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Número 379-380

Serie XXXVIII

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Los enemigos del progreso

LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
POR
RUBÉN CAIDERóN BoucHET
La idea del progreso
Podemos rastrear el origen de la idea del-progreso y remon­
tamos, a través de una serie de mediaciones más o menos segu­
ras, hasta los mitos griegos de los Titanes y su acción positiva en
la transformación de la situación terrena del hombre. Este esfuer­
zo de erudición nos llevaría muy lejos de las condiciones con­
cretas
en que esta idea nació y se desarrolló en el seno de nues­
tra civilización hasta formar parte, como un constitutivo intrínse­
co, de la visión ideológica que posee del universo el hombre de
nuestra cultura.
El hombre arcaico, formado en la nostalgia del Paraíso y con
una pronunciada disposición a considerar desfavorablemente el
curso del tiempo histórico,
no conoció algo semejante a nuestra
idea del progreso
y, por muy optimista que fuera temperamen­
talmente,
no veía en el futuro -tomado en su sentido total y no
en las dispersas líneas de las expectativas inmediatas-- nada más
que la promesa de la corrupción, el deterioro y la muerte al final
del periplo.
Una conmoción muy
honda en el fundamento de su concien­
cia religiosa debió sufrir el hombre para cambiar decididamente
su radical relación
con el tiempo histórico. La promesa mesiáni­
ca modificó la conciencia del pueblo hebreo y provocó
en él el
nacimiento de la esperanza
en la historia, condicionada por un
suceso que debía acontecer en el tiempo de su existencia terre­
na y modificar las condiciones de su situación en el mundo. En
Verbo, núm. 379-380 (1999), 773-802. 773
Fundaci\363n Speiro

RUBEN CALDERÓN BOUCHET
este sentido muy preciso el hombre hebreo se opone al pagano
y encarna esa fuerte tensión de expectativa histórica que consti­
tuye la fuerza de su espiritualidad.
En el cristianismo el acontecimiento histórico fundamental es
el advenimiento del Reino de Dios, suceso que se inicia con
la
presencia de Cristo y que culmina más allá del tiempo histórico
en una suerte de inserción de nuestro presente en la presencia
eterna del Espíritu de Dios.
Es una esperanza esjatológica que no
aparece diferida a ninguna situación futura, está aquí y ahora, en
la fugacidad del momento que transcurre y que el hombre tiene
que coger cuando el espíritu se la ofrece.
El cristianismo modificó la relación con la historia. No hay
nada
que esperar, a no ser el fin catastrófico del tiempo precario.
La esperanza de Israel se ha cumplido y el porvenir del hombre
sobre la tierra
no tiene que añadir más nada a lo que se dio en
el Hombre Dios y en su proyección que es la Iglesia Católica.
La transfiguración del hombre cristiano se incoa en la tierra y
progresivamente configura
una situación espiritual, cuya perfec­
ción supone el tránsito de
la muerte y el triunfo final sobre las
tentaciones ligadas a
la caducidad y las miserias de la naturaleza
caída. En su acentuación
fuerte,-el cristianismo es el camino de la
verdad y de la vida y una saludable invitación a convertir nues­
tra respuesta espiritual
en una solidaria participación con la
energía transfiguradora de la Gracia Santificante. Ver en la
Gracia una dádiva
que no exige de nuestra parte un movimien­
to
de generoso vigor, es una idea introducida por el _protestan­
tismo y luego de provocar
un laxo abandono a la generosidad
divina, suscitó
el titanismo de los super hombres que parecían
dispuestos a construir el paraíso en. la tierra con medios exclu­
sivamente humanos y
en el lapso de nuestra peregrinación
terrestre.
En la doctrina tradicional de la fe no se sostiene ni una ni otra
actitud, sino aquella de matizada humildad
en la que Dios espe­
ra del hombre
una respuesta libre, pero plena de consentimien­
to, a la invitación hecha
por la Gracia y la merecida solamente
por el sacrificio de Cristo.
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
Buscar en la esperanza cristiana la filiación original del pro­
gresismo moderno es olvidar
que este último aparece para negar­
la
en su más profunda orientación esjatológica. Pero si se acepta
en toda su hondura la paradoja esencial del cristianismo, se com­
prenderá que a partir de Cristo nada significativo
puede ocurrir
en la historia que no lo tenga a Él como centro y clave de su rea­
lidad. Sólo
en este sentido y teniendo muy presente que la nega­
ción se nutre
de aquello que niega, se puede considerar la idea
del progreso, en un sentido iluminista y revolucionario, como
una idea cristiana salida de su quicio sobrenatural o como solía
decir Chesterton,
que se ha vuelto loca.
Hemos dicho que el hombre antiguo
no conoció la idea de
un progreso en la historia. La tensión espirirual que supone un
acontecimiento fururo cargado de importancia religiosa es la
esperanza judía.
El cristianismo incoa en este mundo el Reino de
Dios, pero éste es
un acontecimiento interior que supone la
transfiguración del alma creyente
por el doble concurso de la gra­
cia y
la buena voluntad, de ningún modo significa el adveni­
miento de una plenirud
en el seno del tiempo que pasa, porque
éste siempre será algo precario y condenado a desaparecer. Con
todo existe
un progreso medido por el grado de santificación
alcanzado
por cada cristiano. Este perfeccionamiento progresivo
supone
un ascenso en la línea de las facultades superiores del
hombre:
la inteligencia y la voluntad que se abren, por la fe, la
esperanza y la caridad, a una
unión más plena con la vida secre­
ta
de Dios.
La figura del Anti-Cristo, con toda la constelación socio-cul­
rural que la explica y la rodea, se cumple y adquiere su fuerza en
un ámbito espiritual transido de principios cristianos seculariza­
dos y como arrancados de su marco religioso
por la voluntad que
trata de ponerlos al servicio de la caducidad y la muerte.
Primero es la voluntad
de Dios la que se convierte en
motor de la historia. Ella es la que mueve al hombre a un des­
tino feliz sin
que la voluntad libre tenga nada que decir en el
tránsito de la vida temporal.
El hombre sufre el impulso de su
destino
que lo lleva a la salvación o a la condenación eterna
sin consultar su arbitrio. Esta suerte de impulso que arraStra al
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
hombre hacia su fin, pierde poco a poco su carácter personal
y
va adquiriendo una fisonomía entre lógica y biológica que
recibirá el nombre de historia y de quien se encargarán los dis­
tintos pensadores ilustrados de iluminar sus rasgos
con las
notas de sus preferencias valorativas como
en la gnosis de
Hegel, o simplemente
en el saber provisto por las ciencias
positivas como
en Comte, sin hablar de la solución dada por
Marx en su apoteosis del hombre genérico, cuyo progreso
esencial parece estar señalado
por una pérdida de las faculta­
des personales
en beneficio de una colectivización de los ape­
titos sensibles.
La esperanza cristiana habla roto el circulo de la existencia
clausurada
en los limites del tiempo histórico y había lanzado al
hombre más allá de las fronteras terrenales para sumergirlo
en el
seno del amor increado.
Allf logrará definitivamente el fruto de
su esfuerzo y recibirá la recompensa de sus afirmaciones
en la
contemplación de Dios.
La idea revolucionaria que sostiene el
impulso iluminista, crea
una suerte de sustituto laico de esa rea­
lidad sobrenatural y lanza
al hombre a una apetencia de infinito
que parece alimentada con una imagen de un futuro inaccesible
en la promesa de una perfección que se dará en el horizonte,
siempre
en retroceso, del tiempo histórico.
La noción del progreso, tal como se configuró en la Edad
Moderna y alcanzó su punto culminante
en los siglos XVTII y XIX
tuvo su punto de apoyo en la esjatologia cristiana, porque fue el
cristianismo quien dio al hombre el impulso espiritual, para espe­
rar,
en un futuro supra histórico, sucesos que debían dar a su
existencia
una respuesta redentora definitiva.
Como advierte juiciosamente John
Bury: "La creencia en la
Providencia podría compartirse, como de hecho aconteció
en un
tiempo posterior, con la creencia en el progreso dentro de un
mismo espíritu. Pero los postulados fundamentales de ambas
eran incongruentes y la idea del progreso no podía germinar,
mientras la doctrina de la Providencia se hallase
en una supre­
macía indiscutida"
(1).
(1) BURY, J., La idea del progreso, Alianza, Madrid, 1971, pág. 30.
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Si entendemos "por doctrina de la Providencia" la fe católica
en sentido estricto, la reflexión de Bury es perfectamente acepta­
ble y podemos comprender, para explicamos el paso de una a
otra situación espiritual,
que el cambio de la visión de un cosmos
viviente, sostenido
por la inteligencia y la voluntad divina en
acto, a un cosmos puramente mecánico y rigurosamente encua­
drado en un rígido sistema de leyes matemáticas, animó la trans­
formación de
una a otra concepción del progreso.
Un mundo sostenido
por Dios como la recitación "aquí y
ahora" de
un poema hacía inevitable la idea de una Providencia
que se ocupara del destino de cada una de las palabras de su dis­
curso divino. En el segundo caso, el universo como mecanismo
reemplazaba con sus reglas mecánicas la preocupación personal
de Dios.
La ley natural actuaba en su lugar y conducía la vida de
los hombres por el sendero de su perfecto equilibrio.
Cuando se disuelva a
su vez el universo concebido como
mecanismo, habrá caído el último baluane del creacionismo cris­
tiano y sólo subsistirá la idea de
una providencia puramente
humana sostenida
por la idea del progreso de la organización
social. En los límites de un léxico más
afín al pensamiento tradi­
cional, diremos que la esperanza cristiana
no puede alimentar la
idea del progreso entendida
en sentido moderno, mientras con­
serve su orientación sobrenatural y no aliente con su vigor reli­
gioso las expectativas meramente carnales del hombre.
En nuestro idioma
no hay más que una sola palabra para
señalar el estado
por el cual alguien espera algo beneficioso de
un acontecimiento futuro y esa es la palabra esperanza. Tomada
eh esa latitud no es de extrañar que en la vida concreta de un
cristiano convivan las esperanzas terrenas con las esperanzas teo­
lógicas, sin
que ello suponga una contradicción en la conducta.
La incongruencia señalada por Bury estalla cuando la esperanza
puesta
en la obtención de un bien terrenal y pasajero, se con­
vierte
en la parodia de la esperanza religiosa y adquiere, en vir­
tud de su indefinida postergación en el tiempo, una suerte de
infinitud potencial. Esta transposición no se hubiera dado sin la
presencia viva de
la esperanza teologal corrompida en sus raíces,
por una versión laicista del cristia'1ismo.
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KUBÉN CALDERÓN BOUCHET
El pensanúento tradicional, de inspiración clásica o cristiana,
no niega la existencia de un progreso y lo interpreta como el
resultado de
un esfuerzo que se continúa sin desfallecimiento en
una misma tarea a través de varias generaciones. Este progreso
puede ser científico, técnico o simplemente laboral, pero en tanto
dependiente del esfuerzo
humano puede mermar, aumentar o
desaparecer totalmente
en cuanto se debilite la voluntad que lo
sostiene
en su ascenso. Lo propio de la idea moderna del pro­
greso es su enfática convicción de obedecer a un proceso irre­
sistible que, más allá de las voluntades individuales, está inscrito
en una dimensión social y casi mítica de la historia. Aparece
como obedeciendo a
un conato que excede generosamente a
nuestra voluntad de avanzar o retroceder
en una faena determi­
nada.
Inspil'ación economicista de la idea del progreso
Si se contempla el mundo como a un artefacto movido por
fuerzas cuyas leyes podemos conocer y dominar, surge también
la idea de una instalación humana que se hace cada día más per­
fecta y conveniente, conforme al ritmo de ese conocimiento
posesivo de las cosas.
Esta concepción de la realidad, que
por su oposición a la
actitud fundamentalmente teórica de la filosofía griega y de la
teología cristiana, podemos llamar poiética, se abre paso durante
el siglo
XVII y alcanza en los siglos XVIII y XIX, su plena madurez.
En el sistema de Hegel tiene su expresión mejor lograda y
en el
marxismo
una versión ad usum populi que la hace extensiva
hasta los intelectualmente menos dotados.
El "Iluminismo" pre­
servó siempre
una actitud "elitista" con respecto al conocimiento
y si fue partidario de
una transformación revolucionaria la pre­
feria. proveniente del gobierno y no de las bases como se usa
decir hoy.
El pensamiento tradicional veia en el orden cósmico una
intima textura inteligible
que dependía del pensamiento divino
y cuyo conocimiento era mediación indispensable para
que el
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
hombre tomara contacto con Dios. El destino del hombre era teó­
rico, contemplativo y casaba admirablemente con aquella función
que lo
distinguía de los animales.
Conviene considerar que
la primacía concedida por la filoso­
ffa tradicional a la teoría sobre la poiésis, no era una excelencia
que respondía a una actirud asumida
por el sujeto, como si se
pensara que quien observa sin obrar es superior
al que obra. La
prelacía depende de la naturaleza misma del objeto contemplado
quien, por su excelencia, está por encima de nuestras manipula­
ciones. El que ve a Dios en las cosas creadas espera verlo un día
cara a cara y participar asf, vivamente, de su misterio en ese rapto
que las realidades más excelsas provocan en quien las contem­
pla. En
el acto en que se conoce un orden contemplable nos
ponemos
en contacto con la inteligencia divina. Nuestra acción
sobre las cosas y sobre nosotros mismos carecería de verdad,
en
la misma medida que no tuviéramos un conocimiento. acabado
de eso
que las cosas son y de lo que somos nosotros en el con­
cierto del orden creado.
El hombre formado en la primada del
Logos
no podia desvincular su praxis y su poiésis del ordena­
miento establecido
por Dios de una vez para siempre.
Para el hombre moderno estas verdades fundamentales pier­
den peso en tanto la creación se le aparece como un mecanismo.
La idea de poder ajustarlo a sus designios se abre paso en su
mente y modifica su relación
con las cosas. En el siglo XVIII toda­
vía persiste la noción de
un Gran Mecánico o de un Sumo Arqui­
tecto como gustaba decirse
en las sectas masónicas animadoras
del progreso. En cuanto se descubra
que ese orden legal de estir­
pe matemática sobre el que reposa el movimiento del mundo, es
un sistema nacido de exigencias racionales y no del comporta­
miento de los entes físicos, la idea de un cosmos creado comen­
zará a borrarse de la inteligencia humana y nacerá, convocada
por el vacio y cada dia con más seguridad, la convicción de un
conocimiento que construye el objeto del saber conforme a
improntas subjetivas.
·
Bury, que indudablemente no tiene la culpa de nuestras con­
clusiones, nos advierte
en su libro dedicado a la idea del pro­
greso que la "teoría mecánica de Descartes y su doctrina de la
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
inmutabilidad de la ley natural, llevadas hasta sus últimas conse­
cuencias, excluían la doctrina de la Providencia. Esta doctrina
corría ya
un serio peligro y quizá ningún artículo de fe haya sido
más insistentemente atacado
por los escépticos del siglo XVII y
quizá ninguno era tan vital.
El socavamiento de la idea de Provi­
dencia está íntimamente ligado
con nuestro tema, ya que justa­
mente la
temía de una Providencia activa era eso que la teoría
del progreso venía a reemplazar.
Los hombres no pudieron for­
mular
una teoría del progreso hasta que no se sintieron inde­
pendientes de la Providencia" (2).
En
un plano accesible a la observación inmediata, el progre­
so notado en la transformación de un espacio geográfico es el
que impresiona más rápidamente la imaginación de cualquiera.
El cuño eminentemente activista de la mentalidad burguesa tenía
que animar criterios
de este tipo, casi todos ellos fundados en
observaciones superficiales y sumarias. El hombre se sentía con
fuerzas para transformar el mundo y el éxito
de su conquista del
"hábitat" terrestre le sumaba
una pretensión redentora que había
quedado relegada
en su fondo religioso de antiguo servidor cris­
tiano. Si se quería avanzar en la conquista cósmica era menester
cambiar la mentalidad de la gente y liberarla de una fantasía ase­
diada
por la idea de un poder omnipotente ante el cual se debía
rendir cuenta del
espíritu con que se hacía nuestra tarea. Se
comenzó a sospechar que esta idea no era más que el fruto de
una proyección psicológica, con el cual se queria compensar una
situación de desmedro frente a las inclemencias de la realidad. Si
se comenzaba a dominar seriamente los factores físicos que po­
dían obrar en contra de nuestros proyectos, convenía hacer desa­
parecer las cortapisas que
la propia imaginación les oponía.
La relación de Dios con la creación fue vista en el siglo xvru
de un modo análogo a la de un inventor con su aparato. Cons­
truida la máquina, el inventor fuera
de ella y el beneficiario del
artilugio se las arregla a solas con él.
El hombre formado a la luz
de la tradición religiosa no veía en el mundo una máquina. Lo
consideraba más bien un signo, un sacramentum, una manifes-
(2) !bid .• pág. 73.
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LOS ENEMIGOS DEL-PROGRESO
tación sensible de la inteligencia y el poder divinos que se expre­
saban
en ese signo y al que sostenian en toda su realidad en el
acto de su eterna presencia.
La coherencia viva de la "divina
comedia" podía recibir
en cualquier momento un toque de per­
fección imprevisible dado
por la mano creadora, sea para hacer
más clara y luminosa su comunicación o para manifestar mejor el
carácter personal de su voluntad.
El que observa una máquina no espera iluminaciones de esa
naturaleza y tiene toda su confianza puesta
en la regularidad de
los mecanismos, porque para comprender la intención del inven­
tor le basta la perfección del aparato.
El milagro es una disonan­
cia,
una falta y si se quiere una suerte de toque de locura o el
signo de la arbitrariedad más desalentadora
en la intimidad de un
orden perfecto.
Fue
un tópico durante el periodo iluminista comparar la vida
de la humanidad con la de
un hombre y ver reproducida en ella
las edades
que jalonan el paso de la infancia a la madurez. Se
tenia la impresión de haber ingresado en la edad de la razón, en
esa plenitud en la que el hombre abandona la costumbre de
tomar sus sueños
por realidades e inaugura su dominio intelec­
tual sobre los hechos.
El curso de la historia no tiene la figura de un silogismo, no
termina como si fuera una conclusión extraida de premisas indis­
cutibles. Conviene recordar esta observación de
buen sentido
cuando se estudia una época determinada y se advierte
en ella el
predominio de cierta mentalidad.
Se corre el riesgo de creer que
durante ese tiempo todo el mundo pensaba de la misma manera
y esto nunca ha sido cierto, especialmente en un tiempo que,
como el iluminista, los grupos afectados por la ilustración eran
una minoria, muy significativa y ruidosa, pero poco abundante.
Lo económico adquiría proporciones dominantes, pero toda­
vía
no había llegado al pueblo, y entre las clases dirigentes exis­
tían modos de valorar la realidad que dependían ya de formas
nobles de vivir y
de sentir, o de una mentalidad todavía ·cristiana.
Muchos hombres significativos de
la época volvian sus miradas a
un pasado que suponían lleno de encantos desaparecidos. No
olvidemos
que la "Ilustración" puso de moda al buen salvaje y a
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RUBEN CALDERÓN BOUCHET
un "estado de naturaleza" que la pluma de Juan Jacobo adornó
con todos los colores del paraíso.
En su relación con la Edad Media,
el "Iluminismo" fue una
acentuada continuación
del "Renacimiento" y salvo quizá en
algunos oscuros precursores del romanticismo, cualquier vitupe­
rio estaba justificado cuando se trataba de fustigar la ignorancia
de los monjes, la abusiva tutoría de la Iglesia o el contrato
inicuo
de los señores feudales contra la libertad de los pueblos.
El cuño económico de la idea de progreso se impone con
facilidad cuando examinamos sus características. Noción típica­
mente burguesa, nace
con el espíritu capitalista y sigue su
desarrollo al ritmo creciente
de las fuerzas financieras que tien­
den su dominio sobre el antiguo régimen. El contraste, marca­
do a fuego, de todo cuanto se opone a su triunfo es una mues­
tra clara del ingenio de
sus ideólogos. Las barreras religiosas,
morales
y políticas que imponían sus preceptos al crecimiento
de la economía de lucro} fueron acusadas de oponerse al avan­
ce del progreso y de estancar la vida social en la inmovilidad
de
un cuadro dogmático. Bajo el oprobio de estos denuestos
caen las obligaciones, las regalías
y los gravámenes que la
sociedad imponía a las propiedades
y maniataba así su libertad
absoluta. Caen también aquellas dignidades
y honores con que
se marcaba el comportamiento de los nobles y los notables
y los hacían servir el bien común por encima de sus intereses
privados.
Una gama variadísima
de derechos, inventados por el genio
social del viejo catolicismo, fueron abandonados
por obsoletos y
los detentadores del dinero vieron crecer sus fuerzas a expensas
de las solidaridades intermedias
que caían volteadas por la críti­
ca. Estamentos, familias, corporaciones· abandonaban sus com­
ponentes bajo la presión del individualismo y con el crecimiento
de la noción providencial del Estado, se ensanchaba el auge de
los especuladores, los banqueros
y los agiotistas.
A la desigualdad sin deberes, a la propiedad sin obligaciones,
a la potestad sin nobleza, a la paternidad sin autoridad las iba
suplantando
un poder sin restricciones, absoluto y omnfmodo,
litigante y minucioso que seria, de a ratos, el instrumento de las
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finanzas cuando no el de la subversión pagada por esas mismas
finanzas para lograr objetivos
detenninados.
Pero no nos apuremos, todo se andará, como dicen los espa­
ñoles. El siglo XVIII enderezó su proa hacia Ja estatolatria y si
no entró íntegramente en ella se debió a la persistencia de algu­
nas instituciones
que habían quedado como para impedir la ace­
leración excesiva del tiempo histórico. Estas instituciones fueron
las enemigas naturales del progreso según el espíritu de la revo­
lución.
La Tradición, enemiga del Progreso
En su sentido estricto la palabra tradición se refiere a las ver­
dades reveladas
por Dios y que han sido conservadas por la
Iglesia Católica a lo largo de su historia. En tanto guardiana del
misterio manifiesto
en la persona de Cristo, la Iglesia fue la auto­
ridad espiritual más alta del Antiguo Régimen
y su oposición al
progreso nacía del carácter paradigmático y sobrenatural de su
sabiduría
y de las exigencias impuestas a la santificación de sus
fieles. Por el primero ponía
un límite a las pretensiones de un
conocimiento que quería prescindir de la revelación divina y, por
el segundo, se erigía en custodia de un sistema de valores que
ponía por encima de cualquier otro bien la posibilidad de salvar
el alma.
Una ciencia de origen divino, necesariamente y por la lógica
gravitación de su procedencia, se colocaba
por encima de cual­
quier otro conocimiento humano y se sentía también, divina­
mente autorizada, a regular la conducta del hombre tanto en su
fuero íntimo como
en su comportamiento social y político.
Frenar la curiosidad de la inteligencia
en los justos límites en
que la relación con la verdad puede extraviarse es, indudable­
mente
una presión que la soberbia científica no podía soportar.
Limitar el poder político para
que éste se detenga en los confines
del alma
y deje a la Iglesia la responsabilidad de dirigir las poten­
cias espirituales era algo
que los príncipes protestantes habían
superado, pero
que los católicos todavía respetaban y fue menes-
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
ter una cruenta revolución para que el Estado surgido de ella
adquiera proyecciones eclesiásticas sobre el cuerpo social. Dete­
ner la avidez de las riquezas en los umbrales de una sana eco­
nomía y convertir el
arte en una oración al Ser Absoluto, eran
prerrogativas del espíritu
de santidad que animaba la vida de la
Iglesia y que el mundo moderno trató de aniquilar aduciendo
que se trataba de privilegios estamentales destinados a desapare­
cer para dar nacimiento a
un reino de iguales.
Lutero y Calvino fueron los arietes más poderosos contra
la
institución de la Iglesia. Probablemente ambos creyeron, acaso
de
buena fe, que el cristianismo en su sentido más puro, era una
cuestión que debía resolverse
en el fuero de la conciencia per­
sonal y
que sacándolo del quicio de la Iglesia Católica, le devol­
vían para siempre su
prístina pureza. Este individualismo religio­
so encontró
en su camino el individualismo económico del bur­
gués.
La historia moderna, en la profundidad de su espíritu, narra
las peripecias de este encuentro con sus enlaces, sus separacio­
nes, sus francos connubios y sus tristes decepciones.
El siglo de las luces superó, en gran parte, la época de la crí­
tica hecha a la religión desde
un punto de mira todavía teológi­
co. Con los ataques de Bayle, Pontenelle, Voltaire y Diderot nos
encontramos
en el terreno de una guerra emprendida en nombre
de la razón y de la ciencia contra el oscurantismo y la ignoran­
cia.
La espiritualidad burguesa se cerraba ante el misterio y limi­
taba el
cq111po de su saber a las cosas que podían servir para una
cómoda instalación del hombre
en la tierra.
No se reprochaba
al sacerdote una errónea interpretación del
Evangelio o
un uso abusivo de su poder sacerdotal. No se trata­
ba ya de desenmascararlo en el discutido terreno dad cristiana. Se atacaba directamente las fuentes mismas del
cristianismo y se ponía
en tela de juicio el valor total de la tradi­
ción revelada
en sus veneros esenciales: la Iglesia y las Sagradas
Escrituras.
El primero en iniciar en Francia esta obra de destrucción sis­
temática fue Pierre Bayle y aunque su importancia
en el terreno
de la crítica histórica
no alcanzó un alto nivel científico, su inge­
nio, su facilidad, su audacia y la chispeante claridad
de su estilo
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le permitieron una rápida difusión y en especial el acceso a la
clase lectora del pafs galo
que gustaba leer irreverencias cuando
estaban sazonadas
con ingenio.
Nacido
en el seno de una familia protestante, tuvo una con­
versión
al catolicismo cuando todavía no había llegado a la edad
de los cambios definitivos. Estudió un tiempo con los jesuitas y
aprendió
con ellos la técnica de las rigurosas discusiones esco­
lásticas. Acaso el abuso de tales discusiones le hizo perder la fe
en sus nuevos patrones y retomó al protestantismo, donde se
retuvo el tiempo suficiente para comprender que no le quedaba
ninguna especie de fe, ni objetiva, ni subjetiva, pero sí un deseo
incontenible de mandarlas todas juntas al canasto de los papeles
rotos.
"En esa época sabía discutir muy bien -le confiesa a Bas­
nage--, salia de una escuela donde se me enseñó la chicanería
escolástica y
puedo decir sin vanidad, que aprendf a usarla con
bastante éxito".
Tenía la alegre vitalidad
de los hombres del sur de Francia y
una forma muy fácil de presentar los asuntos más serios. En 1682
se sintió llamado a combatir
en todos los terrenos los malos efec­
tos de la superstición religiosa
en la fantasía de los hombres.
Después de haber enseñado
un tiempo en la Academia de Sedán,
halló su tranquilidad y su
paz en la segura ciudad de Rotterdam,
en donde la falta de prejuicios religiosos le hizo la vida más fácil
y llevadera que
en cualquier otro lugar de la vieja Europa. La
sombra de Erasmo parecia defenderlo contra las agresiones del
fanatismo y le permitía respirar a sus anchas
en un clima de ama­
ble escepticismo.
Pontifice sin curia de una religión sin dogmas, Bayle comen­
zó su carrera proselitista desparramando escritos
por todas las
capitales
de Occidente. Era un periodista nato y como corres­
pondía
con todos los espfritus libres de su época, su información
de la situación politica era
tan vasta como minuciosa y unilateral,
porque
no escuchaba más que la campana de las nuevas ideas
cuyas ondas sonoras conmovían las potestades tradicionales.
Su condición de escritor y pensador estaba dominada por su
espfritu crítico. No dejó asunto sin pasarlo por la criba de un exa-
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
men implacable y tanto sus cartas como sus libros rebosan en un
placentero juego de masacre contra todo cuanto se había escrito
en materia de historia sobre la antigüedad y la Edad Media.
Esta actitud le valió numerosas adhesiones, pero le impidió
salir de Rotterdam
por temor de encontrarse frente a un tribunal
con orden y autoridad como para juzgarlo
por hereje redomado.
No tenía ánimo para aceptar ninguna doctrina
por heterodoxa
que fuera.
El mismo ateísmo le parecia una exageración de mal
gusto
y no lograba entender los motivos que impulsaban a cier­
tos hombres a negar la existencia de Dios. Un ateo
que se cree
obligado a difundir su ateísmo contra la creencia
en un Ser
Supremo le parecia
un fanático de la peor especie. Acusado por
Jurieu de "sociniano", se defendió en un largo comentario que
descubría su propia posición frente a la religión revelada.
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"No quiera Dios que yo desee extender, como hacen los
socinianos, la jurisdicción de la luz natural y de los principios
metaitsicos sobre todas las verdades de la Escritura, porque pre­
tenden que todo sentido dado a
la Biblia que no está conforme
con la luz de esos principios debe rechazarse y, en virtud de esta
máxima, se niegan a creer en la Trinidad o en la Encarnación. No
es ésto lo que pretendo. Sé que hay axiomas contra los cuales las
palabras mejor expresadas de la Escritura no podrían hacer nada,
como ése de que el todo es mayor que la parte, o ese otro que,
si de dos cosas iguales se extraen dos porciones iguales, los res­
tos son iguales, o que es imposible que dos juicios contradicto­
rios sean verdaderos al mismo tiempo, o que la esencia de una
substancia subsiste realmente
después de la destrucción de esa
substancia. Aunque se mostrara cien
veces en la Escritura lo con­
trario de estas proposiciones; aunque se hicieran mil milagros
más de los hechos por Moisés y los Apóstoles para establecer una
doctrina opuesta a estas máximas de sentido común;. el hombre,
hecho como está
no creería nada y más bien se convencería que
la Escritura habla por metáforas y por contra verdades, o que
tales milagros vendrían del demonio
... "
" ... Repito una vez más, quiera Dios que yo desee extender
esos principios
como lo hacen los socinianos, pero si puede
haber algunas limitaciones con respecto a ciertas verdades espe­
culativas,
no pienso que deba haber ninguna con respecto a los
Fundaci\363n Speiro

LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
principios y prácticas generales que se refieren a las costumbres.
Quiero decir que, sin excepción, deben someterse todas
las leyes
morales a esta idea natural de equidad que tanto como la luz
metafisica ilumina a todo hombre que viene a este m~n.do ... ".
" ... Se debe llegar necesariamente a ésto, que todo dogma
particular, ya se lo diga contenido en la Escritura o se lo pro­
ponga de otra manera, es falso cuando es rechazado por las
nociones claras y distintas de la luz natural, especialmente en
todo cuanto respecta a la mora ... " (3).
Hemos citado con alguna amplitud porque el fragmento
pone de manifiesto características de la manera habitual que tenía
Bayle
en su crítica contra la religión. No hace negaciones rotun­
das
y apela más bien a un avieso rodeo para deslizar, bajo la
apariencia del
buen sentido, la idea de que la religión no lo torna
en cuenta o lo contraría directamente en muchas de sus afirma­
ciones.
En el año 1690 se le ocurrió confeccionar un diccionario crí­
tico que bajo la apariencia
de una suerte de "Lexicon" amplio y
detallado, le permitiera decir todo lo que pensaba acerca de cual­
quier cosa. Cassirer,
en su Filosoffa de la ilustración, rinde un
homenaje al historiador que supo destruir tantas falsas leyendas
y
enseñó a observar los hechos sin los anteojos deformadores de
la fantas!a religiosa. Desgraciadamente
-añade el ilustre histo­
riador
de la filosofia-su gusto por combatir era superior a su
amor
por la verdad y el espiritu crítico se imponía a la severidad
del historiador. Nos falta de
él un libro de historia donde hubie­
se aplicado
con rigor sus principios metódicos. Por lo demás,
muchas de las leyendas
que desvirtuó no eran tan falsas como él
suponía,
ni los hombres de la antigüedad o de la edad media tan
imbéciles como requerían sus prejuicios progresistas.
Unos pasos más
en el interior del siglo XVIII encontramos una
cohorte de pensadores que abundan en esta lucha denodada
contra la superstición,
que si bien se encarna en la Iglesia Cató­
lica, conviene atacarla en aquellas demasías que impone el culto
(3) HAZARD, Paul, La Crise de la Conscience Européenne, Boivin, París, 1935,
citación.
787
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
de los ídolos. Nadie mejor pertrechado que Helvecio (1715-1771)
para ilustrar el sesgo de esta ataque contra
la tradición.
En su famoso
Systeme de la Nature aboga con elocuencia en
favor de la causa filosófica y trata de extirpar "los fantasmas y los
monstruos
que hace tantos siglos exigen un tributo cruel de mor­
tales espantos". Porque
la desdicha de los hombres viene del
temor a esos ídolos que hacen temblar
y cierran la inteligencia a
la luz de las ciencias. Un retomo a las fuentes naturales conduci­
rá, inevitablemente, a
una recuperación de la libertad que el
Minotauro de las
idolamas nos hace perder con sus pavores
sobrenaturales: "Sed justos, sed buenos y virtuosos...
en una
palabra, sed hombres; sed un hombre sensible y razonable, un
esposo fiel, un padre tierno, un maestro equitativo, un celoso ciu­
dadano; trabajad para servir vuestro país con tus fuerzas, tus
talentos,
tus industrias, tus virtudes. De este modo no temeréis la
muerte, porque
una vida que esté marcada a cada momento por
la paz de tu alma y la afección de los que te rodean, te conduci­
rá apaciblemente al fin de tus días. Sobrevivirás
en la memoria de
tus amigos".
No se lo que dina don Miguel de Unamuno de esta pálida
sobrevivencia
en el recuerdo de algunos agradecidos, pero indu­
dablemente
no contarla con su aplauso vital que esperaba algo
más fuerte
y personal.
Como nos ocuparemos de Voltaire, Diderot
y Rousseau en
sendos apartados, conviene decir dos palabras sobre el Barón
d'Holbach (1723-1789)
que llevó su critica contra la superstición
hasta las últimas consecuencias de
un materialismo que el mismo
Marx
encontrarla un poco grosero. Su Chrlstianfsme devoilé pu­
blicado casi contemporáneamente a la Enciclopedia tiene la pre­
tensión de acentuar algunas reflexiones de Diderot.
Su decidido
ateísmo enojó mucho a
Juan ] acabo que nunca dejó de creer en
Dios y que tenía de la naturaleza una idea más bucólica que bru­
tal. Voltaire tampoco lo aprobó
y como se notaba en su estilo el
enorme trabajo que le costaba escribir y hacer gala de ingenioso,
dijo refiriéndose a sus "bromas laboriosas"
y a sus pesados razo­
namientos "que era el ateísmo puesto
al alcance de las mucamas
y los peluqueros".
788
Fundaci\363n Speiro

LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
Estaba bien combatir a la Iglesia, pero habla que hacerlo con
mejor estilo y cuidándose especialmente del ridfculo, arma que
cuando cae sobre el que critica, favorece la causa del combate.
Otro enemigo del progreso: la monarquía hereditaria
Es verdad histórica que la monarquía absoluta, cuya figu­
ra más representativa fue
en el siglo XVII y comienzos del XVIII,
Luis XIV, creció y aumentó su poder sostenida por la burguesía y
a expensas de los poderes regionales constituidos
por la antigua
nobleza feudal. También es cierto
que en su desarrollo alimentó
las fuentes de la riqueza nacional y muchos financieros
_vieron
crecer sus fortunas al compás de las guerras, el comercio ultra­
marino y las conquistas territoriales que toda gran empresa polí­
tica supone. Pero al mismo tiempo y
en tanto el desarrollo del
reino exigía un presupuesto en relación con su poderío, los po­
seedores del dinero veían disminuir sus entradas en beneficio de
una grandeza y un prestigio nacional que suponía más gastos que
ganancias.
En pocas palabras: los intereses políticos del monarca
no
siempre coincidfan con el de sus financieros y, para estos últi­
mos, estaba el riesgo supletorio de
que un dfa cualquiera el
monarca
podfa desconocer sus legítimos derechos y. pedirles
cuentas
de sus ganancias ofreciéndoles un gracioso hospeda je
en la Bastilla o en alguna otra prisión de Estado hecha especial­
mente para esos casos.
El recuerdo de Fouquet no se había
borrado de las memorias y
pendfa, como la espada de Da­
mocles, sobre las empolvadas pelucas de estos súbditos algo
inquietantes.
Los amigos de las luces quieren que las causas de la revolu­
ción burguesa sean otras, más nobles y desinteresadas. Hablan de
la
mayaría de edad de los pueblos, del avance de las luces, del
crecimiento demográfico y de
la inevitable expresión de las ideas
democráticas. En verdad todas estas consignas brotaron como
hongos durante ese tiempo y junto con el mejor aprovechamien­
to
de los recursos económicos y los nuevos criterios comerciales,
789
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
configuran una atmósfera espiritual que se extiende a toda la bur­
guesía culta de ese momento y a gran parte de la nobleza.
El estallido revolucionario fue preparado por el concurso evi­
dente de estos pretextos,
pero ninguno de ellos hubiera podido
actuar
por sí solo sin la influencia efectiva del dinero que unió
los esfuerzos, sufragó los libelos, los libros y las obras de teatro,
pagó a los agitadores y mantuvo
en vilo el espíritu de protesta
interviniendo
aqtú y allá, para crear, mediante maniobras econó­
micas, las condiciones de miseria
que servían para atizar el fuego.
Señalamos
en su oportunidad que la mayor parte de los cam­
bios históricos provocados a lo largo del siglo
XVIII y que pueden
considerarse revolucionarios, tienen por causa dos fuertes poten­
cias espirituales: la "libido dominandi" encarnada vivamente
en el
desarrollo del aparato estatal y los nuevos criterios económicos
que transformaron todas las actividades de la cultura bajo la pre­
sión de su economicismo.
Si se piensa con rigor, ambos fenómenos son concomitantes
y sinérgicos: el desarrollo económico necesita el crecimiento del
aparato estatal y éste se apoya, cada vez más,
en el poder de
las finanzas. No obstante esta aparente sincronía encierra
una
íntima contradicción que tiende, necesariamente, a resolverse
en favor de las finanzas) porque, mientras el aparato estatal esté
en manos de un monarca independiente de los altos intereses
económicos, éstos
pueden ser obligados a presentar sus libros
de cuentas.
La razón secreta de esta contradicción reside en el hecho de
que ninguna de estas dos potencias puede recabar para sí el
poder absoluto, si no reclama, al mismo tiempo una potestad de
linaje religioso.
El monarca puede hacerlo y en ese caso se trata­
ría de
una monarquía de derecho divino, tal como la que podía
alegar Catalina de Rusia o Federico
II. Las finanzas no pueden
recurrir a este tipo de pretexto y se les impone la necesidad de
crear un gobierno subrepticio que dependiendo directamente de
ellas, indirectamente alegue
una dependencia de esa incontrola­
ble voluntad general
que había inventado Juan Jacobo Rousseau
y
que podía reemplazar la voluntad divina con algunas ventajas
aleatorias para quienes pagan su promoción.
790
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
Las dos actitudes están sostenidas por el predominio de cri­
terios unilaterales y exclusivos con tendencias a convertirse en
único norte del destino humano. Ni el poder politico, ni el poder
económico pueden convertirse en fines últimos de la existencia
sin recabar las prerrogativas
de una falsa religión. Por esa razón
al polarizar las energias espirituales del hombre dejan de mover­
se
en el cuadro sinérgico de la armonía impuesta por la fe ver­
dadera
y tienden a romper los quicios de las normas tradiciona­
les
en la hipertrofia de sus propios crecimientos.
En una civilización todavía transitada por motivaciones reli­
giosas católicas, el influjo determinante de
una de estas pre­
ferencias valorativas tenía
en su contra algunas de las influencias
espirituales del Antiguo Régimen
y esto impedía, tanto al poder
politico como a los poderes económicos, salirse de un cierto
marco
de normalidad.
Testigos de las dimensiones alcanzadas
por el Estado en algu­
nas naciones o
por el poder del dinero en otras, podemos adver­
tir sus conatos en la monarquia absoluta y en la primera explo­
sión industrial del siglo
XVIII, pero los hombres que vivían en ese
preciso momento histórico no las veían como síntomas de futu­
ros peligros, sino más bien como algo que debía contarse a favor
de las alegres perspectivas del progreso.
Por ahora nos toca
examinar la actitud del progresismo fren­
te al fenómeno
de la monarquía hereditaria, que no era un poder
químicamente puro, porque guardaba, en razón de su regulado
equilibrio frente a
la tradición y al orden moral cristiano, una
posición de respeto y reconocimiento. Era, para decirlo con pala­
bras
que salia usar Maurras, un poder que componfa con otros
poderes intermedios y sin tratar
de fagocitarlos, los alentaba en
lo que tenían de más auténtico y social.
Fuerza animada
por el espíritu de la vieja caballería, conser­
vaba una serie de usos e instituciones inmunes a la influencia del
dinero y que por esa misma razón mantenía, en la sociedad euro­
pea, muchos prestigios que
no debían su situación a los azares
del comercio
y las especulaciones financieras. El carácter heredi­
tario
y familiar de la institución regia la substraía al soborno elec­
toral y la convertía
en la mejor garantía para proteger las comu-
791
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
nidades orgánicas que le prestaban apoyo y recibían de ella un
positivo influjo vital.
El sentido de continuidad fundado en la sangre, escapaba al
cerco de las intrigas partidarias y de las presiones
que podían
ejercer las finanzas
en pro de algún candidato eventual. El here­
dero
al trono no necesita publicidad para llegar al poder y, por
lo tanto, no estaba atado ni a quienes sufragaban la propaganda,
ni a las espectativas de las grandes promesas plebiscitarias.
Los financieros que pagaron los gastos de la revolución, se
hicieron muy duchos, durante los años
que duró el asedio a la
monarquía,
en suscitar caudillos populares capaces de defender
sus intereses y mantener la adhesión de las masas, tan necesarias
para crear situaciones de violencia. No siempre la docilidad
de
los agitadores, respondió fielmente a la voluntad de sus amos y
los
hubo que, convencidos más allá de toda prudencia, de sus
lucubraciones ideológicas o tal vez
con la ambición de jugar la
gran partida
por su cuenta, trataron de prescindir de quienes los
hablan lanzado a la arena politica sacándolos de sus anonimatos
mezquinos. Napoleón fue
un caso aleccionador que las logias
registraron con gran cuidado. Poco faltó para que este antiguo
jacobino, usado
por los beneficiarios de la revolución para que
impusiera orden en las calles, implantara en Europa un régimen
imperial que tenía la pretensión de resucitar, si no el Sacro
Romano Imperio Germánico de Occidente, ese que creyó posi­
ble
Luis XIV cuando, en sus últimos años, trató de unir sus fuer­
zas a las de la Casa de los Austrias.
Un poder
que escapara totalmente al control de las logias
financieras era excesivo y tanto los grandes banqueros, como los
comerciantes, no estaban dispuestos a apoyarlo, a no ser que un
régimen parlamentario bicameral pusiera en sus manos el gobier­
no efectivo de la nación. El precedente inglés jugaba un papel de
primera importancia
en ese tiempo en que las finanzas tenian
todavía nombre y apellido y los financieros aspiraban a gozar de
sus dominios
en el decoro prestigiado por una monarquía de
relumbrón.
A través de las sociedades internacionales de obediencia ma­
sónica y de los numerosos "clubes" de opinión, se comenzó la
792
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
faena de zapar los fundamentos de la monarquía, mediante la
promoción de ideas
en las que el concepto de progreso y otras
consignas revolucionarias de la misma estirpe cumplían su papel
destructivo.
El progreso, convertido en una suerte de entidad mítica, exi­
gía la desaparición de los últimos reyes absolutos y
con ellos el
sistema de familias, baluarte
de una concepción orgánica y plu­
ral del cuerpo político.
La nobleza
El concepto de nobleza implica la existencia de principios
axiológicos
que conviene examinar con cierto rigor antes de
estudiar su papel en el seno de una sociedad civil. En primer
lugar hay
un fundamento biológico que supone también una dis­
posición valorativa: noble es aquél que tiene
un talante rJSico y
moral apto para el combate. Pero esto es apenas
un punto de
partida y sin la existencia
de un orden social capaz de acoger
estas excelencias
en un cuadro marcado por la idea del servicio
y la lealtad personal,
no excede el nivel que puede darse en una
horda guerrera.
La disposición noble supone también el ejercicio de ciertas
virtudes
de lujo que hay que cultivar para merecer el honor de
ciertas prerrogativas. Cuando del privilegio que acompaña
el
hecho de ser noble se quitan las obligaciones que implica, la
nobleza
ha perdido su sentido timocrático y todo el valor de su
prestigio.
Los nobles forman los cuadros de un ejército que, de
esta manera, queda ligado al régimen de familias y a la solidari­
dad del Rey con respecto a los más antiguos apellidos de la
nación. Estos hombres mantienen
con su jefe una relación libre,
porque si bien comprometen
con él su hacienda y su vida, el
honor de la estirpe queda incólume y
un oficial que se degrada
por una razón mercenaria, pierde entre sus pares 61 prestigio de
su dignidad.
La formación del noble exige la existencia de un clima fami­
liar donde se cultiven las virtudes del coraje, el honor, el coman-
793
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
do y esa soberbia vital que hace a la presentación, a la actitud, a
la arrogancia y a los modales propiamente nobles. Sin esa atmós­
fera vivida
en el seno de un prestigio nobiliario, no hay auténti­
ca nobleza. Esta
no puede ser nunca el resultado de una impro­
visación o de
un decreto. Es fruto de una larga decantación favo­
recida
por una serie de deberes destinados a fomentar los hábi­
tos
que exige la vida militar.
El noble es un soldado pero lleva al mundo de las armas un
apellido con raíces en la historia de un pueblo y, en ese preciso
sentido representa
una solidaridad social que no se puede exigir
del mercenario. Por esa razón
su obediencia está condicionada,
en primer lugar, por el honor de la familia a la que debe rendir
cuentas
de su conducta frente al enemigo, pero también en el
plano
de su subordinación a los jefes que nunca puede ser ser­
vil y deshonrosa.
Cuando se vive, como vivimos nosotros, en el seno de una
sociedad transida de racionalismo economicista, resulta dificil com­
prender las motivaciones profundas y casi instintivas
que llevan a
una sociedad a favorecer el cultivo de una minoria noble. Sin lugar
a dudas las comunidades tradicionales se mueven
en el ámbito de
intereses orgánicos y no solamente económicos como los nuestros,
por eso se tiende a rodear el poder con todos los recaudos de una
educación que contemple aspectos biológicos sociales y religiosos
que para nosotros
han desaparecido o entran solamente a título de
elementos útiles para
un propósito determinado.
La publicidad revolucionaria ha hecho del privilegio nobilia­
rio
un puro usufructo de un beneficio inmerecido. Somos inca­
paces
de apreciar las cualidades que el antiguo régimen cultiva­
ba para evitar los abusos del nudo poder. Juan Jacobo Rousseau,
pese a la crispada susceptibilidad con
que se enfrentó los favo­
res recibidos
de las mejores familias de Francia siempre fue tra­
tado por los nobles con cuidadosa delicadeza y salvo en los casos
en que se hizo acreedor a un merecido reproche, se lo ayudó sin
esperar
de él nada que afectara su dignidad de escritor. Los pri­
vilegios, como las pompas religiosas que acompañaban la coro­
nación
de un monarca, imporúan obligaciones, señalaban límites,
establedan requisitos, determinaban delicadezas.
794
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
Cuando los dirigentes de un pueblo nazcan del comercio
electoral, del tráfico económico, de la publicidad ruidosa y des­
vergonzada se verá cuánta razón tenía Daniel
Halévy cuando, en
su Ensayo · de Historia Contemporánea, afinnaba que Francia
estaba gobernada
por un grupo de financieros que manejaban,
desde sus escritorios, a una
banda de intelectuales reclutados en
la hez de las universidades. Lo había anticipado Burke en sus
Reflexiones sobre la Revolución Francesa cuando denunciaba que
la nueva constitución pondría a Francia en las manos "de los
agitadores, de las sociedades mercantiles,
de los directores de
cooperativas urbanas, fideicomisarios, agentes
de negocios, espe­
culadores y aventureros. Esa innoble oligarquía nacida de la des­
trucción de la corona, la Iglesia, la nobleza y el pueblo".
Concluia su párrafo con
una frase que requiere, para ser com­
prendida
en toda su belleza, la voz y la prestancia de ese gran
orador que fue Burke: "Here
end ali the deceitful dreams and
visions of the equality and rights of man. In the sobornian bog of
this base oligarchy, they are ali absorbed sunk and lost far ever".
Sería una ingenuidad absoluta pensar que un titulo de noble­
za inmunizaba contra el soborno y menos todavía
en un tiempo
en que los titulos se compraban como cualquier otra mercancía,
pero tampoco es cuerdo desdeñar el valor de la designación
honorífica cuando está constituida
por el respeto general, la edu­
cación y las costumbres.
Cuando se examina con sentido
crítico los cargos hechos por
la revolución contra los estamentos nobles, se advierte que la
mayor parte de ellos,
no solamente resultan injustificados, sino
que además parecen alentados por el deseo de destruir cualquier
excelencia
que supere el nivel de las desigualdades impuestas
por la posesión del dinero. Dos aspectos, en apariencia contra­
rios, llaman la atención del observador: la adulación sin tapujos
a las inclinaciones individualistas de la burguesía y el deseo de
los nuevos aspirantes a dirigir la .sociedad
en posiciones de
comando que no exijan la incomodidad de tener que pagar tal
privilegio con obligaciones onerosas.
No se
puede descuidar tampoco otro aspecto del problema
que no ha sido examinado con la pulcritud que exige. La noble-
795
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
za estaba fntimamente contagiada por el espfritu de lucro de la
burguesfa.
Los nuevos criterios económicos se imponfan como
conclusiones indiscutibles, y muchos
de los llamados privilegios
feudales eran verdaderas hipotecas
que pesaban sobre las pro­
piedades e impedían una explotación beneficiosa. Renunciar a
ellos
no fue una violencia para el estamento nobiliario y lo hizo
con todos los aspavientos
que la época imponía en una memo­
rable sesión de la Asamblea Nacional.
El Pueblo
En las sociedades tradicionales no se da entre los cuerpos
privilegiados y
el pueblo una separación tan tajante como la
que se dio entre la burguesía y el proletariado luego de las
revoluciones del siglo xvm.
Los principios religiosos a que. se
adherían unos y otros
eran los mismos. Las verdades transmiti­
das
por el párroco de la aldea en sus homilías dominicales a sus
rudos feligreses
son substancialmente las mismas que enseñan
en sus tratados o en sus sumas los grandes teólogos de la
Iglesia.
La moral que, mal o bien, viven los grandes señores es
la misma que tiene vigencia en el hombre común. El arte que
se exhibe en las grandes catedrales o en las simples iglesias de
campaña, cualesquiera fueran las diferencias
en su presentación
externa, están inspiradas
en las mismas fuentes de sabidurfa
sagrada. Hay
en la cultura cristiana tradicional diferentes niveles de
penetración y profundidad
en la comprensión de los dogmas y
los misterios de la
fe, pero estos son exactamente los mismos
expuestos
en simples manuales para catecúmenos o en los sabios
tratados para perfección de los teólogos.
Lo que llama más la atención de aquellos que estudian la vida
urbana
en el Antiguo Régimen: no había barrios de pobres y
barrios de ricos
y, en muchas oportunidades una casa de varios
pisos albergaba
en la planta baja a un señor, en los pisos medios
a simples burgueses y los pisos más altos a menestrales y perso­
nal
de servicio.
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
La idea de una formación espiritual para aristócratas de la
inteligencia entra con el Renacimiento y se expande
en el perío­
do de las luces y con ella la noción de
que hay un arte fabrica­
do especialmente para una minoría de exquisitos y otro para la
diversión del pueblo común.
Cuando la inteligencia se aparta de la fe tradicional; se apar­
ta al mismo tiempo de las creencias comunes, de los hábitos
seculares,
de los usos probados en el curso de los siglos. Los dés­
potas ilustrados y las nuevas repúblicas mandarán sus maestros a
las aldeas para transmitir, junto con el silabario, los principios del
progreso y luchar contra
la influencia del párroco y todo lo que
dejó el cristianismo como trasfondo de auténtica sabiduría.
La nueva consigna es educar al soberano y convertir a la
gente del pueblo
en pequeños burgueses libre pensadores. Es
decir, independientes de la disciplina dominical que los ataba a
la misa y a los diez mandamientos. Muy cerca de las iglesias los
tratantes de vinos
ponen sus tabernas y mientras los hombres dis­
cuten politica entre
uno y otro trago, las mujeres escuchan el ser­
món dominical cargado
con los reproches de un sacerdote supe­
rado
por las ideas en boga.
El asedio a las clases populares para destruir los fundamen­
tos del cristianismo conoce durante la "Ilustración" dos modelos:
el propiamente revolucionario
que hemos expuesto en nuestro
sucinto resumen y que será ejecutado
por las. sucesivas repúbli­
cas francesas y otro, paternalista y aristocrático, que cree bueno
mantener entre los humildes los fundamentos de una superstición
que los contiene
en el temor a las penas infernales. Napoleón hizo
una sintesis de ambos modelos y mientras dejaba la enseñanza
primaria
en manos de los curas, ponía la universitaria en las de
las logias liberales y masónicas.
El nuevo credo que reemplaza al antiguo, adolece de una
sutil ambigüedad, mientras los encargados de enseñarlo y trans­
mitirlo a las clases populares
creen en él, los que manejan el pro­
ceso,
ponen el dinero y pagan la publicidad lo admiten sola­
mente
por su valor pragmático, por el uso práctico que hacen de
él pero, indudablemente, creen en la soberanía popular como
podía creer el mismo Burke.
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
La destrucción del saber tradicional y la imposibilidad, por
falta de medios intelectuales adecuados de acceder a los funda­
mentos científicos y filosóficos de las ideologías, sembrará
el
desarraigo, la inquietud y la desesperación, sin crear en su lugar
nada
que reemplace la antigua fe. Socavadas las bases religiosas
de la vida moral, de las costumbres ancestrales, de la obediencia
y
de la vida interior, desaparecen los fundamentos .del orden
social.
Lo que queda ya no es un pueblo en el sentido propio del
término, sino
un conjunto de individuos sostenidos en sus faenas
por los intereses individuales, por las presiones relacionadas con
esos mismos intereses o por las consignas revolucionarias que
pueden congregar superficialmente gracias a la envidia o al odio
común despertado y sostenido
por una propaganda adecuada.
Esta masa, para decirlo
con el término correspondiente a la
nueva realidad social, carece de organicidad en su comporta­
miento;
no está unida por el espiritu de la fe común, sólo puede
estarlo por los lazos coactivos de las organizaciones sindicales o
estatales.
Lo vio con claridad don Juan Donoso Cortés en su famosa
parábola de los dos termómetros: la caída del termómetro reli­
gioso provoca necesariamente el aumento de la presión policial.
Cuando se
ha quebrantado el orden interior sostenido por la
autoridad de Dios presente
en la intimidad del sujeto, sólo queda
el temor al vigilante pero, se puede decir, como los vi_ejos roma­
nos, ¿quién cuida al que me custodia?
La vida popular se anemia espiritualmente y el vado dejado
por las creencias se llena con el humo de las falsas expectativas
desatadas
por las utopfas revolucionarias. Donde hubo iglesias
habrá tabernas o alguna agencia
turística para enseñar a los via­
jeros los tesoros producidos
por el genio de la raza. Donde hubo
bailes, música y fiestas populares, habrá folkloristas profesiona­
les, fabricadores de cacoforúas, payasos mercenarios para com­
batir el tedio que. brota, inevitablemente, de
una vida sin conte­
nido espiritual.
En
una sociedad donde el individualismo crece a expensas
de todas las comunidades intermedias nacidas
en la convivencia
histórica de
un pueblo, solamente los más ricos pueden enfren-
798
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
tar con algún éxito la orfandad de cuadros defensivos. A los
pobres les queda la esperanza del "boom"
si están dotados para
ello o tienen la suerte de alguna inesperada lotería.
Los otros
pueden ser la carne de cañón necesaria en los partidos que
explotan el filón de los rencores y los fracasos.
No se precisa ser
un filósofo profesional para comprender
que la idea de progreso requiere, para ser aceptada
un toda su
plenitud optimista,
una situación económica que permita al cre­
yente disfrutar de algunas de sus ventajas más inmediatas.
Es una
idea que hace cuerpo con la revolución y si bien forma parte de
la sociedad de consumo en el sistema capitalista, se calienta pros­
pectivamente
en el fuego ilusorio de las promesas socialistas que
dejan entrever un acceso fácil al paraíso técnico.
Los "Ilustrados" del siglo XVIII no creían en las masas y des­
confiaban del pueblo todavía bajo la influencia del cura. Supo­
nían,
con justa razón, que allí se incubaban todos los defectos de
la superstición católica. Tenían su confianza puesta
en la eficacia
de
"Las luces", pero comprendían que sólo desde el gobierno y
en forma despótica se podían imponer sus saludables efectos.
Voltaire,
uno de los portavoces mejor escuchados del ilumi­
nismo, consideraba necesario mantener al pueblo bajo el encan­
to
de las viejas creencias. Temía por su vida y por sus bienes el
día
en que los pobres dejaran de creer en el infierno. La divul­
gación
de las luces no le resultaba muy convincente y le parecía
que educar al soberano en la perspectiva descubierta por las
ciencias positivas, era una operación inútil y costosa. Napoleón,
como ya vimos, fue de la misma opinión y cuando devolvió a los
obispos el monopolio
en la vigilancia de las braguetas francesas,
lo hizo movido
por un pensamiento muy parecido al de Voltaire:
no convenía sacar. al hombre común del quicio cristiano.
En general, la "Ilustración" confiaba
en hacer del hombre de
pueblo
un pequeño burgués. Era su deseo implícito y si bien
comprendía las dificultades económicas
que planteaba la imposi­
ción de ese modelo, luchaba
por su realización espiritual. El bur­
gués
es el hombre desligado de toda solidaridad estamental y afe­
rrado únicamente a sus intereses individuales. Aburguesar al pue­
blo es destruirlo como tal, inculcándole el virus individualista de
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RUBÉN CALDERÓN BOUCHET
la burguesia sin la compensación de la fortuna. Así nacieron las
masas que alimentarán las protestas sociales del siglo
XIX y se
convertirán, cuando hayan desaparecido los notables, en la única
realidad, llamémosla social, del siglo xx.
El sentido orgánico de la vida
La idea del progreso, lo hemos dicho, nace con la prioridad
espiritual de los criterios económicos y se desarrolla
al ritmo de
los adelantos técnicos que permiten
al hombre un dominio, cada
dia más perfecto,
de las realidades fisicas del mundo ..
Por todas estas razones depende, en su raíz más honda, de
una visión del universo que permita y sustente la existencia de
ese único propósito: hacer del mundo la casa del hombre, su
única casa.
Newton había descubierto la ley aplicada a la mecánica celes­
te, daba cuenta y razón de sus movimientos como si el cosmos
fuera, efectivamente,
un artilugio mecánico. Teóricamente un
artefacto puede perfeccionarse indefinidamente y hasta hace rela­
tivamente poco tiempo la gente creía
en los saludables beneficios
de la competencia en la construcción de automotores cada vez
más veloces. Desgraciadamente este tipo de optimismo tropieza
con
un límite natural que aparece de repente en medio de la
euforia creadora y pone término
al desarrollo de determinada
técnica.
La idea moderna del progreso tropieza en su carrera triunfal
con las condiciones orgánicas del mundo, sea aquella
que inspi­
ra a los ecólogos o la que
se apoya simplemente en el_ buen sen­
tido del hombre. Limitándonos a lo
que se podía observar en el
siglo
XVIII, se vio aparecer junto a los cultores del progresismo,
influidos
por el auge de la producción industrial, una filosofia
económica nacida
en el seno de la pequeí\a burguesía campesi­
na, que auspiciaba un retorno idilico a un tipo de producción
regulada
por las necesidades y sabiamente contenida en los lími­
tes de
la naturaleza. Juan J acobo, que por muchos aspectos de su
personalidad, puede figurar entre los progresistas, era
un reac-
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LOS ENEMIGOS DEL PROGRESO
donarlo consecuente en cuanto su corazón entraba en trances
bucólicos y soñaba con su viejo jardin "des Charmettes", o de
"l'Ermitage".
Marx, que cuando hablaba de revoluciones sabía muy bien
de qué se trataba, ha colocado a la burguesía en el centro del
interés político como
al estamento revolucionario por antonoma­
sia. Por supuesto el burgués no es solamente el detentor de una
determinada fortuna o el simple habitante de la ciudad como se
entendía
en el Antiguo Régimen. Es eso que los economistas sue­
len llamar el "horno oeconomicus",
no porque sea un denodado
defensor del "oicos", sino porque sus motivaciones espirituales
están signadas
por una preferencia exclusivamente económica en
el sentido moderno del término.
En la medida
en que esta disposición espiritual se impone
decididamente sobre los representantes de los estamentos tradi­
cionales, todo el orden sobre el
que posa para la sociedad anti­
gua se ve arrancado de sus
raíces y vulnerado en aquellos prin­
cipios
que hacían a la estabilidad orgánica de la vida humana.
Cambia la relación del hombre con Dios, con la naturaleza de las
cosas y también con los otros hombres, como una inevitable con­
secuencia del rumbo economicista tomado
por sus preferencias
axiológicas. Por supuesto esto destruye los lazos naturales
que
ligan a todas esas realidades con el hombre y con ellos se
corrompen también los sobrenaturales,
en la misma medida en
que el economicismo impone sus decisiones hasta en los nuevos
criterios apostólicos. Jesús ya no es el Redentor del género huma­
no sino el que viene a resolver un problema de justicia social
planteado
en términos económicos.
Este proceso tiene su ritmo
en el tiempo y su compás se ace­
lera
en la misma medida en que se atrofian los otros valores y se
anemia el repertorio existencial de la vida humana. A
don José
Ortega y Gasset le llamó la atención el empuje tremendo
que
cobró la vida en nuestra civilización durante los siglos XIX y xx y
estuvo siempre dispuesto a atribuirlo a la positiva influencia del
liberalismo, cuya variedad inglesa admiraba con toda la nostalgia
de
un español signado por la decadencia. No obstante vio con
singular penetración el camino desastroso que tomaba
la cultura
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Rl!BEN CALDERÓN BO/ICHET
como consecuencia del advenimiento al poder de las masas.
Siguió creyendo, con obstinada contumacia,
en el valor de la
receta liberal, seguro
de que la ruptura con Dios Creador, funda­
mento metaffsico del orden real,
no tenía repercusiones catastró­
ficas
en la economía general de nuestra naturaleza.
La vieja cristiandad sobrevivía aún en los campos y en las
aldeas y esto se verá
en toda su plenitud en los levantamientos
campesinos durante la Revolución.
La nueva economía llevó
hasta las ciudades la vieja paisanerla europea y el
ri(llJ.o mecáni­
co de las máquinas suplantó para siempre el compás cósmico de
la vida aldeana. Pero
no solamente lo reemplazó en la modalidad
del trabajo, lo sustituyó también
en la relación íntima con el fruto
de ese trabajo:
no se dependía más de las estaciones, ni del sol,
ni del frío, ni
de la lluvia. No se esperaba las viejas campanas de
los conventos para rezar el "angelus", ni la homilía del buen
sacerdote que recordaba nuestros deberes. No había otra com­
pensación que el salario, ni otro sermón
que la ferviente oratoria
del socialista de turno que reclama el reconocimiento de la con­
dición humana,
que parecía perdida para siempre en la aldea
donde quedaron los recursos y las tumbas.
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