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1973

Revolución, Conservadurismo y tradición

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1973
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La Tradición: su trascendencia de la historia

LA TRADICION: SU TRASCENDENCIA DE LA HISTORIA
POR
JosÉ MARÍA PETIT SuLLÁ.
El término tradición significa, de modo general, como lo indica
la etimología de la palabra, la transmisión, el legado que se entrega
de una a otra generación en el fluir his1:órico. En sentido restringido
o técnico, se entiende por tradición aquella especie de transmisión
realizada precisamente por vía oral, contradistinguida ·en este sentido
de todo documento escrito. Y así, por tradición política viene a
entenderse el conjunto de usos y costumbres anteriores a toda ley
escrita,
ya que es esta última la que nace de aquella tradición, pues
como puso de relieve De Maistre con gran vigor, en vano intentaría
generarse una constitución o ley fundamental sin una base previa
de tradición oral que la ley escrita· sólo puede recoger o codificar,
pero nunca inventar. Asimismo, sin
una tradición no puede tampoco
interpretarse
el sentido de las leyes y su múltiple aplicación como lo
reconocen de hecho los juristas, incluso liberales.
La tradición, anterior siempre a la ley escrita, es algo nuclear y
originario,
es como la cuna de la vida política, el lecho del desarrollo
político.
No obstante esta importantísima peculiaridad, CJ.ue es expresa­
da
por el término tradición en su sentido restringido, en esta conferen­
cia entenderemos la tradición
en su sentido gener~ o amplio, o sea,
todo
el conjunto del pasado político de una comunidad en tanto que
entregado o transmitido a la
·generacióll presente. Conviene advertir,
a este respecto, que en
la historia .del pensamiento político encon­
tramos
de un modo explícito y temático la apología de la tradición
cronológicamente después de que el verdadero contenido de la misma
hubiera sido defendido
de un modo más concreto. Como es· espe­
cialmente notorio en :&paña, en la que aparece el "tradicionalismo"
después. de que la
defensa de la tradición hubiera sido realizada de
manera popular,
vital y hasta muy cruenta por aquellos partidarios
del trilema Dios, Patria
y Rey.
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JOSE MARIA PETIT SULLA
Podemos resumir el contenido de esta conferencia, que podría
formularse a modo de tesis, en una triple caracterización: 1)
La hu­
mllnidad es tradicional por naturaleza; 2) la aversión por la tradición
es, en el fondo, un odio contra Dios, ordenador de la sociedad en
última instancia; 3) la negación de la tradición tiene su origen en
una idea de "progreso" que
es precisamente la desnaturalización de
la novedad del Evangelio.
Para quien de modo general
reflexione sobre el carácter de la
comunidad política y el dinamismo que constituye su propia vida,
es obvia la inevitable necesidad de la tradición en tanto que la tradi­
ción expresa el carácter .histórico de la comunidad humana. En con­
seruencia, si fuera en absoluto posible el abandono de la tradición
equivaldría a un suicidio social por inanición o por destrucción vio­
lenta, pues la comunidad política se nutre necesariamente del pasado
y no puede consistir en un salto que no tiene punto de arranque, ni
en una ruptura que lo vital, por serlo, no tolera más que para morir.
Sin embargo, pese a esta evidencia,
y al igual que acontece con la
formulación del dogma católico, debe reconocerse que ha sido pre­
cisamente el abandono, o por mejor decir, el odio_ contra la tradición
Jo que ha despertado la defensa temática de la tradición.
De entre estos últimos pensadores teóricos de la tradición, pue­
den servirnos unos textos escogidos de
Vázquez de Mella, quien para
caracterizar la tradición
y la necesidad de la misma, decía en un dis­
curso pronunciado en el Parque de la Salud de Barcelona, en el
año 1903:
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"La tradición, considerada subjetivamente, es un senti­
miento que se funda
en el respeto a los antepasad~; con­
.
siderada en sí misma, es transmisión y, lejos de significar cosa
petrificada, implica el movimiento, puesto que supone algo
que pasa de unos a--otros
... Las creencias que tenemos, nues­
tras costumbres,
las instituciones sociales primarias~ los rasgos
comunes del carácter, la lengua en
que nos expresamos, las
influencias seculares sobre las que se ha engendrado la raza,
todo eso, sin lo cual no seríamos los mismos, es objeto de tra­
dición y comunicado por ella.
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LA TRADICION
"La tradición es tan esencial a los hombres, que no se pue­
de negarla más que para establecer otra original o importada.
Ninguna tradición fundamental desaparece tradicionalmente,
siempre desaparece revolucionariamente; y la revolución que
la derriba invoca otra tradición, aunque hable de novedad.
La teoría más ideal y que presume de más originalidad no
se establece sino
para continuar. Por esto a la traducción de
las tradiciones la Revolución las llama conquistas; y, cuarido
se ponen en peligro esas conquistas, se invocan para soste­
nerlas los esfuerzos, la sangre, los sacrificios y el tiempo que
se necesitaron para consiguirlas, es decir, la tradición de los
antecesores inmediatos que se habían levantado para extinguir,
en nombre de fórmulas "a priori", ese sentimiento en el altoa
y esa ley en la sociedad ...
"Y esa es la causa de que todo hombre, aun sin advertirlo
y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por ser ya
una tradición acumulada. Que se despoje, si puede, de lo que
ha recibido de sus ascendientes, aunque sea prescindiendo de
su ser, y verá que lo que queda no es él mismo, sino una per­
sona mutilada que reclama la tradición como el complemento
de su existencia."
Aunque parezca extrafio, esta es la conclusión que se deduce del
análisis de la tradición. Así como el hombre individual tiene una
memoria que le hace ser él mismo, la tradición
es la memoria de la
comunidad política,
en tanto que sabe que todo lo que tiene lo debe
a las generaciones pasadas o a ella misma en cuanto paSada y merced
a ella, no sólo sabe "lo que es", sino, lo que es más importante, ·"quién
es". Sin tradición las comunidades políticas se igualan al mismo tiem­
po que se aniquilan; de ahí que diga acertadamente Mella que re­
chazar la tradición equivale al suicidio
y que la revolución no derriba
uri.as tradiciones más que para imponer otras. Esto ha sucedido así
siempre y, por esto, ¿qué es la moda, sino la importación no asimi­
lada de una tradición extraña al propio ambiente que se ·pretende
imponer como tal? Donde no hay tradición, decía Eugenio D'Ors,
refiriéndose al arte, sólo puede haber plagio. Esto es verdad en todos
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los órdenes de la vida, porque el hombre individual y colectivamente
considerado no crea nada sino
que sólo desarrolla unas posibilidades
recibidas. En la tradición se
fynda precisamente el amor a la patria, en
cuanto reconocemos
lo que debemos a la comunidad en la que hemos
nacido. Si no se ama la tradición no se puede amar a la patria, o
bien ese amor a priori, no sería más que el desprecio hacia las demás
comunidades políticas, como se
ha manifestado en los conflictos con­
temporáneos.
La tradición no se opone ~ progreso, pues el progreso es lo que
se hace, desde la tradición
y para ser tradición. Nada se construye sin
materiales previos ni para se.r inmediatamente destruido. La tradición
es la condición del progreso y precisamente éste no se llamaría pro­
greso sino se pensara desde la tradición, pues, progresar, como des­
arrollarse, son términos que,
por definición, suponen un estado an­
terior del que se parte para alcanzar algo nuevo.
De suyo, aunque
no puede haber progreso sin tradición, podría haber tradición sin
progreso y esto ha sucedido muchas veces en la historia, cuando se
ha fosilizado una civilización. Pero el que puedan coexistir la tradi­
ción con la ausencia de progreso no significa que la tradición sea la
causa del estancamiento. Significa, solamente, que se puede vivir sin
progreso pero no sin tradición, que
es completamente diferente y
en verdad una gran l=ión polírica que nos da la historia.
Se combate a la tradición psicológicamenre, con la idea de no­
vedad de la que la tradición no participa en ™>to que la tradición
es, por definición, lo que-ya se tenía en el pasado. Late aquí un círcu­
lo vicioso
bien patente: ¿cómo se sabe que lo que había era menos
bueno que lo nuevo?, simplemente
-se contesta-porque lo nuevo
es mejpr. Si hubiera un argumento intrínseco en favor de lo nuevo
es de ello de fo que se hablaría y no del accidente temporal del que
las cosas humanas están afectadas necesariamente. Se desprecian mu­
chas ideas con el único argumento de que son antiguas, pero
¿se ha
medirado alguna vez la antigüedad de las ideas que las suplantan?
(los líderes de los jóvenes izquierdistas o están muertos o son más
viejos que sus padres).
La única novedad originaria, la que no depende de tradición al-
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LA TRADICION
guna, es la novedad del Evangelio que fue, primero, revelada a un
pueblo que poseía
ya una tradición nacida asimismo de otra primi­
tiva novedad originaria, la de la promesa a Abraham, la de la Ley
y los profetas. La revelación de Dios es la única novedad absolum
que ha recibido el hombre después de su creación. De ahí que toda
pretendida novedad
se presente con el mismo aspecto que aquélla,
tenga este
carácter mesiánico, suplantlldor de la revelación divina.
La aversión por la tradición es antinatural, destructora de la misma
base humana pero logm capru los espíritus porque se presenm con
el mismo ropaje que la
gran
n~vedad salvadora, de la que es su
antítesis en cuanto al contenido, pero de la que toma su forma.
Si ha quedado esmblecido al principio que es antinatural y, por
tanto, imposible la total negación de toda tradición, debemos caer
en la cuenta de algo obvio, esto es, que si no se puede negar la· tra­
dición como transmisión, lo que se combate al negarla es el contenido
de la tradición. No puede_ negarse una tradición sin invocar otra,
aunque se hable de "conquist11", de "rupm¡:a", de "novedad" en el
vocabulario que ha generalizado la "filosofía del progreso", pero lo
'que la historia moderna constata es que lo que la revolución se es­
fuerza por aniquilar es aquella tradición concreta, particular y dife­
renciada de las demás, que nos pon_e en contacto, por el encadena­
miento histórico de las instituciones, con
la verdadera fuente _del or­
denamiento social, la ley de Dios. Es ésm y las instituciones que ella
ha
inspirado la tradición que se combate. No se combate el. tradicio­
nalismo en general, sino la tradición cristiana. Hay menos antitradi­
cionalismo del que parece
y más anticristianismo del que creemos.
Es obvio para quien conozca un poco la filosofía contemporánea,
que los más
conscielltes revolucionarios -y no los simples epígo­
nos-absorben en su sistema, sea dialéctico como Hegel, sea sim­
plemente lineal como Comte, todo
el conjunto de la historia como
etapas necesarias
y convenientes del desarrolló que la conciencia hu­
mana toma gradualmente de su
ª"LI:tonomía con respecto a Dios. En
todas estas teorías hay una divinización del devenir histórico y, por
consiguiente, se asume el pasado como siendo el sucesivo legado que
hay que asimilar y deducir de él la marcha progresiva de la historia.
No es, pues, contra la historia como lo. que ya fue, contra lo que se
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revuelve el espíritu revolucionario, sino contra lo que es, lo perenne,
precisamente, lo .que por ser verdad no está sometido al cambio en el
devenir temporal, sino que de modo inmutable ilumina todo el acon­
tecer libre del hombre. Esto es, en verdad, una paradoja muy signifi­
cativa del espíritu progresista consciente.
P_or tanto, nosotros debemos concluir que, si el hombre es nece­
sariamente tradicional en
el orden natural, debe ser, además, tradi­
cional, debe respetar y amar la tradición, pótque Je Jiga con aquello
que no es propiamente histórico, pero está por amor encarnado en
la historia, que es la verdad absoluta. Mediante la santa tradición
que es histórica, necesariamente ha tomado contacto con aquello que
por sí mismo trasciende la historia. Debe por consiguiente integrarse
en esta tradición no por "tradicionalismo" sino por amor a la verdad.
No es posible, en nna cristiana teoría política, desvinculat de la
tradición este carácter conceptual, doctrinal, que da contenido a la
tradición, pues de otro modo, ser tradicionalista equivaldría a otra
forma de historicismo (del que
estaban, sin duda, inficionados los
tradicionalisras filosóficos franceses) que, a la postre,
se identificaría
con
el historicismo progresista, como de hecho sucedió con Lamen­
nais.
Si se pone el corazón en la historia y se busca en el pasado his­
tórica no se qué especie de resplandor humano o de romántica año­
ranza por tiempos mejores y se hace de ello el centro del tradiciona­
lismo, se pone el sentido histórico inmanente a la humanidad misma,
sin principios ni voluntad trascendente a ella. Y este naturalismo es
del todo peligroso, pues lo que hace a la tradición respetable y amable
no es su historicidad, su secular presencia, pues también hay tradicio­
nes paganas, sino su conexión con la inmutable verdad y bondad
(razón por la cual los tradicionalistas cristianos escribian Tradición
con mayúscula).
Bajo esta nueva consideración, más formal y específica, se ve al
espíritu revolucionario como siendo, no antinatural, sino anticristiano.
La revolución, temática antitradicional, si adopta formas inviables
desde el punto de vista de la naturaleza humana, resulta por ello ne­
cesariamente violenta. De ahí que hay hoy, y la habrá cada día mis,
nna perenne violencia en la sociedad. Pero este absurdo manifiesto
tiene su dinamismo interno, su motor, en que quiere romper con
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LA TRADICION
aquello que la tradición lega, con aquello con lo que la tradición nos
liga,. es decir, con la inmutable ley ·de Dios. Para romper con ello, la
Revolución (también con mayúscula) ha hecho tanto antitradiciona­
lismo
que ha hecho sucumbít, incluso las nociones más indispensables
de continuidad y respeto
por el pasado, haciendo así inviable la vida
social incluso a nivel meramente .humano.
La rebelión antitradicional (pues lo .contrario de la tradición no
es el progreso sino la rebclión) participa .del mismo espítitn satánico.
Si decitnos esta e:cpresión tan fuerte no es por .contagio maniqueo
sino, precisamente,
por todo lo contrario. Contra la voluntad y el
plan de Dios absolutamente-buenos no puede levantarse otro princi­
pio y proyecto absolutamente opuesto porque el mal no es esencial
.sino per accidens y·.no .consiste en ser sino .en privación y desorden.
Pero, por lo mismo, la tentación de lo que llamamos progresismo,
consiste en levantar la bandera de la radical novedad, desprovista de
todo lazo con el pasado, para seducir y mostrar que lo que viene no
es mejor que lo anterior, simplemente, sino otra cosa enteramente
nueva y, por tanto, verdaderamente. liberadora, y anunciadora de una
definitiva felicidad. La promesa de que el porvenir será un "poquito
mejor" que el pasado, es la propaganda de los partidos consetvadores
que tan escaso éxito tieneb en todo el mundo (y que reciben los
votos de los que se conforman con no ir "un poquito peor"). El pro­
grama de
estos partidos es lo justo que se puede aplicar del programa
revolucionario
para que no se autodesttuya la sociedad y en esto
consiste su "tradicionalismo". Con
un proyecto tal, es lógico pensar
la diferencia que media entre un conservador y un tradicionalista.
La tentación de novedad, por otra parte, .sólo puede calar en los
que creen en la verdadera novedad,
es decir, en los cristianos. ta
novedad es el tema paulino que se expresa en el tránsito del. hombre
viejo al nuevo, en el salit de la esclavimd y entrar en la libertad, en
el pasar de la corruptibilidad a la vida inmortal. Recedant vetera, nova
sint omnia, escribió Sto. Tomás para la litntgia de la fiesta del
Corpus. Ante el misterio del Cuerpo
y _Sangre preciosos del Reden­
tor quedan artás -los antiguos sacrificiris, y mediante este sacramento
del que. participamos hacemos nuevos los pensamientos,
las palabras
y las obras. Sólo Dios hace nuevas todas las cosas y sólo el Espítitu
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de Dios renueva la faz de la tierra. Esta idea de novedad reducida
y secularizada es la que toma como bandera la moderna revolución.
Por esta razón, las revoluciones se hacen en nombre del pro­
greso, se
han hecho con tanto éxito cuanto más cristiana era la so­
ciedad, porque la comunidad ha. vivido embebida de esta tensión
rectilínea con
un sentido de meta en la hist0ria. La historia en los
países paganos
es vista como. sÍl!lple acontecer, donde los hijos re­
piten la vida de los padres
y donde el culto a los antepasados es el
centro de la religión en su dimensión social y la mayor gloria es
tener una genealogía conocida lo más antigua posible, para mostrar
no a dónde se va sino de dónde se viene. Es hacia el pasado y no
hacia
el porvenir donde miran estos pueblos a los que la idea de pro­
greso les es completamente extraña. Un eterno retorno, un sucesivo
reencarnarse de nuevo es tOdo el afán qne estas religiones, simples
filosofías, expresan, porque no hay en ellas _:tránsito sino estancia,
no hay tensión sino equilibrio. La moderna revolución, que sufren
más de lo que la entienden, les ha llegado de la Europa descristiani­
zada, pero en la que late este afán por la novedad.
Toda la tradición
es histórica, porque el hombte vive en la his­
toria
y es allí donde hay quebuscarla, pero no porque sea pretérita,
sino verdadera. Precisamente, porque es verdadera no cabe decir que
sólo lo fue en su momento
y ahora no lo es como se dice desde la
visión progresista de la historia.
La verdad es trascendental y, por
ello, el mejoramiento político no consiste en un cambio continuo de
instituciones que se superan unas a otras negando las anteriores, y
~ las que se busca, a la postre, no la nueva institución sino el crmz­
bio mismo. La verdad no se desgasta, antes al contrario, ilumina siem­
pre las obras humanas regenerando y perfeccionando las instituciones
que participan y viven de ella.
La verdad siempre es nueva y el error
siempre es viejo, porque la verdad suprema es la meta trascendente
de nuestra vida. Mirar la tradición para buscar en ella la verdad po­
lítica es tener la mirada puesta en el futuro transhistórico, es lo con­
trario de la "fe en el progteso"' que sólo busca el inmediato futnt0
histórico, vanagloriándose precisamente de esta historicidad que es
finitud y cerrazón· de la humanidad sobre sus propias fuerzas.
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