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Sociedad y religación: la ciudad como habitáculo humano

SOCIEDAD Y RE-LIGACION:
LA CIUDAD
COMO HABITACULO HUMANO
POR
RAFAEL G.AMBRA.
He aquí un título que sonaría bien a un tecnócrata moderno
interesado en la construcción de nueva planta de una ciudad "fun­
cionalmente" adecuada a las necesidades (económicas, biológicas)
del hombre.
No es mi tema, sin embargo, la cindad en su sentido
urbanístico,
ni menos concebida como un "habitat'' tecnológico,
sino la
ciudad humana en sí, aquello que, con estructtlit'a, fines y
jerarquía, forman los humanos reunidos eh sociedad; aquello que
los griegos llamaron polis y los romanos civitas.
La etimología y las derivaciones del término Ciudad nos acer­
can al
gran tema de la significación y la trascendencia que ella
posee
para la vida del hombre como habitáculo de éste en toda
su dimensión de profundidad. De la voz griega polis deriva la
palabra francesa
politesse y la castellana po&ía, que el lenguaje
castrense conserva todavía
en su primitivo sentido de limpieza
y arreglo personal; y el término política, que es la ciencia del
quehacer
(agible) de la gobernación de los pueblos. De la equiva­
lente voz latina
e.vitas deriva el calificativo civil (y su contrario
mc/¡¡¡4¡¡) y el concepto de ci'lfilización. Los romanos llamaron tam­
bién a la ciudad urrl>s, de donde el calificativo de urbano y el con'
cepto de urbanidad. Y de lo más granado o refinado de la Ciudad
-la corte--deriva la palabra cortesía.
Todos estos sentidos y derivaciones dibujan la idea de un
cierto decoro o refinamiento --orden y armonía en _su vida-que
adquiere
el hombre al vivir en sociedad, y que lo diferencia del
animal, y también del hombre embrutecido
por la soledad o el ais­
lamiento. Noción cuyos sentidos se oponen a los términos de fe-
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rocidad (condición de las fieras), sah;ajismo (caracter selvático o
de las selvas), rusticidad (condición agreste o rural).
¿ Qué es entonces la Ciudad -la sociedad radical humana-,
esta realidad que parece proporcionar al hombre su condición di­
ferencial y el ámbito
de su humano desarrollo? El hombre, en
todo tiempo y lugar, ha vivido en sociedad. A diferencia de los
animales, que viven generalmente aislados o se unen sólo transi­
toriamente para los fines de procreación o defensa, el hombre ha­
bita siempre un medio social (sociedad política)
en la cual encuen­
tra sus condiciones naturales de vida. Esto es para el hombre,
ante todo, una necesidad; los animales poseen en su cuerpo me­
dios individuales de defensa, así como piel adecuada para prote­
gerse, y en su naturaleza instintos muy vigorosos para procurarse
lo necesario. El hombre, inerme, delicado en su organismo e in­
ferior en sus instintos --único ser en la naturaleza que vacila­
sería el más desvalido de todos los animales si no viviera en so­
ciedad. De aquí que sólo rarísimamente y por accidente pueda ha­
llarse un hombre que viva en aislamiento absoluto, y
en estos
casos, o
se trata de una vida profundamente antinatural {animali­
zada) o de una situación transitoria en espera y diálogo interno
para con el medio
social en el que creció.
La sociedad, sin embargo, suple con creces en el hombre cuan­
to de defensa o instinto pueda fallarle, y hace de
él el animal
menos sometido al riesgo o a la
servidumbre de la naturaleza ex­
terior,
el más libre y menos indigente. Pero también, a diferencia
de los animales
gregarios (hormigas, abejas), la sociedad no es
algo que absorba la individualidad de cada hombre hasta hacer de
él un mero operario del grupo, una pieza del quehacer colectivo,
sino que es en
la sociedad· donde el hombre preserva su propia
personalidad, que siempre mantiene en su seno un sentido y fina­
lidad propios, independientes del
grupo.
Pero la Ciudad constituye, además, el medio indi'al'ffisable para
el desarrollo y perfeccionamiento espiritual del hombre. Fue Blatón,
el más metafísico de todos los filósofos, quien conmprendió con
mayor hondura el valor del habitáculo social del hombre y la
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importancia de la política para el progreso moral del hombre.
El vio cómo el ideal socrático de que el hombre se conozca a sí
mismo y se guíe por la razón y por su propio impulso moral es
sólo realizable en el seno de la ciudad justa, nunca en aislamiento
ni en un ambiente corrompido. La Ciudad es como el navío de
los hombres, a bordo
del cual se enfrentan éstos a la furia de los
elementos y alcanzan su término o destino. Pero en el que pue­
den también naufragar. Cuando un barco está bien pilotado y rei­
na a bordo
el orden y la jerarquía, todo en él, incluso los defectos
de la tripulación, aprovecha para el bien. (Pensemos en la rudeza
de la marinería, que puede ser necesaria en momentos de peligro.)
Cuando, en cambio, la dirección es débil y vacilante, cuando se
duda en el navío de la ruta emprendida o surge el temor del motín
interno, todo en
él conspira hacia el mal, incluso las virtudes de
los buenos a quienes el mismo pánico en la defensa de los suyos
convierte en fieras.
Y de tal manera son la vida privac!a y la pública interdepen­
dientes que --''salvo preservación de los dioses"-la corrupción
de la ciudad corrompe al hombre, y en tanto mayor medida cuan­
to mayor es la calidad de su alma, porque "la corrupció11 de lo
mejor es lo peor". Al igual que la mala tierra perjudica, ante
todo, a las buenas plantas haciéndolas degenerar o morir,
al paso
que permite
la vida de las malas hierbas, así la sociedad -tierra
del hombre-acarrea con su corrupción la degeneración moral de
los mejores.
Esta mutua adaptación del hombre y su medio político-social
podría interpretarse como una anticipación del moderno ideal
marxista de re-cre/JJr por la praxis tecnocrática la Ciudad del Hom­
bre y, a la vez, el "Hombre social". Sería la idea marxista de que
la ciencia no debe limitarse a eonocer la realidad, sino a crearla
de nuevo según su óptica y sus medios técnicos.
Es Aristóteles, sin embargo, quien nos aclara el sentido de la
concepción política de su maestro con su profunda teoría de la
sociabilidad natural del hombre, y del hombre como "animal po­
lítico".
La sociedad -la po"bls-es, según ella, como una pro-
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yección del hombre, de modo tal que es la naturaleza de éste, toda
entera,
la que ha de reflejarse en esa proyección. No es la socie­
dad fruto sólo
de la razón y de la voluntad humanas, por más que
estas facultades superiores
-origen del lenguaje y del amor hu­
mano--sean las determinantes. Pero la naturaleza humana cala
diversos estratos ónticas que poseen su propia proyección en la
realidad social. Asi en el hombre existe, ante todo, una forma na­
twral, como en los demás seres de la naturaleza, a la que corres­
ponde
nn poder de adaptación ciego y espontáneo, una tendencia
a su bien sin conocerlo
(el desid:erium naturae de los escolásticos).
Posteriormente, el hecho del conocimiento sensible, animal, deter­
mina en el hombre una
apetkión sensible, instintiva, que desea su
bien en concreto, sin aparecerle su razón de bondad. Por
fin; el
conocimiento racional determina la vol-ici6n libre, tendencia hacia
su bien bajo la razón misma de apetibilidad:
De aquí que la sociedad básica humana no sea fruto de ·una
convención, pacto o constitución, como pretendía el racionalismo
político, ni pueda tampoco resultar de una planificación técnica
como pretende el socialismo en sus diversas formas. En la socie­
dad colaboran impulso natural, instinto e intelecto, al igual que
sentimientos y .emociones cuya función como aglutinante social es
muy profunda, Incluso la razón que pr,eside (o debe presidir) a la
Ciudad humana en su gobierno y progreso, no es la razón pura,
desencarnada de lo real, sino la sabichría de la vida, ese fruto
de la prudencia y del arraigo que debe también dirigir la vida
de cada hombre. Sabiduría procede del verbo latino sapere (gus­
tar), y
es el saber gustado, incorporado a sí, hecho propio en
una honda moción de la voluntad. Tal es el saber del sabio, que
tanto puede diferir del saber meramente científico o erudito. Con­
secuencia
de esa sabiduría para con la propia Ciudad -y para con
la familia, que es su germen-es la p.ietas, impulso de veneración
cordial a cuanto su vis profunda o tradición representa. Según
Sciacca, a este sentimiento de piedad
se opone la stupiditá ( o es­
tolidez), ceguera e insensibilidad hacia la tradición que nos crea,
ampara e impulsa.
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Platón, por su parte, había concebido a la Ciudad cerno una
proyección de
las tres facultades humanas (pasión, ánimo y razón)
representadas en ella por sus tres clases sociales (pueblo, guerre­
ros y sabios). Clases que responden,
según él, a los tres bíenes que
la naturaleza humana requiere de la comunidad y que sólo en ella
(y no en estado de aislamiento) podrá encontrar : los bienes ma­
teriales necesarios a la vida
-labor del pueblo-, la defensa y la
paz ---1llisión del guerrero--, y la preservación de la fe y de esa
"pi etas", cometido del sabio. La armonía de las tres clases, con
sus respectivas virtudes (templanza, fortaleza o valor y prudencia)
y con una recta correlación de deberes y derechos, engendra la
justk.u en la Ciudad, que repercute en la vida virtuosa de sus
miembros.
Pero la Ciudad, además de constituir una proyección de la
naturaleza humana en los planos ónticas en que ésta cala, y de
las facultades o potencias del alma, lo es también de las condicw­
nes-tímí,te del ser humano: su individualidad y su esencial reli­
giosidad.
Del mismo modo que no existe el hombre ni su naturaleza,
sino hombres concretos que realizan esa naturaleza de modo con­
creto e individualizado, así tampoco existe la Sociedad o la Cvu­
dad en abstracto, sino ciudades o países concretos, individualiza­
dos en una tradición histórica. Cada país es un sistema de creen­
cias, modos colectivos de reaccionar, costumbres, instituciones y
recuerdos comunes que responden a un común espíritu creador y
autodefensivo. Con ocasión de los recientes actos para la procla­
mación de Santa Teresa como Doctora de la Iglesia, Pablo VI
invitó a la Iglesia española a no vivir tanto de la gloria pasada
como de un enfrentamiento con el porvenir. Esto me hizo re­
cordar aquella frase de Gustave Thibon en la que, explicando por
qué era
él tradicionalista y no en modo alguno arqueólogo o folk­
lorista, exclamaba: H ¿. no veis que cuando lloro sobre la ruptura
de una tradición es sobre todo en el porvenir
en lo que pienso?
¿ Que cuando veo pudrirse una :raíz si siento piedad es por las
flores que mañana se
secarán faltas de vida?" Frase equivalente
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a aquella de Menéndez Pelayo: "Donde no se conserve piadosa­
mente
el recuerdo del pasado -pobre o rico-no espereis
que brote un pensamiento nuevo o una idea dominadora." Y a
aquella otra de Eugenio d'Ors : "lo que no es tradición es plagio".
Las sociedades históricas adquieren asi su personalidad en un
proceso temporal dotado de sentido, que constituye su tradición.
El las dota de un "rostro humano", condición para ser amadas
y consideradas por el hombre como algo propio y entrañable.
Nadie puede· amar a una demarcación racional o funcionalmente
trazada, como un partido judicial o una provincia napoleónica
o una reg-íón económica, pero sí ama espontáneamente a su pue­
blo, a su comarca histórica, a su patria.
La natural religiosidad del ser humano se proyecta asimism;i
en la sociedad y en sus realizaciones históricas. Los orígenes de
las mismas y el sentido profundo de su tradición no es nunca
ajeno a una básica inspiración religiosa. Sólo la religión -fa
creencia y la emoción de una misma fe-ha unido a los grupos
humanos para formar una gran civilización y expansionarse. Tal
fue el origen, por ejemplo, del mundo islámico, y también el aglu­
tinante inspirador de nuestra
civ.iliiación en sus oscuros orígenes
de la Alta Edad Media. Sin religión -re-ligación a un orden
trascendente-no surge un pueblo ni una cultura histórica del
tr-ibalismo primitivo. De aquí el "rostro divino", sacralizado, que
ofrece toda Ciudad histórica,
junto a aquel "rostro humano" que
la hace personal y diferenciada.
¿ Cómo se realiza, sin embargo, esa inserción de la religiosidad
en la sociedad humana? ¿ Por qué vías adquiere la Ciudad de los
hombres ese "rostro divino" que debe marcarla de forma parecida
a la fe que ilumina -o debe iluminar-la vida de los individuos?
¿ Se trata sólo de su origen remoto, del inicial impulso de su tra­
dición? ¿ Se recibe acaso de la mera religiosidad personal de sus
miembros por vía
de adición y en la medida en que ésta exista?
Es éste el mar en que naufragan hoy incluso las mentes más
religiosas, y
el marasmo en que se debate la sociedad y aun la
Iglesia actuales. Es también el origen de las actitudes más para-
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dójicas y sorprendentes: sacerdotes que quieren ''encarnarse'' en
"el mundo" y que, a la vez, procuran "desacralizar" la sociedad,
esto es, destruir el ámbito único ·en que como tales sacerdotes
podrían "encarnarse". Una Iglesia "pobre" que dice renunciar ge­
nerosamente a toda clase de poder, para,
al propio tiempo, con­
vertirse en competidora del Estado en fines puramente temporales.
Unos clérigos que buscan "un nuevo rostro de la .Iglesia'' más
conforme con su misión sobrenatural, para luego ocuparse sólo
de cuestiones económicas y "sociales" ...
En el epicentro de todo este terremoto 4octrinal y disciplinario
se encuentra la gran cuestión de la antropología filosófica moder­
na: ¿ qué es el hombre? ¿ Cuál el sentido profundo de su dina­
mismo?
Desde el Renacimiento y el racionalismo, pasando por el uti­
litarismo
y la Revolución, la imagen moderna del hombre es la
de un
puro ruúcleo {o cápsula:), un algo perfecto y ¡,rofundo, sn­
jeto de la racionalidad
y de la bondad natural roussoniana; algo
valioso en su "autenticidad" que ha de liberarse o desvincularse de
cuanto le constriña para llegar a expresarse en su verdadera es­
pontaneidad. A título de realidad primera, ese Y o teórico -racio­
nal y comp1eto en su ser-vino a convertirse en el sujeto de la
Te aria; del Conocimiento y de la ética formalista en que se cifró
la filosofía de toda una época. El Y o surge, según esa mentalidad,
cuando logra librarse de las trabas, "prejuicios", afectos o com­
promisos
--del "irracional histórico" -que coartan su libre ex­
pansión.
La literatura típicamente moderna fue, en general, un prolon­
gado esfuerzo
por liberar a ese supuesto núcleo individual, fuente
personal de espontaneidad
y de verdad, de la contrainte del mun­
do exterior,
es decir, de la costumbre y de la ley, de la autoridad,
de la misma legalidad lógica. Quizá haya sido Gide quien cul­
minara este anhelo desvinculador que tuvo sus raíces en el in­
dividualismo racionalista: Je me penC'he ver#gineusement sur les
possi,b;lités
de chaqwe éi.-e, el pleure taut ce que le cawvercle des
moeurs a.trophie. Por este camino, y antes de llegar a la pura
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potencialidad vacía o a la nada que habita en ese supuesto indi­
viduo abstracto; es por donde la literatura moderna exaltó
en
su comienzo las pasiones primarias e instintivas, y más tarde la
acción contra
toda norma gratuita. "Una cosa permitida ---con­
cluirá
Gide-no puede ser pura." Consecuencia de este impera­
tivo desvinculador o "liberador" hubo de ser
el desarrollo de la
actitud meramente estética
---incom,prometida.--del hombre. "El
ideal de la vida -escribía Middleton-no puede ser más que
estético: ningún otro poder fuera de la intuición -estética nos per­
mite imaginar y concebir."
Ese "núcleo" humano que, según esta teoría, ha de ser libe­
rado de todo género de constricción es concebido de distinto modo
por las distintas escuelas de pensamiento moderno. Para unos .era
la Razón, fuente de luz y rectitud (racionalismo de la Ilustración);
para otros, la libre espontaneidad exenta de vinculaciones trascen­
dentes o históricas (liberalismo) ; para otros, el impulso sexual
libre de represiones y frustraciones (freudismo); para otros, en
fin, la satisfacción de los imperativos económicos, libre de super­
estructuras periclitadas (marxismo). Liberar de obstáculos a ese
supuesto núcleo humano ("humanismos" modernos) es, para to­
dos, la función de la filosofía, de la cultura, de la ,revolución ...
Según la concepción tradicional ajena al racionalismo, el hom­
bre es un .ser iniciaimente potenciaJ : en su nacimiento casi un mero
haz de potencias humanas que -en más o en menos-irán ac­
tuándose a lo largo del vivir. Como se
ha dicho de él, ·"es una
nada con potencia de eternidad (de vida eterna)". Sus potencias
hnmanas, mediante el libre arbitrio de su voluntad, harán posible
para él una vida humana que las actualice en una auto-construc­
ción de su personalidad.
La gracia, potenciando su naturaleza, le
otorgará los medios para ese último destino sobrenatural. Pero
será siempre en relación con las cosas
--con su bien-como rea­
lizará el hombre su vida y edificará su personalidad. Será median­
te la propia entrega a las cosas
---<1 objetivos extra-subjetivos----,
mediante la creación de lazos de conocimiento y de afecto como
el· hombre llegará a serlo
en el sentido de su actualización. Para-
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dójicamente, no es liberando de trabas y de lazos como se llega
al hombre mismo y a su libertad, sino que es ese sistema de lazos
creados
y de entregas afectivas lo que constituye la personalidad
y
hace posible el ejercicio de la libertad. Algo de esto ha expre­
sado
la filosofía contern poránea ( existencial) con su visión del
hombre eorno eclatement o estallido de potencias creadoras, y con
la teoría del compromiso corno base del orden moral.
Trasladada esta concepción al orden político (y a la cuestión
de cómo
se inserta la religión eu el mismo), señalaba Santo
Tomás que
el fin último o bien supremo del hombre es la bien­
aventuranza, objeto único que puede colmar nuestras potencias
en una plenitud de contemplación y de amor. El fin del hombre
en esta vida ---1-n vía--es alcanzar una vUa virtuosa; una vida,
ante todo : vida posible, refugio habitable para pasar una noche
itinerante. (No
es posible la vida del hombre en estado de aisla­
miento, y tampoco lo sería en un nido de víboras o en un refugio
de asesinos). Pero esa vida ha de ser virtuosa (no cualquier vida,
ni un mero nivel de medios para la misma) : esto es, orientada
hacia aquel bien supremo trascendente. Para alcanzar tal forma
de vida es necesaria al hombre la sociedad, el común orden civil
que, con
el mantenimiento en él de la justicia, haga posible esa
vida, y esa vida virtuosa. Si
el hombre pudiera alcanzar la vida
sobrenatural por las solas fuerzas naturales, bastaría con
el orden
civil o Estado
corno rector de la vida en sociedad; pero como
para tal fin es necesario la gracia (y sus cauces, los sacramentos),
el mismo Cristo instituyó otra sociedad (la Iglesia) encargada de
mantener el depósito de la
fe y la administración de esa gracia v
de esos sacramentos. La sociedad humana incluye, pues, esas dos
sociedades
con fines diversos (uno temporal y otro eterno), que
forman una diarquía complementaria y armonizable.
Si al poder civil eorresponde ordenar la vida en común para
que sea posible, justa y virtuosa, a la Iglesia compete mantener
esa noción de virtud y el término a que ha de ordenarse. No
puede la sociedad civil por sí misma (neutral o "laicamente")
orientar a los hombres en la consecución de la virtud sin la colaba-
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ración de la Iglesia que, manteniendo el depósito de la fe, podrá
otorgar fundamento y sentido último a las leyes, fervor a la
co­
munidad y enlace u orientación trascendente al orden temporai.
La independencia dentro de sus limites del poder temporal y del
espiritual exige una simultánea complementación y armonía den­
tro de lo que puede llamarse la sociedad global humana y en los
asuntos mixtos que miran a
la vez a un fin temporal y al sobre­
natural.
De aquí que cuando la Iglesia abandona los puestos rectores
y la representación estamental que orgánicamente le corresponde
en una sociedad cristiana a título de "renunciar a todo poder te­
rreno",
o cuando deja de defender la unidad religiosa de un país
donde ésta existe y es reconocida, no realiza un acto de generosa
renuncia a lo que es renunciable, ni otorga una libertad que está
en sus manos otorgar, sino que realiza una deserción de aquello
que es su deber y que constituye una parte fundamental de su
misión y cometi.do. Porque una sociedad sin lazos para con Dios.
sin puentes con la Eternidad (labor de ¡,ootífice ), es, como el hom­
bre sin
fe, una Ciudad sin esperanza, regida por las pasiones dis­
gregadoras, sean de poder, de
confort o de igualdad; pasiones in­
saciables de suyo, cauces que llevan al hastío, a la disconformidad
ambiental, a la violencia y a
la corrupción.
A partir
de la Revolución, y de acuerdo con aquella básica
antropología racionalista, la "ortodoxia pública" moderna estable­
oe que el fin único del hombre -tanto individual como política­
mente----es su propia realización o desarrollo, en lucha siempre
con toda forma de obstáculo, constricción, mitología o ( en len­
guaje ya actual)
alienoción. La Ciudad !rumana, como la casa en
la definición de Le Corbusier, será una mera ''máquina !P31ra vivir".
Ya
no constituirá mansión ni patria, no tendrá rostro humano dife­
renciado y estable, ni rostro divino: 110 será sede de la familia ni
de la estirpe, ni patria o tierra de aos padres: sólo vivienda pla­
nificada y administración tecnocrática.
El confort, la dinámica
social, el desarrollo y el "nlvel de vida" se declaran únicos obj e­
tivos humanos en una civilización que
-en frase ele Gustave
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Thibon-ha dotado al hombre de todos los medios de vida a la
vez que le ha quitado las razones para vivir.
Hoy asistimos, como en una pesadilla alucinante, a la incorpo­
ración --<1! menos aparente-- de .importantes sectores de la Igle­
sia Católica a esta mentalidad
antirreligiosa, tanto en el plano de
ta antropología
filosófica como en el de la laicización político­
social. Desde las más altas alocuciones hasta las más modestas
prédicas de los "nuevos curas" un tenue y declinante barniz re­
ligioso trata de enmascarar una nueva seudo-religión del Hombre,
del Desarrollo y de la Paz.
Eu siglos anteriores surgíeron ya en el seno de la Catolicidad
brotes
de esta mentalidad laicista y antropocentrista. El protes­
tantismo,
en nombre de la intimidad de la fe, propuso muy pronto
una desacralización, no ya sólo
del orden político, sino de la
misma Iglesia;
el modernismo, en el siglo pasado y comienzos
de éste, sugirió una paulatina disolución
de la Iglesia en la huma­
nidad entera
-"pueblo de Dios" -y la interpretación de las pro­
mesas evangélicas como el cumplimiento del progreso científico v
social. Una y otra tendencia fueron prontamente expulsadas de
la ortodoxia católica.
A nuestra época
le estaba reservado un nuevo y generalizado
brote de tales tendencias hasta alcanzar
la aparente supremacía en·
el seno de la propia Iglesia. La concepción sostenida por Maritain
de
la nueva Ciudad laica-cristiana y las tendencias de la Demo­
cracia-cristiana que buscan a todo trance la armonización entre e1
cristianismo y el Estado nuevo nacido de la Revolución; el teil­
hardismo y el progresismo que pretenden una identificación de la
fe cristiana (previamente desmitificad,;) con las supuestas con­
quistas de
la Ciencia y la técnica modernas y del evolucionismo ..
abren paso a una absurda interpretación del Cristianismo como
un "servicio a h Humanidad", o como un auxiliar "espiritual"
de la Democracia y el Socialismo universales. No otro es el sen­
tido de buena parte de las palabras que jerarquías muy autoriza­
das de la Iglesia Post-conciliar nos hacen pasar como
"palabra
de Dios".
Consecuencia de tan profundo naufragío es una humanidad
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lanzada hacia su propio serv1C10, sin otro horizonte humano ni
divino que su desarrollo y "liberación" de todo lazo, nexo o cons­
tricción. Rotos los puentes hacia la eternidad o hacia cualquier
forma de trascendencia, secadas las fuentes de todo fervor, en­
trega o compromiso, una humanidad definitivamente estabulada en
los habitáculos masivos de la técnica, sueña con vagas utopías de
pacifismo, inocente espontaneidad o universal libertad. Es el je
fmis fomowr, pas la !!"erre del movimiento hipp'Í!C. Sorda y aco­
rralada protesta de una humanidad que lo posee todo en una so­
ciedad "de consumo y abundancia''; pero que no encuentra otra
escapatoria a las .exigencias de su condición humana
que las dro­
gas o una rebeldía sin sentido, sin límites, sin objetivos ...
Ejemplo vivo de esta parafola delicuescencia de la individua­
lidad y de la sociabilidad humanas han sido las recientes concen­
traciones masivas hippies, como la de la isla de Wigth. Abando­
nada a sí misma
por la policía aquella humanidad sin normas ni
"prejuicios alienadores", plena de "espontaneidad, amor y paci­
fismo", pudo comprobar en seguida que las formas más aberrantes
de exhibicionismo
y de perversión sexual carecen de atractivo
cuando no existe ya un alguien
qUe mire o que se escandalice; que
la música
"pop" pierde todo encanto allí donde a nadie puede mo­
lestarse con ella. Y, aburrida, maloliente y hastiada, aquella hu­
manidad sin trabas hubiera perecido a botellazos eutre sus miem­
bros de no haber reaparecido la odiada policía del mundo de la re­
presión
y la violencia.
Y es que
el hombre, cuando nace apenas es más que pura poten­
cialidad humana prospectiva e intendonal, capacidad de crearse
una personalidad
y de insertarse en un mundo social histórico.
Si de un hombre coucreto se eliminaran todos los afectos, liga­
duras, lealtades que le constituyen; si se le arrancase de una so­
ciedad con sus lazos, costumbres y personalidad colectiva, que­
daría de él no más que aquella potencialidad primigenia e inac­
tuada. Porque, en cierto modo, no somos otra cosa que esos víncu­
los, re-ligaciones e imperativos, hechos sustaucia de la propia
vida por
el fervor y por la entrega.
¿ Podrán los llamados "medios de comunicación masiva" (la
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T. V. eminentemente) reducir al hombre al puro estado de recep­
ción imaginativa, a la situación de espectador vacío, a la fragmenta­
ción y trivialización de su mente? ¿ Podrá haber caído el hombre
definitivamente en la trampa de su propio progreso técnico hasta
la
anulación en él de esos lazos prospectivos e intencionales que con­
dicionan y confieren sentido a su personalidad?
El hombre -el hombre medio, al menos-es hijo de su me­
dio, precisamente por ser "social por ,naturaleza". Este medio, sin
embargo, ha cambiado hoy en el ápice mismo de su re-ligación. El
desenlace de las guerras de religión -la posteridad de Westfalia­
supuso la desacralización, y fa lenta secularización, del orden políti­
co europeo; la Revolución más tarde inició la laicización interna
de los Estados nacionales y, con ella, de la lenta debilitación de los
vínculos y disciplina familiares.
La fe y la cosmovisión del hombre
moderno llevaron idénticos derroteros.
La Iglesia Católica, en fin,
fundamento hasta nuestros días.
para la fe y la moral de individuos
y -colectividades, se lanza en nuestro tiempo en
sus_ sectores más vi­
sibles a "animar" suicidamente fa laicización y el universal "auto­
servicio". Su labor parece ser cada vez menos de pontificado entre
el cielo y la Tierra, para convertirse en pontificado humanitario
entre la diversidad de religiones, ideologías, razas y poderes del
mundo.
¿ Cabe esperar, con algunos optimistas, que "el espíritu hu­
mano sea inmortal" y que los mismos movimientos juveniles de
protesta universal a que asistimos sean síntomas de esa
re.acc10n
última del hombre frente a su definitiva degradación? Esas rebe­
liones globales --contra "las -estructuras"-que voces muy auto­
rizadas de la jerarquía de hoy dicen
"aplaudir y sostener".
Creo indispensable distinguir aquí entre la reacción lúcida
-consciente de lo que perdió y trata de recuperar y acrecentar­
y la reacción ciega, acorraladamente instintiva. Incluso el suicida
que se
ha arrojado a las aguas tempestuosas ejerce movimientos
finales de defensa y supervivencia, aunque no le sirvan ya más
que
para prolongar o agravar su agonía. Tal creo el sentido de
muchos
de los actuales movimientos protestatarios que, si en su
aspecto inicial se revuelven contra una presión -o una deli-
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cuescencía-inhumana, lo hacen en nombre de las mismas armas
que están destruyendo su vida y su misma condición humana (la
libertad individualista,
la igualdad, los seguros y prestaciones es­
tatales, la revolución sin límites ... ).
Existen, sin embargo, grupos de reaccióu lúcida que hacen
frente a este universal desmoronamiento de nuestra civilización,
grupos que nosotros estamos llamados a sostener
y potenciar.
Existen y existirán porque es la fe católica la única verdadera y
porque "las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella", se­
gún palabras que no faltarán, aunque el Cielo y la Tierra lleguen
a pasar.
Por dificil, aislada y desalentadora que pueda resultar
la situación actual de esos grupos, su misión no es menor que la
de "conservar la memoria de las cosas sagradas" y reedificar el
templo de .nuestra
fe y la mansión futura de nuestra civilización.
No por desamparados y en derrota dejaron los hombres de Cova­
donga de cumplir
con su deber con la misma fe que sus descen­
dientes victoriosos de 1a vega granadina. Nosotros, los que cono­
cimos hace tres décadas la difícil victoria de una guerra religio­
sa y patria, y rehusamos encararla con ánimo fascista, hemos de
afrontar este colosal naufragio con la serena firmeza de quien
no ha desertado.
A estos grupos
de resistencia católica y tradicional no puede
corresponder hoy, por desventura de
la época, la grata misióu
de incorporar y de dialogar, sino la más
dura de afirmar y, en
caso necesario, separar. Separar lo mal o equívocamente unido o
lo que con impío irenismo
se pretende reunir. La misión de li­
berar la catolicidad de la Iglesia del falso ecumenismo que intenta
reducirla a un estadio tempera! y local en la marcha de la Huma­
nidad hacia una imaginaria religión superior, "mercado común
de todas las religiones".
Ante tanto confusionismo
y deformación de las mentes, estos
grupos han de aceptar incluso el ser piedra de escándalo para
tantos cuya mente no puede o uo quiere afrontar la verdadera si­
tuación. Y recordar las paradójicas
-y hoy incomprensibles­
palabras de Cristo : "No he venido a traer la paz, sino la guerra."
O aquellas otras: "Quien quiera salvar su alma, la perderá."
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