quien muchos-le reprocharon su actitud ·moderada olvidando
en cambio su decidida inclinación frente a todo conservadurismo. Lo
mismo puede decirse de Menéndez y Pelayo. Para todos pueden ser­
vir las palabras de Beneyto aplicadas a Balmes: "Fue un enamorado
de la concordia y por ello también lo fue de la unidad".
Como
un campeón del conservadurismo ha sido citado muchas
veces
el polifacético Hegel. .En parte hay que ver en él lo conserva­
dor;
en parte lo tradicional; en parte la compuerta que abrió al .río
revolucionario, El comunista Lukaks afirma "que una niebla torna­
solada envuelve la figura de Hegel Algunos le llaman -continua­
el filósofo del prusianismo reaccionario, mientras que Herzen ve en
su método, el algebra de la Revolución". No olvidemos que Marx
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EL CONSERV ADURJSMO
se inspira en Hegel y también que el nazismo y otros totalitarismos
le deben mucho en su arsenal doctrina. Pero pese a todo, no hay que
olvidar que Hegel es, a nuestro modo de ver, un representante cons·
picuo de un conservadurismo a ultranza.
Un típico representante del conservadurismO es el alemán Haller
que tanto influyó en el círculo político de Federico Guillermo IV.
Exalta ante todo la idea conservadora y
critica al pacto social y al
idealismo. "Cree
-lo recuerda Beneyto-que la autoridad procede
de la naturaleza,
ya que la forma de gobierno depende de su circuns­
tancia". De ahí al más puro conservadurismo no hay más que un
paso. No es lo que ocurre en cambio con Moriz Liebar y otros que
reciben el mensaje tradicional que late en las banderas de Burke.
Lo
mismo puede decirse del suizo ~!smondi. Por su parte en Inglaterra,
hay que mencionar a los discípulos del autor de las Reflexiones sobre
la Revolución Francesa: Blackstone, Brown y Ferguson. El primero
-seguimos a. Beneyto-es el al.ltor de· unos "Comentarios" en los
que se declara enemigo del Pacto Social y un exaltador de los derechos
inspirados en un orden natural y cr.i,stiano.
En América del Sur hay que destacar la original postura de Bo­
lívar, dentro de un cuadro general de revolucionarismo y conserva­
durismo repartido a medias. Bolívar quiere una democracia orgánica
(como verán la palabra no es tan moderna como creíamos), jerárquica
y teórica. Como dice Beneyto, los términos son bastante expresivos
y reflejan la síntesis de un espíritu poderoso ante el contraste de to­
dos los democratismos desatados y de la reacción conservadurista de
la nostalgia monárquica. Así influye ---dice--en la Constitución
chilena de 1833, en Alberdi que es el inspirador de la Constitución
Argentina de 1853, en Bartolomé Herrera en la Constitución perua­
na de 1860
y en la colombiana que aéoge muchas de las ideas de
Balmes. Una
figura muy interesante -para el Cardenal Herrera era junto
a Balmes
y Menéndez Pelayo el otro elemento del trío del pensa -
miento tradicional
espafiol-es Jovellanos al que muchos han ata­
cado de liberal
y de conservadurismo a ultranza. Jovellanos pertenece
también a los pensadores de "alma escindida" pero lo mejor suyo,
lo perenne, no puede ser encuadrado en un infértil conservadurismo".
773
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Para nosotros Jovellanos sostuvo principios alejados de éste en grado
sumo e indiscutible. Por una parte condena sin paliativos
-seguimos
aquí a Sánchez Agesta-el espíritu revolucionario para oponerle d
espíritu reformador (nosotros. _diríamos mejor innovador), espíritu
que parte del más íntimo valor de la tradición. Nunca dejó de iden­
tificar a España con la Religión, con su auténtica Constitución (aquí
se adelanta a la famosa Constitución interna de Cánovas), con sus
leyes, con sus usos. "En una palabra -termina-con su tradición".
Y señalando· una característica muy valiosa de Jovellanos, su rotun­
da oposición al absolutismo, agrega Sánchez Agesta que "el ilustre
asturiano creía que antes de mejorar hay que restablecer
las leyes fun­
damentales que el
despotismo haya atacado o destruido". Muy bien
ha señalado Maravall
el punto de partida de Jovellanos: "La estima­
ción de la novedad aparece en Jovellanos como consecuencia de un
sentido dinámico de la sociedad, basado en el desarrollo económico­
social animado por el interés y movido por la libertad". El propio
Jovellanos nos muestra una línea de su pensamiento al decir: "La
creación de nuevas artes sólo puede ser un efecto de la libertad. Ese
ingenio, a favor de ella y estimulado por el interés, observa, ensaya,
inventa, imita, produce, nuevas formas y crea finalmente objetos que
al favor de la novedad, se buscan y recompensan con gastos por el
consumidor". Reformar, innovar, renovar son
para nosotros -lo re­
petimos una
y mil veces-una· de las direcciones de la tradición di­
námica,
la otra es la que conserva a su vez el tesoro de un pasado
con validez permanente,
"No se perfeccionaría el mundo sino se re­
novase", escribió Saavedra Fajardo.
Una auténtica reacción contra los liberalismos y los conservadu­
rismos, vista su esterilidad
y su incapacidad para resolver los proble­
mas planteados es el pesimismo intelectual de grandes pensadores.
"En el año 1848
-escribe Dempf-comienza el pesimismo del siglo
diecinueve que hasta entonces había sido romántico, esteticista y
seudo religioso a hacerse política;desde 1848 se hace la rebelión de
las
masas una palpable amenaza ... Los de alta y mucho más los de
muy alta formación,
los aristócratas del espíritu, .desarrollan entonces
aquella pesimista filosofía de la historia, de la decadencia inevitable
de la cultura .occidental
que_ va desde Ernest Von Lasaulx, Jacob
774
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EL CONSERVADURISMO
Burkhardt, Friedrich Nietzsche hasta Spengler y Ortega y Gasset.
Así como la superioridad de la cultura liberal había sido también
desde
hada tiempo un serio peligro para la verdadera cultura espi­
ritual, había significado-"9Íémpre, sin embargo,
un .cierto elemento
conservador, el que todavía
se defendiera la propiedad a la vez que
un cierto freno a la desbocada demagogia de la exciración de las
masas
y de clases. Cuán débil había de ser este medio Conservador
liberalismo, tan pronto irrumpiera en la lucha política y social, todo
el ímpetu de la lucha de clases de las crecientes masas industriales,
lo experimentaban
ya con estremecedora claridad los hombres cultos
verdaderamente eminentes, de
tal manera que no creían ver ninguna
otra solución que la dictadura militar
y posteriormente el cesarismo.
Donoso pertenece, asímismo, como brillante orador
-y profesor de li­
teratura en su juventud, a estos aristócratas de la inteligencia y aquí
ha de buscarse una de las raíces de
su profundo pesimismo frente a
la amenaza de la cultura Europea.. Pero al mismo tiempo forma parte
de otro frente, el que
se opone al moderno paganismo tal como se
presenra desde la "Aufklarung" pero especialmente desde Hegel y
el hegelianismo y desde el socialismo de Proudhon y sus contempo­
ráneos. En este aspecto resulta más bien contemporáneo de Kierke­
gaard (1813-1857)
y comparable, sobre todo, con este decidido cris­
tiano
y éste consciente de su misión "correctivo de su tiempo" con
el que compartía el odio hacia la prensa, los demagogos socialistas,
la indecisa burguesía y sobre los filósofos, estos enemigos, los más
peligrosos del cristianismo,
un odio que convirtió a Donoso en un
consciente y decidido católico". Examinemos brevemente la pos­
tura de Donoso, quien después de abandonar
el. liberalismo de
su juventud pasa al rico
cá.udal de la auténtica tradición, sin de­
jar
por ello alguna de sus antiguas tesis. El problema de Donoso
es que, tradicionalista en la teoría, tiene que apoyar en la prác­
tica el conservadurismo de Narváez. Pero no creo que esto jus­
tifique la frase que emplea
Dempf para definir la postura de
Donoso a partir de 1848 como "la de
un riguroso y exclusisra conser­
vadurismo". En todo caso solamente se le puede aplicar
un cierto ca­
rácter conservadurista, pero en este caso obligado por las circunstan­
cias históricas. Carl Schm.itt contempla a Donoso como el primer
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teórico del
Estado que saca la consecuencia de que ante la total des­
trucción del concepto tradicional de la legitimidad sólo queda el
recurso de
la dictadura. El problema interesante. es saber si estaba
Donoso convencido de
la necesidad de la dictadura o aplicó la dic­
tadura a un hecho muy concreto, o únicamente como un mal menor .
. De las diversas soluciones que se han dado preferimos la de Vegas
Latapie, que afirma contra Car! Schmirt que Donoso aceptó
la dic­
tadura como un simple mal menor. Pero que jamás su famoso dis­
curso tuvo por fin sostener a Narváez, ya que el discurso del 30 de
diciembre de 1850 derrumbó "por corrompida y corruptora" la dic­
tadura de Narváez. Sea cualquiera la solución del caso lo que si hay
que reconocer que el famoso discurso de la dictadura de Donoso
obedece a una solución concreta, a una auténtica solución concreta,
a una auténtica situación límite al no poder disponer de los resortes
que le prestaba la ttadición en aquel momento histórico.
Por último el liberal conservador y campeón
de uo conservadu­
rismo ilimitado,· Cánovas, se expresa con sentido tradicional al reco­
ger la tesis de la Constitución interna "que está inscrita por el dedo
de Dios en el polvo de los siglos" y a la que debe ajustarse la cons­
titución externa. Pero esta constitución externa no supo ni pudo re­
coger el aliento de la verdadera Constitución interna que en el fondo
no es más que la auténtica y verdadera constitución tradicional.
8. Examen especial de Bahnes.
De un enorme interés, incluso por lo desconocido que es en Es­
paña, es el pensamiento de Rosmini, el gran filósofo italiano. Como
nos fue imposible encontrar sus escritos políticos recomendados por
ese tremendo admirador de su paisano que es Sciacca, nos servimos
en la charla pronunciada en Salou del resumen de uno de los capí­
tulos
de Sciacca en uno de sus libros fundamentales. Pero dada la
circunstancia
de que en la revista "Verbo" se ha publicado el capí­
tulo íntegr~. nos abstenemos ahora de r.esum.ir el pensamiento Ros­
miniano en tomo al problema del conservadurismo en la vida polí­
tica y
social. Por ello nos limitamos a remitir esta parte del rtabajo
a la "citada revista.
776
Fundaci\363n Speiro

EL CONSERV ADURJSMO
Volvamos ahora a un autor español de iuapreciable valor: Jaime
Balmes. También
ha padecido como Rosmini de la incomprensión
de muchos, también como Jovellanos
y Donoso fue acusado de ideas
conservaduristas. Nada
más lejos de la verdad. Hombre embebido
en la corriente de la tradición
más pura, la que salva los meandros del
tierupo con la flecha de la verdad superadora, vio los
problemas de
España de acuerdo con esta esplendorosa luz. Recojamos referentes a
nuestro trabajo los principales párrafos de su obra. Nuestra labor
consistirá en la sencilla tarea de espigar en, su frondosa y rica cosecha.
Balmes escribe hablando del partido moderado del siglo XIX:
"Se ha formado entre nosotros un partido que cuenta entre sus miem­
bros una parte selecta de la uación, que apellidá,:,.dose con distintos
nombres y presentándose con form~s más o menos constantes, ha
ejercido mucha influencia en los negocios de nuestra patria y que,
al parecer, alimenta uua convicción profunda de que sólo él es capaz
de sacar la España a puerto seguro y de labrar su propiedad y gran­
deza. Pronunciando sin cesar las palabras moderación, oportunidad,
tino y lentitud de las reformas, sin descuidar en afianzamiento de la
libertad se halla persuadido de que posee la feliz combinación de las
dotes que se necesitan
para gobernar bien en la presente época, como
son: Vasto saber, buena voluntad
y un gran fondo de provisión y
cordura". (Pero veamos, agregamos por nuestra parte, las consecuen­
cias de este típico CC>nservadurismo que ea principio no aparece CO-­
rrompido ante nuestros ojos.)
"No trato de rebajar -continua Balmes-en nada el mérito de
estos hombres pero séame permitido preguntarles: ¿Cómo
es que
hayan presentado el extraño fenómeno de parecer fuertes mientras
estaban por
subir al poder, mientras combatían a sus adversarios,
mostrándose luego vacilantes, flacos, incapaces de dominar las cir­
cunstancias así. que han empuñado las riendas de mando? ¿Cómo es
esto posible? ¿No se han aprovechado de las amargas lecciones que
ha recibido la Europa por espacio de medio siglo? ¿Cuál, pues, podrá
ser la. causa? ¿Será la guerra? ¿Ser-án circunstancias pasajeras pero
inevitables? No negaré que haya sido mucha la influencia de estas
causas para producir seruejante efecto, pero la
más radical, la más
profunda, la más eficaz, es otra muy diferente, es que los moderados
777
Fundaci\363n Speiro

/OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
han estado por lo común en una posición muy falsa, no se han le­
vantado a bastante altura para comprender la verdadera situación de
España. Y así es que sus palabras no han tenido un eco universal en
la nación española
y sus sistemas han enconttado, cuando no abierta
resistencia, al menos una inercia invencible". (Falta la vida, sobra
la inercia: características del conservadurismo, es decir, visión · está­
tica de la historia, apuntamos nosotros.)
"En esta última época no han faltado hombres de ese partido que
han levantado muy alta la voz para señalar la senda del bien y que,
aunque pertenezcan a las ideas de moderación, han mostrado, no
obstante, que habían meditado seria.mente sobre
la nación española
arrojándose con noble resolución a señalar los yerros que habían co­
metido sus propios amigos, así es que, observando atentamente el
curso de las ideas, se nota que va formándose un nuevo partido mo­
derado y que
si bien su nombre es el mismo su bandera es diferente
de las que habían enarbolado algunos de los moderados antiguos ... ··.
Más adelante el filósofo de Vich continúa: "Y a la verdad ¿cómo era
posible que hombres de tan claro entendimiento pudieran descono­
cerse, mientras sus sistemas llevaran el sello, aunque retocado, de una
escuela muy aborrecida en España, no era·_" posible encontrarse en la
generalidad de la nación ni apoyo ni simpatías?" (Veamos seguida­
mente como califica Balmes el -conservadurismo inerte surgido de la
Revolución Francesa.) Y así escribe: "Los excesos de la Revolución
francesa dieron origen a una nueva escuela que, si bien recibía mu­
chas de las inspiraciones del siglo XVIII había tomado por divisa: es­
carmiento, desengaño. Para esta escuela los principios del siglo XVIII
eran excelentes, sus miras muy altas y generosas, solo que tuvo la
desgracia de ser demasiado amiga de teorías, de cuidar poco del exa­
men de los hechos, y, sobre todo, los hombres encargados de realizar­
lo, fueron hombres de mucho estudio, pero de ninguna práctica, y
así si brillaron
en el gabinete como sabios, cometieron gravísirnos
yerros cuando se vieron convertidos en
hombr~s de ·gobierno. Como
esta escuela ( doctrinaria conservadurista aclaro yo) ha estado muy
en boga en Francia, puesto que algunos de los hombres
más célebres
de esta nación o la han fundado o han tomado en ella, como las vi­
cisitudes de nuestra patria, han arrojado frecuentemente a países ex-
778
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EL CONSER.V ADURISMO
traños a los hombres que figuraron desde un principio en el partido
liberal, como nuestras revoluciones y restauraciones han tenido alguna
semejanza con las de Francia no es extraño que a muchos de nues­
tros hombres los hayan deslumbrado aquellas doctrinas, mayormente
cuando la instrucción de alguno de ellos fue bajo las inspiraciones
de la filosofía del siglo XVIII y no eran tampoco para desconocidos
y olvidados los desengaños y escarmientos que en tanta abundancia
habían podido recogerse en la península". Seguidamente añade: "En
Francia puede ser más o menos peligrosa esta doctrina, podrá dar más
o menos resultado bien que al fin por necesidad se irá debilitando a
causa del germen de muerte que entraña en su seno; pero en España
es inaplicable, encuentra siempre resistencia, y si hubiera empeño en
seguirla no haría más que prolongar nuestra inquietud y desdicha.
En ciertas épocas hemos visto que el sistema moderado podía formu­
larse en estos términos: Esto es bueno, pero no oportuno; la genera­
lidad de la nación que pensaba que ni era oportuno ni era bueno,
oía con recelo semejantes palabras y miraba a los moderados . . • con
suspicaz desconfianza".
El filósofo vicense dice a continuación: ''Si estos hombres quie­
ren dominar el porvenir de la nación,
si quieren que se les enco­
miende
el curar de los males de nuestra patria y labrar su prosperi­
dad y ventura
es menester que se despojen completamente de las
preocupaciones que les inspiraron sus primeros maestros, preocupa­
ciones que los ciegan todavía aun cuando les parece que han aban­
donado enteramente
la enseñanza recibida en la esruela del siglo XVIII.
Es menester que no muestren tanto apego a sus primeros reruerdos,
tanto interés
por ciertos principios·, tanta esquivez hacia lo que a
esos principios
se opone, y que examinen con cuidado su corazón
para saber si quizá algunas veces obedecerá a la influencia
de. anti­
guos rencores fomentados
y agriados más y más por las privaciones
y padecimientos que les hao acarreado las vicisitudes políticas. No
bastan, ya, no, esos sistemas indecisos y flacos que no parece sino
que transigen con las pasiones de todos los bandos
y que al fin no
consiguen otra cosa que ser odiados -
por todos, viéndose en la nece­
sidad de sucumbir al primer choque
... ".
Refiriéndose a la monarquía conservadutista de Luis-Felipe, y
779
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]OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
por no dejar de la mano a Jaime Balmes, recogemos a continuación
sus juicios sobre la misma, aunque pudieran tener también su lugar
en la última parte de este trabajo al examinar al~os ejemplos his­
tóricos del conservadurismo. Pero en estos
casos la repetición no es
mala.
"¿Quiénes son esos hombres que desde 1830 rigen los destinos
de la Francia? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Cuáles son sus
principios? ¿Cuál la norma de su conducta? ¿Cuáles sus lazos con
los pasados, sus miras sobre el presente, sus trabajos para las _gene­
raciones futuras? ¿Representan un sistema estable, marchan _a un
blanco determinado, tienen sus ojos fijos a Jo que en pos de ellos
ha de venir? Desconsoladoras reflexiones se agolpan a la mente al
proponerse las cuestiones indicadas; tristes pensamientos
se apode­
ran
del alma al considerar la terrible evidencia con que se manifies­
tan los funestos resultados acarreados a una gran nación por un siglo
de impiedad y medio siglo de erisayos revolucionarios. Las bases sobre
que
se asienta toda sociedad son los principios religiosos y morales,
las buenas ideas sobre el poder y las relaciones legítimas de éste con
los súbditos. Ahora bien, ¿qué piensan sobre la religión los hombres
que presiden los destinos de Francia? Para ellos la diferencia
es un
progreso social; para
ellos las naciones han dado un paso inmenso en
la carrera de la civilización cuando
se ha desterrado a Dios de la so­
ciedad, cuando la Ley se ha hecho atea. ¿Qué piensan sobre el poder?
¿ Viene
de Dios, dimana de los hombres, se origina de la simple
naturaleza de
las cosas? ¿Cuáles son las condiciones de su legitimi­
dad?, preguntárselo,
y de todo os hablarán excepto de Dios: la vo­
luntad del pueblo, la tazón pública, expresiones semejantes serán
las respuestas que oiréis, y en el fondo de todo ¿qué encontráis?,
nada
más que el simple reconocimiento de un hecho, hecho que tra­
tan de modificar como mejor les agrada, sobre todo de explotar cual
mejor cumple a sus miras de intereses, a su sed de riquezas, a su
ambición desmedida. ¿ Dónde están la Filosofía, y la Historia, y la
Humanidad,
y el honor de la Francia, y el orgullo nacional, y el her­
moso porvenir, y tantas bellas palabras con que durante quince afias
se halagaba a la razón y las pasiones, inspirándolas fuerte aversión a
todo
Jo presente . y preparando la explosión que había de volcar el
780
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EL. _CONSElW ADURISMO
antiguo poder, por el altísimo motivo de que. en él no tenían cabida
algunos periodistas, unos cuantos profesores y cierto número
de. co­
merciantes y banqueros? Cambiadas las condiciones de los hombres,
es un mal lo que aptes era un bien; es un bien, y_ un bien necesario
a la conservación de la sociedad, lo
que antes fuera un horrendo cri­
men_ Antes la prensa era la voz del pueblo, el eco de la nación en­
tera, el órgano
efe la razón pública, la expresión de los intereses más
legítimos, el clamor de las necesidades
más urgentes; el poder que
lo desoyera se hada de. las necesidades más urgentes; el poder que
lo desoyera
se hacía reo de alta tración, digno de que se le arro­
jara con vioiencia e ignominia; ahora es la prensa el alarido de · las
pasiones bastardas, el grito de la ·ambición chasqueada, el respiradero
de las sociedades sectetas que sólo
se proponen provocat horrorosos
trastornos; el poder que la desoye hace un
_acto de heróica firmeza,
los hombres que _se levantan a la altura conveniente sabiendo despr~
ciarla son los únicos dignos del título de hombres de Estado; el honor
nacional, la independencia del país, sus relacionC:s con el_ ex.tranjero,
son cosas que el público no entiende, son palabras cuya interpreta­
ción está exclusivamente sujeta al juicio del gobierno y de sus de­
pendientes.
La opinión de éste debe ser preferida siempre, aun cuan­
do lo contrario sea más claro que la luz del sol del· mediodía. Si la
Francia ha descendido del rango de nación de primer órden, si con­
templa humillado
su pabellón en España . y en Siria, si los gabinetes
europeos resuelven las grandes cuestiones sii:i el voto de la Francia
y a pesar del voto de la Francia1 si los comodoros ingleses ejecuta~
los acuerdos de la Europa asistiendo las flotas francesas, a las opera­
ciones que destruyen el poder del protegido de la Frañcia, si en
España
,no se levanta el dedo sin preceder las insinuaciones de lord
Aberdeen, si no se hace caso de la reclamación de las Tullerías hasta
que en Sant-James
se ha dado la señal de que conviene una ligera
contemporización, tcxlo esto en nada se opone al horror, a la digni.;.
dad, al orgullo de la Francia_ Un elocuente discurso pronunciado por
Guizot y unos cuantos artíatlos del "Diario de los Debates" bastan
para curar el· mal en su raíz; y si quedan todavía algunos incrédulos
que se abstienen en decir que la. Francia no ocupa el alto puesto en
que la colocaron Luis XIV y Napoleón, oigan el concluyente argu-
* 781
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/OSE ANTONIO G. DE CORT AZAR Y SAGAR/11/NAGA
mento de los elogios que tributan a cada instante, en presencia de
la Europa. entera,. los interesados ministros ingleses a la política mo­
desta del gobierno francés. He aquí lo que son estos hombres; he
aquí la situación lamentable a
que se halla conducida una gran na­
ción, merced a los que toman derivado todo
Jo existente sin estabi­
lidad y duración, han dejado a la sociedad como casa cimientada sobre
la arena, expuesta a caer a
la primera arremetida de los vientos".
Más tarde Balmes enjuicia este auténtico conservadurismo.
"Estos hombres gobiernan la Francia porque en algún modo re­
presentan la Francia. Ellos son hijos de la Revolución
y discípulos
más o menos encubiertos de la escuela filosófica del pasado siglo;
y la Francia tal como existe es tan!bién hija de la revolución y for­
mada ·también en buena parte en la misma escuela; ellos profesan
odio a todo Jo antiguo, y gran parte de la Francia ha cambiado tam­
bién de ideas
y costumbres, apartándose del camino que "siguieron
sus antepasados; ellos no se atreven a sacar todas las consecuencias
de los principios que profesan y la Francia tampoco se atreve a
hacerlo: También retrocede espantada a la vista del fantasma ate­
rrador que amenaza arrebatarle su bienestar material destruyendo el
orderi público; ellos ·desean enlazar en apariencia lo presente con
lo pasado, sin abjurar, empero, sus erróneas doctrinas y la Francia se
inclina también a rehabilitar los siglos anteriores en la Literatura, en
las Ciencias, en las Artes, a la manera de distracción y pasatiempo,
no concediéndoles, empero, Sino un lugar muy secundario, en las
regiones del entendimiento, más no ascendiente sobre el corazón;
ellos están inciertos, la Francia está incierta sobre el corazón; ellos
fluctúan, la Francia fluctúa también; ellos no piensan en el día de
mañana porque los ocupa el
día de hoy (¡Qué gran verdad -su­
brayo yo--que late como melodía inacabable en el corazón de todos
los conservadurismos!);
ellos descuidan la Gloria nacional y se ocu­
pan principalmente de los intereses materiales y en eso imitan a la
Francia, que, trabajada
y maleada por una filosofía irreligiosa, ha
visto entronizar en su seno el egoísmo, que no conocen otros medios
que el oro ni otro fin que el goce. No, no tienen la culpa los go­
bernantes
y aquella nación desciende del alto puesto que le corres­
ponde. En trece años de paz, con un gobierno representativo, de
782
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EL CONSERV ADURJSMO
tanta latitud, la prensa libre, la guardia nacional, un numeroso ejér­
cito, con un monarca de alta capacidad, no
es posible que prevalezca
una política que no esté adaptada a
las circunstancias del país; no
es dable que se sostengan en el poder unos hombres, si existen otros
que posean
un sistema mejor y que al mismo tiempo sea realizable.
La Francia sufre esa política porque la merece."
Y refiriéndose a la
Espafia de su tiempo, Balmes escribe:
"Las escuelas conservadoras de nuestros tiempos, que se han pro­
puesto en frenar el ímpetu revolucionario y hacer entrar las na­
ciones en su cauce han adolecido casi siempre de un defecro que
consiste en olvidar la verdad que acabo de exponer. (Se refiere aquí
Balmes a los países en donde la religión y la moral reinen en todos
los espítitus, donde no se mide como vana palabra el deber, donde
se considere como un verdadero -crUllen a los ojos de Dios la tur­
bación de la tranquilidad del Estado y la rebelión contra las autori­
dades legítimas, serán menos peligrosas las teorías en que, analizán­
dose la formación de las sociedades e investigando el origen del
poder civil, se hagan suposiciones más o ~enos atrevidas y se esta­
blezcan principios favorables a los derechos de los pueblos.) Pero
cuando
estas condiciones faltan poco vale la proclamación de doctri­
nas rigurosas; de nada sirve abstenerse de nombrar al pueblo como
una palabra sacrílega. Quien no acepta a la majestad divina ¿Cómo
queréis que respete la humana? La majestad real, la autoridad del
Gobierno,
la supremacía de la Ley, la soberanía parlarnentatia, el res­
peto a las normas establecidas, el orden, son palabras que salen ince­
santemente de su boca presentando estos objetos como el paladín de
la sociedad y condenando con todas sus fuerzas la república, la in­
subordinación, ]a desobediencia a la ley, la insurrección, fas asona­
das, la anarquía; pero· no recuerdan que estas doctrinas son insuficien­
tes cuando no hay un punto fijo donde se afiance el primer eslabón
de la cadena. Generalmente hablando, estas escuelas salen del ser
mismo de las revoluciones, tienen por directores a hombres que han
figurado en ellas, que han contribuido a promoverlas e impulsarlas
y
que ansiosos de lograr su objeto, no repararon en minar el edificio
por
sus cimientos, debilitando el ascendiente de la religión y dando
lugar a la relajación moral".
Más adelante se refiere Balmes a estas
783
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/OSE ANTONIO G, DE CORT AZAR Y SAGARMINAGA
fuerzas conservadoras salidas de la revolución y que caen "en el error
de atribuir
a la simple acción de los gobiernos civiles una fuerza
creadora, que independientemente de
las influencias religiosas y
morales, alcanza a constituir, organizar y cons_ervar la sociedad.
En sus escrit~s políticos ·-no olvidemos que no tratamos ahora
de obras doctrinales sino del artículo periodístico y polémico, aunque
su fondo de verdad le hace
vllido pára cualquier situación semejante
pese al tn.omento concreto en que fueron escritos Balrnes habla de
una parte del partido conservador de su tiempo que el considera "pe­
queñísima" y que nosotros definimos
coino ejeroplo de lo que es el
conservadurismo. Ei filósofo de Vich dice: "El carácter de este par­
tido ha sido el tener uo carácter revolucionario combinado con la
timidez;
. deseo de lograr un fin, pero fáltale audacia. El se encargó de
abrir las puertas de la revolución y él
se encarga de legalizarla. No
mató a los frailes ni incendió los conventos, pero_ dejó incendiar y
matar y no se ha encontrado mal con que otros le desembarazasen
de conventos y frailes. No decretó la supresión del diezmo, pero ya
que otros lo hicieron ha acogido con placer la supresión y la defen­
dería con ardor si necesario fuere. No despojó a la Iglesia de sus
bienes pero, supuesto que otros la despojaron, ha acelerado la venta
cuando le ha sido posible,
ha aceptado el· hecho que llama consu­
mado, pero en cuya consumación no le
ha cabido escasa parte; y si
bien ha
· suspendido la venta de lo poco que quedaba por no poder
resistir más a la fuerza de la opinión pública y

a
sus recientes com-­
promisos, no ha sido para una restirnción, sino conservando la pren­
da para legalizar por medio de ella toda la obra revolucionaria. In­
justos -termina Balmes----:-han sido los _progresistas cuando en este
puoto han llamado reaccionarios a los hombres de la situación, siendo·
tan fácil de ver que esa apariencia de reacción no era contra toda la re­
volución s_ino en algún modo -en favor de la revolución; no para deStruir
sus hechos ·sino para consolidarlcis, poniéndole un sello inviolable".
9. La posición de Menéndez y Pelayo.
A pesar de haber formado parte de la mayoría liberal conserva­
dora de
Cánovas en el Congreso, Menéndez y Pelayo no aceptó nuo-
784
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EL CONSERVADURISMO
ca las tesis oonsetvaduristas. Firmemente agarrado a la tradición fue
un campeón
. irresistible de sus ideales. pese -o quizá por ello mis­
mo-a que precisamente de los extremistas que se llamaban tradi·
cionalistas, pero que en realidad no eran más que doctrinarios petri~
ficados en un absolutismo imposible, recibieta los más furibundos
ataques.
El gran polígrafo· santanderino escribe en la Historia de los
H
elerodoxos Españoles": "¡ Siempre la misma historia! Los progre·
siscas, especie de vanguardia, apaleadora y gritadora, decretan la venta
o
el despojo; los modetados o los unionistas acuden al metcado y se
enriquecen oon el botín, tras de lo cnal derriban a los progresistas, des­
arman la milicia nacional y se declaran conservadores, hombres de
orden, hijos sumisos de la Iglesia, etc.
(¡ Qué parecidas estas frases a
las que hemos leído
antes de Jaime Balmes!) El país los sufre por
temor a nuevos motines, y
lo_ hecho, hecho se queda; porque ¿quién
va a lidiar contra hechos oonsumados?
La hidrofobia clerical de los
unos nada duradero produciría, si después de harta y desfogada, no
viniera en
su ayuda la templan2a organizadora de los otros".
Y en su discurso. al ser elegido diputado por Aragón en 1891,
exclama: "Debemos inspirarnos en algo superior a
Jo que vulgar-,
mente se entiende por espíritu de partido; no lo es en rigor el nues~
tro y sería grave injusticia c:onfundirlo con las infinitas banderías_ que
en nuestro país aspiran al régimen de la
oosa pública. El partido
conservador
es, o debe ser, algo más que esto; debe ser la congrega·
ci6n de todos
los hombres de buena voluntad que no han renegado
de
su tradición y de su casta y que sostienen y defienden la unidad
del espíritu español
y dentro de él la riquísima variedad de sus ina·
nifestaciones regionales; de los que en vez de la unidad yerta y pu·
raniente administrativa sueñan con la -unidad orgánica y viva;· de los
que en las cuestiones económicas tiene por único lema el interés de
la producción nacional, hoy tan comprometida y vejada, y de los que
en· materias más altas opinan que .la mayor ]?ureza de creencias no
es de ningún modo incompatible con los . únicos procedimientos de
gobierno de hoy
posjbles y con toda la racional libertad que puede
tener una política amplia, . generosa, expansiva y . verdaderamente es­
pañola, única que puede dar vida a una administración honrada,"
'º 785
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/OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
En otra ocasión escribe: "Y así aconteció, en efecto, convirtién­
dose desde entonces en anarquistas y agitadores perpetuos los anti­
guos exaltados, que comenzaron a llamarse progresistas;
y agrupán­
dose los restantes para formar
un partido conservador y de orden,
que tuvo el pecado irreparable de no llegar a españolizarse jamás, de
gobernar con absoluto
...,desconocimiento de la historia, empeñándose
en implantar una rígida centralización administrativa, en ninguna
parte tan odiosa
y tan odiada como en España, pero partido al cual
no pueden negarse, sin injusticia notorio, buenos propósitos, mejoras
positivas, y, sobre todo, generosos arranques y grandes servicios a la
defensa social en momentos críticos y solemnes en que el árbol de
la vieja Europa amagaba troncharse al peso del huracán de 1848."
10. Aspectos concretos del conservadurismo en la historia,
Puede afirmarse siempre que en toda civilfaa.ción, ya sea cíclica
o lineal, ya sea-de la clase que fuera, en toda unidad histórica, si se
quiere, existen fases de conservadurismo que responden a
un mo·
mento histórico concreto. Se podría hablar del oonservadurismo como
un e6n de los-que hiciera tanto uso y genialmente D'Ors. Así, creo
yo que puede hablarse del eón conservadurista que se repite en la
Historia, lo que no nos hace adherirnos a
la tesis del retorno eterno_
ni a la de la repetición cíclica de la Historia. Pero es verdad que en
el fondo de todo movimiento político
se pasa alguna vez por la fase
conservadurista. Pese a repetirnos y de mencionar autores ya exami·
nadas, comprobemos algunos aspectos del conservadurismo en la
Historia.
Es interesante contemplar el problema del romanticismo en su
i:elación con el objeto de nuestro tema. Suele siruarse en el período
comprendido entre
la vida de Goethe y la de Baudelaire, es decir,
entre mil setecientos cuarenta
y nueve y mil ochocientos sesenta y
siete: El nacimiento del último clásioo y la muerte del primer hom­
bre de nuestro tiempo. Pero, ¿es sólo un término para designar esta
época concreta o
es una constante histórica, como creemos nosotros,
al igual que
el conservadurismo, állnque propiamente al referirnos a
este término pensamos casi exclusivamente· en el conservadurismo
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EL CONSERVADURISMO
surgido de la Revolución francesa? ¿ Es el conservadurismo como el
romanticismo una especie de manierismo aplicado a_ un fenómeno
histórico? Ferrater dice que los historiadores se inclinan por la con­
cepción que comprende al Romanticismo como ese período al que
nos hemos referido antes; pero algunos filósofos de la historia y de
la cultura creen que ambos conceptos, romanticismo y conservadu­
rismo, se repiten en el devenir de los tiempos, aunque cada vez con
especiales características. Según esto el
romai:iticismo ha estado pre­
sente en varias épocas
y constituye una de las dimensiones del alma
faústica y dionisíaca en oposición al alma apolinea. "Así, en la cul­
tura griega ---escribe-predominaría la consta_nte clásica; en la ger­
mánica la romántica."
¿Pero es que cabe apreciar una posible unión entre los conceptos
de conservadurismo -Y romanticismo? El -romanticismo es, ante todo,
un rechazo de la noción de medida, es exaltado, dinámico, predomina
en él la intuición y el sentimiento. El conservadurismo es burgués,
petrificado, casi dormido, estático
y predomina en su concepto la
idea de la permanencia, de la continuidad de un orden muerto. En
ér hay, sobre todo, un análisis de un pasado concreto, mesurado y
aburrido y una razón impregnada sólidamente en las vulgaridades
de una conciencia burguesa.
Traemos aquí, de paso,
el tema porque no hay que olvidar que el
romanticismo actuó política y decisivamente en
el siglo XIX en las
filas más exaltadas del liberalismo. Pero tampoco se puede olvidar
que existe en él una tendencia conservadora, -una vuelta a _la Edad
Media, una Edad Media falsa, de cartón y piedra, es decir, una Edad
Media cooservadurista
y de espaldas al río de la historia. También
existe un romanticismo opuesw al espíritu de la Ilustración que des­
embocó en dos facetas: una revolucionaria
y otra conservadora. Esta
última de escaso valor como no sea el del desprecio por una realidad
burguesa y superconservadora que le asfixiaba. Y en este sentido de
protesta del Romanticismo contra la realidad ambiente, anclada en
un pasado concreto y embalsamado, hay que ver las facetas de su
validez. Pero es preciso reconocer que, como muy bien decía Vegas
Latapie en su
Romanticismo y democracia, en general el movi­
miento romántico militó bajo
las· bandens· _revolucionarias.
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/OSE ANTONIO G. DE CORT AZAR Y SAGARMINAGA
Capitalismo y conservadurismo son palabras casi gemelas. Porque
si
por un lado hay que reconocer el espírim inicial y vivo del ca­
pitalismo también es preciso admitir que poco a poco se fue cón­
virtiendo en inmovilismo, inercia y rutina. En una palabra, fuera de
algunos casos, en un conservadurismo. Sin meternos en los problemas
planteados por Sombart, Fanfani y Weber, que pese a lo que se dice
por muchos que sostienen que no considera al protestantismo Como
causa del capitalismo cuando para nosotros el calvinismo tiene una
directa influencia en el capitalismo ·y en el conservadurismo, es in­
dudable que en general los movimientos reformistas inspiraron su
creación. El capitalismo es, a los efectos de nuestro esrudio (aunque
reconocemos que en muchos momentos presenta ·un aire dinámicÓ y
renovador), un arqueripo de las sociedades nacidas del conservaduris­
mo. Y en los últimos lustros esta visión conservadora del capitalismo
se hace cada· vez más intensa y de más acusados perfiles; Parodiando
a Calvo Sotelo
podríamos hablar de un conservadurismo de intereses
y
un conservadurismo de ideales. Estos están basados en la corriente
fecunda de
la tradición y constimyen una de las ramas del pensa­
miento que propugnamos.
· Dentro del grupo de conservadurismos hay que poner muchos
de los aspectos de la Santa Alianza. Cana1s en su Cristianismo y re­
volu~i6n, al hablar de los. complejos problemas que plantean la
Santa
Alianza y el significado de determinadas palabras, escribe: "Res­
tauración, Santa Alia.Q.za, Tradicionalismo-francés. Sobre tales temas
estamos acostwllbrados a los distingos. Porque la especialísima ac­
tirod en que . el ambiente revolucionario coloca a quien se enfrenta
con la revolución,. ha impulsado, desde aquellos tiempos-, a un ca­
racterístico tipo de negaciones y distinciones: el tradicionalismo
no es la Santa Alianza, la Santa Alianza no fue la re5tauración ca­
tólica, , la Restauración no fue verdaderamente contrarrevolucionaria,
y; por otra parte, la contrarrevolución no es reaccionaria ... O bien,
el catolicismo
no es conservador ... o el conservadurismo-no-es reac­
cionario o bien el catolicismo no es conservador, sino liberal, demo­
crático, revolucionario."
Se ha afirmado mucho et carácter tradicional de la Santa Alianzá,
cuando para nosotros, en m:Úchísimos de sus principios lat_en doctri-
788
Fundaci\363n Speiro

EL CONSBRV ADURJSMO
nas radicalmente conservaduristas, aunque de tipo diferente a las
del conservadurismo napoleónico. Cana!s escribe: "El tratado propia
y verdaderamente llamado la Santa Alianza, que fue firmado a ini­
ciativa del
Zar Alejandro de Rusia, estuvo inspirado por unos idea­
les
y orientado por rin espíritu distinto ciertamente del que predomi­
naba en el Congreso de Viena
y que tampoco coincidía con el ·tra­
dicionalismo· francés". No hay que olvidar -seguimos en este punto
a Canals-"que _se aceptara la tesis propuesta· por muchos que mez­
clan la tarea de Alejandro I con las ideas expuestas en el Congreso
de Viena
y con las defendidas por los escritores representativos de
la tradición francesa;
De Maistre y De Bonald serían en la Europa
de
la restauración los teóricos y maestros de la política de la Santa
Alianza, lo cual
... equivale a decit: Los docttinatios del despotismo,
los apologistas y defensores de lo que Montalernbert en los momen­
tos ardientes del
"Avernit" .calificaba como "la obra impía del Con­
greso de Viena".
Para nosotros la -Santa Alianza es, ante todo .y sobre todo, un mo­
vimiento
reacciona.tia y conservador, muchas veces del peor de los
conservadurismos, con unas pinceladas. tradicionales ~n las .. declara­
ciones solemnes pero que en la práctica, como todo movimiento_ coo­
servadurista, ,desapareció en el paso de muy pocos .años. Valiéndonoe
de las ideas expuestas por Canals podernos decir que. la .Santa: Alian­
za surgió de las ideas de un Zar absolutista, mitad jacobim,, mitad
místico, se inspiró en muchas de las r~cciones abundantemente li­
berales. de los países sojuzgados por el· terror napoleónico; acogió
junto a principios sanos una multitud_ de formas rancias, podridas,
de un pasado inmediato, y no supo enlazar con la verdadera tradición
de la que
se declaró, en cambio, con notoria desverguenza, hija pre­
dilecta.
El problema del conservadurismo típico en España surge con el
carácter concreto que. nosotros damos al fenómeno aplicado principal­
merite a su vigencia posterior a las ·ideas: revolucionarias, COn las
Cortes de Cádiz. Es curioso -como dice Sánchez Agesta-que esta
Constitución evidentemente liberal "quiere ser una revolución tra­
dicional". En su ·preámbulo se anuncia la voluntad de "regularizar -y
poner en consonancia con las necesidades actuales dél Estado, los an-
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Fundaci\363n Speiro

]OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
tiguos fueros y libertades de estos reinos". Unos de sus defensores
más acérrimos, Mru:tínez Marina, sostiene crédulamente que los prin­
cipios que la informan y hasta la Constitución francesa que le sirvió
de modelo, son la fiel expresión de la tradición política española.
Mucho liberalismo,
escaso espíritu tradicional y bastantes facetas con­
servaduristas, de un conservadurismo asustadizo, que muchas veces
degenera en el absolutismo, son para nosotros las principales carac­
terísticas de
las Cortes de 1812.
Federico Suárez ha visto con agudeza las tres corrientes ideoló­
gicas que luego perduraron durante la crisis del antiguo régimen.
La conservadora, la innovadora y la renovadora. La conservadora está
integrada por los que defienden la tesis de que el antiguo régimen
(nos referimos al antiguo régimen de los Barbones, es decir, a un
régimen inmovilista y absolutista inspirado en la monarquía fran­
cesa y no en el verdadero espíritu tradicional de España) no debe
transformarse. Todo pese al curso del tiempo (seguimos a Suárez
y
Camellas) debe quedar como estaba antes dé la invasión francesa. La
corriente innovadora quiere hacer tabla rasa del pasado (agrego yo,
de todos los pasados aunque fueran buenos) considerando todo lo
antiguo por el, mero hecho de serlo, trasnochado, inútil, muerto. Para
ellos hay que tomar en bloque el modelo de la Francia revoluciona­
ria. Por último, están los renovadores (en mi opinión desgraciada­
mente los menos), los que quieren junto al enlace con lo tradicional,
con
el propio carácter del pueblo español, ciertas reformas adaptadas
a las necesidades del momento. Para nosotros en ellos se encontraba
el verdadero caruino de España. Desgraciadamente no fue así.
La corriente renovadora se manifestó después en el famoso mani­
fiesto de los Persas. Es verdad que habla muchos principios tradiciona­
les en su doctrina, pero todo desvaído en un absolutismo real contra­
rio a las rectas tradiciones del país
y en unas muestras de liberalismo
importado del más allá de las fronteras. La conservadurista, en este
caso absolutista, se manifestó principalmente en la tiranía de Fer­
nando VII en
el sexenio de 1814 a 1820 y el mismo absolutismo
reinó después del trienio constitucional, triunfo de' la tendencia in·
novadora o rabiosamente liberal. La "Década ominosa" es una época
· de un conservadurismo absolutista de primer grado. La tendencia re-
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Fundaci\363n Speiro

EL CONSERVADURISMO
novadora se encarnó en algunos de los llamados ·realistas a los que
ha dedicado un magnífico estudio Rafael Gambra. Pero los realistas
después de 1823 se escindieron, como
·dice Suárez, en dos ramas:
La de los apostólicos y la de los moderados. Suárez reconoce. que es
tan difícil en uno y otro caso precisar el contenido ideológico de
cada una de ellas. Pero, en síntesis, se puede decir que tanto la rama
moderada de los liberal~s como la rama moderada de los realistas
llegaron en gran parte a fundirse.
J)espués la tendencia renovadora
fue la bandera levantada por los prinéipales pensadores carlistas y
por
otros muchos, por ejemplo: Balmes, Donoso y Menéndez Pe­
layo que nunca militaron en las filas de Don Carlos.
Pero
,en general, lo que triunfa en el siglo XIX español es la apa­
rición
de los dos grandes partidos moderados y exaltados. La bur­
guesía asustada por los excesos del liberalismo revolucionario, apoya
a un gobierno que le aleje de extremismos y revoluciones. Camellas
escribe: "Los elementos burgueses que han accedido al poder, al pres­
tigio o
a
la riqueza, los nuevos propietarios, los hombres de negocios
o
los que ocupan cargos importantes, no desean ya la revolución (mu­
chísimos de ellos procedentes de las depredaciones d'e la desamorti­
zación) sino un régimen
apacible, una libertad moderada, que no se·
enturbie con el desorden. La burguesía -termina Camellas-con­
quistadora tiende a hacerse conservadora. Y este conservadurismo fue
tan estéril como todos, porque al querer, como dice Carr, "restaurar
la armonía de la familia liberal" continuó en el fondo aceptando ra­
dicalmente un inmenso caudal de las ideas procedentes de la re­
volución.
El 25 de marro de 1846, el más agudo observador de su tiempo,
Jaime Balmes -volvemos a él porque aquí se enfrenta con un as­
pecro concreto del fenómeno-, escribe refiriéndose al partido con­
servadurista de su tiempo: "¿Qué es lo que le ha faltado al partido
conservador para dar a España lo que tantas veces había prometido?
¿Quería el apoyo del trono? El trono le apoyó. ¿Quería el apoyo de
la fuerza armada?
La fuerza armada le apoyó. ¿Le embarazaba la mi­
licia nacional? La milicia nacional despareció. ¿Le servían de obstácu­
lo los ayuntamientos progresistas? Desaparecieron. ¿Necesitaba re­
formar la constitución? La constitución se reformó. -tNo le convenía
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/OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
el jurado? El junldo desapareció. ¿Había menester de tribunales es­
peciales? Los tuvo. ¿Había menester de policía? La tuvo. ¿Le podían
ser útiles las simpatías de Ftancia? Las tuvo. Dueño de la Corte, due-·
ño del Parlamento, dueño de las fuerzas, dueño de la administración,
dueño de todo: ¿Qué más quería? ¿Qué más quiere? Hay tentativas
de insurrección
y la insurrección sucumbe, la España toda le obede­
ce:
En el gobierno estaban unidos con el poder militar los prohombres
del partido:
¿Qué más quería?, y sin embargo¡ cosa notable!, ¡lección
instructiva!, con ~t?S elementos favorables, con circunstancias tan
propicias, el partido conservador se ha disuelto rápidamente con la
misma rapidez que se agolpaban en derredor suyo los aparentes ele­
mentos de \'ida"". Y es que, para terminar este magnífico alegaro de
Balmes, nosotros añadimos: Porque aquel
.partido conservador ·era
una forma más de un inepto conservadurismo, un simple monigote,
de espaldas al río de la historia.
Comellas, por su parte,. enjuicia así al moderantismo o conser­
vadurismo decimonónico español: " ... el moderantismo era un mo­
vimiento viejo. Carecía de un progtall)a clru:o, dé una ideología. Era
simplemente una. fuerza conservadora decidida a mantener el orden
a toda costa, pero sin encauzar aquel mantenimiento por medios le­
gales. El · sistema estaba ya gastado, y nada nuevo podía ofrecer a
aquellas
alturas •

. . los
moderados estaban realmente en un éallejón
sin salida; no podrán desdecirse de los principios liberales pero tam­
poco podían ponerlos en práctica •.. ".
Por último en este breve resumen
de la posición conservadurista
en
Espaíla y en el que hemos dejado de mencionar algunas de sus
expresiones· políticas, queremos cerrar el ·capítulo sobre el liberal con­
servadurismo de. Cánovas, aunque antes ha sido someramente exami­
nado. Comellas sintetiza los puntos esenciales del sistema: A. Existen
unos cuantos principios políticos
-pocos y simples-que son esen­
ciales, son "verdades madres", "y forman la constitución interna. de
un país . . . la constitución interna no la ha promulgado nadie: Es
algo que existe, porque los españoles somos tomo somos, que brota
de
la esencia misma de la n.,ción )' constituye su· destino his.tórico ... "
B. Pero una vez admitida, '!estas verdades madtes" o constitución
interna, todo lo demás
es· contingen,e.· Nada0 "de grandes principios
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EL CONSER:VADURISMO
abstractos o teóricos, sino sentido de la realidad. La política es, así,
una función eminentemente práctica,
es "el arte de lo posible"., algo
adaptado a
las circunstancias de tiempo y lugar . . . C. Adaptabilidad
significa también ttansacción
... D. Las reglas del juego quedan ex­
presadas en
el principio del equilibrio de las fuerzas contrapuestas.
Este equilibrio dinámico
es el que hace que la oposició,i, en vez de
una· fuerza destructora, se haga constructiva". Este régimen, enun­
ciado en estas tesis de Cánovas, tiene un gran parecido con un libe­
ralismo a la inglesa y en el fondo es una amalgama de principios tra­
dicionales -esa "Constitución interna", por ejemplo, pero tán difí­
cil de explicar y de sintetizar-y de principios auténticamente li­
berales. Como
el régimen de partidos y· la democracia liberal. Cáno­
vas es realmente un liberal cons.ervador con mucho de conservaduris­
mo, pero fue artífice -como dice Camellas-- de "aquel milagro
español de veintitantos años de casi completa estabilidad".
Otra típica forma del conservadurismo, examinada ya la conse.r­
vadurista de Luis Felipe en la, visión de Balmes, es la napoleónica.
Apoyado por las clases burguesas siempre por temor al radicalismo
sin base, sin tradición
y sin doctrina, el imperio fue el resultado de
un temor. Y dio
lúgar ,---a pe= de que se ha dicho que Napoleón
encarnaba a la revolución y que· era la revolución a-caballo, a un
pequeño conservadurismo que se desvanece siempre como un _ sueño.
Napoleón creó una sociedad falsa basada en mitos revolucionarios
y concepciones conservadoras. Pero predominando en todo momento
el poder personal
y la ambición del poder. No hay que olvidar que,
como dice Chevalier,
Napoleón era hijo del siglo XVIII y de la Re­
volución. Coornot recuerda como no tard6 desde el poder en opo­
nerse a las ideas del siglo cuando se creyó lo bastante fuerte para
dominar al siglo y dominar, asimismo, a la Revolución. Remedó
todo lo malo de la monarquía caída y no aceptó ninguno· de sus be­
neficios. Para Pabón "el imperio aparece como un fenómeno sor~
prendente: en Francia es la continuación conservadora del Consulado;
fuera es el empuje revolucionario". Algo parecido dice a este
resw
pecto Chevalier. Otra forma conservadurista francesa típica es la del
imperio de
Napoleón III con su doctrina sin base, sin cuerpo doc­
trinal, sin estabilidad, sin pasado ni futuro. "El segundo imperio
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/OSE ANTONIO G. DE CORTAZAR Y SAGARMINAGA
-escribe Touchart-no consiguió crear un estilo político dutadero
ni fundar una tradición" (¡Cómo
si la tradición se puede fundar
sobre el aire, sobre una persona sin
el légamo profundo de una his­
toria!).
Siguiendo a Touchart, con
el que en muchas partes no estarnos
conformes pero en otras sí, el conservadurismo es una de las bases
de la filosofía butguesa. "En Francia --escribe-el liberalismo (en­
tendámonos, el conservador, no el radical), subrayo, permanece en
conjunto estrechamente vinculado a la defensa de los intereses". Este
liberalismo conservador lleva la impronta del orleanismo y en su
sentido económico descansa -<:orno todo conservadutismo- sobre
dos principios tan materiales como riqueza y propiedad y sobre casi
ningún principio espiritualista.
Si observarnos la historia de Francia en el siglo XIX -seguimos
el esquema de Touchart en su Historia de las ideas políticas -ve­
remos que el régimen napoleónico, a_ pesar de sus declaraciones re­
volucionarias, es apoyado por una masa conservadora que se disuelve
tan fácilmente como se creara. La restauración, a -pesar de su carácter
de antiguo régimen, pactó con los conservadutismos surgidos de la
revolución. El ideal de los escritores liberales es eminentemente bur­
gués, que se hace más claro y rotundo con los doctrinarios que ofre­
cen un justo medio entre los defensores del antiguo régimen
y los
partidarios de la democracia. El triunfo de esta amalgama produce el
del
Rey Luis Felipe que instauta una monarquía conservadutista que
produciría
los más estériles frutos. Se ha hablado mucho de la ideo­
logía liberal de la monarquía de Julio. Pero, como se pregunta Tou­
chart:
¿Cabe hablar de una ideología liberal cuando la butguesía es
tan variada como lo era bajo la monarquía de Julio? ¿Se puede in­
cluso hablar de una butguesía cuando existe una butguesía parisien­
Se, una burguesía provinciana y una-burguesía rural, una grande, me­
diana y pequeña butguesía, una butguesía de la banca o de la indus­
tria, una burguesía del comercio, una burguesía universitaria, una
butguesía de la administración, una vieja butguesía parlamentaria,
una burguesía de rentistas, etc.?
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