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1984

El cambio

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El verdadero cambio

EL VERDADERO CAMBIO
CLAUSURA DE LA XXIII REUNIÓN DE AMIGOS DE LA CIUDAD
CATÓLICA.
POR
Anm.ARDO riE ARMAS
Mis queridos amigos de la Ciudad Católica: Al iniciar este
vigésimotercer encuentro,
la· apertura le correspondió a uno de
nuestros amigos, don José de Armas. Comenzó diciendo que
juzgaba una temeridad la invitación que a este fin
le' hizo
don Juan V allet de Goytisolo. Y

o pienso que si
la invitación
hecha a don José de Armas ha sido una temeridad grande por
parte de don Juan,
la hecha a Ahelardo de Armas para clausu­
J.'ar este encuentro es mayor, pero la temetidad mía de hablar
aquí es inmensa, porque pienso que la voz menos autórizada
para dirigirse a un público tan selecto como el que en estos
momentos está
aquí abatrotando el local es, sin duda de nin­
guna clase, la mía. Con temeridad
.me lanzo a hablarles, potque
el fundador de la Institución a
la que pertenezco, el Padre
jesuita Tomás Morales, a quien le debo
mi conversión y el tra­
bajo sobre
mi alma día a día durante casi treinta y cuatro años,
me dio la siguiente lección:
En
detetminada ocasión le dije: «Padre, un Obispo me ha
dicho que piensa que la manera de revitalizar el clero de
su
Diócesis · es haciendo Ejercicios Espirituales. Tiene preparadas
para el verano dos tandas y quiere que se las dé yo, un seglar».
«¿Y a ti que te parece»,
me respondió?
«¡Padre!,
¿cómo voy a dar yo una tanda de ejetcicios a
sacerdotes?». «¡Ah! pero, ¿es que crees que etes
rú quién va a darla?».
Me dejó ya tan indefenso que .desde entonces, cuando me
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ABELARDO DE ARMAS
invitan a hablar y francamente la salud y las obligaciones me
lo permiten, acepto en la humildad de que
yo no soy quien va
a hablar y que ciertamente hay otro que vive en mí y a El le
presto
mis labios, mi coraz6n, todo mi ser para que hable.
Con esta fortaleza y
con la paciencia y la caridad del audito­
rio que tengo delante,
me animo una vez más a dirigitles la
palabra.
A
ml me ha correspondido cerrar esta vigésima reuni6n de
amigos de la Ciudad
Cat6li¡:a, con una conferencia cuyo título
es «El verdadero cambio». Para las personas . que estamos aquí,
¿ cuál es el verdadero cambio?
Creo que si tuviéramos que sintetizar lo más brevemente
. posible todo lo que se ha dicho en las distintas ponencias y
foros de este encuentro,
lo conseguiríamos, con esta frase de
la emotiva y preciosa conferencia que _ptonunció esta_ mañana
don Francisco J. Fernández de la Cigoña: «Se quiere cambiar
a España separándola de Cristo».
El cambio en el derecho,
cambio en
la familia, cambio en los medios de comunicaci6n
social, cambio en la empresa, cambio en
las diversiones, cambio
en la juventud, cambio en la enseñanza ... todos los cambios
han tenido una nota común: el abandono de lo trascendente,
h separaci6n de Cristo. Se quiere cambiar España. separándonos,
por tanto, a cada uno de nosotros de Cristo, porque España
soy yo (no en
el término absolutista de Luis XIV), la única
parcela
de. España que puedo renovar soy yo, es mi propio co­
razón. Por tanto, el cambio de que vamos a hablar aquí es del
mío, personal, del único que ante
· Dios tengo que responder,
y, · consecuentemente, todo lo que a mi alrededor me concierne
con respecto a
mi transformación personal.
¿Cuál
es ese cambio? Si lo que se pretende es separar a
España de
Crist(i, cambiar a España separándola de · Cristo, lo
único que
yo puedo hacer es unirme cada vez más a Cristo,
identificarme cada vez más con Cristo, transformarme más en
Cristo, porque nos acaba de decir Juan Pablo II: «personas
transformadas colaboran eficazmente a la transformación de la
sociedad» (vid. cita). Esta es la: única transformaci6n que tene-.
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EL VERDADERO CAMBIO
mos que iniciar al finalizar este encuentro: transformarnos eu
Cristo. ¿Cómo puedo yo transformarme en Crist-0? También
nos decía Juan Pablo
II: «Se nos ha dado una pedagoga: la
Virgen María» (id.). Ella es quieu tiene que cristificarme. Ella
es quien puede hacer lo que yo soy incapaz de realizar.
Pero yo pregunto a todos y cada uno de
los que estamos
aquí (porque somos responsables ante Dios, ante la historia,
ante la patria, ante nuestras concienciiis, de esta transformación_
imperiosa y urgente eu estos momentos): Realmente, ¿estoy dis­
puesto a cambiar? ¿Tengo mi corazón abierto al cambio, a este
cambio de transfortnartne en Jesús? ¿ Reconozco ciertamente con
San Juan de la Cruz que esta vida, si no es para imitarle a El,
no es buena? ¿Acepto que según
el principio y fundrunen.to
de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, el hombre es crea­
do para alabar, hacer reverencia, y servir a Dios nuestro Señor?
Por tanto, si yo quiero imitar a Jesús, ¿entiendo que todas las
otras cosas
· (la estructura social eu la que me desenvuelvo, la
. familia a la que pertenezco, el seuo de la empresa o el centro
de trabajo o de estudio, donde estoy, la diversión,
la sociedad
entera) son para ínÍ como criaturas en tanto en cuanto me
ayudan a la consecución de mi transformación en Cristo? ¿Vivo
yo así? ¿Vivimos así? ¿Es Jesús
el todo de nuestra vida? A
ver si a fuerza de tanto estudiar la estructura a nuestro alrede­
dor, el secularismo que nos envuelve, etc., sin darnos cuenta
ese laicismo se está metienclo en nuestras vidas. ¿No sucederá
·que-nosotros tenemos, por· nuestta parte, menÍalidad cristiana,
y al mismo tiempo vivimos una vida pagana? ¿ Dónde está la
raíz de la situación que contemplarnos a nuestro alrededor? ¿No
está en
mi propio corazón? Juan Pablo II nos ha dicho «no
caigáis en
el error de pensar que se puede cambiar la sociedad
cambiando sólo las estructuras externas. o buscando en primer
lugar la satisfacción de las necesidades materiales, hay
que em­
pezar
por cambiarse a sí mismo, convirtiendo en verdad nues­
tros corazones
al Dios vivo, renovándose moralmente, destru­
yendo las raíces del pecado y del egoísmo en nuestros corazo­
nes». Es una
reforma personal la que se necesita. Las estructu-
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ABELARDO DE ARMAS
ras no son moralmente distintas de las personas que las integran.
Si no cambio yo, no cambiará la estructura. Y aquí comienzan
las dificultades.
Lo lógico
es que a las ideas sigan los actos, pero lo sicoló­
gico es que los actos influyen en las ideas, y que cuar¡do una
persona no actúa como piensa, acaba pensando
como aciúa. Los
que estamos aquí (me dirijo a rin público que, por lo que he
observado en distintas ocasiones, tiene verdaderos deseos de
ser de Dios, de trabajar por El), pienso que queremos ser
san­
tos, pero, ¿ dónde se ha detenido nuestra marcha hacia la san­
tidad? ¿Qué es lo que entorpece nuestro camino hacia Cristo?
¿No radicará en que, por una parte, tenemos unas ideas evangé­
licas, cristianas, y, por Otra, sin embargo, no vivimos conforme
a esas ideas y entonces ( como cuando el hombre no actúa como
piensa,
terµrlna pensando como actúa l nos paralizamos?
Y

o me dedico a la
educación de la juventud. Y observo
muchas veces este fenómeno: Un muchacho tiene la idea clara
de las ventajas de la castidad, pero no la vive, acabará por pen­
sar como actúa, y creyendo que
la castidad es imposible. Otro
ve que tiene que estudiar, pero no
es capaz de clavar· los codos.
Terminará justificándose ante el problema pavoroso del paro,
los condicionamientos
sociales, etc... Y hoy a los católicos nos
puede ocurrir
lo mismo: pensamos en· cristiano, pero actuamos
en pagano. Muy influidos por
el ambiente que nos rodea ( quizá
· vemos demasiada televisión o leemos mucho el periódico), por
los medios de comunicación social, corremos el peligro de vivir
paganizados y paralizarnos en -nuestra acción cristiana.
¿Qué hacer? Yo les voy a exponer a ustedes mi experiencia.
Llevo treinta y tres años dedicados absolutamente a Dios
en el campo de
la juvenutd, la estructura más ·necesitada en fa
sociedad actual a escala de toda la tierra. La Misión de París
hace veinticinco
años dijo que la clase más. necesitada en el
mundo era
· la clase obrera, . porque se le había· escapado a la
Iglesia. Después de. veinticinco años han reconocido que la clase
más necesidad es la juventud ---- un foro, en estos
días ha llegado a un nivel tercermundista en
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EL VERDADERO C4MBIO
aspectos culturales, humanos, morale&---C-. Esa juventud del sexo,
de la droga y del rock que cada vez que se expande en mayor
número, en una explosión demográfica verdaderamente impara­
ble. Trabajo entre jóvenes, y entendí desde el primer momento
que para llegar a esa juventud tenía que ser santo. Durante
años he ido aspirando a la santidad, pero a medida que han ido
pasando,
me sentía como más lejos de. aquella santidad proyec­
tada y deseada en
m! inicialmente. En la medida que yo me iba
acercando a Dios y El acercándose a
mí con mucha más fuerza
y vigor que
yo a El, iba ocurriendo como cuando una luz se
va acercando a ti: ves más manchas en el traje. Cuanto más
tiempo ha pasado,' más indeseable me he sentido, más incapaz,
más pobre y entonces cundía en mí el desaliento. Y o seguía aspi­
rando a
la santidad, · pero lo que no. aceptaba era la humilla­
ción de
verme cada vez más limitado. Salía de mí un lamen­
to a lo San Pablo, contra
el «aguijón ·de la carne. Me h-,. que­
jado, y por tres veces se me ha dicho. Mi gracia te basta».
Pero
yo no quería admitir que la santidad es un camino de
imitación de Cristo desnudo, que me exigía quedarme estricta­
mente crucificado,
sin nada. Quería tener algo en las manos,
quería trabajar por Cristo,
querfa ver los triunfos apostólicos,
quería ver mis propios éxitos, mis propias virtudes, mi supera­
ción cada día, y cada día masticaba
mi . tragedia. Un día com­
prendí que cuando la voluntad de Dios viene de lo alto y tú
opones ru voluntad frente a la de Dios, te fabricas una cruz
de contradicción, pero que cuando pones los brazos extendidos
y
a esa voluntad vertical extiendes tu voluntad . horizontal y
dices «hágase» como la
Santísima Virgen,

entonces esa unión de
voluntades.
da paz al alma y ya· no eres tú quien actúa. Es a El
a quien obedeces, a quien te entregas.
Tardé en comprenderlo.
Lo entendí al calor de la oración, en un convento de Car­
melitas Descalzas: Había acudido allí en una mañana frigidísima
del mes de febrero, el día
de mi cumpleaños, y mientras aque­
llas mujeres, en Duruelo (aquel rincón apartado que vio la
Re­
forma Carmelitana masculina, de manos de Santa Teresa y
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ABELARDO DE ARMAS
San Juan de la Cruz), en medio de un frío inmenso me dedica­
ban nna canción (porque sabían que era mi aniversario) en
la
acción de gracias de la Misa, comencé a pensar: «Hoy hace
tantos años que nací. ¿Por qué nací yo? ¿Qué mérito tuve para
existir? El
me amó primero, Me amó cuando yo no existía. Me
sacó de la nada en un acto gratuito. Enseguida de nacer tuve
una madre que
me acunó a su pecho, que me amamantó, que
me dio todo lo Aue necesitaba para vivir. ¿ Quién había creado
a esa
madre? ¡Dios que me amaba! Y luego me dio enseguida
el bautismo, y
El ( el que me eligió) ha ido siempre por delante
s__in ningún ·mérito mfo, sin nada en mis manos porque yo no
existía, no tenía nada potque acababa de nacer, no tenía ni uso
de razón para recibir el bautismo. ¿ Qué tenía yo en mis manos
más que pecado y maldad, cuando me convirtió el Señor? «En­
tQllces pedí: « ¡Oh Señor!, cuando se efectúe mi segundo naci­
miento, cuando llegue el momento de entrar en la eternidad
quiero entrar también con
las_ manos vacías. Quiero ser una
pura alabanza de
tu gloria, quiero no quitarte nada de ella,
quiero cambiar mi concepto de santidad. Y o quería presentarte
mis manos llenas de almas, cosas, trabajos por Ti. Quiero re­
ducirme a la nada».
¡No sabía
lo que pedía!
Yo tenía nna enfermedad: artrosis degenerativa progresiva.
Al poco tiempo empezó aquella artrosis a manifestarse con
más
fuerza hasta que un día me encontré con que yo ( que pensa­
ba que para exigir a los jóvenes tenía· que ir por delante de ellos
en el área fundamental que Utilizo: las marchas y
los campamen­
tos en verano, llevando a los chicos a la sierra, subiéndoles a
las cumbres, hablándoles allí de horizontes grandes) con un
gran esfuerzo
fui con ellos a la montaña, pero ellos subieron a
las cumbres, y yo tuve que quedartne abajo
en-el valle. Solo,
en silencio, me sublevaba ante aquello. ¡Dios había aceptado mi
ofrecimiento!
Mis manos estaban vacías, pero miraba las aguas
y veía que por delante de mí bajaban cantando. Pensé: «estas
aguas no suben, bajan y van a vivifivar el valle. Ahora son can­
tarinas, ctistalinas, puras, transparentes.
Cuando lleguen al valle
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EL VERDADERO CAMBIO
se mancharán con la suciedad, perderán su belleza, pero seguí-
. rán siendo viviÍicantes». Al lllÍ'jlllO tiempo veía a los pájaros y
sentía las voces de mis muchachos desde las cumbres, cantando
himnos que llegaban a mí.
Veía las nubes y el cielo y yo quería
otta vez aspirar a subir, ¡ subir siempre más alto! Miraba la
hierba,
y, como San Francisco de Asís, la vela casta y humilde,
se dejaba pisar y alfombraba mis pies. Y miraba
las flores y las
veía doblegar sus corolas, sus pétálos, sus cálices,
al impulso
del huracán y ponerse pegadas a la tierra, y cuando iba cesando
el viento volvían a erguirse y me daba cuenta que eran más
fuertes las flores en su
ternura que el huracán, y veía que pre­
cisamente en aquel huracán las
flores habían extendido su· polen
muy lejos y que
un día, .cuando viniese el invierno y cayesen
las hojas, cuando muriesen aquellas flores, las sucederían otras
a millares, multiplicadas por millones. Entendí que «si el gtano
de trigo no
se pudre y muere, no da fruto» y que el único cam­
bio necesario en nuestro corazón es abrazarse a Cristo desnudo,
a Cristo crucificado y dejarle hacer en nosotros de nuevo la
redención.
Todo estaba hecho ya en el mundo a partir de la
Encarnación.
Mi única misión sería la de dejarme poseer total­
mente por El, dejarle hacer en
mi vida. Aspirar a la santidad,
aceptando.
Fui a un campamento en Gredas. Hice un esfuerzo gran­
dísimo para llegar hasta el Circo de Gredas, a dos
mil metros
de altura. Quise subir, como había ido otras veces, cargado con
un macuto con toda
la dotación, con la comida para varios días.
Quise coger leña en el camino... Me quitaron todo. Me deja­
ron
sin carga porque si no no hubiera podido llegar hasta · allí.
Iba pensando por el camino: «Señor, me estás concediendo lo
que te pedí: voy a
llegar a la Laguna Grande con tu fuerza,
pero llego con las manos vacía_s, llego .sin macuto, sin carga,
sin nada». Ellos llegan a costa de un gtan esfuerzo, con una gran
carga, pero gracias a esa carga que llevan pueden subsistir. Y o,
sÍl1 embargo, subsistiría por el esfuerzo de ellos, que llevaban
las tiendas
de campaña, ia alimentación, todo. Yo estaba en el
Ultimo lugar, pero me sentía más cercano a Jesús.
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ABELARDO DE ARMAS
Al día siguiente se iniciaron las marchas que durarían tres
o cuatro días. Uno de aquellQ/1 · amaneci6 el Circo de Gredos
con unas
· nieblas inmensas qu;, retrasaron la salida. Por fin
fueron levantando un poco las nubes y los chicos se fueron a
las cumbres. Yo
me quedé en el sitio del campamento, y en
lll10 de los momentos en que miré a las cumbres vi un grupo de
mis muchachos que iban por unas peñas camino de un abismo.
Ellos, desde arriba, no
se daban cuenta: por encima de las cres­
tas tenían las nieblas y hacia arriba no veían. Iban buscando
un camino para descender a la Laguna, por únos precipicios.
Entonces
con toda ,la fuerza de mis pulmones, empecé a gritarles
hasta que ellos
se dieron cuenta. Al escucharme creyeron que
bromeaba hasta que les grité: «¡Subid un poquito! ¡No bajéis!
¡Os despeñáis!». Subieron
un. pocÓ más a hi derecha, luego
descendieron. Entonces
me ·di cuenta de que un aln:ia, hacién­
dose pequeña, bajando, puede subir y hacer subir a
otros.
Hay aquí en el auditorio un buen ·número de muchachos
a los cuales les repito esta espiritualidad
de subir bajando, que
hemos plasmado en una de nuestras canciones
de montaña:
«Montañero, montañero que vienes a Gredas
. buscando las
cumbres
de un gran ideal.
Mira al cielo y en la noche cuajada de estrellas las luces de
ellas de Dios te hablarán.
No te canses, no te
l>lllses de ver en la altura modelo y
figura, tu meta alcanzar.
Pero piensa que bajando se suben las cumbres más altas
que existen, que son
de humildad».
Esto
es lo que nos cuesta, entrar por caminos de humildad.
Pero la única manera que tiene Dios
de hacer un cambio en
la sociedad
es encontrar almas que se empequeñezcan.
Las dos fiestas más grandes, a mi juicio, de la Virgen y de
1 esús son la Asunci6n de María al Cielo y la Ascensi6n ·del
Señor. Cristo muere y resucita, es ascendido al Cielo y coloca­
do a la derecha del Padre, presentando sus cica,trices gh,riosas,
porque «siendo de condici6n divina, no retuvo ávidamente ser
igual a Dios...
se humil16 a sí mismo y se hizo obediente hasta
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EL VERDADERO CAMBIO
la muerte y muerte de Cruz. Por lo cual Dios le exalt6· y le
dio un nombre que está sobre todo nombre,
para que al nom­
bre de Jesús
se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra, y
en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el
Sefior para gloria de Dios Padre»
y a María, porque se hizo
pequefia
--«me llamarán Bienaventurada todas las generaciones.
Porque el Sefior
ha puesto los ojos en la pequefiez de su escla­
va»-fue también asunta al Cielo: ¡Subir bajando! Y nosotros
nos detenemos en
el camino de la santidad porque cuando nos
lanzamos hacia ella
(y a todos los que estamos aquí, Dios nos
quiere santos) nos encontramos con la humillación,
y, sin em­
bargo no hay otro camino para llegar a la cruz. «La cruz tres
brazos tiene (dice San Juan de Avila): desprecios, tormentos
y
humillación, los tres amables y deseables, pero muchos no los
quieren todos, otros sólo alguno, pero
el que ama verdadera­
mente, por juntarse con
el amado, todos los tres brazos quiere:
los desprecios, los tormentos
y la humillación». Si nosotros real­
mente queremos esos desprecios para seguir a Cristo desprecia­
do,
esos tormentos para seguir a Cristo atormentado y .esa hu­
millación para seguir a Cristo humillado, entonces tenemos que
aceptar todo cuando nos ocurra,. y esta cruz nos vendrá a noso­
tros con mucha
más fuerza, e intensidad que a. las personas que
nos rodean, y para nosotros la mayor cruz de nuestra· vida ha
de ser que siendo Dios .tan poco amado, no sintamos que el
Amor no es amado porque influidos por esta sociedad· secula­
rizada, hemos dejado de hacer oración, no nos ponemos ante el
.
Sagrario.
Mis queridos amigos.
En esta casa donde hemos realizado
el encuentro hay tres Sagrarios, y esos tres Sagrarios han estado
abandonados la mayor
parte del tiempo que hemos estado aquí.
Por.
supuesto que hemos estado participando en . discusiones im­
portantísimas, pero es que lo fundamental que . tenemos que
meternos en
el alma, como Franciso de Asís, es que el Amor
no
es amado: Después de todo un día de oraci6n, en un vier­
nes,
Francisco de Asís, a las. tres de la tarde sale por las cam­
pifias italianas gritando: «¡el Amor no es amado!». Un campesino
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AllELARDO DE ARMAS .
que se lo encontró le dijo: «Pero, ¿adónde vas Francisco?, ¿qué
voces son esas?, ¿qué pasa? Francisco respondió:
Mi Señor está
clavado en la cruz, ¿y quiere que no grite?
Mi Señor está cla­
vado en la cruz. Y o quisiera tener todos los océanos del mundo
en
mi corazón para transformarlos, gota a gota, en lágrimas y
llorar. Quisiera, como un águila, remontarme
por encima de to­
das las cordilleras y pasar a todos los continentes y gritar a
los
hombres ¡el Amor no es amado!, ¡el Amor no es amado!».
¿Cómo van a amarse los hombres entre
si. si no aman al
Amor? ¿No nos
duele a nosotros constatar que cuando el hom­
bre no ama al Amor, la gran tragedia que tiene
es que no percibe
el Amor que Dios le tiene? Los hombres, hoy, podemos fabri­
carnos un mundo sin Dios, pero cuando
el hombre crea estruc­
turas sin Dios, esas. estrucrutas se volverán contra el hombre mis­
mo. Y hoy hay una tragedia a nuestro alrededor, porque el hom­
bre y el mundo están
,wejados de El, fuera de Cristo. ¿Cómo no
nos damos cuenta de lo que
se sufre hoy a nuestro alrededor?
Cuando no amamos, hemos· perdido lo fundamental: ¡Dios
me
ama, me quiere a mí, inmensamente! _¿Cómo no sentimos esta tra­
gedia de que el Amor no es amado? ¡:I".sta es la gran represión
que padece
el ;,,undo de hoy! No la sexual, ni la estructural,
ni la generacional, ni la económica del pobre por el rico. La
gran represión es la represión de lo divino: que el corazón del
hombre· está creado según San Agustín para Dios y no descan­
sará hasta llenarse
de El, y, sin embargo, hemos arrancado a
Dios de nosotros. No nos extrañe que
se llenen las clínicas si­
quiátricas al abandonar los confesionarios ¿ Dónde puede ir una
ciudad sin Dios, si no
es al siquiatra o al manicomio? ¿No han
aumentado las depresiones? ¿No están aumentando
las enfer­
medades psíquicas, las ideas fijas, las noches sin
dormir, los
terrores nocturnos? Los medicamentos que más se venden ¿No
son los fármacos, antidepresivos y estimulantes?
Es este
m¡¡ndo que está a nuestro alrededor ( un «tercer
mundo» espiritual) el que hay que salvar.
Lo que ocurre es que
nos cuesta mucho trabajo
ir a él porque si hiciéramos obras de
misericordia materiales a los
necesitados (por ejemplo, saciar
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EL VERDADERO CAMBIO
su hambre), es muy posible admitan y te agradezcan lo que
hacemos, pero cuando vamos a W1 autosuficiente, a uno de esos
que creen que lo tienen todo (lo tienen todo menos a Dios, que
es lo único que importa tener) y nos recibe escéptico, con una
sonrisa burlona
y satisfecha dé sí, e incluso nos insultan, enton­
ces, como cae sobre nosotros el tormento, el desprecio y la hu­
millación, abandonamos la
emprew de dat la cata por Jesu­
cristo. Sin embargo, si siguiéramos insistiendo auaazmente, con
cariño, con constancia, sin
mirar que se ríen de nosotros, haría
Dios pata nosotros la Redención, porque «Jesucristo (dice San
Agustín) no miraba que morfa a manos de sus enemigos, sino
que El moría por
los que le mataban». Mirando nada más a
transformar los enemigos en amigos.
¡Qué importante
es esto, mis queridos amigos! Nos hemos
detenido en nuestro avance hacia la santidad porque creo que
hemos invertido nuestro concepto de la santidad complicándolo
acaso. A
mí se me había presentado la santidad en la estructura
del mundo como una pirámide. En la base estarían todos los
hombres, los pueblos, las culturas. Según vamos acercándonos
hacia
la cúspide, aparecerían las almas que se van remontando
hacia Dios,
la columna vertebral de estas almas sería la Jerar­
quía:
el Papa, los Obispos, entroncados con el Papa, unidos en
el Magisterio Pontificio, -los sacedotes. La cima de esa cúspide
sería la vida consagrada, la vida de perfección evangélica. Yo,
como veía siempre a los santos tan altos, quería s~r como ellos,
llegar a la cúspide. Pero un día pensé: ¿No ocurrirá con la per­
fección como ocurre en geografía? ¿Quiénes están con
la cabeza
erguida, nosotros o nuestros antípodas? Porque nosotros nos
sentimos en verticalidad, pero nuestros antípodas también. ¿No
será que
én el mundo de Dios hay como una cuarta dimensión
que hay que descubrir? Y
es que para llegar a esa cima, Dios,
que es el único que puede hacer de lo imposible lo posible, ha
invertido la pirámide,
y porque quiere que todos los hombres
se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, las almas más
perfectas son las que están más abajo: la cúspide está siendo el
sostén de todo. Sólo Dios puede sujetar una pirámide invertida, y
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ABELARDO DE ARMAS
las almas consagradas, las almas más perfectas resultan que han
ido al punto
más bajo y las almas más separadas de El, ese
mundo incrédulo, está ahí arriba. Si nosotros queremos real­
mente salvar al mundo debemos permitir que Jesús
siga man­
teniendo esta paradoja, sin querer cambiar de lugar cuando nos
veamos
abajo del todo, aplastados por el peso de la pirámide.
Todos los santos han sido humillados por Dios humillado, por­
que no
se puede ser santo sin la humillación en la identificación
con Cristo. Lo que sucede_ es que nosotros, que nos· admiramos
cuando contemplamos a los santos, no nos damos cuenta hasta
d6nde los
ha descendido Dios. Vuelve a aparecer la paradoja:
¡Subir bajando! También sobre este tema hice una canción
que
me gusta cantar en la montaña. Esta es su .letra.
«La cumbre de la humildad, es vivir en confianza:
creer
que la nada alz~;
bajar por esta escalera peldaños de confianza,
tanto cuanto espera alcanza.
Subir bajando
no es sueño, ni loca imaginación;
es gloria de lo pequeño,
que
encuentra en la humillación, la grandeza de aquel
[Dueiío,
que en la pobreza de un
leiío, de todos se hizo Seiíor.
Alma que buscas la altura para alcanzar a tu Todo,
desciende hasta
tu bajeza,
mira
que el Dios de la Gloria, por pura misericordia,
de
tu nada hace grandeza.
El creador de
los cielos, ha bajado a nuestro suelo,
¡ síguele, que ese es tu ~elo !
y abrazándote al desprecio, la humillación y el dolor
alcanza a
tu Salvador,
quien por
tu amor se hizo siervo».
Pero, ¡qué trabajo nos cuesta aprender este único
-camino de
la santidad!
Si queremos colaborar con Cristo en la salvación
de este mundo,
tenemos que dejamos humillar. Mirad, Dios
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EL VERDADERO CAMBIO
está humillando hoy al propio mundo, La sociedad de hoy
vive humillada. El mundo de la técnica,
de la electt6nica, de
los medios de comunicaci6n social a escala
universal, vive hu­
millado. El hombre hoy vive humillado ¿Por qué nosottos, que
queremos
.ser de los amigos íntimos de Jesucristo no vamos a
aceptar
la humillaci6n? Nosottos tenemos la obligaci6n de seguir
en la Iglesia
el camino más estrecho de la salvaci6n. El Evan­
gelio lo
afirma: «ancha es la senda que conduce a la perdición
y esttecho el camino que conduce a la vida».
Hoy, porque el número
de hombres es mayor, porque las
necesidades son gigantescas, Dios .nos quiere impulsar a las
almas
elegidas por ese camino más estrecho: por el ojo de la aguja.
Cuarido Jesucristo, entristecido ante la negariva a seguirle del
joven rico,
se volvió hacia los apóstoles y les. dijo: «Qué difícil
es que los que tiene riquezas entren en el Reino de los cielos ...
Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que
el que un rico entte en el Reioo
de los Cielos». Los ap6stoles
entonces no dijeron: «Señor, que ningún rico se salve», antici­
páodose a la teología de la liberaci6n, ~ino que dijeron: «En­
~onces ¿Quién se salvará,. Señor? Entendieron bien que ellos,
que eran pobres en lo
material y lo habían dejado todo, tam­
poco se salvarían porque eran ricos en el fondo de su alma.
Nosotros también estamos enriquecidos, porque El, que era
rico,
se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su po­
breza, dice San Pablo,
¿ habrá habido una criatura más enrique­
cida que
la Santísima Virgen? La Virgen, a pesar de estar en­
riquecida con gracias tan inmensas, se hizo tan.·· pequeña que
para ella fue posible lo que para los hombres es imposible: pasar
por
el ojo de la aguja. Y los que estamos. aquí, personas de la
cultura, intelectuales, tenemos que pasar por el ojo de la aguja.
¡Haceos pequefios! Porque Dios, para
las empresas más grandes,
elige lo pequefio y hará grandes cosas
. con este mundo de hoy
en la medida de nuestta
pequeñez. Nuestros criterios siempre
son distiotos que los de Dios. Cuando Samuel
va buscando para
ungir al que
ya a ser Rey del pueblo de Israel, Jesé le presenta
a todos
sus hijos menos a David porque era el más pequefio.
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ABELARDO DE ARMAS
Rechazó el profeta a todos y exigió la presencia del último. A
ese le ungirá Rey de Israel, porque Dios no mira la apariencia,
sino el corazón. Y cuando David contempla el
desafío de Goliat
y

a todos
los israelitas avergonzados y temerosos, les dirá. « ¿pero
es que no hay ningún hijo de Israel que sea capaz de enfrentarse
con éste? Yo iré a
él». Inmediatamente, el Rey Saúl se quitará
la armadura, le dará la espada, le revestirá de toda su indumen­
taria, y el pobre David, adolescente casi, ¡No
podrá moverse con
toda esa carga! Nueva lección para nosotros que amenazados
por
el coloso marxista o capitalista querríamos luchar con sus
mismas armas. (Y conste que no
voy a criticar ni al progreso ni
al Papa como algún medio de comunicación ha hecho porque ha
ido en avión a
sus viajes, por los gastos que traen consigo ---«
cada español .le costó ¡2,50 pts! el viaje del Papa~,· mientras
callan que
en· Madrid gastan seiscientos setenta y dos millones
a la semana en droga o alcohol y tabaco, los
. quinientos mil jó­
venes que hay de catorce a veiticuatro años, según estadísticas
del Ayuntamiento), deseando hacer de la Iglesia una gran em­
presa humana, una estructura filantrópica, una Cáritas interna­
cional. Eso no puede llevar la vida divina a las almas. Eso es
un confusionismo, ¿Cómo ir? Como David. Goliat se ríe de él.
Pero David le dirá: «Tú vienes hacia mí con yelmo y escudo.
Y
ó voy a ti en el nombre del Señor.
¡ Sólo en el nombre del Señor! Así tenemos que ir a la
conquista, a la catequesis, al apostolado, a la oración. «Desnudo,
Señor, porque no tengo derecho a nada, porque
soy miseria y
pecado redimido por Ti, Señor. No te avergonzastes
de mí y te
abajaste del cielo a la tierra. Lo dejaste todo para condescender
con el nombre. Descendiste para levantarnos hacia Ti».
En un villancico canta San Juan de la Cruz:
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«La Virgen estaba en pasmo
ante el trueque que veía.
El llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
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lo cual, del uno y el otro,
· tan ajeno ser solía».
Efectivamente: bajó Dios del cielo a la tierra y llora en
el
momento de nacer, y el hombre se alegra. Los ángeles dicen
(
¡gozaos! ¡Alegraos en este día porque os ha nacido el Reden­
tor del
mund~, el Salvador, el Mesías!». Y El, envuelto en pa­
ñales y recostado en un pesebre, en suma pobreza, porque
Cristo antes de predicar las Bienaventuranzas, las vivió. Ese niño
recién nacido que llora,
es la misericordia encarnada, es la paz,
es
la limpieza de corazón, es manso, es humilde, trabaja por la
.justicia, será perseguido por causa de ella. Y El llora, y el hom­
bre ríe y
se alegra, lo cual, del uno y del otro, tan ajeno suele
ser. Porque el hombre no podía tener alegría sin Dios. Esta
es
nuestra única oferta de verdadero cambio. No nos echemos para
atrás. No nos acobardemos cuando en nuestro caminar hacia
la
santidad parezca que Jesús nos deja, que nos sentimos solos. ¡No
os dejéis impresionar por las apariencias! Al mundo hay que sal­
varlo en la fe, porque por fe entró el pecado original en el mun­
do: Adán y Eva creyeron a
la palabra de Satanás. Creyeron que
comiendo del árbol
de· ¡a ciencia del Bien y del Mal, serían como
dioses y prestaron acto de
fe a lo que veían .y no era más que
una fruta.
Cristo ha querido hablarnos con palabras que son espíritu y
vida, no materia. Y también le dejaron solo por
habl.ar así. Nos
exige la fe: «El que come
mi carne y bebe mi sangre tiene la
vida eterna,
y yo le resucitaré en el último día». T enemas que
prestar la fe en que en Cristo está el fruto que
nos da la vida.
¡Ahí sí que somos dioses! Ese Cristo lo tenemos en los Sagrarios
y, ¡qué pena que estando en los Sagrarios, le dejemos solo gastan­
do tantas horas ante la televisión
· con la cual nos envenenamos
insensiblemente! Criticamos mucho a la televisión, pero no
hace­
mos la mejor crítica que es no verla, porque en el subsconsciente
nos
dej~ la sensación de que el mundo está totalmente seculari­
zado, que no podemos hablar de Dios porque ni en televisión,
ni en el cine aparece Dios por ninguna parte y así, cuando tú vas
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en el autobús, en el tren, estás al lado de una pei:sona, etc., todo
el mundo
se comporta como si no le importase lo sobrenatural,
siendo
así que la gente tiene una sed inmensa de lo tracendental.
Habla
con-la gente de Dios aunque se rían en principio de ti,
sobre todo de
alma a alma, uno a uno. Verás maravillas. Te
llenarás de celo misionero.
Esta
es la consigna que Juan Pablo II ha venido a urgir a
los españoles: El espíritu misionero «que os lo he predicado (ha
dicho) con nueva intensidad como hace dos años». Porque «cuan­
do un católico tiene conciencia
de su fe, se hace misionero». Los
que estamos aquí, tenemos que hacer misión, pero entendiendo
la
misión como cruz, sufrimiento, y gozándonos en él. Por eso
Juan Pablo
II es tan positivo cuando nos ha dicho esto: «Sed
firmes en la
fe como este Pilar de Zaragoza. Sed coherentes en
vuestro comportamiento personal, familiar
y público, con las en­
señanzas de nuestro Señor Jesucristo. Dad testimonio práctico
de
la grandeza y bondad de Dios ante aquellos que no le co~o­
cen, o, conociéndole, parecen avergonzarse de El en público o en
privado». Un testimonio gozoso de la grandeza
y de la bondad
de
Díos porque Dios la tiene contigo cada día. Pero tú, solamente
caerás en la cuenta de esa bondad
y grandeza cuando cada día
sientas tus miserias, que son los ventanales inmensos por donde
entra la luz luminosa de gracia para nuestra alma. Dios tapa con
tapones de humildad los agujeros que nuestra falta
de generosi­
dad
y de fe abren cada día.
Uno de estos muchachos que está aquí, me escribía este ve­
rano después de haber _sentido un llamamiento a la santidad, a
una entrega generosa (que
yo nunca llamo entregas totales, sino
devoluciones completas porque la vida
es toda un don de Dios,
y
hay que devolverle todo) y me decía: ,,yo puedo darle todo a
Jesús, puedo ponerlo todo en tus
manos, Abelardo, y dártelo
todo. Solamente hay una cosa que no puedo
dar: mis miserias,
porque constituyen parte esencial de mi ser. Yo te puedo dar mi
carrera y entonces sería yo sin mi carrera. Si tengo una biblio­
teca, puedo darte una biblioteca,
y seré yo sin biblioteca. Pero
si te doy mis miserias te doy algo que es esencial a mi ser. Son
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como las huellas digitales del alma, algo por lo que Dios nos
identifica a cada uno de nosotros
.. No te puedo dar esto, por­
que yo, siguiéndote a ti en lo que nos estás enseñando, pien­
so que hoy' más que reparadores en un mundo que ofende a
Dios, somos
focos receptivos por las calles, en nuestros ambien­
tes, de la misericordia divina ante un mundo que
se desalienta
en
la miseria». Nosotros no podemos ,desalentarnos en la miseria.
Demos gracias a
Dios, por las miserias porque son lo único
nuestro, con lo que nos hacemos humildes y por lo que El nos
puede remontar
hacia· Sí. Y no tengáis miedo. Creed que os ama.
Sabed que
os acepta así tal como sois. No os lo digo con palabras
de justicia, porque justicia sería jornal que se da a jornaleros pero
gracia
es herencia que se .da a los hijos. obedientes.
Dios perdona. Por mucha que
se nuestra maldad, tenemos
los sacramentos. Lo dijo Juan Pablo II en el Bernabéu a la
juventud: «queridos jóvenes, el mal es una triste realidad. Ven­
cerle con el bien
es una gran empresa. Brotara de nuevo el mal
cada
dfa con la debilidad peto rto temáis, Cristo amigo y sus
Sacramentos están ahí ¡Vuelve a Cristo, a sus Sacramentos!
¡Vuelve a empezar,
porque· El no desecha tus miserias, porque
El te ama, no sólo por ti m.isrno, sino scibre todO porque te
ve a través de las llagas de Jesucristo, nos ve injertados en
Cristo, nuestra cabeza, y el mayor amor vence al mayor pecado.
«Más ama Dios
al hijo que aborrece al pecado». Que el
pecado,
nunca nos detenga, y mucho menos las miserias de cada
día que aunque en nosotros son más .dolorosas para Dios que
los pecado_s mortales que en tiempos· cometimos, con todo, no
nos quita su gracia. El está en mí, vive en mí. Ese es mi gozo
y
mi alegría. Es mi tesoro. Por El tengo que escuchar cada día:
«¡Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un
te­
soro en el Cielo; luego, ven y sígueme», con lo cual me doy
cuenta que
el seguimiento de Jesucristo es la mayor riqueza
porque si El dice «ve, vende, dalo a los pobres y ven sígueme!»,
es que al lado de Jesús no hay pobres, -los pobtes están en
otro sitio--. Yendo con Jesús,
te enriqueces. Has vendido todas
las cosas porque has encontrado un tesoro en un campo y estás
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contento porque teniendo ese tesoro, lo tienes todo. «Tanto
me amaste, que me buscaste como si te. fuere la vida en hallat­
me y yo te huía como si me fuese la muerte en encontrarte,
siendo así que tú por encontrame hallaste la muerte, y yo, en
hallándome
tú, encontré la vida» (San Juan de Avila).
Esto que tendría que ablandat nuestros corazones y hacer
que
nos saltasen lágrimas: que Dios me busca a mí como si le
fuera la vida en hallatme, siendo
así que por encontrarme lo
que encontr6 no fue la
vida,· sino la muerte. ·
¡Buscad a Dios! mis queridos amigos de la Ciudad Católica
y no oS busq1Jéis a vosotros mismos, porque si te btiscas a ti
mismo, no solamente no encontrarás a Dios sino que te perde­
rás por aquello de que «el que quiera ganar su vida, fa perderá».
Busca a Dios y lo hallarás, porque
enseguida se-hace el en­
contradizo. Y, al tiempo, te encontrarás a ti mismo, cosa que
no buscabas.
¡ Qué maravilloso
es el amor que Dios nos tiene! ¡ Cuánto ·
gozo tenemos'que experimentar! ¡Fuera desalientos! ¡Me quiere!
¡Dios ha muerto en
l.a cruz por mí! ¡Muere cada día por mí
ofreciéndose en el Sacrificio de la Misa! ¡Está en el Sagrario
por
mí! ¡Está en mi propio corazón por mí! ¡Está en el próji­
mo por
mí!
Salgamos ·al mundo a evangelizar, sintiéndonos apóstoles,
porque lo somos, porque no podemos dejat el peso de la Iglesia
a dos millones de almas: un millón de religiosas, cuatrocientas
cincuenta y cinco mil almas consagradas (religiosos de distintas
órdenes) y, mientras, setecientos. noventa y ocho millones de
bautizados (
casi la mayoría de brazos cruzados) están metidos
en una batea donde tendríamos que remar
los ochocientos mi'
llones de hombres.
El laico tiene hoy
algo que decir en la Iglesia. Y tenemos
un quehacer y no podemos
justificarnos con que la Jerarquía
es una traba: Podemos hacer sin trabas de ninguna clase. Con­
tamos con la gracia de Dios para actuar.
Lo qué pasa que el.
miedo nos paraliza: miedo a sufrir, a dat, la . cara por Cristo a
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perder m1 llllagen a que me tachen ,de lo que me tenía que
llenat de orgullo: ser de Cristo.
Mis queridos amigos: perdonadme la dureza de mis palabras
pero pongo todo mi corazón en
d.las. Lo que os digo nace de
mi cariño: si no, no hablaría así. Pero, precisamente porque
somos
amigos de la Qudad Católica, es decir, porque somos
amigos de Cristo
(y he comenzado a hablar aquí prestándole mis
labios a El y mi corazón ~ la Santísima Virgen), creo que este
podría ser
el lamento de Ella. Esta es la petición de la Virgen
en Fátima que
se· ha puesto de rodillas literalmente .Para pedir­
nos que evitemos la terrible. hecatombre que nos amenaza, he­
catombe que no hace falta sea apocalíptica. Es que ya está a
nuestro alrededor: en las personas que nos rodeao y que sufren
increíblemente.
¡Hagamos oración! ¡Oración insistente! ¡Busquemos ratos de
oración! No son tiempo perdido. Son los tiempos
más fecundos
que podemos darle a nuestro corazón, a la Iglesia y

a la
socie­
dad en general. Tenemos tiempo para todo, tengamos también
para estar aote el Sagrario.
¡Hagamos penitencia! El 28 de febrero de 1948,
Lucía de
Fátima, en una carta a don Antonio García, Arzobispo entonces
de Valladolid le decía: «Esta
es la penitencia que el buen Dios
quiere ahora que muchas almas
se hao desalentado aote el men­
saje de penitencia, sintiéndose incapaces. La penitencia que el
buen Dios ahora quiere es la del cumplimiento de los deberes
según el estado de cada uno». Todos cuantos estamos aquí ha­
gamos esta penitencia,
y otra ( quizás la mayor, porque es donde
más sufrimos, donde queda crucificado nuestro amor propio al
ser desechados, al ver nuestro poco fruto),
la aeción misionera:
Hacer apostolado. Nosotros no buscamos éxitos y
el fruto lo
dejamos para la eternidad.
Lo que sí sabemos es que allí donde
hay un graoo de trigo que
se pudre y muere, hay fruto, Que
ahora nos corresponde
vivir aquí acompañando .a Jesús en su
pasión y en su muerte y que-ya resucitamos en nuestra-propia
vida al Cristo que llevamos dentro y que nos da el gozo y la
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fortaleza para actuar, pero esperamos con seguridad el triunfo
escatológico después de
la muerte.
La oración que hadamos
el día del Pilar era precisamente
esa: «Concédenos,· como
ese· Pilar, firmeza en la fe, seguridad
en le esperanza y constancia en el amor. Estamos aquí ante una
imagencita de la Virgen del Pilar,
¡pidámosle a Ella! Y, ahora,
cuando vayamos ante
el Santisimo a despedirnos de este en­
cuentro y recibamos la bendición de Dios, pensemos que lo más
.grande que hay aquí y que ante nuestros ojos se muestra como
lo más pequeño el.e esta casa, una hostia insignificante. El no
ha dudado nunca en hacerse pequeño. Nosotros, mirándole a El
sintamos esto para decirle: «Señor, ¡haznos firmes en
la fe!,
¡ danos seguridad en la esperanza! porque esperamos
y no pode­
mos dudar de Ti.
Con esta firmeza en la fe,
y con esa seguridad en la. esperan­
za, haznos constantes en el amor, y perseverantes en la pacien­
cia hasta
el fin.
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