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1990

La praxis democrática

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1990
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El lenguaje en la práctica democrática

EL LENGUAJE EN LA PRACTICA DEMOCRATICA
POR
MAru:o SoruA
1) Cuando discurrimos acerca del lenguaje en la práctica
democrática, tratamos de un asunto en que están inescindible­
mente unidos política, filosofía, moda, publicidad, periodismo,
etcétera. Como, por otra parte, aquí no analizaremos nuestro tema
desde un punto de vista estrictamente lingüístico (no tenemos
tiempo ni competencia para ello), sino que sólo presentaremos las
observaciones y objeciones que cabe hacerse a tal modo de comu­
nicación, no será de extrañar que toquemos varios otros puntos
primero y además del lenguaje.
Así, pues, ante todo determinaremos de qué democracia
va­
mos a hablar, puesto que existen mil variedades de este concep­
to: democracia popular, socialista, conservadora, liberal, naciona­
lista, directa, cristiana, por delegación, coronada, presidencialista,
parlamentaria, corporativa, etc., según que una. tendencia econ6-
mica, el predominio de ciertos órganos estatales u otra caracte­
rística cualquiera especifique el régimen.
Tomando las cosas desde arriba, establezcamos una definición
general del término,
y para ello nada mejor que preguntar a
dos especialistas de la materia. Aristóteles, examinando los
go­
biernos de su época, dice haber democracia si del poder son
dueños los ciudadanos libres y éstos forman
la mayoría de la
comunidad ( 1
). El padre Suárez, por su parte, sostiene regitse
la democracia
«per totius populi suffragia» (2), en lo cual coin­
cide con el filósofo griego, pero añade ser la democracia el sis­
tema que dimana «ex sola naturali institutione», connatural a una
comunidad libre, supuesto que ésta no eligiere otra forma de go­
bierno (3 ). Ambos autores, no obstante la época diferente en
que viven
y la índole tan diversa de sus análisis (muchd más
deductivo y apriorístico el del español), están de acuerdo en algo
fundamental: la democracia es tan sólo un sistema de gobierno,
ni más ni meaos legitimo que otros, dependiendo su existencia
de la opción ciudadana.
Esta
condición esencialmente relativa sujeta la democracia,
(1) Politica, 1290 b líneas 17 y sigs.
(2) «Defensio fidei» (Coimbra, 1613), 218 b.
(3) Op. cit., 220 a.
Verbo, núm. 291-292 (1991) 233
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lo mismo que los regímenes distintos de ellai no sólo a las con­
tingencias históricas, sino a leyes y principios éticamente incon­
culcables. Es lo que
Pío XII, en su célebre mensaje navideño
de 1944, denomina «sana democracia», vale decir «la fundada en
los inmutables principios de la verdad natural y las leyes reve­
ladas», «contraria a aquella corrupción que atribuye a la legisla­
ción del estado un poder sin freno ni límites, y que hace también
del régimen democrático, a pesar
de las contrarias, pero vanas
apariencias, un puro y simple sistema de absolutismo»
(§ 28 ).
2) De la democracia considerada, según las definiciones an­
teriores, como una de las formas plausibles de gobierno, con sus
ventajas y
sus inconvenientes, más o menos adecuada a la tradi;
ción. y el carácter de cada pueblo, siempre sometida a principios
que. no pertenecen al campo de la política, de tal democracia no
hablaremos aquí. La hemos traído a colación sólo como contra­
luz de nuestro tema, porque a veces los contrarios
se aclaran por
sus
contrarios. Hablaremos de la que empieza arrogándose un
poder absoluto y acaba considerándose por encima del bien y del
1nal. De semejante democracia nos instruye, por ejemplo, el «Tra­
tado teológicopolítico», de
Benito de Espinoza, · pensador que
problablemente sea el primero que aplique en concreto a este
sistema político las ideas alumbradas por Maquiavelo y Bodino.
Explícitamente el holandés denomina «democraciá» al régimen
surgido del pacto social primitivo, de manera que
«sea la unión
dé todos los hombres en una colectividad que tiene derecho
so­
berano sobre todo aquello que esté en su poder» ( «quae proinde
definitur coetus universus hominum, qui collegialiter summum
jus ad omnia quae potest, habet») ( 4
). Y para que no haya duda
acerca del asunto ( no fuera a entenderse el término «democracia»
en el sentido antiguo de «res publica»),
el autor caracteriza dicho
régimen como el sistema en que los ciudadanos, transfiriendo
sus
derechos a la mayoría de la comunidad, siguen, sin embargo, igua­
les, conforme lo eran en
el estado de naturaleza, etc. (5).
Nuestra época ha ido todavía más lejos que el filósofo de
, (4) Vále la pena conocer el pasaje eótero, fundamento y cbnclusi6n:
«Si
nimirum unusquisque ·omnem, quam habet, potentiam in societateDl
ttansferat; quae adeo summum Naturae jus in omnia, hoc est summum
imperium, sola retinebit, cuí unusquisque, vel libero animo yel metu
s~ suplicii, parere tenebitur_. T alis vero eyocietatis jus Democratia voca­
tut,, quae· proinde definitilr ·coetils ·, utúversus hominum, qui collegialiter
summum jus ad omnia quae potest, habet» ( «Tractatus theologico-politi­
cus», XVI, en «Benedicti de Spiooza opera quotquot repert-a sunt», I
(La Haya, 1919), pág. 262. ·
(5)
Op. cit., 264.
;23'1
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EL LENGUAJE EN LA PRACTICA DEMOCRA-TICA
Amsterd:¡m, La democracia, siguiendo · un proceso que no nos
corresponde
describir aquí, ha dejado de ser un régimen político
para convertirse en una concepción .omnicomprensiva del mundo
y del hombre. Así, cabe llamar a
la democracia, como lo hace un
escritor español, «evolución
natural de la humanidad» ( 6); o sos­
tener --siempre el mismo autor-que «la edad democrática nos
da ya, y nos la dará cada
vez más perfectamente, una aleación
fecunda de lo individual y lo colectivo, del orden y la libertad,
la ciencia y
la religión» (7), concluyendo que «con el verdadero
triunfo de
la edad democrática .se anuncia la verdadera grandeza
de Grecia y Roma, las persistencias creadoras de Oriente, lo in­
mortal
del liberalismo, etc.» ( 8 ). A quien hiciere sonreír tanto
entusiasmo, le diremos que el tema siempre despierta la vena
lírica, hasta en un inglés,
caso de Tomás Payne: «La época ac­
tual. merecerá que, en lo sucesivo, . la llamen edad de la razón,
y la generación de hoy será
para las venideras el Adán de un
mundo nuevo. Cuando todos los gobiernos de Europa hayan
es­
tablecido el sistema representativo, las naciones se conocerán
unas a otras, cesarán los prejuicios fomentados por la intriga y
el artificio de las cortes, será libre el soldado
y el pobre· mari­
nero, al que
ya no arrastrarán por las calles como un felón, se­
guirá en paz su viaje de negocios» (9). De la misma fuente de
milenarismo laico brotan las profecías de Francisco Fukuyama,
,japonés injertado an la burocracia de Washington.
3)
¿ Cuáles son las características de tal democracia? En
primer término, el concepto de la sociedad como una gigantesca
empresa de explotación del hombre y de la naturaleza, siendo el
estado director o gerente de la misma. Por consiguiente, la de­
mocracia moderna junta el · poder económico y el poder político
hasta
un extremo del que sólo el comunismo de nuestros días y
el
'Egipto antiguo ofrecen precedentes. Es cierto que el sistema
que analizamos deja cierta libertad a la iniciativa individual, pero
ésta
tiene que obrar dentro de límites muy estrechos y en íntima
relación, si quiere tener éxito, con
los administradores· del .erarid
y cabecillas de toda la' actividad social. · Muy mal vistas son las
véleidades
de rebeldía y· los inténtos creadores indisciplinados.
· Esta condición política impregna el espíritu y regula la vida
ente~ de fos ciudadanos de una. democracia. Constituye la atmós-
(6) ALlCIO GARCITORAL: La. edad .democrá#ca .. (Nuev• .. York, )965), pág'. 134. . .. . . . . .. . .
(7) Op. cit., 269.
e ·; (/l) Op. cit., 424. ·
(9) Rights of man (Inglaterra, 1969), pág. 290.
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MARIO SORIA
fera en que vivimos, nos movemos y somos, como diría San Pa­
blo,
y que a menudo tomamos por la naturaleza misma de las
cosas, sin advertii: que es, precisamente, lo opuesto a ella .. Tal
atmósfera, en
su. versión teórica o conceptual, es la ideología
que nutte nuestro pensamiento
y nuestros gustos, que ha. forma­
do nuestros

hábitos
y hasta parece haberse incorporado a nuestro
ser, como el
alimento al cuerpo. Lo que sostenemos lo expresa
de forma óptima Jorge Uscatescu, cuando escribe: «Hoy todo
es
sistema» ( 10). El sistema es la democracia liberal victoriosa. A
la derrota, al menos momentánea, del comunismo, ha correspon­
dido el triunfo del liberalismo, que reina sin rivales temibles.
Esta ideología es el principio filosófico, religioso, moral y polí­
tico supremo, del que no debe uno apartarse, si quiere vivir
y
actuar civilizadamente. Es pedagogo universal, criterio inamovi­
ble. Hasta el oponerse a
él indica un continuo tenerlo a la vista.
Igual que David a Dios, podemos decirle a la democracia:
si su­
biera al Cielo, allí estás m; si bajara al Infierno, estás presente.
¿ Qué opinión profesas ? ¿ En cuál facción te has alistado? ¿ De
quién eres secuaz? Para responder a dichas preguntas no se necesita
hablar expresamente de política, porque actitudes, anhelos, aspi­
raciones, educación
y costumbres forman un lenguaje más elocuen­
te que la palabra. La democracia,
al considerar que no existe
libertad alguna fuera de ella, convierte la vida, desde el naci­
miento hasta la muerte, en una especie de militancia partidaria
permanente, dando a los actos
más triviales una trascendencia
inusitada, porque todo expresa, de un modo u otro,
el sistema
triunfante.
El usar tales o cuales palabras, veranear en este o
aquel lugar, ponerse o no corbata, ver determinados espectáculos,
amueblar
la. casa siguiendo cierto estilo, todo tiene un sentido
anejo
al sentido obvio, que se sobrepone a este último, lo borra
y convierte la existencia cotidiana en una especie de profesión
de fe política.
¿ Y qué lenguaje corresponde a este régimen? El que estu­
viere en total dependencia del Leviatán político,
económico y so­
cial. Por Jo. tanto, no consiste el lenguaje en un conjunto de vo­
ces razonablemente ordenado, mediante el cual se comunican las
ideas
y que refleja en su léxico y construcción la naturaleza de
las eosas
y del hombre, amén de las mil circunstancias de los
mismos. Al contrario, el lenguaje adquiere una idiosincrasia
ex­
traiía a su origen y constitución: se convierte en instrumento de
dominio.
La palabra no sirve para significar y transmitir la ver-
(10) «Del narcisismo a la violencia», en Verbo, ·núm. 285-286, pá­
gina 684.
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EL LENGUAJE EN LA PRACTICA DEMOCRATIC4
dad, sino casi exclusivamente para convencer. El lenguaje, sea
el que fuere,
resulta propaganda o publicidad. Y esto es aplica­
ble tanto al discurso político como a los medios de comunicación,
con su torrente de imágenes, música y palabras. Antaño se
ad,
mitía, ciertamente, el arte de persuadir, captar, inducir,. ;incitar.
La retórica tenía mil artificios catequizadores. A Hércules, para
demostrar el poder de la
. elocuencia, lo representaban llevando
en pos de
sí hombres, mediante cadenas que salían de la lengua
de aquél. Nadie,
sin embargo, exceptuados los sofistas, considera­
ba que esta función suasoria fuese la
.única o preferente ·del
habla. Hoy, en cambio, lo ha invadido todo una retórica menos
minuciosa y escolástica que su predecesora, pero
infinitamente
más efectiva.
4)
De otra parte, sigue propugnándose la libertad de opi­
nión, conforme a la cual
se plasma la voluntad de la mayoría.
Más aún: esa libertad se ha vuelto por definición ilimitada. Ya
no. existe norma jurídica que itnpida peosar y decir lo que se
quisiere, salvo la alteración del orden público
y, a veces, la difa­
.
mación. Los hombres hablan sin trabas y las ideas no conocen
aduana, divulgándose entre toda clase de personas y del modo
que a
sus fautores les pareciere mejor: oralmente o por escrito,
privada o públicamente, mediante imágenes o sonidos, desde
la
cátedra o rodeado el orador de un grupo de curiosos en la calle.
Naturalmente que
la palabra y la doctrina más afines al es­
píritu del público son las que se esparcen con mayor rapidez.
Nada itnporta al respecto que sean o no verdaderas; abrumadora­
mente pesa el hecho de que calen en la multitud. El charlatán
más ha'bil consigue más oyentes y los convence mejor. Sea el que
fuere el asunto: política, religión, filosofía, literatura, educación,
los
predicadores proceden de idéntica forma, ensalzando su mer­
cancía, desacreditando a
sus rivales, abaratando el precio. De
esta manera, inevitable resulta que la libertad de opinión termi­
ne siendo poco menos que un calco de
la libertad de comercio,
vale decir que tienda
al monopolio cJ al oligopolio, caso de que
los grupos antagónicos sean los suficientemente vigorosos para no
anularse unos a otros, viéndose obligados a
un reparto del mer­
cado de las almas. Unicamente la astucia y la fuerza deciden lo
que ha de peosar el público. Como en economía, la libertad de
opinión, con todas sus derivadas (
de conciencia, palabra, cátedra,
prensa, etc.), termina en un despotismo disfrazado. Pascal obser­
va atinadamente: «No es bueno ser demasiado libre» ( 11 ).
Es, por lo tanto, ingenuo quien crea que en. el mundo de-
(11) Pensamientos (Buenos Aires, 1984), XXV § 73.
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MARIO SORIA.
mocrático nace . la. opinión. de modo natural y espontáneo,: poco
menos que como las flores en primavera, gracias a la reflexión
de los ciudadanos que coinciden o discrepan entre sí. E ingenuo,
también, quien piense que .a ninguna opinión se persigue, -ni -abier­
ta ni solapadamente. Huelga indicar que no hablamos de persecu·
clones gubernamentales o policíacas.
El .arte de ser tolerante pro­
fesando
la intolerancia más brutal y de hostilizar a los contrarios,
so pretexto de defender
la libertad, se practic6 con éxito ya en el
siglo
XVIII. En esa época había una especie de vigilancia distinta
de
la vigilancia oficial: se habían constituido cenáculos encargados
de ensalzar a
los afines y de desacreditar a loo adversarios. La
efectividad de tales campañas ideológicas las sufrieron, por ejem·
plo,
los escritores hostiles al enciclopedismo, escritores que pade-·
cieron el ostrscismo en vida y aún. soportan un. castigo póstumo,
ya que sus nombres han caído poco menos que en el olvido, pese
al saber, la perspicacia y el ingenio que demostraron, con frecuen­
cia superiores á los de sus'. enemigos. Actualmente, el poder de ca·
marillas y conciliábulos, junto al influjo omnipotente de la moda,
es capaz de expandir el contagio por toda la sociedad, desquicián·
dola con una fuerza que ni imaginaban los envenenadores anti'
guos. En cuanto a la denigración metódica, también se ha per­
feccionado, porque, aparte del acosamiento legal, que a veces
todavía
se esgrime, ahora se emplea el silencio, en lugar del
desprestigio y la polémica de antaño. Los disidentes; sean del
género que
fueren, están prácticamente muertos y enterrados·.
Nadie los elogia, nadie los impugna, nadie los premia, nadie los
vitupera. Y cuando
es imposible ignorarlos, se los tolera ·con bur­
lona condescendencia, como muestra de magnanimidad social. ¿ Nci
es este el caso, entre otros, de Cioran y de Solienitzin?
De los medios de comunicación procede hoy casi la totalidíid
de las ideas. Ellos claman por la libertad de información, pero
entienden este
término en el sentido de formación del público.
Lejos de ser tribuna donde discutan con
igualdad tocia clase ele
cloctrinas, forman un gigantesco consorcio que difunde una . ideo­
logía general,
nd embargante alguna divergencia de detalle. entre
los miembros del mismo. Esta situación la ilustran, por
ejempfr,,
los contrastes y coincidencias de los diarios .socialistas, liberales
y cdnservadóres, tan _opuesto.-s uhos a otros .en lo accesorio, __ tan_
acordes en lo fundamental. Los medios de· comunicación dan a
sus ideas predilectas un sentido aceptable; acuñan las palabras
necesarias para divulgar aquéllas o alteran el significado de. los
términos ya existentes ; halagan las pasiones del público y saben
convertirlas en colaboradoras suyas ;
adoctrinan, porfían, son pa·
21&
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EL LENGUAJE EN LA PRACTICA DEMOCRATICA,
cientes como buenos profesores con un menor díscolo ; en oca­
siones hasta defienden
la verdad, siempre que de matute pase
con ella la mercancía averiada. En suma, intentan hacerse pedir
de la opinión pública lo mismo que ellos le han insuflado.
¡ Cuántas oportunidades de transformar la realidad mediante
la palabra y la imagen oportunas! Sugerencias, mensajes subli­
minales, adulteraciones imperceptibles de
la verdad, tesis filosó­
ficas o políticas enmascaradas con el entretenimiento. (El cine,
especialmente
el norteamericano, tiene en esto una habilidad so­
berana). Difusión solapada de un idioma que sirva de soporte a
tal o cual imperialismo. Recordemos,
al respecto, la denomina­
ción que dio la prensa durante muchos días (y
todavía hay
periódicos que la siguen usando) a la capital de Kuwait: «Ku­
wait City», como si
se tratara de una. población de Oklahoma
d de Súrrey. Se había anglicizado lo que sencillamente era «ciu­
dad
de» o «capital de», dicho en la lengua que comunicara la
noticia, o, si se quería transcribir la denominaci6n nativa, debía
de ser algo así como «Madina al-Kuwait». Pero, ¿cómo perder
la oportunidad de trufar un
suceso con alguna alusión tribu­
taria de la moda?
5) Al no existir, por definición, ni ley ni
pnne1p10 que
coarte
la libertad de expresión, tampoco existe defensa alguna
contra la falsedad verosímil, salvo en personas o comunidades
cuya instrucción, religiosidad o apego a las tradiciones las pre­
serve del engaño. ¿ No asisúmos, a propósito, a la lucha entre
el peor Occidente y muchas sociedades musulmanas, aferradas
a sus costumbres seculares, a la concepción religiosa de
la . vida,
a un idioma que apenas ha cambiado desde hace un milenio?
Las normas que no dependen del arbitrio individual
o. so­
cial, se consideran a menudo sólo negativamente, en su aSpecto
de restricción o prohibición, pero no como el conjunto de nocio­
nes que dan seguridad a la vida, advirtiendo de los errores,
apartando de los peligros, señalando
la verdad, preservando la
libertad misma ( 12). Eliminadas tales. reglas gnoseológicas y éti­
cas, únicamente queda la incertidumbre, que, en
el caso del len­
guaje, da origen a infinitas piruetas .semánticas, según las carac­
terísticas propias de cada
·saber o actividad humana.
(12) Sin caer en ciertas exageraciones de AmalcÍo Gehlen, que llama
al hombre «Zuchtwesen», «ente disciplinable», -teniendo en cuenta el Ben·
tido· doble de «Zucht» (y también de ·«disciplina»): «educación» y «cas­
tigo», nos parecen· acertadas 'las-observaciones. del alemán _sobre la ley ·y
la' moral como garantfa ambas. de la vida física del individuo· y alumbra~
doras de la "idiosincrasia mísrna del set' humano: «Der· Mensch» (Bonn,
1950), págs. 64 y sigs.; 385 y sigs.
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MARIO SORIA
6) Así, la versatilidad del lenguaje político nace, aparte
de otras causas como la vida urbana, agitada por toda clase de
vicisitudes,
y de ciertos hábitos mentales; nace --decíamos--. de
la autonomía absoluta de la democracia moderna, autonomía en­
tendida de modo que el cuerpo social no esté sujeto a ley alguna
que no proceda de una decisión del mismo. Estd le concede
al
régimen respectivo un poder ilimitado. Se afirmaba que para el
parlamento inglés todo era posible, salvo convertir a
un hombre
en mujer,
y viceversa. Hoy, como también estd último se logra
hacer,
el mundo entero se ha vuelto parlamento inglés. El esta­
do se ha hecho dueño de las palabras, igual que de las almas y
los cuerpos. Con menor rudeza que el Stalin reformador del ha­
bla, pero con mayor éxito todavía, la democracia liberal legisla,
influye, modifica, trastorna el lenguaje. Este resulta fruto de un
sistema ideológico, de emociones, de errores, de prejuicios
d de
rualquier otra circunstancia pasajera.
7)
¿ Y cuáles son las ideas cuya expresión corresponde a ese
lenguaje? Excesivo quizá
sea hablar de ideas. La opinión de la
mayoría se compone de razonamientos muy simples, casi embrio­
narios, que por lo general no superan los que pueda concebir
un adolescente no muy avispado. Lo que sí abunda en esa opi­
nión son las impresiones1 deseos; tendencias de continuo excita­
das. Por esto, no nos estrañe que se porfíe en cuanto concierna
al sexo, hasta convertir la insistencia en insufrible martilleo.
V ale
la pena que nos detengamos unos momentos en ello, puesto
que
el sexd ocupa el pensamiento de jóvenes y viejos, es materia
de sesudos debates jurídicos, enriquece a sus patrocinadores, hace
famosos a filósofos y artistas. Pero no el sexo a
secas, porque eso
resultaría demasiado burdo y hasta menos eficaz a la larga, sind
el sexo con ínfulas intelectuales, mezcla de un Freud vulgariza­
do
y de la sociología marxista, batiburrillo de donde surge una
especie de ética al revés, que ensalza la lujuria
y casi obliga a
entregarse a ella. Salen a escena conceptos altisonantes como
«progreso», «liberación», «amplitud de moral», «autonomía», et­
cétera,
y a quienes ni siquiera han oído hablar de los moralistas
nuevos, los encandilan las palabras, igual que a los salvajes su
fetiche.
Así, lo que sólo forma parte del hombre, se vuelve el
hombre entero. Esto conduce a una chusca «Umwertung aller
Werte», que diría Nietzsche, transvaloración de todos los valo­
res. Buscar el goce genésico resulta el principio moral suptemo.
No
tiene la vida otra meta. La castidad es contraria a la natura­
leza. Publicidad y literatura se encargan de demostrarlo a cada
momento.
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EL LENGUAJE EN LA PRACTICA DEMOCRATICA
No es necesario ser uno gazmoño para sentirse por los menos
sorprendido, a causa de la reiteración con que la propaganda
comercial emplea
cierra clase de incitaciones. Y, sorprendido tam­
bién, considerando
la incongruencia de ofrecer una mercancía
inocente o vulgar, casi
como se ofrece al viandante un burdel.
En efecto, véndase lo que se vendiere: ceniceros, lavaplatos,
automóviles, tranvías, bolígrafos, ositos de felpa, chimeneas o
papel de carta, siempre aparece en la publicidad respectiva una
pareja en paños menores.
·Pero, si el profano ve un despropósito
entre
el objeto y el modo de presentarlo al público, los padres
del anuncio, buenos psicólogos, conocen perfectamente
el vínculo
de una cosa con otra. La incoherencia entre
la imagen y la mer­
cancía es

sólo aparente, porque lo que
se sugiere es que la utili­
dad, el ahorro de tiempo, el gusto y
demás que proporcione un
objeto, se asimile al placer sexual, culminación --como ya seña­
lamos-de la existencia humana. Imágenes y palabras componen
un lenguaje inusitado, del que
ha desaparecido el enlace racio­
nal y donde
la palabra misma queda reducida a mero sonido,
cuyo destino
es casi únicamente llama la atención. Las inter­
jecciones sirven para esto de mar.avilla.
Contaminado
el lenguaje corriente, de la infección no se salva
la literatura. Describir el sexo, extenderlo, ensalzarlo, angustiarse
por
él, defenderlo, añorarlo, descubrirlo en los sitios más inocen­
tes, hablar de él como de lo
máximo y único es función no sólo
de la literatura
pornográfica, sino de un sinfín de obras perte­
necientes a las tradiciones literarias más dispares. Y a menudo
el libro erótico mismo importa mucho menos que la lascivia en
bruto de su autor. Esta carece
de las sutilezas y requilorios de
la pluma;
es más adecuada al basto paladar de la mayoría. ¡ Cuán­
tas celebridades se fundan en la vida escabrosa r De la Beauvoir
despiertan mucho menos interés sus teorías feininistas que el nú­
mero de colegialas que pasaron por la cama de aquélla. Genet
debe bastante de su fama, mérito genuino parte, al haber sido
presidiario y homosexual. Fernando Arrabal ruvo la feliz ocurren­
cia, a los comienzos de su carrera de es_critor, de fotografiarse
en calzoncillos cuadriculados d de lunares (no recordamos . bien
el importante detalle),
y muchos se convencieron de que persona
que así
momaba su intimidad era sin duda un genio. Cierto es
que también los fervores antimarxistas del autor de «Carta a los
comunistas militantes españoles» chafaron después
el entusiasmo
primitivo; pero, con todo, cabe decir que quien tuvo, retuvo.
El señor Aranguren, agotadas ya la vena filosófica ·y la demago­
gia estudiantil, declaró que, a sus ochenta años, podía competir
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MARIO' SORIA
con cualquier semental. Hételo convertido en uno de los pensa­
dores
más importantes del siglo xx. La notoriedad de Bruno
Béttelheim estriba en haber descubierto tales obscenidades
ocul­
tas en la mayor parte de los cuentos infantiles, que ya nadie se
atreve a confesar que ha leído Caperucita Ro¡a o La Cenicienta.
Y podtíamos seguir indefinidamente.
8) Ya observamos que
la ppinión general es, en gran parte,
producto de los medios de comunicación. Queda, no obstante el
sutil aleccionamiento, abierta una anchísima puerta al capricho,
si bien éste acaba a la postre domesticado y los dictadores de
la
palabra aprovechan sus pujos anarcoides para hacerle decir lo
que ellos quieren que diga. Porque, curiosamente, en el mundo
democrático
la desobediencia suele estar mandada; el desorden,
ordenado ; la gana, reglamentada. Esto es palmario en la ropa,
la comida y las costumbres. También con la palabra sucede lo
mismo.
El lenguaje es fascista, afirma Rolando Barthes ( 13 ). Enton­
ces, para escapar de la
tiranía de las palabras, provistas de sig­
nificado preciso y sometidas . a la sintaxis de cada idioma, nada
más adecuado que crear un mundo artificial, donde el sentido
dependa enteramente
de su creador,. no de las cosas mismas ni
de la tradición semántica y sintáctica. Esto se logra por
la am­
bigüedad, la distorsión constante del sentido original, el crédito
que una estructura verbal inusitada adquiere merced a la radio,
la televisión y la prensa. También
el modo erróneo o descuidado
de expresarse los personajes públicos tiene gran poder para per­
vertir el lenguaje. El «catorceavo» de un ministro y el «contra­
dizco» de otro no sólo revelan la incultura de ambos hablantes,
sino que inducen a imitar
esa incultura por parte de los papana­
tas. Semejante lenguaje
se presenta como prototipo de moder­
nidad; la imprecisión y hasta la falsedad significan progreso.
En
cambio, la exactitud, la pureza lingüística, la variedad morfoló­
gica, la riqueza de· vocabulario constituyen una actitud reproba­
ble, reaccionaria. El ideal del habla
es la plebeyez, las muletillas,
los circunloquios por falta de léxico, tal como parlotea la
mayo­
ría de los urbícolas, adoctrinados mediante la publicidad y los
medios de comunicación
.. Universal ·es el fenómeno. A unos as­
pirantes españoles a petiodistas les recomendaba cierto veterano
tomar
como ejemplo el «Mirror» londinense, cuyos editoriales
nunca empleaban
más de quinientas palabras distintas, como si
toda la realidad se hubiese reducido a lo expresado por aquéllas.
(13) RoLF KLOEPFER: «Roland Barthes. Unterwegs im Reich der
Zeichen», en Neue Zürcher Zeitung, de 8 de agosto de 1980, pág. 27.
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EL LENGUAJE-.EN LA PRACTICA DEMOCRATICA
En.Grecia, la forma purificada del dialecto vulgar, glossa katha­
revoúsa, heredera directa de la lengua clásica y que había sido
uno de los soportes seculares de la nacionalidad helena, fue, por
obra de gobiernos conservadores y socialistas, sistemáticamente
proscrita
de la enseñanza y la administración pública, en bene­
ficio de un idioma relativamente muy pobre (14). El ideal de
Atenas, como por doquiera,
es el inglés.
9)
La lengua as! simplificada no es ya expresión de un pen­
samiento que, a su vez, refleje la realidad.
Es ante todo -ya lo
señalamos-instrumento de aleccionamiento y de dominio. Esto
se comprueba examinando la publicidad ; y también lo confirma
el modo de hablar de los políticos. El hombre público que va
perorando pueblo por pueblo, acariciando niños, sonriendo a las
mujeres, accediendo a cuanto le pidan, añade a toda esta comedia
un lenguaje adecuado, el mismo que truena en los parlamentos,
decora los informes ministeriales, explica
los programas partida­
rios, llenos de ofertas seductoras. Empleándolo,
el político busca
conseguir
el poder y perpetuarse en él. Ese es su fin principal.
No miente por el gusto de mentir, ni dice
la verdad por el im­
perativo de ser veraz. Puede ensartar úri embuste tras otro, lo
mismo que lanzar verdades como puños, siempre que con ello
impresione
al oyente. El político no amonesta, si sabe que mo­
lestará inútilmente a su auditorio, compuesto de votantes futu­
ros. Inquietará, excitará, sólo si así se atrae las voluntades. Pro­
mete, aun a sabiendas de que nunca satisfará sus promesas. Ha­
laga, no importándole alentar con ello las peores pasiones de la
muchedumbre. Además, ventea, como el mejor perro de presa,
los temores, prejuicios, deseos de sus partidarios y de ciertas
faociones de la sociedad. Si el pueblo· quiere escuchar himnos de
guerra, el político es el primero en entonados, porque cree que
vale
más la ruina. de su país que perder unas elecciones. Cuando
la multitud es remisa en servir bajo las armas, jamás se ve con­
tradicha. El secuaz estricto de la democracia ideológica es, quiéra­
lo
él o no, demagogo.
Este idioma proscribe el razonamiento, salvo el muy elemen­
tal y especioso. Corre de las premisas a las consecuencias sin
re­
flexionar nunca. No examina la complejidad de una situación,
porque el político tiene prisa y los oyentes también
se impacien­
tan. Los unos creen y el otro finge creer que Jauja puede ins­
taurarse en pocos meses, merced a ·unas cuantas· leyes, y que, .si
no se logra llevar a cabo el cometido, es por culpa del comunis-
·. · {14) GREGORIO MANoUSAKIS: «'Eléftheros K6smos' und die griechische
Politik», en Criticón, núm. 50 (noviembre-diciembre de 1978), pág. 304 .
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mo, el capitalismo, los terratenientes, el fascismo, los judíos, la
Iglesia, la dictadura de hace cincuenta años o cualquier otro chivo
expiatorio.
La pobreza intelectual de este lenguaje es extrema,
pero conserva el suficiente contenido para seducir a los simples.
Cuando un político afirma que en un régimen socialista el esta­
do le dice
al ciudadano: ven, sentémenos y conversemos acerca
de las
dificultades, nd imponiéndole soluciones, como lo hacen
los regímenes autoritarios, ese político está diciendo una sarta
de disparates, los cuales,
sin embargo, no dejan de surtir efecto
en
los irreflexivos. Y si a ello se suman el ceceo andaluz y cierto
desparpajo, puede descontarse el éxito.
La palabra manipulada es sumamente celosa. A veces, como
el perro del hortelano, ni come ni deja comer. Si no prevé triun­
fos politicos o económicos, cabe que
se despreocupe de continen­
tes enteros ; pero no permite que otro poder irrumpa en lo que
juzga la democracia coto universal suyo. Africa, por ejemplo,
salvo su parte meridional, ha dejadd de llamar la atención de
los
periodistas, a pesar de la desertízaci6n, el hambre endémica, las
enfermedades y las guerras tribales con sus horrorosas matanzas.
Pero, hete
aquí que viaja el papa a esos países y denuncia una
situación atroz. Como la Iglesia, por su origen, su jerarquía y sus
fines no
es santo de la devoción de mucho politico demócrata,
llueven sobre
el pontffice los dardps de los medios de comunica­
ción, acusándolo de vanidoso, despilfarrador, trotamundos, amigd
de déspotas, etc.
Para este lenguaje carece de importancia la contradicdón.
Ni
los politices ni los medios de comunicación se preocupan de
arrnonizar
sus palabras con los hechos ; ni siquiera se preocupan
de concordar las palabras de
un día con las del día siguiente. Se
afirma hoy lo que mañana se negará, sin tomarse la molestia de
explicar si hubo error o mentira. Y cuando han transcurrido me­
ses o años de un acontecimento, con mayor desvergüenza todavía
acreditan versiones antitéticas a las ptimeras que se sostuvieron.
Recuérdese, por ejemplo, cuanto decía,
antes del gobierno de
Gorbachof,
el diario El País sobre la revolución húngara de oc­
tubre de 1956 o sobre el movimiento polaco «Solidaridad», y
compárese con lo que dice ahora. La más reciente de las adulte­
raciones, tanto en boca de los politicos occidentales de viso como
en los papeles e imágenes de sus mandados, es, sin duda,
el caso
de Sadam Husein. Quien había sidd amigo y buen cliente, por
comprador de
gases asfixiantes a Francia y Alemania, aviones á
Rusia, tanques al Brasil, etc., aparte de haber tenido abiertas las
arcas de Riad y de Kuwait, todo ello con la anuencia, huelga
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EL LENGUAJE EN LA PRACTICA DEMOCRATICA.
decirlo, de Estados Unidos, se ha convertido de pronto en «.dic­
tador», «tirano», «carnicero» y otras lindezas. No sirviendo ya
la criada y habiendo salido respondona, nada impide revelar los
crímenes que sólo de unos pocos eran conocidos. Y, en efecto,
se
han revelado, pero cuidando mucho de no mencionar clara­
mente a los cómplices del iraquí, salvo a los rusos, cuyas anchas
espaldas en la materia cargan con todas
las atrocidades imagina­
bles. La capacidad de olvido de la muchedumbre, la ignorancia
y la superficialidad generales, el alud de noticias, su continuo
sucederse, logran que casi nadie averigüe el porqué de tan radi­
cales cambios.
La ambigüedad sirve de maravilla para tales metamorfosis.
Por eso, el lenguaje de los personajes públicos, de tosca claridad,
cuando trata de conseguir votos, se refugia en generalidades y lu­
gares comunes, si tiene que enjuiciar un asunto complejo, disiM
mular una derrota cJ un desacuerdo, encubrir la perplejidad. Nadie
le pida entonces
explicaciones a un político, porque éste se es­
currirá como una anguila o se enfurecerá, con las consecuencias
imaginables para el imprudente que suscitó el enojo del podero­
so. El derecho de información, fundamental -según dicen-en
cualquier democracia, suele reducirse a escuchar las consignas,
sugerencias, enigmas o vacilaciones del gobierno, resobados y di­
vulgados después por la prensa y la televisión.
10) El divorcio entre lenguaje
JI realidad también se hace
palpable en otro aspecto, que parece la
antítesis del cambio arbi­
trario:
nos referimos a la hipertrofia de las abstracciones y al to­
marlas
pcJr entidades genuinas, particularmente las abstracciones
que no
se establecen «cum fundamento in re», como dicen los
escolásticos. Y sostenemos que este pulular de términos, con
frecuencia extravagentes, parece lo contrario de las variación vo­
luntaria de significado, porque, si bien se mira, procede de la
misma fuente: el capricho
y la desvinculación entre la palabra y
el ser. Perdido el arraigo ontológico, las palabras siguen las mo­
das de opinión, o bien crean su propio mundo semántico, de
acuerdo con un sistema ideológico, universalizando tendencias,
pareceres, intereses parciales. Las abstracciones también compren~
den multitud de ideas confusas, de sentimiento indefinidos, de
impresiones mal fundadas. Todo este contenido turbio parece
ad­
quirir inteligibilidad mediante la conceptualización. La mente no
analiza la idea que así le presentan, contentándose, poco menos
que a ciegas,
con algunos vestigios razonables.
La conceptualización puede afectar a personas, hechos o co­
sas, a todos los cuales despoja de su carácter concreto y los funde
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MARIO SORIA
en gigantescas entidades, no producto de la suma de sus miem;,
bros, sino de una misteriosa síntesis semántica, inaprehensible
por los sentidos e inexplicable para la inteligencia. Así, los co1r
ceptos de «estado», «banca», «pueblo», «burgués», «evolución»,
«revolución», «progreso», «reacción» y ¡nil otros. Tales abstrac­
ciones, generalmente escritas con mayúscula, diríase que son
vi,
sibles y tangibles, tan grande es su influjo y tanta la familiaridad
con que se las menciona. En ningún caso se tiene en cuenta que
no son sino pseudoentes, cuya consistencia estriba en los indivi·
duos a los que por comodidad se ha incluido en un nombre c<>c
lectivo. Aparte de ellos, es un término vacío. Pero semejante
conceptualización a menudo revela mucho más. que la mera .como·
didad significativa. Cada una de esas realidades ficticias suele ocul0
tar una idea-fuerza o energía mediante la cual se multiplican hasta
el infinito
los hechos o cosas que, aislados e incluso repetidos
multitud de veces,
no causarían el efecto que causan embutidos
en una denominación general.
El político que se apoye en lo que
se llama «la nación», «el país», «los empresarios»,
«el partido»,
«la
izquierda», «la derecha» o cualquier otra generalización simi0
las, tiene para el vulgo mucho más respaldo que si pretendiera
justificar
su fuerza calculando los · sufragios que ha ganado por
despechd,
los que afluyeron por interés, los que coinciden ,sólo
a medias con cuanto él propugna, etc. La abstracción simplifica,
a la
vez que magnifica.
11)
Para terminar este breve análisis, nos adelantaremos a
una objeción que tal vez quepa hacérsenos: hemos criticado, como
si no existiera otra forma de hablar que la de políticos, propa­
gandistas y agentes
de publicidad. Diríase habernos olvidado de
la lengua natural de incontables personas, que se refieren a las
cosas con los términos adecuados y cuyo oficio, profesión, sen­
timientos y cultura les ha dado un amplio vocabulario, corres­
pondiente a una rica experiencia. Sin duda, hemos exagerado un
ápice, como suele hacerse en
casos parecidos, para poner de re­
lieve la falta; sin embargo, no creemos haber sacado la materia
de quicio. Hemos tratado de
los términos y modos de expresión
más en Cá!ldelero en nuestra sociedad, de los que intentan mo-,
dificar nuestro pensamiento y el verbo que lo manifiesta, apat­
tándolds de la verdad, corrompiendo el
lenguaje que todavía
permanece puro. Y desde este punto
de vista, de la aberración
que ello significa,
es , seguro que nos hemos quedado más bien
cortos.
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