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La familia y la asistencia médica

LA FAMILIA Y LA ASISTENCIA M]IDICA
POR; BL·
DR. FELIPE FERNÁNDBZ ARQUEO
Los amigos que estudian la situ¡¡ción actual de la familia miran
preocupados a su alrededor
buscando más apoyos para su tarea de
consolidar su
fisononúa cristiana. Se detienen . ante la, medicina y
nos preguntan escrutadores :
¿Puede
la medicina hacer ·alguna· aportación a la tarea de dar
mayor cohesión a la familia/ ¿Qué ha1>ría que haceq,ara· conseguir
esa
aportación?
Contestar
a esas preguntas es el objeto de esta comunicación.
Es probable que nuestras contestaciones resulten decepcionantes, pero
nos sentiríamos
satisfechos si, al menos, fueran clarificadoras.
1.2 ¿Puede la medicina hacer alguna aportacióu a la tarea de
dar mayor cohesión a
la familia?
Las relaciones de la medicina con la familia no son una cuestión
bizantina que una
minoría: de estudiosos tallaría en sus especulado•
nes oaútas a-los demás. La existencia de esas relaciones es detectada
por todoo · loo niveles, si bien pierde claridad a medida que. se hace
desde más
abajo y más dilatadamente.• Pero .todo el mundo ·.habla
hoy de la crisis de la figura del mé~o ,.de familia, Lo que pasa es
que la enuncian confusamente, cotílo (In.a expresión subconsciente}
que vamos a tratar de hacer consciente y nítida.
Tratemoo de entender qué piden las mismas· familias a la me­
dicina, aunque no
sepan expresarse. Quejarse de la crisis del médico
de familia
es equivalente a pedir su restauración, renovación. o ac­
tualización.
No se produce la figura del médico de famili• por una simple
suma o acumulación por un -mismo-médico d-e unas cu_antas asisten·
cias médicas inconexas y desordenadas a distintoo .miembros de una
familia, sino por
la· presencia diligente de ese médico en las relacio­
nes entre esas cuestiones médicas entre sí, y entre sus portadores,
también entre si.
El médico de familia no atiende
a· las cuestiones médicas aisladas
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FELIPE FERNANDEZ ARQUEO
y recortadas como el especialista en su propio consultorio, sino que
las sigue en el domicilio familiar hasta sus más finas prolongaciones,
que las relacionan ¡:on los demás miembros, enfermos o sanos, de la
familia. Atiende,
además, de una manera global a la familia; al decir
global no pensamos en un empirismo más que para rechazarlo; que­
remos decir conjunto
armónico, de todos los análisis, que estriba en
las relaciones entre éstos. Y
también atiende ocasionalmente a cues­
tiones generales de 1~ familia a las que se asoma con ocasión y desde
la medicina.
·
Entendida así la zona de competeocia del médico de familia,
se entieodeo, a la vez, sus posibilidades de reforzar parcialmente
esas relaciones interpersonales de sus mi~bros, de corregirlas y de
mejorarlas. O de permitir, con su omisión o ausencia, que se dete~
rioren por otras causas. O de ser, por su formación perversa, una de
esas causas disolveotes, Esta última posibilidad es uoa gran: novedad
a la que
hay que prestar la máxima atención, como luego haremos.
El acceso al conocimieoto de esas relaciones eotre los miembros
de la familia y del ambiente de ésta, y la posibilidad de intervenir
ea
ellas, permite un conocimiento de la máxima profuodidad de cada
episodio patológico;
su diagnóstico más precoo: y acertado, y, antes
aún, una insuperable medicina preventiva; finalmente, un tratamiento
prolongado y detallado y ajustado hasta las últimas consa:ueocias,
como puedeo ser las estrictameote económicas de la colectividad fa­
miliar. Es un axioma en medicina que hay que trabajar q:,n más
datos que los que verbalmente facilita el eofem10; ,el acceso a la
familia equivale al
acceso a un gran archivo de datos. El lenguaje
es esencialmen~e insuficiente, pero se ·potencia con la transformación
afectiva; ésta existe en grado máximo, por no decir exclusivo, en 1a
relación coa el médico de familia.
La enfermedad es, o debe ser, un acontecimiento familiar, y el
que lo sea como debe y modelado al servicio del bieo común, puede
Ser tarea de quien lo ve desde fuet'a, pero de cerca. Recuerdo de mi
vida de cirujano el mal efecto que me ha hecho no hallar ea el an­
tequirófano a todos los hijos de un padre que va a ser operado; uno
porque ha ido a
renovar un carnet; ·otro porque «tenía que» ir al
sastre, etc.
Quieoes anhelao una medicina ele familia, lo haceo porque an­
helan esos aspectos tan importantes.· de una buena medicina exclu­
sivos de ella. Pero este-anh~Io· es. más bieñ ocasional, episódico, con­
creto y fugaz. Se aprecia,_ a:deinás-, eh 1:1uchos, -~tro an'helo distinto,
más estable, ¡:,emianente y confuso, de otra gestión atribuida a1 mé­
dico de familia, además, de las anteriores. Esta gestión es la· psico­
terapia de grupo, que él puede hacer mejor que nadie, a partir de
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esas interrelaciones en las que interviene de manera propia y dife­
renciadora. Entre líneas de muchos cantos al médico de familia se
leen peticiones de psicoterapia de grupo. Se recuerda entonces la
contestación de
Jesús a los hijos de Zebedeo: «No sabéis lo que
pedís». Porque piden más de lo que se figuran. .
Llegamos así a una laguna o tierra de nadie que padecen el
hombre
y la familia a<:tuales. Una zona en la que el médico puede
moverse,
pero que no es totalmente suya, y en la· que hace crisis por
querer dar, o porque se le pide, más de lo que le corresponde y
puede, con el fin de suplir ausencias tan mal definidas · como su
presencia. Por eso
hablamos de «tierra de nadie>>, que es como decir
del
primer ocupante.
Esta zona, todavía sin ocupante reconOCido unánimemente como
de pleno deredho, es la asistencia psicológica, individual y de grupo,.
de familia
en nuestro caso.
El hombre actwd adolece de falta de interlocutores, para cuestio­
m,s. personales profundas, de amigos, de consejeros, de directores
espirituales y de psicoterapeutas; esta privación individual se refleja
eu
la familia, pero en ésta se siente, además de la suma de las pri­
vaciones individuales,
la desasistencia espiritual a lo que es común
y constitutivo, es decir, no a las personas, sino a las relaciones inter­
personales. Hay en eslle enunciado materia para un libro. Espero de
vuestra benevolencia que, sin
-enderse más, lo aceptéis.
La crisis no es, pues, tanto del médico de familia como de la
no asignación de esta materia a quien o a quienes realmente corres­
ponde.
Claro está que el
médico puede disimular el va,:io con la apor­
tación de
lo que le es propio y supliendo a otros; por ejemplo, a los
capellanes, hoy secularizados. Pero
esto, que es beneficioso de mo­
mento, a largo plazo
escamotea y permite eludir la solución verdadera,
clara, radical y definitiva, que está por venir. Tengamos el valor·de
señalar el vacío, aunque ello implique la acusación de no saberlo
llenar.
La medicina doctrinal
actua:l da gran importancia a los aspectos
psicosomáticos que tienen casi todas las ·enfermedades, .es decir, a la
influencia de lo psicológico como factor constante, aunque de va­
riable magnitud en la génesis y desarrollo de cualquier patología.
No hay, como se ha dicho vulgarmente, una medicina psicosomática,
sino aspectos somáticos en
todas las enfermedades. Este ¡:ilanteamien­
to aumenta notablemente las posibilidades de que· el médico de fa­
milia actúe como psicoterapeuta de grupo, según el anhelo general.
La politización cr,eciente de la sanidad la-hace invasora y aumen­
ta la relación entre la medicina y loo problémas de la familia.· La
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preseru:ia de médicos en organismoo oficiales que preparan leyes y
órdenes les permite influir en aspectos ambientales .que, a su vez,
pueden influir
en la vigorización o disolución de la familia. Ejem­
plos: el urbanismo, la vivienda, la medicina deportiva, la médicina
escolar,
la medicina laboral, la orientación profesional y otros muchos
en número creciente.
2,2 ¿Qué habría que hacer para mejorar la aportación de la
medicina al servicio de la familia?
Preparar
los médicoo y pr~ar, también, las familias.
El conocimiento de los aspectos familiares de una enfermedad,
y
de los aspectos médicos de las relaciones inteq,ersonales de los
miembros
de una familia y la preparación remota y general para
influir benefioiosarnente en elloo, exige mucho, mucho tiempo. Tiem­
po
para estudiar, estar, ver y hablar. Anticipemos el recuerdo de
que el tiempo
es oro. La limitación del tiempo disponible constriñe
a
una ópción a este
sector familiar de la medicina o a otros, más apremiantes, téc­
nicos, concretos y recortadoo. Et cónocimiento de · la parte ,le las
enfermedades que vulgarmente llamaríamos material ha crecido de
tal manera que exige, sólo de por sl, uo tiempo tambiéo enorme.
Para
resdlver este problema, entre · otros, nació la fügutá del espe­
cialista, pero ésta se constituye a coota de un abandono ( no en sen­
tido
peyorativo) de esas otras pooibilidades familiares que aquí y
ahora nos interesan.
Inversamente, y en esto radica el problema, la medicina de fa­
milia no puede ofrecer en muchos problemas importandsi= más
que niveles notablemente inferiores a los de las especialidades, y ·no
tiene pooibilidad de igualar a éstoo. Esa insuficiencia indisimulable
en esos aspectos fundamentales ha tratado de ser compensada dema­
siadas veces mediante
una ficticia exageración de los aspectos fami­
liares,
en vez de ser reconocida sinceramente. Esto· ha llevado al
descrédito
otras tantas veces ai médico de cabecera.
Como todo planteamiento de relación inversa, la disyuntiva in­
vita a
la elección por uno de los términos. Pero hay otra solución,
que es complementar
la medicina de familia con la colaboración de
especialistas cu.ando sean convenientes sin -esperar a que su actuación
se haga necesaria, pidiendo esta colaboración con la naturalidad que
le pertenece,
Si las familias quieren realmente lo que dicen, han de cambiar
de mentalidad y aceptar este servicio doble y complementario,: el
médico
de fa.mili,¡ profundizará en los aspectos menos visibles, fa­
miliares, del entorno de la enfermedad, y cµando la parte más lla-
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mativa y florida de la misma exceda sus posibilidades técnicas, re­
clamará la colabo,ación de los especialistas. Los honorarios de esa
primera asistencia previa a la llamada complementaria al especialista
no serán minusvalorados. La. asistencia, o aW1. la mera vigilancia de
los aspectos interpersonales y familiares de la enfe,medad, que no
se materializa en muchos casos ni siquiera en recetas, sino que se
expresa en forma de observaciones o consejos verbales, deberá ser
altamente
retribuida.
Hemos llegado a uno de los puntos claves de 1as relaciones entre
la familia
y su médico, el de los honotarios. Un médico que esté
poniendo al servicio
de una familia todo lo que la medicina moder­
na puede ofrecer, es ca.ro. La buena medicina es intrínsecamente cara.
Los precios políticos de la medicina estatal han desorientado a los
españoles en estas materias a cambio de un fulgor efímero, insoste­
nible a medio y largo plazo, como el de todos los precios políticos.
El reconocimiento ineludible de la realidad y de la natnraleza de
las cosas implica un cambio doloroso en la actual jerarquía de va­
lores del individuo y de la familia, que en este punto es errónea.
Hay que
gastar más dinero en orientación profesional, en dentista
y en psiquiatra que en guitarras, fútbol
y diversiones. Ahí está gran
parte de la supuesta crisis.
Pero no toda. No incurramos en el error ma:rxista de hacer des­
cansar todas las cuestiones sólo en la econotnía. Esta es importante
siempre, decisiva a veces, pero no lo es todo. No es solamente la
mejor retribución económica la que desplaza a los nuevos médicos
hacia la especialización. Debemos completar
nuestro diagnóstico y
tratamiento acusando a la Universidad de incapacidad para formar
médicos útiles servidores de
la familia.
Incapacidad porque ha dejado de
ser católica y padece una
mezcla de estos tres males: está masificada, es liberal y es marxista.
La Universidad masificada carece del humanismo necesario al
fin que nos ocupa.
La zafiedad mental del hombre masificado le in­
clina hacia la técnica escueta y aislada cuanto le incapacita
para los
ricos matires del humanismo
y de las exigencias ascéticas del Cris­
tianismo. El hombre masificado
y zafio es incapaz de llevar el peso
de la púrpura; la
ausencia de nobleza a nada le obliga. Los médicos
que actualmente
«fabrica» la Universidad española son bastos y mal
'educados, sin espiritualidad ni nobleza, en una palabra, proletarios.
El liberttlismo contiene un refinado egoísmo que se inhibe y
desentiende de ayndar al prójimo, con hipócrita apariencia de ge­
nerosidad y
comprensión. «¿Acaso soy yo el guardián de mi herma­
no?», exclama, como Caín, a toda !Jora el liberal. El médico liberal
que cree en la libertad de conciencia, escéptico y desorientado, no
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FEUPE FERNANDEZ ARQUEO
se siente llamado a llenar ese hueco de la tierra de nadie que antes
señalábomos.
Pero hay algo peor: el marxismo. La medicina masificada y la ,
liberal se agotan en la incapacidad o en la negativa de ayudar a la
familia.
La medicina marxista amenaza intervenir, pero para des­
truida. Por sus doctrinas políticas y por su adhesión al amor libre,
los médicos maqistas no solamente no creen. en la familia, sino que
se dedican a atacarla y destruirla. Llamarles es abrir la puerta del
redil a un lobo. El concepto que tienen de
la psicoterapia les hace
aún más peligrosos: no dejan a su interlocutor una pluralidad de
opciones liberal e indeterminada, sino que prolongan
su interven­
ción hasta instalarle en un orden
-en lo cual coinciden con los
cristianos--, pero en· un orden marxista que no admite la familia
ni cada uno de sus elementos constitutivos.
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