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Discurso de clausura: El Reinado de Jesucristo en mí

DISCURSO DE CLAUSURA
EL REINADO DE JESUCRISTO EN MÍ
por
ARELAR.DO DE AR.MAS AiióN
Presidente de la Cruzada de Santa María

DISCURSO DE CLAUSURA
EL REINADO DE JESUCRISTO EN MI
Mis queridos amigos de la Ciudad Católica: la gtatitud y el
afecto que me unen con nuestto común amigo Juan V allet de
Goytisolo y gtacias
al apoyo de vuestta benevolencia, vengo acep­
tando durante unos cuantos años estos discursos de clausura,
sintiéndome sincera y totalmente incapaz de hablaros y exhor­
taros. Pero desde que conocí, hace
31 años, al padre Tomás
Morales (instrumento que Dios utilizó para
mi conversión y
con quien sigo ttabajando aún), aprendí a no apoyarme nunca
en mí sino en Jesucristo, que vive dentro. Desde entonces no
me he negado nunca a nada que me hayan pedido por difícil
que me pareciera,
ya que todo lo hago ( con palabras de Juan
Pablo
II) «en obediencia de fe a Cristo mi Señor». Apoyándome
en esa obediencia de
fo os dirijo estas palabras que, más que un
discurso de clausura, pienso que son una meditación que hago
en alta voz.
He venido escuchando las deliciosas conferencias que se han
impartido a lo largo de todo
el Encuentro. He asistido a los
foros.
He visto y he escuchado vuestras inquietudes. He senti­
do verdadera ilusión al ver aumentar el número de jóvenes en
e~te vigésimo encuentro... Ahora es el momento de la realiza­
ción completa: nuestto Encuentto no termina. Ahora es cuando
comienza, porque considero que para un corazón católico, gene­
roso, no debe haber otro fin de los trabajos que ottos nuevos
proyectos que conduzcan a nuevos trabajos
por la extensión · del
Reino de Dios, que
es la Iglesia, que es nuestta Ciudad Católica.
Es
el grito de más, más y más de nuestto Francisco Javier. Ahora
es cuando comienza el Encuentro1 cuando salgamos de este am­
biente para dispersarnos, para penettar en ambientes hostiles
407

ABERLADO DE ARMAS A1 siendo incomprendidos. Ahora empieza la verdadera batalla, que
es la de los seguidores del Crucificado.
Hay algo que
es evidente para todos los que estamos aquí:
Nosotros tenemos que transformar la sociedad, las estructuras,
tenemos que colaborar a la extensión de la vitalidad de la Iglesia,
tenemos que enriquecer
la familia, mejorar la política, el dere­
cho, la economía, la diversión, todos los campos de la actividad
humana.
,Cómo lo haremos? Sencillamente, sabiendo que el Es­
tado soy yo, la sociedad soy yo, las estructuras soy yo, la fami­
lia, la Nación soy yo, la diversión soy yo, es decir, que si yo
no me reformo a mí mismo no habrá verdadera reforma por
muchos debates y por muchas discusiones que tengamos aquí.
Pero yo os preguntaría a vosotros ( cristianos convencidos
que estáis aquí), ¿qué pensáis en estos momentos de vuestra
santidad? ¿Habéis renunciado ya a ser santos, es decir, a dejaros
transformar totalmente en Cristo? ¿Habéis renunciado a esto?
Estáis aquí personas de todos los estados: religiosos, sacerdotes,
seglares comprometidos -unos célil,es por consagración a Dios,
otros solteros, otros
casados-. Todos estamos llamados a la
santidad. Pero, ¿cómo véis vosotros la santidad? ¿La véis po­
sible, asequible?, o bien ¿habéis renunciado a ella? Si queremos
realmente extender el Reino de los cielos, nosotros no podemos
renunciar a la santidad. Tenemos que reaccionar contra esa vi­
sión laicista de la santidad que nos hace ver que es imposible.
Hace un mes, aproximadamente, estaba fuera de Madrid y
un muchacho de los que hablan conmigo, universitario, me
es­
cribía una carta diciendo: «Abelardo, ¡te odio! -me lo decía
en un plan cariñoso--. Te odio porque me hiciste ver un día la
santidad como algo al alcance de la mano, como algo fácil y lu­
chando por esa santidad, cada vez me encuentro más lejano. La
otra noche estaba mirando, en el jardín de mi casa, el cielo estre­
llado. Las estrellas brillaban tanto que me parecía estaban al
al­
cance de mis dedos. Pensé que casi colocando una escalera, si
la pudiera apoyar en el cielo, las alcanzaría. Luego me di cuenta
que era todo un sueño y me dije, ¡qué ilusión más absurda!
Pensé que eso era también para
mí la santidad: me la pusiste tan
408

DISCURSO DE CLAUSURA
al alcance de la mano que yo creía que era como las estrellas.
Ahora veo que no puedo y estoy por renunciar a ello».
Y o le contesté diciendo: « Tienes una visi6n laicista de
la
santidad. Crees que la santidad es algo que vas a conseguir tú,
pero no es así. El Dios que todo lo puede, puede auparte entre
sus brazos hasta las estrellas o las puede bajar a
tu coraz6n. Tú
puedes alcanzar la santidad».
Todos los que estamos aquí podemos ser santos, tenemos
que asimilar esa convicción plena, sentida, profunda. ¡Puedo ser
santo! Es el designio de Dios para
mí. «Nos eligi6, antes de to­
dos los siglos -nos dice San Pablo en su carta a los efesios­
para ser santos, e inmaculados en su presencia» (1 ). Nos eligió
a todos conforme
al designio puesto en ejecución en Cristo Je­
sús, Aquí
es donde instintivamente nos detenemos porque el de­
signio puesto en ejecuci6n en Cristo Jesús terminó en la Cruz.
Todos nuestros proyectos de estos días, cuando llega el momen­
to de realizarlos
se detienen en un obstáculo: la Cruz. Somos se­
guidores del Crucificado: iremos a la Cruz. Aquí es donde nos
frenamos, y aquí es donde quisiera exhortaros para que tengáis
delante la figura de Jesucristo Rey.
¿Cómo ha reinado este Rey?
En el momento de la Anuncia­
ción, el
ángel le dijo a Maria: «Este será grande. Será llamado
Hijo del Altísimo. Reinará en
la Casa de David, su Padre, y su
Reino no tendrá fin» (2). Ciertamente que no ha habido gran­
deza humana mayor que la del Verbo encarnado por su someti­
miento a la voluntad del Padre.
Su naturaleza humana ha sido
asumida de tal forma por la naturaleza Divina que ha alcanzado
la plenitud en persona Divina; y nosotros tenemos que imitar a
ese Jesús.
El humanismo ctistiano es el humanismo más perfecto. Cuan­
do nosotros enseñamos a nuestros jóvenes y a nuestros mayores
que la santidad es identificarse, injertarse con Cristo -injerto
(1) Ef. 1, 3-15. Auténtico himno de alabanza a Cristo Jesús. Recomien­
do su lectura y meditación.
(2) Le. 1, 32-34.
409

ABERLADO DE ARMAS MON
que no se hace sin derramanüento de sangre-, queremos decir
que somos asumidos por un Dios que San Agustín dice tiene un
nombre, Jesús, y un apellido, gigante. Gigante en su talla
hu­
mana y gigante en su talla divina. Cuando el hombre se deja ab­
sorber por Jesucristo alcanza la plenitud de la humanidad. Esto
es lo que tenemos que enseñar a nuestro mundo. El humanismo
cristiano
es lo más grande que puede uno apetecer, y ese ideal
es el que tiene cualquiera inscrito en su corazón, ese corazón
que todavía es sacro porque el alma humana es naturalmente
cristiana, nos
decía Tertuliano. Esta sociedad en la que nosotros
estamos inmersos y que
se define como secularista o seculari­
zada no está tan secularizada como
se nos hace ver. Todavía po­
demos dirigirnos a las masas y encontrar en ellas un sentimiento
sacro. Siempre hay un asidero en el coraz6n humano, un punto
por donde cogerle: Fue creado por Dios y para Dios. No está
tan secularizada la sociedad como nosotros creemos. Nos rendi­
mos de antemano, pero podemos hablarle de Cristo. Tenemos
mucho que decirle,
lo que sucede es que hay que predicarle a
Cristo viviéndolo, porque esta sociedad está ahíta de palabras
y
necesita vida.
Cuando vea a Cristo encarnado en · otra persona, entonces le
seguirá.
¿De d6nde sacar fuerzas para dar testimonio?, pues de Jesu­
cristo Rey. Hay una imagen que
me la presento en muchos ratos
de oración, siempre que tiendo al desaliento.
En el capítulo 19
de su Evangelio, San Juan nos narra aquella escena cuya contem­
placi6n sirvió para arrancar la ccinversi6n definitiva de Santa
Teresa de Jesús.
Es sacado Jesús por Pilatos
al lit6strotos. La nueva traduc­
ci6n que la Iglesia ha puesto
-a mi juicio muy acertada-, dice
que Pilatos
sacó afuera a Jesús y «le sent6» en el Tribunal -an­
tes leíamos «se sent6 Pilatos en el Tribunal»-. Parecía obvio
que tratándose de dar la sentencia,
el procurador se sentase en
aquel Tribunal que representaba el lugar desde el que se iba a
admioistrar la justicia en representación del emperador de Roma,
Tiberio; pero la nueva traducci6n
ha puesto, «le «sent6» -a
410

DISCURSO DE CLAUSURA
Jesús-en el Tribunal. El verbo ekázisen que se emplea ahí
puede ser voz acriva o transiriva. Todo el contexto nos hace ver
que Pilatos está derrotado por la masa,
y queriendo evadirse
mediante la broma, la burla, la ironía con Aquél que tiene
de­
lante: «Le sentó en el Tribunal».
Las excavaciones realizadas en 194 7 por
un arqueólogo nor­
teamericano nos permiten una perfecta contemplación de sabor
ignaciano. Fueron descubiertas la Torre Antonia
y el Arco del
Ecce Horno.
Se hicieron más excavaciones y se desenterró el li­
tóstrofos, lugar enlosado con losas en forma de un tablero de
ajedrez. Tienen éstas esculpido
un león y debajo el número diez:
Legio décima
-la legión romana que hizo aquel trabajo-. Un
patio grande.
En aquel patio, el litóstrotos --en hebreo Gábba­
ta
o altura-, elevado mediante unas escalinatas está Jesús. Con­
templad
allí una masa vociferante que estaba de pie. Si la fla­
gelación se hizo ante una cohorte -seiscientos soldados-, ¿cuán­
tos soldados estarían
allí, al pie de la escalinata, protegiendo al
procurador de
la posible agresión del pueblo? En un trono, Jesús.
Ha sido sacado fuera. Es un Rey y así lo va_ a presentar Pilatos:
«Aquí tenéis a vuestro Rey». Pero la corona de este rey
es una
corona de espinas. El manto es un trapo sucio, rojo, que se ha
puesto sobre un cuerpo destrozado. El cetro que tiene en las ma­
nos es una caña. Este es el rey que les presentó: «He aquf a
vuestro Rey».
-El pueblo gritó: «¡Fuera!, ¡quítale de delante!».
lQué haré con vnestro Rey?
- ¡Crucifícale!
- ¿ A vuestro Rey he de crucificar?
- No tenemos Rey
-respondieron--sino César.
Pensad en esta imagen preciosa: sentado Jesucrito en el Tri­
bunal. ¡Es el Tribunal desde el que
se imparte justicia! Jesús
está
allí en silencio, pero sentado en el Tribunal del Emperador,
en
el Tribunal que representa al J mperator, Señor de Vida y
Muerte.
411

ABERLADO DE ARMAS AfWN
Está siendo juzgado y condenado, pero, El, a su vez, perdida
la mirada en la masa, contempla todas las generaciones, todos los
tiempos, cada una de las personas, cada uno de nosotros, y nos
está juzgando, a su vez, mientras está escuchando: ¡fuera!, ¡fue­
ra!, ¡quítalo de delante!
No es el pueblo judío
el que quiere quitarlo de en medio
Soy yo el que muchas veces deseo quitarlo de delante. La esce­
na se repite saltando los siglos. Crucificamos a Cristo porque El
no es nuestro Rey. No tengo otro Rey que la ambición, que el
dinero, que el placer, que
mi propia voluntad. Pero tú, ¿no te
comprometiste en seguimiento de este Rey? ¡Quítale de delante!
-me contestas una y otra vez-. Este rey no me interesa. Esto
que nos puede paracer exagerado lo realizamos también nosotros
cuantas veces renunciamos a la santidad.
Se ha dicho aquí, y es cierto, que en un momento determi­
nado podríamos dar la vida por Jesús, pero ¡qué trabajo nos
cuesta dar los fines de semana! ¡Qué trabajo nos cuesta entre­
garnos a los demás, dar nuestro tiempo
--el tiempo es vida-!
¡Nadie ama más que el que da la vida por nosotros, por sus
amigos! Cuando dedicamos tiempo a otras personas, le damos
de nuestra vida. Pero solemos afirmar con frecuencia que no te­
nemos tiempo,
ni siquiera para ese prójimo, el más próximo a
mí: el Jesús del Sagtario. ¿Cuánto tiempo dedico yo a estar de­
lante de Jesús, del Sagrario, de donde tengo que sacar la fuerza
para mi vida? Me duele muchísimo
-y perdonadme os lo diga­
asistir a las Misas de estos Encuentros y ver que os lleváis a
Cristo dentro sin hacer una acción de gracias suficientemente
prolongada. Si nosotros no tenemos vida interior, ¿qué vamos a
predicar a los demás? ¿ Qué Cristo vamos a dar a los que nos
rodean? Aquí está el fracaso de nuestro catolicismo: hemos re­
nunciado al seguimiento de Cristo crucificado, a ir en su com­
pañía íntima y estrecha, dejándonos invadir totalmente por El
como por un cáncer que trata de posesionarnos íntegramente,
pero no para aniquilarnos, sino para transformarnos en El. Esta
transformación llega poco a poco, llega con el dolor: cuando in­
tentas cristianizar la sociedad, los ambientes en los que te desen-
412

DISCURSO DE CLAUSURA
vuelves (la sociedad de vecinos, el centro de estudios, la junta de
profesores, tu empresa o
tu facultad) y te manifiestes como eres,
dando
un testimonio cristiano, vendtá la irorua, la soledad, el
aislamiento, el motejamiento. Entonces es cuando renunciamos
a la santidad. Se nos presenta Cristo delante, perseguido, desga­
rrado y volvemos a decir lo que los judíos: ¡Fuera! ¡Quítale de
delante! ¡Este no
es mi rey! ¡El de la multiplicación de los pa­
nes sí, pero éste nol
«Todas estas cosas os he dicho para que cuando sucedan
veáis que
soy yo», había dicho El en la última cena. Cuando ven­
ga sobre ti una contrariedad, una enfermedad, una incompren­
sión, cuando caiga sobre ti el peso de tus propias miserias que
te atan a la tierra, debes entender que
es El. ¿No hicisteis Ejer­
cicios acaso en un tiempo más o menos cercano? En aquella con­
templación del rey temporal hacíais un ofrecimiento. Oísteis a
Ctisto, Rey universal, decir:
«Mi voluntad es conquistar todo el
mundo y todos mis enemigos y así entrar en la Gloria de mi
Padte. Por tanto, quien quiera venir conmigo ha de trabajar
conmigo, para que siguiéndome
en la pena también me siga en
la Gloria». A este llamamiento dice San Ignacio: «Los que más
se quieran afectar, no solamente darán todas sus personas al
trabajo, sino que luchando contra su propia sensualidad y contra
su amor carnal y mundano harán oblación de mayor estima di­
ciendo: «Eterno Señor de todas las cosas, hago mi oblación con
vuestro favor y ayuda delante de vuestra infinita bondad y de
vuestra Madre gloriosa y de todos los Santos y Santas de la
Corte Celestial, que quiero y deseo y
es mi determinación deli­
berada, de seguiros en pasar toda
injuria y todo vituperio y todo
desprecio y toda pobreza tanto actual como espiritual siempre
que sea en
tu mayor Gloria y alabanza, queriéndome vuestra
santísima Majestad elegir y recibir en tal vida y
estado». Hicis­
teis un día esta contemplación. Le pedisteis: Señor, elígeme para
tal vida y estado, que llegue a vivir no solamente en una pobreza
espiritual, con un desprendimiento afectivo de las cosas, sino, si
es
tu voluntad, en una pobreza actual, con un desprendimiento
efectivo -no sólo afectivo-de mis bienes. ¿No hicisteis esta
413

ABERLADO DE ARMAS A'FION
entrega? ¿No comprendísteis que la voluntad de Dios para con­
quistar todo d mundo era esa? ¿Por qué después ambicionáis
éxitos y no queréis abrazaros con d fracaso? El seguidor de
Cristo, por ventura,
¿ no es necesario que padezca todas estas co­
sas para así entrar en la Gloria? Hay que pasar por la cruz de
Jesús. ¿Por qué renunciamos a la cruz? ¿Por qué buscamos
los
éxitos? Si El no pide éxitos, sino que luchemos. Hay que se­
guirle a El puesto en la cruz, reducido a pobreza, y esta reduc­
ci6n a pobreza la tiene que hacer contigo, conmigo y con todos
los
miembros de su Cuerpo Místico.
Esta reducci6n a pobreza acaba de hacer con nuestro actual
Pontífice Juan Pablo
II.
Soñaba él con transformar la Iglesia. En dos años y medio,
¡lo que había realizado! ¡qué esperanzas para todos nosotros!
De repente, un
13 de mayo, una pistoh manejada por un asesi­
no, pero teledirigida por un cerebro internacional bajo la volun­
tad permisiva de Dios, reduce a nuestro Papa a cinco meses de
dolorosos ejercicios espirituales. El Papa ha palpado su peque­
ñez, quedando reducido a su impotencia.
Ha tenido mucho tiem­
po para pensar en su soledad. ¿Qué ha pretendido Dios
con
esto? Ha pretendido dejar este instrumento perfectamente pre­
parado, mucho
más útil. Era preciso que d Papa de las multi­
tudes anduviese en
humildad, en estricta humildad, porque la
Cruz
es humildad y la humildad no resiste el orgullo. ¡Juan Pa­
blo II, humilde ante su Dios! Pero, ¿romo reaccion6 desde el
primer momento? A los pocos días, en su primer mensaje co­
municando ya d perd6n a sus asesinos dijo: «A tí, María, te lo
repito ¡Todo tuyo!» sí, verdaderamente Juan Pablo II ha ma­
durado mucho en pocos días. Ha entendido ese «Todo tuyo»
que tiene puesto en su lema episcopal, que
es la enseña de su
vida. El
se había ofrecido a la Virgen como todo suyo. Ahora
llegaba
el momento de demostrarlo pasando de una pobreza es­
piritual, afectiva, a una pobreza actual, efectiva. Imn6vil en un
lecho, no puede hacer nada, viendo todas las posibles transfor­
maciones que
se podrían realizar en la Iglesia con su acci6n, y,
sin embargo,
se ve al borde de la muerte. Juan Pablo II repetía
414

DISCURSO DE CLAUSURA
una y mil veces: a tí, María, te lo repito: ¡Todo tuyo! Tú me
quieres así. Yo no me escandalizaré, porque ésta
es la voluntad
de Jesús,
mi Rey. Me abrazo a El.
Esto es lo que tenemos que hacer nosotros en todos los
mo­
mentos de nuestra vida. Hemos de salir de este Encuentro, de­
cididos a que Dios nos lave y nos purifique. Recordad el Evan­
gelio de San Juan.
En la noche en que iba a ser entregado, como
hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo. Acabada la cena, como ya el diablo hubiera
puesto
en el corazón de Judas que le entregara, sabiendo que to­
das las cosas se las había entregado al Padre en sus manos,
y
que de Dios salió y que a Dios volvía, se levantó de la mesa,
-¡el Hijo de Dios!-, se ciñó con una toalla y se puso a lavar
a los discípulos. Al llegar a Pedro, éste se opuso:
«¿Tú a mí
lavarme los pies! Nunca jamás». El Señor le dirá: «Lo que yo
hago,
tú no lo entiendes ahora, lo entenderás después: Si no te
lavo los pies, no tendrás parte conmigo». Díjole Pedro: «Señor no
solamente los pies sino tambien la
cabeza y todo el cuerpo».
Respondióle Jesús: «El que está limpio no necesita ser bañado
sino sólo los pies y vosotros estáis limpios, aunque no todos»
(porque conocía quién era el que le iba a entregar) (3 ). Esto
que está haciendo Jesús con ellos ( esta función de lavarlos los
pies, propia de esclavos), la entienden
tan perfectamente los
apóstoles que no admiten que lo haga el Maestro. Sin embargo,
no han penetrado en su más profundo significado: que es nece­
sario que Dios haga esto con nosotros, porque así como los pies
son aquella parte del cuerpo que está en contacto directo con
el suelo
y no se pueden evitar las adherencias del polvo, a noso­
tros,
aunque aspiremos a la santidad, también se nos pega siem~
pre el polvo de la vanidad humana deseando siempre poner nues­
tros criteros personales
por encima de los demás (aquí está una
de las claves de
la desunión de los católicos. Buscamos más man­
tener nuestra postura que la de
la voluntad Divina).
(3) Jn. 13. Todo el capítulo es sublime.
415

ABERLADO DE ARMAS MON
Dios tiene que quitar la soberbia de nuestras vidas y esto
solamente lo podrá hacer purificándonos con el sufrimiento.
Terminado esto les dijo: «Vosotros me llamáis el Maestro,
el Señor ( el Kirios -palabra que los cristianos primitivos re­
nunciaban a darle al Emperador, porque era atributo de divini­
dad-), y decís bien, pues lo soy, Pues si yo, vuestro Maestro
y vuestro Señor,
os he lavado los pies -segunda lección­
vosotros tenéis que lavaros los pies los unos a los otros, porque
estas cosas os he enseñado
para que cuando sucediere veáis que
soy Yo y entonces bienaventurados seréis si lo hiciéreis».
Tenemos que desear los cristianos estar en el
último lugar.
Tenemos que llamar amigos a nuestros enemigos porque El
así
nos amó. «Nadie ama más que el que da la vida por sus ami­
gos». Y dice San Juan Avila: «¿Cómo amigos, si éramos tus
enemigos? Lo dices, Señor, porque muriendo por nosotros, trans­
formaste los enemigos en amigos». Tenemos que amar a todos,
. tenemos que dejar a Jesús mirar a nuestros enemigos con sus
ojos, con su mirada. Amar con su corazón, acariciar con sus ma­
nos, caminar con sus pies. Dejarnos transformar por El. Esto
es lo'que necesita el mundo de hoy, la sociedad actual en la que
estamos inmersos. A esto creo que nos invita este Encuentro
de la Ciudad Católica, mis queridos amigos: a no renunciar a la
santidad, a abrazarnos a este Jesús, a aceptarle siempre que llame
a nuestra puerta:
¡ es el Señon!.
Estamos en unos momentos deliciosos de la Historia. Faltan
diecinueve años para la finalización del segundo milenio. Esta­
mos viviendo un Pentecostés --como nos lo anunció Juan Pa­
blo II-que durará todos estos años que nos separan del fin
del siglo. El Espíritu Santo,
en este Pentecostés, está suscitando
muchas almas generosas. Aquí estáis personas de muchas edades,
pero en estos momentos me
dirijo más a los jóvenes, porque
sois los responsables del mañana. Quedan diecinueve años nada
más para que finalice
el siglo -aunque a vosotros os parezcan
leJanos, están ahí mismo--. Mañana, dentro de diecinueve años,
la población del globo se habrá casi duplicado. Los cuatro mil
millones de habitantes que hoy pueblan la tierra
se habrán con-
416

DISCURSO DE CLAUSURA
vertido en siete mil millones de seres, de los cuales tres mil-qui--
nientos millones --casi tantos como el total mundial hoy-serán
menores de 20 años. ¿Quiénes van a ser los conductores de esa
juventud? Os corresponde a vosotros, los que ahora
os -encon­
tráis entre los 15 y los 3-0, ser sus guías. En vosotros, hombres
maduros entonces, pondrán los ojos y
la mirada miles de jóve­
nes a los que tendréis que dar una ilusión que habréis adqui'
rido en diecinueve años de lucha y de sufrimiento, en diecinueve
años de sangrar
-porque no hay redención sin efusión de san­
gre--, pero ·manteniendo siempre la ilusión de que hay otro que
vive y que padece en
nú. La sangre del Cuerpo Místico, dice
San Agustín, es la sangre que Jesús sudó en Getsemaní,-que se
perpetúa para siempre, que manará a raudales en la Iglesia, has­
ta el final de los tiempos. La Iglesia soy yo. Compartiendo mi
dolor con Jesús de
Getsemaní me siento contento, siento el gozo
de hacer algo útil dejándome manejar y sufrir por El, que es la
Libertad.
Abrazarse al sufrimiento por amor a Cristo
es lo que hay
que enseñar a
esta juventud sedienta de heroísmo. Eso es lo que
hago
yo con esos muchachos a quienes llevo dedicados treinta
años de mi vida. Os cuento, para terminar, unas pocas anécdotas
para que nos encendamos en ilusión. Fuera pesimismos. No
es­
tamos luchando nosotros. Lo hace directamente el Espíritu Santo.
De U)1 mes a esta parte me he encontrado con estas expe­
riencias: Estoy de visita en uno de los Carmelos de Madre Ma­
ravillas ( 4 ), en Mancera, y me encuentro con un matrimonio.
Les pregunto por su hijo (porque le había conocido el año pa­
sado). Su madre me vuelca su preocupación porque le encuentra
siempre muy aislado. «El caso es que es formidable -me CO·
menta-». Fíjate lo que me ha dicho el otro día: «Mamá yo
quiero vivir siempre puro».
Viene el chico hacia mi.
-¿Qué tal Carlos? ¿Te acuerdas de mí?, le preguntó.
(4) Madre Maravillas de Jesús, carmelita descalza, fallecida el 11-12·
1974, fundadora de 10 conventos de carmelitas descalzas.
'7 417

ABERLADO DE ARMAS ANON
-Sí, del año pasado.
-¿ Cómo estás, qué haces?
Me cuenta el curso, los resuhados académicos.
Me dice tu madre, -le digo-, que vives un poco aislado,
¿es verdad? A lo mejor
es que no te atrae el ambiente de los
amigos que tienes, no te gustan sus conversaciones, te sientes
hecho para cosas más graodes.
Hablamos muy poco tiempo.
Dos
días. más tarde estoy en Duruelo y vienen los padres
del muchacho acompañaodo a un sacerdote que
va a celebrar
la misa.
Me dice la señora: ¿Qué hiciste con .mi hijo?
- Nada, le respondí.
- Pues ahora todos los
días ayuda en la Misa de las Ma-
dres Carmelitas, por la tarde pide la llave y se pasa un rato allí
haciendo oración.
Otro caso, Estoy este verano en Villagarcía de Campos con
un grupo de unos 90 muchachos en convivencias, pero a
mi co­
razón no le bastan esos 90 chicos. Hay otros del pueblo, por ali.
Un día, mientras se juega un partido de fútbol, se sienta a mi
lado uno de esos muchachos. Ha venido varias veces a conversar
comnigo.
Le cuento chistes, bromas, hal,Jamos. Como lo tengo
tan próximo afectivamente,
le pregunto un día:
- ¿Tú, para qué estudias?
- Pues hombre . . . para aprobar.
- ¿Nada
más que para aprobar? Querrás alguna cosa más.
-Sí, contesta él.
- ¿Qué vas a hacer cuando acabes
el C. O. U.?
- Filosofía.
- ¿Y para qué
vas a hacer filosofía?, le pregunto.
- Pues . . . quiero ser sacerdote,
- Y
¿sabes a lo que te expones?
- Creo que
sí.
418.

DISCURSO DE CLAUSURA
-¿Se lo has dicho a alguien?
-No. Aquí en el pueblo no se lo digo a nadie, porque no
me entenderían.
-¿ Vives en gracia? ¿ Luchas por mantenerte puro?
-Sí.
-¿ Sabes que tienes que guardar la castidad de cuerpo y
de
alma para toda la vida?
-Hasta ahora, me dice, no la he manchado nunca.
El día siguiente era el día del Dulce nombre de la Virgen.
Estoy en un festival
-homenaje que solemos hacer a los Padres
de la Compañía de Jesús-. En aquel festival, no estaban nada
más que los miembros de mi Institución y los Padres de la
Compañía. De repente
veo al chico que está allí. No acierto a
explicarme cómo
se ha «oolado». Termina el festival, y salgo
por
fos jardines. Volví a verle, le llamé y le pregunté · ¿qué te
ha parecido el festival?
El festival estaba todÓ dedicado al 25 aniversario de mi Ins­
titución, habíamos proyectado unas diapositivas y unas
· películas
con todas las actividades desarrolladas en estos 25 años.
-Me ha gustado muchísimo, reponde él.
-¿Te gustaría ser de los nuestros?
- Sí.
-Pero somos muy exigentes.
-No importa.
-Lo malo es que ya no podrás ser de los d.,J 25 aniver,
sario.
-Bueno, me contestó, las bodas de oro siempre son me­
jores que las de plata. Yo seré de los de las bodas de oro.
El domingo pasado voy a jugar al fútbol oon un grupo de
muchachos. Uno de ellos
se cae en un momento del partido, se
retuerce en el suelo de dolor. Le llevamos a la Clínica de la
Concepción y nos informan los médicos de una fractura de tibia
419

ABERLADO DE ARMAS ARON
y peroné y esguince de tobillo . .. A la noche, paso por su ha­
bitación:
-Le :Pregµnto, ¿ofreces el. dolor?
-

- Te veo muy contento, será por. ofrecer el dolor.
Sí; es que todo lo ha hecho la Virgen.
- ¿Cómo que lo ha hecho
la Virgen?
-
Sí, . porque en la tanda -había terminado una tanda de
Ejercicios· conmigo hacía cuatro
días-, en la meditación de los
pecados, le pedí a la Virgen que antes de que un hermano mío
de catorce años cometiera un pecado mortal, me partiera a mí
una pierna.
- Pues te ha dado
la respuesta. Estarás satisfecho, ¿no?
-
Por eso estoy contento.
- Cuando odias tanto el pecado mortal,
¿tú cómo vives?
- No tengo conciencia de haberlo cometido en
mi' vida.
Al llegar a Madrid después de tres meses de ausencia, vienen
dos chavales a verme. Entran a saludarme (yo todas las tardes
de­
clico cinco horas, en una especie de confesonario laico, a estarme
sentado recibiendo chicos. Saben que todas las tardes estoy allí).
Les pregunto cómo han pasado
el verano. Muy bien, estupenda­
mente, me contestan. Me van contando experiencias. Se han man­
tenido en gracia. Uno de ellos me dice: «guardo mi castidad como
un tesoro que quiero ofrecérselo a Dios sin violarlo jamás».
Son botones de muestra. ¿Me suceden estas anécdotas sola­
mente a mí o hay en estos momentos un movimiento del Espíritu
Santo mucho más amplio de lo que nosotros creemos en tqdas las
partes del mundo? Nos estamos acercando a este Pentecostés de
final de siglo, a este Pentecostés que se ha iniciado con la con­
memoración del 1600 aniversario
del Concilio Primero de Cons­
tantinopla y 1550 de Efeso, y que el Papa ha regado con sangre
mártirial, un Pentecostés excepcional que se prolonga hasta el
año dos mil. Aparece una juventud que está aquí entre nosotros
mismos con verdaderos deseos de santidad, y
nosotros, los adul-

DISCURSO DE CLAUSURA
tos, más hechos que ellos, tenemos que ilusionarles con la santi­
dad, mostrándonos contentísimos de vivir
e!l momento actual pa­
ra poder dejar a Jesús que comparta este injetto de sangre en
nosotros.
Mis quetidos amigos: no tengamos miedo, Abrid las puettas
de par en par a Jesús. Nos dijo Juan Pablo
II al tomar posesión
de su Pontificado: «El conoce lo que hay en el interior del hom­
bre. ¡Abrid las puettas a Cristo! No tengáis miedo a la exigen­
cia y presentad ideales valientes a las personas que estén a vues­
tro alrededor».
Bl coraz6n humano está hecho para esto y res­
ponde: ¡Hacedlo sin miedo! Entregaos vosotros. Hay mucho más
tiempo todavía del que creemos
en nuestras vidas (aunque este­
mos excesivamente ocupados) para dárselo primero a Jesús
y
después a nuestros prójimos. Hacedlo en este día de la Virgen
del Pilar. Ella
se apareció en carne mortal a Santiago cuando se·
encontraba en la desconfianza, en la desgana, en el desaliento, a
orillas
del Ebro. Que ella se nos aparezca a cada uno de nosotros
en esta finalización de un Encuentro, que
es ahora cuando co­
mienza ¡No tengáis miedo t
Termino con un canto de una religiosa carmelita de estos
conventos que he visitado, una mujer a la que he visto (porque
la he acompañado al hospital)
inmolarse en el dolor y, sin embar­
go, siempre con una sonrisa en los labios, sin un rictus de dolor
en e!l rostro. Ella ha compuesto una canción que me cantaron sus
monjas, dice así:
«Grande
es Señor tu ternura
para con tus criaturas;
y hasta el débil pajarillo
que ~ódea su Señor
se rf!créa eri las caricias
que le prodiga tu amor.
Y cuando a uno entre todos
miras con predilección,
le cobijas en tu mano
y acercas al
corazón.
421'

Allí muy suavemente
le haces escuchar
tu voz,
voz de tan dulces acentos
que no
se pueden decir,
melodías sin sonido
qne sólo
es para sentir.
Entonces, muy confiado
el pajarillo se está,
nada de cuanto sucede
a él
,e puede inquietar.
Está en tu mano y le amas,
¿ qué más puede desear?»
Estamos en
las manos de Dios. Nos ama. «Lo sabe todo, lo
p1.1ede todo, me ama» (5). ¿Qué más puedo desear? Confiad v
salgamos de este Encuentro apoyándonos en Aquél
q1.1e nos ten­
derá la mano,
si hemos caído, para levantarnos. En quien ten­
dremos que apoyarnos para no caer, en Aquél que
se ha clavado
en una cruz por nosotros. «En cruz tenemos que vivir y en cruz
tenemos que permanecer» (en cruz nos amó y en cruz nosotros
tenemos que devolverle amor) y «no descender de esa cruz aun­
que se nos diga que será muy provechoso
el descendimiento» ( 6 ),
porque ahí es donde se hace la salvación del mundo. De esto
es de lo que no .podemos desertar ninguno de los cristianos y nin­
guno de los creyentes, y mucho menos los amigos de
la Ciudad
Católica. Aceptad
la cruz cuando venga. Pero para eso, ¡qué vi­
sión de fe tan grande hemos de tener! Siempre viene por los ca­
minos más insospechados. Pero no temáis: Ahí, en la cruz, está
El con su mano divina, paternal, maternalmente padre
-como
nos dice San Francisco de Sales--, acariciándonos, cobijándonos.
Si estamos en sn mano ¿ qué podemos temer?, ¿ qué más podemos
esperar?, ¿qué otra cosa debemos desear?
Muchísimas graciaS, -mis queridos amigos.
(5) Juan de Avila. Epistolario.
(6) lbld. .
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