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Dios inmutable e inintercambiable

DIOS INMUTABLE E ININTERCAMBIABLE
POR EL
Rvdo. P. V1CTORINO RODRÍGUEZ, O. ·P.
(PIMtica en el Acto Eucarístico de Clausura)
( Oración ante el Santísimo Sacramento)
Señor, sabemos que
Tú no cambias, que eres eternamente
inmutable, siempre fiel a
tu palabra y a tu amor. Así lo canta
tpdos los !días la Iglesia en su Liturgia, en el himno de Nona:
«Rerum, neuS tenax vigor,
immotus in te permanens,
lucis diurnae tempora
successibus determinans»-.
Sabemos que ni siquiera al encarnarte en la persona del
Verbo te inmutaste, ni
al transubstanciarte en pan y vmo en
la Eucaristía experimentas cambio alguno en la Humanidad
asu­
mida, ni al venir a nosotros e inhabitarnos, Uno y Trino, te trans­
pones. «Yo, Yavé, no me he mudado» (M,ú, 3,6). «En El
-dice Santiago, 1,17-no hay mudanza ni sombra de alte­
ración».
Y, sin embargo, sabemos que eres Amor (l Jn, 4,8) y Vida
perenne (Jn, 14,3,6), que a nosotros nos cuesta concebir sin
que sea cambiante, motus ah intrinsecq, como la nuestra.
Sí, Señor, a nosotros nos has hecho cambiables y temporales,
perfectibles
y defectibles con el cambio, aunque nuestra voca­
ción es de eternidad invariable: «Nos has hecho, Señor, para
Ti,
y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti»
(San Agustín,
Confesiones, l, 1 ). Buscamos una quietud, no de
muerte o inacción, sino de vida perenne e imperturbable, par­
ticipación de tu vida eterna, «posesión simultánea, total
y per­
fecta de la
vida interminable», que dijera Boeccio (De Conso-
latione,
V, 6 ). ·
Sin embargo, Señor, nuestra vida cambiante de este mundo
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P. VICI'ORINO RODRIGUEZ, O. P.
está abocada a un fin de consumación, y no de consunción, como
diría San Agustín; transcurre con riesgos
de intercambios desor­
denados y
'de cambios o variaciones regresivas y degradantes.
En
el Evangelio de la Misa de este domingo (Mt, 22,1-14) se
nos recordó la parábola de los invitados a la boda del hijo del
Rey. Unos no quisieron asistir; prefirieron
ate1*ler a sus nego­
cios: intercambiaron a Dios por los intereses humanós. Otro
asistió, pero sin vestido adecuado de boda: no se cambió para
el encuentro con Dios.
Estos días hemos podido reflexionar sobre estos cambios e
intercambios a distintos niveles, fiados en
tu palabra y en la
de tu Iglesia. Te damos gracias por ello, Señor.
Sí, Señor. Sabemos que no ¡xidemos intercambiarte a Ti
por el hombre, tomando al hombre por Dios -hamo bomini
Deus-, pasando del teocentrismo al antropocentrismo; no. po­
demos enajenar a Dios, optando preferencialmente por las ri,
quezas,
el placer o el poder; no podemos anteponer a la Ley
de Dios y a la ley natural la ley arbitraria de los hombres; no
podemos cambiar una situación de cristiandad por una situa­
ción de laicidad o secularidad; no podemos
· cambiar el sentido
trascendente de
la vida humana por un inmanentismo cerrado y
opaco.
También sabemos, Señor, que ;enemos la obligación ineludi­
ble de
cambiar perfeccionándonos. «Despojaos del hombre vie­
jo -decía San Pablo (Col, 3,10)-... y. vestíos del nuevo».
«Dejándo, pues, vuestra antigua conducta, despojaos del hom­
bre viejo, Viciado ·por · Ias concupiscencias seductoras, renovaos
en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo,
creado según Dios en justicia y santidad verdadera»
(Ef, 4,22-
23 ). Sí, cambio, pero para andar el camino de la perfección,
no para desandarlo, no
para cambiar el si por el no, como hizo
el segundo de los hijos de
la parábola del Evangelio de la Misa
de hace quince días
{Mt, 21; 28-32), sino para cámbiar el no
por
el sí en· caso de desobediencia anterior, como hizo el pri-
mero de los hijos.
'
. Ciertá:mente,-· «el cainbio'" por eI_·cambiO» es una insensatez
11:!etaf1Si~a: el ·«.motus propter moveri», lo misi;no que el puro·
cambio sin sujeto. Al cambio hay ·que señalarle un sujeto, un
sentido perfectivo
y un término· para que tenga sentido y va­
lor: cambio ide quién, hacia qué y por qué. Ni cambio por el
cambio fiÍ cambio in peiiii o peyorativo, -sino cambio .Perfectivo,
m,otus in perfectionem sin límite: «sed perfectos como vuestro·
Padre Celestial es perfecto» (Mt, 5, 48).
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. Sabemos, por último, Señor, y tu Vicario en la tierra nos lo
ha recordado el
día 10 de octubre en Zaragoza, que el cambio
perfectivo y bien ordenado
va del corazón a las obras y de la
persona a las estructuras sociales y a la comunidad, y no al re­
vés: «No caigáis en el error-de pensar -nos elijo Juan Pa­
blo II-que se puede cambiar la sociedad cambiando sólo las
estructuras externas o buscando, en primet lugar, la satisfac­
ción
de las necesidades materiales. Hay que empezar por cam­
biarse a sí mismos, convirtiendo de .verdad nuestros corazones
al Dios vivo, renovándose moralmente, destruyendo las raíces
del pecado y del egoísmo de nuestros corazones. Personas trans­
formadas colaboran eficazmente a transfrmar la sociedad».
Los organizadores y los conferenciantes de esta
XXIII
Reunión de amigos de la Ciuda'd Católica parecen haber adivi­
nado la principal preocupación del momento del Santo Padre
y la actitud a adoptar coherentemente desde la
fe, y de'1Cle la
filosofía y teología cristianas, de cara a los problemas y a las
teorías más o menos utópicas del cambio.
Que tu Espíritu Santo, Señor, autor de nuestros cambios
perfectivos interiores aumente nuestra fe, · esperanza y caridad
y las lleve a plenitud, como las llevó en tu Santísima Madre,
paraidigma de todo acceso a Dios, de todo camino de perfección.
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