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Armonía y dialéctica en el orden político

ARMONIA Y DIALECTICA EiN EL ORDEN POLITICO
POR
ENRIQUE ZuLBTA PUCEIR.O
A la memoria de
Francisco, Elía.r de Tejada
I
En un discurso que acaba de recorrer el mundo, ¡pronunciado
ante
la Asamblea de Graduados de la Univ~idad de Harvard,
A. Solzhenii.in ha formulado algunos interrogantes profundamente
sugestivos
para el tema que nos ocupa. Refiriéndose a los rasgos
generales de
un mundo escindido, al carácter destructivo e irrespon­
sable que.
parece cobrar la idea de libertad, al dd,ilitamiento de los
caracteres humanos, a la pérdida de la voluntad, la miopía de las
clases dirigentes y la crisis del humanismo, el gran escritor sovié­
tico se pregunta:
«Cómo se ha formado la desventajosa situación
actual?
Desde una marcha triunfal, ¿de qué modo ha caldo el mundo
occidental en
tal impotencia? ¿Hubo en su desarrollo fatídicos vi­
rajes, pérdidas del .rumbo adoptado? Pues parece que no. Occidente
no ha hecho más que progres;ar y progresar en la dirección social
declarada, mano a mano con el brillante progreso técnico. Y de
pronto se ha encontrado
en este 0;1tado de debilidad. Y entonces
-agrega Solzhenii.in-]o, único que qweda es buscar el error en
la
misma rafa, en la base del pensamiento de la modernidad. Me
refiero a la
cosmovisión dominante en Occidente, que nació en el
Renacimiento, que se
fundió en moldes pollticos a partir de la
Ilustración, que ha constituido la. base de todas las ciencias poli-.
ticas y sociales, y que puede ser designada como hwnanismo racio-
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nalista, o bien como autonomismo humanista, por proclamar y pro­
= la autonomía del hombre de cualquier fuerza superior a él.
O
bien, si no, antropocentrismo: la idea del hombre como centro
de todo
lo existente» (1).
Con toda claridad, Sol:menitsin trae al centro mismo de su diag­
nóstico, acerca de la crisis contemporánea, una evidencia advertida
desde las más diversas ópticas ideol6gicas. Nos referimos al vasto
proceso
de secularizacMn de la cultura y las sociedades modernas ;
al
eclipse de la trascendencia que, con manifestaciones en todos los
·6rdenes
de la vida bUllJ>l época un signo único en la historia.
En efecto,
la historia de la cultura nos demuestra hoy que la
sociedad moderna es
la única, entre todas las que cabe registrar con
un minimo de certidumbre, que tiende a una eliminación sistemá­
tica de todo componente
sacra! en su sistema de valores (2). Si bien
'es cierto que la irreligiosidad conoci6 momentos y ciclos de auge
en otras erapas hist6ricas, fo cierto es que el fen6meno qued6 limi­
tado,
por lo general, a ciertas capas de la sociedad, sin alcanzar a
la totalidad de la sociedad. Esta conserv6 siempre un núcleo central
de verdades y principios exentos de toda posible duda, que g-aran­
tizaha.n no s61o la continuidad de nna tradici6n, sino los vlnculos
de
unidad e integraci6n socia:! mlnimos e indispensables para ga­
. rantizar la existencia coi:nunitaria. Las normas, las instituciones, las
tostnmbres, los c6digos de comportamiento, reconocieron asl, siem­
pre, un fundomento trascendente a las rnnvenciones hnmanas, que
permiti6
la continuidad de las civilizaciones.
Lo propio e intransferible de fa mentalidad moderna consiste,
precisamente, en el desconocimiento de todo límite a la crítica se­
cularizadora. La continuidad, la unidad, la tradición y hasta la mis­
ma sacrosanta evolución son cuestionadas en su raíz más íntima.
(1) So!zhenitsio, A.: «Discurso en la Asamblea de Graduados de la
Universidad de Harvard», trad. V. La:msdorff, en Verbo, Madrid~ núm. 168,
1978, pág. 1013.
(2) Un punto de vista sociológico sobre el problema puede verse en
Germani, G.: Democracia y autorittln.rmo en ]1,1 sociedad moderna, Cambridge,
Mass. 1978, págs. 8 y sigs.
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La noaon racioruilista de la subjetividad, forjada a partir del no­
minalismo, ha desembocado así en un proceso de disolución siste­
mática
de toda instancia supraindividual. Lo que se cuestiona no
es sólo la idea de un Dios trascendente y providente, arquitecto del
orden
del universo y creador del hombre, sino todo significado;
todo valor o norma general; todo criterio situado más allá de la vo­
luntad individual. La idea mimia de hrm,/we queda reducida a una
mera noción
«operativa», destinada a la explicación de procesos par­
ticulares en el orden
de la naturaleza. iLa idea de la «muerte de
Dios» no es otra rosa que una traducción en términos más amplios
de la idea del fin del hombre. «Me parece -escribe Foucault-que
la noción de naturaleza humana ha jugado el papel de indicador
epistemológico con
la teología, la biología o la historia, o bien en
oposición a éstas. Me resultaría difícil ver en ello un concepto cien­
tífao» (3). «Indicador epistemológico>> destinado a desaparecer irre­
mediablemente con la desaparición de aquellos tipos o disposiciones
de
saber que Je dieron origen. < ran tal como aparecieron -ronduye Foucault al cerrar su obra más
importante-si, por cualquier acontecin,.iento cuya posibilidad po­
demos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no
conocemos por ahora, oscilaran romo lo hizo a fines del siglo XVIII
el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el
hombre se borraría,
como en los llmites del mar uo rostro de
arena» ( 4).
El hombre moderoo mata a sus dioses a través de una suerte de
autoinmolación. La sociedad moderna es víctima de una tensión ex·
plosiva e insostenible, entre un proceso de secularización que disuel­
ve
todo principio de unidad y cohesión social ·y, por otro lado, la
necesidad connatural a todo agregado
hwnano de contar coo un
punto fijo de
continuidad ---esto es, de supervivencia- ante el
deveuir. Esta es, precisamente, la esencia de toda gran crisis 'his­
tórica: la puesta en tela de juicio, el cuestionamiento de aquellas
(3) Fou.cault, M.: La TJalflraleza humana ¿i111ticia o poder? Conversa­ción con N. Chomsky, trad. A. Sánclrez, Valencia, 1976, j)ág. 17.
(4) Foucautt, M.: Las ptNabras y las cosá.I1 trad. E. C. Frost, México,
1974, pág. 375.
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verdades y principios intangibles destinadas a dar a las sociedades
razón de
su propia existencia. Las tensiones a:lcaru:an así un carácter
verdaderamente estructural
que las torna dificilmente reversibles
desde los términos mismos ell que se plant€11'1. Históricamente, estos
momentos -típicos, por otra parte, en las etapas de decadencia de
las
civili2aciones--'-, sólo parecen superables desde un replantea­
miento en profundidad de los principios que están en juego.
Y
es aquí donde la decadencia moderna cobra nuevamente· una
gravedad inédita,
en estricta correlación con los -procesos que le dan
origen, La secularización se plantea en niveles y gradoo cualitativa­
mente superiores a los de cualquier ~iencia histórica anterior,
y al vaciar de contenido a ese núcleo intimo · de toda civilización,
funda una religión divinizadora
· del cambio por el cambio mismo.
'.El proceso de masificación de nuestras sociedades contemporáneas re­
conoce
su causa profunda en la secularización, y de ello dan cuenta
aquellas
lll"'1ifestaciones más características, denunciadas en su tiem­
po por Spengler, Ortega, Manrras, o &heler. Atomización social,
individualismo, pérdida del sentido de la responsabilidad, destruc­
ción de los
cuerpos intemiedios, quiebra del principio de autoridad,
totalitarismo estatal,
consecuencias naturales cobra rasgos de tal evidencia que obliga a
su reconocimiento aun por parte de aquellos· que -apatecen como sus
profetas. A ello; y no a otra cosa., se refieren Marx, cuando habla
de «autoconservación o conservación de sí»; Nietzsche, cuando pre­
gona la «muerte de Dios»; Comte, cuando sienta las bases del «pro­
greso
del espíritu-positivo»; o Weber, cuando analiza el «desen­
cantamiento del mundo».
La divinización del devenir opera así como un esquema mor­
boso y enfermo, en el que la ilusión utópica de un futuro ideal que
sirve de justificación
universal a las aberraciones más brutales e in­
humanas, pasa a reemplazar al sentido de la realidad. Si el utopismo
clásico
consistía en una hipertrofia de la razón, el utopismo de nues­
ttos días aparece, por el contrario, como, una atrofia de la misma.
El delirio
construetivista de la raz6n ilustrada, cede su lugar al pro­
grama paranoico de una razón amputada ,¡ne, .cortados sus lazoo con
el orden de
las cosas, se precipita en el nihilismo y fa desesperación.
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IJ
Con. lo dicho, queda de manifiesto el hecho de que la dialéctica
constituye
el núcleo central de la idea moderna de la realidad. En
su esencia, el pensamiento moderno es dia:léctico: dialécticas nega­
tivas o positivas, ascendentes o descendentes, pesimistas o
consola­
doras; en todas sns manifestaciones, la historia compleja y tortuosa
del espíritu
moderno es la historia de la afirmación de una visión
dialéctica de la
rea:lidad. Dialéctico es el modo de aproximación a
la
realidad y dialéctico es el proceso, mismo de la realidad en todas
sus manifestaciones. Ya sea como método o como proceso objetivo,
la dia:léctica es la forma mental básica y coustitutiva del espíritu mo­
derno. El proceso de la idea y el proceso de lo real se funden ín­
timamente
en un único proceso presidido por la identificación de
lo
real con lo racional. La esencia de lo real -esto es, del Abso­
luto--es el devenir, como unidad dialéctica del ser y no-ser; como
resorte
impulsor y principio explicativo de la pluralidad de cosas a
través
de las cuales se manifiesta el Absoluto.
La
realidad social es, de acuerdo con esto, conflicto, lucha, opo­
sición de contrarios en la que la ley de la negación preside el pro:
ceso del devenir perpetuo. El pensamiento moderno recoge de esia
lógica polemológica de la sociedad su carácter revolucionario. La
evolución social es,
ante todo, ruptura ; quiebras violentas que se
suceden en un mecan,ismo de acdón y reacción ; tesis, antítesis y·
síntesis. En este pathos de la negación no hay otro paradigma que
el
de la negación rad.ical de todo paradigma.
En una ttadua:ión de las leyes de · fa guerra a las leyes de la
política, el
pensamiento dialéctico se presenta cdmo una especie de
«panmilitarismo en mard,ll)> ( 5), como wia técnica de la discordia
concebida a la vez como arte
de la desintegración verticai y horizon­
tal· de la sociedad.
En la concepción dialéctica de la sociedad, ésta se quiebra en
oposiciones y
antagonismos radicales: sujeto-objeto; sistema-totali-
(5) Pellicani, L.: 1 revo!uzionari di profeuione. Teoria e prassi ·dello
gnostieismo moderno, Florencia, 197,, pág. 228.
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dad; forma--contenido; todo-parte; continuo-discontinuo; particular­
general; identidad-diferencia; lógica-dialéctica; infinito-finito, rela­
tivo-absoluto;
f así hasta la descomposición total de L. realidad en
partículas manipulables por la razón. Comentando estas oposiciones,
Henrl Lefebvre, sentencia: «Adoptar, emplear estos términos implica
pronunciarse a la vez contra el empirismo y contra el misticismo;
aceptar las categorías filosóficas del Logos (occidental) ; admitir la
apropración de lo real por el pensdmiento «conpept11a/r/, ( 6). En
otras palabras: Pensar es, en esta línea de ideas, pensar diaMcticá­
mente, como única vía posible de acceso a la realidad. «Multidimen­
sional
-agrega Lefebvre-, multiforme, la dialéctica ataca el orden
establecido, a sus instituciones y constituciones, a sus centros, a sus
equilibrios, a sus fuerzas, a su es.P"Óo, Ella opone contra-poder a
poder; contra-cultura a cultura, pero no se detiene en tal o cual
momento. Ella transgrede, ella ultrapasa, se eleva bajando, =:ede
despreciando ... » (7).
Frente a Hegel, el materialismo marxista reivindica el fennento
radica:lmente
revolucionario de· esta concepción: «La gran idea car­
\Jn conjnnto de objetos terminados, sino como nn conjunto de pro­
cesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus
r!'flejos mentales en nuestras cabezas -los conceptos----, pasan por
una serie ininterrumpida de cambios, por un proceso de génesis y
caducidad, a través de los cuales, _pese a todo su carácter fortuito y
todos los retrocesos momentáneos, se acaba imponiendo siro:tpre una
trayectoria progresiva» (8). -En sn afirmación definitiva en el siste­
ma marxista, la dillléctica cobni, a nn mismo tiempo, caracteres re­
volucionarios e iltlfltinistas, rasgos esencialmente comnnes del pen­
samiento moderno.
Así se comprende la inversión
total del concepto tradicional de
la verdad operada por la dialéctica. Acorde con esta visión dia:léc-
(6) Lefebvre, T.: De l'Etat, Pa,ís, 1978, vol. IV, pág. 11.
(7) Lefchvre; H.: op. cit., pág. 69.
(8) Engels; F.: «Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica ale­
mana», en
Marx-Engels: Obrar escogida,, Madrid, ed. 1975, 11, pág. 409.
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tica de la realidad, la verdad se identifica con la praxis revolucio­
naria. En un texto . fun si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva
no es un problema teórico, si no un problema práctico. Es eo la
práctica donde
el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir,
la rea:Iidad
y el poderlo, la terrenalidad de su posamiento. El litigio
sobre
la realidad o irrealidad de un pensamiento aislado de la prác­
tica, es un problema puramente escolá.rtico» (9).
Es a través de la praxis traosfonnadora de la realidad como
el hombre
se recupera a si mismo, liberáodose de toda mediatiza­
ción alienante. Praxis que, en el terreno social, pasa a través de la
lucha de los oprimidos por la conquista del nuevo orden; de la
sociedad ideal a
que predestioan las leyes de la historia. «La coin­
cidencia de
la .modificación de las circunstancias y de la actividad
humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como prác­
tica revol11ctonarid>> --1Úirmará Marx en su lila. Tesis-. La dia­
léctica
es el arma, el espíritu de la revolución. < muere, la dialéctica
desaparece» (10), pierde su razón de ser.
Sin
embargo, se engañarla quien concibiera a la dialéctica como
reducida al marco exclusivo del idealismo hegeliano y el marxismo.
La misma se presenta como un eleroento natural a todo el pensa­
'miento moderno. Todas las ideologías modernas comulgan en la
'idea
de un nuevo modelo de existencia social basado en la negación
y en
el conflicto. Toda revolución - contemporáneo- se nutre del abismo existente entre el universo
de las ideas y el uoiverso real. Precisamente, la presencia parasitaria
de los profesionales de la revolución
se canaliza fundamentalmente
hacia la
generación de una mala roncieocia y un complejo de culpa
generalizados a todo el cuerpo social (11 ). Nadie es inocente; todos
somos culpables, porqm, el pecado no nace de la responsabilidad in­
dividual, sino de la radical injusticia de las estructuras
mismas. En
(9) «II Tesis sobre Feuerbach», en op. cit., II, pág. 426.
(10) Lefebvre, H.: Op. cit., N. pág. 69.
(11) Gianfranceschi, F.: 11 sistema della menzogna e la degradazione
del piacere, Milán, 1977, pág. 94.
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ese abismo insalvable entre ideas y realidades que abre la utopía,
-cooio versión sa:ularizada de la Esperanzar--, se abre el ámbito
de la dialéctica, entendida así como la metodología de la irrealidad.
Un instrumento tan brillante y sutil como fraudulento, apto para la
instauración de-un sistema, carente, por principio, de todo autén­
tico sentido de la realidad.
Y surge aquí otra característica inequívocamente propia del
pen­
samiento moderno: este abismo entre la realidad y las ideas parece
evidente sólo a los ojos del sentido común, y no a los de los ideó­
logos,
con lo que las ideologías -cuya única razón de existencia
radica precisamente en dicho abismo y en su vacío de irrealidad-,
se convierten en enemigas del sentido común. La dialéctica cumplirá
así la función de a1tica «impenitente e intransigent~> (Gurvitch)
de
las idea., y sentimientos recibidos. Las revoluciones fueron siem­
pre procesos
ascendenres, desde las capas postergadas u oprimidas
de la sociedad contra las
élires incapaces de controlar

dicho flujo
ascendente. La revolución contemporánea, en cambio, cobra un sen­
tido diferente, puesto que procede en un sentido descendente, desde
·e1 dogmatismo de las ideologías hacia abajo, contra la persistencia
de las costumbres, las creencias, y el buen sentido.
Como puede observarse, este trasfondo filosófico del· proceso de
secularización nos explica la gravedad cualitativa del mismo en el
momento
actual. La secularización no apa=e ya como manifestación
de la
particolar irreligiosidad de una época determinada, sino como
la
consecuencia lógica de una metafísica fundada en el devenir. Fiel
a su vocación, la
dialéctica despedaza toda idea de orden y continui­
dad, a la
vez que intenta esconder - nueva escatología de
la historia que le es inmanente. La religión del
cambio y la ruptura no sólo dejan al hombre sin dioses y sin mundo:
lo condenan
a la muerte ritual, en el curso de una especie de gran
ordalía purificadora, de una catarsis destinada a alumbrar el naci­
miento de esa humanidad definitivamente renovada, prometida por
las ideologías al final de la historia.
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ARMONIA Y DIALECTICA EN EL ORDEN POUTICO
III
Si volvemos nuestta atención al panorama político de nuestro
tiempo, los síntomas de esta enfennedad profunda aparecen agra­
vados
y aumentados. Las sociedades modernas parecen oscilar entre
el autoritarismo y la anarquía, en una repetición cíclica de la que
el pensamiento político contemporáneo ·parece incapaz de dar razón
cabal. Occidente vuelve a plantearse en su filosofía, en su literatura
y en su arte el tema del apocalípsis. Fascinada por la intuición casi
estética de un estallido final de la sociedad, la dialéctica une sus
aguas al poderooo torrente del nihilismo. La crítica a· Jas instituciones
y a las normas tradicionales se ve así rebasada por una crítica aún
más radical, centrada en llt idea misma de dominad6n. Lo que se
critica no es tal o cual manifestación histórica o institucionalizada
de dominio
social, sno la idea misma de «poder».
«¿Qué es el Gulag? -,re pregunta B. H. Lévy, gran gurú de
La nueva sofístlica-. La Ilustración sin su tolernncia. ¿Qué es el
plan quinquenal? El economismo burgués, más el terror y la po­
licía>> (12). El socialismo en el poder no es solamente una moda­
lidad del capital:
es su modalidad más bárbara y brutal.
No podía ser de otro modo .. Una vez que la dialéctica llega a
la culminación de su devastadora operación de
descomposición social,
no queda sino
un único y gran protagooista: la síntesis final, el
principio· de
totalidad en su manifestación más acabada y excelsa:
el Estado moderno. Para Hegel, cumbre de
la dialéctica, el Estado
es la «realidad de la idea moral»; la < ción
de la libertad»; el «infinito real», el «espíritu en su raciona­
lidad absoluta»; el «poder ah$oluto en este mundo». La adoración
al
Estado es parte de un culto a la presencia terrena de la divinidad
suprema. «Los principios
de los espíritus de los pueblos, en una
serie necesaria de fases
---escribe Hegel-, son los .momentos del
(12) Lévy, B. H.: La barbarie con rostro h11ma110, Caracas, 1978, pá·
gina 122.
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espíritu uniwrsal único que, mediante ellos, se eleva en la historia
(y así se integra) a una Malidad que se comprende así misma» (13).
Concebida
dinámicamente, esto es, como objetivo social, la idea
moderna de totalidad deviene
totalittll"Ísmo. Desde las formas auto­
ritarias o desde
las formas democráticas, tiene lugar uu único e idén­
tico
proceso de uniformización y conformismo social, operado desde
arribo, mediante los instrumentos del poder estatal. La moral y la
política totalitarias, nacen de una ontología totalitaria, que tiene
precisamente en la dialéctica su punto de partida especulativo más
íritimo.
Este proceso fue visto ya por la crítica contrarrevolucioruu:ia del
siglo
pasado -),aste por ahora recordar la perenne actualidad de
los ensayos de
De Maistre Tocqueville o de Donoso Cortés--y está
presente
en todas las grandes construcciones de la filosofía social
y la sociología de nuestro tiempo, sea cual sea -repito-su sigoo
·ideológico e intención.
La gran tradición de los fundadores de la
sociología, desde Comte hasta Durkheim, Pareto o Weber, parte pre­
cisamente de un
propósito de fondo: ¿Cómo encontrar un nuevo
fundamento que restituya a las sociedades modernas,
azotadas por
el vendaval de la Revolución,
la posibilidad de nuevos mecanismos
de cohesión e integración social. Un sociólogo contemporáneo, D.
Bell, no duda en afirmar:
«El problema real de la . modernidad es
el de la Ct"eencia. Para usar una expresión anticuada, es una crisis
espiritual, puesto que los nuevos asideros han demostrado ser ilu-.
sorios y los viejos han quedado sumergidos. Es una situación que
nos lleva de vuelta al nihilismo; a falta de un
pasado o de un fu­
turo, sólo hay uo vacío. El n.ihilismo fue antaño una filosofía te­
meraria... Pero hoy, ¿qué queda por destruir del pasado, y quién
tiene
esperanza en un futuro?» (14). Las sociedades modernas han
sustituido a la religión por la utopía, conoebida ésta como ideal
(13) Lecciones sobre la filosofia de la Historia Universal, Ed. Gaos,
Madrid, 1974, pág. 76.
(14) Bell, D.: LtM rontradicdone.r culturales del capitalismo, trad. N.
A. Míguez, Madrid, 1977, pág. 39. Uno de los enfoques más amplios y su­
gestivos sobre el tema puede verse -en Nisbet, R.: La formación del pensa­
miento sociológico. Trad. E. Molina de Vediz, Buenos Aires, 1969, vol. II.
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intrahistórico de la racionalidad en su progreso indefinido. Con todo,
las ciencias positivas, la técnologfa O la ingeniería social, son inca­
paces ya de Plhrir el vado abierto por la dialéctica y la seculariza­
ción. V aáo que rompe con la continnidad y unidad de las genera­
ciones y las culturas; más aún, que quiebra toda idea de un orden
objetivo sobre el que sea
posible la existencia misma de vínculos
Comunitarios.
Con esto, retornamos el motivo fundamental de esta conferencia.
La principal consecuencia política del proceso de secularización im­
puesto en Occidente por la dialéctica es la disolución de las bases
que hacían posible el consenso social. «La principal consecuencia
de esta crisis --- espontánea
disposición a obedecer las leyes, a respetar los deroohos
de los demás, a renunciar a las tentaciones del enriquecimiento pri­
vado a
expensas del bienestar público, en resumen, a honrar la
"ciudad" de la que uno es miembro» (15). Acontece lo que las
teorías funcionalistas denominan anO'mia, la ausencia de normas,
la indiferencia social y, bien pronto, el conflicto como principio de
vida social,
el enfrentamiento, la lucha de facciones, la violencia
terrorista
y, finalmente, la anarquía. Todo intento de pacificación
social
pasa, necesariamente, por la negociación y el pacto; por acuer­
dos cada vez más efímeros e inconsistentes, ensalzados por el ci­
nismo
hipócrita . de los más poderosos y contestado por el resenti­
miento de los
más débiles.
El fenómeno es particularmente evidente en las democracias par·
lamentarías, CUJª debilidad estructural se ve agravada día a día, sobre
todo por la presencia a escala mundial de un enemigo decidido
y
feroz, que acepta al totalitarismo como principio de organización
social. Pero aún así la dialéctica, librada a la lógica demencial de
sus supuestos,
rebasa los intenros de quienes intentan utilizarla pa~a
sus fines. Los propios regímenes totalitarios experimentan un pro­
ceso
idéntico de disolución interior, cuyas consecuencias sólo quedan
momentáneamente postergadas
por . un férreo meoinismo de repre­
sión política. Para cualquier observador profundo, es evidente que
(15) Bell, D., Op. cit., pág. 231.
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a corto plazo los grandes gigantes totalitarios de nuestro tiempo,
China y Rusia, se verán sarudidos por un proceso de crisis institu­
cional y política de consecuencias imprevisibles. En el caso de Rusia,
los problemas más graves se pla.ntearán, sin duda, en tomo a temas
como las nacionalidades y las libertades políticas.
El totalitarismo a.parece asi como contracara de la seculari2::ación,
y sus rasgos típicos en el mundo político contemporáneo son una
clara demostración de Jo dicho. Realidades como el universo con­
centracionario, la idea de «enemigo objetivo» -todo opositor a la
empresa revolucionaria es
«objetivamente» fascista-la instauración
del terror y la inseguridad como principio, la punibilidad del «de­
lito
posibl~> y, en suma, la institucionalización del desorden revo­
lucionario, no soo en manera alguna disposiciones permanentes de
las sociedades humanas. Son manifestaciones. especificas del universo
político moderno
y, partirularmente, del vacío espiritual abierto por
la secularización.
«Desde el momento en que la inteligencia invierte
su movimiento natural hacia
.Ja realidad para someter a ía realidad
a sus representaciones mentales, hay que atenerse · a la contradicción
en todos los terreno6 y a un '' mundo al revés" -observa Marce! de
Corte-» ( 16).
El universo totalitario de nuestros días es, efectivamente, un
mundo al
revés.; una trágica inversión de la realidad; una pesadilla
trágica que
no tarda en envolver a los propios adoradores del rulto
a la dialéctica. El reinado de la Totalidad no es posible, sin embargo,
sin
a.ntes desarrollar una idea de la sociedad concebida como agre­
gado
m,cánico de átomos sociales que interactúan dialécticamente
entre si. Agregado cuyo equ.ilibril> precario e inestable dependerá,
en definitiva
y cada vez más, de la voluntad de poder, ilimitada y
autónoma. De esta manera, las sociedades modernas oscilarán con
violencia creciente, alterna.ndo ciclos pluralistas influidos por una
tendencia centrífuga del cuerpo social,
con ciclos autoritarios, influi­
dos por una tendencia centrípeta, cada vez más débil en sus funda­
mentos, por brutal que pueda ser la
mecánica de su funcionamiento.
(16) De Corte, M.: L'lntelligence en péril de mort, Parí:., 1969,. pá·
gina 80.
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Este es el proceso que sufren, sobre todo, las democracias P'IJ'·
lamentarías. La bicentenaria constitución norteamericana pudo man­
tener hasta hoy un equilibrio pragmático entre el igualitarismo de­
mocrático y el conservadurismo liberal gracias a la mediación del
puritanismo religioso. La legitimación tradicional instaurada en· el
sistema de Estados Unidos, se
basaba, claramente, en un sistema
moral de
recompensas, enraizado en la idea protestante de la santi­
ficación del trabajo. El primado del hedonismo
y de la racionalidad
instrumental, propios de la sociedad industrial avanzada ¿acaso no
ponen en serio peligro este edificio político, consagrado en una
etapa que, por su profunda impronta religiosa, podemos calificar
en rigor de
pre Todos y cada uno de los ídolos de la mitología política moderna
son susceptibles de similar
enjuiciamiento. La idea del Estado, la
participación política, la distinción entre lo público y lo privado, los
derer.hos y deberes cívicoo, las funciones del Estado.
El
tema de los «derechos hun:ranos» es especialmente ilustrativo
en este sentido. Como creaciones del Iluminismo en su etapa revo­
lucionaria, las declaraciones modernas de derechos universales tie­
nen en su favor dos circunst.ancias: por una parte, en un mundo
dominado por el positivismo estatalista, abren la posibilidad de una
línea defensiva,
de un último reducto fonnal para la defensa de la
personalidad del individuo frente
al Estado; por otra parre, abten
una ventana hacia el reino de lo. ideal y de los valores en el dere.­
cho (17). Como contrapartida, •P'IJ'ecen como una caricatura del de­
recho natural, elaborada sobre la base de una exacerbación del. cons­
tructivismo idealista que los convierte en declaraciones utópicas al
servicio de minorías políticas y en contra aquéllos a qu¡ieoes de­
claran servir.
La fuente de conocimiento de estos derechos no está
en el orden de la naturale-za, oomo en el derecho natural de la tra­
dición
greco-romana-cristiana, sino en la voluntad de los ideó,logos.
Se trata. -esta ve-z sí vale la apreciación de Foucault-de nociones
(17) En este sentido, dr. Villey, M.: «Problematique des droits de
l'ho.mme», en VV AA: Las Casas et la politique des draits de l' homme,
Aix-en-Provence, 1976, págs. 368-373.
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ENRIQUE ZULETA PUCElRO
«operatiVllS», simples «indicadores epistemológicos» utilizables en
función de la
praxis politica, única ipstancia posible de verdad. De
hecho, operan sólo en función dialéctica, desgajados, por !Bnto, del
orden
objetivo de la realidad y al servicio de quienes detenten el
poder y los medios de imponerlos, en
cada. coyuntura y según la
relación de los intereses en juego. Trágico destino de las ideas fun­
damentales de la modernidad, destinadas a operar en un sentido exac­
tamente contrario al que pregonan: una igualdád basada en la en­
vidia social; una liber/ád basada en el resentimiento y el espíritu
reivindicativo, y una
fraternidad incapaz ya de enmascarar el rostro
verdadero del odio como principio de la existencia social.
IV
Los ténm.inos del problema aparecen ya en toda su evidencia.
Cerrado en si mismo, el universo politico de la modernidad se pre­
cipita en la irrealidad. En tal sentido, instaura un sistema totalitario,
basado en la mentira y en la estupidez. En la ,nent,i,ra, porque se
elabora a partir de una
opción decidida y voluntaria por la irrea­
lidad; en la estupidez, en el sentido que Sciacca otorgaba a la ex­
presión, es decir, la falta de noción y conciencia de los limites na­
turales de la inteligencia (18). Con la pérdida de sus limites, la in­
teligencia pierde su sentido; perdido su sentido pierde su signifi­
cado;
ya nada es sigmfkt1111e. En el orden· polltico, el sistema de la
estupidez niega, ante todo, los límites indeclinables e intrínsecos a la
condición humana, además de los propios de cada hombre (19).
Lo insignifict111/e es, precisamente, el hombre.
¿Eclipse de Occidente? ¿Muerte del hombre y de las sociedades?
¿Decadencia· de
la cultura? ¿Advenimiento de la barbarie definitiva?
Los profetas del catastrofismo parecen ensordecernos con su lamento
agorero y pesimista. Un nuevo mal del siglo parece enfermar de
(18) Sciacca, .M. F.: El osct1rerimie,z,to de la inteligencia, trad. J. J.
Rufa Cuevas, Madrid, 1973, págs, '6 y sigs.
(19) Sdaca,, M. F.: Op, cit., pág. 59.
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ARMONIA Y DIALECTICA EN EL ORDEN POUTICO
un modo iru:ural>Je todo reflejo vital. La praxis de la dialéctica tien­
de
a enterrar toda posibilidad de una praxis de la annonía corno
la que caracterizó a Occidente en sus grandes momentoo de creación.
Aún así, desde una perspectiva realista serla dificil compartir
en un todo esta enfermedad del pesimismo, Y no por una actitud
de
optimismo fácil y alegre -que por ignorante de la realidad pe­
caría posiblemente de una estupidez de signo cootrario-. Los mo­
tivos
para el optimismo brotan, claramente, de la propia naturaleza
del proceso político de la modernidad.
La dialéctica ha cerrado ya su ciclo vital.. Su edificio, otrora
impoteute, es
hoy un verdadero mausoleo, carcomido por el esce¡,.
ticismo y el nihilismo. Si cumple alguna función es la de retórica
vacía que acompaña a la voluntad de poder y el totalitarismo. Las
construcciones ideológicas de la modernidad cobran así una perso­
nalidad que
algunos han llamado < muertos en vida, se a!imentan en la oocuridad de la sangre fresca
de quienes, en el mundo real, sí
estamos vivos.
Estamos vivos porque lo que en realidad muere es el universo
ideológico de
la modernidad. Asistimos al agotamiento de la mit0e
logia
pol!tica de los últimos doscientos años. Vivimos ya -y es para
esto para lo que hay que prepararse-- el mundo del post-comunismo.
«La muerte del socialismo -explica Bell-, es el hecho incompren­
dido de este
siglo» (20). Desde hace por lo menos treinta años
---0 sea, desde que el socialismo inició sus experiencias políticas
concretas
en Europo,-la ciencia, la literatura, el pensamiento y la
experiencia no han hecho otra cosa que afirmar que Marx ha muerto.
El grito
de la industria editorial no nos dice nada nuevo; suena. a
triste anacronismo; 1a baratija de ki moderna .«Pub-filosofía».
El sistema de la dia!léctica no sólo está condenado a muerte por
su sentido irreal, sino, sobre todo, por sus propias premisas de fondo.
Porque como pretendida «teoría
científi®> no ha podido menos que
caducar con la muerte de la visión del hombre, de la sociedad y de
la
naturaleza propia del Iluminismo dieciochesco. Sólo el

violento
phatos romántico que agita aún a nuestra cultura ha podido servir
(20) Bell, D.: Op, rit., pág. 231.
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BNRJQUE ZULETA PUCEIRO
con su poderosa inercia para una, hasta el momento, trágica super­
vivenci'a..
El socialismo ha tettninado con todas y cada uru, de las ilusiones
que llevaron a los hombres a abrazar su mitología polltica. Prometió
la liberación definitiva de toda opresión, la
igualdad, la desaparición
de los antagonismos y alienaciones, el
advenimiento de una socie­
dad más justa y acorde con el hombre total; y en los hechos, ha
desembocado en el sistema del terror, vaciado de todo contenido y
sentido,
y mantenido por la élite de la burocracia revolucionaria, a
través de las armas y el campo de concentración.
V
amos, pues, hacia un momenro ascendente. L> quiebra del «rup­
tu.ralismo» dialéctico preanuncia una época de revalorización de la
realidad. A toda gran crisis escéptica - época de
entusiasmo por fa especulación metafísica, por la búsqueda
de los principiosy icriterios que rrascienden "1 devenir histórico; en el
,¡,fano político, por los fundamentos pem,anentes de fa convivencia.
Y aquí está el desafio. Vistas las coordenadas de la crisis de
la modernidad,
no pa.rere abrirse otro camino que el de la política
concebida como
prt1Xil de la crmtr,a-secularizadór,. En palabras pro­
nunciadas por el entonces arzobiopo de Cracovia Karol W ojtlla, como
«praxis concebida mnultánetimente como ethos» (21),
. Contraserularizaci6n que sólo puede ser entendida en el único
sentido
~ible para fa experiencia occidenta:l : en el de un reen­
cuentro con el sentido profundo
de su religiosidad. . Amold Toyn­
bee -en palabras que hace suyas el sociólogo judío Raymond Aron­
señaló que Occidente no escaparía a la decadencia, salvo reconcilián­
dose
con fa Iglesia Católica, con la fe que le había dado su alma.
Si esto es así, no. nos está permitido el escepticismo ni · la comodidad;
no nos está permitido ni 1á desesperación ni el pesimismo. Hoy, como
siempre, cobra
un sentido especial 1á famosa ""Presión de Maurras,
y el pesimismo sería, ni más ni menos, por su falta de sentido de
la
realidad, una absoluta estupidez.
(21) TeorÍ•Pr~"i: un tema h11;,,ano y ·,ristiano, trad. V. Rodríguez,
ponencia. al Congreso Internacional d.e" Filosofía, celébtado en Génova-Bar­
celona. (8-15 de septiembre de 1976), en Verbo, núm. 169-170¡ noviembre­
diciembre 1978, pág. 1202.
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