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Conflicto generacional

CONFLLCTO GENElRACIONAL
POR
.ABBLARDO DE ARMAs
Y o era uno de estos crupilares de los cuales se nos está hablando
aquí, esa
aa:ión capilar por la cual la más insignificante celulita
puede hacer una labor inmensa. Pero
no tenía ni idea de Sociología,
ni de Religión. Unicamente se me daba bien jugar al fútboL Me di­
jeron:
«Tú siempre estás rodeado de eihavarles. ¿qué haces?». «Es el
fútbol». «Pues entonces puedes utilizar esto». A través del fútbol fue
como
me introduje rotre aquellos jóvenes. Al OJ.OO de veintiséis afios
voy a exponerles a ustedes una serie de experiencias basadas en una
metodología para la formación de la juventud. Una metodología que
incide
en cnatro puntos cardinales y que tampoco es original. No es
que la haya aprendido yo, ni que haya salido de mí, sino que me la
enseñó el mismo Padre Jesuita que me cogió en unos Ejercicios Es­
pirituales, y trausformó mi vida como un calcetín al que se da la
vuelta. Con el Padre Tomás Morales, autor del método de formación,
he
tenido el privilegio de estar durante muchos años. Lo que yo he
ido observando en él lo he ido introduciendo después en ese vaso
capilar que
actúa. Esta metodología tiene cuatro puntos: una mística
de exigencia,
un espíritu combativo, un cultivo de la reflexión y un
ejercicio de la constancia. Y todo encaminado a transformar el cora­
zón humano, a transformar al hombre. Porque como se nos dijo
aquí,
ayer, el mal está dea:tro y lo que tengo que hacer hoy es refor­
marou, yo. El salvador de España soy yo, el salvador de la Iglesia soy
yo, la solución a todos los problemas del mundo sor yo; po,rque si
no, siempre estamos pensando, cuando
escuchamos una charla, una
alocución, una conferencia: «Qué bien le viene esto a fulano». «¡Hom­
bre, si hubiera alguien que cogiera esto y lo llevara a la práctica!».
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ABELAlUJO DE ARMAS
¡No! Es usted el que <\ene que lleva, a la práctica Jo que escucha,
porque
si no, hacemos Jo que se llama la reforma de las estruccuras,
charlamos por la reforma. de las estructuras; pero las estructuras no se
que uo es distinto de cada uno de los árboles que lo integran, las
reforman, porque fas estructua:res ¡somos nosotros! Así como un bos­
estructuras uo sou distintas a mí. Es la reforma mía la que yo tengo
que
hacer.
He aprendido en mis chru,l,,s a los botones a colgar las ideas de
una percha, percha
que es el ejemplo, porque se me distraen rapidísi­
mamente. Como el audJ,torio que me escucha está cansado, y, por otra
parte, la atención, que es <~la aplicación de la mente a un objeto» (1 ),
según nos dice BaJ.lmes, tiende a irse de un sitio a otro, a mí me
gusta, y les pido que me perdonen por ello, ir colgando las ideas de
ejemplos. Vamos a poner el primero para ver la importancia de re­
formar el corazón humano. Un arquitecto estaba un día realizando un
proyecto de obras en su casa, mientras su hijo, de diez años, se en­
tretenía jugando a su lado haciendo un avión que timba al aire. Cada
vez que pasaba junto a la mesa no dejaba de hacerle preguntas. «¿Pa­
pá, ¿po< qué has puesto ahí esa curva?». «Papá, ¿por qué haces eso?».
Y el padre, que estaba un poquito nervioso, cogió de una revista
una hoja que tenia un. mapamundi, se lo recortó, se lo descompuso
por naciones y iie dijo: «Mira, hijo, si me recompones este mapamundi
te compro una bicicleta>>. Cuando el niño se fue con todos los recor­
tes, el padre se dijo: «Ahora por Jo, menos me dejará un mes tran­
quilo». Pero
a los diez minutos llega el niño. «Papá, toma, ya está
todo
pegado!>. «Pero, hijo, ¿quien te ha ayudado?». «Nadie». «¡Pe­
ro si es imposible!». «Papá, no me ha ayudado nadie». «Pero, cómo
vas a coger tú un rompecabezas que yo no, hubiera sido capaz de re­
componer y lo has resuelto en diez minutos». < cillo. Mira el mapa que has recortado, por detrás tenía un anuncio
con la silueta de un hombre. Yo he recompuesto al hombre y he
arregfado el mundo>>. Pues bien. Esto tan sencillo es lo que tenemos
que hacer, y ésta es fa metodología que El P. Mor"1es imbuyó en mí.
Con cuatro puntos cardinales
ir a la reforma del hombre. Por eso,
(1) Balmes: Criterio.
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CONFUCTO GENERACIONAL
«conJ.licto generacional». Pero, bu,ino, ¿ustmes creen que hay con­
flicto
generacional? ¿Realmente hay conflicto generacional? Lo que
pasa es que vivimos en una época ronflictiva en la que cuando no
hay
conflicto se le provoca y cuando lo hay se le encona y se le agu­
diza
para que se agrave. Desde que Goomsci hizo el maravilloso
descubrimiento de que
con la dialéctiva de los enfrentamientos hege­
lianos
en lucha de clases po< la econooúa, no era suficiente, sino
que había que llevarla,
además, al campo de la cultura, comenzó a
ponerse en práctica y los enfrentamienros se han multiplicado. Y
así, ahora, hay enfrentamimrto entre hombre-mujer, empresario-obrero,
ancianos-jóvenes, partidarios del Real Madrid-Atlético de Madrid ...
Hay que fomentar todo
lo que suponga lucha. Ante este panorama
lo que tenemos que procurar sencillamente es hacer algo cons­
trmtivo.
Conflicto generacional. Esto, ¿es algo 11JUevo? «Cuando los pa­
dres se acostumbran a dejar a sus hijos hacer lo que quieren, cuando
los hijos desprecian los consejos
de sus padres, cuando los maestros
tiemblan ante los discípulos y
prefieren halagarlos, cuando los jóve­
nes desprecian las leyes porque ya
no recooocen por encima de ellos
nioguna autoridad de nada, ni de
nadie, entonces

está a las
puertas
el comienzo de la tirnnía». ¿Les gustó? Pues es de Platóo (2). Se
conoce que pasó el túnel del tiempo, se vino a nuestra época actual y
nos dejó esto. Luego
ronflictos generacionales los, ha habido siem­
pre.
Lo, primero es no asustaroos. Hoy hay verdadero complejo de
miedo a la juventud.
Los educadores temen a fa juventud. Los padres
temen a la juveotud. Los profesores temen a la juventud. Hay una
especie de adulación por los jóvenes. Dentro de este viraje que he­
mos dado
para construir una sociedad antropocéotrica y poner al
hombre como centro de todo, a
su vez, dentro del hombre, la juven­
tud es el ceutro de todo, quizá po época de los números en que las masas son las que cuentan. Y como
el 50% de la población del globo es menor de veinticinco años, de
ah!
este respeto a la juventud. Pero los jóvenes están deseando encon­
trar a quien les encauce y
saben que es de eotre ellos mismos, sobre
(2) Platón: La R,p,iblica, VIII, 562c. 563a. 561.
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todo desde los veinte años de edad, de donde pueden sutgir esos lí­
deres, que,
por otra parte, tienen que estar rupoyados en otras personas
un poco más maduras. Lo que sucede es que esas personas no apa­
recen, _porque a esta juventud, si se la quiere encauzar, hay que exigirle
mucho para que encuentren una respuesta a lo que bu.sean, a ese va­
do interior tan tremendo que tienen, y si no se 1a exige, se la defrau­
da ... A mi me enseñaron a exigirme y a exigir a ,los demás, y esto es
lo que vengo realizando desde hace veintisiete años: exigir a los
jóvenes.
Con magníficos resu!tados, porque «al joven, si se le pide
mucho, da más; si se le pide poco, no da nada» (3). Este principio
pueden ustedes
experimentarlo en cualquier latitud, a cualquier es­
cala, en cualquier provincia de España. ¡ Siempre da el mismo re­
sultado! ¡Hay
que exigir a la juventud! Mis experiencias se han de­
sarrollado
en aquellos campos en que la juventud se desenvuelve:
campamentos, marchas, cursillos, reuniones, círados ... Voy a -contar­
les una de ellas en el marco de un campoo,ento... Lo primero que yo .
digo es un principio del P. Morales: «Aquí, lo que se dice, se hace».
«Habéis venido a un sitio donde, a diferencia de todo lo que os ha­
bían enseñando, esto se cumple. Tú habías entrado en un club y te
habían
dicho que, si no pagabas la cuota, se te expulsaba. No pagaste
la cuota
y no se te expulsó. Tus padres te habían dicho que como
no aprobaras no irías de vacaciones. Suspendisre y fuiste de vaca­
ciones. En el Instituto te hicieron firmar un contrato: la no asisten­
cia a clase será castigada con la expulsión. No asistes a clase y no te
expulsan. Hoy falta el principio de autoridad y todo el mundo hace
lo que le da la gana. Aquí, nu, hijo mío. Aquí te has encontrado con
una persona que lo que dice lo hace. Lo siento mucho por vosotros,
pero lo vais a pasar mal. Ahora bien, no quiero cortar vuestra liber­
tad ; por eso, si quieres, puedes marcharte. Si te quedas, lo haces li­
bremente y desde ese
momento pones en mis manos tu libertad. Si
quieres irte, puedes hacerlo, porque eres libre. Pero yo te voy a hacer
sufrir». Y les voy poniendo cada vez las cosas más difíciles . .:Si tú
te quedas aquí, lo vas a ,pasar mal, francamente mal, así que no que­
daros
por machotada, diciendo: «Es que como este tío ha dicho
(3) Forja de hombres, pág. 15; Tomás Morales, S. I.: Studium, 1968.
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que esto es para hombres y muy hombres, valientes y muy valientes,
si yo me marcho ahora ... ». No, porque si es que no te man:has y me doy
cuenta que te has quedado sólo por machota.da, te echo, y eso es peor;
así
que márchate». Y loo chicos se quedan allí. «Pensad, reflexionad.
Mirad, esto
lo he aprendido en mi propia casa. Una de mis herma­
nas, cuando estaba
embarazada, tuvo un accidente de automóvil. Cayó
por
un barranco y salió despedida del auto por una ventanilla. Estaba
de ruatro meses y no le sucedió apenas nada, tan sólo rotura de
clavícula. Pero
cuando llegó el momento del parto, cinco meses más
tarde, el niño nació con los pies invertidos, hacia aitrás.. Mi cuñado
es médico, y cuando vio al niño, se dio cuenta que aquello no era un
defecto congéoito, no producto dente que tuvo mi hermana. Cogió al niño, le enderezó los pies y se
los escayoló, Por espacio de quince o veinte días, el niño lloraba, no
les dejaba dormir. Pero ahora ha quedado con los pies perfectamente
puestos, juega al fútboJ, monta en bicicleta, anda, camina, corre,
es un niño normal. Es pooible ·que este niño, cuando tenga veinti­
cim:o años Je libertad y ponerme los pies
derechoo? Me has hecho un desgraciado,
porque me hubiera librado
de la mili". Desde luego, una ventajilla le
ha quitado el padre al hijo, pero él no reniega, está lltentísimo, le
quiere a rabiar, rP°rque pasó de ser un minusvá!lido a una persona
normal».
Y les sigo diciendo a los, ohicos: «Mirad, vosotros-venis aquí
seducidos por la sociedad actual, con loo pies al revés y yo os loo
teogo que poner bien para que caminéis, para que os encontréis con
vosotros
mismos y para que os encontréis con aquel fina:! que Dias
os ha dispuesto. Por !J.o t:a:nto, os voy a poner loo pies. al revés de como
106 traéis; vais a berrear, vais a gritar, vais a estar hechos polvo, peio al
final me estaréis agradeddísimos. Así que no hay más remedio que
hacetlo>>. Los chicos lo aceptan, pero comienzan a peosat que, aunque
lio he puesto muy duro, no pasaría de la teoría a la realidad.
Me llamaron loo Jesuitas de Madrid a dirigir un campamento
suyo. El primer dia reoní ail campamroto y ,es les
acabo, de decir a ustedes. «Aqu!, lo ,que se dice, se hace. Esta noche,
cuando yo toque el silbato para guardar silencio, es silencio, y no
quiero oír ni una mosca. El que hable, duerme fueta de la tienda, y
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la temperatura es bastante baja;>. Como estaban cansados y había ha­
bido una tormenta, los chicos se dumúeron en seguida. Pero al día
siguiente
me viroe el jefe de una cieada y me dice: "Abel:udo, ios
preus dicen que no soportan esto y que estás sometiendo al campa­
mento a una tiranía
terrible, y que ellos, esta noche, se van al pueblo
a
pasárselo bien». El pueblo estaba a seis kilómetros de dlstancia. Esa
noche toqué sileocio y di las mismas
advertencias de la noche ante­
rior. Después
me quedé dando vu:eltas alrededor del campamento. Al
cabo de una hora, en la tienda que me habían advertido, empecé a
observar movimientos y a oír cuchicheos. Me acerqué y dije: «Los de
esta tienda, salid fuera;>. Se oye dentro: «El jefe de campamento, el
jefe de campamento». Salen.
«Como se ve que no tenéis sueño, va­
mos a estar aquí fuera contemplando esta noche tan deliciosa y estre­
llada».
Los tuve a la puerta de la tienda una hora; yo, con ellos.
Aproveché para
hacer un rato de oración y luego les dije: «Me parece
que empieza a hacer un poco de frío. Entrad dentro y coged una
manta para que
no os quedéis •helados». Y yo seguí pasando un po­
co más de frío que ellos porque no tenía manta. Cuando pasó media
hora les. dije: «Os vais. a acostar, y mañana, como no tenéis sueño, os
voy a levantar una hora antes que al resto del campamento, y veremos
un amanecer que también es algo delicioso». Al día siguíeote los
!ev un barracón y les dije: «Mirad, os traigo aquí porque el verdadero
j,efe del campamento no soy yo; el auténtico jefe del campamento,
del campamento
de un colegio católico, está ahí. Vuestros directo­
res me han dicho que la ilusión de vuestros podres y del colegio es
que se
os forme como católicos y como católicos activos y militan­
tes.
Por eso el directo< de este campamento está ahí, en ese Sagrario,
y os traigo para que penséis aquí si vais a seguir en este campamento
en una actitud positiva o negativa... Si estáis en actitud negativa, os
echo del campameoto y por eso es mejor que libremente os mar­
chéis. Pero si estáis en una actitud positiva, creo que seréis mis mejo­
res colaboradores. Y como sois los mayores, la escuadra preu vais a
pensar aquí, delante del Sagrario, lo que
decidís». Abrí las puertas
del barracón.
Los dos subjefes del campamento, que eran de mi misma
Institución, estaban ya de
rodillas delante del Sagrario. A ellos les hizo
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CONFIJ.CTO GENERACIONAL
un impacto ttomendo el verles así. Y o me qiredé allí también. Al mbo
de una hora, les dije: «Bien, ahora vais a la tienda, os acostáis, y cuan­
do suene la señal, salís de 'la tienda y no ha pasado nada, porque yo
,no pienso decir a nadie qwe €Sta noche una escnadm en el ·campamento
ha dormido menos. Y vosotros creo que tampoco tengáis que decir
nada». Así lo hicieron.
Ese día había una marcha. Me fui con esa
escuadra y pasé todo el día con ellos sin hacer ningun comentario,
como
si no hubiese pasado nada, contando chistes, cogiéndoles el
macuto ... Fueron pasando los días y yo seguía conviviendo especial­
mente con aquella escuadra.
Un día me dicen. «Queremos ir al pue­
blo pues es el cumpleaños de un chico y queremos hacerle un regalo».
«Muy bien, podéis ir, pero no conviene que se entere nadie más. en
el campamento, pues, si no, parecería que a una norma que he dado
hacernos una excepción. Id oo el t!lempo de si fuerais a una truudia radial buscando nuevas rutas.» Se fueron.
Tenían dos horas para ir y eran seis kilómetros de ida y otros seis de
vuelta. Fueron
corriendo y volvtieron corriendo, A pesar de ello, lle­
garon
tar dncado ( como, por desgracia, estarnas deseducados la mayoría de los
españoles), se llegaba a comer a la media hora de haber tocado el silba­
to
para la comida. El tercer día había tenido que reunir a to acampados para decirles que el que no llegue al primer plato se queda
sin comerlo; si llega tarde al segundo, se queda sin primero y segundo
plato,
y si llega tarde al tercero, se queda sin comer ... Y como sabía
que no ,iban a llegar, fui a los cocineros y les dije: «Hagan comida
del primer plato sólo
pata cuarenta, en lugar de para ochenta; del
segundo, para sesenta, y del tercero, ya lo comerán todos». Y efecti­
vamente.
Al primer plato, ruaren.ta individuos se quedaron sin comer.
Del segundo plato no comieron veinte y el tercero lo comieron ya to­
dos
así 'es que esta vez los que habían ido lli pueblo y llegaron tar se quedaron fuera del campameoro. Vino un emisario para decirme
que habían pensado no eotrar en el comedor y quedarse sin comer.
Le contesté: «No, no; id al río, que venís sudando, y bañaros. Des­
pués vais a comer; ya he avisado a los cocineros que un grupo llega­
ría tarde ... ». Cuando se bañaron, vtinieron todo extrañados y por la
tarde me llamaron y me dijeron: «Mire, si le ofrecernos una cosa,
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¿nos la acepta?». «Depende>>. «Es que además de un regalo para el
que cumplía años le hemos comprado un regalo para usted también».
Me
regalaron una jarra de madera de artesania y desde entonces hice
U'1ll amistad tremenda con ,los chiros. Sólo uno se quedó sin comulgar
el último día y me dijo: «Mire, no comulgo porque todo el campa­
mento sabe quién soy yo en el colegio, y es por no ceder delante de
mis
compañeros y delante de los profesores, pero sepa que en cuanto
salga del campamento yo me confieso; usted ha sido la única per­
sona
que me ha reducido en la vida y le gnardaré una gratitud in­
mensa». El último, dla vinieron los padres de los alumnos y el recto,r
del colegio de los Jesuitas de Chamartín. Cuando recorrieron el cam­
¡,am,,nto y vieron las tiendas, el orden que había, la limpieza, los
padres estaban
ertrañadlsimos, y en una asamblea final les dijeron a
los chicos:
«Pero hijos, ¿qué ha pasado aqw? ¡Pero cómo os han
camMado! ¡Pero si en casa sois desordenadísimos!». Entonces les dije­
ron los hijos:
«Mamá, es que el jefe del campamento, si ve las cosas
desordenadas, te hace ponerte un autocorrectivo que ha de ser una cosa
quie nos cueste: te quedais sin comer un plato, tJe tienes que bañar por
la mañana con agna fría ... ». Los padres exclamaron: «¡Ah!, pues ya
sabemos lo que tenemos que haoer nosotros, lo mismo que hace el
jefe del campamento». Y dijeron los hijos: «Qué va, papá, no sois
capaces de hacerlo». Y es que «la educación actual -dice Ramiro de
Maeztn-es radicalmente mala, porque no enseña a sufrir, sino a
gozar» (4). Y los padres aman mal a los hijos en este sentido. Ai
muchacho hay que exigirle y, por supuesto, exigirle con sentido común.
Al principio trataba a los chicos como si fuesen adversarios míos.
Luego, poco a poco, fui dándome ruenta que 1eran mis amigos, que
sufrían terriblemeote y que tenía que am,irles. Porque la juventud
hoy sufre, sufre
romo quizá ningnna de las anteriores generaciones.
La juventud actual sufre porque entiende y quiere, pero no puede. Ea­
tiende porque su capacidad de conocimiento es muy grande, Hoy
con cualquier chava:l se entabla una conversación como si fuera una
persona adulta. Yo he contemplado a un niño, con su abuelito, en
un parque de Madrid. Tendría el niño unos cinco años. Le dice el
( 4) Defensa de la hispanidad, págs. 133-35. Ramiro de Maeztu.
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CONFUCTO GENERACIONAL
abuelito: «No te acerques ahí, que te vas a caer en el estanque y te
van a comer los-cocodrilos». Y iJ.e dice el niño: «Anda, abuelito, si
COCXlckilos sólo hay en el Nilo». Claro; ven al doctor Rodríguez de
la Fuente y están despabiladt.imos. Se les forma pedagógicamente, loo
libros de enseñanza son magníficos, con procedimientos para quien
tiene una memoria auditiva, una memoria visual. Pero ¿quién forma.
a nuestra juventud en la vo!Wlltad? Nadie. Y, sin embargo, ésta es la
primera tarea en la educación. Pío XII decía: «A una voluntad rica en
ideas responda el
joven coa una voluntad fuerte y dócil» ( 5) . Sobre
esto
no trabaja nadie. Hay qk coger a nuestros jóvenes y foimarles
la voluntad, y esto supooe esfuerzo, supone trabajo, supooe lucha, y
un educador debe ir por delante. En definitiva, mí está el problema,
que como no estamos dispuesto& a exigimos nosotros, no les exigimos
a ellos, y en lugar de encerraroos para unos Ejercicios Espirituales
serios, profundos, metódicos, en una estructura de silencio, organi­
zaruos un espectáculo musical donde todo es folklore, donde los .chi­
cos hablan, gritan, juegan, llevan guitarras y de abí salen vacíos.
O se les predica sobre cuestión oocial para matar un vaáo interior
que tieoen inmenso, un de,eo de trasceodeocia que hay eu el hombre,
que tienen ansias de Dios; y a veces ocurre que un jovro se pone en
manos de un sacerdote y éste le manda trabajar ea algo para lo cual
ya
militó ea un partido político, y se quedó vacío después de una
huelga. Y ahora que viene a uu centro católico se le dice que dedique
sus
energías a [ochar poc lo social. F.sto no ~ llena. Hay que exigir
con método y con sentido común. Paso a otro ejemplito que nos mues­
tra
la ludha generacional ea el campo de lo religioso, pero que prue­
ba
la necesidad del sentido común. Vi un día al famoso Jesuita. Pa­
dre l¼anucl Garda Nieto, que ya ha empezado a vivir ( está en la
eternidad), un santazo, discutir ea las escuelas de Cristo Rey de Va­
lladolid con
uu sacerdote joven. Este le decía al P. Nieto: «Her la
juventud es más auténtica que antes». Contestó el P. Nieto, que dicen
que era tan santo como feo, y feo, era feísimo ~realmente en estado
glorioso
ea el cielo no habrá quien lo reconozca-: «¿Qúe es más au-
(5) Hora de los laicos, pág. 53; Pío XII (A los Consiliarios, septiem­
bre 1953).
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téntica? ¿más auténtica? ¡Ande, andel Antes venían los seminarisw
tas y decían: "P. Nieto, tome usted, que he recibido un paquete de
comida, yi como tieine usted sus pobres, déselo a ~llos". Y eso ocurría
en la época del hambre. Ahora hablamos todos de la justicia social,
de
la igualdad, del aJmOr, de fa justicia distributiva. Resulta que aho­
ra los seminaristas no me don nada y se gast~ un dineral en tabaco».
El sacerdote joven le replicó: «No hay que v:er en esto la autenticidad,
Padre; ahí tiene usted a fulano, que ha dicho en la homilía en Santan­
der que
se han escandalizado en Madrid po han arrojado nn Crucifijo desde un piso al suelo. Todo el mum!o se
ha rasgado las vestiduras en un acto de reparación y se rasga las
vestiduras ,en eso; mientras hay españoles que pasan hambre y que
son Cristos
vivos y nadie se escondaliza por ello. ¡ Por eso hay que ser
muy
auténtito !». Dice el P. Nieto: «Para eso lo que hay que ser es
un poco imbécil. Po mania
le pegan una bofetada, nos quedamos todos tan campantes; y es
una representación viva de la patria; pero si ,nos rompen la ba,ndera,
que "" un trapo, se org¡¡niza una protesta diplomática.. Y es qu,,
tenga usted en cuenta que .no hay· que mirar a quien han dado el
golpe, sino • lo que representa. Ya sabemos que el Crucifijo es una
imagen solamente
d,, Cristo, pero representa al mismo Cristo». Y dijo
el
otro: «Pues sepa usted, P. Nieto, que ""º lo ha dicho fulano de tal,
que es
el alumno más inteligente que ha tenido usted en Comillas».
Respondió el P. Nieto, y paira mí fue una gran lección: «Bueno, pero,
como
todos los inteligentes, tiene muy poco sentido común». Y el
sentido común pciotico nos falta a la mayoría de los españoles. Es
triste que el eniemigo se mera rnpilarmente por todos !os reductos y
llega.e al pueblo sencillo oon una simple &as,ci,a como «la religión
es el opio del pueblo». Y frases como ésa han minado fa Iglesia. Y
en cambio nosotros no sabemos encontrar antídoto para minar el co·
munismo, marxismo, masonería, y todo lo que suponga peligro para
nuestra fe. No, sabemos tener sentido común. Yo aquel día recibí
una gran lección, y pensando en mis alumnos, que eran como enem..i M
gos, porque loo trataba con una místic~ de exigencia a ultranza, me
dije: «No, los tengo que tratar democráticamente. Se vive en de­
mocracia
en un país donde uno manda y todo el mundo hace lo que
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CONFLIC'lO GENERACIONAL
quiertj <11 que lillUlda, y eso es la democracia. Lo que pasa es que hay
que apañárselas para que el que obedece crea que hace 1o que él quie­
re. De esta manera ahora llego a m;s alumnos y no se me oeutto de­
cirles:
«De este libro me tenéis que hacer todos un trabajo, para lo
cual tenéis
que comprar el libro». Si digo estto, se organiza la marimo­
rena. No, no. Yo llego con un libro forrado, que no se le v:ea el
título, ni nada, y les digo: «Os traigo aquí un :libro, que perdonadme
que lo traiga
tan forrado, ¡,ero es que dice, aquí en la contrruporn.da,
el autor: '"Este libro no debe ponerse jamás en manos de adolescentes'".
Por
lo tanto,
voy a leeros solamente un pequeño rapítulo. "Cuándo
un beso va pasando de la afectividad a la sensu.ru.dad y a la sexua­
lidad"». Después de leer aquello, lo comentamos. Cierro el libro, ter­
mina la charla, se levantan todos, vienen y me dicen: «Oiga, ¿no
podemos leer ese libro?». «No», «Por favor, den06 usted el título
del libro». «No, yo tengo que respetar
los dera:,hos del autor». si nosotros sabemos _más que nuestros padres!». <{Sí, sabéis, más que
vuestros padres, pero es que aquí dice unas cosas -y se lo pongo toda­
vía
más atractivo-que ni vuestros padres ni vosotros las debéis
saber». «Hombre, pero mire urted». Se acerca un ordenanza. «Oiga,
a lo mejor
yo lo podría leer». «¿Cuántos años tienes?». «Veintidós».
«Mira, a ti sólo puedo dejarte leer el libro, pero si me prometes que
no se lo dejas leer a na.die» (porque yo he visto en el Evangelio que
el Señor prohibía decir las cosas, y basta que las prohibiese para que
se divulgasen,
luegd hay que prohibirlas para que las divulguen). Por
supuesto
no le di el libro, sino todos los daJtos editoriales, y el chico me
prometió nuevamente que sólo Jo leería él. A la semana siguiente,
nada más entrar en alase, leí en los ojos de todos mis alumnos pica,
rescos: «¡Eh!, ya hemos leído el libro, no se crea que no». Viene uno
Je los más lanzados y me dice: «¿Va a leer algo de ese libro que tra­
jo el otro día?». «No, no voy a leer ninguna cosa». «Vaya, que pena,
pue; parecía un libro muy interesante». «¿SI?», yo me hago el tooto.
Pero
dire un adagio chino que la influencia de los ríos más cau­
dalosos está en que, poniéndose por &bajo de fos afluenres, se eo­
grosa con sus
aguas. Por consiguieote, hay que humillarse para ser
ensalzado;
y que ellos quieren y en realidad haceo lo que a mi me parece oportono
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para llevarloo a Dios, Y ésas soo mi< clases de sociología. Una vez
que
uu chico es conquistado, de la mística de la exigencia hay que
pasar al espírltu de combnte. Hay que lanzarle a Juchar por la idea,
porque «las ideas solamente se entienden cuando se viven y dejan de
entenderse cuando dejan de vivirse» (6), y «el hombre que no actúa
como piensa, termina pensando romo acnía» (7). Si nn chia, piensa
que puede vivir puro, pero oo vive en pureza, entonces acaba pensan­
do como actúa y terminará creyendo que la pureza es imposible al
hombre. Cuando
loo chicoo se esfuerzan por las ideas las aman.
Tienen que sufrir, hay que =darles combatir. El español, para que
sea auténticamente español, si no tiene enemigo, lo debe buscar;
pero
como tiene enemigo, primero dentro de s~ hay que hacerlo
luchar contra esos enemigos interiores y que venza la pereza, la
lujuria, la ira, la soberbia, todoo los enemigos internos que tiene y,
después, que se lance a vencer la masa, la reacción de la masa. vendo a
la conquista de los demás y que se busque campañas de todo estilo,
crunpañas antlpomográfiais, campañas para llegar a un quiosco y
decirle a la señora que retire las revistas porque está lmcieodo daño.
Cuando más jóven es el chioo, mejor. Como aquel que llegó a uu
estanco y di jo: «Por favor, ¿me da usted una postal?». La pagó y de­
lante de la señora y de todos los que estaban allí la rompió. La se­
ñora le preguntó: «chico ¿por qué ha:ces eso?». «Porque con esto
está usted haciendo un daño =endo a la juventud». «Pues no las
mires». «No, si no las miiro, pero mi:s amigos no tienen la misma
fuerza de voluntad que yo y sí las mimo y usted está haciendo daño.»
Se marchó y luego lo contó en una reunión diciendo que al dla si­
guiente
la señora habla quitado todas las postales que tea.ía y había
puesto una im,,gen de la Virgen del Carmen. Y el chico se crece y,
en esa capilaridad que decíamos antes que se necesita, él empieza a
dar un codaro a su amigo, porque cuando nieva podemos todos pro­
testar
y decir: «¿Qué hace el alcalde de Madrid, que no echa sal por
las calles? jEsto está indeceote!». Podemos, en lugar de maldecir las
tinieblas
encender una lucecita y empezar a barrer un trocito de acera
916
( 6) Po,¡a de hombres, pág. 94; Tomás Morales, S. J. Studium, 1968.
(7) Id.
Fundaci\363n Speiro

CONFLICTO GENERACIONAL
cada vecino y la calle estará limpia. V "'110> ""1.l.lpt,zai,c_JL r,¼rma=os~ _ El chia, que__reforma~~w¡pieza ~ a los que -~-
tiene alred.e ----==•on. Tremendamente, porque no era comprendido. Hace 1.1Jl añoo me llamó un Obispo, y me dijo: «Mira, Abelardo, tus chicos
avasal_lan y este método quizá esté bien en una capital grande, pero
en un"a duda~c-íui. y :scncilfa. cvmo 6-ta no otá-hi~_Jo_ que estáis
haciendo, entranclo por las t:rendas paira hacer ma campaña ¡;ro mora-
lidad, hablando cuando veis a. ma pareja en imla actitud, que, aunqu~
sea con discreción, se ha corrido por toda la ciudad y está--<"'>yen mal». «SabeJilQLijueestamos
cayendo mal, señor Obispo, per_2~ __ ___________
-----.¡ue ~ está ~~_¡,!entro de unos años
un día ,le vengan a usted a quemar el palacio oque-k_a;pedreen e,
----~ Ese dia mirará usted alrededor buscando feligreses qu~ de---
fiendan,~amos acostumbrad.os los, católicos a estar ~~"----._
plan de combare, en plan de llll'ha, si=-que--5tamo!l_"®rmecidos, --
ese día los católicos no lucharán, no harán campaña ninguna, mien-
tras el euemigo sí las hace». El Obispo me dió la razón y me dijo:
«¿No has pensado nunca
en hacerte sacerdote? ¡Realmente, qué bien
harías siendo sacerdote>>. Y me añadió: «Si quisieras ser sacerdoite, te
· ----Itaría diácono en el acto».
-~uedo eiotender po-rque se nos acaba el tiempo y hay que
ser puntual.-~efl~~~ Al_ joven hay que ayudarle
hoy a encontrarse consigo mismo, con los demás y funda.meutalmente
con Dios, y para esto hay que hacerle
reflexivo. Hoy los procedi­
mientos de la educación, los sistemas de estudio, los medios, de comu­
nicación social, -el aturdimiento ,en que vivimos, tiene a la gente fue­
ra de sí, no es capaz de reflexionar por cuenta propia. Hay que bus­
car
momentos de silencio, ponerle al chico en contacto con el silencio,
hacerle
gustar del silencio; y entonces esa juventud hace maravillas
de la Gracia de Dios, hace auténtiros contemplativos. En la última
tanda de ejercicios que yo he dado de siete días me he encontrado el
siguiente caso. Una noche me dijo un muchocho cuando se quedaban
haciendo media
hora de oración después de que les hablaba yo ----por­
que ya he dado 72 tandas de ejercicios espirituales, internos, siguien­
do estrictamente el método ignaciano, con silencio, de manera que no
917
Fundaci\363n Speiro

ABELARDO DE ARMAS
._ileju.,c..ru,Aie hablar y sí vet> a alguno hablando, «aquí, lo que se dice,
se hace», selefuvita-~-«Poo.r~_ quedarme ~ta noche
un rato más?». Al día siguiente me encuentro un ~ándome
a la habitación urgentemente, y me dijo: «Quería consultarle~
que anoche me ha pasado». «¿Qué te ha ocurrido?». Me quedé en la
Capilla y estaba haciendo la oración, y de repente empecé a sentirl;"'
envuelto en un-a-mor· de Dios imlieli.:su, lfUC: me rWcaba., me envolv1a,
que se metía por todas mis entretelas, y de repente empecé a perder el
domínio de mi 01erpo y entré en uua especie de ingravidez, aunque te­
nía sentiao-----de-todas Iás cosas, tenía conocimiento, pero con el cuerpo
-------c _ _rnwo4podía y empecé a. lenvantarme». Y o les había ·habladO del P. Llo-
rent~misionero ~ m.nrla de .ejercttios--n . _ b1a · dicho.-...-óem.ía el rooment.o de intimidad con Jesús, porque pa-
-/sa~erterreno de la fe al de la visión, y dec. fa el P. Llorente: ~_..,..--<
,.....,...,~ me aparezcas, Señor, no te me aparezcas, no_te_..meAt¡:ncrezcis». Por~
_/--que les hablo _siempre-~a.y mncMSimo ~ás mérito en la fe que en
la visión. El P. Nieto decía: «Si a mí me dijeran: "P. Nieto, P. Nieto,
baje
a la playa de Comillas que se ha aparecido Cristo", les responde­
ría: "No voy, pierdo mérito; aquí caríshnos, al Sagrario, al Sagrario,
está aquí, aquí"». Les había contado yo esto, y este chico, me dijo: < que me elevaba, y entonces romencé a decir: "No te me apairezcas~~,,.,
te me aparezcas, oo te me aparezcas", y ya podin salí ro.gj,,a Capilla».
Esto, si hay aquí personas..especialistas-en1arontemplaci6n,
varán que en este chico se iniciaba un éxmsis. Pero no es caso extra~
ño. El hijo de un famoso doct.or de Madrid, que en su casa tiene cuatro
televisores, se viene a nuestra residencia buSICalldo un Sagrario, y ante
él se pasa las horas y deja los televisores y está allí quieto en oración.
Multitud de muchachos buscan hoy,¡._ contemplación, una oración de
quierud y amor. Cuando comieozan las tandas de ejeocicios, les digo
a ,los chicos: «'Mirad, no busquéis consuelos; venimos a consolar a
Dios, que es tu Padre». Ent.onGes les cuento lo que ro,, sucedió aquí en
esta bendita tietta valenciana, donde hace ruarenta y un años que yo
no venía, pero donde pasé 1" guerra, porque me trajo aquí mi mru:lre,
evaruada, y aquí vino a morir mi padre y aquí est& enterrado en Cu­
llera.
Un día que iba yo con mi padre, enfermo, porque vino a Cullera
a morir, nos sorprendió una tbr.menta y mi padre me cogió entre sus
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CONFUCTO· GENERACIONAL
brazos para protegerme de la lluvia y me envolvi6 en su chaqueta. El
iba empapándose.
Yo me puse a llorar y mi padre traro de consolarme
diciéndome que
no tuviera miedo. Contesté: «No papá, no lloro porque
oonga-.niedo, -sino porque.estás .enfermo y te estás mojando por mí».
Al oír esto, mi padre se acl,6 a llorar. Y les digo a los muchachos:
«Nuestro
Dios es un Dios tan grande, que se baja tanto que se hace
digoo
de compasión y hay quie amarle, y tú vieoes aqui nada más que a
dejarle el
gozo de estar unos días delante de El y que El esté contento
teniendo a sus criaturas delante». Y los chicos entienden esto y se que­
dan en auténtica cootempladón. En una tanda que celebrábamos en una
casa de
la Compañía estaban los Jesuitas preparando la Congregación
General
y me llarn6 un provincial para decirme: «¿Qué haces?».
«Nada». «Es que estos chicos están en un silencio impresionante». «Lo
único que hago es lo que me enseñaron ustedes». «¡ Si les ves perdidos
delante de los Sagrarios!». Le contesté: «Buscando a Dios, que apete­
cen; eso es lo que la juventud necesita y ustedes han abandonado; y
afortunadamente el Espíritu Santo suscita otras instituciones en la
Igle­
sia para que lo hagan. Estos chicos oran, van amando a Dios y van
aprendiendo a amar a
la Santísima Virgen». En esta última Campaña
de
la Inmaculada ]es dije un día en una reunión: «A muchos de los
carteles que habéis puesto
en la calle, pasaros por Bravo Murillo, y los
veréis; les han puesto una nubecita, como si fuese una viñeta de tebeo,
que sale de la boca de la Virgen y que dice: "Y o también soy adúlte­
ra"». A aquellos chicos se les veía en la cara
un gesto de dolor, y al día
siguieote,
en plena lluvia, se empaparon de agna pegando carteles y se
machacaroo
por las calles de Madrid con las manos ateridas, heladas,
todo el domingo
tapando los carteles que habían estropeado y buscando
otros nuevos. Cuando
alguno dice: «Esto es un espectáculo triunfalista,
esto es volver a la Iglesia constantiniana», les contesto: «Esos carteles
se pegan, primero, para _probar el esplritu de combate del chico dando
la cara
por Madrid, y, segundo, para dejar testimonio de que todavía
hay quien
se atreve a hacer eso por la Virgen y que hay una juventud
dispuesta al
herolsmo». La pena es que no haya dirigentes para coger
a esos chicoo y exigírles suavemente, obligarles, suavemente, pero obli­
garles, porque decía Oliveira Salazar que < pueblos hay que obligarles sua,,emente a entrar por los caminos de
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ABELARDO DE ARMAS
salvación», pero obligarles. Y Dios lo hace con nosotros, porque la
cantidad de
fracasos que ten= .en nuestra vida, ¿no son Gracias de
Dios, que,
en su Providencia, nos va obligando a entrar por caminos
de humildad, para llevarnos a caminos de salvación, ,rorque-tendemos
coostantemente a la soberbia que nos ha dejado el pecado original?
Sí, Dios
obliga también.
Con esro acabo mi intervenci6n de ahora: una mística de exigeocia,
un espíritu combativo, un cu:ltivo de la reflexión y un. ejercicio de la
coostancia, que me quedaría por puntualizar, sabiendo que para hacer
esto hay que amar mucho y tener mucha fe. No teoemos que teoer
ningún complejo. Los católicos tenemos que armamos de fe; de aque­
lla fe de Abraham, que creía que Dios podía resucitar a los muertos;
de aquella
fe de Job, que, viendo todo hundido, decía: «El Dios que me
salva está vivo», y ,no salía pa:ado de su boca; o de aquella fe de David,
que
Je arman con yelmo, con espada, coa armadura, y como no se po­
día mover, va frente al enemigo sin nad.a diciendo: «Tu vienes a mí
con lanza y espada, pero yo voy a ti en el nombre del Señor», y con el
primer guijarro mar6 al gigante. Lo que ocum, es que hoy, como no
hacemos oración, tenemos perdida la fe y, desgraciadamente, no se pre­
dica así. ¿Ustedes se
dan cuenta de Jo que podía hacer un sacerdote con
la ·homilía, con una predicación sistemática en la Iglesia, aunque a la
Misa
no vayan más que un 10% de los bautizados? Si esas 400.000 per­
sonas que cada
semana reciben sistemáticamente la palabra de Dios en
Madrid, que
salieran a la calle a hablar de la vida eterna, ¡fa de conver­
siones
que podían lograr! Pero se les ha hablado de sociología porque
es más fácil. Se ha convertido, la Misa en un espectáculo folklórico
en lugar de insistir scbre el
sacrificio, y ahí se pone fa linea hori­
zontal sobre fa vertical, porque le es más fácil .,¡ sacerdoo, hacer esa
predicación.
Pero, en medio de todo este ambiente que estamos vi­
viendo,
se puede trabajar con nuestra juventud, y lo apetece, y lo
desean
multitud de almas y de padres de familia y de gente que está
dispuesta a actuar.
El resultado
final de estas charfas que hemos tenido aqui, de
este enruentro de Amigos de la Ciudad Católica,
es que esto hay
que
proyectarlo en capilaridad, tenemos que hacer ver la necesidad
de reunimos. Yo a Speiro le tengo una gran gratitud, porque muchos
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CONFLICTO GENERACIONAL
de estoo chicoo, los trabajos que les piden en los Institutos o en las
Universidades, los hacen a través de los libros de la Editorial Speiro
y
se defienden ahí y los divulgan. Pero no solamente hay que
pedirle esto, sino que
junto a una labor de categoda intelectual hagan
esta otra de sentido común, en la que colaboren todos coa slo gans
que pensamos, cosas que hacemos, cartas que escribimos, artículos que
ra:otta.mos, y centralizar para descentralizar después y que por vasos
capilares llegue la acción a todas partes, y al mismo tiempo colaborar
con aquella
institución católica que se está moviendo y a la cual hay
que comprender, hay que hacerle entender que no está sola. ¿Que
los padres de familia se están moviendo? Pues hay que ayudarles a se­
guir. Aquí está el doctor San Juan, que ha tenido uoa intervención,
anterior a mí, fabulosa. Su institución, Asociación Pro-Res.peto a la
Vida Humaoa, trabajando ea Barcelona, cuenta ya con canales de
radio, con programas de televisión; a éstos hay que aoimarlos, cola­
borar todos, extenderlo, que
no sea local, en nuestras provincias tam­
bién se pueden hacer cosas. Hay que dejar lo especulativo e ir a lo
práctico. Hay que
trabajar, porque el enemigo está trabajando incesan­
temente. &to es fo que teru,mos que hacer, trabajar y hacer que los
demás trabajen. Vale más encender una luz que malda:ir de las ti­
nieblas; todo
el mundo puede encender su lucecita. Pues hagamos
esto con
fe y con amor. Ustedes están en una disposición magnífica
de hacerlo, porque para poder meter esta mística de exigencia, este
espíritu combativo,
lo que hac~ falta es muchísimo cariño, porque sin
amor
nada se puEde baicer.
Y o amo a mis muohachos con toda el alma, tremendaroeote; me
hacen llorar, me hacen llevanne unos disgustos tremendos, pero me
dan unos
consudos fabulosos. Es importantísimo el querer. ¡ Y cómo
no vamos a querer si para eso encontramos, a Cristo en fa oración
y los jóvenes son otros Cristos que sufren, un Cristo que desde mi
corazón me lo pide prestado, porque Dios no tiene otra boca para
hablar
que la mía, ni otros brazos para abrazar que los míoo, ni otras
piernas para caminar que ]as mías, ni otros ojos para mirar con dul­
zura quel los míos. Esto lo podemos hacer todos. Yo amo a los chicos
y
la doctrina del amor resuelve conflictos generacionales. Acabo coa
el último ejemplo. Uno de estos muchachos, alumno de Magisterio,
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ABELARDO DE ARMAS
hace unos meses, iba un domingo, un trágico atard= de domingo,
por las caJles de Madrid; iba hacia su casa, y al pasar por un solar,
le sale una de
esas pandillas ,que tanto proliferan hoy. Se acerca uno
y le pide un duro. «No tengo». Le cogen por el cuello. «Que nos des
un duro». «No tengo». Empiezan a apretarle. Mete la mano en un
bolsillo y
dice: «Tomad, os doy lo mejor que tengo», y les da un
crucifijo. Se quedan aquéllos mirando y el crucifijo va pasando de
mano en mano. Bl, sin perder la calma, sin alterarse, contentísimo,
como me lo contó a mí, les, dice: «Mirad, es que es mi valor, todo
el precio, la perla que había encontrado, porque yo basta hace unos
años era como vosotros, pero resulta que en unos Ejercicios Espiritua­
les me encontré
COI1 Cristo y precisamente iba pensando en lo trá­
gicas que
eran las tardes de domingo para mí y lo cont ahora. V hemoo hablado de deporte, de nuestros problemas. Así no podéis ser
felices». Y
las manos. Al fin, dijo:
«De todas maneras, os he mentido, porque
me h,béis pedido un duro y 06 he dicho que no tenía; y era verdad,
porque un duro suelto no
tenfa, pero tomad el dinero que llevo».
«No, déjalo, si
ha sido una broma que te queríamos ga.star». «No,
no, si necesitáis
dinero, cogedlo, pe.ro no asaltéis a otro y le deis
un susto atl hacer estas =>. < el dinero». Entonces les preguntó cómo se llamaban, dónde vivían
y, al final, se despidió de ellos; Les dio a tados un apretón de manos,
y ruando ya había andado diez metros, se vnelve y les dice: «Perdo­
nadme un
tru>IOOllto, Se me ha olvidado lo mejor: confesaos, con­
fesaos». Y dijeron los otros, convencidos,: no en plan de burla: «Des­
cnida, que lo baremoo>>,
El omor mina todas las bases de la sociedad. Donde no hay amor,
pon amor y isacarás amor Uuan de la Cm>:) ; por lo tanto, el fruto
final
de mi conferencia, empalmándose con la maravillosa que hemos
tenido antes
de la señorita Elisa, sale del amor de Dios y del amor
de la Santísima Virgen, del Amor del Corazón de Jesús, adonde
tenemos que acudir, que hemos
abandonado la fuente de la oración
aun nosotros los católicos que estamos aquí.
En esto ya sale mi du­
reza
de formador. En estos días he visto poca gente haciendo oración,
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CONFLICTO GENERACIONAL
y está aquí uu Sagrario hermoso en la Iglesia; no es suficiente con
a:sistir a la Misa y rezar el Rosario. Ayer nos dijo el señor Obispo
( don
José M.ª G.ª Lahiguera) que hay que rezar, y rezar mucho.
Hoy hace tres años que subió al cielo la Madre Maravillas de Jesús,
contemplativa
Carmelita Descalza, a la cual se debe la fundación del
convento del Cerro
de los Angeles. A ella le dijo el Corazón de
Jesús: «España se
salvará por la oración» ( 8) . La oración mueve
montañas.
Vamos en el nombre del Señor, no estemos acomplejados.
Ahora, si dejamos la oración, buscaremos armarnos. de sociología, de
psicología, de pedagogía y de todas las «Ías» de este muudo, que no
sirven
para nada, porque Dios se ríe de la inteligencia humana, que
es necedad para El, aunque para nosotros sea la cumbre de todas
nuestras vanidades.
(8) Si tú/~ de¡as, B.A.C., 1977.
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