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El municipio como entramado de familias

EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE FAMILIAS
POR
Jos.t M.ª GIL MoRENo DE MoRA.
¿Por qué se unen los hombres?
El hecho socia1 por el que los hombres viven reunidos en co­
munidades: tiene su origen en ciertos principios motores o mo­
tivos de
los que resaltan tires que son generales a todas ilas .co­
munidades animales y uno específico de las ·oomunidades humanas.
De los tres primeros, válidos para todas las comunidades ani­
males,
el más inmediato es -el que s,e puede llamar de coALrcr,óN~
consistente -en la simple razón física de que fa suma de fuerzas
menor.es vence un obstáculo superior a una sola de estas fuerzas.
T-res hombres Vencen al ,coloso que uno solo no puede vencer.
Principio cuan,titativo de fas caravanas en el desierto para defen­
derse'
de los cuarenta ladrones.
El segundo es el llamado de COMPLEMENTARIEDAD, tanto más
intenso cuanto más perfecta y compleja sea la especie, cuyos
máximos se alcanzan
en la humana. Cada hombre puede desarro­
llar muchas más actividades diferentes que -cualquier otro animal,
es
más complejo, y ,esto le cr,ea muchas más necesidades especia­
les;
mas como cada hombre no puede desarrollar todas las acti­
vidades que necesita a la vez7 se reparten fas tareas: uno ,es zapa­
tero,
,el otro mecánico, herirero, carpintero, etc., y todos disfrutan
el resultado de cada especialidad, que se complementa con fas
otra·s. Principio, pues, cualitativo: Complementariedad de los
sexos : la tuerca y el tornillo.
El tercero, que puede llamarse de SOLIDARIDAD, es el que resul­
ta de la similitud· de necesidades impuestas a los miembros de una
comunidad por el hecho de hallarse en un determinado lugar, con
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jOSE M.e GIL MORENO DE MORA
unas determinadas ,condiciones, una:s determinadas metas, ,étc., todo
lo cual hace coinddir a los hombres de ese grupo social en un
mismo· designio o vocación. Principio que también podría llamarrse
de unidad o comunidad de destino. Principio direccional: Viaje
común de los que quieren
ir a Roma.
El cuarto principio es específicamente humano porque es es­
pecíficamente espiritual: el AMOR. Este es un factor decisivo capaz
de elevar toda la aaión por la capacidad libre de entrega hacia
designios más altos
en el que participan con plenitud la inteligen­
da, la memoria y la voluntad con poder superior al de los instin­
tos.
En este principio el hombre encuentra motivo de acercamien­
to a su prójimo, no por egoísmo y propia conveniencia -como ,en
los tres anteriores, -sino por generoso deseo de beneficiar a otro
ser. Principio
sub/imante y superior ordenador de todos los de­
más, trascendente
más allá de .Ja propia vida. Este da al hombre
capacidad
de ley, pues, como dice Canals, el fin de la ley ·es la
ami·stad.
Estos cuatro principios motores, sin ser los únicos, son los
más
,esencial,es al hecho social, y dlos solos se bastan a dar el
compiejo mecanismo por el que el hombre ·se define como animal
social y no vive solo. Por ellos se juntan los hombres. Compleja
mecánica que tiene espontánea y naturalmente una escuela de
aprendizaje que es la familia en la que todo hombre naturalmen­
te nace, y que desde la cuna enseña a estimular el arte de con­
vivir
en amistad en ese grupo humano que siempre se forma al­
rededor de unos progenitores su progenie y
todos los allegados.
Contémplese aquí a fa verdadera familia amplia, ,en la cual, como
en esferas concéntricas, hay muchos grados de parentesco, amistad
e intimidad o intensidad
de contacto, y que como :por estos lazos
!l"'elaciona a las diferentes familias entre sí causando el que la
verdadera comunidad natural sea un espeso entramado donde
la
sangre, la amistad, la relación de todo tipo, traban :sólidamente
a -las familias entre sí, como éstas traban entre sí a los indi­
viduos.
La sola razón de parentesco -es múcho más intensa de io que
se piensa.
Carlos N oel Martín ha descrito que en un país como
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EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE FAMIUAS
el nuestro o como Francia, todos los actuales habitantes tienen pa­
rentesco entre sí
en et.tanto se remontan diez generaciones por
el juego del implexo en nuestros numerosos abuelos (1.025 abuelos
en 10 generaciones y casi un millón en 20), pero no tan nnme­
rosos ·en la realidad, ¡porque hoy todos nos casamos con nuestra
prima.
Y
aquí me veo forzado a -establecer una distinción importante.
Se trata de la diferencia esencial entre el pueblo, la aldea, la pe­
quefia dudad provinciana, por un fado, y las grandes urbes co$­
mopo1itas, por otro. El entramado de familias es inmediatamente
perceptible en las aldeas y los pueblos pequeños, sigue siéndolo
por grupos y barrios en las ciudades provincianas, deja de serlo
en las grandes urbes. Estudiemos prim,ero a ·las pequeñas comu­
nidades.
Un pueblo o nación, en su origen, naturalmente, se distribuye
sobre un territorio "cubriendo, fa faz de la tierra". Entonces se
van estaMeciendo ·en lugares precisos familias que_ se vuelven tri­
bus y clanes, con caseríos que se vuelven aldeas y pueblos evolu­
ciona nes, instalaciones de mercaderes, etc. Con ello se forman núcleos
de vivienda que son definitivos ,en cuanto que definen, por límites
naturales, condiciones varias de dima, medios de comunicación,
recursos naturales,
vencidad; definen, decimos, modos de convi­
vencia, emparenta.mientas, raza,
cultura, ·etc. Estos asentamientos
en un punto definen la necesidad de coalición, de complementa­
riedad
y de solidaridad, como también definen la relación de
amor, que no es abstracta, sino que se concreta a los sujetos
-próximos
y cognoscibles: Prójimo -próximo. En cuanto varias
familias reúnen sus habitáculos aparece un orden de intereses
comunes
no ya a los individuos, sino a las familias como tales,
es el orden inmediatamente suprafamiliar, cuya expresión polí­
tica actua:t es el Municipio. Este orden no aparece, naturalmente,
como violador, subordinador o destructor del orden simplemente
familiar, sino que viene a reforzar a cada familia por complemen­
tariedad, coalición, solidaridad
y amor, que Se busca en esta
reunión de casas como dentro de cada casa. El habitáculo fami-
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liar que en la casa aislada se vale por sí mismo y debe por sí mis­
mo resolver todos :sus problemas de agua, de accesos, de defen­
sa, etc., halla en el poblado que reúne a varias casas medios de
resolver estos problemas en conjunto, y, por rta11to, más fácilmen­
te. Problemas que escapan a la posibilidad de solución familiar
pueden
enrtonces ser abordados. El habitáculo familiar se extien­
de comunitariamente a la calle, a la traída de aguas, a'1 acantari­
llado, a ·las escuelas, .et-e. La historia nos muestra .que esta con­
veniencia comunal es tanta que hay bienes comunales para finan­
ciar las obras comunales y mantener a los vecinos, que hay or­
ganizaciones comunales de defensa como las murallas, que se
acometen hospitales comunales {tan abundantes en nuestra edad
media catalana). etc. La casa de cada familia se coordina con las
demás casas
para que el habitáculo fuera de sus propias paredes
mejore
en esa solidaridad de necesidades de todas las casas.
Aquí está el campo específico, propio, inalienable
de lo que esta­
mos llamando Municipio, el
de rea1iizar entre las familias lo que
la familia realiza
entre sus .individuos: la satisfacción de los cuatro
p'rindpios sociales que al comienzo describimos, como más ade­
lante en órdenes
il.nmediatamente supramunicipa:J.es (acaso las co­
marcas)
los Municipios pueden coaligar.se, confederarse, manco­
munarse entre sí. La ruralidad, que es el sector primario de 'la
sociedad, conoce bien esta forma de entramar a las familias y la
vive.
E,l Municipio rural obra romo la familia en la cua1, mediante
un tácito o explícito acuerdo, la cocina, la nevera, el cuarto de
baño, los muebles
y enseres, son ordenados para el uso común
de los miembros de la familia. En la convivencia surgen unos
modos
de ordenación que se convierten en usos y costumbres
especialmente adaptados a las drcunst:ancias exteriores e inte­
riores que
la condicionen, y estos usos y costumbres tácita y ex­
plícitamente forman leyes que son fruto natural y
necesarias para
la misma convivencia y son fruto de amistad. En las pequeñas
poblaciones y comunidades
cada individuo ¡,uede tener y siempre
de hecho
tiene medio directo de contacto con aquellos gerentes,
administradores o directores de
la comunidad. Por eso yo he vis­
to que todos los
habitante& de ·un pueblo conocen al alcalde o

a
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EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE FAMIUAS
un concejal, o al secretario, o al. agua-eil, y-mediante este contacto
persona,! humano p11eden exponer una dificultad o su criterio de
solución y a la vez se
enteran de todo lo que se propone el Ayun­
tamiento, que por esos -mismos en.tramadps naturales encuentra el
efecto
recíproco .de que los vecinos se interesen y participen en la
realizadón
de cualquier obra municipal, la cual, al cabo, es una
mejora del habitáculo exterior de cada casa. Y así es perceptible
aun hoy en
día que en las pequeñas comunidades, lugares y pue­
blos ·se resuelven más problemas y Se toman más infonnaciones
y hasta decisiones en los cafés, en los dcnnicilios pariticulares y
en los lugares de trabajo que en las mismas oficinas públicas,
porque aun los actos ·que. tienen lugar en las casa.s consistoriales
se han elaborado antes en la calle. Estos M unidpios pequeños pue­
den celebrar sin imposibilidad material concejos abiertos ante toda
la población, aunque no suelen necesitarlos por la intensidad de
relación hUtí1ana normal. M.unicipios donde todavía hay Pater
Familias.
Con toda:s las excepciones derivadas de Ia humana de­
bilidad, pocos son, en -realidad, los actos y obras municipales que
no
:se apoyen directamente en un consenso de la población o de
buena parte de ella. Y el resultado final es que cada vecino tiene
un real sentido de la p·ropiedad en lo comunal tanto más· intenso
cuan~o mayor ha sido su ,participación dim~cta, del mismo modo
que
en nuestras cooperativas tarraconenses cada socio la siente
tanto más propia cuanto más intervino directamente en su reali­
zación. Siempre es posible la alcaldada, pero queda moderada
porque 1a memoria es larga y siempre tiene consecuencias sociales
dentro del pueblo y puede acarrear desquites temidos. El cacique,
con todos sus inconvenientes, es todavía en los pueblos pequeños
una capacidad de tener su propio jefe y de 01;ganizar un mando.
Todo ello capacita a los
pequeños Municipios donde exista fibra
municipal para hallar, a pesar de las .Jeyes de la N;ición que pue­
dan ser opuestas a ello, un modo
especfal propio de ordenarse.
Del mismo modo que
la ,rasa del p;ma,dero, cnyo trabajo es noc­
turno, adopta
un orden distinto a la casa del payés, que se le­
vanta
ct>n el alba, así los pueblos de montaña logran un orden
diferente
del de los pueblos de llanura. A pesar de todos los uni-
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fOSE M.• GIL MORENO DE. MORA
formismos dictados des.de fuera, socarronamente, los pueblos y
aldeas logran tener su carácter propio, sus propias leyes, muchas
veoes no escritas, y hasta sus propios y peculiares horarios. Des­
de luego hay que reconocer que esto depende mucho de la in­
tensidad
con que cada pueblo vive su vida comunal, pero ningún
poder central puede
-evitar el funcionamiento, aun clandestino, de
estos canales propios del entramado de familias mientras éste exista.
Pasemos ahora a contemplar una gran urbe después de haber
visto lo que en realidad estuvo-en su génesis. Veamos a fa es­
plendente Barcelona, que empezó a crecer a principios
de este
siglo y primero englobó para después anexionárselos y finalmen­
te arrasarlos, sustituyéndolos
.por sus propias estructuras, a una
multitud de vecinos pueblos antaño rurales como Gracia, San
Gervasio, Sarriá, Horta, San Andrés, San Adrián, etc. Y:a ase­
dia destruyendo la estructura propia de estos pueblos para ex­
tender la
estructura propiamente urbana a otros pueblJ.os que como
Esplugas,
,el Prat, San Feliú, et.e.,· no tardarán en ser totalmente
anexionados.
Es de prever para dentro de pocos lust,ros solda­
dura de lugares más lejanos como Moneada y hasta Sabadell y
Tarrasa.
¿ Por qué no? Se entrevé no ya una ciudad de tres millo­
nes de habitantes, sino la de cinco a siete millones. Aquí todo ha
cambiado.
Las familias para empezar viven en casas donde no co­
nocen a sus vecinos, contadas son las que conocen al alcalde
de
Barcelona, a •los concejales, o a cualquier miembro de esta gigan­
tesca corporación
municipal, cuyos proyectos no sólo son ignora­
dos de
1a mayoría de los vecinos, sino que ni les interesan porque,
dada la
impostbilidad en que se encuentran para poder influir en
ellos, los consideran como
algo que se decidirá fatalmente, a pesar
suyo y

a sus espaldas.
La corporación municipal del Gran Bar­
celona no puede, a pesar de disponer de la
prensa y la televisión,
lograr que las.,obras municipales sean consideradas como propias
por los vecinos. El alcalde es un ser lejano que sólo se trata con
ministros. Se
desconoce la autentiddad de los gigantescos presu­
puestos en cuyo fárrago no puede uno ni asomarse.
Por otra parte, las familias no pueden sentir -un excesivo
arraigo, pues las viviendas que
·se construyen están previstas para
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EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE FAMILIAS
que tengan que muda,rse a medida que vengan los hijos, los prime­
ros de los cuales serán bautizados forzosamente en parroquias
distintas que .los que les siga,n. Así, la joven pareja de recién ca­
sados ya proyecta varias mudanzas en su vida de matrimonio.
¿ Cómo interesarse por los problemas de un barrio que pronto
ya no será
el suyo ? Las alcaldías de barrio con ello sólo son me­
ras oficinas del Ayuntamiento centra,,1 y casi nadie hace -el menor
caso del alcalde de su barrio. Pero cuando se habla del alcalde
de Barcelona éste apa:rece en las mentes como el presidente de
un consejo de administración de una gran sociedad anónima, y el
funcionamiento de todo el Municipio se asemeja al de una gran
empresa comercial y financiefa donde cada uno no es más que
un número, una ficha perforada sin personalidad.
La familia se desmembra, Se vive a kilómetros de los deudos,
pasan semanás y hasta meses sin contacto con ellos, la familia
qüeda reducida al mini núcleo padres-hijos, y esto sólo mientras
son pequeños. No hay más sentir común que el temor a los im­
puestos,
cuya exacta aplicación se desconoce. Se trata de medrar
individualmente, importando poco lo de los
demás. Se vive en
casas ajenas alquiladas.
Las obras en común como pavimentado,
alumbrado~ ek., no son tanto comunes como emanadas de una
administración superior
con la que no se siente ningún lazo.
Esta adminis1Jroción da mucha más importancia a lo que es de
su incumbencia que a lo que ·es incumbencia de las familias, con
lo cual la cosa pública, la calle, en lugar de ser un complemento
del hab,táculo familiar,
se vuelve paulatinamente lo esencial y el
habitáculo familiar no es más que un pequeño complemento de
lo
muni'Cipal. Efectivamente, los vecinos cada vez viven menos
en ,sus casas y más eri lugar.es públicos, donde se amontonan en
masas sin forma; la personalidad muere en -estas aglomeraciones
y cada cual vive más para sí mismo, abdicando de todo interés
y participación en lo comunal que ya, como una máquina disparada
que
no se puede f.renar, funcionará contra la voluntad humana.
Este es el Urbanismo con todo su rutilante e implacable poder,
en
el que el caso particular ni puede ser considerado, cuyo fatal
desarrollo es fruto
de la labor automática de anónimos fabricantes
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fOSE M.• GIL MORENO DE MORA
de planes, •cada vez más hambriento de habitantes por el círculo
viicioso que llama lo grande a la única vocación de ser cada vez
mayor, y que en su propio tamaño alcanza el nivel de
un estado
dentro del estado,
le, cual engendra en el Gobierno de la Nación
no pocos temores
y una eSpecialísima atención dirigida a la gran
urbe. Llueven créditos y subvenciones que nunca podrá alcanzar
el pequeño Municipio, se conceden
cartas o estatutos especiales,
pero también inevitablemente aumenta
el control y la intervención
estataJ, contra los· cuales la ciudad no puede usar de aquellos soca­
rrones canales del entramado de familias porque éste ya no e~i-ste,
y como quiera que fa capíta1i gran urbe, resulta una recíproca influencia por la icual el Gobierno
central da impronta al coloso urbano, cual lo es
-el centralismo
que Barcelona ejerce sobre
Cataluña imitando al que Madrid
ejerce sobre España, pero
con la contrapartida de que la urbe
marca también al Gobierno central transmitiéndole esa desvalori­
zación del entramado
de familias que ella ya no tiene en cuenta.
El resultado es una como alianza tácita entre el Gobierno y las
grandes urbes de la Nación, cuyo fruto
es en todos los órdenes
contrario a
fas pequeñas poblaciones, a los pueblos y a la .rurali­
dad misma
por ser su lugar preferente de implantación.
En todo este prnceso pierde la urbe la identificación de Ros
vecinos con el Munkipio: el sentido de propiedad comunal. Y,
en realidad, desvirtúa los cuatro principios socia·les que hemos
nombrado porque
ya no se emplean éstos para el bien directo
de los habitantes y de 1a familias, sino para una programación
fatalista cuyo solo objeto es la urbe
como tal para el Estado he­
geliano.
El principio más característicamente humano, el del amor,
no siendo traducible a cifras contables, no es
ni mencionable en
el plan. No existe; por eso se habla tanto de él y de hacerlo libre.
Los otros tres, devueltos a una creciente animalidad, se convierten
en fata:les y mecánicos, Todo entonces se convierte en máquina de
arte como la red de pescar, todo_ entonces es artificio, y hasta el
condicionamiento de las voluntades y de las reacciones en estas
inmensas
masas se vuelve materia -de técnicas especializadas. En
todo ello puede decirse que muere finalmente la ley natural de las
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EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE PAMILIAS
sociedades humanas y éstas revierten cada ·día más al estilo de
las colonias gregarias de protozoos. Quizás se.a éste el motivo de
que se hable tanto de la participación, porque
ésta constituye un
problema casi insoluble en fa gran ciudad. Y el hombre que vive
en un mundo cada día menos suyo, cada día más propiedad de
una Administración que no es él y-en la que no puede influir,
el hombre myo habitáculo no adapta él, sino que le es impuesto
a modo de cuartel o máquina para vivir, siente nacer obscuramente
todas las subversiones más irracionales, odio inconsciente hacia
la
sociedad inhumana, ;rebeldía de su naturaleza reducida al nivel
de
materia prima. De ahí que las grandes urbes del mundo sean,
con
cas.i patente de exclusiva, los focos de todas las más dispares
revoluciones
y subversiones, algunas -de ellas tan irracionales como
!a llamada revolución cultural, que hace
un acto de culto en todo
acto de destrucción.
En efecto, un ánimo de romper. se pqpulariza
en las mentes, especialmente en las de los jóvenes, aunque los
teóricos Marcuse, Cz.ent Giorgi, etc., no sean precisamente jó­
venes;
ánimo de romper, y lo diJré de pasada, que encierra en sí
mismo
1a posibilidad de muerte para .la gran urbe, pues en ella mis­
ma es donde hay más posibilidad cosas ajenas, y más cuando lo comunal no se siente propio, sino
de la Administración; porque -es curioso observar que aun ahora
los _individuos prefieren romper lo ajeno y no aprecian tanto el
que se les mmpa Io suyo. En el fondo de lo que llamamos gam­
berrismo no hay más que una desoHdarización del gamberro con
la
oQra común, porque no la -Siente propia, porque no siente sobre
ella
el menor derecho de propiedad. Sería curioso comparar las
cifras anuales de daños gamberriles en bienes municipales de gran­
des mbes y de pequeños pueblos. No hablo de esos gamberros in­
fantiles, cuyo único fin es una· diversión -ignorante, sino de los
millones de gamberros adultos y bien barbados que
se encuentran
perfectamente justificados
diciendo "¡ Bah, si es del Estado!",
aunque en unos y ,otros nace la gamberrada en la misma carencia
de sentido
de propiedad común participada.
En la g,ran urbe no se habla de alcaldadas, pero éstas son
obra de toda la cot;)Oración perfectamente impune y para la cual
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/OSE M.< GIL MORENO DE MORA
tio traerán nunca consecuencias sociales ni desquites.. En la gran
urbe no se
habla de caciquismos, pero los grupos instalados en
el Ayuntamiento imponen
iSus criterios sin que haya la menor
posibilidad de objeción.
En las grandes urbes, donde por la ro­
tura
del entramado ·de familia se encuentran con mayores difi­
cultades para conocer
1a opinión de los vecinos, serían más nece­
sarios los concejos
abiertos, pero éstos sop. materialmente imposi­
bles.
En las grandes urbes, donde el número y la extensión hacen
más
fre.cuentes los casos particulares, no cabe ni la .posibilidad de
tenerlos en cuenta. En las grandes urbes, donde se elaboran las
leyes y
estatutos de los Municipios de toda España, no hay ya
sentimiento de que-el Municipio sea comuni las grandes urbes ,que tienden todas con monotonía exasperante
hacia
un mismo uniforme esquema, se gobierna la infinita y cons­
tante variedad de circunstancias de los Municipios rurales
y pro­
vincia:les. Estamos, pues, en esa oposición
ante 1a cual dice Spen­
gler que palidecen todas
las demás oposiciones, la oposición -entre
las
grandes urbes y el resto del país relegado despreciativamente
a
la categoría inferior de provincias. España, sefiores, hoy conoce
esta oposición
con una virulencia nueva que yo, en mi calidad de
rural provinciano, siento en toda
Su terrible gravedad .preñada
de amenazadores augurios.
¿ Qué hemos visto cuando estudiábamos el pequeño Municipio?
Hemos visto una concatenación lógica de comunidades familiares
asociadas libremente en comunidades municipales formando una
escala de cuerpos intermedios
tal y como los preconiza la Iglesia
Católica y en
una Ley Natural sublimada por el Amor. Del mismo
modo que
en cada familia tácita o explícitamente se engendran
leyes
para la convivencia, cada Municipio debiera engendrar las
necesarias
pM'a sus circunstancias. Hemos visto en obra un prin­
cipio de subsidiariedad siempre defendido por la Iglesia Católica
cuando
el Municipio se proponía una tar,e:a complementaria a la
de las familias sin incidir en -el seno de éstas, obran no en tanto
cuanto las familias por sí solas no alcanzaban fines superior·es a
sus propias fuerzas.
Hemos visto en los C1latro principios -so­
ciales obrar fa Ley Natural con toda su fuerza, tanto en lo que
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EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE FAMIUAS
el hombre tiene de naturaleza animal como en lo que tiene de
naturaleza espiritual. Hemos visto a
la auténtica trabazón de las
familias formando el Municipio como ente natural.
Y aquí cabe
,,ecordar que los principios fundamentales del
Movimiento reconocen explícitamente esta forma natural como
esencia1 para Ia Nación.
Pero por otra parte hemos echado un ligero vistazo a la situa­
ción de
~as g.randes urbes y hemos visto en ellas perecer esa doc­
trina
por asfixia, lo cual quizás explique que en tantas partes de
la Ley
de Administración Local se produzcan aparentes o reales
grandes
contradicciones a los mismos Principios Fundamentales
del Movimiento. Mas
he aquí que están flotando en el aire pala­
bras que
nosotros los ,rurales no comprendemos y empezamos a
temer:
Integración, reagrupación, dimensiones mín~mas de la ex­
plotación,
y no digamos de las incógnitas que para el porvenir en­
cierra la
tan manoseada reforma de estructuras. Sabemos vaga­
mente que
se piensa en suprimir los Municipios demasiado peque­
fíos, sabemos que las escuelas de muchos
de ellos van a ser cerra­
das
y -los niños transportados a centros instalados -en grandes po­
blaciones, sabemos que
~os técnicos de nuestros ministerios ven
con sumo agrado la doctrina encerrada en
el Plan Mansholt, y que
personas importantes aseguran que lo idóneo será dejar entre
Barcelona
y Zaragoza sólo dos o tres poblaciones, suprimiendo
las demás, sabemos que la Renfe ha cerrado las estaciones de nu­
merosos pequeños pueblos
y que las grandes autopistas no prevén
salidas a todos los pueblos cercanos, que se han suprimido los J uz­
gados
cómarcales, y, aunque no dudemos de que existan razones
más o menos importantes
paira ello, hallamos en estas medidas y
en muchas más que no cito un denominador común, y las provin­
cias que parece
es..,---onder una sentencia de muerte para los lugares
de pequeña dimensión. Parece
como ·si nuestra presencia, con esa
posibilidad de ejecutar con asombroso ahorro de costos por el
procedimiento de aportación persüna:1 u "Obra de Villa" obras
que
por los procedimientos oficiales de subasta salen mucho más
caras, con esa
facilidad" -de resolver extraoficia1mente tantas ges­
tiones municipales, con ese canal socarrón
del entramado 253
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fOSE M.< GIL MORENO DE MORA
lias todavía abierto a una identificación de la .población con la
acción
municipal parece como si constituyese un insoportabJe re­
proche al sistema municipal
de las grandes urbes propuestas a to­
das horas por la televisión y la prensa como ideal y modelo de
habitáculo humano. Parece que
nuestra existencia es lacra .de sub­
desarrollo en
el concierto de grandes naciones dotadas de gigan­
tescas ur.bes.
¡ Groseros, rústicos ! . . . Yo soy uno.
De la integración
sabemos algo porque existen en nuestras
ruralidades las famosas pedanías
y conocemos sus lamentables
consecuencias para los .pedáneos a beneficio único del
Municipio
al que están ads-oritos. Entre nosotros preferiríamos fórmulas de
mancomunidad voluntaria y •libre, pero de lo alto del poder nos
vienen dictadas las normas al parecer ignorando nuestra presencia.
De las consecuencias que en las familias te!_l-drá el que los niños
sean alejados todo el día a centros mayores podemos suponer una
inmediata tristeza
de nuestras calles, una imposibilidad de hablar
con
el maestro y seguir a nuestros hijos en su escuela, una dimen­
sión de aulas gigantescas donde el niño
ya será reducido a ta,r­
jeta perforada, una uniformización
por no decir masifkación de
la población
jnfantil, y probablemente una próxima reacción de
nuestros hijos debidamente aleccionados por maestros de la ten­
dencia necesaria, que no querrán volver a nuestros pueblos ace­
lerando definitivamente el éxodo producido actualmente
por las
difíciles
,condiciones económicas a que ha sido sometida toda la
ruralidad.
Yo no .puedo ser imparcial. Cuando me entero de que el mismo
género de
ciédito o de obra queda concedido en pocos días para
la
gran urbe y tarda un mínimo de dos años para mi pueblo, cuan­
do veo la proporción de
fa recaudación con que contribuye mi
pueblo con las cantidades que le revierte el Estado, y el fragmento
infinitesimal de atención que puede
alcanzar, no puedo ser im­
parcial. Y

o
vivo. en un entramado de familias y soy vecino de un
pueblo
,en el que con intensidad el Municipio está constituido por
ese entramado de familias el cual, aunque inorgánicamente, actúa
con bastante
-eficacia. Yo siento .con fuerza fa oposición denun­
ciada por Spengler.
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EL MUNICIPIO COMO ENTRAMADO DE PAMILIAS
Como rural de un pueblo pequeño siento ,cuando oigo. a mis
amigos ciudadanos quejarse de la inhumanidad
cse<:iente de su
modo de vivir, que las causas están
muy claras, que el. engranaje
donde están cogidos es
de. fácil análisis, pero no es fácilmente
explicable a quienes ya están habituados a prescindir del entra­
mado de familias y ya no sienten la necesidad de la causa aunque
l.anienten ciertos efectos.
Quizás la frecuencia con la que estamos oyendo hablar d~
los pequeños grupos, tanto en lo político- como en 1o religioso,
quizás hasta las
mismas células comunistas sean una inconsciente
reacción
ante la masificación de los núméros gigantescos, quizás
sea
el desquite que ,con sorna se busca 0a naturaleza ante el aplas­
tamiento de la personalidad, quizás también sea la rúnica solución
de las grandes aglomeraciones. Porque estamos v~e_ndo aparecer
pequeños grupos
profétiicos, equipos de matrimonios, grupos de
Cursillos de Cristiandad y muchos etcéteras más de forma es­
pontánea y numerosa, que tienen mucha

mayor aceptación en los
pueblos reducidos que en
las grandes ciudades. {Y esto es in­
comprensible,
ya que en aquéllos .el entramado de familias aún
vigoroso los hace menos necesarios.) Que intentan fraguar aún
con cierto artificio un cierto entramado, que vienen finalmente a
intentar que el individuo se sienta menos solo corno individuo,
y la familia se .encuentre con otras familias. Son grupos éstos que
van burlando la tendencia aislante que desde los Gobiernos se va
imponi,endo, son
en el fondo intentos de cuerpos intermedios más
o menos bien intencionados y cuyo
primer impulso, casi incons­
ciente ,proviene
de la Ley Natural que busca a través de ellos una
reconstrucción
del entramado destruido.
Llegado a este punto de mis reflexiones repaso estas páginas
para intenta raca-bar con
unas conclusiones, pero me pregunto si
se pueden hallar pa!Jabras eficaces en un tiempo en el que la ma­
yoría de los hombres no. quieren
pensar estas cosas y prefieren
dejar que les gobierne, administre y ,rija un consejo de una so­
ciedad anónima nombrado ,por otros. De todos modos, cabe quizás
afirmar que Municipio debe ser
el nombre de las comunidades
de familias en
el orden inmediatamente suprafamiliar, el escalón
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Fundaci\363n Speiro

JOSE M.~ GIL MORENO DE MORA
inmediato a la familia en la escala de cuerpos intermedios y algo
distinto del Ayuntami<;nto, algo que hasta pueda existir acaso sin
Ayuntamiento
...
Por otra parte, parece que todo cuanto se diga de la familia
se puede aplicar al verdadero Municipio, al que es todavía familia
de familias.
Pa,rece además urgente que España, para ser lógica
con los Principios

Fundamentales
del Movimiento y simplemente
para con
la Ley Natura!, d-ebe hallar pronto forma de suprimir
las contradicciones que en las leyes de administración local las
oponen a aquellos principios.
Y finalmente yo, simple rural, cedo a
los_ juristas el problema
derivado de
la necesidad de que la convivencia pueda ordenarse
en
cada lugar según usos y costumbres nacidos de los surcos
abiertos en
la tierra y de las fuentes de nuestros montes converti­
dos en [ey al ,calor de nuestros hogares -y ntl~stros amores, porque
esta ley puede vivificar, mientras que las leyes elaboradas en los
intencionados tubos de ensayo pueden
matar al entramado de
familias.
Y a los hombees ,de gobierno suplico la contemplación de la
Ley Natural en todo este tema, la y políticas que como los bienes comunales y los concejos abiertos
sostuvieron
antaño durante siglos la vida material de 1os Muni­
cipios para que los entramados de familias no sean esclavos de
quien
,por tener la exclusiva de alimentación puede gobernarles
a su
antojo por hambre. A estos hombres de gobierno les recalco
que gobernarán
en déspotas si no hallan por el entramado de
familias la identificación de las familias con las obras, que nada
es aparentar
una identificación inexistente ni lograir un asentimien­
to eventual, la verdadera obra social
es la que encuentra eco en
todos· los
corazones permanentemente.
Identificación
del hombre con la acción porque la acción es
obra de ese mismo hombre, porque. Amor con Amor se paga.
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