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1973

Revolución, Conservadurismo y tradición

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1973
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Nación y nacionalismo

NACION Y NACIONALISMO
POR
ANDRÉS GAMBRA,
Licenciado en Historia.
Hoy es casi general la confusión bajo la misma etiquera de "Amor
a la Patria" o "Fidelidad a
la Nación" de dos sentimientos radical­
:mente distintos por su· origen y antagónicos en su historia y desarro­
llo: el patriotismo y el nacionalismo.
Su identificación
se ha operado en la mente de la mayoría por
su común oposición a
las teorías -más modernas-del internacio­
nalismo que hacen tabla rasa de todo sentimiento o teoría que im­
plique una localización espacio temporal.
Los ~ternacionalismos,
por su parte, debido al principio de indiscriminación de los contra­
rios, han favorecido el proceso, incluyendo bajo una misma categoría a
cuantos
no comparten sus ideales de uniform.ismo universal y racional.
A consecuencia de estas campañas la mayoría de nuestros contem­
poráneos son incapaces de distinguir con claridad entre lo que fue­
ron las doctrinas nacionalistas -vinculadas en su elaboración y desa­
rrollo a un ambiente ideológico muy circunscrito en el tiempo-y
el sentimiento de amor a la patria que, al contrario que aquéllas, se
deriva de la propia naturaleza del hombre y de su sociabilidad y,
por ello mismo, ha sido una consrante a lo largo de todos los tiem­
pos y germen de muchas de las más fecundas realizaciones que re­
gistra la historia.
Es curioso observar --quien escribe estas líneas ha podido com­
probarlo reiteradamente en ambientes
universitarios-cómo uno de
los giros dialécticos empleados con mayor éxito por los agentes sub­
versivos para desprestigiar cualquier referencia de
sus oponentes a la
Patria, a su historia,
y al amor y respeto de los que lógicamente deben
ser objeto, consiste en
la afirmación de que estos sentimientos y el
concepto
mismo de Patria o Naci6n forman parte del acervo doc­
trinal del
liberalismo y, sobre todo, del fascismo y no tiene sentido
más que dentro de su contexto. El éxito de este planteamiento, ran
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ingenioso como mal intencionado, evidencia la genetalización del
equívoco al que aludimos y apunta los gtaves peligros que encierra.
V amos a procorar
por ello precisar términos y delimitar con la
mayor claridad posible la radical difetencia e íntima oposición que
existe entre el concepto que podemos
denominar antiguo o tradicio­
nal de nación, íntimamente vinculado al de patria,
y el nacionalismo
-o, mejor,_ los nacionalismos, pues se trata de un movimiento doc­
trinal muy complejo-nacido al calor de la revolución francesa y
en el seno del cual se han acuñado concepciones de la idea de nación
heterogéneas
pero siempre radicalmente distintas del concepto tradi­
cional.
El concepto· tradicional de nación.
El concepto de nación en el Antiguo Régimen, pre-revolucionario,
era una idea Sencilla que
definía un hecho de lndole social, no polí­
tico, y era consecuente con la ordenación del mundo de la Cristiandad
integrado
por un cúadto institucional complejo que abarcaba desde
la familia al Estado encarnado
en el Rey, que ostentaba la soberanía
suprema e incluía
un variado y fecundo cuadro de cuerpos interme­
dios (municipios, universidades,· gremios, reinos, coronas, etc.), reves­
tidos cada uno de ellos en cierto modo de soberanía propia en la
medida
en que realizaban un fin autónomo.
Intentaremos a continuación perfilar cuál era el significado de
este concepto de nación que entendemos es el único válido en el
contexto de la concepción cristiana de la sociedad. Creo que será útil
que
abordemos la ·cuestión recordando una recomeiidación que a este
respecto formula Jean Ousset en su libro "Patrie. Nation, Etat" (1)
y que hoy puede parecer sorprendente, pero no es por ello menos ver­
dadera. Observa Ousset, en efecto, ·que toda definición· que se pro­
ponga del concepto Nación deberá ser siempre de carácter muy ge­
neral, sin excesivos predicamentos entitativos, ya que la pretensión
de
apurar su conteaidó en exceso lo desvirtuada necesariamente dada
la extrema variedad de naciones existentes. Iremos viendo en lo que
sigue la importancia de esta idea.
(1) J. Ousset, Patrie, Nation, Etat, París, 1965, ¡,ágs. 21 y ~igs.
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NACION Y NACIONALISMO
Para comprender qué es una nación es preciso aludir a fa idea de
patria, pues se. trata de conceptos íntimamente ligados. Patria eti­
mológicamente quiere decir tierra
de los padres. Ante todo significa
-un suelo, un territorio compartido por una comunidad: la tiérra en
la que nuestros padres han dejado su huella, la tierra de nuestros
antepasados.
Cada hombre se encuentra ligado a su tierra de origen
por una infinidad de vínatlos, de recuerdos, de aspiraciones y por
ello tiende a amarla de forma espontánea. Se puede hablar con razón
de la "Madre Patria".
Pero en un sentido más amplio se entiende también por patria
roda la herencia cultural, espiritual y. religiosa que nos han legado
nuestros antepasados;
todo el legado de nuestra historia. Patria en
esta acepción amplia equivale a patrimonio.
Nación, en cambio, viene del
latín "nams" y expresa en primera
instancia la idea de nacimiento,
de filiación y descendencia. Y con
este sentido restringido era utilizada
en ocasiones; así Cervantes dice
de uno de los personajes del Quijote que era "de nación vizcaíno";
como es fácil suponer, no pretendía con ello el famoso escritor pro-·
pugnar ningún separatismo vizcaitarra sino que simplemente indicaba
que aquel hombre
había nacido en una de las variadas entidades na­
cionales dotadas
de personalidad jurídico-política propia que inte­
graban la superior Corona española: el señoría de Vizcaya.
Pero el término nación era comúnmente utilizado también para
expresar una realidad
de orden superior. Se designaba con ella no ya
a
la herencia, que es la Patria, sino más bien al heredero, a la comu­
nidad viviente de generaciones que se transmite,
conserva y mejora
el patrimonio recibido
de los antepasados.
La nación es, en síntesis, y citamos la definición de un cronista
francés del siglo
XIII, Froissart, "la reunión de hombres que habitan
en
un mismo territorio, que tienen un origen común, instituciones
comunes y una misma lengua"; y podemos añadir: que son herederos
de
un mismo patrimonio espiritual y cultural.
Ahora bien,
es preciso tener en cuenta que esta definición tiene
solamente
un carácter indicativo; no pretende ser exhaustiva ni pre­
supone que para que se dé un hecho nacional es menester la pre­
sencia conjunta
de todos los elementos enumerados. No se puede ol-
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rl.NDRES GAMBRA
vidar nunca que ha existido a Jo largo de la historia una variadfsima
gama de naciones con rasgos en extremo diferentes entre sí y que por
ello no dejaban de serlo.
Así han existido y existen naciones, que lo son en buena ley,
en las que no se da la unidad lingüística e incluso -es el caso ex-­
tremo de los judíos o de los gitanos-naciones llenas de vitalidad
que no poseen un patrimonio territorial estable. Hay naciones ricas
en historia, dotadas de honda unidad cultural, moral y religiosa y
enriquecidas por la unidad política, es decir, conformadas por un
Estado. Hay otras, en cambio, de pobre tradición, de vergonzosa his­
toria, en las que han proliferado los fermentos de crisis y desunión
y en las que el patrimonio cultural de que son portadoras lleva la
impronta de herejes célebres, de escritores corruptores, o de filósofos
subversivos. Naciones, en fin, que no han Jogtado -y ello redunda
en su propio beneficio--su conformación política y jurídica en un
Estado sino que han encontrado en su vinculación política a otra
nación superior, o en el marco de un estado plurinacional, el com­
plemento necesario para remediar· sus limitaciones.
Dada esta gran complejidad del hecho nacional debemos confor­
marnos con este concepto de_ la idea de nación -recordemos la pru­
dente observación de Ou.sset-, ailnque pueda parecer en exceso ·vago
o etéreo a nuestros oídos acosnunbrados a IaS definiciones mucho
más precisas, pero por eso mismo inexactas, que han acuñado los
teóricns del nacionalismo a Jo largo de las dos últimas centurias.
Si pretendiéramos precisar más el concepto correríamos el ries­
go de desvirtuarlo o de incurrir en
el mismo error de quienes, tras
deducir de , la idea de nación unas exigencias que no respondían ni
a la
naturaleza ni a la historia de las naciones existentes, procuraron
conformar la realidad a sus patrones ideales y engendraron con ello
interminables conflictos.
Conviene, sin embargo, que hagamos algunas consideraciones en
torno a lo que la nación no es o a lo que no se halla implícito en su
cnncepto; ello
nos permitirá aquilatar algo más la definición que
hemos propuesto y nos pondrá en guardia cnntra una serie de errores
posibles que luego veremos aflorar en las doctrinas nacionalistas.
En primer lugar, debemos indicar que si de hecho las naciones
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NACION Y NACIONAUSMO
son desiguales entre sí no puede establecerse el principio de que
son iguales
de derecho. La historia ha demostrado en mil ocasiones
y como tal debe afirmarse, la existencia de una cierta jerarquía entre
las naciones. Por ello pueden y deben comunicarse entre sí, aceptando
unas
las aportaciones generosas de las otras. Y cuando las realidades
históricas o
naturales así lo reclaman, ~s naciones peor dotadas pue­
den quedar vinculadas a otras
de superior categoría o ser englobadas
por ellas, sin que ello implique la destrucción de sus características
o una merma
en su vida propia, sino, por el contrario, la culminación
de un favorable proceso de asimilación enriquecedora.
Además,
es preciso oo olvidar que el afecto natural a la patria y
a la propia nación es por sí mismo un sentimiento impulsivo y,
como nacido del amor, unitivo; en todo caso, un sentimiento abierto
que contra lo que ocurre con, las pasiones irracionales o cerradas nO
puede engendrar posiciones negativas o de odio.
Debemos también indicar, en relación con lo anterior, que el
concepto de nación no puede en ningún caso hipostasiarse. No puede
ser objeto de mitificación ni en su origen ni en su naturaleza, su­
poniendo que cada nación constituye una éntidad' llamada a existir
inconmovible en sus límites y en sus atributos hasta la .culminación
de los siglos. Y tampoco puede forjarse una concepción en exceso
rigurosa
en lo que se refiere a la ~sión o proyección hacia el futuro
de una nación.
Una nación
es lo que es su historia, el conjunto. de tradiciones de
las que
es heredera. Y estas tradiciones pueden ser unas valiosas y
otras no. Una nación a lo largo del tiempo no hace otra ·cosa que
realizar la conveniente acomodación
de sus _posibilidades con las
exigencias del tiempo. Y podrá hacerlo con mayor o menor acierto
según los casos o el momento.
De cara al futuro su objetivo prin­
cipal deberá ser, ante todo, el
de mantenerse fiel a los valores po­
sitivos
é¡ue encierra esa tradición, procurando decantarlos y depurarlos
separando
el trigo de la cizaña. Si además de eso es capaz de propo­
nerse
elevadas metaS y llevarlas a buen término, ocupará un lugar
privilegiado en la
historia; pero nunca podemos olvidar que, al igual
que cada hombre individual, correrá siempre el riesgo de corromperse
o incluso
de sucumbir y que el perfeccion_amiento de su patrimonio
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y la adecuación de sus valores a las ne1Cesidades de cada moment0 es
rarea de la prudencia de cada día.
Suponer que existe una misión, un destino nacional de carácter
monolítico y unidimensional snrgido de las sombras del pasado y
abocado a realizarse en el tiempo pese a quien pese y como guiado
por incognoscibles fuerzas telúricas, es una mitificación del hecho
social, de la realidad concreta que es una nación, y conduce a místi­
cas peligrosas y desconectadas de la realidad. Es algo así, a nuestro
entender, como afirmar que tal o cual individuo, por el mero _hecho
de haber demostrado buenas inclinaciones, está predes;inado a ser
santo. La facultad de predecir el porvenir no es patrimonio de la
inteligencia hnruana.
En tercer lugar conviene poner de relieve atto hecho fundamen­
tal: que no se puede vincular la idea de Estado a la de Patria-Nación
por
un nexo de necesidad, y menos, identificarlos.
El Estado es una sociedad organizada jnrídica y políticamente.
Es "una unidad política y jnrídica duradera, constituida por una
aglomeración humana que forina sobre un territorio común un grupo
independiente y sometido a una autoridad suprema". la nación no
es esto: la nación es, ante todo, una unidad moral y espiriru.al que
puede, o no, segón los casos (segón la hist0ria o segón las necesida­
des de cada comunidad nacional
~oncreta) constituirse en unidad es­
·tatal, alcanzar una expresión jurídico-política soberana y propia.
El interés, el valor del Estado nacional, estriba en que logra in­
tegrar de forma más estrecha la comunidad cultural, moral y espitual
que
es la nación y la romunidad política que es el Estado. Peto puede
darse el caso, y de hecho se ha dado en múltiples ocasiones con fe­
cnndos resultados, de que un poder político agrupe bajo su sobera­
nía a .varias nacionalidades que logran así complementarse mutua~
mente. Y, coo frecuencia, esta unidad política se transforma en el
elemento motor de esa unión, a la que hemos aludido antes, de varias
nacionalidades imperfectas en otra superior.
Basta pensar en el caso de la naci6n espafiola. Cataluña,. Navarra,
o Castilla tenían en
la Edad Media el crácter de naciones imperfectas
dotadas de unidad política; su unión en la
superior Corona espafiola
catalizó y afirmó los vínculos espirituales, culturales e históricos que
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NACION Y NACIONALISMO
ligaban entre sí a los pueblos ibéricos dando forma a una nación
que englobó a
las anteriores en una entidad superior y más perfecta.
"Ninguna situación nacional
--- ' Lacombe-se enruentra investida por sí misma de valores absolu-
tos-, ni en el orden político . ni en el temporal; su valor debe siem­
pre ajustarse a cambios favorables que ofrece, sola o en unión de
otras comunidades hermanas, para la constimción y la permaneticia
de un cuerpo político viable y fecundo en obras auténticamente hu­
manas. El célebre "principio de las nacionalidades" está plagado de
peligrosas ilusiones, si se interpreta como la expresi6n de una armo­
nía prestablecida entre no importa qué. reivindicación subjetiva de
la conciencia nacional y la aptitud objetiva de la nación correspon­
diente para sostener la carga de una sociedad política realizada" (2).
Finalmente es preciso recordar que el Estado, ya sea nacional, ya
sea la expresión jurídico-política de un conjunto de naciones, nunca
deberá entorpecer o destruir la vida propia
de las naciones o regio­
nes de una nación, para · el servicio, protección y promoción de las
cuales
y no para su absorción ha sido creado.
La mayor amenaza que existe contra la vida de las naciones -y
ello es, por supuesto, aplicable a todos los cuerpos intermedios entre
el individuo y el . Estado-es precisamente la de que el Estado des­
truya la savia propia de los diversos elementos que las integran. Cuan­
do así Jo hace "seca los afluentes de que se nutre el río que es la
nación", en
frase de Mella. Entonces la superior unidad social, sea
una nación o un conjunto de naciones, de la que el Estado es sólo
la expresión jurídica; pasa a transformarse en
un mito vacío de con­
tenido real y a set identificada con la opresión centralista de la que
sólo el Estado es responsable. Y es entonces ruando las unidades in­
feriores que integran la nación, las antiguas naciones englobadas o
llamadas a serlo dentro de esa unidad nacional superior, buscarán
su ilusoria salvación en movimientos suicidas de separatismo, de na­
cionalismos disgregadores e infecundos.
(2) En La conciencia cristiana y los naciotialismos, actas de la XI Se­
mana del Centro Católico de los intelectuales franceses, Valencia, 1965, pá­
ginas 69-70.
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Los nacionalismos.
Creo que lo dicho hasta ahora es suficiente para comprender
cuál era el significado que se atribuía al término nación en las so­
ciedades pre-revolucionarias y, para ponernos en guardia contra los
errores que el nacionalismo, fenómeno típico de
la Revolución fran­
cesa:, iba a traer consigo. Con su aparición la vieja noción equilibrada
que
hemos analizado fue desvirtuada y revestida de un carácter al­
tamente político. Dejó de designar una realidad social para convet·
tirse en un priocipio de disolución del viejo orden heredado de la
Cristiandad.
La aparición del propio término es ya de por sí reveladora.
La palabra nación es muy antigua. Su uso se . remonta a la Edad
Media; de ella se derivó
el término nacional en el siglo XVI para
designar a aquél que pertenece a una nación o lo que supone una
nación. El término nacionalismo, -en cambio, entró en el lenguaje
sólo en una,
é¡x,ca mucho más reciente. Fue recogido en 1798 con el
sentido de "sentimiento que consiste en la exaltación de la idea na­
cional" y fue consagrado por Prevost Parado! bajo
el II Imperio para
designar a los defensores del principio de las nacionalidades.
j.a palabra estaba llamada a adquirir nuevas acepciones al calor
de posteriores revisiones de la idea de nación, péro baste ahora con
resaltar este hecho: que la palabra nacionalismo implicó desde su
origen un cambio profundo con relación a la palabra nación, de la
que se derivaba.
Al contrario que los términos patriota y patriotismo,
que marcan una situación mejor integrada con el vocablo patria del
que
se derivan y con su significado original, nacionalismo y nacio­
nalista, comportan, desde
sU: origen mismo, un acento polémico y rei­
vindicativo, estuvieron cargadas de inquietud
y turbulencia, señala­
ron una situación de crisis. Implicaban
-y ello es lo que nos inte­
resa-que el concepto de nación había adquirido un nuevo signifi­
cado que iba a ser utilizado para quebrantar el
orden político del
Antiguo Régimen (3).
(3) Sobre estos datos del lenguaje, observaciones interesantes en La­
combe, infra, págs. 69-70.
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NACION Y NACIONAUSMO
El nacionalismo, como fenómeno del pasado siglo y del actual, lla­
ma la atención, en primer lugar, pPt el carácter hetetogéneo de los
movimientos y doctrinas políticas, centradas
en torno a la idea de
nación, que
integra bajo una misma denominación. Dentro de él _se
incluyen desde el concepto . de nación --- volución francesa, hasta los fascismos totalitarios de
la presente cen­
turia.
Cabría pensar, dada la variedad de estas doctrinas que con fre­
cuencia implican concepciones de la sociedad radicalmente distintas
entre sí o incluso antagónicas, que el término nacionalismo carece
como tal de significado concreto;
que no designa sino realidades dis­
pares
que nada tienen en común y para designar a las cuales &ería
mejor utilizar términos distintos.
Nosotros creemos, sin embargo, que sí existe un nexo común pro­
fundo que vincula a unos nacionalismos con otros. A nuestro enten­
der estriba en que todos ellos implican la utilización de
la idea de
nación al servicio de una ideología determinada. Suponen la pro­
yección de una concepción teórica de la sociedad sobre el concepto de
nación para deducir de su análisis exigencias que justifiquen
a pos­
teriori la puesta en práctica de esas ideologías. Se trata siempre de
teorías revolucionarias, basadas frecuentemente en postulados dis­
tintos, pero que pretenden buscar una base natural e histórica en las
implicaciones inherentes a una idea de _ nación
desvh-tuada y puesta
a su servicio contra
un orden establécido determinado.
La Revolución :franoes-a y la idea de nación-contrato.
Para comprender la génesis del ooncepto revolucionario de na­
ción-contrato, germen del que podríamos denominar primer ciclo
del nacionalismo, cuya proyección práctica
se llevaría a cabo en la
Revolución francesa y en el período subsiguiente, conviene que lan­
cemos una ojeada, aunque sea muy somera, sobre el pensamiento
po­
lítico del Siglo de las Luces.
Nos bastará para ello con aludir a
J. Jacques Rousseau. Conoci­
do
es de todos el pensamiento del célebre ginebrino, padre de la
democracia moderna. Según, él
-esquematizamos al máximo su pen-
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ANDRES GAMBRA
samiento-el hombre es bueno por naturaleza, pero ha sido malea­
do
por las instituciones irracionales y oscurantistas que imperaban en
su época, herencia de un pasado lejano. El espíritu de cada hombre
poseedor de la racionalidad
· debía liberarse, según él, de las taras de
la superstición y de la creencia; y su naturaleza, bondadosa en su esen­
cia, debía ser rescatada de los poderes que "la ignorancia y la malicia"
habían ido creando a lo largo de la historia.
Consecuencia lógica
de su pensamiento era . la necesidad de des­
truir todo el orden existente, por irracional y perverso, como paso
previo a la elaboración de una comunidad política concebida como
un contrato libremente pactado entre los individuos y en la que el
poder debía emanar
de la voluntad de la mayoría y ser ejercido den­
tro del mínimo indispensable para que la coexistencia fuera posible
sin coartar
la íntima libertad del hombre.
Esta nueva y revolucionaria organización de la sociedad sobre
bases racionales, a partir de una ruptura con el pasado, debería rea­
lizarse, para ser lógica, sobre
la sociedad universal, o, al menos, sobre
un ideal universalista, antinacional. Nada podía aparecer más anó­
malo e irracional a quienes fraguaron
la destrucción del antiguo orden
que la -delimitación entonces existente de nacionalidades,. producto,
como hemos visto, de siglos
de historia, de hechos y ciramstancias
fornútos.
No ocurrió así, sin embargo. Contra la lógica interna del sistema
se admitió que la instauración del nuevo orden revolucionario debía
realizarse
al nivel de las naciones. Rousseau, en su "Contrato social"
se había referido sólo a pueblos concretos. El abate Sieyes en su
"Qu'est-ce que
le Tiers Etat" (1789) atribuirá al Tercer Estado la
soberanía que era preciso arrancar_ a la realeza y a las viejas ipstitu­
ciones, y lo curioso es que esta atribución la hará a título de Nación.
En los albores de la revolución quedó sentado con claridad que el
Tercer Estado es la Naci6n y la Nación el titular
de la Soberanía.
Surge así una nueva concepción
de la nación: la nación-contrato
que dejó de ser
un concepto social e histórico para transformarse en
otro altamente político, encarnación del marco dentro del cual debía
realizarse el proceso revolucionario y la elaboración del nuevo orden
racional de la sociedad.
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NACION Y NACIONALISMO
La historia de las ideas puede explicar, en parte, esta contradic­
ción. Montesquieu, antes que Rousseau, había precisado las
carac­
terísticas de la que a sus ojos era el modelo de la constitución ideal,
la inglesa, una constitución nacional y no universal, y cuyos princi­
pios eran aplicables en todos los pueblos.
Herder, más tarde, y en el marco aún de la visión racionalista y
optimista del siglo
xvm, afirmó que el triunfo de la humanidad de­
bía realizarse por partes, a través de las naciones.
Surge entonces un nuevo y extrañó sentimiento que, como el
antiguo patriotismo,
representa una adhesión afectiva a la propia na­
ción, pero que no puede llamarse ya patriotismo porque reni_ega de
la obra de los padres o antepasados y se funda en una ruptura con
su mundo y sus valores. Este sentimiento es precisamente el nacio­
nalismo.
La Revolución francesa es el fenómeno que deparará esta carga
pasional a la nueva concepción de
la idea de nación. Se cortará la
cabeza de Luis XVI para traspasar la que hasta entonces era
la so­
beranía real al pueblo y se hablará de Soberanía nacional; se creará
una fiesta nacional,
un himno nacional (La Marsellesa), una bandera
nacional,
etc. Todo pretenderá nacionalizarse a través de la Revolu­
ción. Napoleón será el gran soldado
de la nacionalidad, porque paseará
a la nación francesa con las armas en la mano por toda Europa y
contagiará de nacionalismo a todos los pueblos que pisa.
Los famo­
sos discursos de Fichte a la nación alemana son una declaración pa­
sional, reivindicadora de una nación avasallada.
Dos características pueden señalarse en esta nueva fuerza espiri­
tual del mundo moderno que la diferencian del anti~o patriotismo
vinculado
al concepto tradicional de Patria-Nación. La primera es
su naturaleza teórica: el nacionalismo es la exaltación de la Nación
como protagonista de
la edificación de un orden racional y revolu­
cionario. La segunda es su absolutividad o exclusividad: al paso que
el patriotismo puede ser un sentimiento condicionado y jerarquizado,
compatible con otros patriotismos,
en el nacionalismo la razón de
Estado es causa suprema e inapelable, y la Nación o Estado, hiposta-
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siados como unidad abstracta, constituyen una instancia superior sin
ulterior recurso.
Dos serán también las consecuencias fundamentales de la nueva
concepción. Hacia el interior-
de las- -naciones- implicará la destruc­
ción de las viejas instituciones y la pretensión de ordenar racional­
mente la nación a través de una constitución. Hacia el exterior, su
consecuencia será la afirmación de famoso "principio de las nacio­
nalidades" : toda nación tiene frente a las restantes el derecho a
constituirse en un Estado soberano.
Hist6ricamente a lo largo
de sucesivas revoluciones (1830, 1848,
etcétera) serán destt.n,idos los cuadros políticos, estados e institucio­
nes herencia del pasado.
La aplicación del _principio de las naciona­
lidades abocará, dada la absolutividad del principio a que hemos alu­
dido, unido a su carácter ilógico, a innumerables situaciones límite.
Se mostrará como un principio altamente disgregador. Se hacía ne­
cesario fijar
en la práctica los límites exactos de cada nacionalidad,
pues los nuevos estados-naciones surgidos del proceso revolucionario
necesitaban delimitar con precisión
sus fronteras. Se acuñaron múl­
tiples teorías
-no tenemos tiempo para intentar ni siquiera resu­
mirlas-que vinculaban la entidad de las naciones a la lengua, a la
raza, al consentimiento histórico, etc. El resultado práctico fueron
guerras, conflictos, deportaciones masivas destinadas a hacer
cóin­
cidir los límites nacionales con los estatales y la fragmentación, en
fin, del mapa político europeo que culminó tras
la primera guerra
mundial.
S6lo en dos casos el movimiento fue integrador:
en el de Italia
y en el de Alemania. En cierto modo ambas eran naciones, más la
segunda que la primera. Pero su unificación
se realizó en el contexto
de estados liberales y centralizadores y a costa de la desttucci6n de
estados prestigiosos.
El nacionalismo anti-liberal.
A finales de la década de los ochenta comenzaron, sin embargo,
a evidenciarse ante los ojos de muchos las consecuencias fatales que
el liberalismo había traído consigo en el terreno social y en el po-
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NACION Y NACIONAUSMO
lítico. Surge entonces en Francia una poderosa reacción anti.liberal
que se plasmará en un movimiento político de gran importancia
de cuya evolución no podemos ocuparnos. Sí nos interesa en cam­
bio
el hecho de que so ,pensamiento doctrinal va a elaborarse en
tomo a una concepción del hecho nacional radicalmente distinta
del concepto de nación acuñado por la Revolución francesa.
El movimiento fue iniciado
por un precursor, Edouard Dru­
mont, y, sobre todo, por Maurice Barrés que fue quien utilizó por
vez primera el término nacionalismo para designar a la nueva co­
rriente ideológica por ellos acaudillada. Barrés y sus discípulos mo­
dificaron hasta tal punto el sentido de la palabra que incluso se
comenzó a utilizar un neologismo, nacionalitarismo, para designar
a los defensores de la nación-contrato. El nuevo término no ha te­
nido éxito sin embargo, porque la idea nacionalista recobró poste­
riormente su antiguo sentido con el estallido de
los imperios co­
loniales, bajo el impulso del principio de autodeterminación de los
pueblos.
Este nuevo nacionalismo implicaba en la mente de sus teóricos
no ya el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos sino el
deber que los pueblos tienen a seguir siendo ellos mismos; consistía
en la búsqueda de los caminos que convienen a un país determi­
nado para mantenerse incorrupto en su
ser nacional frente al pro­
ceso de disolución que la revolución había traído consigo.
La nueva corriente de pensamiento, que se iría perfilando en
años sucesivos gracias al aporte de otros intelectuales prestigiosos,
tenía sin duda una faceta netamente positiva: elaboró una crítica
seria
y coherente de las doctrinas liberales y en es-te sentido la tarea
que realizaron
es digna de elogio y respeto. Supuso un retorno hacia
las ideas de tradición
y continuidad que adquieren en los escritos
de
la escuela un sentido profundo y son reivindicados como el único
camino posible para el devenir constructivo de los pueblos.
Sin embargo
-y esto es lo que aquí nos interesa-, su concep­
ción de
la nación, elemento capital en el conjunto de su acervo doc­
trinal puesto que las restantes ideas de su pensamiento político giran
en torno a ella, adolecía en
su fondo de un planteamiento erróneo.
Incurrieron en el vicio
al que hemos aludido: propugnaron un
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retorno a las tradiciones sagradas de los pueblos, pero erigieron la
nación en un absoluto, hipostasiándola, y pretendieron deducir sus
leyes, cuyo conocimiento ~egún ellos-era la clave única que
permitirla la restauración del orden social conculcado por la Revo­
lución
francesa.
Fue Drumont quien acuñó la idea de que cada nación estaba
sometida a leyes rigurosas que rigen su existencia y es preciso des­
cubrir mediante atenta Observación guiada por una metodología cien­
tlfica. En esta misma dirección Barrés y Paul líoutget elaboraron una
concepción puramente determinista del devenir nacional, llegando
incluso a negar la posibilidad de que
el patrimonio de una nación
fuera deputado
y mejorado libremente por la prudencia de las su­
cesivas generaciones.
Barrés afirmó, por ejemplo, que "el problema para
el individuo
y para. la nación no es crearse tal como ellos quisieran ser ( oh! tarea
imposible) sino conservarse tal y como los siglos los predestinaron".
El y
sus sucesores abundarán en esta peligrosa idea que sin duda es
incompatible con el pensamiento político cristiano.
Sus doctrinas se habían fundadó-en un positivismo histórico y
en un empirismo sociológico que les condujo a un cierto biologismo
nacional inadmisible.
·
Por otra parte, no puede olvidarse tampoco la tendencia que es
general en ellos asociar la idea de nación a la necesidad de un so­
cialismo, no marxista por supuesto, pero de perfiles poco claros en
implicaciones
peligrosas. El nacional-socialismo, término que acufía­
ron los propios Barrés y Drum.ont, tiene raíces en sus doctrinas.
Los nacionalismos del siglo xx,
La primera mitad del siglo XX va a caracterizarse por la apari­
ciói:i de un tercer ciclo nacionalista de gran importancia: los nacio­
nalismos totalitarios encarnados
sobre_ todo por el fascismo italiano
de Mussolini y el nacional-socialismo de Hitler.
Su desarrollo histórico y las consecuencias que trajo consigo son
conocidas de todos y no· vamos a historiarlas. Carecemos · de espacio
para ello y se ha hecho ya demasiada leña del árbol caldo.
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NACION Y NACIONAUSMO
Ambos movimientos tienen supuestos doctrinales distintos y· me­
recen sin duda también valoraciones diferentes
El pensamiento de Mussolini tuvo sus orígenes en la obra de En­
rico Corradini, en quien se encarna un movimiento nacionalista ita­
liano anterior que culminará en el Duce. Su doctrina es propiamente
un nacionalismo porque afirma que la reedificación de la sociedad,
necesaria tras varias décadas de anarquía democrática y ante la ame­
naza del socialismo, debía realizarse a partir de la nación que para
él, como para Corradini, es el único hecho histórico incuestionable.
En lo que al origen del hecho nacional se refiere predomina en
su pensamiento una idea que
es incompatible con el fundamento es­
piritual auténtico del patriotismo, basado en el amor, al que antes
hemos aludido: según Mussolini
-heredero también en esto de
Corradini-el origen de las naciones, que han surgido exclusiva­
mente como afirmación frente a los peligros éxteriores, se halla en
la
guerra. "Las naciones han surgido porque ha habido un antago­
nismo y, en cierto . modo, no son más que la consolidación de un
estado de guerra permanente de unos con los otros" había dicho
Corradini ( 4), idea a la que Mussolini se adhirió.
El fascismo italiano tuvo. desde sus orígenes un carácter neta­
mente pragmático. La nación italiana carecía de tradición histórica
verdadera
y no era más que el resultado de un proceso revolucio­
nario de carácter liberal. Mussolini, sin embargo, propugnó apasio­
nadamente
-esa sería la gran meta del fascismo-la necesidad de
conseguir su autoafirmación. El
gran problema era lograr la dina­
mización de
la Nación Italiana.
Necesitaba
un camino y una doctrina y la encontró en la que
sería
la cla~e de su pensamiento: el Estado como motor único de
la
vida nacional. Ploncard D' Assac observa con razón que "el fas­
cismo ha sido una mística, -un método . , , , ha sido, sobre todo, una
doctrina del Estado. En esto es en lo que se ha situado en el catálogo
de las ideas política .

. . como desviación indiscutible de la ética na­
cionalista tal como la había concebido
un Barrés o un Maurrás, pero
( 4) E. Corrá.dini, Vombta della vita, pág. 287.
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ANDRES GAMBRA
en la línea del nacionalismo italiano, tal como Corradini Jo había
expuesto"
(5 ).
Para Mussolini el Estado es la única gran fuerza de la sociedad,
la única capaz de ·animar a la nación e incluso a la vida individual:
"eJ Estado fascista forma lo más elevado y poderoso de la persona­
lidad, es una fuerza, pero una fuerza espiritual. Una fuerza que re­
sume todas las fuerzas de la vida moral e intelectual del hombre.
No se puede, pues, limitar a puras funciones de orden y de protec­
ción . . .
Es una forma, una regla interior y una disciplina de toda
la persona; penetra en la voluntad como en la inteligencia. Su prin­
cipio
-inspiración central de la personalidad humana viviendo en
comunidad
civil-penetra en lo más íntimo dd individuo y tanto
en el corazón del hombre de acción como
en el del pensador, en el
del artista, como en el del sabio; es el alma del alma" (6).
De aquí
su famosa frase: "Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fue­
ra del Estado".
El nacionalismo italiano
se resuelve así en un estatismo a ultran­
za concebido como el único camino idóneo para resolver la íntima
contradicción, la esencial inviabilidad de una nación sin patrimonio
histórico, sin tradición. El famoso
sistema corporativo fascista no
era sino
un engranaje más al servicio del Estado omnipotente -"las
corporaciones son instituciones técnicas llamadas a dar consejos· par~
ticulares al estado" dijo textualmente. el Duce-e incluso si deja a
los individuos las libertades esenciales reconoció sin hipocresía que
en este aspecto, "sólo el Estado es juez y no el individuo". Sin duda,
Mussolini
no había escogido la buena senda.
Hitler, por su parte, fue el heredero de
un poderoso nacionalis­
mo alemán
iriiciado por Herder y Fichte y que había insistido en la
unidad lingüística
y en la raza como elementos motores de la na­
cionalidad. Hitler llevaría esta corriente
doctrin_al compleja y diversificada en
sus postulados (piénsese
en Moeller y on der Bruck, en Ernst Krieck
(5) J. Ploncard D'Assac, Doctrinas del Nadonalismói Barcelona, 1971,
pág. 125.
( 6) Mussolini, en la Enciclopedia Italiana, artic. Fascismo.
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NACION Y NACIONALISMO
o en Ernst Von Salomon) hasta límites insospechados. Influido por
la lectura de Chamberlain,
cuyas teorías raciales se relacionaban con
las tesis del diplomático
y orientalista francés Conde de Gobineau,
afirmó
sus teorías del Voelkisk, verdadera Weltanschaung en la que
la comunidad de raz.a. -concepto impreciso y anticristiano como
elemento político--es reconocida como el fundamento único de las
naciones
y el Estado como un instrumento al servicio del instituto de
supervivencia de la especie, "causa primera de
1a· formación de las
comunidades humanas". Hitler asigna al Estado. nacional-socialista
la misión primordial de garantizar la supervivenci; de la raza privi­
legiada: hacia el interior, a través de la depuración, y hacia el exte.:.
rior, asegurando el espacio vital preciso.
Puede observarse, por lo tanto
--a pesar de lo esquemático de
esta
exposición-, que se trata de dos concepciones diferentes y que
el pensamiento hitleriano sólo de forma parcial y en buena medida
inadecuada merece el calificativo de nacionalismo, aunque sea fre­
cuente el recogerle bajo esta rúbrica.
Ambas doctrinas tienen, sin embargo, dos rasgos fundamentales
en común: implican una concepción puramente mítica de la idea
nacional, a la que empujaron por la máxima pendiente de su posible
"hybris" o desmedida, y
un sistema político puramente estatista y
totalitario.
No se cierra, sin embargo, con esto la historia de los nacionalis­
mos. Una nueva fase .iba a comenzar con la desintegración de los
imperios coloniales eontemporáneo_s realizada al calor de
un rever­
decer del principio de las nacionalidades
y del derecho de autodeter­
minación de los pueblos,
y que ha traído consigo una absurda divi­
sión del mapa político de Africa y de Asia y
ha engendrado una serie
de inacabables guerras muy lejos aún de extinguirse. Piénsese
-a
título de ejemplo-en el conflicto indo-pakistaní que no ha podido
ventilarse ni mediante la deportación forzosa de más de diez mi­
llones de
almas; en las terribles guerras tribales del Africa actual,
que
se desarrollan en el escenario de estados que a nada responden
en muchos
casos; Q en el enfrentamietJto -Qe árabes e israelíes que
por su duración hace pensar en un bíblico castigo.
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ANDRES GAMBRA
Conclusión.
El cuadro, desolador, que hemos ofrecido es, sin duda, incom­
pleto. Ello se debe a la
gran complejidad del fenómeno nacionalista
y a la falta de estudios de conjunto con una óptica adecuada. Pero
creemos que es suficiente para lograr el objetivo que nos habíamos
propuesto: poner de relieve que el nacionalismo es algo muy distinto,
radicalmente distinto, del concepto rracliciooal de parria-nación
y del
vigoroso sentimiento afectivo
-el patriotismo-que engendra en
el corazón de los hombres; y qu~ las secuelas dolorosas que aquél
ha rraído consigo no
son; en modo alguno, imputables a este.
Sólo. con un retorno a sus límites auténticos dejará de ser la na­
ción
un 'fermento desintegrador para recuperar su sentido de vínculo
unitivo enrre los hombres; pero ello sólo
será posible en el cuadro
más amplio de una restauración del orden social sobre bases más
naturales
·y consecuentes con la auténtica sociabilidad del hombre
que
las hoy imperantes.
V amos a concluir nuestra exposición insertando unos fragmentos
de un documento pontificio importante, el Radio-mensaje de Navi­
dad
ele 1954, de Pío XII, en el que con breves y certeras palabras se
halla magisrralmente compendiada la docrrina que hemos procura­
do,
en la medida de nuesrras posibilidades, glosar a lo largo de estas
páginas: "La vida nacional es, por sí misma~ el conjunto. operante
de todos aquellos valores de la civilización que son propios y carac­
terísticos de
un determinado grupo de cuya unidad espiritual cons­
tituyen como el vínculo.
Al mismo tiempo, esa vida enriquece la
cultura de toda la humanidad, dándole como su conrribución propia.
En su esencia, pues, la vida nacional es algo no político;_ en tal ma­
nera que, como lo demuestra la historia y la experiencia, puede des­
arrollarse junto a otras dentro del mismo Estado, como también pue­
de extenderse más allá de los confines políticos de éste . . . la vida
nacional no llegó a ser principio de disolución de la comunidad de
los pueblos, sino cuando comenzó a ser aprovechada corno medio
de fines políticos; esto
es, cuando el Estado dominador y cenrralista
hizo de la nacionalidad la base de su fuerza de expansión. Nació
entonces el Estado nacionalista, germen de rivalidades e incentivo
de discordias."
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