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La política como deber: sentido y misión de la caridad política

LA POLITICA COMO DEBER: SENTIDO
Y MISION
DE LA CARIDAD POLITICA
por
MIGUEL A YUSO TORRES

LA POLITICA COMO DEBER: SENTIDO Y MISION
DE LA CARIDAD POLITICA
«El abismo entre el mundo del espíritu y el de la
realización creadora amenaza seguir siendo infranquea­
ble. El saber sólo no tiene ningún sentido; debe lle­
var al obrar ... Si la Política no es ya expresión del
más profundo
anhelo humano de formación, entonces
es
la obra despreciable de pequeños burgueses ambicio­
sos de medrar».
(EnGAR J. JUNG: Die Herrschaft der Minderwertigen)
l. DEL "BOOM" DE LA POLÍTICA AL ESCÁNDALO DE LA POLÍTICA.
Se habló del «crepúsculo de las ideologías», se extendió la
pattida de defunción a la política
-básicamente ideológica-,
se afirmó que se imponían los expertos ( 1 ), no se nos dio un
atdite por lo que no fueran cifras, eficacia o técnica.
Comenzó
el mesianismo de los tecnócratas.
Sin embargo
-lo que son las cosas-, no mucho tiempo des­
pués se consideró insuficiente la eficacia, se dio muerte al «Es­
tado de obras» pata crear un «Estado de Derecho» del más
rancio abolengo ideológico liberal. Y, junto a esta «transición»,
junto a esta «reforma», como cada bulto trae su sombra, un nue­
vo resurgir de la política.
La preocupación por la política salta de los cenáculos inte­
lectuales en que
se hallaba recluida y se extiende a amplios secto­
res de la población. Pero este «boom» de la política, este esta-
(1) G. Fernández de la Mora, El cr&pµsculo de las ideologias, Ríalp,
Madrid, 1965.
351

.MIGUEL AYUSO TORRES
llido y expansión, no ha venido acompañado de un conocimiento
suficiente de los principios que rigen el desenvolvimiento de esta
ciencia. Así, la difusión apresurada
y sorprendente ha producido
el desconcierto
y la equivocidad al manejarse conceptos, oscu
ros a veces, abstractos otras, sin explicación previa.
Contraviniendo el consejo de Blanc de Saint Bonnet (2) se
han lanzado palabras a las muchedumbres sin explicar su signi­
ficado y, en consecuencia, gran parte del maremagnum actual
tiene
alú su raíz, ya que en la moderna Babel de las ideologías
-al contrario que en el relato bíblico--,-es la confusión de las
ideas la que impide que nos entendamos aun usando las mismas
palabras ( 3
).
Y es que la política de que tenemos conocimiento y por la
cual padecemos no es aquella «ciencia más noble y alta» y aquel
«oficio
más noble que existe en la tierra», que cantara Brunetto
Latini, sino el «arte de engañar
a los pueblos» propugnado por
D'Alambert ( 4
). Más tendente a satisfacer rastreros intereses
personales que a procurar la
paz y el progreso espiritual de los
pueblos.
Junto al augusto perfil de
la gran política aparece así -en
caricatura-la politiquilla de pactos y transacciones, de opor­
tunismos
y medros. Parece como si el noble personaje hubiera
ido a pasearse por el madrileño Callejón del Gato
y, reflejadas
sus facciones en los espejos cóncavos del esperpento valleincla­
niano (5), aparecieran distorsionadas
y deformadas.
(2) Cit., por Jean Ousset, en Para que El reine, Speiro, Madrid, 1972,
pág. 112.
(3) Cfr. Juan Vallet de Goytisolo, «El concepto de "bien común"»,
er. ABC de 14 de julio de 1967, recogido en el volumen Algo sobre temas
de hoy, Speiro, Madrid, 1972, pág. 105; cfr., asimismo, Juan Donoso Cor­
tés, Obras Completas, BAC, Madrid, 1946, t. II, pág. 677.
(4) Cit., por Eugenio Vegas Latapie, en «Abstencionismo político»,
en Acci6n Española, núm. 34, 1 de agosto de 1933, también recogido en
Escritos Politicos, Cultura Española, Madrid, 1940, págs. 71-72.
(5) Ramón Maria del Valle-Inclán, Luces de Bohemia, escena duo­
décima,
352

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
Decía Jaime Balmes (6) que «en el gobierno de las naciones,
la política pequeña
es la política de los intereses bastardos, de
las intrigas, de la corrupción; la política grande
es la política de
la conveniencia pública, de la razón, del derecho».
De la política vinculada
-y subordinada-a la ética -éti­
ca objetiva y realista que se apoya en el principio «operari se­
quitur esse»-pasamos a la política como orden autónomo y
ajeno a la filosofía y a la moral, política frívola
y menguada del
maquiavelismo.
Esta
es la causa de que crezca nuevamente el desprecio por
la política, el «abstencionismo político» a que luego nos referi­
remos. Tras las ilusiones vienen las frustraciones, y la concien­
cia de la miopía padecida conduce, finalmente, a la abominación
del objeto, en nuestro caso de la política.
Ya. decía Goethe que
contra nada somos tan severos como contra los errores abando­
nados. Es el escándalo de la política.
¿ Quién no ha recibido alguna vez la cariñosa recomendación
de «no te metas en política»?
¿ Y quién no ha oído repetir el
lema, que Sardá y Salvany critica por consagrar una falsa incom­
patibilidad, de «nada, ni un pensamiento, para la política; todo,
hasta el último aliento, para la Religión»? (7).
Quizá, por eso, algún «biem.pensante» puede encontrar sor­
prendente el título -la política, ¿un deber?-y escandaloso el
subtítulo
-¿caridad política?-de esta ponencia.
Quienes sienten repugnancia física por la política no
com­
prenden que se pueda predicar de ésta el bellísimo retrato que
de la caridad nos dejara San Pablo (8): «es paciente,
es be­
nigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha vana­
mente, no es ambiciosa, no busca su interés, no se irrita; no re­
para el mal que se le hace, no se goza con la injusticia, mas se
(6) Jaime Balmes, El Criterio, cap. XXII, § XXXII (12.' edici6n
de
la Colección Austral), Espasa-Calpe, Madrid, 1977, pág. 205.
(7) F. Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado (6." ed.), EPC, Ma­
drid, 1936, págs. 169 y sigs.
(8) Eplstola de los Corintios, 13, 47.
., 353

NIGUEL AYUSO TORRES
complace con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo sufre».
Mas, se nos dirá, ¿no está la política, acaso, en los antípo­
das de la anterior descripción? ¿Cómo, pues, conciliar lo incon­
ciliable,
unir en monstrnoso maridaje esta «contradictio in re et
in terminis»?
Y, sin embargo, la expresión «caridad política» no
es inven­
ción de quien
firma estas líneas, ni de quien con renovada ilu­
sión hace posibles, año tras año, estas jornadas. Ha sido acuña­
da por los Papas, como en su lugar veremos.
Por eso, esta reflexión política. Pata que quede clara
y res­
plandezca en plenitud
la «caridad política», el deber de hacer
política.
11, DIMENSIÓN PLENA DE LA POLÍTICA.
Modernas tendencias en el campo de la sociología han con­
trapuesto dos esferas irreductibles. Aunque la terminología es
multívoca y confusa podríamos distinguir entre la esfera de lo
social y la esfera de lo político, sociedad y política: mientras la
primera
se ocupa de los intereses patticulares de los grupos (lla­
mados, por eso mismo, «sociales»), la seguoda, centrada en los
intereses generales,
se personifica en el Estado. Habría, así, una
superestructura estatal que
se sobrepone y domina a la infraes­
tructura social.
Desde esta perspectiva, hablar de política
es aludir al aparato
coercitivo de un Estado enervante y absorbente, «monstruo con­
cebido en el Renacimiento, parido por la Revolución, desatrollado
en
el napoleonismo, congestionado en el hitlerismo» (9). Y hablar
de sociedad
es presentar el entramado existencial e histórico de
las libertades concretas de los cuerpos intermedios.
Son, en suma, las ideas enfrentadas de «cooperación»
y «po-
(9) Berttand de Jouvenel, El poder, Editora Nacional, Maárid, 1956,
pág. 8.
354

LA POUTICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
der» ( 10), que nos descubren dos modos distintos de estructu­
ración con su correspondiente repercusión jurídica: la coopera­
ción da lugar a estructuras sociales y el poder crea estructuras
estatales.
La primera se verifica en relaciones -o nexos traba­
dos por la autonomía de la
voluntad-constitutivas de Derecho
privado; el segundo
se hace patente en situaciones -o ubicacio­
nes en las hipótesis previstas por las normas estatales--de ca­
rácter eminentemente publidstico, según la distinción trazada por
el profesor D'Ors (
11 ).
El esfuerzo desarrollado de consuno por la Doctrina Social de
la Iglesia y por el Tradicionalismo español en la protección de
las libertades civiles o sociales de la intervención depredadora del
Estado, también incide en este orden de ideas. Así,
el expresivo
lema tradicionalista «más sociedad y menos Estado», y así la
dis­
tinción entre soberanía politica y soberanía social acuñada por
Vázquez de Mella ( 12). O
el «país real» que Maurras oponía al
asfixiante «país oficial».
Desde unos presupuestos distintos Antonio Gramsci distinguió
entre
sociedad política y sociedad civil ( 13 ), advirtiendo que el
grave error de los comunistas había sido creer que el Estado no
se apoyaba sino sobre su aparato político, y propiciando la con-
(10) José Javier López Jacoiste, Concepto y método del Derecho civil,
Madrid, 1966.
(11) Alvaro D'Ors, «De la privata lex al Derecho privado y al De­
recho civil», en Boletín de Facultade de Direito, Coimbra, 1950, págs. 50
y sígs., recogido también en Papeles del oficio universitario, Rialp, Madrid,
1961, pág. 257.
(12) Juan Vázquez
cu, Mella, en múltiples discursos, artículos y confe­
rencias. Cfr, «La Monarquía Tradicional» (Discurso en el Parlamento, el
30 de junio de 1916), en Obras Completas, Junta del Homenaje a Mella,
Madrid, 1932, t. X, págs. 286 y sigs.; y el «Discurso de la Semana Regio­
nalista de Santiago> (31 de julio de 1918), en Obras Completas, t. XXVII.
(13) Antonio Gramsci, Quaderne del carcere. Gli intelectualli e la or­
ganizazione della cultura, vol. 111, Riuniti, 1971, pág. 9, escribe definiendo
a la societa civile, como «el conjunto de los organismos denominados pri­
vados ... , que corresponden a la funci6n de hegemonía que el grupo domi­
nante ejerce sobre toda
1a sociedad».
355

MIGUEL AYUSO TORRES
quista de los cuerpos sociales como presupuestos de la definitiva
toma del poder.
Alain de Benoist, encabezando
al grupo GRECE y la «Nou­
velle Droite», ha insistido en un planteamiento análogo. En
su
libro «Les idées a l' envers» ( 14) renueva las pretensiones del
Kulturkampf opinando que es imposible la toma del poder polí­
tico sin el previo control del poder cultural. Por eso
se ha podido
hablar de un «gramscismo de derecha» (15).
Sin embargo, cuando aludimos aquí a la política, no lo
hace­
mos desde esta perspectiva reduccionista y estatista -siquiera
sea para criticarla, como en el caso de la doctrina pontificia o
del pensamiento
tradicional-, . sino que usamos esta voz en su
acepci6n clásica y amplia de «arte de dirigir las comunidades
hacia su
fin, que es su bien propio».
Por otro lado, esta vuelta a
la concepción plena y clásica de
la política se atisba también -aun con contradicciones-- en el
«enfoque de poder» de la nueva sociología norteamericana que,
rompiendo con el legalismo formalista a lo Marx Weber (16),
no reduce a un solo nivel
la vida pública, sino que estudia el
poder -eje de la vida política-en los distintos grupos organi­
zados, distinguiendo varios niveles: micropolítica, mesopolítica,
macropolítica y megapolítica.
La actividad directiva de la política no se refiere sólo al Es­
tado -aunque evidentemente lo incluya-, sino que dice rela­
ción con
el cuidado de cualquier comunidad. Hay, pues, junto
a la paradigmática política que tiene por fin el Estado, una polí­
tica regional o municipal, e incluso en sentido
más amplio una
política gremial o universitaria. Pues los grupos sociales en
los
que encarna la persona concreta -y no el individuo abstracto
entregado maniatado
al coloso estatal-son los supuestos a los
(14) Editions Libres-Hallier, 1979, 298 págs.
(15) Cfr. Georges Gondinet, «Les ambiguités du gramscisme de droi­
te», en T otalité, núm. 10, noviembre-diciembre de 1979.
(16) Max Weber, en El politico y el cientlfico (6.• ed.), Alianza Edi­
torial, 1980, en sus págs. 82-84, considera la política como «aspiración a
participar en
el poder dentro del Estado».
356

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
que ha de referirse la actividad práctica de la política, según el
adagio escolástico «actiones sunt suppositorum».
Absurdo teórico y práctico es, pues, construir una concepción
política a partir del individuo puro o abstracto,
es decir, «desem­
barazado del medio y de las realidades históricas en que por
naturaleza
se ha de hallar inserto en su ser y en su obrar» ( 17).
Sería, por consiguiente, un error referir sólo al Estado
y al
campo de los partidos el deber de la política para un católico.
Pero no menos erróneo y grave sería -por reacción contraria al
estatismo-excluir de nuestra acción la dedicación a la política
estatal, considerada a veces en los medios católicos como «activi­
dad apestada».
T enemas
-y en esto ha insistido por vocación fundacional
la Ciudad Católica-una labor capilar de reconquista social por
realizar, pero tenemos también que «ponerle
el cascabel al gato
y apoderarnos del Estado»
(18).
DI. .ABSTENCIONISMO POLÍTICO Y FUNDAMENTOS
PARA UNA CARIDAD POLÍTICA,
«Initium doctrinae sit consideratio nominis», decían los an­
tiguos escolásticos, que, como es sabido, antes de introducirse en
el anállsis de una cuestión y después de enunciar una tesis, pro­
cedían a explicar los términos o nombres de que estaba
com­
puesta.
Depurado
ya el término de nuestro análisis, y nítido su sig­
nificado, podemos ya establecer las premisas 'de las que habrá
de extraerse
como conclusión la tesis proclamada en el título.
Existen dos actitudes vitáles del hombre ante el problema
(17) Rafael Gambra, La monarquía social y representativa en el pensa­
miento tradicional (2.• ed.), Organizaci6n Sala Editorial, Madrid, 1973, pá­
gina 4 3. '"".;.,....---1
(18) Ramiro de Maeztu, «Religi6n y Monarqufa», en La Epoca, de
2 de marzo de 1936; recogido también en En visperas de tragedia, Cultura
Española, Madrid, 1941, pág. 64.
357'

'MIGUEL AYUSO TORRES
del devenir histórico, que cristalizau en dos tipos humanos ca­
racterísticos. Son la actitud estética y la ética: la primera es sua­
ve y acompasada con la realidad, a la cual se pliega; la segunda
es estridente y suele ir contracorriente de los acontecimientos,
pues nace con la pretensión de enderezar entuertos, deshacer agra­
vios
y gobernar --dentro de la libertad que nos deja la Provi­
dencia-la naturaleza y la historia.
La primera actitud a que nos hemos referido -podemos de­
cir con el profesor Gambra-«es el dominio de lo que Kierke­
gaard ha caracterizado
como estadio estético de la vida de los
hombres. Así como el hombre ético y religioso se entregan a una
objetividad
y reconocen sobre sí unos valores trascendentes, el
estético habita en la subjetividad. Es capaz de percibir, y aun de
cantar, las emociones de cualquier empresa objetiva, pero no se
comprometerá en ninguna» (19).
Los tipos en los que encarnan estas actitudes son también
diferenciados: los espectadores
y los protagonistas. El espectador
:mantiene en todo momento 'una visión extrínseca y, por lo tanto,
perspectivista. Estamos lejos de la visión de las cosas por trans­
parencia,
que es la que engendra convicciones. Será capaz --el
espectador-· de encontrar en las cosas valores de tipismo o emo­
tividad, pero -amparándose en el buen juicio y la ponderación­
estará incapacitado para cualquier género de compromiso o de
lo que los franceses llaman, con vocablo intraducible, engage­
ment (20).
Expone cualquier hecho con neutralidad y asepsia, pero aun
así «su ingravidez espiritual no le ha librado de la desesperación.
Así paga su pecado de no querer ser profundo, de no apreciar
sus propósitos e íntimos valores» (21 ). Es el existencialismo que
a
la vez prolonga y da fin a los siglos de civilización racionalista.
Juan José López Ibor lo ha descrito con profundidad
psi-
(19) RAfael Gambra, op. cit., pág. 43.
(20) Idem,
El silencio de Dios, Prensa Española, Madrid, 1968, pá­
ginas 35 y sigs.
(21) Juan José L6pez loor, El español y su compleio de inferioridad
(7.• ed., aumentada), Rialp, Madrid, 1969, pág. 189.

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
cológica: «nadie puede aspirar, ni aun en el campo de la cul­
tura, a ser un mero espectador. No podemos contemplar con so­
siego desde la orilla la corriente turbulenta del río, porque nos
bailarnos metidos en ella» ( 22
).
El «arte por el arte» a lo Teophile Gautier, el intelectual al
estilo orteguiano (23) que contempla el «gran teatro del mundo»
sin bajar a la arena de la escena, o el
turista de nuestro si­
glo xx (24 ), son las grandes plasmaciones del individuo estético.
El protagonista, en cambio, rechaza
la insolidaridad del es­
tela y se afana en la consttucción de la Ciudad que, como señaló
Aristóteles (25), «no consiste en
la comunidad de domicilio, ni
en la garantía de los derechos individuales, ni en las relaciones
mercantiles. Es la comunidad en el bien para alcanzar una exis­
tencia humana virtuosa».
Esta diferencia entre espectadores y protagonistas es la que
existió entre los primeros enciclopedistas
-que esperaban la caí­
da del oprobioso Antiguo Régimen de un proceso natural e im­
parable en el que la razón, en su avance incontenible, disiparía
las brumas de la intolerancia
y la superstición-y Rousseau que;
al considerar la sociedad como depravadora de las buenas ten­
dencias humanas, propugna la destrucción de esa fuente de
co­
rrupción de modo revolucionario.
Es la diferencia que vio Marx (26) cuando señaló
g_ue «los
filósofos no han hecho
más que interpretar de diversos modos
el mundo, pero de lo que se trata ahora es de transformarlo»:
Cuestión aparte -ocioso es decirlo-es qué clase de com­
promiso se establece. Tenemos en nuestro siglo el ejemplo de
(22) Idem, op. cit., pág. 183.
(23) Una perfecta caracterización del intelectual como espectador pue­
de verse en J. J. López Ibor, Discurso a los ·universitarios espdñoles (4.ª
edición, revisada), Rialp, Madrid, 1964, pág. 145. También el artículo «Ver­
dad y perspectiva», de Ortega, en la selección de-El Espectador, hecha por
Gómez de la Serna, Salva!, Estella, 1973, págs. 17-26.
(24) Cfr. Rafael Gambra, op. últ. cit., págs. 36 y sigs.
(25) Politica ... , cap. V.
(26) 11." tesis sobre Feuerbach.
359

MIGUEL AYUSO TORRES
una literatura comprometida que es sinónima de literatura al
servicio del Partido Comunista y la Revolución. Mas no se ve la
razón por
la que éstos hayan de tener el monopolio del com­
promiso.
Lo mismo ocurre con la transformación que se pretende rea­
lizar. Si nna que devuelva al hombre su «dignidad de hijo de
Dios» dentro del orden natural ínsito por Dios en su obra
crea­
dora, u otra que pretenda recrear la realidad a partir de unos
esquemas mentales prefijados e irrazonados, emanación del «yo»
subjetivo, que petpetúa
el ensorbebecido «non serviam» luciferi­
no.
Si una transformación resultante de leer en la naturaleza de
las cosas, u otra producto de una
praxis artificial y disgregadora.
Sea como fuere, el intelectual extrinsicista siente repulsión
por la actividad política. No quiere enlodarse en los problemas
de la Ciudad, siempre conflictivos y arriesgados. Prefiere contem­
plarlos desde su torre de marfil, a la que no llegan salpicones de
harto que puedan deslucir su níveo plumaje. Y responde con
Caín a quienes le echan en cara su despreocupación por
los pro­
blemas colectivos: «¿acaso soy
yo el guardián de mi herma­
no?» (27).
Apóstrofe al que replicó, también hace muchos siglos,
y de
una vez para siempre, Terencio: «HOmo sum, nihil humanum
me alienum: puto» (28).
· El tema del abstencionismo pol!tico -abstracción hecha de
la causa de que procede, que puede ser la actitud estética,· pero
que puede tener
.su origen en otras y diversas fuentes--cae
también dentro del análisis emprendido, pues no es sino la otra
cara, el reverso o el envés del deber de hacer política.
Desde los primeros tiempos
se ha acusado a los cristianos de
desidia o desinterés por los asuntos temporales.
Ya se lo decían
los gentiles a Tertuliano, y el ardiente apologista les respondía
así:
«¿Nosotros inútiles? ¿Nosotros ociosos? No podéis decirlo
de quienes comen y visten y se mantienen como vosotros y en~
(27) Génesis, 4, 9.
(28) Heautontímorumenos, 77.
360

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
tre vosotros. No somos brahamanes o fakires que vivamos en la
selva, lejos de la vida social» (29).
Después
se pretendió explicar la ruina del Imperio Romano
por la labor «corrosiva» del cristianismo.
Lo que provocó la con­
tundente réplica de San Agustín: «Los que dicen que la doctrina
de Cristo es contraria al bien del Estado, que nos den un ejér­
cito de soldados tales como los hace la doctrina de Cristo; que
nos den tales gobernadores de provincia, tales maridos, tales
es­
posas, tales padres, tales hijos, tales patronos, tales obreros, ta­
les reyes y jueces, tales contribuyentes y exactores del fisco cua­
les los quiere
la doctrina cristiana».
Frente
al «infierno son los otros» del existencialismo ateo,
sabemos que «ciudad fortificada es el hermano para
el herma­
no» (30). Frente
al egoísmo disgregador, la fuerza unitiva de la
sangre de Cristo.
Y
es que el «tantum sceis, quantum operaris», quizá filosó­
ficamente discutible, de Juan Luis Vives, sigue teniendo a su fa­
vor la tremenda fuerza de la autenticidad.
León
XIII ya apuntó en· Inmortale Dei que no es lícito cru­
zarse de brazos ante las contiendas políticas. Y Pío
XII señaló
que «un cristiano convencido no puede encerrarse en un cómodo
y egoísta aislacionismo cuando es testigo de las necesidades y
miserias de sus hermanos» (31 ).
Sin embargo, muchos se complacen en repetir la letrilla gon-
gorina de resonancias materialistas:
«Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno».
Y otros
se esconden tras bellos escudos de inhibición místi­
ca. No comprenden --como indicó Eugenio Vegas-«que no
(29) Apologeticon, 42.
(30) Prov., 18, 19.
(31)
Pío XII, «Gravi», Mensaje navideño de 1948, núm. 18. En Do­
cumentos políticos de doctrina pontificia, BAC, Madrid, 1958·, pág. 962.
361

MIGUEL AYUSO TORRES
vale que uuo quiera desentenderse de la política, la política le
sigue
y le acucia. Es la política la que impone condiciones de
trabajo que llevan al comercio
y a la industria camino de la rui­
na; es la política la que introduce la desuni6n en el hogar y la
socava su fundamento religioso». Y apostilla: «Es la política, cier­
tamente; pero la política ajena; la
política de los que no podrían
triunfar
si nosotros hiciésemos, con la intensidad necesaria y la
constancia debida, nuestra política» (32).
No podemos hacer abstracci6n de las circunstancias en que
vivimos, desentendiéndonos de ellas; no somos esencia pura e
incontaminada que se realiza en d vacío; no podemos guardar
para los «iniciados» el dep6sito de la Fe y la Verdad. No nos
salvamos o condenamos solos, sino arrastrando un puñado de
almas hacia
la salvaci6n o la perdici6n.
Y es que no cabe confiar exclusivamente en una solución «a
lo divino» de nuestros problemas. El «non praevulebunt» es usa­
do, a veces, incorrectamente para enmascarar silencios dolosos y
omisiones inexcusables. Que el infierno no prevalecerá contra la
Iglesia lo sabemos por promesa divina,
y forma parte de la Re­
velaci6n. Pero que no prevalecerá en la España del último tercio
del· siglo xx no está escrito en parte alguna.
Escudarse en un c6modo rechazo del «catastrofismo» o de
los
«profetas de las calamidades» y entonar un vibrante canto a la
confiama eh el futuro es confundir lamentablemente la virtud
teologal de la
esperama con un optimismo suicida. Nuestras in­
quietudes -podríamos decir con Gustave Thibon-«no van di­
rigidas al triunfo final del bien, sino a las amenazas que pe­
san sobre
el mundo temporal a cuya gesti6n nos ha asociado
Dios» (33
).
(32) Eugenio Vegas Latapie, op. cit., págs. 72-73.
(33) Gr. Gustave Thibon; El equiiibrio y la armonia, Rialp, Madrid,
1978, págs. 72-74. También Enrique Gil Robles, Tratado de Derecho Po­
lítico según los principios de la Filoso/fa y el Derecho cristianos (3.ª ed.),
Afrodisía Aguado Madrid, 1961, t. II, pág. 331, nota 1, donde critica el
sociologismo de vuelo corto que al socaire de los ·«hechos consumados» en­
gendra un fatalismo conservador pseudo-cristiano.
362

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
Ver el peligro allí donde está y buscar las soluciones que per­
mitan su eliminación, no
es faltar contra la esperanza sino no
dejarse arrastrar por un alegre, confiado e inhibitorio optimismo.
El lema de Santa Juan de Arco
es patente de segutidad: «Los
soldados combatirán y Dios
dará la victoria». Lo que es lo mismo
que decir
con San Ignacio que hay que confiar en los medios
divinos como si no existiesen los humanos, y usar de éstos como
si no contásemos con aquéllos. Es decir, la conjunción armoniosa
de esperanza con caridad.
Criticado el «abstencionismo político» queda despejada una
de las principales objeciones a la tesis que venimos sustentando.
Aparece
ya libre el camino para afrontar el estudio de los hechos
de diferente orden que sirven de fundamento a
la actividad po­
lítica. Fundamentos que, por lo demás,
se interpretan y so­
brecruzan matizando de modo diverso una idea-madre.
A) En primer lugar, un fundamento previo de orden on­
tológico:
Guizot, gran sacerdote del liberalismo individualista,
dio la consigna en que
se encerraba toda una filosofía política:
«Enriqueceos» ( enrechissez vous). Era la gran consigna de un
ca­
pitalismo liberal en el que Marx Weber coligió las influencias
y las formas de la época calvinista ( 34
). Era el «atesorad bienes
materiales», el «beati possesores» entendido no en su noble sen­
tido clásico sino como réplica irreverente al «beati pauperes».
Porque los bienes materiales provocan una actitud de clausura:
el dominio es excluyente, un «ius excluiendi alienas»; de tal
suerte que la dádiva, la donación, la liberalidad producen un co­
rrelativo empobrecimiento de nuestro patrimonio.
Pero no ocurre lo mismo con los bienes espirituales: el bien,
la. verdad -lo que veremos inmediatamente-necesitan su di­
fusión. Y la persona que comunica el bien y la sabiduría se en­
riquece por esta su donación. El ser espiritual no clausura sino
que abre nuevas y desconocidas vetas de riqueza.
(34) Cfr. su obra La ética protestante y el espfritu del capitalismo,
Ediciones Península, Barcelona, 1969.
363

MIGUEL AYUSO TORRES
De resultas, cuanto más se da, más riquezas espirituales se
obtienen, y no sólo en el Cielo --donde no llega la polilla ni la
carcoma, y a donde no tienen acceso los ladrones-sino también
en nuestra propia personalidad humana.
Por eso, el nuevo individualismo, preocupado
más del tener
que del ser, no podía concluir sino en el desprecio por la po­
lítica.
Hay, pues, en la actividad política, un fundamento que
de­
riva de la especial naturaleza de las realidades espirituales, del
ser espiritual.
Pero es que, además, como es sabido, «nemo dat quod non
habet». De donde se deduce la necesidad de una previa labor de
interiorización y de perfección. Hay que acumular riquezas
es­
pirituales para después poder distribuirlas con largueza. «Llenad
antes de derramar», aconsejaba
ya San Bernardo.
¿Y cómo conseguir esta perfección? Escuchemos a Santo
To­
más de Aquino: «De dos maneras puede ser perfecta una cosa.
De la primera, según
la perfección de su propio ser, que le con­
viene según su especie propia. Pero como el ser específico de
una cosa
es distinto del ser específico de otra, resulta de ello que
en toda
cosa creada, a la perfección que así posee, falta toda la
perfección absoluta que se encuentra en la perfección análoga­
mente poseída por todas las demás especies; de tal suerte que la
perfección de toda cosa considerada en sí es imperfecta, como
parte de la perfección total del Universo, que nace de
la reunión
de todas estas perfecciones particulares juntas.
«Y, entonces, para que haya remedio a esta imperfección, se
encuentra en las cosas creadas otro modo de perfección, según
el cual, la perfección que corresponde a una cosa se encuentra en
otra diferente. Tal
es la perfección del conocedor, en tanto que
tal, porque en tanto que conoce lo conocido existe en
él en cier­
to modo
... » (35).
Es la perfección del conocimiento, de la que nadie puede pres­
cindir, pues nadie puede renunciar a enriquecerse por el conocí-
(35) De Veritate, 2, 2.
364

LA POLlTICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
miento de los demás. En este orden, Santo Tomás, nos promete
en el texto inmediatamente citado: «el perfeccionamiento de
nuestro ser, el complemento de nuestra perfección con la ajena,
la multiplicación de nuestro ser, la iniciación de una vida supe­
rior» ( 36
).
B) Fundamento de orden gnoseológico: la misma perfec­
ción del acto intelectual exige su trascendencia al exterior, su
ex­
presión y su difusión. Ya lo escribió el cardenal Gomá (37):
«Siempre será verdad que el pensamiento manda. A
la etapa pu­
ramente intelectual de la idea siempre sigue el período de pro­
selitismo;
y si con él se llega a la conquista de una porción con­
siderable de las masas, la idea encuentra fácil acceso al poder po­
lítico».
El convencimiento tiene por objeto
la verdad. En la lógica
matetial clásica
- entre
esa verdad -entendida al modo realista como «adequatio
rei et intellectus»-y el error, por encima de las oposiciones de
una pseudo-lógica moderna que sólo conoce la dialéctica de te­
sis y antítesis.
Y
la verdad tiene una gran fuerza expansiva. De hallazgo de
la inteligencia pasa a motor de la voluntad y conductor de la
sensibilidad. Es entonces cuando
se comprende en plenitud que
la luz no sea para esconderla debajo del celemín, sino para po­
nerla en el candelero iluminando así a los moradores de la casa.
Y cuando adquieren sentido las palabras de Cristo: «lo que
os digo al oído, voceadlo», pues decibisteis la luz para comuni­
carla por medio del amor
y de la entrega.
C) Fundamento de orden moral: El bien es, por su propia
naturaleza, comunicable: «bonum est sui
diffusivum», lo que
eótá, en cierto modo, conectado con la clásica sentencia de Aris-
(36) Cfr. Ramiro de Maeztu, en una bella exégesis del texto tomista
citado, en
Acción Española, mayo de 1935. Recogida también en el libro
Defensa del Espiritu, Rialp, Madrid, 1958, págs. 114-140.
(37) Cardenal Gomá: Carta Pastoral «Horas Graves», recogida en el
vol.
Antilaicismo, Rafael Casulleras editor, Barcelona, 1935, vol." 11, pá­
gina 254.
365

MIGUEL AYUSO TORRES
t6teles que recogió San Ignacio: «El bien cuanto más universal,
ffiás divino».
De ahí deriva, precisamente, la dignidad de la política como
ciencia. Si la jerarquía de las ciencias se establece en relación a
la nobleza y perfección del objeto, hay que concluir con Santo
Tomás que la política «es la principal de todas
las ciencias prác­
ticas· y la que las dirige a todas, en cuanto que considera el fin
perfecto y último de las cosas humanas» (38).
Se ocupa, efectivamente, dirá posteriormente (39), «del bien
común, que
es mejor y más divino que el bien de los particu­
lares».
Pero
si profundizamos en la comunicabilidad del bien, in­
dagando la causa a que debe el poseer esa propiedad, nos en­
contraremos con importantes implicaciones ontológicas.
Pues el bien, en su raíz metafísica, no es sino el ser mismo
en cuanto deseable, un aspecto trascendental del ser. De suerte
que, si quiere comprenderse por qué tiende espontáneamente a
difundirse, hay que volver necesariamente a la actualidad inma­
nente del ser (39 bis).
La comunicabilidad del bien, pues, obtiene una especial fir­
merza de su interpretación con las órdenes del ser y del conocer,
confirmando el adagio «ens, .bonum et verum convertuntur».
D) Fundamento de orden teológico:
La argumentación
usada para el orden natural no
se destruye sino que se confir­
ma y acrecienta en el sobrenatural.
La gracia divina no hace sino realzar la comunicabilidad del
bien, pudiéndose afirmar paralelamente, y sin temor a yerro, que
la «caridad
es difusiva». Precisamente, la política es hija de esta
caridad que acosa: urget nos. Pues no
es más que un medio de
dar a conocer
el mundo las inconmensurables riquezas de Cris-
(38) Santo Tomás de Aquino, Comentario a la politica de Aristóteles,
prólogo.
(39) Idem, op. últ. cit., lección 1.•, capítulo 1.•, núm. 11.
(39 b1s) CTr. Etienne Gilson, El espíritu de la filosofía medieval,~
Rialp, Madrid, 1981, págs. 100 y sigs.
366

LA POUTICA COMO DEBER: LA CARIDAD POUTICA
to (40), una forma privilegiada de apostolado: «La imitación de
Cristo suscitará multiplicidad de formas de apostolado en los di­
versos campos donde las almas están en peligro o donde
se hallan
comprometidos los derechos del divino rey» (41).
Por todo lo anterior, sería perfectamente lícito hablar de
caridad politica, aunque en una consideración estricta y riguro­
samente teológica
se haga difícil admitir como virtud política
lo que de suyo
es virtud teologal.
Pero, por si la argumentación fuera insuficiente, añadimos
como argumento de autoridad -en cuanto a la terminología-un
texto de Pío
XI en que se acoge esta expresión: «Los jóvenes
se preguntan, a veces, si, aunque católicos, pueden ocuparse de la
política. Y después de haberse entregado a estudios sobre este
particular terminan por establecer ellos mismos las bases de la
buena, de la verdadera, de
la gran política ... Obrando así, com­
prenderán y cumplirán uno de lo más grandes deberes cristianos,
porque cuanto más vasto e importante
es el campo en el cual
se puede trabajar, tanto más imperioso es el deber. Tal es, pues,
el dominio de la política, que mira los intereses de la sociedad
entera,
y que bajo este aspecto es el campo de la más vasta ca­
ridad, de la caridad politica, de la que podemos decir que nin­
guna otra le supera, salvo la de la religión. Bajo este aspecto,
los católicos y
la Iglesia deben considerar la política» ( 42).
IV, EL DEBER DE HACER POÚTICA: ANÁLISIS FILOSÓFICO
Y MAGISTERIO PONTIFICIO.
Espero que muchos de los primeros recelos suscitados por
el título de esta intervención hayan quedado desvanecidos por
anteriores consideraciones, y que
el escándalo inicial esté trocado,
cuando menos, en la más · piadosa creencia de tratarse de una
(40) Epistola a los Efesios, 3, 8.
(41) Pío XI, «Firmissim.an constantiam», núm. 15, en Documentos po­
liticos ... , BAC, Madrid, 1958, pág. 732.
(42) Pío XI, Discurso a la F"ederaci6n Universitaria Italiana, 1927.
367

MIGUEL AYUSO TORRES
afirmación atrevida. Pues a disipar las dudas subsistentes se en­
caminan las siguientes páginas.
Ante todo,
es preciso dedicar cierta atención al análisis del
deber, especialmente en su relación con el derecho.
La afirmación de que la «política es un deber» cabe enten­
derla en dos sentidos: uno
intensivo y otro exclusivo, seg6n la
relación en que
se afirme este deber en orden al derecho.
No usamos aquí la expresión en sentido
exclusivo por cuanto
es incontestable que los deberes son correlativos a los derechos,
existiendo así un derecho a hacer política
y a interesarse por el
cuidado de la comunidad; derecho que dentro del constitucio­
nalismo liberal
se inserta e inscribe entre los llamados derechos
políticos de
la parte dogmática, y que se suele formular como
«derecho a ocupar cargos públicos».
Es, pues, obvio que entendemos
la frase en sentido intenisivo.
Pero, ¿cuál es anterior, el derecho o el deber?
En un
terreno filosófico, si se comparan el derecho y el de­
ber con relación al hombre, el primero es posterior respecto del
segundo; porque
si bien el hombre tiene el derecho fundamental
y primitivo sobre las cosas necesarias para la consecución de su
unión con Dios, tiene previamente el deber de encaminarse hacia
Dios
y poner los medios para llegar a _El. Luego en el orden
humano, por
más que sean simultáneos en el tiempo, «el deber
es primero que el derecho con prioridad de naturaleza» ( 4 3 ).
Si la comparación entre el derecho y el deber se sitúa, no
en relación al hombre, sino ontológica
y absolutamente, el de­
recho es primero que el deber; porque los deberes del hombre
presuponen
el derecho de Dios a exigir de éste el cumplimiento
de la ley divina.
Mas en una consideración práctica -independiente de la an­
terior problemática-el hacer hincapié en el deber y no en el
derecho obedece en nuestro caso sólo a una necesidad de estimu­
lar la conciencia de
los católicos que se introducen en la vida
(43) Fray Zeferino González, Filosofía elemental (5.8 ed.), Agustín Ju­
bera, editor, Madrid, 1886, tomo II, pág. 471.
368

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POUTICA
pública. Esta es la motivación subyacente y la razón psicológica
que nos
han impulsado a otorgar prioridad al deber sobre el
derecho, con independencia de lo que la filosofía escolástica
se­
ñala, y que hemos resumido lineas atrás.
Explicado el sentido intensivo de
la relación deber-derecho,
queda aún por precisar
la naturaleza del deber a que nos esta­
mos refiriendo. ¿Es un deber jurídico? De momento, la deshu­
manización de la vida moderna y la presión legiferante del
Es­
tado totalitario, no han impuesto todavía la exigibilidad jurídica
de presentarse a las
eleccio11es legislativas o ser alcalde.
Sin embargo, no siempre
ha sido así. Eugenio Vegas nos re­
fiere cómo «varias leyes forales guipuzcoanas sancionaban a todo
aquel que gestionase ser designado para un cargo público con
incapacitación para el mismo y multa; y también sancionaban
con multa a quien, siendo designado, no quisiera aceptar y ade­
más le obligaba a ejercer el cargo» ( 44 ).
No deja de ser interesante cómo resolvían estas sabias leyes
el problema de los arribistas, medradores y trepadores; pero des­
de
la perspectiva de nuestro estudio es más interesante aún com­
probar con cuánta lucidez comprendían que el cuidado de la co­
munidad y el sacrificio por el bien común constituyen obligaciones
que, aunque gravosas desde una consideración personal, desde
una visión
más amplia y generosa es dado a veces exigir jurídi­
camente.
¿Es entonces un deber moral? Parece claro que así ha de
ser. E incluso cabe precisar más, señalando su inclusión dentro
de los
deberes de estado: «deberes de estado . . . hacia la Ciu­
dad, hacia la Patria; porque por estado somos miembros de estas
comunidades» ( 45).
Pudiéndose matizar específicamente este deber de estado,
de­
jado apuotado un desdoblamiento que le otorga cierto carác-
(44) Eugenio Vegas Latapie, «Importancia de la política», en Puntos
básicos para la acción de los seglares en el mundo, Speiro, Madrid, 1967,
página 57.
(45) Jean Ousset, La acción. Deber y condiciones de eficacia, Speiro,
Madrid, 1969, pág. 20.
.. 369

MIGUEL AYUSO TORRES
ter mixto, pues se distinguen en él una componente ciudadana
-deber de ciudadanía-( 46) y una componente religosa -de­
ber de caridad-.
Esta doble componente fue admirablemente puesta de relieve
por una Pastoral Colectiva del Episcopado de Guatemala, de
28
de mayo de 1969. Después de señalar la obligaci6n de los ca­
t6licos de luchar por el bien común, incide de lleno en lo di­
cho:
«Lo que es una obligaci6n cívica para todos los hombres,
para
el cat6lico es también un imperativo de su fe, pues ésta
le da una nueva motivación a sus afanes patrióticos, ya que es
el Evangelio, el propio Dios, quien exige al cristiano trabajar
por
la esrructuraci6n de una patria mejor» ( 47).
También dentro del Magistetio Pontificio encontramos abun­
dantes apoyos a la tesis de que
la política es un deber.
Le6n
XIII, en Inmortale Dei, comienza aludiendo a los jus­
tos-motivos que tienen los católicos para ejercitar una acción
política, señalando después que «por regla general es bueno y
útil que la acci6n de los cat6licos
se extienda de este estrecho
círculo [
se refiere el Pontífice a la vida privada y doméstica] a
un campo más amplio, e incluso que abarque
el poder supremo
del Estado (
... ). En general, no querer tomar parte alguna en la
vida pública sería tan reprensible como no querer prestar ayuda
alguna
al bien común» ( 48 ).
Pensamiento que reitera el mismo papa en su Libertas: «Es
bueno participar en política, a menos que en algunos lugares
por especiales circnnstancias de tiempo y situaci6n
se imponga
otra conducta. Más todavía, la Iglesia aprueba
la colaboración
personal de todos con su trabajo al bien común y que cada uno
en
la medida de sus fuerzas procure la defensa, la conservaci6n
y la prosperidad del Estado» ( 49).
(46) Enrique Gil Robles, op. cit., tomo I, pág. 39.
(47) Cfr. en Ecclesia, núm. 1.446, de junio de 1969.
(48) León XIII, «Inmortale Dei, núm. 22, en Documentos poUticos ... ,
página 216.
(49) León XIII, «Libertas pniestantissimum», núm. 33, en ·Documen­
tos poUticos ... , pág. 259.
370

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
De todos modos, hemos de reconocer -sin embargo----que
media un abismo entre que sea bueno hacer política y que
el
desarrollo de esta actividad constituya un deber.
Veamos, pues, textos que vayan más
allá que los citados,
en esta
línea. De la consideración de que «el único remedio para
extirpar los males presentes e impedir los
peligros que amenazan
es restituir los principios y la práctica del cristianismo en la vida
privada como en todas las esferas
del cuerpo social» ( 50) ha de
concluirse que
«el deber de todo católico --deber que es pre­
ciso llenar religiosa e invariablemente en todas las circunstancias
de la vida privada y
pública-es de guardar firmemente y pro­
fesar sin temor los principios de la Verdad cristiana» (51).
Pío XI escribió que si «los bienes comunes se refiren a la
polis, es decir, a la ciudad, a la nación, a la comunidad en el
sentido integral de la palabra. ¿Cómo podríamos desinteresar­
nos de estas cosas que son las más grandes e importantes, de
estas cosas a que un deber de caridad nos obliga y de las que
dependen los mismos bienes que nos ha dado Dios, los bienes
domésticos, los bienes privados y los
mismos intereses de la re­
ligión?»
«(52).
Pío XII tambiéo subrayó repetidas veces «la obligación del
creyente de ocuparse,
según su condición y sus posibilidades,
( ... ) en las cuestiones que un mundo agitado
y atormentado
debe resolver»
(53 ) ..
Es la consecratio mundi, el compromiso temporal de los cris­
tianos (54 ).
(50) Ibíd., «Sapientiae christianae», núm. 2, en Documentos políti­
cos ... , pág. 266.
(51) San Pío X, Sobre las asociaciones obreras, cit. por Gomá-en An­
tilaícismo, op. cit., vol. 11, pág. 87.
{52)
Pío XI, Alocución a la Asamblea de la Federación Italiana de
hombres cat6licos, de 30 de octubre de 1926.
(53) Pío XII, «Gravi. Dos obligaciones del cristiano en d mundo
moderno», núm. 17, en Documentos politicos ... , pág. 962.
(54) Ibíd., Discurso a los participantes en el II Congreso Mundial de
Apostolado
Seglar, de 5 de octubre de 1957. Véase en Ecclesia; de 19 de
octubre de 1957, núm. 849.
371

MIGUEL AYUSO TORRES
Y en otra memorable ocasión recordó que «de la forma que
se dé a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y
deriva el bien o el mal de las almas, es decir, del que los hom­
bres, llamados todos a ser vivificados por
la gracia de Cristo,
en las terrenas contingencias del curso de
la vida, respiren el
sano y vivificante hálito de
la verdad y de las virtudes morales,
o, por el contrario, el microbio morboso y a veces mortífero del
,
error y de la depravación» (55),
Para preguntarse líneas más adelante si cooperar al restable­
miento del orden social
« ¿no es un deber sagrado para todo
cristiano?».
En nuestra patria
-y en circunstancias especialmente difíci­
les -es lo que recordó el cardenad Primado, a la sazón don Pe­
dro Segura y Sáenz, en su pastoral de 27 de febrero de 1930,
en que proclamaba
«la necesidad imperiosa de que todo católico
tome parte activa en la política».
V. "PoLITIQUE D'ABono".
Una vez . enhebrados por el hilo conductor del discurso los
anteriores testimonios de doctrina pontificia, tenemos abierto el
camino para profundizar en las distintas perspectivas que aún
nos ofrece el tema,
Jaime Balmes escribió en la introducción a
sus escritos po­
líticos: «La política nos interesa a todos, porque se roza con
todo,,, Los asuntos religiosos se resienten de la política: testigo
la historia de los últimos años; las ciencias
y la literatura se re­
sienten de la política: testigos, a más de otras cosas, los planes y
reglamentos que varían con los ministerios .. , Las diversiones pú­
blicas
se resienten de la política: testigos el teatro y hasta la plaza
de toros; la paz doméstica se resiente de la política
.. ,» (56).
(55) Ibíd., Alocución en el Cincuenta. Aniversario de la· «Rerum no­
varum», de 1 de junio de 1941.
(56) Jaime Balmes, «Escritos políticos·(!)», en Obras Completas, BAC,
1948, tomo
VI,
372

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
Si la política se toca con los más variados órdenes de la vida,
si
se resienten de la política todas las manifestaciones de la vida
social, habremos de concluir que,
atreglando la política, estare­
mos poniendo las bases pata una reconstrucción total de la ci­
vilización.
Es un apoyo más
-colateral y de orden práctico si se quie­
re----a la tesis que venimos sosteniendo del · deber de hacer po­
lítica. Es lo que venía a decir Ortega cuando escribía desgarra­
damente: «El hombre que no se ocupa
de la política es un hom­
bre inmoral». Pero a continuación añadía -y es prudente re­
cordatlo aquí también pata eludir otro exceso amenazador­
que «el hombre que sólo se ocupa de política y todo lo ve po­
líticamente es un majadero» (57 ).
La consigna podría ser entonces: política, sí; politicismo, no.
Pero tomando de nuevo el pensamiento de Balmes antes
ci­
tado vamos a procurar dejar en sus justos límites un lema que
ha sido frecuentemente
mal entendido y torcidamente interpre­
tado, pero que encierra un profundo significado del que extraer
lecciones oportunss. Nos referimos al apotegma de Chatles
Mau­
rras: «Politique d'abord» (ante todo, la política) y a él dedica­
mos las siguientes consideraciones.
* * *
Rafael Gambra ha resumido con trazos brillantes la aporta­
ción política
de la obra platónica: «El hombre se expresa, se ma­
nifiesta, se entrega; y es en esta entrega del hombre, en este su
compromiso con las cosas, que es hacer las cosas suyas y 'cons­
truir un mundo propio, donde se descubre verdaderamente lo que
el hombre es, la recta naturaleza del hombre y también lo que es
el hombre individualmente considerado. En la ciudad precisa­
mente, en la polis,
es donde está escrito como en letra grande lo
que en el individuo está escrito en letra pequeña. En la ciudad,
(57) Cit. por Mariano Navarro Rubio en d artículo «Politizar», pu­
blicado en el diario ABC, de 29 de agosto de 1977.
373

MIGUEL AYUSO TORRES
en la recta ciudad, es doude se encuentra la verdadera respuesta
al conócete a.ti mismo socrático» (58).
Platón
-,-,continúa el profesor Gatnbra-, que en su juventud
aspiró a erigirse en jefe político, fue ganado para la filosofía por
la predicación intimista de Sócrates. Pero ya dentro de la filo­
sofía, por la vía de la dialéctica, retornó de nuevo a la política.
Hasta·tal punto que puede decirse que la obra platónica gravita
no tanto en torno de
la contemplación de las esencias puras como
en la
politeia y la paideia (59).
Y
es que -,-,como .recordaba el propio Gambra en otra oca­
sión-la vida pública y la privada son interdependientes, de tal
suerte que
si la primera se corrompe, la segunda no puede de­
senvolverse ni alcanzar sus fines ( 60).
Los peligros a
• que está sometida la persona que vive en un
Estado opresor e injusto son descritos con vigor por Platón:
«Sa­
be¡nos que toda simiente o todo lo que crece, sea animal o planta,
cuando no encuentra alimento, o clima, o terreno apropiados,
sufre tanto_ más por estas privaciones cuanto mas, vigorosa sea. El
mal es peor enemigo de los buenos que de los no buenos. Con­
sidero lógico, por ranto, que las condiciones de alimentación per­
judiquen
más al que tiene mejor naturaleza que al que la tiene
mediocre>>.
Es la ley universal del «corruptio optimi pessima» que ex­
plica rantos problemas aparentemente irresolubles del complejo
mundo de la política. Porque
la ciudad humana no es únicamen­
te agregado de individuos, Sino que éstos se -organizan en torno
de unas instituciones, de unas- «estructuras» que pueden favore­
cer su perfección personal y colectiva o perjudicarla inutilizando
todo intento de regeneración.
(58) Rafael Gambra, «Hacia una nueva estructura de la sociedad»,
en,
Verbo, núm. 61-62; también recogido en el volumen, Contribución al
estudio de los cuerpos intermedios, Speiro, Madrid, 1968, págs. 25 y sigs.
(59) Cfr. Wegner Jaeger, Paideia o los ideales de la cultura griega,
Fondo de Cultura Econ6mica, México, 1967.
(60) Rafael Gambra, El silencio de Dios, Prensa Española, Madrid,
1968, pág. 61.
374

LA POUTICA COMO DEBER: LA CARIDAD POUTICA
Quizá por prevención y reacción contra el «mito del cambio
de estructuras», que todo
lo espera -con esperanza cuasi-religio­
sa-de la liberación del hombre de unas instituciones deprava­
das y depravadoras, hayamos negado o disminuido el valor de
la influencia que las instituciones tienen en el orden de la
san­
tidad personal.
No
se trata, obviamente, de sostener una dependencia abso­
luta del hombre con respecto a las estructuras, ni de sustituir el
«pecado original» de la
IÍe cristiana por un supuesto «pecado so­
cial» como el progresismo -a causa de las profundas «intoxica­
ciones rousseaunianas» (61) que
evidencia-pretende. No se
trata de esperar con anhelos mesiánicos la llegada del paraíso en
la tierra que
como consecuencia de la desalienación promete el
marxismo, pues no es posible una sociedad justa donde ninguno
de los individuos que la componen
se vean en la obligación de
actuar con justicia.
Pero tampoco parece admisible la construcción mariteniana
y modernista
-«tarta de crema personalista y comunitaria»­
de una sociedad neutra compuesta por individuos religiosos que
reducen la religión a lo íntimo de sus conciencias, pues la
fe vi­
vida debe extenderse por extravasación a los diferentes ámbitos
de la vida social, impregnando instituciones y estructuras.
Las estructuras son parte integrante de la ciudad, como ya
lo vio Santo Tomás de Aquino: «Hay que decir que la ciudad es
la misma mirando a la orgauización política, de modo que si ésta
cambia, aunque permanezcan el mismo lugar y los mismos hom­
bres, no
es la misma ciudad» (62).
La perspectiva católica sé centra fundamentalmente en la «re­
forma del hombre». La solución a nuestros problemas está
-¿quién lo duda?-en la conversión íntima, en el levantarse
(61) Cfr. Juan Vallet de Goytisolo, «Intoxicaciones reousseaunianas en
las creencias religiosas», en Algo sobre temas de hoy, Speiro, Madrid, 1972,
páginas 35-48.
(62) Santo Tomás de Aquino, In III Politicorum, lect. 2, núnL 364.
375

MIGUEL AYUSO TORF.ES
una y otra vez sobre el lodo del pecado, eo la lucha ascética que
eotablamos contra nosotros mismos y para obtener la paz (
63 ).
Gustave Thibon lo, ha explicado con su habitual penetración:
«Después de tantos estériles excesos intelectuales y afectivos,
ya
es tiempo de eoseñar a los hombres a hacer llegar hasta sus actos
el ideal de su alma y las emociones de su corazón. Hay que
en­
carnar humildemeote, pacientemente, la verdad humana ( ... ). Han
sido removidas las bases más elementales de la naturaleza humana:
hay que reconstruir al hombre eotero. Para esto no basta con pre­
dicar, a todos y a ninguno, desde la cúpula del edificio vacilante;
es preciso bajar y reparar piedra a piedra sus cimientos amena­
zados (64).
Pero no porque ésta sea
la perspectiva básica del catolicismo
la Iglesia ha dejado de reconocer que hay «que volver al orden
fijado por Dios también eo las relaciones entre los Estados y los
pueblos; volver a un verdadero cristianismo en
el Estado y eotre
los Estados. Y no
se diga que ésta no es una política realista. La
experiencia debería haber enseñado a todos que la política orien­
tada hacia las eternas verdades y las leyes de Dios
es la más real
y concreta de las politicas. Los pueblos realis.tas que pieosan de
otra manera no crean
más que ruinas» (65).
* * *
Y el lema «Politique d'abord» (66), ¿acaso no contraviene lo
dicho, y que
es doctrina inveterada de la Iglesia, al contrariar la
jerarquía natural existeote entre religión y
pol!tica? ¿No consa­
gra una prioridad monstruosa de lo inferior sobre lo superior,
(63) Cfr. Víctor García Hoz, Pedadogla de la lucha ascética (3.• ed.),
CSIC, Madrid, 1964 págs. 9-10.
(64) Gustave Thibon, «La moral y las costumbres», en Diagnósticos
de fisiología social, Editora Nacional, Madrid, 1958, pág. 121 y sigs.
(65) Pío XII, «Negli ultlmi», en Documentos pollticos ... , pág. 910.
(66) (Politique d'abords», artículo de Charles Maurras en la Gazzete
de France de 18 de marzo de 1906. Posteriormente convertido en el ca.
pftulo XI del libro III de su Politique religieuse.
376

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
siendo así que tendrían razón los alérgicos al pensamiento mau­
rrasiano?
Sin embargo, nada más lejos de la realidad ni más revelador
de haberse acercado a la obra de Maurras con los lentes negros
del prejuicio
-o de no haberlo siquiera leído, como tantas veces
ha ocurrido entre sus críticos más audaces e implacables--.
En primer lugar, no se puede comprender este lema haciendo
abstracción de las circunstancias en que
se formuló. Antes de la
guerra del catorce la sociedad francesa era católica y estaba fuer­
temente arraigada, aunque dominada por una estructura política
no solo ajena sino contraria a su espíritu. Al ver el «país real»
roído por el activismo democrático de las instituciones corrupto­
ras, pensó en la posibilidad de «volverlo a atrapar». ¿Medios?
Maurras fue explícito y su franqueza le valió abundantes
dis­
gustos: «Par touts moyens, m&ne legaux» (67).
En segundo lugar, no se puede prescindir de una compren­
sión global del significado de
la obra maurrasiana, lo que nos
lleva
al análisis de otra de sus fórmulas felices: «l' empirisme or­
ganisateur». Empirismo que ni encierra un~ cosmovisión ni pre~
tende expresar una «weltanschaung», sino que se circunscribe al
ámbito de los métodos políticos, siempre buscando las máximas
condiciones de salud de la
ciudad_
Maritain lo vio con claridad: «Las ideas políticas de Maurras
no son el resultado de una ética,
ni constituyen propiamente
una
philosophie de la cité, una doctrina de la vida social ligada
a una cierta metafísica o antimetafísica ( ...
). Verdaderas o fal­
sas, las ideas políticas de Maurras se nos presentan como un en­
tramado de conclusiones adquitidas por vía inductiva y, si así
se pudiera decir, de constataciones inmediatas de la razón. Esta
es la causa por la que pueden ser asumidas e integradas en las
(67) Cfr., su análisis, por Mis. de Roux, en Charles Mau"as et le na~
tionalisme de VAction Fran~aise, Párfs, Bernard Grasset, éditeur, 1927,
páginas 51-63.
377

MIGUEL AYUSO TORRES
doctrinas más diversas, no siendo propiedad de ninguna en par­
ticular» (68).
Con estas salvedades
se puede emprender el análisis del lema
en cuestión. Fue el propio Jacques Maritain quien lo comentó
de modo espléndido en un folleto, del que acabamos de citar
unas palabras, titulado
Un opinion sur Charles Maurras et le
devoir des catholiques. Aunque posteriormente el autor cambia­
ra de criterio y renegara de las ideas allí vertidas, escritas que­
darán estas magníficas páginas que, a pesar de su extensión,
transcribimos:
«La misma génesis cit:: las ideas de Maurras, su carácter em­
pírico e inductivo, también nos ex.plica el sentido con que con­
viene entender su fórmula Politique d'abord.
»En sí, y según el orden esencial de las cosas, la política está
subordinada a la moral. Subordinación completa e incluso infi­
nita, fundada en sí misma en la subordinación de los fines:
porque el
fin de la política no es el mismo Dios y, por tanto,
por muy elevado que
sea por otra parte, está infinitamente por
debajo del fin de la moral, que
es el propio Dios, máxima beati­
tud del hombre ( ... ).
»Mas Maurras, por razón de la misma fuerza de su proceso
empírico, no habla de jerarquía de las esencias ni de subordi­
nación de los fines, no
se propone descender de los principios a
las consecuencias, sino que quiere remontarse de los efectos a
las causas. Dicho de otro modo, porque en un terreno práctico
el fin
es el que desempeña el papel de principio (y habría que
evocar aquí todo el Tratado de la Prudencia),
él no se coloca
en el orden de la
intenci6n, sino en el orden de la e;ecuci6n, y
es a lo que deriva en primer lugar de este orden a lo que apli­
ca su atención, al medio que condiciona humanamente la efica­
cia de los otros y que hay que presuponer para asegurar el por­
venir de
la inteligencia y la restauración del orden.
»El primer medio en el orden de ejecución, la condición
pre'
(68) Jacques Maritain; Un opinion sur Charles Maurras et le devoir
des catholiques, Pion, París, 1926, págs. 20-21.
378

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
vía - una atribución de
la autoridad en la ciudad, un gobierno que
nu contraríe la naturaleza. Sin esta condición todos los esfuer­
zos individuales del orden social, moral, intelectual y religioso,
esfuerzos más nobles en sí mismos que la actividad de los par­
tidarios de un grupo político
-y más necesarios en sí, y siem­
pre indispensables-, serán impotentes para obtener un resulta­
do duradero en la vida de la comunidad.
»Politique d'abord -si "d'abord" se refiere en este caso no
al fin perseguido
y al orden de la intención (lo que sería divini­
zar al Estado) sino a las consecuencias presupuestas en el orden
de la
ejecución-es una verdad de sentido común.
»Si del mismo modo se consideran los dos órdenes inversos
y
complementari~s de la causalidad formal y de la causalidad
material, desde
el punto de vista del primero, "hablando abso­
lutamente
·en el orden de las jerarquías esenciales, hay que decir:
inteligencia en primer lugar, metafísica en primer lugar, teología
en primer lugar. La Verdad en primer lugar:
veritas liberavit
vas".
»Pero hay que reconocer también que desde el punto de
vista de la causalidad material,
"en el orden de las realidades
temporales del obrar humano hay un
la polltica en primer lugar
justificado racionalmente y en todo conforme a la enseñanza del
Filósofo"
(*).
»Estas consideraciones explican, así lo creo, dos hechos apa­
rentemente contradictorios y que, sin embargo, se comprueban
frecuentemente. Por una parte, muchos incrédulos, convertidos
primero a la Acción Francesa, son conducidos por ese camino
hasta la religión católica. Es porque se han dedicado, en primer
lugar, a lo que está más cerca del hombre, y curados de ilusiones
mortíferas en este estrato inferior, han sido llevados a comple­
tar en ellos el orden de abajo arriba; y, ciertamente, les queda
aún mucho por aprender en
el ámbito divino ...
(*) Cfr. nuestra conferencia S. Thomas ap6tte des·--temps moderoes
(Nota de Matitain).
379

MIGUEL AYUSO TORRES
»Otros espíritus, convertidos en primer lugar a la fe de Cris­
to, manifiestan durante mucho tiempo las más vivas repugnan­
cias respecto de
la cosa política, y luego vienen, poco a poco, a
apreciar su importancia. Es que
la gracia les ha llevado primero
a la vida eterna,
y deben completar en sí mismos el orden de
arriba abajo, porque tienen mucho que aprender en la esfera
hu­
mana y racional -obra penitencial en la que Maurras les puede
ayudar
eficazmente-, aunque yo no pretendo, en modo alguno,
que deban necesariamente llegar por
alú a todas sus conclusio­
nes» ( 69).
El texto de Maritain, sutil
y preciso, nos hace la gracia de
no extendemos mucho más en este punto.
Si tuviéramos - palabras lo relativo a esta cuestión, diríamos que
la política pue­
de tener prioridad (priorité) mas no primada (primauté) (70).
Lo que es como decir que, ontológicamente, es superior la re­
ligión sobre la política, pero que cronológicamente la política
puede ser prioritaria para ayudar a la salvación de las almas.
Realidad que los escolásticos, con esa asombrosa capacidad
para sintentizar en frases marmóreas los pensamientos más escu­
rridizos, expresaron así: «Finis est prior in intentione sed est
posterior in executione» (71 ).
El bien común temporal universal -se ha dicho--cede ante
el bien espiritual de una sola persona. Pero otra cosa
es que con
la dedicación a la política no sólo trabajamos por el bien común
sino que podemos también favorecer
y ayudar a la salvación de
las almas, que según el adagio canónico es lo principal: «Salus
animarum, suprema lex».
Medio privilegiado el de la política para obtener fines tan
altos, pero medio sin duda, por lo cual debemos ocuparnos de
(69) J. Maritain, op. cit., págs. 29-34.
(70) M. de Rous, op. cit., pág. 35.
(71) Fray Zeferino González, op. cit., tomo II, pág. 386.
380

LA POUTICA COMO DEBER: LA CARIDAD POUTICA
ella quanto que nos ayuda para nuestro fin y tanto debemos qui­
tarnos de ella
quanto para ello nos impide (72).
De todos modos, y para no ser parciales en esta exposición,
que nada
es tan significativo del «oscurecimiento de la inteligen­
cia» (73), característico de nuestros días, como
la «stuppidita»
de contemplar ciertos aspectos incompletos sin
la coherencia de
la visión global e integradora, hemos de reconocer que no se
puede esperar
la rectistianización de un país de la efectividad de
los solos medios politicos, porque, dada la índole de toda socie­
dad
-que no es sino convergencia de voluntades hacia cierto
objetivo común-, se impone comenzar por la materia para ter­
minar por la forma. Pues -lo recuerda el padre Lira (74)-,
«la forma politica, o sea, el principio a cuyo influjo los diversos
elementos sociales vienen a constitutir
un todo coherente, aunque
no homogéneo,
es un principio de tipo accidental cuyo modo de
existir es, por consiguiente,
de suyo, la inherencia a la cual se
debe que todo cuanto implica
de realidad le viene de lo que
frente a ella actúa como materia;
es decir, de la substancia».
Hay que actuar sobre la materia, pero
sin olvidar la virtuali­
dad
de la forma. Si Maurras planteó de modo parcial esta ver­
dad, oscureciendo la primera parte y resaltando quizá excesiva­
mente la segunda,
es porque aquélla aparecía como evidente en
la Francia para la que preparó su programa de restauración so­
cial, aunque no lo sea tanto en nuestra triste España democrática
de hoy.
Precisamente, este ·reconocimiento de que la política actúa
sobre la forma social -aunque pueda trascenderla afectando a
la materia-trae de la mano la evidencia del carácter instru­
mental del «politique d'abord», y, en general, del deber de la
politica.
(72) Cfr. San Ignacio de Loyola, Exercicios Spirituales, meditación del
Principio y Fundamento.
(7.3) M. F. Siacca, El oscurecimiento de la inteligencia, Gredas, Ma~
drid, 1973.
(74) Osvaldo Lira, SS. CC., Visión politica de Quevedo, Seminario
de problemas hispanoamericanos, Madrid, 1948, pág. 18, nota 2.
381

MIGUEL AYUSO TORRES
«Política, ante todo», sí. Pero, ¿qué política? Porque esa
discutida frase se puede llenar -es lo que pretendía Maurras­
de las ideas católicas y contrarrevolucionarias, pero también pue­
de instrumentarse
-y el posconcilio nos ha hecho padecer por
ello
abundantemente-por la democracia cristiana y más frecuen­
temente por
el comunismo. Es un continente que puede servir
de recipiente a los líquidos más variados.
La política, un deber. Pero no cualquier política. Una
po­
lítica de contenido concreto, que no corresponde aquí señalar
pues es misión en que, con destreza, se han afanado Estanislao
Cantero y María Teresa Morán en estas mismas jornadas.
Más sigamos nuestra ruta.
VI. IMPORTANCIA DE LA POLÍTICA.
La importancia de la política deriva de la realidad de que lo
social no procede solamente de la extravasación de lo individual,
de tal suerte que la diferencia entre
el orden individual y el so­
cial es, como sentenció Santo Tomás, de «carácter formal» (75).
De
ahí que decir que la sociedad sería cristiana si los indivi­
duos que la componen fuesen verdaderos cristianos, es una ver­
dad de Perogrullo, como afirmaba Joseph Vassal. «Quedaría por
probar
-continuaba-y esto sería más difícil, que pueda haber
verdaderos cristianos, en gran número, en un país en que las
cuatro quintas partes de los niños reciben una educación sin
Dios, o "las nueve décimas partes de la prensa son malas, o la
familia está disociada por la ley del divorcio, o la inmoralidad
reina como dueña en fábricas
y talleres, y se propaga por todas
partes
esa apoteosis de la carne que es el cine» (76).
Y Ramiro de Maeztu realizaba un parecido diagnóstico refe­
rido también a Francia
-y que podemos aplicar a nuestra Es­
paña-«que, en tanto que el Estado francés sea laico y que
(75) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II•, q. LVIII, ar­
tículo 7.
(76) Cit. por Jean Marie VaissiCre en Fundamentos de la poUtica,
Speiro, Madrid, · 1%6, pág. 150.
382

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
sus escuelas estén en manos de maestros enemigos de la religión,
los apóstoles labriegos y obreros obrarán conversiones individua­
les,. preciosas, claro está; pero que difícilmente compensarán
las
apostasías que se produzcan en un ambiente social paganiza­
do» (77).
Testimonios que no hacen sino
confirmar lo que la observa­
ción nos muestra: que el bien encuentra en su camino estrecho y
· empinado mayores obstáculos que los que el mal ha de sortear
en la anchurosa autopista.
O, como escribió en bella frase la se­
ñora Schwetchine: «Le Bon Dieu peche a la ligne pendan! que
le diable fait les coups de filets» (78).
Teniendo presente esta realidad, y por cuanto el orden polí­
rico nunca
es tan excelente que justifique nuestro abstencionis­
mo y nos libre de la obligación de hacer un poco de política,
comprometámonos con la Ciudad
y hagamos política con mayor
o menor intensidad, según nuestro temperamento
-y nuestros
particulares
carismas-, según la naturaleza de las actividades en
que nos afanamos
y según la gravedad y urgencia de la situación
de la Patria.
* * •
Siempre hay que pertrecharse de munición adecuada al ob­
jetivo que
se pretende abatir. Y este objetivo es hoy político
-aunque no sea sólo político--, pues la herejía, en nuestros
días, ha dejado de ser patrimonio de unos reducidos y exclusivos
cenáculos desde los que
se desprecia al estilo gnóstico la vulga­
ridad religiosa del pueblo.
La herejía es social, es política: tiene
sus peones en las instituciones que componen el gobierno de las
naciones, sus agentes copan los medios de comunicación de
ma­
sas, sus iniciados conspiran desde el frondoso árbol de las socie­
dades secretas, mueve con habilidad sus piezas en el seno de
(77) Ramito de Maeztu, «Religi6n y Monarquía>, en La Epoca, de
9 de marzo de 1936, y recogido en el volumen En visperas de la tagr"edia,
Cultura Española, Madrid, 1941, págs. 63-64.
(78) Cit. por M. de Roux, op. cit., pág. 45.
383

MIGUEL AYUSO TORRES
una Iglesia Católica convertida en el MASDU (Movimiento de
Animación Espiritual de
la Democracia Universal) descrito por
el
abbé de Nantes.
El combate que derrote a la Revolución habrá de estar fun­
damentado en
la sanridad interior y en la piedad sólida, pues
siempre
es verdad que «in interiori homini habitat veritas», y
es en la interioridad donde
se fraguan los caracteres en la adver­
sidad y en el combate. Pero, si bien fundamentado en
la santi­
dad,
el terreno en el que habrá que derrotar a la Revolución es
el político.
Pretender lo contrario
es quedar abocados al fracaso -al
menos con los medios humanos-, es querer cumplir la volun­
tad de Dios pero no con los medios que Dios quiere.
Esto incide en el tema de fondo de una de las meditaciones
clave de los Ejercicios de San Ignacio, en
la que pone a nuestra
consideración
tres binarios o grupos de ,hombres, segón reaccio­
nen ante un mismo problema: cómo solucionar
el impedimento
que constituye para sus relaciones
con Dios, que se desean bue­
nas, una cosa mal adquirida.
Pues bien, los hombres del segundo binario son los que quie­
ren arreglar la situación, pero quedándose con
la cosa; desean
el fin, pero no quieren poner los medios adecuados para la con­
secución del fin.
Pensemos, por un momento, en los · católicos incoherentes
que repudian el divorcio pero han «divorciado» sus vidas públi­
cas y privadas dando su voto a partidos anticatólicos; que hacen
frente al aborto pero han contribuido a «asesinar» tantas almas
por las religiones falsas que ellos han favorecido
al promover la
libertad de cultos; que alzan su voz con firmeza para contener
la ola negra de la pornografía que todo lo anega a su paso pero ,
han sido permisivistas del error, agentes del «adulterio de la ver­
dad con el error» denunciado por
San Pablo en su Carta a los
Romanos.
Son católicos del segundo binario. Quieren acabar con el
erotismo y las malas costumbres, rechazan
la droga. Pero que­
dándose con
el laicismo que expulsa a Dios del frontispicio de
3$4

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
la legislación, con la separación entre la Iglesia y el Estado, y
con el liberalismo que emancipa el orden político del religioso
y que proclama la autonomía de la razón individual y social res­
pecto de Dios y su santísima ley de creación, gobernación y con­
servación del mundo (79).
Siembran vientos
y gimen ante las tempestades, espolvorean
sin querer responsabilizarse de los lodos producidos, repudian los
frutos amargos
y corruptos sin verse obligados a talar el árbol
que los engendra, elevan tronos a las premisas y levantan cadal­
sos a las conclusiones.
Los católicos coherentes saben, sin embargo, que para hacer
posible el «oportet illum
regnare»-es preciso cambiar de políti­
c•. Con un Estado laico se hace imposible la tarea de «restaurar
todas las cosas en Cristo». Sin la muralla protectora de la Uni­
dad Católica quedan las
almas indefensas y rendidas a los ata­
ques
y maquinaciones de las fuerzas del mal. No esperemos que
las familias cristianas o las universidades católicas resistan el
em­
bate de la impiedad si no se insertan en un orden político, en
un una legislación y en un ambiente católicos. A males políticos
hay que oponer remedios políticos. Y entre estos destaca, como
poderoso elemento regenerador, la Unidad Católica. Como
afir­
maba, en diciembre de 19 29, el obispo de Lérida -en texto
tanto tiempo aparecido en la mancheta de
El Siglo Futuro-:
«Meditando sobre los medios de atajar y sanar los males mora­
les que nos afligen no hallarnos otro
más eficaz que el restable­
cimiento de la Unidad Católica».
VII. CoNCLUSIÓN.
Fijémonos en el avance del mal y contemplemos nuestros
propios abandonos y complicidades. Avistemos el panorama
som­
brío y pensemos en los. católicos capaces que no salen de su temor
«de significarse». Extendamos nuestra vista sobre la política ac-
(79) Luis Billot, La Iglesia de Cristo (III, XVII, 2).
., 385

.MIGUEL AYUSO TORRES
tual y meditemos si los católicos lo hemos hecho todo «en nom­
bre del Señor Jesús».
Y veamos si no tendríamos que decir con Nocedal: «No;
ni el mundo, en general,
ni España especialmente, se pierden
sólo por culpa del liberalismo;
se pierden también, y muy prin­
cipalmente, por culpa de los que abandonan
la lucha y entien­
den que, cumpliendo
sus obligaciones particulares, ya pueden
dejar que azoten a Cristo y crucifiquen a la Patria, y aun ayudar
a los sayones o, al menos, guardarles la ropa por un pedazo de
pan o por no
reñir con nadie» ( 80 ).
La política como deber. Pero una política católica, íntegra,
audaz, eficiente. Y los políticos católicos ... , luz de un mundo
que vive en la tiniebla y
se goza en ella.
Y los políticos católicos
... , sal de una tierra que a fuerza de
ruindad y de gula ha perdido el paladar y no
distingue los sa­
bores.
Y los políticos católicos
... , levadura de una masa amorfa y
desarraigada que hasta ahora
han ditigido los apóstoles de la
Revolución para sus inequívocos fines.
La labor nos espera, es ardua. «Es todo un mundo el que
hay que reconstruir desde sus cimientos, para transformarlo de
salvaje en humano
y de humano en divino» (81), dijo Pío XII.
La política, un deber. Pero «desgraciados los pueblos que
tienen que recompensar
el cumplimiento del deber», escribió An­
tonio Maura. Hay que ir a cubrir los puestos que la trinchera
de la política católica tiene abandonados y desguarnecidos. Hay
que combatir el buen combate. Con sentido del deber
y concien­
cia de la responsabilidad. Sin recompensas buscadas
ni honores
anhelados.
La recompensa la tenemos en el Cielo y ... ¡sólo Dios
basta! Y permitan a quien firma estas líneas que concluya con unas
(80) Ramón Nocedal, «Discurso en la Asociaci6n Integrista de Va~
lencia d 27 de junio de 1897», en Obras Completas, Administración de
El Siglo Futuro, Madrid, 1928, tomo X, pág. 53.
(81) P!o XII, Radiomensaje del 10 de febrero de 1952.
386

LA POLITICA COMO DEBER: LA CARIDAD POLITICA
palabras fervorosas de un clásico de la moderna espiritualidad:
«Así como ha logrado (el hombre) la desintegración del átomo,
ha hecho estallar también dentro de
él todas las dimensiones de
lo humano. De tal modo
se ha vaciado de su equilibrio natural y
de sus seguridades terrestres, que
ya s6lo puede retenerlo al
borde de la nada el contrapeso de lo absoluto. El gran signo de
nuestro tiempo
es la revelación de la vanidad de las medidas del
compromiso, de las resoluciones tomadas a medias; el dilema
Dios o nada
ya no se presenta como tema de disertación filosófi­
ca o como alarde retórico: ha penetrado hasta la juntura de nues­
tra carne y de nuestro espíritu, y se plantea con la urgéncia de
una maniobra de salvamento a bordo de un navío que
se va a
pique por momentos» (
82 ).
El navío se va a pique y los tripulantes cierran los ojos y no
quieren ver el rumbo torcido.
Se trata de abrir nuestros ojos a
la
luz, pero de abrírselos también a los demás. Hay que salir
de las «nieblas germánicas» en que
nos sumió un oscuro perso­
naje de Konisberg.
Por eso, esta llamada política no tiene nada que ver con la
ironizada por
el propio Thibon al presentar a unos hombres que
se destrozan mutuamente para decidir si la casa ha de pintarse
de
azul, de verde o de rojo, sin darse cuenta de que está a pun­
to de desplomarse (83
).
La política de que aquí se habla no. consiste en un brillante
barniz o en un alicatado colorido. Es un sólido edificio
construi­
do sobre roca, sobre hondos cimientos: es el reino de Cristo.
¿No es quizá la hora de que Cristo reine? Pues entonces no
es la hora -digamos con el cardenal Pie--de que los gobiernos
duren.
(82) Gustave Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz, Rialp, Ma­
drid, 1973, pág. 14
(83) Ibíd., El pan de cada dla (4.• ed.), Rialp, Madrid, 1962, pági­
nas 108-109.
387