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Evangelizar, opción para resucitar en la historia de la salvación

EVANGELIZAR, OPCION PARA RESUCITAR EN LA
HISTORIA DE LA SALVACION
POR
FEDERICO MüGGBNBURG (*)
A partir de la sorpresiva y fulminante caída de los gobiernos
comunistas de Europa del este,
de la guerra del golio pérsico, y
de la gradual pero consistente desmtegración del otrora imperio
soviético,
se nos ha venido encima una verdadera oleada de in­
terpretaciones sobre estos acontecimientos, sus aparentes causas
y sus previsibles consecuencias.
Para algunos nostálgicos del mar¡¡ismo, se trata sólo de una
nueva fase del proceso dialéctico de
la historia; para otros llama­
dos neoliberales,
se trata del triunfo aplastante de un modelo
económico exitoso sobre otro modelo económico fracasado. Uno
de estos yendo
m,!s allá en su particular interpretación, cual es
el caso del norteamericano Francis Fukuyama asesor del presidente
George Bush, dice que
se trata del «fin de la historia» ; con lo
que daría
la impresión de haber embotellado un elixir escatológi­
cd, haberlo bebido de golpe y padecer ahora las consecuencias
de una falla de asimilación
expresada en intoxicación aguda.
Hoy cualquier insensato, parece estar autorizado a
ei¡plicar
sus visualizaciones históricas a la luz de los acontecimientos, _y no
podía sustraerse a esas interpretaciones,
el acontecimiento inmi­
nente del Quinto Centenario de la Evangelización del Nuevo
Mundd.
Ha resurgido con un nuevo lenguaje la «leyenda negra», que
pretende caer como pesada
fosa sobre la epopeya del siglo de oro
español.
Se dice por la voz incluso de los beneficiarios mestizos
(*) M6dulo Cultural Hispanoamericano (México).
Verbo, núm. 319-320 (1993), 1241-1253 1241
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FEDERICO MüGGENBURG
de esa epopeya, que se trata de uu «Ecocidio» cometido sobre los
pueblos indígenas prehispánicos al haberse destruido su salud, su
hábitat, su cultura y su religión.
Y no
es difícil descubrir detrás del pretendido embozamiento
de uua
· supuesta ·«Ecología de la liberación» a los mismos autores
de la hoy desprestigiada y todavía llamada «teología de la libe­
ración».
Y más aún, frente a esta «leyenda negra» nuevamente finan­
ciada desde el mundo protestante y sajón, como claramente seña­
lara en marzo pasado el entonces presidente de la CELAM, Obispo
Daríd Castrillón, surge ahora promovida por los tibios y dubita­
tivos, la composición de uua llamada «leyenda rosa», como si para
enfrentar a
la leyenda de la mentira hubiera necesidad de aceptar
que la verdad
es una leyenda también, y así buscar en el colmo
de los equilibrismos, uua supuesta «verdad dialéctica», síntesis
de lo que es por contradictorio, incompatible.
Así
se ha querido poner en entredicho la convocatoria que la
máxima autoridad de la Iglesia Católica, el Papa Juan Pablo II,
lanzó para preparar con un novenario de años el Medio Milenio
del inicio y vivencia del evangelio
en las tierras americanas.
Mas para los fieles a
la autoridad y al magisterio del Vicario
de Cristo
en la tierra, los fieles al sucesor de Pedro, las leyendas
de cualquier índole que sean, sólo son eso
... leyendas ... porque
los fieles,
.sí nos atenemos a la historia, que es maestra de la vida.
Resulta conocido por todos los aquí presentes, cómo los gran­
des sistemas políticos y sus derivados socio-económicos tanto los
antiguos como los modernos, sustentan su ideología y hasta su
praxis en reales o fingídas concepciones de la historia, y que en
ello fincan
en gran medida la razón de su éxito, mientras este dura,
y en proporción de su amplitud, universalidad, permanencia y
capacidad de poder dar o aparentar dar,
satisfacción a una de las
necesidades más vitales del hombre.
Misma que reside en que,
el hombre, además de ser natural-.
mente social, y por ello político, es, aún más, esencialmente his­
tórico, pues para lograr la comprensión de cada una de las situa­
ciones actuales de su existencia, tiene que hacer una referencia
al
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EVANGELIZAR, OPCION PARA RESUCITAR LA HISTORIA
comienzo y al fin de su tiempo personal, y no sólo eso, sino que
alcanza toda su profundidad, cuando esa referencia
es al principio
y
final de la vida de la humanidad.
Por ello,
el homhre que entiende el principio y el fin sólo
como principio y fin de sí mismo, fracasa necesariamente en su
realización y por ello
luego inventa leyendas.
Por el contrario, el hombre hace historia como búsqueda y
reslización de su propia esencia, entendida como realidad concreta
y fundamental del mismo. Pues el hombre, ser histórico, tiene un
fin, el cual
significa la existencia acabada de una realidad, que
fue puesta en
su principio como algo que debía madurar en su ser.
Dé alú que el problema de la esencia y del sentido de la his­
toria en
su conjunto, sea el problema de la unidad de sig¡¡ificado
de todos los acontecimientos humanos.
Una consecuencia de esto,
en su referencia a la vida política,
es que cuando un sistema, ideológico y práctico, tiene o aparenta
tener una respuesta con validez referida
al problema del sentido
de la historia, y con ello la seguridad, real o aparente, de poseer
la llave del futuro, patece confiable y veraz, sobre todo si, como
contrapattida, los hombres a quienes
se dirige no contemplan sino
el panorama de la politiquería pragmática.
y errática, a lo más
encubiertas con leyendas superficiales y obtusas, que no resuelven
el
gran problema del sentido de la historia.
Ciertamente como
podría verse con la amplitud, que en esta
presentación
no es posible, los cristianos tenemos la única clave
verdadera del sentido de la historia. Pues para el hombre de fe,
el sentido
de la historia es un misterio que se desvela cuando la
vida de
la humanidad es alumbrada por la revelación. Por ello en
las
épocas de fe profunda, los cristianos en su generalidad nunca
se sintieron desconcertados., ni menos seducidos por doctrinas o
leyendas extrañas, acerca del rumbo de la historia.
Mas, con el decaimiento de
la Civilización Cristiana de Occi­
dente, por el enfriamiento
de la fe y la corrosión hostil provocada
por sus enemigos, la clave del futuro pareció perderse cada
vez
más para el homhre moderno y el contemporáneo.
A la pregunta vital,
·¿hacia· dónde marcha la historia?, ¿qué
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futuro nos espera?, muchos contestaron:. ¿es que marcha hacia
alguna parte?, ¿nos espera algo en el futuro? De aquí las prolon­
gadas épocas de políticas
opoztunistas, circunstanciales, y cada
vez
más obtusas. A la conciencia católica sucedió la conciencia
nacional, a ésta
la conciencia de partido o de clase, y en el fondo
el más egoísta individualismo, donde el fin menguado e intrascen­
dente, tan
plural como los hombres sean, es la satisfacción del
interés o apetito de cada uno, que visto bajo
la lente del iguali­
tarismó universal, da significado para algunos
al «fukuyámico»
fin de la historia.
En el fondo el hombre no se contenta con respuestas vanas y
superficiales, menos con leyendas, cuando sus preguntas son vita­
les.
Su necesidad de trascendencia, le exige explicaciones absolu­
tas y opciones definitivas, de las cuales depende
para el incrédulo
su noción de seguridad,
para . el creyente su salvación, y en todos
una referencia a su principio y a su fin; un fin que se situa en un
futuro próximo y terreno o que trasciende incluso la muerte y
tiene su plenitud en
la vida eterna, según sea su incredulidad o
su fe.
De ahí la tendencia humana a
formular o adherirse a religio,
nes, cosmovisiones o filosofías que sirvan de base a las cuestiones
patticulares. Pata
el incrédulo racionalista, la razón ha sustituido a la fe
para descubrir el sentido de la historia; no necesita pues de la
revelación divina, su apatente acierto
al haber descubierto una
pretendida
ley del progreso que gobierna la vida de la civilización,
explica el éxito obtenido entre occidentales descristianizados,
para
quienes la Ilustración y el Iluminismo fueron un sucedáneo de la
revelación, y así a imitación de los cristianos organizaron sus nue~
vas «iglesias», las ·logias; y nuevos «ritos», los lilasónicos, con
sus propios dogmas, extraídos de la Cábala y sus propios «pontí'
fices» de nombres extravagantes.
A la «revelación de Rousseau» siguieron otras: positivismo,
idealismo, marxismo, gramscismo, con
sus «profetas» y sus «igle­
sias».
Hoy declina la hasta hace poco prevaleciente «revelación
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EVANGELIZAR, OPCION PARA R~SUCIT,(R .L..( HlSTOR!A
marxista», la más ciega y atbitraria de todas y si sobrevivió es
porque pareció ofrecer una más elaborada y falsa· concepción sobre
el sentido
de la historia, que llamaron «mátetialismo histórico»,
y que fue perfectamente definido por Juan Pablo II, como la
resistencia programada a la acción del Espíritu Santo en la historia:
Hoy empieza a forjarse la que está llamada a sustituir a la
declinante «revelación matxista»,
y es la que profetiza Fukuyama,
como un «consenso notable en el mundo sobre
la legitimidad y
la viabilidad de la democracia liberal», a la que unos quieren lla­
mat «liberalismo social», y otros «socialismo liberal», pero que
en el fondo
patece ser la síntesis determinista de algo así como
un «calvinismo-gtamsciano».
Ciertamente su determinismo histórico es falso, con horizon­
tes limitados, tan es así que ahí donde no puede dar soluciones
de interpretación a otros planes y dimensiones humanas, sobre
todo de orden espiritual, recurre
al arbitrio fácil de considerarlas
simples Super-estructuras, que requieren dé una revolución cultu­
ral que las vacíe de su ·contenido y las sustituya por uno de nuevo
cuño, esta vez, hedonista.
En cualquier caso, resulta claro que
la historia, no es un s~
personal, y resulta una leyenda mítica el afirmat lo contratio, pues
sólo los seres personales actúan y no los entes de razón.
Los hechos históricos importantes no tanto si se les considera
aislados, sino en su significación considerada en conjunto, son el
objeto de la Historia.
Desde
el punto de vista simplemente humano, el conocimiento
del objeto
.de la Historia es una CIENCIA, mas si se le ve desde el
punto de vista de
la lucha interna del hombre y de los factores
personales extra-humanos :que intervienen en la H~storia, el cono,
cimiento histórico es una SAPIENTIA,. que manifiesta un orden
más elevado de hechos como objeto de la Historia.
Vistas así
las cosas, la problemática presenta ángulos teológi­
cos y metafísicos, y si se le plantea como ciencia, plantea una pro­
blemática filosófica.
En cualquiera de los casos, es claro · que una intérpretación
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meramente sociol6gica o económica resulta totalmente insuficiente
y destinada al fracaso de conclusiones falsas.
La lista de los fil6sofos extraviados, por la pérdida de la fe,
sería tan interminable, que podemos señalar s6lo sintéticamente
que: ni
el «Gran Ser», ni la «Idea Absoluta», ni el «Espiritu del
Mundo» existen, como tampoco el «hilo conductor», ni el «Hado»,
etcétera ; sino
,Dios y el hombre, la Providencia Divina y la Liber­
tad Humana.
Sin embargo, lo que debe aclararse
es si basta la filosofía por
verdadera y elevada que sea, para afrontar el problema que
sig­
nifica escudriñar el sentido de la historia.
V ale decir que siendo
la Historia ciencia que se ocupa de los
hechos concretos y contingentes, no cabe estrictamente hablando,
a la filosofía tal campo, pues ésta
se ocupa de los conocimientos
universales; además el acontecer humano tiene también una
di­
mensión sohrenatural, y a esas alturas no se remonta la filosofía.
, Mas el problema específico del sentido de la Historia y no
otros aspectos de la misma,
es de lo que se trata, y para este pro­
blema, la
filosofia resulta insuficiente.
Por lo anteriormente indicado, parece forzoso subir un esca-
16n más en el conjuntó armónico de las ciencias y plantear en el
plano teol6gico el problema del sentido de la Historia.
Ahora bien; toda «historia» tiene principio,

desarrollo y final,
el sentido de
la trama requiere necesariamente de estos tres ele­
.tnentos; si se mutilan· los extremos; la parte conocida carece de
sentido; y si del desarrollo se conoce sólo una mínima parte, el
problema
se vuelve inextrincable.
Resulta obvio que
los fil6sofos de la Historia no pueden dar
respuesta al problema de los principios y finales de la misma. Por
otra parte ninguna otra ciencia,
de la filosofía hacia abajo, puede
sostener la pretensión de poder, con el rigor de la seriedad que
la materia
exige, aportar una soluci6n protológica y escatológica
al, problema del sentido de la Historia.
No
as! para el creyente,, que por el hecho de serlo puede tener
la llave del sentido
de la Historia que viene con la fe, el medio
es la teología entendida como «intelectus fidei», conocimiento de
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EVANGELIZAR, OPCION PARA RESUCITAR LA ·HISTORIA.
la fe, y, por lo tanto, movimiento de reflexión para avanzar en el
conocimiento de las cosas creídas,
por tanto ciencia abierta a todos
los creyentes, y no disciplina esotérica de unos cuantos iniciados,
aunque, además de las exigencias intelectuales de toda ciencia
seria, requiera, no sólo
de las luces naturales sino también de la
gracia sobrenatural para avanzar en ella, así como de sujeción a
la verdad revelada y
al Magisterio Legítimo que la guarda y la
enseña.
Siendo en sentido muy esrricto teología sólo lo que se refiere
al tratado de Dios, a pesar de que ciertamente, las participaciones
de la Providencia en
la Historia humana corresponden a la teolo­
gía, por ser referidas directamente a Dios, es cierto que el campo
de
la historia como objeto científico, incluye sectores no directa­
mente propios
de la teología.
Por ello sería
más correcto hablar de Hermenéutica teológica,
o sea, de la interpretación desde
el punto de vista teológico de la
historia.
Pues
los hechos en sí mismos, no son, ni teología ni filosofía,
pero el que los interpreta, lo puede hacer desde
el ángulo filosó­
fico o teológico según principios de hermenéutica.
Enfocada desde este punto de vista hermenéutico teológico,
del panorama de
la historia se desprende una segunda imagen,
que
la supera caulitativamente y se extiende hasta donde los lími­
tes de aquella no alcanzan, los protos y los ésjata a que nos hemos
referido, con
lo que verdaderamente queda descifrado el enigma
del sentido de la historia. Esta imagen que paralela a la Historia
profana,
la trasciende en todos sentidos, es la Historia de la Sal­
vación.
Esta Historia de la Salud corresponde a la interpretación de
la Historia profana desde el punto de vista del plan creador y
recreador, esto es, salvífico de Dios. Sus hechos polares son las
intervenciones
especificas de la Divinidad en la historia de los
hombres, de
los cuales hace partícipes a éstos por medio de Su
Revelación.
La intervención eje de la Historia de la Salvación y por lo
tanto de la Historia en general, es la Revelación Suprema del
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Padre; que es el Verbo de Dios encarnado. Pues la visión cris!ÍlUl~
de la historia es no sólo creer que la Providencia la dirige, sino
que tal Providencia se ha manifestado de un modo perfectísimo,
concreto y único: con
la Encarnación de la Palabra de Dios. Mis­
terio éste que, obviamente resulta imposible de aceptar a los in,
crédulos, pero que para los creyentes señala cuál es la clave espe­
cífica de la interpretación del sentido de la Historia.
La Historia de la Salvación que transcurre profunda, determi­
nante y siempre presente, es percibida sólo a la luz. de la fe; en
tanto que
la historia profana consiste sólo en ciertas apariencias
supediciales y limitadas en el tiempo, que son perceptibles
. por
la
ra,:ón, entendido el término apariencia no como algo ficticio,
sino como una realidad relativa de la cual sólo se captan ciertos
aspectos.
Cristo, Revelación del Padre, por quien y
para quien fueron
hechas todas las cosas,
es el Señor de la Historia. Y hacia El con­
fluyen el torrente profundo de la Historia Salvífica y las aguas
superficiales de la Historia profana, las cuales
se identifi<:arán
cada vez más hasta hacerse una sola en la ocasión de Su Parusía.
Por ello, la genuina visión cristiana de la Historia que
desen­
trañe
el sentido de la misma, no puede dejar de ser profundamen­
te escatológica.
El Señor Jesús, entre su Primera y Segunda Venidas, puntos
capitales, que fijan la dirección y el sentido de la Historia, pro­
longa y hace
realidad su acción salvadora destinada a todos los
hombres, a través de un Cuerpo Místico, que es la Iglesia, misma
a la que ha constituido como depositaria e intérprete infalible de
la revelación de
los misterios necesarios para la Salvación, entre
los cuales
se haya el objeto y significado de la Historia.
Por ello, mienten y
se equivocan los que dicen que el cris­
tianismo, «no conoce el sentido- de la Historia», que «se quedó
atrás» o los que inventan leyendas de cualquier color, para des­
virtuar la plena y libre voluntad del hombre adhiriéndose a la
Providencia Divina, ambos parámetros que determinan el proble­
ma del sentido de la Historia.
Podemos decir que
la Providencia Divina. es la. acción mis.te-
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EVANGELIZAR, OPCION PARA RESUCITAR LA HISTORIA
riosa de Dios con respecto a las creaturas, por lo cual las ordena
hacia su
fin.
Esta Providencia por ser omnipotente y omnisciente, es siem­
pre eficaz,
lo cual no significa en ningún inodo, que atropelle la
libertad
huinana.
No hay ninguna contradicción entre la acción providente de
Dios y la libertad humana.
En últiina instancia, la Providencia interviene siempre para
que, respetando las consecuencias de los actos de los
hoinbres,
el cauce de la historia siga el curso que El le marca.
La razón de esto
es la siguiente: los actos de los hombres son
libres, y producen
consecuencias en la vida personal y en la colec­
tividad de la humanidad. Pero, Dios también es libre, y sns actos
son
ominipotentes, y también actúa y, por .todo ello, la eficacia
de los .resultados de la acción Divina es infinitámente superior a
la pobre de los actos de los hombres, aunque fuera la acción re­
sultante de todo un pueblo, o de toda la humanidad.
Dios
iinpone siempre su omnipotente y sapientísima voluntad,
según juicios y propósitos inescrutables, sobre todo a aquellos
que pretencliendd oponérsele,
lo único que consiguen es su propia
condenación, aunque hayan sido sin saberlo, cooperadores
de los
designios
de Dios.
Nada puede
suceder fuera del gobierno de la Providencia de
Dios en lo universal, pero sí con respecto de alguna causa en lo
particular, por ejemplo,
al respecto de las voluntades de los hom­
bres, como causas eficientes de sus propios actos, ·afirma Santo
Tomás.
Aunque en lo uuiversal, la Providencia
es el factor activo, el
objeto de tal acción providente es el hombre mismo.
La Providencia Divina, además, puede usar y usa en su rela­
ción con los hombres, de
los espíritus. angélicos que, siendo de
naturaleza superior
al hombre, en razón del orden jerárquico de
la creación, son empleados por él como agentes de su gobierno.
Los ángeles buenos a partir de su prueba original, están ya volun­
tariamente
determinados para la opción del bien.
Al Demonio y

a los
demás espí\"itus caídos y por ello cliabóli-
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cos, no corresponde el mundo de. los hombres como su ámbito
natural. Dios permite
su acción interferente, no la quiere positiva­
mente, la tolera,
como un mal de daño con respecto a los hom­
bres, del mal El saca· mayores bienes para estos.
No siendo
el mundo material ámbito natural de los demonios,
estos
sólo pueden intervenir por permisión Divina, y prevalecer
en esta intervención en tanto que
los hombres, habitantes natura­
les, les admitan
al ceder a sus seducciones.
Tal cesión puede llegar hasta la posesión individual o
social
a un punto tal, que Satanás pueda llegar a ser llamado Príncipe
del Mundo.
i,,;s hombres nacen, pues, en un campo de batalla,
se trata de
aquella guerra cuyo
origen· se remonta a la rebelión de algunas
de las creaturas angélicas antes de la creación del hombre ; y que
a partir
de la tentación y la caída original de la humanidad en sus
Primeros Padres, también se ha trasladado a este mundo.
Así pues, tanto
el tiempo, en el que se desarrollan los hechos
propiamente históricos, como la eternidad, en razón de que los
primeros protos y los últimos ésjata se ubican en ella, son facto­
res
a· considerar cuando el terna es el sentido de la Historia.
Además, Cristo Resucitado, que vive glorioso a partir de
su
triunfo sobre la muerte, y permanece místicamente en su Iglesia
y realmente en
el sacramento de la Eucaristía, invisible para los
sentidos, pero visible para la fe, ha hecho, porque puede y quiere,
un injerto de la Eternidad en .el tiempo histórico. · ·
Por elld a partir de la Encarnación, hecha con la libre .volun­
tad de
la Corredentora,. la Siempre Virgen María, la eternidad de
Dios, esto es, la silnult.ánea pe¡,fecta posesión de una vida sin
límites, que en estricto sentido sólo le corresponde a Dios, se ha
entreverado con el tiempo
de los hombres, cuya naturaleza ha
asumidd
el Verbo.
De todo lo anterior se infiere que la interpretación cristiana
de los Hechos Históricos,
sería una reflexión racional de los mis­
mos, en base a datos dados por la Revelación, que proporciona
los
«puntos de apoyo» y lacposibilidad de relacionarlos.
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EVANGELIZAR, OPCION PARA RESUCJTA,R LA ·.HISTORIA
-~,
La comparacr~~ la de varios puntos de una curva mate-
mática, así como
la de k16rmu.la que .expresa a· ésta. .
Sin el conocimiento de esta «fórmul~» (la clave hermenéutica
de
la Historia profana es la Historia de la•Salvación), y sin el
conocimiento de los «ejes cooordenados» (Providencia Divina
y
libertad humana), no es posible trazar la «Curva de la Historia».
Hay pues una «curva» definida de la historia, y si es evidente
que la Providencia
de un Creador, que para el mundo material
legisló leyes que se expresan en fórmulas matemáticas, no podía
dejar
al azar caótico la vida de la humanidad para la que fue hecha
tal creación material.
En la curva de la Historia de la Salvación, cuya generatriz es
el prop6sitd salvífico de .la Providencia Divina, los puntos funda­
mentales son: la Creación, la Redención, la
Parusía y la Venida
del Señor como Juez
final.
Tal curva está gobernada por el factor directriz que es el Es­
píritu de Dios, y tiene un centro, que es el Verbo Divino, por
quien y para quien fue hecho todo.
La. Historia. es pues Cristo­
céntrica.
La razón de ser de la Historia y de que ésta continúe, es com­
pletar el número de los elegidos
por Dios, que son aquellos que
libremente optan
por seguir el plan de Dios, la llamada del Sal­
vador, para la integración del Cuerpo Místico;
Cuando
tal obra se. haya consumado y los homl,r.,s hayan cum­
plido en
sí mismos lo que Cristo ya realizó, el tiempo terminará
y con él la Historia.
Qué claramente ahora aparece a
la vista, el extraordinario
salto que dio en la Historia, cuando al
ser descubierto un nuevo
cOnrinente, éste fue evangelizado,
es decir, se hizo del conocimien­
to de sus habitantes paganos, el misterioso mensaje
salvífiéo de
Cristo, y cómo con la colaboración providente
de la Estrella de
la Evangelización, desde el Tepeyac
y bajo la .advocación de .Gua­
dalupe, logró la cristianización voluntaria de los naturales.
Qué claro aparece ahora, todo el panorama de la primera evan­
gelización, qué ridículas y mezquinas las visiones de las leyen­
das, ahora totalmente. descoloridas.
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FEDEAICO MüGOBNBURG ~__,.,---
El gran fruto de la primera evangelizJ1ci,m-1Í.;;a hasta nues­
tros dias, en
un gran mestizaje cultural-·frácial de origen cristiano.
Con el paso del tiempo y sorteando las mismas visicitudes que
la incredulidad, la impiedad y la secularizad6n han producido en
Europa, y hoy se esparcen a escala global, sin embargo, todavía,
podemos
decir que casi la mitad de la . Cristiandad, reside en el
ámbito
geográfico de la cultura hispánica y todavía reza en una
lengua común.
Y que gradas a lo
realizado hace cinco siglos y continuado
por muchos hasta el
día de hoy, es posible escuchar el llamado
del Vicario
de Cristo, hoy Juan Pablo II, para responder SI al reto
de iniciar una
NUEVA EVANGELIZACIÓN: NUEVA EN su ARDOR, NUE·
VA EN SUS MÉTODOS Y NUEVA EN SU EXPRESIÓN.
· Es esta una nueva etapa hist6rica de supervivencia de la di­
mensión misionera de la Iglesia, los objetivos son: PROFUNDIZAR
EN· LA FEJ ENCARNAR LA FE EN LA-CONCIENCIA, EN LA CULTURA,
EN LA VIDA
y. EN LA POLÍTICA.
Mas, la verdadera y única posibilidad de supervivencia es por
resurrección. Lo típico del cristianismo es la resurrecci6n, que se
basa
en la de Cristo pues si El no hubiera resucitado, vana sería
nuestra fe.
Esta resurrecci.ón no es sólo la
de los cuerpos al final de ]os
tiempos, sino que ya se
da ahora: ¿o no la Iglesia siempre está
resucitando, apareciendo ante sus enemigos, como Cristo, vivísima
cuando ya se le suponía
en el sepulcro, como lo vemos hoy con­
cretamente
en la Europa del este?
Este
es el verdadero sentido de la vida, al que no se llega sino
por el verdadero sentido de
la muerte. De igual manera que para
tener el sentido del tiempo, se
precisa poseer el sentido de la
eternidad.
Por ello los cristianos, por la fe podremos tener el verdadero
sentido del tiempo y de
la eternidad, de la vida y de la muette.
De aquí que, contra toda impugnación de leyendas, mas con
la humildad del que sabe que la posesión de un don recibido gra­
tuitamente no da motivo a soberbias insensatas, sino a humildes
reconocimientos, podamos afirmar que nosotros los cristianos his-
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EVANGELIZAR, OPCION PARA RESUCITAR LA HISTORIA
pánicos, y más ·concretamente los que deseamos ser dignos here­
deros de
los primeros· eva!igeli:zadores del nuevo. qiundo, los evan'
gelizadores de la primera evangelización. ~"$1J:Íc'llllente µr¡iversal,
conozcamos y participemos del ;er~dero sentidb 'él;, !{Historia,
que es el de la expansión deÚleinb 'de Cristo hasta el fin de los
tiempos.
Que así sea.
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