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Matrimonio y amor

MATRIMONIO Y AMOR
POR
fll·ANCISCO CANAt.S VIDAL
Han sido características .del pensamiento de :la modernidad, es­
pecialmente a partir de la conmoción romántica, las tensiones e
inquietudes desintegmdoms; una auténtica subversión revolucionaria
en el seno mismo de la realidad, por :la que se movilizaban unas
contra otras las dimensiones.
y facultades de la naturaleza y del hom­
bre,
y se destraía así todo posible dinamismo rectamente ordenado.
En torno a 1a instirucióo .humana más originaria, la que es .prin~
cipio insustituible en. el orden de la vida individual y social, el ma­
tmnomo, aquellas inquietudes desintegradoras se han expresado en
:la objeción que, en nombre del amor, pretende enfrentarse a la
jerarquía de fines y v.dooes afirmada en la enseñanza tradicional ca­
tólica.
Nicolás Berdiaeff, en La desti1'aci61> del hombre, juzga despec­
tivamente la obra de San Agustín De booo comagali, de la que dice
que es comparable un
trarado de cría de ganado. Desde su perspec­
tiva, que opone antitéticamente la libertad y el amor a la natura­
leza y a fa ley, la atención a la fecundidad del matrimonio es vis­
ta
· como algo opuesto a una visión persona:lisra del amor

humano.
El
matrimonio, .orientado como ~in primario a .la procreación y
educación de la prole, supondría una esclavización de la libertad
humana a
ia necesidad de fa naturaleza.
Quienes han· pretendido, en nombre de la primacía del amor,
descalificar
esta tesis tradicional sobre 'la procreación como fin pri­
mario del
matrimonio, han atribuido con frecuencia la posición
que

adoptó
San Agustin a la persistencia de un influjo maniqueo.
Se supone que el "reoe.lo" antte lo sexual, y anoe el deleite que
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acompaña las operaciones sexuales, provendría de uoa idea maniquea
que consideraba [a materia y la came como obra de'! principio malo.
Estas acusaciones contra San Agustín se muev desorientación sobre el sentido del maniqueísmo. El sistema mani­
queo, que por cieno: era radioillmente matulilllista, no roce'lllba dcl
sao como aaividad humana, sino precisamenre de las consecuencias
del
mismo en el plano de la na,tura!i1:Za: [a generación. San Agustín
es testigo, que puede alegar recuerdos del tiempo de su pertenencia
a la secta, de que quienes se afiliaban al maniqueísmo recibían ins­
trucciones en orden
al uso del acto sexual en Jo que hoy llamamos
períodos ageuésicos; enretidían impedir así que la mente humaoa
quedase
esclaviz.ada a la "carne", al encontrarse vinculada por el
amor a los hijos.
Como en muchas otras sectas gnósticas, en el dwdismo mani­
queo se invertía de modo perverso la antítesis paulina entre el "es­
píritu" y
la "carne". En San Pablo significaban estos términos la
acción el Espíritu de Dios, y el hombre egoísta y cerrado en sí
mismo frenre al llamamiento de [a gra,cía. m el matriqueísmo, la
"carne" no es otra cosa que la oaturall:Za con sus leyes y fines,
mientras
que el "espíritu" significa la libertad fteute a la natura­
léza, o Jo que viene a ser fo mismo, la rebeldía de ia voluntad hu­
mana
comra la 'ley puesta por Dios en la naturaleza misma.
La enseñanza cat6lica tuvo siempre que defender las nu¡x:ias
frente a los ataques, reiterados a lo largo de los siglos, de itÍspiración
maniquea
o clthara. La pretendida pureza del catharismo ha inten­
tado siempre d Pero en e1 fondo se 1ia >tratado siempre de 'lo mismo; también San
Bernardo decía de los herejéS de mi tiempo, los cltharos o albi­
gnses, que "no encontraban rorpeza más que en el matrimonio". Lo
maniqueo es, pues; la hostilidad a las inclinaciones de la natura­
leza, a
sus inclinaciones profundas, impresas por la a d~ Dios mismo, y la iwocaci6n como libertad de 'las inclinaciones
desordenadas, ~íadas por el egoísmo y la pecaminosidad. Lo m,;_
niqueo es el amor libre y' el divorcio. La homosexu,rlidad y el aborto.
Muchas mentalidad~ q{ie no han llegado a contagiarse cort tan
graves ertbres, partldpoit no obstante én 'algúri grado· de deri:¡
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desazón o perplejidad, que podrístmos lbmiar romántica. Les pa,e<:I'
desconcertante que pueda . darse una. definición del matrimonio en
la que no se mencione el amor, y que en el oroenamiento jurídico
canónico no aparezca ni. una_ ·sola alusión; a,, algo que parece tall
íntimamente vinculado a la plena tealidad· humana del vínculo y
de la sociedad conyugal.
El haber mencionado ·estas obj,eciones puede resultar conducen­
te para subrayar el estado de la cuestión en nuestro ambiente. Pero
el mejor camino pa,a responder a ellas,' no setá otro que el de ex­
poner en sí misma la doctrina sobre e1 matrimonio, tai1 como nos
es expuesta en la enseñanza del Magisterio· y· de la teología católica.
La formulación tradicional hablaba de un fin primario: "la pro­
creación
y edunición'de la prole". Esra terminología no sólo no su­
pone 1a uni~idad exclusiva de este fin sino que admite la existenda
de otros fines secundarios, pero sÍibordinados, por lo mismo, esen­
cialmente a aquel fin que es ciertamente el IMÚoo que puede ser
oonsidemdo según a.c¡µella primacía, y al que se ordenan totks los
osros fines del '1/Ullrimomo: Hf "mutuo awdlio". y el "rernrtlio de
la rupiscell'da". ·
El Concilio Vatica,no II, en su Constitución sobre la Iglesia en
el mundo a cisa y sintética: ''.El matrimonio y el amor conyugal se. ordenan por
su misma índolie a ,procrear y educa:r a la prole. Pues los hijos s<>n
ciertamente el don más excelente del matrimonio y contribuyen en
grado máximo a!l. bien. de !os mismos padres. Dios mismo, que di jo
"no es bueno que el lroml,¡,e esté rolo", y que "dasde el principio
los aeó varón y muj;er" quefienao·comunicar al hombre una parti~
cipación · especial de su miS!l\S. eficacia creadora, bendijo al -varón
y a la mujer diciendo: ''creced y multiplicaos». ·Por 'lo crud, <11 ver-.
dadero
amor conyugal y todo rel ejercicio de fa vida .familiar que de
él deriva, sin desdeña,: los otros fines del matrimonio, tienden a
que
log co~uges ·se ¡lispongan ron fortaleza· a cooperar con el amor
del Creador y Salvador, que ·por ¡):ledio de ellos dilata y enriquece
su
familia, lln este ·deber de transmitir la vida y de educar ·a los
hijos, que
ha de set' considerado romo !,a propia misión de los cón-
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yuges, éstos han de ser mnsciences de que son oooperadores del
amor de Dios Creador y como sus intérpretes".
El amor de Dios, qué ha movido el impulso de comunicación
tad divina, que es causa y motivo finall de la creación
y de la elevación al orden sobrenatural, se ha expresado en que Dios
no sólo
comunicó a sus criaturas la participación de sus ped®o­
nes, sino también la capacidad de oomunicar y difundir la perfec­
ción de que participan.
La fecundidad de la vida es un reflejo de la eterna. generación
del
Hijo de Dios.
. En el universo creado, mnguna criatura tiene !a capacidad de
ser, por su_ misma naturaleza, causa de la existencia de seres perso­
nales, creados a imagen y semejanza de Dios y capo,::es de felicidad
eterna,
a no ser el homh1-e.
l-os ángeles, por razón de su misma pura espiritualidad, no pue­
den set fecundos en orden .a la generación de putos espíritus, lo que
sólo es propio
de la qiusalicliid creadora divina. Los animales y ve­
getales generan vivientes de su misma especie, que carecen de la
dignidad y pedocción del set personal.
Sólo el
hombre, precisamente porque en él la acción creadora
de Dios ,ha unido lo espirituál. y lo eórp;,rn1, genem hombres. Sanro
Tomás de Aquino llega a afirmar que, en esre aspecto, y a pesar del
in'rerior nivel dé su natumleza espiritual, el !iombre es más seme·
janza e imagen de Dios que los mismos ángeles: "porque el hom­
bre nace del hombre, como Dios nace de Dios".
Sin
esta .fecundidad propia de la naturaleza humana, no es po­
sible la vida histórica de la humanidad en el plano natura:!, ni tam·
pooo, ,por •lo mismo, la propag.ición de hecho de la Iglesia como so­
ciedad de los ·homb,es regenerados por la gracia. De aquí la fun.
ción
especialí'sima del matrimonio, originador de la familia, que el
que
el Concilio llama Iglesia doméstica en la economía de la sal­
vación y d,e la vida cristiana.
Cuando se intenta plantear el problema de los fines del ma·
trimonio desde la petspe y la fecundidad, se viene a desconocer la más fundamental petspec·
tiva desde la que puede set considerado el hombre como ser petso-
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na!, y su llamamiento a la pleniwd propia y a 1a comunicación de
la vida y de la exisrencia humana.
La
fecundidad de los vivientes, y ,entre elloo la del hombre, no
es operación que pertenezca propiamente a la línea de su voluntad
y de su libert>cl, ni " la de su eficiencia cultural o creatividad . artís­
tica. La generación es obra de la natural=, y así, incluso en la vida
trinitaria, distingue
la teología la procesión nat:w:al, el er.erno naci­
miento do! hijo ~nd,;ado por. el padre, de la espitación por. la
volunta,) y el amot según la que procede el Espíritu Santo, no como
nacido o generado, sino como Dado.
En la natunrlem humana, la generación propiamer,te dicha se
ejerce
por una facultad inherente al propio cuerpo del hombre, romo
varon y como mujer.
P«-0 Dios .ha hecho al hombre dueño de sus actos, providente
de sí mismo, en vittud del Hbre albedrío. Y ha dispuesto que a la
actividad generadora de la mturalem debiese poeceder el acro hu­
mano
de la unióu del varón y la hembra,. a través del cual viniesen
a
datse las condiciones de la fecundidad; atto no sólo regido por
apetitos e instintos soosibles, sino apto de suyo para ser sometido a
la liberación racional y al imperio de la voluntad humana.
En virtud de las. inclinaciones mi:smas de 11a naturaleza, expresa­
das en los apetitos e instintos que impulsan al ejercioio de los
actos sexuales, el hombre y la muj,er tienden a su unión por la que
pueden
constltuit un principio unitario de fueu.ndidad vital. Hay
que conceder,
y afirmar deddidatnente que, en virtud de esta in­
clinación natural
impresa por Dios al crearles -no esramos ha­
blando del d1::sotden de las pasiones !humanas, efecto de la pérdida
de
[a integridad por el pecado, sino de la inclinación misma de la
naturaleza a sus fines---, el varón y la !hembra hallan en su unión
mochos facrores de plenitud y maduración personal, además del de­
leite que ,ie sigue como ronsecuencia de la operación por la que se
un-en sexuahnente.
Aquella plenitud buscada en la ISOciedad conyugal, es la que
en su sencido mUltu.o y correlativo es conecramente Thima.da, "mutuo
auxillio". En cuanto ali deleite romo tal, con el cual confunden al­
gunos
el concepto de amor conyu¡,¡al, no puede ser por si. mismo
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el fin de ope,ración alguna, como vio ya ,Aristól,eles, sino algo que
arompaña a una operación que alcanza su propio fin. El fin de la
aorividild sexual no· es el deleite sino la unión, ,]a romunión de
vida propia d€!l va.rón r de la hembra, como dotados de capacidades
de suyo ordenadas a la generación.
Si
,eflexionatnos ahora sobre, estos conoeptos, nos será fácil ad­
vertir
que la más exc,!lsa calificación que cabe hacer del matrimo­
nio es, procisamenre:, ia de -que, aunque ciettamrente contribuye má­
xirnaroenfie a la felicidad y plenit1¡d de los conyuges miom por su misma naturaleza destinado a esto, sino a que los cónyuges,
constituidos en esta ¡,Ienitud y madu:rez de su unión, sean mpaces
de ser ptincipio ·
y origen de nuevas . vidas humanas. Por su misma
ooniraleza,
el matrimonio !iace al !hombre y a !la mujer una sola car­
ne, para· que sean así or:iginadores de vida y de existencia de seres
personales,
Pero, pi,ecisamente porque la fecundidad generativa no es ya
en sí mioma un acto humano sino una operación de la naturaleza,
se comprende que el "matrimonio"., entendido, como "contrato" or­
denado a -est,,!:,!lecer la sociedad conyugal o matrimonio, como vín­
culo y
sociedad, no pueda referime a• la generación misma d,e la pro­
!le, sino a "los actos de ··suyo aptos para 1a generación"; así llo for­
mu!la, con rigurosa precisión, el código de Derooho Canónico, al
definir
el consentimiento por el que se escaMece el rontrato ma­
trimonial.
Pero se romp,ende también que el· mutuo derecho de los cón­
yuges
al cuerpo del otro, en orden a aquellos actos generadores, no
pueda considerarsé capricltosa y · egoíst:amenlle desvincu1ado de la
ordenación de la naniraleza a la función generadora. La moral ca­
t&ica sobre 1os procedimiéntos antinanmrlies, dirigidos a evitar la
generación se fundamenm,. pues, en la insl!irución · misma del matri­
monio,
como algo que no ha sido · puesto en el universo (Jara los
cónyuges, ni mucho menos para su placer egoísta, sino que, por el
conttaJtio, en· €1 los cónyuges-quedan puestos romo partícipes de la
fecundidad propagadora de la vida.
Tampoco ,exrrafiará ·que, en una considemción jurídica del. ma­
trimonio, romo es fa desarrollada en el Código, no renga ¡,or qué
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meocionarse directamente el amor ronyug,,IL Este puede haber sur­
gido de un previo sentimiento que ha i:mpua.ado ios cónyuges al
matrimonio, y ser,á deseable que, a tr.avés del mullUO awcilio y de
la
colaboración, en su caso, en la tarea edw:adom, se haya arrai­
gado e
incrementado. Pero lo que foriw!l.mente se contrata al en­
tregarse los esposos uno al otro como taies es el derecho a la po­
sesión de su propio ruerpo, en orden . a . ronstituir un único princi­
pio de vida.
El amor está antes y también más allá de toda relación de jus­
ticia, que es la que ptopiarnente se .define en el otdenamiento jurí­
diro. Cier,tmnente, el respeto mutuo, que es condición insepa,:able
de la comunión de vida interpersonal, y especialmenne de !a rela­
ción
ronyuge,l, no se mantendrá de m<>clo estaMe y fiel si no es ins­
pirado e impulsado por el amor.
Por esto pudo rerordar Pío Xll
a los esposos que el amor ronyugal es también· para ellos un deber
de
j'llsricia, sin el cua,l no puede mantenerse la fidelidad m cum­
plirse ninguno de los fines a que el matrimomo se ordena.
Pero, como hemos antes oboorvado, se ronfunde muchas veces
en nuestro tiempo el amor conyugal con el deleite sensiMe que
arompaña a las operaciones sexual,,s. En
esta perspectiva éntienden
algunos
que el pensamiento tradicional lil hablar de "remedio de
la concupiscencia"' romo otro de los fines s monio,
se refería simplemente a la licitud de actos buscados por
mero amor egoísta o .por deseo del propio placer.
Convendrá concluir con dos observaciones sobne esto. En pti­
mer lugar el "amor", ya sea como "deseo" de algún bien, ya como
benevdlencia y runi-smd generosa hada a aquel a qliien se ama, no
se idenfüica con el "pl,t:er". Ciertamente puede haber un amor de
deseo puramente egoísta que
no busque sino el placer propio, pero
en este caso no podría haMarse propiamente de amor conyugal.
La segunda observación se ~efiere o,l sentido mismo del "remedio
de
la ronrupisceacia". lll lenguaje de la toologfu. oatólica entiende
por "concupiscencia", siguiendo las enseííam.as de los .Apóstoles,
los deseos y pasiones desordenados, cerrados en el egoísmo, como
efecto
de la herenda del pecado originad. y de la propia actividad
pecaminosa del
hombre.
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1ll d<00rden no consiste propiamenre en el deleite, que acom­
paña natura!lmente a una operación, ni en la intensidad del deleite.
Santo TomM de Aquino afi estado de inocencia. hubiese engendrado con opetaciones sexuales
en las que hubiese gozado de un p!ocer "tanto más inrenso cuanto
más
pura y ordenada hubiese sido su naturaleza'". Afirma esto en el
supuesto precisamente de que el desorden no está sino en la falta
de amwnía y equilibrio en las operaciones humanas, que se a,pat·
tan de sus fines y no obedecen a la razón.
De acuerdo con esta luminosa doctrina del Doctor Angélico,
podemos entender el "remedio de la conscuspiscencia"; no como una
venia para actos desordenados y egoistas, sino como la capacidad
propia del rnarrimonio, en virtud de la misma jerarquía de sus fines,
para
superar el desorden egoísta de una incl.inación a[ ¡,la:cer por sí
mismo. La "romunicación de vida", impu1sada por el amor conyugal
y respetuosa con '1A dignidad personal de loo cónyuges, y por lo
mismo, con la destinación primaria de 1a sociedad conyugacl, puede.
"ordenar", a
la vez que ,lo intensifica y depura, el pilaGer mismo
que a.rompaña connatura:lmente la convivencia de los cónyuges en
la intimidad conyugal.
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