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1979

Propiedad, vida humana y libertad

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1979
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La propiedad y la doctrina pontificia

LA l'ROPIEIDAD Y LA DOCTRINA PONTIFICIA
POR
FEDERICO CANTBRO NÚÑEZ
Desde hace casi siglo y medio, la institución de la propiedad, ya
sea bajo perspectivas jurídicas, económicas, sociales e incluso políti­
cas, ha sido campo abierto al debate, en el que para muchos parece
no haber
más que dos posiciones o dos actitudes para expresar este
tema. Nos referimos a
las diversas posturas desarrolladas a la luz del
individualismo liberal
y a las, también diversas, posturas colectivistas,
cuya máxima expresión radica en el comunismo o socialismo marxista.
Las primeras sostienen y, sobre todo, practican, en términos muy
ger.erales, que la economía está por encima del hombre, y, partiendo
de este punto, consideran a la propiedad privada como un derecho
incondicional y absoluto, sin límites ni obligaciones sociales corres­
pondientes.
Los colectivismos, y en particular el materialismo histórico, con­
sideran a la propiedad como uno de los factores determinantes de la
existencia de clases sociales, y, por ello, debe desaparecer por el pro­
cedimiento de la lucha de clases, para dar paso a la propiedad exclu­
siva del Estado.
Frente a estas concepciones, la doctrina pontificia ofrece unos
principios llenos de coherencia, que parten de las enseñanzas de los
Padres de la Iglesia y siguen, sobre todo, a Santo Tomás, y que
constituyen una parte muy importante de la llamada Doctrina Social
de la Iglesia. Estos principios tienen su origen y fundamento, por
una parte, en
el Antiguo y Nuevo Testamento y, por otra, en el
Derecho natural.
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Fundamento
La propiedad tiene su fundamento ante todo en la Naturaleza,
cien do un «derecho natural del hombre» ( I), por lo que se diferen­
cia de los animales. A éstos les
es suficiente el uso de las cosas ya
existentes, que están a su alcance, y no podrían ir más allá, porque
se mueven sólo por las sensaciones particulares de las cosas.
Muy distinta es la naturaleza del hombre. En él se halla la ple­
nitud de la vida sensitiva, y por ello puede, como los otros animales,
gozar de loo bienes de naturaleza material. Pero ... lo que por an­
tonomasia distingue al hombre, dándole el carácter de tal, es la in­
teligencia, esto es, la razón. Y, precisamente, porque el hombre es
animal razonable, necesario es atribuirle no sólo el uso de loo bienes
presentes, que es común a todos los animales, sino también el usarlos
estable y perpetuamente, ya se trate de la cosas que se coosumen con
el uso, ya de las que permanecen aunque se usen.
«Y todo esto resulta más evidente cuando se estudia
en sí y más
profundamente la naturaleza humana. El hombre, pues, al abarcar
con su inteligencia cosas innumerables, al unir y encadenar las futuras
con las presentes y al ser dueño de sus acciones, es -él mismo-­
quien, bajo la ley eterna y bajo la Providencia universal de Dios, se
gobierna a sí mismo con la providencia de su albedrío: por ello en
su poder está el escoger lo que juzgare más conveniente para su pro­
pio
bien, no sólo en el momento presente, sino también para el fu­
turo.
De donde se exige que en el hombre ha de existir no sólo el
dominio de los frutos de la tierra, sino también la propiedad de
la
misma tierra, pues de su fertilidad ... se le suministran las cosas
necesarias para el porvenir ... Luego, la Naturaleza ha tenido que dar
al hombre el derecho a bienes estables y perpetuos, que corresponden
a
la perpetuidad .del socorro que necesita ... No hay razón ninguna
-concluye esta larga cita de la Rerum N ovttr11m-para recurrir a
(1) León XIII: Rerum novar11m, Colección de endclicas y documentos
pontificios. Editorial Acción Católica Espafiola. 7.ª edición. Madrid, 1967.
Pág. 596 (5).
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la providencia del Estado; porque siendo el hombre anterior al Es­
tado, recibió aquél de la Naturaleza el derecho de proveerse a sí
mismo, aun antes de que se constituyere la sociedad.»
Este carácter natural es reafirmado por todos los pontífices pos'
teriores, en especial S. Pío X (2), Pío XI (3 ), Pío XII ( 4) y
Juan XXIII ( 5), así como por la Constitución Conciliar Ga11di11m
et S¡,es ( 6). Citemos solamente a Juan XXIII (7), para quien «el
derecho de propiedad privada sobre los bienes, aun los de produc­
ción, tiene valor permanente, precisamente porque es derecho natural
fundado sobre la prioridad ontológica de los seres humanos particu­
lares, respecto a la sociedad».
( 2) «Es derecho de naturaleza, sin exCep<:ióri, el · derechO de propíedad
privada, fruto del trabaj() o del ingenio, o por cesión o donación de otro;
y cada uno puede, ra.2onablemente, disponer de él como le plazca». S. Pío X:
Fin della prima nostra enciclica. BAC Social, pág. 403. (Doctrina Pontifi­
cia. Doc'umentos Sociales. Editori,al·:,BlblíOteca ~ Autores Cristianos. Madrid,
1964, 2.• ed.).
(3) .Pío XI, refiriéndose al doble -caráctey, individual y social, de la
propiedad privada, rec~rda que «el derecho de propiedad privada fue otor­
gado por
la Naturaleza, o sea por el mismo Creador de los hombres, ya para
que cada uno
pueda atender a las necesid"ades propias y de su familia, ya
para que, por medio de" esta institución, los bienes que el Creador destinó
a todo el
género humano sirvan en realidad para tal fin ... ». Q11adragesimo
a,ano. Colección_ ... A. C. E. Op. cit., pág. 633. (16).
(4) Pío XII, por su parte, insiste e~ pared_dos términos. «Todo hom­
bre, por ser viviente dotado
de ru6n, tiene efectivamente el derecho natural
y fundamental de usar de los bienes de ta· tiérra, quedando, eso ·sí, a la
voluntad humana y a 1a.s formas jurídicas de los ·pueblos el regular más par­
ticularmente la actuación práctica.
.Sin duda, el orden natural, que deriva
de Dios, requiere también la
propi_edad priyad~, y el libre comercio mutuo,
con cambios y donaitivos ... » La Solemnita. BAC Social. Op. cit:, pág: 869:
(
S) «De la naturalez.a humana brota también el derecho a_ la propiedad
privada, sobre
fos bien~, aun sobre los bie11e.s_ de pr(?ducción ... » Juan XXIII:
Pa+em in Terris. Colección ... A. C. E: Op: cit:, pág: 2:538 (21):
( 6) «El derecho a poseer una parte de 'bieries· suficientes para sí mis­
mos y para sus familiares,
es un derecho que a ·todos corresponde.» Ga11di11m
et Spes. En Ocho grande.r mensa;es. BAC Minor, Madrid, 1971, pág. 461 (69).
(7) Juan XXIII: M,tte, et Magirt,a. Colección .. . A. C. E. Op. cit.,
pág. 2.2~0 (20) -109-.
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De modo indirecto, se deriva también ·de las desigualdades so­
ciales, que tienen su fundamento en el orden natural ( 8) y que sé
manifiestan en las desigualdades económicas. Así, León XIII ( 9),
refutando la tesis socialista que presenta el derecho de propiedad
como invención human.a, contraria a la igualdad natural entre lOS
hombres, reconoce con la Iglesia, mucho más sabia y útilmente, que
«la desigualdad existe entre los hombres naturalmente desemejantei
por las fuerzas del cuerpo y ele! espíritu, y que esta desigualdad existe
también
en la posesión de los bienes».
En otro ámbito, la propiedad encuentra su justificación en la
misma dignidad humana
y en los múltiples beneficios individuales y
sociales que proporciona, como son el estímulo personal, el desen­
volvimiento de la libre iniciativa, la salvaguarda de la libertad frente
al totalitarismo, el arraigo y responsabilidad, así como la utilidad,
progreso y paz públicas.
«Con razón, pues, todo eJ linaje humano, sin cuidarse de unos
pocos contradictores, atento sólo a la ley ele la Naturaleza ... , con­
sagró la propiedad privada como muy conforme a la naturaleza hu­
mana, así como a la pacífica y tranquila coovivencia social. Y las
leyes civiles, que cuando son justas derivan de la misma ley natural
su propia facultad y eficacia, con.firman tal derecho y lo aseguran
con la protección de
su pública autoridad. (Esto lo decía León XUI
en 1891.) Todo ello se halla sancionado por la misma ley divina, que
prohíbe aun
el simple deseo de lo ajeno: No desearás la mujer de
tu prójimo, ni la casa, ni el asno, ni· la sierva, ni el campo, ni eJ
buey, ni otra cosa cualquiera de las que .le pertenezcan» (10). Man­
damiento éste que implica, sin ningún género de dudas, ni paliativos,
el reconocimiento, no ya de la propiedad en general, sino específi-
(8) Cfr. nuestro trabajo Dia/Jc-tica y armonia de e-la.res según la doc­
trina
pontificia, en Verbo, núm. 179-180, nov.-dic., 1979.
(9) León XIII: Quod af,ostolici munerfr. Colección ... A. C. E. Op. dt.,
pág. 17 (28).
(10) León XIII: Rer11m n011art1m, Colección,;. A. C. E. Op. cit., pági­
na 598 (8).
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camente, como dice V allet ( 11), de la propiedad privada, incluso
de
los bienes de producción, como el campo, el buey o el asno ( 12).
Esta
es una postura muchas veces repetida en el Magisterio _Pon·
tificio frente a todo tipo de colectivismos y en especial frente al co­
munismo, que no concede a los individuos «derecho alguno de pro·
piedad sobre
los bienes naturales y sobre los medios de producción,
porque al ser
éstos una fuente de otros bienes, su posesión, según
las tesis del materialismo histórico, conduciría al predominio de uri
hombre sobre los demás» (13). Frente a estas tesis, «la conciencia
cristiana
-leemos a Pío XII (14)-no puede admitir como justo
un orden
social que, o niega en principio, o hace prácticamente im­
posible o vano el derecho natural de propiedad, así sobre los bienes
de consumo como sobre los bienes de producción». Por supuesto,
estos bienes están especialmente subordinados al bien común, no de­
biendo permanecer improductivos ; pero a ello nos referiremos ense­
guida, al tratar la función que cumple la propiedad, y a la distinción
entre esta institución y el uso de los bienes. No obstante, repasemos
previamente los distintos títulos o modos de adquirir legítimamente
la propiedad.
Estos pueden ser originarios o derivativos. Entre los primeros en­
contramos
la ocupación de una cosa sin dueño, porque, como dice
(11~ Vallet de Goytisolo, J. B.: Panorama del Derecho civil. 2 .. ª edi­
ció_n. Ed. Bosch. Barcelona, 1973. Pág. 147.
(12) La doctrina pontificia alude cónstantemente a la propiedad pri­
vada de los medios de producción, cuyo fundamento, como el de los bienes
de consumo, se halla en el orden natural. Ver en este sentido: Pío XII: Po,
la civilización cristiana. Colección ... A. C. E. Op. cit., pág. 205 (10), y
Vida económica . orden moral, en la misma colección, pág. 764. Igualmente,
confrontar Juan XXIII: Parem in· Terris1 en la misma obra, pág. 2.538 (21
-115-).
(13) Pío XJ: Divini Redemptotis. Colección ... A. C. E. Op. cit., pági­
na 156 (10).
(14) Pío XU: Por la civilización cristiana. Idem, pág. 204 (5) ·
dr. S. Pío X: Fin della_ nostra prima enciclica. BAC _Social Op. cit:,
pág. 403.
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Pío XI (15}, «a nadie se hace injuria, aunque neciamente digan al­
gw,os lo contrario, cuando se procede a ocupar lo que está a merced
de todos y no pertenece a
nadie».
Entre los pri=os títulos encontrarnos también el trabajo. «Fácil
es, en verdad, el comprender, señala León XIII (16), que la finali­
dad del trabajo
y su intención próxima es en el obrero el procurarse
las cosas que pueda poseer como suyas propias, y ... por ello me­
diante su trabajo adquirir un verdadero y perfecto derecho, no sólo
de
exigir su salario, sino también de emplear éste luego como quiera.
Luego, si gastando poco logra ahorrar
algo, y para mejor guardar lo
ahorrado,
lo coloca en adquirir una finca, es indudable que esa finca
no
es sino el mismo salario bajo otra especie, y, por-lo tanto, la finca
así comprada por el obrero debe
ser tan suya propia como el salario
ganado por su trabajo.»
Luego,
y, aun partiendo sólo del trabajo, si el salario le es debido
y emplea éste comprando un bien determinado, es evidente que puede
hacer con
él lo que le señale su libre albedrío y, por lo tanto, podrá
permutarlo (17), donarlo o transmitirlo por herencia, y la propiedad
así adquirida será tan legítima como la adquirida directamente por
el salario. Además, la transmisión de
la propiedad por herencia cons­
tituye un fuerte estímulo personal al trabajo, así como una garantía
más de la estabilidad familiar. «Ley plenamente inviolable de la
Naturaleza, dice León XIII (18), es que todo padre de familia de­
fienda, por la alimentaci6n y todos los medios a los hijos que en­
gendre;
y, así mismo, la-Naturaleza misma le exige el que quiera
adquirir y
preparar para sus hijos, pues son imagen del padre y como
continuación de su personalidad, los medios con que puedan defen­
derse honradamente
de todas las miserias en el difícil camino de la
vida. Pero esto no lo puede haa,r de ningún otro modo que trans-
(15) Pío XI: Quadrage1imo a11no. Colección ... A. C. E. Op, (il., pá·
gina 635.
(16) León XIII: R.erum n<>Varum. Idem, pág. 596 (4).
(17) Plo XII: La solemnita. BAC Social. Op. ril., pág. 868 (13).
(18) León XIII: R.er11m n<>Varllm. Colección ... A. C. E. Op. cit., pá-
gina 598 (10).
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mitiendo en herencia a los hijos la posesión de los bienes fructí­
feros.» Y
Pí9 XI (19}, por su ~ reorei:da que «siem,pre ha de que­
dar intacto e inviolable el derecho natural de poseer privadamente y
transmitir los bienes por medio de la herencia; es derecho que la
autoridad pública no puede abolir porque el hombre es anterior al
Estado, y también porque la familia, lógica e históricamente, es an­
terior a la sociedad civil».
Cuando hoy vemos que
las legislaciones de los países llamados
todavía libres gravan cou
impuestos desorbitados la propiedad y, en
especial, los bienes adquiridos
mediante sucesión no podemos dejar
de recordar unas palabras de la Rer11m N """"um ( 20), recogidas
por
Pío XI (21), segnn las cuales «el Estado no tiene derecho a
gravar la propiedad privada con
tal exceso de cargas e impuestos que
llegue casi a aniquilarla».
Naturaleza (función, uso y propiedad)
Entrando a considerar el carácter o naturaleza de la propiedad, ésta
puede ser considerada desde dos polos opuestos, ya como un derecho
de
carkter exclusivamente individual, ya como un derecho destinado
exclusivamente a cumplir una función social.
Ambas posiciones son
igualmente
rechazables, pues «así como negadQ o atenuado el carác­
ter social y público del derecho de propiedad, nos dice Pío XI (22),
por necesidad se cae en el llamado individualismo o al menos se
acerca uno a él, así también del mismo modo rechazando o dismi­
nuyendo
el carácter individual y privado de este derecho se precipita
uuo hacia el
colectivismo o por lo menos se rozan sus postulados».
Es más, podría decirse que la primera posición arrastra, lógica­
mente, a la
segunda, del mismo modo que en las relaciones sociales
(19) Pío XI: Quadragesimo anno. Idem, pág. 635 (18).
(20) León XIII: Rer11m nova,um.. Idem, pág. 612 (37).
(21) Pío XI: Quadragesimo anno. Idem, pág. 635 (18).
(22) Pío XI: Quadrageslmo anno. Idem, pág. 633 (16).
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la dialéctica liberal conduce a la dialéctica marxista (23). Así, según
nos explica Pío XII (24), «cuando la majestad y dignidad de la per­
sona humana y
de las sociedades particulaxes resultó herida, rebajada
y suprimida por la idea de que la fuerza crea el derecho, la propiedad
privada llegó a
ser para los unos un poder dirigido a explotar el
trabajo de los demás, y en los otros engendró celos, envidias, des­
contento ,¡ .odio,-la ·consiguiente organización acabó por convertirse
en fuerte arma de lucha para hacer prevalecer los intereses de clase».
Y la Constitución Conciliar Gaudium el Spes (25) recuerda que,
cuando la índole social de la propiedad es olvidada, «ésta muchas
veces se convi,erte en ocasión de ambiciones y graves desórdenes., has·
ta el punto de que se da pretexto a sus impugnadores para negar
el derecho
mismo».
Frente a ambas posturas, que nos precipitan a los abismos del
colectivismo y del
indivhlualismo, a la larga ambas al· primero, la
Iglesia sostiene que la propiedad privada constituye un derecho de
caxru:ter personal y privado, pero al que va ligado, por la misma na­
turaleza del derecho, una índole y función de carácter· social. Es en­
señanza de la Iglesia, nos acaba de recordar Juan Pablo 11 (26),
( 23) Or nuestro trabajo DMiéctica y armonía ...
(24) Pío XII: El nuevo orden. Colección ... A.IC. E. Pág. 319 (15).
El mismo Pío XII .dice .en ob"o Jugar, después de condenar las posiciones
colectivistas,
_que la conciencia cristiana tampoco puede aceptar «aquellos
sistemas que reconocen el derecho de
·propiedad privada según un concepto
totalmente falso, _
y se hallan, por lo tanto, en oposición con el verdadero y
sano orden social. Por lo tanto, allí donde, por ejemplo, el capitalismo se
funda
en esos conceptos erróneos, y se atribuye un derecho ilimitado sobre
la propiedad, sin subordinación alguna al bien común, la Iglesia lo ha reprobado
como contrario al derecho natural». Por la civilización cristiarut, Colección ...
A.C. E. Op. cit., pág. 206 (10).
Cfr. también Juan XXIII: Ad Fetri cdlhedram. Idem, pág. 883 (13),
donde, refiriéndose a las atusas de las tensiones sociales, alude a un concepto
injusto de la propiedad, mantenido por
el egoísmo y el individualismo.
Cfr. asimismo Pablo VI: Populorum progressio, en _la misma colección,
pág. 3.246 (23).
(25) Gaudium et Spes. BAC Minor. Op. cit., pág. 464 (71).
(.26) Juan Pablo II: Discurso inaugural de la III Conferencia General
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aquella según la cual «sobre toda propiedad privada grava una hipo­
reca social».
Antes, sin embargo, de detenernos en explicar la tesis enunciada
que sostiene el Magisterio Pontificio, creemos conveniente detener­
nos en la distinción que el mismo Magisstrio hace entre la propiedad
y su uso, que además está inserta en el doble carácter o función de
la propiedad.
«La propiedad, nos dice Vallet (27), es un concepto primordial­
mente jurídico, que se refiere a la
potestad de gestión y disposición
de
los bienes y que determina la atribución de las pertinentes facul­
tades a cada titular de ella, reconocidas y protegidas por el ordena­
miento positivo.
Es una forma jurídica adecuada para el mejor apro­
vechamiento económico de los bienes y para la mayor paz y el mejor
orden social». Por ello, León XIII (28), citando a Santo Tomás, dice
que «es lícito y aun necesatio para la vida humana que el hombre
tenga propiedad de algunos bienes.
Mas si luego se pregunta por el
uso de tales bienes, la Iglesia no duda en responder: Gianto a eso,
el hombre no debe tener los bienes externos como propios, sine;, como
comunes, de suerte que fácilmente los comunique con los· demás,
cuando lo necesitaren. Y así dice el Apóstol: manda a los ricos de
este mundo que con facilidad den y comuniquen lo suyo propio>>.
«Dios, nos dice la Gandi«m et Spes (29), ha destinado la tierra
y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En
consecuencia, los bienes creados deben llegar a todoo en forma equi-
del Episcopado Latinoamericano. En «Mensaje a la Iglesia de Latinoamérica».
BAC Minor. Madrid, 1979. Pág. 105.
(27) Vallet de Goytisolo, J. B.: Sociedad de masas y derecho. Ed. Tau­
ros, Madrid, 1968. Pág,, 309-310.
(28) León XIII: Rerum novarum. Colección ... A. C. E. Op. cit., pá­
gina 603. CTr. Pío XI: Quadragesimo dtJno, en la misma obra, pág. 634 (17).
(29) Gaudium et Spes. BAC Minor. Op. át., pág. 461 (69). Y en el
mismo sentido, Juan Pablo
11 dice: «La Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho
a la propiedad privada, pero enseña, con
no menos claridad, que sobre todo
derecho de propiedad privada
grava siempre una hipoteca social, para que
los bienes sirvan al destino general que Dios les ha dado.» Discurso en
C11inapiin a los inJlgenas y ·campesino.s. En «Mensaje a la Iglesia de Lati­
noam~rica». op. cit., pág. 123.
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tativa, bajo la égida de la justicia y con la compalíía de la caridad.
Sean las que sean las formas de propiedad, adaptadas a las institu­
ciones legítimas
de los pueblos, jamás debe perderse de vista este
destino uuiversal de
los bienes. Por lo tanto, el hombre, al usarlos,
oo debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como
exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de
que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás.»
Fijémonos
en esre último párrafo de la constitución conciliar. En
él se ve claramente que las mismas cosas que se poseen como propias
legítimamenre, son las que, a efecto de su uso y aprovechamiento,
han de reputarse como comunes. De aquí se deduce que el destino
común
de los bienes no implica de ningún modo un reparto o dis­
tribución de
la propiedad que alcance a todos, sino que Jo que ha de
alcanzar a todos es la participación en los beneficios de la propiedad
mediante su uso. Así,
por ejemplo, un indi"iduo que invierte su
propiedad en una industria, está con ello haciendo participar en los
beneficios de su propiedad a los empleados a los que ha dado tra­
bajo, y está igualmente contribuyendo con esa misma propiedad al
desarrollo de la economfa nacional. Si después este individuo con­
vertido
en empresario decidiese participar de su propiedad a todos
sus obreros, lejos de beneficiarse éstos del uso de la misma, se be­
neficiarían con la propiedad de determinados bienes, lo que con­
tribuiría, por
mnchos tintes sociales con que se envuelva esta dis­
tribución, a
un individualismo feroz, que, en primer lugar, perjudi­
caría a la economia y, a la larga, a todos los beneficiarios de la pro­
piedad
repartida. «El que emplea grandes cantidades en obras que pro­
porcionan mayor oportunidad de trabajo -nos dice Pío XI (30)-,
con. tal que se trate de obras verdaderamente útiles, practica, de una
manera magnífica y muy acomodada a las necesidades de nuestros
tiempos, la virtud
de la liberalidad, como se colige sacando las conse­
cuencias de los
principioa puestos por el Doctor Angélico.»
Así pues, la propiedad privada, incluida la de los bienes de pro-
{'30) PÍQ XI: Quadrt1gesimo tt1Jno. Colección ... A. C. E. Qp. -&t"l,1 pág. 635 (19).
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ducción, ha de reputarse como un derecho intangible (31) e in­
violable
(32). «Los bienes de producción, según la conocida doctrina
de Santo Tomás, nos dice Pío
XII (33), pertenecen al individuo en
cuanto a su propiedad, pero en cuanto a
su WiO, deben ser no sólo
de él,
sin<1 también de los que coo ellos se han de sustentar coo
aquello
que a aquél le sobra.»
«Están ordenados por Dios, prosigue el mismo Papa, no a la
posesión estática e improductiva, ni tampoco al ilimitado y exclu­
sivo enriquecimiento
de unos pocos, sino a la satisfacción de las
necesidades de todos. Esto pone de relieve la doble función, indivi­
dual
y social, de la propiedad privada. Esto quiere decir que el pro­
pietario debe servirse efectivamente de los bienes que posee para
su
personal utilidad, pero de tal modo que también todos los miembros
de
la colectividad a la que pertenece logren de aquéllos un legítimo
número de utilidades. Entre
éstas, además de la de satisfacer las nea
cesidades que la vida ofrece, lo cual es propio de los bienes de con­
sumo, está también
la ofrecida por los bienes duraderos y productivos,
en cuanto consienten
que el propietario mire al futuro coo segu­
ridad, tanto
para sí como para sus familiares. Por eso, la Iglesia, que
siempre
ha defendido la legitimidad de la propiedad privada, tam­
bién ha defendido, no menos enérgicamente, su función social, re,.
cardando la necesidad de que los bienes creados por Dios para todos
los hombres lleguen equitativamente a todos.»
Este carácter o
función social brota en realidad, como nos ha
(31) Cfr. Pío XII: ¿Qué da la Iglesia aJ 1,abaiddor? Colección ...
A. c. E. op. cit., pág. 712 (5).
(32) La Iglesia, nos dice León XIII, manda. que «el derecho de propie•
dad y de dominio, procedente de la Naturaleza misma, se mantenga. intacto
e inviolable en las manos de quien lo posee, porque sabe que el robo y la
rapiña han -sido condenad.O& en la ley natural por Dios, autor y guardián da
todo derecho, hasta el punto que no es lícito .iJ..i aun desear los bienes ajenos,
y que los ladrones, lo mismo que los adúlteros y que los adoradores de
ídolos, están excluidos .de lteirío de los Cielos». Q11od apostoliri m11neris.
Colección ... A. C. E. Op. e#., pág. 17 (28).
(33) Pío XII: Vida econ6mica . o,den "'°'"'· Idem, pág. 764.
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dicho Juan XXIII (34), de la naturaleza misma del derecho de
propiedad, por lo cual creemos poder
afimiar que en el pensamiento
pontificio la propiedad como tal
es social y que la alusión al doble
carácter no tiene otra razón de ser más que la de explicar su función,
y que históricamente ha venido motivada por las posiciones que en
tomo a la propiedad han sostenido y sostienen determinadas ideolo­
gías, especialmente el liberalismo
y el marxismo.
Ahora bien, ¿qué consecuencias acatr-eará o deberá acarrear el
que un propietario abuse de su derecho o haga un ejercicio antisocial
del mismo? Digamos previamente que ello es una posibilidad, conse­
cuencia de
la libertad humana viciada por el pecado original, pero
que en cualquier caso actitudes concretas de determinados propieta­
rios no pueden poner nunca en tela de juicio la opinión que ha
merecido y merece la institución de que hablamos, del mismo modo
que, por ejemplo, no podría
sustituir,e la medicina por el hecho de
que haya médicos que lo son todo menos médicos.
Nos referiremos, pues, exclusivamente a la actitud a adoptar
frente a propietarios que tratan de ejercitar sus derechos en contra
del bien común.
La distinción entre la propiedad y el uso o aprovechamiento de
la misma nos sirve para dar respuesta, con Pío
XI ( 3 5), a esta cues­
tión. «Respetar santamente la división de los bienes y no invadir
el derecho ajeno, traspasando los limites del dominio propio, son
mandatos de la justicia que se llama conmutativa ; no usar los pro­
pietarios de sus propias cosas sino honestamente, no pertenece a esta
justicia, sino a otras virtudes, el cumplimiento de cuyo,; deberes no
se puede exigir jurídicamente. Así que, sin razón, afirman algunos
que la propiedad y su uso honesto tienen unos mismos límites, pero
(34) Juan XXIII: Mater et M•gistra, Idem, pág. 24 (120). CTr. Plo XI:
Quadragesimo an_no, en la misma colección,-pág. 637 (25).
·«La misma propiedad privada, leemos en la Gaudium et Spe.s, tiene tam·
bién, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en
el destino común de los bienes:» BAC Minor. Op. e#., pág. 464 (71).
(35) Pío XI: Cuddrffggesiso anno. Colección... A. C. E. Op. ci1.1
pág. 634 (17).
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Fundaci\363n Speiro

LA PROPIEDAD Y LA DOCTRJNA PONTIFICIA
aún está más lejos de la verdad el decir que por el abuso o el simple
no uso de las
cosas se pierde o pereoe el derecho de propiedad.»
Así pues,
y poniendo un ejemplo, que un propietario haga par­
tícipe de
su propiedad a un necesitado es un deber que recae sobre
él, pero
el Estado jurídicamente no se lo puede exigir; no obstante
lo cual, «quien se halla
en situación de necesidad extrema tiene de­
recho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí» (36). Ahora
bien, no
hay que olvidar que, como recuerda León XIII ( 3 7), «por
encima de las leyes y de los juicios de los hombres está la ley y el
juicio de Cristo, que de muchos modos inculca la práctica de dar
con generosidad, y enseña que es mejor dar que recibir, y que tendrá
como hecha o negada a sí mismo la caridad hecha o negada a los
necesitados: Cuanto hicisteis a uno de estos pequeños de mis herma­
nos, a Mí me lo hicisteis».
Sin embargo, si pensamos ahora en el uso especialmente de la
renta disponible, la cosa cambia. Así, por ejemplo, «no se puede
admitir, como dice Pablo VI (38), que ciudadanos provistos dé
rentas abundantes, provenientes de los recursos y de la actividad na­
cional, los transfieran en parte considerable al extranjero por puro
provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello
inflingirían a
la propia patria». En este caso, sí le podrá ser exigido
jurídicamente un comportamiento distinto.
No hay que olvidar que
en esta materia no hay que tener en cuenta sólo la propia utilidad,
sino también
el bien común. «Por lo tanto, como dice Pío XI (39),
la autoridad pública, guiada siempre por
la ley natural y divina e
inspirándose en las verdaderas necesidades del bien común, puede
determinar
más cuidadosamente lo que es lícito e ilícito a los po­
seedores en el uso de sus bienes.» Es lo mismo que leemos en la
(36) Gaud;um et Spes. BAC Minor. O¡,. ,;,., pág. 462 (69).
(37) León XIII: Rer11m novarum.. Colección ... A. C. E. OJ,. cit., pá­
gina 603 (19).
Cfr. llamamiento a la generosidad y' comunicación 4e biene-s del Concilio
Vaticano
II. G,zudium et Spes. Op. cit., pág. 462 (69).
(38) Pablo VI: Popu!o,-11m progre.rsio. Colección ... A. C. E. Op. cit.,
pág. 3.247 (24).
(39) Pío XI: Quadrag_esimo anno. Idem, pág. 634 (18).
1321
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FEDERICO CANTERO NUFIEZ
constitución Gaadium et Stes ( 40), cuando dice que toca a la aut0-
ridad pública impedir que
se abuse de la propiedad privada en contra
del bien común.
Y es que, como ha recordado Juan Pablo I (41), siguiendo a
Pablo
VI ( 42), la propiedad privada para nadie constituye un de­
recho incondicional y absoluto. Nadie, precisa el mismo Papa, puede
reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le
sobra
en tanto que a los demás falte lo necesario. En una palabra,
el derecho de propiedad no debe ejercerse en detrimento de la utili­
dad pública, según
la doctrina tradicional de los Padres de la Iglesia
y de los grandes teólogos. Si se llegase al conflicto entre derechos
privados adquiridos
y exigencias comunitarias primordiales, corres­
ponde a los poderes públicos aplicarse a resolverlos con la activa
participación de las personas
y de los grupos sociales, es decir, de los
cuerpos intermedios.
Y
es que, volvemos a Pío XI ( 43), «al conciliar así el derecho
de propiedad con las exigencias
del bien general, la actividad. pública
nó se muestra enemiga de los propietarios, antes bien les presta un
apoyo eficaz, porque de este modo impide seriamente que la posesión
privada de
los bienes produzca intolerables perjuicios y se prepare su
propia ruina, habiendo sido otorgada por el Actor providentísimo de.
la Natural"eza para subsidio de la vida humana. Esta acción no des­
truye la propiedad privada, sino que la defiende; no debilita el
dominio privado, sino que lo fortalece».
(40) Gaudium et Spes. BAC Minor. Op. cit., pág. 464 (71).
(41) Juan Pablo I: Amlie11da geaerr4 27 sepliembt'e de 1978. En «La
sonrisa de Juan Pablo I», Claune, Madrid, 1979, pág. 113.
(42) Pablo VI: Pcpt1l01"um progre.ssio. Colección ... A. C. E. Op, ~it.,
pág. 3.246 (23).
-«Recordaréis, nos dice Pío XI, que, quedando siempre a salvo la
esencia de los derechos primarios y fundamentales, como el de la propie­
dad, algunis veces ei bi'en éomún im}>One restricciones a estos derechos,
y un recurso más frecuente que en tiempos pasados a la aplicación de la·
justicia social.» Firmissimdm constantiam. Colección... A. C. E. Op. cit.,
pág. 1.927 (18).
(43)
Pío XI: Quadraggesimo anno. ldem, pág. 635 (18).
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LA PROPIEDAD Y LA IYOCTRINA PONTIFICIA
Pero conviene que precisemos algo más cómo ha de ser la a,:.
tuación o la función del Estado.
Como promotor del bien
común, y siendo el egoísmo un hecho
demasiado frecuente en este campo, corresponde al Estado recordar
sus obligaciones al individuo para con
la sociedad, y gobernar siem·
pre dentro de los límites de lo justo y de lo honesto sus actividades
económicas en armonía con
el bien colectivo ( 44).
Sería, sin embargo, un error funestisimo atribuir al Estado una
función
absorvente, que aniquilase la iniciativa privada, pues ello
sería injusto por muchos titulos
y perjudicial por muchas razones. Y
es que en este terreno, como en casi todos, la función del Estado ha
de estar alumbrada por aquel importantisimo y permanente principio
de la filosofía social, que no puede ser suprimido ni alterado y que,
bajo este
preámbulo, concretó Pio XI ( 45) en las siguientes pala·
bras : «como
es ilicito quitar a los particulares lo que con su propia
iniciativa y propia actividad pueden realizar para encomendarlo a
una comunidad, asi también
es injusto y, al mismo tiempo, de gran
perjuicio y perturbación para el recto orden social, confiar a una so­
ciedad mayor y más elevada lo que sociedades menores e inferiores
pueden hacer y procurar. Toda acción de la sociedad debe, por su
naturaleza, prestar auxilio a los miembros del cuerpo social, más
nunca absorverlos y destruirlos». A la luz de este principio, se deduce
claramente que el Estado ha de permitir a la
in.iciativa privada y

a
la misma propiedad privada desarrollarse y cumplir
sus funciones
por sí mismas, y sólo en última instancia, por graves exigencias co­
munitarias, y mirando siempre a la utilidad pública y al bien común,
podrá
y deberá suplir a las instituciones que resulten insuficientes o
tengan un comportamiento gravemente perjudicial.
Sin duda, un modo de cumplir
el Estado con su función sería
en la actualidad una reducción progresiva de los gravámenes e
im­
puestos que recaen sobre la propiedad y especialmente sobre su circu­
lación ínter vivo y mortis caust1, y que llegan casi a aniquilar y a
(44) Cfr. Pío XII: Vida erondmica ~ orden mural. Idem, pág. 765.
(45) Pío XI: Qum/ragesimo anno. !dem, pág. 642 (35).
1323
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FEDERICO CANTERO NUREZ
hacer imposible el cumplimiento de su denominada función so­
cial ( 46).
Como enseña Juan XXIII (47), «debe afirmarse, ante todo,
que el
mundo económico es creación de la iniciativa personal de
cada uno de los ciudadanos, ya en su actitud individual, ya en el seno
de las diversas asociaciones para el logro de intereses comunes» ...
«La acción del Estado, dice el mismo Papa ( 48), tiene carácter de
orientación, de estímulo,
de coordinación, de suplencia, de integra­
ción. Debe inspirarse en principio
de subsidiariedad formulado por
Pío XI en la encíclica Quddragesimo Anno», principio que ya he­
mos transcrito anteriormente, y que, en casi idénticos términos, ha
vuelto a repetir el Papa felizmente reinante
(49).
, (46) Cfr. León XIII: «El Estado obraría en forma injusta e inhumana
si, a título de tributos, exigiera de los particulares mucho más de lo que le
fuere debido en justicia.» Rerum novarum. Colección ... A C. E. Op. cit.,
pág. 612 (37).
( 47) Juan XXIII: M,ter et
(48) Juan XXIII: M MrJgistra. Idem, pág. 2.241 (9
Magistra, Idetn, pág. 2.241 (9
-H-).
-53-),
Pablo VI advertía, en este sentido, a los poderes públicos de la necesidad de
«asociar a
la obra común, las iniciativas de los particulares y de los cuerpos
intermedios. Uniéamente así se evítará la colectivización integral y la pla­
nificación arbitraria que, como opuestas a
la libertad, suprimiría,n el ejercicio
de los derechos primarios de la persona». Popu/orum progreuio. Colección ...
A.
C. E. Op. cit., pág. 3.248 (33).
Y Pío XII, en términos parecidos, se refería al error de «atribuír
al Estado
la función de organizar íntegramente la vida económica, lle­
gando a la extinción de toda iniciativa privada, con el fin de conse­
guir
la quimérica igualdad entre los hombres todos. Aun en este te­
rreno, la intervención del Estado es sólo subsidiaria. Su actuación de­
berá estar informada por
la justicia, no suprimiendo la iniciativa de los
individuos, sino interviniendo
tan sólo cuando y en la medida que lo req~iera
el bien común, a fin de estimularla y coordinarla, dejando a los ciudadanos
y a las instituciones menores, las funciones que sean capaces de desarrollar
con sus propios medios». Vida económica -orden moral. Colección ...
A.
C. E. Op. dt., pág. 76l.
( 49) «No serían respetadas estas libertades ni en la letra ni el espíritu,
si prevaleciese
la tendencia a atribuir al Estado y a las otras expresiones
territoriales del poder público·
una función centralizadora y exclusivista· de
gestión directa
y organización de los servicios, o de rígidos control~ que
1324
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LA PROPIEDAD Y LA DOCTRJNA PONTIFICIA
Todo ello no excluye, naturalmente, que también el Estado
y las comunidades públicas puedan también Jegítimameote po­
seer eo propiedad bieoes de producción, especialmente, nos dice
Juan XXIII (50), citando a Pío XI, «cuando llevan consigo tal pre­
pon.derancia económica, que no se podria, sin poner en peligro el
bien común, dejarlos en manos de los particulates (51)». El mismo
bien común puede exigir eo determinados casos la expropiación,
acabaría con desnaturalizar su legítima función propia de promoción, de
impulso, de integración y, también, si es necesario, de suplencia de las
iniciativas de }as libres instituciones sociales, según el principio de subsi­
diariedad.
El Episcopado italiano, como es sabido, también ha. manifestado recien­
temente su preocupación ante el peligro real de que sean restringidos los
espacios efectivos de libertad, de que s_ea reducida y cada vez más limitada
la
acción libre de las personas, de las familias, de las instituciones interme•
días, de las mismas asociaciones civiles y religiosas, en favor del pode1
público, con el !'esultado de «irresponsabilizar y crear peligrosos presupues­
tos de una colectividad, que anula al hombre; suprimiendo sus derechos fu.n.
da.mentales y sus libres capacidades de expresión». (Comunicado de la Con·
ferencia Episcopal Italiana
en enero de 1978.)
Como también el mismo Episcopado italiano ha expresado su preocupa­
ción de que
sean suprimidas, o, de cualquier modo, no_ conveniente y sufi­
cientemente
garantizadas, obras beneméritas que, durante siglos, al impulso
de la caridad cristiana,
han cuidado de los huérfanos, de los ciegos, de los
sordomudos, de los ancianos, de toda clase de necesitados, gracias a la ge­
nerosidad de los bienhechores, y al sacrificio personal, -a veces heroico, de
religiosos y religiosas, y que, en virtud de disposiciones legislativas, habían
tenido
que aceptar, muy a pesar suyo, la figura jurídica de instituciones
públicas
de asistencia y beneficencia, con una cierta garantía, por lo demás,
para sus fines institucionales». Juan Pablo II: Alocución a los iuristas #a­
liemos. 25 nov. 1978. «L'Osservatore Romano», 24-XII-78.
(50) Juan XXIII: M.t.#er et M.ag_istra. Colección ... A. C. E. Op. cit.,
pág. 2.251 (22 -116-).
«El derecho de propiedad privada, leemos en la Gaudium et Spes, no es
incompatible con las diversas formas -de propiedad pública existentes. La
afectación de bienes a la autoridad pública sólo puede ser hecha. por la
autoridad
competente, de acuerdo con las exigencias del bien común, su­
puesta .la compensación adecuada.» BAC Minor. Op. cit., pág. 464 (71).
(51) Sobre los peligros y errores de la socialización, ver Pío XI: Qua­
dragesimo armo. Colección ... A. C. E. Op. át-1 -pág. 636 (24).
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FEDERICO CANTER.O NUFIEZ
cuando, como dice Pablo VI (52), «------0 por razón de su extensión
o por su explotación deficiente o nula, o porque son causa de miseria
para los habitantes, o por el daño producido para los intereses de la
región-son un obstáculo para la prosperidad colectiva» ; todo ello
previa justa indemnización (
5 3).
Pero aplicando a la propiedad pública el principio de subsidia­
riedad,
como hace Juan XXIII (54), < de derecho público, deben extender su propiedad, sino tan sólo cuan­
do lo exigen
motivos de verdadera y manifiesta necesidad del bien
común y no con el fin de reducir la propiedad privada y menos aún
de eliminarla».
En conclusión, «siendo el derecho de propiedad privada debido
a la
misma Naturaleza y no consecuencia de las leyes humanas, el
Estado no puede abolirlo, sino tan sólo moderar su uso y armoni­
,arJo con el bien común» ( 55).
La actitud del Magisterio Pontificio en tomo a esta beneficiosa
institución

no puede ser
más clara. Sin embargo, los partidarios y
promotores de la teología de la liberación, de la revolución y de la
violencia, asi como los movimientos cristianos por el socialismo y
un largo etcétera, se .obstinan en considerar la propiedad privada
como la ralz de todos los males (56) ; el capital, un robo (57), y la
pobreza cristiana, viene a identificarse con el ser revolucionario (58).
Claro que todo ello no sorprende si pensamos que estos mismos
autores consideran que los diez mandamientos son marxistas, in-
(52) Pablo VI: Popu/orum /,rog,-mio. Idem, pág. 3.246 (24) .
. (53) Ver c-n este sentido: Pío XII: Por la dvilizad611 cristiana. C.0-lec­
ción ... A. C.E. Pág. 267 (14); Pío XII: La Iglesia j loJ cam,esino.r. Idem,.
pág. 826 (7); GaMdir,m et Spe,. Op. cit., pág. 465 (71); Juan Pablo 11:
Di.rcurso en Cuilapan a los btdígentl.f ... Op. cit., pág. 123.
(l4) Juan XXIII: Mater et Magistra. Colección ... A. C. E. Op. cit.,
pág. 2.251 (22 -117-).
(55) León XIII. Citado por Pío XI en Quadragesimo anno. Idem,
;pág. 635.
(56) Ernesto Cardenal: La santidad Je la revoludón. Ed. Sígueme. Sa-·
lamanca, 1976_. Pág. 44.
(}7) Idem, pág. 47.
(58) Idem, pág. 51.
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LA PROPIEDAD Y LA DOCTRINA PONTIFICIA
cluso el primero de amar a Dios (59), y, pretendiendo continuar
en el seno de
la Santa Madre Iglesia, promueven como única so­
lución a la liberación cristiana el cambio de estructuras y la Revo­
lución,
que para ellos se identifica con la santidad (60). La lucha
de
clases y la abolición de la propiedad privada son objetivos pri­
mordiales de ese cambio de estructuras y de esa santidad revolucio­
naria que sustituye a la Revolución
(61).
Sin embargo, Pío XII ( 62) recuerda que la Iglesia, que ha tenido
que vivir en su historia, dos veces milenaria, en medio de las más
diversas estructuras sociales, desde la esclavitud hasta los modernos
sistemas sociales
y económicos, «jamás ha predicado la Revolución
social, pero siempre
y en todas partes, dede la epístola de S. Pablo
a Filemón
hasta las enseñanzas sociales de los Papas en los si­
glos XIX y xx, se ha esforzado tenazmente por consegu.ir que se
tenga más cuenta del hombre que de las ventajas técnicas y econó­
micas, y para que cuantos hacen de su parte lo que pueden vivan una
vida cristiana y digna de
un ser humano. Por eso -precisamente por
eso-la Iglesia defiende el derecho de propiedad privada, derecho
que ella considera fundamentalmente intangible. Pero también
in­
siste en la necesidad de una distribución más justa de la propiedad
y denuncia lo que hay contrario a la Naturaleza en una situación
donde,
frente a un pequeño grupo de privilegiados y riquísimos, hay
una
gran masa popular empobrecida (63).
Pero ante esta situación, denunciada por la doctrina pontificia de
todos los tiempos,
no propone esta misma doctrina el remedio o la
solución de los partidarios de la teología de la liberación y compa-
(59) ldem, pág. 47.
( 60)
Así se desprende claramente del titulo y contenidó de la obra que
venimos citando:
La santidad de la revolución,
(61) Consultar el interesante trabajo de Gustave Thibon: Revolución
o cotiversión, en «Verbo», núm. 84, págs. 269 y sigs.
(62) Pío XII: ¿Qué da la Iglesia al lraba¡aáor? Colección ... A. C. E.
op. rit., pág. 112 (4).
(63) Cfr. Pío XII: Riqueza y mi.reria. Idem, pág; 179; Gaiulirlin et Spes.
BAC Minor. Op. cit., pág. 455 (63); Pablo VI: Octogesima adveniens. «Ocho
grandes mensajes». BAC Minor, Pág.
509.
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FEDERJCO CANTERO NUFIEZ
ñía, que, muy lejos d<: fuvorecer ail pobre, lo perjudicada, sino que
tiene
w,,a solución basada, no en la reforma de las estructuras, sino
en la reforma moral personal (64), en la justicia y en la cari­
dad
(65), frente al egoísmo, la envidia y la avaricia (65). Y, par­
tiendo de estas premisas, que tienen carácter previo e indispensable,
sostiene, no el cambio, ni siquiera la
reforma, sino la perfección de
las estructuras1 que en el caso concreto que tratamos se traduce en
promover una mayor difusión de la propiedad, especialmente de la
·pequeña y mediana propiedad. Frente a la negación de la propiedad,
la Iglesia
propone mayor número d<: propietarios ( 67).
El Papa
Pío XII ha proclamado en diversas ocasiones (68) que,
(64) Cfr. Pío XI: Quadragesimo armo. Colección ... A. C. E. Op. cit.,
págs. 652 y 658.
(65) Cfr. León XIII: Q11od apostolici muneris. Colección ... A. C. E.
Op. cit., pág. 17 (30); Pío XI: Divini Redemptorir. En la misma colección,
pág.
167 (46-47); Pío XI: Quadragesimo anno. Idem, pág. 635 (19).
Pablo VI, al hablar de la necesidad que s-iente hoy el hombre de libe­
rar de la sujeción y el poder ajeno, ensefia que «esta liberación comienza por
la libertad interior, que ellos deben recuperar de cara a sus bienes y a sus
poderes. No llegarán a ella si no es por medio de un amor que trascienda al
hombre y, en consecuencia, cultive en ellos el hábito del servicio. De otro
modo, como
es evidente, aun las ideologías más revolucionarias, no desem­
bocarán más que en
un cambio de aroos: instalados a su vez en el poder,
estos nuevos amos se rodean de privilegios, limitan las libertades
y consien­
ten que se instauren otras formas de injusticia».
Octogeuima adveniens.
Op. cit., pág. 520 (45).
(66) Cfr. Pío XI: Quadragesimo anno, Colección ... A. C. E., op: cit:,
pág. 637 (25);
Pío XI: Ubi arcano, en la misma colección, pág. 1.893 (11); Pío XII:
Revaloriza,ción. Idem, pág. 752 (3) ..
(67) León XIII: Rernm novar11m., Colección ... A.C.E. Op. rit,, pá­
gina 612 (37).
(68) Así, por ejemplo, Pío XII: Por la civilización cristiana. Colección ...
A. C. E. Op. cit., pág. 206 (11);
En el cincuentenario de la «Rerum n011ar11m», en la misma, pág. 677 (12);
El orden interior, pág. 357 (35);
Organización Sindical, pág. 707 ( 6);
Empresa en la economía moderna, pág. 724 ( 4);
La iglesia y los campesinos, pág. 826 (7).
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LA PROPIEDAD Y LA DOCTRJNA PONTU'ICIA
tanto en la agricultura, en las artes y en los oficioo, en el comercio
y en la industria, hay que favorecer y promover la pequeña y me­
diana propiedad. Y
Juan XXIII ( 69) nos ha indicado que < más debe propugnarse y realizarse la difusi6n de la propiedad en
un tiempo como
el nuestro, en el cual . ,. los sistemas económicos de
un número creciente de comunidades políticas están en
camino de
rápido desarrollo; por lo cual si se utilizan recursos técnicos de di­
versa naturaleza, pero de comprobada eficacia, no resulta difícil pro­
mover iniciativas
y llevar adelante un política económica y social que
aliente y facilite una
más amplia difusión de la propiedad privada
de los bienes de consumo duraderos, de
la vivienda, del predio fa­
miliar, de los enseres propios de la empresa artesana y agrícola­
familiar, de las acciones en las sociedades grandes o medianas».
Especialmente favorable se muestra la doctrina pontificia a una
difusión mayor
de la propiedad familiar, ya que asegura a la fa­
milia la necesaria autonomía y
!t'bertad, así como el arraigo y desarro­
llo de la responsabilidad
(70).
En cambio, la Iglesia mira con cierta desconfianza a las grandes
riquezas, cuando éstas, como muchas veces ocurre, acaban por arruinar
la peqneña y mediana propiedad.
Pío XII (71), después de recordar que la Iglesia ha condenado
como contrario al derecho natural el capitalismo, fundado sobre con­
ceptos erróneos, atribuyendo un derecho ilimitado a la propiedad,
(69) Juan XXIII: Mattir et Magistra. Colección ... A. C. E. óp. cit.,
pág. 2.251 (21-115-),
(70) «Entre todos los bienes que pueden ser objeto de propiedad pri­
vada, ninguno es más conforme a la naturaleza, seg6n enseña la Rerum
novar11m, nos dice Pío XII, que la tierra, es decir, la finca que habita toda
una familia, y de cuyos frutos saca íntegramente, o al inenos en parte, lo
necesario para vivir. Y en el espíritu de la Rerum novarum, está el afirma que,
regularmente; s6lo
aquella estabilidad que arraiga en un patrimonio propio,
hace
de_ la familia fa célula vital más _ perfecta y fecunda de la sociedad,
reuniendo esplendidamente,
Con su progresiva cohesión, a las generacioness
presentes con
las futuras. «En el centenario de la «Rerum noravurum». Co­
lección ... A.'C. E. o¡, dJ,, pág. 677 (12).
(71) Pío XII: Por la civilización crhliana, Colección ... A. C. E, Op. cit.,
pág. 206 (11).
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FEDERICO CANTERO NUFIEZ
sin subordinación ninguna al bien común, describe cómo «la clase,
cada
vez más numerosa, de los trabajadores se encuentra con fre­
cuencia frente a aquellas excesivas concentraciones de bienes eco­
nómicos, que al ocultarse muchas veces bajo el título de sociedades
anónimas, logran sustraerse de sus deberes sociales y casi colocan al
obrero en la imposibilidad de formarse una propiedad efectiva. Ve­
mos cómo la pequeña y mediana propiedad disminuye y se debilita
en la vida social, al encontrarse limitada y obligada a una lucha
defensiva cada
vez más dura y sin esperanza de un feliz éxito».
Notemos que, en cualquier caso, estas palabras no implican una
condena del capitalismo, sino del liberalismo en su aspecto económico
o capitalismo liberal. Este sistema, precisa Pablo VI (72), «considera
el lucro como motor esencial del progreso económico, la concurren­
cia como ley suprema de la economía y la propiedad privada de los
medios de producción como un derecho absoluto, sin limites ni obli­
gaciones sociales correspondientes. Este liberalismo sin freno, que
conduce a la dictadura, justamente fue denunciado por
Pío XI como
generador del imperialismo internacional del dinero».
Pero no perdamos
de vista que, como nos alerta Pablo VI (73),
«el dominio de los tecnócratas en un mañana ya próximo puede pro­
ducir mayores daños de los que antes trajo consigo el liberalismo.
La economía y la técnica carecen de todo valor si no se aplican ple­
namente al bien del hombre, a quien deben servin>.
Pero el por qué la Iglesia defiende la propiedad privada se com­
prenderá mejor al repasar los innumerables beneficios que arrastra
esta institución, repaso con
el cual daremos por concluido este trabajo.
Estímulo personal
En primer lugar hay que decir que la propiedad privada es, social
y económicamente, útil, pues contribuye en alta medida a la utilidad
(72) Pablo VI: Pop11/Qf'11m P,,ogressio. En la misma colección, pá­
gina 3.246.
(73) Idem, pág. 3.246 (34).
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LA PROPIEDAD Y LA DOCTRINA PONTIFICIA
y prosperidad de los hombres y de las comunidades. Y ello por dos
razones indiscutibles :
-Porque todo hombre actúa con más interés y diligencia sobre
sus cosas y bienes que sobre los bienes y cosas ajenos y co­
munes, que precisamente por ser comunes fomentan el que
todos estén a exprimir su jugo, pero ninguno a sacrificar
su
esfuerzo. Refiriéndose al trabajo de la tierra, precisa
León XIII (74) que «cuando los hombres saben que traba­
jan un terreno propio, lo hacen
con un afán y un esmero
mayor, y hasta llegan a cobrar gran afecto al campo trabajado
con
sus propias manos, y del cual espera para sí y su familia,
no sólo los alimentos, sino cierta holgura abundante.
En­
tusiasmo por el trabajo que contribuirá en alto grado a aumen­
tar la producción de la tierra y la
riqueza de la nación».
-En segundo lugar -fijémonos bien que en la cita transcrita
hay una alusión a la
familia-, para trabajar con afán es
necesario que se ofrezca al trabajador la posibilidad del
ahorro, y que este ahorro pueda invertirlo en adquirir
los
bienes que estime más de su conveniencia; y, aún, más, le ha
de ser permitido la posibilidad de trabajar para sus hijos y
parientes, y ello sólo se consigue con el mantenimiento de
la propiedad de forma completa, es decir, permitiendo trans­
mitir libremente los bienes por herencia. «Quitad al traba­
jador
(75), nos dice Pío XII, la esperan•• de que adquiera
algún bien en propiedad personal ;
¿qué otro estímulo le po­
dríais ofrecer para incitarlo a un trabajo intenso, al ahorro,
a la sobriedad, cuando hoy no
pocos hombres y pueblos, al
haberlo perdido todo, nada tienen sino su capacidad para el
trabajo?»
En otro orden de
cosas, y este constituye el tercer motivo justi-
(74) León XIII: Rerum No11ar11m. En la misma Colección. pág. 612 (37).
(75) Pío XII: Por la civilización cristiana. En la misma colección,
pág. 206 (13).
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FEDERJCO CANTERO NUFIEZ
ficativo de la propiedad aducido por Santo Tomás (76), «el estado
de paz entre los hombres se conserva mejor ... por lo cual vemos
que entre aquellos que, en común y pro indiviso poseen una cosa,
surgen más frecuentemente contiendas». Por ello, Juan XXIII (77)
consideraba a la propiedad privada
«un elemento de consistencia y
serenidad para la vida familiar, y de pacifico y ordenado progreso en
la convivencia».
Arraigo y responsabilidad
Otro
de los beneficios de la propiedad privada lo constituye el
ser una institución fomentadora del arraigo. Ello lo consigue espe­
cialmente la propiedad de la tierra. Así, hablando de lo provechoso
de esta institución,
León XIII (78) se refiere al apego por parte de
todos «a su tierra natal, con el deseo de permanecer allí donde na­
cieron, sin querer cambiar de patria, cnando en la suya hallaren me­
dios para pasar la vida en forma tolerable». Y concluye: < éstas que no pueden lograrse sino con la condición de que la pro­
piedad privada no
sea recargada con excesivos tributos e impuestos».
No hay que olvidar, en efecto, que una de las causas que motiva­
ron el surgimiento del proletariado fue precisamente la ausencia en
numerosísimos obreros de propiedad alguna, lo que, junto a otros
hechos, como Ja emigración, los convirtieron en unos desarraigados,
punto éste que explica, además, cómo mientras los obreros de las
grandes industrias siguieron y apoyaron las revoluciones, no lo hi­
cieron prácticamente nunca los campesinos.
Pero además de arraigar a la persona humana en su medio na-
(76) Santo 'Tomás de Aquino: Summa Teologica, IIª, 11!!, quaest. 66,
art. 2.Q, resp. 1ª, dt, por Vallet de Goytisolo en Sociedad de masas y de­
recho, op, cit., pág. 311, nota 5.
(77) Juan XXIII: Pt«tm in Terrh. Colección... A. C. E. Op, cit.,
pág. 2.538 (21).
Cfr. Pío XI: Quadrageúmo anno. En_ la misma colección, pág. 638 (27).
(78) Le6n XIII: Rer11m N(H)d,fNm · Colección ... A. C. E. Op. cit., pá­
gina. 612 (37).
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LA PROPIEDAD Y LA DOCTRJNA PONTIFICIA
tutal, la propiedad privada constituye, como afirma Juan XXIII (79),
«un medio apropiado para la formación de la persona humana y el
ejercicio de la responsabilidad en todos. los campos».
En efecto, qnien desde niño va
comprendiendo lo que es la pro­
piedad que su padre va adquiriendo mediante el diario y sacrificado
trabajo o mediante un comportamiento ejemplar,
apreciará más las
cosas, porque sabrá que cuestan un esfuerzo y un sacrificio. Ha visto
el esfuerzo y el sacrificio de su padre, y esto le impulsará a apre­
ciarlo por la obra que en su vida ha ido creando. Cuando, con el
transcurso del tiempo, aquel niño ocupe un lugar parecido, apreciará
las rosas, los bienes de la tierra que poseen con un sentido muy
distinto de quien no identifica los bienes y las cosas coo una persona
concreta, sino que piensa que surge de una manera espontánea e
indiferenciada.
De esta manera, al
enseñar al hombre el sentido de las cosas,
lo arraiga y lo hace responsable en todos 10& campos de la vida, y
en especial en
las actividades económicas. La experiencia de todos
los tiempos muestra cómo los hombres se muestran más solícitos en
los intereses que les afectan en su totalidad que en aquello5 otros en
los que su participación viene dada por una mínima parte en el
interés.
Expresiones vulgares comn «lo que es de todos no es de nadie»
o «si
es de todos que se ocupe otro» confirman lo que acabamos de
decir.
A la pregunta de si podría ejercer un influjo feliz sobre la vida
social
en general y sobre la familia la propiedad privada y el Estado,
un mundo que sólo reconociese la forma económica de un enorme
organismo productivo, respondía Pio XII (80) que «el carácter im-
(79) Juan XXIII: Pacem in Terris. En 1a misma colección, pági­
na 2.~38 (21).
(80) Pío XII: E5peranza y consuelo de Cristo. Colección ... A. C. E. pá­
gina 436 (10).
Juan Pablo II, dirigiéndose a los participantes en la. Conferencia MµndiaJ
para 1a Reforma Agraria, el 14 de julio de· 1979, decía que· «es necesario
promover la inserción de los trabajadores en actitudes de responsabilidad en
el funcionamiento
·de las baciendás 'agrícOlas, a fin de crear también, dentro
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FEDERICO CANTERO NUFIEZ
personal de semejante mW1do contrasta con la tendencia totalmente
personal de aquellas
instituciones que el Creador ha dado a la so­
ciedad humana, En efecto, el matrimonio y la familia, la propiedad
privada
y el Estado, tienden por su naturaleza a desarrollar al hom­
bre como pe.rsona, a protegerlo, a hacerlo capaz de contribuir, con su
volW1taria colaboración y responsabilidad personal, al mantenimiento
y desarrollo también personal de la vida social».
Vamos a concluir. Nuestra XVIII reunión de amigos de la ciudad
católica lleva por título
Propiedad, vida humana y libertad. Tres reali­
dades : una en el centro,
las otras doo a loo lado< asegurando aquélla.
La vida humana necesita desenvolverse con libertad. Esta, a su vez,
necesita de la propiedad, que para ser verdadera necesita la libre
iniciativa, la libertad. Propiedad y libertad son
así doo realidades
complementarias de la vida humana.
Brevemente queremos hacer hincapié
en el beneficio que presta
a
la libertad la propiedad; la propiedad, salvaguardia de la libertad
frente al totalitarismo. En esta faceta de la propiedad
como freno al
totalitarismo o, lo que es igual, a la tiranía política, social, econó­
mica y cultur•l ha insistido la doctrina pontificia.
No debemos olvidar que uno de los objetivo< principales de la
Revolución lo constituye la praxis tendente a desarraigar, proletarizar
y masificar la vida social; objetivo dentro del cual se halla inmersa
la abolición de la propiedad privada, que ya hemos visto supone un
elemento que arraiga
y responsabiliza, y, por lo mismo, impide la
masificación y la pérdida de la libertad.
Consciente de todo ello, Juan XXIII (81) recordaba que
la
de lo posible, relación particular entre el trahajador de la tierra y la 1/em,
que 11 lrahajd'II. «L'Osservatore romano». Ed. semanal en lengua espafiola., de
29 de julio de 1979.
(81) Juan XXIII: Mater et mag;,1,-, Colección ... A. C. E. Op. cit., pá­
gina 2.250 (20,109).
«El reconocimiento del derecho de propiedad, ensefia Pío XII, se mantie~
ne firme o se derrumba, con el reconocimiento de la dignidad personal del
hombre, con el reconocimiento de los deberes y derechos imprescriptibles, in­
separablemente inherentes a
la personalidad libre, que él ha recibido de Dios.
Sólo quien rehusa al hombre esta dignidad de persona libre puede admitir
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LA PROPIEDAD Y LA DOCTRJNA PONTIFICIA
historia y la experiencia atestiguan que «en los regimenes políticos
que no reconocen la propiedad privada de los bienes, incluso de los
de producción, son oprimidas y sofocadas
las expresiones fundamen­
tales de la libertad; por
eso, es legítimo deducir que éstas encuentran
garantía y estímulo en aquel derecho».
Y
es que, como dice la constitución Gaudim et Spes (82), «la
propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos,
aseguran a cada cual una
zona absolutamente necesaria para la
autonomia personal, familiar, y deben ser consideradas como am­
pliación de la libertad humana. Por último, al estimular el ejercicio
de la responsabilidad, constituyen una de
las condiciones de las
libertades civiles».
Es preciso defender la propiedad. Hoy que tanto se pregonan las
libertades abstractas y democráticas, es preciso enseñar, difundir y
propagar que sin propiedad no hay libertad. «Es preciso impedir
-clamaba Pío XII (83 )-que la persona y la familia se dejen
arrastrar al abismo al que pretende arrojarlos la socialización
de todas
las cosas, al término de la cual la terrible imagen de Leviatán llegará
a ser una terrible realidad.»
Al
término de esta exposición del Magisterio Pontificio, creemos
poder afirmar que la institución a la que
no,; hemos referido sirve
para la construcción de un mundo
más justo, más humano y más
habitable, que no se cierra en sí mismo, sino que se abre a Dios,
según el deseo expresado por el Papa Juan Pablo II.
la posibilidad de sustituir el derecho a la propiedad privada (y, por consi­
guiente, la propiedad privada misma), ¡,or un vago sistema de seguros y de
garantías sociales de derecho público.» UnificacMn del derecho privado,
Col,jcción ... A.C.lfl. Op. dt., pág. 230 (4).
Del mismo Papa, La igle.ria y los cam.pesinos1 en la misma colección, pá­
gina 826 (7).
<<. •• Y así es, citamos a Juan XXIII, como la experiencia. atestigua. fre~
cuentemente, que donde falta la iniciativa personal de los particulares, domina
la tiranía política ...
» Mater et magi.rtra. En la misma colecci6n, pág. 2.242
(9•37·).
(S2) Gandium et sP,s. Op. cit., pág. 463 (71).
(83) Pío XII: &u:/iomensa;e1 el 13-IX-52, al congreso de católicos aus­
triacos. Cit. por Vallet en «Más sobre temas de hoy». Speiro, 1979, pág. 406.
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PEDERJCO CANTERO NUNEZ
Con unas palabras suyas, pronunciadas en la misa concelebrada
en la plaza de la Independencia de Santo Domingo el 25 de enero
de 1979 (84), queremos concluir esta
ya aburrida exposición: «Hacer
un mundo
más justo significa, entre otras cosas, esfottarse porque
no haya niños sin nutrición suficiente, sin educación, sin instrucción ;
que no haya jóvenes sin la preparación conveniente; que no haya
campesinos sin tierra para vivir y desenvolverse libremente; que
no haya trabajadores maltratados ni disminuidos en sus derechos;
que no haya sistemas que permitan la explotación del hombre por
el hombre o por el listado; que no haya corrupción ; que no haya a
quien le sobre mucho, mientras a otros, inculpablemente, les falte
todo; que no haya nadie sin amparo de la
ley y que la ley ampare
a todos por igual; que
no prevalezca la fuetta sobre la verdad y el
derecho sobre la fuerza, y que no prevalezca jamás lo económico y
lo politico sobre lo humano.»
Como una institución creada por Dios para
el estímulo, el pro­
greso
y la paz ; para el arraigo, la libertad y la responsabilidad. Como
una institución que preste al hombre una ayuda para lograr poco a
poco
ese mundo más justo. Como una institución puesta por Dios
al servicio de
la vida humana. Así hemos de entender la propiedad.
(84) Juan Pablo JI: Homiliá en la mha conceléhrada en la plaza Je la
lndepende1Jcia de Sattlo Domtn.go el 25 de enero de 1979; en «Mensaje a
la Iglesia de JJa.tinoatnérica». Op. cit., pág.· 19. ·
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