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¿Qué queda de España en Filipinas?

¿QUE QUEDA DE ESPAl' POR
ANTONIO M. MoLINA (*)
Los que cifran su verdad en la estadística tienen ganada la
partida
si se trata de calibrar lo que queda de España en Filipinas
atendiendo únicamente al número de hispano hablantes en aqud
país. El resultado negativo es obvio, eon su alardeada carga de
pesimismo. Acepto este resultado, pero no su connotación adversa.
Me explico.
Somos una clara minoría los filipinos que en la actualidad
poseemos
el idioma español en relación con' lá totalidad de la po­
blación nacional. Pero, en sus términos propios, nuestro número
de hispano parlantes no va a la zaga de · varios países hispano­
americanos que se expresan con ~l mismo habla. Recordemos
además que el idioma español no fue nunca vehículo de expresión
de la mayoría del pueblo
filipino. Siempre fue patrimonio exclu­
sivo de una
minoría, sin que tengamos áhora que hurgar en las
razones que lo expliquen. Nos basta con aceptar el hecho consu­
mado.
Lo que nos áhorraría el rasgarnos las vestiduras innecesaria­
mente y
nos áliviar!amos de todo escándalo. Lo que iriteresa es
que esa minoría pervive en nuestros días. Y, en cd~secuencia,
nuestro deber es conservarla cuando menos y, cuando más~ acre­
centarla hasta sus máximas posibilidades. Aquí radica precisamente
la agonía de la lengua española en Filipirias, bien entendido que
empleo la palabra agonía en
· su sentido unamuniano. En efecto,
Unamuno
nos advierte que no debemos confundir agonía con
muerte, porque se puede morir sin agonía y hay quienes, en cam-
bio, viven en y por la agonía. ·
(*) Academia Filipina. Correspondiente de la Academia Espafio]a.
Verbo, núm. 319-320 (1993), 1129-1136 H29
Fundaci\363n Speiro

ANTONIO M. MOLlNA
Este es el caso de Filipinas. La lucha -que es lo que agonía
significa-por la conservación del idioma español en los lares
filipinos
es secularmente denodada. Sin el agradecimiento ni apoyo
de muchos de nuestros hermanos allende los mares, los filipinos
vamos apuntal:rirdo
fa pervivencia · de este idioma, propiciando así
adeptos
y cultivadores que, lenta pero inexorablemente, reempla­
cen a los que por ley de vida ahuequen
nuestras filas.
La Academia Filipina correspondiente de la Real Academia
Española,
el Premio Literario Zóbel de tan rancio sabor y tenaci­
dad ejemplar, la Confederación Nacional de Profesores de Espa­
ñol;
el Centro Cultural Español, las aulas de. español en nuestras
in~tituciones
docentes, ·así estatales como privadas, las modestas
publicaciones periódicas
y los humildes títulos editoriales, van
aportando su clásico granito
de arena en pro de este idioma.
No
se ha rendido, pues, la plaza. Ni se rendirá, porque hace­
m'!s nuestra la firme convicción de .nuestro eximio poeta Claro
Recto, al apostrofar a esta lengua casteilana:
No morirás
jamás en aqueste suelo
que aún guarda
tu esplendor. Quien lo pretenda
ignora que
mis templos y mis ágoras
son de bloques que dieron tus canteras.
Los que ciñen, por tanto, lo hispánico al idioma castellano,
cuando comprueban la realidad de lo antedicho, creyendo incluso
que_ va camino de la extinción, nos acosan con angustia, no exenta
de censura: ¿Qué queda de España en Filipinas?
Los hispanistas auténticos, creo yo, no deben confundirse con
los adalides del idioma español. Esto
es así, porque -no me can­
saré de insistir-lo hispánico no se agota con el idioma. El his­
panismo no es tan sólo un asunto de gramática o filología, ni tan
siquiera de literatura. Es algo mucho
más vasto y profundo. ¡Men,
gua sería que España hubiese legado a Filipinas tan sólo el habla!
Por
eIIo, respondo a la pregunta: ¿ Qué queda de España en
Filipinas? Hace algunos años regresaba
yo a Filipinas a bordo de un
buque francés. Al día siguiente de zarpar del puerto de
MarselJa,
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¿QUE QUEDA DE ESPARA EN FILIPINAS'!
los pasajeros, como es costumbre, comenzamos a trabar mutuo
Í':ohocimiento. Un profesor japonés se me' presentó dándome la
inano e
intercatr.biando tarjetas; Mas, cuando este profesor pre­
tendió lo mismo con otros dos viajeros japoneses, ya no les estrechó
la mano, sino que, reverente, Se inclinó ante ellos tres veces. Era
el saludo propio entre los nacionales del Japón. Más tarde, un
industrial de Bombay, al presentarse, también me tendió la mano
y
me entregó su tarjeta. Pero, al ir a s~ludar a un profesor de
Nueva Delhi, tampoco le estrechó la mano. En su lugar, unió las
manos y las elevó a
la altura de la frente bajan ínente
frente a la mitad del pecho. Erá la forma aceptada entre
naturales de la India. Cuando posteriormente
me encontré con el
único pasajero filipino, fuera de mí, me invadió una marcada va·
cilación al disponerme a saludarle. ¿Cómo hacerlo a lo filipino?
No sabía
si tocarme las narices o tirarme de las orejas. Me con­
formé con darle la mano. En seguida me pregunté: ¿Es que los
filipinos estamos tan desprovistós
de personalidad propia que ni
siquiera tenemos una forma autóctona de saludar? Recordé enton­
ces que se me tenía por historiador, ásí que como tal, repásé men­
talmente las crónicas de mi país.
En efecto,
en ellas se nos relata que ,los habitantes de Filipi­
nas, antes de la llegada de los españoles, para saludarse juntaban
las palmas
de las manos, las elevaban seguidamente en sentido
diagonal a
la altura de la frente, doblaban la pierna izquierda al
mismo tiempo que, lentamente se agachaban hasta ponerse en
cuclillas. No hace falta indicar que
si hubiera saludado de esta
forma a mi paisano, este se habría tronchado
de risa o, lo que no
hubiese tenido
ninguna gracia, me habría echado por la borda del
buque creyéndose objeto de una burla. Y
es que la occidentaliza­
ción de los países asiáticos ha conseguido que estos adoptasen
modos y maneras de Europa y América, sin que los mismos
afec­
taran su indigenismo. Esta formas foráneas le sirven para las
ocasiones oportunas. No ha sido
asíen Filipinas. Mi país, más que
adoptar lo occidental, lo ha adaptado a su modo de ser, hasta
ha­
cerlo consustancial.
Eso queda de España en Filipinas.
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ANTONIO M. MOLINA
En otra ocasión, esta vez navegando hacia el Japón para asis­
tir a un Congreso Internacional, bajábamos mi mujer y yo por l.as
escaleras del barco en dirección al. comedor cuando nos topamos
con cuatro jóvenes que subían.
« Vamos a saludar a estos paisanos
míos»" le dije a mi esposa, española de origen. Extrañada me pre­
guntó: ¿ Cómo sabes tú que. son filipinos si ni siquiera nos han
sido presentados?
Rápidan¡ente le respondí: «Está claro. ¿ Ves ese
rótulo? Dice: bajada solamente. Y ellos suben». En efecto eran
cuatro estudiantes filipinos, que
se disculparon diciéndonos que
por aquellas escaleras
se llegaba antes a su camarote. Ningún otro
asiático se portaría así. Es clara herencia española. Ya nuestro
héroe José Rizal, en su novela
«El Filibusterismo», por boca de
un personaje español, dice:
¿ Queréis que en España se abra una
carretera? No hay
más que poner un cartel que diga: prohibido
el paso. Y por allí transitaran todos hasta hacerse camino.
Añadía: «El día
9ue en España se pr9hiba la virtud, al día
siguiente, todos los españoles, santos».
Eso queda de España en Filipinas.
Cierto magistrado filipino, enojado porque
el novio de su hija
había enviado la fotografía de ésta a
.la redacción de un periódico
que patrocinaba un concurso de belleza, para incluirla entre las
candidatas,
acompañó al joven para que retirara dicha fotografía,
porque no consentía que dispusiera
. de ellas antes de que fuera
su marido. Y

a
en la redacción coincidieron los dos con un colega
del magistrado,
.1 quien éste expllcó la situación. Sin el mínimo
recato dicho colega le coment6: «Pues haces
muy bien en retirar
la candidatura de
tu hija, porque, como la mía se presenta, veo
difícil que la tuya
pueda vencer. Más vale evitarla el bochorno».
En
tono enérgico el magistrado decidió al instante: «¿Ah sí? Pues
no retiro la fotografía.
Mí hija será candidata». A la postre, ésta
salió victoriosa. Y es que el magistrado
se había suscrito al pe­
riódico para un período de veinte años, visto que los votos se
conseguían mediante suscripciones al mismo. Vuelto a ver a su
colega, el magistrado
le espetó: «¿Qué tal el bochorno de tu hija?»,
Eso queda de España en Filipinas.
En el Parque de Rizal, en Manila, se pueden leer en lápidas
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¿QUE QUEDA DE ESPARA EN FILIPINAS'!
corunemorativas la traducción a los idiomas principales de la pos­
trer poesía de nuestro héroe nacional. Falta la traducción al espa­
ñol. ¿Por qué? ¿Es que
el español no es un idioma principal? No
es esd. Se trata sencilliunente de que esta poesía la redactó Rizal
en castellano, como figura perpetuado en bronce a· la diestra de
su monumento.
Eso queda de España en Filipinas.
Si se proyecta una visita al Palacio de Malacañang, sede de la
Presidencia del País, viene uno a descubrir que, al trasponer la
puerta principal de hierro forjado, que conduce a los jardines pa­
laciegos, encima de la misma campea --desafiante de siglos--el
escudo nacional de España, que no ha sido sustituiqo por el de la
República Filipina.
Eso queda de España en Filipinas.
El más somero repaso de la toponimia filipina nos brinda un
aval
más a nuestra afirmación. La inicia el mismo nombre de
nuestro país: Filipinas, derivativo
,de Felipe, que así se llamaba el
Príncipe de Asturias en
cuyo honor se apellidaron nuestras islas.
Nos sale
al paso luego, una letanía de provincias, tales como La
Unión, Isabela, Nueva Vizcaya, Nueva Ecija, La Laguna, Camari­
nes, Mindoro y Negros; y nos encontramos con ciudades y pobla­
ciones como Clavería, Ballesteros, San Fernando, Solano, San Car­
los, San Quintín, San José, Lucena, Valladolid, Toledo, Legazpi,
Mondragón, Gándara, Getafe, La Carlota, Pontevedra, Victoria,
Santa Catalina, Labrador, Santander,
San Luis y Puerto Princesa,
por citar algunas. Desfilan seguidamente islas como las de Corre­
gidor, Fraile, Monja, Pilas, San Miguel, Dos Hermanas y
Boca
Grande; bahías y golfos, de nombres Illana, Lanuza, Coral, San
Antonio, Honda, San Pedro y San Miguel, amén de
los estrechos
de San Bernardino, San Jacinto, San Juanico e Isla Verde; y los
cabos de Engaño, San Ildefonso, Espíritu Santo, San Agustín,
Santiago, Coronado y Bojeador, sin dejar de citar
los ríos y casca­
das de Chico, Magno, Grande y María Cristina, así como los mon­
tes de Sierra Madre, Carballo, Cordillera, Halcón y Santo Tomás,
Todo un tomo voluminoso nos legó de tan
elocuente prueba his­
pana en Filipinas aquel buen amigo y concienzudo investigador
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ANTONIO -M.' MOUNA
español Adolfo Cuadrado Muñiz, ,del que he extraído tar¡_pa_,;cC>s
ejemplos.
Eso
queda. de España en Filipinas.
¿Dónde están el
«Amerkan School» .Y la «Nippon Gakko»,
establecidos .en Filipinas
apenas hace medio siglo? Ni rastro. Sin
embargo, siguen en plena actividad la Universidad de Santo To­
más, el Colegio de San Juan de Letrán, el Ateneo de Manila, los
centros docentes
de .San Beda, La Concordia, Santa Catalina, Santa
Rosa, Santa Rita, San
Seqastián, San Carlos y Santa Isabel, fun.
dados durante el régimen español o establecidos en .el siglo pre­
sente por religiosos españoles.
Eso queda de España en Filipinas.
¿No está
alli la fuente de Carriedo? ¿No están las de Caldee
rón de la Barca? ¿ Qué decir .de las murallas. de Manila y de los
Fuertes de Santiago, en Manila, :y del Pilar en Zamhoang,.? ¿Qué
del órgano de caña de las.Piñas? ¿No
n<;>s dicen nada, acaso, fas
catedrales de Manila, Lipa y Calasiao; las iglesias de San Agustín,
Malate y San Sehastián, en
la capital filipina, y los templos pro­
vinciales de .Pacay,
Cando¡¡, Tanay, Dingras, Luchan, Gumaca,
Morong, Barasoain y Naga? ¿Debemos todavía aludir a los mo­
numentos de Legazpi y Urdaneta, del Padre Benavides, del Botá­
nico Soler, y de Simón de Anda
y Salazar? Todos son vestigios,
enhiestos y sólidos de realizaciones
.. efectuadas cuando la goberna­
ción española en Filipinas.
Eso• queda de España en Filipinas.
Los filipinos abrimos los libros. de derecha a izquierda y leemos
horizontalmente de izquierda a. derecha, a diferencia de nuestros
hermanos .asiáticos. que lo hacen
en dirección inversa. Empleamos
el negro para el luto y no el-blanco o el amarillo como en otras
latitudes de
Oriente. En la urdimbre de nuestras danzas y cancio­
nes juguetean fandangos, mazurcas
y jotas, siquiera sea, en pala­
bras del maestro Cubiles, «con un algo de pereza oriental». El
cochinillo asado
es nuestro plato nacional. Y nuestra indumen­
taria masculina típica
es la misma camisa occidental, si hien en­
riquecida con
bordados recamados. Estas que pudieran parecer
minucias deletrean· nuestra personalidad.
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¿QUE QUEDA DE ESPAR:A EN FILIPINAS?
Eso queda de Espafia en Filipinas,
Filipinas
es el único país cristiano en. d Extremo Oriente.
Nuestra
fe religiosa no es de relumbrón ocasional, sino que. sub­
yace en el trasfondo de nuestro diario quehacer y perfila nuestro
modo de ser.
Las festividades locales en la mayoría de nuestras
poblaciones
giráll alrededor de su Santo Patrón; Todavía en la
misa mayor de muchos pueblos resuen~ las notas de la Marcha
Real
espafiola al momento de la consagración. Los ritQS cuaresma­
les: sermón de las Siete Palabras, el oficio de las Tinieblas, los
«nazarenos» y penitentes públicos, la salmodia de la Pasión,
y,
además, las procesiones religiosas, que encuentran cimera expre­
sión en la de Jesús Nazareno, en el ar.cal¡a] de Quiapo, de la ciudad
de Manila, y en la
de «La Naval» en honor de la Virgen del Ro­
sario, en la Ciudad de Quezón, así como en la fluvial de Nuestra
Señora
de Peña de Francia, en la provincia de Camarines, todas
ellas con savia
de siglos; los «Santacrusans» durante todo el mes
de mayo, que son un desfile diario cívico-rdigioso, durante el cual
se canta en español las preces del Santo Rosario ; las misas de
Aguinaldo durante la temporada navideña, novenario matutino
que
se inicia a las cuatro de la madrugada ; las piadosas romerias
a santuarios marianos, como los de Antipolo y Manaoag. Son
innurneras manifestaciones de
religiosidad popular de abolengo
hispano, que desafían los años.
Eso queda
de Espafia en Filipinas.
El más somero repaso de los delegados a la Conferencia de
Bandung en 1954 nos acredita también nuestra tesis. En efecto,
se leen los nombre de U Nu, de Birmania; Jawaharlal Nehru, de
India ; Chou En Lai,
de China ; Watayakon, de Tailandia ; Ho
Chib Min, de Vietoam; y -¡sorpresa!-Carlos Rómulo Peña, de
Filipinas. Aun en nuestros días, los dirigentes de los países asiáti­
cos acusan nombres de innegable procedencia. Pero, ¿qué decir de
la Presidenta de Filipinas?
Se llama Corazón Aquino. Como antes
se llamaron Emilio Aguinaldo, Manuel Quezón, José Laurel o
Manuel Roxas.
Eso queda de España en Filipinas.
España sigue, pues, presente en aquel archipiélago, un tiempo
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ANTONIO M. MOl.lNA
florón de la Corona española. Nos lo asegura con mejor acento el
vate filipino Jesús Balmori, cuando se dirige de esta guisa a Es­
paña:
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Reina de los amores y los dolores grandes
que por todas las tierras tu habla sonora expandes
y por todos los cielos prendiste una quimera:
¡Aquel tu sol glorioso que ayer se puso
en Flandes,
hoy vuelve a ser tu sol, porque esta en mi bandera!
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