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1990

La praxis democrática

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1990
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Moralidad y democracia

MORALIDAD Y DEMOCRACIA
POR
JAVIER NAGORE YÁRNOZ
INTRODUCCIÓN
El tema común para la XXIX Reunión de amigos de la Ciu­
dad Católica, que estamos celebrando -«La praxis democráti­
ca»-, parece indicamos que dejemos de lado toda teoría, para
poner de manifiesto los
frutos democráticos en las áreas de diario
vivir. Frutos religiosos, morales, éticos, culturales, informativos,
etcétera, nacidos de los principios que informan una democracia
tal
y como se configura ésta; al menos tal y como se nos aparece
hoy en los Estados, en las formas de gobierno, en
la sociedad
en suma. Conferencias y foros han puesto de relieve, en estos
días, vatios de esos
frutos; muchos, en realidad, si contamos
tantas intervenciones de nuestros amigos. Sin embargo, la abun­
dancia de esos frutos no
significa su bondad. Al contrario, del
axioma evangélico
--«por sus frutos los conoceréis»-que pu­
diéramos aplicar, que debemos aplicar, mejor dicho, a los
prin"
cipios democráticos, conocemos que del tronco de donde nacen,
la democracia,
no pueden salir frutos mejores. Porque una de­
mocracia, tal como hoy se entiende, fundada casi exclusivamen­
te en una legalidad convencional -perverso fruto de una igual­
dad y una libertad desviadas de sus fines
esenciales-, no puede
cohonestarse con la legitimidad moral ( 1
).
Poco tiene que ver la democracia, tal y como se entiende,
tal
y como se practica, es decir, empapada en un neoliberalismo
(1) d'ÜRs, Alvaro, Carta, el 20-VIII-1990.
Verbo, núm. 291-292 (1991). 161
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socializante (o en un socialismo liberal, como más guste), con
la Democracia genuinamente cristiana
- designaré con mayúsculas, para distinguirla de esas otras demo­
cracias, incluso la
demócrata-cristiana-, la que acata el orden
absoluto de
los seres y de sus fines ; poco tiene que ver ésta con
las democracias tan lejanas de aquel acatamiento a la base moral
racional, inherente a la humana naturaleza, como para ignorarla
e, incluso, combatirla. Tales democracias se convierten automá­
ticamente en formas, descaradas o encubiertas, del absolutismo
del Estado (2), en
el que --con forma totalitaria o democrática­
se produce igualmente una subordinación de la moralidad a la
utilidad. Esto, repito, cuando la Moral no se ve eliminada del
hdrizonte colectivo y personal, en un proceso que afecta a las
esferas pública y privada de la convivencia;
y que repercute,
además, gravísimamente en el Derecho positivo;
ya que la mo­
ralidad genuina es la única fuente segura para un correcto desa­
rrollo del ordenamiento jurídico. Y esta crisis afecta no solamen­
te a
las exigencias espedficas de la moral cristiana, basada en la
Revelación, sino que afecta, también directisimamente, a las
exi­
gencias comunes de la moral natural, moral racional, basada en
la esencia y en la naturaleza del hombre.
«Ninguna experiencia política, ninguna democracia puede
so­
brevivir si menosprecia la moralidad común de base ... Ninguna
ley escrita garantiza suficientemente la convivencia humana
si
nd extrae su fuerza íntima de ese fundamento moral» (3 ). Estas
palabras de nuestro Santo Padre Juan Pablo
II, resumen siglos
de historia, de regímenes políticos y formas de gobierno.
Tal vez porque no ignoran
esa verdad fundamental -aun­
que la silencien e intenten olvidarla-, Estado y gobiernos que
predican hoy el relativismo moral
y niegan la determinación de
principios morales o éticos universales, rinden, sin embargo, a
la moral y a la ética aquel tributo que, según
el dicho popular
y profundo, el vicio rinde a la virtud ; y que
es el concepto más
cabal de la hipocresía.
(2) Pío XII, Benignitas et humanitas (AA, 37), 1945.
(3)
JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos de Milán, el '19-1-1982.
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
En efecto, esos Estados y· gobiernos -tanúsimos de éstos
democráticos-apelan constantemente a los derechos de la per­
sona, a su dignidad, a su libertad, a tantos otros derechos hu­
manos -la tabla de ellos figura destacadam,,nte en sus progra­
mas
y constituciones demdcráticas--, y que no pueden ser tales
derechos humanos si no
se fundamentaran -mal que les pese
a
esos Estados y gobiernos-en una invariante moral. Precisa­
mente, esta invariante moral, este absoluto, también en la esfe­
ra del orden político,
es lo que justifica a Estados y gobiernos;
es decir, la que cualifica
sus decisiones; aquellas decisiones de las
que nacen las leyes, los actos de gobierno y del poder coercitivo
y las sentencias judiciales ; la que califica a los sujetos
-quienes
quiera que sean-de tales decisiones; la que hace, en última ins­
tancia, que se reconozcan subordinados a ciertos fines y normas
que
son superiores a la voluntad de cada uno, a los pactos de
muchos, y hasta a un pensamiento generalizado o
casi unánime
en
la sociedad ( 4 ).
Sí, ¡ ya lo creo!, existe una invariante moral incluso en las
democracias fundadas en la legalidad convencional y en un
rela­
tivismo o permisivismo moral, consecuencia de tal legalidad. Y
es a esa invariante moral a la que aquellas democracias rinden
el tributo análogo al que a la virtud rinde el vicio. Tal es tam·
bién su
hipocresía, su falsedad.
Poner tal hipocresía, tal falsedad, de relieve, pretende ser
el
objetivo de este trabajo, que voy a repartir en muy pocos epígra­
fes. Los enuncio aquí mismo para el buen orden expositivo:
l. La moralidad: postulados y principios.
2.
La características de la moralidad: objetividad, universa­
lidad, legitimidad.
3. Postulados
y principios democráticos.
4. Las características de la democracia al uso: subjetividad,
relativismo, legalidad convencional.
(4) GUERRA CAMPOS, José, La invariante moral del Orden PoUtico,
Conferencia en el Club Siglo XXI, el 29-IV-1982.
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5. Dos preguntas con sus respuestas poéticas.
6. Un final de
esperanza, ·
l. La moralidad: postulados. y principios.
La moralidad es la conformidad de una acción o una doctrina
con los preceptos de la moral, es decir,. de todo lo relacionado
con la clasificación de las actos humanos en buenos y
malos desde
el punto de vista del bien en general. Provenga la palabra del
latín
mos, morís= costumbre, o filológicamente de modo, mo­
deratio = templanza, moderación, justo medio, en todo caso su­
giere algo relativo a las costumbres, que es menester moderar o
atemperar según determinadas normas. Es, pues, cualidad de las
acciones humanas que las hace buenas. De
_ahí que la moralidad
pública haya de referirse a una función del Estado y
de su Ad­
ministración para velar por la conservación de la moralidad (5),
pues en la conservación de la
mo.ral se <:ontienen aquellas formas
y exigencias que han de reconocerse como el límite asignado a
la libertad de conducta del individuo en la vida social ;
es una
de las funciones
de Estados y gobiernos ; tal vez la de mayor
importancia.
A «groso modo», en el desarrollo de
\a moralidad pública
pudieran distinguirse tres períodos. En el primero, el Estado
se
limita a asegurar la máxima observancia del sistema moral de la
Iglesia. (Estamos hablando, naturalmente,
de un tiempo en el
que
el Estado, cuando éste surge en la Edad Moderna, adquiere
la función de guardián
de la moralidad). En un segundo período,
a consecuencia del eudemonismo, que persigue solamente la
feli­
cidad temporal de los individuos y de los pueblos ( como si pu­
dieran ponerse frenos a las pasiones en nombre de la materia),
el
Estado dicta unas disposiciones encaminadas a esa felicidad
temporal, contemplada como
fin exclusivo. Por último, en el ter­
cer período, el actual,
el Estado, influido por un liberalismo ra-
(5) MAili MoLINER, Diccionario del uso del español, H-Z, II, 1980,
pág. 453; RoYO MAR.fN, A.; Teólogía moral para. seglares, 1973, pág. 3 . .
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dical --que tiñe a su vez todas las manifestaciones democráticas-,
elimina
gran númeto de las leyes reguladoras de la moralidad
....,-privada y pública-, y la policía de las costumbres no atiende
a la .inmoralidad en sí, sino únicamente en cuanto que
su difu.
si6n a la excitaci6n a ella amenace intereses tutelados por una ley
humana
--desarraigada, por tanto, para el Estado, de su bases en
la ley natural
y. divina-y protegidos, tales inteteses, por el Es­
tado mismo, En este tercet petlodo no existe, l6gicamente, un
criterio superior
al . bien del Estado, y la expetiencia enseña que,
con semejante sistema, la moralidad pública se convierte en
pÚ·
blica inmoralidad.
«Hay quien
no acepta --decía el Papa Pablo VI-ningún
principio moral absoluto: es el petmisivismo modetno ( el teteer
período de que hablamos) que rechaza toda norma superior vin­
culante» (Alocuci6n del 20-VII-1977). Pues bien, la sociedad pet·
misiva, formada por hombres que se dicen aut6nomos, caracte­
riza buena parte

del mundo occidental, democrático. El humanismo
sin dimensi6n trascendente ha logrado configurar una
sociedad
en la que predomina la pérdida del pudor, la exaltaci6n del sexo,
y, como consecuencia, el envilecimiento de la condici6n del hom­
bre. Un factor decisivo -manifestaci6n de otros más graves-­
ha sido
la actitud de los medios de comunicaci6n sodaL A tra·
vés de la prensa, del cine, de la televisi6n, de los anuncios, el
hombre de
hoy está som~tido a una presi6n que alcanza el ám­
bito familiar, la intimidad de las conciencias.
En una sociedad totalmente permisiva -«ideal» de la demo­
cracia, tal y como se predica por los dem6cratas---, se pone en
peligro
la igualdad, la seguridad y, en último término, la misma
libettad que es reducida a una ficci6n. Es decir, se destruyen los
principios mismos en que, dicen los demócratas, se fundamenta
la democracia por ellos alabada. Sí, hasta la libertad se reduce a
una ficción, pues,
¿ quién es libre para negar y combatir esos dog­
mas democráticos sin ser tachado de fundamentalista o fascista,
confundiendo así los
principios morales con las ideas políticas?
Y no solamente se reduce la libertad de los demás --de los que
niegan
la petmisividad a ultranza-, sino que, también, en el. as-
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pecto moral se desarrolla algo peor que la hipocresía; pues si
antaño
se hacía el mal pero se daba a entender lo contrario, ho­
gaño el permisivista hace el
mal, proclama que está bien, y, con
una violencia que no se detiene ante nada, pretende imponer en
la vida social su ruina personal.
Ni el
más acérrimo defensor del permisivismo suele negar
que la pornografía representa una amenaza para la gente joven.
Sin embargo,
es más corriente oir decir, por ejemplo, que lacen'
sura moral es conveniente para la juventud, pero innecesaria para
los adultos. Se
dan así soluciones distintas para un mismo pro­
blema, olvidando que lo que afecta a un joven afecta también a
un adulto { «lo que mancha a
un niño, mancha a un viejo», solía
decir el Venerable Siervo de Dios José María Escrivá de Balaguer,
fundador del Opus Dei); porque, en ambos casos, es la natura­
leza humana la que
se degrada con un tratamiento que la rebaja
al nivel de las bestias. Y cuando
se reduce al hombre a sus ne­
cesidades fisiológicas, nada queda a su capacidad espiritual y
equilibrio psicológico que lo
distinga de las bestias. Su libertad
se resuelve entonces en el condicionamiento absoluto
al deter­
minismo físico.
Insisto: este comercio de los instintos del hombre
es una nue>
va esclavitud que se contempla con indiferencia por muchos que
se dicen
--como se dicen todos los demócratas-amantes de la
libertad. Lo cual lleva consigo
la negación del derecho de la per,
sona a la moralidad pública; y este derecho a la pública morali,
dad por parte de todo ciudadano es uno de los derechos humanos
más importantes y más olvidados -¿ aparece en la famosa decla­
ración de Helsinki?; yo, al menos no lo recuerdo--, puesto que
sin
ese. derecho, de todos y cada uno, a salvaguardar su moralidad,
el hombre se ve privado de una
cualidad que, junto con la ra­
cionalidad del pensar, lo ha hecho, precisamente, hombre; lo ha
separado y puesto por encima del reino animal ( 6 ).
(6) La crisis moral se resume, como en el texto, en las encíclicas y
Documentos pontificios: Mater et Magistra (AA, 53. 1961); Summi Pon­
ti/icatus, 26 (AA, 425-426; 1939); y Siammo partico/armente (AA, 52,
1960; en GuTIÉRREZ GARCÍA, J. L., La concepción cristiana del ordpz so-­
cial, BAC, 1978, págs. 226 y sigs. ,
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
No hay más que mirar en torno para darse cuenta -a poco
que se ejerciten la vista y el raciocinio---- que hoy se está pro­
duciendo, en progresión geométrica, una
pérdida de la moralidad
objetiva; e, incluso, una inversión acentuada en
la recta aprecia,.
ción de los valores individuales y sociales.
Y aquí caben
dos preguntas básicas en esta materia: ¿ Cómo
se ha llegado a tal crisis moral? Y, ¿ cómo conocer en materia
de moralidad lo que es degradante, si previamente no se conoce
con certeza qué
es el hombre?
Bien ; no
se alarmen ustedes ante la envergadura de estas pre­
guntas que exigirían, para su respuesta completa, muchos trata­
dos filosóficos, jurídicos, políticos, etc.
Yo voy a contestarlas
desde el sentido común, que es, también, fundamento esencial
del sentido cristiano o, mejor dicho, católico de
la vida. Pues,
no cabe olvidar que si la
virtud natural se eleva a sobrenatural
por la Grada, también
el sentido común, propio de la natura­
leza humana racional,
se desarrolla por completo con ayuda de
aquélla ; llega a ser un don: el de Sabiduría.
Que el fin natural del hombre
se halle en estrecha relación
con la norma de moralidad
es una proposición de sentido común.
Pero ...
«Hubo un hombre nefasto, llamado Juan Jacobo Rousseau»
han de recordarse aquí estas palabras, pronunciadas
por José
Antonio Primo de Rivera en
un acto político cual fue el cele­
brado en el Teatro de la Comedia, en Madrid, el 20 de octubre
de 1933, en
el que se fundó Falange Española; y las recuerdo
porque las tesis
de aquel «hombre nefasto», para degradar am­
bos conceptos -que pensaba que toda voluntad es naturalmente
buena, justa y
sana-afectaron por igual a la moralidad y a la
democracia. Su antropologfa -----seguida por ideologías anticristia­
nas tales como el liberalismo, el socialismo y la democracia
libe­
ral-socialista o socialismo democrático, que viene a ser igual en
el fondo, e indusd en la
forma-olvida el pecado y la grada,
vllCÍa de todo valor positivo los conceptos de conciencia y de
responsabilidad, y disuelve el de libertad,
para tomar como re­
gla de la naturaleza su propia corrupción, ya que si el hombre
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realiza actos que no son adecuados al fin de su natutaleza que­
da en un nivel infrahumano. Olvida o desprecia así su condición
de
ser creadc que tiene una dependencia absoluta en su natuta­
leza con respecto
al fin que Dios le ha dado. Pues el fin natutal
del hombre
-y, por eso, su primera obligación moral ya en el
orden
natural-es conocer y amar a Dios sobre todas las cosas,
y referir
el amor de sí mismo y de las demás cosas al amor de
Dios como su fin.
Esta exigencia de la moralidad natural la conoce el hombre
con su razón
en sus aplicaciones concretas: en la Constitución
Gaudium et spes (núm. 16) se expresa esto muy bien: «En ld
más profunde de la conciencia, el hombre descubre una ley que
él no se da a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz
resuena, cuandc
es necesario, en los oídos de su corazón: haz
esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por
Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste su propia dig­
nidad».
Sí, el sentido común nos dice que todo hombre debe aceptar
una norma recta de conducta y vivir conforme a ella,
y que sólo
en la medida en que esta norma sea verdadera,
el hombre será
libre. Pero a nadie
se le oculta que la actuación frecuente en con­
tta de la recta conciencia, acaba por deformar ésta y se termina
en la ceguera para reconocer la
ley natural, negando así, también,
el sentido común.
Para contestar a la segunda
de las preguntas -¿ cómo se ha
llegado a esta crisis, -a esta negación racionalidad característica de la humana naturaleza?-hay una
explicación que abarca todas las posibles
«razones» de la ética
y de la moral humanas.
La explicación no es otta sino la de que
se niega el magisterio supremo de la Iglesia.
Pío
XI, citando unas palabras de Manzoni, explicó en qué
sentido
-'-COncurrente y no exclusivo-es la Iglesia guardianil
y defensora de la moralidad natural: «La Iglesia no dice que la
moral pertenezca exclusivamente a
ella, sino que pertenece a ella
totalmente.
Nunca ha pretendido que fuera de su seno y sin su
enseñanza el hombre nii pueda conocer alguna verdad moral;
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MORALIDAD -Y DEMOCRACiA
por el contrario, ha reprobado esta opjnión más de una vez,
porque ha aparecidd en más de una forma. Dice solamente, como
ha dicho siempre, que por la institución, recibida por Jesucristo
y por el Espíritu Santo, que el Padre le envió en nombre de
Cristo, es ella la única que posee originaria y perpetuamente
la
verdad moral toda entera («omnem veritatem») (7).
Los sucesivos pontífices han reiteradd esta verdad: «Que
Jesucristo, al comunicar a Pedro
y a los apóstoles su autoridad
divina, los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de
toda ley moral,
es decir, no sólo de la ley evangélica, sino tam­
bién de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cum­
plimiento fiel
es igualmente necesario para salvarse» (8). Cual­
quier intento de sustentar
el orden moral en· otros principios
será deficiente, y
más tarde o más temprano se resuelve en una
degradación del hombre.
Y
es que, en suma, la realidad más profunda de la moral
consiste en su conexión con la religión; con Dios, suprema rea­
lidad. No hay moral sólida si no se fundamenta en Dios. Por eso,
en
el fondo de todo problema moral hay una cuestión de teología
moral;
es decir, de «aquella parte de la teología que trata de los
actos humanos en orden al fin sobrenatural». Pues si bien es
cierto que los problemas morales son objeto material de estudio
por
la ética o filosofía moral, ésta sólo considera a los actos hu­
manos a la luz de la razón natural y en orden a un fin honesto
natural, en tanto
· la teología formal se apoya en la divina reve­
lación y los considera a
la luz de la razón iluminada por la fe y
(7) Pío XI, Divini illius Magistri, 15 (AA, 22, 1930).
(8) PABLO VI, Humanae vitae, 4, 25-IV-1968. He de advertir que
considero mejor decir «Iglesia cató_lica», «católicos», que «Iglesias cristia­
nas», «cristianos», para evitar imprecisiones; en modo alguno con intención
peyorativa o con
'intención de contrapOner los términos respectivos. Sigo,
en estó. al profes'ór ÜRLAND1s, J., que en su estudio titulado, ¿Qué es ser
católico?, explica: «El católico es d cristiano por excelencia, el cristiano
que goza de la plena comunión_ de la única :Iglésia de Jesucristo. Pero hay
otros cristianos que no gozan de esa plena comunión
y, sin embargo, lle­
van
el nombre. Conviene, pues, precisar la terminología, para rio caer en
ambig(iedades» (op. cit., pág. 13). ·
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conduce a los actos humanos al fin último sobrenatural. Y este
fin es la ra;s6n · misma de la existencia del hombre sobre la
tierra (9).
De ahí que la moralidad, al ser elemento que entra como
componente en todos los actos humanos, implica necesariamente
la existencia
de Dios y de la religión. Sin la verdad, sin el bien
no hay moral digna de este nombre. Por eso, el orden moral
se
fundamenta en la ley eterna, en Dios .mismo. Tal es la base
única de
la moralidad; si se niega la existencia de Dios, los pre­
ceptos morales se desintegran completamente. No puede haber
moral intranscendente. En
todos los sistemas -también los po­
líticas--cerrados a la trascendencia divina, queda separada la
obligatoriedad moral de la realidad de Dios y surge, necesaria­
mente,
la consecuencia de que la ley positiva -sin vínculo ni
con
la ley eterna ni con la natural, que es su reflejo-queda
sin fuerza intrínseca para obligar en conciencia. Tal
es la actual
«legalidad convencional» democrática que,
separando la moral de
la religión, quita a toda su ley su legítimo fundamento.
El negar un conocimiento de la ley eterna que opera
dentro
de nosotros mismos es tanto como negar la existencia de una
ley moral natural. Tal negación no sólo prescinde de lo que es
evidente, sino que llega al absurdo de hacer del hombre una es­
pecie de oborto de la naturaleza, la única criatura sin ley. Todas
las leyes están ligadas a la ley eterna, como los vagones
de un
tren a la locomotora; por muy a la cola del
tren que vayamos,
hasta el último vagón
depende del impulso de aquélla. Ninguna
ley humana que viola la ley moral natural puede llamarse ley,
porque deja de estar dirigida a los fines de la naturaleza hu­
mana y de servir, por lo tanto, al bien común del individuo, de
la sociedad y del Estado.
Así, pues, toda ley humana es ley en
la medida en que está en: armonía con la ley moral natural, que
no es otra cosa que la ley eterna vista desde
la perspecriva del
hombre.
' Ciertamente, la religión no es causa de la moralidad propia
(9) Royo MARÍN, A., Teologla moral par seglares, BAC, 1973, págs. 3-5.
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
de la ley natural, sino un efecto, un mandato emanado de ella.
Una religión revelada añade muchas cosas a los motivos de
mo­
ralidad y a las sanciones propias de la ley moral natural, pero
ésta no presupone bondades y maldades ajenas a
la naturaleza
humana ; sólo presupone
la existencia de una primera causa, pero
la moralidad que establece la establece por sí misma.
El que la
ley moral natural no exija el conocimiento de Dios no quiere
decir que Dios sea superfluo en
el orden moral. Nadie necesita
-dice Farrell-saber que Dios existe para freir un par de hue­
vos, pero si Dios no existiera,
no habtía huevos ni posibilidad
de que alguien los friera. El que una causa segunda sea eficaz
no quiere decir que no dependa de la primera.
Si ésta desapare­
ciese,
la segunda perdetía toda causalidad; sólo refiriendo la
indudable causalidad de la segunda causa a la primera, aquélla
es inteligible ? explicable.
La fuente próxima de la obligatoriedad de la ley moral na­
tural es el orden esencial de las cosas, tal como lo comprende
la razón natural y lo propone la voluntad, pero la suprema y
primera causa de esa obligatoriedad
es la ley eterna, cuyo autor
es Dios. De ahí que -quedó subrayado-toda cuestión moral
resulta ser, en definitiva, no
ya una cuestión ética, de filosofía
moral, sind de teología ; aplicándole los principios
de la ética,
sin
más, no puede resolverse ( 10). Con palabras de Pío XI, «so­
bre la fe en Dios, genuina y pura, se funda la moralidad del gé­
nero; todos los intentos de separar la doctrina del orden moral
de la base granítica de
la fe, para reconstruir sobre la arena mo­
vediza de las normas humanas, conduce, pronto o tarde, a los
individuos y a las naciones, a la decadencia moral» ( 11 ).
' La historia no ha hecho, en los años que vivimos -lo mis­
md . que hizo en siglos de vida humana-, sino ratificar estas
palabras.
(10) FARRELL, W .• O. P., Guía de la Suma Teol6gica. La búsqueda de
la feliddaá, vol 2.º, 2.• ed., Madrid, 1988, págs. 135-136.
· (11) Id., págs. 142-145,
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JAVIER N.AGORE. -YARNOZ
2. Las. caracteríticas de fa moralidad: objetividad, universa,•
lidad, legitimidad.
La ley moral natural, base de . toda moralidad, es indepen­
diente
de toda circunstancia o eventualidad, y engloba la totalidad
de
la vida humana, mejor dicho de la conducta humana, en
cuanto que se extiende a todas. las esferas de la vida personal,
individual y
. colectiva. De hecho es universal, la misma en todo
hombre y
para todos los hombres. A la luz de la raz6n, no hay
dificultad en admitir esto respecto a las inclinaciones naturales
primarias, pues
se encuentra en todos los hombres. «Haz el bien
y evita el mal», es un absoluto universal; los hombres persiguen
siempre el bien, aunque sea s6lo una apariencia
de bien. Los
preceptos secundarios -los diez mandamientos-- son moralmen­
te universales, es decir, son conocidos por una abrumadora ma­
yoría de hombres, pues son conclusiones que se pueden extraer
con la raz6n, fácilmente de aquel primer principio; aunque
al­
gunos hombres pueden ignorar algunos de ellos a causa de la
corrupci6n de sus apetitos, de los
malos hábitos, de la educaci6n
o
de la traclici6n (en sentido de costumbre). Lo cual tiene una
considerable importancia cuando la · educaci6n es materialista,
hedonista o atea.
Por otra parte, las normas morales son obligatorias, no
de:
penden de la apreciaci6n subjetiva, ni de las situaciones coyun­
turales de carácter individual o colectivo, personal. El hombre
ha de someterse a aquéllas, pues el orden esencial de las cosas,
y, más concretamente, el bien racional propio del hombre, es la
fuente pr6xima de la obligatoriedad de la ley moral natural. Esa
obligatoriedad no
se deriva -hay que repetirlo, como lo repetía
Santo Tomás-de un conocimiento de Dios como legislador,
como tampoco los primeros principios del orden especulativo
(no puede haber un
si y un no a la vez; 2 X 2 = 4, etc.) exi­
gen. ese conocimiento para tener validez, sino que la obligatorie­
dad de la
ley moral se deriva del principio de finalidad que, como
todos los demás, tiene un valor ontol6gico. (El hipotético des-
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
cubrimiento de una ttibu que se atuviera a los diez mandamien­
tos y, al mismo tiempo, desconociera la ·existencia de un supremo
legislador, no implicaría una contradicción porque la ley moral
natural
es intrínseca y fluye de la misma naturaleza humana; en
cuanto a la obligatorieda, es una
parte esencial de la noción de
ley, que es, a su vez, primordialmente una
regla de orden, pero una
regla efectiva que, por eso, incluye en ella la idea de obligación).
De estos razonamientos,
basados en el sentido común, el Ma­
gisterio de la Iglesia subraya la obligatoriedad, siempre estricta,
de la norma moral en razón de su universalidad, de su última
procedencia
-Dios-y de su fundamento próximo, la natura­
leza humana; que es siempre la misma
aun· dentro de la diver­
sidad, en tiempo y en espacio,
de. los contextos histórico-cultu­
rales en los que el hombre se mueve.
Pues bien, la legitimidad de las normas morales se deriva,
muy precisa y lógicamente, de esas características esenciales.
La
identificación de la vida humana con la vida moral indica inme­
diatamente la íntima conexión existente entre ley y moralidad,
porque
ésta no es otta cosa que la conformidad con la norma
que regula la vida humana: la norma o regla de razón,
es decir,
la ley. La vida humana
es una vida basada en la razón, no el
resultádo de un capricho,
ni siquiera del capricho divino. Y la
ley que establece esa moralidad
y regula una vida razonable, es
producto de la razón.
Se ttata de una orden11eión, de dar una
dirección efectiva a
un movimiento, por lo que es un acto inte­
lectual,
aunque presuponga, naturalmente, el movimiento de la
voluntad.
De
ahí que la visión que se tenga de la vida determina la
concepción que se tiene de la ley. Si la vida se entiende como
un movimiento hacia un fin, ese fin determinará tanto nuestra
concepción de la vida como de la ley. Y así como la vida hu­
mana existe a causa de ese fin, que es la felicidad del hombre,
y la moralidad es el medio para alcanzar ese fin, la ley es el ca,
mino seguro para evitar que .el hombre se desvíe y no lo pueda
conseguir. Pero hoy en
día la concepción que se tiene de la vida
y de cuál
es su fin es muy confusa y contradictoria. Se duda de
173
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JAVIER NAGORE YARNOZ
que la vida humana tenga una finalklad propia ; se niega, inclu­
so, que
la tenga. Tal es la causa de la turbia visión del concepto
de ley que muchos tienen hoy, de su absurda
fe en ella, del so­
metimiento de la vida a la tiranía de la ley, y, al mismo tiempo,
del paradójico desprecio
de la ley que reina en muchos ánimos
y del resentimiento hacia ella. Y, sin embargo, los Estados siguen
produciendo leyes masivamente. Olvidados de la
ley fundamen­
tal, primera de todas, de la que todas las demás leyes emanan:
olvidados de
la ley eterna, fuente y raíz de todo gobierno, de
toda verdad y de todo orden.
No es extraño, pues, que habiéndola
olvidado, no
se sepa que la ley moral natural no es más que la
participación del hombre en la
ley eterna, ni que la única fina­
lidad de la ley humana positiva sea determinar los preceptos de
esa ley moral natural impresa por Dios en el corazón del hombre.
Y en cuanto a las contradicciones,
¿ cabe alguna mayor que
inclinarse ante el poder y el orden de la naturaleza y, a la vez,
querer exceptuar al hombre de ese orden natural? Contradicción
inevitable, pues si
se quiere suprimir la idea de moralidad
--como en tantas ocasiones se quiere-de la mente humana,
y, por lo tantd, también la de responsabilidad, entonces resulta
imposible insertar
el hombre en el orden natural, reconocer que
está gobernado (como todo
el universo) por una ley que no
viola sino que
perfecciona la naturaleza, y, al mismo tiempo,
suprimir la moralidad.
La naturaleza del hombre es libre ; sus
acciones no pueden ser
el resultado de una necesidad física inelu­
dible sin dejar de ser libre. Por lo tanto, la única
ley capaz de
gobernar una naturaleza moral como la del hombre sin hacerla
violencia
es una ley moral.
He procurado resumir ese concepto abstracto de «invariante
moral» en
los postulados, principios y características de la mo­
ralidad. La ley moral natural que gobierna al hombre ha de ser
intrínseca, fluir inmediatamente de su propia naturaleza y
dis­
poner de todos los elementos necesarios para responder a la
ndción de ley. La ley moral natural no es un producto de la
religión, sino de la naturaleza;
es la naturaleza la que reclama
la religión y no
al revés. La ley es necesaria para la vida huma-
174
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
na porque es una vida Ubre, es decir, moral, y la ley protege esa
libertad.. Su carácter moral es una contundente prueba de lo
mucho que Dios respeta la libertad humana
y de lo mucho que
espera
de ella. Los límites que establece cuando los hombres
desarrollan
esa ley en preceptos positivos justos emanados de
la autoridad, son una garantía para el hombre, pues le
dan la
seguridad de que sigue estando en la cima del universo, por
encima de todas las cosas establecidas por Dios, creadas por El:
por encima de los minerales, de los animales y de las plantas y
por encima, asimismo, del Estado y de la sociedad.
¿ Se reconoce por la democracia tal invariante mota!? La
respuesta a esta pregunta no exigirá un desarrollo tan extenso
como
el punto antecedente. Sin embargo, exige algunas preci­
siones.
3. Postulados
y principios democráticos.
Eugenio Vegas Latapie -a quien tanto debemos-escribió
en uno de
sus trabajos más racional y apasionado -¡ nada hay
que tenga
más carga de pasión que la razón, esa razón que
acaba en la
verdad!-, lo que sigue: «Pueden reducirse a tres
las acepciones de la democracia:
l.ª) el gobierno en que el pue­
blo ejerce la soberanía; 2.ª) la sociedad igualitaria que no
reco­
noce privilegios de clase; y, 3.ª) la clase popular. La primera
acepción tiene un contenido político y responde a la etimología
de la palabra ( «demos
= pueblos; «kratos» = autoridad, poder).
Las otras dos tienen un significado sociológico ( 12). A la
de­
mocracia como clase popular, con su carácter sociológico, no pue­
de oponerse, sino al revés, afirmarse en ella aquel principio de
la radical igualdad de los hombres ante Dios, afirmado por
San Pablo, y que hizo desde entonces que el ser hombre fuera
título bastante para que
se les reconozcan derechos innatos ( 13 ).
(12) VEGAS LATAPIE, E., Consideraciones sobre la democracias (Sine
ira et studio), Madrid, 1965, pág. 27.
(13) Cor., 1.•, XII, 13.
1-75
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JAVIER NAGORE YARNOZ
Por esto --afirmaba Enrique Gil y Robles---, «no se considera
aserción infundada,
ni aventurada siquiera, que la sociedad cris:
tiána, inspirada en la constitución de la ciudad de Dios, deba
ser en todo tiempo y caso
democrática, y que la Democracia es
jurídica exigencia y elemento esencial de las constitucidnes, sea
cual fuere la forma de gobierno, factor y cuestión ajenos a una
materia
comÚ1J, a todo organismo social y político, y que se re­
fiere al fondo y base, a la vez que al espíritu informador de la
vida nacional» (14). Esta auténtica
Democracia, que afirmó los
postulados, principios y características de la ley moral natural,
de la moralidad, transformó la sociedad antigua, e
hizo, en la
Edad Moderna, cuando surge el Estado representativo orgánico,
que aquella igualdad
se afirmará en lo esencial ( en cuanto al
origen, desenvolvimiento y fin del hombre), perd no en lo ac­
cidental (en las diferentes clases sociales), porque semejante igua­
litarismo hubiera supuesto la atrofia de la sociedad misma.
Ahora bien, ese igualitarismo en lo accidental fue la enseña
del Renacimiento, ptimero, de la Reforma, después, y, por
fin
de la Revolución. La soberanía del número fue uno de los dog­
mas revolucionark,s, atribuyéndose, en consecuencia, a todos los
individuos partes rigurdsamente iguales en el ejercicio del poder
supremo,
ya no dimanante de Dios, secularizando el Estado y
no solamente al Estado, sino a la misma sociedad.
La deificación
del hombre
es doctrina pagana resucitada por la Revolución. Y,
así, el cristianismo, religión del Dios-Hombre, parece transfor­
marse
-lo quieren transformar-en la religión del hombre-dios.
Las palabras que siguen, también de Enrique Gil Robles, son
perfectamente aplicables a
la situación actual de la sociedad: «Ca­
racterizadas la edad y sociedad contemporáneas por principios,
leyes y costumbres divorciados y
enemigds del cristianismo, ya
no hay pueblo, sino masa, y es la democracia vano y sarcástico
nombre que encubre una servidumbre efectiva. Despojado
el
hombre de su valor natural y sobrenatural, y el pobre de la dig­
nidad superior de su pobreza, bajd las abstracciones igualitarias,
(14) GIL ROBLES, E., El absolutismo y la democracia, s/f, pág. 17.
176
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
puramente fantásticas, resurgen las antiguas desigualdades; ahora,
originadas del poder
.físico y matetial, el de la riqueza, especial­
mente en estas sociedades de tipo industrializado» (15).
No voy a tratat de las distintas formas de democracia, sino
de su actual concepción, politica y social: la democracia
arque­
tipo de «institución corruptora» --como la denominó Eugenio
Vegas
Latapie--, basada en el falso dogma de la bondad natural
del hombre, la de la libertad sin limites y la absoluta igualdad,
la que hoy
se consideta -después, incluso, del desplome de los
principios
democráticos «libetales» y «populares» que inspiraron
las llamadas «democracias libetales» y «democracias
populates­
como «condición de la dignificación del hombre, quintaesencia
del desatrollo de la humanidad, presupuesto pata la
paz mun­
dial» ( 16); de la que, apatte de su contenido político, implica
un sistema cultural; de esa democracia que,
«ya no es, simple­
mente, una Qrganizaci6n estatal, sino, además, una forma espe­
cial de pensamiento y de vida» (17).
De pensamiento y de vida, basándose en dos principios que se
estimaron axiomáticos ; no se demostraron, sino que se aplicaron
tal y como erróneamente fueton predicados: libertad e igualdad.
El hombre moderno, en consecuencia, se niega a tolerar coacción
y prohibición alguna. Los dictados de su propia voluntad setán
su única norma, su única ley. Y, supuesto que es precisOI vivir
en sociedad, la ley setá la expresión de la voluntad general. Mas,
ese falso principio de que sólo
es políticamente libre el que no
se encuentra sometido más que a su voluntad, y no a una volun­
tad extraña, unido al dogma de que todos los hombres nacen
libres e iguales, planteaba un indisoluble conflicto que obligó
a
los demócratas a abandonar sus principios para no verse obli­
gados a
reconoeet la legtimidad de la anarquía. Se prescindió del
principio de unanimidad
y se adoptó el principia mayoritario.
( 15) Id., págs. 25 y sigs.
(16) LucAS VBRDÚU, P., Democracia, «Nueva Enciclopedia Jurídica
Seb<», VI, 1954, pág. 771.
(17) ADAMOVICH, L., cit. por LucAS VERDÚ, op. cit., pág. 771.
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JAVIER NAGORE YARNOZ
Pero esto tampoco supone libertad, sino libertad de la mayoría
solamente; y, así, el campo
de la libertad individual está tan
sometido a los caprichos de
lá mayoría como en el Estado no
democrático lo están los ciudadanos a los caprichos de los gober­
nantes.
Por eso, resulta que en una democracia como la actual se
produce en la aplicaci6n del principio de lo que se considera
hbertad una sola alternativa:
si el principio se confiesa en abs­
tracto como valor supremo del individuo, se concluye en la anar­
quía,
es decir, en la supresión de la libertad para la masa de los
débiles ; pero si
se aplica el principio como libertad de la ma­
yoría, entonces se produce la muerte de las libertades concretas
de todos los demás.
En el otro campo, el de la igualdad, la afirmación democrá­
tica de que los hombres nacen iguales en derechos, y que las
distinciones sociales
no pueden ser fundadas más que en la utili­
dad común, choca con la realidad
de tal modo que hace impo­
sible la aplicación del principio ; y, por ello, todas las democra­
cias de hoy están tan alejadas como cualquier Estado no
demo'­
crático del ideal de igualdad de los ciudadanos ante los deberes
de obediencia. Y
lo mismo pudiera decirse de los derechos fun­
damentales, que
no son tales por haberse proclamado así en las
constituciones, sino por ser reconocidos por la
ley natural y ser
atemperados por el bien común. Porque no
se puede sacar de
la igualdad la fraternidad, como quieren los demócratas. El pun­
to
de partida no es la igualdad, sino la fraternidad, porque los
hombres somos
-no a. título simbólico, sino realmente-her­
manos: este vínculo
de sangre, reforzado en nuestras creencias
por el
vínculo sobrenatural de la filiación divina, crea la igual­
dad sustancial, la que exige hacer lo posible por igualar
diferen­
cias. En cambio, el igualitarismo nivelador no ,puede crear la
fraternidad; sólo engendrará rivalidades. Su símbolo dirá Gon­
zalo Fernández de la Mora, es la envidia (18).
(18) CHEVROT, G., Sim6n Pedro, 11.' ed., Madrid, 1977, págs. 182-
183; FERNÁNDEZ DE LA MoRA, La envidia igualitaria, Barcelona, 1954.
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
4. Las características de la democracia al uso: subjetividad,
relativismo, legalidad convencional
La democracia se basa en leyes convencionales dependientes
de las circunstancias de
época y lugar; pero fundamentar la ac­
tuaci6n del hombre en el comportamiento moral de la mayoría,
implica el reconocer que la moralidad depende de estados de
opini6n. Hoy, con el apoyo de
la Sociología, se da apariencia de
asepsia científica a
técnicas utilizadas con unos juicios de valor
previos.
Se procura por cualquier medio -estadístico, por ejem­
plo--. Así, al de cierto número de personas que piensan, ejemplo
también, que no es un crimen el aborto o que viven en una situa­
ci6n
desarreglada moralmente. Luego ese dato sociol6gico se saca
del entorno del que se ha obtenido y
se utiliza como un ariete con­
tra los principios más elementales del Derecho natural. La tercera
fase de este rápido proceso
es una consideraci6n que pretende
justificarse en la historia. Afirma que lo que ayer era considerado
escanadaloso, hoy no tiene por qué serlo; el hombre es distinto
-dicen-, ha progresado. De este modo tan sencillo se preten­
de primero
justificar, y después imponer, un mal moral como
algo bueno (19).
De esta pretendida objetividad -que no es tal, por supues­
to, pero que tiene su justificación en que la democracia hace lo
imposible
por objetivar el subjetivismo de sus principios a fin
de que sean obedecidos por todos, como si fueran leyes univer­
sales-, se deriva lo que cabe llamar el relativismo democrático;
es decir, el proclamar, como
se proclama, que el Estado no debe
intervenir directamente en actos contrarios a la tutela personal.
Parece como si los gobiernos democráticos solamente se preocu­
pasen de la administración de las cosas,
y no del desarrollo de
las personas con
sus necesidades también espirituales. Se objeta
también, dentro de ese relativismo, que como
la moralidad pú­
blica depende de la conciencia de cada persona, no
se puede, ni
(19) GABIOLA, S., La moralidad pública, «Cuestiones y respuestas>1>,
VIII, 1979, pág. 100.
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JAVIER NAGORE YARNOZ
se debe, imponer una legislación para los que nd piensan como
católicos, por ejemplo. Y todo esto
al mismo tiempo que el in­
tervencionismo estatal sofoca a casi todos los sectores de la vida
social.
¡ Un caso más de hipocresía democrática !
Si con estas características la democracia, tal como hoy se
practica, se aparta tanto de aquellas otras específicas de la mo­
ralidad, lo hace todavía más en una última: la legalidad.
La legalidad en la democracia actual
se contrapone, drásti­
camente, a la legitimidad de las normas morales, puesto que
el
reconocimientd del Derecho natural se halla fuera del campo de
la
teoría y de la praxis democráticas.
Una sociedad
secularizada ignora --o pretende ignorar-la
ley natural, porque aunque a
veces -democráticamente-no
se niegue su existencia, ni la de Dios, siempre suele negarse la
condición de Dios como Legislador Supremo.
Se descdnectan as!
las normas juridicas de cualquier inspiración religiosa. La ley ya
no
es «ordenación de la razón, dirigida al bien común y promul­
gada por el que sea halla al frente de la comunidad», sino una
«ordenación de la razón del Estado, dirigida
al bien que el Es­
tado considera como tal, y promulgada por el poder del Estado».
Un poder que deriva, a su vez, de una
soberanía -la del Pue­
blo-desligada de Dios y de toda ley divina, apoyada en una
voluntad mayoritaria de ese pueblo representado por los partidos
políticos.
Se llega así a entroruzar comd ley humana positiva algo que
puede estar
en desarmonía con la comunidad, con la naturaleza
y con Dios, puesto que las leyes humanas deben estar en armonía
con la religión, con el orden establecido y contribuir al bienes­
tar ; lo que equivale a decir que han de estar en armonía con la
la ley divina y con
la ley moral natural, y favorecer el bien co­
mún (20).
Nos dice un constitudonalista español -el profesor Sánchez
Agesta-que «un gobierno responsable que realice el ideal de
la dignidad humana» es el principio esencial de la democracia
(20) FARRELL, op. cit., pág. 152.
180
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
actual. Y, sigue dicendo: «El carácter representativo de las ins­
tituciones podrá asegurarse por vías diversas; pero lo impor­
tante es que, en alguna manera, sea un cauce auténtico para que
sea tenida en cuenta la voluntad y los intereses de los miembros
de una comunidad en las decisiones políticas. La libertad de ex­
presión del pensamientd y la publicidad podrán estar rodeadas
de mayores o menores cautelas, pero es condición esencial para
que exista ese
diálogo responsable entre gobernantes y goberna­
dos, que
es consecuencia y condición de la dignidad humana.
Por lo mismo que
es un ideal en realización es compatible in­
cluso cOn situaciones de excepción en que sean desconocidos uno
o varios de estos elementos de su estructura (la de la democra­
cia), siempre que
se respete ese principio básico de la dignidad
humana y,
en alguna medida, se garantice la responsabilidad del
gobernante» (21).
«En alguna manera», «diálogo responsable», «en alguna
me­
dida» ... , perd, ¿de qué modo, de qué forma, se cumplen en la
democracia de hoy estos condicionantes ?
La indiferencia ante el bien y el mal, ante la verdad y el
error, constituye la base
de los Estados modernos. Y, por lo
tanto, de una democracia antagónica a «un orden democrático
justo y sano, fundado en los inmutables principios de la ley na­
tural y de las verdades reveladas, contrario a aquella corrupción
que atribuye a la legislación del Estado un poder sin límites»;
«en
el respeto al orden absolutd de los seres y de los fines, del
origen y ejercicio del
poder políticio con su primera causa en
Dios» (22). Puesto que
si es el pueblo quien da el poder, lo da
como retransmitido de Dios; de otro modo se llega a un abso­
lutismo democrático análogamente a como se llegó a un absolu­
tismo monárquico (23
).
(21) SÁNCHEZ AGESTA, L., Curso de Derecho Constitucional Compa­
rado, 5." ed,, 1973, pág. 94, (Los subrayados del texto son míos).
(22) Pío XII, Alocuci6n al Sacro Colegio, el 2-VI-1947; PAULO VI,
AloCUción a la Uni6n Internacional de ]6venes Dem6cratas Cristianos, en:
«Comentarios a la 'Pacem interris'», BAC, 1963, págs. 21-23.
(23)
d'C>Rs, A., La violencia y el orden, añade: .«Resulta interesante
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J.AVIER NAGORE YARNOZ
La contraposición de priOC1p1os y características entre mo­
ralidad y democracia es difícilmente salvable: objetividad, uni­
versalidad, legitimidad, es lo mismo que decir voluntad de Dios,
Derecho natural, moral ajustada a la ley divina
y natural; y
subjetividad, relativismo y legalidad, análogo a voluntad del hom­
bre, postivismo jurídico y permisivismo moral. Entonces, ¿ dónde
puede situarse en el orden político demócrata la invariante
mo­
ral necesaria a todo orden político?
Pienso que en una hipócrita invocación de la ética o de la
moral, dándoles la significación de opinión vigente o costum­
bres extendidas,
lo cual conduce -expresó Monseñor Guerra
Campos-, «en ese pemisivismo moral, a una dejación de fun­
ciones de la autoridad con daño para muchos, puesto que se les
fuerza a
sufrir sin razón moral la imposición de opiniones de
otros que no comparten ; suplantándose así el absoluto moral,
por invariantes o absolutos convencionales» (24).
Hoy, la democracia, al eliminar los principios de la moralidad
parece, sustentarse en una especie
de plataforma de principios co­
lectivos en utilidad del Estado, definida por el propio Estado en
sus leyes convencionales, sin sombra de legitimidad a lo
qtie de­
nomina ética. Una ética sin fundamento objetivo alguno, ya que
se basa solamente en la afirmación de la voluntad soberana y
autónoma
y que puede cambiar 4 cambia a menudo-- según
esa voluntad colectiva,
La ruina de una concepción como ésta
observar cómo algunos católicos, fundándose precisamente en aquella doc­
trina que ve una derivación del poder provenientes de Dios a través del
Pueblo, llegan a hablar
de 'soberanía popular', pero luego cuando el Pue­
blo hace uso de esa soberanía, por ejemplo, aprobando una ley contra el
derecho natural, se indigna, sin darse cuenta de que ese abuso deriva de
las premisas que ellos mismos empezaron por admitir. Así ha ocurrido
recientemente en España con los
que censuraron a cuantos, como yo, ha­
bíamos declarado la incompatibilidad de la 'soberanía popular' con la or­
todoxia católica, y luego se
indignaron con la aprobación de varias leyes
contra el derecho natural; aunque fueran 'teólogos', la Teología política
no era su especialidad. La doctrina de la ~soberanía del pueblo' es as{ tan
incompatible con el Reinado de Cristo como el absolutismo monárquico»,
(págs. 56-57).
(24) GUERRA CAMPOS, J,, op. cit,, p,lg, 6.
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
comienza a proclamarse por pensadores que preconizan la ne­
cesidad de recuperar, al menos, la tradición aristotélica, es decir,
una ética de
las virtudes .capaz de devolver la unidad y el sentido
a la vida humana (25).
5. Dos preguntas con sus r'espuestas poéticas.
¿ Dónde nos han llevado los principios democráticos contra­
puestos a los principios que informan la moralidad?
¿ Qué fru­
tos ha producido en este campo la praxis democrática?
Pudiera transcribir
aquí miles de referencias y noticias de
decenas de países democráticos sobre la situación a la que les
ha llevado en el campo moral el fundamentar sus leyes conven­
cionales, usos y costumbres en lo que llaman ética, honestidad,
derechos humanos, virtudes civiles (ya no las llaman morales),
etcétera, envolviendo en esa fraseología la invariante moral que
todo orden político ha de llevar consigo, quiéralo o
no. Es de­
cir, que con esa fraseología envuelven su hipocresía, rindiendo
a la moralidad auténtica el tributo que
se le debe. Sin embargo,
no deseo cansarles más con un discurso ya excesivo, y que sería
todavía más pesado si lo llenara de citas y de siglas, de nombres
y de leyes de tantas naciones que se definen como democráticas
o
como democrático-sociales.
Por eso,
me parece que será más breve recitarles unos ver­
sos en los que, de manera espléndida, Miguel d'Ors Lois, gran
poeta, profundo poeta, sintetiza muchos de los frutos de la pra­
xis democrática, luego que la
democracia se desprendió de las
raíces de
la moralidad. Estos versos son de un poema, Lecciones
de Historio
(La larga marcha hacia ninguna parte). Transcribo
aquí los versos referentes a aquéllos frutos democráticos de «la
(25) MAclNTYRE, A., Tras la virtud, 1988; ABBÁ, G., Felicitá, vita
buona e virtú~ Roma, 1989; dos de· los autores más recientes que redescu·
bren el valor de una ética de las virtudes com'O antesala de una vida -de
un vivir-conforme al orden moral. (Vid. «Aceprensa», Servicio 89/90, el
13-VI-1990).
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JAVIER NAGORE YARNOZ
segunda mitad del siglo veinte» ; esa segunda mitad del siglo en
que
la democracia resutgió como un estilo y una filosofía de la
vida para toda la humanidad. Tal fue la pretensión y estos son
los frutos:
184
Olvido o negación de Dios.
«La segunda mitad del siglo xx
no tuvo Dios ni, dioses, ni siquiera
un poste de colores como Caballo Loco
que ser menos salvaje que hombre blanco.
Y vino lo que vino:
si Dios no existe, el hombre es un fosfato
(un fosfato que vota, miren qué delicado)
Si Dios no existe -déjense de bromas­
no existen argumentos contra el horno
crematorio, el Gulag, la clínica asesina,
las bombas
de neutrones, las Brigadas
Rojas, los Mao-Tse-Tung
...
Si Dios no existe, sálvase quien pueda.
Si Dios no existe el Mandamiento Nuevo
es jodéos los unos a los otros.
Considerad, hermanos, con qué fidelidad
Id cumplió la segunda mitad del siglo xx».
Negación de la humanidad.
«La segunda mitad del siglo xx
la humanidad del hombre dimitió.
¿ Por qué perder el tiempo
en ser humanos, Aldo Moro, José María
Ryan, Manuel Expósito, almirante Carrero,
Anwar El Sadat,
por qué muertos y muertas
cuyos nombres se mezclan y confunden
en el olvido igual que las mandíbulas,
los zapatos, los trozos de chatarra, los dedos
en el súbito asfalto ensangrentado,
por qué perder el
tiempo en ser humanos
pudiendo ser un cóctel Molotov,
un Cetme, una
P0-3, un artilugio?».
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MORA,LIDAD Y DEMOCRACIA
Desprecio de la vida, que es sagrada.
La segunda mitad del siglo XX
llevó la compasión a un grado alejandrino.
Para ayudar al viejo de lentos sufrimientos
nada tan tierno como asesinarlo.
Para que
no haya niños de mirada famélica
eliminar los niños.
Durante
la segunda mitad del siglo xx
el ctimen fue la forma más sublime
de la filantropía.
La segunda mitad del siglo xx
proclamó la bandera de la
paz y la vida
Muy bien, señores, pero
mientras el Universo se llenaba
de palomitas rosas, mieritras todos ustedes
hadan el amor y no la guerra
Cinco, veinte, sesenta millones, ochocientos
millones de personas -Dios lleva cuenta exacta­
asfixiadas, quemadas, trituradas
( con absoluta higiene y música ambiental
para que nadie diga).
Yo he escuchado
sus llantos diminutos,
he visto sus milímetros de espanto,
sus deditos de leche desvalida
moviéndose en
el cubo funerario.
Negaci6n del amor.
La segunda mitad del siglo xx
fue una escena de cama
de dimensiones cósmicas.
El Arte fue la oópula,
la Cultura la oópula,
Diversión la oópula
·
y la Revolución también la cópula.
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JAVIER NAGORE Y ARNOZ
186
De todas las lll'1!leras
inferior a los perros.
Permisivismo.
La segunda mitad del . siglo xx
se propuso llegar al Paraíso
ahorrándose
el viaje.
Para
volar tan alto,
tan alto, les vendieron
un atajo:
pastillas, sobrecillos, jeringuillas,
perfectos sucedáneos -pensaban-de la ascética.
Ascética sintética.
Una fumata, tío,
y el éxtasis. Un sorbo
de este rollo
y las ínsulas extrañas.
Un pinchacillo aquí
y escuchas en diez pistas
el hosanna de oro de los cords angélicos.
Lo malo que el atajo era mentira.
Lo malo que aquél cielo era mentira.
La segunda mital del siglo xx
fue amiga de los ríos
y los quebrantahuesos
de la ballena azul y los
otoñds
Muy bien, me apunto a todos esos bosques,
a las corrientes aguas
puras, al Aconcagua, a las aves ligeras
A lo que no
me apunto ni borracho
es a clamar por la Naturaleza
con un dispositivd en la vagina,
una funda de plástico,
ya saben,
un kilo de pastillas en
el ahna
y millones de hermanos que no llegan
a especie protegida.
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
Relativismo y subjetivismo.
La segunda mitad del siglo XX
dijo que la verdad no era verdad,
que cada cual con su opinión, y todos
a ser homini lupus en
paz y compañía.
No
es verdad que hoy es martes,
no
es verdad esta lluvia, ni es verdad Paraguay
ni mi bigote ni
sus estornudos
ni
dos y dos son cuatro: todo son opiniones
Pero
¡ qué digo usted !
Usted es solamente
una opinión. Yo soy una opinión,
Esto es sencillamente
una conversación entre opiniones.
La segunda mitad del siglo xx
funcionó por razones
que
la raison jamás conocerá
Giambattista
se hizo socialista
dicen que por la rima,
Doña Pura
testigo de Jehová
por una minipimer,
Juan y Pedro mormoues por razones
de estricta sastrería.
Insondables abismos del organismo humano:
durante la segunda mitad del siglo xx
nadie fue calvinista por Calvino,
ni sartriano por Sartre,
ni budista por Buda,
sino que por, o sea, que sentían
un no sé qué, que quedan balbuciendo
aquellos antropoides.
Soberania popular: un hombre un voto.
La segunda mitad del siglo xx
atinó con la llave
de la Sabiduría: un hombre, un voto.
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El manejo es sencillo:
un drogadicto, un voto;
un premio Nobel
un voto; dos maricas, dos votos; un apóstol
un voto; un loco, un voto; un cuerdo, un voto
Acto seguidd
una rápida suma,
y miren qué sencillo
fue para la mitad del siglo xx
el Wahreitserkenntnisweg ( 26 ).
¡ Qué cierto es que la poesía llega donde no llegan los razo­
namientos
! En qué pocos renglones han quedado radiografiados
los malsanos frutos de una praxis democrática que arrumbó
los
principios morales. Pero que, a pesar de ello, tal vez por intui­
ción,
se da cuenta de la ruina a que se halla abocada. Como es­
cribió Kelsen: «De hecho, la causa de la democracia aparecerá
desesperada
si se parte de la idea de que el hombre puede al­
canzar verdades y poseer valores absolutos» (27). Más concreta­
mente, una de las raíces de las amenazas a
la democracia actual
-ratifica el Cardenal Ratzinger--es «el intento de dejar como
superflua
la dimensión moral por estimarla irracional ; esto trae
como consecuencia que
el Derecho no puede referirse a una
imagen fundamental de la justicia, sino que
se convierte en el
espejo de las ideas dominantes» (28).
(26) d'Ons, M., Lecciones de Historia (La larga marcha hacia ninguna
pJZrte, en «Es cielo y es azul», Universidad de Granada, 1984, págs. 51-71;
la palabra alemana «Wahreitserkenntnisweg», significa, literalmente, «ca­
mino del conocimiento de la verdad», o «camino para buscar la verdad»;
Miguel d'Ors la emplea como parodia de la conocida anécdota alemana
de los dos anuncios de empresas distintas: una anunciaba «d camino de
la verdad»; la otra, una «conferencia, a las 15,30 horas, sobre el modo
posible de buscar la verdad»; al primer anuncio nadie hizo caso; en cam­
bio el local para oír la segunda conferencia se llenó.
(27)
KELSEN, Teorfa general del Estado 1934, pág. 470, cit. por VEGAS
LATAPIE en «Consideraciones sobre la democracia», 1965, pág. ·s1.
(28) RATZINGER, Joseph, Cardenal, lg~esia, Ecumenismo y Politica,
BAC, 1987, págs. 228-230.
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MORALIDAD Y DEMOCRACIA
6. Un final de esperanza.
La democracia actual constituye, en efecto, una arquetipo de
institución corruptora. Contra sus peligros un antídoto
--dijo
muy bien Eugenio Vegas-: el de la práctica de las virtudes (29).
No ya tan sólo esas «virtudes éticas» que, como hemos visto,
comienzan de nuevo a predicarse para salvar a la democracia,
virtudes fundadas en un humanitarismo sumamente frágil al no
estar fundamentado en la
ley divina, sino en las virtudes cris­
tianas, en su legitimidad moral (30). Pues, «las estructuras es­
tatales -escribe Solzheoitsyn en un recientísimo análisis a la
evolución de
las Unión Soviética-son menos importantes que
el
clima de relaciones humanas ( ... ) La vida política no es en
absoluto el primer aspecto de la vida del hombre (
... ) La pure­
za de las relaciones sociales -su moralidad-es más fundamen­
tal que
el grado de abundancia. Si una nación ha agotado sus
reservas espirituales, no la
salvará de la muerte ni el mejor sis­
tema estatal -¿ la democracia como "el peor de todos los siste­
mas políticos, si exceptuamos todos los demás", según
el 'calem­
bour' de Churchill ?-ni el mayor desarrollo industrial: un
árbol no se tiene de pie con las raíces podridas» (31).
Sí, tenemos que practicar las
virtudes con ese optimismo que
nace de la
fe y la oración confiada. Hace muy poco terminaban
las celebraciones conmemorativas del centenario de una
gran figu­
ra intelectual, el Cardenal Newman, también declarado Venera­
ble por la Iglesia. Ante la degradación moral
-ya en sus tiem­
pos-que parecía desbaratar los mismos fundamentos de la
I!Jles[a -royas bases son el Dogma y la Moral-, escribía:
(29) VEGAS LATAPm, E., op. cit., págs. 273-274.
(30) ÜRLANDIS, J., Los cristianos hacen la Historia, 1977, pág. 93; y
Los cristianos en un tiempo de prueba3 1975, pág. 20, dice: «En la socie­
dad permisiva, la noción de legalidad jurídica habrá de distinguirse neta­
mente de la idea de licitud moral».
(31) SoLZHENITSYN, A., C6mo revitalizar Rusia, «Aceprensa», Servido
140/90, de 26-VI-1990.
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«Optimismd. La Iglesia ha estado demasiadas veces en lo que
parecía un fatal peligro, como para que ahora nos vaya a
atemoru:ar una nueva prueba. Son imprevisibles las vías por las
que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. A veces, nues­
tro enemigo se convierte en amigo; a veces, se ve despojado de
la capacidad de mal que le
hada temible; a veces, se destruye
a sí mismo; o, sin desearlo,. produce
efectos beneficiosos, para
desaparecer a continuación sin dejar rastro. Generalmente, la
Iglesia
-guardiana de la moral, con depósito que no puede al­
terarse-no hace otra cosa que perseverar y rezar, con paz y
confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena,
y esperar en Dios la salvación»
(32).
Practicar y predicar las virtudes ; nosotros, con nuestros nom­
bres y apellidos ; siendo «luminosos rebddes», como si en nues­
tra confianza en el triunfo
éste dependiera de nuestro solo es­
fuerzo, pero sabiendo que solamente lo da Dios.
Con este final de esperanza termina también Miguel d'Ors
su poema:
«La segunda mitad del siglo xx
dio pasos de gigante.
Hubo, no obstante, algunos reaccionarios,
gentes que se negaron a avanzar con
su tiempo
una monja ruinosa de Calcuta, unos papas,
Escrivá, Solzhenitsyn, Lech Walesa,
Jeróme Lejeune y otros,
sin olvidar
los pérez con su codos gastados
en el amargo
roce de los lunes y martes
y unos pocos millares de silencios postrados
bajo la lucecita latiente del Sagrario--,
gentes insolidarias, no cabe duda, gentes
reacias a vivir a cuatro patas
y a dar aquellos pasos de gigante
camino de la nada.
Nadie lo supo, y ellos sostenían
la máquina del mundo.
(32) NEWMAN, J. H., Cardenal, Big/ieto Speech, 12-V-1879.
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Lumindsos rebeldes, ellos fueron
el rumbo de la Historia
durante la segunda mitad del siglo xx» (32).
Contracorriente: en la teoría
y en la práctica. Enseñar la
buena doctrina en sus principios ; enseñar a ponerlos en prác­
tica. Siempre
con la sentencia de sabiduría de que «si largo es el
camino de
la enseñanza por medio de las · teorías, breve y, eficaz
por medio de los ejemplos» ( 34
).
Epilogo.
Al corregir las pruebas de imprenta para la publicación en
Verbo de esta conferencia, me ha parecido necesario añadir una
referencia al «Documento sobre la moralidad pública» del Episco­
pado español que, luego de lenta gestación, vio
la luz el 20 de
noviembre de 1990.
Se trata de un documento admirable, en el
fondo
y en la forrna, cuyo propósito último no es otro que im­
pulsar «a los católicos a proponer la moral cristiana en todas sus
exigencias y originalidad». El documento, con la altísima
auto­
ridad que le da su aprobación por la Plenaria del Episcopado
español, ofrece como claves en la lectura de su rico y profundo
contenido, las siguientes, que tomo del periódico
ABC del día 22
de noviembre de 1990:
-La eficacia se ha convertido, en el mundo do hoy, en el
único criterio moral válido.
-La perrnisividad hace que todo se considere objetivamente
indiferente.
-La Administración ( el Estado español) presenta la moral
cristiana como enemiga del progreso.
(33) d'ORS LoIS, M., op. cit., pág. 72.
(34) SÉNECA, L. A., Obras completas, 1951, pág. 99: «Longum iter
est per praecepta, breve et éfficax per ex:empla».
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-Se intenta (y parece estar lográndose) un desmantela­
miento sistemáticd de la moral tradicional sin construir
nada a cambio, llegándose a una especie
de nihilismo en
la moral y en la ética de las conductas, privadas y públicas.
-La vida pública está afectada del transfuguismo y del trá­
fico de influencias.
-El «voto subsidiado» y el negocio que se hace con el
paro corrompe la democracia.
-Se trivializa frívolamente la sexualidad humana, infrava­
lorando la fidelidad conyugal.
-No hay proporci6n entre el peso social de los cat6licos y
su importancia política.
En este esquema periodístico del ABC nada se dice, aunque
el documento lo resalta, de
la ilegitimidad absoluta de las «le­
yes» sobre divocrcio, aborto ( «abominable crimen») y eutanasia ( «en
trance de legalizaci6n»
), del «cáncer de la volencia», del tráfico
de drogas, de
la venta de armamentos, etc. (35), frutos, en la so­
ciedad de hoy, de la democracia permisiva que nos aflige, y que,
como expuse eu la conferencia, el poeta Miguel d'Ors
sintetizó
en versos estupendos.
Por otra parte, el documento de
los obispos españoles re­
cuerda, entre otras cosas necesarias para la participación de los
católicos en
la vida pública ( objeto, como es sabido, de otro
documento anterior del Episcopado español), que «la vida
po­
lítica tiene también sus exigencias morales [ ... ] y es preocupan­
te el hecho de que pese a
la importante presencia de los católicos
en el cuerpo social, éstos no tienen el cortespondiente peso en
el orden político ;
la fe tiene repercusiones políticas y demanda,
por tanto, la presencia y
la participación política de los creyen­
tes, pues la
no beligerancia de la Iglesia, consistente en no iden-
(35) Documento sobre la moralidad pública, puntos 19 y 20.
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tificarse con ningún partido como exponente cabal del Evange­
lio, no debe confundirse con
la indiferencia» ( 36).
En las palabras, subrayadas por mi, de
no beligerancia, me
parece entender -de hechd así se interpretaron en una ocasión
durante la
II Guerra Mundial cuando España se declaró no be­
ligerante
en el conflicto-un cuidadoso equilibrio entre la beli­
gerancia activa y militante y la neutralidad. La Iglesia no ha de
confundirse con partido político alguno, pero no puede ser in­
diferente a las doctrinas que éstos profesen e impartan. Con
palabras de Alvaro d'Ors: «Así, pues, la Iglesia no impone,
or­
dinariamente, directrices de carácter politico a los fieles, pero les
señala límites morales infranqueables.
En la medida en que estos
límites
se hallan constitucionalmente defendidos por la potestad,
los fieles pueden gozar de una mayor libertad de opción politica;
en la medida en que no ocurre así, viene a imponerse inexorable­
mente una mayor uniformidad de conducta y, por ello, disminu­
ye la libertad politica. En este sentido, suelo decir que hay que
decidirse entre Estado confesional
d partido político confesio­
nal. De hecho, en España, la doctrina que ha insistido en la liber­
tad politica pudo difundirse gracias a la confesionalidad del
Estado; pero, desaparecida ésta, quizá volvamos a ver como algo
necesario la unión politica de los católicos como único medio
de defender a la Iglesia y la moral cristiana. Libertad política y
acdnfesionalidad a la vez
me parece una forma de renunciar a
defender a la Iglesia en el orden temporal» (37).
No parece estar lejos de esta lógica interpretación el llama­
miento episcopal para que
los católicos estén presentes, y parti­
cipen activamente, en las decisiones políticas, de tanto peso, a
su vez, en la defensa de
la moral de la Iglesia.
También en este campo habremos de actuar, en
las circuns­
tancias actuales, contra corriente. Sin embargo, el documento de
los obispos de España viene en apoyo de nuestra lucha. En un
significativo párrafo
se nos dice a los católicos, «a la comunidad
(36) Ibid., punto 61.
(37) d'ÜRS, A., La violencia y el orden, pág. 115.
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católica en la que también se refleja la crisis moral», lo siguiente:
«Para superar el peligroso desencantd de nuestros conciudadanos
respecto a
la política y a los politicos ( cuya ejemplaridad es fun­
damental y totalmente exigible para que el cuerpo social se re­
genere), es necesario el liderazgo moral de quienes han sabido
integrar, en duradera identificación, lo que
son y lo que repre­
~entan,
lo que proponen, lo que piensan y lo que dicen y hacen.
Son éstas las personas que cuentan con verdadera autoridad,
estén o no en el ejercicio del poder. Carecen, por el contrario,
de autoridad, aunque no siempre de poder, quienes nos encubren
que son
en verdad quienes cuentan con nosotros sólo como
votantes y no como personas» (38).
Ciertamente, no se trata aquí de una condenación para
la
democracia que hoy rige en ·España y que produce frutos tan
contrarios a la moral y a la ética, pero
sí -el último párrafo
transcrito es revelador-de una condena de quienes politica­
mente ostentan un poder sin autoridad moral alguna, pese a los
votos -democráticamente
conseguidos-que los llevaron al
poder.
«i Quod erat demostrandum !». La convencional legalidad de­
mocrática es difícilmente compatible con la legitimidad moral.
(38) Documento ... , Punto 64
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