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Los principios del orden político católico

LOS PRINCIPIOS DEL
ORDEN POLITICO CATOLICO
por
MARIA TERESA MoRAN CALERO
Licenciada en Derecho

.

LOS PRINCPIOS DEL ORDEN POLITICO CATOLICO
«Al estudiar el nacimiento de las ideas, o al
menos sus metamorfosis; al seguirlas a lo largo
de su camino, en sus débiles comienzos, en la
forma en que se han afirmado y desarrollado,
en su progreso, en sus victorias sucesivas y en
su triunfo final, se llega a la profunda convic­
ción de que son las fuerzas intelectuales y mo­
rales, no las fuerzas µrateriales, las que dirigen
y dominan la vida• (Paul Hazard: La crise de
la conscience européenne, prólogo).
Es este un postulado del que nunca estaremos suficiente­
mente convencidos. Las ideas gobiernan a los pueblos;
y los
pueblos son lo que sus gobernantes quieren que sean, ha repetido
sin cesar Eugenio Vegas. De estas consideraciones previas
se de­
duce la importancia de la labor realizada por
Verbo: la difusi6n de
ideas
y de principios a todos .los niveles, pero de un modo es­
pecial en el de las élites naturales que son las que más o menos
directamente dirigen a un pueblo,
al menos mientras no sea con­
vertido definitivamente en masa. Por eso la importancia de los
principios y de la ideas, la importancia de su difusi6n y más en
concreto de su difusi6n adecuada, en aquellos miembros del
cuerpo naturalmente llamados a ponerlas en práctica. Porque al
hablar de
principios y de ideas estamos hablando de realidades,
de proyectos realizables, pues al contrario de las ideologías y
de las utopías, que son creaciones y construcciones racionalistas,
los principios son algo realizable, por cuanto se ha llegado a
ellos a partit de lo concreto
y de lo real a través del fenómeno
de la abstracción. Los principios se nos muestran así como la

MARIA TERESA MORAN CALERO
consecuencia de lo posible y guía de lo realizable, como norte
de nuestros actos y límite del ejercicio de nuestra libertad.
El camino para hallarlos es doble. De una parte la fe, de
otra
la razón, que cuando es ejercitada conforme al sentido co­
mún, coincide plenamente con aquélla, salvo, naturalmente en
las verdades reveladas acerca de Dios y de la vida eterna, que
constituyen lo que llamamos misterios, inaccesibles, por tanto, a
nuestro entenditiúento.
Salvo estos últimos, el resto de los principios pueden llegar
a ser comprendidos
por la razón humana, que como ya quedó
suficientemente esclarecido
en las disputas intelectuales del Me­
dioevo, es armonía con la fe.
Principio de trascendencia.
Y hecha esta breve introducción, entremos directamente en
el estudio de esos principios que la Revelación, la doctrina de la
Iglesia, los grandes filósofos del realismo y los iusnaturalistas,
nos dicen que son fundamentales en una consttucción social ba­
sada en el cristianismo.
No podemos por menos que comenzar afirmando que el pri­
mero de estos principios del que hay que partir, y que es causa,
casi podríamos decir, de todos los demás,
es el que formularía­
mos diciendo que Dios existe y que el hombre está hecho a ima­
gen y semejanza suya, teniendo en
El su origen y fin (destino).
Es lo que los filósofos definieron como principio de la tras­
cendencia, frente a quienes querían ver en él,
y en su mundo, un
círculo cerrado e independiente de toda realidad exterior, es de­
cir, el inmanentismo.
Toda construcción política y social ha de tener en cuenta
que, como decía el poeta, «esta vida es camino para otra que es
morada sin pesar», que la vida humana no se acaba con la muer­
te, que este mundo es de paso, que hemos de procurar sea fruc­
tífero para otro que sí es definitivo.
Chocan con este primer principio,
y de ahí que la divergencia
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WS PRINCIPIOS DEL ORDEN POLITICO CATOLICO
sea luego radical, la filosofía marxista, y lo que es más grave,
las llamadas teologías de la muerte de Dios, de la liberación,
de la revolución
y de la violencia.
Para los partidarios de las mismas, siguiendo en esto, como
en tantas otras cosas a los ideólogos marxistas, todo
se reduce.
a la liberación del hombre de las estructuras en las que vive
inmerso (y que llevan consigo cambios en la religión, en la mo­
ral, en la política, y, en definitiva, en todas las facetas de la
sociedad). A través de lo que ellos denominan cambio de estruc­
turas, convertirán esta tierra en un nuevo paraíso que viene así
a sustituir a la vida eterna.
Como
se ve, el planteamiento es radicalmente opuesto. Uno
es para la vida eterna, el otro es sólo terrenal. Uno con horizon­
tes abiertos, otro con horizontes cerrados
y circulares que como
la propia tierra conducen
al punto de partida.
Bajo esta perspectiva trascendente, la acción política
mirando
por el bien común terrenal no puede descuidar el aspecto espi­
ritual del hombre que impregna la sociedad, y su labor última
debe ser la de conseguir la armonía entre el mundo
y Dios, entre
lo terrenal
y lo eterno, lo trascendente y lo inmanente.
Acabamos de hacer referencia a la idea de armonía; pues
bien, la armonía requiere un orden, y ese orden es el que co­
múnmente se denomina orden natural y que constituye el se­
gundo gran principio de la dimensión individual y social de la
religión.
Ese orden natural se traduce en unas normas y reglas que
determinan su estructura y funcionamiento y, que se han conve­
nido en llamar Derecho natural, y en lo que hace a la conciencia
individual, moral natural.
La creencia en
el orden natural manifestado en reglas jurí­
dicas y morales conlleva, necesariamente, su aceptación, lo que
quiere decir que las instituciones, la acción política, tanto la que
viene de abajo como la que proviene de la cúspide del poder,
han de ajustarse a ese orden que actúa así, como cauce y límite
de la libertad humana. Todo lo que sea apartarse y actuar de
espaldas a
ese orden es actuar mal. ¿Qué diríamos de un cientí-
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MARIA TERESA MORAN CALERO
fico que proyectara alcanzar Marte prescindiendo de la ley de la
gravedad? Cierto
es que los aspectos humanos y sociales no están fatal­
mente determinados como
los físicos, pero no hay que olvidar
que la libertad humana, como luego veremos,
se diferencia fun­
damentalmente de la divina, en su facultad de errar, en la
po­
sibilidad de equivocarse, pero se asemeja también a la divina en
la facultad de ser ejercida dentro del orden creado por Dios.
Afirmado
el principio fundamental de la existencia de un
orden natural, que además no
es independiente, sino depen­
diente, no es inmanente sino trascendente, vamos a tratar de
recordar cuáles son los principios y las instituciones -que se des­
prenden de éste.
Principios derivados.
Estos principios que laten en la conciencia individual del
hombre, no deformada, y que
se palpan en la realidad social,
analizada bajo
el prisma del sentido común son, básicamente, la
sociabilidad, la subsidiariedad, la complementariedad, el bien
co­
mún, la libertad y la autoridad.
Sociabilidad y suhsidiariedad.
Hemos dicho la sociabilidad, princ1p10 que enunció Aristó­
teles con la famosa frase de que el hombre
es un animal político.
En efecto, Dios dice
al hombre que crezca y se multiplique y que
domine
la faz de la tierra. Pero, ¿cómo iba a hacerlo solo si el
hombre es, desde el punto de vista individual, el animal
más
débil de todos los creados? Sólo uniéndose a los demás con­
forme las necesidades se lo fueron imponiendo, podría hacerlo.
LJ. perfección de su inteligencia, de su aptitud para la comunica­
ción a través del lenguaje le facilitaron el acercamiento y
la
unión.
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LOS PRINCIPIOS DEL ORDEN POUTICO CATOUCO
La familia, como institución primera y básica en la vida hu­
mana, no fue suficiente para atender a sus necesidades, y hubo
de unitse con otras, formando múltiples y variadas comunidades
intermedias, que coincidían siempre en constituir sociedad.
Pero las diversas comunidades de carácter reducido tampoco
fueron suficientes para atender a las necesidades individuales, lo
que además provocaba el enfrentamiento de tribus y clanes en la
lucha por la subsistencia, al tratar de conquistar los recursos
natutales. Fue entonces cuando las pequeñas comunidades
com­
prendieron la necesidad de unirse en colectividades superiores,
llegando de este modo al nacimiento de la nación
y, hoy, de la
comunidad internacional. Ahora bien, las comunidades, municipio,
región, nación, comunidad internacional, van naciendo siempre
pata satisfacer necesidades que las inferiores no podían realizar
por
sí mismas. No surge la nación en el Medioevo ni la comunidad
internacional en la Edad moderna. Significa ello que cada institu­
ción,
ya sea profesional o territorml, tiene una función que cum­
plir dentro del orden social: aquella que determina su nacimiento
y luego su conservación.
Observemos que las comunidades superiores van aparecien~
do siempre para satisfacer necesidades y cumplir misiones que
las inmediatamente anteriores
ya no podían realizar. Nacen con
catácter subsidiario y no suplantador o absorbente. No en otra
cosa consiste
el principio de subsidiariedad intuido por el pen­
samiento tradicional español
y definitivamente formulado por
el Papa Pío XI en la encíclica Quadragessimo anno al decir
que del mismo modo que no
se puede quitat a los individuos
y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizat por su pro­
pio esfuerzo e industria, así tampoco
es justo, constituyendo
un grave perjuicio y perturháción del recto orden, quitar a las
comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y
proporcionat
y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya
que toda acción de la sociedad por su propia fuerza y natutaleza
debe prestar ayuda a los miembros de la sociedad pero no des­
truirlos
y absorberlos.
Niegan el principio de
la sociabilidad las teorías pactistas
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MARIA TERESA MORAN CALERO
del siglo XVII y xvm, bien sea por considerar al hombre como
un ser feliz, bueno y libre por naturaleza cuando vivía solo, que
se esclaviza al pactar" con los demás o bien por considerarlo malo
por naturaleza y enemigo natural del resto de los de su especie,
que para sobrevivir
se ve obligado a pactar con los demás, daudo
lugar al nacimiento de la sociedad.
Niegau el principio de subsidiariedad las teorías que,
des­
arrollando las· anteriores, constituyeron los diversos liberalismos,
desde el estado de derecho puramente individual hasta el actual
estado social,
y los colectivismos en todas sus acepciones actua­
les, coincidentes a la larga en el estatismo, bien
sea totalitario
o tecnocrático, que supone
la eliminación de la sociedad, de la
estructura social del entramado que constituyen los cuerpos
in­
termedios, cuyas múltiples funciones son recogidas por el Es­
tado, con la consiguiente destrucción del pueblo que acaba por
convertirse en masa, fácil de modelar, mauejar
y conformar por
las mentes tecnocráticas o totalitarias, detentadoras del poder.
A la pregunta hace mucho tiempo planteada de qué
es antes
el hombre o la sociedad, las teorías pactistas y liberales respoden
categóricamente que el hombre, pues
el pacto social se verificó
para él
en su exclusivo beneficio individual. Por consiguiente,
todas las sociedades intermedias lo encadenau y hay que liberarlo
de ellas, pues el individuo
es lo único que cuenta, convirtiéndose
el bien común en el bien de la mayoría de las individualidades
por las que el Estado ha de velar. Estamos así en
el sufragio
universal de carácter individual y también en
el principio kau­
tiano de que la libertad del individuo está sólo limitada por la
de los demás.
El hombre no tiene, pues, deber ninguno para con la
so­
ciedad, porque ésta, como tal, no existe, pues s6lo es una suma
numérica de individuos, agrupados en torno al Estado. Esta
concepción, por su propia naturaleza, conduce
al materialismo
hedonista y al egoísmo como pauta de conducta.
Las teorías colectivista encabezadas por el marxismo, y como
respuesta dialéctica a las anteriores, sostienen que el hombre
como persona individual no tiene ningún valor. El hombre sólo
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LOS PRINCIPIOS DEL ORDEN POUTICO CATOUCO
importa en cuanto pieza del engranaje social y colectivo. La so­
ciedad colectivista, representada por el Estado se convierte en
la razón de ser de los individuos que trabajan, viven y, basta
engendran hijos para
el. Estado. Estas posturas conducen al ar­
chipiélago del Gulag.
Frente a unas
y frente a otras, la doctrina social católica,
desarrollando lo que hemos llamado principios de
la subsidiarie­
dad y de
la sociabilidad natural del hombre, sostiene una interrela­
ción hombre-sociedad. en
la que ambos factores dan y reciben.
La sociedad· está al servicio del hombre, de la perfección del
hombre, pero a su vez éste sólo
se puede perfeccionar --dejemos
aparte a los
nústicos-viviendo en sociedad. Existen derechos
y obligaciones de los unos y de la otra.
El hombre
se debe a la sociedad porque de ella recibe in­
numerables beneficios (religiosos, intelectuales, culturales, econó­
micos
... ), pero la sociedad tiene su razón de ser en la perfec­
ción del hombre como persona.
Ello nos lleva al tema, actual
desde siglos, de la participación
del hombre en
la sociedad.
Para las concepciones colectivistas,
el problema de la parti­
cipación desaparece absorbido por el sindicato o partido único,
·
aunque pretenda disfrazarse bajo la máscara de unas elecciones
en la empresa o de los cargos del partido. En estas concepciones
el problema de la participación deja de existir por medio de su
negación real, si no, incluso, formal.
Las concepciones individualistas hacen enorme hincapié en
esta palabra, hasta el punto de que los gobiernos han de estar
legitimados por la voluntad general, expresada a través de
la
participación electoral.
Pero como los individualismos
-ya lo hemos visto-des­
truyen todas las asociaciones históricas, todos los cuerpos inter­
medios, la participación ha de ser exclusivamente individualista
y
se expresa a través del voto, canalizado por las ideologías,
ideologías que a su vez son asumidas por los partidos
políticos,
única asociación que se adopta a los cánones de la ideología
liberal.

MARIA TERESA MORAN CALERO
Pero, ¿qué es un partido político? Podemos caracterizarlo
por ser un grupo más o menos homogéneo, con un ideario más
o menos concreto, manifestado de forma más o menos precisa
a través de un programa, que pretende conseguir el poder para,
una vez alcanzado, imponer desde el mismo sus convicciones.
Pues bien, si esto es un partido político, partitocracia y par­
ticipación son dos realidades excluyentes, absolutamente incom­
patibles. Veamos por qué.
La «participación» a través de los partidos se limita a la
emisión de un voto en favor de uno de los partidos que
con­
curren a la toma del poder. El ciudadano ha depositado su con­
fianza en un partido y durante un tiempo determinado su función
es nula y habrá de esperar a las nuevas elecciones para volver a
«participar» y así sucesivamente. El hombre normal, el no
di­
rigente del partido, se adhiere a un programa qne no ha elabo­
rado, ni siquiera participado en su elaboración. Este programa
tiene una finalidad: lograr una mayoría de votos; por ello
mis­
mo su contenido tiene que ser poco concreto, adecuado a maneras
de pensar muy diversas. Es este el lugar de la demagogia. Al
CQ!iquistar el poder, el partido pondrá o tratará de poner en
práctica la ideología de sus dirigentes y
el programa electoral
contará
ya muy poco. Tenía razón Joaquín Costa cuando afirmaba
que
la papeleta electoral era un sarcasmo: consistía en darse
periódicamente un amo.
Se pretende que por medio de un voto todos participen en
todo y de igual manera, sin hacerlo
éada uno en aquellas materias
que conoce y le competen de una manera directa y en las cuales
no puede ser fácilmente engañado. En realidad el pueblo no
participa: participan
los dirigentes del partido. Esta «participa­
ción» está, pues, muy lejos de ser auténtica. Está establecida
de arriba a abajo: de los dirigentes del partido al cuerpo electo­
ral. Mejor que hablar aquí de participación sería hacerlo de
im­
posición, aunque el cuerpo electoral tenga libertad para elegir
entre diversas imposiciones.
Frente a este modo de entender la participación del indivi­
duo en las tareas nacionales, la condición de la sociabilidad
na-
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LOS PRINCIPIOS DEL ORDEN POUTICO CATOUCO
tura! del hombre hace que para resolver esta cuestión de la
participación nos fijemos en el concepto de competencia.
Por competencia entendemos aquí la adecuada capacidad de
una persona a la función que
realiza. Por tanto, una persona
debe participar, tomar parte
-realizar una función-, en aquello
en que posea una adecuada capacidad, un conocimiento suficiente.
Para gobernar una nave
es necesario saber pilotarla y el
piloto de
la misma lo será en virtud de su saber. Igual para
edificar una _casa, cultivar un campo o construir un automóvil.
A nadie se le ocurre que todo el pueblo vaya a participar e in­
fluir en estas labores. ¿Por qué, pues, en la política, en el arte
de gobernar a los hombres, todo el mundo se cree capacitado
para opinar e influir, eligiendo a los gobernantes,
y, votando o
vetando las leyes?
Se nos dirá que porque a todo el mundo le
atruie y le incumbe. Cierto; ciertísimo, pero tampoco es menos
cierto que la buena travesía de
un buque atañe e incumbe a to­
dos los pasajeros y marineros que viajan en él. Sin embargo, a
nadie se le ocurre elegir al patrón o ponerse a dar órdenes en
caso de naufragio. Muy por el contrario, todos cumplirán las
órdenes del capitán;
y las cumplirán porque su mando y go­
bierno son de su competencia. Pues bien, este mismo criterio
de competencia habrá que tenerlo en cuenta en la política, en el
poder.
No quiere ello decir que todas las medidas y disposiciones
de un gobierno han de ser siempre cumplidas.
Serán siempre
«respetadas», pero para su cumplimiento se requiere que sean
justas. En caso contrario, pueden y hasta deben ser desobedecidas,
siempre que esta actitud no ocasione mayores males que los que
ocasionaría el cumplimiento de . la disposición injusta. Y, en ca­
sos extremos, cuando el poder desconoce abiertamente el De­
recho, en el llamado estado de necesidad -institución plena­
mente jurídica como ha dicho Vallet de Goytisolo-- la sociedad
está asistida del derecho de resistencia, del derecho a
la rebelión,
reconocido por todo
el Derecho natural clásico, necesitándose
para todo ello un elevado juicio y ponderación.
Lo que el ejemplo anterior quiere significar es que la par-
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MARIA TERESA MORAN CALERO
ticipaci6n ho puede afectar a todos para todo. Cada hombre
debe participar en
las, materias que son de su competencia, y,
le son, por ello, conocidas.
Participaci6n profesional en el trabajo que desempeñan, par­
tiúpaci6n social de los padres de familia, de los ciudadanos de
w1 municipio, de los estudiantes y profesores de una Universi­
dad, de los empresarios y trabajadores de una empresa.
El cauce para hacer real esta participaci6n son los cuerpos
intermedios, sociedades infrasoberanas situadas entre el individuo
aislado y
el Estado, cuyo nacimiento, desarrollo y organizaci6n
debe estar
-según ya vimos-, alumbrado por el principio de
subsidiariedad.
De este modo queda garantizada la libertad y la participa­
ci6n; todos tienen el derecho e incluso el deber de participar,
pero cada uno lo hace eu un aspecto concreto de la realidad
na­
cional. Aspecto que conoce y entiende y en el cual puede de­
cirse que es «soberano».
Y la participaci6n, auténticamente política, tiene cabida a
través de los cuerpos sociales básicos como la familia, el muni­
cipio, la comarca, la regi6n, los gremios y sindicatos, los colegios
profesionales, hermandades, universidades, etc. Los representan­
tes de todos estos cuerpos queda bajo este sistema esbozado,
vinculados a sus electores,
por medio del mandato imperativo. El
representante, que tiene capacidad para serlo y ha sido elegido
por quienes le conocen,
es simplemente el portavoz de aquellos
a qnienes representa. Expone y defiende sus intereses y aspira­
ciones y si obra de manera contraria o diferente, puede ser re­
vocado por qnienes le eligieron.
Esta
es muy . resumida la conclusi6n que en orden a la par­
dcipaci6n se desprende de la concepci6n aristotélica, que consi­
dera al hombre como un animal por naturaleza destinado a vivir
en sociedad.
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WS PRINCIPIOS DEL ORDEN POLITICO CATOLICO
Complementariedad.
El tema de la participación del hombre en la sociedad, te­
niendo como criterio orientador el de la competencia, nos lleva
a la afirmación de otro de
los principios fundamentales del orden
político cristiano. Nos referimos al principio de complementa­
riedad, que por su propia naturaleza excluye el dogma
rousseau­
niano de la igualdad, que, sin embargo, se ha impuesto en la
política moderna, originando toda una serie disparatada de nue­
vos errores, que son, sin embargo, lógica consecuencia del
primero.
En efecto, si todos somos iguales, ¿qué más lógico que todos
tengamos
los mismos derechos y cometidos? Así, verbigracia, el
sufragio universal ( triunfo de la cantidad sobre
la calidad, como
diría Vázquez de Mella, o, en frase de Pío IX, mentira univer­
sal),
es una consecuencia lógica de este principio moderno de la
igualdad.
Frente a la idea de la igualdad natural de todos los hom­
bres,
la Iglesia, por boca de sus Papas no se ha 'cansado de re­
petir que los hombres sólo son iguales en cuanto creados por
Dios y redimidos por Cristo: están llamados a la salvación eterna.
Salvo en este aspecto, aspecto que por cierto no es tenido para
nada en cuenta por las doctrinas modernas, la naturaleza es
causa y origen de todo tipo de desigualdades. Desigualdades
fí­
sicas, de familia, culturales, económicas, profesionales, sociales,
etcétera.
Todas estas desigualdades traen consigo la complementarie­
dad, causa en cierto modo de la sociabilidad, pues el hombre
y las sociedades intercambian lo que tienen
con lo que les falta.
Lo que es igual no precisa de lo igual, sino de lo diferencial.
Por eso, complementariedad desde la primera institución natural,
la familia, cuyo núcleo lo constituyen no dos hombres ni dos
mujeres sino hombre y mujer. Complementariedad entre lo
ma­
nual y lo intelectual, complementariedad profesional, cultural,
municipal, regional y nacional; compleinentariedad,
armonía y no
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MARIA TERESA MORAN CALERO
dialéctica entre el capital y el trabajo, entre el empresario y el
obrero, entre el médico
y el enfermo, entre el cliente y abogado.
Es precisamente la desigualdad uno de los principios que nos
diferencian de las demás especies
animales y que conducen a la
vida social. No obstante,
si globalizamos el mundo animal nos
damos también cuenta de que la desigualdad y la complemen­
tariedad
es fuente del orden vital entre las especies como han
demostrado naturalistas y ecologistas en modernos estudios.
El bien común.
Junto a los anteriores principios hay que mencionar el prin­
cipio del bien común, que
es el que en realidad viene a legiti­
mar la acción política
y, de modo muy especial, el gobierno del
Estado. Este principio, que tradicionalmente ha servido de pauta para
diferenciar las formas de gobierno justas de las injustas, según
tiendan o no a su realización las comunidades políticas, consiste,
ante todo y básicamente, en que el gobierno de la comunidad
política, los gobernantes, procuren el bien de la comunidad,
de­
biendo procurar el conjunto de condiciones sociales que permi­
tan el desarrollo armonioso e integral de los miembros de la
co­
munidad; condiciones que permitan y favorezcan la adquisición
de una vida virtuosa por parte de
sus miembros, tal como Aris­
tóteles y
_Santo, Tomás habían observado.
Como había advertido San Isidoro, la legitimación del
go­
bernante exigía el cumplimiento de su conocida máxima: Rex
eris
si recte facies; si non facies non eris. Principio, el del bien
común, que
se co¡:,ttapone al individualismo liberal y a los colec­
tivismos marxistas que, prescindiendo de tal principio, identifican
el bien de la comunidad política con el de una clase de ciudada­
nos en particular, con lo que la comunidad política como tal
desaparece, siendo sustituida, en el mejor de los casos, por una
parte de dicha comunidad, con lo que, a la postre, tampoco
es
posible conseguir ese «bien» particular que se pretendía.
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LOS PRINCIPIOS DEL ORDEN POLITICO CATOLICO
Interesa destacar que la idea de bien común y la idea de
bien de la
mayoría no son necesariamente coincidentes; es más,­
generalmente son antagónicas, puesto que el bien común exige la
contemplación y la comprensión del orden de la naturaleza, ob­
jetivo e impreso por Dios en su obra creada, que el
hombre ha
de descubrir y respetar; por
el contrario, con las ideas surgidas
en la
modernidad ( especialmente desde el siglo de las luces), el
bien de
la mayoría tiene en la propia voluntad de quienes la
forman su única legitimación y razón de ser.
Análogamente, el bien común no puede reducirse al bienestar
material. El bien común
se refiere, necesariamente, a la comuni­
dad que no
es suma de individuos aislados, sino conjunto de per­
sonas, de cuerpos intermedios, de instituciones, de valores y
fi­
nes particulares o sociales que se integran y armonizan en aquel
bien superior. Al mismo tiempo, para su consecución, como re­
cuerda Vallet de Goytisolo, no puede atenderse únicamente al
momento presente, sino que necesariamente ha de tenerse tam­
bién en cuenta la historia y el porvenir dada la naturaleza de la
propia comunidad política.
El Estado,
al obrar conforme a este principio, esencial como
hemos dicho, ha de tener también presente
la justicia distributiva
y la justicia legal así como el principio de subsidiariedad al que
ya se hizo referencia.
La libertad y la autoridad.
Quiero hacer aquí un inciso para explicar el concepto de la
libertad, pues ha sido desfigurado y tergiversado, hasta el punto
de que hoy
con la misma palabra se están entendiendo concep­
tos totalmente diferentes y contradictorios entre
sí.
La libertad no consiste, como generalmente se afirma, en la
facultad que tiene el hombre de escoger entre dos alternativas
contrarias como pueden ser
el bien y el mal, la verdad y el error,
o
la santidad y el pecado.
Si la libertad consistiese en esa facultad de elegir entre dos
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MARIA TERESA MORAN CALERO
solicitaciones contrarias, habrían de deducitse, como deduce Do­
noso Cortés, dos consecuencias: una relativa a Dios y otra re­
tiva al hombre, que son de todo punto absurdas y por ello ina­
ceptables.
La relativa a Dios consiste en que, «no habiendo en Dios
solicitaciones contrarias, carece de todo punto de libertad, si la
libertad consiste en
la facultad entera de escoger entre dos con­
trarias solicitaciones. Para que Dios fuese libre era necesario
que pudiera escoger entre el bien y el mal, entre la santidad
y el pecado. Entre
la naturaleza de Dios y la de la libertad, así
definida, hay pues contradicción radical, incompatibilidad ab­
soluta».
La consecuencia relativa al hombre consiste en que siendo
éste libre
y debiendo ser perfecto, no puede crecer en perfec­
ción sin renunciar a ser libre, pues en la medida en que se in­
clina hacia el bien, se sustrae del mal, rompiendo la alternativa
de elección que existiría en un principio.
«Y comoquiera que sea absurdo suponer, concluye Donoso,
por una parte que Dios no puede ser libre siendo Dios, y por
otra, que
el hombre no puede alcanzar su perfección sin renun­
ciar a su libertad,
ni ser libre sin renunciar a ser perfecto, síguese
de aquí que la noción de libertad que venimos explicando
-la
vulgar-es de todo punto falsa, contradictoria y absurda».
¿En qué consiste pues la libertad? «Consiste
--continúa Do­
noso
Cortés-en la facultad de querer, la cnal supone la facultad
de entender. Todo ser dotado de entendimiento
y voluntad es Ji.
bre, y su libertad no es cosa distinta de su voluntad y de su
entendimiento juntos en uno».
Previamente a cualquier elección
se requiere el conocimiento
de lo que
se nos ofrece, y en el momento de la elección, es la
voluntad la que alumbrada por el entendimiento juega un papel
esencial.
« Si · la libertad está en entender y en querer, el hombre es
libre porque está dotado de inteligencia y de voluntad; pero no
es perfectacente libre, comoquiera que no está dotado de un
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LOS PRINCIPIOS DEL ORDEN POLITICO CATOLICO
entendimiento infinito y perfecto y de una voluntad perfecta e
infinita» .
La
imperfección de un entendimiento está en que puede
equivocarse y errar; la imperfección de su voluntad está en que
puede ser solicitada y vencida por el mal. Aunque el hombre
conozca la verdad y siga el bien,
· no puede hacerlo de una ma­
nera perfecta e infinita. Dedúcese de todo esto que sólo Dios es
libre ya que sólo Dios entiende y quiere la Verdad y el Bien de
manera perfecta e infinita.
Este concepto de libertad
es el que contiene el Evangelio,
que basa la libertad, no en la elección, sino en el conocitniento
y posesión de la Verdad. «Conoceréis la libertad y la libertad
os hará libres» (Jn, 8-33) y a sensu contrario: «En verdad, en
verdad
os digo, todo el que comete pecado es siervo del pe­
cado» (Jn, 8-35).
La traducción al orden exterior, a la vida social de esta con­
cepción acerca de la libertad, nos sitúa lejos de la teoría de los
círculos de la libertad independiente, según la cual la libertad
es algo que pertenece a uno mismo y que llega hasta las fronte­
ras de la libertad de los demás.
Nos sitúa lejos asimismo de las concepciones partitocráticas
que basan la libertad del individuo en la posibilidad que tiene
de votar, de elegir a
sus representantes, en el ejercicio del su­
fragio libre, como garantía de su libertad ante el Estado.
La libertad exterior en una sociedad, basada en el orden na­
tural, se manifiesta y se realiza en la misma estructura social
de la que el hombre forma parte. Familia, municipio, región,
corporaciones porfesionales, recreativas y culturales, aseguran a
través de su autonomía esferas concretas de su libertad que no
pueden ser quebrantadas, debido a la vigencia del principio de
subsidiariedad. El Estado, que
se nos muestra hoy como primer
enemigo de la libertad,
se encuentra frenado en sus decisiones
por todas
esas sociedades, que Enrique Gil Robles llama infraso­
beranas.
Junto a ellas, operan como difusoras de las libertades civiles
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MARIA TERESA MORAN CALERO
las leyes, derechos y fueros que . los gobernantes nacionales se
comprometen a mantener y difundir.
Y por encima de todo los principos de Derecho natural que
los gobernantes deben conocer
y tener en cuenta a la hora de
elaborar las leyes y de tomar decisiones políticas concretas. Prin­
cipos de Derecho natural que no son de este modo ideales o
quimeras, sino realidades operativas, garantía auténtica y real de
w libertad.
La existencia de la sociedad, por el mismo hecho de que es
continuo. intercambio, requiere de unas normas y regl_as que la
regulen, Estas normas constiuyen el derecho, que no es ni la ex­
presión de la voluntad de la clase dominante, según afirmaba
Marx,
ni tampoco la expresión de la . voluntad de la mayoría
que encontramos en Rousseau. Es por
el contrario la traducción
jurídica del orden natural, por una parte, y de
la necesidades
sociales, por otra; necesidades estas que han de ser conformes
con
la naturaleza de las cosas, o, cuando menos, resultarles indi­
ferentes.
Se deriva del orden natural la norma, según la cual por
una carretera con dos carriles, el carril a utilizar por los con­
ductores que viajan· en sentido opuesto ha de ser distinto; se
deriva de la voluntad del legislador que el carril adecuado sea
el derecho o el izquierdo, por ser ello. indiferente al buen orden,
en este caso, de la circulación.
Pues bien,
al no ser el hombre perfecto, al no estar guiado
siempre por el amor,
al no ser bueno por naturaleza, puede que­
brantar
y, de hecho quebranta, el conjunto de normas que se
llama derecho. Por eso, como afirma Juan Vallet en su intro­
ducción al
Pariorama de Derecho civil, es precisa la fuerza y el
poder. Es una necesidad, consecuencia derivada del pecado ori­
ginal. Ésta fuerza y este poder ha de estar detentado por los
en­
cargados de asegurar el orden, la libertad · y el cumplimiento del
derecho, que generalmente denominamos autoridad.
La pretensión de construir un orden social y político sin
autoridad, como propugnan los anarquistas, es, sencillamente
pretender una quimera, pues aun en el supuesto de que la auto-
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LOS PRINCIPIOS DEL ORDEN POLITICO CATOLICO
ridad concreta desapareciera, naturalmente surgiría inmeditamente
otra, sea del mismo o de distinto signo.
La existencia de la autoridad conlleva como necesidad
la
obediencia a la misma. Claro que no se trata de una obediencia
ciega y sin límites, pues en el supuesto en que devenga la autori­
dad en tiranía,
es lícito y aun obligado el derecho de resistencia.
bien sea pasiva o, incluso en casos extremos, activa. El Derecho
natural clásico nunca dejó de insistir en este aspecto y las 'auto­
ridades medievales y renacentistas lo consintieron. Véase, verbi­
gracia, la publicación en el siglo
XVI de la obra del P,. Mariana,
que lleva por título, ni
más ni menos que el tiranicidio. ·
Y ahí está también, en el pensamiento tradicional español,
esa increíble distinción entre la legitimidad de origen y la de
ejercicio. Y ahí están esas frases inmortales de
S. Isidoro: Rex
eris si recti facies, si, non facies non eris; y de Santo Tomás:
Los reyes son para los pueblos y no los pueblos para los reyes.
Conclusión.
Al acercarnos al año 2.000 todo cuanto acabamos de decir
conserva su vigencia. Es preciso, por ello, trabajar por su instau­
ración-y por su .restauración, como nos seguiría diciendo, ·con esas
mismas palabras que figuran en la portada de Verbo hoy y ma­
ñana, San Pío X.
Pero penetremos un poco en
el significado de las palabras
instauración
y resturación. Instauración porque , existen todavía
valores, principios cristianos que no han imperado en la
socie­
dades, porque existen territorios vírgenes de conquista por las
ideas cristianas.
Si la civilización cristiana hubiera sido perfecta, sólo habría
que hablar de restauración, no de instauración. En los mejores
momentos de aquella civilización hubo fallos, algunos de los
cuales quizá hayan sido corregidos, pero hubo también muchas
virtudes individuales y sociales; de
ahí la necesidad de su res­
tauración.
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Hel!l-Os, pues, de luchax por la restauración de un orden que
existió en el tiempo y
. en el espacio, pero no debemos olvidar
lo que de
positi~o han aportado los siglos posteriores.
Hemos de luchar por
la restauración de un orden que existió
en
el .tiempo y en el espacio, pero aquí hemos de quedarnos
sólo con los principios, porque las realidades han cambiado, y
la aplicación exacta de estos principios, tal y
como fueron ma­
terializados, no sería hoy adecuado.
No
se trata de actualizar los principios, pues éstos, por su
propia naturaleza, son inalterables, pero
si hay que pretender
estudiar las circunstancias en que dichos principios van a ser
aplicados, y que según sean los mismos requerirán una u otra
traducción, una u otra expresión concreta.
No se trata de trasplantar una sociedad que existió, al mundo
del siglo
XX. Esta pretensión es, sencillamente, conservadurista.
Se trata de aplicar siempre los principios y muchas veces servirse
de
la enseñanza que puede ofrecer el modo, a través del cual
estuvieron vigentes. Se trata, en definitiva, de hacer tradición.
Es decir, aprovechar lo que nuestros mayores nos han legado,
pero rechazar, asimismo, aquello que, aun hecho por nuestros
mayores, estimamos errado. Y, teniendo siempre presente
la idea
de renovación, según impongan las modificaciones accidentales y
existenciales. La tradición, decía
Sciacca, conserva renovando y
renueva conservando.
Hacer tradición es instaurar y restaurar. Hacer tradición cris­
tiana es instaurar y restaurar la civilización cristiana, la Ciudad
Católica, contra las teorías demoledoras de la Revolución y de la
Impiedad.
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