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Discurso de clausura. (XXI Reunión de amigos de la Ciudad Católica)

DISCURSO DE CLAUSURA
POR
ABELARDO DE ARMAS
Mis queridos amigos de la Ciudad Católica: me atrevo cada
año a dirigiros la palabra porque nuestro querido
y común
amigo, don Juan V allet,
me invita a ello. · Podéis compro­
bar que mis condiciones
intelectuales no están a la altura del
auditorio que tengo delante, pero hablar

a católicos que,
como
he podido observar estos días, tienen mi mismo querer, mi mis­
mo pensar, mi mismo sentir, se me hace fácil.
A lo que hoy querría invitaros es a que ese mismo querer,
ese mismo sentir y ese mismo pensar, ahor"' podamos añadir un
mismo obrar. Puede que haya aquí personas entre nosotros que
se sientan incapacitadas para llevar a la práctica los temas, las
ponencias, tan maravillosamente desarrolladas, las ideas que en
los foros, en el diálogo, en la convivencia entre unos y otros he­
mos ido recibiendo. Muchas de las personas aquí presentes (re­
pito) pueden sentirse incapaces de llevar esto a la vida, de tras­
ladarlo
al medio ambiente en el que estamos ... Ahora bien, de
lo que ninguno
de los que estamos aquí debe sentirse incapaz es
de llevar al mundo la verdad del Evangelio.
Y ahora
es cuando vuelvo a haceros la pregunta que os hice
en Benicasim
el año pasado.
Todos los que estamos aquí presentes, ¿aspiramos a
-la san­
tidad o -hemos renunciado ya a ella? Porque no hay forma de
cambiar
las estructuras sin cambiar el propio corazón humano,
y no hay forma de cambiar el propjo ,corazón humano sino iden­
tificándolo con Jesucristo
y transformándonos en· El. Esta pre-
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gunta debemos hacérnosla todos muy seriamente, máxime
cuando estamos a cinco días ( ¡nada más!) de la estancia del Papa
Juan Pablo
II en España, dejándonos una catequesis completí­
sima, cuya idea central
es toda una exhortación a todos y cada
uno de
los componentes· de la sociedad cristiana a aspirar a la
santidad. Ahora bien,
si santidad y cruz son inseparables, ¿por qué
renunciamos a la santidad? Renunciamos a la santidad porque
tenemos pánico a la cruz. Tener pánico a la cruz es no entender
el meollo de nuestra fe, el centro del ctistianismo, la esencia de
la vida cristiana.
. , , No hay que desalentarse: a nuestros primeros hermanos, fos
apóstoles,
les pasó lo mismo. La Iglesia que lo prevé nos pr~
pone un Evangelio que es una lección y a la vez la fortaleza para
poder practicar esa lección. Es el Evangelio de la octava séman~
precuaresffial, cuando nos vamos a meter prácticamente a acom-:­
pañar a Jesús en la pasión,.
Este Evangelio e"s el siguiente. Dice San Marcos ( 1) que su­
bíau a Jerusalén, Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban
sórprendidos y
los que le seguían tenían miedo. Les dijo: «Mi­
rad que subimos a Jerusalén, donde el hijo del hombre va a set
entregado
a los sumos sacerdotes y los escribas. Le condenarán'
a 'muerte, le azotarán, le coronarán de espinas, le matarán y al
tercer día resucitará». Era
la tercera vez que Jesús predecía su
pasión. Cada vez que aparece en escena la pasión, los
disdpulos
(es
el Espíritu Santo quien nos lo dice por la Escritura) se en­
ttístecieron mucho y «no entendían lo · que El había· querido
decir y era éste un leuguaje que les resultaba incomprensible a
ellos» (2). No
nos puede extrañar a nosotros que la cruz nos
ás\Jste. · La cruz sola, sin perspectivas de resurrección; puede aplas­
tarnos. Pero
es que no hay cruz sin· resurrección.
Y nosotros, los que estamos aquí. (me dirijo fundamental­
mente a los seglares porque. la mayoría del auditorio es seglar),
( 1) Me, 10,32 y sip.
· (2) Li, 18,34.
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DISCURSO DE CLAUSURA
¿nos sentimos responsables del momento que nos está tocando
vivir? Juan Pablo
II acaba de alejatse de España. Y o creo que·
Juan Pablo
II nos miraría a cada uno de los asistentes a esta
Reunión de amigos de la Ciudad Católica como miró Jesús a
aquel endemoniado de Gerasa iniciando allí (
a
mí así me lo .pa­
rece) el apostolado seglar.
Jesús
(el pasaje lo conocéis todos, es el capítulo quinto de
San Marcos) había liberado aquella comarca de diez ciudades,
griegas
-la Decápolis-- de un endemoniado que la asolaba. Era
tan peligroso que
al preguntarle Jesús su nombre respondió:
«legión, porque somos muchos»
... Cristo va a librar a aquel hom­
bre de Satanás, ordenando a los demonios que
se metan en
aquella piara de cerdos ( unos dos
mil, que se precipitan al
mar). Después de hacer aquel
bieo tan inmenso, aquellos hom­
bres del pueblo, como los porqueros fueron a avisar, vino todo,
el pueblo,
se colocaron delante de Jesús y le dicen respetuosa­
mente: Kyrie, Señor, vemos que eres muy grande, pero nos has
causado un gran mal. Te lo suplicamos: ¡aléjate de aquí!, ¡mar-•
chate de estas tierras! Jesús, sileociosameote, sube a la barca.·
Los apóstoles, detrás. Y entonces, el endemoniado
-- Evangelio--, quiso subir con El, quiso formar parte de los
ele­
gidos, del grupo apostólico; pero Jesús, rechazado de allí por' .
toda aquella multitud de personas que amaba, se volvió al en-·
demoniado para decirle: « Vuelve a los tuyos y cuéntales las mi-·
sericordías que el Señor ha obrado contigo».
A
mí juicio ahí se inicia el apostolado seglar: donde va a
ser rechazado Jesús, donde no pueden tampoco entrar los prolon­
gadores del sacerdocio ministerial de Jesús, religiosos,
sacerdotes,
Ahí donde no pueden entrar éstos está llamado a entrar el seglar
a cristianizar todas
las estructuras .. Juan Pablo II dijo a los lai­
cos, en Lisboa, que si en algún momento se podía acusar a la,
lgle~ia de no estar presertte en un sector social determinado o en·;
algún problema humano era porque nosotros, los laicos, los se,.,
glares católicos, habíamos abandonado ese sector o ese proble0
nia. En los distintos mensajes que Juan Pablo II .ha dejado aquí,·
en nuestra patria,
puede contemplarse este mismo pensamiento!•
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ABELARDO DE ARMAS
A los educadores en la fe dijo, en Granada, que la misión de
anunciar el hecho profundo de la redención cumplida en Cristo no
es privativa de los Ministros Sagrados o del mundo religioso sino
que debe abarcar los ámbitos de los
s\'glares, de la familia, de
la escuela. Todo cristiano ha de participar en la tarea de la
formación cristiana, ha de sentir la urgencia de evangelizar. Está
tan cerca de nosotros su acento que aún sentimos la firmeza de
su voz, porque ha predicado --dijo al llegar a Roma-las ver­
dades eternas del Evangelio con amor y con fuerza.
Nosotros no podemos
· dejar ahora a Juan Pablo II en su
soledad. Yo, en los
días previos a la venida de Juan Pablo II, he es­
tado tratando con cerca de medio millar de jóvenes. Fuimos a
buscarlos a sus centros de estudio. Aprovechamos
la coyuntura
de que venia
el Papa para ofrecer a la juventud una gran em­
presa. Pasamos por allí, hablando con directores, charlando coii
los muchachos. Entramos por esos centros diciendo: se necesita
media docena. Dígame usted seis muchachos responsables y
se-·
lectos que quieran formar parte del servicio de orden en los actos.
con
el Papa, fundamentalmente en el encuentro con los jóvenes.
En la primera reunión organizativa que ruvimos un sábado,
habían acudido unos trescientos muchachos. Cuando me dijeron
a mí que les dirigiera
la palabra, me dije: «Madre, hay que ena'.
morarles de Jesús. Pero, para enamorarles ,de Jesús, no tengo
otro camino que enseñarles a sufrir, porque no se· ama aquello
por lo que no se sufre».
Hoy no amamos la santidad y
no amamos la identificación
con
Jesucristo, transformarnos en El, porque sufrimos poco por
El, y cuando
se nos ofrece la coyuntura de sufrir damos la es­
palda porque tenemos miedo a sufrir y si el cristianismo tiene
miedo
a sufrir no puede variar las estructuras por caducas que
.sean. Pío XII decía: «Is cristianos primitivos se atrevieron a
enfrentarse a una civilización pagana, a unas estructuras cadu­
cas y lentamente, con paciencia, lucharon con ella y la vencie­
ron, con gravísimos sacrificios, hasta dar la vida. Somos
seguí-•
dores de un. crucificado que dio la vida primero por nosotros».
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DISQJRSO DE CLAUSURA
Dije a aquellos muchachos: si alguno viene aquí pensando
que formar parte de los servicios de orden supone una cercanía,
una proximidad mayor al
Pap~, y viene para estar más cerca
del Papa puede retirarse.
Aquí se viene pará tener los ojos
puestos, no en el
Papa. sino en la multitud, para que no vaya
a aparecer un malvado que levante una pistola y quiera quitarle
la vida. Tenéis que renunciar a ver al Papa. ¿ Estáis dispuestos
a esto? Al
sábado siguiente acudieron unos cincuenta jóvenes
más, aunque se habían retirado algunos. El tercer sábado, si­
guiendo con el mismo programa exigente, llegamos a tener cerca
de cuatrocientos muchachos en
la reunión y otros cien que no
pudieron asistir.
Allí, a mayor exigencia, mayor respuesta. Hubo
uno que me dijo luego, en charla particular: «lo que más me
entusiasmó desde el primer día es que me enseñaste a sufrir por
Jesucristo
y, cuando, durante las clases, tuve que entrar con mis
amigos haciendo campaña para que asistieran a los actos del Papa,
para que engalanasen sus casas, para que repartieran octavillas,
pude comprobar mi sufrimiento y mi alegria».
Les dije: este entrenamiento a sufrir ahora
por Jesucristo es
importante, pero
es sólo un principio, porque ábora está el cris­
tianismo de moda,
ábora está la figura del Papa aquí respaldán­
donos a nosotros. Cuando habrá que sufrir por
Cristo serán
cuando se marche de España, cuando enseguida se silencie, cuan­
do los medios de comunicación social empiecen con su ironía a
vjlipendiar la figura del Sumo Pontífice, a ridiculizarnos a los
cristianos, entonces es cuando verdaderamente hay que sufrir y
ha,,·. que luchar.
Ahí están esos muchachos
en sus centros de trabajo pelean­
do
por la Iglesia. A algunos les han suspendido exámenes porque
ha habido colegios religiosos e Institutos de Enseñanza Media
que la tarde del
día 3 de noviembre hicieron exámenes a sus
alumnos ( aquí, en Madrid) para que no pudieran asistir al acto
del Bernabéu. Yo les
animaba a rebatir a sus profesores: « Usted
me suspenderá, pero yo no vengo a clase». Y, cuando te diga
el
profesor: «¿tú eres católico?, alltes es la obligación que la de­
Toci6n», le respondes tú: «si usted tuviera a su padte ausente
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ABELARDO DE ARMAs
por muchos años, en América, por ejemplo, y viniese al aeropuer­
to, ¿usted· dejaría
de ir a recibirle por tener un examen?
»La obligación para un católico ante un hecho único en la
historia de España es que un . Papa. viene aquí y mi obligación
es ir allí; si usted quiere, suspéndame».
Parecería que esto es moverles a la subversión, pero es di­
rigirles a una ·subversión de valores, es decir, a valorar lo sobre­
natural muy
pOt encima de lo material y de lo humano. Ese mu­
chacho,
si-sigue viviendo así, el día de mañana no pondrá tanto
corazón en lo material cuanto en lo trascendente. Estamos así­
porque tenemos miedo a sufrir, Tenemos una juventud maravi­
llosa, pero no
podemos empujados a sufrir si nosotros somos
los primeros temerosos del sufrimiento. Por tanto,
no es priva­
tivo del religioso
ni del sacerdote, es de nosotros (los que esta­
mos aquí) evangelizar. Todos los que estamos aquí podemos
evangelizar.
En Toledo, a los dirigentes seglares, dijo el Papa:
«Ningún cristiano está exento
·de su responsabilidad evangeliza'
dora. Ninguno puede ser
sustituido en las exigencias de su apos'
talado personal. Cada laico tiene un campo de apostolado en su
experiencia personal». Y en este campo de apostolado, dos as~
pectas, para no .caer en lo que ayer se criticaba en un foro (po­
siblemente con mucha razón); al decir que podíamos tener el
peligro de convertirnos en unos místicos (pienso que lo que que­
ría decir era que teníamos el peligro de caer en el misticismo,
porque
el místico, el auténticamente místico, el contemplativo;
es eminentemente activo).
Si estamos fallando en nuestra acción evangelizadora es porque
no somos contem:plativos, porque· no 'soní.os místicos, porque no
somos almas de vida. interior, porque no hacemos oración. Cadír
laico tiene un cáhi.po de apostolado en· su experiencia personal,
pero
mi experiencia personal evangelizadora es tai1t-0 cuando evan­
gelizo en lo divino como cuando evangelizo sobre lo humano:
T enemas
que ser los mejores allí dónde estemos: «Porque sois
competentes, seréis eficaces», decía el padre
Poveda a sus tere'
sianas. No podemos tener autoridad si ·no somos autoridad. Eo
el campo personal donde yo me desenvuelvo tengo que ser el
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DISCURSO DE CLAUSURA
mejor. Pero ser el mejor supone muchas renuncias, muchos sa­
crificios, mucha entrega, mucho olvido de mí mismo. Y a los
que estáis aquí esta noche
se os podía preguntar, como el Papa
en
el Estadio Bernabéu dijo a la juventud: «he esperado con
verdadera ilusión este encuentro». El Papa
se preguntaba mu­
chas veces: los jóvenes españoles, ¿serán capaces de vivir con
valentía y constancia su fe? Respondieron
si. A continuación les
dijo: ¿o desencantados
se replegarán sobre sí mismos?
Las personas asistentes aquí, a este acto de clausura de
la
vigésimoprimera Reunión de amigos de la Ciudad Católica, ¿se
replegarán desencantados sobre
sí mismas cuando salgan de aquí?
¿ Cómo podemos conseguir no replegarnos desencantados? ¿ De
dónde sacar esta fuerza? La fuerza está en la
Crw,, donde reside
el poder
':{ la sabiduría de Dios.
No tener miedo a la
crw,. En la cruz hay un auténtico gozo,
lo que pasa es que las ideas no se entienden mientras no se vi~
ven y dejan de comprenderse cuando dejan de vivirse, y recha­
zamos la cruz sin poder gozar de su unción.
Todos los que estamos aquí tenemos que hacer un verda­
dero esguerzo por convertirnos
en hombres y mujeres de vida
interior, almas contemplativas.
Si el Papa dijo a los sacerdotes
en Valencia: «ser sacerdotes de cuerpo entero»,
yo os digo aquí,
a todos (y creo que prolongo la acción y
la voz del Papa): «sed
católicos de cuerpo entero,
es decir, cuerpo y alma. El cuerpo
entero con todo su ser», y cuando haya un ejército de personas
que sean católicas de cuerpo entero allí donde estén, entonces
el
Evangelio, posiblemente, segnirá siendo un signo de contradic­
ción, pero irá penetrando en las almas, porque para ser un cató­
lico de cuerpo entero hace falta ser grano de trigo que
se pu­
dre y ese da fruto siempre,
porque tras la muerte hay resu­
rrección.
Tenemos que .ser maestros de oración. Cada .. uno de los que
estamos aquí tenemos que convettj.mos en maestros de .oraci6n,
lo cual supone deqicar un. tiempo al · silencio, al recogimiento, a
la oración.
Tomamos unos días de tiempo para unas jornadas,
unas reuniones, un Congreso, como ,el de aquí. pero no · lo. ten e-
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ABELARDO DE ARMAS
mos para unos Ejercicios Espirituales serios al año. ¿Qué· tiem­
po del día dedicamos al estudio, a la lectura? Hay que hacerla y
cuanto más mejor; peto, ¿qué tiempo dedicamos a la oración,
a
la reflexión, a la meditación, al contacto interno con Jesucris­
to?
· Querer amar al hombre sin amor a Jesucristo ----- Papa-no es coherente. El amor al hombre exige la coherencia
del amor a Cristo y esa fidelidad a Cristo nace de
mi oración
de cada día. No podemos abandonar la oración, no podemos
abandonar nuestra vida interior, no podemos rechazar la cruz
cada
vez que se nos presente delante, porque la cruz supone, a
veces, presentarnos lo que queríamos rechazar: nuestra miseria,
nuestra pequeñez, nuestra bajeza; o alejarnos de lo que quería­
mos abrazar, que es el honor, la vanagloria, la estima, el quedar
bien. Pero no
se trata de quedar bien, no se trata de sostener
nuestra imagen. Hoy hay
mucha gente que prefiere conservar la
imagen a ser testigo de la vetdad, esto
es lo que el enemigo ha
descubierto para que no avance el cristianismo.
Nos decían en un -foro de ayer que un famoso general chino
afirmaba que
lo importante no es que un ejército sea capaz de
vencer a cien batallones_ enemigos en mil batallas,
lo importante
es que un ejército sea capaz de superar al enemigo sin comba­
tido. Añadía que esta táctica es la que han penetrado hoy en fa
Iglesia a través de medios de comunicación social, de editoriales.
de las publicaciones que
se hacen en libros, a través de la ense­
ñanza en
las escuelas, etc. _ El mal sí que se extiende como vasos
capilares
y llega a todas partes dejándonos indefensos sólo con
ridiculizarnos ( con ponernos el adjetivo retrógrado, cavertúco­
la).
Lo que ocurre es que preferimos conservar nuestra imagen.
Pero decía el Papa a los jóvenes: «queridos jóvenes, la raíz del
mal nace en el propio corazón humano
y en la vida social». Si
ya tenemos este enemigo de la vida social para encogernos, apo­
camos, amedrentarnos, no es menos nuestro propio corazón,
que quiere quedar bien, simpatizar, agradar, siendo así que tene­
mos que sostener la vetdad predicada, como Juan Pablo II, -con
amor
y con fuerza, amando al enemigo. No hemos de amar el
error, hemos de rechazarlo, pero h'emos de amar al enemigo,
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DISCURSO DE CLAUSURA
porque dice San Juan de Avila: « ¿Cómo pudo llamarnos Jesu­
cristo amigos, cuando éramos enemigos? Porque muriendo por
nosotros en la cruz nos hizo amigqs». Vencer muriendo, no ma·
tando, para transformarlos en amigos. Entonces, ¡claro que se
puede! Nos faltan las fuerzas, nos sentimos incapaces, pero te­
nemos una ayuda inmensa, un tesoro a nuestro lado, ¿para qué
tenemos a
la Santísima Virgen?
El Papa decía, en la beatificación
de sor Angela de la Cruz,
que esta mujer
se veía en la contemplación enfrente de Cristo
crucificado y que, enfrente, muy cerquita de Cristo crucificado,
había otra cruz,
y en aquella cruz -vacía-se colocaba ella
para estarse
allí frente a Jesucristo crucificado por los pobres.
Y o no conocía este aspecto de sor
Angela de la Cruz, pero
cuando escuché al Papa,
sí evoqué un aspecto de mi propio co­
razón. Yo siempre he concebido que la cruz de Cristo está va­
cía a sus espaldas .. He solicitado una fuerza que me falta, como
cualquier humano, a la Santísima Virgen para que
me da.ve con
El en la misma cruz (no en otra próxima, enfrente) con los mis·
mos clavos. Estar ahí. «Con Cristo estoy clavado en la . cruz»,
como dijo Pablo. Crucificarme con Jesús. Cuando llega este
mo­
mento, ciertamente, parece que nos van a faltar las fuerzas, pero
«estaba junto a la cruz de Jesús, Su Madre».
El evangelista San Juan nos narra este hecho (y es muy
significativo).
En el prologo de su Evangelio dice que a los que
recibieron al Verbo se les dio la potestad de ser hijos de Dios.
Cuando él narra este acontecimiento ( «dijo Jesús: he ahí a
tu
hijo y luego al discípulo -he ahí a tu Madre»-) concluye:
«el discípulo
la recibió por suya» (y emplea el mismo verbo).
Es decir, que
si no se recibe a la Virgen por Madre no lo es en
realidad, como aquel que rechaza a Jesús no lo recibirá. A los
que le recibieron les dio
la potestad de llegar a ser hijos de Dios.
Tenemos que recibir a la Virgen por Madre, porqué todas estas
cosas que yo esJ:!>Y diciendo están en nuestra mente. Son verda­
des que creéis, pero lo importante
es que hay que vivirlas. Qui­
tarle al hombre el dinamismo de su creencia en que es hijo de
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ABEIARDO DE ARMAS
Dios es trágico, pero que sepa que es hijo de Dios y no lo viva,
es más trágico todavía.
Tenemos mucha más responsabilidad todos los que .estamos
aquí, que sabemos que somos hijos de Dios y no actuamos como
tales, que los que lo ignoran. (Ayer les
decía yo a los jóvenes
lanzando
les a la Campaiía de la Inmaculada: « Vamos a ver, ¿ qué
es lo que
os arredra? Si fuerais hijos de Aristóteles Onassis y os
dijeran que hay que salir a buscar dinero para esta campaiía, os
,diríais: «voy a buscar dinero para esta campaiía porque es for­
midable hacer que la gente colabore, pero si no saco el dinero,
¿qué más me da?
Sé que le digo a mi padre: papá, necesito un
millón de pesetas,
y me los va a dar». ¿Por qué? Porque ten­
dríais conciencia plena de ser hijos de un magnate.) ¿Actuamos
nosotros así? ¿Obramos nosotros a lo Juan Bosco, que en
el
primer lío econ6mico en que se mete ( unos nueve millones de pe­
setas actuales a pagar en quince días) les dice mamá Margarita:
«hijo, ¿de dónde vas a sacar ese
dinero? Pero, ¿cómo' te has
comprometido a eso?
- ¡Mamá, si tú lo tuvieras, ¿me lo darlas?
- ¡Claro, hijo!
- Pues, ¡la Virgen lo tiene!».
Nosotros, ¿somos conscientes de esta filiación divina? Dios
puede concedernos milagros, no en atención a
mí ( yo no puedo
·,replegarme sobre mí mismo, rio puedo mirar mis miserias y en­
cadenar la acción de Dios porque soy un miserable, que es otro
de los engaños del mal espíritu), sino ver
el amor que Dios tie­
ne a esa multitud que
me rodea, a ese mundo inmenso de almas
que El quiere,
y ama, por cuyo bien está derramando su san­
gre. Ofrezcámonos en nuestra misma pequeñez. No podemos ha­
cer nada, pero vamos en tu nombre, Señor, a desplegar las
redes. ¡ Cuánto bien podríamos hacer!
Dice
Orígenes: «las primicias de la Biblia son los Evange­
lios, y las primicias de los Evangelios el Evangelio de San Juan,
pero nadie
puede entender este Evangelio si no ha reclinado la
cabeza en el corazón de Jesús o no tiene a la Virgen por Ma­
dre». Ella es nuestra Madre, lo sabemos. Pero hagámosla actuar
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DISC[JRSO DE CLAUSURA
como tal y entonces nos contagiará su fortaleza, entonces no ten­
dremos miedo. El Papa
es un testigo de esperanza porque es
todo de la Virgen. No ha cobrado miedo al martirio ( ; ha tenido
la muerte tan cerca!). A partir .de ese momento, precisamente,
creo que
se ha arrojado a velas desplegadas -más todavía­
hacia la muerte. Alguno de nosotros estamos atemorizados por­
que vemos venir . una époc;=a martirial. Esa era martirial, si vie­
ne, bendita sea, pero mientras llega no podemos e§_tar parali­
zados, no podemos estar dormidos, no podemos estar inertes, por­
que tenemos que abrazarnos
al martirio de cada día, de cada
momento. De lo contrario, soñando o esperando otro martirio y
atemorizados, no aceptaremos ése, si es que llega, y estaremos
rechazando el del momento presente. Ese martirio de cada mo­
mento, del olvido de mí mismo, el que necesito para tener mi
vida interior y estar en todo momento esforzándome en pen­
sar en Cristo, con Cristo1 por Cristo, esa _forma d~ pensar es una
penitencia -heroica. Ahí sí que hay un cumplimiento del men­
saje de la Virgen de Fátima, de lá oración y del sacrificio, el sa­
crificio de intentar mirar, en todo momento, con los ojos de
Jesús, amar con el corazón de Jesús, poner las manos como
prolongación de
las manos de Jesús, «darle una human_idad su­
pletoria» como decía Sor Isabel de la Trinidad. Es una peni­
tencia · inmensa, pero, tenemos que acostumbrarnos a esto y se­
remos felices. Transformados en Cristo, seremos los hombre3
más felices del mundo.
Hemos perdido la vida interior, que es el todo de nuestra
vida
y los cristianos nos hemos salido de nuestro eje que está
alú, en la crnz de Cristo. ;Llenaos de esperanza! Los mejores
no están aquí, están fuera, pero están esperándonos a nosotros
. y fundamentalmente la juventud ( se ha querido decir, ahora, que ·
el espectáculo de ciento cincuenta mil jóvenes abarrotando el
:Bernabéu y cerca de medio millón fuera representaba a una ju­
ventud selecta, pero no a
la juventud de España). Hoy, la ju­
ventud, lo mismo
-que -las -personas adultas, tiene auténtica sed
de trascendencia, auténtica sed
de_ lo diyino. Cuanto más se
engolfa el hombre en lo material, en la busca de placeres hedo-
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Al!ELARDO DE ARMAS
nistas, está demostrando que tiene un auténtico vacío de lo di­
vino, que se empeña en llenar con ansia desmedida de placeres.
Nuestra sociedad apetece a Dios como nunca, por eso
os pido
que seáis contemplativos para que _comuniquéis a Cristo con
vuestra vida, porque, como dijo Juan Pablo II en Toledo: «asi
como disteis en el siglo de oro una pléyade de santos, hoy
tam­
bién tenéis que dar en Espafia una pléyade de santos, especial­
mente seglares». Para
la transformación del mundo que ve él,
hace falta hacer a esos hombres contemplativos en el mismo
sitio en que se desenvuelven.
HoY, que la gente no entra en los templos, hay que convertir
en templos nuestros centros de trabajo, de estudio, nuestras ca­
lles, siendo yo un contemplativo, viviendo a lo Cristo de tal forma
que quien me vea tenga que saltar de lo humano a lo divino.
Es verdad que esto
es un tesoro magnifico metido en un vaso
de barro, que soy frágil, pero yo
soy consciente de que El va
conmigo y le repito: «Señor que sacas del estiércol vida,
saca
de mi miseria, Señor, vida. Tú que amas a los hombres como
yo no
soy capaz de amarlos,- hazlo Tú». Y esa juventud puede
llenarnos de esperanza: no sólo la juventud que estaba en el
Ber­
nabéu, sino la que estaba fuera del Bernabéu, la que no vino e
incluso la que en esos momentos
podía estar en una discoteca.
Pero quisiera narraros ahora una anécdota que me aconteció
este verano pasado. Supone el triunfo de Cristo en mi alma.
Con ciento treinta
j6venes llego a la laguna del circo de Gre­
dos la mañ_ana de un 7 de julio. Buscamos acampar en la pradera
colindante
a1 desagüe de la laguna por ser el lugar más solitario,
pero
al llegar encontramos que hay ya varias tiendas montadas.
Un pequeño grupo de chicos y chicas está junto a sus tien­
das, y nos miran extrañados. Nuestro numeroso núcleo llama la
atención.
Al verme a la cabeza de la expedición exclaman las chicas:
-Son mayores.
-¡No!, interrumpe -.., vienen también Jovenes.
-Los chicos, que andan tumbados ¡,or la hierba, me pre-
guntan:
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[!ISCURSO DE CLAUSURA
¿ Traen chicas?
No, respondo.
Ya las tenéis ahí.
Somos veinticinco · para cinco chicas.
-Pues lo siento, contesto, no traemos ningu¡,a.
Casi junto a ellos, pero dejando separación de campamentos,
iniciamos el montaje. Aunque falta la mayor parte del grupo
que hemos encontrado
ya instalado, su representación exigua des­
taca por su lenguaje de tacos, insultos, bromas, frases de doble
sentido, vocabulario
soez a veces.
El montaje
del. campamento, el baño, la comida, el . descan­
so, las reuniones, etc., no nos dejan tiempo para ocupar más la
atención en nuestros vecinos.
Al atarceder tenemos la Misa y es entonces cuando parece
que
la convivencia puede acabar en «fiesta».
Durante la Misa y en nuestro rato de
a¡:ción de gracias, van
llegando los que durante el día estaban ausentes, tras haber
sa­
lido de marcha a los picos. Son todos chicos y entrecruzan ex­
clamaciones con las muchachas que
se. han quedado junto a la la­
guna. Hay jolgorio sobre nuestra presencia. En el silencio des­
tacan perfectamente las alusiones contra nosotros: irónicas unas,
faltas de gusto otras, irrespetuosas las más para el ambiente reli­
gioso del momento. Alguno de ellos grita:
-¿Les cantamos los «Kyries de Tal»?
-¡Callad!, dice otro, que están en silencio.
-Se oye un taco fuerte seguido de.. . ¿ Y si les da por
estar así una hora?
Siento que me está hirviendo la sangre y
se me ocurre que
cuando concluya el tiempo de silencio voy a aclarar
las cosas:
«O hay convivencia pacífica o vais con las tiendas a la laguna».
«¿Estáis locos o qué?» «¿No veis que somos 130, e incluso
muchos de ellos son mayores que vosotros?».
De pronto, algo me cambia por dentro y digo: «¡Oh, Jesús!
¿Cómo se me pueden ocurrir estos pensamientos contigo dentro?
Ese
soy yo. Pues bien, pronto como el jefe de campamento da el toque de fin de ac­
ción de gracias, me acerco al grupo vecino.
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Fundaci\363n Speiro

ABELARDO DE ARMAS
En la montaña todo se oye aun a gran, distancia. Dicen en­
tre ellos:
-¡Cuidado, que 11iene. uno!
Me acerco sonriendo y casi la totalidad· del grupo. viene a
su
vez hacia mi.
-Vengo dispuesto a que me hagáis una rueda de prensa,
porque estoy
seguro de que estáis todos intrigadísimos .con estos
muchachos,
¿a, que sí? _
Se inicia un mont6n de preguntas: ¿De dónde somos? ¿Por
qué
tenemos el campamento así organizado? ¿ Por qué ese rato
de
silencio,;la Misa?· ¿C6mo no hay'

chicas entre nosotros? ¿Cuán­
tos días vamos a estar? ¿Qué vamos a hacer?, etc.·"
Voy contestando a todo y me doy cuenta de que son muy
jóvenes, sus caras son s8nas, sus miradas limpias y francas. L~s
chicas parecen las más inquietas. Y 11oy sintiendo un inmenso
cariño por todos. Sonriendo y como
si los conociera de toda la
vida, casi como si fuera más de aquel grupo que del mío, voy
satisfaciendo su curiosidad,
· Comienzo por el tema del silencio:
-Un hombre, ¿d6nde se encuentra a sí mismo, en el rui-
do o en el silencio?, les pregunto.
Callan los
más, pero algunos dicen:
-En el silencio.
-Pues eso es lo que venimos buscando a la montaña. Que-
remos que estos muchachos· se encuentren a sí-mismos, y a
Dios, pero sin lo que se dice hoy «comer el coco». «El coco se
come»· cuando no se deja tiempo para pensar. En eso consiste
el lavado de cerebro, en no dejar tiempo para pensar. ¿No os
parece que hoy' se reflexiona poco? Te pones anie la «tele» o
la radio y te tragas una sucesión de noticias sin tiempo -para di­
gerirlas.
Aquí queremos que
piensen por su propia cabeza, por eso se
les deja buenos ratos de silencio.
_:_ Pero parece qué hay mucha. disciplina, ¿no?
-¡No!, lo que ocurre es que hay en todos un gran sentido
del cumplimiento del, deber,
y basta una insinuación o indica-
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Fundaci\363n Speiro

DISOJRSO DE CLAUSURA
ción del que hace de jefe para que todos se pongan rápidamente
en marcha. Además, pensad que es un grupo
qué está haciendo
un cursillo de formación de educacfores. de juventud. No son tan
críos como parecen.
En ese momento nuestro camplimento ha formado ante e·
mástil y están los mandos dando la puntuación del .día,
-Ese que está haciendo• de jefe de. campamento es ingenie­
ro industrial,
el que tiene a su, derecha es catedrático de latín
y el que está a
la izquierda hace cuarto de filosofía. Bastantes
de esos chicos están acabando las carreras. ¿Habéis visto a uno
que
ba tenido que meterse en la. laguna 'porque se le llevó el
viento la gorra?
-Sí -me responden a coro · jocosamente--, porque la es-
cena había dado lugar a comentarios chuscos por parte• de todos,
:._ Pues hace segundo de •medicina. •
-Pero si parecía un crío -me dicen-.
-Pues es un fornido.•,navarro, les contesto. Hay chicos de
casi toda España.
- ¿No
es un campamento político? -preguntan vários--.
-No admitimos que se hable de política, El campamento
es para la formación de educadores católicos que impregnen toda
la vida de valores cristianos. Políticamente que piensen libre­
mente como qúiéran dentro de su católicisnio, ·pero aquí no se
habla de política, porque la política divide.
- ¿No son del
Opus Dei?
- No, el Opus
es otra institución. distinta.
- ¿Cómo
se llaman ustedes?
- Milicia de Santa
María.
-

Y usted, ¿por qué
no• forma?
-Hombre, a ciertas edades ya no se está para esos · trotes.
~ Pero se toman muy en serio eso de la formación de. edu0
cadores, ¿no?
~ Es para tomarlo en serio -les digo-,-, ¿No os parece?
Siento de nuevo mucho cariño, porque ellos·
mismos me dan
la sensación de andar como ovejas sin. pastor· y -necl!sitados de:
esos guías de juventud. Entonces 'les argumento:
Fundaci\363n Speiro

ABELARDO DE ARMAS
-Ahora somos en la· tierra unos ctiatro mil -millones de
habitantes. Dentro de 18 años seremos unos siete mil millones
según dicen las estadísticas. La mitad de esos siete mil millones
serán
menores de 20 años, es decir, una poblaci6n casi como la
que hay ahora. ¿Habéis pensado qué será de un mundo emi­
nentemente juvenil, sin -gente que lo· oriénte?
-Pues es verdad, harán falta profesores, guías, sacerdotes ...
-. Bueno, la interrumpe 'un muchacho muy jovial, por 19
menos aquí ya tenemos 130.
- También vosotros podéis serlo
-respondo-.
-Pero, ¿por qué no vienen chicas? También hacen falta
chicas, dice la más inquieta de ellas.
_:_ Han venido hace unos dias y ahora, cuando se han ido
ellas,. venimos nOsotros.
¿Pero también hay chicas? ¿Y por, qué no vienen jun-
tos? Nosotros entendemos la formaci6n de chico
y chica como
una montaña o pirámide.
La pareja va subiendo cada .uno por
una-ladera, y s~ encuentran vencedores en_ la cumbre. Juntos,
es fácil que se queden a media ladera, prefieren gozar, descan­
sando: en la· -grata compañía, que .el esfuerzo de continuar su-..
hiendo.
El chico y la chica tienen valores muy positivos, y defectos
muy perniciosos. A vuestra edad estáis receptivos, lo
captáis
todo, pero os puede faltar la capacidad de asinúlaci6n. Los va­
lores positivos que tienes tú -me dirijo a la chica inquieta­
los captan ellos, pero si no los asimilan bien pueden tocar y
disminuir los valores que en un muchacho deben primar como
valores viriles. Al mismo tiempo
tú admiras los valores mascu­
linos de ellos, y deseas adquirirlos
y, si no los asimilas bien,
puedes perder algo tan
exquisito como ahora tienes y que es
tu feminidad .
.......... Eso· está muy .bien pero sigo sin entender que no estén
juntos. · -Aquí interrumpe uno de ellos con una broma de mal
gust!)' qué los otros no parecen aceptar-. «Siga, siga» -dicen-.
Pues -vuelvo a dirigirme a la chica-, ade;,.ás, ¿no te
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Fundaci\363n Speiro

DISCURSO DE CLAUtRA
parece que si están juntos hay menos pureza de intención? En
las reuniones comunes desean destacar ellos ante ellas y ellas
ante ellos. O callan
por no hacer el ridículo. ante el sexo con-,
trario.
-
Sí, en eso tiene toda la razón. Además los chicos siempre
quieren salirse con la suya.
Ahora
ya no quiero continuar dando sensación de sermo­
neador y empiezo a gastarles bromas, contar chistes a costa d,;l
hambre que dicen tener. Me invitan a cenar con ellos, aunque lo
van a hacer de pie por tener poca comida. No les acepto la in­
vitación para no menguar sus pobres viandas y así se lo digo
añadiendo en broma: ·
- No os acepto la invitación porque soy muy comilón y os
dejo sin nada. Por lo de comer de pie
ya sabéis: Vale más co­
mer de pie que pasar hambre tumbado.
Se ríen todos y yo con ellos. Les siento muy míos y muy
dentro de mí. Me voy a despedir y les digo:
- Bueno,
os dejo. De todas maneras perdonadnos que os
hayamos turbado la soledad que
teníais antes de llegar este gru­
po (nuestro campamento había sido montado con cerca de 50
riendas perfectamente alineadas en dos y tres
filas que cubrían
un semicírculo bordeando
las aguas).
-¡Ah!, no se preocupe por nosotros, ya verá la que les
vamos a dar a ustedes esta noche, porque nos acostaremos a· la
una o las dos. ¡Vaya follón que vamos a organizar!
- Por eso no os preocupéis, porque mafiana nosotros 'nos
levantaremos antes de las siete, pero lo haremos en silencio para
que no os despertéis y podáis descansar ..
Quedan pasmados de la respuesta, como si les hubiera gas­
tado una brotna.
Me despido, y algunos de nuestros acampados que han ob­
servado y
quizá escuchado mi conversación, vienen y me ofre­
cen alimentos para que se los lleve. Les digo que lo hagan ellos,
y así lo hacen repartiéndoles galletas y demás productos.
A
la mañana siguiente hacemos como les dijimos. Nos levan­
tamos en silencio, y aun siendo más de 130 procuramos no turbar
69'5•
Fundaci\363n Speiro

ABELRDo DE ARMAS
su sueño. Ellos no han conseguido turbar el nuestro; primero
porque no
han alboratodo tanto como decían y, segundo, porque,
el cansancio nos rindió
tan pronto como entramos en las tiendas'
a dormir.
Cuando
.ttllestro campamento se ha ausentado ya para 'pasar
todo
el día fuera, en diversas marchas a los picos, me acerco otra
vez. Me dan
las gracias por los alimentos que les llevamos ano­
che, pero están extrañadísimos
de nuestro comportamiento.
Esta vez les hablo de marchas que se pueden hacer desde
allí,
me cuentan ellos las que han hecho. Me dicen que se van al día
siguiente. Vuelven a hacerme preguntas. La chica
más inquieta
me dice:
-¿ Cómo te llamas?
Respondo con
mi nombre.
- Pero los chicos te llaman de otra forma.
- Es con
un diminutivo cariñoso -aclaro--.
-¿Te puedo llamar yo como ellos?
- Pues claro. ¿ Y tú, como te llamas?
- Inmaculada, pero llámame Inma.
-
M¡¡y bien, lnma. ¿ Cómo has venido aquí?
V
u el ven a rodearme
en grupo.
-Es que somos un grupo de barrio de Madrid y un sa­
cerdote de la parroquia nos invitó a venir a Gredos. Nos hemos
ido
reuni\"'do chicos y chicas del barrio y hemos venido con él.
Caigo en la cuenta de que debe de ser un hombre joven, más
mayor sin duda que todos ellos. No se ha . acercado nunca a mi
grupo. Ha debido de hacer un gran esfuerzo para la captación
de estos chicos y debe de estar buscando la oportunidad, sin
duda, de acercarlos a la Iglesia en la medida en que estén
se­
parados· de ella, o integrarlos más. No cabe duda de que no se
acerca, para dejarme
más libertad de acci6n y que los chicos ac-
túeh también más libremente. ·
-

A las chicas, sigue
Innia, nuestras madres no nos deja•
han venir, pero romo dijimos que veníamos con ésta -una de
19iaños--nos han dejádo.
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Fundaci\363n Speiro

DISCURSO DE CLAUSURA
Otra chica nos pide que le curemos, si podemos, un pie que
se ha torcido, y la lleva a nuestro médico.,
Les digo que
me voy a ir a hacer una pequeña marcha y
tras otra serie de bromas, y nuevas preguntas y respuestas que
no hacen al caso, me despido de ellos.
Al regreso y
ya atardeciendo me acerco a ellos. Vuelven to-
dos a agruparse junto a
mí,
-Me gusta su campamento -me dice uno--.
-¡Dónde se reúnen ustedes? -pregunta otro-.
Les doy el domicilio y otro añade:
- Y o conozco a un chico del barrio que va a ese
sttto .
. No invito a ninguno que venga por allí para que se integren
en su parroquia. Si alguno tiene interés
ya nos buscará.
Nueva rueda de preguntas y otra
vez lnma, que parece la
más inquieta ( quizás los chicos se muestren más reservados por
tocarles
más de cerca el ejemplo de los componentes de nues­
tro campamentQ), me dice:
-¡ Parece que están muy contentos. A mí me gustaría un
campamento así, pero no sé si sería capaz de soportarlo. Debe
ser muy duro.
-No· creas, !runa. Ves, sólo la cruz externa, pero no ves
el gozo interior de donde nace esa alegria que observas. ¿Nun­
ca has tenido que hacer algo que· te costara un buen esfuerzo,
por
ej'emplo, quedarte un domingo estudiando por tener exáme­
nes al
día siguiente? Cuando ha acabado el día, ¿ c6mo te sen­
tías?
- Muy contenta -dice--.
-Es la satisfacci6n que se sigue al esfuerzo. Pero, si ade-
más lo haces por
amor de Dios o de las personas por las que te
sacrificas, entonces el amor te hace todo
fácil.· ¿Lo crees así?
- Así debe de ser, pero de todas maneras se me hace muy
duro. Esa noche, mientras nosotros, después del fuego de campa­
mento con nuestras canciones, chistes1 escenificaciones, bromas,
poesías, etc., estamos una vez más contemplando el firmamento
en silencio y empequeñeciéndonos en la grandiosidad del marco
697
Fundaci\363n Speiro

ABELARDO DE ARMAS
granítico del circo de Gredos, se oyen las voces de nuestros veci­
nos que tienen una reunión. Se oye la voz de Inma y de alguna
otra y la de varios chicos. Uno de ellos dice:
- Vamos a ver, ¿para qué estamos aquí? Porque
yo soy uno
de los
más veteranos y todavía no sé para qué estamos.
La voz del sacerdote va moderando la reunión.
- Es que tenemos que hacer algo -dice otro--.
-¿Como qué? -preguntan-.
-Algo por los demás, algo que repercuta en bien de los
que nos rodean. Por ejemplo, en el barrio podíamos hacer un
periódico y escribir sobre acontecimientos, problemas del barrio,
buscar soluciones, lo que sea, pero hacer algo.
Y o miro a las estrellas y siento una compasión inmensa por
ellos y por tantísima juventud en
la misma situación.
A la mañana siguiente, Inma y Emilio, uno de los
mu­
chachos que más se me acerca, vienen a mí. Me llaman por el
diminutivo y preguntan:
- ¿ Por qué tenéis Misa todos los
días?
-Es que en la Misa se ofrece por tu vida. Entrega su vida
al Padre por ti. Es el mismo sacrificio que hizo en el Calvario.
Fíjate bien, El mismo, pero ahora no hay derramamiento de
sangre. Pero es Cristo que se inmola por ti y por
mí. Si se
comprende este amor de Dios por el hombre, ¿puede uno con­
formarse con ir un día a la semana, cuando El se ofrece todos?
-Pues yo no voy ni ese día -me dice Inma-, pero con
un acento muy triste.
-Yo sólo los domingos, añade Emilio y, a veces, ni eso
-y también se entristece--.
Voy con ellos hacia el grupo que está desmontando las tien­
das. Saludo a todos
y a los que me sé sus nombres lo hago por
ellos.
Se apiñan a mi alrededor. Ahora que se van siento que les
quiero mucho y
se debe reflejar en mis ojos, pues también ellos
se despiden muy efusivamente.
- Mañana nos vamos nosotros, les digo.
Al día siguiente, cuando en solitario desciendo hacia
lá pla­
taforma, donde comienza
el camino que lleva al circo, pienso en
698
Fundaci\363n Speiro

DISCURSO DE CLAUSURA
ellos. En je} prado de las Pozas se me une el médico de nuestro
campamento. Cerca de la plataforma vemos a un numeroso
gru­
po de jóvenes que esperan sentados. Son ellos, digo a mi acom­
pañante, pero voy cansado del esfuerzo y opto por no dar un
rodeo. Cojo el atajo. Un poco antes de llegar
a la plataforma,
me encuentro con seis de los clúcos. Se me acercan corriendo.
Nos cuesta despegar
a unos de otros. Cuando al fin nos vamos,
mi acompañante me dice:
¿ Qué les has dado para que te hayan cogido tanto ca-
riño?
Es
Cristo, José Manuel, que les ama mucho.
Recuerdo
mi primera reacción violenta hacia .,llos y el triun­
fo del El en mí. Es Jesús, sigo pensando. Es Jesús que se prolon­
ga en mi vida de laico consagrado para llegar mejor a los hom­
bres alejados de la Iglesia. Es Jesús que vive en mí su nueva
«civilización
dé. amor», como nos ha llamado Juan Pablo 11. Y
en
mi corazón anida el gozo por los frutos de esta forma de vi­
vir. Cuando mis amigos del campamento se marcharon un día
antes que nosotros, junto a la puerta de· una de nuestras tienM
das de campaña, alguien había dejado un papel; tenía un telé­
fono y decía: «Chico de 15 años; por favor, llamarle a él o a su
madre». Esa no
es Ja juventud del Bernabéu, era otra, pero está se­
dienta también de trascendencia y de verdad. Y, como ésas, tan­
tas personas adultas que tenemos a nuestro lado que ocultan
todos verdaderas tragedias porque, ¿cómo puede haber felicidad
en un corazón que está viviendo en
la mentira y en el error?
Tenemos nosotros que ir a ellos con gran optimismo, sin miedo
de ninguna clase. ¡Acerquémonos a .,llos!, ahora está el ambien­
te preparadísimo: Uno de estos jóvenes
salía del metro y ve em­
papelados de carteles contra el Papa en los andenes. Sac6 una llave
y empezó a rascar y a quitar los carteles.
La gente se le quedó
mirando.
Se volvió hacia ellos .y les dijo: «¿Me ayudan, por fa­
vor? No vamos a consentir que esté esto aquí, contra el Papa».
El público empezó a quitar allí los carteles y hasta un pobre
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Fundaci\363n Speiro

ABELARDO DE ARMAS
que estaba pidiendo con una boina se levantó para ayudar. A la
salida le esperaban cuatro muchachos y
le dijeron:
-«Nos has ofendido».
¿Por qué?
-Porque has quitado esos carteles que hemos puesto no­
sotros.
-Bueno, más bien la ofensa nos la habéis hecho vosotros
a nosotros.
-
¡No!, nosotros no hemos hecho una ofensa porque pensa­
mos así.
-Bueno, pero vosotros pensáis .en el poder de la mayoría,
en
la democracia. Pues la mayoría quiere al Papa.
-Eso de que la mayoría quiere al Papa ...
Y nuestro muchacho empezó a preguntar a la gente que pa­
saba -una encuesta pública-: ·«Oiga -me permite--, ¿usted
ama
al Papa?».
Sí, contestó.
Otro, ¿usted ama
al Papa?
Sí.
Algunos se quedaron allí contemplando aquella controversia.
También a ellos
se les preguntó y el grupo dijo: «¡amamos al
Papa!».
Los cuatro muchachos, visto el resultado, se marcharon.
He dicho repetidas veces que la audacia de los malos está
en la cobardía de los buenos.
Nos detiene la cobardía, el miedo
a la cruz, a conservar nuestra imagen.
Seamos un consuelo para Juan Pablo II. Uno de estos jóve­
nes, el día del santo del Papa, entró en Nunciatura. Iba a ha­
cerle un obsequio de 5 .000 rosarios hechos por la Cartuja de
Miraflores, donde un miembro de nuestra Institución está allí
consagrado a Dios. Mientras esperaba al Papa, que venía de
Se­
govia, le escribió una carta y aunque después . de entregarle los
rosarios, no hubo oportunidad de entregársela a
Su Santidad,
se la dio a un sacerdote, que se la acercó al Papa. El chico vio
cómo el Santo Padre
se la guardaba. La tengo aquí, y como yo
me he enterado de una anécdota, y es que esa noche Juan Pa-
700
Fundaci\363n Speiro

DISCURSO DE CLAUSURA
blo II estuvo arrodillado hasta altas horas de la madrugada,
hasta que su médico particular le obligó a retirarse a descansar,
me gusta imaginar que· estaría pensando el Papa en el aliento
de esta juventud, consuelo a su soledad, en el día de su ono­
mástica. Esta
es la carta: «Estimado Santo Padre, en España hay mu­
chos jóvenes con ardientes deseos de seguir sus enseñanzas, de
encarnarlas en todos los ámbitos de
la vida y actividad juvenil
y queremos seguir haciéndolo con valentía. En nombre de miles
de jóvenes le digo: prometemos ser fieles
al programa que nos
propuso en el Estadio Bemabéu, seremos en medio de nuestros
compañeros propagadores de un «sistema nuevo de vida».
· No
tenemos miedo
al sacrificio ni al mundo actual. Cuente con
nosotros, Santidad.
Su hijo ... ».
Quizás el Papa esa noche sintió algo mitigada su soledad.
Esto mismo lo podíamos escribir nosotros.
No. tenemos miedo
y no es un alarde juvenil. Nosotros no podemos autorizar nin­
guna decisión en nuestro interior que dé paso a la pereza y a la
renuncia. No podemos permanecer impasibles. Nada nos puede
dejar con los brazos caídos. El amor no tiene ocasos ni fronte­
ras dijo Juan Pablo II. Tenemos que vencer al mal con el bien
(fue
el discurso de las Bienaventuranzas a nuestros jóvenes en el
Bernabéu). ¡Qué gran empresa! Tenéis que haoerla cogidos de la
mano del amigo (muy teresiano, habla de la amistad con Jesús,
el amigo).
¿Somos conscientes de que tenemos a Jesús con nosotros, la
vida divina en nosotros? Vivid esta amistad. ¿A qué podemos
tener miedo? ¿A nuestras propias miserias? Tampoco. Nuestros
fallos y nuestras miserias nos pueden empequeñecer. No dejar­
se paralizar por los fallos o errores del pasado en un inútil in­
movilismo o sentimiento de culpabilidad. Mientras nos replega­
mos en nosotros mismos viendo núestras miserias, nuestros fa­
llos, nuestras incapacidades, dejamos de amar y dejamos de ha,
cer. No podemos replegarnos en esto. No podemos ~irarnos a
nosotros mismos. Vamos a actuar mirando a Jesús, puestos los
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ABELARDO DE ARMAS
ojos en El, confiando en El. Si he caído, le doy la mano para que
me levante, y si estoy de pie, me apoyo en El pata no caer.
Mis queridos amigos de la Ciudad
Católica, elevemos este
mensaje a todos los hombres. Unámonos a Cristo. Seamos cons­
cientes de ello. Seamos ahora portavoces de la
voz del Papa, pro­
pagadores de su voz.
Termino leyéndoos
el regalo que esa tarde de su onomás­
tica hizo a aquellos jóvenes que le recibieron.
De manos de
Monseñor Martínez Somalo, les dio un
escrito, lo tengo tal
como nos lo dio, fotocopiado. Se llama «los cuandos de Wojty­
la». Está sacado del discurso que les hizo a los jóvenes en
el
Bernabéu. Como sabéis les habló de las Bienaventuranzas y les
dijo que éstas no son un consuelo
pasivo en espera de un Reino
que tendremos. Son dinámicas y mueven al que las vive para
estar
ya transformando esta sociedad, para hacer más cercano al
hombre ese Reino de Dios que está cerca. Miterrand, como so­
cialista, ha escrito un libro titulado «Aquí y ahora», como una
réplica al cristianismo diciendo: «aqui
y ahora tenemos que es­
tablecer el Reino». Nosotros sabemos que eso nunca será posi­
ble; sin embargo, aqui y ahora hay que establecer el reinado de
Jesucristo, aunque sea con dolor.
Por eso, el Papa dijo a sus «cuandos». Cada uno va respon­
diendo a una Bienaventuranza: «cuando sepáis ser dignamente
sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder. Cuando
seáis limpios de corazón en
'un mundo que juzga sólo en térmi­
nos de sexo, de apariencia o hipocresía. Cuando construyáis la
paz en un mundo de violencia y de guerra. Cuando luchéis por
la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o de
una nación por otra. Cuando con misericordia generosa no bus­
quéis la venganza sino que consigáis amar
al enemigo. Cuando
en medio del dolor y las dificultades no perdáis la esperanza y
la
constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de
Cristo y en el
amor al hombre hermano. Cuando por la capa­
cidad transformadora del amor cambiéis las tinieblas del odio en
luz. Cuando descubráis en vosotros
el amor como exigencia del
bien
y veais a todos en su capacidad y tendencia hacia la ple-
702
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DISCURSO DE CLAUSURA
nitiud de Dios en todos. (¡Capacidad y tendencia hacia la ple­
nitud
de Dios en todos!). Cuando no os asustéis por la debilidad
del .hombre y rengáis
la experiencia de la amistad de Jesús.
Cuando
seáis vosotros mismos con una postura serenamente crí­
tica, sin dejaros manipular, entonces haréis un «·sis:tema nuevo
de vida», os convertiréis en transformadores eficaces y radicales
del mundo
y constructores de la nueva civilización del amor, de·
la verdad, de
la justicia, que Cristo trae como mensaje.
Con esto terminamos.
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