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Catolicismo social y socialismo cristiano

CATOLICISMO SOCIAL
Y SOCIALISMO CRISTIANO
por
JERÓNIMO Cl!RDÁ BAÑULS
Notario de Valencia

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
SUMARIO: l. Teocentrismo y antropocentrismo.-II. Catolicismo so­
cial.-III. Socialismo cristiano.-IV. A modo de epílogo o cuando la
contradicción se descubre a sí misma.
I
Teocentrismo y antropocentrismo
Cuando el hombre mira a su alrededor y contempla todas las
cosas y fenómenos naturales, descubre la mirabilis conexio rerum,
un orden natural inteligentemente concebido, realizado y mante­
nido;
se descubre a sí mismo como ser que entiende y puede
actuar, según su inteligencia. En toda la naturaleza, no encuen­
tra otros seres inteligentes que no sean los hombres mismos,
pero igualmente descubre, por la ciencia, que el hombre ha ve­
nido después de toda aquella naturaleza, tan maravillosa; todo
aquello
es anterior y, puesto que la inteligencia autora no está
en aquella naturaleza que contempla, forzosamente tiene que es­
tar fuera de ella y sobre ella: inteligencia sobre-natural, Ser To­
dopoderoso, puesto que lo ha podido todo lo que el hombre ve
o, de alguna manera, atisba.
Cuando el hombre descubre a ese Ser, al que en cada idioma
le da un nombre (Yawé, Zeus, Deus, Alá, Dios
... ), busca la ley
de su inteligencia y de su voluntad y procuta acomodar su vida,
individual y de relación o social, a ella. Tiene una concepción
teocéntrica del mundo y esta concepción ha estado vigente en
todas las épocas y en todos los pueblos, hasta un ayer inmediato,
Si el hombre escucha, además, una manifestación o revela­
ción sobrenatural de
ese Ser Supremo, su teocentrismo queda
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JERONIMO CERDA BARULS
potenciado por ese don sobrenatural de creer en lo revelado por
el mismo Dios: es la fe teologal que perfecciona el conocimiento
científico o natural, el cual, en tanto en cuanto sea verdadero, es
decir, ajustado a la realidad de las cosas, ni lo contradice ni lo
destruye, pues no
es inteligente que la obra y la palabra de ese
ser
se contradigan, ya que El es la inteligencia suprema.
Pero cuando
el hombre dice que no sabe si Dios existe o no
existe (agnosticismo), o
se desentiende de El o de esta cuestión
(laicismo), o no cree que exista (ateísmo), o se le enfrenta, con­
fiando plenamente en sí mismo (antiteísmo), el hombre, enton­
ces, contempla sólo la naturaleza sin transcender de ella y se ve
a sí mismo como el ser superior y se dispone a ordenar su vida
individual y social según su voluntad, puesto que se considera
el eje (antropocentrismo). Peto como en la vida social o de re­
lación forzosamente
se da una pluralidad de voluntades, la vo­
luntad decisoria absoluta se ha de atribuir a un hombre o a un
grupo o a una mayoría; en todo
caso se suplanta la voluntad de
Dios por
la voluntad humana.
Antropocentrismos
ha habido también en todas las épocas
y en todos los países, pero sólo en nuestros tiempós la cuestión
ha adquirido dimensiones sociales suficientes para intentar ese
trastocamiento del orden divino: esto es,
la revolución.
El mundo de nuestros días vive inmerso en la revolución,
o más exactamente, está en su pleno alumbramiento o erupción;
la revolución intenta aprovechar todos los caminos y todas las
fuerzas naturales. La revolución crece, y crece desde dentro de
la propia sociedad humana; en ese su crecimiento, afecta, y se
aprovecha, de todo lo que integra esa sociedad, simultaneando
la destrucción o aniquilamiento con la corrupción que desgasta
e infecta; el predominio de uno u otro aspecto, es cuestión de
posibilidades tácticas.
TeocentriSmo y antropocentrismo es el esquema profundo,
radical,
de nuestro tema: una concepción teocéntrica del mundo
que intenta mantener y perfeccionar la sociedad humana dentro
del orden divino natural
y revelado: el catolicismo social. Y el
intento antropocéntrico de crear una nueva sociedad, para unos
288

CATOUCISMO SOCIAL Y SOCIAUSMO CRISTIANO
nuevos hombres que, en su afán de sumar fuerzas y eliminar
obstáculos, pretende actuar desde dentro de las instituciones que
tienen por misión servir al orden divino, en
la operación más
audaz de todo el proceso revolucionario, tratando de
conseguir
que la propia Iglesia, que por definición y esencia está al ser­
vicio de Dios y de su orden divino, en cuyo orden los hombres
son servidos y deben ser amados en cuanto criaturas de Dios, en
relación con
él y sujetos a su ley eterna, cambie este servicio
por el servicio exclusivo a los
hombres y, más que a los hom­
bres, a la sociedad humana, de la que cada hombre
es conside­
rado, exclusivamente, como parte del todo; servicio que, además,
ha de ser según se supone que esa sociedad quiere ser servida
en nuestr:os tiempos; para ello, se crea un nuevo y único dogma:
que esa manera de servir al hombre, es la única manera de ser­
vir a Dios; todo lo demás
es superfluo y, por tanto, sólo. con­
servable, en cuanto no sea obstáculo u opio adormecedor del
pueblo, en su lucha por la construcción de la nueva sociedad.
Esta
es la Nueva Iglesia, cuya creación se impulsa desde dentro,
por los autollamados «cristianos por
el socialismo», que se alzará
sobre las ruinas caducas de la, por ellos llamada, Iglesia
Cons­
tantiniana, por la acción liberadora de la nueva teología, nombre
que, como es de suponer, se conserva por táctica, pero no porque
responda a su contenido, que ya no es el de la ciencia de Dios,
sino el de la ciencia del hombre;
algún filósofo, y no precisa­
mente de los tradicionales,
Julián Marías, ha sentido la necesi­
dad de poner las cosas en su punto y decir que estos
libro.s de­
bieran llamarse de antropología o sociología, pero no de teología,
porque
ya no tratan de Dios.
II
Catolicismo social
El epígrafe exige algunas puntualizaciones previas.
Hay autores que emplean el término «cristianismo social»
como sinónimo de «cristianismo socialista» o «socialismo cris-
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JERONIMO CERDA BAJWI.S
tiano», es decir, dando a la expresión un contenido socialista y,
por tanto, revolucionario ( 1 ).
No digo que no haya supuestos en los que, bajo la capa de
ser o realizar una acción cristiana de tipo social, se alberguen
posturas doctrinales o prácticas,
más o menos socialistas, por
desviación, manipulación o infiltración, de lo que hay, por des­
gracia, numerosos ejemplos en personas y en instituciones cuyos
orígenes, nombre
y normas estatutarias son de las más plena or­
todoxia. Pero todos estos casos, o están haciendo tránsito u ocul­
tan actitudes que deben encuadrarse dentro de lo que luego es­
tudiaremos bajo el nombre de socialismo cristiano. Hay aquí,
sin duda, entre Otros abusos, un abuso terminológico, puesto
que no hay sinonimia entre los términos «social» y «socialismo»;
«social» es un adjetivo derivado del sustantivo «sociedad», mien­
tras que «socialismo» es un sustantivo cuyo adjetivo derivado es
«socialista»; los sustantivos «sociedad»
y «socialismo» no son
sínónim.os, puesto que no toda sociedad es socialista.
El termino «catolicismo social» hay que reservarlo exclusiva­
mente para designar aquella parte de
la doctrina católica que se
ocupa de lo «social», es decir, de la dimensión temporal del cris­
tianismo, partiendo de la concepción católica de la persona hu­
mana y de la sociedad.
Pero, a su vez, sin salirnos de este campo acotado de la or­
todoxia, cabe hablar. de lo social no sólo en este sentido amplio
y genérico expuesto, sino en el más resttingido de comprender
sólo las relaciones laborales y económicas (2), segregando de
la
doctrina social aquella parte de la misma que se refiere a las
cuestiones del poder y sus formas y al ámbito de la libertad
personal, todo lo cual pasa a formar otro sector, dentro de
la
doctrina católica, al que se da el nombre de «doctrina política».
Esta distinción no tiene más valor que el de una clasificación
sistemática y no deja de estar exenta de dificultades.
(1) Así es citado por Gianfranco Morra para calificarlo de extravío, en
la GER, voz «Cristianismo».
(2) A. Martín Artajo y Máximo Cuervo, Doctrina. socia/,_ católica de
Le6n XIII y Pio XI, E 290

CATOUCISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
Así, Federico Rodríguez ( en su introducción al tomo de doc­
trina pontificia editado por la BAC y dedicado a los «docu­
mentos sociales», precedido por otro tomo de la misma doctrina
dedicado a los «documentos políticos),
se hace eco de esta dis­
tinción (3), afitmando que «la caracterización de lo social frente
a lo político, considerados como dos términos de una dicotomía,
no es difícil», pero me da
la impresión que debió completar la
frase diciendo «que no
es difícil sino imposible», porque lo cierto
es que, después de añadir, dicho autor, que «hace ya más de
un siglo, Lorenzo Stein, lo intentó con
éxito», agrega «aunque
quizá no con pleno acierto, refiriendo la realidad de las formas
políticas al eje poder-libertad y refiriendo las formas sociales a
las brotadas en
la tarea de satisfacer las necesidades humanas,
mediante
el trabajo organizado y la apropiación de los bienes
productivos».
En efecto, el acierto es discutible, porque este
planteamiento deja fuera los procesos familiares
y culturales y al
referir lo social sólo a los fenómenos económicos, soslaya el pro­
blema de que las cuestiones que se plantean en este ámbito, no
se producen tan sólo en él, sino que, como se sostiene en toda
la doctrina pontificia, afectan al fundamento mismo de la vida
social. Evidentemente, la cuestión social no es solamente una
cuestión de estómago.
Aunque, natnralmente, pueden encontrarse documentos pon­
tificios que traten específicamente una cuestión relativa al poder,
o una cuestión económica o laboral, siempre se hace dentro de
una doctrina general, que ilumina toda la sociedad humana.
To­
das las grandes encíclicas sociales tienen que tratar," por fuerza,
materias de uno
y otro sector aunque predominantemente enfo­
quen sólo uno de ellos, resultando a veces arbitrario su encua­
dramiento. Incluso
el desgajamiento de lo político, para reducir le, social
sólo a lo laboral, facilita ciertas actitndes silenciadoras de la
doctrina política del cristianismo y, con ello, la descalificación
de quien pretende llevar adelante una acción política, precisa-
(3) 2.• edic., Madrid, 1964, pág. X'l.
291

JERONIMO CERDA BA1WLS
mente, desde su cristianismo; hay muchos cristianos para los que
es fácil comprender una acción en el mundo laboral como exigen­
cia de la justicia y de
la caridad cristiana, pero que no quieren
ni plantearse que, esa misma exigencia, gravita sobre el mundo
de la política, ignorando la lección de Pío XI:
« Y tal es el te­
rreno de la política que mira los intereses de toda la sociedad
entera, y que a este respecto es d campo de la más vasta cari­
dad, de la caridad política, del que se puede decir que ningún
otro le
es superior, salvo el de la Religión» (4).
Por todo ello, al hablar del catolicismo social, hay que hacer­
lo dando al término social toda la riqueza de su contenido, tal
como lo hace por ejemplo, el llamado «Código social de Malinas»,
que en frase de Alberto
Martín Artajo y Máximo Cuervo, «es
por si un tratadito completo de sociología» (5).
Al enfocar el catolicismo social, no hay que olvidar que no
es una mixtura de doctrinas, que es, ante todo y sobre todo, ca­
tolicismo a secás, es decir, una religión, o más exactamente, la
Religión. Es la Religión Católica proyectando sus verdades eter­
nas sobre la persona y la sociedad temporal, esté o no esté for­
mada por católicos, sean éstos mayoría o sean minoría, cum­
pliendo su misión de omnia instaurare in Christo ( 6 ).
Por último, hay que puntualizar que no se trata de que la
Iglesia Católica haya elaborado, o pueda elaborar, partiendo de
sus principios, un sistema social perfecto, único justo y viable,
inmutable
y definitivo, para convertir la tierra, por su medio,
en un paraíso. Como decía Angel Herrera: «Desordenada la
so­
ciedad, como los individuos, a consecuencia del pecado, es vano
cualquier empeño de traer de nuevo a la tierra el paraíso perdi­
do. Propio es de los utopistas de todas las doctrinas soñar con
un género de gobierno, con un sistema de vida, que
es punto
menos que aquel paraíso.
La Iglesia Católica, que sólo para la
vida eterna promete la bienaventuranza, no es nunca utópica ni
(4) Mensaje a la Federación Universitaria Italiana, diciembre de 1927.
(5) Op. cit., pág. 37.
(6) San Pablo, Efesios, 1-10.
292

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
soñadora en punto a la felicidad que en este 'valle de lágrimas'
promete. Por eso,
si se pregunta por una solución de este gé­
nero para los males que hoy afligen a la sociedad, la Iglesia habrá
de adelantarse y
se adelanta a decil: con León XIII que no tiene
solución» (7).
Pero no
es poco, tampoco, lo que la Iglesia tiene a nuestra
disposición, a través de su doble solución personal y social.
En la esfera personal, las bienaventuranzas subliman sobre­
naturalmente todos los sufrimientos del hombre, de tal modo
que toda infelicidad terrena
se transforma en causa de felicidad
eterna: de
bienaventuranza; desde la fe, da una esperanza a la
persona al saberse redimido por el amor para toda la eternidad.
En este sentido
la religión católica si que es una droga, un opio
del pueblo, pero no una droga paralizante o un opio durmiente
y soñador,
sino una droga que actúa medicinalmente de leniti­
vo a
la vez que estimula para construir una imperecedera vida
del espíritu, en
la que el hombre, sacando fuerzas de sus fla­
quezas, potenciándose hasta la inconmensurable perfección di­
vina por la vida de la gracia, se va transformando en esos su­
perhombres, que son los Santos, los conocidos y los desconocidos,
que viven
ya una felicidad eterna. anticipada y que son paradigma
para todos los demás.
Pero además, no
se agota la religión católica con esa dimen­
sión personal de las tres virtudes teologales o sobrenaturales,
dones de Dios que a cada uno nos ofrece; estas virtudes tienen
también una dimensión social, o de relación del hombre con los
demás hombres, especialmente
la caridad, pero no solamente ella,
ya que también la fe y la esperanza son de por s( difusivas, pues
«a cada
. cual se le otorga la manifestación del Espíritu para pro­
vecho común» (8). Y junto a estas tres virtudes o dones teolo­
gales,
la Iglesia tiene los fundamentos, lo cardinal, para el me­
joramiento social: las cuatro virtudes básicas, llamadas por ello
cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, junto con
(7) Prologo a la obra citada de Artajo-Cuervo, pág. 12.
(8) t.• Corintios, 12-7.
293

JERONIMO CERDA BAJWL.S
todo el orden moral, formando con ello nn haz de princtp1os
fundamentales, cuya aplicación práctica, y en la medida en que
se apliquen, pone remedio a los males sociales, permitiendo ir
edificando la «cindad de Dios» en el terreno en el que por el
pecado, y sólo por el pecado, está instaurada «la ciudad del Dia­
blo», según
los clásicos términos de la visión agustiniana.
Tales principios católicos, en lo que correspoden a nn orden
natural (orden natural que está en toda la Creación a disposi­
ción de todo aquel que quiera verlo y estudiarlo), pueden ser
conocidos y aplicados por cualquier persona o sociedad; realmen­
te, como dice San Pablo (9), «son inexcusables», pues «hay una
ley escrita en el corazón atestiguándolo su conciencia»
(10). Pero
sólo con la plena aceptación del mensaje cristiano,
es decir, sólo
aceptándolos como una parte integrante del «todo» cristiano,
iluminado por
él, los hace plenamente eficaces; «sólo el espíritu
profundamente religioso podrá
encontrar la palanca que haga de
estos textos instrumento
de vida, instrumento de vida eficaz,
para regular las relaciones entre los hombres» (
11 ).
Esta falta de sentido de lo sobrenatural se aprecia en el
que fue
el alma del movimiento «La acción franoesa»; el «na­
turalismo social» (
12) de Maurras aceptaba todo el orden natu­
ral,
tal y como era captado por la Iglesia, hasta el pnnto que le
permitía decir que
decía lo mismo que decía la Iglesia y que la
Iglesia decía lo mismo que decía
él, pero lo cierto era que el
escepticismo de Maurras lo que le hacía aceptar y defender el
catolicismo romano
sólo como factor histórico-cultural, de valor
social positivo, merced
al ejercicio constante del poder magiste­
rial y disciplinario (13
).
(9) Romanos, 1-18.
(10) Romanos, 2-14.
(11) Federico Rodríguez, op. e#., pág. 11.
(12) Maurras, La democratie religieuse; &lit. Nouvelles editions la­
tines, Par!s, 1978, pág. 32.
( 13) El escepticismo de Maurras fue superado por su conversi6n al
final de su vida y la sumisión de sus seguidores, por lo que Pío XII le­
vant6 las censuras de su antecesor contra L'Action Fran,aise.
294

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
Desde otro ángulo, éste ha sido uno de los fallos funda­
mentales de todas las llamadas «democracias
cristianas~>, que se
dicen no confesionales y que sólo buscan en el ctistiatjismo una
mera inspiración. En algún supuesto
histórico, como fue el caso ' de Marc Sangnier y «Le Sillon» pretendían, incluso, r~presentar
el cristianismo social ( 14 ).
Precisamente por esa necesaria unidad del mensaje; cristiano,
en el que
el orden natural se eleva al plano sobrenat111ral de la
Revelación
y la Redención, adquiriendo así su perfecci~n, recor­
dando con Santo Tomás aquello de gratia natura non itollit sed
perficit
( 15), no puede decirse con propiedad que fa doctrina
social católica o el catolicismo social nazcan con Pío IX o
León
XIII; otra cosa es que pueda decirse que de ellos arrancan
las grandes exposiciones doctrinales sobre la materia
y los prin­
cipales movimientos orgánicos encaminados a crear instituciones
aptas para la acción social cristiana. Nos lo ha recordado recien­
temente Juan Pablo
II, en su endclica Laboren exercens: «En
esta enseñanza, sin, embargo, la atención al problema se remonta
más allá de los últimos noventa años. En efecto, la doctrina so­
cial de la Iglesia tiene su fuente en la Sagrada Escritura, co­
menzando por el libro del Génesis y, en particular, en el Evan­
gelio
y en los escritos apostólicos» (16).
Pero
si las fuentes están en la Revelsción, y son por tanto
dogmáticas, no quiere esto decir que la doctrina social católica
se agote en unas formulaciones dogmáticas. En este terreno es
útil atender a aquella distinción que hacía el Cardenal Newman
entre principios
y doctrinas, dogma y desenvolvimiento del dog­
ma, verdades generales e inmutables por un lado y desarrollo
de las virtualidades del propio dogma o principio en manifesta­
ción progresiva de sn potencialidad inextinguible; doctrinas que
son a modo de especificación, concreción
y aplicación de los
(14) Condenados por San Pío X en Notre charge apostolique (25-VTII-
1910), Sangnier y los sillonistas se sometieron haciendo pública manifes­
tación de fe católica y obediencia.
(15) Suma Teo/6gica, BAC.
(16) Laborem exercens (15 sept. 1981), D.
295

JERONIMO CERDA BA1WLS
principios en un determinado contenido histórico o temporal:
las conductas humanas, su enjuiciamiento y sus varias y posibles
soluciones cohere.ntes con los principios. Es la misma distinción
tomista entre principios y sus aplicaciones y conclusiones y la
formulación de Suárez de los distintos grados del Derecho natural.
Un ejemplo puede servimos para mayor claridad: hay un
principio del orden natural que
es la sociabilidad del hombre;
lo Revelación lo confirma y eleva ( «no es bueno que el hombre
esté solo», «¡Ay del solo!», «Que sean uno
... », etc.); de ello se
sigue que si el hombre tiene necesidad de asociarse según el
orden natural y sobrenatutal, tiene un consiguiente derecho a
ello; del ejercicio de ese derecho saldrá una asociación, un sin­
dicato, etc.,
... pero eso no quiere decir que sólo un determinado
tipo será válido y de una vez para siempre para todos los sitios
y todas las épocas; la doctrina social de la Iglesia nos permitirá
enjuiciar cada tipo a tenor de su inspiración y actuación, impul­
sará a que se creen todos los que quepan dentro de sus cauces,
podrá considerar en un momento determinado la conveniencia
de una asociación y poco más.
Por todo ello, el catolicismo social, en cuanto proyecta unos
principios desarrollando una acción en el mundo,
es un punto
de partida, desde los principios que le son dados, en constante
desarrollo para atender a las mudables conductas y necesidades
sociales. Por eso la Iglesia no cesa de publicar nuevos documen­
tos -sociales, siempre enriquecedores de los anteriores, en plena
coherencia entre sí y con los principios que los informan, do­
cumentos que, a su vez, no son fórmulas legistas, sino criterios
y bases transidas de verdad, que iluminan y enjuician la justa
autonomía de lo temporal, a cuya autonomía corresponde
así
arbitrar sus soluciones ( 17).
Así la doctrina social católica, concebida como desarrollo de
(17) Frente al Derecho natoral de contenido variable de Stamler, el
iusnaruralismo católico habla de un Derecho Natural de contenido progre­
sivo. Véase
«Corts Grau», en Filosofía del Derecho (Introducción Gneoso~
lógica), Editora Nacional, 1944, pág. 2:75.
296

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
los principios inmutables, surge muchas veces a pwteriori del
nacimiento de los errores,
al igual que las declaraciones dogmá­
ticas surgieron muchas veces como consecuencia de las herejías,
siendo esta
la causa de que parezcan llegar tarde, cuando el mal
ya ha echado sus raíces.
Pero el pensamiento católico
ha sido siempre fecundo, siendo
siempre el gran ordenador en
las grandes crisis de la Historia,
hasta hacer exclamar a Maurras aquellas expresiones admirativas
de
le profond bienfait catholique, le bienfait de son actión sur le
genre humain;
San Agustín atisba la caída del Imperio Romano
y escribe: «La Ciudad de
Dios»; el Papa San Gelasio conocerá
las luchas entre el Pontificado y el Imperio y desarrollará la doc­
trina de las dos potestades: la autoritas sacrata pontificum y la
regalis potestas. La cristiandad medieval conocerá las Summas,
especialmente las del Aquinatense, en la primera gran crisis de
la filosofía
·cristiana con los averroístas y nominalistas. La ruptura
protestante tendrá enfrente a T rento y la Contrarreforma con
los grandes teólogos-juristas españoles: Vitoria, padre del Dere­
cho internacional, Suárez, padre del Derecho natural, Vázquez de
Menchaca, que defiende la libertad de los mares, etc.
Pero será la crisis racionalista, con sus alumbramientos· libe­
rales
y socialistas, con sus grandes rupturas, la que va a solici­
tar una preocupación constante del Pontificado, dando lugar a
una serie de encíclicas y otros documentos del Magisterio Pon­
tificio
espedficarnente sociales. Pío IX capta toda la malicia so­
cialista y logra incluso anticiparse en dos años al Manifiesto Co­
munista y a la primera revoluci6n no burguesa, la socialista de
1848, publicando el 9 de noviembre de 1846 su encíclica Qui
pluribus,
en la que por primera vez se condena al comunismo,
enumerándolo entre «los monstruosos errores y fraudes con que
los hijos de este siglo tratan de combatir sin descanso a la religión
católica,
así como a la divina autoridad de la Iglesia y sus le,
yes, y de conculcar los derechos, tanto del poder divino cuanto
los del poder civil, Entre estos, esa
abominable y sobre todo
antirracional doctrina llamada del comunismo, que, de admitirla,
acabará por destruir desde
sus cimientos los derechos, las cosas
297

JERONIMO CERDA BAJWIS
y las propiedades de todos y hasta la misma sociedad huma­
na» (18).
El mismo Pío
IX publicará varias encíclicas sociales más, de
entre las cuales destacamos la
Quanta Cura ( 8 de diciembre de
1864
), en la que condena el naturalismo social y político, y el
celebérrimo «Syllabus» en 1867, cuya importancia se aprecia •
simple vista con tan sólo leer su nombre completo: «Catálogo
que comprende los principales errores de nuestra época señala­
dos en las encíclicas
y otras cartas apóstolicas de nuestro santí­
simo Señor el Papa Pío IX»;
la simple lectura de este título nos
demuestra la estupidez o la falacia de quienes ponen en duda la
vigencia actual del Syllabus; es algo así como preguntarse por
fo vigencia del índice del Código penal; para mayor perfección,
este catálogo cita,. en cada uno de sus números o proposiciones,
la encíclica o documento de donde está tomada la condenación.
Es imposible, dentro de la brevedad forzosa de este trabajo,
enumerar siquiera las encíclicas y documentos sociales de los
su­
cesivos Pontífices, algunas tan extraordinarias como la célebre
Rerum novarum de León XII (15 de mayo de 1891), llamada
por Pío
XI «La Carta Magna de los obreros», en la Quadrage­
ssimo anno
(15 de mayo de 1931). También es preciso destacar
la Pascendi de San Pío X (8 de septiembre de 1907), condenan­
do los errores modernistas, lo que le da un inmenso valor ante
su renacimiento actual ( 19).
Pareja al esfuerzo doctrinal pontificio, está fa acción de toda
la Iglesia militante creando movimientos y organizaciones per­
manentes, aptas para solucionar los problemas sociales
y, en con­
cteto, los agudísimos de los obreros, víctimas por un lado de la
ruptura liberal de los gremios y de la aparición de la sociedad
industrial, y víctimas por otro lado del marxismo, que encuentra
en ellos el posible instrumento revolucionario que necesita para
(18) Qui pluribus, 5.
(19) Curiosamente no figura recogida esta encíclica en ninguno de los
dos tofuos de la BAC del Doctrina PontifiCia política y social, posiblemente
porque esta encíclica es base para las dos y mucho más que todo ello.
298

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
el cambio de la sociedad que, como nuevo paraíso terrenal, se les
promete.
Genéricamente, a todos estos movimientos e instituciones,
que ttatan de proyectar sobre la sociedad las virtudes cristianas,
con solúciones orgánicas que doten a la sociedad de un entta­
mado que solucione la ruptura de los vínculos del bien común
que hagan posibles los bienes
particulares que en justicia co­
rresponden a cada persona, se le denomina «cristianismo social».
Entre los primerísimos impulsores de este cristianismo so­
cial, es de justicia citar a Ketteler, Obispo de Maguncia, al que
después el propio León
XIII le llamatá «mi predecesor». Este
Obispo, con una sólida formación tomista, desatrollatá una
am­
plia y profunda labor docttinal y práctica en materia social, sien­
do siempre un verdadero adelantado, no sólo desde su Sede
Episcopal, sino también desde su puesto como diputado, en una
acción política que nunca desdeñó. Ketteler partía de la concep­
ción tomista de la propiedad, lo que le permitía por un lado
de­
nunciat los abusos liberal-capitalistas y por otto defender el de­
recho de propiedad de los ataques socialistas; pues si bien la
propiedad privada es un derecho natural de la persona, ni tiene
carácter absoluto, ni le
es lícito impedir que el uso y el disfrute
de los
:iienes sea común, tal como se sigue del orden natural y
revelado (20). Ketteler defiende a los obreros desamparados por
la desapatición de las asociaciones y clama por la justicia de un
salario, a la par que defiende a
la Iglesia del doble ataque de la
burguesía liberal y del ateísmo socialista. De entre sus obras hay
que destacar por lo significativo de su contenido: «El problema
obrero y el cristianismo» ( 1864
), y su discurso «Liberalismo, so­
cialismo y cristianismo» ( 1871); una de sus frases preferidas
fue: «no hay religión sin libertad, pero tampoco
hay libertad
sin religión».
Por toda Europa van surgiendo, a lo largo de esta época, los
pattidos políticos cristiano-sociales que intentan llevar a la prác-
(20) Puede verse la cuestión en mi trabajo «Familia y propiedad», en
Verbo, núm. 183-184, marzo-abril de 1980, pág. 347.
299

JERONIMO CERDA BANULS
rica estas doctrinas. Son recuerdos ilustres de estos movimientos,
el Príncipe Aloys de Lichtenstein y el Archiduque heredero de
Austria-Hungría.
En Francia el cristianismo social se insertará principalmente
en
la Acción Francesa de Maurras, según su propio testimonio,
aunque
también, como antes he señalado, Marc Sagnier y Le
Sillon se autocalifican de cristianos sociales, criticándole Mau­
rras (21), por el carácter individualisita del movimiento de Sang­
nier, opuesto, por tanto, a los afanes orgánicos e institucionales
del cristianismo social; realmente la democracia liberal que do­
minaba Le Sillon no se compaginaba con la tesis del catolicismo
social
y más bien hacía tránsito a los socialismos cristianos que
luego veremos.
En Suiza,
el diputado católico Decurrins lanza, en 1888, un
Memorándum, dirigido
al Bundesrat suizo, proponiendo la con­
vocatoria de una reunión internacional de los Estados, con el
fin de proponer una legislación social de carácter internacional,
propuesta que mereció
la felicitación de León XIII. Decurtins
fue encargado de preparar
el programa de la conferencia que
Suiza
se proponía convocar en Berna para 1889, pero el Kaiser
Guillermo
II, recabó para si la iniciativa y trasladó a Berlín la
sede de la Conferencia, invitando a León XIII a enviar un re­
presentante. León XIII en un breve dirigido al Obispo de Co­
lonia (20 de abril de 1980), aprobó los resultados que iban sien­
do obtenidos por la Conferencia y que fueron muy importantes
(jornada laboral, trabajo de mujeres y niños, descanso dominical
etcétera).
En Italia, en 1878 León
XIII crea la Obra de los Congre­
sos en la que va a trabajar la juventud católica, y a través de
ella impulsa la creación de asociaciones populares cristianas en
oposición a las socialistas; de ello surgirá
la democracia cristiana
que constituirá
la sección 2.' de la citada Obra de los Congre­
sos. Es de advertir que esta democracia cristiana no tiene nada
que ver con los partidos políticos que adopten este nombre. El
(21) Op. cit., pág. 40.
300

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
mismo León XIII le dedica su encíclica Graves de conmuni (18
de enero de 1901), en la que afirma que no tiene que ver con
los partidos políticos democráticos; para León
XIII democracia
cristiana quiere decir acción cristiana popular y
se opone a lo
que el mismo Papa llama democracia social o socialista;
se trata
de un movimiento social, no exclusivamente político, que tiene
por base la afirmación pontificia de que allí donde la sociedad
tuviese un papel activo, los católicos no podían desentenderse de
ella. «Si bien la democracia
-decía León XIII-, por su mis­
ma significación etimológica y por el uso constante de los filó­
sofos, indica el régimen popular, sin embargo, en la materia
precedente debe entenderse de tal manera que, dejando a un lado
toda idea política, signifique únicamente la acción benéfica cris­
tiana en favor del pueblo. Porque los preceptos de la naturaleza
y del Evangelio, precisamente por su esencial superioridad so­
bte todos los acontecimientos humanos, no pueden depender
de régimen político alguno; todo lo contrario, pueden adaptarse
a cualquier forma de gobierno, con tal de que ésta no lesione la
virtud
y la justicia. Dichos preceptos son y permanecen ajenos
por completo a las preferencias partidistas y a los cambios his­
tóricos, de tal manera que,
sea cual sea la constitución política
de un Estado, pueden y deben los ciudadanos cumplir los pre­
ceptos que les ordenan amar a Dios sobre todas
las cosas y al
prójimo como a sí mismos» (22).
La Obra de los Congresos, después de ciertas discusiones en
el Congreso de Bolonia de 1903, fue disuelta por San Pío X, en
1904, subsistiendo las Uniones Profesionales, que, también en
de­
cadencia, fueron sustituidas por este Papa por la llamada Unión
Popular, cuyo comerido específico era la solución de las
cues­
tiones sociales (encíclica JI Fermo proposito, 11 de junio de
1905). Todo esto deja entrever un camino no
fácil, siempre
complicado por la llamada cuestión romana entre
la Iglesia y
el Estado Italiano, camino lleno de incidencias y bastantes in­
subordinaciones, en cuyo desarrollo no podemos entrar.
(22) Graves de conmuni, 6.
301

JERONIMO CERDA BANULS
En Bélgica se funda en 1920 la Unión Internacional de Es­
tudios Sociales, en Malinas, bajo la presidencia del Cardenal
Mercier, que elabora su conocido Código social,
al que antes
ya nos hemos referido.
Su introducción es como una síntesis
del mismo; comienza afirmando: «Es
el hombre -cada hom­
bre--, creado a imagen y semejanza de Dios, el que es inmor­
tal y no la sociedad. Es el hombre -cada hombre -el que
ha sido amado por Dios y rescatado por Jesucristo», pero no
se basta a sí mismo, «sin la sociedad en la que está llamado a
vivir no puede conservar su existencia
ni alcanzar la perfección
de! espíritu y del corazón».
El individualismo «exagera los de­
rechos del individuo», «tiende a emancipar al hombre de toda
dependencia», «deifica al individuo»
y, en el orden jurídico, «se
traduce en un subjetivismo radical que atribuye a la persona
humana una autonomía absoluta y a los derechos individuales
un valor no condicionado».
Por contra, «el socialismo deifica
al Estado y el sociologismo positivista deifica a la sociedad»,
«el sociologismo positivista se traduce en el orden jurídico, en
un objetivismo radical. Siendo
la sociedad, según se pretende,
una realidad superior y anterior a sus miembros, éstos no tienen
otros derechos que aquellos cuyo ejercicio es requerido por la
solidaridad social. Semejante objetivismo conduce a desconocer
la personalidad del hombre y a negar los derechos que se de­
rivan de la naturaleza humana. Hace de la sociedad un fin y
del hombre un medio». Por
el contrarío, para el pensador cris­
tiano, «teniendo el hombre un destino personal, la sociedad
es
para él el medio necesario que le ayuda a alcanzar su propio
fin. Sus derechos dimanan de la naturaleza. Pero sufren, por
parte de la sociedad, ciertas limitaciones que impone la vida en
común».
La sociología y la economía están dominadas por la
exigencia de la moral. Por último, la vida humana se desenvuel­
ve en cierto número de sociedades: 1.º, la familia, donde se re­
cipe la vida y la educación; 2.0
, la sociedad civil que tiene por fin
desarrollar
la vida y proveer al bien común, organizándose en
su seno sociedades de menor amplitud, con su fin particular
coordinado, por lo demás, al bien común; 3.',
la sociedad pro-
302

CATOUCISMO SOCIAL Y SOCIAUSMO CRISTIANO
fesional que mantiene la vida mediante el trabajo organizado y
regulado; 4
.', la sociedad de las naciones; y 5 .', la sociedad so­
brenatural o Iglesia. Este es el esquema que el Código social
de Malinas desarrolla minuciosamente. Por otro lado, el cato­
licismo social
belga crea la Juventud Obrera Católica (JOC),
como institución orgánica de apostolado social, que alcanza gran
difusión a otros países antes de la última guerra mundial.
En España, y también en
Portugal, la revolución liberal va
a encontrar una extraordinaria resistencia, al principio incluso
muy mayoritaria entre el pueblo, en el antiguo régimen y el
pensamiento católico que anima a la tradición, que mezclará
incluso cuestiones dinásticas, dando lugar en España a las guerras
carlistas.
El pensamiento social católico cuenta con importantes
figuras, como Donoso Cortés, Jaime Balmes, Aparisi y Guijarro,
Menéndez y Pelayo y el gran tribuno don Jnan
Vázquez de Mella.
Entre la jerarquía eclesiástica, tiene un puesto de honor San
An­
tonio María Claret, fundador de los Claretianos y Arzobispo de
Santiago de Cuba, y luego confesor de la Reina Isabel
II, que
desarrolló una amplia labor religiosa y social y al que Pío
XI
calificó de «gran precursor de la Acción Católica». Entre las
organizaciones de acción social, son pioneros los círculos cató­
licos del P. Vicent, fudados en 1864, y que comprenden insti­
tuciones benéficas, docentes y educativas que alcanzan gran
am­
plitud; en el año 1900 cuentan con 80.000 obreros afiliados,
frente a los 26.000 de la UGT (23
). La finalidad que los pre­
sidía, al decir de Monseñor Montero (24), «fue
más religiosa
que social, buscando
más un comprensivo trato mutuo entre
patronos y obreros que una sindicación efectiva de
los segundos».
En 1907 se funda en Barcelona el primer sindicato católico
exclusivo de obreros
.. En 1912 surge con ímpetu el sindicalismo
católico agrario, cuyas figuras son Antonio Monedero
y el P. Ne-
(23) Ver Garda Nieto, El Sindicalismo Cristiano en España, Univer­
sidad de Deusto, Bilbao, 1961.
(24) Historia de la persecución religiosa en España, BAC, Madrid,
1959, p,fg. 16.
303

JERONIMO CERDA BAJIIULS
vares; este movimiento culmina con la creación en 1917 en Ma­
drid de la Confedetación Nacional Católica Agraria, que integra
24 federaciones provinciales, con 1.567 sindicatos y 250.000 fa­
milias asociadas; dos años más tarde son 57 las federaciones y
500.000 las familas asociadas, «que reprentaban
-según dice
Monedeto (25}---, sobre dos millones de petsonas, o
sea la mi­
tad, aproximadamente, de la clase agrícola de España».
El año 1924 setá particularmente importante para el cato­
licismo social en España; por un lado se funda la Acción ·ca­
tólica Española, que
es el instrumento por excelencia de apos­
tolado seglar, que impulsa Pío XI, y por atto se funda la Con­
fedetación de Sindicatos Llbres de España, que recoge a los sin­
dicatos católicos libres, fundados por los domirucos Pedro Getard
y
Pedro Gafo, y a los barceloneses fundados por Ramón Sallés.
Poco iba a durar el narural optimismo incial, pues en la
asamblea de los sindicatos católicos, celebrada en Madrid el 15
de mayo de 1930,
se respira, sin embargo, una atmósfera de
pesimismo, puesto que
se capta que la gran mayoría del obreris­
mo industtial es una masa neutra, apta por igual para seguir
caminos muy opuestos, lo que explicará lo que Monseñor Mon­
tero llama «el cataclístico viraje de 1931 y, sobre todo el de
fe­
bi:ero de 1936» (26). En ese interregno, deben señalarse la apari­
ción de la revista
Acci6n Española, la amplia labor de don Angel
Herrera, el renacer del tradicionalismo político y la aparición de
diversas minorías políticas, en cuyo fondo doctrinal aparecían
los
rasgos del catolicismo social, oporuéndose por igual al liberalis­
mo y al socialismo. En
ese cataclismo, los católicos españoles
supieton muy bien hacet dos cosas: ser mártires y ser soldados.
De la misma mano de Monseñor Montero tomamos estos
da­
tos: 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religosos y
283 religiosas sufrieron
el martirio (27), a los que hay que aña­
dir los innumerables mártires seglares: padres y madres de fa-
(25) Siete años de propaganda, Madrid, 1921.
(26)
Op. cit., pág. 21.
(27)
Op. cit., pág. 762.
304

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
milla, ancianos, jóvenes y niños, dirigentes y simples fieles, en
un testimonio de
fe, que si hoy se silencia, en el futuro llegará
a asombrar.
La Cruzada iniciada el
18 de julio de 1936 y terminada con
la victoria el 1 de abril de 1939, avalada por el Episcopado
(Pastoral Colectiva de 1 de julio de 1937), y bendecida por
Pío
XI y Pío XII, abriría un interesante período histórico de
cuarenta años de Estado confesional católico, que contaba, entre
sus fines, la justicia social. No es posible aquí esbozar, siquiera,
un ensayo crítico; como toda obra humana, es de suponer que
"' necr'cariamente tuvo virtudes y defectos, logros y fallos; lo que
si
éstá en la conciencia de muchos, incluso de los que lo com­
batieron, es que el saldo fue enormemente positivo, puesto en
evidencia mayormente por las dificultades
y peligros que han
venido después. Estimo interesante consignar un juicio de Rafael
Gambra emitido en las postrimerías del régimen, señalando su
mayor virtud
y su mayor defecto; lo primero lo cifraba en lo
que «ha tenido de retorno a un orden de inspiración tradicio­
nal, por lo que ha mostrado una capacidad de estabilización,
permanencia y eficacia desconocida, aun dentro de
sus limitacio­
nes, en nuestra Patria, desde la gran convulsión de la Guerra
de la Independencia»; de entre los factores diversos que lo
han
minado, señala que «en particular, no se ha mostrado capaz de
afrontar el gran naufragio espiritual en que
se debate la llamada
cultura occidental desde hace dos o tres lustros. Naufragio que
reconoce su causa principal -aunque no única-, en la gran
crisis de fe y de disciplina por que atraviesa la Iglesia Católica
-cimiento moral de nuestra cultura-, y que, por lo mismo,
inunda el ámbito de toda nuestra civilización, pero, afecta más
gravemente a los países
más católicos por su origen histórico
o por su profesión religiosa ambiental» (28).
Con estas últimas frases de Gambra, cteo que hemos llegado
a
la clave de nuestro tiempo, ésta es, a mi juicio, la gran cues-
(28) Gambra Ciudad, Tradid6n o mimetismo, Instituto Estudios Poli­
ticos, Madrid, 1976, pág. 309.
,. 305

JERONIMO CERDA BANULS
tión social de. esta segunda mitad del siglo XX. Los que me estáis
oyendo, o en su día lean
esto, habrán observado que he estado
dando datos del catolicismo social de un ayer que
se acaba con
las grandes convulsiones mundiales, pudiendo preguntar: ¿ Y del
presente qué? ¿Dónde está el catolicismo social?
La respuesta
es tremenda. Estamos asistiendo a una etapa
de autodemolición de
la Iglesia (29) en la que «el humo de Sa­
tanás ha entrado en el Templo de Dios» ( 30 ). Sin duda alguna
siguen subsistiendo brasas de fervor y focos activos, y aquí
te­
nemos muchos ejemplos en las jornadas de amigos de la Ciudad
Católica; pero el panorama que ofrece el mundo católico
e., en
general y con todas las excepciones que puedan señalarse, el de
contaminación, desorganización y desconcierto.
Es cierto que los Papas han seguido hablando y publicando
huninosos documentos. Es cierto que ha tenido lugar un
Con­
cilio Ecuménico, el Vaticano II, que por su carácter eminente~
mente pastoral, ha recogido e incluido en sus Constituciones, es­
pecialmente en la Gaudium et spes, la doctrina social de la Igle­
sia contenida en muchas encíclicas y documentos pontificios
anteriores; pero como el propio Pablo
VI reconoció en numero­
sas ocasiones, atribuyéndolo a una intervención diabólica, el «día
de sol», que para la historia de la Iglesia tenía que haber sido
el postconcilio, se ha convertido en un «día de nubes» (31), y
ya para nadie es un secreto que «hay circulando una falsa y
abusiva interpretación del Vaticano
II que pretende una ruptura
con la tradición
y el libertinaje de una Iglesia nueva casi rein­
ventada».
El panorama es duro, pero los pontificados de Juan Pablo I
(brevísimo) y
el actual de Juan Pablo II presentan signos es­
peranzadores; doctrina no falta, pero se echan de menos medi­
das disciplinares.
En nuestra esperanza resuenan, siempre actuales,
(29) Pablo VI, Exhortación Apostólica Año Santo (8-XII-1974 ).
(30) Pablo VI, Homilfa San Pedro (29-VI-1972).
(31) Pablo VI, Homilía citada del 29-Vl-1972.
306

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
aquellas palabras de San Pablo (32): «Atribulados en todo, mas
no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas
no abandonados; derribados, mas no aniquilados».
III
Socialismo cristiano
La tentación socialista es antigua y peligrosa para los cris­
tianos, por cuanto suele presentárse con cierto énfasis de justicia
y de protección al obrero frente al capitalismo liberal, que tam­
poco es cristiano. Ya en el anterior capítulo se han visto_, de
pasada, una variedad de casos en los que, organizaciones y mo­
vimientos católico-sociales fueron contaminados, más o menos,
por el socialismo.
Y a lo advertía Pío
XI en la Quadragessimo anno: «Pero
IQué decir en el caso de que el socialismo de tal manera modere
y suavice lo tocante a
la lucha de clases y a la abolición de la
propiedad privada, que no se pueda ya reprender nada en estos
puntos? ¿Acaso con ello deja de ser contrario
por naturaleza a
la religión cristiana? He aquí una cuestión que deja en la duda
los ánimos de no pocos. Y son muchos los católicos que, sabiendo
perfectamente que nunca pueden abandonarse los principios cató­
licos ni suprimirse, vuelven sus ojos a esta Santa Sede, y perecen
pedir con insistencia que resolvamos si ese socialismo está sufi­
cientemente purgado de sus falsas doctrinas, para que sin
sacrificar
ningún principio cristiano, pueda ser admitido y en cierto modo
bautizado. Para satisfacer, según nuestra paternal solicitud, a
estos deseos, decimos: el socialismo, ya se _considere como doc­
trina, ya como hecho histórico, ya como acción, si sigüe siendo
verdaderamente socialismo, aún después de sus concesiones a la
verdad y a la justicia, de las que hemos hecho mención, es in­
compatible con los dogmas de
la Iglesia Católica, ya que su ma-
(32) 1.• Corintios, 4-8.
307

JERONIMO CERDA BANUI.S
nera de concebir la sociedad se opone diametralmente a la vetdad
cristiana»
(,33 ).
Es posible que algunos, fijándose en esa difetenciación «in
extremis» a la que llega Pío XI en el texto citado, sientan la
tentación de pensar que, en último término, bien poco es lo que
puede separar a un católico de ciertos socialismos y que bien
pudiera ser que la discusión sobre
el concepto de sociedad no
fuera más allá de un bizantinismo de escuela
y, hasta es po­
sible, que alguno pudiera recordar aquella anécdota que
se cuen­
ta del Nuncio Roncalli en París, futuro Juan
XXIII, que al
coincidir en una recepción oficial con Herriot, quiso saludarle
y
Je dijo:. después de todo ¿qué es lo que nos separa? ¿unas
ideas? ¡que poca
cosa! No me lanzo a intetpretar la anécdota,
que en todo caso tiene un tono jocoso y con un posible signifi­
cado distinto para cada uno
de los dos interlocutores; pero, real­
mente, si recordamos la breve síntesis con la que ha empeza­
do el tema acetca de las diferencias entre teocentrismo y antro­
pocentrismo, entre una y otra idea hay un abismo infinito, con
una multiplicidad y disparidad de consecuencias, aunque éstas
no siempre
se hagan visibles de inmediato.
Por de pronto, el mismo Pío
XI en su citada encíclica, se­
guidamente de quintaesenciar la diferencia entre ctisrianismo y
socialismo,
se duele por aquellas personas que al acercarse al
socialismo y hacerse socialistas se han colocado fuera del campo
de la Iglesia,
es decir, han apostatado. Hoy la cuestión es dis­
tinta y para mí mucho más grave; ya no se abandona el campo
de
fa Iglesia para hacerse socialista; se hacen socialistas y se que­
dan, pretendiendo ser cristianos y socialistas a la vez; es más,
pretenden
ser los únicos cristianos auténticos.
Prescindiendo de sus raíces socialistas y fijándonos sólo en el
orden religioso, sus fuentes hay que buscarlas primeto en la he­
rejía arriana, que negó la divinidad de Cristo, y en la luterana,
de carácter subjetivista y desacta!izante. Como antecedentes más
inmediatos, hay que señalar los siguientes:
l.º, el ameticanis-
(33) Pío XI, Quadragessimo anno1 núm. 117.
308

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
mo, herejía decimonónica norteamericana que fuera condena­
da por León XIII el 22 de enero de 1899; 2.º, .d modernis­
mo, proyección europea de
los anteriores y que fuero;, con­
denados por San Pío X en la P ascendí ( 8 de septiembre de
1907), diciendo de ellos que eran «el conjunto
de todas las he­
rejías» (discutían o negaban el pecado original, el infierno, los
milagros,
los ángeles, la transubstaciación eucarística, la virgini­
dad de María, el celibato, las devociones, etc.);
3.°, la «Nueva
Teología», que no
es más que el modernismo cambiado de nom­
bre, para pasar como investigación teológica y evitar
la condena,
pero fueron condenados por Pío
XII en la Humani generis ( 12
de agosto de 1950). Pero, como dice
el P. Manuel Molina (34),
«a la muerte de Pío
XII el dique se desbordó» y durante el Con­
cilio Vaticano II cambian nuevamente de nombre para evitar
quedar incluidos, otra
vez, en las censuras: se llaman ahora «pro­
gresistas».
Todo este «progresismo» da lugar a numerosas corrientes,
cada una de
las cuales insiste en algún aspecto concreto, pero
cuyas consecuencias son todas similares; así los hay pacifistas,
objetores de conciencia, ecologistas, ciertos espiritualismos
ma­
niqueos, liturgistas, comunas y comunidades de todas clases, igle­
sia nueva, iglesia de los pobres, contestarios, cristianos por el
socialismo, etc., infiltrándose todos ellos como «humo de Sa­
tanás» por todos los resquicios del Templo de Dios, presentando
unas ideas seudocristianas que hicieron exclamar a Pablo
VI que
«demasiadas ideas cristianas
se han vuelto locas» (35).
Esta corriente en el interior de
la Iglesia tiene también sus
fuentes
y sus estímulos externos: cierta teología protestante y el
propio marxismo.
En la teología protestante ocupa en este punto un primerí­
simo lugar Karl Barth (1886-1968). Su tesis fundamental
es la
(34) Véase P. Manuel Molina, en «El progresismo religioso», en
Verbo, 148-149, pág. 1183.
(35) Alocución al Congreso Mundial de Filosofía Tomista, 13 de sep­
tiembre de 1970.
309

JERONIMO CERDA BARULS
identificación de la futura sociedad socialista con la realización
del Reino de Dios predicado por Cristo; su terminología es pe­
ligrosísimamente engañosa, pues aunque él habla de Dios, de
Cristo, de redención, de trascendencia, etc., nada de esto tiene
el contenido que le
es propio, pues sus conceptos son puramen­
te materialistas; así, por ejemplo, Dios
es la fuerza de la revolu­
ción marxista. Y como no podía
faltar, también se encuentra un
compañero útil, desde
posiéiones antimarxistas, pero que resulta
muy aprovechable por los propios marxistas;
se trata de Dietricb
Bonhoeffer (1906-1945), que pretende
salvar la fe cristiana fre­
te al marxismo; para ello busca que el cristianismo sea una fe
sin religión, postula que el cristiano debe vivir como si Dios no
existiera, disolviéndose la Iglesia en el mundo;
es el teólogo del
cristianismo
horizontal, que ve en el hombre exclusivamente un
ser para los demás, en vez de verlo primeramente como un ser
para Dios y sólo luego para los demás. Todos estos postulados
de Bonhoeffer les han venido de perlas a los marxistas y han
·servido de base a Müller para elaborar, lo que él mismo llama,
«Teología de la República Popular Alemana», en la que la
re­
volución marxista de la Alemania Oriental, ocupada por los ru­
sos, es presentada «como un modelo de la realización de una
sociedad según los criterios cristianos» (36).
Por su lado, el marxismo impulsa la corriente del «cristia­
nismo ateo». Muy conocida es la tesis de Feuerbach, sobre la
que basan Marx y Engels su supuesta
teología: no es Dios el
creador del hombre, sino el hombre
el creador de Dios y de la
religión; Moisés
y Jesús de Nazaret son unos grandes caudillos
políticos; Moisés libera a los judíos de Egipto
y Jesús quería
liberarlos del Imperio Romano e incluso liberar a cada hombre
de
la opresión de las estructuras capitalistas, siendo la gente la
que transformó el cristianismo en una religión, incorporándole
los mitos de las religiones paganas,
especialmente de la cultura
griega y latina. Jesús
es así el precursor de Marx y de Lenin,
(36) Miguel Poradowski, El marxismo en la Teologla, Speiro, Ma­
drid, 1976, pág. 144.
310

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
idea central del pensamiento del comunista francés Roger Ga­
raudy sobre el cristianismo, escritor que desde la década de los.
sesenta se dedica fundamentalmente a promover la aproximación
y colaboración de marxistas
y cristianos.
Detrás de todos estos· esfuerzos doctrinales, está
'la táctica de
infiltración paulatina, de la que existen importantes documentos
confesorios. Así, en 1959, Ediciones en lenguas extranjeras
pu­
blica en Pekín una obrita de la que es autor Li-Wei-Han (37)
que
se llama «La Iglesia Católica y Cuba. Programa de acción»,
este programa no quiere mártires ( aunque después los ha habido
en Cuba); quiere «desarrollar plenamente la conciencia política
de fos católicos» ( círculos de estudio y participación en activi­
dades políticas); «emprender la lucha dialéctica en el seno de la
religión», «progresivamente reemplazaremos el elemento religioso
con el elemento marxista», «cuando llegue
el momento en que
los puestos de responsabilidad en el clero sean de los nuestros
y sometidos al gobierno popular, se procederá a erradicar paula­
tinamente
los elementos de la liturgia incompatibles con el go­
bierno popular . . . Cuando 'la práctica de la religión se convierte
en responsabilidad individual,
se sabe que lentamente la religión
se olvida». En esta Jínea está el discutso de la Presidente del
PCE, Dolores
Ibárruri, en 1963, en el Círculo Julián Grimau,
de La Habana, sobre su táctica para España; allí decía: «Ahora
sabemos que por la fuerza no obtendremos nada. Pero existen
otros medios para alcanzar la victoria; mezclarnos con ellos. Hay
muchos de los nuestros situados en puestos de responsabilidad,
y esos abrirán el camino a los demás. Debemos atraernos a los
católicos, los estudiantes, la clase media. Es necesario que divi­
damos
sus fuerzas. El fanatismo de la fe ha unido a los españo­
les. Ante el nombre de Dios
se detienen. Por eso es necesario
no· herir los sentimientos católicos hasta que podamos imponer
nuestra ley. Las nuevas corrientes ya han aparecido entre los
(37) El texto completo en M. Poradowski: El marxismo invade la
Iglesia. Ediciones Universitarias. Universidad Católica de Valparaíso (Chile),
1974, pág. 87.
311

JERONIMO CERDA BAI' católicos franceses, totalmente divididos, pueden ser nuestra gran
solución para España».
No
es posible recoger aquí ni todas las corrientes, ni todos
los autores
y personajes, más o menos responsables, de esta ver­
dadera invasión de
la Iglesia Católica por la revolución y, espe­
cialmente, por el marxismo.
Pero sin duda alguna quedaría la exposición del tema muy
incompleta sin una referencia al grupo que toma el nombre es­
pecífico del mismo: «Los cristianos por el socialismo», cuya
trayectoria nos permite ver, siquera en apretada síntesis, no sólo
su planteamiento y desarrollo, sino también sus consecuencias in­
mediatas.
Los primeros pasos pueden encontrarse en V alpara(so en
el
invierno de 1965; hay un grupo universitario, donde figuran nom­
bres entonces desconocidos
y que luego los veremos convertidos
en
Hderes de la subversión; se practica una especie de puritanis­
mo litúrgico antibarroco, en la Iglesia de Santa Ana, presumien­
do de espiritualidad pura, sin ningún género de concomitancia
socio-política; luego de la Misa hay unos diálogos sobre la Nueva
Teología.
El segundo paso
se da en 196 7, cuando se pide el relevo del
Rector de
la Universidad Ponrificia, seguido del asalto y toma de
la Casa Central de la misma, en cuyo acto comienzan a manifes­
tarse los Hderes: el lema
es «Nuevos hombres para la nueva Uni­
versidad». Sigue la marcha estudiantil de Valpara!so a Santiago
como protesta de la «masacre» yanqui en el Vietnam. Consecu­
ción de un nuevo Rector que abre las puertas de la Universidad
Católica a la
más descarada infiltración marxista, hasta merecer
las alabanzas de Allende.
El tercer gran paso
es la toma de la Catedral de Santiago el
11 de agosto de 196"8 por nueve sacerdotes, tres religiosas y dos­
cientos seglares, para protestar contra la prohibición de la píldo­
ra anticonceptiva, contra el viaje de Pablo VI al Congreso Eu­
carístico de Colombia
y contra la construcción del templo votivo
de Maipu. Desde dentro
de· la Catedral asaltada, el grupo, que
se autodenomina «Iglesia Joven», emite su primer manifiesto:
312

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
«Una Iglesia que predique a Cristo Redentor, ayudando al pue­
blo a redimirse de la explotación, comprometiéndose
con los opri­
midos en su lucha de liberación del desorden establecido
... Rom­
per con una moral burguesa ... » Un estudiante de los asaltantes
hace una declaración de principios ante la prensa extranjera:
«Nosotros no rechazamos, especialmente, ni al Papa ni a nues­
tros obispos, pero ellos son prisioneros de estructuras
arcaicas;
nuestro deber es liberarles». El Cardenal Silva Henríquez reac­
ciona inmediatamente, suspendiendo a divinis a los sacerdotes
culpables de
la profanación de la Catedral, pero éstos le envían
una carta, de texto ambiguo, en la que hacen patente su gran
dolor, y el Cardenal les levanta enseguida la excomunión, mien­
tras éstos declaran a la prensa que no
se han desdicho de nada ...
La «Iglesia Joven» pasa a llamarse en Valparaíso «Iglesia del
pueblo», y
se prepara a subirse al carro triunfal de Salvador
Allende, pero precisamente con su triunfo desaparece, porque
ya
no era necesaria: el compromiso cristiano-marxista entraba de
lleno en su mayoría de edad (38).
En abril de 1971, Allende invita a periodistas e intelectuales
extranjeros para celebrar su «vía chilena hacia el socialismo».
La
Universidad Pontificia, con su nuevo Rector democristiano Cas­
tillo Velasco, aprovecha el paso de figuras eminentes marxisri­
zadas para brindarles su tribuna. Por allí pasa el dominico fran­
cés Paul Blanquart, animador del grupo «Cristianos para el mo­
vimiento revolucionario», nacido en París en el seno de la Ac­
ción Católica Universitaria, quien pronuncia su conferencia < logos universitarios: los cristianos y el socialismo», en la que no
sólo sugiere que es posible ser, a la vez, marxista y cristiano,
cuyo lugar común es la fe, pues «solamente dentro de ese proyecto
de liberación del hombre, la fe puede tener un sentido», sino que
agrega que «por lo demás,
la Iglesia ya dejó de ser UNA, y el
verdadero problema es saber qué Iglesia existirá mañana. Y yo
(38) Véase Historia de los Cristianos por el socialismo en Chile, de
Teresa Donoso Loero. C:Olección Ciencia Política, núm. 5. Editorial VAi~
TEA, Santiago de Chile, 2.• edic. enero 1976, pág. 56,
313

]ERONIMO CERDA BAJIIULS
digo -añade-lo que es mi convicci6n: no podrá haber sino
una Iglesia habitada
por revolucionarios».
A Blanquart sigue después Ernesto Cardenal:
«El Evangelio
es esencialmente político o no es nada». «Descubrí, pues, que
Dios era la revolución». «Los teólogos avanzados de Europa, los
que están más bien negando los dogmas o dudando de ellos:
se
duda del dogma de la Santísima Trinidad y de la Encarnación y
d~ la Eucaristía y de la resurrecci6n de la carne ... y los Te6logos
de la América Latina
-- avanzados y revolucionarios, porque con el marxismo están ex­
plicando todos esos dogmas». «A la luz de esta teología -con­
cluye Esnesto Cardenal-se interpreta el reino de los cielos y
todo lo que Cristo dice del reino de los cielos, como la construc­
ción de la sociedad perfecta comunista».
En este ambiente, el
profesor de
la Pontificia Universidad Católica de Chile, alto di­
rigente democristiano, Jacques Chancho!, lanza el lema: «Soy
marxista porque soy cristiano».
Durante los días del 15 al 22 de abril de 1971, ochenta sa­
cerdotes, e11:tre nacionales y extranjeros, se reunen en Santiago
de Chile, en unas jornadas que tirulaton: «La colaboración de los
cristianos en
la construcción del socialismo». En la carta-invita­
ción y en el documento de trabajo que se enviaba, se recha­
zaban las posiciones políticas abstractas
por ineficaces. «Lo in­
teresante
-decía-, pol1ticamente hablando, es que el Cardenal,
obispos, sacerdotes y cristianos, se Vinculen y comprometan con
la revolución que, en este momento, pasa por la Universidad
Popular ( el allendismo ) ... La actitud práctica debe ser de no preo­
cuparse
si el socialismo sirve para el Reino ( de los Cielos) o vice­
versa. Yo, al hacer el socialismo, construyo el Reino. Este llegará
hoy a través del socialismo y del Gobierno Popular
... » El ce­
rebro de estas jornadas es el jesuita Gonzalo Artoyo (39), y a ellas
concurre el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, con una ponen­
cia sobre «Marxismo
y Cristianismo en América Latina»; la obra
(39) Teresa Donoso, op. cit., pág. 83.
314

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
de este último: La teología de la Liberación ( 40), es, según
Poradowski (41), «un claro y decisivo acto
de comprometerse con
la revolución
marxista, guardando cuidadosamente todas las apa­
riencias de fidelidad a la teología tradicional y a la
enseñanza
oficial de la Iglesia». Las jornadas terminan con una declaración
en la que
se dice: «Nos sentimos comprometidos en este proceso
en marcha y queremos contribuir a su éxito. La razón profunda
de este compromiso es nuestra fe en Jesucristo, que se ahonda,
se renueva y toma cuerpo según las circunstancias históricas. Ser
cristiano es ser solidario. Ser solidarios, en estos momentos en
Chile, es participar en el proyecto histórico que su pueblo
se . ha
trazado
... Como cristianos no vemos incompatibilidad entre cris­
tianismo y socialismo. Todo lo contrario. Como
dijo el Cardenal
de Santiago, en noviembre pasado, en el socialismo hay más va­
lores evangélicos que en el capitalismo... Es necesario --aña­
den-destruir todos los prejuicios y las desconfianzas que exis­
ten entre cristianos y marxistas ... ». El cristianismo marxista de
Engels era plenamente aceptado.
Esta declaración levantó una intensa polvareda, en Chile y
fuera de Chile, acrecentada por
la segunda reunión de los Cris­
tianos por
el socialismo que, para mayor escarnio, se celebró en
España al año siguiente, en El Escorial. En ella participaron cerca
de quinientas personas, en su mayoría sacerdotes, de los que casi
cuatrocientos habían venido de Hispanoamérica, de sus Universi­
dades Católicas y de sus Seminarios.
El movimiento sigue pujante, aumentando sus publicaciones
e interviniendo en la acción subversiva y guerrillera, y si es ver­
dad que sufrió un frenazo en Chile, con la caída de Allende,
sigue su acción destructiva en Centroamérica, con los casos san­
grantes, y no solo en el sentido metafórico de la palabra, de Ni­
caragua, Guatemala, El Salvador ...
Toda su doctrina se basa, por un lado, en una falsificación
histórica de Cristo y del cristianismo, falsificación que no tiene
(40) Editada en Lima en 1971.
(41) Oh. cit.,
El marxismo ... , p~g. 49.
315

]ERONIMO CERDA BANULS
apoyo histórico alguno. Decir. que todos los cristianos han vivido
engañados durante toda su historia, y engañados, además, en todo
lo sustancial, salvo algún que otro caso aislado, no es más que
la negación total del cristianismo. Su laicismo puede ser todo
lo que se quiera menos cristianismo. Y en cuanto a que el so­
cialismo sea un régimen que ni explota ni oprime, más todavía,
el único· régimen capaz de lograrlo, es una afirmación gratuita
que debe probarse, eso es una petición de principio, y más cuan­
d0 resulta negada por la fuerza de los hechos producidos en
todas partes donde ha triunfado
el socialismo. Esto último es tan
sumamente evidente, que. algún autor socialista, como Revel, a
la vista de estos fracasos, se lanza a buscar un neo-socialismo,
afirmando que el enemigo del socialismo
es el comunismo, y que
el socialismo sólo puede arraigar en el seno del capitalismo: a
esto
es a lo que se le llama la socialdemocracia ( 42).
La Jerarquía Católica reaccionó en la declaración de la Con­
ferencia Episcopal Chilena de 4 de octubre de 1968 en la que
dijo: «No tenemos derecho a callar
... una cosa es la justicia y
otra el marxismo
... decimos, respaldados por la experiencia de
medio siglo de comunismo, que la filosofía marxista, a
la cual
es esencial el ateismo, la moral marxista y, en particular, su mo­
ral política, y, en general, la mentalidad marxista, son incompa­
tibles con la
fe cristiana, con la moral del Evangelio y con la
conducta política que de ella se desprende ... Los marxistas sa­
ben que no se puede ser a la vez un buen marxista y un buen
cristiano». Pero lo malo fue que después de esta declaración
al­
gún miembro de la Jerarquía adoptó posturas no claras, aumen­
tando la confusión; pero la rapidez con que se sucedieron los
hechos en Chile y las reacciones del propio pueblo, obligaron a
acabar con cualquier tipo de ambigüedades y
la Conferencia Epis­
copal Chilena, en el último año de Allende, preparó un docu­
mento clarificador y de condena para los cristianos por
el so-
( 42) J ean Fran9Jis Revel: La tentación totalitaria (El principal obs­
táwlo para el socialismo no es el capitalismo, sino el comunismo). Editorial
Plaza & Janés, S. A., 1976, pág. 251.
316

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
cialismo. Este documento verá la luz el 16 de octubre de 1973,
peIO entretanto, las cacerolas de las amas de casa y la espada del
general Pinochet, se les habían anticipado.
También Juan Pablo
II aprovechará su viaje a Puebla para
afrontar
el problema. También en Nicaragua la Conferencia Epis­
copal ha pedido la salida del gobierno revolucionario, de varios
sacerdotes, entre ellos Ernesto Cardenal, pero no ha sido
escu­
chada. Por lo visto, la amargura del despertar no sirve para los
demás, solo sirve para el que la sufre.
IV
A modo de epílogo o cuando la contradicción se descubre a
sí misma
Pretender ser cristiano y ser socialista a la vez es una inco­
herencia tan grande, una contradicción tan enorme, que, más
pronto o más tarde, la van descubriendo los propios cristianos
por el socialismo.
He tenido ocasión de vez el tema recogido en la revista pro­
gresista Iglesia viva, que en uno de sus números monográficos
incluye un estudio de Reyes Mate bajo el título «Revisión del
planteamiento de Cristianos por el socialismo desde
el supuesto
"democracia''», estudio que, como dice la propia revista en su
presentación, lo hace «desde dentro» ( 43 ).
Este estudio «desde dentro», como vamos a ver, no tiene
desperdicio.
Después de comenzar, su autor, afirmando que «Cristianos
por el socialismo es uno de esos fenómenos de recuperación del
tiempo perdido, que
se inicia en. los países centroeuropeos a raíz
de la II Guerra Mundial y que recibe su espaldarazo en el Con­
cilio Vaticano II», Concilio del que afirma que opera «la legi-
(43) Rev. Iglesia viva, núm. 89-90, septiembre-diciembre de 1980, nú­
mero dedicado a «Socialismo y fe cristiana hoy», pág. 475.
317

JERONIMO CERDA BAAULS
timación oficial de este talante actualizante», Reyes Mate resume
el esquema que subyace en «Cristianos por el socialismo», en los
siguientes términos: l.º, «aceptación del principio de la secula­
ridad. Cuando hace un momento
-añade--hablaba de recupe­
ración del tiempo perdido, me refería a esta aceptación tardía
de un principio admitido por la sociedad europea dos siglos
an­
tes: la política no tiene más legitimaci6n que la voluntad de los
ciudadanos
y no hay más moral social que aquella que la socie­
dad quiera darse. Desaparecía de la escena social la religión como
principio legitimador de la política y de la ética
... , la opción po­
lítica socialista del cristiano era opción fundamentalmente
ra­
cional, anterior desde un punto de vista lógico, independiente de
su opción religiosa».
2.°, «Se afirmaba -agrega-una convergen­
cia entre el Evangelio, la fe cristiana, por
un lado, y el socialismo,
la revolución, por otro. Sin menoscabo del supuesto anterior, lo
que ahora se quiere decir es que ese ciudadano que racionalmente
ha optado por el socialismo, tiene, además, un impulso concep­
tual y vital, procedente de su opción cristiana, que le empuja
hacia
el socialismo. Tras una determinada lectura del Evangelio y
de la tradición cristiana, estos creyentes encuentran una converR
gencia entre el cristia!Úsmo y el socialismo; la afirmación reli­
giosa de que los pobres son los privilegiados del Reino tiene
mucho que ver con
el proyecto socialista, según el cual la so­
ciedad justa es solo posible si ésta se construye sobre los inte­
reses de la clase trabajadora».
Con estos dos principios, dice que
se pretendían unos cuantos
objetivos, que enumera: «cambiar la imagen pública de la Igle­
sia; potenciar la militancia socialista de los cristianos; rehacer,
en base a la experiencia real, la crítica socialista de la religión y
expresar un cristianismo vivido desde esta lucha solidaria».
«No es éste el momento -sigue diciendo-de hacer un ba­
lance de resultados, aunque sí se puede decir que, gracias a este
planteamiento y otros similares,
se ha puesto muy cuesta arriba
la condena o la
critica institucional ( venga de las jerarquías re­
ligiosas o de los órganos de dirección políticos) a la militancia
de cristianos en organizaciones socialistas, sean o no marxistas.
318

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
Lo que tampoco ofrece lugar a dudas, a mí al menos -agrega
Reyes Mate-, es que el planteamiento inicial de Cristianos por
el socialismo
ha entrado en crisis. Que no es la crisis general del
desencanto, sino una crisis debida a un desfase en el mismo plan­
teamiento». Reyes Mate acaba de descubrir la contradicción
y
nos la ilustra con un ejemplo: «en una asamblea de Comunida­
des Cristianas Populares, uno de los presentes propuso y fue
aceptada una resolución contra el Estatuto de los Trabajadores,
recientemente aprobado en
el Parlamento, "en nombre del Evan­
gelio". La cosa
-sigue diciendo---- podía haber ocurrido en cual­
quier reunión de Cristianos por el socialismo. Algunos nos que­
damos perplejos, como
si se tratara de un planteamiento nunca
oído. Esta perplejidad y experiencia novedosa se agrava todavía
más cuando uno recuerda que ese tipo de cosas las hemos hecho
y abundantemente ... ¿Por qué esa perplejidad?».
Reyes Mate se contesta a sí mismo con una «desenvoltura»
que, a mí al menos, me deja estupefacto: «Creo que la razón es
sintomática: el período de máxima actividad de Cristianos por
el socialismo fue durante los últimos años de la dictadura. El
franquismo, negador de las libertades y principios fundamentales,
era lo inmoral. Y lo moral era la crítica a todas
sus instituciones
y actuaciones. Desde el esquema moral-inmoral la crítica política
y la crítica desde el Evangelio convergían en el imperativo ético.
Ahora bien, desde el momento en que aquellas fuerzas de opo­
sición
al franquismo aceptan la democracia como un planteamien­
to moralmente justificable, incluso en el contexto de un proyecto
político revolucionario, entonces el esquema moral-inmoral no
sirve. Entre ambos media un discurso político que legitima, por
ejemplo, la aceptación del Estatuto de los Trabajadores»
... «La
vieja pregunta sobre
la relación entre política y religión es la
causante de la perplejidad
y de la extraña sensación de encontrar­
nos ante algo nuevo. Ahora bien,
si ha habido algo machacona­
mente planteado
y repetido en Cristianos por el socialismo, ha
sido precisamente esa misma pregunta. Entonces, no es la pre~
gunta como tal la causa de la desazón, sino el nuevo contexto en
que
se plantea: la democracia. El hecho de la democracia obliga
319

JERONIMO CERDA BAfWLS
a pensar de nuevo el planteamiento de Cristianos por el Socia,
lismo». O sea, resumiendo, que si se trata de criticar una ley del
franquismo, bien está que se utilice
el Evangelio para ello, puesto
que esa crítica coincide con los intereses del socialismo, pero
cuando
la ley procede del parlamento democrático, que el socia­
lismo ha aceptado dentro de un contexto de un proyecto político
revolucionario,
ya no es legítimo criticarla desde el Evangelio;
eso creo que
se llama totalitarismo, del Parlamento o del Partido
socialista, me
es igual, y en todo caso una «irracionalidad» o
falta de lógica.
Y
ya puestas así las cosas, Reyes Mate trata de buscarle un
nuevo planteamiento a lo religioso para que el binomio política­
religión siga subsistiendo en una etapa no franquista y de demo­
cracia aceptada por el proyecto revolucionario socialista; enton­
ces, dicho autor
se va a buscar a Bloch, con lo de su «caminar
erguido»,
y a la Escuela de Frankfurt, para encontrar en Adorno
un concepto de
la religión «como actualización del lado oculto
de la realidad»; «la realidad tiene su lado oscuro que está
fa­
talmente marginado» y que «es captable no por la argumentación,
pero
sí por el relato, por el recuerdo» y afirmado esto, Reyes
Mate da un gran salto en el vacío
y nos dice: « Y el recuerdo del
pasado
es fundamentalmente una memoria passionis, el relato de
las frustraciones que han sido, de las esperanzas que claman por
su cumplimiento, el grito de los inocentes que
se rebelan contra
sus verdugos.
Lo marginado de la realidad actual no es actualiza­
ble por el análisis
científico que sólo pondrá en evidencia el lado
poderoso de la realidad, sino
. por el relato de sus deseos que no
han sido tomados en consideración». Y como a Reyes Mate no
le debe gustar el principio secularista a
secas y relegar la religión
a
lo privado de la persona, que sería tanto como enterrar por
contradictorio
lo de los Cristianos para el socialismo, por pérdida
de su relevancia racional
y política, recuerda que el principio de la
Ilustración de privatizar
la religión es, según Hegel, «una ilus­
tración frustrada» que lleva los gérmenes de la frustración del
hombre moderno
y trata de salir del aprieto diciendo que lo que
se pretende, entonces, es «una vuelta de la religión a la sociedad,
320

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISrIANO
a la cultura política», para lo que señala que junto a la política
como actividad del Estado, sus instituciones y entidades orien­
tadas a su gestión ( tales como partidos políticos
y sindicatos, prin­
cipalmente) existe otro sentido de
la política que es •la actividad
de
la sociedad, de sus grupos sociales por los que circulan ideas,
planteamientos, tanteos y experiencias relativas
al sentido y rea­
lización del hombre como individuo
y de la sociedad como grupo».
Esta política general «es
el humus, la solera en la que maduran
talantes fundamentales sin los cuales es imposible la viabilidad
de los planteamientos de la política en sentido ·estricto». En la
política en sentido estricto «no caben argumentaciones políticas
desde la religión» ( aunque por
lo visto sí que cabían frente al
franquismo) «como tampoco la existencia de frentes cristianos o
cosas parecidas», el lugar de la religión está en ese segundo
con­
cepto de la política, en la política de la sociedad, en la cultura
política, donde tiene su «práctica propia, la de la
memoria pas­
sionis1 que no es acción cuanto pasión, que no pone en primer
lugar el triunfo cuanto el recuerdo doloroso del pasado, que
interpreta el progreso desde
la esperanza». En otras palabras, la
religión queda como un estimulante social
· centrado en la memo­
ria o recuerdo de frustraciones u opresiones, para que la política
estricta no
se duerma en los laureles triunfalistas de los progresos
conseguidos; pero lo que Reyes Mate no nos dice es cómo
se
proyectará esa memoria sobre la acción política si le está vetado
el servir para cualquier género de juicio; así, y volviendo a su
ejemplo, ¿de qué servirá recordar las opresiones que
han sufrido
los trabajadores en
la historia del mundo cristiano si esto no
sirve para calificar la justicia o injusticia del Estatuto de los Tra­
bajadores?
Ha tratado de reducir la religión a un mero resenti­
miento social, para, ·a la postre, nO poder:·üsar de este resenti­
miento tampoco para enjuiciar una ley democrática. Reyes Mate
no
se para a contemplar su nueva contradicción; «No es posiple
--<:oncluye--desarrollar aquí la particulatidad de una · praxis
como la cristiana centrada en la pasión y no sobre la acción», de­
jándonos en la acongojante duda de si habrá que reducir la Biblia
a unos númerüs extraordinarios de la revista El caso y convertir
~21

JERONIMO CERDA BAfWLS
los templos en una especie de cámara de los horrores, para que
todo ello no sirva
más que para una cierta complacencia maso­
quista, para avivar, en las reuniones de sociedad, el resentimien­
to, que ha de ser muy apasionante, pero_ jamás activo contra una
ley o acto democrático, pues no. faltaba más. Claro que, Reyes
Mate
se asusta de que pueda sobrevenir una inactividad peligro­
sa, y termina regalándonos
otra inconcecible paradoja, señalán­
donos como uno de los objetivos que siguen siendo «actuales y
urgentes» de los Cristianos
por el socialismo: «la crítica a la
utilización ideológica de.la religión».
Concluimos
ya. En este caminar por entre los Cristianos por
el socialismo, no sé la cantidad de socialismo que les queda,
porque cada
vez 111e resulta más difícil de entender qué es eso
del socialismo; unos, como Revel y los chilenos, renuncian a su
formulación abstracta; otros, como los alemanes, renuncian a
Marx; los españoles, ha dicho hace unos días Pablo Castellanos,
han enterrado a Marx y se disponen a enterrar a Pablo Iglesias;
el cristiano por el socialismo Reyes Mate parece reducir el so­
cialismo al principio liberal del secularismo .. ·. Pero lo que sí pa­
rece que
se ha evaporado totalmente en ellos es el cristianismo,
al reducirlo a una memoria pasional de las operaciones; pero, si
hay que recordar opresiones, no veo el por qué no hay que am­
pliar el campo; sin duda alguna va a resultar mucho más apasio­
nante recordar
la opresión de la antropofagia, o la de los sacri­
ficios humanos de Moloch
o los Aztecas, las piras funerarias de
la India
o los refinamientos de los martirios chinos. ¿ Y por qué
no los temas más recientes de las fosas de Kattin, de los archi­
piélagos Gulag o los de Paracuellos del Jarama? Todo esto
se
puede arreglar con una segunda · lectura en la que los oprimidos
resulten ser los socialistas y ya está; y cuando ya el mundo
se
canse de deglutir y memotizar tanto horror para interpretar el
progreso desde la esperanza, siempre será posible que en
el desván
de alguna ruinosa casa-abadía, cuyo último ocupante fuera uno de
esos ruras extravagantes que. se empeñan en morll' con la sotana
puesta, se encuentre la penúltima hoja del Evangelio de San Lu­
cas con aquellos diálogos de los dos malhechores crucificados con
322

CATOLICISMO SOCIAL Y SOCIALISMO CRISTIANO
Cristo: dice Gestas: «¿No etes tú el Cristo? ¡Pues salvaté a tí
y a nosotros!»; ¡quieto vivir; líbrame de esta opresión!
Libérame
y haz que progrese en la vida desde la espetanza que me da e.L
que digas que etes el Mesías liberador de los oprimidos... Y
Cristo, que
ha resucitado hasta los muertos, no le contesta. Peto
Dimas, el otro malhechor, le dice: «Jesús, acuérdate de
mi cuan­
do vayas a
tu Reino», y Cristo sí que le contesta a éste ensegui­
da: «En vetdad en verdad te digo, que hoy estarás conmigo en
el Paraíso».
Y esto
es todo.
323