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Democracia o dictadura: un falso dilema

DEMOCRACIA O DICTADURA: UN FALSO DILEMA
POR
JAVIER URCELAY ALONSO·
Desde la Grecia clásica hasta nuestros días, los filósofos y
tratadistas políticos han utilizado la clasificación de las formas
de gobierno que Aristóteles empleó en su
Politica: Monarquía
o gobierno de uno; Aristocracia o gobierno de
los mejores y
Democracia o gobierno de muchos, de todo
el pueblo. A cada
una de estas formas corresponderán, en el pensamiento clásico,
una serie de ventajas e inconvenientes, cuyo estudio y discusión
constituyen parte de la ciencia política.
Sin embargo, poco o nada de este planteamiento clásico
es
conocido por el hombre de la calle de hoy, que sin más base in­
telectual que la que le proporcionan los «mass-media», posee una
formación política mutilada
y simplista. Para el español medio
de nuestros días, el problema de las formas de gobierno
se re·
duce a una sencilla alternativa: democracia y dictadura. El ob­
jetivo de este trabajo es mostrar cómo democracia y dictadura
no son términos que se contrapo~gan y autoexcluyan, sino fases
distintas de un círculo vicioso que asfixia la vida de las naciones.
Hoy en día todo
el mundo se define demócrata, haciendo
pensar, como comenta Salieron, que democracia se identifica con
verdad o civilización, porque el que rechaza la democracia es un
bárbaro, un re_accionario, un fascista y un integrista.
Y es que, como denunciaba V ázquez de Mella, la democracia
más que una forma de gobierno, es una superstición. La demo,
cracia es el tabú de nuestro tiempo, y la palabra tabú significa
en el lenguaje de los maoríes, según· explica Gustav Carnaval,
«algo absolutamente inviolable, sagrado,
algo que no se puede
de ningún modo discutir».
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No es fácil, pues, precisar un sentido unívoco a la palabra
democracia, de la que,
al decir de Eugenio Vegas, se llegaron a
contabilizar trescientos significados distintos en uoa tesis doctoral
extranjera. Para nuestros efectos nos referiremos a la democracia
en su sentido más concreto posible, que probablemente sea tam­
bién
el más generalizado: régimen político basado en la sobera­
nía popular, en
el que el pueblo gobierna a través de los partidos
políticos,
el sufragio universal y el parlamentarismo, en el que
todos los ciudadanos
se proclaman iguales ante la ley y existe una
amplia libertad para todas las opiniones.
Pues bien, esta democracia, a la que frecuentemente se con­
sidera conquista irrenuociable de la madurez de la razón humana,
se convierte muchas veces, en la teoría y en la práctica, en la
más genuina expresión del despotismo, operando de hecho como
una auténtica dictadura de fachada democrática.
El Estado liberal moderno es, como denuoció con razones
imperecederas Ramón Nocedal,
el poder más absoluto, despótico
y absorbente que
el mundo ha conocido: «Para él no hay ni ley
ni autoridad divina ni humana superior a · su propio querer. En
el orden religioso rechaza todo género de subordinación a ningún
poder espiritual, y en
el orden moral ha inventado una moral
universal donde toma o deja, establece o suprime las leyes a su
antojo. En
el orden legislativo, civil o político, se considera ori­
gen y fuente de todos los derechos, con jurisdicción ilimitada y
absoluta sobre todas las cosas;
es ley obligatoria cuando él quiere
y porque él lo quiere, auoque no
se conforme con la ley eter­
na, aunque sea contra la justicia o contra ajeno derecho; no
hay derecho fuodamental, fuero, pa<:to o concordato que no
pueda
vlolar, revocar o modificar por sí solo. En el or­
den administrativo él
es el centro de toda la vida, árbitro y re­
gulador de toda acción y, ni los pueblos ni los particulares pue­
den moverse, respirar ni vivir sin
el sello del Estado. En el
orden económico, estimase dueño eminente de todos los bienes
que hay en la nación; despoja cuando le place de
su propiedad
a
la Iglesia, a las comunidades y corporaciones, a las universi­
dades,
se déclara heredero de todos los ciudadanos y partícipe
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de todas las herencias, se llama a la parte en todas las transmi­
siones, compras, ventas y contratos; se atribuye autoridad para
imponer a los pueblos cuantos tributos quiere y en la cantidad
que
se le antoja, espiando con avidez el lugar y el instante en
que brota una nueva fuente de riqueza para cegarla enseguida
con los impuestos.
En el orden privado, destruye la familia, se­
cularizándola primero mediante el Registro Civil, la Partida de
Matrimonio y la Fe de Muerto,
y entregándola después al ma­
trimonio civil y a la ley del divorcio, comienzo del amor libre.
En el orden intelectual, finalmente, él es el único y universal dis­
pensador de la ciencia y la enseñanza, y nadie puede tener títulos
académicos sin su examen, su aprobación y su sello» ( 1 ).
Verdadero totalitarismo estatal, pues, en todos los órdenes,
que hace concluir a Madariaga:
«En cuanto a Rousseau, demó­
crata
si los hay, apenas si se le puede llamar liberal; su estado
democrático
es tan absoluto como el más absoluto de los re­
yes» (2).
Lo que lleva a Aparisi a comentar que en España, más que
en ningún país del mundo, se puede decir con verdad que la li­
bertad es antigua y el despotismo moderno, para acabar claman­
do: «El despotismo de ayer aún era más libre que la libertad de
hoy».
Democracia o dictadura ... , pero también democracia dicta­
torial, democracia verdadero despotismo, verdadera tiranía, unas
veces sin revueltas públicas, con apariencias mansas y continua
acción corrosiva de todos los órdenes sociales,
y otras brutal y
despótica, pero siempre verdadera tiranía.
A pesar de su despotismo, que existirá mientras el Estado
se declare supremo definidor del Derecho, rechazando toda po­
testad superior a la suya, la democracia es además, paradójica­
mente, un plano inclinado que conduce pronto al desorden y la
anarquía en la mayoría de los países en los que se implanta,
(l) Ant.Qlogfa de Ram6n Nocedal y Romea~ preparada por Jaime de
Carlos G6mez-Rodulfo. Ed. Tradicionalista, Madrid, 1952.
(2) S.
DB MADARIAGA: Anarquía o Jerarquia. Ed . .Aguilar, 1970, pá­
gina 26.
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constituyendo así un verdadero reclamo para la instauración de
un tipo u otro
de dictaduras.
Hemos dicho que
la democracia pretende incluir como uno
de
sus requisitos la libertad política. Sin embargo, como explica
el nada sospechoso Salvador de Madariaga ( 4
), el sustrato sub­
consciente de la idea corriente de libertad, corresponde
más bien
a una soberanía absoluta del individuo, que cede al Estado en
contrato determinada parte de ella. El hecho cierto
es, pués, que
la idea de libertad como fermento mental ha dado en la práctica
origen a una opinión extrema, que
es la que está impulsando los
acontecimientos políticos, y no ese otro concepto más limitado
que puedan tener los pensadores originarios del liberalismo.
Esta acritud de altivez intelectual, que parte del derecho
ab­
soluto del individuo a toda su libertad, ha propiciado el desarro­
llo excesivo del individualismo,
y actuando como fuerza centrí­
fuga,
es uno de los factores más poderosos de la disgregación de
la sociedad,
y, en el fondo, uno de los más contrarios a la ver­
dadera libertad.
Ocurre así, como explica el P. Vitorino Rodríguez
(5) y la
historia atestigua, que un régimen popular de libertad e igualdad
teóricas, cediendo a disensiones, enfrentamientos y desigualdades
intolerables ( entre ellas la de no valorar a cada uno según
sus
méritos), acaba conduciendo a la pérdida de la misma libertad
programática. Es así como una libertad formal, sin contenido
y
sin delimitaciones éticas, degenera ordinariamente en libertinaje,
que
es la peor represión de la libertad.
No sólo la libertad. El análisis de las actitudes mentales que
constituyen elementos vitales de
la realidad de la democracia, de­
muestra, según Salvador de Madariaga -a quien seguimos tex­
tualmente en los siguientes párrafos---- que «todas las acritudes
actúan como agentes de disgregación
y de desorganización de la
sociedad.
La libertad, comprendida como un derecho individua-
(4) SALVADOR DE MADARIAGA: op. cit,; pág. 27.
(5) P. VITORINO Romúmrnz: El Régimen polltico de Santo Tomás de
A.quino. Fuerza Nueva Editorial, 1978.
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lista y absoluto y extendido a los numerosos individuos incapa­
ces de administrarla o indiferentes para con fos deberes que
implica;
la igualdad, sentida como un apetito nivelador, enemigo
por instinto de toda jerarquía, de toda especialización, de toda
competencia y hasta de toda diferencia natural;
la democracia,
trasladada del plano ideal y normativo de los· fines
al inmediato
y empírico de
los medios; el capitalismo, rondando libre en busca
de su presa para volver al cobijo del Estado cuando la
caza le
haya resultado
demasiad.o peligrosa; el trabajo, convencido de que
en
él reside el poder creador de la nación, y erguido en lucha
sin cuartel contra las demás clases, en quienes
ve las usurpado­
ras de su propiedad: todas estas fuerzas son disruptivas y diver­
gentes, todas provocan dentro del Estado graves enfermedades,
porque todas tienden a fomentar intereses de individuos o de
clases, pero no los intereses del Estado
conceb.ido como un con­
junto orgánico. Ahora bien, como son las actitudes mentales de
las
clases de la sociedad el terreno en que germinan las predispo­
siciones, y estas son las condiciones internas que determinan las
acciones de los hombres, resulta evidente que las democracias
liberales en nuestros días
se desenvuelven bajo una. fuerte dispo­
sición a
la anarquía» ( 6 ).
Esta anarquía a la que tiende la democracia liberal por na­
turaleza, se acelera aún más cuando la clase política no tiene el
valor cívico,
la autoridad mor.al y personal y el dominio de sí
que serían necesarios. Por eso la actual bancarrota moral de las
clases directoras, unida a la tendencia antijerárquica de toda
de­
mocracia, constituyen un ataque mortal, a la vez desde abajo y
desde arriba, que rápidamente
va desmoronando la pirámide de
la autoridad social, dando luz verde a la anarquía.
Y el hecho adquiere toda su gravedad cuando
se considera,
como explica V ázquez de Mella, que la democracia y
el sistema
partidista en particular, llevan a cabo una auténtica selección
al
contrario de la clase política: «Cuando la soberanía está concen­
trada en las oligarquías que forman
el estado mayor de los par-
(6) SALVADOR DE MADARIAGA: op. cit., pág. 42-
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tidos po:ítícos, entonces toda dirección social está como vincu­
lada en ellos, y los que tienen .el privilegio de formar parte de
esas oligarquías, tienen todas las preeminencias
y derechos, y los
que no, o están sometidos, ·o arrojados o proscritos. Se ve enton­
ces
el contraste entre los méritos ocultos en las capas inferiores
de la sociedad y la incapacidad que la intriga ha llevado al éxito
y a las alturas del mando.
Entonces todos los que están postergados del poder quieren
participar de él,
y al querer• participar del poder, el ahogado, el
médico, el ingeniero, el sacerdote, el militar, no se concretan a
su especialidad ni a su esfera: todos quieren ser políticos, todos
quieren tener alguna parte en el patrimonio común que está allá
en las alturas de la soberanía. Y entonces las vocaciones se tuer­
cen;
el motivo supremo, el que impera sobre todos los motivos
de acción, es el goce de la soberanía política; el éxito de algunos
aviva las concupiscencias de los otros, y así torcidas las volunta­
des, dirigidas las vocaciones en un solo sentido, el trabajo intelec­
tual que requería
la especialidad en los diferentes órdenes de la
vida, mengua, y con él menguan los entendim.íentos, y como las
concupiscencias crecen, el enervamiento de los caracteres aumen­
ta. Así llegan épocas de corrupción social y política en que los
más aptos; los políticos incontaminados
y puros, las inteligencias
elevadas
y las voluntades no manchadas, se retiran de la política
o son abandonadás por los políticos» (7).
La democracia tiende, pues, por su propia naturaleza a la
co­
rrupción y la anarquía: la libertad se convierte pronto en liber­
tinaje, la igualdad en despotismo aplanador, el sufragio univer­
sal en las cadenas que hacen del hombre ciudadano
Ull1 día y súb­
dito cuatro años, la soberanía popular en la afirmación irracional
de que quince millones de votos valen más que catorce.
Entonces Sobreviene, como corolario lógico, la dictadura, que
es «el sable con que se gobierna a un pueblo corrompido». No
(7) V ÁZQUEZ DE MELLA: Discurso en el Teatro de la Zarzuela, mayo
de 1915. Obras, t. XII.
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hay pueblo que corra al albur de un dictador estando bien go­
bernado.
Y
es que, como explica Madariaga ( 8 ), el orden podría de­
finirse como el equilibrio estable entre la autoridad y la libertad.
Si la libertad prevalece sobre la autoridad convirtiéndose en liber­
tinaje, la sociedad
cae en la anarquía. Si el polo autoritario pre­
valece sobre
el liberal, la sociedad cae en la dictadura.· La posi­
ción de equilibrio varía con
el promedio de las exigencias sico­
lógicas y sociales. Así, una sociedad amenazada o en trance de
perecer, buscará su línea de equilibrio más cerca del polo auto­
ritario de lo que suele en tiempos de prosperidad y paz social.
Por eso,
el democratismo engendra hístóricamente, como prue­
ba Mella,
el absolutismo moderno y lleva en su seno el germen
de la dictadura: a mayor unidad ínterna entre los elementos de
la sociedad corresponde menor unidad externa, y a la ínversa,
cuanto menos unidad interna haya mayor deberá ser la unidad
externa. El democratismo rompió la unidad interna de creencias,
que era la base de las sociedades civiles y
la nación, y por eso
para evitar la descomposición social que inevitablemente
se iba
a seguir, fue necesario reforzar
la unidad externa por medio del
Estado Cesarista o acudir a la dictadura como solución «in
ex­
tremis».
Se trata, en definitiva, de la gráfica imagen de los dos ter­
mómetros expuesta por Donoso Cortés: «No hay más que dos
represiones posibles: una ínterior y otra exterior,
la religiosa y
la política. Estas son de tal naturaleza que cuando el termómetro
religioso está subido,
el termómetro de la represión está bajo, y
cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político,
la represión política, la tiranía, está alta» (9),
La dictadura no
es una opción frente a la libertad en un di­
lema que fuera democracia o dictadura. Si ese fuera el problema,
(8) SALVADOR DE MADARIAGA: op. cit., pág. 82.
(9)
DONOSO CORTÉS: Discurso sobre la Dictadura. Obras completas,
tomo II, BAC, 1970.
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aquí no habría disenso ninguno, porque «¿quién pudiendo alzar­
se con la libertad se hinca de rodillas ante la dictadura?».
Pero no
es esta la cuestión, y no lo es porque cuando la die-.
tadura se plantea, es que la libertad ha dejado hace tiempo de
existir.
Así, pues, cuando por la demagogia, el desorden, la división
y el enfrentamiento de grupos, clases e intereses, naufraga la li­
bertad en el mar de la anarquía y se compromete el funciona­
miento del Estado, el cumplimiento de sus fines e incluso su
propia existencia, la dictadura
es un gobierno legítimo, un go­
bierno bueno, un gobierno provechoso y un gobierno racional,
que puede defenderse en la teoría y en
la práctica. Porque no se
trataría
ya, como explicaba Donoso, de escoger entre la libertad
y la dictadura, sino entre la dictadura de
la insurrección y la dic­
tadura del gobierno, la dictadura que viene de abajo y la que
viene de arriba, entre
la dictadura del impuesto revolucionario
y
el atentado terrorista y la dictadura del sable. Y ante ese sí
verdadero dilema, hay que escoger
la dictadura del gobierno
~orno menos pesada y menos afrentosa; la dictadura que viene
de arriba, porque viene de regiones más limpias y serenas, y la
dictadura del sable, porque es más noble y desinteresada.
No hay sociedad que pueda funcionar sin orden, jerarquía,
continuidad y disciplina.
El ·Estado tiene la obligación de asegu­
rar estas condiciones, y no hay teoría de libertad individual que
pueda alzarse como válida frente a
e;te deber del Estado. Por eso
y porque las leyes
se han hecho para las socidades y no las socie­
dades para las leyes, cuando la legalidad baste para salvar a las
sociedades, la legalidad; cuando no basta, la Dictadura.
La dictadura así entendida, como concentración circunstan­
cial de todos los poderes del Estado en una sola mano, con sus­
pensión transitoria del nortnal funcionamiento de las institucio­
nes, entronca con lo que era una magistratura extraordinaria en
la antigua Roma, pero que por lo demás era perfectamente «cons­
titucional». La misión de
la dictadura desde esta perspectiva, se­
ría la de un cirujano implacable que arrancara la carne gangre­
nada y amputara los miembros putrefactos para liberar del
con-
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tagio a la parte sana de la sociedad, de modo que ésta pudiera
volver después a su normal funcionamiento.
Este
es el esquema normal de lo que podríamos llamar «dic­
tadura conservadora», que tiene como tentación y ocasión inme­
diata el fracaso temporal de la democracia, surgiendo habitual­
mente a través de un golpe de estado cuando la anarquía y
la de­
magogia provocan la reacción. Es el tipo de dictadura que re­
presentó en España don Miguel Primo de Rivera.
Como explica Enrique Gil y Robles, en esta situación, «el
poder anda por el suelo, como cosa
de nadie, con lo que perte­
nece al primer ocupante. El dictador entonces que
se arriesga a
recogerlo, más que de ambicioso, da muestras de benéfico y
mag­
nánimo, ostentando en el hecho, y por el hecho de la ocupación.
las dotes personales de una soberanía que
se concreta, directa­
mente, por el ejercicio del primer precepto de la ley natural.
Re­
surge entonces el poder en forma monárquica dictatorial, es decir,
desprovisto de las moderaciones legales y
orgárúcas de la monar­
quía templada, porque en las convulsiones y trastornos sucum­
bieron leyes
y se disolvieron organismos, o, si sobrevivieron, ca­
recen de autoridad y vigor jurídico para reivindicar y mantener
más imperio y eficacia que los que el dictador consienta.
Apenas suele, entonces, tener el dictador más freno que los
del honor y el deber,
ni más garantía los súbditos que el justo
arbitrio del imperante
al que -en el mejor de los casos--la con­
ciencia religiosa y ética impide degenerar en arbitrariedad ini­
cua» ( 10).
La dictadura conservadora no se opone, pues, al sistema de­
mocrático como un verdadero dilema o alternativa. La dictadura
conservadora proviene de la democracia1 cuyos problemas transi­
torios pretende remediar, y desemboca en la democracia, bien por
sentir completada la operación saneadora, bien por no haber
lo­
grado la estabilidad a la muerte del dictador. Nace y muere, pues,
en la democracia, formando parte de su sis-i:éma, como· una va-
(10) E. G1L Y RmiLES: Tratado de Derecho PoUtico, tomo 11, pági­
na 704. Afrodisio Aguado, S. A., Madrid, 1961.
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riante, en cuanto a la forma de gobierno, del Estado liberal de­
mocrático. Y si no está contemplada en las Constituciones, no
es más que por el horror que la mentalidad democrática ha ins­
pirado por todo lo que
sea poder personal, aunque sea de dura­
ción limitada.
No todas las dictaduras responden, sin embargo, a las notas
señaladas hasta aquí. Además de la dictadura que hemos llama­
do conservadora, herencia de Roma y presente en un momento
u otro de
la historia de todas las naciones, existe otro tipo de
dictadura más característica del siglo veinte,
cuyos precedentes
podrían acaso buscarse en
la antigua Grecia. Su diferencia fun­
damental es que no justifica su existencia por unas circunstan­
cias simplemente graves, pero transitorias, sino por el fallo de­
finitivo y patente del sistema imperante, que se aspira por ello
a sustituir (11).
Por no ser una alternativa dentro del propio sistema
y por
no -venir a remediar necesidades pasajeras, este tipo de dictaduras
tienden a la estabilidad, tratando normalmente de cimentar una
nueva Constitución, que dé base perdurable a
su gobierno. En
realidad,
más que de dictadores puede hablarse entonces de con­
ductores, jefes o caudillos de sus pueblos.
Sin embargo, esta «dictadura institucional», como podríamos
llamarla para diferenciarla del tipo anterior, adolece de una
esen­
cial incapacidad para lograr sus fines. La dictadura es un proce­
dimiento de gobernar, pero no una forma de Estado perdurable.
Una revolución o un golpe de Estado engendra por de pronto
un gobierno de fuerza. Mientras lo sea, no contará con la adhesión
y la cooperación orgánica y sincera del pueblo. Dos caminos
se
le ofrecen entorices al régimen:
-conformarse con las apariencias del sistema democrático
o fingir una adhesión periódica de
la masa mediante algún
tipo de plebiscito o elecciones, que necesariamente le han
(11) Seguimos en toda esta parte a ANGEL LóPEZ AMo: El poder po­
litico y lo libertoá. Ed-Rialp, Madrid, 1952.
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de ser favorables, con lo que nada nuevo introduce en el
Estado, sino una falsedad más;
o intentar una adhesión más auténtica y continuada,
me­
diante la paciente educación del pueblo dirigida desde
arriba,
la reanimación del espíritu nacional y la creación
de unas corporaciones que doten
al Estado de una estruc­
rura orgánica,
y a través de las que participe el pueblo
en
la vida pública.
La primera · solución no es más que una manera provisional
dt salir del paso. No crea ninguna estructura que sobreviva al
dictador.
La segunda alternativa históricamente ha resultado inviable,
a pesar de
los notables esfuerzos realizados. Y existe una expli­
cación basta cierto punto lógica de que así sea.
En primer lugar,
la educación política .impuesta desde arriba, o es impotente o es
una monstruosidad. Si se limita a una enseñanza y una orienta·
ción, será relativamente eficaz, en cuanto que ayudará a afianzar
una ideología en los grupos que ya espontáneamente estaban a
favor,
y asegurará la fidelidad de su descendencia. A lo sumo
incorporará algunos elementos más. Pero la base del régimen no
dejará de ser minoritaria, y su mando continuará siendo autori­
tario.
La fuerza formativa, buena ·o mala, de la sociedad y de la
familia
es cien veces superior a la del Estado. Para que la edu­
cación del Estado
sea del todo eficaz, ha de desarraigar personas
y grupos, destrozar la familia y aniquilar las conciencias. Este es
el procedimiento babirual del comunismo, practicado tras la to­
ma violenta del poder en cúanras naciones han caído en sus
manos, desde Rusia hasta Nicaragua. Pero esta es la forma más
feroz del gobierno revolucionario, que nada tiene que ver con
los regímenes potencialmente legítimos de los que estamos
ha­
blando.
El Porrugal de la revolución
de los claveles y la España del
voto socialista son muestra elocuente de
la inanidad de los es­
fuerzos educativos llevados a cabo por Salazar y Franco.
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En segundo lugar, esrá el punto más decisivo, el más eficaz:
la creación de una estructura orgánica mediante las corporacio­
nes; el gran intento de cambiar de forma duradera la
faz de la
sociedad y el Estado.
La constitución inorgánica de la sociedad demoliberal es un
hecho en trance de consumación.
De ella no puede surgir un Es­
tado corporativo, sino un Estado centralista y absoluto, sea en
régimen de democracia o de dictadura. Aunque esta última
sea
por razones evidentes el régimen más absoluto y centralista: no
puede dejar un campo propio de autonomía a
la vida de los gru­
pos sociales, porque trata precisamente de dirigiría
y modificarla
para crear una estructura social nueva. Esto que, por una parte,
es una necesidad absoluta, es, por otra, la condena a muerte de
toda vida social orgánica.
El drama del régimen autoritario es
que crea unas corporaciones que no pueden tener vida propia
mientras haya un centralismo y una dictadura, pero que dejarían
de existir en cuanto desapareciera ese mismo centralismo autori­
tario que les dio la existencia. Son un cuerpo muerto: una apa­
riencia, una ficción.
En suma, la estructura social orgánica
es algo propio de la
vida de la sociedad, y no una reglamentación de Derecho admi:
nistrativo. Si no es nada más que esto úlrimo, podrá desempeñar
un cierto papel mientras dure
el régimen, pero será uno de tan­
tos aditamentos del mismo que caerán con
él.
Pero la pregunta es, ¿no podría el régimen que analizamos
lograr una penetración verdadera
en. la sociedad, actuando pre­
cisamente por medio de factores sociales
y no políticos, de modo
que llegara en efecto a transformar la estructura social sin que­
darse en una mera reglamentación corporativa?
La contestación
es no; salvo que el régimen cuente de partida no solo con una sig­
nificación y apoyo políticos, sino también con significación y
apoyos sociales, e incluso, que es este caso, sean éstos los que
predominen. Situación muy poco frecuente, por cierto. Y es que
al fin y al cabo también en este aspecto la dictadura es en buena
medida heredera de la democracia. De ella recibió, con
el nacio­
nalismo y
el centralismo, la idea de igualdad, y contra ella lanzó.
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en virtud de esta idea, lo mismo que el socialismo, la revolución
social. No podía contar con las élites naturales, puesto que iba
contra ellas, y además las clases burguesas no cumplen un papel
de dirigentes.
El régimen autoritario normalmente contará con una minoría
política y desarraigada. Es decir,
al igual que en la democracia
liberal, su instrumento será un partido político, reclutado· entre
gente de las
más variadas extracciones, procedencias, disposicio­
nes, cultura y sentido de responsabilidad; muchos, gente de alu·
vión, propicios a la aventura en cualquier parte.
Su único rasgo
en común
es una ideología primaria que gira entre el nacionalis­
mo y la justicia social, y su único lazo de unión es la disciplina
del partido y la obediencia a
sus jerarquías. Un grupo así es, por
su propia naturaleza,
incapaz de una labor dentro de la sociedad,
porque ni está arraigado en ella,
ni tiene sentido alguno de vin­
culación, de responsabilidad social, que es lo propio de las clases
y las corporaciones. Un grupo de esta naturaleza no puede hacer
más que una revolución política y mautenerse después con la
fuerza del poder, siendo sus componentes individuos sueltos, sin
más influencia social que la de los cargos políticos que ocupan.
Por eso, en ciertos casos de menor contenido éticoi este tipo
de regímenes, descartado el logro del apoyo social por medio de
instituciones estables
y con vida propia (pues serían la contradic­
ción de la dictadura), evolucionan buscando su apoyo en
la pro­
paganda, la leyenda, los mitos
y la música al servicio de la polí­
tica. No pudiendo ser un régimen del Derecho,
se convierten en
un régimen del entusiasmo. Con todo ello,
y el nacionalismo
romántico como «leit motiv», pueden crear una unidad exterior
como la que mencionaba Mella, pero nunca una unidad orgánica
e interna. Es decir, pueden crear aquello mismo que puede crear
la democracia en su evolución hacia el despotismo.
Esta constatación de la incapacidad del Estado para perdurar
si no cuenta con una pirámide social homogénea con los conte­
nidos del propio Estado, unida a la dificultad de dar vida al en­
tramado social mediante un puro acto de voluntad, o incluso un
paciente esfuerzo educativo, antes que desalentarnos, nos ha de
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JAVIER URCELAY ALONSO
confirmar en la veracidad de nuestros postulados doctrinales. Y,
sobre todo, ha de servirnos de orientación a la hora de estable­
cer las prioridades
y estrategias de la restauración política.
Confirmarnos
en la doctrina porque se trata de una compro­
bación más de que la sociedad tiene sus leyes en consonancia
con su propia naruraleza,
es decir, que existe un orden natural
que rige también para las sociedades y las instituciones públicas,
de forma tal que su transgresión o ignorancia acaba siempre
pa­
gándose antes o después. Es imposible el mantenimiento y per­
duración del Estado confesional y corporativo
s.in una sociedad
igUalmente creyente y orgánicamente viva que le preste basamento
y apoyo. Y la secuencia natural para que esto tenga lugar,
es que
una sociedad trabada por una
Fe común, y pletórica de vida pro­
pia en sus cuerpos constituyentes, se corone por un Estado con·
fesional y respetuoso de ese mismo orden que viene a vertebrar,
y no a usurpar, orientando y armonizando. la vida social a tenor
de los imperativos del bien común. Lo contrario no dejaría de ser
empezar la casa por
el tejado, pedirle a la flor que dé vida hacia
abajo a las hojas, el tallo y las raíces.
Orientar nuestra acción, porque se comprende que la acción
política, enfocada a incidir sobre el Estado y el Gobierno, debe
ir acompañada de una inteligente acción cívica y social que vaya
restaurando aquí y allá, cada uno en su medio y según sus
com­
petencias, el entramado social, devolviendo su vitalidad y autar­
quía a los cuerpos intermedios, alentando el trabajo de las élites
naturales, esparciendo por todo el ámbito social los principios de
responsabilidad y participación, democratizando las decisiones y
competenciás, conectando con los problemas concretos de cada
clase, estamento y corporación, e incitando a la búsqueda de
so­
luciones por parte de los propios interesados ( 12).
Esta fuerza social, canalizada y coordinada con sentido polí­
tico, no solamente puede ser un argumento valiosísimo para la
(12) El'tema se encuentra desarrollado·c:on Illás extensi6n en el capítulo
«Por la restauración del Orden Político Cristiano» dentro de «Los Cató­
licos y la acción política», Speiro,· 1982.
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DEMOCRACIA O DICTADURA: UN FALSO DILEMA
conquista del Estado, sino que, sobre todo, una vez rescatado
éste, será
la base sustentadora, el foco luminoso que irradie con
su ejemplo a toda la sociedad, y la buena tierra en la que la
acción educativa del Estado sea acogida para dar su fruto.
El camino puede parecer largo
y hacerse cuesta arriba, pero
es necesario recorrerlo si queremos cimentar sólidamente el Es­
tado Católico para que resista así los embates de los años, las
pasiones y las ideologías.
Comprendo las razones de
la impaciencia, de los que querrían
ver en unas horas restaurado el Orden Político
cuya descompo­
sición comenzó hace cinco siglos, y proponen para ello secuestrar
en una noche las imprentas del Boletin Oficial del Estado y ama­
necer con un Estado nuevo. Inclinémonos con humildad ante
el orden natural que hace que el hijo nazca nueve meses después
de la fecundación y que
el próximo verano llegue solamente tras
un nuevo invierno y una nueva primavera.
No es invitar a la resignación, ni mucho menos al acomodaw
miento, sino, muy por el contrario, a la tensión combativa, al
esfuerzo perseverante y al trabajo sin descanso. Pero trabajo in­
teligente, en profundidad, que va a las causas del problema, y
que sabe que quizás sea bueno coger la guadaña y cortar las malas
hierbas de
vez en cuando, pero que alguna vez hay que remover
la tierra con la hazada y desalojar las raíces más hondas del mal.
El buen sentido
y la prudencia política dictarán cuándo, con
lo segundo en mente, se hace precisa una solución de emergencia.
¿ Es que habrá que respetar la legalidad aunque la legalidad sea
la muerte? Ya vimos antes con Donoso Cortés que· no, que se
puede y se debe conservar la vida de la sociedad sacrificando un
Derecho muerto. Lo que ocurre es que con los principios
y con
los remedios de
la revolución no se salva la vida, ni se crea un
Derecho nuevo.
Si acaso se consigue una tregua. Se produce una
«perpetuado revolutionis» y nada más. Antes o después
se vol­
verá, por un medio o por otro, a la situación de partida, a la
antigua legalidad, que seguirá siendo la única, puesto que la
dictadura dejó en realidad intactos su base y sus principios. las
raíces siempre dispuestas a renovar sus brotes. Y con la vuelta
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JAVIER URCELAY ALONSO
a la legalidad quedan de nuevo abiertas todas las posibilidades
de descomposición y de incertidumbre. La dictadura no acaba
con la revolución; la aplaza.
El fracaso de perduración de los distintos regímenes autori­
tarios ensayados, sirve de ocasión para llamar la atención sobre
un problema fundamental. Es la expresión, nacida del campo
mismo de la revolución
y de la democracia, del anhelo inconte
nible por salir
de sus formas muertas. Es la demostración de que
la sociedad debe tener vida orgánica y el Estado autoridad plena,
y de que la dictadura, igual que
la democracia, no se las puede
dar. Ojala ante esta consideración las masas desarraigadas por
la democracia
se decidan a dejar de ser masas, permitiendo que
nuevos principios las organicen. Ojala que las clases superiores
adquieran sentido de responsabilidad social, y las inferiores
se
integren plenamente en · 1a vida orgánica de la nación.
Y concluyo. «Democracia o Dictadura
... », o más bien, de­
mocracia que evoluciona hacia el despotismo y dictadura que nace
y muere en la democracia. Dilema falso por inexistente, por ser
sus dos términos parte de la misma dinámica introducida en
el
orden político por la revolución y el liberalismo democratista.
Peto· existe, y lo hemos de repetir una y mil veces, la posi­
bilidad de salirse de este estrecho campo de juego en el que tan
difícil está resultando a los hombres y a las sociedades encontrar
el pan y la libertad, la justicia; el buen gobierno, la responsabi­
lidad y la paz. Existe y no hay nada nuevo que inventar, como
tantas veces recordamos en la conocida expresión
de San Pío X.
Son los principios del Derecho Público Cristiano,
es el respeto
al Derecho Natural en lo que respecta al orden social y político,
es la tradición política de nuestra patria.
Porque, como afirmaba Aparisi, dejando aparte
el significado
nefasto del término, no hubo jamás, ni hay, ni puede haber, nada
más democrático que el pueblo español, su derecho político y su
historia.
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