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Civilizar es evangelizar. La acción de España en América

CIVILIZAR ES EVANGELIZAR:
LA ACCIÓN DE ESPAÑA EN AMÉRICA
POR
INÉS DE CAsSAGNE (*)
Hablar de la acción civilizadora de España en América supo­
ne, ante todo, referirse a una
narión altamente desarrollada y

a un
continente subdesarrollado. Cuando
se produce el descubrimiento
se da el encuentro entre dos mundos, cuyas diferencias ha carac­
terizado el historiador Morales Padrón: «Los que llegaban venían
empujados por todd
el desarrollo de Occidente», en tanto «los
que contemplaban el advenimiento se asomaban a los bordes de
un continente primitivo, llevando una forma de vida ahistórica».
Los que llegaban, lo hicieron porque tenían conciencia de que no
eran los únicos en
el vasto universo, que ya habían explorado hacia
el e~te, hacia la China, y lo estaban hacia el sur (Africa). Puesto
que desde
hacía tiempo se sabia que la tierra era redonda, era ló­
gico intentar el viaje a Occidente. Sus conocimientos cartográficos
se lo permitían, también su experiencia
náutica y el progreso de
sus naves e instrumental. Los que oontemplaban el advenimiento,
en cambio,
«permanecían al margen, envueltos todavía en la Edad
Mítica, poblada
de demonios» y fuerzas incontrolables, «sin que
se les hiciera manifiesto lo que se llama razón y personalidad»,
«fuera de
la historia porque su existencia no había sido objeto de
reflexión»-; incluso, separados, se desconocían los diversos grupos,
sin sospechar que formaban parte de un continente ( 1 ).
(*) Universidad Católica .Argentina (Buenos Aires).
(1) F'RANc1sco MORALES PADRÓN, Los conquistadores de "América, ·Ma­
drid, Espasa-Calpe, 1974.
Verbo, núm. 319-320 (1993), 1027-1056
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INES DE CASSAGNB
Ciertamente los que llegaron y los que los vieron llegar eran
por naturaleza iguales: hombres ; pero los hombres son esencia
y
son historia. La diferencia entre ambos estaba en el orden de la
historia. El esencial potencial humano difería en los grados de
desarrolld. Los europeos de finales del siglo xv eran herederos de
los griegos y romanos: habían desplegado sus fa~tades intelec­
tuales en la filosofía
y en las ciencias ; asimismo hablan hechd la
experiencia de la libertad: sabían que las virtudes mejoran y pleni­
fican,
y habían hecho un esfuerzo moral; por otro lado, eran
conscientes de
su pendiente al mal y de sus vicios ; conocían las
lucha por el bien en la que
a veces se vence y otras se sucumbe.
Pero el Cristianismo les había asegurado la ayuda divina, les había
aportado
la gracia de la Redención. Así, definitivamente liberados
de todo fatalismo, apuntalados por la gracia, estaban ciertos de
que el pecado 110 tiene la última palabra. En suma, los que llega,
ron se sabían pecadores, pero redimidos; fahbles, pero sabiendo
cómo convertirse, arrepentit:se y reformarse.
Justamente, en. el momento del descubrimiento, se había pro­
ducido en España un profundo y amplio movimiento de reforma.
Es importante referirnos a esta Reforma,
ya que la obra civiliza­
dora de España
significó fundamentalmente una obra eva¡,gelizado,
ra, de cristianizaci6n. Y entonces hay que empezar p,;eguntándose:
¿Estaba preparada España para realizarla?
«Durante más de un siglo ( de mediados del siglo x1v hasta
fines del
xv) la ¡glesia realízó en España un esfuerzo paciente,
continuado
y forzosamente lento de reforma, pues no se trataba
de modificar estructuras, sino de cambiar las .personas» que
comen,
zó precisamente «por ese núcleo interior que son las almas coN­
'.l'EMPLATIVA.S» (2); Esta Reforma «no empezó por decreto, sino
desde.lo
hondd del alma» (íd.) y su primera manifestación, hacia
mediados del
1300, fue la conversi6n de tres funcionados reales,
laicos que abrazarqnJa vida eremítica. Otros los siguieron, y esto
fue
el comienw de la Nueva Orden de los JERÓNIMOS, influida por
la espiritualidad de Santa Catalina de Siena, que se multiplicó y
(2) Lms SUÁREZ, Humanismo y Reforma Católica, Madrid, 1986,
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extendió su ideal de santidad por . toda España, y luego lo haría
en América. Esta iniciativa y
otras similares fueron apoyadas por
la Corona de Castilla y por las Cortes, pues a
la nueva dinastía de
los Trastámara
les interesaba corregir las costumbres tras una época
de luchas y desórdenes políticos. Fue así que se invitó a los
CAR­
TUJOS
a instalarse en Castilla, donde proliferaron hasta formar al
cabo de 100 años un verdadero ejército de contemplativos. En
1390 iniciaron su reforma los BENEDICTINOS, hasta dejar sus mo­
nasterios en
plena observancia de la Regla de su fundador. Y lo
mismo hicieron los CISTERCIENSES. Esta vida contemplativa irradió
y se proyectó hacia América. El primer sacerdote que pisó· su sue­
lo, enviado por Isabel, fue el benedictino Bernardo Boíl, que ce­
lebró en Haití, en el día de la Epifanía de 1494 la primera misa
en estas tierras americanas. Y fue
un jerónimo, fray Hermando de
Talavera, coníesor
de la reina, el que apoyó a Colón en su aventura.
Tras la contemplación, la predicación. Al Nuevo Mundo se
enviarían ante todo predicadores, y
las dos Ordenes tradicional­
mente dedicadas a este oficio
-franciscanos y dominicos--- tam­
bién habían vuelto a la plena observancia.
Los DOMINICOS se des­
tacaron siempre por su excelente preparación teológica: éste fue
su carisma desde
la fundación por el español Santo Domingo de
Guzmán (en tiempos de la herejía albigense), dando a la cristian­
dad
'Su gran Doctor Santo Tomás de Aquino. Este carisma se había
aplicado a predicar ;
es la Orden de los Predicadores. Hacia 1400
tuvieron uno excepcional:
el español San Vicente Ferrer, que
irradió
por toda Europa un apostolado popular que alcanzó a re­
yes, obispos y hasta al mismo papa de quien fue confesor
y con­
sejero.
Al correr del siglo xv todos los conventos dominicanos de
España se acogieron a la plena observancia,
lo que implicaba tam­
bién una cuidada formación teológica.
De su convento de San Es­
teban de Salamanca salieron profesores de talla que honraron a la
famosa universidad. Uno de ellos, fray Diego de Deza,
daría un
empujón decisivo para el descubrimiento. El mismo Colón subra­
ya el apoyo que le brindó para su proyecto, diciendo: «A fray Diego
de Deza y
al convento de Salamanca debieron los Reyes Católicos
las indias» ; y agrega fray B. de las Casas: «En una celda del con-
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vento de San Esteban (que hoy se muestra al visitante) Colón y
el Padre Deza convinieron de
que había nn nuevo mundo». No
en vano
-prosigue-«Colón, a la primera ciudad que levantó
allí la llamó Santo
Domingo, en homenaje a la Orden que com­
prendió su genio». En cuanto a los FRANCISCANOS, también refor­
mados y dispuestos a la predicación, dieron aquel convento de
Palos de Moguer, el primero que acogió
al Almirante gracias a su
prior, fray Juan Pérez. Este
ex-confesor de la Reina, lo puso en
contacto con ella.
Más tarde saldría de esta reforma franciscana
otra gran personalidad, Jiménez de Cisneros al que la Reina hizo,
contrariando su humildad, Arzobispo y Primado de Castilla,
di­
fundiendo el ideal de la reforma por ella y toda España, llegando
a ser Regente del Reino.
¿España estaba preparada?, la respuesta
es si. España estaba
preparada espiritual, intelectual y moralmente para enfrentar el
enorme desafío de tantas novedades como se presentaron en estas
tierras. España estaba en su momento de plenitud, tanto por su
ciencia y sapiencia humanística como por su acabada reforma re­
ligiosa. España a fines del siglo xv era «nn bastión cristiano» (la
expresión
es de Daniel Rops, nn francés). El reino de Castilla
había tomado la delantera, y arrastrado
al de Aragón. Cuando
Isabel
y Femando por matrimonio los unieron, «la reforma espa­
ñola había recorrido ya
un largo camino. Sus obispos (provenien­
tes en gran parte de las Ordenes reformadas) eran en general
ejemplares y sobresalientes. Se multiplicaban las fundaciones
re­
ligiosas y una emulación de santidad se estaba contagiando. Valla­
dolid y Salamanca se poblaban de colegios ( de diversas. órdenes)
para la preparación de directivos.
Se producía una confluencia
entre los sentimientos inspirados por el Catolicismo y el Huma­
nismo renacentista ( inspirado en sus ideas directrices por
los Pa­
dres de la Iglesia)». Esta daría lugar, en
la centuria siguiente al
Siglo de Oro Español. Y estos Reyes asumieron la responsabilidad
de aglutinar todos estos esfuerzos
(3). Acababan ellos de comple­
tar el gran esfuerzo
de la Reconquista (paciente y denodado es-
(3) Lms SuÁREZ, Humanismo y Reforma Cat6lica, Madrid, 1986.
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fuerzo de ocho siglos) desalojando al último de los enclaves mu­
sulmanes. Su religi6n, la SANTA FE, con cuyo nombre bautizaron
la ciudad donde terminaron su campaña, era para ellos el
alma de
la· nación española unificada. Por eso el papa Alejandro VI les
acordó el título de «Reyes Católicos» y por esto, al producirse el
descubrimiento les encargó la misi6n de trasladar
la Santa Fe a los
nuevos territorios. Este fue el fundamento de la misión civiliza­
dora de España en América.
Cuando Col6n, a la vuelta de su primer viaje,
se presentó en
la Plaza Mayor de Barcelona, y los indios que había
traído consigo
solicitaron
el bautismo, que les fue administrado solemnemente
en la Catedral, siendo madrina la misma Reina, comenzó una de
las épocas más grandiosas de la historia misional y civilizadora de
la humanidad. Todos tuvieron conciencia de esta misión, desde
los religiosos hasta los laicos, desde el rey hasta el último soldado,
desde los santos hasta los pecadores,
todos se comprometieron en
ella. Y puesto que hubo muchos pecadores, muchos que
.sucum­
bieron a tentaciones, hay en esta obra luces y sombras, pero mucho
más luces que sombras porque todos, aún los pecadores, recono­
dan el mismo· ideal y muchos de . ellos supieron enmendarse. La
gracia de Dios obró a través de todos, como siempre sucede, re­
quiriendo a los hombres como son, falibles instrumentos.
Y sucedió en América lo que antes había sucedido en el Im­
perio Romano y el la Europa de los Bárbaros
... Veremos con lo
que
se encontraron. Primero dando el ejemplo de México.
¿ Con qué se encontraron los conquistadores?
México-Los Franciscanos.
Cuando los españoles se dirigieron a lo que hoy es México, en
1521, encontraron
ya no tribus nómadas, separadas, viviendo eu
casi estado de naturaleza, como ocurría en las Antillas, sino gentes
sedentarias, agrupadas en ciudades, que practicaban
la agricultura
y el comercio, y férreamente organizadas bajo el imperio de un
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INES DE CASSAGNE
pueblo guerrero, los AZTECAS. Estos habían descendido a la llanu­
ra central o valle de México arrasando a grupos anteriores de in­
vasores,
los cuales previamente habían expulsado a un pueblo de
civilización bastante elevada (los toltecas de
TULA). Terminaron
por imponerse. A su caudillo lo deificaron haciéndolo dios de la
guerra, Huitzilopochtli. Habían fundado, sobre un lago pantanoso,
la dudad de
México-Tenochtitlán apenas un siglo antes de la lle­
gada de los españoles. Gobernados en este lapso por 11 reyes
«tlatoanis», constituyeron una sociedad de clases bien definidas:
la
de los comerciantes, la de los artesanos, la de los agricultores;
la de los esclavos. Todos estos estaban bajo la égida de una
clase
noble y eminentemente guerrera, que continuó, metódicamente,
haciendo
la guerra a los pueblos vecinos para someterlos y exigir­
les tributos, y para conseguir lo que llamaban «flores dé guerra»,
víctimas para sacrificar
a. los dioses. Esta clase de guerra era «la
guerra florida»: una exigencia no tanto de su crueldad, sino más
bien de su religiosidad. En efecro, los aztecas vivían sumidos en
el terror a las fuerzas de la naturaleza, a las que divinizaban. La
naturaleza se les aparecía con un carácter ambiguo: la considera­
ban por un lado fuente de vicia y de ferrilidad, pero por otro de
muerte
y de catástrofes. No confiaban del todo en ella, no se
sentían seguros de su conducta, y por ello trataban de dominarla
mediante la magia
y aplácarla mediante sacrificios humanos. Sus
sacerdotes (clase muy prominente) eran hechiceros, que, por las
razones antedichas, se ocupaban de estudiar los astros ( de los
cuales dependla el ritmo cósmico). Esto los llevó a desarrollar un
sistema de numeración vigesimal, con fracciones
y múltiplos, todo
lo cual quedó concretado en calendarios, en
cuyo centro represen'
taban al sol. Dividían el año y los períodos, marcando así las ne­
cesarias fiestas rituales para prevenirse contra las fuerzas del caos
frente a las cuales se sentían tan inseguros. Este terror ante las
fuerzas de la naturaleza no fue privativo
de los aztecas. Lo halla­
mos en todos los pueblos del mundo hasta que no acceden a un
uso
· pleno de las capacidades humanas de razón y libertad. En
Europa había sucedido lo mismo hasta que los
GRIEGOS en un
esfuerzo
intelectual riotablé, empezaron a concebir, unos 1300 años
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CIVILIZAR, E$. EVANGELIZAR.
antes de Jesucristd, la idea de un COSMOS gobernado por divini­
dades inteligentes y bienhechoras que
se e,;,cargaban de adminis­
trar los variados ámbitos de la existencia bajo
la égida de un dios
justiciero,
y, hasta cierto punto, providente. Este dios supremo
era Zeus ( o Júpiter), cuya cualidad era la
justicia, es decir, la ca­
pacidad de dar a cada· cosa lo que le corresponde. De este modo
se resolvían las pretensiones desmedidas de los diversos áml,itos
de la existencia, cada una de las cuales tiene ~edamos (y que gene­
ralmente son difíciles de compaginar).
El amor, por ejemplo, tiene
sus exigencias que a veces chocan con las , de la familia, a la que
pooei:J. en peligro ; o en el campo de. la política, fos gobernantes
tienden a abusar de su autoridad; o, al defenderse de otros pue­
blos de la guerra, se producen abusos y desmesuras.en
las vengan­
zas. Siempre está el peligro de la desmesura, La idea de un dios
justiciero y providente viene a remediarlo. El pone las cosas nue­
vamente en su lugar: dentro de
los límites que convienen a cada
ámbito existencial.·Los dioses que protegen
esos. ámbitos (Afrndi­
ta, el del amor; Hera,
el del matrimonio; Marte, el de la guerra,
etcétera) aceptan la soberanía.del Dios Padre justo, que armoniza
el conjunto de la existencia. Así los Griegos superaron el terror
al «caos», y llamaron «cosmos» al mundo. Es más, con el tiempo
se dieron cuenta que esos conflictos entre variados ámbitos de la
existencia provenían,
ya no de fuerzas. externas a.las que llamaran
«dioses», sino del mismo corazón humano. Los dioses influían en
el corazón,
pero cada vez más los grandes pensadores griegos (poe­
tas
trágicos del siglo v, Sócrates y luego .los grandes' filósofos}
discernieroo que la tendencia a la desmesura es taha en el hombre.
mismo, que los conflictos
se daban en su corazón y que era el
hombre mismo quien debla tratar de poner límites a· sus pasiones
desatadas y lograr la armonía. Esto
.constituyó un paso enorme
en la historia de
la civilización. Significó aprovechar las facultades
humanas: la inteligencia
pata conocer, conocerse y orientarse; y
la voluntad, con su libertad, para decidirse entre el bien y el mal,
entre
lo justo y lo injusto que la inteligencia les mostraba. Mas
esto no implicó.rechazar
la idea del dios justo, muy. por el con­
trario: bajo su gobierno del
mundo se sentiao amparados, y tanto
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INES DE CASSAGNE
más porque este dios justo los guiaba por medio de su hijo sabio,
Apolo, al que concebían como el iluminador de sus mentes.
Só­
crates dice ser guiado por él en su investigación filosófica y le
ve como médico de sus corazones.
En efecto, a pesar de su ideal
de petlección y plenitud humana, gracias al conocimiento de la
verdad y el ejercicio de
las virtudes, ellos hicieron otra experiencia
fundamental, aunque dolorosa: la dificultad de llegar a la verdad
y
de ejercer las virtudes a causa de esa tendencia a la desmesura,
a extralimitarse, y la experiencia contraria: la
de no animarse al
esfuerzo que hay que haoer para lograrlo. También los griegos de
la época de plenitud nos legaron
· otra sabia experiencia: vieron
que las consecuencias de
la propia desmesura y de la propia po­
quedad de ánimo nos hacen sufrir, pero que justamente este
su­
frimiento nos enseña y purifica. «El sufrimiento enseña», decían,
aún el sufrimiento que aparentemente no viene de nosotros. El
dios sabio
y justo nos lo concede como un camino de rectificación
y por tanto
de plenitud. Hay leyes en nuestra esencia humana (la­
gos, ley), así como las hay en el cosmos, las cuales han de respetarse
si es que queremos desarrollamos para bien;
y que infringidas,
nos llevan al mal, a la frustación propia
y a la desarmonía social
y política.
Esto fue un hito fundamental
en la historia de la humanidad,
un legado que heredaron los romanos, y que ellos difundieron a
los pueblos del
ámbito del Mediterráneo que conquistaron y go­
bernaron. Esto constituyó una de las preparaciones providenciales
a la llegada del Cristianismo, como bien lo vieron los Padres de
la Iglesia, latinos
y griegos, formados en esa herencia clásica, que
transmitieron a la Europa medieval
y· del Renacimiento. La otra
preparación al advenimiento de Cristo fue la de los judíos, el pue­
blo a quien Dios mismo se reveló, en cuya historia intervino, con
figuras y mensajes que aludían a la llegada del Redentor. Esta
preparación
mucho más directa y eminente, coincidía, sin embar­
go, en parte, con la preparación de los Griegos. Los mandamientos
orientaban su conducta hacia las virtudes, esos rasgos de carácter
que hacen que un

hombre sea plenamente hombre. Con ello, tam­
bién los judíos hicieron una experiencia semejante a la de los
1034
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CIVILIZAR ES EVANGELIZAR
Griegos: ¡qué difícil era cumplirlos! ¡cuánto tuvieron que sufrir
por sus transgresiones! Esta doble experiencia dolorosa se daba
en los tiempos inmediatamente pre-cristianos. Los autores de esta
época coinciden en su testimonio: les era casi imposible ser virtuo­
sos y buenos por más que conocían en qué consistía serlo. Solos,
no
podían. Y unos y otros clamaban por una ayuda divina, por
un Salvador. Conocían el matrimonio monogámico, pero se divor­
ciaban; sabían que había que respetar al prójimo,
pero caían en
toda clase
de abusos para con él; tenían buenas leyes en la polis,
pero las transgredían ; la codicia era una peste;
y entre los paga­
nos, la prostitución,
el aborto, el no querer trabajar con sus manos,
la esclavitud
...
En verdad, era hora que llegara el Salvador. Era necesaria su
palabra, para aclarar la conducta humana y era necesario su sacri­
ficio redentor para curar y restaurar la naturaleza humana, así
como para elevarla a su dimensión divina ( que intuyeron también
los Griegos, por su aspiración a lo infinito, pero sin poder alcan­
zarla
... ). Los Griegos habiendo alcanzado tanto con su inteligen­
cia ( «Don de Dios a los Griegos» como decía Clemente de Alejan­
dría), no concibieron nunca la idea de un Dios creador de todas
las cosas,
ya que su dios supremo era tan sólo un gobernante del
mundo, alguien que ponia orden y justicia
pero que no podía con­
trarrestar del todo otra fuerzas malignas que seguían al acecho.
Ellos decían que este Dios justo le había quitado
el cetro a otros
dioses anteriores, caóticos, instaurandd un
órden, un «cosmos»;
pero sentían aún el influjo de.aquéllos, demoníacos, desordenado­
res y tenebrosos. Es más: sólo
algunos, muy pocos de entre los
Griegos y Latinos, estaban absolutamente convencidos de la bon­
dad del Dios supremo y su mundo armonioso:
un Sócrates, un
Platón, un Virgilio... Pero
la mayoría fluctuaba entre esta con­
cepción y
la de que seguían actuando fuerzas demoníacas. Y le
daban culto a uno y a los otros, para protegerse de ellas, para
aplacarlas y dominarlas con ritos mágicos.
1035
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INES DE CASSAGNE
Los Aztecas y su religión.
¡Cómo asombrarnos de los aztecas! Los aztecas y su religión
estaban culturalmente en la edad de bronce ( no conocían el hierro
ni la rueda), y no habían desarrollado el intelecto ni
la personali­
dad. Ellos, los mayas y los incas eran los únicos en el vasto
con­
tinente americano que habían llegado a esa etapa última de la
prehistoria en que
ya tenían numeración y una escritura de jero­
glíficos con algo de ideográfico y de fonético, además de desarro­
llar admirablemente las artes del gobierno, de
la agricultura, de
la arquitectura y escultura, de la astronomía. Pero, aún ásí, esta
última tenía un uso mágico: conjuraba
el miedo. Dudaban del rit­
mo de la naturaleza. ¿No
se enojaría de. pronto el dios de las semi­
llas, negándoles la lluvia y las cosechas? Para aplacarlo, le sacrifi­
caban riiños. . . Cuénta al respecto. el franciscano misi~nero Moto­
linía:
«cuando el maiz apenas apuntaba ... sacrificaban un niño y
una niña de edad de hasta tres o cuatro años, hijos de
se­
ñores principales, no sacándoles el corazón ( como hacían en
otros casos) sino degollándolos
... ; cuando el maíz estaba a
la rodilla, compraban cuatro niños esclavos de cinco o
seis
años, y sacrificábanlos al dios poniéndolos en una cueva,
encerrándolos ..
, ; cuando el maíz estaba ya grande hasta la
cintura ... bailaban todos al demonio y le sacrificaban muchos
cautivos, presos en las guerras de pueblos muy lejanos
... ».
(Hist. de los indios de la Nueva España, c. VII)
Este es un ejemplo entre tantos. Y, como para conseguir dichos
cautivos hacían la guerra, necesitaban congraciarse al dios de la
guerra, Huitzilopochtli (aquel caudillo deificado), al que dedica­
ban los más
cnientos sacrificios en las pirámides o teocallis de
Tenochtitlán: Alli había un ara:
1036
«y en esta piedra tendían a los desventurados, de espaldas,
para los sacrificar, y el
pecho muy tenso, porque los tendían
atados los pies y
las manos, y el principal sacerdote de los
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CIVILIZAR ES BY ANGELIZAR
ídolos ... de presto con una piedra de pedernal, hecha de
navajón como
hierro de lanza [ pues no tenían hierro], no
muy agudo, porque
como es piedra... no se puede hacer
aguda, con aquel navajón, como el pecho estaba tan tenso,
con mucha fuerza abrían al desventurado y de presto
sacá­
banle el corazón... y untaban los labios de los ídolos con
la sangre
... Al cuerpo lo echaban a rodar si era de los presos
de guerra,
y el que lo prendió con sus amigos y parientes
llevábanlo
y aparejaban aquella carne ... y al otro día hadan
fiesta y lo comían;. y si el sacrificado era esclavo no lo echa­
ban a rodar sino
lo abajaban en brazos, y hacían la misma
fiesta y convite
...
Sacrificaban, según el pueblo, 20, 30, hasta 50 o 60; en
México sacrificaban 100 o más. . . De aquellos que así sacri­
ficaban, desollaban algunos ..•
y vestían aquellos cueros, que
por las espaldas
y encima de los hombres .dejaban abiertos,
y vestidos lo más justo que podían, como· quien viste un
jubón
y calzas, bailaban con aquel cruel y espantoso ves­
tido ... ».
(íd.)
¿Crueldad? ¡No! Miedo, miedo a las fuerzas de la naturaleza
y a esos demonios que les podían no ser favorables. Creían que
esas ofrendas los aplacaban, ofrendas
de sangre porque lo que pe­
dían era vida, fertilidad
y fuerza para luchar. De allí también el
fesrín, en el que participaban de la sangre consagrada
al dios, que
los vivificaría
y fortale=ía (figura de nuestra «COMUNIÓN», como
bien
lo entedió la mexicana teóloga de México: Sor Juana Inés de
la Cruz).
De allí el vestirse con esos cueros, pensando que les
trasmitían vigor para la guerra
... Ciertamente es «espantoso», pero,
más espantoso era el miedo que los devoraba
... Más digno de com­
pasión que de crítica, estos pobres aztecas, abrumados por tanto
miedo al mundo que sentían hostil
y a los demonios que los ace­
chaban ...
La recepci6n del Cristianismo.
¡Cómo no recibir al cristianismo .como lo hicieron! Los liberó
del miedo
y de tales camioerías. Notemos que sacrificaban a es-
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clavos a quienes tenían consideración, a sus propios infantes para
que creciera el
maíz ... Aún hoy en día, los misioneros nos relatan,
que uno de los alivios
más grandes que el cristianismo les brinda
a los paganos
es la convicción de que hay un solo Dios bueno.
Antes de esto viven en un mundo acosado por centenares de
dio­
ses ; nunca puden saber cwmdo han omitido los honores que de­
terminados días merecen y de esa manera los han ofendido. Viven
permanentemente aterrados por los dioses. Cuando descubren que
existe un solo Dios cuyo nombre
es «Padre» y cuya esencia es el
amor
se sienten liberados y emancipados. (Barclay, I Tim., pág. 70).
En
gran parte, fue ese estado de cosas lo que les abrió paso
a los españoles.
Es increíble que un puñado de hombres como los
que
tenia Cortés hubiera conseguidc, apoderarse de ese imperio
aguertido en tan poco
tiempo_ En primer lugar, lo ayudaron los
pueblos vecinos que eran objeto de las guerras floridas de los
aztecas, en especial
los tlaxcalanos. En segundo lugar, lo ayudó
la mala conciencia que tenía
el rey Moctezuma respecto de este
culto idolátrico
y cruento. En efecto, había en México una tradi­
ción:
se decía que en la época de los toltecas, en Tula, hubo un
jefe que
se convirtió en sumo sacerdote, que reprobó la idolatría
y la magia, e instauró un culto
al «dios único» (Nelli Teol), del
que se decía profeta. Este dios era el benefactor de los hombres,
les inspiraba la sabiduría
y las artes. Pero este jefe, llamado To­
piltin o
Ce Acatl, fue desalojado de Tula por otro caudillo. En­
tonces aquel profeta del dios bueno
se dirigió hacia el mar, pro­
metiendo volver
... Por si acaso, los aztecas lo veneraban también,
bajo el nombre de
Quetzaco;tl, el dios del viento y de la inspira­
ción,
representándolo bajo el aspecto de una serpiente «empluma­
da» (plumas, signo de vuelo y de inspiración)
... Y los mismos
sacerdotes profetizaban a su respecto:
1038
«Por el norte, por el oriente, llegará el amo,
¡oh poderoso Itzamaná!
¡Ya viene a
tu pueblo tu amo! ¡oh Itzá!
Ya viene a iluminar a tu pueblo.
Recibe a tus huéspedes
los bárbaros,
los portadores de
la señal de Dios».
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Y en el mismo texto profético (Chilam Balam de Man!) se
anunciaba la llegada de un trozo de madera que colocado . en lo
alto habría de dar nuevo sentido a la vida de los mayas. Notemos
que se trata de un texto de los mayas, en donde primero
se exil6
aquel profeta, dando lugar a un culto incruento y espiritual en el
santuario de Chichén-Itzá. De
ahí también el nombre que se le da
al esperado: Itzá.
Moctezuma, que conoda la profeda, tembl6 cuando le anun­
ciaron la llegada de hombres que
venían del mar, en barcos con
mástiles: la madera (y también: la
CRUZ); mientras los sacerdotes
multiplicaban
sus ceremonias nigrománticas para conjurar el avan­
ce de los españoles, Moctezuma cavilaba, y al fin qued6 paralizado,
resignado
...
No es de extrañar esta historia azteca de un profeta del Dios
Unico y Bueno. Un te6logo contemporáneo de nota, el francés
Louis Bouyer, habla de ella en su obra
Le ¡,ere invisible (4). Dice
que
es uno de los casos que hay en la historia de los pueblos pre­
cristianos de un profeta inspirado que, accediendo
al conocimiento
del Dios único, trata de restaurar· esta primitiva creencia en
la
humanidad, luego desfigurada por la idolatría y la magia, que van
juntas. Según este
teólogo e historiador de· las religiones, hubo
siempre dos tentaciones que acecharon y desfiguraron
la auténtica
y prístina esencia religiosa: la tentaci6n de la magia, que consiste
en captar y dominar lo divino por
medio del rito ;

y la tentaci6n
de
la idolatría: calcar lo divino a partir de lo humano (invirtiendo
así lo que revela
.el Génesis, que es el hombre el hecho a imagen
y semejanza de Dios). Con estas dos perversiones de la religiosi­
dad auténtica, la cual consiste en obedecer a Dios y venerarlo
como fuente de vida, se produce siempre la confusi6n de lo divino
con
el mundo, y por lo tanto, pensar que, al tener el mundo así
conformado aspectos malos y caóticos, se ha de producir de tanto
en tanto una destrucción purificadora.
La «salvación» es turbia­
mente identificada entonces con dicha «destrucci6n». ¡C6mo no
iba a temblar Moctezuma,
y al mismo tiempo reverenciar y recibir
(4) Ed. du Cerf, París, 1976.
1039
Fundaci\363n Speiro

INES DE CASSAGNE
a los que creía «salvadores»! Su imperio se desplomaba, iba a
empezar una nueva era mejor. . .
En cuanto a Quetzacoatl, Bouyer
le acuerda realidad lústórica y dice que su caso es semejante al del
faraón Akhenaton, «servidor de Atón»,
el dios Verdadero, que
hizo una reforma semejante en Egipto, desechada tras su muerte
con
un retomo al politeísmo mágico e idolátrico ; lo compara. tam,
bién a Buda, y a Sócrates, sabios llenos de piedad y reverencia
para el Dios Unico que percibieron, y que asimismo instaron a los
suyos a adorar.
Y termina observando Bouyer:
«Todos estos
prc,J:eras son hombres que vieron un relámpago
en la noche. Marcados para siempre por esta luz, ya no pue­
den quedarse tranquilos entre las tinieblas. Aunque su visión
singular no repercuta
en los demás ... ».
Y en efecto
--<:OÍJ.tmÚa-:
«ninguno de estos videntes consiguió hacer pasar su visión
a la conciencia colectiva. Tan sólo en Israel (por especial
provisiqn divina) hubo un profetismo continuo, pero de allí
a que pasara a una comunidad... Esto sucedió sólo en el
Cristianismo, y esta visión del Dios Uuico no es considerada
patrimonio exclusivo
de una cómunidad, sino de una comu­
nidad destinada a la universalidad».
Ciertamente, sólo Jesucristo mandó a evangelizar a sus
apósto­
les a todo el mundo: «Id y predicad a todas las naciones. Así
como
el Padre me en~ió, así Yo os envío a vosotros».
Esto se cumplió desde entonces.
Las antiguas naciones, muchas
de ellas preparadas para esta recepción
por dichas excepcionales
figuras proféticas, oyeron la palabra y se fueron bautizando, in­
tegrando el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia: griegos y roma­
nos; godos, francos, lombardos; magiares y vikingos ... Los extra'
ños al pueblo elegido, y luego los que eran enemigos de la Cris­
tiandad ... : a todos, poco a poco, y con riesgo de la vida, con
martirios
de ejemplo y martirios sangrientos; se les llevó la Buena
Nueva y se los bautizó
... La Hispauia romana0visig6tica se convirtió
a fines del siglo
VI; poco más de 100 años después llegaron los
1040
Fundaci\363n Speiro

CIVILIZAR ES-EVANGELIZAR
musulmanes: muchos cristianos apostataron pero muchos resistie­
ron y fueron reconquistando palmo a palmo el territorio invadido.
Esta lucha externa
lós fortaleció interiormente, y estos corazones
caballerescos
se díspusieron así a · 1a misión que les tocaría más
adelante. Hubo un momento de decaimiento, pero a éste le sucedió
un reflorecer espiritual, interior, que dio lugar a la Reforma y
al
Humanismo Cristiano. Los herederos de tantas luchas externas
estaban
fdrtalecidos para renovarlas en América. Hubo así osados
conquistadores y misioneros, puñados de hombres que
se adentra­
ron en un continente desconocido e
inhóspito, entusiastas los unos
y ardiendo de caridad los otros.
AsOlegó el Evangelio a· Méxic<>.
Civilizar es Evangelizar.
Con esa conciencia de que dvilizar es evangelizar. No basta
lo que llamarnos adelantos materiales,
ni siquiera las artes, para
que haya una civilización.
Sobre todo, Cristo trajo la conciencia de igualdad y fraterni­
dad. Antes las civilizaciones eran oerradas.
El pueblo judío no
había entendido todavía
lo que Dios le dijo a Abraham: «Te haré
cabeza de un gran pueblo y en tu descendencia serán benditas
todas las naciones». Los profetas subrayaron en Israel que a este
pueblo elegido
se le uinirían todas las naciones. San Pablo, el
apóstol de los gentiles, proclamó con toda claridad que «ya no
había judío ni gentil». El cristianismo borra
estas· diferencias: se
interesa por las idiosincracias de todc,s los pueblos y asume lo
bueno que encuentra.en cada uno
de ellos. Los griegos, por. su
parte, llamaban
«bárbaros» a los extranjeros porque no entendían
su lenguaje ni
se interesaban por aprenderlo. Era para ellos un
murmullo despreciable: un «bar-bar», y de allí la palabra que les
aplicaron: «bárbaros». El Cristianismo trajo la apertura de cora­
zón: fue
la caridad lo que indujo a los misioneros a aprender las
lenguas para poder comunicarse, comprender a los demás y pro;
ponerles el Evangelio. No es un teólogo, sino un lingüista, Max
Muller, quien hace esta observación:
1041
Fundaci\363n Speiro

lNES DE CASSAGNE
«Mientras la palabra bárbaro no fue borrada del diccionario
de
la humanidad y reemplazada por la palabra hermano;
mientras no se reconoció el derecho de todas las naciones
del mundo a ser
·calificadas como miembros de una sola es­
pecie, no se pudo encarar nuestra ciencia del lenguaje. Este
cambio fue llevado a efecto por el cristianismo».
Los primeros lingüistas.
Así sucedió en nuestra América. Los cultísimos misioneros que
llegaron fueron los primeros lingüistas. En todas partes recogieron
esas lenguas que aún no estaban escritas y las trasladaron a la
escritura alfabética. Estudiaron su gramática, y la consignaron. De
este modo
se nos han conservado. Recogietcin sus leyendas, sus
historias, sus costumbres, y así las conocemos.
A México llegaron de inmediato los franciscanos. Los primeros
fueron flamencos, enviados por Carlos
V; en seguida la Orden
Franciscana, con misión expresa del Papa y del Emperador, envió
un grupo de «12 apóstoles», con conciencia de renovar en el Nuevo
Mundo la misión que los primeros 12 habían realizado en
el Viejo.
Cortés los puso en contacto con los caciques y sacerdotes aztecas.
Y tuvieron lugar entre ambos unos singulares
Coloquios. Los mi­
sioneros expresaron su intención y proclamaron la Santa Fe, invi­
tando a los sátrapas a que reflexionaran y respondieran. Estos
se reunían a solas, y luego volvían y ponían sus objeciones. Los
12 Apóstoles les contestaban ; y así, poco a poco, aclaraban las
dudas de los sátrapas y les mostraban sus errores. Con este método
respetuoso, persuasivo y paciente, los fueron convenciendo. Era
un método tradicional, por otra parte: el método del «coloquio»
o «disputa» para llegar a
la verdad, que tenía por antecedente los
«diálogos socráticos», se usaba en las instituciones que creó la
cristiandad en la Edad· media, las Universidades.
Los franciscanos que vinieron eran universitarios: algunos
provenían de la Universidad de París, otros de Salamanca. Entre
ellos, hubo un francés, Juan Focher, doctor de
Leyes por la Sor­
bona. Conocemos estos «coL0Quros DE LOS ))OCE» porque los
1042
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CIVIUZAR. ES EVANGBLJZAR
consignó fray Bernardino de Sahagún, tanto en. castellano como en
náhuatl en 1564. El los escribió en castellano, pero lo notable
es
que la traducción náhuatl la encargó a .los indios ya letrados que
en ese momento eran
sus discípulos de latín en el Colegio de Santa
Cruz de Tlatelolco, sito en México. Esta institución fue creada en
1536
- de la conquista de
Cortés-, promovido con la anuencia del Em­
perador Carlos V, el Virrey, la Audiencia y el obispo de México,
pata formar a
los hijos de los caciques y principales, desde los
10 y 12 años. Era un colegio
«sec,u;dario», en que se les enseñaba
gramática
. y latín, lógica, filosofía y algo de teología, además de
datles.
formación integral y el estudio fonético y gramatical de su
propia lengua náhuatL Fue así cómo
se realizó la traducción a
que aludimos
(y que ha reeditado últimamente entre nosotros el
especialista Padre Durán en su Monumenta Cathechetica (5), a
que remitimos). Este subraya que se trata de una «obra en
cola­
boración» y que «el análisis del texto permite deducir que los
indios literatos de T1atelolco
se sienten protagonistas de la narra­
ción histórica».
Su maestro Sahagún les entrega el texto castellano
y ellos lo . recrean «desde sus propios moldes» haciendo hablar a
los sátrapas según las «formas de pensar y hablar típicas de la
época prehispánica», que se diferencian de sus interlocutores euro­
peos.
Subraya también Durán, que ésta fue una manifestación «hu­
manista»: de
ese humanismo cristiano del que estaban imbuidos
los franciscanos y que les hacía
apreciar la ideosincracia de los
indios como ·una expresión concreta· de lo humano. Y este aprecio
se evidencia asimismo en el prólogo de fray Bemardino al nom­
brar a sus colaboradores: «los colegiales más hábiles y entendidos
en lengua mexicana
y lengua latina ... de los cuales uno se llama
Antonio Valeriano, vecino de
Azcapuzalco; otro

Alonso Vegerano,
vecino de Quahtitlán;
otro Martín Iacobita, vecino de este Tiate­
loko; y Andrés Leonardo,· también de Tlatelolco. Limóse asimis-
(5) JuAN GUILLERMO DUR.ÁN, Monumenta Cathechetica Hispanoameri­
cana {siglos xv1-xvi11), Bs. As., ed. Fac. de Teología de la Pontificia Univ.
Católica Argentina, 1984,
volumen l.
.1043
Fundaci\363n Speiro

INES DE CASSAGNE
mo con cuatro viejos muy prácticos y entendidos, así en su lengua
como en todas sus antigüedades
... ».
Esto último es de notar. Darles cabida a estos ancianos signi­
ficaba querer rescatar todo
el pasado indígena. Sahagún fue un
conocedor del náhuatl, y
quería verterlo con toda autenticidad. Y
del mismo modo redactó este humanista otras obras bilingües,
como
la Historia General de las cosas de Nueva España; y varias
más en náhuatl, tanto de Doctrina y Ejercicios de devoción para
los indios, como un diccionario trilingüe: castellano, latino, mexi­
cano;
y obras en que recopiló los ritos idolátricos, el Arte adivina­
toria y el calendario de los aztecas. Sus
Epistolas y Evangelios, y
sus
Sermones, en náhuatl, ponen en evidencia que se predicaba
y clecía la misa en esta lengua, adelantándose a lo que permitió
el Concilio Vaticano
II.
Las ediciones de estas obras, y de otras, escritas por otros
misioneros fueron editadas
en México, promovidas y pagadas mu­
chas de ellas por su primer obispo, el franciscano fray Juan de
Zumárraga, quien trajo la imprenta
y fundó la primera universi­
dad a mediados del siglo
XVI. Y a en esta época llegaban a México
todas las novedades que se publicaban en Europa, así
como las
grandes obras del pasado: teológicas, filosóficas, históricas, litera­
rias. España trasladó toda
su cultura hasta México a la que por
ello
llamó Nueva España, integrando los aportes de la cultura
autóctooa, así
como lo hicieran en el pasado europeo los Padtes
de la Iglesia.
Por eso esta generación de franciscanos mereció lla­
marse «Padres de la Iglesia Mexicana».
En cuanto a los indios, hace notar el ya citado franciscano
Motolinia -nombre que le pusieron. los indios, y que quiere de;
cir «humilde»-que anotaron en el aiio de. la llegada de los fran­
ciscanos (1524) «y lo tienen .por más principal.que el otro»
lla:
mándolo «El año que vino Nuestro Señor, el año que vino la fe».
(Trat. III, cap. I).
1044
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CIVILIZAR ES-EVANGELIZAR
Los Catecismos.
La evangelización se hizo al principio por medio de catecismos
pictográficos, imitando los franciscanos los viejos jeroglíficos
az­
tecas, pues veían que ellos eran amantes de las figuras. Por esta
misma raz6n permitieron que los indios que lo deseaban se
con­
fesaran por medio de dibujos, que les ayudaban a expresarse me­
jor. ¡Adelantaron el método audiovisual! Igualmente aprovecharon
el gusto por
el canto que observaron en los indígenas para volcar
la doctrina cristiana «en un canto llano muy gracioso que sirvi6
de buen reclamo para
atraer a la gente a aprenderla».

(Motolinía,
op. cit., c. XIX).
La «creatividad» de estos misioneros
pára adaptarse al medio
nos deja maravillados.
Al principio se valieron de niños españoles
para entender el náhuatl, ya que ellos jugando con
los
indiecitos,
lo aprendían en seguida. Uno de estos niños que hicieron de in­
termediarios en los comienzos,
se hizo fraile de mayor y lleg6 a
ser
el mejor lingüista de todos por haber «mamado» el idioma
desde su infancia.
Se llamaba fray Alonso de Molina, y lo desta­
camos además por las obras que
de él tenemos para facilitar la
administraci6n
del sacramento de la PENITENCIA. Se llamaban
Confesionarios, uno de ellos dedicado a los confesores y el otro a
los confesados.
Se tuvo mucho cnidado en preparar a unos y a otros.
No
podían confesar a los indios los sacerdotes hasta que estuvie­
ran al
tanto de la lengua y la idiosincracia indígenas, ya que se
advirti6 que sus costumbres incluían desvíos tales como la idola­
tría, las supersticiones, los agüeros así como la
sodomía y la bes­
tialidad. Había que
saber preguntarles e interpretar lo que decían,
y
los Confesionarios ayudaban a hacerlo. Cost6 mucho hácerles
captar a los neófitos en qué consistía este sacramento, así como
apartarlos de aquellas costumbres inveteradas. Y los frailes se to­
maban
el trabajo de una doble preparaci6n. La primera prepara­
ci6n era comunitaria, los domingos:
se les hacía repetir los man­
damientos y preceptos así como las _oraciones penitenciales; se les
explicaba la eficacia del sacramento y se insistía en las tres condi-
.1045
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INES DE CASSAGNE
clones de «contrición, confesión y satisfacción»; se les recordaba el
papel mediador del sacerdote y que no tuviesen temor; por último
se les distribuían los horarios que les correspondería a cada grupo.
El
día. de la semana asignado, cada grupo era ayudado en. conjunto
a hacer el examen de conciencia .mediante. la lectura de un
«me­
morial» que contenía «todas las cosas en que ordinariamente sue­
len los hombres pecar» incluyendo aquellas faltas peculiares de
los indios, que así paulatinamente fueron extirpando. Finalmente
se confesaba cada uno como prefiriese: ya oralmente, ya trayendo
sus pecados escritos, y lo más común, como decíamos, «los traían
pintados y los. iban declarando».
Es de destacar.
la función civilizadora del sacramento de la
penitencia: contribuyó al descubrimiento de la intetiotidad,y·del
carácter, y fue una manera. de cobrar sentido de la responsabilidad
de los actos; tanto
má¿ cuanto que la religiosidad animista y má­
gica que antes profesaban ,tendía a .descargarse, ya que se veían las
causas de muchos males en la 4>fluencia de los dioses o demonios ;
fue una enorme liberación respecto de aquéllos y un · asumir la
propia libertad, con ayuda
pe la gracia y misericordia divina, y la
esperanza de la recompensa eterna.
El Matrimonio y la mu¡er.
Otra gran obra civilizadora fue sacarlos de la poligamia y de­
volver a la mujer su dignidad. Esto tambiét¡ costó mucho, puesto
que los caciques y principales indios tenían
ú;,finidad de mujeres,
no sólo para convivir sino también «para tejer y hacer
mantas y
otros oficios». Cuenta Motolinía que «no bastaban ruegos
ni ame­
nazas» para est.os jefes, qui.e.nes por otro lado, al_acaparar esposas,
dejaban a Otros indios sin ellas. Como «la paciencia todo lo alean,
za», al cabo de vatios años de prédica consiguieron estos pacientes
franciscanos que
los caciques fueran aceptando la monogamia en
el matrimonio sacramental. Oigamos a Motolinía
el relato:
1046
«Y para ho errar ni quítar a ninguno su legítima mujer, hay
en cada parroquia quien
·conocia
a todos sus vecinos, y los
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CIVILIZAR ES EVANGELIZAR
que querían desposar venían con todos -sus parientes, y ve­
nían todas sus mujetes, para que todas hablasen y alegasen
en su favor, y el varón tomase
la legítima mujer, y satisfa­
ciese a las otras
y les diese con qué alimentarse y mantener
los hijos que les quedaban. Era cosa de verlos
venir, porque
muchos de ellos traían un
hato de mujetes e hijos como de
ovejas; y despedidos éstos venían otros indios muy
instruc,
tos en el matrimonio y en .la práctica del árbol de la con­
sanguinidad y afinidad. A éstos los
llan;,.aban los españoles
licenciados, porque lo tenían-tan entendido como sí hubieran
estudiado sobre ello muchos años. Estos platicaban
con los
frailes los impedimentos; después de estudiados y entendi­
dos, enviábanlos a los señores obispos
y a sus provisores
para que
los decidiesen porque todo esto ha sido menes­
ter ... ».
Y continúa el fraile:
«De estos indios se han visto muchos, con propósito y obra,
determinados a no conocer otra mujer sino la que legítima­
mente han desposado después que
se convirtieron ... ».
No podría encarecerse lo suficiente al respecto. No s61o el ma­
trimonio monogámico, sino la práctica de la castidad mattimonial,
han sido en la histotia de la humanidad obra del cristianismo. No
sólo entre los indios,
sino. entre los ·pueblos de mayor cultura, la
castidad fue algo prácticamente desconocido, El varón griego, si
bien la exigía a su mujet legítima, no la practicaba: adetnás de
la esposa, a la que mantenían recluida en el gineceo, sin participat
para nada de su vida y conversación, tenían concubinas y prostitu­
tas.
Las mujeres vivían en una situaci6n de total dependencia y
carecían de derechos.
En Roma, cuahdo nacía una mujer, era difí­
cil que sobreviviera: s61o una era la conservada y por ello ésta
llevaba
el apellido de la familia (Tulia, del apellido Tulio; Octa­
via, del apellido
Octavio ). La mayoría de las recién nacidas eran
abandonadas en
la calle, y se las recogía para dedicarlas a la pros­
titución ...
La rehabilitación fetnenina viene de Cristo:
« Ya no hay var6n
ni mujer», como recuerda
San Pablo. Viene con el respeto de su
dignidad de hija de Dios
y redimida por Cristo.
1047
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INES DE CASSAGNB
Así, la mujer indígena conoció un status. Los franciscanos nos
hablan de muchas que colaboraron en la obra evangelizadora al
igual que las primeras cristianas de las que ayudaron a los Apósto­
les. Además,
se crearon para ellas, las niñas (as! como los niños),
recogimientos: internados en que se las educaba y preparaba para
ser esposas y madres
de familia. De estas niñas se encargaban las
mujeres españolas, que a tal efecto llegaron, y
las primeras de en­
tre ellas fueron enviadas y provistas por la emperatriz Isabel, la
mujer de Carlos V. Cuenta Motolinia:
«Muchas de estas niñas, a las veces con sus maestras, otras
veces acompañadas con algunas viejas . . . salian a enseñar,
así en
los patios de las iglesias como en las casas de las se­
ñoras, y convertlan a muchas . . . y siempre han ayudado
mucho a la doctrina cristiana» . . . « Y cuando se casaban,
enseñaban a otras . . . y
se reunían entre ellas para rezar jun­
tas
el Oficio de Nuestra Señora».
Indios Evangelizadores.
Observamos el rápido progreso de estas neófitas, ya interesa­
das en evangelizar ellas mismas a los suyos. Muchos indios, muje•
res como varones,
cooperaron eil la-evangelización con espontáneo
ardor apostólico. Entre los muchachos, era común que se adentra­
ran en zonas aún no holladas por los misioneros para
convertir y
enseñar a otros indios. Motolinía pondera a estos apóstoles laicos
que
en «muchas provincias y pueblos remotos, por sólo su palabra
han destruido ídolos y levantado cruces y puesto imágenes, adonde
rezan lo
poco que se les ha enseñado»; relata el amor por Ia pu­
reza de
estos jóvenes ; cómo algunos_ llegaron a morir por la fe ;
su piedad, las vocaciones religiosas que entre ellos se despertaron ;
y cómo poco a
poco se formaron familias cristianas que por si
mismas formaban a sus hijos, y a su vez iban a misionar.
«. . .
Y en verdad hay tanto que decir y contar de la buena
cristiandad de los
indios», coménta Motolinía. Cristiandad que ya
dio un beato en aquellos primeros tiempos: el beato Juan Diego,
1048
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CIVILIZAR "ES EVANGELIZAR
a quien se le apareció la Virgen Nuestra Señora de Gudalupe; y
lo
hizo presentándose con rostro mestizo, como bendiciendo aquel
maridaje de culturas, aquella integración civilizadora ...
La Evangelización: prioridad Real.
Esto fue posible porque España y los Reyes de España tuvie­
ron por primera y fundamental prioridad la evangelización y pro­
moción humana de las tierras que
le tocaron en el Nuevo Mundo.
Desde su comienzo consideraron a los indios como sus «vasallos»
y a estas tierras como «provincias». El ·historiador argentino Ri­
cardo Levene ha demostrado
-y ha .sido aceptado en Congresos-­
que «las indias nunca fueron colonias», a la manera de
las ingle,
sas, por ejemplo (

6
). Desde un principio la Corona española pro­
movió el
MESTIZAJE, tanto racial como cultural, y la España cató­
lica del Sigla del Barroco trasladó ít1tegramente su alta cultura al
nuevo mundo, integrando a ella.lo mejor y lo válido de las cultu­
ras aborígenes, la
azteca y la incaica, rescatándolas de su estado
mítico y prehistórico, dando a sus lenguas las escritura fonética,
en la cual al fin
se redactaron sus viejas leyendas.
En cuanto a los grupos que se hallaban en condiciones infra­
culturales que eran la mayoría, nómadas que
aún vegetaban en la
Edad de Piedra; que vivían en tribus sin nexo alguno entre sí sino
guerreando entre
ellos., que andaban desnudos y se alimentaban
de la caza y de la pesca, holgazanes, algunos relativamente mansos
pero otros feroces y caníbales, la Corona
española, considerándo­
los. sus vasallos, los fue promoviendo lenta y pacientemente. Costó
muchísimo sacarlos de este salvajismo, de su poligamia y vicios
inveterados y enseñarles las leyes de la civilización, el trabajo y
los oficios. Uno de los medios que se implantaron para su pro­
moción fue la «encomienda». Consistía en «encomendar» a_ un
conquistador que se establecía como poblador un cierto número
de indios para que
se ocupase de evangelizarlos y civilizarlos, en-
( 6) RrcARDo LEVENE, «Boletín de la Academia Nacional de Historia»,
Bs. As., XXIV-XXV (1950-1951), págs. 596-626.
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INES DE CASSAGNE
señándoles a trabajar la tierra. La encomienda se parecía al viejo
régimen feudal que surgió en Europa en tiempos de las invasiones
de los temidos normandos o vikingos, en que
la gente se encomen­
daba a un señor para que los defendiera. A cambio de esta pro­
tección
se comprometían a entregar parte de su trabajo de agricul­
tores. La encomienda se originó espontáneamente en las Antillas,
durante
el segundo viaje de Colón, por la necesidad de contar con
mano de obra para subsistir y alimentarse.
Los labradores que
enviaron los
Reyes Católicos con semillas, instrumentos de labran­
za, caballos y vacas ( que aquí
no existían), no daban a basto para
ello,
y, al querer enseñar estas artes de agricultura a los aboríge'
nes, chocaron con su falta de hábito para el trabajo y su desinte­
rés para aprenderlas. Esta indolencia de los indios, y en algunos
casos su abierta rebeldía, aunque eran lógicas ( ¿cómo esperar que
dieran
el «salto» desde su situación salvaje a la civilizada?), causa­
ron entre los españoles que aquí estaban reacciones diversas.
Al­
gunos desesperaron del intento y pensando que eran seres infra­
humanos, cayeron
en la tentación de maltratarlos y hasta esclavi­
zarlos. Uno de
ellos. fue Colón. Por suerte, los Reyes Católicos
habían enviado en este segundo viaje un observador de toda
con­
fianza que de inmediato les informó de lo ocurrido. Este fue el
origen de conflictos entre el Ahnirante y la Corona, que termi­
naría destituyéndolo de su cargo.
De ahí 'en más, los' Soberanos
pusieron «la
mayor atención en que se tratara bien a los indíge­
nas y
se les protegiera contra todo expolio, abuso y crueldad, y
se respetasen su libertad y sus bienes personales» (7), como a
verdaderos súbditos y vasallos.
Esta atención queda expresada en
las Instrucciones que dieron
los Reyes en los sucesivos viajes tanto
de Colón como de otros
enviados, y es tema principal del Testamento de Isabel quien re­
comienda a su hija y sucesora, así como·a sti esposo Femando, no
olvidar la tarea que les impusiera la Santa Sede Apostólica de
Roma, que justificaba su presencia en estas tierras, a sabe!: «pro-
Ü) SALVADOR DE '.MADARIAGA, Vida del Muy Magnífico Señor Don Cris-
tóbal Colón, Bs. A,., Sudamericana; 1991. ·
1050
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CIVILIZAR ES EVANGELIZAR
curar e inducir y traer a los pueblos de ellas a los convertir a
nuestra Santa Fe Católica
... e les enseñar e doctrinar buenas cos,
tumbres e poner a ellos la diligencia de la vida,., por lo cual «no
consientan ni den lugar que los indios y
vecinos e moradores de
dichas Indias
... reciban agravio en sus personas e bienes, mas
manden que sean bien e
justamente tratados, e si algún agravio
han recibido lo remedien e provean
por manera que no exceda en
cosa
alguna lo que por las letras apostólicas de dicha concesión
nos es prescripto y
mandado» (23 nov. 1504).
De acuerdo con dicha orientación, la Corona fue dando LEYES
específicas para el Nuevo Mundo, y las fue modificando de acuer­
do a la
realidad. Es más, · requirió constantemente de todos los
que aquí se encontraban, informaciones y opiniones sobre su cum­
plimiento o incumplimiento. España, como lo
·ha subrayado el
historiador norteamericano Lewis Hanke ( 8 ),' tenía una peculiar
sensibilidad jurídica y justiciera ;
al mismo tiempo se gozaba en
ella de una singular «libertad de palabra» para emitir opiniones
y críticas, inconcebible aún para
nuestro siglo xx. Tanto es as!,
que los datos y críticas negativas que fueron emitidos entonces
fueron utilizados uniteralmente
por los enemigos de España para
atacarla y labrar la «Leyenda
Negra». Como nuevamente lo hace
notar
el historiador Hanke al alabar a .España por su esfuerzo
justiciero, «se sabría hoy mucho menos ( de lo bueno y de lo malo)
si los españoles no hubieran
· discutido sus problemas tan libre · y
francamente». Los Trastámara y sus sucesores los Habsburgo es­
timularon durante todo el siglo XVI y el XVII esta sinceridad. Y a
en 1509, Fernando mandó que «ningún oficial impidiera a nadie
enviarle cartas u
otra información concerniente al bienestar de
las Indias».
En 1521 orden6 Carlos V: «Mandamos que .hora y
en adelante todas las personas que nos quisieran escribir,
lo pue,
dan hacer sin impedimiento». ¡No había censura! En el Archivo
de Indias
-observa Hankfl-'-hay miles de cartas aconsejando,
amonestando y hasta amenazando a Fernando, a Carlos
V, a Fe-
(8) LEWIS HANKE, La l«chil españOla ·por la ;usticia én la coni¡uista de
América, Madrid, 1959.
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1NES DE CASSAGNE
lipe II, los monarcas más poderosos del mundo entonces». ¡ Inima­
ginable algo así en la Francia o Inglaterra de esa
época! ¡ Y aque­
llos monarcas, confrontados además a gravísimos problemas
eur<>­
peos, como lo eran las incursiones de los Turcos y las rebeliones
de los protestantes, hallaban tiempo para atender y resolver las
injusticias de que eran objeto acá sus súbditos indios! Y así como
estos reyes pedían ayuda, la gran mayoría de los españoles
asu­
mieron su parte, comprendiendo la carga que pesaba sobre España.
Dentro de este clima de inusual franqueza y de suma inquie­
tud por la justicia, fue posible la denuncia que hicieron los DOMI­
NICOS cuando llegaron para ejercer su apostolado en .las Antillas,
siendo Virrey en la Española Diego Col6n. Ni bien llegaron, el
superior
de este grupo misional, fray Pedro de C6rdoba ( que se
había formado en el antecitado célebre Colegio de San Esteban
de Salmanca),
se hizo cargo de una lamentable situaci6n: la inhu­
manidad de los encomenderos para
con los indios. Habiendo reuni­
do a
los frailes, se resolvi6 denunciarla en el Serm6n de la Misa
del Domingo, que encargaron
al mejor de sus predicadores, fra¡,
Antonio de Montesinos. Este serm6n que Montesinos hizo el 21
de diciembre de 1511 denunciando los abusos ante el. Virrey y
toda la sociedad española, ha sido considerado como el «primer
clamor de
la justicia en América» y, según Pedro Martínez Ureña,
es «uno de los mayores acontecimientos de la historia de la hu:
manidad»_ Y no s6lo por el reclamo, sino por la inmediata res­
puesta legal que produjo. Enterado el rey don Fernando de lo
ocurrido por
el mismo Montesinos, que para eso se traslad6 a la
cOrte, ordenó· a una junta de teólogos y juristas que examinaran
el problema y dieran leyes adecuadas. Estas fueron las Leyes de
Burgos, promulgadas el 27 de diciembre de 1512. Estas leyes pr<>­
clamaban la libertad de los indios y su derecho a un trato humano;
amabilidad, horas y días establecidos de trabajo, exenci6n del
mis­
mo para mujeres embarazadas, obligaci6n de los encomenderos a
enviar a
los muchachos indios a un colegio que se fund6, para lo
cual
se envi6 desde España a un maestro calificado, etc ... En
dichas Leyes
de Burgos se expresaba también que la tutela de los
encomenderos se extendería sólo hasta un término pues «si alguna
1052
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CIVILIZAR ES EVANGELIZA,{{
vez (los indios) daban pruebas de gobernarse a sí mismos, se les
permitiera hacerlo, y pagaran sólo los impuestos corrientes a Es­
paña».
Estos dos últimos puntos ponen de manifiesto las inquietudes
acerca de los «justos títulos de España a la conquista»
y sobre
la «capacidad» de los indios. Sobre ambas
se debatió mucho, y a
petición de
los Reyes intervinieron en estas discusiones los más
calificados teólogos y juristas.
La capacidad de los indios.
Cou respecto a la «capacidad» de los indios hubo unos céle­
bre& debates entre un erudito, Sepúlveda, que basándose en Aris­
tóteles, sostenía que
los indios eran seres «inferiores», y fray Bar­
tolomé de Las Casas, que había sido encomendero, y que a raíz
del· sermón de Montesinos se hizo dominico y campeón de la dig­
nidad de los indios. La opinión de éste último fue compartida por
la
mayoría de los universitarios, así como por la Corona, que ya la
había sustentado desde
el principio. Y tanto es así, no permitió
que
se publicaran las obras del aristotélico Sepúlveda ni durante
su vida ni después de su muerte (recién
en 1892 se editaron como
una coriosidad),
en tanto que Carlos V alentó y promovió la pu­
blicación de las immerosas obras de
Las Casas ; le financió sus
proyectos de evangelizar a los indios alejados de los demás
espa­
ñoles, lo nombró «Protector de los Indios», y lo hizo Obispo de
Chiapas;
y además promulgó en 1542 las Leyes Nuevas en las
cuales se suspendía el sistema de encomiendas. Esto último no
llegó a implantarse por resultar impracticable: comprometía la
estabilidad
y segutidad de la sociedad americana dada la · impor­
tancia de
los aborígenes en el trabajo y la escasa mano de obra
española. Y no sólo
los laicos alertaban acerca de esta realidad,
sino religiosos tan ejemplares
y caritativos como el antes men­
cionado fray Juan de Zumárraga. Como resultado de· estas adver­
tencias, Carlos V revocó la prohibición de dar encomiendas,
pero
estableció que hubiera inspectores para requisarlas, pues ni enton·
1053
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lNES DB CASSAGNE
ces ni después se revocaron las disposiciones contra la crueldad
hacia los indios.
Los Justos Titulos.
En cuant~ a la cuestión de los «justos títulos» de la Corona a
hacer conquistas
en el Nuevo Mundo, Carlos V tomó la decisión
que
se interrumpieran las conquistas hasta que una Junta especial
decidiera
acerca del asunto. Esta orden se cumplió, y a propósito
de esta interrupción, comenta el historiador Hanke. con admira­
ción:
«Ni antes ni después, un poderoso emperador ordenó nunca
que cesaran las conquistas hasta que
se decidiera si eran
justas o no»
(op. cit., pág. 202).
El mentado debate dio por resultado la ley modelo de Feli­
pe
II en 1573, por la cual se ordena sustituir la conquista armada
por
la «pacificación», lo que significaba respeto para adentrarse
en los territorios y
la ratificación de los métodos evangélicos que
iban utilizando los religiosos para ir cambiando poco a poco las cos-.
tumbres. En tal sentido,.la ley indicaba que los vicios de los indios
se tratarían al principio con delicadeza «para no escandalizarlos».
Y
es . de notar que entre Msotros el gobernador Hernandarias
promovió este tipo de cambio, al apoyar calurosamente la empresa
de los Jesuitas en las reducciones del Paraguay. Adentrándose
con
riesgo de sus vidas entre los indios salvajes que hicieron de ellos
liluchos mártires, pusieron un especial dudado en inducirlos poco
a poco
.a valorar la castidad -para esos guaraníes impensable-,
haciéndolo por el ejemplo -que a veces les costó la vida-. Re­
chazaban )as mujeres que. les ofrecían y del mismo modo les ha­
cían valorar el trabajo, que· antes echaban sobre los hombros de
las mujeres y sus servidores.
Y el debate sobre los «justos títulos» de la presencia de Es­
paña en América dio lugar a que uno de los que terciaron en él,
el
eminente dominico Francis'° de Vitoria, pr<>fesor en Salaman-
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CIVILIZAR ES. EV .ANGELIZAR
ca, crease una rama -nueva en el Derecho: el DERECHO DE GENTES,
hoy llamado «Derechc, Internacional». A mediados del siglo xvr,
Vitoria enseñaba en su cátedra que ni el
Papa ni el Rey tenían
derecho al poder en tierra ajena, pero que si tenían «derecho a
predicar
y declarar el Evangelio»; por lo cual debían asumir la
carga de un mandato provisorio, rescatando a
personas inocentes
de situaciones injustas (sactificios humanos, canibalismo, esclavi­
tud. de las mujeres y súbditos), con
el objeto de preparar a los
indios
para su admisión en una comunidad internacional en una
base de igualdad. En otras palabras: ratificada
la «misión» civili­
zadora de España, que necesariamente llevaría un largo tiempo
pero que tendría un
ténnino.
Por todo elle,, Hanke llega a la misma conclusión del inglés
Toyubee:
«Ningún pueblo eutopeo --dice--antes o después de la conquista en Amética, se lanzó a una lucha por la justicia
como los españoles tras su descubrimiento».
Conclusión.
Como decíamos al principio, los que llegaron al Nuevo Mundo
eran tan hombres y pecadores como los que aquí se encontraban.
La diferencia estaba en el nivel de civilización y en los principios
justicieros y ctistianos
· que reconocían. y· aún aquellos que se de­
jaron anastrar por la cddicia y abusaron de los indios, sabían que
procedían mal ; muchísimos
se arrepintieron e hicieron «restitu­
ciones». Pero lo
más importante es lo que subraya Hanke:
«Si bien en todas partes
y en todo tiempo las naciones han
conquistado con mezcla de motivos egoístas
y altruistas, ninguna nación tom6 tan en serio sus deberes cristianos hacia
los pueblos indígenas como lo hizo España. Inglaterra ( que
creó la Leyenda Negra) ciertamente no lo hizo pues,
como dijo un predicador de Nueva lnglatena, los puritanos espe­
ran encontrar a los indios en el cielo, pero quieren mante· nerse apartados de ellos en la tierra, y no sólo eso, sino
exterminarlos del país» (pág. 296).
,1055
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lNES DE CASSAGNE.
Ningún pueblo se planteó las cuestiones de justicia que se
planteó España; ningún pueblo debatió públicamente al punto de
acusarse de sus propios errores
y pecados, y esto le da a la acción
española «un carácter ~co que merece consignarse». Este carác"'."
ter único puede resumirse en su deseo y acción por incorporar a
los indios a la civilización
cristiana, salvando a la vez la raza y el
peculiar genio de aquellos que, como los mejicanos e incas, esta­
ban
en un nivel más elevado, y que, recibiendo el aporte europeo,
se elevaron a
una niayor plenitud.
En este encuentro de dos mundos, ganó también el Viejo Con,
tinente en el aspecto espititual, ganó en comprensión, en ampli­
tud,
en ideales de justicia que todavía rigen y tratan de aplicarse
eo el Derecho internacional.
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