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1975

La sociedad a la deriva

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1975
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La fábula del «homo creator» (De la búsqueda del método a la praxis del cambio)

LA FABULA DEL "HOMO CREATOR" (1)
(De la búsqueda del método a fa praxis del cambio)
POR
JOSÉ MIGUEL GAMBRA GUTIÉR.JlEZ.
La filosofía escolástica afirmaba, como Aristóteles y Platón, la
primacía a la vida contemplativa sobre la vida práctica. Este asunto
personificado en las figuras evangélicas de Marta y María, constitu­
yó el tema
de una reciente Reunión de amigos de la Ciudad Católica.
Conviene, no obstante, resumir
en pocas palabras las notas más des­
tacadas de la vida contemplativa para que resalte mejor la ttansición
hacia un predominio de la praxis en tiempos más recientes.
La contemplación procede esencialmente sólo del acto del inte­
lecto; accidentalmente proviene, sin embargo, de un acto de la vo­
luntad.
El objeto
per ,e primo de la contemplación es la "V eritm Prima
in essendo seu ipsa .Deitas seoundum se". Pero también toda la crea­
ción
en cuanto obra de Dios sirve de objeto para la contemplación.
Pues, según palabras de Santo Tomás,
"La perfección última del inte­
lecto humano es la verdad divina; sin embargo, las restantes verdades
también perfeccionan el intelecto
en orden a la verdad divina" (" td­
tima pe,fectio humani intellectus est vmtas divine,; aliae autem ve­
ritates pe,ficiunt intellect1'm h, ordme ad vmtatem divinam (2)).
Toda teoría, "todo conocimiento que no se ordene a otra cosa que
al ronocimiento mismo" (3) constituye una
perfección del entendí-
(1) Raro.frez, S. M., De Donis Spirit11s Sancti deque Vita Mystica, In
II P. Summae Theologiae Divi Thomae expositio., C. S. l. C., Madrid, 1974,
pág. 409.
(2) S. Th., 11-11, 180, a. 4.
(3) Palados, L. E., La Filoso/la del saber, Gredos, Madrid, 1962, pá~
gina 162.
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miento analógica a la perfección que proporciona la contemplación
de
Dios.
La acción supone la contemplación y la contemplación consiste
en
un cierto tipo de acción. Por consiguiente, la acción y la contem­
plación
se implican entre sí y se presentan naturalmente fusionadas
en la
vida del hombre. Lo CQal no obsta para que haya una distin­
ción:
"Los hombres activos se distinguen de los contemplativos, aun­
que no dejen totalmente los contemplativos de
actuar ni los activos
de contemplar".
(Activi a contemf!l,ativi dislinguuntur, quamvis et
contem-plativi a/iquid agunt et activi ai,iquid contem-plentur (4)).
Entre acción y contempfación hay un orden de prioridad moral
y de naturaleza. En la escala moral la actividad contempfativa, en sí
misma considerada, fuera de. las circunstancias, es más meritoria que
la p,axis. En cuanto a su natw:a1eza, también tiene prioridad la con­
ttemplación sobre
1a praxis. E incluso temporalmente, aunque la vida
contemplativa presuponga la vida activa, los actos de la voluntad y
de las manos presuponen siempre la
intelección (S).
Con el fin de examinar esta apretada síntesis es necesario desta­
car
un punto esencial para nuestro tema: Que el pensamiento cató­
lico supone la existencia de un orden en los objetos, vestigio de 1a
obra divina, manifestación de su Omniporencia y Sabiduría, no sólo
en la contemplación, sino también en la
acción. Pues ésta, que sólo es
propiamente humana, no puede darse sin que aquélla la preoeda.
Qué pasos ha dado el pensamiento occidental, la filosofía domi­
nante en
Europa desde el siglo XIV, para otorgat la primacía a la
prtJXis, es la materia que intentaré a9-uí esibozru: en sus Htteas más
generales.
Partiremos
para ello de una exposición de los momentos más se­
ña!lados de este camino, para, luego tratar de hallar los profundos
cambios que entrañan en
la postura del hombre ante el Cosmos y
ante Dios.
La decadencia escolástica determinada por la crisis de la meta-
( 4) In IV Senl., d. 21, q. !, a. 2.
(5) Ibíd .. cfr. Ram.írez, op. cit., Tractatus secundus, De mmparatione
vitae activae ad Contemplativam.
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física da el primer paso hacia un saber cuya firurlidad intrÚ!seaL está
fuera
de sí mismo, es decir, un saber útil. El desencanto de la meta·
. fiska conduce a los espíritus hacia las ciencias particulares de la
natutaleza, a la vez que se revalidan contra la especulación fos oficios
manuales.
Renato Descartes empalma las artes manwtles con el saber fil<>'
sófico:
. . . nuestra proposición (Regla X) nos enseña que no conviene
que nos ocupemos, ante todo,
de lo más difícil y duro, sino
que
es pteciso examinar de antemano todas las artes menos im­
portantes y más simples, ptincipalmente aquellas en que el
orden reina
de manera predominante: por ejemplo, las de los
artesanos que tejen telas y tapices, las de las mujeres que bor·
dan con agujas o entremezclan los hilos de un tejido de ma­
tices infinitamente variados; asimismo todos los juegos nu­
méricos y todo lo que se relaciona con la aritmética y los ejer·
cicios semejantes.
Es maravilloso comprobar de qué manera
y hasta qué punto todas estas cosas ctiltivan el espíritu, a con­
dición
de que no tomemos prestado a otro el descubrimiento,
antes bien lo saquemos de nosotros mismos" (6).
Esta falta
de tajante distinción entre el saber ptáctioo y el es,.
peculativo es siguo de una profundl! tendencia a reducir al primero
todo
tipo de conocimienro; de aJhí que leamos en la quinta parte del
"Discurso":
Es posible alcanzar un conocimienro que sea de gran utilidad
para la vida, y, en lugar de la filosofía especulativa que se
enseña en las escuelas, se podrá encontrar una práctica por
medio de la cual, al conocer la fuerza y los efectos del fuego,
del agua, del aire,
de los astros, del ciefo y de todos los cuer­
pos que nos rodean, de modo tan preciso como conocemos
los diversos oficios de nuestros artesanos, podamos empleatloo
para los oficios que nos interesan, y de esta manera, nos ha­
gamos algo así como dueños y poseedores de la naturaleza.
El empirismo se fija especialmente en el aspecto servil del conoci­
miento. Este no tiene más alcance que el adecuado a nuestras ne-
(6) Regulae ad Direclionem lngenH, AT. 403404, 11-22.
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cesidades; y eso po,:que el Dios de Locke y la natuta1eza no pueden
habernos dejado sin
un saber. que satisfaga la condición en que nos
hallamos.
En la genealogía del saber establecida por esta última corriente,
Jo que puede conooersie con c,;rr,eza es exmordinariamente limita­
.
do. De ahí que los empiristas se vean obligados a admitir un tipo
de conocimiento que supere
para la vida tales limites. En este sen­
tido escribe Locke:
La facultad que Dios ha concedido al hombre para suplit la
falta
de conocúniento claro y seguro en las cosas en que éste
no puede obtene supone
que sus ideas guardan un acuerdo o desacuerdo, o lo
que es lo mismo, supone que alguna proposición es verdade­
ra o falsa, sin haber percibido una evidencia demostrativa o
prueba (7).
El simil que ha recordado Vallet de Goytisolo en su conferen­
cia ~ perl,namente el va[o,' dcl juicio: si bren no pode­
mos co~ocer d fondo del océano poseemos una sonda, a la cual
prestamos crédito por obra de esta facultad, el juicio, imprescin­
dible para la vida práctica. Porque esto
es lo más importante: "En
la
acción consiste el gran negocio del género humano" (8).
El escepticismo teorético, ·propugnado por Hume, sólo se evita
para la vida gracias a la natutaleza, que empuja a la aceptación no
crítica de creencias sin fundamento. La postura filosófica del es­
cepticismo no es natural; sólo puede mantenerse por un esfuerzo
de la atención, carente de sinceridad. Este -esfuerzo no puede durar
mucho ante la necesidad incontrolable de la naturaleza, sustituto
de Dios.
Si me preguntan si estoy de acuerdo sinceramente con este
argumento,
que parece intento obligar a que los demás acep­
ten, y si soy, en realidad, de esos escépticos que afirman que
todo es incierto y que nuestro juicio no posee ning,),n crite­
rio de la verdad y falsedad, debería responder que esta cues-
(7) Ensayo sobre el B'lllendimienlo Humáno, IV, XIV,3.
(8) Loe. cit., 11, XXII, 10.
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tión es completamente superflua, y que ni yo ni ninguna per­
sona mantiene sincera y constantemente esta posición. La na­
turaleza,
por una necesidad absoluta e incontrolable, nos ha
determinado para juzgar !o mismo que para respirar y sen­
tir, y no podemos evitar. el considerar ciertos objetos con más
o menos certeza a causa de su conexión habitual con una
impresión presente, ni podemos evitar pensar en tanto que
estamos despiertos o ver los cuerpos que nos rocJ.,ean ruando
dirigimos la mirada hacia ellos (Tratado sobre la naturaleza
humana, I, IV, 1).
El pensamiento inglés y el racionafümo cristalizarán en la or­
gullosa Ilustración, convencida de la omnipotencia del método y
de fa indefectibilidad del progreso humano. El estado definitivo
de
la humanidad, el estadio positwo de Comte, da por superados
todos los intentos metafísicos de conocer el qué y el porqué de la
naturaleza para ocuparne del cómc, de los hechos mismos en oroen
a1 dominio humano de la naturaleza. El hecho positivo se eatacte·
riza por las notas fundamentales de la utilidad, la precisión y fa
contrastabilidad, de tal maneta que el conocimiento consiste en pre­
ver para
proveer. Dicho saber viene a resolver la extrañeza o atur­
dimiento, situación del hombre anterior a la sabiduría. Este "éton­
nernent" puede parecerse a la admiración aristotélica. Pero si la
admiración suponía una curiosidad, un deseo de conocer, el asom_.
bro comreano tiene un cariz práctico y vital: la extrañeza del hom­
bre en la precariedad y necesidad de la situación.
Marx remata el proceso de la sustitución del saber teórico por
la praxis, al decir en su última tesis sobre Feuetbach: "Los filósofos
no han hecho más que interpretar de diversas maneras el mundo,
peto
de Jo que se trata es de transformarlo". Carlos Marx, seguidor
de
Feuetbach, considera alienada la actitud religiosa. Pero va más
allá: el mismo Feuerbaoh estaba en la alienación filosófica. Oigá­
mos!e en un párrafo de la Ideo/o gia Alemana:
..
La actitud filosófica es contemplativa. Efecto remoto de la
división
del trabajo, esta actitud es una actividad mutilada,
unilateral .

. . El materialismo
intenta devdlver al pensamien­
to su fuerza activa, la que tenía antes de la separación de
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la conciencia y el traba jo, cuarulo estaba directamente ligada
a
la. práctica ... La triple exigencia de una filosofía (eficacia,
verdad y universalidad del pensamiento) no puede cumplirse
en el
plano de la filosofía (9).
Esta rápida ojeada de la praxis en el pensamiento moderno insta
a
que se busque el fundamento de esta nueva actitud. ¿ Dónde se
cimenta la constante preocupación
por el saber práctico en derri­
mento de la: contemplación? Aunque toda síntesis hi$tórica tra.ici~
na la verdadera complejidad infinita de factores que intervienen en
'los procesos del pensamiento, creo que pua:kn buscarse dos causas
a la transformación que hemos expuesto.
En· primer lugar, la superación del concepto puramente reoré­
tico del saber se debe a la nueva actitud merodológica de las cien­
cias y la filosofía modernas. A su vez, dicha acritud se apoya en
una postura más honda: -el humanismo ateo.
l. El procedimiento más característico de la ciencia moderna
se ha
denominado método experimenta!. ""Hacer un experimento
-dice Heidegger-significa: representar una condición en virtud
de la cual
se siga en su transcurso una determinada relación de
movimiento en la necesidad, es decir, que de antemano ·pueda ha­
cerse dominable para el cálculo'" (10): Esta relación con 1a natura­
leza
es totalmente diferente a la experienPio, &fl~e miento aristotélico-tomista. El experimento se realiza desde
una pers­
pectiva anticipadora que tiene el propósito de
provocar hechos que
puedan ser confirmados objetivamente.
El experimento pone como
cimie.ntto una ley, cosa que no sucede en la experientia u observa­
ción de las cosas en sus condiciones variables.
Según Heidegger, 1a experimentación atiende a una acritud di­
ferente a la de la experiencia: ésta
responde a la postura del sabio;
aquélla a la del investigador. La investigación consiste "en que el
(9) I.efebvre, H., Le M.aterialisme -Dialectique, P. U. F., París, 1919,
pág. s.
(10) Heidegger, :M:., La Edad de Ja,Jmagen del Mundo, en «Sendas Per­
didas», Losada, Buenos Aires, 1960, pág. 73.
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conocer se instala a sí mismo como proceso en un dominio del
ente, de la naturaleza o de la historia" (11). El fundamento mera­
físiro
de esta actitud se halla en la exigencia de objetivación re­
presentadora:
la naturaleza pasa antes de su contraste a set objeto
de una representación exacta y rigurosa ( de aéuetdo ron la exigen­
cia matemática). Sólo luego se
considerarán los fenómenos, pe,ro
en el aspecto parcial que interesa a la ley anticipada y tnaternati>a­
da. "Sólo aquello que de esta suerte se convierte en objeto es, se
tiene
por existente'" (12): La investigación implica la exigencia de
una representación de lo existente, que lo reduce al plano de lo
que puede
el investigador tener por seguro.
El cambio
de perspectiva que se ha producido en. el seno de la
investigación de la naturaleza, ejemplificado en los experimentos de
Galileo, surge de una actitud nueva que transforma no sólo el
campo de las ciencias particulares, sino los ámbitos del pensamien­
to. La misma preocupación metodológica, que vio la iuz para las
ciencias empíricas a:! final de la Edad Media y en el Renacimiento,
aparee.e
también entre los filósofos modernos, como Francisro Ba­
ron, Renato Descartes, Tomas Hobbes y Benito Espinooa.
De manera semejante a como el experimento supone un pro,
yecro de lo que hemos de considerar en las rosas, el método, pre-­
ocupación primera de Descartes, decide de anremano lo que ,en­
rontmmos de verdadero en las cosas (13). Por ejemplo, escribe Des­
cartes:
E incluso no quise empezar a deshacerme por romplero de
ninguna de las opiniones que pudieron antaño desli~ en
mi creencia, sin haber sido introducidas por la razón, basta des­
pués de pasar buen tiempo dedicado al prrryecto de fa obra
que iba a emprender, buscando el verdadero método para lle­
gar al conocimiento de todas las rosas de que mi espíritu fue­
re capaz" (14).
(11) Loe-. c'it., pág. 70.
(12) Loe. cit., pág. 77,
(13) Heidegger, M., La Pregunta por la Cosa.
( 14) Descartes, R., Discurso del Método, 2.! parte.
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La seguridad que proporcionan a la mente la claridad y dis­
tinción de las evidencias son el criterio de verdad de todo lo que
ha de afirmarse como existente. Hallamos, pu.es, en la metodología
carresia:na la misma actitud de dominio que en el método experi­
mental, que considera las cosas sólo en cuanto están a nuestro ai­
cance, en cuanto de ellas pcxlemos extraer unos fenómenos mensu­
rables, matematizables según la exigencia de rigor previa.
En
suma, con Galileo y Descarres, nos encontramos la mani­
festación a niveles diferentes de una misma toma de posición ante
la realidad.
Esta toma de posición consiste en la objetivación, o
manera de poner el mundo como algo que está ante nosotros hasta
transformar '.la venlad en certeza. Se nos aclara así el apriorismo que
implica esta postura: el universo es juzgado desde el
tribuml hu­
mano·
de la certeza y de la contratabilidad.
Como dice Heidegger,
'"el hombre se convierte en medio de re­
ferencia
de lo existente como tal". El mundo se transforma en ima­
gen o representación donde se reproduce el mundo según la vo­
luntad
dominadQlrn del hombre. "Imagen del mundo, entendida esen­
cialmente, no significa una imagen del mundo Sino el mundo com­
prendido como imagen" (15).
II. ¿Puede aún llevarse más adelante la investigación acerca
de la
prioridad de la praxis? Pienso, en efecto, qu:e con la actitud
del hombre moderno anoo .el mundo no se ha llegado al fondo de
la cuestión. Todavía podemos dar un pa.so más.
La vida contemplativa suponía un orden que el hombre ha de
descubrir
y estudiar, un orden anterior e independiente de él, que
subyace a las cosas más próximas a
nosotros y más fáciles de com­
prender.
Podría llamarse, como lo hace Frey, "comprensión" a esta
actitud fundamentalmente pasiva, de entrega y comunicación en el
intento de captar lo íntimo
del Universo (16).
Hay, sin embargo, otro gé~ero de reconocimiento encaminado a
(15) Heidegger, M., La E.dad .... , pág. 80.
(16)
Frey, G., La Matematización·de Nuestro Universo, Molino de Ideas,
G. del Toro, Madrid.
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lograr el dominio del mundo: la captación activa por apli de estructunJS del cálculo a la realidad. Este procedimiento operáti­
vo«msttuetivo
es el del investigador en sentido heideggeriano. Lo
especifico de este tipo de conocimiento es que el hombre ocupe
una posición decidida como sujeto detetminante del conocimiento.
En definitiva, lo que
caractetiza el saber · moderno es el humanis­
mo, la
intetvención del hombre en el proceso cognoscitivo de for­
ma tal que lo real se transforma en lo objetivo, la vertlad en certe­
za y el mundo en imagen.
En cierta medida, si esta es la esencia del saber moderno, el
hombre ocupa el lugar del Sumo Ordenador. Heidegger, de nuevo,
lo ha analizado con precisión:
"La pa!,ibra significa ahora: la he­
chura del elaborar representador. En éste, el hombre 'iuchá por la
posición en que él pueda ser aquel
existenre que da a todo 1o exis­
tente la medida y le traza la pauta" (17). Esta "Edad de la Imagen
del Mundo" se contrapone a la
época anterior:
En cambio, para la Edad Media, lo existente es el ens creatum,
lo cteado por el Dios creado, personal como causa suprema.
Ser existente significa ,en este caso: pertenecer a una fase .del
orden de lo creado determinada cada vez y, por tanto, corres­
ponder como causado a la causa de la creación ( analo gia entis).
Pero el ser de lo existente nunca consiste en que, llevad.o romo
lo objetivo ante los hombres, se coloque en su esfera de saber
y disposición y solamenre así sea existente" (18).
Según
el profundo estudio de Heidegger, se oponen la actitud
metodológica moderna
y la escolástica detenninada por la contem­
¡;lación, que, según vimos, hacía .referencia esencial a 1a Deitar Je­
cundum se, incluso en la consideración de los seres creados.
Este proceso del pensamiento moderno, que empezó en la pre­
gunta por el método,
enfocada desde el ansia dominadora, viene a
ser la subversión de todos los valores, según fa definición· nietzschea­
na del nihilismo.
Tal inversión del orden de los valores tiene su
principio
en la voluntad de podet; que no pretende algo definido,
(17) Heidegger, M., La Eaad .... , op. cit., pág. 84.
(18)
Loe. cit., pág. 80.
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algo que dentto de un orden .actualice sus potencias, sino que se
quiete a sí misma (el quetet. es quetet llegar a ser más fuerte). La
dominación de lo sensible desde las alturas de lo suprasensible se
oonviette
en la · dominación humana, al admitir oomo principio la
posición de valores desde la voluntad de podet. "Todos los han muetto, ¡ahora queremos que. viva el SupBf'hombre!" dice Niett­
sche en Así habló Zarathustra.
Para .entender mejor cómo esta transmutación de va!lores atañe
al proceso del pensamiento moderno hay que precisar cuál es el más
alto valor después de tal invetsión. El valor supremo, más elevado
aún que la verdad,
es el arte (no en el sentido estétioo, sino como
saber práctioo),
que consiste esencialmente en la creación de posi­
bllidades para la voluntad. De la prioridad del sabet puramente
teorétioo
hemos pasado al arte como valor supremo en una cade­
na de eventos, que sólo se comprende por la supresión de Dios
(incluso del lugar que ocupa Dios) y la
posición del hombre, pun­
to de refetencia necesaria de toda la naturaleza.
Ya
estamos en posesión de los elementos precisos para compren­
der la famosa decimoprimera tesis sobre Fenerbaah, en relación con
la búsqueda
cartesiana del método. Porque Nietzsche puede consi­
derarse como el intérprete último del sabet moderno, y Marx como
la
consecuencia final del mismo.
Marx
lleva al exttemo cada uno de los pasos de la trasmutación
de la
contetnplación en praxis.
Si Descartes había trasformado la verdad en objetividad, Mane
hace desaparecér toda verdad absoluta para supetar el distanciamien­
to entre el hombre y la naturaleza.
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El problema de si al pensamiento humano se le pua:le atribuir
una verdad objetiva, no
es un problema teórico, sino un pro­
blema que demuestra la verdad, es decir, la realidad y el po­
derío, la terrenalidad de su pensamiento aislado de la prácti­
ca, es
un problema puramente esoolástico (19).
En
la práctica humana halla Marx la Intima unión dcl hombre
(19) II Tesis sobre Feuerbach.
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LA FABULA DEL «ROMO CRJJATOR»
con las cosas: con ello se suprime toda contemplac,ión alienada,
cuya manifestación última fue el idealismo hegeliano.
Hegel, aunque tuvo la grandeza de concebir la autoproducción
del hombre,
permanece en la contemplación de este movimiento,
hasta suprimir
la objetividad. Marx se esfuen.a en esta alienación,
considerando al hombre como objetividad. Hay en esto algo análo­
go a la intromisión humana característica del método en la cien­
cia moderna y en la exigencia de seguridad cartesiana. Si la fiioso­
fía idealista, contemplativa, no había llegado a integrar la idea en
la naturaleza, el pensamiento marxista recupera para ,el hombre la
idea, al
encontrarse a sí mismo romo objeto de la naturaleza o como
naturaleza en su totalidad (20). Esta conciencia, que
ha pasado a
través de la
abstracción del objeto, se vudve a enoontrar enriqueci­
da
en la última síntesis, que se realiza en el proletariado. Sólo el
proletariado es capaz de llegar a la conciencia perfecta y desarrollo
de todas las aptitudes del hombre. Porque eo ella se recogeo de
maoera
mediata todo ,el progreso del saber humaoo.
El humanismo implícito en el método del conocimiento se per­
cibe darainente en la concepción marxista del hombre: el hombre
es una unidad cuya existencia es su relación con la ·natumleza, y
todo su ser consiste en transformar esas 11elaciones. El J>e!lsamiento,
hasta en las más altas maoifestaciones de la religión y el arte, nunca
es pura teoría sino reladón práctica del hombre con la naturaleza.
El ser del hombre es su verdadero proceso vital.
"Cuando se com­
prenda -dice Marx en los Mannscritos de 1884-que la industria
es la relación esotérica de las facultades esenciales del hombre, se
comprenderá igualmeote
la eseocia humana de la naturaleza o la
esencia natural del hombre".
Sobre este asunto nos dice
Calvez: "La naturaleza no existe sin
el hombre, y el hombre no existe sin la naturaleza. La relación entre
estos dos
términos es el movimiento eotero de lo real" (21). Sea
esto idealismo o materialismo (22), lo importante para nosotros es
(20) Calvez. J. Y., El Pensamiento de Carlos Marx, Tau.rus, Madrid,
1966, pág. 121.
(21) L.,,,. cit., pág. 417.
(22) Ibid.
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que esta integración que sólo se da en la p,axis, en el contacto dia­
léctico y
concreto del hombre con la naturaleza, es la consecuencia
última del proceso metodológico por el cual el hombre interviene
de manera cada vez más profunda en el conocimiento dominador
de la naturaleza.
En
Marx culmina también la invetsión de los valores. Feuerbach
había reducido ya la religión al hombre: los objetos de la religión
son producidos
por el hombre y extraídos de su propia naturaleza.
Son creados a imagen y semejanza suya. Pero todavía hay una con­
tradicción, una alienación no vista por Feuerbach, que Marx pone
de manifiesto en su cuarta tesis:
En efecto, el hecho de que la base terrenal se separe de sí mis­
ma
y se plasme en las nubes corno reino independiente, sólo
puede
explicarse por el propio desgarramiento y la conttadic­
ción, y luego revolucionarla prácticamente".
Marx interpreta la religión, no corno un producto de la esencia
humana, Sino como efecto de la situación concreta del hombre, co.mo
alienación que es preciso redud:r, según su materialismo dialéctico.
La alienación religiosa está indisolublernenre unida a otras aliena­
ciones,
y principalmente a la filosófioo: la crítica de Dios conlleva
aquí también
la crítica de la contemplación. Pues pata la contempla­
ción debe haber un objeto. Mas desapatecido el Sumo Hare:lor y
el orden que lo manifiesta, sólo queda la relación dialéctica por la
que el hombre interactúa con la naturaleza.
Concluiremos, por tanto, que la actitud oculta bajo el método
experimenta!l y bajo la preocupación meodológica en filosofía tien­
de a entronizar al hombre en lugar del .Arquitecto de la naturaleza.
Mas
con todo ello no queremos dar a entender que las aplicacio­
nes
de la matemática establezcan una malévola relación del hombre
con la realidad.
Las ciencias físico-matemáticas permiten un contacto
determinado del hombre con la naturaleza, que se ciñe al plano de
lo fenoménico. En ellas se da un conocimiento de finalidad prácti­
ca
en que e'l investigador interviene para lograt sólo aquellcis datos
que
le resultan más fácilmente manejables.
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LA FABULA DEL «ROMO CRBATOR»
El pensamiento moderno ha llegado a una equivocación com­
pleta acerca de la creencia de lo
artificial. Por influencia del saber
con una finalidad práctica se ha llegado a tai a¡nfusión entre teoría
y p,axis, que unas veces se han interpretado los artefactos como
creaciór, humana y otras se. han visto como el luga,r de la síntesis
entre la naturaleza y el hombre.
Si quisiéramos buscar la raíz de estos errores, ·resultaría trivial
decir rolamente que se ha desquiciado lo específico de un proce­
dimiento parcial
del saber humaoo. Quizás la mejor maneta de es­
clarecer ,esta cuestión nos la proporcione el examen de los objetos
producidos
por el arte humano. ¿En qué se d~nguen éstos de los
procesos de transformación
narutal? ¿Cuál es, en suma, la diwen­
cia que nos permite clasificar entre los seres narurmes un nido de
pájaros o
un sendero de cabras, y entre los artificiales una casa o
una carretera?
Nadie se daría por satisfecho si respondiéramos que aquéllas
son útiles
para los animales y éstas Io son para el hombre. Menos
aún
si respondiéramos que las primeras, a diferencia de las segun­
das, se
han producido por la acción de unos 6rganos distintos de
las manos humanas. Tampoco bastada decit que la casa es un pro-­
dueto más evolucionado que el nido.
Si convenimos en que hay una diferencia esencial y no de grado
entre fos artefactos y los productos natura:les, habremos de buscar
algo que en aquéllos manifieste a sus causantes, los hombres, y que
no se da en éstos. Pues omne agens agit sibi simi!.e.
Lo que refleja en los artefactos al hombre es la finalidad plas­
mada racionalmente
en ellos. Los artefactos a menudo son definidos
tan sólo por su causa final: "Esto sirve para ... ". Si esta finalidad
hacia
el bien de un género de seres comprende una ordenación ra,.
cional de leyes y energías narutales haciá esas metas, encontraremos
lo propiamente ·artificial.
Los artilugios, aunque constituidos por fuerzas y 'leyes natura­
les, se
catacterizan por tener un orden superior que domina a ambas.
Este
orden no procede de la naturaleza, sino de un análisis previo
que ha buscado los medios pata ciertOS fines. Por. consiguiente, en
los objetos construidos por el hombre confluyen las leyes de fa na-
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/OSE MIGUEL GAMBRA GUTIERREZ
tumleza y las leyes de la razón de forma tal que aquéllos están so­
metidos a éstos. Dos órdenes muy diferentes han tenido que fusio­
llllrse para que nazcan entes tan peculiares como la máquina. Si
traramos de confundir esros dos ámbitos, anteriores al ingenio cons­
m-uido, destruimos inmediatamente la esencia específica de éste. Así,
pues, los productos del! arte se definen como tales por surgir de
una praxis que en sí · misma conlleva una teorización previa. Sin
esta elaboración interna que modifica el objeto a imagen del hom­
bre
no hay artefacto, todo permanece sometido a las ciegas leyes
de
la natumleza.
Aristóteles
vio muy claramente la diferencia entre objetos na­
turales
y lo que son producto de la técnica. Pero aún hiro una dis­
tinción más fina y aquilatada: "De la misma manera que se llama
arte a lo que las cosas tienen de acuerdo oon el arte y la técnica, se
llama naturaleza a lo que tienen de oonforme a la natumleza y na­
tural" (23).
Así,
en un lecho, su naturaleza es principa!lmente la forma ar­
tificial, pero también la materia, que es natural.; de forma tal que
de una auna no nace una cama, pero podtía nacer madera por ger­
mimciónc
Vallet toma de Dorfles una solución que permitiría volver a
encauzar correctamente las relaciones ~el hombre con la na,ttttale­
za, y que a nosotros puede servirnos de oonclusión: tal recomenda­
ción consiste en:
, "... percatarse de que sólo a través de la rectificad6n y na­
t"".aüzadón
de 'los prodUCtOS humanos e industriales (y en
todo caso artificiales), será posible al hombre restituir al
hombre la justa relación de las cosas del arte con las de la
naturaleza, permitiéndole alcanzar una condición que no sea
ni excesivamente objetualizada. reificada, cosificada, ni e,:ce­
sivamente
naturalista, irracional, instintiva" (24).
(23) Fi!., 193 a 32.
(24) Juan Vallet. de Goytisolo, Ideología, praxis y milo de la tecnocra­
cia, 3ª ed-., Madrid, Montecorvo, 1975, III parte, sección II, cap. I, pág. 167.
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