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La praxis democrática

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Homilía del Rvdo. P. Agustín Arredondo, S. J., de la Misa celebrada en el Monasterio de Poblet el viernes 12 de octubre de 1990 durante la XXIX Reunión de amigos de la Ciudad Católica

Homilía del Rvdo. P. Agustín Arredondo, S. J., de la Misa
celebrada en
el Monasterio de Poblet el viernes 12 de octubre
de 1990, durante la XXIX REUNION DE AMIGOS
DE LA CIUDAD CATOLICA
Inauguramos hoy estas agradables jornadas, en las que reno­
vamos, de aña en año, con singular intensidad y conr:urrencia
vivencias semejantes a las experimentadas tantas veces en las lec­
turas privadas· de la revista y publicaciones de Speiro, y en las
charlas peri6dicas sobre estos mismos temas en las que partici­
pamos.
Siempre en nuestras reuniones invocamos la ayuda de Dios
inicialmente, enfocando
ya de entrada con esta actitud el pano­
rama, siempre humanadivino, propuesto a nuestro conocimiento
y reflexi6n. Y nos es grato asistir ahora en vistosa uni6n a. los
pies del altar, para ofrendar conjuntamente a Dios lo más grande
que tenemos, que es El, y recabar de su benevolencia la conti­
nuaci6n del éxito
ya duradero de la Ciudad Cat6/ica.
Y en esta ocasi6n es Maria, con su fiesta del Pilar en toda
España, quien nos brinda el puente que siempre buscamos para
este grato encuentro, como ya lo ha hecho repetidas veces en
es.ta época del año en que intentamos nuestra convivencia.
Ella, pues, es en este año quien nos ofrece la oportunidad
del presente fin de semana. Ella, la que con su universal media­
ci6n ante Dios, nos invita a recurrir a su amparo en nuestra tarea;
y Ella también la que, precisamente en su título del Pilar, da
especial significación a nuestra piedad mariana en estos d/as.
Porque la tradición de la Virgen del Pilar, nos habla del gesto
de la Madre de la Iglesia en ayuda de esta tierra tan querida de
Ella que es España: en aquellos tiempos de la siembra inicial de
Santiago que result6 un tanto estéril en fruto, antes de que la
presencia materna viniera del oriente a bendecirnos sobre esa co­
lumna, que desde entonces estamos horandando sus hijos con el
amor filial de nuestros besos.
La obra del Hijo era la Iglesia. ¿No iba a ser también la obra
de la Madre? La Madre que lo fue de la cabeza de Cristo total,
también había de serlo de su cuerpo que .es la Iglesia; resultan-
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do Madre nuestra en la vida de la gracia la que babia sido Madre
de Jesús en su humana naturaleza. Y as! actuó desde la subida
de
Cristo al cielo; consciente, como en Caná, de la insuficiencia
de los
hiios que reclamaran la solicitud de la Madre.
Seguidores pretendemos ser nosotros de aquel Hi¡o del Trueno
desde nuestro puesto modest!simo,
en esta sociedad que tiene to­
davfo tanto que aprender de su doctrina, para iluminar las inte­
ligencias y conseguir implantar establemente
en España y en el
mundo un orden social cristiano. Y Maria tiene también aqu!
su puesto insustituible, en el que firmemente la reconocemos, y
hacia el que ardientemente suspiramos. Sólo en Cristo puede estar
nuestro
remedio; y

a Cristo sólo
con Ella podemos encontrarlo.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de
oir, nos muestra en Jerusalén, después de la Ascensión, cómo
aquellos gigantes
se alegran para recorrer su camino ~recordan­
do
la imagen del Salmo 18-, en actitud le;anamente imitada
por nosotros en estos pocos d!as que lo son al mismo tiempo de
tiempo de descanso y de traba;o. Cinco cláusulas que no tienen
desperdicio nos
señala el texto sagrado, que vamos brevemente
a repasar. Todos, unánimemente) orando, perseveraban, con Maria
la Madre de Jesús.
Todos. Los que vivimos con frecuencia disgregados por im­
perativos de la distancia local, de la profesión o de la familia, a
veces incluso en el mismo núcleo urbano, y hoy afluimos todos
en alentadora concurrrencia a estas mas/as y monasterio de Poblet.
Unánimemente, leemos. Con un corazón y una misma a/.ma,
unas mismas creencias e ideal eran el centro de atracción de aque•
lws
hombres convencidos; y es para nosotros la verdad que co­
nocemos y queremos poseer más y más, la misma en todos nues·
tras cerebros, la que hace nacer el mutuo afecto, y sacia nuestro
afán de creer y de poder estribar con tranquilidad P' bienestar
en lo inconmovible.
Orando, vemos
en tercer lugar. Era todo un mundo lo que·
los Apóstoles trataban de transformar. Y, también nosotros, que
no aspiramos
al corto alcance de cultivar una sociolog!a natura­
lista, o de preparar
para una acción de vuelos intramundanos a
algunos ,tribunos arrolladores, somos conscientes de que si Dios
no edifica la casa en vano se cansan los albañiles, y si Dios no
guarda la ciudad es inútil que la vigilen los centinelas. Construc­
tores somos de esa casa de Dios y vigilantes de esas ciudad suya,
para la que nuestros naturales esfuerzos son medios patentemente
desproporcionados.
Por lo demás,
las ideas no las acepta el mundo de un modo
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instantáneo; y la evolución ideológica.de una s-0ciedad exige tiem­
po nada breve.
No puede, pues, faltar, la perseverancia tenaz en
nuestra actitud, sin prisa por_ una-acci6n más inmediata,- como
no muestran haberla ,tenido' ni Cristo en su vida, ni los Apósto­
les en estos primeros tiempos de
la Iglesia. Y es para alabar a
Dios el considerar que nuestra perseverancia cuenta ya
veinti­
nueve años de reuniones, de oración y de siembra, con la fe y la
paciencia propia de obras seme¡anJes. · ·
En fin, con María estaban los Apóstoles, y no les fue mal.
Por Ella nos vino El a salvarnos,-y por Ella le vemos fundando
la Iglesia en estas vlsperas del gran estallido de Pentecostés a la
vista del mundo.
Como es corriente en un perrona;e excepcional, Cristo delata
en Sí la obra de su Madre. Así nos lo cuenta el Evangelio leido,
que no quiso omitir el sencillo incidente de una mujer, que atralda
por Jesús prorrumpe en alabanzas de su Madre. Tuvo que agra­
dar al Hijo aquella exclamación tan simple como veraz. Nadie
mejor que
El conocla la grandeza de Maria. También nosotros,
porque conocemos esa grandeza, le tributamos nuestro reconoci­
miento y nos congregamos en su compañía. Y olmos de Ella en
Caná lo mismo que conÚstó Jesús en esta ocasión: Haced· lo que
Et os diga; y el milagro se prpdu¡o,-Jesús también aquí nos en­
seña que el secreto del éxito, de su Madre y de cualquiera, está
precisamente en conocer y cumplir lo que Dios quiere
de nosotros.
· · Y tal es el.sentido de nuestra reunión aqu!,. como el. de toda
reflexión y trato. habitual-de los .intereses de la Ciudad Cato'lica.
Maria Reina y Cristo Rey presidan; inspiren y alienten siempre
nuestro
afán, porque coincide con el suyo. Y con el ejemplo inol'
vidable de los que trabajaron con nosotros y creemos gozan ya
en la Patria que no ·acaba, agradezcamos al Cielo lo ya hecho, '.)!
renovemos con .ta gracia de. Dios el entusiasta compromiso de
nuestra em"presa.
AGUSTÍN ARREDONDO, s. J.
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