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1990

La praxis democrática

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1990
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Democracia y educación

DEMOCRACIA Y EDUCACION
POR
NARCISO JUANOLA SOLER
Creo que sería útil que, para empezar, planteáramos dos
«dogmas»:
el de Derrick (1) y el de Chesterton. Estos afirma­
ron algo muy parecido:
el primero, que «un pato es un pato»;
el segundo, que «un cerdo
es un cerdo». Y hay que caer en la
cuenta de que este fundamento, esta base, este credo, podríamos
decir,
es a la vez que obvio, importantísimo.
En efecto, con estas afirmaciones que, al fin y al cabo, son
iguales,
se toma como punto de partida el principio fundamen­
tal del «realismo»:
el «ser» no puede «ser» y «no-ser» al mismo
tiempo y bajo la misma relación, todo lo contrario de lo que
se plantea desde el «culturalismo occidentalista» si seguimos las
expresiooes
tan queridas por Sciacca.
La educación actual se centra en la potenciación de aquellas
capacidades que son «apreciadas» en
el «mercado». Por ello, los
Centros de Enseñanza pasan a convertirse en centros de «escepti­
cismo», puesto que centran toda su atención en fomentar aquellas
«opciones académicas vendibles». Ya
no hay «sabiduría», ya que
se pierden las preguntas básicas: ¿ Qué relaciones existen entre
las distintas «opciones»?,
¿ cuáles de ellas plantean realmente los
problemas de las personas?,
¿ qué respuestas se ofrecen a los
problemas que plantea la condición humana? Como todo ello
no interesa, el «nihilismo» hace acto de presencia y entra de
lleno en la cultura.
La educación actual corte el peligro de alargar irresponsa-
(1) DERRICK, C.: Huid del escepticismo, Ediciones Encuentro, Ma.
dri, 1982.
Verbo, núm. 291-292 (1991) 125
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blemente la niñez, al ofrecer una «mentalidad servil» que, de­
lante de las materias educativas, se pregunta únicamente «para
qué sirve», creando un mundo de «medios» (no de «fines»), un
mundo que El pequeño principe hubiera rechazado ( o que le hu­
biera obligado a efectuar
un curso acelerado de marketing).
Cuando
la educación debería ser «una educación "para" la
libertad» nos encontramos con que no es más que «una educa­
ción "por medio" de la libertad». De ahí que nos hallemos en
una especie de «supermercado de la formación», entendida, no
como ejercicio sino como «mercancía», presentada en «paque­
tes», tan atractivos como inconexos. Así dice Derrick: «Los
estudios que se suponen liberales, sin embargo -aquellos que
pretenden valer la pena por sí mismos, puesto que
se interesan
por la naturaleza y
el destino del hombre y por la comprensión
de
la realidad, por la sabiduría-, deben considerarse desde ahora
como un echar canas
al aire, una válvula de escape para las fan­
tasías personales, y para el autoengaño» (2). Y más adelante,
el mismo autor sigue diciendo: «La actual escena universitaria
europea y americana está dominada por este concepto que po­
dríamos llamar «La igualdad y autonomía democrática de las
. materias». Tiene un cierto sentido a nivel práctico: no se pué"'.
den obtener grandes resultados en ningún campo sin un alto
nivel de especialización. Pero éste es
un principio ilusorio si no
lo matizamos. fuertemente: se basa en la ignorancia, estudiada o
escéptica, del hecho de que existe una jerarquía natural o
se­
cuencia de disciplinas, que existen cuestiones primarias y secun­
darias. El
no reconocer esto es la razón fundamental del actual
fracaso de la educación liberal»
(3 ).
Los medios de comunicación actuales pretenden formar un
público muy instruido, «muy
leído», pero, «¿se conoce la sabi­
duría que da
la libertad?», ¿ podrá elegir con responsabilidad?
Mucho
es de temer que, en vez de todo esto, elija al azar, víc­
tima de las presiones, del puro capricho, o bien por instinto.
(2) DERRICK, C.: Op. cit., pág. 79.
(3) DsRR1cK, C.: Op. cit., pág. 154.
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En todo caso, la «filosofía» no ha !!§lit: su estudio sería como
tratar con la locura humana. Así, se tratará de educar como
aquel químico que hace juegos de laboratorio, sin ningún cono­
cimiento real.
La educación actual está en una encrucijada «escéptica» y no
hay que olvidar que el escepticismo es la píldora anticonceptiva
en filosofía.
La gente de hoy día hace puentes, pero, ¿ debemos
cruzarlos?, ¿por qué?, ¿para qué?
Las modas, las tendencias, los medios de comunicación de
masas, las glándulas,
la psicología, etc., son más importantes
que
la «verdad de los seres». Por ello, las ideas, en vez de ba­
sarse en lo que «son» las cosas, se fundamentan en los «deseos»
sobre lo que han de ser las cosas: del «yo pienso» cartesiano,
se ha
pasado al «yo siento» empirista y a1 «yo quiero» niezs­
cheano. M. F.
Sciacca (4) afirma que «el escepticismo no es sólo un
error filosófico, sino que, además, es impiedad», por lo que una
educación basada en él no es más que una educación impía, falla
capital en la que incurre
el actual democraticismo. En efecto,
el rechazo de la capacidad natural para conocer la verdad con­
lleva la anulación de la necesidad (natural) de conocerla, de bus­
car la auténtica sabiduría. Ello supone una inhumanidad educa­
tiva que quiere, sin conseguirlo, hacer inaccesible la verdad. Así
todo tipo de inmanentismo, subjetivismo, relativismo o feno­
menismo. Todos ellos sugieren que no hay
ninguna verdad que
sea trascendente, que no hay verdad divina (ni humana), llegan­
do al absurdo de pensar ( ?) que la mente humana es el único
absoluto, aunque a la larga también
se da cuenta de que tam­
poco
esa consideración vale nada, meta a la que se llega desde
una consideración nihilista del pensar y del obrar (historicismo,
finitismo
).
Tanto la «razón por encima de la razón», dice Sciacca, como
la «razón por debajo de la razón, se sitúan en la impiedad».
(4)' M. F. Sc1ACCA: En esplritu y verdad (Filoso/la y Religi6n),
Edit. Escelicer, Madrid, 1955.
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La vida académica, dice Derrick (5), la vida intelectual, no
es sino un servicio y búsqueda de la verdad
y la verdad es uno
de los nombres
de Dios. Y más adelante, en la misma página,
sigue diciendo que
la educación debería ser una actividad fun­
damentalmente religiosa, un modo de venerar
... Así, todas las
actividades educativas están orientadas hacia Dios, porque el
tema es siempre Dios (6).
Al
punto nos sale la «gran objeción» de Kant: i Heterono­
mfa ! (7). Pero el filósofo J. Pieper le da la réplica (8): también
el hombre es un ser necesitado «en tanto que espititual» y no
puede, por lo tanto, circunscribirse
la necesidad al ámbito fisico­
sensible d fenoménico. En definitiva, «no podemos querer no-ser
felices». Cuando Kant plantea como finalidad ética al hombre,
no dice
cuál es el fin del hombre, es decir, deja la moral en sus­
penso y el ha=lo así denota una impiedad larvada. ¿ Acaso su
agnosticismo
teórico y su fídeísmo o exigencialismo ético-religio­
so no
ha sido la punta de lanza del ateísmo del mundo contem­
poráneo cuando éste ya no ha sentido la exigencia o necesidad
de Dios?
Hay que superar en todas las cuestiones,
más aún las educa­
tivas, la dicotomía «autonomía»-«heteronomía». El deseo natu'
ral de sabiduría, de verdad-bien-belleza, «no lo creo yo» (y, por
lo tanto, no
soy autónomo); tampoco «no viene de fuera» (y,
por lo tanto, no
se da heteronomía) (9): el deseo natural de
sabiduría en la educación, que va íntimamente ligado a
la pie­
dad religiosa, como diría San Agustín, está en mí sin que yo sea
(5) DERRICK, C.: Op. oit., pág. 136.
(6)
DERRICK, c., Op. cit., pág. 137.
(7) KANT: Critica de la raz6n práctica, libro I, cap: I, párrafo 2
(tesis
I): todos los principios prácticos que presuponen un objeto de la
facultad apetitiva como
motivo determinante de la voluntad, son empí­
ricos en su totalidal
y no pueden dar leyes prácticas,
(8) Véase la obra de J. PmPER: Entusiasmo y delirio divino (En­
sayo filos6fico sobre el diálogo plat6nico «Fedro», Edit. Rialp, Madrid,
1965, pág. 145.
(9) Ver el escrito de A. ÜRozco: La libertad y la ley moral~ Cua­
dernos M. C., núm. 35, Madrid, 1983.
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su autor o su fuente. Por ello ese deseo es «liberador», porque
la piedad es liberadora de todo mito y la base de una educación
«integral». El mismo Platón en
el diálogo «Fedro» ( 10 ), después de
haber escuchado
el discurso de Lisias, por boca de Sócrates, afir­
ma que lo oído denota una simpleza y una impiedad totales,
además de transparentar una ingenuidad refinada
y no decir nada
verdadero ni sano (nosotros diríamos «nada educativo»).
En el «banquete» (
11 ), Diotima, una mujer de Mantinea,
dice que
el amor lo es respecto de lo bello, de suerte que es
necesario que el amor sea filósofo y, por ser filósofo, algo inter­
medio entre
el sabio y el ignorante.
Sciacca, que en su etapa de formación intelectual,
se inspiró
profundamente en Platón, coincide totalmente con estas pala­
bras (12)
al escribir que en todo hombre hay sabiduría e ignoran­
cia, estupidez e inteligencia, o sea, que en todo ser
humano hay un
Protágaros y un Sócrates que luchan y que sólo la «libertad
ini­
cial» (aceptación del propio límite y de la propia finitud), es el
punto de partida eficaz de todo quehacer humano, sea o no di­
rectamente educativo.
Platón mismo, por boca de Fedro, acaba el diálogo con estas
magníficas palabras:
«Querido Pan
y todos los demás
dioses de este lugar: concededme
que llegue a ser hermano en mi
interior y, exteriormente, que
todo lo que poseo esté en amistad
con
lo de dentro. Que considere
como rico al sabio, y en cuanto
(10) PLATÓN: «Fedro», 242b-234e.
(11)
PLATÓN: «Banquete», 202e-204e.
(12) M. F. ScrACCA: Pueden consultarse las s1gu1entes obras: FilosoM
fia e antifilosofía (Marzotatí &lítote, Milano, 1973); Gli aríeti contra la
verticale (Marzorati Editores, Milano, 1972). -Ver el cap. V: «Cultura
e
anticultura»--; L'oscurame"nto lell'íntelligenza ·(Marzorati Editote, MilaM
no). Trad. esp., El oscurecimiento de la inteligencia, Gredas, Madrid, 1973.
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a la fortuna material, la tenga
tal cantidad que no pueda tomarla
sobre
sí ni transportarla sino al
hombre sobrio».
También Platón
veía claramente que la prisa conduce a la
impiedad y la filosofía a la contemplación. Una razón socrático­
platónica que,
más adelante, junto a otras filosofías, se abrirá a
la fe en la Palabra divina.
Por su parte, J. Balmes (13) afitrnaba que se puede ser libre
sin ser rebelde
ni impío, que todo cisma engendra rebeliones y
que la ausencia de principios morales y religiosos lleva en
ger­
men la creación de un nuevo Leviatán, de cuyas obras, en ma­
terias educativas, estamos sufriendo hoy día las consecuencias
más nefastas (proyectos educativos tecnocráticos, eslóganes sexua­
les, inmoralidades públicas, etc.).
En educación, la relativización de la piedad provoca la rela­
tivización
de la moral y ésta la progresiva liberalización de los
cdmportamientos (14). Es normal, pues, que los que hablan de
«Europa» lo hagan, no en base a su esencia (Atenas-Roma-Jeru­
salén, o sea, Razón-Derecho-Fe), sino por miedo a una hecatom­
be, o por utilidad pragmática.
J. Balmes, en su obra
El Protestantismo comparado con el
catoUcismo,
manifiesta constantemente que la negación de los de­
rechos de Dios implica la negación de los derechos del hombre
y que el rechazo de la religión conlleva la creaci6n de las leyes
más duras. Es, dice Balmes,
la «omnipotencia de la impiedad»,
que niega la fuerza moral y se acoge a la fuerza física, que niega
la unidad de la fe y promueve la discordia religiosa y la licencia
de pensamiento. Y
es que la libertad en materia de educación
no puede fundarse en la increencia, en esa impiedad que «siem­
bra vientos y recoge tempestades», en esa libertad
de negar a
(13) J. BALMES: El protestantismo comparado con el catolicismo,
Edit. B.A.C., Madrid.
(14) R. GóMEZ PÉREZ: Represión y libertad, Eurtsa, Pamplona, ca­
pítulo I, 5, págs. 62. y sigs.
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Dios que, grita Balmes, «i tampoco la queremos!», puesto que
s61o conduce, o bien a la esclavitud, o bien a la anarquía ( 15).
También
el Dr. J. Torras i Bages explica que la escuela neu­
tra es un pecado contra natura, porque el hombre no es neutro
y el eco de la voz divina no puede suprimirse nunca, so pena de
realizar una amputación monstruosa.
En efecto, la escuela neutra
es impotente para educar la conciencia moral, puesto que toda
educaci6n supone una autoridad y sin Dios ésta no existe.
La
escuela neutra podrá ilustrar y hasta educar la inteligencia, hacer
hombres instruidos,
crear ha'bitos de estudio y aptitudes para
los diferentes ramos de la actividad humana, pero la conciencia
quedará sin cultivar, en estado salvaje, porque no habrá
nin­
guna autoridad que la legisle. Por esto, dice Torras i Bages,
vemos tanta muchedumbre de conciencias salvajes en nuestra
sociedad civilizada.
La escuela neutra degenera rápidamente en escuela contra
la religi6n cat6lica por la propia naturaleza de las
cosas. Todo
depende de Dios
y, sin El, la conciencia se desvanece. La educa­
ción no
es sino cultivo y ordenación de la vida. Por esto el
temor de Dios
es principio de sabiduría y los hombres de todos
los tiempos han mirado con repugnancia la «impiedad» y la han
considerado origen de todos los males y principio de disolución
social.
Convertir la escuela en un aprendizaje, prescindiendo de la
educaci6n moral, no
es hacer una obra humana: es dar únicamen­
te aptitudes externas, pero no
es moldear al hombre. Con ello,
es muy fácil desequilibrar a las personas. El hombre, sin con­
ciencia, instruido y hasta sabio es el bruto más dañino: si es
elocuente, reviste el crimen de tal elegancia de formas, que llega
a obtener el aplauso de las multitudes sencillas.
No se pueden
separar educación e instrucción, a no ser que
se quieran formar monstruos, seres dese~uilibrados, infelices, sin
(15) J. BALMES: El protestantismo comparado con el catolicismo,
vol. IV de las Obras completas, Eclit. BAC, Madrid, 1967, consultar .pá­
ginas 526, 543, 546, 549, 551-553, 570--576, 681, 702, 706, 711-717.
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remedio, sin la brújula de la conciencia moral. Prescindir de la
conciencia es algo inverosímil. La escuela neutra, de hecho, casi
nunca resulta tal,
ya que la conciencia, buena o mala, reclama
sus derechos. La escuela, por su propia naturaleza,
es edificativá
y, en España, si no es cristiana, será destructiva. Los españoles,
en religión, o son cat6licos, o
no son nada. Convertir las escue­
las en centros neutros de instrucción va contra el modo de ser
del país y convierte la escuela en centro de destrucción religiosa.
En todos lcis lugares, la escuela neutra ha de hacer hombre~
neutros y, al hombre la naturaleza no lo ha hecho así. Una socie­
dad de hombres neutros sería intolerable y no aguantaría, por­
que
la naturaleza es irresistible y sincera. La escuela neutra, no
siendo sincera, se descubre a sí misma y se revela como lo que
es: enemiga del Cristianismo.
Torras i Bages, con diferentes palabras, pero con la misma
idea de fondo que Balmes, Sciacca y tantos otros católicos fer­
vientes han dicho que
el escepticismo va de la mano con la im­
piedad y la escuela neutra. En efecto, en el escepticismo no hay
regla y sin regla no hay conciencia moral. Por ello,
el escéptico
es un hombre sin conciencia ; careciendd de regla, al no creer
en ella, no puede tener conciencia y hará ley de su vida al pro­
pio temperamento, o bien a una teoría social de moda, sin raí­
ces en la conciencia individual y falta de una sanción íntima.
Entonces, habrá desaparecido la sociedad como comunidad,
ya
que somos todos hermanos por ser hijos de un mismo Padre, y
le habrá sucedido
la anarquía, que se intentará paliar, sin con­
seguirlo, con las leyes más duras.
En una sociedad escéptica sólo · se encontrarán semihombres:
la soberbia, aniquiladora del escéptico, la aniquilará también a
ella. Puesto
el contrapeso de las pasiones y apetitos no hará sino
provocar desequilibrios constantes. De ahí que
el escepticismo
provoque en
el hombre, en la educación y en la sociedad, una
infelicidad e inseguridad,
La neutralidad significa la nada y una edificación ha de
te­
ner un fundamento fijo, firme y real. «La neutralidad, o bien
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es una ilusión fatal, o una gran hipocresía que la impiedad se
reviste para aniquilar
más fácilmente el Cristianismo» ( 16 ).
El orgullo impío subyace en la raíz de la duda metafísica en
educación, lo que Sciacca llamaba la «estupidez».
En efecto, la
filosofía cientificista, nacida del «cogito» cartesiano, así como el
pensamiento naturalista, han roto
la conexión entre el asombro
ante lo real y
la adoración y la piedad, lo que es igual, entre el
sabio y el santo. Por ello, la educación laicista está formando ( ?)
a doctos laicistas y, al mismo tiempo, a pesimistas agnósticos, a
hombres que no consienten el «límite» y que, en vez de adoptar
la actitud de la «alteridad por amor», en términos sciaccianos,
acoge la «egoidad por odio» (17 }.
Hemos sufrido muchas «revoluciones», la «copernicana», la
del «cogito», la «kantiana», la «marxista», la «nietzscheana», la
«anarquista», la «liberal», etc. Ya va siendo hora de llevar a la
práctica la «revolución de la piedad»,
la «revolución del espíri­
m», que no es, con palabras de Sciacca, «espíritu de revolu­
ción» (18). Esta «revolución» no consiste sino en la alegría de
existir cara a Dios, reconociendo nuestra dependencia respecto
a El (primer acto de piedad, o bien, en palabras sciaccianas
«libertad inicial» ( 19), viviendo en el temor (no angustia
ni mie­
do} de Dios, obrando de manera que todas las cosas pequeñas
de cada día sean hechas
con visión sobrenatural.
Tanto el «superhombre» utópico de Nietzsche, como el hom­
bre vacío de «nada» del existencialismo libertario
y ateo (filo­
sofías del absurdo), están por debajo del mundo pre-cristiano.
¿Habrá que re-descubrir de nuevo la
razón socrática, el «Eros»
(16) J. TORRAS i BAGES: Obras completas: «Sobre la enseñanza. El
hombre mutilado. La supremacía del poder civil o la fuerza de la ley y la fuerza de la gracia».
(17) M. F. Sc1ACCA: El oscurecimiento de la inteligencia, Edit. Gre­
dos, Madrid, 1973, consultar la primera parte.
(18) M. F. Sc1ACCA: LA hora de Cristo, &lit. Luis Miracle, Barcelo­na, 2.ª ed., 1961, consultar el cap. IV: «Subversión» antihumanístico-atea
y «revolución» humanístico-cristiana.
(19) M. F. SCIACCA: LA libertad y el tiempo, &lit. Luis Miracle, Bar­
celona, 1967, ver la primera parte de la obra.
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aladd platónico y el realismo analógico aristotélico para volver
a mostrar que nada
se opone a que la ciencia se abra libremente
a la
fe sobrenatural?
L. Giussani comenta la paradoja del ser humano, que con­
siste en la consideración de la hbertad como dependencia de
Dios. El hombre, dice, depende
y la esclavitud consite en negar
o censurar esta relación.
La religiosidad no es más que la con­
ciencia vivida de esta relación, por lo que la libertad auténtica
se encuentra precisamente en la religiosidad. Y de
ahí que la
única rémora,
la única frontera, el único limite a la dictadura
del hombre sobre el hombre, la única objeción a
la esclavitud
del poder, la única,
es la religiosidad (20). Ya lo decla San Agus­
tín: «Hay quienes creen poderse purificar por su propio esfuer­
zo para unirse y contemplar a Dios; a éstos los enloda la sober­
bia...
Se prometen estos orgullosos alcanzar la purificación por
sí mismos, porque algunos entre ellos lograron con la perspica­
cia de su inteligencia elevarse sobre la criatura y vislumbar
algón tenue rayo de la inmutable verdad, y se mofan .de los cris­
tianos que viven de la sola fe, y no tienen aún sus conocimien­
tos» (21).
J. Pieper, que nos habla de nuestra época como un momen­
to histórico de apostasía y altivez; T. Goritcheva, que
nos habla
de ella como de
un momento de autocomplacencia y de entropía
moral, etc. (22), coinciden con San
Agustín. Siguiendo sus orien­
taciones, no sólo hay que rechazar el mal, sino, además, lo
más
importante, lo que, según algunos, . muere un día más tarde
de morirse el interesado: la soberbia.
¡ Tenemos derecho a or-
(20) L. GrussAN1: El sentido religioso. Curso básico de cristianismo,
vol I, Ediciones · Encuentro, Madrid, 1987,
(21) SAN AGUSTÍN: De la Santlsima Trinidad, IV, 15, 20 (Sobre la
presunci6n de los impíos).
(22) Puden consultarse las obras de J. PIEPER: La fe ante el reto
de la cultura cóntemporánea, Rialp, El fin del tiempo, Herder. También
pueden verse la sobras de T. GoRITCHEVA: Hahltlt' de Dios resulta peli­
groso, Herder, Hi¡as de Job, Herder, La fuerza de la locura cristiana,
Merder, La fuerza de los débiles, Ediciones Encuentro, Nosotros soviéti­
cos conversos, Ediciones Encuentro.
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ganizar la vida cara a Dios!, superando la propia pereza, la pro­
pia timidez, el propio narcisismo.
Contra
ese humanitarismo ( ?) pagano relativista, pragmático,
que nos plantea una
religión desdivinizada, una educación lai­
cista agnóstica e implícitamente (y hasta explícitamente en al­
gunas ocasiones) atea, una paz utópica intramundana, hemos de
oponer la fuerzas de un alma buena, que hace justicia a la reali­
dad, que
es piadosa y valiente · y no insensata ni intemperan­
te
(23 ). La negación volteriana del cristianismo llevó a un nuevo
politeísmo
y éste al culto de la diosa razón que, al poco, al verse
que no era tal,
desembocó en el escepticismo y en la indiferencia,
o sea, en la impiedad, que no es más que «el intento de ser
grandes y felices sin Dios»
(24 ).
El autoritarismo tecnocrático anónimo y el totalitarismo que
se presenta en forma democrática, concentran toda la estupidez
reductiva al buscar únicamente
el «optimum de felicidad», el
«nivel de vida». Esto es la lógica del poder que permite el «apre­
tón de manos» entre las dos «barbaries civilizadas», por encima
de la cabeza
y con el común pie materialista, separando la cues­
tión de los medios de la de los fines, promoviendo el afán del
«tener» sin «ser»
y fomentando la razón funcional-instrumental
del «horno calculans»
(25).
Estamos asistiendo a una ofensiva generalizada contra el prin­
cipio de autoridad, contra la naturaleza
y el ambiente, contra
el hombre radicado y el hábitat humano, contra los sentimien­
tos, la moral y
la virtud. La desacralización y la profanación de
las
cosas mismas hacen fidedignas aquellas palabras de F. J.
Sheed: «El hombre destruye lo que no reverencia» (26). Inclu­
so la ofensiva que antes mencionábamos, se da contra el pro­
ducto genuino, contra
el respeto y la escucha atenta de la na-
(23) PLATÓN: Diálogo «Gorgias» o de la retórica, 507c~509a.
(24) A. Ros:MINI: Frammenti di una storia della impkta, consultar
Apologetica. Opere varíe di A. RosMINI, Milán, 1840, págs. 321-431.
(25) M. F. ScIACCA: El oscurecimiento de la inteligencia, ver la se­
gunda
parte, caps. II-IV.
(26) F. J. SHEED: Sociedad y sensatez, Edit. Hetdet, Barcdona, 1963.
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turaleza y su equilibrio (27). La ofensiva, por supuesto, se da
también contra el espíritu religioso en la educación de la juven­
tud.
De ahí el fomento de una .humanidad secularizada y el pre­
dominio de lo funcional y de lo impersonal, «sin escolta de
alma» (28), preocupados únicamente por
el rendimiento, la va­
nidad y el orgullo.
La «democracia» sin democracia sólo trata de «persuadir»,
como dice
Platón el Gorgias (29) cuando critica la mala retó­
rica. Y esa «máquina para aprender» en que se convierte la es­
cuela que prescinde de la «sabiduría» acerca del hombre, implanta
la nueva «Trinidad»: poder, eficiencia
y éxito, base del colec­
tivismo productivo-consumista que, vacío de «ideologías», todas
ellas
ya «reajustadas», se presenta en forma de un socialismo
incoloro, así como un humanitarismo genérico. De ahí el surgir
del tecnocratismo liberal o socialismo aristocrático, que preten­
de edificar
la «torre de la estupidez» (30): una construcci6n ya
intentada, que no respeta ningún valor y engendra la conciencia
nihilista. Y a Vico decía aquello de
«Se non siasi pío, non sipuo
esser saggio».
La educación, tal como es entendida hoy día por los esta­
mentes públicos,
es incapaz de formar a los hombres, que por
suerte, dice Sciacca, no se fabrican en serie, ni les ayuda a for­
marse por sí mismos sin matarles espiritualmente, o ser ellos
mismos el objeto de la educación,
y no medios «perfeccionados»
de bienestar
y de utilidad social, o «sujetos» adaptados al má­
ximo rendimiento en la economía de una sociedad (31). Es lo
(27) Consultar las obras de C. DERRICK: (La creaci6n delicada: una
contribuci6n cultural contra la destrucci6n del ambiente, Ediciones En­
cuentro, Madrid, 1987) y de G. THIBON: (El equilibrio y la armonia,
Edit. Rialp, Madrid, 1978).
(28) G.
THIBON: Op. cit., ver el apartado «El culto y el desprecio
dd cuerpo».
(29) PLATÓN: Gorgias, o de la retórica, 452e467d.
(30) M. F .. Sc1ACCA: JI magnifico oggi, Citta Nuova Editrice, Rnrna,
1976, consultar apattados I, II, XV, XLVI y XLVII.
(31) M. F. Sc1ACCA: En esp/ritu y verdad. Op. cit., apattado VI:
Educar.
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que Schumacher dice en su obra Guía para perple¡os: los hom­
bres
ya no saben nada sobre las cosas que realmente valen la
pena y lo
más lamentable, no es que los científicos se especiali,
cen, sino más bien que generalicen. Así, sigue diciendo Schuma­
cher, este «imperalismo
científico», siguiendo el lema baconiano­
cartesiano de dominio de la naturaleza por el hombre, pierde
el factor cualitativo de las cosas y de sí mismo, cultivando las
«ciencias para manipular» y olvidando las «ciencias para
com­
prender» (32). «El mundo moderno, dice este pensador, tiende
a ser escéptico hacia todo lo que exija utilizar las facultades
superiores del hombre. Pero no
se muestra escéptico ante el
escepticismo, porque apenas exige nada» (33
). Ahora bien, si
nuestro mapa de la vida anotado, no puede mostrarnos d6nde
se
sitúa «el bien» y c6mo puede alcanzarse, no sirve para nada (34 ).
El hombre actual no hace caso de aquellas palabras de Santo
Tomás cuando decía que
es más deseable el mínimo conocimien­
to de las
cosas más elevadas, que el conocimiento más cierto
de las de menos categoría. Ocurre, pues, que «nuestra mente
ordinaria trata siempre de convencemos de que no somos nada
más que bellotas y que nuestra mayor felicidad consiste en con­
vertirnos en bellotas mayores,
más gordas y brillantes; pero esto
s6lo interesa a los cerdos. Nuestra fe nos hace conocer
algo
mucho mejor: podemos convertirnos en encioas» ( 3 5). ¿ Habrá
fracasado el experimento moderno?
¿ Habrá fracasado la nueva
torre de Babel?: Plat6n, San
Agustín, Sciacca, Pieper, Gorit­
cheva, Derrick, Schumacher, Thibon, Balmes, Torres i
Bages y
un largo etcétera nos dicen que sí. Pero es Cristo quien ya nos
dijo que sin El, el hombre nada
podía y que en vano se afanan
los hombres
si la piedra angular falta en· la consttucci6n de la
sociedad.
(32) E. F. ScHUMACHER: Guía para los preplejos, Eclit. Debate, Ma-
drid, 1981.
(33) E. F.
SCHUMACHER: Op. cit., pág. 91.
(34) E. F. ScHuMACHER: Op. cit., pág. 189.
(35) E. F. ScHUMACHER: Op. cit., pág. 193.
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