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La evolución de los cuerpos intermedios

LA EVOLUCION DE LOS CUERPOS INTERMEDIOS
POR
FEDERICO D. WILHEI,MSEN.
Profesor de Filosofía en la Universidad de Dallas. Texas (U. S. A).
Cuando hablamos de los cuerpos intermedios tenemos que
distinguir, según mi
criterio, entre dos c~s:
1) Cuerpos Intermedios como realidades históricas.
2) Cuerpos

Intermedios como
Doctrina Social de la Iglesia.
Esta ha sido una doctrina elaborada a través del último siglo
y
mi:dio, mientras que aquélla fue una realidad palpable en
la cristiandad medieval. Lo que me gustaría hacer entonces es
lo siguiente: en primer lugar vamos a mostrar en líneas generales
la evolución histórica. de los cuerpos intermedios, y luego en
segundo lugar
vamos a indicar la vigencia doctrinal que éstos
tienen
para nuestra sociedad actual occidental.
Aunque las formas de gobierno, a saber: la Monarquía, Aris­
tocracia, tienen una historia mucho más larga que la del cris­
tianismo, no podemos decir lo mismo en cuanto a los Cuerp:>s
Intermedios. Son instituciones netamente representativas y libres
que emanaban de un siglo exclusivamente cristiano.
La caída del Imperio Romano a través de un proceso largo
de degeneración interior y de ataques bárbaros desde_ el exterior
produjo en el continente europeo un vacío enorme; no debemos
olvidar el hecho de que el Imperio Romano constituyó toda la
civilización occidental de aquel entonces. Era un Estado cabal­
mente centralizado
y unitario en los últimos siglos de su exis­
tencia, cuando se encontraba amenazado
por las tribus bárbaras
y germanas. La vida romana estaba organizada de la cumbre
hasta abajo; de suerte ·que todos los detalles de la industria y
del trabajo pertenecían a una burocracia gigantesca cuyo jefe
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era el mismo Emperador romano, primer soldado de la civili­
zación.
Desde el siglo nr después de Cristo, el Imperio era más una
fortaleza que una sociedad, era más un ejército organizado para
la defensa de una sociedad que una sociedad política. Podemos
ver esto fácilmente. Ningún artesano podía cambiar
su oficio,
ni ningún socio de un gremio o sindicato podía subir o
bajar
en la vida. El Estado romano llega a ser como absoluto sim­
plemente dedicado a la necesidad de lucha contra
el enemigo,
la barbarie.
La caída del Imperio produjo un vacío enorme en
Europa,
el Estado romano desapareció, y lo que había sido un
.continente organizado
y administrado desde un centro político
volvió a ser
nada más que polvo de tribus más o menos cris­
tianas cuya vida política
era la del clan y la de la sangre.
Con la cristianización
del continente europeo un fenómeno
nuevo en
la historia del occidente ocurrió, a saber: debido a la
desaparición del Estado central romano que antes había legis­
lado todo, hasta los detalles
más íntimos, más mínimos _de la
vida, los hombres tenían que gobernarse a sí mismos a la fuer-
.
za; no había otro remedio. El nacimiento de las instituciones
autónomas
y libres de la Edad Media no era la consecuencia de
una teoría política, sino una necesidad impuesta por las circuns­
tancias
de la vida. Los pueblos europeos, todavía no autocons­
cientes de un sentido fuerte
de la nacionalidad, tenían un ejem­
plo del autogobiemo en las órdenes religiosas, en los grandes
monasterios de los benedictinos, que formaron comunidades de
monjes que procuraban
para los suyos todas las necesidad.es de
la vida. Los pueblos nuevos no podían
mirar hacia el Estado por­
que
el Estado, tal como entendemos la palabra hoy día, no existía;
no había Estados, había reinos, eso sí.
Pero el poder real era
débil y los requisitos
para gobernar a los hombres eran escasos.
Repito la tesis porque es sumamente importante
para enten­
der el papel social y político de los Cuerpos Intermedios : el
Estado no regaló a los pueblos una serie de instituciones autó­
nomas intermedias
por no existir el rriismo Estado. Los hom­
bres desde abajo creaban los cuerpos sociales de la nada.
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Si la libertad humana se une estrechamente con la respon­
sabilidad, podemos decir que la libertad occidental nació en
aquel momento histórico cuando los pueblos europeos, espon­
táneamente y sin ningún mandamiento desde arriba, organiza­
ron su propfa vida social y corporativa alrededor de una red
de organismos que engarzaban
todas las dimensiones de fa. exis­
tencia humana.
En cuanto al espacio y al tiempo, el Municipio
puede considerarse corno el enlace entre las familias individuales
y los demás organismos que estaban naciendo a la vez. Los
campesinos en aquellos siglos no solían vivir en casas aisladas,
sino en aldeas concentradas generalmente en un · valle_, organi­
zando la vida política del mismo Municipio, según costumbres
y leyes que emanaban, podríamos decir, del mismo suelo. Cada
aldea tenía
una constitución política pequeña, y ninguna de
esas constituciones
se identificaba con otra. Había una variedad
casi infinita dentro del Municipio, que dependía de un señor
feudal
hasta el Municipio totalmente liberado de cualquier en­
Jace con el feudalismo. Si e1 Mun_icipio crecía debido a la ne­
cesidad de que las farnilias resolviesen sus problemas comunes
según
una red de costumbres y leyes, según una constitución
generalmente
no escrita, podemos decir algo semejante de los
gremios,
semillas del sindicato moderno.
Unos historiadores fechan el nacimiento del gremio o del sin­
dicato en la ciudad de Oviedo, en
Asturias; para nosotros lo im­
portante es el hecho de que los artesanos fo-rmaban una serie
de organismos
que tenían como meta una red de finalidades
propias. Los gremios fijaron los precios de sus productos, de­
jaban un nivel de excedencias para los mismos productos, es­
tablecían las
reglas para el ejercicio de sus oficios, pero no se
contentaban con limitar el campo de sus actividades a lo
~s­
trechamente económico. Cada gremio medieval tenía un tesoro
para atender a las viudas y huérfanas de sus socios. Cada gre­
mio creaba un fondo para atender a los trabajadores enfermos.
Así se mezcl~ba lo económico con lo social, de· suerte que ambos
se casaban en un matrimonio feliz. También los gremios goza­
ban de un papel religioso, ya que la intensidad con la cual los
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hombres vivían la fe en esos siglos hacía que los gremiales
dedicaran sus oficios a un santo, a una virgen,
y así el mismo
trabajo se sacramentalizaba.
Por muy dura y áspera que fuese
la vida, los hombres de
trabajo habían unido, casi espontánea­
mente, lo económico, lo social y lo espiritual. Las cofradías a
veces eran los mismos gremios.
Una evolución paralela se dio en el campo de la educación.
La Universidad es una institución puramente cristiana y ca­
tólica en cuanto a su nacimiento.
En la antig:üedad había acade­
mias
y colegios, pero ningún cuerpo de profesores y alumnos
donde se concentraba toda la ciencia en
un lugar determinado.
El desarrollo de la Universidad, con su estructuración en fa­
cultades y
por grados de competencia, empezando con el bachiller
medieval hasta
el doctorado, pertenecía casi exclusivamente a
la Iglesia. Baste decir aquí que cada Universidad se autogo-
. bernaba según
una serie de reglas que emanaban desde dentro
de ella, y
el prestigio de la Universidad era tan enorme que los
mismos reyes solían
pedir su opinión sobre asuntos que tocaban
la ley natural o el derecho natural. Y esos mismos reyes nunca
se lanzaban a aventuras sin
haber conseguido el consentimiento
de las Universidades.
El poder real, en aquellos tiempos siem­
pre débil en comparación con los antiguos emperadores roma­
nos y con el
poder de los Estados modernos, encontraba un
freno contra cualquier tendencia hacia la tiranía en las Uni­
versidades, los Gremios y los Municipios. El poder real tenía
que pactar· con la sociedad,
ya que la sociedad no era la relación
con
un gobierno centralizado y tampoco era una mera extensión
de
ella.. La sociedad se organizaba, como estamos viendo_, desde
dentro de
su propio meollo. Por lo tanto, el poder político, ge­
neralmente monárquico en esos tiempos, tenía que dialogar con
la sociedad a fin de conseguir sus propias metas.
Aquí tropezamos
con el tema famoso de los fueros y de las
libertades concretas de los Cuerpos Intermedios. Creo que po­
demos acercarnos a este problema dándonos cuenta
de que el
sentido de la ley en los tiempos de desarrollo de los Cuerpos
Intermedios tuvo muy poco
que ver con lo que llamamos hoy
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en día la Legislación. La legislación generalmense se limitaba
a
interpretar una ley ya existente en la comunidad. La ley
era entonces foralista. La ley y el fuero ap11ntaban a una mis­
ma cosa. Cada región
y cada reino gozaban de una multipli­
cidad enorme de leyes
y de derechos ; a saber, fueros, que
tenían que ver
por un lado con la justicia y por otro lado
con el autogobierno,
y podríamos añadir con los impuestos
también.
A veces escritos y _a veces no, los fueros nunca tenían un
carácter unívoco. Al contrario, manando de suelos históricos di­
ferentes, los fueros
eran unos espejos de personalidades corpo­
rativas
y sumamente concretas. Por ejemplo, los fueros de
Castllla no eran los fueros de Aragón, y los fueros de Aragón
no eran los fueros de Navarra, y los de Navarra no eran los
de,
vamos a decir, Polonia. Los mismos reyes reinaban y go­
bernaban según los fueros y a
menudo se sentían oprimidos por
la auto-ridad masiva que pertenecía a esta serie de leyes, cos­
tumbres y derechos.
Ahora bien, precisamente aquí, en este
desarrollo de la pluralidad de instituciones autónomas, el hom­
bre occidental encontraba su libertad política.
Por primera vez
en
la historia podemos decir, creo yo, sin exageración, que la
libertad nació dentro de esa red de instituciones autónomas.
La libertad quiere decir, filosóficamente hablando, dos cosas: en
primer lugar, la libertad de desarrollarse; en segundo lugar, la
libertad de e~coger entre alternativas y, sobre todo, entre al­
ternativas en
caso de un conflicto de intereses. Si el hombre
católico de
la antigua cristiandad hubiera pertenecido solamente
a una institución,
podría haberse desarrollado dentro de ella,
ya sea gremio, municipio o
lo que fuere, pero no habría gozado
de
la segunda libertad, la de escoger. Pero la misma persona -y
aquí tenemos la clave, creo yo, de la libertad de escoger-per­
tenecía a varias instituciones
y sociedades : a la familia, al mu­
nicipio, al gremio, a
una región o reino con sus propios fue­
ros, etc. Debido a esta institucionalización múltiple o plural, la
persona podía escoger
en caso de conflicto entre dos o más
instituciones. Si el gremio o el municipio
-vamos a poner un
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ejempk>--, la persona concreta por pertenecer a ambos orga­
nismos
podía escoger entre ellos.
La libertad política no nació con el sistema de partidos del
liberalismo del siglo xvrn y . del siglo xrx ; libertad no quería
decir libertad de
escoger· entre partidos, sino de escoger entre
intereses en conflicto por parte de un hombre que se había
incorporado a las
dos o más instituciones que rep1'esentaban los ·
intereses en cuestión. Ei1 ejemplo más dramático de esto era la
controversia entre
el Imperio Romano y la Iglesia. Debido a
ser sujeto de la Iglesia
y del Imperio, el hombre simplemente
tuvo que escoger entre ellos cuando el famoso conflicto se pre­
sentaba.
Siempre había conflictos en el orden jurídico, y sería un
sueño imaginar que un orden político cristiano podría existir
sin conflictos.
El orden público cristiano no es ninguna utopía,
sino la estructura política y social que mejor integra todas las
dimensiones de la vida humana: dimensiones que a veces estarán
en conflicto.
Desde este conflicto nace lo que debemos llamar libertad
política, entendiendo
por ella, no la libertad de desarrollarse (la
primera libertad), sino la de escoger entre alternativas. Ahora
bien, hablamos hoy día de los Cuerpos Intermedios
y .solemos
pensar que se sitúan entre la pérsona, por un lado, y el Estado,
pcr otro. Nuestra manera de conceptualizar el asunto no córres­
ponde
a la evolución histórica de esos -organismos. Y -no co­
rresponde porque durante la etapa de evolución de estas institu­
ciones el Estado moderno, com·o ya he explicado, simplemente
no existía. El Estado no otorgaba a la comunidad un grupo
de organismos autónomos, porque no había Estados, sino reinos
o repúblicas que constituían el poder político.
Poder político no se identifica con la autoridad como ahora1
debido a las consecr.tencias del absolutismo francés y de la Re­
volución Francesa; la autoridad pertenecía en primer lugar a
Dios y a su Ley, cuyo representante en la tierra era la Iglesia.
La Autoridad, en segundo lugar, pertenecía a los mismos cuer­
pos, llamados hoy en día Intermedios. El Gremio era la autoridad
para todo lo que tuviera que ver con el gremio. El Municipio era
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la autoridad para todo lo municipal. La Universidad era la
autoridad para todo lo científico. También los mismos fueros
disfrutaban de una autoridad sui generis, y cualquier Rey que
tratara de violar a los fueros perdía su legitimidad. No de ori­
gen, pero sí de ejercicios, según la distinción tradicionalista.
Por eso el poder público pactaba con el pueblo en aras de cum­
plir con su deber, el Bien Común, en cuanto a la justicia por
dentro y la defensa por fuera.
Podemos ver el asunto más fácilmente, creo, si nos damos
cuenta
de que la misma sociedad estaba tan fuertemente insti­
tucionalizada y autogobernada que el papel del poder político o
de lo que llamamos hoy en día poder central era muy limitado.
El poder sí era uno, pero esta unidad política se encontraba den­
tro de una comunidad que lo necesitaba solamente para la ·inter­
pretación de la justicia, para la resolución de conflictos e intere­
ses y para la defensa contra enemigos de fuera.
Nadie ,puede decir con certeza cuál habría sido el desarrollo
occidental y, por lo tanto, de las instituciones ?-Utónomas si
tres factores nuevos no se hubiesen intercalado
en la historia
de Occidehte. Después de la evolución orgánica desde la caída
del Imperio Romano hasta el siglo xv (mil años), esta red de
instituciones autónomas y libres murió de repente. Más bien
tres factores asesinaron los organismos representativos de
la
antigua cristiandad y así produjeron la crisis perpetua dentro
de
la cual el Occidente ha venido a dar durante cuatro siglos.
Estos tres factores fueron :
1) El nacimiento del Estado absoluto. Primeramente de
hecho en Francia con
el absolutismo borbónico y con la
teoría de Juan Bodino.
2; El nacimiento del capitalismo liberal respaldado por el
Calvinismo protestante.
3) La Revolución Industrial.
Si queremos localizar
el papel potencial de los Cuerpos In­
termedios en la sociedad actual tendremos que darnos cuent:i.
del daño enorme hecho a la cristiandad por estas tres causas.
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En primer lugar el nacimiento del Estado absoluto. El cre­
cimiento del poder real en Francia, primeramente, y l}lego en
todo el continente hizo desaparecer a todas las instituciones so­
bre las cuales ya he hablado. Quedaron unas momias de gre­
mios, universidades, fueros
; de los demás organismos de los
que
ya he hablado. Momias desangradas y despojadas de vida
propia.
El Estado centralizaba no solameute todo el poder, sino
que
toda la autoridad deutro de ella. Así, destrozando toda la auto­
nomía de la sociedad, reduciéndola a
un terreno enorme admi­
nistrado desde la capital. Reduciéndola a
un desierto enorme sin
vitalidad propia.
Lo que empezó el absolutismo borbónico, la
Revolución Francesa y liberal -lo continuaron. Las regiones, pri­
meramente en Francia, luego en España y en todo el mundo la­
tino perdieron sus antiguos fúeros y se redujeron a meras en­
tidades administradas.
Los gremios o desaparecieron o se mar­
chitaron hasta llegar a ser reliquias pintorescas de una edad ya
muerta.
El Estado liberal simplemente se apoderó de las Universi­
dades en
un robo gigantesco. Los bienes municipales pasaron
al Estado para terminar en las manos de una clase · nueva de
burgueses.
Lo que pasó era un levantamiento en masa de los
ricos nuevos contra los pobres.
Así defraudada-y desilus1011a­
da, la nueva masa amorfa llegó a ser la víctima de la propaganda
marxista.
En segundo lugar, el capitalismo liberal nació en Inglaterra y
en Holanda, hasta cierto punto eu Francia, Italia y más tarde
en España y la América hispánica. El capitalismo liberal es
la consecuencia directa del calvinismo protestante. Calvino había
predicado que la
gran masa de los hombres está predestinada
al infierno.
Dios señala a los pocos salvados, un puñado de san­
tos, a fravés de unos signos o símbolos.
Los calvinistás inter­
pretaban a su maestro en un sentido capitalista, a saber : los
santos son los hombres que
han obtenido· un éxito material en la
vida.
Por eso, el capitalismo, ya nácido en Europa antes, recibió
la escuela que necesitaba
para desarrollarse. Sellaba con una
aprobación carismática, mesiánica,
la nueva buf"guesía, aliada con
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el Estado absoluto nuevo, concentraba en todo lo posible la ri­
queza del continente eu sus manos. Este dinamismo liberal y
calvinista se compaginaba perfectamente con lo que el Estado
absoluto estaba haciendo, Todo
trabajaba en unión para que la
antigua estructuración
de la sociedad desapareciera.
Si Inglaterra hoy en día es un país de parques preciosos,
y lo es, se debe al hecho de que estos parques habían sido las
tierras de campesinos libres en el pasado, ahora convertidos en
jardines
y en campos de caza para una nueva clase que sim­
plemente robó el país de sus antiguos dueños.
En España, por poner otro ejemplo, la cuarta parte de la
tierra pasó en un año, en
el siglo pasado, de la Iglesia y de los
Municipios a las manos del liberalismo nuevo. Me refiero a la
famosa desamortización de Mendizábal, masón.
En tercer lugar, estalló una revolución industrial. Si esa re­
volución
se hubiera desarrollado a través de la estructuración
católica
de la cristiandad antigua, viviríamos en un mundo radi­
calmente diferente hoy. La máquina es un instrumento~ ¿verdad?,
nada más. Pudiera haber evolucionado en aras de un perfeccio­
namiento del empresario pequeño así como del grande.
La
Revolución Industrial pudiera haber encajado dentro de una
sociedad no capitalista-liberal; pero nunca debemos olvidar que
el liberalismo
ya se había apoderado del Continente europeo
antes del comienzo de 1a revolución industrial a fines del si­
glo XVIII.
Por eso la clase liberal-capitalista-calvinista y masónica· en
gran parte, pudo apoderarse de la técnica nueva en aras de sus
propias metas. Decir que una sociedad llena de proletarios es el
precio que tuvimos que pagar para el progreso técnico es sim­
plemente
una mentira.
Ahora bien, la Iglesia Católica lanzó su doctrina social sobre
el papel imprescindible de los Cuerpos Intermedios eu
el siglo
pasado, empezando con León
XIII. En la Edad Media el con­
tenido de esta doctrina era meno~ doctrina que vida, como ya
hemos dicho,
pero la· formulación nueva de 1a misma realidad
tuvo que tener en cuenta la existencia del Estado moderno. Lo
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que la filosofía política y social de la Iglesia exige, en una pa­
labra, es que
el Estado devuelva a la sociedad lo que el mismo
Estado robó de ella a través de cuatro siglos de latrocinio, ni
más ni menos·.
Por eso, 1a doctrina papal encuentra su cetro dorado en el
principio de la subsidiariedad.
Este principio, la espina dorsal de
la doctrina social de la Iglesia, tal y como aquella doctrina
se
ha desarrollado a través de las Encíclicas, aparece en Quo.:drage­
simo Anlnlo como el más importante principio de la filosofía so­
cial.
Se puede formular la idea central de subsidiariedad en
estas palabras:
"Todo lo que pertenece a una sociedad o grupo
inferior
deb.e ser ejecutado pcir el grupo en cuestión, a menos
que éste no pueda hacerlo.
En tal caso, la sociedad inferior
precisa de la ayuda de
la sociedad inmediatamente superior a
ella.
Lo que se aplica a la familia en cuanto a sus relaciones
con las sociedades superiores, a ella
se aplica también dentro
de la misma familia.
El padre no debe asumir las responsabi­
lidades de la madre, a no
ser que ella no esté en condiciones
para desempeñarlas. Los padres no deben asumir las responsa­
bilidades de sus hijos,
siempre que ellos tengan la madurez ne­
cesaria para llevarlas a cabo.
Este principio contiene dos componentes : por un lado la
libertad,
por el otro lado la solidaridad.
A la libertad pertenece
la primera parte del principio. El
grupo superior debe abstenerse de hacer lo que el inferior puede
hacer libremente.
Una intervención aquí haría que la voluntad
y
1a responsabilidad, condiciones para el ejercicio de la liber­
tad,
se marchitasen. Tal intervención reduciría al hombre al
nivel de un esclavo. A la solidaridad, la segunda parte del prin­
cipio, pertenece lo positivo,
el grupo' superior debe intervenir
cuando
el inferior no puede hacer lo que por naturaleza le
atañe.
Para poner un ejemplo: una sociedad que permitiese que el
hombre muriese
en la calle por no tener trabajo, pecaría gra­
vemente contra
la justicia, pero esta solidaridad de hombres y
grupos no se restringe a una incapacidad, incluye también lo que
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pertenece por naturaleza a un grupo. Por ejemplo: no es propio
de la familia defender la ciudad, donde tiene
s~ casa y sus bienes,
este
trabajo pertenece a un organismo superior: el Ayuntamien­
to; pero, ojo aquí, el principio no tiene nada que ver con una
eficacia puramente técnica.
A menudo un organismo superior
puede hacer el
trabajo o cumplir con el deber de un organismo
inferior mejor que él. Esto no tiene importancia alguna, según
la doctrina de subsidiariedad; si lo tuviera caeríamos en una
tecnocracia
fría. Con tal de que el organismo inferior pueda
desempeñar su
papel aun con menos eficacia técnica, el orga­
nismo superior no debe de intervenir en absoluto. Como el gran
pensador católico inglés, Chesterton escribió: "Hay muchos hom­
bres que podrían organizar mi casa mejor que yo, pero eso no
quita ni mi libertad ni responsabilidad para con mi propia casa."
En una palabra, el principio de la subsidiariedad no tiene
nada que
ver con la eficacia técwica1 sino con la libertad y con la
solútaridad.
Ahora bien, cualquier instauración del papel de los Cuerpos
Intermedios exige su institucionalización política. Aunque
el Es­
tado moderno sí tiene la obligación, como ya he dicho, de de­
volver a
la sociedad lo que es propiamente suyo, no p~ede ha­
cerlo simplemente lavándose las manos
y abdicando su responsa­
bilida~
para con el bien común; al contrario, debe deshacer lo
malo de estos últimos. siglos a través de compartir la respon­
sabilidad pública con organismos intermedios que de verdad han
salido desde abajo. Cualquier éxito en
el futuro para los Cuerpos
Intermedios necesita
una espontaneidad creada dentro de la mis­
ma sociedad. Tenemos delante de nosotros el ejemplo medieval.
El éxito enorme de las instituciones autónomas en aquel enton­
ces manó precisamente de su
carácter espontáneo. El Estado pue­
de fomentar un ambiente propicio para la inst¡mración política
de estos organismos, empezando desde la familia, pasando por
el Municipio, el sindicato y terminando
por la región o la pro­
vincia con personalidad propia, con fueros.
Lo, que el Estado
nunca debe hOJcer es instauira¡y desde arriba1 ahí tenemos el ca­
mino
hacia el fracf!,SO. Tal acción quitaría el carácter espontáneo,
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demoerático podríamos decir, popular, sin el cual los Cuerpos
Intermedios
nunca podrían funcionar. Lo qne estoy diciendo no
va a ser fácil de actualizar; por un lado necesita un gobierno
cauteloso del
poder enorme heredado por la Revolución France­
sa, por el otro lado nécesita de hombres con iniciativa y res­
ponsabilidad cristiana.
La etapa del desarrollo de la técnica de hoy está llevándonos
hacia una etapa de descentralización de la industria y en el or­
den social. El mundo ha llegado a un punto tan centralizado
que no puede ir más allá en el mismo camino. La técnica misma,
sobre todo la técnica nueva, basada no en la máquina sino en
la electricidad, está haciendo que las empresas y hasta los mis­
mQs gobiernos se descentralicen. Por lo tanto, los gobiernos y
los hombres, con tal de que sean cristianos de verdad, pueden
contar con la técnica en cualquier intento de instaurar una red de
organismos libres y .autónomos. Además, la tendencia hacia la
masificación en el mundo de
hüy puede frenarse debido a la
misma técnica nueva. Estamos viviendo, entonces, en la última
etapa del liberalismo centralizado o vamos al caos, o vamos a
una estructuración nueva del Occidente cristiano.
La Edad Moderna está acabándose, tal y como el Imperio
Romano'.' se acabó en el siglo quinto. Hay dos posibilidades para
la civilización occidental: o esclavitud marxista
que prolongaría
de
una manera reaccionaría la agonía del Estado liberal, o un
florecimiento nuevo del principio que tiene un valor eterno. Hay
un refrán viejo que simboliza el orden público cristiano: "in
necessariis unitas, in dubiis libertas, in omni.bus caritas" --en
lo necesario unidad, en lo contingente libertad, en todo caridad-.
Para conseguir esa armonía de unidad, dentro de diversidad en
los pueblos, hace falta reconocer que
el centro de la autoridad no
se encuentra en
el Estado, tampoco en el pueblo, sino en Dios,
por su hijo Cristo, único Soberano del orden social.
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