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Número 567-568

Serie LVI

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Dominic Erdozain, The soul of doubt. The religious roots of unbelief from Luther to Marx

Dominic Erdozain, The soul of doubt. The religious roots of unbelief from Luther to Marx, Nueva York, Oxford University Press, 2016.

Especialista en la era victoriana, Dominic Erdozain publicó en 2010 un libro llamado El problema del placer. Deporte, recreación y la crisis de la religión victoriana. Enseña teología y religión en el londinense King’s College y sus investigaciones se orientan a los estudios sobre la secularización, tema central del texto que hemos de reseñar. El alma de la duda cuestiona la narrativa acerca de la secularización –que los especialistas dicen consistiría en la evacuación de la religión de la esfera pública y su declinación–, narrativa triunfalista o funesta, que tiene su momento álgido en la modernidad y la Ilustración, y que el autor descarta como si la historia pudiera contarse partiendo de un pasado religioso y llegando luego un a presente secularizado. Cree que uno de los equívocos de estos relatos ha sido el tomar las cuestiones subjetivas (como la duda o la alienación) por fenómenos objetivos, es decir, científicos. Lo que se percibe como secularización, de acuerdo a Erdozain, resulta menos de la solidez de las filosofías anticristianas o ateas que de las ansiedades que la Cristiandad alimentó y sigue alimentando; esto es, el cristianismo, que es el padre de la criatura, ese cristianismo sigue presente en las ideas y las impresiones que lo critican. Por eso las ideas modernas como las ilustradas no desintegraron la religión, sino que la internalizaron, por ejemplo, en el elusivo concepto de la conciencia, que es uno de sus dogmas.

Esta postura intelectual abre el panorama a una doble valuación de la obra. La primera cuestión hace a la secularización como concepto; la segunda a la historia que Erdozain relata. A lo primero me gustaría observar que la tesis de Erdozain conduce lisa y llanamente a la eliminación del concepto: si en la secularización la religión no es arrinconada hasta su extinción, o casi, sino que vive disfrazada de otra cosa que es igualmente cristiana, como la conciencia o la duda, entonces no hay secularización, la religión se conserva siempre travestida en lo que admite este tiempo moderno y será así por los siglos. Más aún, esta época o aquella otra serían cristianas a su modo, tan cristianas como lo fue en la Cristiandad histórica o tal vez más que ella. Todo dependerá de la apreciación subjetiva, porque el cristianismo late y vive aún en el enemigo, su supuesto enemigo.

Me parece que el error del autor consiste en creer que sustancialmente no hay diferencias entre la fe cristiana antigua y la moderna, entre –para ponerlo con palabras precisas– la fe católica y la fe protestante, porque el refugio de la conciencia de los reformados es cristiano. Sí, lo es, pero gnóstico, inclusive precristiano, porque la fe religiosa católica –aquella de los tiempos premodernos– no es subjetivista al modo protestante ni radica principalmente en la conciencia individual. Además, la conciencia protestante no es lo mismo que los católicos entendían por ella. Extraña que un profesor de religión y teología no perciba las diferencias. Y esto a pesar que se ha detenido en la doctrina de la Contrarreforma, pero leída con los ojos de Lutero, claro.

La historia contada por el autor tiene seis momentos: empieza con Lutero y la invención de la santidad de la conciencia; se continúa con los guerras de religión y la virtud de la duda, entre otros, en Sebastián Franck y Sebastián Castellio; un tercer peldaño es el de la metafísica de la misericordia representada por el anticalvinismo de Spinoza, los Colegiantes, los cuáqueros y otras sectas inglesas; luego, el cristianismo ilustrado de Voltaire; el quinto momento es el de Darwin y la duda Victoriana; y al final, se detiene en Marx y la política de la salvación. Parece que el misterio de estos tiempos, que Erdozain nos revela, está en saber descifrar el movimiento religioso moderno como una reacción, de variadísimos matices, contra el calvinismo y su formalismo opresor de las conciencias. Cámbiese calvinismo por catolicismo y el secreto se verá mejor, tal vez.

Los primeros capítulos muestran el paso de la libre conciencia escriturística luterana al Cristo íntimo de los radicales germanos liberados de la Biblia, la entronización de la duda donde antes hubo verdades y la tolerancia de las herejías en ese fangoso suelo de la fe reformada. Pero aquel incorrecto entendimiento de la secularización aparece cuando trata de Spinoza: fue crítico de la religión, claro, pero creía en Dios y la Biblia, era cristiano y tenía fe, juicio por demás discutible, basado principalmente en una interpretación incorrecta del capítulo sexto del Tractatus sobre los milagros. En última instancia, no fue un enemigo de la religión sino de las formalidades que la ahogaban.

Al tratar de Voltaire, insiste Erdozain con su idea de que la razón ilustrada y su hija la revolución no son anticristianas sino fenómenos morales nacidos de la tradición cristiana que los filósofos refinaron. Ésta será la clave de lectura de su Voltaire y de todo el libro. La cantinela reiterada aquí y allá ciega al autor que ya no puede ver qué es religioso y qué no, qué es verdadero en religión y qué no lo es. ¿El materialismo que se imputa a Darwin es acaso irreligioso? La declinante religiosidad victoriana, motivo del nuevo capítulo, prueba (aunque el autor apruebe) ese desmadre de lo religioso: el cristianismo es una moral. Y con Marx –que sigue el reguero antiteológico de Feuerbach y la modernidad– el cristianismo despojado de toda trascendencia es una política de liberación.

La conclusión a la que arriba Erdozain tras su recorrido se encierra en el título del apartado final: «Bajo la sombra de San Agustín», y que se encabeza con una cita de Feuerbach en su Esencia del cristianismo: «La religión cristiana es la religión de la crítica y la libertad». Esto es, una religión que se mueve al compás de la luz interior del espíritu, como la mística de la moderna devotio o de la teología mística germana o de los anabaptistas o de los cuáqueros o de Spinoza, y así. Y al cabo se descubre que la historia narrada tiene un propósito, pues desmontar el cuento de la secularización permite develar el corazón cristiano de la historia misma, el despliegue de la libertad espiritual contra los formalismos religiosos (calvinistas o católicos), el avance triunfal del humanismo. Por eso San Agustín, ¡el pobre Agustín!

No puedo decir que no sea el de Erdozain un libro inteligente; tampoco que carezca de erudición. Pero es de una inteligencia malvada, eruditamente malvada.

Juan Fernando Segovia