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Número 307-308

Serie XXXI

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La hegemonía liberal

LA HEGEMONIA LIBERAL
POR
MIGUEL Aruso
l. Justüicación.
Si se me permite la licencia, diré que, como en el uso taber­
nario se omite la expresión «la última», sustituida por la «la penúl­
tima» --siempre referidas a la
bebida~, del mismo modo, para
tratar de los libros de nuestro admirado amigo el profesor Thomas
Molnar, es preferible hablar del «penúltimo», tal
es la celeridad
con que
se suceden.
Pues bien, a
lo que sé, la penúltima obra del proresor hún­
garo naturalizado norteamericano, perd nunca «americanizado»,
es la que lleva por título L'hégémonie libérale (1), aparecida en
este año de 1992
y en la que una vez más vuelven a acreditarse
las condiciones que
han hecho de Molnar uno de los analistas más
agudos del discurrir del pensamiento moderno en este fin de si­
glo. Por ello, y aunque su. personalidad intelectual es sobrada­
mente conocida de nuestros lectores, pues no en vano desde hace
muchos años
es uno de los colaboradores _ más importantes de
V erho, quizás no esté de más recordar algunos de los hitos de su
ejecutoria antes ele comentar el contenido de la que lleva el títu­
lo que hemos puesto a esta nota.
2. Un "ensayista" nO "americaitizado".
Molnar forma parte de ese amplio grupo de intelectuales
europeos que,
coh ocasión de las varias crisis que han sacudido
(1) Cfr. THOMAS Mol.NAO, L'hégémonie libérale, Lausana, 1992.
Verbo, núm. 307-308 (1992), 841-855 841
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el continente desde los años treinta, emigraron a los Estados Uni­
dos, continuando
en el nuevo coloso su producción. Nuestro autor,
nacido
en 1921 en Budapest, y formado en Rumania y Bélgica
-además de en su país natal-, marcha a América en 1949,
donde
ha vividd hasta que el derrumbe del «socialismo real» en
Hungría le
ha permitido regresar, de modo que actualmente pro­
fesa
un semestre en la City University of New York y otro en la
Universidad de Budapest. Sin embargo, y al contrario de muchos
compañeros
de exilio, no ha sido ganado por la mentalidad del
país que lo ha acogido; y cuando este país es nada menos que
los Estados Unidos,
líder mundial durante todo el período a que
se contrae la etapa americana de Molnar, esa no «americaniza­
ción» necesariamente viene acompañada de un rechazo a la ideo­
logía triunfante y de la que los Estados Unidos se hicieron expor­
tadores. Molnar, en primer lugar, parece sentirse aprisionado
por
el corsé del cdnformismo americano. Mi gran amigo el profesor
Frederick Wilhelmsen, que también lo
es de Molnar, en alguna
ocasión me
ha hecho un comentario semejante, lo que resulta
difícilmente comprensible desde el prisma psicológico y socioló­
gico que preside
el universo mental de sus compatridtas (2). Pero
es que, además, en segundo lugar, el profesor Molnar
ha padecido
en sus carnes
lo que ha denominado «el calvario de los escritores
exiliados» en
un texto muy expresivd, referido principalmente a
quienes se dedican a la creación literaria, pero que
no puede por
menos que poseer alguna tecla autobiográfica
(3 ).
La obra de nuestro autor se ha situado en ese género de en­
sayo filosófico y de intepretación histórica
en el que es tan fácil
tener éxitos
efímeros como difícil perseverar en el acierto. Es
verdad que muchos
schol'1rs pueden mirar con cierta displicencia
el tipo
de escrito característico de Tbomas Molnar, pero no lo es
menos que todas y cada
una de las piezas salidas de su telar mues­
tran
un acervo cultural impresionante al tiempo que reflejan un
(2) Cfr. In., «La Sociedad "Philadelphia"», Ra%6n Española (Madrid),
núm. 14 (1985), págs. 357-361.
(3) Cfr. In., «El calvario de los escritores exiliados», Verbo (Madrid),
núm. 233-234 (1985), págs. 475479.
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background poderoso. Y es que, en ocasiones -más a menudo
de
lo que pudiera creerse--, la señal del pensamiento auténtico
se escapa por entre
el tecnicismo del sistema para acogerse a la
hospitalidad del estilo libre y suelto. Cuando, y
es el caso del
prdfesor Molnar, los

problemas de variada índole ( teológicos, filo­
sóficos, políticos, sociológicos, psicológicos, artísticos, literarios,
etcétera) se engarzan
con la naturalidad con que fluyen de su
pluma, este tipo de ensayo alcanza su
más alto nivel al tiempo que
su sentido
más genuino. La prosa de Molnar, tanto en inglés
como en francés, idiomas en los que escribe -directamente sus
libros y artículos, alcanza un
atractivo singular. No tiene esa fa­
cilidad discursiva de los franceses ni el conceptismo de los ingle­
ses, pero mezcla de algún modo ambas cualidades con un
estilo
en extremo sugerente. Podría afitmarse que es un autor que «dice
mucho
más de lo que dice».
3. La herejía del utopismo y las ideologías.
En la plutiforme realidad contemporánea, que tan agudamen­
te, como
ha quedado dicho, viene describiendo el profesor Mol­
nar, destaca como dato preminente la presencia de la utopía y la
ideología, consideradas de algún modo como sinónimas. Suya es
la caractetización de la utopía como «perenne herejía», que en
nuestros días habría adquirido un protagonismo y extensión antes
desusados. Así,
respecto de la primera parte de la proposición, ha
escrito: «El utopismo
es un sistema de pensamiento, una filoso­
fía, con bien establecidos conceptos acerca de Dios, del hombre,
de
la naturaleza y de la comunidad. La historia del pensamiento
utopista, presente en las herejías religiosas, en varias
doctrinas
gnósticas, en el marxismo, en el evolucionismo idealista y en otras
corrientes por el estilo, prueba que· es un tipo de pensamiento
perennemente
entrdncado en toda meditación acerca de esos temas
y tan imposible de extirpar como la filosofía realista misma. Por
tratarse de una doctrina recurrente, los ropajes dentro de los cua­
les se ha presentado han demostrado una variedad proteica, si
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bien todas esas variaciones han obedecido a un molde único» ( 4 ).
Sin embargo, ha sido la edad contemporánea la que ha conocido
ejemplarmente
el aspecto realmente terrorífico del utopismo, se­
gún el cual no existe un más allá, pues el hombre ha arribado a
un estadd
de detención, «con cada uno de sus deseos satisfechos,
con
cada uno de sus instintos domesticado, con cada ambición
colectimada». En el mismo, «ya no quedan allí pruebas ni ganas
para pensar, para explorar nuevas posibilidades, de
articular que­
jas
como trampolín hacia algo no catalogado». Por eso, la utopía
representa, entonces, «la inmovilización súbita, la congelación
final de la humanidad en
un momento dado elegido arbitraria­
mente»
(5).
4. La utopía de la izquierda.
Queda claro, pues, que
la encarnación de esta pretensión de
naturaleza
utópico-ideológica no, es ~elusiva del matxismd. Cuan­
do una buena parte de los intelectuales reputados «conservado­
res», en América y en Europa, limitaban
su punto de mira a la
denuncia de aquél, a la percepción de nuestro autor no escapaban
ni los
lazos intelectuales que unían el gnosticismd marxista al
liberalismo occidental
ni la debilidad endémica de este último. En
sus estudios sobre la encrucijada de la izquierda -de 1970-,
constata que la izquierda política en el poder es rechazada, don­
dequiera que sea, por
su ultraizquierda, encontrándose prisionera
de una clase intelectual enemiga de
Id concreto y que considera
la utopía como solución final (6). Este «impasse»
-decía-es,
ante todo, teórico, pues el fracaso de la izquierda se debe más a
su horror ante el statu qua que a una incapacidad para gobernar.
(4) In., Utopía the Perrennial Heresy, Nueva York, 1967. Cito por la
versión castellana, Buenos Aires, 1970, pág. 240.
(5) ID., op. últ. cit., pág. 237.
(6) e&. JBANMMARIE DoMENACH y THOMAS MDLNAR, «L'impasse de
la gauche», Esprit (París), julio-agosto de 1969. Hay edición castellana bajo
el titulo La izquierda en la encruciiada, Madrid, 1970.
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Así, «la izquierda hace todo lo que puede para minar las institu­
ciones y las
fonnas sociales existentes, con vistas a hacet coinci­
dir las instituciones y las fonnas futuras con la idea que de ellas
tiene; pero cuando el futuro toma forma,
se consolida y comienza
a existir sobre sus propias bases,
en una palabra, se convierte
también en
situación, la izquierda pone en cuestión estas bases,
las considera como una especie de coagulación nociva de lo que,
según ella, debería
permanecer siempre «fluido» (7).
5. ¿Hacia un tercer modelo? El "socialismo sin rostro".
En ese mismo contexto, Molnar, atento siempre a las tenden­
cias y líneas de fuerza que muestran los acontecimientos, iba a
vérselas -en 1976-con el descrédito de las dos gn,ndes idee,
logías mundiales. Adviene en el prólogo que, en su intención, no
hay deseo alguno de pontificar sobre «el fin de las ideologías»,
sino que tan sólo
trata de resumir ciertas observaciones que for­
man «una historia del presente».
El punto de partida brota de la
ruina de presupuestos tales como democracia, liberalismo, capita­
lismo, comunismo, orden constitucional, parlamento, pluralismo,
partido político, burguesía, prolerariado, lucha de clases, etc.
La
idea a la sazón dominante, ante esta crisis sólo disimulada por
la ubiquidad
agresiva de los medios de comunicación -entre los
que cuenta
la Universidad y las editoriales-, era que el futuro
habría de desenvolverse según las líneas liberal-democrática y mar­
xista, o mejor,
entre estas dos grandes líneas de pensamiento,
que
--según los profesores de ciencia política y los políticos­
se verían obligados a converger.
Frente a esta descripción, en la busca del llamado
«tercer mo­
delo», nuestro autor sostiene que el mundo no evoluciona hacia
la convergencia de los sistemas liberal-democrático y marxista, es
decir, hacia un «socialismo de rostro humano», sino hacia la
mo­
nolitización del Estado, cuyos componentes son el Ejército, un
(7) THoMAS MOLNAR, La gauche vue d'en /ace, París, 1970. Cito por
la versión española, Madrid, 1973, pág. 27.
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nacionalismo celoso y un socialismo sin teoría precisa e, incluso,
sin ideología. De ahí que
lo bautice como «socialismo sin rostro».
Con independencia del Estado tentacular, denunciado por activa
y por pasiva en el momento en que Molnar da a la estampa su
obra,
y compatible con el núsmo, descubre nuestro autor el mal
político en el debilitamiento del Estado y de las instirnciones
ocasionado
por el liberalismo. Por donde se llega al embargo de
los Estados democráticos
por los grupos de presión --«el asalto
de las feudalidades»
lo denonúna bien expresivamente-, en un
proceso paralelo al que se observa en los
regímenes comunistas,
donde
el Estado es cautivo de un partido y de una clase política.
El «tercer modelo», pues, se vislumbra para el profesor húngaro
en la tendencia hacia un régimen autoritario-buroctático-monolí­
tico, y no oculta su alto coste: retroceso económico, casi desapa­
rición de la sociedad civil, Estado desvertebrado, etc. Finalmente,
aun cuando
el truinfo de tal modelo sea pura conjetura, un con­
junto de síntomas abonan cuando menos el diagnóstico: instirn­
ciones liquidadas, feudalidades campantes, sociedad homogeneiza­
da, etc. (8).
6. Los Estados Unidos, nueva utopía. El "modelo desfigu­
rado".
En esta serie de sugestivos cuadros sobre la evolución de las
ideas políticas y las ideologías, tiene especial interés el que -a
fines de los setenta-dedic6 a los Estados Unidos. Tomando
como referencia las observaciones que Alexis de Tocqueville
ex­
puso en su libro de 1830 De la démocratie en Amérique, compara
el modelo democrático de entonces con el que la acrnal evolución
presenta
ahora. En la conclusión recuerda Molnar que, cuando
Tocqueville contempló la realidad
norteamericana; ésta constirnia
un caso asombroso de
éxito, objeto de imitación. Cuando escribe
(8) Or. In., Le socialism.e··Sans visage, París, 1976. Hay edición caste­
llana, Madrid, 1979, passim. Cfr. la recensión de Angel Maestro en Verbo
(Madrid), núm. 183-184 (1980), págs, 517-524.
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nuestro autor la perspectiva es otra, y al lado del éxito económico
y del espectáculo permanente del gigantismo
parece como si el
modelo de sociedad hubiera desaparecido. Por eso, casi siglo y
medid después,
y a pesar de la estabilidad aparente de las institu­
ciones, la situación es esencialmente diferente, diferencia que no
debe ser interpretada en términos de que nunca las
cosas huma­
nas pueden petrificarse, sino más bien como el desgaste del
mode­
lo liberal-democrático-socialista. Por donde engarza . con el tema
ya visto del repliegue y del retroceso del Occidente y de los Es­
tados .Unidos.
Tras repasar el cuadro político (el
melting-pot, los grupos de
presión, las relaciones del presidente con el Congreso y los parti­
dos políticos), el cuadrd cultural ( élites, cultura, medios de infot­
mación e ideología norteamericana) y el papel planetario de los
Estados Unidos, sus palabras, demoledoras, terminan con este
avi­
so: «Lo que es grave, es que en ese estruendo y ese tumulto
habituales
no se distingue el rumor inquietante de la descompo­
sición social. En el paisaje uniforme
de la sociedad estadounidense,
en esa nivelación sin élite, no hay autoridad,
política o espiritual,
que sirva de conciencia a la nación y
la advierta de los peligros
que corre. Todos hablan con
la misma voz; todos tienen razón o
se equivocan. Se necesitaría un nuevo Tocqueville que hiciera
escuchar una
voz lejana pero valiente y elata. Un Tocqueville
surgido en el seno mismo
de los Estados Unidos, indicándoles la
vía del porvenir en el umbral del tercer centenario» ( 9).
7. La criáis de la autoridad~
En la descripción de los males que corroen a los Estados Uni­
dos, y que
se extienden por Occidente y aun por todo el mundo,
(9) ID., Le modele défiguré. L'Amérique de Tocqueville a Carter, París,
1978.
Hay edición castellana, México, 1980, pág. 278. Muy interesante es
la extensa información bibliográfica que del mismo publicó Juan V allet de
Goytisolo en
Verbo (Madrid), núm. 179-180 (1979), págs. 1.323-1.340. Cfr.
también la recensi6n de Anwil Maestro .en Razón Española (Madrid), núm.
21 (1987), págs. 125-127.
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merced a la americanización que padecen, tenemos la consecuencia
de profundos desórdenes teológicos,
filosóficos y morales._ Nuestro
autor
se ha distinguido muy especialmente, en este sentido, de­
nunciándolos.
En un libro también de fines de los setenta, y con­
sagrado a la crisis de la autoridad, observa que asistimos por
doquier a un ataque frontal
y sin tregua contra la autoridad y en
todas sus formas: en la familia, en la escuela, en los tribunales,
en el ejército, en
la Iglesia, en el ru:nbito general de la sociedad
civil
y política. De este modo -es su tesis-, en nombre de una
libertad mitificada
y de una democratización sin límites, se soca­
van los cimientos mismos de la convivencia civilizada. En esta
crisis espiritual, de nuevo, las semillas son
las de la ideología y,
en concreto, el propósito de crear «hombres autónomos» para
una «nueva sociedad»: «Lo que se opone a la autoridad es, pues,
un principio artificial que, aunque prescribe también reglas de
cdmportamiento, lo hace desde una "sociedad nueva", desde una
sociedad no racional, que los seres humanos nunca establecerían
por
y para sí y en . la que ninguna de las aspitaciones naturales
del hombre puede ser satisfecha. Por eso la caracteriza una
coer­
ción sin respiro, que sólo podría ceder una vez reducidos los
ciudadands al estado de robots.
La autoridad, en cambio, muestra
su racionalidad
en el hecho de no tener que ser ejercida en todo
momento, porque sus ditectrices coinciden con
lo que el hombre
considera
razonable, y por ello válido y apropiado como norma
de conducta. Esta racionalidad
se pone aún más de relieve en la
gran amplitud de la esfera sobre la que la autoridad no pretende
tener
ningún derecho» ( 10 ).
8. El hifronte hummismo.
El humanismo, incluso en sus versiones católicas, como ex­
presión del secularismo, es tema central de otro de sus libros.
Para situar el problema
en su virtualidad actual, traza las bases
(10) In., Autbority ands ist Enemies, Nueva York, 1976. Cito por la
versión castellana, Madrid, 1977, págs. 204-205.
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filosóficas e históricas del nacimiento y extensión de la ideología
humanista antropocéntrica, en relación con
el pensamiento y la
vida cristianos. La conclusión se eleva tajante: «Para el hombre,
en lo que toca al significado y a las formas de la vida decente,
el humanismo
no es una opción sino el suicidio espiritual y mo­
ral. Confrontarlo con la religión genera una falsa alternativa,
por cuanto nunca
ha existido una sociedad que descansara sobre
los valores "humanístioos", sino
tan sólo la liquidación de una
sociedad, retardada
por los valores cristianos languidecientes. Por
tanto, no hay elección entre religión y humanismo. Resulta fácil
discursear doctamente sobre los varios modelos
de sociedad, oomo
si los planificadores tuvieran frente a
sí un oonjunto de piezas
perdidas para
formar una máquina. Lo que falta es un modelo
que trascienda al hombre
de modo que ningún mecanismo o ideo­
logía pueda imitarlo. Porque, frente a todos los humanismos po­
sibles y su glorificación del hombre, es profundamente ciertd que
[ como dijo Pablo
VI] "el hombre por sí mismo no sabe quién
es.
Le falta el auténtico prototipo de la humanidad. Le falta el
verdadero Hijo
de Dids: modelo viviente para el hombre verda­
dero",
la base del único humanismo auténtico» ( 11 ).
9. La tentación neopagana.
En 1987 es el auge neopagano el que encuentra clarificación
en su pluma.
La humanidad --es la clave de su desarrollo-­
tiene
la necesidad básica de descubrir el significado del mundo.
Necesidad que
no se satisface por el ejercicio de la razón, sino
solamente a través del
mitd y del símbolo que median entre lo
trascendente y lo humano. A pesar de que el mito y el símbdlo
fueron elementos constitutivos de Ia cosmovisión cristiana, fueron
gradualmente rechazados en la medida en que
la Iglesia comenzó
a enfatizar el poder del pensamiento
racidnal. A través del ejer-
(11) In., Christian Humanism. A Critique of the Secular City and its
Ideology, Chicago, 1978, pág. 164. La traducción del texto inglés es mía.
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MIGUBL A. YUSO·
ciclo de la razón, un cristiano «racionalista» puede descubrir al­
gunas verdades, pero la verdad racional nunca es suficiente para
mover
al asentimiento de la fe al Dios redentor. Así, frente a un
cristianismo racionalizado
y desmitologizado, muchos han busca­
do mitos
y símbolos alternativos para comprender el mundo. En
esto consiste la tentación pagana, por lo que el único modo acer­
tado de oponetse a ella debe ser restaurar lo mítico y lo simbólico
en su papel vital para la fe (12).
10. La Iglesia, ante el fin de siglo.
Y casi en nuestros días, en uno de
sus últimos libros, es la
peripecia integral de la Iglesia la que atrae su atención. La Iglesia
peregrina de siglos, acosada
hdy por el mundo no de frente sino
arteramente, por medio de
la modernidad, la revolución y el libe­
ralismo.
Porque la embestida progresista no puede ser ignorada en
sus ribetes más violentos; en cambio, de modo más persistente,
solapado y sutil, se produce la infiltración ---'--que provoca el ablan­
damiento-- de lo secular a través de la cultura de
la época, pe­
netrándolo todo. El argumento central del libro
-según ha ex­
puesto con ejemplar síntesis el profesor Patricio Randle en estas
páginas-es que la separación de la Iglesia y el Estado no libró,
ni
muchd menos, a la Iglesia de sus servidumbres, sino que tan
sólo
sirvió para mudarlas -agravándolas-bajo la égida de la
sociedad civil. Y es que la sociedad civil no sólo ha neutralizado
y marginado la religión cristiana, sino que la ha reemplazado por
una
ideología inmoral y atea que se ha convertido en «cohfesio­
rutl» para la mayor parte de los estados de Occidente: el contrato
civil es lo único
«sacro» en la sociedad civil moderna; sea liberal
o socialista; el mundo, emancipado del invariante orden moral,
se
(12) In., The Pagan Templation, Grand Rapids, 1987. Cfr. la recensión
de
A. Landa en Razón Española (Madrid), núm. 27 (1988), págs. 121-122,
donde critica la segunda parte de la tesis de Molnar, es decir, sin poner
eil duda d auge del neopaganismo, niega que la racionalización del cristia­
nismo a que alude nuestro autor haya tenido influencia.
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adora a sí mismo. Más aún, para los modeladores de la mente
moderna, esta sociedad civil liberal constituye el acto final de la
historia.
Y la Iglesia, a este respecto; todavía no ha hecho una
opción clara: de
ahí la desconcertante ambigüedad, con indepen­
dencia de la rectitud de intención, de tantas proclamas episcopales
y pontificias, y de algunos
textos conciliares. Lo notable en esta
tesitura es que los católicos han llegado a sentirse como miem­
bros independientes y prácticamente ajenos
al mateo magisterial
e institucional de la Iglesia. Y es que la Iglesia, después de haber
perdido los siglos
xvm y xrx, tampoco ha ganado el xx ( 13 ). ·
11. La Europa entre paréntesis.
Son muchos los libros de Mdlnar que hemos orillado en el
modesto y absolutamente desprovisto de pretensiones recottido
anterior. Libros de algún modo enlazados con los que hemos
re­
ferido, tal es la trabazón y la consistencia que en su aparente
inaprehensibilidad tiene
la obra de Thomas Molnar. Así, tendría­
mos que habernos ocupado de ensayos de política exterior como
The Two Faces of American Foreign Policy (14); de filosofía po­
lítica como L'animal politique (15) o Twin Powers. Politics and
the
Sacred ( 16); de filosofía pura como God and Knowledge of
Reality (17), etc. O haber espigado sus abundantes colaboraciones
en un número impresionante de revistas de todo el mundo
-de
(13) In., The Church Pilgrim of Centuries, Grand Rapids, 1990. Cfr. la
recensi6n de Patricio H. Randle en Verbo (Madrid), núm. 303-304 (1992),
págs. 460-476. En relación con este tema podemos citar, también de nuestro
autor, su contribución «Toe Church at Century's End», Modern Age (Bryn
Mawr), verano de 1990, págs. 169-175, y su libro conjunto con A'LAIN DE
BENOIST, L'eclipse du sacré, París, 1986. En Razón Española (Madrid),
núm. 30 (1988), págs. 126-127 hay una inteligente recensi6n, obra de
J. L. Núñez, de este libro en el que sus dos autóres debaten duramente.
(14) In., The Two Faces of American Foreign Policy, Nueva York, 1962.
(15) In.,
L'animal politique, Par!s, 1974.
(16) In., Twin Powers. Politics and the Sacred, Michigan, 1988.
(17) In.,
God and Knowledge of Reality, Nueva York, 1973.
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las que quizá el redactdr de esta nota sólo conoce una pequeña
parte, en todo caso significativa de por sí-, o por lo menos las
que han visto la luz
en Verbo ( en los últimos años traducidas por
mí), etc. Sin embargo, entiendo que no será preciso sino dedicar
unas líneas a los que creo sus «penúltimos» libros
-según la
pequeña broma con que me
petmiúa comenzar estas líneas-, y
un colofón que se las verá con otro más antigud que deliberada­
mente he dejado para el final.
En un reciente sobrevuelo de la coyuntura europea ha acerta­
do a captar lo que viene a resultar -en definitiva-la puesta
entre paréntesis
de Europa. Según su explicación, notablemente
precisa, sólo
tras los últimos cambios del panorama europeo ----<:on
el avance hacia su unidad, la reunificación alemana, la liberación
de Europa
central y la diáspora del Imperio soviético--- alcanzan
verdadera
significación los cuarenta y cinco años de posguerra. En
el este de Europa, los viejos pueblos cristianos tuvieron que su­
frir la ocupación bárbara del Ejército soviético. Nada comparable
ocurrió en el deste, si bien se impuso la ideología de los vence­
dores:
el liberalismo «made in U.S.A.». Ninguno de los modelos,
sin embargo, corresponde
al genio y a las tradiciones europeas;
y así, al quedar periclitada la fórmula del este, abandonar las
raíces de nuestra identidad para intentar ser un segundo Estados
Unidos, una imitación,
no puede ser sino infecundo. Su viejo
desajuste con la ideología
americana, en expansión en el mismo
momento en que el
país que la creó parece descoyuntarse, no le
lleva, pues, a un ingenuo europeísmo, sino que -por el contra~
rio-encuentra en éste la huella de aquélla (18).
12. De la "americanología" a la hegemonía liberal.
Prosiguiendo las anteriores reflexiones, viene a explicar sobria­
mente
1as razones del desequilibrio . presente entre las fuerzas
civilizadoras, suministrándonos las
hetramientas para reaccionar
(18) In., L'Europe entre parentbeses, París, 1990.
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de modo sensato contta el disimulado totalitarismo que nos sofoca
hoy (19). Así, ha explicado que la tríada institucional constitutiva
de la civilización occidental
-Estado, Iglesia y sociedad civil­
sufre una degradación profunda. El Estado no es sino un insttu­
mento de gestión en manos de los
lobbies, y su democracia desen­
carnada pero obligatoria disimula un modo de gobierno cada vez
más opaco. En cuanto a la Iglesia -considerada como sociedad-,
es un grupo de presión entre otros, que ofrece un producto espi­
ritual
en el mercado mundial de los valores. En este universo
homogeneizado, sometido por entero a las leyes mercantiles dicta­
das por la sociedad civil reinante, la tolerancia pregonada no es
sino la imposición de
.un consenso en el que todas ias opiniones
valen y
se anulan a un tiempo. La vida intelectual y espiritual,
en consecuencia, se empobrecen, dando
.lugar a una tiranía de los
medios de comunicación
crecientemente embrutecedora y

a diver­
siones cada
vez más vulgares. Esta nivelación universal -<0onclu­
ye-resulta también progresivamente más difícil de combatir en
cuanto que viene disfrazada de progreso y justificada
por las le­
yes «objetivas» del liberalismo (20).
13.
El combate contra la revolución.
El ensayo de Molnar que intencionadamente -lo acabo de
decir-,-he dejado para el final es el que se enfrenta con el pro­
blema de la revolución y la contrarrevolución. Libro extraordina­
riamente sugestivo
y lleno de calas en problemas hondísimos
aunque carente de
la nitidez que obras como la del brasileño
Correa de Oliveira han alcanzado en
el desenvolvimiento del tó­
pico. Nuestro autor toma como consideración inicial el hecho de
que
es fácihnente demostrable que el contenido ideológico de la
contrarrevolución, su concepto de
la sociedad, del gobierno y de
las leyes, no es mends rico que el que las doctrinas ,revoluciOila­
rias portan. Sin embargo, durante los dos últimos siglos, las doc-
(19) In., L'Américanologie,. Lausaha, 1991.
(20) fo., L'hégémonie libérale, cit., passim.
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MIGUEL A YUSO
trinas opuestas al hecho revolucionario no han conseguido ni la
misma audiencia
ni igual penetración que aquéllas. Indagar las
causas de este «fracaso» es el objeto de su obra, convertida en
un palenque formidable
de defensa de la contrarrevolución al
tiempo que en una juiciosa reflexión de las debilidades, sobre
todo estratégicas, que suele llevar consigo. En la última página
estampa un juicio
tremendamente pesimista, buen reflejo de cómo
ha concebido su propio ejercicio intelectual y dentro de qué lími­
tes
lo ha circunscrito: «( ... ) No hay epílogo para esta historia.
Esta no ha terminado
todavía; aunque triunfe la revolución, no
podrá edificar un orden durable, ya que de sus turbias entrañas
sólo puede nacer un estado de permanente desorden, en el que
las distintas situaciones se sucederán a un ritmo desenfrenado,
porque la revolución está destinada a
romper cualquier orden,
incluso el que ella establezca momentáneamente. Un régimen
re­
volucionario sólo puede mantenerse si una clase que se beneficia
de
él lo dirige con férrea mano. Por esta razón una victoria revo­
lucionaria
entraña un terrible estancamiento. Por el contrario, si
la revolución no consigue triuttfar; ·se convierte en un factor de
destrucción en una sociedad no revolucionaria, mina sus bases y
la mantiene en un estado de
terror. La tarea de los contrarrevo­
lucionarios consiste en
defender los principios que mantienen la
sociedad en la estabilidad y en el orden.
No se ttata de una tarea
espectacular, ya que la lucha contrarrevolucionaria no puede
te­
ner una victoria final, ni éxitos en el foro público. Sus victorias
son las satisfacciones del corazón y del espíritu.
Se ttata de una
tarea sin final,
de una carga cotidiana. Y as!, d!a tras día, debe­
mos
ir cumpliéndola con inagotable perseverancia» (21).
14. Coda.
Excusada la longitud de la cita en atención a su concisión e
interés, sólo queda recordar la semejanza
de este juicio con el
(21) ID.,, The Counter Revolution, Nueva York, 1969. Hay versión
castellana, Madrid, 1975, pág. 171, por la· que citci.
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LA HEGEMONIA LIBERAL
que el Donoso Cortés «converso», es decir, el Donoso Cortés in­
mortal, estampó expresando su convicción en el triunfo natural
del mal sobre el bien en este mundo.
Oaro está que la discusión,
tal cual, de este juicio, habría de conducirnos derechamente,
se­
gún se encargó el mismo genial extremeño de recordar, a las atala­
yas de la teología. Pero quizás desde las mismas, en la consoladora
interpretación del «reino de
Gris.to» difundida por el padre Ra­
miere en el siglo pasado y en el que corre por el padre Orlandis
y sus discípulos
-nuestro admirado Francisco Canals especial­
mente-, podamos encontrar contrapunto de la tesis molnaria­
nas. Esta, sin embargo, sí que es ya «otra» historia.
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