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Filosofía y teología del descubrimiento de América

FILOSOFIA Y TEOLOGIA DEL DESCUBRIMIENTO
DE AMERICA
POR
ALBERTO CATURELLI (*)
I
El Nuevo Mundo y la conciencia cristiana.
El 4 de marzo de 1493, en el más antiguo documento de la
historia de América, el
Almirante . escribía a los Reyes Cat «en la mar» ya pr6ximo a Lisboa: «Aquel eterno Dios que a dado
tantas victorias a
Vuestras Altezas, agora les dio la más alt~
que/ hasta oi a dado a príncipes. Yo bengo de las Yndias con el
armada que Vuestras
Altezas me dieron, a

/ donde
yo pasé en
treinta y tres días, después que
yo partí de vuestros rreinos», Agre­
ga más adelante: «y seguí en mui muchos puertos en los quales,
y en / todos los
otros de las otras yslas, puse una grandísima
cruz» (
1 ). Y ahora releamos. en el Diario del primer viaje el ve­
nerable texto que narra el acto inicial: «... porque la caravela
Pinta era
más velera e iva delante del almirante, halló tierra y
hizo las señas qu' el Almirante avía mandado». Y agrega: .«A
las dos oras después de media noche pare~ió la tierra, de la cual
estarían dos leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el
treo que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda,
que
se llamava en lengua de indios Guanahaní» (2). En el mismo
(*) Universidad de Córdoba (Argentina).
(1) Manuscrito del Libro Copiador, pág. 436, transcripción por ANTO­
NIO RuM:EU DE ARMAS, vol. 11, Testimonio Compañía Editorial, Madrid, 1989.
(2)
Diario del primer viaie, págs. 29~30, en CRISTÓBAL COLÓN, Textos'
Verbo, núm. 319-320 (1993), 1007-1025
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texto Colón agradece a Dios por la merced que la concedido «des­
cubriendo lo que descubierto avía» (3 ). El término «descobrir»
vuelve a ser utilizado cuando dice a Alejandro
VI «descubrí d' este
camino» (4) o cuando declara
«yo descubrí las Indias» (5).
Nó significa lo mismo «hallar» que «descubrir». Hallar, que
proviene de
afflare ( de ad y /lo) y del cual deriva nuestro antiguo
fallar, indicaba el topar con algo. Se trata de un simple hecho que,
una vez producido, concluye en sí mismo; por eso no genera his­
toria pues el hallar no' devela algo en su ser. Aunque todo descu­
brimiento supohga un hallazgo, no todo hallazgo es descubrimien­
to. En
ese sentido la probable llegada de los vikingos a Terranova
en 982 no fue
más que un mero hallar sin consecuencia alguna en
el tiempo histórico. Tampoco
debe pensarse, como pretenden per­
tos ideologismos innlanentistas que se trató del simple «encuen­
tro» (extrínseco)
de culturas de la misma jerarquía; el mismo
término «encuentro» puede resultar equívoco pues, si atendemos
;.· su etimología, in-contra indica el . acto de coincidir el.os ct>ias o
petSonas en· un
punto; en tal caso no difiere dé un tropezar urto
con otro y· entoncés en nada se distingue del hallazgo. Este en­
cuentro puramente empírico y extrínseco se mantiene como tal
cuando· quiere
significar la coincidencia · en el plano psicológico
qué
tampoco trasciende el ornen empírico. En e1 mismo sentido,
tampoco es verdadero encuentro (por imposible) el mero «cho­
que» de cultúras pensadas como dos todos abstractos que sólo
«existen» como tales en la mente de ciertos ideólogos. Nó existe
verdadera comunicación (y por tanto encuentro) sino en la verdad
del ser que nos es c6mún en cuánto intencionalmente eniergente
en mi conciencia y en la de mi prójimo, ,ill el yo y en el tú. Por
¡,so, en la comunidad del ser como acto participado se constituye
la-comunicación ( o el encuentro) conmigo y contigo, la cual es
y documentos completos. Relaciones de viaies, cartas y memoriales, Edición,
prologo y notas de CoNSUELO VARELA, Alianza Editora!, Madrid, 1982.
(3)
Op. cit., pág. 127.
·· ( 4) Car/a al Papa Ale¡andro VI; pág. 286.
(5) _ Relací6n del 'cuarto via¡e; pág. 301; también Testamento y Codicilo,
pág. 334,
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encuentro interpersonal, único encuentro verdadero. De ahí que
cuando comprobamos la comunicación, encuentro
y mutua influen­
cia entre culturas diversas, los canales de encuentro y comunica­
ción son las personas singulares, no dos todos-abstractos que,
como tales, no existen.
El descubrimiento no fue mero hallazgo (aunque estaba su­
puesto) ni mero encuentro entre dos todos-abstractos; el descu­
brimiento fue verdadero descubrimiento como
un acto propio de
la conciencia crítica. Esto supone
el ser como prae(s)entia encu­
bierta en todo ente y, en cuanto tal, es el ser-acto, es decir, acto
de ser de todo ente y, por ello, puramente «tenido» o recibido:
Esse est actus entis (6). Sólo la conciencia crítica puede develar
a «descohrir» el ser del ente, como el ser de un continente nuevo
que «tiene» y no es el ser: «descobrir» supone lo allí estante, lo ori­
ginario, encubierto, que es des-cubierto y, en el mismo acto, puesto
como ob-iectum. Este acto no puede realizarlo la conciencia primi­
riva
-en estado de simpatía con el todo-todavía indistinta res­
pecto del objeto y para la cual
lo otro en cuanto otro se mantiene
como sin nada. El acto fundamental y fundacional estaba impH­
cito en las palabras de Colón cuando en una de sus cartas dice
que él ha ido
a «descubrir las Indias» y que emprendió el viaje
en busca de
un mundo «que fasta entonces estaba oculto» (7).
Lo desocultado no es
lo meramente hallado, sino el real descubri­
miento de
un mundo en su ser que se hace presente ; de ahí que
sea menester distinguir el des.q1brimiento
inicial en el tiempo
que no concluye en sí mismo y el des-cubrimiento progresivo nun­
ca agotado, siempre inexhausto". el descubrimiento inicial que
supone lo originario allí previamente dado, en su mismo acto hace
emerger la
originalidad de lo nuevo, de lo develado o descubierto.
Por consiguiente, la novedad de América no es una mera nove-­
dad geográfica o científica, sino la que dice la expresión nuevo
mundo
como un todo, según ya lo proclamaba Pedro Mártir de
(6) SANTa. ToMAs, De Ver., 10,8, ad 12.
(7) Carta a doña Juana de la Torre, pág. 244.
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Anglería antes de la muerte de Colón su amigo: «un nuevo mun­
do, exclamaba, nunca oído» (8).
Descubrimiento inicial y progresivo, ruptura de la originarie­
dad estante
romo acto generador de la originalidad de lo nuevo.
Acto ejercido por la conciencia del hombre
cristiano-católico.
Hecho este último que, en cuanto acto histórico evidente, ni eI
más agnóstico podría negar. Luego, la conciencia descubridora
(que supone la conciencia natural) no
es ni la conciencia metafí­
sica, ni la conciencia psicológica, ni la conciencia moral; la synéí­
áesis cristiana es la conciencia purificada y transfigurada por h
gracia de Cristo y cuya regla próxima es la misma voluntad de
Cristo .. En ese sentido, la conciencia cristiana testimonia el orden
nuevo del hombre nuevo que, en cuanto miembro del Cuerpo deI
Cristo-total, se renueva según la imagen de Cristo (Col. 3, 9-10);
el hombre de la conciencia cristiana es, por eso, cristóforo, por­
tador de Cristo que debe participar también en
el obrar salvífico
de Cristo. Colón vio
en su propio nombre de pila un signo de su
misteriosa vocación, aunque todo cristiano sea, constitutivamente,,
cristóforo. El mundo descubierto era un mundo vie¡o; en cam­
bio, para
la conciencia descubridora desde su acto inicial, tratába­
se de una noveáaá naciente que por la «encamación» progresiv<>
de la Palabra llegará a ser el Nuevo Mundo. Este llegar a ser el
Mundo nuevo supone, para la conciencia cristiana descubridora,
el deber de guardar las enseñanzas recibidas (2 Tes. 2,15); pero
como es imposible que esta tradición sobrenatural no se inserte
en el tiempo histórico que alcanzó su plenitud en la Encarnación,
del Verbo (Gal. 4,4), en el acto inicial
y progresivo del descubriC
miento se funden la tradición histórica natural y la tradición cris­
tiana constituyendo así la tradición
integral.
Por eso, la conciencia descubridora, en cuanto descubridor (8) Décadas del Nuevo Mundo (1530), L. I, cap. IV, pág. 9; cito po~
la trad. de JOAQUÍN TORRES AsENCIO, Noticia y bibliografía-de JosEPH:
H. SINCLAIR, Editorial Bajel, Buenos Aires, 1944. Recuérdese que Pedro
Mártir de Anglerfa ya hablaba de «nuevo mundo» en el Libretto de tutta,.
la navigazione del Re de Spagna de le Isole et terreni nuovamente trovatt:,
V enezia, 1504.
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posibilita la originalidad de lo nuevo y, simultáneamente, lleva
en sí misma
toda la cultura antigua constitutiva de la tradición
natural. Para la conciencia cristiana Dios habla a los hombres
se­
gún su tipo de cultura y desde su misma cultura; el tiempo an­
terior a la Encarnación es «el tiempo de la ignorancia» (Act. 17,30)
en el cual griegos y romanos han perseguido oscuramente el Dios
verdadero sin conocerle (ib.
17 ,23) ya como causa suprema, ya
como primer principio, ya como Aquel, enseña Santo Tomás, a
quien no se le puede atribuir ninguna perfección tal como está
en las creaturas (9). Simultáneamente cohibieron, anularon la
verdad
por la corrupción hasta sustituir a Dios por la imagen sen­
sible del hombre,
de bestias y de plantas (idolatría). De ahí que
hayan sido inexcusables, como dice San Pablo.
La cultura no-cris­
tiana, aunque errónea, llevaba en sí misma las semillas del Verbo
(el
logos spermatikós) como una verdadera tensión hacia Dios ver­
dadero. Esta tensión sólo puede ser satisfecha
por la conversión
que salva la distancia inconmensurable entre el
logos spermatikós
y el Logos Pantós. Al convertirse a Cristo no sólo la helenidad y
la romanidad no murieron sino .que se alcanzaron a sí mismas en
la helenidad y en la romanidad cristianas>. es decir, se alcanzaron
a sí mismas en el estado de la «nueva creación». De ahí que la
conciencia cristiana,
.en el hombre español del siglo xv, implique
lo griego y lo romand, médula
de la tradición natural regenerada
por Cristo. Descubrimos así lo que podríamos llamar la
proto-his'
panidad, pues la «encarnación» de la Palabra en la Península debió
asumir (pues nada es redimido si no
es asumido) el mundo mítico­
mágico prerromano
por medio de los primeros siete apóstoles cuya
evangelización engarzó la cultura greco-romana en su continente
ibérico. De ahí que la tradición que llevaba consigu la conciencia
descubridora de] Nuevo Mundo sea la tradición greco-romana­
ibérica-cristiana. Tal era la conciencia ibérica cuyo movimiento
histórico podemos seguir desde la conclusión del período hispano­
:¡omano, hacia el 409, hasta el siglo VIII de los Santos Padres es,
(9) In Omnes S. Pauli Ap. -Ept"st. Commentaria> Ad.· Rom:, cap. J,
lectio6.
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paiíoles y, luego, desde el 711 en el largo período de la Recon­
quista hasta el 2 de enero de 1492, fecha de
la toma de Granada
contemplada personalmente por Colón. Aquí comienza una ver­
dadera
ampliaci6n de Occidente: la roja Cruz sobre las blancas
velas de las tres naves colombinas simboliza la conciencia cristiana
(greco-romana-ibérica) descubridora de la originariedad allende la
Mar Océano en el acto inicial y progresivo que llegó hasta el ex­
tremo finis terrae de Occidente o, si se prefiere, hasta el Occidente
del Occidente.
La antigua y enigmática premonición de la exis­
tencia de otro murido (desde «las otras partes» del Fedro platónico
hasta la «profecía» de Séneca y desde ésta hasta Raymundo Lulio)
llegaba a su plenitud cuando Colón
clavó la Cruz en las playas de
Guanahaní. Esta misteriosa necesidad de ir hacia, era correspon­
dida por la no menos enigmática premonición del mundo precolom­
bino que hacía siglos que estaba expectante por
algo que llegaba.
II
El Nuevo Mun_do y la evangelización.
Existió un primer hombre que miró con estupor y perplejidad
la llegada de las carabelas. A medida que
la noticia se difundía
sobre todo en Mesoamérica y en América Incaica donde residíari
las principales civilizaciones, habrán recordado los indígenas el
incendio de Huitzlopochtli, la aparición del gran cometa, lá
muerte y resurrección de Papantzin; hermana de Moctezuma;
las predicciones sobre los extralíos «de barbas ribicundas» de los
libros mayas o el anuncio del Inca Vira Cocha sobre el llegar de
«gente nunca jamás vi.Sta». Estas enigmáticas predicciones emer­
gen de una
conciénda en estado de inmediatez con el cosmos, ell
una suerte de inclusí6n del sujeto en el objeto; la no:disociación
entre sujeto y mundo permite esta unidad originaria que es el
humus del mito. Como es común en la conciencia primitiva ésta
exige la
repetición ( eterno retorno) que elimina lo nuevo precisa­
mente en cuanto
es perpetua vuelta .de lo Mismo; por eso en las
culturas primitivas no hay historia. En
el fondo no ocurre nada
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porque siempre ocurre lo Mismo. Estadio pre-reflexivo de la con­
ciencia inmersa en el cosmos concreto y en su «espacio» que es
lugar sagrado ( espacio mítico); en él es menester «pro-vacar» los
fenómenos por medio de su imitación (magia) mientras no existe
todavía
. distinción entre cosa y signo ; de ahí la ausencia de escri­
tura alfabética,
pues el estadio de inmediatez se espresa en la
escritura pictográfica (re-presenciación directa de la cosa) o en
la escritura ideográfica ( el signo significa no ya la cosa sino su nom­
bre). Esta conciencia del hombre precolombino heredaba en Me­
soamérica aquella «cultura madre» que habría comenzado en la
cultura Olmeca, en las hoy llamadas islas de la Venta y seguido,
sin continuidad orgánica en Teotihuacán ( 400aC-800dC), los Za­
potecas (I-XI), los toltecas (IX-XII), Mayas (IV-X) y aztecas
(XIV-XV). Es patrimonio común la generación del cosmos y del
hombre y la descripción del tiempo mítico-cíclico ( como en el
Popo/ Vuh) en el cual se destaca la necesidad de los ciclos calendá­
ricos y su expresión ritual, sea en los sacrificios humanos, sea en
el juego de pelota. La conciencia crítica-cristiana se encontró con
el dualismo en cuyo seno luchan los dioses generando las edades
del mundo
(Sol cuatro-tigre, Sol cuatro-viento, Sol lluvia de fuego,
Sol cuatro-agua y, el último, Sol movimiento). El cosmos está
condenado a la destrucción sólo impedida por la sangre y
la carne
de los sacrificios que exige Ometéotl-Tloque Nahuaque-Quetzal­
cóatl; él
es el «Dueño del cerca y del junto, Dador de la vida,
noche-viento» siempre presente. Religión del horror y del
some­
timiento absoluto del hombre. Dualismo mágico-mítico que se
repite en las civilizaciones de América andina expresadas en el
elemento originario, la piedra (allpa), que es la masa indiferenciada
de tierra que sustenta las numinosas fuerzas de la naturaleza por
encima de las cuales existe el Sol o Viracocha. Mientras la con­
ciencia primitiva siga inmersa en la inmediatez del cosmos cuyas
fuerzas oscuras in-voca y pro-voca (conciencia mágica) le será
im­
posible el discurso tanto histórico cuanto filosófico ; por la misma
razón, cuando llegaron
las carabelas de Colón, los poco más de
trece millones de indígenes de todo el continente carecían de con~
ciencia continental y cada grupo carecía también de la conciencia
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de patria. Aquel originario mundo mágico y aislado no era Améri­
ca todavía, América no existía.
Sin embargo, el proceso de su fundaci6n comenz6 cuando el
grito ¡tierra! estall6 en la garganta de Rodrigo de Triana. La
conciencia cristiana es misiva por esencia ( cristófora) ; pcir ello
el acto, inicial y progresivo del descubrimiento, así como im­
plica la tradición greco-romana en el orden natural lleva in­
coada su misionalidad en cuanto participa de la misionalidad
del Verbo. Fray Pedro de C6rdoba lo dirá a los indios:
«nos
envió
Dios a vosotros»; y los doce apóstoles franciscanos lo
anunciarán a los tlamatinime aztecas: «No somos más que men­
sajeros enviados a esta tierra» (10). En efecto, Cristo es el misio­
nero del Padre; desde la eternidad procede del Padre; temporal­
mente
procede del Padre para ser hombre por misión visible ( 11 ).
Esta misión es visible en el Verbo Encarnado y es invisible por
el don
de la gracia santificante. También es misivo el Espíritu en
cuanto procede del Padre y
el Hijo y es como el alma de toda la
Iglesia ; de
ahí que la conciencia descubridora se identifique con
el acto misionero que lo es de toda la Iglesia ; así lo creen y viven
la Reina Isabel y Fernando, Cisneros, Carlos V, Felipe
II, que
impulsan
la «dilatación» de la Iglesia en cuanto continuación de
la misión de
Cristo en el tiempo. Dos consecuencias se siguen:
por un lado, que un pueblo convertido es, como pueblo, cristófo,
ro; por otro· que, en virtud de la Encarnación del Verbo que asume
toda la realidad humana, el orden temporal tiene
la obligación de
buscar, reconocer y estar unido
al Dios verdadero ( confesionali­
dad de la Corona); por eso debe decirse que
todo el pueblo es­
pañol es misionero en los siglos XVI y XVII y sentía la obliga­
ción de procurar el mundo en tero para Cristo ( imperium católico)
proclamando, a la
vez, la unidad espiritual de todos los hombres
de la tierra.
(10) Doctrina Cristiana, Prólogo, núm. 12 y 13, en Ju.AN GUILLERMO
ÜURÁN, Monumenta Catechetica Hispanoamericana, vol. I, Fac. de Teología,
Pont. Univ. Cat. Arg., Buenos ·Aires, 1984. Y COioquios de los doce Após­
toles,
núm. 78, en la misma obra, págs. 330-331.
(11) SANTO TOMÁS, STh., I, 43, 2 y ad 3.
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FILOSOFIA Y TEOLOGIA DEL DESCUBRIMIENTO DE A·MERICA
La conciencia descubridora se encontró con pueblos a los cua­
les no había llegado noticia alguna ni de la Antigua ni de la Nueva
Alianza. Derivaban de
la Alianza cósmica tipificada en la figura
de Melquisedec, rey de Salero, quien, al llegar Abraham a Canaán,
«presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios altísimo ... »
(Gn. 14 18; Heb. 7,3 ). Figura del sacerdocio de Cristo, sacerdote
de la religión primera correspondiente a la revelación primitiva o
Alianza de Noé (12). Dios de todos los pueblos y de todas las
culturas; cuando el Señor instituyó la Eucaristía, aludió también
a la Alianza cósmica. Esta Alianza se ha pervertido en idolatrla
en todos los pueblos gentiles a los cuales el Verbo envía sus após­
toles ; aquella Alianza es el vehículo ( a pesar de las sombras espe­
sas de la idolatría, la magia y las supersticiones y hasta a través
.:le ellas mismas) por el cual Dios llama a los hombres ( semillas
,del Verbo). La Revelación cristiana llegada al Nuevo Mundo en
1a predicación de los misioneros «tocaba» la Alianza cósmica siem­
-pre latente. Esta situación manifiesta la unión orgánica de todos
los hombres ( miembros potenciales del Cuerpo) con Cristo estén
,o no en pecado; pero infinitamente distante todavía de la unión
.:le caridad de los miembros del Cuerpo Místico con la Cabeza.
Aquel oscuro conocimiento natural, como enseña Santo Tomás,
«non sufficit ad iustificationem» ( 13 ).
Los misioneros bien sabían (basta leer, por ejemplo, el De
Procuranda indorum salute del P. José de Acosta) que ningún
hombre y ninguna cultura quedan fuera del universal influjo del
Verbo (Jn. 1,9); pero también sabían que entre aquel influjo y
fa absoluta novedad de la Encamación salutífera existe una infi­
nita distancia. La predicación es, pues, absolutamente necesaria
porque no existe continuidad homogénea entre el «logos sperma­
tikós» y el «Lagos Pantós». A ningún misionero se le hubiese
ocurrido sostener la existencia de un «cristianismo anónimo».
Los misioneros sabían que la «implantación» de la Iglesia no
(12) JEAN DANIÉLou, Le mystere de l'Avent, ed. du Seuil, París, 1948;
-,,éase trad. cast. Trilogía de la salvación, pág. 152, Guadarrama, · Madrid, 1964.
(13) STh., I.-II., 113, 4, ad 2.
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ALBERTO CAT U RELLJ
el re-nacimiento de indio por indio, uno por uno, por la conver­
sión personal. Sabían que no existe religión pre-cristiana inculpa­
ble
y de ahí la necesidad del doble momento: de ruptura con lo
«viejo», especialmente
la idolatría y de total transfiguración por
la conversión. Las religiones precolombinas eran ambivalentes:
por una lado «viejas», infectadas de errores absolutos que
cons­
tituían impedimentos para la salvación y, por otro, velaban una
oscura búsqueda del Dios desconocido ; de ahí la necesidad de la
metánoia como acto sobrenatural de fe explícita, generadora de la
plena
novedad a partir de la originariedad supuesta. Por eso,
América
es radicalmente nueva no sólo con novedad geográfica,
científica y humana sino con novedad sobrenatural que es, en el
fondo, lo
Ú!Úco nuevo. El descubrimiento como acto inicial y pro­
gresivo de la conciencia cristiana, se transfigura en acto itúcial y
progresivo de evangelización.
La originariedad develada por el Al­
mirante es fuente de originalidad tanto natural cuanto sobrenatu­
ral. América es, pues, de veras, el Nuevo Mundo.
En los documentos de los Reyes Católicos, del Almirante, del
Papa, la evangelización tenía prioridad de naturaleza, como puede
comprobarse desde
la proto-evangelización del «requerimiento»
hasta
el primer catecismo que fue el de fray Pedro de Córdoba;
desde
la carta de Julián Garcés al Papa hasta la Sublimis Deus de
Pablo
III. y desde los catecismos pictográficos hasta las actas del
III Concilio Limense convocado por Santo Toribio de Mogrovejo.
En ellos puede comprobarse que el acto primero era la desmitifi­
cación del cosmos ( como en los capítulos I
y III del Génesis) por
la cual las crearuras eran despojadas de todo carácter «divino»
mítico-mágico que
es propio de «los tiempos de la ignorancia»,
corrupción antigua de
la Alianza cósmica bajo el influjo del Idóla­
tra por excelencia que es el
demotúo. Los misioneros sabían que
con Cristo la historicidad de la Revelación alcanza su
pletútud y
por eso
se «encarna» en el lenguaje; de ahí su adopción, prime­
ro, de
la escritura pictográfica e ideográfica y, después, tal como
nos enseñan Motolinia, Sahagún, Clavijero, Acosta y otros, hicie­
ron ingresar a las lenguas indígenas, en un verdadero sa/,to cuali­
tativo inconmensurable, al estadio alfabético realizando un acto
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FILOSOFIA Y TEOLOGIA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA
trascendental de mestizaje cultural: salto irreversible por el cual
(si se me permite esta licencia) el Verbo se hizo indio y habitó
entre ellos. Todos los métodos concretos de «encarnación» de la
Palabra se iluminan: desde los «gestos» o «predicación muda» de
los comienzos a los catecismos pictográficos; desde
las pinturas
propias de la escritura «testeriana» y los catecismos «en imáge­
nes» ( como
el de Pedro de Gante) hasta los redactados en la len­
gua indígena sobre elevada al estadio alfabético. En todos ellos,
pero especialmente en ese incomparable documento que son los
Coloquios de los doce Apóstoles franciscanos, podemos compro­
brar: primero, la simple y encantadora catequesis; segundo, el
rechazo misterioso
de los tlamatilime aztecas de las Escrituras,
«el libro de las celestiales y divinas palabras» como ellos mismos
le llaman; tercero,
el nuevo discurso de los franciscanos manifes­
tando, que
ya no tienen excusa ante el Dios cristiano, «el verda­
dero Ypalnemoani, el cual vosotros llamáis, pero nunca
le habéis
conocido». Mientras los tlamatilime
les vuelven las espaldas pro­
clamando que «los dioses también murieron» ( como los escépticos
griegos hicieron con San Pablo
en el Areópago) muriendo con
ellos definitivamente
el mundo «viejo», en los indios que se con­
virtieron la indianidad no sólo no murió, sino que, curada y sal­
vada en cuanto naturaleza, se transfiguró en la «nueva creación»
alcanzándose a sí misma como indianidad. Y así como en Dionisia,
Dámaris y los demás que siguieron a San Pablo se salvó y re-nació
la cultura griega transfigurada en la cultura greco-cristiana, del
mismo modo la indianidad precolombina se transfiguró en la
cul­
tura indo-católica. La indianidad «vieja» murió con los tlamatilime
que
rechazaron la predicación y renació nueva y original, por ejem­
plo, en
el Beato Juan Diego.
La misión temporal de Cristo Misionero no hubiese sido po­
sible, sin
la íntima participación de María en la misión del Hijo.
Esta misión
es anunciada en el proto-evangelio (Gn. 3,15) y lo­
grada en la plenitud del tiempo cuando envió Dios a su Hijo for­
mado de mujer
(Gal. 4,4); por eso la ca-presencia de María
-aunque subordinada-ha de extenderse a todo hombre y a
toda cultura en
todd el tiempo de la historia porque Ella es mi-
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ALBERTO CATURELLI
sionera del Misionero Salvador. Ella está no sólo en el comienzo
de la historia,
en. el centro y en el fin de la historia, sino en el
comienzo de la historia de América;
es cristófora no sólo por lle­
var nueve meses a Cristo en su seno sino porque Lo lleva a todos
los hombres como mediadora del Mediador y prepara, en cada hom­
bre y en cada cultura, el adviento de Cristo adelantando la gracia
preventiva, como decía Daniélou. Ella representa a la gracia
cuan­
do la gracia aún no ha llegado. Y así como pcdemos hablar de
una misteriosa espera de María en las culturas paganas del Viejo
Mundo,
de análogo modo existía una remota y oscura espera de
María quizá en el rasgo femenino de Ometéotl y hasta en el culto
a la feroz y sanguinaria Quatlique, Esta diosa, venerada en
el
Tepeyac, precisamente en el lugar elegido por María para mani­
festarse a Juan Diego el 9 de diciembre de 1531. María Evange­
lizadora pugnaba por aparecer y explícitamente vino en
la con­
ciencia descubridora «embarcada» en la nave capitana del Almi­
rante. Basta contemplar su Imagen que Ella misma pintó en la
tilma de Juan Diego e ir descifrando y amando su inagotable sim­
bolismo, para comprender que María es la Madre y la Catequista
del Nuevo Mundo, conductora de
la desmitificación y transfigu­
ración de los hombres
y la cultura amerindios. El Nuevo Mundo
es mariano desde el acto inicial del descubrimiento y en el pro­
ceso siempre inexhausto de su evangelización. América, pues, fue
fundada católica y mariana. Mientras Europa era Europa muchos
siglos antes de la predicación de los Apóstoles
y debió convertirse
al Cristianismo, Iheroamérica fue fundada cat6lica y mariana. La
«cristiandad del Nuevo Mundo», como le llama Juan Pablo II,
no tiene sentido fuera de la fe.
El descubrimiento inicial y progresivo, descubridor y evange­
lizador,
se pene de manifiesto en la potestad temporal que, explí­
citamente católica,
participa del carácter misional de la Iglesia. Así
lo comprende Alejandro VI desde la bula
Inter Caetera del 4 de
mayo de 1493 (hubo dos del
día anterior) en la cual tiene comien­
zo lo que llamo el
drama de. la conciencia cristiana tanto en la
conquista cuanto en la evangelización del Nuevo Mundo.
Las
Instrucciones de los Reyes Católicos al Almirante (29-V-93), las
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FILOSOFIA Y TEOLOGIA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA
Ordenanzas al Gobernador Nicolás de Ovando (16-IX-1501), las
leyes de Burgos (17-XII-1512) y sus mandamientos complemen­
tarios (28-VII-13 ), las Instrucciones del Emperador Don Carlos
a
Herrtán Cortés .( 1523 ), la Ordenanza General de 1526 y la le­
gislación posterior, revelan el drama de la conciencia cristiana
tomada en
el sentido de la synéidesis pau/ina. Y eso es así porque
mientras
en el hermoso testamento de la Reina se declara que
«nuestra principal intención»
es la conversión de los indios (sus
«hijos de las Indias»), la concreta conducta humana no siempre
se ajustaba a ese fin porque como dramáticamente dice San Pablo,
«no hago lo que quiero; sino lo
que aborrezco, eso hago» porque
«ya
no soy ... yo quien lo hago, sino el pecado qwe habita en mí»
(Rom. 7, 15-16); de
ahí el drama consistente en la agonía por
salvar
la distancia entre el bien que quiero ( y debo hacer) y el
mal que no quiero (y suelo hacer) hasta que sean uno el bien que
quiero y el bien que hago. Entre las instrucciones reales y su
aplicación concreta en Indias habrá siempre una distancia ; sola­
mente el Santo hace el bien que quiere ( aunque imperfectísima­
mente) y rechaza
el mal que no quiere ; una expresión de Carlos V
utilizada
permanentemente en sus documentos lo pone de relieve:
la «real conciencia» a
la que apela y la conciencia de sus destina­
tarios a la que urge y exhorta; estas apelaciones de Don Carlos,
aunque impliquen el derecho, son metajurídicas y por completo
teológicas porque
se dirigen a la conciencia cristiana que está
obligada a procurar la conversión de los indios «nuestros súbdi­
tos», a amarles como a hermanos, a evitar todo «mal tratamiento»
y_ los «excesivos trabajos»; al no cumplir con estas normas Cristo
sería «muy deservido». El Emperador bien sabía que algunos (de
los cuales varios están hoy en los altares) cumplirían
la ley hasta
el heroísmo ; que otros, de modo aceptable aunque imperfecto y,
por fin, que otros harían
lo contrario por que perversos habrá
hasta
el fin de los tiempos. Precisamente la «leyenda negra» de
ayer y de hoy, además de inventar fantásticas calumnias, ha exal­
tado arteramente tan solo los pecados y defectos y olvidado cuanto
bien hizo la Iglesia y la Corona desde
el acto inicial del descu­
brimiento.
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ALBERTO CATURELLI
España, por consiguiente, desde lo originario develado, fundo
Iberoarnérica en cuanto puso el ft.mdus, la base, Más aún, desde
Id originario fundó la originalidad del Nuevo Mundo en un acto
inicial
y progresivo irreversible. Esta verdadera fundación se ex­
presa en el mestizaje somático, espiritual y cultural, en los cente­
nares de ciudades, en las Instituciones, en el monumental corpus
jurídico, en la cultura, en las treinta
y tres Universidades que
erigió en las Españas ultramarinas. El
11 de octubre América no
existía, El 12 de octubre, comenzó su alumbramiento, España
es, por eso, verdaderamente Madre y las naciones iberoamericanas
son verdaderamente hermanas, He aquí también la razón más
profunda de la futura independencia de Hispanoamérica,
impll­
cita en la doctrina de Francisco de Vitoria, explicita en la tesis
de tutoría de Bartolomé de Carranza, en la del gran protectorado
transitorio de Melchor Cano
y Diego de Covarrubias, Y esta es
también
la causa por la cual, a principios del siglo XVIII, cuando
la Madre Patria conquistada por
el iluminismo secularista aban­
donó el espíritu del
imperium católico, s4s hijos de ultramar
vinieron a ser
más hispánicos que España, Cuando el gran Moto­
linia hablaba del quinto reino del mundo como un
imperium ca­
tólico, pensaba en la naciente y futura cristiandad del Nuevo
Mundo.
III
El Nuevo Mundo Presente y futuro.
La disgregación del espititu del Imperio ha comenzado. Rea­
lista en el plano metafísico, católico y místico en el orden sobre­
natural, ha permitido que la razón humana
se convierta en «regula
rerum». Esta tentación, la más irracional de la razón que se hace
absoluta ( como decía Sciacca) a la vez que convierte al singular
en lo único existente le quita todo valor metafísico; suprime
la
relación real entre la causa y el efecto y no tiene más camino que
considerar el orden temporal como autosuficiente desde que Píos
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y el orden metafísico se evaden de la verificación empírico-sensi­
ble. Ruptura implícita o explicita entre
la razón y la fe, simule
táneamente rompe con las «ilusiones» ultramundanas sustituidas
por el incoercible progreso inmanentista, a la vez que intenta
subordinar a la Iglesia
al poder secularista. Esta interna lógica de
hierro del «principio» de inmanencia cambia radicalmente el fin
del Estado, rompe con las autonomías locales
y las sociedades
intermedias
y erige la «tolerancia» pluralista en la más feroz de
las intolerancias. Un Estado
unido a la Iglesia participante del
carácter misional del Cuerpo Místico, carece de sentido. La
Es­
paña cristófora se vuelve contra sí misma abandonando el ideal
sobrehumano
ahora incomprensible para las cabezas encerradas
en las blancas pelucas del siglo
XVIII.
Abandonar significa «dejar algo emprendido en poder de otro».
La empresa comenzada inmediatamente en 1492 y mediatamente
en 720,
es dejada en poder de una concepción secularista del
mundo. Quizá
Ja paz de Utrech en 1713 pueda ser tomada como
símbolo del cambio y, casi un siglo más tarde, mientras los crio­
llos y españoles se cubren de gloria en las calles de Buenos Aires
derrotando a los invasores británicos entre 1806
y 1807, · Car'
los IV permite la entrada de las tropas francesas en territorio
español. Entre la originariedad supuesta
al acto descubridor de
la conciencia cristiana y la originalidad indohispánica, se interpone
ahora el iluminismo bastardo:
bastardo digo porque no es ni es­
pañol ni americano. El imperium católico se corrompe en colonia
y la hispanidad indiana pronto exigirá su autonomía como remoto
pero siempre vivo fruto del
senrido del descubrimiento y la evan,
gelización del Nuevo Mundo. Paradoja de Iberoamérica luchando
contra España por la hispanidad.
En toda Iberoamérica se
alza la misma voz. En 1808, Manuel
Abad
y Queipo en la Nueva España proclama que criollos y pe:
ninsulares son «los españoles» sin más y sOstiene que «las Améri­
cas. . . deben gozar de todos los derechos generales que conceden
nuestra leyes a las
provincias de la metrópuli y a sus habitantes».
El manifiesto de Agustín de Iturbide
del 24 de febrero de 1821,
señala que
así como el Imperid Romano es como el padre de lás
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naciones europeas, España, «la naoon más católica y piadosa,
heroica
y magnánima», es la madre de los pueblos iberoamerica­
nos. Iberoamérica reclama hoy su independencia
y recuerda a los
españoles que «vuestra patria es la América» ; todo nos une en
comunidad de destino y
el Acta de la Independencia mexicana del
28 de noviembre de 1821 sólo ratifica
la voluntad de la antigua
provincia
de ultramar que forma su propia familia conservando
por su Madre «todo el respeto, veneración y amor, como a su
primitivo origen».
En la Argentina, en 1809, Calixto del Corro funda la exigen­
cia de la independencia en
el simple derecho natural sobre el cual
inhiere
la geografía que por sí sola hizo a América independiente
y habiendo cesado Fernando
VII cautivo, «a nosotros ha rever­
tido enteramente
el poder y autoridad con que ( el Rey) se halla
revestido». Y en Buenos Aires, en las jornadas de mayo de 1810,
Cornelio Saavedra
-que será el primer Presidente argentino-­
sostiene que América era de derecho independiente desde la
ab­
dicación de Carlos IV: «hemos resuelto reasumir nuestros dere­
chos, dice al
Virrey Cisneros porque quien le diera autoridad y
mando ya no existe». De este modo Saavedra reasume la verda­
dera tradición hispand-americana inaugurada en
el Nuevo Mundo
por el descubrimiento, la conquista y la evangelización, vulnerada
ahora por el absolutismo «ilustrado». Iberia,
la más occidental
de
las tres penínsulas-madres de Occidente, es el extremo del pri­
mer Mediterráneo y plataforma de lanzamiento hacia la Mar
Océano,
el segundo Mediterráneo. El Atlántico, en efecto, cerrado
al Norte por los hielos árticos, abierto al Sur donde parece que
Hércules realizó
el más gigantesco de sus trabajos uniendo tres
océanos allende
el estrecho de Drake. Y América del Sur, como
toda península, es afectada por un movimiento centrífugo que ya
impulsó la misión civilizadora de España. Producida la ruprura
con la España «iluminista» (una suerte de otra España)
San Mar­
tín y Bolívar actúan. en el mismo sentido de
la tradición. Ambas
epopeyas no
se ensimisman en lo local sino que intentan restau­
rar
la unidad del todo, la de las Españas ultramarinas, la Patria
Grande. Cuando
San Martín comprendió que ya nada podía es-
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perar de la Madre Patria, decidió regresar para salvar a España
en
el Nuevo Mundo cumpliendo la aparente paradoja de comba­
tir contra España por España.
Salió fuera del Río de la Plata
liberando Chile, emprendió la
campaña del Pacífico, liberó al Perú
mientras
los doctores liberales-iluministas impedían que termi­
nara su proyecto. Bolívar comenzó su movimiento centrífugo en
el Caribe intentando restaurar la unidad del todo hasta Guayaquil
y hasta Bolivia. Cuando vio cómo se desintegraba la Patria Gran­
de quejóse amargamente de haber «arado en el mar». Ambos
héroes
quisieron lo mismo. Como decía Bolívar; «todos (estos
pueblos) están clamando por un Imperio» porque Iberoamérica
es una por su origen, su lengua, sus costumbres y religión. Bolí­
var soñó con
la confederación del «mundo de Colón» ; pero ambos
héroes contemplaron cómo el iluminismo que ya había destrozado
a España, atomizaba la Patria americana. Sólo América Lusitana,
gracias a la
casa de Braganza y principalmente a Don Pedro I
logró salvarse de la fragmentación y conservar la unidad. El des­
cubrimiento inicial y progresivo, acto inexhausto de la conciencia
cristiana fundadora, parece agotarse en la aparente frustación de
Bolívar
y San Martín. El movimiento de la razón como «regula
rerum» no
ha cesado y va constituyendo los obstáculos mortales
del «alumbramiento de la cristiandad del Nuevo Mundo» como
gusta decir Juan Pablo
II. En cuanto la razón inmanentista re-e
nuncia a la metafísica y se convierte en esclava de la verificación
empírico-sensible, genera la autosuficiencia del poder temporal
realizada por
el imperio de Alvión aún subsistente; en cuanto
acentúa
la idea del progreso indefinido en manos de los nuevos
dioses de
la electrónica, la computación y la informática, sustenta
el actual imperio del Leviatán neoiluminista que aspira a la uni­
dad secularista del mundo-Todo-Uno (
el «nuevo orden del mun­
do»); en cuanto la razón «pone» el ser que ella misma es intro­
duciendo la contradicción en la realidad (es la misma realidad),
alcanza
la secularidad suprema del atroz imperio de Gog a cuya
desintegración.asistimos·. Pero la esencia común.a los tres obstácu­
los une al todd en la actual gran posibilidad de un único imperio
totalitario-planetario
ya sostenido por Brzezinski, hoy proclamado
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por el funcionario Fukuyama cuando sostiene que hemos llegado
al fin de la historia como tal ; es decir, el punto final de la evo­
lución ideológica de la humanidad y la universalización de la de­
mocracia. liberal occidental como la forma final del gobierno hu­
mano, Ante esto, pareciera que el destino histórico de las Españas
americanas se hubiese cerrado para siempre,
¿Qué debemos esperar? ¿Qué debemos hacer? Mucho pode­
mos esperar y mucho
es lo que debemos hacer. El gesto inicial
de Cristóbal Colón
al clavar la Cruz en las playas de Guanahaní
es el símbolo preciso: la conciencia cristiano-mariana, descubridora
y evangelizadora, sabe que el destino histórico de Iberoamérica
no consiste en
instalarse definitivamente en el mundo porque la
Patria
es mi lugar terreno de peregrinación; de ahí que el amor
a la Patria se confunda con
el ·amor a Dios. Estas patrias «expa,
triadas» no renuncian, es claro, _al progreso físico; pero, en cuanto
peregrinas son constitutivamente anti-burguesas
y antiiluministas
y cada vez se distancian más del «espíritu» del llamado «nuevo
orden mundial», simple expresión de la nueva idolatría del hom­
bre
ílico entregado a los eones del cambio y la producción-consu­
mo, En este mundo extraplenomático vuelven a presentarse, como
en las sectas gnósticas, erotismo-pornografía-aborto con furtivas
formas de antropofagia, última «caída» de un mundo relapso. Por
eso, el Viejo Mundo que restaura la «vejez» precristiana del hom­
bre, parece necesitar del
quinto viaie de Cristóbal Colón que debe
partir desde el simbólico Guanahaní iberoamericano hacia Europa.
Como decía
el Almirante en carta a Santángel; Dios «da a todos
aquellos que andan su .camino victOria de cosas que parecen-im­
posibles»; y lo que parece imposible es la reconversión del «vie­
jo» mundo a Cristo. Cuando
el sucesor de Pedro llama a Ibero­
américa el «continente de la esperanza» parece aludir, ·precisamen­
te, a ese misterioso destino como fruto sobrenatural de la his­
panidad.
El «árbol de
la vida» (Ap. 22,14) plantado en Guanahani;
absorbió por su raíces el mundo precolombino y dará· su tributo;
como canta la Iglesia
el Viernes Santo, «dulce árbol donde la Vida
empieza con un peso tan duke en su corteza»' Este fruto requiere
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la renovaci6n del descubrimiento como conquista interior que ge­
neralmente culmina en el martirio como el del pueblo mexicano
en la guerra de los cristeros cuyos frutos revierten sobre toda la
Patria
Grande. Tal es el camino de la «encamaci6n» progresiva
de
la Palabra en la cultura iberoamericana la que, por otra parte,
es ya una realidad insoslayable. A pesar de la extrema debilidad
de Iberoamérica ante los poderes de este mundo neoiluminista,
esto sí lo debemos hacer y lo
podemos hacer. Insisto: el descubri­
miento inicial y progresivo ( conquista
interior en Cristo) genera
la
novedad del Nuevo Mundo, inconcebible fuera de la savia vital
greco-romana y fuera de la savia vital precolombina, el todo trans­
figurado por la
fe cat61ica. Necesitamos para ello de la unión pro­
gresiva de todas las naciones iberoamericanas. La epopeya sanmar­
tiniana y el proyecto bolivariano no han fracasado, ahora transpues­
tos al orden espiritual. Bolívar pensaba que Iberoamérica, situada
entre los dos Océanos, puede ser
la mediaci6n entre Europa y fl
Asia ; Hispanoamérica -las Españas del Nuevo Mundo--espei,a
y espera con esperanza sobrenatural. Adivina quizá un posible
encuentre entre ella y Rusia convertida a
la única Iglesia de Crist~.
Presiente la penitencia que el único Señor de la historia puede
enviar a Alvi6n, a Leviatán y a
Gog; al mismo tiempo, abre sus
brazos a la Madre España (la .España de siempre) que no tiene
por qué arrepentirse por el descubrimiento,
la conquista y la
evangelizaci6n de América. El propio Vicario de Cristo,
el 31 de
octubre de 1982 desde el aeropuerto de Barajas,
le:, dijo: «¡Gracias
España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad
al Evangelio
y a la Esposa de Cristo!». Por eso, su heredera legítima, la cuarta
península de Occidente cuyo extremo alcanza el encuentro de
los
tres océanos, suplica humildemente al Misionero enviado del Pa­
dre ser el pivote de la evangelizaci6n del mundo. Destino hist6rico
iniciado cuando el Almirante clav6 el árbol de la Cruz en las plá­
yas de Guanahaní.
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