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James Kalb, Against inclusiveness: how the diversity regime is flattening America and the West and what to do about it

James Kalb, Against inclusiveness: how the diversity regime is flattening America and the West and what to do about it, Angelico Press, Tacoma (Washington), 2013, 203 págs.

Inclusividad no es todavía una palabra importada del neo-lenguaje de los Estados Unidos de América que haya hecho gran fortuna entre nosotros. He escrito «todavía»porque, formando parte de la misma familia que diversidad o tolerancia, lo previsible es que, tarde o temprano, se generalice en boca y pluma de bienpensantes políticos y periodistas, eclesiásticos y profesores de universidad, y hasta sature nuestros textos legales y códigos de conducta empresarial. Si bien pertenecen todas ellas a una misma familia, tales palabras difieren ligeramente en énfasis y connotación, como nos explica en las primeras páginas de Contra la inclusividad su autor, el columnista de aquella nación James Kalb, converso a la fe católica y abogado que hace años publicó una celebrada crítica del liberalismo avanzado con el expresivo título: The tyranny of liberalism: understanding and overcoming administered freedom, inquisitorial tolerance, and equality by command (ISI Books, 2008).

La inclusividad requiere que las personas de cualquier raza, cultura, religión, sexo, discapacidad, orientación sexual (neo-concepto este último que ya nos ha anegado, poniendo al mismo nivel naturaleza y desviación), etc., participen por igual en todas las actividades sociales, con presencia casi proporcional. Se presenta como llamada a un generoso y universal abrazo, mientras que la tolerancia tiene más que ver con los peligros del odio y la persecución; salvo que, por supuesto, se imponga la «tolerancia cero» (nunca la intolerancia, término nefando) si se trata de ideas o conductas condenadas por el neo-lenguaje, en cuyo caso no hay odio ni persecución sino legítimo rechazo, necesaria prevención y justificada represión. Diversidad y multiculturalismo se caracterizan por notas más expansivas. Con la diversidad se celebra la variedad de los grupos objeto de inclusión y se supone que se refuerza la vida social, ya que se da por descontado que cada grupo aporta algo especial. El multiculturalismo atañe más propiamente al resultado (que por principio se reputa positivo) de la mezcla de usos y costumbres culturales. A pesar de semejantes distinciones, todas esas expresiones se definen de modo tan amplio que cada una lleva implícita a las demás. No es posible ser «tolerante» y oponerse sin embargo a la «diversidad», o ser «inclusivo» y oponerse al «multiculturalismo». Aceptar una es aceptar todas, de manera que lo natural (aunque repetitivo) sea hablar de una «sociedad diversa, tolerante, inclusiva y multicultural».

Es inmediato dedicar un agradecido recuerdo al maestro Rafael Gambra y su libro El lenguaje y los mitos, que en los años ochenta del pasado siglo puso al desnudo con certero juicio las trampas del neo-lenguaje de la época. Hoy por desgracia consolidado y envilecido por una evolución sin pausa. Como entonces y como siempre, aceptar las palabras es adherir al sistema.

La tesis medular del nuevo libro de Kalb se sustancia en que, para el liberalismo avanzado de nuestros días, todas las realidades (raza, religión, cultura, sexo, etc.) que cubre con el manto indiscriminado (discriminación, otro término nefando) de la inclusividad, se benefician de ese régimen laxista precisamente en la medida en que no importen nada, en la medida en que se reduzcan a pulsiones o preferencias individuales, irrelevantes para la vida social. Las cosas serias, objetivas, tienen que ver exclusivamente con la producción y el consumo, con ciencias y técnicas orientadas a esa finalidad económica, a la cual se reduce la vida en común. La inclusividad permite a la gente que sea diferente, pero no permite que sus diferencias tengan ninguna importancia. Diferencias como llevar el pelo verde son aceptables, porque no cumplen ninguna función. Tampoco la religión (mitigada hasta mero liberalismo poetizado) o la cultura (reducida a gusto y entretenimiento), ni la masculinidad o la feminidad (cuestión de libre opción), todas ellas reputadas simples preferencias individuales, habrían de cumplir función alguna en la vida social.

A lo largo de diez capítulos el autor defiende la pertinencia de muchas distinciones (o discriminaciones, sin horror por este término) tradicionales; describe y analiza, de manera ágil y sugestiva, el deletéreo impacto de la inclusividad sobre variados e importantes asuntos (moralidad y política, mujer y vida familiar, minorías raciales, etc.); y se detiene también en la imprudente permeabilidad de la Iglesia de nuestros días a expresiones tales como «derechos» y «discriminación» (siempre en sentido peyorativo, por supuesto), con cuyo uso sus enseñanzas se han hecho «más gratas al New York Times pero quizá reflejo menos claro del pensamiento católico en su conjunto». Y dedica Kalb sus conclusiones a una perspectiva de futuro (podría ser que el sistema, como en su día le ocurrió al soviético, no estuviera lejos de una crisis terminal); y unas interesantes reflexiones sobre qué hacer a la espera de esa eventual oportunidad de cambio radical, básicamente preservar y transmitir (a escala menor, forzosamente imperfecta) la vida conforme a naturaleza y tradiciones (un comunitarismo de ocasión, pues, no de tesis): «[…] los liberales no tienen hijos, […] el futuro pertenece a quienes los tienen. […] En general, es considerablemente más probable que los liberales, más que los conservadores, no se casen, se divorcien, sean adúlteros, cohabiten fuera del matrimonio y no tengan hijos».

En algunas páginas quedaría la duda de si el autor sería un conservador o moderado, quizá al estilo de Edmund Burke, que profesara y añorase el primer liberalismo, templado por la pervivencia (y gradual declive) de instituciones y creencias tradicionales con reconocido arraigo social, como las fraguadas en torno a religión, patria y familia. Pero en otros lugares del libro se advierte que Kalb adhiere, o al menos se aproxima, a la posición mejor fundada de quienes, como por ejemplo el profesor John Rao, agudo debelador del americanismo y amigo y colaborador de esta revista, reconocen el mal en sus orígenes. Así cuando afirma Kalb que quienes ven a Dios como el ens realissimum verán la modernidad como radicalmente defectuosa desde el comienzo. O cuando admite que, sin la Iglesia como autoridad efectiva al cuidado último del orden moral, no cabía que perviviese mucho tiempo aquella antigua trama de naturaleza y tradiciones: «Algo como un papa y extra ecclesiam nulla salus parecen fundamentales para una vida con arreglo a la razón».

Juan Manuel ROZAS