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Consideraciones en torno al movimiento romántico

CONSIDERACIONES EN TORNO AL MOVIMIENTO
ROMANTICO
POR
Jost M.• AI.s1NA
El romanticismo ha sido uno de los movimientos sociales que
más profunda y ampliamente marcó la Europa de finales del si­
glo XVIII y primera mitad del siglo XIX. En nuestros días podemos
constatar la importancia de su continuada influencia en muchas
manifestaciones de la vida social
y en ciertas corrientes del pen­
samiento del llamado posmodernismo.
Por ello su comprensión
nos proporciona claves decisivas
para comprender el mundo con­
temporáneo. No resulta fácil realizar una caracterización sumaria, por
la
complejidad de tendencias y manifestaciones tan variadas que se
dieron en los hombres del romanticismo. Como ha escrito el pro­
fesor
Canals el romanticismo no es definible, sólo es capaz de
ser percibido
y sentido como un modo de ser y como un conjunto
de
impusos humanos y orientaciones sociales dados en una situa­
ción histórica muy concreta. De
tal modo que determinadas ac­
titudes que han tenido una vigencia secular presentan en este mo­
mento rasgos específicos diferenciales que
manifiestan modos y
matices propios del romanticismo.
Este conjunto de rasgos se
nos presentan frecuentemente
unidos de forma circunstancial sin llegar a constituir una unidad
coherente e incluso con evidentes caracteres contradictorios. Todos
ellos son manifestaciones de una
época de crisis, crisis . causada
por los grandes cambios que sufrió Europa durante este . período.
Las consecuencias de la naciente revolución industrial, y las
esperanzas, entusiasmos
y frustaciones generadas por la revolución
Verbo, núm. 329-330 (1994), 895-900 895
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JOSE M."' ALSINA
francesa a lo largo de sus distintas etapas constituirán puntos de
referencia esenciales
para explicar esta situaci6n de crisis. Se crea­
ron expectativas
de bienestar unidas, sin embargo, en aquel mo­
mentd a una experiencia creciente de mayor miseria en los nuevos
centros
urbanos industriales. Se asistió al ascenso de una burguesía
que ni estaba segura de sus nuevas posibilidades, ni de los ideales
que decía defender. De forma simultánea la aristocracia, en
mu­
chos casos, procedente de una burguesía recientemente ennoble­
cida, que no quería o más bien no se atrevía a reinvindicar su
antiguo status social perdido, entraba en una prdgresiva decan­
dencia. Mientras no quería confesar su impotencia, afectaba
acep­
tar la nueva, situación, incluso con insincero entusiasmo, como
medio para hacerse perdonar o lograr individualmente mantener
su status buscandd nuevas fuentes de prestigio social.
La mitificación del significado de la revolución francesa actu6
de catalizador de un conjunto muy variado de actitudes. Se hicie­
ron
presentes en la vida política con apariencia de conquista y
reinvindicación popular ideas que en los decenios anteriores habían
sido patrimdnio exclusivo de
circulos minoritarios aunque influ­
yentes. Muchas de estas ideas revestidas con
ropajes revoluciona­
rios y de ruptura con el «antiguo régimen» habían nacido al
am­
paro de la Ilustraci6n y gracias al apoyo que habían recibido en
los ambientes cortesanos europeos.
El siglo XVIII a pesar de sus
apariencias sociales de plenitud ya había
recorridd un largo proceso
de crisis, comd ha hecho notar con
sus estudios sobte esta época
el historiador Paul Hazard, tanto en el pensamiento como en la
vida social y
política. Según Toynbee la filosofía occidental a
partir de Descartes, ha olvidado sus raíces griegas relegando su
carácter especulativo y
centrandd su preocupación en las conse­
cuencias prácticas o simplemente útiles de su pensamiento, y se
asemeja a la astrología cultivada por los sabios babilónicos como
un instrutnento al servicio del poder
políticd. En el ámbito del
pensamiento
político este extravío es aún más patente. La polí­
tica ha perdido su intrínseca dimensi6n moral, transformándose
en una técnica
al servicio de la eficacia del poder político carente
de otros fines que no sean la voluntad de poder, convertida ahora
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en el fundamento de la moralidad. Esta ruptura con · el pensa­
miento tradicional tendrá graves consecuencias al ser reflejada en
la vida política, y de este modo aquellas ideas sostenidas exclu­
sivamente en determinados y reducidos ambientes elitistas llega­
rán a alcanzat un amplio eco social. Esta será la nefasta labor de
la revolución francesa continuada y extendida en toda Europa
con las guerras napoleónicas. Pero junto con este anuncio
de libe­
ración
de un mundo pretendidamente agotado y caduco los hechos
generaton frustración
y desencanto. Las esperanzas proclamadas
no
se cumplieron. El alba anunciadora de un nuevo día fue se­
guida de terror y despotismo, y no fue un caso esporádico el que
se dio en ambientes romáoticos ingleses que habiendo saludado
con afectado entusiasmo
los acontecimientos revolucionatlos del
89, antes de final
de siglo manifestaban amatga y ostentosamente
su decepción. Años
más adelante, en 1814 la restauración de la
monarquía francesa fruto de la derrota napoleónica y el nuevo
orden europeo impuesto por la Santa
Alianza, también estuvo
rodeada de actitudes de ambigüedad
y frustración. No fue una
restauración
de los principios y del orden tradicional, ni siquiera
de la situación anterior a
la revolución, más bien un primer in­
tento de síntesis con los principios revolucionarios. Es, en cierto
modo, anticipación del régimen liberal de Luis Felipe. Este
carác­
ter ambiguo y transaccionista es lo que explica la desilusión de
los sectores más sinceramente realistas, privando a la monatquía
de la restauración de un apoyo verdaderamente popular, dando
lugat
a un régimen attificioso y sin capacidad de arraigo social.
Los nuevos sectores de la burguesía obtendrán un triunfo que
imaginaban definitivo, con la revolución liberal
de 1830 y el as­
censo al trono de Luis Felipe de Orleans. Sin embargo, también
en este caso, su triunfo será efímero y
se verá sorprendido por
la revolución de 1848. Tocqueville había anunciado días antes en
el parlamento
la gravedad de la situación. Sus palabras sólo re­
cogieron burlas y un escepticismo generalizado. Para los bien­
pensantes de
la situación parecía imposible que aquel régimen
monárquico, burgués y revolucionario pudiera ser amenazado por
otra revoluci6n. Pero en este momento la revolución trae nuevos
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aires antiburgueses, y el nuevo régimen que finalmente .. se consoli­
dará con Napoleón III tuvo apariencias con su populismo autori­
tario de haber derrotado al liberalismo burgués del periodo ante­
rior. Aquellos momentos
de entusiasmo, ilusión y expectativas
prácticamente ilimitadas de futuro, seguidas de sentimientos de
decepción y desengaño fueron caldo de cultivo de la mentalidad
romántica. Dando lugar de
·· este modo a actitudes y modos de
vida, calificados por Toynbee de
arcaístas y fururistas, que tienen
en común
el intento de huir de la dificultad del presente mediante
una mixtificación nostálgica del pasado. No hay voluntad sincera
de
revivir este pasado, ni de inspirarse en él para edificar el pre­
sente, sino incapacidad y temor de enfrentarse con una realidad
en crisis. Por
elld mismo la evocación romántica de la historia,
que también
tuvo consecuencias favorables para una revigoriza­
ción de los
estudios históricos y una nueva valoración más justa
de la edad media,
no obstante se vio acompañada de una defor­
mación de este pasado, deformación puesta al
servicid de los
nuevos nacionalismos. Por otra parte en el historicismo de cuño
romántico
se encuentra, como ha subrayado Leo Strauss, el ori­
gen del positivismo moderno al negar la validez de los principios
universales.
Junto a esta
actitud arcaizante, la incapacidad de asumir un
presente
en crisis se refleja en una voluntad de ruptura histórica,
proyectando en el futurd
la realización de todo tipo de utopías
revolucionarias. El hombre
por fin será dueño de su destino, se
iniciará la verdadera historia de la humanidad (Marx), la natura­
leza humana desplegará finalmente. todas sus posibilidades de
plenitud (Comte). El mal
y el dolor ya nd amenazarán la existen­
cia humana, el hombre liberado de su incapacidad nacida de la
creencia en su culpa original, dependerá exclusivamente de
él.
No lleva en sí mismo los gérmenes de un fracaso inevitable, al
contrario, afirma De Paz
en. su libro sobre la revolución román­
tica,
podrá caminar con confianza hacia un progreso ilimitado.
Estas
actitudes arcaístas y fururistas reflejan esta incapacidad
de asumir un presente en crisis,
y al no querer reconocer esta
incapacidad, revisten
el rechazo del presente de actitudes ficticias
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de entusiasmo por un pasado o de esperanza en un futuro radi­
calmente mejor. La mayor parte de estos autores manifiestan en
sus obras esta actitud de escepticismo y resentimiento contra la
misma realidad.
La mitificación deformadora y romántica de estas
actitudes las rodea de una aureola de popularidad. La difusión
de las ideas románticas no encuentra explicación en un
preten­
dido origen científico, y ni siquiera en su contenido objetivo sino
en los sentimientos que acompañaban a su propaganda.
Esta incapacidad de asumir
la realidad se proyecta en todos
los ámbitos de
la vida especialmente en la vida ordinaria y de la
propia realidad
personal. Encontramos una gran reiteración en la
literatura romántica, especialmente
en la francesa, de dos temas ca·
racterísticos de esta problemática. El aburrimiento tedio, disgusto
vital y sensación de vacío e inutilidad causado por el mero hecho
de vivir una existencia «ordinaria».
El único modo de superación
de estos sentimientos es liberarse de todas aquellas normas y
costumbres que caracterizan la vida cotidiana. Pongamos algunos
ejemplos.
La familia es sustituida por la relación fundada en el
amor generoso
y sincero que huye de convencionalismos hipócri­
tas fundados en una moral puritana y tradicional. Se desprecia
la vida ordinaria del
hombre común contraponiéndolo con el genio
y el héroe, ejemplos de hombres profundos,
y de realizar las obras
más grandiosas. En fin, dar culto a su propio yo como único cen·
tro de su vida y de sus deseos. En el Fausto de Goethe encon­
tramos la exaltación de la obra del científico de crear la vida
humana
y de este modo superar antiguas dependencias de la na­
turaleza. La vida humana es ya, en todas sus dimensiones, incluso
en su origen, ftuto exclusivo de la voluntad del hombre. Pero
una vez más el fracaso y la frustración siguen a estas promesas
y proyecciones exaltadas y desfiguradas de la realidad humana,
siendo este fracaso raíz de odio a los demás y a
si mismo. En ello
encontramos la explicación de algunas conductas suicidas.
El fracaso de
la autoexaltación, fruto inconfesado de la expe·
rienda cotidiana de su propia limitación, tuvo otro intento de
falsa superación. Proyectar la grandeza del ser humano en su
di­
solución en la colectividad. La humanidad, la clase social, la na·
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ción, o más modernamente los distintos colectivos que asoman
cada día
por nuestras pantallas de televisión son un medio para
ocultar el desagrado ante su particular identidad personal. El hom­
bre no quiere tener que confesar
· su limitación, que la asocia a
derrota y fracaso. Cuando no
lo pueda evitar surgirá el odio con­
tra sí mismo y contra Dios.
Si hay una virtud ausente en los hombres del romanticismo,
como ha notado Shenk,
es la humildad. Humildad que no lleva
al desprecio,
ni al odio contra sí mismo, sino al reconocimiento
de su carácter de criatura, creada
por un Dios que en su Amor
difusivo
la ha creado a su imagen y semejanza. La mentalidad
romántica estuvo lejos de esta actitud de humilde reconocimiento
de
su realidad, por ello mismo la religión de los románticos fue
frecuentemente un sentimiento de
su «religiosidad» más que un
reconocimiento y
fe en un Dios personal y creador.
Concluimos. Hemos querido insistir en un aspecto que da uni­
dad
al complejo fenómeno del romanticismo, manifestación de
un mundo en crisis que se siente incapaz de asumir esta crisis.
Crisis que tiene un aspecto central: el hombre de la moderuidad
romántica
y posterior ha querido construir un mundo sin Dios,
ha querido comprenderse a sí mismo con sus ansias de felicidad
insatisfecha sin tener que reconocer su filiación divina, sin
ne­
cesidad de expresar como actitud más profunda su reconocimiento
al designio amoroso de Dios al crearle y especialmente al redi­
mirle,
pcr ello el carácter desintegrador del romanticismo es un
eco de aquel satánico «non serviam», origen de todos los males
que acechan
la existencia humana.
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