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1972

Acción y contemplación

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1972
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Sentido cristiano de la acción

SENTIDO CRISTIANO DE LA ACCION
POR
RAFAEL GAMBRA.
«Nada puede comprenderse de la civilización .rpodema -ha es­
crito Bermanos-si no se admite previamente que constituye una in­
mensa conspiración contra toda clase de vida interior».
Por ello mismo esta civilización,
e:n medio de su brillo y sus con­
qul5tas
técnicas, es también una conspiración contra el sentido de
la vida, es decir, una frustración universal. En el condicionamiento
mutuo que
se da entre la vida humana y los medios para su manteni­
miento
se crearía un círculo· sin sentido (los medios se ordenarían
a
Ja vida y 1a vida a Ja adquisición de esos medios) por modo tal
que suprimidos ambos términos (vida
y medios), nada se habría
perdido.
Es justamente el instante contemplativo lo que rompe ese
círculo de la praxis hacia una vivencia humana con valor propio y
liberador.
La civilización contemporánea
-civilización de. los medios-, del
dinamismo
y de la eficacia-niega o excrluye de sí tod;:\. exigencia
de contemplación
-tanto natural como sqbrenatural-y hace de los
conte~plativos unos extraños a su tiempo y a su medio humano.
Nuestra época,
_en efecto, los considera inútiles y parásitos o, en lenM
guaje marxista, irremediablemente «alienados». A lo más, se los dis­
culpa por ser pobres o poco costosos para la ccononúa general, y, si
alguien llega a defenderlos, Jo hace en sú calidad (utilitaria) de para­
rrayos de la
justicia o de la cólera divina por el apartamiento .y aus­
teridad. de sus vidas. I,>ero nadie se atreve a sost~ner hoy su valor
en s1, incluso en el ámbito humano, como término o resolución de
la vida misma en aquello que posee de más propiamente humano.
La antigua cultura griega nos ha. legado algunos mitos desespera­
dos que simbolizan premonitoriamente _ lo que podría ser
una civili-
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zación del activismo y de la temporalidad fluyente. El mito de Sísifo,
por ejemplo, que, entregado a una actividad absoluta y sin término
contra el consejo de su padre, se vio condenado por los dioses a subir
eternamente
un peñasco que, no asentándose jamás, rodaba siempre
por
la ladera de la monraña. O el de Cronos o Saturno -el Tiempo-­
devorando a sus propios hijos (hijos de la temporalidad, cronólatras).
Y en los albores de nuestra época, el mito de Fausto -símbolo de
esta que
se ha llamado civilización fáustica-: es en el momento
en que el doctor Fausto pretende sustituir el "en el principio era el
Verbo" por "en el principio era la acción" cuando le aparece el
Diablo y toma _posesión de su alma.
* • •
Para comprender el sentido último de la contemplación y la re-
.. ladón que guarda con la acción creo necesario partir de la vieja
idea griega del mundo como cosmos o universo ordenado, frente al
caos o realidad exterior, sin orden ni medida, que precede y rodea
al cosmos. El Cosmos
·es el habitáculo del hombre, mundo inteligible
donde la
1azón y la voluntad humanas pueden conocer y decidir. Es
curioso cómo la palagra griega otxoi; significa tanto la casa (de ahí
economía, norma de gobierno doméstico y prudencia económica, vir­
' tud rectora de la casa o familia) como el universo, concebido como
casa o medio del hombre. Para
la concepción ju.deo-cristiana esta
idea de cosmos se traduce ( con diferencias y analogías)
por la de
Creación:
el mundo como obra radical de Dios (ex nihilo) y, como
tal, ordenado, dotado de sentido, inteligible.
De esa noción del orden
universal como casa o morada del hombre derivan dos calificativos
que pueden aplicarse a
la Iglesia de Cristo: católica y ecuménica,
por cuanto es universal por el destino y vocación de su mensaje y
no de este
país o tiempo. (Calificativos sinónimos, pero que hoy -por
extrañas mutaciones semánticas y terminológicas-han venido a
contraponerse,
por modo que-al católico consciente le repugna el
ecumenismo, como al ecumenista repugna el catolicismo real).
¿ En qué. sentido puede decirse que este mundo en -que vivimos
-obra de Dios y· morada del hombre-es un cosmos o universo or-
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denado? La armonía o adecuación de medios a fines es algo que salta
a
la vista, a la mentalidad y a la observación del hombre normal. Sin
embargo, han sido muchos los intentos, desde el .atomismo de De­
mócrito hasta las modernas concepciones racionalistas
-mecanicis­
mo, evolucionismo-para explicar el aparente orden finalista del
mundo como resultado casual de una fuerza eficiente, ciega, que -se
desarrolla y complica en un entrecruzamiento de átomos o en un im­
pulso evolutivo creador. Coincide justamente con el predominio de
esta mentalidad eficientista
en nuestra época el menosprecio y aban­
dono de la vida
contemplativ.i. a título de inútil o "alienada", y el
culto a 1a· acción y a la eficacia. La noción de un cos.mos o universo
ordenado supone
la existencia de unas causas finales -más o menos
remotas o
inmanentes-concebidas por una mente superior y tras­
cendente
al mundo mismo, esto es, la existencia de Dios, causa final
última
y supremo ordenador del mundo. Su existencia y la existencia
de
la finalidad -causa causarum--es lo que justifica -la tendencia
contemplativa,
la contemplación misma.
En dos aspectos se pone de manifiesto la finalidad en la
natu­
ral~za. En primer lugar, por las tendencias espontáneas de los dis­
tintos seres, que no son anárquicas sino orientadas a su sostenimiento
y perfección. Pensemos en la tendencia a respirar, a alimentarse, a
crecer, a procrear, perfectamente teleológicas.
La propia hipótesis
evolucionista
ha tenido que asignar al impulso evolutivo una tenden­
cia hacia la complejidad, la adaptación
y la perfección. -completa­
mente opuesta a la acción ciega, disgregadora, de los elementos­
que transfiere a una supuesta causa eficiente universal las propie­
dades perfectivas de las antiguas "entelequias" o formas sustanciales
de la física cualitativa.
En segundo término
se manifiesta la finalidad en el mundo por
la mutua perfectibilidad de los seres naturales que hace de unos ob­
jeto adecuado de las tendencias de otros
y medio para su realización.
En este orden de
muro.a adecuaci6n perfectiva se patentiza de modo
objetivo la
ley de armonía que rige al mundo constituyéndolo en
cosmos.
Esas tendencias de los seres natl.U'ales hacia su perfección revis­
ten modalidades
diversas-segÚQ. la naniraleza y capacidad cognoscitiva
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de cada uno. En los seres inanimados -y en los vivientes no dotados de
conocimiento (las plantas)-las tendencias son ciegas, determinadas
por la propia naturaleza
que obra en ellos impulsándolos hacia lo
que les conviene y perfecciona (su bien), tal como ocurre en los mo­
vimientos gravitatorios. de los astros o-en las afinidades químicas
de los cuerpos. En -los seres dotados de conocimiento meramente sen­
sitivo (los animales) la tend~cia puede el carácter de apetición (O
de instinto) en la que es el objete conocido lo que determina una
atracción o una repulsión según que se -trate de algo conveniente
(bueno) o inconveniente (malo) para la naturaleza del animal. La
tendencia se realiza aquí bajo -la luz de un conocimiento del objeto
y de su relación vital con el sujeto cognoscente, pero sin que apa­
rezca todavía.
la razón misma de apetibilidad, puesto que el animal
carece de facultad abstractiva.
Es --diríamos-como un primer lla­
mamiento del. ser
en cuestión a colaborar en el movimiento que la
naturaleza realiza teleológicamente en él.
En el ser racional, en fin, la tendencia adopta el carácter reflexivo
o
intelecrual al conocer el sujeto~ separada o abstractivamente, los
motivos de apetibilidad o aspectos
de conveniencia --o no conve­
niencia-del objeto y poder decidir sobre ellos. Ningún objeto de
esre mundo realiza, sin embargo,
ía noción plena del bien ( o de lo
deseable), sino que contiene aspectos
de bien (su ser positivo) y de
mal (su defectividad), y por ello la voluntad -capacidad de render
racionalmente-adquiere la posibilidad de decidirse a través de una
ponderación reflexiva de los motivos Esta forma
de tender libre cons­
tituye ya
un segundo y más profundo llamamiento a colaborar res­
ponsablemente en el movimiénto -la vida-que a ese sujeto se ha
otorgado con su naturaleza y personalidad.
Es, por lo tanto, el conocimiento -ese fenómeno misterioso por
el que unos seres se abren a la vivencia en sí mismos de otros­
lo que complica y perfecciona el -·movimiento teleológico del cosmos
haciendo que los seres cognoscentes participen
en algurui. manera y
grado
en la realización e intencionalidad del mismo. Y el conoci­
miento
-:--:tomado en toda su extensión-puéde ser de tres grados
u órdenes stiperpuestos: el que hemos
ll~o conocimento sensitivo
o animal, que se realiza a través de los sentidos corporales y capta
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SENTIDO CRISTIANO DE LA ACCION
objetos. materiajes concretos; el -conocimiento racional que mediante
el entendimiento capta las esencias y relaciones universales de las
cosas, y el conocimiento sobrenarural o de las cosas divinas.. Según
los escol~ticos, estos tres. órdenes de conocimi~nto se especifican
por una distinta luz o medio en el que se iluminan o hacen captables
los objetos. Para _el conocimento sensible .este es un medio físico
como la luz para la visión o -el aire -para la audición. Para el cono­
cimiento intelectual ese medio es el ente~imento agente, luz del
espíriW que. il~na el universal·que está en las_ cos?-5. Así, un animal
puede
co11ocer a este hombre, pero no al hombre, porque· carece de
esa luz intelectual- Para el conoc.unento sobrenatural ese medio · es
lo que llaman los teólogos la luz de. gloria, luz superior -de la con­
templación beatífica.
El hombre .posee por su naturaleza los -dos primeros conocimien­
tos-y la luz en que se realizan; no-a.'-.Í· el tercero, que puede .alcanzarlo
por
una elevación de la gracia en la bienaventuranza, o lograr algún
atisbo de él en el éxtasis místico. Cada uno de estos
mod.Os -de cono­
cer. no-anula ni contradice al que le es inferior, sino que lo penetra
y trasciende en profundidad y claridad. Así, el conocimiento animal,
que no rebasa
la esfera de lo_ sénsible natural, es verdadero y eficaz
dentro de su orden y constituye para-el hombre .la vía-de acceso al
saber intelectual, propiamente humz.no. De rri.odo análogo, el saber
de gloria
no anula o contradice el esfuerzo intelectual, sino que lo
trasfunde y perfecciona. Se cuenta que Santo Tomás de Aquino, el
más grande teólogo -cristiano~ alcanzó ·un éxtasis místico al. final de
su vida, y a partir
de ese momento nada volvió ya "ª escribir; pero no
porque después
el.e él reconociern como falso o rectificable cuarito
había escrito, sino porque ...,....gegún su testimonio-"le parecía como
paJa"' al lado de la profundidad intuitiva y luminosa de cuanto en
breves instantes había contemplado. Alguien
ha dicho que cada uno
de estos órdenes de conocimiento se comporta respecto al inmediato
superior como
la línea asíntota, que ·puede aproximarse indefinida­
mente sin llegar nunca a coincidir.
Así, un conocimiento muy ag\ldo
y relacionante en el animal puede determinar en él uo,a conducta pa­
recida a
.la humana, pero nunca coincidente ni capaz de. captar mo•
tivaciones abstractas. Y-así también el _saber humano puede aproxi-
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marse a una noción de las cosas divinas, pero siempre bajo forma
abstracta e impropia, sin
alcanzar nunca de por sí aquella "luz de
gloria".
Cabe así
distinguir en la vida del hombre --<:orno en la de los
animales-una vida cognoscitiva y otra activa. El ser vivo cognos­
cente conoce, por un lado, lo que le rodea y es por él captable (lo
vive en
sí, intencionalmente), y, por otro, reacciona sobre lo cono­
cido haciendo de ello objeto -positivo o negativo-de sus renden­
cías. Tendencias que pueden ser también ciegas, pero que en lo hom­
bre --como ser que cala en ·varios estratos ónticos-son también
apetitivas (respondiendo a un conocimiento sensitivo) y volitivas
(subsiguientes a
un conocimiento racional). Por lo mismo, cabe tam­
bién distinguir en el conocimiento una modalidad desinteresada o pura
--el conocer contemplativo-y otra orientada a la acción, un saber
para hacer. El saber del médico, del ingeniero, del agricultor o del arte­
sano, aunque comporte conocimientos, objetivos y causas de las cosas
se orienta siempre
--en su medida e intención-a la acción de curar,
de construir, de producir,
ete. El saber, en can;ibio, del investigador
que busca la explicación
de fenómenos o de realidades tal vez muy
alejadas de toda posible utilidad, os un conocimiento especulativo o
de contemplación. Puede unirse a la utilidad o conveniencia perso­
nales del investigador
--a su provecho o satisfacción-, pero en sí
mismo considerado no se orienta
ni mueve por la acción ni por fin
práctico alguno. Esta distinción
de saberes se da en el hombre, pero
no
en el animal cuyo conocimiento está íntegramente orientado a la
acción
(a la vida), ni en el bienaventurado, cuyo saber es puramente
cob.templativo, desinteresado.
Esta posición relativa del saber de contemplación y del saber de
acción en
la jerarquía de los seres cognoscentes nos da una primera
solu_ción en el tema tan debatido de si la contemplación es superior
y prima sobre la acción, o a la inversa. Problema complicado ya que,
de una parte, parece que el conocimiento se ordena a la acción -su­
puesto que ésta requiere un previo conocimiento---, y de otra, la con­
templación requiere también
Je la acción, sea para la observación y
experimentación del objeto conocido, sea como adquisición
en el su­
jeto de las virmdes morales que le permitan elevarse a la contempla-
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ción por sobre el influjo constante de las pasiones. Aparentemente en
trelazados en la vida práctica de cada hombre, y aun en la teoría,
contemplación
y acción son dos modos distintos de vivir en el hom­
bre -los dos únicos posibles-, y reviste el mayor interés para la
comprensión de su ser profundo el determinar la prioridad de una
o de otra.
Para Santo Tomás no ofrece duda la superioridad de la vida con­
templativa sobre
la activa, por más que ambas sean necesarias a la
vida humana y que su cultivo predominante dependa en cada uno
de su propia vocación y aptitudes. Dos de las razones que aduce en
su Suma contra Gentiles (III, 3 7) para aquella superioridad coinciden
con esa jerarquía cognoscitiva
de los seres que acabamos de señalar.
"La contemplación
--dice-es propia de los hombres: los animales
no son capaces de ella".
"Por la contemplación el hombre se asemeja
a los seres que
le son superiores: los ángeles y Dios". Las otras ra­
zones de esa superioridad son: que la contemplación no tiende a nin­
gún fin, sino qu~ es fin en sí rmsma; que las otras actividades hu­
manas están orientadas a ella y como a su servicio; que en: ella el
hombre se basta a sí mismo
y alcanza el más alto y duradero grado
de fruición o
goce; que por ella, en fin, puede llegar a las causas
últimas
y a una noción de los seres sobrenaturales.
La Sagrada Escritura se muestra también terminante sobre la pri­
macía contemplativa.
Las esposas de Jacob, Lia y Raquel, representan
la acción
y la contemplación, v la superioridad de ésta; las anfitrio­
nas
de Cristo en casa de Lázaro, Marta y Maria, simbolizan esta mis-.
ma dualidad. Y Jesús alaba la actitud de María y reprende dulcemente
a
Marta, no por su actividad, sino por su crítica al abandono contem­
plativo
de su hermana. La predicación de Cristo está, por lo demás,
trasfundida de este relativo abandono de la acción
y de la utilidad
ante
la entrega contemplativa a aquello que verdaderamente importa,
Causa primera
y Fin último de cuanto tiene ser Es el elogio de las
avecillas del campo a quienes Dios alimenta
y viste; es el imperativo
de buscar el reino de Dios y su justicia por encima de lo demás que
será dado
por añadidura; es la misma oración del Padrenuestro cuya
primera petición se refiere a la gloria
de Dios y a la venida de su
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I/AFÁEL GAMBRA
Reino, para sólo -después pedir el pan nue-stro, reduciendo Su deseo
y búsqueda al de "cada día".
Idéntica
-Superioridád del Saber especi.tlativo -o. de la· contem­
plación
de la verdad-puede descubrirse en el orden puramente na­
tural y húmano. Todo atte o toda técnica dimana de un previo saber
por causas o de una intuición sobre el ser. Una civilización centrada
en .la técnica es -una civili_7aciÓn que -vive de reservas y que se agota
a si misma. Asimismo toda tjvillzación histórica ,brota_ de una ilu­
minación religiosa sobre
el ser y su finalidad. En la. base y origen de
la
"civilización llamada occidental, o de la i_slárµtea o de las orientales,
encontramos
··siemp~e una e.rnociÓQ colectiva de carácter religioso y
un consiguiente destino_· común... A partir de ella nac~ió ··el arte,-. la
técnica, las relaciones políticas o_ jurídicas-características_de ese-·pue­
blo .o civilización. histórica. c_onsrttuye el" mayor espejismo el.·suponer
que, ·pÚesto ,que los técnicos son quienes -materialmente_ realizan las
mansiones,. los templos, las
vías o: lqs talleres~ son .ellos los ·autores
de la Ciudad humana y a -~llOs debe confiarse su gobierno. Esto es
ignorar que técnicos y realizadores nunca· faltarán. al servicio de cual­
quier empresa- común con aliento creador
y fuerza de inspiración.
Pero
que,-si de los .solos medios prácticos o __ utilitarios dependiese,
jamás pueblo alguno habría
emergido de los adobes tribales o de
las atenas del desierto.
El afán
-radicalmente htunano--de conocer-lo que· es, de pe­
nerrií: sus causas y sus fines, culinina necesariamente en la búsqueda
y contemplación de· lo que es en sí, Causa última y Fin supremo de
cuanto tiene
ser-y movimiento. -A este encuentro con la pleniru.d del
ser -se encamina
-aunque a menudc incon:.,cieiJ.temente-el eterno
esfuerzo cognoscitivo del· hombre,
SU anhelo insaciable de entender
y saber. Al igual que su innato deseo de felicidad, nunca satisfecho
con
las cosas de este mundo _que la naturaleza o la técnica puede ofre­
cerle.
El término contemplación deriva
de la voz latina templum ( con­
templari) .· Consiste según esta etimología en-una vivehcia o morada "en
el templo". El templo posee una significación profunda tanto pata las
antiguas culturas -,la grecorromana o las contenidas en la Biblia-
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como para el cristianismo, La ciudad antigua se define como tributaria
del templo, nacida eo torno a él y que en él halla su culminación.
La destrucción de una ciudad finalizaba o se consumaba por la des­
trucción de su templo. El templo es un recinto limitado y sagrado
-lugar santo-en él que Dios -o los dioses-- inspitan y tutélan
a la ciudad, a sus hombres y a sus leyes. Al igual que toda ciudad
humana
es limitada y difetente de las demás -como iodividuo y
difetente es cada hombre-así también el tetnplo reserva a un sitie,
o lugar concreto, diferenciado, la com~icación con las cosas santas
y la inspiración divina.
Jesucristo,
N. S., no disminuyó en su predicación y ejemplo el
significado del tetnplo y la "contemplación·. El no predicó una ora­
ción anárquica en cualquier lugar, ni en "el templo de la naturaleza"
-ni menOs una oración "social''-, sino que se sometió a todos los
ritos del templo y arrojó más tarde a los mercaderes de su recinto
como a profanadores de "la casa del Padre". Y él testimonio que
se adujo como def_initivo en su proceso ante el tribunal judío fueron
sus palabras: "destruid este
·templo y -Yo lo reconstruiré en tres días".
Palabras que se interpretan en relación metafórica con su propio
cue.rpo y su resurrección, pero que pueden también referirse al tem·
plo como lugar del culto divino, a la Iglesia por El fundada y por
El asistida. Y cuando predice el signo de los tietnpos postretos habla
de "la abominación de la desolación instalada en el lugar santo".
De esta entrega humilde del contemplativo al influjo de la divina
gracia en
la santidad del templo o Casa del Padre brotan las tres par­
tes de que se compone la contemplación: la oratio --o espera de ese
sup€rior influjo-, la meditatio --o acogida en el secreto del cora­
zón-, y la lectio o interpretac16n de esa inspiración divina. La· con­
creción espácial, limitada, del templo -al igual que la concreción
ritual de una tradición
determinadá.-han sido siempre características
de la religiosidad teística,
y muy particularmtnte del cristianismo.
. . "
Si la i:Ontemplación de la verdad -ttatural o sobrenarural-tiene
primacía
y superioridad, y se rrata de la operación propia de1 hom-
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RAFAEL GAMBRA
/ bre -lo que su naturaleza añade a la del animal-, ¿qué sentido
poseerá para el hombre la acción? ¿Constituirá una raíz de mal o
de "alienación" que le aparte de su verdadero objetivo? ¿O será,
por el contrario, como sostiene nuestra civilización fáustica, el cum­
plimiento terreno de todo saber, d desenlace obligado de fa vida
humana?
La acción, en rigor, depende de la condición del hombre, "ani­
mal racional" o "espíritu encarnado", según se lo considere desde
abajo o desde encima de su. propia naturaleza. La acción es necesaria
a su vida animal
y, además, ~ la preparación y cumplimiento de la
vida contemplativa. En primer lugar porque la adquisición de las
virtudes, mediante
la reiteración del acto bueno, hace en nosotros
posible la superior dedicación contemplativa al liberarnos de la su­
jeción a las pasiones interiores y a los incentivos sensibles del mundo
exterior.
En segundo, porque nuestra condición carnal e intelectiva
nos exige valernos de los datos sensibles
--que solo la acción puede
suministrarnos
y ampliarnos-para conocer lo universal, las causas
de las cosas
y la Causa Suprema de todas ellas. Añádase a esto la
condición humana
de "naturaleza caída" como consecuencia del pe­
cado original
en la cual la posesión de la tierra, el acceso a la verdad
y la misma supervivencia se endwecieron para el hombre hasta con­
vertir la siempre necesaria acción en la aspereza y el sudor del trabajo.
La acción es, pues, para el hombre no solo buena sino necesaria
tanto desde
un punto de vista filosófico-natural como teológico. Pero,
como
roda realidad intencional, la acción debe estar sometida a un
fin, y, por ello mismo, a la jerarquía objetiva de los fines. La acción
no
es fin en sí misma, como tampoco lo son los fines inmediatos
por ella alcanzados para el sostenimiento o el confort de la vida hu­
mana. La acción
se ordena, a través de esa jerarquía de los fines,
a la contemplación desinteresada de la verdad en la
cual se rompe
--con el ejercicio del función propiamente humana-el muruo con­
dicionamiento
de producción y consumo a que aboca una actividad
desprovista
de trascendencia,
La contemplación natural Je la verdad asequible al· entendimiento
está, asimismo, ordenada a
la contemplación sobrenarural en la que
puede darse
la completa posesión y fruición de fa verdad. O, por lo
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menos, abierta a ella, toda vez que ésta, en lo que tiene de acceso a
una luz superior, no es asequible a las solas fuerzas humanas.
El saber meramente científico ,n el sentido positivista de la pa·
labra -saber de "hechos" sin relación con su sustancia ni con sus
causas últimas-crea un círculo o sector de conocimientos cuyo des.
arroyo o progreso acrece simultáneamente la frontera o límite con
lo que
no se sabe, esto es, con la ignorancia consciente; y ello de
un modo indefinido por principio. Como el sector de luz de un faro
que es
más extenso cuanto mayor sea su potencia, pero también más
dilatado el límite del mismo con las tinieblas circundantes.
De
modo tal que la ciencia físico·matemática actual, con sus inmensas
conquistas cognoscitivas
y técniais, está tan lejos de las causas de
las cosas,
es decir, de dar respuesti, al innato anhelo de saber en el
hombre, como lo estaba en sus or1genes presocráticos.
El predominio de la acción sobre la contemplación ha llevado a
la modernidad a poseer
un concepto -y una imagen-muy distinta
del saber
q.ue la poseída por edades anteriores. Cabe reflexionar sobre
el contraste
q.ue media entre la simbolización plástica del sabio -o
del pensar humano"-en el hoy y en el ayer. Podríamos tomar como
representación típica de la actividad intelectual
en la modernidad
a la conocida estatua de Rodin "El Pensador".
Un hombre desnudo
---desnudo de todo símbolo y pre-cpncepto--- "problematiza" con
gesto concentrado, mirando hacia la tierra,
tor:urándose y aun retor­
ciéndose sobre sí mismo como si su eterno análisis multiplicara sin
límite la profundidad y
extensión d, los problemas. La civilización
cristiana nos legó, en cambio,
la imagen típica. del "santo doctor", a
cuyo esquema se han ajustado tantos cuadros e imágenes de San
_Agustín, de San Isidoro, de Santo Tomás, etc. El sabio aparece en
ellos rodeado de libros o manuscritos,
tal vez con la plwna en la
mano, pero su mirada se dirige a lo alto
y, como coronación de su
esfuerzo, un rayo de luz desciende sobre su mente, o las tinieblas se
descorren ante una visión celestial, o su rostro aparece iluminado con
la fruición serena
y bienaventurada de q.uien ha alcanzado un atisbo
de la verdad suprema.
La contemplación no se encamina por sí misma a la acción ni
es función de ésta, sino que, por el contrario, es la acción -la vida
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activa-la que sirve y se encamina (objetivamente) a la contempla­
ción. Tampoco la temporalidad o sucesión del hacer y del vivir bu­
m.anos imponen una condición dialéctica al pensar ni a la verdad que
es su fruto. Más bien es en la contemplación donde se alcanza un tras­
cender esa limitación de la humana condición. Para Aristóteles la felici­
dad plena o
eudemonía era como la vivencia prolongada del instante de
comprender o
alcaru;w: la verdad, goce· supremo pero fugacísimo en
esta vida. Y recuérdese la leyenda cristiaua -recogida en las cantigas
de Alfonso el
Sabio-del monje que creyó imposible la bienaventu­
ranza por la condición mudable del espíritu humano incompatible
con una duración sin término "De como o monge oyou cantar unha
paixarinha et estouo CCC annos al son dela". Si el arrobamiento ante
una fugaz belleza natural puede suspender la percepción del tiempo
hasta confundir tres siglos con un instante, la contemplación de Dios
hará que la eternidad, al saciar plenamente nuestras facultades, pueda
igualmente considerarse un instante y una eternidad.
El racionalismo moderno -y la civilización que ha inspirado-­
ha transformado esencialmente
esa jerarquía natural que lleva de la
acción a la contemplación, de lo temporal a lo intemporal, de la con­
templación natural a la
disponibilidad de la sobrenatural. La ruptura
se inició en· el ya lejano nonúnalismo pre-renacentista que declaró
inasequible para
la razón el orden metafísico y el religioso, reservan­
do. éste· exclusivamente a la fe. El saber tendrá así como único objeto,
en boca de Francisco Bacon, la pr<..·visión de fenómenos y el dominio
de la naturaleza. El protestantismo relegará la religión a la intimi­
dad de la conciencia en una libre vivenci~ de la fe, y, más tarde, el
modernismo hará de la fe un mero sentimiento matizado por las
cambiantes necesidades espirituales y materiales del hombre. Hegel
y Marx, en fin, proclamarán el primado de la acción y la evolución
intrínseca del pensamiento y de
la verdad.
Pero esta gran subversión espiritual que sitúa el saber al servicio
de la acción y niega el sentido de la contemplación no hubiera sido
posible sin una paralela subversión· del ámbito humano en que el
espíritu fructifica y del templo que acoge e inspira la contempla­
ción de las cosas · sagradas. Ese ámbito, que era la Cristiandad o so­
ciedad cristiana, ha sido
minuc~osaroente desmontado por la Revolu-
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ción que triunfó en Europa entre 1789 y 1833. Su esquema ideal era
el
de una sociedad exenta de inspiración religiosa -laica-y libre
de cuerpos o instituciones vinculadores -individualista-. Las creen­
cias, los imperativos morales, las costumbres, fueron combatidos como
"prejuicios·· (hoy, "alienaciones"'), al paso que una sociedad extrín­
seca, funcionalizada hacia el bienestar terreno y la democracia, era
glorificada como
la meta del pro¡;reso humano.
La contemplación se vio así privada de sus cauces naturales y
de sus objetivos en la mente de los hombres. Goya, a despecho de su
liberalismo (tan difícil de mati::ar), tuvo una de sus intuiciones pro­
féticas en el
aguafuerte titulado "El sueño de la razón produce mons­
truos' . Un enciclopedista de su época se ha dormido apoyada la ca­
beza sobre su mesa de trabajo -trabajo de un intelectual de forma­
ción puramente
libresca-, y de· su mente brota un tropel de seres
monstruosos y demoníacos: la obra de la razón no consiste en elu­
cubrar sobre sus propias categorías, sino en partir de la realjdad y
apoyarse en ella para ascender e::n e] conocimiento de las causas guia­
da por la jerarquía
natural de los seres. En otro caso, los monstruos
de la rebelión permanente, de la planificación universal, del nihilis­
mo o de la utopía son fatalmente su cosecha.
A nuestra época estaba reservada, sin embargo, la consumación
de este -proceso al llegar en ella la subversión hasta la cumbre del
Templo que aún coronaba
incólume la Ciudad resquebrajada y es­
téril. En este tiempo nuestro hemos visto a los sacerdotes y guardia­
nes del Templo santo
incorporarse a la turba de los incendiarios de
la Ciudad y emplearse sin freno en la demolición del patrimonio sa­
grado que ellos recibieron como depósito y como función. Y así
los "
emos hoy afanarse en la "rlesmitificación" _de la fe, en la· "desa­
cralización" del culto
y otras empresa$ contradictorias, al niismo
tiempo que definen la religión y la Iglesia como "un servicio a la
Humanidad".
La promoción de una vaga fraternidad humana, de
la paz, del desarrollo económico, del bienestar social y de la igualdad
son
los objetivos explícitos de una religión que lo es ya sólo de
nombre y de modo vergonzante. A
la imagen ideal del monje macilento
y ascético ha susriru.ido como paradigma la del clérigo "eficaz" y apre­
surado, con grueso portafolio hajo el brazo. Pero si la primacía de
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R.ÁFAEL GAMBRA
la acción encierra· a la Ciudad humana en un círculo sin salida en
cuyo centro rie el Diablo del .Fausto, cuando esa misma primacía se
aplica
al Templo el efecto es aún mayor: lo vacía de su misma sus­
tancia y realidad. El Templo no
es ya lugar de contemplación sino
de ruido
y de subversión, simplemente porque ya no es templo. Al
igual que la llamada sociedad
de consumo y del fácil transporte
origina una atmósfera irrespirable, así
la corrupción del Templo hace
imposible la oración personal, que
es como la respiración del alma.
La ruina total y definitiva de la antigua Roma se resumió siem­
pre en "la entrada de los bárbaros en el Capitolio", es decir, en el
templo supremo
de la Urbe. Nuestra civilización no perece por bár­
baros o extranjeros, sino que produce o destila de sí misma sus pro­
pios bárbaros.
En nuestros días se ha producido la irrupción de estos
bárbaros inmanentes en el Capitolio o
sa'ntuario de nuestra Ciudad,
que
es la Iglesia Católica. Por eso no se trata de una destrucción ex­
terior, a sangre
y fuego, sino de una autodemolición taimada, si­
lenciosa.
Si la Ciudad (nuestra civilización) ha de supervivir o renacer será
preciso ante todo reconstruir
el Templo que la alberga. Porque, aun­
que el Templo culmine la Ciudad y su destrucción haya sido la con­
quista postrera de los bárbaros, su restauración habrá de ser la pri­
mera.
Ya que ninguna Ciudad se funda ni crece si no es bajo la som­
bra
de un sanruario. Mientras los bárbaros permanezcan en él entre­
gados a sus sacrilegios no se espere
el orden ni la paz, ni las costum­
bres
ni la convivencia de la Ciudad. Pretender sustituir la religión
por la cultura como
aglutinante social conduce al ejemplo que hoy
nos ofrece Europa
en sus zonas más "desarrolladas". Mientras tanto,
para que el latido de la oración y la contemplación no se apague en
el mundo, aprendamos a con,;truir el Templo en nuestro corazón
manteniéndolo
en la fidelidad a h fe recibida y en la recta jerarquía
de los fines que conduce a
la contemplación de las cosas en Dios.
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