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Número 323-324

Serie XXXIII

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Catalanismo y europeísmo

CATALANISMO Y EUROPEISMO
POR
FRANCISCO CANALS VIDAL
El conocido escritor Josep P.la, en un ensayo escrito en 1970,
da testimonio
de la actitud del historiador nacionalista catalán
Rovira i Virgili
-representante muy caracterizado del sector «fe­
deralista» y «laicista» del catalanismo- que sostenía enérgica­
mente que «las guerras civiles catlistas tenían que ser borradas
de la memoria de
la gente catalana, que había que darlas como
no existentes, cual si nunca hubieran existido» ( 1 ).
Este ocultamiento de la historia catalana ha tomado diversos
sentidos, según
la orientación e intento político de los dirigentes
intelectuales y de los líderes del nacionalismo catalán. El propio
Rovira i Virgili, a pesar de
la energía con que coloquialmente
expresaba
su sentimiento de repugnancia y .hostilidad a un hecho
tan profundo
de la historia de Cataluña como la larga serie de
guerras antiliberales, profesaba por su . parte abiertamente una te­
sis «extrinsecista» sobre la génesis del. movimiento literario, · cul­
tural y · político del catalanismo.
A quienes, como él, veían el nacionalismo como una corriente
inspirada en
la Revolución francesa, y que se había podido injer­
tar en Cataluña a través del movimiento romántico, no les repug­
naba reconocer la continuidad, afirmada por
Ellas de Tejada (2)
entre las luchas catalanas antíabsolutistas de los siglos
XVII y
xvm y las luchas antiliberales del siglo XIX.
(1) Proteccionistfs i lliurencanvistes, Obra completa, vol. 32·, pág. 106.
(2) FRANCISCO ELfAs DE TEJADA, «La tradici6n de Cataluiia», A.etas de
las primeras jornadas culturales catalanas (Barcelona, 20~22 de junio de 1969)i
del. Centro ER.P. «General Zumalacárregui», Sevilla, 1963,. Ediciones Mon­
tejura, págs. 27 a 64.
Verbo, núm. 323·324 (1994), 279-291 279
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f'RANCISCO CANALS VIDAL
«La trayectoria -escribe Rovira i Virgili-pasa por el mo­
vimiento catalán de la guerra contra Francia (1793), después por
la Guerra de
la Independencia y va a parar a las guerras carlistas.
Los herederos de 1640 y de 1714 son en realidad los carlistas
de la Montaña catalana»
(3 ).
En cierto sentido, ha sido más grave el ocultamiento de la
historia de Cataluña realizado por los dirigentes de aquel catala­
nismo que quiso, con consignas «conservadoras» confusamente
«tradicionales», suplantar la vigorosa corriente antiliberal catala­
na.
La que va desde los apologistas contrarrevolucionarios hasta
«El liberalismo
es pecado» de Sarda i Salvany, y llega hasta los
mártires de la persecución religiosa de 1936-39, y los combatien­
tes del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de
Mbntserrat.
Desde este catalanismo, que se ha ido desplazando desde un
,(,(centrismo» o «derechismo» conservador, hasta un «centro iz­
quierdismo» ---que algunos años atrás, muy recientes, asumía in~
duso una continuidad con inspiraciones marxistas-el encubri­
miento de
la historia se ha realizado mediante «mitificaciones»,
o mediante deformaciones de perspectiva, desde las que
han que'
dado en lo oculto enteras vertientes de nuestra historia, mientras
otras han sido presentadas desde perspectivas falsas instrumento
de propaganda política,
El catalanismo a que nos referimos, en su necesidad de mo­
vilizar, con consignas «regionalistas» en la fase inicial de la Lliga,
y actualmente ya explícitamente nacionalistas, a elementos socia­
les herederos en gran parte de los ideales y vivencias de la Cata­
luña carlista, no ha podido propugnar, en su lenguaje polltico, el
abierto extrinsecismo, rupturista
con la historia de Cataluña, que
pudieron asumir los catalanistas de izquierda.
Este catalanismo ha adoptado sucesivamente diversos tópicos,
pero todos ellos convergentes en el intento de hallar en
la historia
de la Cataluña moderna, actitudes, corrientes culturales, institu­
ciones y hombres representativos en los que personificar aquéllo
(3) A. RovmA I VIRGILI~ HistOria deis ·moviments naciónalis.tes, serie
tercera, pág. 191, Barcelona, 1914.
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CATALANISMO Y EUROPEISMO.
que ha venido a constituir el tópico central de este catalanismo
y nacionalismo, a la búsqueda pretendida de la
«Cataluña pro­
funda». Este tópico central, en cuya discusión se centrará
mi reflexión
en este escrito, homenaje al profundo conocedor de Cataluña, de
su historia social, institucional y jurídica, que fue el profesor Elias
de Tejada,
es el del tradicional «europeismo» de Cataluña.
Lo he escogido
de intento en recuerdo de la perseverante
actitud de Elias de Tejada
de denunciar la inoculación, ideológi­
camente venenosa, por la que
el término Europa había dejado de
ser un término geográfico,
para ser utilizado para cancelar los
ideales y las tradiciones de la Cristiandad occidental, y suplantar­
las por el secularismo anticristiano, nutrido del humanismo
an­
tropocéntrico y de la rebelión protestante.
En nuestra Cataluña hoy, muy característicamente, son prác­
ticamente inseparables las consignas que hablan del «europeísmo»
y las que hablan de
la «modernidad». Quienes quieren crear una
nueva conciencia histórica catalana, vuelta de espaldas a la autén­
tica tradición y a la historia
real, han tratado de buscar, pues,
precedentes
más o menos remotos en el tiempo, en que poder
basarse para representar a Cataluña
· como avanzada en · la Penín­
sula Ibérica de la apertura a la Europa moderna.
No es sorprendente que tengan que contradecir para
elfo, o
mejor dicho, dejar de lado en su lenguaje político, afirmaciones
muy
explícitas de los historiadores catalanes más significados en
su «progresismo». No les conviene recordar que fue Vicens Vives
el que elogió
la maduración del catalanismo en el «novecientos»
como «el reencuentro con Europa después de cuatro siglos de
ausencia» ( 4
).
(4) JAIME V1cF.NS VIVES, en Industrials i polltics del se XIX. Cohe­
rente con
esta· visión de la historia de Cataluña es su valoración de la
«Nueva Planta» de Felipe V, que ningún catalanista de orientación · «con­
servadora» o de algún modo centrista se · attevería a formular: «Fue un
des·escombro que, al echar por la borda del pasado un enculisado régimen
de privilegios y fueros obligó a los catalanes a mirar hacia el porvenir,: y
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FRANCISCO C.ANA.LS YIDAL
Es digno pe reflexión el hecho . de . que, nµentras el Obispo
Torras i Bages elogiaba a Cataluña por su perseverancia en los
ideales del mundo de la Cristiandad medieval, su distancia e in­
munidad frente
aJ. mundo del Renacimiento y su perseverancia en
el pensamiento tomista
-en el que ve la corriente profunda de
la que
se form6 el carácter catalan-, otros historiadores y pen­
sadores del catalanismo «conservador» no duden en presentar el
siglo
XVII como un siglo de muerte cultural para Cataluña, y de
atribuir el origen remoto del renacimiento catalanista a la «aper­
tura a Europa» por parte de los hombres
de la Universidad de
Cervera, a la que se atribuye así la génesis de la que llaman «cul­
tura catalana del siglo
XVIII» (5).
En tiempos
más recientes, una nueva escuela de pensamiento
catalanista, dejando de
lado el eclecticismo escolástico «abierto a
lo moderno» de los jesuitas cervarienses,
ha buscado en los ecle­
siásticos «jansenistizantes» e «ilustrados» los precedentes del «re­
nacimiento» cultural que hizo posible
el movimiento catalanista-
Se intenta prestigiar y exagerar la importancia histórica de
hombres que,
a. veces con pretextos «tomistas», no s6lo apoyaron
la expulsión de los Jesuitas por Carl9s III, sino que profesaron,
como Félix Amat, una doctrina eclesiológica galicana y jansenis­
tizante (6).
En todo caso, la «afectación» europeísta y modernizante de
est_os autores, les. lleva necesariamente a silenciar acontecimien­
tos bist6ricos y hombres muy influyentes y representativos de la
vida de Cataluña. De la
generación de eclesiásticos «ilustrados»,
de tendencia pór lo menos·, galic®a o «parajansenista», no brotó
los libró de las paralizadoras trabas de un mecanismo legislativo inactual»~
Cfr. Cristiandad, núm. 425-426, VII-VIII, 1966, en mi artículo: «Sugeren­
cias sobre la tradición catalana».
(5) .Cfr. IGNASI CASÑOVAS, S. l., 'La cultura catalana en el segk XVIII,
Academiá · de Bones Lletres, Barcelona, 1932.
(6) Véase el estudio L'Arquebisbe Felix Amat (1750-1724) i !'última
Il. lustració espanyola, de RAMÓN CoRTS I BLAY, prologa.do por-el jesuita
M!QUJSL BATLLORI, Facultat de Teología' de Catalu!ía, Editorial Herder,
Barcelona, 1992.
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CAT .ALANISMO Y EUROPEISMO
ningún fruto en la vicia cristiana de la Cataluña del siglo pasado.
Por
· el contrario fue nuestro siglo xrx, el siglo de San Antonio
María Claret, Santa Joaquina .de Vedruna, San Enrique de Ossó
y
tantos otros ya beatificados o en camino de los altares, ejemplo
de fecundidad misionera y apostólica y de ferviente amor a la
Iglesia y a la Cátedra apostólica.
A fines del siglo
la totalidad moral del clero catalán se movía
en la línea espiritual que había surgido en los tiempos de Pío IX,
y no había, en lo político, otra división numéricamente importan­
te que la que enfrentaba a los carlistas y a los integristas después
de la separación del tradicionalismo líderado por
Don Ramón
Nocedal respecto de la causa
de Don Carlos.
El
generalizado olvido de hechos

sociológicamente tan paten­
tes como éstos sólo
se explica si admitimos que, en su afectación
modernizante y europeísta, el catalanismo tiende a impulsar a los
catalanes a avergonzarse de lo que
han sido y a envanecerse con
frecuencia de lo que
nd han sido. De aquí la insoportable defor­
mación de la conciencia histórica a que estamos actualmente so­
metidos por la política nacionalista, en tantas dimensiones cultu­
rales secundacla por la acción de influyentes sectores eclesiásticos.
No dejemos de decir que los frutos corruptores de tales
en­
gaños se han notado en lo teológico y en lo pastoral hasta plas­
marse en un instinto de resistencia a la autoridad pontificia
y de
desprecio a
la tradición católica y al magisterid.
En todo esto, el nacionalismo catalán se ha manifestado como
radicalmente desorientador de nuestra conciencia histórica. Nada
resulta hoy
tan sorprendente

como recordar
.el indiscutible hecho
de que Cataluña sea
la tierra que en &paña y en roda Europa ha
presenciado y vivido mayor número de guerras de arraigo popu­
pular, en defensa de
la sociedad cristiana tradicional frente al
racionalismd político del absolutismo y del despotismo ilustrado,
y
al Estado liberal surgido de la Revolución francesa.
Ni
el Oeste francés, ni los cantones católicos suizos en la gue­
rra de Sonderbund, ni el Méjico «cristero», muestran una· lúcha
tan
perseverante y reiterada como la que se vivió en Cataluña en
siete guerras contrarrevolucionarias que dcupan, desde 1794 a
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FRANCISCO CANALS VIDAL
187 5: La Guerra gran; la guerra de la independencia anrinapo­
leónica; la guerra realista de la regencia de Urge! durante el trienio
liberal de 1820-1823; la de los
Agraviats o mal contents contra
el afrancesamiento del gobierno fernandino de la llamada «Década
ominosa» ; la primera guerra carlista de los siete años ; la de
los
matiners en que la Cataluña carlista se enfrenta a la Monarquía
isabelina que ha rechazado la solución que proponía Balmes ; la
«segunda guerra carlista» de 1872-1875.
Esta singularísima tenacidad contrarrevolucionaria, sobre la
que no tienen nada que decir
los nacionalistas que pretenden en­
lazar con una fantasmagórica e inexistente tradición catalana van­
guardista en la Península Ibérica de la modernidad europea, con­
firma, por una parte, las tesis característicamente medievalizantes
de Torras i Bages en
La T radici6 catalana, y se muestra también
coherente con
la sinceridad en cuanto historiadores de hombres
como
el propid Jaime Vicens Vives, al ponderar la ausencia cata­
lana en
la Europa moderna, o de Rovira i Virgili al reconocer la
línea de continuidad entre las guerras catalanas de la Edad mo­
derna y las luchas contrarrevolucionarias del pasado siglo.
El hilo conductor sugerido a
la vez por la hostilidad crítica
de historiadores progresistas, y por
el entusiasmo «apologético»
de Torras i Bages, nos puede llevar a atender a aquellos hombres,
actitudes
y tareas, intencionadamente silenciados en la conciencia
histórica y en la propaganda
política contemporánea de Cataluña,
en los que brilla espléndidamente
la presencia viva en Cataluña,
durante la Edad moderna y en la época postrevolucionaria, de
los
ideales y de los sentimientos y convicciones heredados de la Cris­
tiandad medieval, en la que Cataluña había vivido una época glo­
riosa y creativa.
No puedo en este ensayo intentar siquiera una enumeración
suficiente, ni menos realizar una
síntesis histórica de la vida de
Cataluña en su fidelidad a la tradición cristiana. Pero
s! quiero
llamar la atención hacia algunos hombres y algunos momentos casi
desconocidos
de· la Cataluña tradicional que sigue viviendo en los
siglos modernos.
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CATALANISMO Y EUROPEISMO
Para desmentir la tesis, intencionada y parcial, de «el si­
glo XVII, siglo de muerte cultural», bastaría recordar dos hombres
de influencia universal en Europa, Me refiero a dos insignes do­
minicos catalanes: el defensor del pontificado Fray Juan Tomás
Rocabertí de Perelada (Gerona 1624-Madrid 1699) y el gran teó­
logo místico Tomás de Vallgomera.
No habría que olvidar que el primero, que fue Arzobispo de
Valencia e Inquisidor General de los Reinos de España, después
de haber desempeñado el cargo generalicio en la Orden de Predi­
cadores a la que pertenecía, fue, por
sus obras De Romani Ponti­
ficís auctoritate y Bibliotheca máxima pontificia, ésta última in­
tegrada por
21 volúmenes in folio, hasta tal punto significado
cual vindicador de la autoridad de los Papas frente a las doctrinas
galicanas, que
el célebre Obispo de Meaux, Bossuet, escribió, en
polémica contra Rocabertí,
su Defensio declarationis cleri galli­
cani (7).
En todo caso, es innegable que, en aquella segunda mitad del
siglo
XVII, fue el dominico Rocabertí realmente un «catalán uni­
versal», como se dice ahora tantas veces afectadamente y con me­
nor fundamento. Lo mismo puede decirse del teólogo Vallgomera.
Su Mystica Theologia divi Thomae publicada en Barcelona en
1662, constituye un estudio sistemático
de la doctrina del Doctor
Angélico sobre la vida mística, probablemente el de mayor
im­
portancia doctrinal desde los tiempos de Juan de Sto. Tomás.
(7) Rocabertí fue invitado en nombre de la Santa Sede para vindicar
su autoridad frente a la decla:raci6n galicana. de la Asamblea del Clero fran­
cés de 1682. Rocabertí defiende no sólo el llamado «poder indirecto» del
Sumo Pontífice sobre los Reyes, sino incluso un poder propiamente directo.
Es
muy digno de tener en cuenta que el Obispo Torras y Bages en un
discurso titulado
En Rocaberti i en Bossuet, leído en su recepción en la
Real Academia de Buenas. letras de Barcelona, en 8 de mayo de 1898 -por
primera vez se hablaba en lengua catalana en aquella institución-, defiende
la posición de Rocabertf y subraya «que hoy es más anticuado Bossuet que
Rocabertí»
(Obres completes, Biblioteca Balmes, Barcelona, 1936, vol. XVI,
págs, 42 a 121).
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FRANCISCO CANALS VIDAL
Utilizada como texto durante el siglo xvm en muchas universida­
des, fue reeditada posteriormente en 1890 y 1911 (8).
Afirmaba
el Obispo Torras i Bages que la Or.den dominicana,
precisamente por
raz6n de haberse profesado en ella la doctrina
de Sto. Tomás de
Aquino, «fue la verdadera educadora» de Cata­
luña y de su modo de ser colectivo (9).
Si nos acercamos, a través de las fuentes contemporáneas, tam­
bién generalmente ausentes del horizonte coltural contemporáneo
en Cataluña, a la guerra de sucesi6n española y a ia participaci6n
en ella del pueblo catalán a
partir de su alzami.ento en 1705, nos
hallamos con el hecho de que Francisco de Castellví afirma explí­
citamente, como factor decisivo en
la evdluci6n de la actitud de
los ciudadanos de Barcelona entre 1702 y 1705, que «la mayoría
de los catalanes seguían la opini6n tomista» (10) .
.

Esto
acero6 a los ciudadanos al Estudio General, en que la
doctrina de Sto.
Tomás era hegemónica, en el enfrentamiento de
és.te al Virrey, cuya política tendía, mediante una «alternativa de
cátedras», a introducir en el
estudi la «escuela suarista» que pro­
fesaban los jesuitas en el Colegio de nobles de Cordelles ( 11 ).
Fue aquélla una guerra ciudadana y «gremial». La heroica re­
sistencia que admiró a toda Europa en 1714 muestra viva en
Barcelona una conciencia social vigorosamente tradicional. En ver-
(8) He tenido ocasión de estudiar directamente la obra de Vallgornera,
que sigue siendo citada en la
bibliografía contemporánea; así, entre otros,
por el gran teólogo Garrigou Lagtange. Es notable que los autores de la
tan ponderada «Escuela filosófica cervariense», o los de la línea «pa:tajanse­
nista» sólo tienen hoy interés histórico, pero sus · obras no· son ·objeto de
estudio propiamente
dicho en el pláno doctrinal.
(9) JosEP TORRAS , BAGES, La Tradició catalana, L. II, III, l.
(10) F'llANcISco DE CAsTELLVÍ, «Narraciones históricas desde el año
1700 hasta 1725». Manuscrito conservado en la Biblioteca del Estado de
Viena, y reproducido manualmente por San
Pere i Miquel en la Biblioteca
de Cataluña. Véase
el pasaje citado en Cristianddd, XXXII, 551-559; 7-9 en
Baicelona, en las págs. 186 a 188.
(11) MARlA AsUNCIÓN LóPEZ Sm<É, «Del Estudi General de Barcelona
a la Universidad de Cervera», Cristiandad, XVIII, 362, 4-1961, Barcelooa,
en las págs. 80 a 84.
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CATALANISMO· Y EUROPEISMO
dad Cataluñá luchó entonces en defensa «ele los valores y virtudes
sociales de la Edad
media cristiana» ( 12).
Los catalanes se dividieron entonces en el bando predomi·
nante antiborbónico,,
que fue conocido como el de lcis vigatans, y
el de los
partidarios de la nueva dinastía, motejados comd boti·
flers, cuyo núcleo social fue la nobleza catalana educada en el
Colegio de nobles de
la Compañía de Jesús, llamado de Cordelles,
en Barcelona.
Desde hace muchos
añds he venido reflexionando sobre el
curso posterior de la historia de Cataluña y creo que hay funda­
mentos para considerar a quienes lucharon por impulsos tradicio­
cionales, inconfundiblemente conexos con la visión del
mundd. de
.«las Españas» en las últimas dé\:adas de la dinastía austriaca, es
decir, los vigatans, como los antepasados espirit1,1ales -fueron
en muchos casos progenitores familiares-, de los catalanes en­
tusiastas de la guerra gran antijacobina, de lds combatientes del
Bruch, y de los carlistas de
la Plana de Vic y de la montaña ca·
talana.
Cuando, después
de haber luchado de nuevo contra «el fran­
cés» ..:..enemigo secular de Cataluny¡¡-se alzaron por los fueros
de su patria, bajo
la bandera de la Religión y del Rey, frente al
advenimiento de liberalismo, éste
en~ontró muchas veces apoyd
en los herederos familiares o culturales de .los botiflers; los «ilus­
trados», los «femandinos», los «isabelinos», que se .continuarían
después en el conservadurismo dinástico y en toda una serie de
«centro.derechismos» artificiales ( 13).
Duránte
el iiglo xvrn siguió viva aquella tradición catalana
que algunos
hán atribuido a un siglo de muerte cultural. Es de­
cir, el tomismo sociológicamente muy vivo en las universidades
catalanas,
y del que surgieron obras señeras. de influencia univer·
sal, persiste en el sector tradicional de las Escuelas Pías, que, en
la fundación de su colegid de Mataró recuerdan la profesión de
(12) Véase mí articulo «El 11 de septiembre de 1714», Cristiandad, nú­
mero citado en la nota 10, págs. 169 a 176.
(13) Véa~ mí artículo «.C~tal~aIµ5.tµO y TraQición -catala!ia», Cristian­
dad, número citado en la nota ti, -págs. 86_ a· ~O. :
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FRANCISCO CANALS VIDAL
la doctrina del Doctor Ange1ico en la orden Calasancia (14), y en
la gran figura del Cardenal Juan Tomás de Boxadors i Sureda,
que en veinte años de gobietno de
la Orden dominicana, y pos­
teriormente como Cardenal, ejerció una influencia muy decisiva
en el
sostenimiento y reforzamiento de la doctrina de Santo To­
más en su propia Orden, y a través de ella preparó en Italia el
renacimiento tomista del siglo xrx (
15 ).
Resulta paradójico que, mientras se ignota a esta gran figura
universalmente conocida en
la historia del tomismo, y cuya sin­
ceridad y acierto reconoce Ignasi Casanovas, S. I., que denuncia
en otros un «tomismo farisaico» (16), es decir, instrumento de
hostilidad a los jesuitas y a la corriente «ultramontana» que se
simbolizaba en su escuela,
se intente ensalzar a hombres como
Félix Amat, afrancesado
en lo eclesiástico y en lo político, y que
en verdad
se nos presenta con la desconcertante ambigüedad de
un catalán sedicente «tomista» y sociológica y culturalmente bo­
tifler. Después de haber sido confesor de Carlos IV, apoyó abier­
tamente
al Rey impuesto a España por el Emperador Napoleón.
Niogún artificio historiográfico, por el que
se quiera dar valor
de iofluencia trascendente a hombres y hechos
que, no alcanzaron
en su tiempo a penetrar
en la vida social cotidiana de los catala­
nes, puede ignorar, que ante
la Revolución francesa, el Imperio
napoleónico y los
ioicios en España del constitucionalismo libe­
ral, «el arraigo del sentimiento tradicional y de las ideas tradicio­
nales fue tan
fuerte;·que el pueblo catalán estaba en 1814 mucho
más lejos de haber asimilado las ideas revolucionarias francesas
que los
españo1es de Cádíz» ; también Vicens Vives fue el que
(14) ÁNT.QNio· ~vdsTI MoNC{ú~, ~_Sari':J~é de Calasanz, uno de los
más grandes educadores de la humanidad», Cristiandad, XLI, 634-636; UII,
1984, Barcelona, págs. 263 a 265.
(15) EUDALDO FoRMENT GIRALT, «El cardenal Boxadors. Un catalán
universal
de siglo XVIII», en Cristiandad, XXXVI, 585, XII, 1979 (Basce­
lona, págs. 303 a 309).
(16)
Véase !GNASI CASANovAs; S. I.,}dsep Finestres, Biblioteca Balmes
Barcelona, 1931, págs. 185-186. . '
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CATALANISMO Y EUROPEISMO
subrayó que «no existió en Cataluña una doctrina netamente libe­
ral» (17).
Resulta en verdad misterioso el proceso cultural y espiritual
de Cataluña con posterioridad a la configuración
del catalanismo
político, y a la influencia sobre la conciencia histórica y sobre
la
cultura catalana ejercida en diferentes momentos por aquella po­
lítica.
Especialmente misterioso por el
hecho de que los herederos,
muchas veces familiares
y de alguna manera también instituciona­
les, de quienes fueron intransigentes y combativos contra la
mo­
dernidad política revolucionaria, han venido de tal manera a ol­
vidar aquellos sentimientos, que más bien tienden a envanecerse
de la sedicente «moderación» y
«apertura», espíritu de diálogo
y de «pacto» que afirman seriamente ser características del pueblo
catalán.
En otras ocasiones he expresado también
mis reflexiones so­
bre estos hechos. He atribuido a las «subjetivizaciones» confusas
del romanticismo, actuando sobre elementos sociales en proceso
de aburguesamiento, el que haya sido posible el injerto en descen­
dientes de la Cataluña
vigatana de orientaciones y actitudes, ya
se trate del eclecticismo cervariense, o del «jansenismo» ilustrado,
inconfundiblemente de carácter
y origen botifler.
En esta evolución espiritual se ha llegado muchas veces a la
repugnancia respecto de cualquier «intransigencia» y espíritu
com­
bativo. Al nacionalista catalán de nuestros días, muchas veces
descendiente por varias líneas de familias carlistas, y
a
veces de
combatientes del tercio de Montserrat, le repugna cualquier
com­
bate que le pudiese mostrar como enfrentado a la «modernidad»,
al «liberalismo», y .a la «democtacia», Afecta estar convencido
de su congénito espíritu «europeísta»,
y nada le ent.ristecería más
que reconocer la realidad histórica de la Cataluña tradicional y
contrarrevolucionaria.
(17) Véanse las afitlllaciónes de Juan Mercader Riva y de Jain;i.e,Vícens
Vives citadas en: FRANCISCO JosÉ FERNÁNDEZ DE LA C1GOÑA Y EsTANISLAO
CANTERO NÚÑBz, Antonio de Compmany, Fundación Elías de Tejada y
Erasmo Percopo, Madrid, 1993, pág. 412.
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FRANCISCO .CA·NALS. YIDAL
Mi maestro de espíritu y de cultura, el P. Ramón Orlandis
Despuig,
S. l. (nacido en Mallorca en 1873, de una familia que
babia luchado en favor de la causa carlista y que recordaba tam­
bién
haber luchado contra los Barbones· en 1705, muerto en Bar­
celona en 1958),
decía crudamente que «la política catalanista ha
castrado a Cataluña».
Por
cierto que es notabilísimo, y me parece que nunca adver­
tido, el hecho de que los catalanes, pueblo
de atavismo tempera­
mental
énérgico y fuerte, que han luchado «a diestro y siniestro»,
por la tradición, y también en tiempos más recientes, por. la re:
volución, el. féderalismo, o .la ,uiarquía, no han luchado nunca pcir
el nacionalismo catalán, ,o si,se quiere por la Cataluña fingida por
el séntimiento catalán nacionalista.
. Si, buscando. la excepción que. confirmase la regla, · recordáse,
mos la intentona de Prats de Molió, en la que Francesc Macia
tenía la convicción de que arrastraría al pueblo catalán desde el
Ebro hasta los Pirineos,
o. algunas· hóras de alzamiento en fa Re­
volución del 6 de· ocutbre de 1934, estas mismas alusiones nos
podrían hacer caer en
la cuenta de la total ausencia de comba·
tientes. propiamente
,,catalanistas» en el bando republicano en la
guerra
de 1936. No hubo· sino los anarquistas primero, y después
los ejércitos «republicanos» con. comisarios políticos de
·un mar:
xismo estalinista. Nada semejante a los llamados «gudaris»; nin­
guna unidad de voluntarios con bandera cuatribarrada o signo
alguno de «catalanidad»:
En aquella guerra no hubo otra unidad
orgánica catalana que el inmortal tercio de Nuestra Señora d~
Montserrat de· los Requetés, .a] que pertenecieron gentes de todos
los éslaruentos sociales de nuestro pueblo. .
Concluyo estas reflexiones' ,reafirmando mi convicción del ca'
rácter porfundamente inauténtico del catalanismo. Afectación de
génesis romántica,
y cultivo· posterioi én diversos momentos de
«intelectualismo» y sofisticación europeizante, que empuja a tra­
vés de un artificioso «aburguesamiento», a los catalanes a ocultar
lo que somos
'! a envanecernos fo queno somos.
Resulta trágico que entre los hechos ocultados estén nada me­
nos que la grandiosa fecundidad e$piritual de una Cataluña fer-
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CATALANISMO Y EUROPEISMO
vientemente adicta a la Iglesia católica y a la Sede apostólica, que
en el siglo pasado envió, por sus fundadores, misioneros a todos
los continentes ;
y la admirable fecundidad. de los mártires cata­
lanes de
la persecución religiosa de los años 1936-1939.
También resulta trágico que hayamos atravesado
el Quinto
Centenario del
descubrimi~nto y "Yati¡,elización de América, como
si nada hubiese tenido que ;er Ó.Í:mca Cataluña con aquel mundo.
Como
si no hubiera sido el máximo poeta catalán, Mossén Cinto
Verdaguer, cantor
de la Reconquista eri su poema Canigó, · también
el poeta épico de la hispanidad, en La Atlántida, · a la que" puso
música el.Maestro Falla, y
qe la,que µada hemos oído decir a lo
largo de
las por otra parte ausentes conmemoraciones centenarias,
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