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1975

La sociedad a la deriva

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1975
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La socialización de la medicina

LA SOCIALlZACION DE LA MEDICINA
POR. BL
DR. FELIPE FERNÁNDEZ ARQUEO.
l. lmportaneia del tema.
Todos los espafioles están interesados en lucbat contra la sociali­
zación
de la medicina por las siguientes razones:
l. Porque tarde o temprano todos enfermarán.
2. Porque ya pertenecen a asociaciones Iahorales implicadas en
la asistencia médica suya; y sus ~olaborado,,;,. y empleados, también.
3. Porque incide de manera sensible en los presupuestos gene­
rales del Estado, y éstos en -la presión fiscal
4. Porque la sociali2ación de un sector prepara Ía socialización
de otros.
5. Porque la manera comó se ha ido instalando la socialización
de la medicina permite conocer cómo se han de ir impidiendo otras
socializaciones. '
6. Porque a medida que pasa el tiempo sé consolida la sociali­
zación
de este sector, y el hecho consu.maao es presentado como inc
modificable. Es fu que ha sucedido, por ejemplo, con la CAMPSA,
cuya condición monopolística del
petroleo ya · no es impugnada por
nadie. Los qne luchan aún ardientemente · contra la socialización · de
la ensefianza, ni mencionan la de la inedicinít. El proyectó reciente
de · creación de un sindicato de médicos, o el de Reforma Sanitaria,
se basan en el reconocimiento implícito y tácito de 1" soda.JiV1ción
de la medicina como si fuera un hecho ltreversible y de lo más na·
toral
7. Porque la evob,ción política que se prevé permite me1or que
hasta ahora replan=r el tema. No hay que identificar apertura con
socialismo. Puede hacerse igualmente .hacia el derecho.
públieo criS"
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PEUPE PERNANDEZ ARQUEO
tiano. Entre las grandes corrientes ideológicas que afloran con el
anuncio de la apertura, está el regionalismo, esencialmente enemigo
de las estatifiOlciones. El mismo socialismo, precisamente pot su pu­
janza, no ha podido dejar de suscitar ya algunos grupos importantes
que se aprestan a la defensa de' la iniciativa privada;
2. La situación actual.
La situación actual de la asistencia médica es de un altísimo gra­
do de estatificación, en un sen.tido absoluto; en un sentido relativo,
superior
al de cualquier momento antetior. El proceso continúa cre­
ciendo
hacia la ocupación total de la ya muy estre'Cha zona que que­
da sepa,:ando los niveles actuales del más alto techo socialista imagi­
nable. Prácticamente, txX!a la sociedad española, aunque no lo quie­
ra,
está incluida obligatoriamente en el Seguro de Enfermedad esta­
tal a pesar de que pueda tener otros dispositivos asistenciales me­
jores y preferidos.
El aparato estatal cuhte cualitativamente casi todas las necesi­
dades sanitarias. No cubre "aún'", por ejemplo, las prótesis dentarias,
la pskoterapia y alguna otra prestación. No podrá cubrir nunca las
últimas novedades y adelantos asistenciales por fa lentitud de su ges­
tión, aunque no . hubiera, a veces, otras razones eronómicas y de
aprendizaje que se lo impidieran. Cuantitativamente, es muy deficien­
te
en las prestaciones teóricamente ofrecidas. Esta deficirocia se ori­
gina en la incapacidad de la buroaacia oficial cuando trata magni­
tudes altas de volúmenes de gestión, y se alimenta por el carácter de­
ficitario de la economía socialista.
La
socialización creciente crea un círcuJo vicioso o una espiral
con el ejetcicio libre de la medicina, y con su gestión colectiva por
los cuerpos intermedios, y· hace desaparecec a ambos. Si algo sohte­
vive del tjetcicio libre, es con frecuencia debido a que toma carac­
teres de meteado negro.
Uno
de ellos es la carestía. Los honorarios excesivos e inasequi­
bles empujan la opinión de quienes no pueden pagarlos hacia la
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sociafu:aci6n de -la asistencia, no como doctrina, sino como solución
práctica
perentoria a su problema.
Hay que señala! aquí un caso de alreracioo de la jerarquía de
valores de nuestra sociedad. Cierws honorarios se acepta.rían mejor
si se compararan serenamente con las facturas de los fonmneros o de
los talleres de reparación de aut6moviles. También hay que señalar
la preferencia a gastar el dinero en diversiones desaforadas .que a
declicarlo al cuidado de la salud. Jamada ,Ja idea del "derecho a la
salud", en vez del derecho a la asistencia médica, algunos creen que
si no se ,Ja cuida el Estado, ellos no tienen nada que hacer.
Otro rasgo de mercado negro es el reclutamiento de enfermos
para las
ronsult>IS privadas en las consult>IS oficia.les o públicas a las
que tienen derecho. "En mi consulta particular le puedo ex;plomt
con aparatos en mejor estado y dedicarle más tiempo". Esta coaoción
enardece a
los que vence contra el en este caso mal llamado ejer­
cio libre, y
a favor de la sncializaci""1 como represalia indiscrimina­
da contra todos los médicos, no sólo contra los juzgados romo in­
morales.
Cuando el ejercicio libre desaparece, o énferma de corrupción, la
gestión estatal queda justificada, pero a condición de que no sea la
causa de esa desaparición. Hay que preguntar a los estatist>IS: ¿Quién
tiene
la culpa de que no haya ejetcicio libre, suficiente y honesto?
Mientras haya hombres habrá abuoos e inmoralidades, pero
éstos son minoritarios cuando la ordenación política es buena. El
agotamiento y la rorrupción del ejetcicio libre de la medicina en
magnitudes superiores a las irreductibles en cualquier materia. y
conjunto
humano se debe a la socialliaci6n misma. Suprímase ésta y
muchos profesionales al ver abiertas horizontes de vida honestos,
abandooarán gustosos las conductas feas; y estudiarán más. No po­
cas deficiencias del ejercicio libre de la medicina son efecto y no
causa de la sociafu:ación.
En el fondo de todo el problema de la asistencia médica está un
hecho inconmOVLble cuya modificación con los daros de hoy, no vis­
lumbramos. Jls que la medicina buena es cara, intrfusecarnP.nre cara,
lo mismo que el plomo es pesado. Queda fuera de nuestro intento
eioplicar por qué. Pero diremos, siguiendo ese símil, que lo mismo
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que a una bola de plomo se le puede poner un paracaídas para amor·
tigu.a.r su caída, el sodaHsroo le puede poner -a la medicina un pre­
cio político; pero ninguna de las dos soluciones, es sólida ni dura­
der,,. El respeto a la naturaleza de las cosas exige una revisión del
puesto que se les arrlbuye en la jerarquía de valores de la ortodoxia
pública.
En el año 1975 se ha confirmado la clara rendencia anterior a
empeorar.
Han aparecido rres .medidas de gran importancia y volu­
men a favor del proceso· socializante.
·
El Estado ha asumido la creación y mantenimiento directos de
una red nacional
de bancos de sangre, y · para que la socialización
quede aún más firmemente establecida prohíbe a los médicos crear y
mantener 'directamente estos servicios por su· cuenta; de manera que
los hematólogos sólo podrán rrabajar como empleados del Estado, o
de
organizaciones paraestata!es (B. O. E., 17-VII-1975).
Después
de varios años de forcejeo se ha désmantelado la "Obra
Sindical 18 de Julio" de asistencia sanitaria · al personal de sindicatos
y

a
algún orro, que se parecía en cierto modo a la gestión social que
córresponde a los cnerpos
intermedios.
Estos dos grandes pasos más hacia el monólitismo estatista se
hao visto asegurados por una rremenda medida disciplinaria. Como
si
lils anteriormente tomadas no hubieran ásegurado probada y sufi­
cienternenté
la atonía y la incapacidad de respuesta de la clase médica.
La nueva· medida ha sido · el proyectó, firmemente decidido el veranó
pasado, y detenido momentáneamente en el último instante, de in­
tegrar
a, los médicos que rrabajan para el Seguro de Enfermedad, en
un sindicató único y obligatorio. y de desconocida capacidad de re­
presentación, que lejos dé ser en sus manos un insrrumento dé de­
fensa que pueda rendir lo que
·no se les ha dejado rendir a los O,.
legios Profesionales, se muesrra ya desde· el primer momento como
un insrrumento de conrrol, por acción y por omisión, de un· Estado
socialista.
En cuarto 'Jugar, h"'J' que señaJar, no una medida realizada, pero
sí un proyecto oficiál suficientemente ávánzado de Reforma Sanita·
ria cuyos rasgos, ya muy cuajados 'rras los rrabajos de este· añó, son
el absolutismo
y el monolitisino · en gradó de exacerbación de los
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actualmente existentes. El proyecto deberá ser entregado acabado al
Gobierno antes
de fines del año 1976.
Todo esto sucede, paradójicamente, mientras la prensa y los po­
líticos oo cesan de anunciar una era de liberalfaadón. De seguir
así, veremos coincidir las li~es abstractas con las tiranías con•
cretas. El liberalismo ideológico con el antlliberallsmo económico.
3.
¿Cómo. se ha llegado a eoia situación?
Este proceso, poco atendido por los estudiosos es, sin embargo,
riqnísimo
en enseñanzas de aplicación inmediata a otros procesos
de socialización. Espero que la brevedad con que Jo esbozare quede
disculpada
por la importancia del mero hecho de sn seiiafaro;ento.
Cuatro primeros factores se encuentran ya en la Ley de la Jefa­
tura
del Estado de 14-XIl-1942 que crea el Seguro Obligatorio de
Enfermedad. En su parte expositiva, l]amativaroente breve pata un
asunto de tanta trascendencia, se dice:
"El
Seguro de Enfermedad, establecido en muchos países de
Europa, no se había implantado en España como consecuencia de las
luchas imperantes entre los diversos partidos políticos, en los que los
intereses particulates en juego impedían esta realización". "Supera·
das estas luchas y promu1gado el Fuero del Trabajo en cuya declara­
ción décima se ordena el
establecimiento de un seguro total ... ".
El
camino que va de lo general a lo patticulat está siempre poco
vigilado y es muy del agrado de los contrabandiscas. Lo "estllblecido
en muchos países de Europa"" se aduce puntualmente pata consumo
e!,, ingenuos. Pero enseguida vienen el escamoteo y el fraud,, porque
el proyecto concreto que luego sigue
es totalmente diferente al vi'.
gente en otros países; sólo ti= parangón con los · de más allá del
telón
de acero.
Análogo escamoteo sufre
la apelación al desarrollo del Fuero del
Trabajo:
el seguro total cuyo establecimiento ordena, es ün prin­
cipio general que puede realizarse de muy diversas maneriis, ·y se
escoge la peor dándole honores de sinónimo único del principio
general.
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Las luchas de los partidos políticos, presentadas con carácter
peyorativo, impidieron
-dice con verdad el preámbulo de la Ley­
la implantación del Seguro de Enfermedad tal como lo concibe el
legislador. Aliviadas esas luchas del carácter universalmente peyo­
rativo que se les atribuye, deja caer el prejuicio de que la ausencia
de ese seguro haya sido
mala. Defectuosa y sofisticada era la repre­
sentación política
por medio de partidos, pero era inexistente en la
dictadura leXtrema del día de la promulgoción de la ley. De lo cual
se deduce una confirmación más de que la socialización, en este caso
al menos, sólo se ha podido realizar por la fuerza. Y que este dato,
insuficiente como único, avisa sin embargo que
las dictaduras pro­
penden al
maximalismo y

a
la zafiedad del socialismo. Recordemos
nuevamente la creación, por Primo de Rivera, de la estatificación
del suministro de pecróleos.
En la época de las luchas de los partidos políticos ya existía el
seguro de enfermedad; era
un seguro distinto del actual estatal; era
libre,
no socialista, creado y sostenido, bien por empresas mercantiles
o por cooperativas de médicos, librados de la tentación de portarse
mal por la competencia, o bien por asociaciones de profesionales; de
éstas, algunas no eran esencialmente políticas, peto sí accidentalmen­
te politizadas, como
la Unión General de Trabajadores, que tenía en
Madrid unos servicios médicos notables
paca sus modestos afiliados;
otras, menos sospechosas de sovietización, como
el Colegio de Abo­
gados de Madrid, tenían y siguen teniendo servicios, de excelente ca­
lidad.
La fórmula pública para el :lanzamiento socialista se sirve, además,
de unas gotas de ternura. ¿Qué desalmado se atreverá a discutir algo
en beneficio de los económicamente débiles? El artículo
3.º decía:
"La presente Ley se aplicará con carácter obligatorio a todos los
productores económicamente débiles ( ... ), En su día, oídos ... po­
drá establecerse . . . el régimen de afiliación voluntaria a este se­
guro'".
Se dieron mil veces seguridades públicas y privadas a los Co­
legios de Médicos de que únicamente· se pretendía ayudar a los eco­
nómicamente débiles. El recelo era natural por la puerta abierta que
se dejaba a una afiliación voluntaria.
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La definición de económicamente débil venía en el artículo 5.º:
"Se entenderán por económicamente débiles los producrores cuyas
tentas de trabajo, por todos los roncept06, no excedan de los límites
reglamentariamente fijados".
Est06 límites se fueron periódicamen­
te ampliando, siempre ron gran discreción y cautela, después de
la época fundacional y situando mucho más allá de lo que rorres­
pondería
a lo que unánimente se estimada romo eronótnicamente
débil. De este modo se ha venido faltando a las seguridades dadas
tantas veces y tan solemnemente.
Concurrieron más factores:
Súbitamente se crearon podet060S y cuanti060S intereses. Doce­
nas de puest06 nuevos de trabajo médico, que en todo el país suma·
ron millares, se repartieron de la noche a la mañana con caráctier ,in.
terino a médicos que nada tenían y que, forzados por su necesidad,
quebraron
ron su conduaa de "esquiroles" la unión de la clase mé­
dioa; sembraban la división en los Colegios Médicos y en cualesquie-
ra reuniones aparentaban demostrar ron su presencia que había mu- •
chos
médiros partidarios de la medicina socialista. Un segundo des-
pués de recibir sus nombramient06 provisionales, proclamaban que
ya tenían unos derechos adquiridos y esto bacía ya desde el prin-
cipio muy difícil
la marcha atrás del sistema. Periódicamente, est06
interinos,
en honor a esos "derechos adquiridos", han sido ronfirma-
dos en sus cargos ron nombramientos oficiales.
Los médiros que no se siruaron en las primeras oleadas y que
vieron que empezaba a debilitarse el sector modesto de sus clientelas,
comprendieron la gravedad de su situación y que si en el fututo
próximo
querían entrar en el sistema sólo !o ronseguitían a partir
del supuesto de que no se le opusieran previamente.
Para las compafíías
de seguros, enemigas natas de las socializa­
ciones, se
buscó la romplicidad de su silencio mediante la no co­
rrección de irregularidades fiscales y la no elevación adecuada de sus
tribut06 específiros.
En todos los casos, se mezclaban inmediatamente ron los ama­
gos de protesta facrores ajenos al problema, bien de fidelidad al nue­
vo régimen, bien de intereses per.sonales en otros ámbit06.
Los medios de romunicación social, férreamente rontrolados por
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la censura y la "inserción obliga¡oria", eran totalmente impermeables
a cualquier clase de discrepancias, en esta materia y en todas, de ma­
nera que
se hacía. imposib~ una acción de conjunto, Los asegurados
wnpoco podían expresar sus quejas ni opiniones. No se podían pre­
sentar
estudios serios comparativos de la asistencia ptoporcionada por
la nueva modalidad con la que hubieran proporcionado otras fórmu­
las, porque
no se publicaban estadísticas ni detaJles económicos de
la gestión
en marcha, Esta situación perdura hasta el día de la fecha.
El crecimiento constante del pdmer germen socialista, una vez
establecido, se
ha ido haciendo con el apoyo de esas mismas circuns-­
tancias, si bien envueltas cada vez en mayor pudor. Algunos facto­
res, como el control de los medios de comunicación social, han per­
dido eficacia, pero otros, como los intereses creados han aumentado
de
manera que compensa los desfallecimientos de otras piezas del
mecan;smo. Por otra parte, acru¡tlmente el apoyo no es tan necesa­
rio como al principio porque las ampliaciones del sistema son cada
vez de menor volumen y se hacen de manera espaciada y local, lo
que contribuye a su disimul~
4. Enseñanza que se desprende: nueva valoración de la in­
transigencia.
He aquí, pues, como último resumen, la enumeración de los
componentes
de la "praxis" socializadora: fuerza, dictadura, propa­
ganda
oficial, mentiras, falta de información, censura de prensa,
coacciones, creación de intereses y sobornos. Conviene tener muy
presentes todas y cada una de. estas especies y subespecies a la hora
de
enfrentarse con la puesta en marcha de un plan de socialización
cualquiera, para oponerles· sistemáticamente sus contrarias.
El análisis de este proceso de socialización lleva a una revisión
de la valoración de la actitud de intransigencia. Generalmente se se­
ñala a ésta· con. un matiz despectivo, de censura, peyorativo. La in­
transigencia: es la desproporción entre una firmeza grande y la pe­
queñez
delasunto a que se opone. Esto lleva, a su vez, a revisar el
concepto de pequeñez. Porque en este proceso, pequeñas mentiras,
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pequeñas peticiones o concesiones, se han extrapolado hasta conse­
cuencias incalculables. El estado socialista moderno, "con rostro hu­
mano", tiene especie.! afición y capacidad para integrar pequeñas co­
sas al servicio de maniobras complicadas e implacables. O dicho de
otra
macera, a presentar sus vastOS planes disimulados por una bien
organizada y menuda fragmentación aparente.
Usa la fórmula de avamar sin disparar, de puntillas y a pasitos
cortos,
y pararle esos pies parece intransigencia censurable. Sin em­
bargo, cuando se comprende que el buen progreso de todo un con­
junto
depende del desplazamiento desapercibido de un peoncito
inocente,
no parece desproporcionada, 'Sino imprescindible, la máxi­
ma resistencia en todo momento.
5. Primeras medidas para la restauración del derecho público
cristiano en esta materia.
Entendemos que el Estado debe restituir a la sociedad, entre
otras
cosas, la gerencia de la asistencia médica.
La envergadura y complejidad alcanzados por el aparato esra­
tista requieren para su deshielo y restitución una gran lentitud ope­
rativa, para no lesionar intereses legítimos y respetabilísimos: len­
titud para no desperdiciar instalaciones costosísimas; lentitud tam­
bién para evitar desorientaciones y vacíos en la asistencia y las es­
peculaciones de todo tipo que se dan en ,los períodos de transición
cuando son confusos y rápidos.
Esta primera recomendación
de lentitud es la mejor réplica a la
objeción,
importante, q¡¡e hacen algunos enemigos de la socializa­
ción de la medicina: hay que aceptar la situación actual, que es mlllla
y no nos gusta, como u.ti mal menor; porque· desmontar este tingla­
do gigantesco sería un mal niayór.
Este planteamiento puede merecer distintos juicios según 'sea el
factor tiempo que hay que integrar en él. Desmontar la situación
actual de la noche a la mañana sería, ciertamente, un mal mayor; a
nadie se le exige que restituya de golpe; se conceden unos "cómodos
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plazoo", llevaderos. Pero desmontarla lentamente, muy lentamente,
es una exigencia ineludible de la vuelta al dec~o público cristiano.
Antes de iniciar esa fragmentaria y paulatina restitución es ne­
cesario un pecíodo previo de detención del crecimiento en curso de
la
socialización. Así se salvarían de pececec los últimos gérmenes de
iniciativa privada que aúo se pueden descubtir,
y a partir de ellos,
se iniciaría un clima de confianza para la aparición de otros que es­
cuviecan en condiciones de recibit esas devoluciones de manos del
Estado.
Para que renazca la confianza, hoy perdida, el Estado debe pro­
clamar que
se compromete a cumplit fielmente el principio de sub­
sidiariedad. El enunciado más frecuente de este principio es el de
Pío
XI en la Encíclica Quadragesimo anno. Dice de la siguiente
manera:
"Así como no se puede quitar a Ios individuos y dar a la co­
munidad lo que ellos pueden realizat con su propio esfueczo e in­
dustria, tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y pertur­
bación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferio­
res lo que ellas pueden hacec y proporcionar, y dárselo a una sociedad
mayor
y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su pro­
pia fuerza y naturaleza, debe
prestar ayuda a 1os miembros del cuer­
po social,
peco no destrufolos y absorbetlos".
Claro está que el Estado no puede desentendecse de los económi­
camente débiles porque, de una parte, en porcentajes apreciables son
a
la vez mentalmente incapaces de organizar sus propias previsiones,
y
de otra parte, su número y arras citcunstancias exceden, a veces, de
las posibilidades
de los ayuntamientos y diputaciones. Peco este in­
terés no
exige inseparablemente la gestión directa. Bastaría, en la
configuración finail, que el actual Cuecpo de Inspectores sobrevivie­
ra con una
misión de vigilancia y de "hacer-hacet" que todo espa­
ñol económicamente débil tuvieca asegurada una asistencia
médica
suficiente, bien a través de la gestión de la empresa donde trabaja, o
de sus sindicatos, o de cualesquiera otras asociaciones.
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