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La Iglesia y la civilización moderna

LA IGLESIA Y LA CIVILIZACION MODERNA
POR
JoSÉ MARíA ALSINA RocA
Cuando Pío IX publicó el Sylabus el 8 de dicien,_bre de 1864,
comd índice de errores ya condenados en diversas encíclicas y
otros actos magisteriales de su mismo pontificado causó especial
escándalo la proposición número 80.
-En los ambientes anticatóli­
cos fue interpretado como la más clara manifestación del carácter
definitivamente anacrónico de la Iglesia, aunque al mismo tiempo
se quedaron sorprendidos por la audacia del Papa Pío IX al ense­
ñar con tanta firmeza el carácter anticristiand de
la civilización
moderna. También en los ambientes católicos-liberales vieron con
profunda inquietud y desagrado aquel acto del magisterio ponti­
ficio.
El obispo de Orleans Dupanloup, uno de los líderes del ca­
tolicismo liberal francés, se vio obligado a escribir una carta pas­
toral dirigida a «tranquilizar» a los cat6licos, insistiendo en lo
que
no había dicho el Sylabus. Por esta carta pastoral recibió de
Pío
IX una felicitación en la que le expresaba la esperanza de
que en una próxima ocasión publicara otra
carta pastoral expli­
cando a sus diocesanos
lo que había dicho el Sylabus.
Desde entonces hasta nuestros días es ya tópico referirse al
Sylabus como modelo de intrasigencia y ejemplo de
los cambios
producidos en la doctrina de la Iglesia. Hoy, así
se afirma, la Igle­
sia
ha superado definitivamente las enseñanzas del Sylabus, no
sólo
nd las condena sino que ha asumido de forma entusiasta las
doctrinas condenadas.
A lo largo de nuestra exposición

queremos probar justamente
lo contrario. En primer lugar, subrayar la santa audacia de Pío IX
y el discernimiento profético que mdstró al afirmar el carácter
Verbo, núm. 317-318 (1993), 897-910
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JOSE MARIA ALSINA ROCA
anticristiano del espíritu de la modernidad. En segundo lugar,
cómo el magisterio de la Iglesia, a través de todos los pontifica­
dos, pero especialmente en los documentos aprobados en
el Con­
cilio Vaticano 11, y a pesar de algunas apariencias e interpretacio­
nes
inexactas, sé ha mantenidd fiel al juicio de Pío IX. ·
Podría
parecer a algunos, con razón, innecesario el segundo
punto.
La Iglesia asistida por el Espíritu Santo se mantiene siem­
pre fiel a la doctrina enseñada por lo,hmtetiores pontífices, como
explicitación o aplicación de lo que ha recibido por tradición apos­
tólica. No obstante, me parece sumamente conveniente insistir en
este segundd punto tanto por la frecuencia en que se afirma lo
contrario,
como porque me permitirá precisar la importancia de
las enseñanzas del Sylabus,
y ayudará a entender cómo aquel juicio
hacía
· referencia a cuestiones conexas directamente con aspectos
centrales
de la fe católica.
Recordemds, en primer lugar,
la proposición 80, la última del
Sylabus:
«El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir
con el progreso, con
el liberalismo y con la civilización moderna».
Con
el fin de analizar el alcance de esta proposición· es nece­
sario reflexionar sobre el significado de la expresión: progreso,
liberalismo y, especialmente civilización moderna. Para ello
rios
apoyaremos en das testimonios muy significativos, uno de ellos
contemporáneo a
Pío IX y otro contetnporáneo a nosotros. De
este mddo trataremos de demostrar que el espíritu de la moderni­
dad al que se refería Pío IX continúa siendo el propio dé nuestros
días. · · ·
Cuando Pío IX tuvo la intención de publicar el Sylabus, con­
m:ltó a través de su Secretario de Estado, el cardenal Fomari a
diversas personalidades eclesiásticas y civiles· sobre cuales eran los
errores·
más característicos de su tiempo, con el fin de elaborar
un catálogo o sylabus para prevenir a toda
la Iglesia. Conocenios
la respuesta a esta consulta que dio Donoso
Cortés. En ·carta al
Cardenal Fornari sintetizaba genialmente su juicio· sobre el 'mundo
contemporáneo
que anteriormente

había desarrollado
ampliamente
en su
célebre Ensayo sobre el ·catolicismo, liberalismo y socialismO".
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LA IGLESIA. Y LA. CIVILIZACION MODERNA
Según Donoso Cortés «lo que hace famoso a nuestro siglo
entre
todos los siglos no es precisamente la arrogancia en procla­
mar
teóricamente sus herejías y sus errores, sino más bien en la
audacia satánica que pone en la aplicación a
la sociedad presente
de la herejías y
de los errores en que cayeron los siglos pasados».
La exactitud de este juicio de Donoso es patente si tenemos
en cuenta que
la mayor parte de las doctrinas políticas que inspi­
raton el liberalismo estaban
ya elaboradas al finalizar el siglo XVII.
Spinoza y Hobbes habían ya afirmado la supremacía absoluta del
poder político, autónomo respecto
de cualquier ley anterior a él,
de toda norma moral y especialmente de la Iglesia. Mejor dicho,
esta autonomía sólo seria efectiva si el poder eclesiástico estuviera
sometido al poder político, quedando bajo su potestad incluso
el
contenido dogmático de la religióp., siempre que tuviera trascen­
dencia en
la vida social. Se habían puesto los fundamentos pata
la
secularización de la vida política, y el mismo catácter abs.oluto
del poder político estaba
al servicio de esta secularización más
que a su propio e11grandecimiento o democratización.
La vulgarización de estas ideas en lenguaje roussoniano fue
el principal instrumento ideológiéo de los movimientos revolucio­
narios del siglo
XIX, y progresivamente fue penetrando en todos
los ambientes sociales hasta llegat
a· la situación que describe Do­
noso: «e11 los tiempos que alcanzamos, el error está en los libros,
en las instituciones, en
las leyes, en los periódicos, en los discur­
sos, en las conversaciones, en las .aulas, en los clubs, en .el hogar,
en el foro, en lo que se dice y en lo que se calla. Apremiados por
el tiempo
he preguntado a lo que está más cerca de mí y me ha
contestado la atmósfera».
Todo este ambiente contaminado y
la acción política corres­
pondiente tiene su origen, según Donoso, en dos negaciones su­
premas: una relativa a Dios y otra relativa al hombre. «La socie­
dad niega de Dios que tenga cuidado de sus criatutas, y del hom­
bre, que sea concebido en pecado».
Estas dos negaciones son la base del naturalismo moderno.
Dios
no cuida del hombre y por tanto el hombre no necesita de
Dios, no ha sido redimido, ni
lo necesita. Esta autonomía abso-
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JOSE MARIA A.LSINA ROCA
!uta del hombre también se predica de la sociedad. Y así, como
afirma Donoso en el Ensayo: «se convierte
al hombre en un tiem­
po
en reformador universal e irreformable con o cual viene a ser
transformado en Dios y
así los hombres no pudiendo adorar a
Dids, hacen a los hombres &oses para adorar alguna cosa de algu­
na manera».
De este modo se realiza la permanente tentación satánica:
seréis como dioses. En la vida politica da lugar o a una «absoluta
anarquía, o a un despotismo de proporciones inauditas y
gigan­
.tescas; Este es el juicio de Donoso Cortés sobre la modernidad».
El segundo testimonio sobre el que nos apoyamos es el del
Cardenal Karol
Wojtyla; cuando en los Ejercicios Espirituales pre­
dicados en el Vaticano, en presencia de Paulo VI, en marzo de
1976, publicados en el libro
Signo de Contradicción, trata de ana­
lizar las características del ateísmo moderno. Para poderlo explicar
adecuadamente, afirma
Woityla, hay que remontarse a la tenta­
ción original y permanente de Satanás: «Seréis como dioses». Esta
tentación no es .meramente una negación de Dios ni de fa _omni~
potencia divina. Va dirigido a «la destrucción de la verdad sobre
el Dios de la alianza, sobre el Dios que crea movido por el amor,
que por amor ofrece a la humanidad la Alianza en Adán, que por
amor pone ante
el hombre unas exigencias que afectan a la verdad
misma de su creador, la destrucción de esta verdad,
continúa
Wojtyla, es, en el razonamiento de Satanás, total».
La tentación satánica no es tanto la afirmación de la divinidad
del hombre como el espíritu de
rel,elión, es una continuación de
su actitud de
Non serviam. Pero esta tentación en su momento
original no logra llegar a su plenitud, tiene sólo un
éxito parcial.
No
logra la rebelión total del hombre frente a Dios. «En nuestros
días
se nos presenta la idea de Dios como la principal forma de
alienación del hombre, afirmar a Dios
es negar al hombre». «Pero
han llegado los tiempos en que ese aspecto de la tentación del Ma­
ligno ha encontrado su contexto histórico adecuado. Puede ser
que dicho aspecto presente
el más alto grado de tensión entre la
Palabra y la antipalabra en la historia de toda la humanidad. Se­
mejante concepción de la alienación comporta no sólo la negación
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del Dios de la alianza, sino la negación de la idea misma de Dios,
la negación de su existencia y al mismo tiempo el postulado -y
en cierto sentido. el imperativo--- de la liberación de la idea de
Dios, para afitmar al hombre».
He aquí un fragmento
muy característico de la obra de Feuer­
bach sobre la religión: «En lugar del amor de Dios debemos
re­
cono= el amor del hombre como única religión auténtica; en
lugar
de la fe en Dios, dilatar la fe del hombre en sí mismo, en
sus propias fuerzas,
la fe de que es destino de la humanidad no
depende de un ser que se encuentra sobre
ella, sino que depende
de
sí misma ; que el único demonio del hombre es el propio hom­
bre; y al mismo tiempo que el único Dios para el hombre es el
hombre mismo». Podemos ahora preguntarnos si estamos ya en el
tramo final
de ese camino de la negación que se inició en torno
al árbol de
la ciencia del bien o del mal. Para nosotros, que co­
nocemos toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis,
ninguna erapa de este camino puede constituir una sorpresa. Acep­
tamos con temor, pero también con
confianza, las palabras inspi­
radas del Apóstol: «Que nadie en modo
alguno os engañe, porque
antes ha de venir
la apostasía y ha de manifestarse el hombre de
la iniquidad, el hijo de la perdición
... ».
El juicio de Karol Wojtyla coincide básicamente con el de
Donoso Cortés, aunque, teniendo presente los importantes
cam­
bios acaecidos en los 150 años que transcurren desde Donoso
hasta nuestros días, nos permite reflexionar sobre nuevos aspectos.
La negación de la soberanía de Dios sobre la sociedad, sobre
el hombre e incluso sobre la naturaleza, continúa siendo caracte­
rístico
de la mentalidad y de la vida de nuestro tiempo. En el lu­
gar de Dios nos encontramos con una concepción panteísta de la
naturaleza ( ciertos ecologismos), o al hombre faústico haciéndose
a sí mismo mediante una incesante actividad, o a la sociedad con­
siderada como el Gran Ser de Comte, la clase social redentora de
la humanidad de Marx, o la nación creadora de un nuevo hombre
de Fichte. Estas actitudes que
aún encontramos presentes, van
siendo sustituidas por otras
más radicales que forman parte esen­
cial de lo que se ha venido llamando
la posmodernidad. Triunfa
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el espíritu de rebelión al que se refería Karol Wojtyla. Se niega
cualquier absoluto, la naturaleza es sustituida por la volqntad téc­
nica, al hombre se le desprecia llegando a considerar el crecinúento
de la población como el principal peligro que tiene planteado la
naturaleza, y la socieclad se la concibe como fruto de un pacto
social de raíces individualistas.
Parece realizarse
Id que afirma . San Pablo como propio del
hijo de la perdición:
se opone contta todo lo que se dice Dios
o
es objeto de culto o adoración. Notemos que no se opone sólo
a Dios sino también a lo que se dice dios. Es decir, a todos aque­
llos falsos ídolos que han ocupado el lugar de Dios, el ateísmo
moderno niega a Dios pero
ha avanzado más y ha querido asegu­
rar esta negación colocando en el lugar de Dios otras realiclades.
Pero
tocias ellas reciben también las consecuencias desttuctivas
de este espíritu de rebelión.
Desde
la perspectiva que nos dan estos testimonios entende­
mos ahora mejor
la proposición 80 del Sylabus y podemos ver
como
hoy la Iglesia. vuelva a reiterar el mismo juicio. Reciente­
mente en
el día de la beatificación de los mártires de Barbastto,
Juan Pablo
II se refería al espíritu del tiempo con las siguientes
palabras:
«Tenemds necesidad urgente de este espíritu -refiriéndose a
los
mártires-especialmente en el momento histórico en que vi­
vimos marcados por muchas dificultades en el campo de la pastoral
vocacional y de la formación
de los seminaristas.
»Muchas son las causas de esas dificultades,. pero no cabe.duda
que destaca entte ellas el espíritu del tiempo que es contrario al
espíritu de Dios. (Angelus,
25 ficación de
los mártites de Barbastro ),
Este juicio de Juan Pablo II es una .muestta de la continuiclad
esencial del Magisterio de la Iglesia. Con el fin de poder consta­
tar ampliamente esta continuidad, citaremos algunos textos del
Magisterio que hagan referencia a los tres aspectos a que se refería
Pío
IX en el Sylabus: el progreso, el liberalismo y la civilización
moderna.
Los citaremos cronológicamente.
»Lo que en filosofía pretenden
los racionalistas o naturalistas,
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LA IGLESIA Y LA CIVILIZACION MODERNA
eso mismo pretenden en la moral y en la política los fautores del
Liberalismo,
los cuales no .hacen sino aplicar a las costumbres
acciones de la vida
los principios sentados por los partidarios del
naturalismo. Ahora bien; lo principal de
todo el naturalismo es
la soberanía de la razón humana, que negando a la divina y eterna
la obediencia debida y declarándose a sí misma sui ¡uris se hace
así propia sumo principio, y fuente, y juez de la verdad. Así los
sectarios del Liberalismo, pretenden que en el ejercicio de
la vida
ninguna
J?Otestad divina hay que obedecer, sino que cada uno es
ley para si, de donde nace esa moral que llaman independiente,
que apartando
la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la obser­
vancia de los preceptos divinos, suele
conceder al hombre una
licenica sin limites. (Le6n
XIII, Libertas).
»Las opiniones del liberalismo, aterradoras por su misma mons­
truosidad y que abiertamente repugnan a la verdad y son causa
de gravisimos males
(Libertas).
»Los fautores del liberalismo. que dan al Estado un poder
desp6tico y sin
limites y pregonan que hemos de vivir sin tener
para nada en cuenta a Dios. Rechazado el señorío de Dios en
el
hombre y en la sociedad es consiguiente que no hay públicamente
religi6n alguna, y
se seguirá mayocr incuria en todo lo que se re­
fiere a la teligi6n. Y asimismo, armada la multitud con la creencia
de su propia soberanía,
se precipitará fácilmente a promover tur­
bulencias y sediciones ; quitados los frenos del deber y de la con­
ciencia, s6lo · quedará la fuerza, que nunca es bastante para conte­
ner por
sí sola los apetitos de las muchedumbres (Libertas).
»Hablaban de progreso, cuando retrocedían,.de elevaci6n, cuan­
do se degradaban, de ascensi6n a la madurez cuando se esclaviza­
ban ; no percibían la vanidad del esfuerzo humano para sustituir
la ley de Cristo por algo que le iguale ; se infautaron en sus pen­
samientos (Rom., I, 21) (Summi pontificatus Pío XII).
»La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en
el intento de establecer un orden temporal s6lido y provechoso,
sin apoyarlo en su fundamento indispensable
o, lo que es lo mis­
mo, prescindiendo· de Dios: y querer exaltar la grandeza del hom­
bre cegando la fuente que
lo· nutre, esto es, obstaculizando y, si
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fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma a I;>ios.
Los acontecimientos de nuestra .época, sin embargo, que han eo:r­
tado en flor la esperanzas de muchos y arrancado las lágrimas a
no pocos, confirman la verdad de la Escritura:
Si el Señor no
edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen
(Sal, 127)
(Juan
XXIII, Mater et Magistra).
»Concilio Vaticano II: Constitución sobre la Iglesia, Lumen
Gentium,
número 36: "Porque así como debe reconocer que la
ciudad terrena, vinculada justamente a las preocupaciones tempo­
rales, se rige por principios propios, con la misma razón hay que
rechazar la infausta doctrina
que intenta edificar la sociedad pres,
cindiendo en absoluto de la religión o destruye la libertad religiosa
de los ciudadanos".
»Muchedumbres cada vez
más numerosas se alejan práctica­
mente de
la religión. La negación de Dios, o de la religión no
constituyen, como en épocas pasadas, un .hecho insólito e indivi­
dual; hoy día, en efecto, se presentan no rara vez como exigencia
del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo. En
mu­
chas regiones esa negación se encuentra expresada no sólo en ni­
veles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el
arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y
de
la misma legislación civil. Es lo que explica la perturbación de
muchos (núm. 7, Gaudium et spes ).
»Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena
liberación de la humanidad y abrigan
al convencimiento de que
el futuro reino del hombre sobre
la tierra saciará plenamente todos
sus deseos (núm.
10).
»Cree la Iglesia que Cristo muerto y resucitado por todos, da
al hombre su luz
y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que
pueda responder a su máxima vocación
y que no ha sido dado bajo
el cielo a
la humanidad otro n-0mbre en el que sea necesario sal­
varse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la
historia humana se hallan en su Señor y su Maestro (núm. 10).
»Muchos son los que hoy día
se desentienden del todo de esta
íntima unión vital del hombre con Dios o la niegan de forma
ex.
plícita. Este ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nues,
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LA IGLESIA Y LA. CIVILIZACION MODERNA.
tro tiempo. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecargo de apego a
la tierta, puede dificultar en grado
notable el
acceso del hombre a Dios, número 19. Con frecuencia,
el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual,
dejando ahora otras causas lleva el afán de autonomía humana
hasta negar toda dependencia del hombre respecto a Dios. Los
que profesan este ateísmo afirman que
la esencia de la· libertad
consiste en que el hombre
es fin en sí mismo, el ónico artífice y
creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, segón
ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por
lo menos tal afirmación
de Dios es completamente superflua. El
sentido del poder que el progreso técnico da al hombre pueda
favorecer esta doctrina. Entre las
fomias del ateísmo moderno
debe mencionarse la que pone
la liberación humana del hombre
principalmente en
su liberación económica y social. Pretende este
ateísmo que
la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo
para esta liberación, porque
al orientar el espíritu humano hacia
una vida futura ilusoria, apartaría del esfuerzo por levantar la
ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina
logran alcanzar el
dominio político del Estado, atacan violenta·
mente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia
educativa, con el uso de
todos los medios de presión que tiene a
su alcance el poder público (núm. 8).
»Finalmente, Juan Pablo
II: "Hoy se tiende a afirmar que el
agnosticismo y el relativismo'escéptico son
la filosofía y a la acti­
tud fundamental correspondientes
. a las formas políticas democrá:
ticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se
adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista
democrático, al no aceptar que
la verdad sea determinada por la
maydría variable según los diversos equilibrios políticos ... Unas
democracias sin valores
se convierte con facilidad en un totalitaris­
mo visible o encubierto, como demuestra la lústoria" (Juan Pa­
blo II, Centesimus annus).
»Afirmar que la conducción de "lo que es de Dios" pertenece
a la comunidad religiosa y no
al Estado, significa establecer un
saludable limite al
poder, de los hombres. Y este límite es el t 905
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rreno de la conciencia, de la«últimas cosas", del definitivo signi­
ficado de la existencia, de la apertura del absoluto, de la tensión
que lleva a la perfección nunca alcanzada
... Todas las corrientes
de pensamiento de nuestro viejo continente deberán de conside­
rar a qué negras perspectivas podría conducir la exclusión de Dios
de
la vida pública, de Dios como último juez de la ética y supremo
garante contra todos los abusos de poder ejercidd por el hombre
sobre
el hombre, (Discurso de Juan Pablo II durante su visita al
Parlamento europeo en Estrasburgo, ll-X-1988).
»Esta continuidad tan marúfestada en los textos pontificios y
conciliares citados, no nos puede hacer ignorar ciertos cambios de
actitu.d que a partir del Concilio Vaticano II la Iglesia repetida­
mente ha querido subrayar. Se trata
no de cuestiones. de conte­
nido, sino del modo en que se presenta el mensaje evangélico
ante el mundo
moderno. Ejemplo de ello son las palabras de
Juan
XXIII al inaugurar el Concilio Vaticano II el 11 de octubre
de 1962:
»En nuestro tiempo, sin embargo, la esposa de Cristo prefiere
usar
de' la medicina de la· misericordia más que la de la severi­
dad
... Estando así las cosas, la Iglesia Católica, al elevar la ans
tdrcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse amable de todos,
benigna, paciente,
llena de misericordia y de bondad para con los
hijos separados de
ella».
De forma semejante se expresaba Pablo VI en el discurso de
clausura del Concilio el 7 de diciembre de 1965, después de
afir­
mar que el mundo actual a la religión del Dios que se ha hecho
hombre ha opuesto la religión
del hombre que se ha hecho Dios,
reitera la actitud de misericordia hacia una humanidad desorien­
tada: «Es menester
recordar el tiempo en que se ha llevado a cabo
un· tiempo que cualquiera reconocerá como orientado a la conquis­
ta de la tierra
más bien que al reind de los cielos ; un tiempo en
que
el olvido de Dios se hace habitual y parece, sin raz6n, suge­
rido por el progreso científico; un tiempo en el que el acto fun­
damental de
la personalidad humana, más consciente de sí y de
su· libertad, tiende a pronunciarse en favor de la propia autonomía
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LA IGLESIA Y LA CIVILIZACION MODERNA
absoluta, desatándose de toda ley trascendente; un tiempo en el
que el laicismo aparece como la consecuencia legíiima del
pensa'
miento moderno y las más alta filosofía de la ordenación temporal
de la sociedad; un· tiempo, además, en el cual las e,¡;presiones del
espíritu alcanzan cumbres de irracionalidad
y de desolación; un
tiempo, finalmente, que registra aun en
las grandes religiones ét­
nicas
del mundo, perturbaciones y ,decadencia jamás antes e,¡;peri­
mentadas ... La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha
encontrado con la
religión ~por que. tal es-del hombre que se
hace Dios. Qué ha sucedido, ¿un choque, una lucha, una
conde­
nación? Podría haberse dado, pero no se produjo. La antigua his­
toria del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del con­
cilio».
La insistencia en la necesidad de recordar al mundo contem­
poráneo· el catácter esencialmente misericordioso
del anuncio evan­
gélico, es un signo de la profunda enfermedad que aqueja a nues­
tro
mundo. Una sociedad que proclama orgullosamente que no
necesita de Dios, o que la misma existencia de Dios constituye
el
principal obstáculo que el hombre debe superat pata poder. afir­
mat el valor del hombre.
Se niega la existencia del pecado, como
señalaba Donoso Cortés, para poder justificai: la perdida del sen­
tido del
pecado, aunque, como consecuencia, tenga que sufrir lo
que Kierkegatdad ha denominado lá enfermedad .mortal, del hom­
bre pecador que no busca ser perdonado y desespera por no poderlo
ser. Un hombre que desconoce al Dios de la
misericordia y del
perdón, pero que
al mismo tiempo parece que no soporta que se
le
hable de la necesidad de misericordia y de perdón. T endria que
reconocer
que s'us ansia de autonomía le han llevado a la situación
actual de enfertnedad mortal.
A este hombre aquejado de esta en­
fermedad de la
Iglesiá Ie habla del mensaje de Amor Misericordioso
y le recuerda que su Señor y Dios
es el Dios de la Misericordia,
que lo ha redimido haciéndose hombre y lo ha hecho capaz de
obras de. salvación:
La
encíclica de· Juan Pablo II, Vives in Misericordia, es la
expresión actual
de esta actitud. Veamos algunos fragmentos más
característicos.
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JOSE MARIA· -ALSINA ROCA
«La misericordia -tal como Cristo nos la ha presentado en
la parábola del hijo pródigcr-tiene la forma interior del amor,
que en el nuevo testamento
se llama ágape. Tal amor es .capaz de
inclinarse hacia todo
hijo. pródigo, toda miseria humana y singu­
larmente hacia toda miseria
moral o pecado (núm. 40).
»La Iglesia -profesando la misericordia y permaneciendo
siempre fiel
· a ella~ tiene el derecho y el deber de recurrir a la
misericordia de Dios, implorándola frente a todos los
fen6menos
que pesan sobre el entero hotizonte de la vida de la humanidad
contemporánea (núm. 78).
»Precisamente porque
existe pecado en el mundo, al que "Dios
amó tanto ... que 1e dio su Hijo unigénito", Dios que es ~·amor",
no puede revelarse de otro mundo si no es como misericordia.
Esta
se corresponde no sóld .con la verdad más profunda de ese
amor que
es Dios, sino también con la verdad interior del hom­
bre
y del mundo que es su patria temporal (núm. 81).
»La Iglesia contemporánea
es altamente consciente de que
únicamente sobre
la base de la misericotdia de Dios podtá hacer
realidad
los cometidos que brotan de la doctrina del Concilio Va­
ticano II (núm. 86).
»Por esto, la Iglesia debe considerar como uno de
sus debe­
res principales
~ cada etapa de la historia y especialmente en
la edad
contemporánea-el de proclamar e introducir en la vida
el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo
Jesús (núm. 95).
»La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido del sig­
nificado mismo de la palabra "misericordia", sucumbiendo a la
secularización ; cuanto más se distancia del misterio de la miseri­
cordia alejándose de Dios, tanto
más la Iglesia tiene el derecho y
el deber de recurrir al Dios de la misericordia "con poderosos cla­
mores" (núm. 100).
»La mentalidad contemporánea, quizá en mayor medida que
la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericor0
día y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón
humano
la idea misma de la misericordia, La palabra y el concepto
de "misericordia"
parecen producir una cierta desazón en el hom-
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LA IGLESIA. Y LA CIVILIZACl(JN MO~ERNA
bre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de
la técnica,
como nunca fueron conocidos antes en la historia, se
ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pa­
sado. Tal dominio sobrefa tierra, entendido tal vez unilateral y
superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia
núme•
ro
8. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios, "Padre de
la misericordia" constituye, en el contexto de las actuales amena­
zas contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la
Iglesia (núm.
9 ).
»... vibrante llamada de la Iglesia a la misericordia de la que
el hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta necesidad. Y
tienen tanta necesidad, aunque con frecuencia no lo sabeo (nú­
mero 12).
»En este contexto me parece oportuno recordar el sentido
providencial que ha tenido la reciente canonización del gran após­
tol del Cotazón de Jesús, Claudio de la Colombiere. El fue el que
discernió el carácter sobrenatural de las revelaciones del Corazón
de Jesús a Santa Margatita en Paray le Monial. De nuevo
la Igle­
sia y de forma solemnísima ha anunciado el mensaje de Paray,
como el único remedio para nuestro mundo. En la ceremonia de
canonización Juan Pablo II así lo proclamaba:
»Se clifunclirá una concepción impersonal de Dios,; el hombre
apartándose del encuentro personal
de Cristo y de sus fuentes
de gracia, querrá ser el único señor de
su historia y darse a sí mis­
mo ley, hasta el punto de mostrar su falta de piedad con tal de
hacer realidad
sus ambiciones. El mensaje de Paray, accesible a
los
humildes como a los grandes de este mundo, responde a estos
extravíos aclarando la relación del hombre con Dios y del hombre
con
el mundo mediaote la luz que viene del Corazón de Dios»
(Homilia de Jc,an Pablo II durante la misa de caoonización del
beato Claudio de
la Colombiere, el 31 de mayo de 1992).
En un mundo extraviado y al mismo tiempo desesperaozado
hay que recordarle Id que dijo León XIII: el Corazón de Jesús
es la nueva señal que Dios ha puesto aote
la mirada del hombre
contemporáneo como aouncio de esperanza y de salvación.
Las
revelaciones de Paray son una llamada a la confianza, resuenan
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JOSB MARIA ALSINA ROCA
las palabras de San Pablo: «Donde abundó el pecado sobreabundó
la gracia,;. De esta confianza en el Amor Misericordioso se alimen­
ta nuestra esperanza y tiene: que inspirar-nuestra perseverante
oración como urgente· petición a Dios para que pronto se haga
realidad la promesa del Paray le Monial:
Reinaré a pesar de mis
enemigos.
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