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1988

El poder

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1988
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Poder político y poder económico

PODER POLITICO Y PODER ECONOMICO
POI.
ANTONIO SEGURA FEllNS
I
La doble "modalidad" del poder.
Para Tomás, el poder humano o es político o es económico
(dr. In I Sent. ds. 2, q. 1, ar. 5 ex). O, como dice Parsons (1),
en él se da una doble modalidad: el poder político que es estr,;ti­
ficado ry los planos superiores tienen «más» poder que los inferio­
res;
ry el poder económico, que es lineal de modo que doble o tri­
ple riqueza es doble o triple .poder. Ahora bien, en
la relación en­
tre ambos modos de poder hary que recordar lo dicho sobre los
ámbitos de
poder en la legitimidad de su acción: el poder políti­
co «comprende» al
poder económico al que, con su auctoritas debe
regular jurídicamente en su actuación. Pero es distinto de él.
La relación entre ellos dice a la potes/as y a la· auctoritas,
no sólo es de grado, sino de orden. Así, en lo fáctico un
poder político es funcionalmente un poder económico. Y, con­
siderable: el sector público maneja enormes intereses económi­
cos, por lo que entra como un sector
más -si bien especial­
en el ámbito de lo puramente económico .al lado del sector pri­
vado. Es una «potestad» económica
strictu sensu y en com,
petencia cuanútativa con los otros sectores e intereses económi~
cos. Pero, por otro lado, en otro orden de cosas, el poder polí­
lítico es un poder normativo de lo económico, ha de marcar la
(1) T. PARSONS, ~El Sistema social», en Revista de OccilJente, pági•
nas 136-137.
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política en que tiene que desenvolverse y actuar lo econ6mico
según los principios de la ortodoxia pública imperante. Y bajo
una misma Justicia, ha de aplicarlas con
la prudencia que recla­
men tiempo, lugar y circunstancias.
La doble condición del poder político respecto al económico
-y viceversa-es también ocasión de malformaciones ideológi­
cas: una malformación sería la de la absoluta prioridad de los
intereses económicos hasta llegar a deformar el poder político
por medio de una abusiva intromisión de los factores
econó­
micos, trabajo y capital, en el mecanismo político o administra­
tivo del Estado. O de
algún prepotente sector económico en un
intento de prevalecer sobre los otros sectores.
La malformación
recíproca sería la absorción del poder económico por los pode­
res políticos, común a todos los colectivismos socialistas, redu­
ciéndolo a mero instrumento de intereses exclusivamente políti­
cos o de la clase política.
II
Fenomenología del poder social, político y económico: las
ideologías.
En el panorama político del mundo actual, la opción metafí­
sica trascendente que funda el poder como venido-de-lo-Alto y la
ortodoxia pública como un ordenado-de-lo-Alto no tiene vigencia
actual en el mundo occidental. Es objeto de trabajo y estudio
en la Ciudad Católica,
y otros grupos similares, como Derecho
Público Cristiano; por ello ahora no seremos reiterativos,
re­
mitiéndonos a fos muchos y ,buenos trabajos que hay sobre el
tema, algunos muy valiosos publicados por
Verbo.
Si pasamos a la problemática del poder social, político y
económico, tal como hoy
se nos muestra, vemos que lo que sí
sigue operativa es la oposición frontal a cualquier reclamo
de
orden trascendente en las ideologlas inmanentes que imperan.
Pero antes hemos de señalar que en el comentario político
ac-
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PODER POLITICO Y PODER BCONOMICO
cual se confunde, a veces malintencionadamente, el modelo de
poder basado
en la trascendencia con la versión totalitaria de
la inmanencia política, ahora caída en desgracia. Esto ya fue
señalado por Pío
XII cuando dice que «el absolutismo del Es­
tado no debe ser confundido, en cuanto tal, con la monarquía
absolut noso Cortés (2) «la soberanía de derecho divino reconoce algu­
nos límites, porque Dios ha de juzgar a los reyes; pero la sobe­
ranía
de Hobbes se niega a toda limitación porque, ,para él, Dios
no existe y el pueblo, desde el momento en que resigna sus
derechos,
se hace 'esclavo'».
La consecuencia inmediata de esta
· dicotomía es terminante,
ya que «la soberanía del derecho es una e indivisible: si la tiene
el hombre, no la tiene Dios. La
soberanía popular es, pues,
ateísmo»
(ib., 137). Se ve cómo, tanto la visión hobbesiana, to­
talitaria, del poder político, cuanto en la rousseauniana, demo­
crática, del mismo, son metafísicamente imposibles de conciliar
con
la trascendencia de Dios. Y es lógico: toda tr<>scendencia
religiosa -no sólo la cristiana-juzga en términos de «bien»
y de «mal», de «mejor» y «peor»; es decir, su ptimer principio
es cualitativo. Por el
contrario, ail. visión inmanente es «cuanti­
tativa»: el «poder»
es la mera fuerza en el totalitarismo, im­
puesta en nombre de la «razón de Estado»; en Ias democracias,
como
sefialó Pío XII en 1951 al Movimiento pro Confedera­
ción Mundial, «por todas partes la vida
de Ias naciones está
disgregada por el culto ciego al valor numérico. El ciudadano
es elector pero, como tal, no es en realidad sino una de las
unidades cuyo total constituye una mayoría o una minoría, que
el simple desentono de algunas voces, cuando no una, puede in­
vertir. Desde el punto de vista de los partidos, el ciudadano no
cuenta
más que por su valor electoral; de su posición, de su
papel en la familia y en la profesión, no se
h Donoso aún
saca otra consecuencia en línea con lo señalado
(2) J. DONOSO CoRTiis, Lecciones de Derecho politico, Obras Com­
pletas, t. I, Madrid, 1854, pág. 134.
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por Taparelli respecto a las diferencias en el uso de la raz6n se­
gún los diversos individuos a la hora de establecer un proyecto
común: «Al arrancar la soberanía del Cielo y al localizarla en
la tierra,
¿en qué parte del hombre la han localizado fos filóso­
fos? La han localizado en la voluntad. Si la hubieran localizado
en la inteligencia y no en la voluntad, hubiera quedado aniqui­
lada
su teoría ... (pues), si el dominio del mundo pertenece a
los
más inteligentes, ¿qué es la democracia? ¿Qué es el pue­
blo? ... Al contrario, si la soberanía reside en la voluntad, Dios
queda destronado . . . porque
si todas las inteligencias no son
iguales, todas
las voluntades lo son. Sólo así es posible la de­
mocracia» (ib., 139). Por ello recuerda que, «mientras Descartes
dice 'pienso, luego existo', Fichte dice: 'quiero, luego
soy', es
decir, el primero localiza el idealismo humano en la inteligen­
cia, el segundo en la voluntad»
(ib., 24 3 ).
El poder como realidad no racional: la sociedad de masas.
Lo anterior no significa sino que en el pensar inmanente
desaparece la
auctor/tas, tanto en la democracia cuanto en el
totalitarismo: deviene como ultima ratio del poder político y so­
cial la potestas sin auctoritas, es decir, la fuerza. No otra es la
presentación del tema que hará un relevante filósofo de la inma­
nencia, Federico Nietzche en «La voluntad de poder».
Para evitar esta drástica solución del problema, a
la vez que
se quiere evitar el solipsismo de las conciencias individuales, se
ha ido a lo que K. Jaspers (3) define como «la absolutización
de lo limitado»,
el poner como paradigma social por todos acep­
tado, es decir, como ortodoxia pública, grandes ideas abstractas
-Libertad, Justicia Social, entendida como Igualdad, Fraterni­
dad, Democracia, entendida como antijerarquía, Nación,
Raza,
Clase, etc.-: no otra cosa son los slogans electorales o dispues­
tos por un poder totalitario, con
la pretensión de sustituir una
(3) K. JASPERS, «Psicologla do las concepciones del mundo», en
Credos, págs. 69 y 420.
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auctaritas o saber «socialmente reconocido» ante un colectivo
humano en donde los electores o seguidores, privados del que­
hacer racional, «han dejado provisionalmente de ser personas
...
Aparece claramente el carácter pático del acontecer psicológico
de la masa» ( 4) nos dirá la autoridad de Philip Lersch:
«masas»
a las que apelan como justificación del poder, tanto los totali­
tarios cuanto los demócratas.
Las masas son, según su primer estudioso, Gustave Le
Bon (5), «poco aptas para el razonamiento y son, por el! contra­
rio, muy aptos
para la acción» (ib., 4), por lo que se inscriben de
pleno derecho en el plano voluntarista. Señala como ahora
ve­
mos que estamos en «la era de las masas . . . el derecho divino
de
las masas va a reemplazar el derecho divino de los reyes»
(ib.). Y su voluntad, como no responde a la razón, forzosamente
ha de ser movida por
la «ley del corazón» que dijo Hegel, por
los
sentimientos: «cuales sean los sentimientos, buenos o malos,
manifiestos en la masa, presentan
el doble carácter de ser muy
simples y muy exagerados» (ib., 38), pues, a la masa «no se la
impresiona más que por los sentimientos excesivos»
(ib., 39).
Por ello, «las ideas sugeridas a las masas no pueden llegar
a
dominar más que a condición de revestir una forma muy ab­
soluta y simple ... , se presentan entonces como imágenes» (ib., 50),
lo
cual explica la enorme influencia de los· mass media, espe­
cialmente
la televisión, el cine, etc., en la manipulación de las
masas por la oligarquía dominante, sea totalitaria o democráti­
ca,
para presentar el poder como surgido de la «voluntad popu­
lar»: «Los argumentos que ellas emplean y los que pueden ac­
tuar sobre ellas son, desde un punto de vista lógico, de un orden
tan inferior que solamente por analogía se pueden calificar de
razonamientos»
(ib., 53).
Es el propio Le Bon el que trae la figura del manipulador
-meneur-de las masas como necesidad intrínseca de. ellas,
(4) PHILIP lERSCH, «La estructura de la personalidad», en Scientia,
pág. 468.
(5) G. LI! BON, «Psychologie des foules», en Alean, Parls, 1899,
páginas entre paréntesis.
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pues «una masa de hombres se coloca instintivamente bajo la
autoridad
de un jefe» (ib., 105) y, «en las masas humanas, el
jefe no
es justamente más que un manipulador ... que, en prin­
cipio, es, a su vez, manipulado» (ib., 106).
Estos
principios generales de la psicología de las masas los
va a aplicar
él mismo a lo político, a «las masas electorales, es
decir, las colectividades llamadas a elegir los titulares de cier­
tas funciones»
(ib., 160), estando constituidas como «masas hete­
rogéneas».
Aquí, «lo primero que ha de poner el candidato es el
prestigio, es decir, el poder de imponerse
sin discusión» (ib., 161),
cosa lógica cuando
se está en pleno voluntarismo y se ha aban­
donado la
vía de la razón. Así, tiene una importancia primordial
la «fabricación del prestigio,., según las refinadas técnicas de
los creadores de imagen. Para el candidato, «el programa escrito
no debe ser muy categórico, pero el programa verbal nunca es
excesivo: las reformas más considerables pueden presentarse sin
temor. De momento, las exageraciones producen mucho efecto
y no comprometen el porvenir»
(ib., 163). Terminará diciendo:
«Tal es la
psicologla de las masas electorales. Es idéntica a la de
las otras masas,
ni mejor ni peor» (ib., 167).
El· poder económico hoy, o la racionalidad económica.
Si en Le Bon encontramos descrito el campo actual del poder
político, no podemos ignorar que también es aplicable a las
«ma­
sas» de clientes, es decir, a la «sociedad de consumo... de ma­
sas».
Hoy es irrelevante insistir sobre el fracaso práctico de las
economías centralizadas, es decir, de
«socialismo real». Pero sí
que hay que señalar cómo dentro del marco de la inmanencia se
han construido dos modelos económicos dialécticamente
contra­
puestos: en efecto, la
dialéctica de Hegel opta por el «valor de
uso» de la mercancía, por la
economía de mercado o de oferta­
demanda reservando al Estado, en este campo, sólo la regula­
ción de la justicia, impedir
el «dolo». Marx, también dialéctico
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PODER POLITICO Y PODER ECONOMICO
y se-dicente «materialista» opta a priori por el «valor de cam­
bio» medido como una propiedad intrínseca de la mercancía: el
«tiempo de trabajo social
medio» incorporado a la mercanda en
su obtención, nos dice
el El Capital (OME, 40, pág. 82); la
igualdad de tiempos fijará la equidad del intercambio de mer­
candas: Marx desprecia absolutamente el «sujeto humano» utili­
zador de
la mercancía y que se motiva por la «calidad» de ellas
al fijar los precios, pues, para él, sólo cuenta la «cantidad».
En
la dialéctica entre ambos modelos económicos el fracaso
del «objetivismo» marxista ha sido patente en cuanto dejó de
ser mera teorización y tuvo que responsabilizarse con la econo­
mía real: en los países de «socialismo real» de fundamentación
marxista
la actual «perestroika» no es otra cosa que el recono­
cimiento público de lo falso de sus planteamientos iniciales: al
operar con las «materias» y los «hombres» reales se vio que no
funcionaban según
las previsiones de el «materialismo dialécti­
co». No hay por qué insistir en esto.
En realidad, así como la irradonalidad pol!tica es negada con­
tra toda evidencia por «la prohibición de hacer preguntas» ( 6)
en el diálogo social, hoy
se impone, por su propio peso, la racio­
nalidad económica, aventando los aires utópicos.
III
La "huida" progresista hacia adelante.
Lo anterior muestra el callejón sin salida en que hoy están
ambas ideologías si aún quieren recordar sus bases fundamen­
tales:
el «liberalismo» ha devenido, lo quisiera o no, en mero
declamador de libertad «formal»: el entramado de intereses de
todo orden está hoy aprisionando
lo mejor del hombre con una
malla cada
vez más tupida y asfixiante de la que no ve cómo
(6) Cfr. A. DEL· NOCE, «¿Ocaso o eclipse de los valores tradicionales?•,
en Uni6n Editorial, cfr. cap. 6: «La prohibición de hacer preguntas», pá~
sinas 143 y sigs.
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librarse. Por su lado, el socialismo no ha conseguido ni siquie­
ra
la igualdad en la pobreza: como en Rebeli6n en la gran;a,
de Orwell, si bien la libertad «real» nos pretende a todos igua­
les, continúa habiendo «algunos
más iguoles que otros». La so­
lución que ambas ideologías ofrece ahora es un confuso revoltijo
de palabras
más o menos grandilocuentes que se ampara bajo el
nombre de «progresismo». Un progresismo que al no admitir el
hombre fin o meta alguna hacia
la que tender, sería un «progre­
sismo sin progreso», no un avanzar, sino el repugnante desarro­
llarse de la espiral, retorcida en sí misma, de una teuia o solita­
ria a costa del organismo sobre el que vive.
Como ambas ideologías han sido afectadas del mismo mal,
ambas finalmente han pretendido una solución
común, fundada
en su mismo
principio inmanente: hoy, el capitalismo liberal, ra­
cional en lo económico, pero sólo formal en la libertad, conf!Ui}'e
con el socialismo fracasado en su ideal igualitario en el campo
común de la «masa», del manejo de las «masas» ya no proleta­
rias, ni siquiera de los «intelectuales
orgánicos» de Gramsci,
sino
... «aburguesada» por la «sociedad de consumo». Su 'común
apelación a ella es lo que permite esta reconciliación entre los
dos «hermanos separados».
Esta reconciliación tiene que presentarse como una nueva or­
todoxia pública que dialécticamente
«supere», tanto la tesis li­
beral, cuanto
la ant!tesis socialista: esta síntesis es el «pragma­
tismo». Aprovechando la «sublime mentira» que Platón consin­
tió a los políticos cuando dijo que «si a alguien le
es lícito fal­
tar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad»
(República, III, 3, B 389 a), así como la antes citada «prohibi­
ción de hacer preguntas» tan comprometidas como inqnirir la «ra­
cionalidad» de
la democracia o la «igualdad» en el socialismo, se
evitarán situaciones engorrosas. Nada, pues, de indagar sobre la
tensión entre «democracia gobernante» y «democracia goberna­
da» como oposiciones
in re del mismo concepto, tal como estudió
G. Burdeau (7); ni c6mo puede sostenerse la proclamada igual-
(7) Cfr. G. BURDEAU, «La democracia», en Ariel, cap. III, «El poder
del pueblo», págs. 48 y sigs.
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dad, política o económica, en una sociedad de masas de «mani­
pulados»
y «manipuladores» y una ;et society, política y eco­
nómica, con un consumo de lujo derrochador inalcalzable al «con­
sumo de masas».
El ''consenso" pragmático ante el "ocaso de las ideologías" (8).
Ante la dura imposición de la realidad por «la astucia de la
razón» que vimos en Hegel,
no queda otro remedio que inves­
tigar cuál haya sido ésta. El antes citado Le Bon nos dice que «si
las necesidades de la vida corriente
no constimyeran una suer­
te de regulador
invis;ble de las cosas políticas, las democracias
apenas
podrían durat» (loe cit., pág. 26). Por eso, renunciando
ambas ideologías a sus «principios irrenunciables», intentan ahora
una solución «pragmática». El «consenso pragmático» atribuye la
gestión económica y la generación de recursos al sector privado
según las
reglas de economía de mercado, es decir, del «valor
de uso». Este ha
de transferir al sector público los importantes
recursos económicos,
por vía fiscal, que el Estado necesita para
un aparato político
y administrativo cada vez más complejo, am­
plio y mejor pagado. Este, romo contraprestación, asegura al sec:
tor empresarial un mateo jurídico y de estabilidad monetaria que
asegure dentro de límites razonables la tranquilidad
-que no
«paz»-social y una evolución del proceso suficientemente pre­
conocida como para poder calcular riesgos, inversiones y ganan­
cias. Las «dolorosas» exacciones fiscales
se compensan, por otro
lado, con los suculentos contratos del sector público, así como
subvenciones, ptim{\s, desgravaciones, etc., que así -«retornan» al
sector empresarial sus anteriores sacrificios fiscales. A la par
que proporciona un alto potencial de «demanda solvente» (9)
(8) Cfr. G. FnEZ. DE LA MoRA, «El ocaso de las ideologías», Espasa;
D. BELL, «El fin de las ideologías», Technos; · J. K. GALBRAITH, «El nue­
vo estado industrial», Ariel. Todos ellos exponen la misma tesis: la ideo­
logía no sirvl, para la vida real.
(9) Cfr. J. MAYNARD KEYNES, «Teoría general de la ocupación, el
ioterés y el dioero», FCE, págs. 32 y si¡¡s.
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por los numerosos y cada vez mejor pagados funcionarios y em­
pleados de un sector público creciente.
El delicado equilibrio pragmático reclama por necesidad un
cierto equilibrio
y paridad entre ambos componentes. Esto se
consigue con más facilidad cuando los interlocutores están den­
tro del mismo orden de magnitud en lo posible. Así, el «mega­
estado» reclama la «megaempresa» y es más fácil llegar a posi­
bles acuerdos negociando con grandes corporaciones anónimas,
gremiales o sindicales que con el mismo poder económico distri­
buido entre numerosas empresas, asociaciones o sindicatos
de
empresa: Galbraith, en El nuevo Estado industrial, ha señalado
cómo la «tecnoestructura»
de las grandes corporaciones habla el
mismo lenguaje que lo que V osslenski llama la «nomenklatura»
o, Djilas, la «nueva clase»,
tecnócratas que detentan el poder
efectivo del aparato pol!tico
y administrativo del Estado. Ante
el «consenso
pragmático» las empresas personales, los gremios y
asociaciones locales -y, por ende, más reales-- tienen pocas ex­
pectativas de éxito como oposición.
La ortodoxia pública del pragmatismo.
V amos a terminar exponiendo la verdadera cara de la filosofía
conocida como pragmatismo
y las consecuencias que ineludible­
mente comporta. Como base
de la moral social contenida en la
ortodoxia pública, implica una base teórica que
J. Hessen (10)
expone así: «El escepticismo
es una posición esencialmente ne­
gativa,
Significa negar la posibilidad del conocimento. El escep­
ticismo toma un sesgo positivo en el moderno pragmatismo ( de
«pragma»=acción). Como el escepticismo, el pragmatismo aban­
dona el concepto de verdad
en el sentido de correspondencia en­
tre
el pensamiento y el ser. Pero el pragmatismo no se detiene
en esa negación, sino que
reemplaza el concepto abandónado
por un nuevo concepto de vetdad. Según él, verdadero significa
(10) J. HEssEN, «Teoría del conocimiento», Espasa, págs. 43 y sigs.
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útil, valioso, fomentador de la vida». Es decir, justamente lo que
se pretende en ese
híbrido liberal-socialista que es el progresis­
mo, término ambiguo,
pero llamativo y que cumple todas las
condiciones que señala
Le Bon para atraer a la masa.
Por otro lado, este enfoque obviamente voluntarista,
pernúte
cierta
aparienda de racionalidad: en efecto, según las circunstan­
cias de cada momento se organizan las «cadenas lógicss» que de­
ternúnarán la acción inmediata -campo propio de la acción, de
la «pragma»-y que se cuelgan del oportuno «gancho» que en
aquel momento y circunstancias se pretenda justificar. Y, en
csso de fracsso, también pueden hacerse
análisis lógicos para ver
los fallos que, inevitablemente, se achacarán a los «otros» o

a
los imponderables.
La evidente falta de lealtad respecto a los propios principios
de cada ideología, paso
imprescindible para poder «superarse»
en el pragmatismo, viene justificada por el momento escéptico
que es la «potencia» del pragmatismo. Este
se hace real como
«acto», estableciendo un objetivo que
aquí es per se irrenuncia­
ble y no susceptible de ulterior superación: conseguir el poder,
todo el poder, ya político,
ya econónúco. Y, si se está en él, con­
servarlo. Como sea y a costa de quien sea. Los que lo pierden
son los fracasados y ese
«es. su problema», pues el fundamento
ético del pragmatismo es el
«darwinismo social» desarrollado teo­
réticamente por
H. Spencer ( 11 ).
Resultados y fin del pragmatismo progresista.
Las consecuencias sociales de esta filosofía han sido exhausti­
vamente analizadas por Sorokin, que las describe así: «Cuando
se declara que las proposiciones científicas son meras convencio­
nes y que, de varias convenciones diferentes,
la más verdadera es
la que, según
los casos, resulta más conviente, econónúca, expe­
ditiva,
útil, operativa, para un individuo determinado -fr. H.
(11) liERBERT SPENCER, Principios de moral, Sevilla-Madrid, 1881.
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Poincaré, Karl Pearson, Emest Mach, William James, etc.­
toda la fábrica de la verdad amenaza venirse abajo. Según ese
criterio, los dogmas de Stalin, Hitler ó Churchill son verdaderos
porque son los
más convenientes para ellos ... Todo esto facilita
un desbordamiento tumultuoso de
las fuerzas elementales del
hombre
y conduce a los hombres a tratar a sus semejantes, in­
dividualmente o en grupos, como meros átomos materiales, com­
binaciones de electrones y protones u organismos biológicos. Si
el hombre es solamente un átomo, protón o electtón u organis­
mo, ¿por qué vamos a tener miramientos para tratar con él? (no
vacilaríamos en aplastar una serpiente o pulverizar un átomo) ...
Habiéndose suprimido
del hombre y sus valores la aureola de
santidad, las relaciones humanas
y la vida sociocultural degenera
en una lucha feroz» ( 12): sería el «darwinismo social» de
Spen­
cer, pues muestra «vacilaciones» en aplastar la serpiente o pul­
verizar un átomo
sólo cuando la serpiente puede atacamos con
ventaja o el átomo roto puede producir una
reacción en cadena
que
acabe con nosotros mismos.
Este,
y no otro, es el «costo humano» de haber abandonado
la
«vía estrecha» de la transcendencia y su exigencia de deberes
para circular por la «ancha vía» de la inmanencia de la concien­
cia con la· pretensión de una libertad ilimitada, la eliminación de
toda «heteronomía», de toda sujeción que nos «ate» a un orden­
del-bien-dado en el que el ajuste o desajuste al
mismo de la ac­
ción humana es lo que define el «bien» y el «mal». Ahora, en
la inmanencia, éstos vendrán determinados en una ética prag­
mática
y en un positivismo jurídico sólo según sean determina­
dos por los poderes «fácticos»: lo único aquí exigible es la «le­
galidad» impuesta por el poder político; el poder económico así
lo acepta y diseña sus estrategias que buscan el beneficio posible
dentro de tal marco legal, procurando evitar el «dolo»
penali­
zado; o, por lo menos, ocultarlo. Ahora todo negocio dentro de
tal marco es lícito: sexo, droga, armamento, especulaciones. etc.
(12) PITIRIM A. SoROKIN, «Sociedad, cultura y personalidad», Aguilar,
págs. 988 y sigs.
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Si algo es prohibido sólo hay que cambiar de ruta, dirigir los
recursos a las
áreas no prohibidas y en ellas seguir ganando
cuanto
se pueda y mientras dure. En sí mismas, reclama el pro­
gtesismo,
las acciones económicas no son ni buenas ni malas;
sólo «prematuras» o «retrógradas», «obsoletas». Y estos valores
pueden cambiarse, incluso invertirse fácilmente mediante una
ade­
cuada publicidad.
En esta ética, absolutamente «laica», no hay. «tabúes»; ni
respecto a las relaciones intetpersouales ni respecto a las rela­
ciones
sociales: pareja, familia, educación, espectáculos, publi­
caciones, etc., caen fuera de toda reclamación trascendente y
pueden ser origen de pingües beneficios. Todo, por principio,
está permitido.
Se trata de instrumentar un tipo de sociedad in­
manente que abjura del tosco modelo totalitario que Orwell
describe en «1984», todos bajo la
mirada vigilante del «Gran
Hermano»; ahora se trata de adoptar el modelo de la antes
ci­
tada Rebeli6n en la gran;a, en la que, recordemos, todos eran
iguales
... , si bien algunos -precisamente los cerdos-eran «más
iguales que otros».
La esperanza -siempre se debe terminar con la esperanza­
que nos queda está en que, como nos' avisa Sorokin, «en esa
lucha se destruyen muchos valores, entre ellos los de la misma
ciencia sensual o los de la misma verdad materialista»
(loe. cit.,
ib.). Es, pues, el «caos postsensualista» tras el que se inicia un
nuevo ciclo en la civilización, pues, como dice
Le Bon, «·es la
experiencia
la que constituye un único procedimiento eficaz para
establecer sólidamente una verdad en el alma de las masas y
para destruir
las ilusiones que han llegado a ser peligrosas» (loe.
cit., pág. 99). Entonces será la oportunidad de la recristianiza­
ción de la civilización occidental que nos urge el Papa y por la
que la Ciudad Católica viene trabajando, luchando
y sufriendo
desde hace 25 años aquí, en España.
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