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La Revolución

LA REVOLUCION
POR
JUAN GAYÓN PEÑA
A primera vista, el título de esta conferencia podría parecer
algo confuso y en cualquier caso poco concreto, sobre todo para
los menos versados en el tema central
de este congreso. Por ello,
considero de importancia especificar desde
un principio a qué re­
volución me refiero en el contenido esencial de esta ponencia.
Dejando a un lado desde el comienzo las múltiples acepciones
vulgares del término
y que suelen equipararlo a desorden, confu­
sión, etc
... , la solución de acudir a los diccionarios para estudiar
lo que en ellos se contiene sobre el vocablo revolución, nos desvela
que de dicha
voz, que proviene directamente del término latino
revolutio-revolutionis, aparecen varias acepciones de las que evi­
dentemente sólo alguna nos interesa, y aun parcialmente como
veremos a continuación. A
los efectos· de nuestra explicación, en­
tenderemos como significados estrictamente literales de revolu­
ción, bien la «alteración grave, extensa
y duradera del orden pú­
blico, encaminada a cambiar un régimen polltico» (
l ), o bien el
«cambio violento en las instituciones políticas de una nación» (2).
Detengámonos aunque
sea brevemente en analizar ambas defini­
ciones, para comprobar cómo ninguna de ellas
se ajusta estricta­
mente al contenido de esta ponencia, -si bien· es -cierto que una Se
acerca más que la otra.
(1) Diccionario de uso del espafíol de Marla Moliner, Editcirial Gredos,
Madrid, 1983, pág. 1.036.
(2) Diccionario de la Lengua Española, 19.· edición, Madrid, 1970,
pág. 1.146; cfr. JosÉ MARÍA GIL MoRENo DE MoRA, en «La Revolución», en
el volumen Revolución, Conservadurismo y Tradición, Speiro, Madrid, 1974.
Verbo, núm. 317-318 (1993), 719-736 719
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JUAN CA YON PENA
De la primera de ellas nos importa la idea de que la revolución
significa una alteración grave, extensa
y duradera del orden pú­
blico. Como tendré ocasión de fundamentar más adelante cuando
explique el sentido filosófico-político del término que
es en defi­
nitiva el que más nos interesa, podremos comprobar cómo este
primer acercamiento no es ni mucho menos erróneo en
su enume­
ración de calificativos, aunque sí se aleja en lo esencial del con­
cepto mismo al que pretendemos referirnos. Efectivamente, la
Revolución, y esta vez
lo escribo con mayúscula aunque evidente­
mente de mi pronunciación no podáis deducirlo, supone la altera­
ción, o
mejor· aún, el ataque más grave, extenso y duradero al
verdadero orden público, entendido claro está como parte inte­
grante y sustancial
del bien comón y no,en el sentido policial del
término, en definitiva del orden cristiano. Luego espero se alcance
mejor la sustitución de alteración por ataque. Representa un ata­
que gravísimo porque pretende acabar con dicho orden,
no alte­
rarlo o transformarlo en mayor o menor medida como muchas
veces se nos ha hecho creer; extenso, porque abarca todas las
fa­
cetas del orden que pretende destruir sin dejar una sola; duradero,
porque comenzó hace ya mucho tiempo y se lleva produciendo
desde hace varios siglos siu cesar ni
un momento, aunque cada vez
se nos aparezca con
un asPecto diferente e incluso en ocasiones
creyéramos haberla vencido, pues sus fuerzas y agentes
parecían
flaquear.
De la segunda definición, como explicó Gil Moreno de Mora ( 3)
en su ponencia de nuestra duodécima reunión, podemos señalar
varios aspectos que nos servirán para matizar
un poco más la Re­
volución a la que nos referimos y sobre todo hacer un primer
juicio sobre su moralidad desde el punto
de vista natural cristiano
que es, al
fin y al cabo, el que intentamos mantener. En este sen­
tido, tanto
el hecho de que sea un cambio, una mutación, como
el de que dicha transfortnación sea violenta, por sí solos no nos
aportan nada interesante o novedoso para poder valorar
el hecho
(3) Op. cit., págs. 26 y 27.
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-LA REVOLUCION
revolucionario, pues en contra de lo que algunos han mantenido,
no todo cambio
es a peor ni toda violencia es perjudicial.
Por
el contrario, tiene más interés la parte de esta segunda
definición que circunscribe el término revolución a las institucio­
nes
politicas de una nación, y esto por varios motivos: primera­
mente, porque de este
modo se limita el fenómeno revolucionario
exclusivamente a
las instituciones políticas, quedando por tanto
fuera de la
revolución así concebida otras instituciones no menos
importantes como pudieran ser
las religiosas o culturales. En se­
gundo lugar, porque al circunscribir el ámbito de aplicación de la
revolución a una nación, parece que no es posible concebir una
corriente demoledora que por tender a la
univetsalidad, no ha
respetado ni lenguas ni fronteras. En
consecuencia, como veremos,
esta
definición tampoco se ajusta a la acepción que creemos más
adecuada a la hora de compararla con los hechos que se desarro­
llaron tanto en la historia, como los que aún hoy combatimos, y
es que,
la Revolución (de nuevo con mayúscula) no ha pretendido
nunca reducirse s6lo a las instituciones politicas de una
nación,
sino que por el Cdlltrario, ha supuesto mucho más. Pero es que
además, aun en el hipotético caso
de que todo lo anterior no fuese
cierro, tampoco podríamos determinar su bondad moral o su per­
versidad sin
Cdllocer exactamente las instituciones politicas que
se pretenden cambiar, pues no se debe olvidar que el derroca­
miento de determinadas formas politicas por injustas, no s6lo no
es algo malo o moralmente condenable, sino que constituye un
deber, siempre que
se cumplan las precisas condiciones de propor­
cionalidad, utilización del derrocamiento como
ultima ratio y con­
servación de todo lo válido que pudiera tener el sistema político
anterior sin dejarse llevar
por venganzas u otras motivaciones, por
citar algunos de los
limites reconocidos por la doctrina clásica.
Llegados a este punto y una vez comprobado cómo los diccio­
narios no
nos han servido demasiado para concretar lo que debe­
remos entender por Revolución a los efectos que aquí nos intere­
san, habremos de avanzar un poco más en la exposición para in­
tentar llegar a esa conceptuación que buscamos.
No podemos olvidar que también se ha entendido el vocablo
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JUAN CA YON PERA
revolución, y esta vez con notable acierto, como una desviación
violenta del proceso evolutivo normal, y, por tanto, opuesta a la
natural evolución como ya explicó Michele Federico Sciacca ( 4 ).
Este concepto, aplicado corrientemente en numerosos campos de
la vida en general, y especialmente al de las ciencias empíricas,
modernamente se
ha entendido en política como la mutación ra­
dical más
o-menos sangrienta de un gobierno concreto o de las
condiciones políticc,..sociales existentes, con la finalidad de implan­
tar otro gobierno u otras condiciones de signo contrario. Así, pues,
las limitaciones
de entender la Revolución desde este prisma, son
similares
a las ya analizadas anteriormente, si bien esta concep­
ción
aporta una idea nueva que es preciso destacar. Si el orden
derrocadd
era legítimo, nos encontraremos con una verdadera sub­
versión,-
utilizando este nombre con criterio amplio y no como
simple método del que a menudo se sirve
la Revolución en sentido
técnico en su labor destructora del orden natural y cristiano. A
nadie se
le escapa el hechode que si el orden que pretende derri­
bar determinada corriente revolucionaria está encuadrado y se
funda
en los principios del derecho natural, que deberán ser su
sólida base, todos los actos encaminados a destruirlos son radical­
mente injustos, además
de innecesarios (5), pues el hecho de fun­
damentarse en el derecho. natural y cristiano implica la existencia
de
una justicia social mucho más perfecta que cualquier otra que
pretenda implantarse. Esta idea toma una importancia considera­
ble si comprobamos que, en
la práctica, la Revolución siempre se
ha dirigido contra un orden fundamentado en ese derecho natural.
A estas alturas; es
_dado adivinar el concepto al que queríamos
llegar y que entendemos es el apropiado para referirnos a
la Re­
volución stricto sensu, a la Revolución entendida desde la perspec­
tiva filosófico-política.
Precisamente, la Revolución contra la que luchamos no es s6lo
política, como ya dijo hace algunos años
Juan Vallet ( 6 ), sino
(4) Ver M. F. ScrACCA, «Revolución, conseryadurismo, tradición», en
el volumen Revolución, Conservadurismo, _Tradidón, op. cit., págs. 5 y sigs.
(5) Ver M. F. ScIActA, op. cli., pág. 7.
(6) Ver JuAN VALLET DE GoYTISOLO, «Aclaraci6n'previa en tomo a la
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LA REVOLUCION
también filosófica, jurídica y social, siendo su especificidad más
característica el estar estrictamente encaminada a destruir cuanto
sea expresión del orden natural y cristiand de modo que impere
un nuevo orden, que no puede ser sino desorden o caos, puesto
que fuera del natural y cristiano no existe orden ninguno. «Or­
den» entrecomillado por tanto,
que estaría fundamentado en el
antropocentrismo, la racionalización sistemática y la tecnocracia,
sin referencia
al Creador y su obra.
En resumen, la Revolución significa la destrucción de una cul­
tura (7),
la católica tradicional, para la imposición de una nueva,
siendo precisamente
la radical incompatibilidad entre ambas lo
que imptime un carácter
al fenómeno revolucionaiio que impide
la transformación evolutiva en favor de
la rabula rasa, hecho este
último que nos sirve para comprobar lo acertado de la aproxima­
ción de Sciacca a que antes hice referencia.
Esta
es la Revolución con mayúscula, este es el verdadero
objeto de
mi ponencia y desde luego el núcleo esencial contra el
que se dirigirá lo que llamaremos contra-revolución. Para confir­
mar la objetividad de este concepto, nada
más claro que la unani­
midad entre los teóricos de uno
y otro signo, revolucionarios de
pro
y contra-revolucionarios, de hombres tan dispares como Thu­
riot, De Rossi, Voltaire, Rousseau, Marcuse o Donoso Cortés,
Maurras, San Pío X, Pío XI y una lista casi interminable como
destaca Jean Ousset en su
Para que El reine (8). Todos ellos coin­
ciden en una cosa: la Revolución
no es más que la pretensión de
aniquilar el orden tradicional, es el deseo de aniquilación del rei­
nado social de Cristo, y
a fortiori de su Iglesia.
Centrado
ya el objeto de este estudio, pasemos ahora a pro-
palabra Revolución», en el volumen Revolucíón, Conservadurismo, tradicí6n,
op. cit., pág. 23, como aclaración a lá aparente contradicción entre d · con·
tenido de las aportaciones de ScrACCA y de GIL MoRENO DE MoRA respec·
tivamente.
(7) Ver mi artículo «Donoso Cortés arite la Revolución», Madrid, Roe~
Viva, núm. 278, pág. 221.
(8)
JEAN ÜUSSET, Para que El reine, Madrid, Speiro, 1972. Para esta
referencia en concreto, págs. 85 y sigs.
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JUAN CA YON PERA
fundizar lo más posible en algunos caracteres de la Revolución así
entendida. Siguiendo en buena medida
la síntesis de Pliuio Correa
de Oliveira (9), podemos extraer una serie de notas que nos ayu­
darán sin duda a comprender mejor la Revolución en todo su al­
cance:
En primer lugar, diremos que la Revolución es universal, ya
que no entiende de fronteras ni lenguas, y todas las naciones y
pueblos se han visto afectados por
la plaga revolucionaria. De
hecho, este carácter podemos observarlo perfectamente en las ten­
dencias mundialistas que a menudo manifiestan los actuales revo­
lucionarios y que en realidad
han sido una constante en su histo­
ria ;
la supresión de · todo tipo de barreras entre los diferentes
pueblos,
la mezcolanza sistemática de culturas y razas, y la sub­
versión aniquiladora del orden tradicional que otrOra imperara
sin discusión, han sido su meta constante. Pero todo ello, eso sí,
bajo la supetvísión de
lo que se nos aparece como una especie de
poderosa organización
más o menos encubierta presente en las di­
ferentes etapas de esta gran revuelta, y que incluso en nuestros
días, hoy más a las claras que nunca, decidirá contra quién se puede
intervenir económica y hasta militarmente, qué
es lo justo y lo
injusto en
las relaciones internacionales, cuál es la política de na­
talidad conveniente para todo el planeta, etc. Esa cúpula dirigente
actuará como organizador supranacional y siempre bajo su propio
control sin atenerse a ningún otro, cuando mucho menos a ]os
preceptos del derecho natural, aparentando ser su único límite una
serie
de derechos meramente formales, los derechos humanos, que
en la práctica son violados sistemáticamente por todo el mundo y
sólo se exige su aplicación
cuando interesa.
La universalidad del hecho revolucionario, lleva aparejado el
siguiente carácter, la consideración de que en realidad la Revolu­
ción
es sólo una, aunque se nos aparezca bajo distintas formas y
(9) PLINIO CORREA DE ÜLIVEIRA, Revolución y Contra"evolución,
:&l. Fernando III el Santo, Bilbao, 1978. En lo referente a los caracteres
de la Revoluci6n, ver el cap. III, parte I, y más concretameote las págs. 35
Y sigs.
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LA REVOLUCION
nombres a lo largo de la historia. Esta unicidad se manifiesta en
varios sentidos:
Primeramente, porque
es una sola la tendencia a destruir el
orden tradicional y cristiano, y no se trata de una serie simultánea
o consecutiva de revoluciones menores que estallan en diferentes
puntos geográficos o culturales. Pero
es que, además, existe Ull
innegable vínculo entre los diferentes ataques revolucionarios que
se han dado a lo largo de los siglos, vínculo que supera por tanto
lo temporal, y que podemos resumirlo de la siguiente manera:
el
complejo ideológico que supone la Revolución es a todas luces
atemporal y aunque comenzó hace siglos, aún hoy perdura con
toda su fuerza; aún
diría más, con más fuerza que nunca, pues se
encuentra en pleno auge como pretendo demostrar en el tramo
final de
mi exposición.
Nos vamos a detener
con más detalle en esta idea comproban­
do cómo en
el proceso revolucionario (10), hasta ahora siempre
inconcluso, se
puede observar un nexo directo pese a las diferen­
cias de tiempo y de lugar que ha presentado a nuestros ojos. Efec­
tivamente, no
es difícil comprobar cómo la Revolución es una
sola, y pese a que sus manifestaciones y formas de actuar
han sido
muchas, su finalidad primordial ha permanecido inmutable.
Por supuesto que ha habido diferencias esenciales entre las
diversas facetas, ideas y hechos que consideramos expresión de
la
Revolución, pero como ya destacó también Ousset ( 11 ), ni la
oposición de sus orígenes, ni sus divergencias ideológicas, ni la con­
tradicci6n de sus intereses, incluso ni siquiera las rivalidades más
íntimas entre sus líderes o la discordancia espacio-temporal, llega­
ron a destruir esta especie de coalición
o frente común con un
sólo vínculo de uni6n, su odio radical y
supremo a Nuestro Señor
Jesucristo y

a su Iglesia.
Esta conclusión puede
parecer difícilmente creíble o demasiado
radical, y
a buen seguro que no
faltará quien la atribuya a una
(10) Sobre el proceso histórico que sigue el hecho revolucionario, ver
a PLINIO CORREA DE ÜLIVEIRA, op. cit., págs. 37 y sigs,
(11) ]BAN ÜOSSET, op. cit., pág. 148.
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JUAN CA YON PERA
ingenua interpretación histórica de raíz conspiratoria, mas esta
sorprendente unidad
se nos aparece sin excepción, por encima del
del tiempo y del espacio, y
a ella podemos llegar a
través de las
enseñanzas de la historia.
En este sentido, creo necesario incidir en la paradoja casi
inexplicable de esta incontrastable unidad de fenómenos y movi­
mientos tan dispares, algo verdaderamente
anómalo si tenemos en
cuenta que
hablamos de la unidad del desorden por ser negación
del orden perfecto. La sola mención de las implicaciones preterna­
turales que la revolución esconde, nos hace gracia de insistir
más
en ello (12).
Hecha esta aclaración previa,
vamos a pasar a la tercera de las
caracterlsticas de la Revolución y que consiste en entenderla como
un proceso. De esta manera, a la vez que damos una nota
más del
hecho revolucionario, quizás podamos comprender mejor las dos
anteriores. Procedamos
por tanto al estudio de las diferentes fa­
cetas con que se nos ha mostrado el proceso revolucionario a lo
largo de
la historia, no sin antes hacer otra aclaración importante:
creo que
debe incidirse en · el hecho de que las revoluciones y re­
vueltas de las que se sirve la gran Revolución, a menudo estallan
favorecidas por las contradicciones que la realidad presenta y en
las que el verdadero orden puede concluir reducido a unas
sim­
ples exterioridades que se pretende conservar a toda costa ( 13 ).
Esto que digo es muy contrario a la verdadera esencia del orden
natural, invariable en cuanto
a sus contenidos profundos, aunque
adaptable a las diferentes épocas históricas en todo lo que
e~
accesorio.
Aclarado este aspecto, diremos que la mayotia de las fuentes
coinciden en considerar como un
primer paso del proceso. desen­
cadenado y que habrá
de concluir con el triunfo de la gran Revo­
lución, la decadencia del orden medieval,· pues en ese momento
(12) En este sentido, }EAN ÜUSSET no duda en sostener la tesis que yo
aquí sólo me atrevo a apuntar por prudencia y en ningún caso por falta de
convencimiento,
que en este extremo es absoluto. Op. cit., págs. 91 y sigs.
(13)
Entre otros muchos, M. F. Sc1ACCA, op. cit., pág. 7.
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LA REVOLUCION
irrumpirán nuevas corrientes de pensamiento más preocupadas de
la vida terrenal que de la espiritual,
al tiempo que las fuerzas
defensoras del orden sufrirán el aletargamiento
conservadurista a
que antes hacía referencia.
No obstante, la primera revuelta importante del hombre
con­
tra Dios, dejando a un lado el pecado original, revolución que
tiene
sus precedentes más remotos en las diferentes herejías que
habían ido apareciendo desde el siglo
I, no es sino la llamada Re­
forma. Con ella aparecen en la hasta entonces inconmovible fe
cristiana de Occidente los primeros signos de duda y el cuestiona'..
miento de la propia Iglesia y su doctrina. A través de la Reforma,
empieza a calar en las
almas y en las voluntades un humanismo
que alcanzará su primer apogeo en el Renacimiento, y las primeras
dudas y resquemores sobre
la. correcta interpretación de las Es­
crituras hecha por el Magisterio de la Iglesia, que también desde
entonces, pasa a ser declarada como enemiga sin tapujos.
El hombre parece que se ha emancipado, ha alcanzado suma­
yoría de edad según la propia terminología revolucionaria, y, por
tanto,
ya no necesita de la orientación y la luz de su Madre, la
Iglesia. Un igualitarismo
e,,:altado comienza a infiltrarse en toda
Europa y se cuestionan muchos de los que hasta entonces habían
sido pilares básicos del orden
cristiano. Cada vez más, Dios em­
pieza a ser relegado del papel que legítimamente le corresponde
para ser suplantado por el hombre.
En este clima moral llegamos al Renacimiento cuando con el
apoyo de no
pocos pensadores y filósofos, el hombre es el verda­
dero centro del Universo y la sociedad·
va poco a poco descristia­
nizándose,
dando pie a numerosas revueltas -ahora ya abiertas
e incluso
armadas---contra la autoridad eclesiástica, comenzando
por el Papado
y desde ahí hacia abajo por toda la jerarquía. De
esta manera, comienza a darse en el pensamiento revolucionario
un ateísmo relativizador que se nos presenta como más o ·merios
duro en función de donde se aplique.
Así, en aquellas zonas en las que el poder aún lo conservan
los gobernantes católicos, la Revolución incide en su aspecto igua­
litario, en su faceta más religiosa y anti-católica, negadora de los
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JUAN CA. YON PERA
principios básicos del orden cristiano, mientras que en aquellos
otros sitios en los que parece haber triunfado
la Reforma, apenas
si critica
ningún aspecto religioso. Esto aclara perfectamente el
hecho de que las principales revueltas
se provoquen en los países
católicos, mientras ·que en los. países protestantes, aunque conser­
ven intacta su
monarquía y ésta sea en realidad tiránica, no se
produzcan desórdenes de consideración.
Antes de analizar
la siguiente fase del proceso revolucionario,
y que es la fundamental, conviene dejar nota aquí del importante
papel preparatorio que juega en este momento histórico
al que
nos referimos la masonería y
un enmarañado conjunto de socieda­
des secretas en
la que se encarna el iluminismo. Baste por ahora
hacernos
eco del impresionante auge y coordinación que toman
todos estos movimientos que nos llevará a
lo que considero hito
fundamental del proceso revolucionario: la Revolución Francesa
de 1789.
Llegados a este punto en
la evolución histórica de la Revolu­
ción, creo interesante dar
un repaso general a la situación del mo­
mento. Nos encontramos a finales del siglo XVIII, con un espíritu
antropocéntrico y laicista
ya profundamente enraizado en la con­
ciencia popular de muchas naciones, y en un momento cultural en
el que las llamadas
sodétés de. pensée y la masonería, ocupan po­
siciones fundamentales de poder en todas las instituciones. La tarea
de infiltración, podríamos decir que
ha culminado en casi todos
los órganos representativos de lo que aún queda del orden tradi­
cional.
En este momento, se produce un cambio sustancial en la ma­
nera de ver el hecho revolucionario ( 14 ), y se pasa, de la condena
generalizada hasta el siglo xvr por atacar directamente al orden
establecido, a la consideración de la revolución
como un aconte­
cimiento positivo
y liberador. Por ello, aunque lógicamente lleve
consigo ciertos aspectos negativos, se estima esencialmente buena
y más favorable para el hombre, que a fin de cuentas es lo único
(14) En esta línea de argumentación se perfila ScIACCA, op. cit., págs.
5 y 6.
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LA. REVOLUCION
que teóricamente importa. Confirmando este aspecto y llegando
sustancialmente
más allá, se relaciona de manera directa la Revo­
lución con la Soberanía popular, de modo que las ideas plasmadas
en el llamado Contrato Social
se hacen moneda corriente y se
enseña que la soberanía ya no procede de Dios sino de las masas,
quienes además la ejercen por un derecho inalienable.
Junto con estas ideas
se expande un creciente odio generali­
zado a todas las instituciones por considerarlas contrarias a
los
nuevos principios de libertad, igualdad y fraternidad. Baste decir
que la lucha por ideales tan altos decantó a muchos indecisos en
favor de la Revolución, en realidad a todos aquellos en los que la
duda
se había sembrado previamente,y dejado germinar con el paso
del tiempo, dando como fruto la Revolución francesa, el hito
más
importante del proceso revolucionario y que aún hoy en día mu­
chos celebran como acontecimiento cumbre de la historia de la
humanidad, importancia que cuando menos desde otras atalayas
no podemos dejar de reconocer.
Efectivamente,
ya lo anunció Donoso Cortés, las revoluciones
profundas,
y ésta lo fue sin duda, siempre fueron hechas por
opulentísimos aristócratas, y bajo
la apariencia de salvar al hom­
bre de
la miseria y el hambre, se escondía una vez más el verda­
dero instinto revolucionario tendente a
· la eliminación de todo
vestigio de lo que con insistencia hemos denominado orden tradi­
cional.
Con el triunfo de la Revolución francesa se produce un cambio
st.stancial que marcará definitivamente desde ese momento
y hasta
nuestros
días el avance de la Revolución. Y a no tenemos sólo una
corriente, un complejo anti-cristiano que actúa mediante la sub­
versión y el ataque
más o menos encubierto sino que por el con­
trario ha salido a la luz y se ejetcita desde una posición de poder.
Parece clara la trascendencia de este hecho. No
es lo mismo
luchar contra algo que pretende imponerse que hacerlo contra lo
ya establecido. Además, resulta una verdad difícilmente atacable
que los revolucionarios han demostrado, no sólo una capacidad
auténticamente asombrosa de conspiración
y perfecta adaptación
a
los diferentes momentos que han debido afrontar, sino también
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JUAN CA YON PERA
una habilidad sorprendente a la hora de aprovecharse de las situa­
ciones (15), lo que se incrementa cuando logran
el podet. Desde
entonces,
la Revolución parece cada día más fuerte y nosotros
cada día más débiles. No obstante, también podremos aprovechar
esta circunstancia para mejorar en
la consecución de nuestros pro­
pósitos, y
es que al igual que la Revolución sufrió una transforma­
ción en su actuación desde 1789, la Contra-revolución, tal
y como
hoy la concebimos, surge propiamente en este momento histórico.
La Revolución francesa de 1789 supuso por tanto el triunfo
del igualitarismo en la
cuhura y la política, y del laicismo .en el
campo
reUgioso ( 16 ). Por ello, es la Revolución por antonoma­
sia (17). Siguiendo la línea que en ese momento argumentan los
revolucionarios,
la desigualdad no debe tener cabida en el mundo
moderno,
ya que toda desigualdad es radicalmente injusta; esta
perversión ideológica les
llevará a pretender la supresión de dife­
rencias mediante el ataque a toda ·autoridad que no sea la propia,
la emanada del pueblo directamente. Por ello, también adoptan
una postura laicista en lo religioso haciendo.
especial hincapié en
s;,,, ataques a la religión vetdadera, Este es el cambio sustancial a
que antes hacía referencia; desde 1789, son
ell<>s, los revoluciona­
rios, quienes bajo una forma u otra van a tener
el control de la
situación.
Las instituciones que aún perduran. y muchas de las de
nueva creación,
quizás guarden aún. en su esencia algo de bondad,
pero recordemos que todas las instituciones en realidad
no son
fines sino medios (18), por lo que su bondad o utilidad
para reali­
zar el bien dependerá del uso quele. den los hombres que las ma­
nejan ; de· .e~te modo, las ins:titu~i.ones. más excelentes pueden ser
perfectamente pervertidas y utiUzadas en contra de la verdad,
C Tras esta etapa de finales del siglo
XVIlI, la Revolución ha
(15) Ver ,PLINIO CORREA DE ÜLIVEIRA, op, cit., pág. 59.
(16) Ver PLINIO CORREA DE ÜLIVEIRA, op. cit., pág. 27.
(17) Ver Lms-·MARÍA S~ovAJ., «55_Tesis sobre la Contra-revolución»,
Verbo, núm. 305-306, págs. 503 y 504 especialmente.
(18) Ver DoNoso CoR'l'ÉS,-cfr. JOsÉ ·MARÍA GrL MORENO DE MoRA~
op. cit., -págs. 28-29
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LA REVOLUCION
continuado ascendiendo puestos, unas veces en su aspecto. más
sangriento y evidente como pudieran ser los diferentes
totalitaris­
mos y especialmente el más crudo de ellos, el comunista, y otras
bajo
la apariencia de un liberalismo condescendiente, pero en todo
caso corrompiendo y destruyendo lo que todos nosotros defen­
demos.
Sobre el tema comunista, en el que
la doctrina ha visto tradi­
cionalmente el último
gran golpe de la Revolución, me pronun­
ciaré al final de esta ponencia cuando acometa
la tarea de analizar
la situación actual de la misma. Respecto del liberalismo, y su
gran forma de Estado, la democracia,
os remito a los abundantí­
simos trabajos que han visto la luz y que a buen seguro
ya co­
nocéis.
Volviendo al estudio de las características de la Revolución,
de
la que os recuerdo que primeramente dijimos era universal,
luego que era sólo una aunque con varias expresiones,
y después
que por ello
se podía estudiar como un verdadero proceso con
etapas diferenciadas; habremos de añadir una última nota y que
consiste
en considerar que la Revolución es total y dominante.
Total, porque como
ya hemos defendido, nd es sólo política o re­
ligiosa, sino que por el contrario afecta a todos los campos inclu­
yendo el cultural y me atrevería
a decir que incluso el exis.tencial.
Total también porque el
poder que la sustenta desde la Revolución
francesa tiende a ser absoluto, infiltrándose en el hombre y sus
relaciones de un modo sin precedentes conocidos, tanto por la
insistencia como por la profundidad de su calado. Dominante al
fin, porque no tolera la existencia de ninguna resistencia, pese a
que sus postulados defiendan la libertad y la
igualdad. Detengá­
monos en esta idea.
En casi toda la doctrina que . ha estudiado el tema revolucio­
nario,
se coincide en que los dos valores ( 19) fundamentales de
la Revolución son la libertad y la igualdad. Resulta paradójico
(19) Valores es la terminología usada por Pumo CORREA DE ÜLIVEIRA,
op. cit., págs, 65 y sigs., y quiero mantenerla pues me parece sumamente
acertada. Es algo semejante a los «valotes fundamentales de nuestro orde­
namiento jurídico», según la Constitución Espafíola. de. 1978.
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JUAN CA YON PERA
que ambos valores, esencialmente buenos en su origen, sean pre­
cisamente los que pretenden servir de fundamento al hecho revo­
lucionario, pues la libertad representa uno de los principales dones
con que Dios dota . al hombre y que sirve para diferenciarlo del
resto de los animales de la creación, de modo
que. sólo una acti­
vidad completamente libre puede ser considerada como auténtica­
mente humana; y en
lo referente a la igualdad, porque no es menos
cierto que todos
somos iguales a los ojos de Dios en virtud de
nuestra propia naturaleza,
si bien las desigualdades existentes entre
unos y otros en la realidad mundana, no tiene
pot qué ser concep­
tuadas como negativas.
Por ello digo que resulta una paradoja, ya que en ciertd sen­
tido, en el que la Revolución ha entendido ambos valores (libertad
como sinónimo de
realizacim de la voluntad humana sin atenerse
a ninguna norma, e igualdad como equivalente a odio a toda auto­
ridad) acaban por ser contradictorios, lo que
nos llevaría a un
absurdo argumental
más de la Revolución. Algunos han visto en
la exaltación de ambas figuras
la causa profunda de la Revolu­
ción ( 20)
comd auténtica explosión del orgullo y la sensualidad
humanas aunque su verdadero origen definitivo no radica tanto
en el hombre como en el pecado original y en quien lo promovió.
Para enlazar esta característica de dominante, que a nuestro
entender representa muy bien
a la Revolución, con la última parte
de
mi exposición y que se podría titular algo así como la Revo­
luci6n, hoy,
diremos que precisamente no hay más que abrir los
ojos al mundo para darse cuenta de lo dominante que ha llegado
a ser hoy en día el sentir revolucionario.
En primer lugar, y como ya destacamos
al ocupamos de la
Revolución francesa de 1789, las tesis revolucionarias hoy
se en­
cuentran en una situación de claro poder. Además y como tam­
bien hemos anunciado
con anterioridad, es un poder absoluto ante
el que es muy dificil plantear batalla (21 ), pues cuenta con el total
(20) En este sentido se manifiesta PLINIO CORREA DE ÜLIVEIRA, op. cit.,
pág. 26.
(21) Como ya destacara JEAN ÜUSSET, op. cit., pág. 183.
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LA REVOLUCION
dominio de los gobiernos, los parlamentos y los altos tribunales,
de modo que
la pretendida separación de poderes se nos muestra
como la falsedad que siempre fue con toda evidencia. Pero
va
todavía más allá y este poder absoluto se proyecta hasta los rin­
cones
más íntimos de la sociedad a través de los medios de comu­
nicación, las escuelas y las universidades.
El tópico de que una mentira mil veces repetida se convierte
en verdad, aunque sabemos que no es correcto, a los solos efectos
prácticos nos plantea graves problemas a quienes no estamos de
acuerdo con este «nuevo orden».
Otra consecuencia del triunfo revolucionario en nuestros días,
consecuencia que
se encuentra directamente relacionada con la
anterior,
es que los llamados cuerpos intermedios se han visto
absolutamente desplazados o anulados y el principio de
subsidja­
riedad que debe presidir la relación entre los Estados y sus súb­
·ditos, brilla por su ausencia. Desde la educación (hoy ya casi toda
a cargo del Estado) y los medios de comunicación ( entre los que
apenas si
se vislumbran de vez en cuando ciertos rasgos de inde­
pendencia, aunque inclusd ésta se encuadra siempre dentro del
sistema)
se anatematiza en contra de la familia y las asociaciones
profesionales por citar dos ejemplos muy significativos. Las uniones
de hecho, el desprecio a valores como la maternidad o la creación
de una familia, e incluso la oposición al asesinato que constituye
el aborto premeditado,
se atacan incesantemente tachándolos de
poco progresistas, en otra contradicción evidente porque, como
hasta Pablo
VI denunció, no existe ningún régimen más riguro­
samente conservador que el revolucionario (22). De este modo,
cada vez
se crea una conciencia pública más favorable a los propios
ideales revolucionarios, por
el método directo de la manipulación
de las conciencias.
Por otra parte, aunque en relaci6n directa, nos encontramos
con el hecho cierto de una desctistianización de la sociedad y la
cultura absolutamente cohseguida. El Verdadero Dios y con El
(22) Pablo VI en la Audiencia General de 9 de agosto de 1972, cfr.
JosÉ MARíA G1L MORENO DE MoRA, op. cit., pág. 34.
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JUAN CA. YON PERA.
nuestro catolicismo, ha quedado relegado a un segundo plano y
se nos pretende hacer creer que compite en condiciones de igual­
dad con las otras religiones falsas.
La separación de la Iglesia Y
el
Estada, para no llegar as( a discriminación ninguna -tal es su
argumentación-, en realidad encubre la verdadera motivación de
la Revolución. Este, como los anteriormente citados, es uno más
de los muchos campos en los que los católicos hemos perdido la
batalla, bien por ignorancia, bien por abandono deliberado, al ce­
der ante la presión revolucionaria que pretende hacer ver estos
aspectos como desconexos cuando en realidad hubieran permane­
cido inalterables
si continuamos en la línea defensora del Estado
confesional.
Por su parte, el liberalismo también ha triunfado en todas sus
facetas, tanto sociales como políticas o culturales. Socialmente,
la
relajación de costumbres a que antes hice referencia es norma
común, e induso muchos católicos se vuelven liberales
apartando
de todas las instituciones a la Iglesia, muy probablemente no por
odio a ella, sino simplemente por su convencimiento interno de
que lo exigen los nuevos tiempos (23).
En política, la democracia
se ha convertida en el nuevo ídolo y el pluralismo político de los
partidos en un valor consagrado incluso constitucionalmente (24
).
Culturalmente al fin, no impera otra civilización que la liberal y
materialista.
Para terminar con
mi exposición he querido dejar el tema del
comunismo, pues los cambios que
se han producido últimamente
en la órbita de los países del Este me parecen un tema importante
sobre
el que reflexionar. Muy posiblemente, hubiera sid9 más
adecuado tratar el tema comunista en
el estudio que hemos reali­
zado del proceso revolucionario, como
la tercera y última de las
grandes victorias de la Revolución junto. con la Reforma y sobre
todd la Revolución francesa de 1789, pues como sus propios líde­
res mantuvieron, los ideales revolucionarios fueron base de esta
(23) En esta línea se pronuncia JEAN ÜUSSET, op. cit., pág. 206.
(24) Como ocurre en Espafia en el art. 1 de la Constituci6n vjgente.
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LA REVOLUCION
corriente que llegó a proclamar que es precisamente la Revolu­
ción la fuerza que mueve la historia (25).
Si no he querido tratar el tema allí sino de pasada, no ha sido
por negarle la importancia que tiene y querer zanjar el asuntd con
la desaparición de la URSS. Más bien al contrario, ya que como
Luis María Sandoval ha sostenido con acierto (26), el
oomunismo
ha sido el protagonista fundamental del siglo XX.
No me detendré en relacionar sus aspecto negativos, pero sí
resaltaré una idea fundamental:
la caída del régimen marxista en
la mayoría de los países donde se impuso en una determinada
faceta histórica, no ha supuesto
la cesación de la influencia de
estas teorías tantas veces condenadas por la Iglesia, precisamente
porque en Occidente nunca llegó a tomar el poder de forma
di­
recta. Si consideramos comunismo y liberalismo como dos caras
de una misma moneda, no olvidemos que la Revolución nunca ha
dado un paso atrás en su avance, sino que simplemente ha modi­
ficado su estrategia en las diferentes facetas históricas. El intento
comunista, fracasado por
sus propias incoherencias internas y la
injusticia que le caracterizaba al igual que fracasó la época más
dura del terror revolucionario francés, ahora pretende ser suplan­
tado por la tesis democráticas y
el liberalismo capitalista. ¿Es esto
realmente un cambio sustancial en lo que a los contrarrevolucioa­
rios nos interesa? Creo que no, y aunque suponga un respiro en
el sentido material para millones de seres, la amenaza revolucio­
naria sigue
ahí.
No querría finalizar sin dar una solución positiva, una nota
para la acción en nuestra particular militancia, que
ya nos adelantó
Ousset en 1978 (27).
Debemds persitir en nuestra actitud ten­
dente a la reinstauración
de] orden natutal y cristiano en la so­
ciedad y en la política, actuando del mismo modo que han venido
(25) Cita recogida de los escritos de Marx y Engels tanto en Ideología
Germánica
como en el mismo Manifiesto Comunista, cfr. M. F. ScIAcCA,
op. cit., pág. 7.
(26) Lurs MARÍA SANDOVAL, Cuando se rasga el Tel6n, Speíro, 1992,
pág. 213.
(27) JEAN ÜUSSET, op. cit., págs. 31-32.
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JUAN CA YON PE!:A
háciendo quienes nos precedieron en la contra-revolución: funda­
mentando
la edificación de nuestras sociedades sobre las institucio­
nes de la ley natural, proponiendo
el auténtico progreso sin saltos
en
el vado, buscando la garantía de una serie de libertades y de­
rechos concretos y precisos, actuando a través de los cuerpos in­
termedios que habremos de potenciar y muy especialmente desde
su base,
la familia, y todo ello en un orden de pensamiento neta­
mente teocéntricd, por
la suprema razón de que Dios existe.
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