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1985

La verdadera liberación

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1985
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Sciacca, metafísica e historia

SCIACCA, METAFISICA E IDSTORIA
POR
PmR PAOLO 0rrONELLO
Queridísimo Señor Presidente, Antoridades, Señoras y Señores:
Mi más cordial agradecimiento ante todo al amigo Juan
Juan V allet de Goytisolo
y a todos los que han consentido tan
calurosamente realizar un proyecto propuesto por la Sociedad de
los Amigos de Mi aniversario de su muerte, precisamente en una de las ReuniOnes
que vieron tantos veces a Sciacca activo y participante. Este dé­
cimo año, por lo tanto, culmina idealmente en esta sede, y se
concluirá, si Dios quiera, en diciembre en Roma con una jornada
«sciacchiana» en
la sede general de los padres Rosminianos, a
los
cuaÍes Sciac,:;, dio todo su ser; jornada en la cual, entre otras
cosas, se presentarán algunas realizaciones efectuadas este año en
el ámbito de la Sociedad de los Amigos de Sciacca, desde el vo­
lumen sobre Sciacca de María Adelaide Raschini, al Primer Pre­
mio Internacional 'sciacca, que en esta ocasión será otorgado oficial­
mente,
. al primer año del nuev'? periódi~o Studi sciacchiani.
La grandeza de Sciacca, hombre y filósofo consiste en haber
combatido hasta
·e1 cumplimiento el · bonum certamen del hom­
bre integral, que
es después el calvario de la libertad como bis-·
toria
( 1 ). Su grandeza es la del hombre libre, que sólo lo es in-
(1)-Escribe Sciacca en sus Lecciones de .f!lpsofia de la historia (Ge­
nova, 1979): «la filosofía de la historia separadá_ de_ la metafísica .no ~s.­
te• (pág. 42); •la historia es historia de la libertad humana» (pág. 48);
«la condici6n dé la salvaci6n del hómhre es la historia, pero la' salvacl6i:i
del hombre no está en la historia» (pág. 50); «la historia la escribe Dios
peto con la libertad del hombre• (pág. 52).
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PIER PAOLO OTTONELW
tegralmente cuando ha consumado el martirio de la inteligencia;
no
ya en el sentido que tal expresión más inmediatamente puede
sugerir, es· decir, como un renegar de sí mismo o como una re­
nuncia a sí que la inteligencia debería consumar, no sé sobre
cuáles altares, sino
más bien al contrario, en el sentido del tes­
timonio mucho más arduo -y, cristianamente, absoluto--que
la inteligencia por su misma naturaleza está llamada a dar de
su propia integralidad
-como también la voluntad-y, que,
por lo tanto, debe consumar como
lucha sin tregua, espiritual­
mente cruentísima, contra todos sus enemigos, los peores de
los cuales se anidan siempre en su mismo seno, es decir, lucha
contra todas las tentaciones que
la hacen reductiva antes que
inclusiva, negativa y negadora antes que creadora, afirmadora,
esto es acto de reconocimiento y de gratitud hacia
el ser crean­
te y
los seres creados.
Sciacca, hombre libre, se ha generado a sí mismo, y en la
tribuna de
la cultura mundial (la cual es pobre de todas las
mezquindades, cuanto rica
. de potencialidades preciosas a me­
nudo mortificadas, exactamente, pues, como cualquier conjunto
humano)
geperándose a través del doble martirio de sí y del
mundo, martirio ,por excelencia cristiano del hacerse
hombre
del
desie,to: los desiertos de las dificultades históricas, siempre
«puestos al
día», y los desiertos del mal, cada vez que le ha­
gamos o le toleremos en cualquier espacio, dentro y fuera de
nosotros: dos rostros de un mismo desierto, del cual el
hombre
grande se aísla, pero no como desierto particular en el univer­
sal desierto, sino como oasis de la «celda interior», que no pue­
de subsistir sino al límite de toda soledad y dificultad histó­
rica, destierro en
la ciudad terrena en el cual engendrarse, de
contrabando, como nueva tierra y nuevo cielo. Y Sciacca, in­
cluso después de la muerte, ha seguido sufriendo el martirio del
mundo en la forma
más espiritualmente cruenta que pueda su­
frir quien, como él, ha consumido. su entera existencia a través
del magisterio de la
palabra -la suya una palabra esencial y
rica, fina y penetrante, siempre robusta y
constructiva-: el
martirio,
es decir, del silencio más displicente o distraído que,
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SCIACCA, METAFISICA E HISTORIA
cierto intencionalmente, ha cerrado su pensamiento: un silencio
roto apenas por un puñado de amigos -alumnos y discípulos
de ayer, hoy y mañana-esparcidos y a la vez unidos en todo
el mundo. Pero sería estupidez hasta ultrajosa extrañarse de
tal silencio, o bien perderse en plañideras: tenemos, en cambio,
que alimentarnos también de esta gran amargura y hacerla
fructificar grandemente
y, mientras tanto, para comprender más
profudamente que, precisamente, ésta es la suerte que la his­
toria siempre, inmediatamente, reserva a los que son sus artífi­
ces, cuanto más grandes tanto más cruelmente «ajusticiados»
por
ella: es la suerte de los profundos pensadores, o más bien
de los «cavadores»
-por usar una expresión de Nietzsche-,
la misma atravesada por el mismo Tomás de Aquino y, por lo
menos, durante un siglo, por el .pensador que Sciacca asumió
como guía suma; Rosmini: polémicas y guerras durante
la vida,
silencio
y desconocimiento después de muertos. Pero estos son
los hombres no del tiempo cotidiano
----el efímero de los «divos»
de la cultura, casi siempre tanto más estériles como más ven­
didos-, sino del tiempo de los siglos; no, pues, de aquella
historia de la que a
Sciacca, con su gran elegancia espiritual no
le
ha importado un bledo --<0n los milenios me enciendo la
pipa-escribe Sciacca. También, a través de este noble y si se
quiere sículo despego, trasluce la verdad por la cual la así dicha
cultura oficial se ha sentido ultrajada
-la inteligencia es siem­
pre el más grave ultraje para la estupidez..-, es decir, que
Sciacca ha sido y es el más incómodo «impulsivo» del siglo «testa
calda» (cabeza caliente) y
al mismo tiempo el más constructivo
-aquéllos premiados por la «democracia cultural», de Sartre
a Maritain, de Russell a Marcuse, y sus incensa~ores, han en­
contrado en tal premio su desenmascaramiento--: ha sido y es una
inreligencia integralmente libre: no comprada por ningún poder
porque no estuvo nunca en venta; nunca desanimado, a pesar
de todo; ni nunca en retirada en los frentes más abrasadores
de las guerras de ideás de
los últimos cuarenta años; en cam­
bio, constructor tan tenaz como volcánico, tan valeroso como
doliente: para él ningún dolor más invencible -sólo templado
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por ironía y humorismo-- que el de encontrarse frente a la
estupidez hecha muro o, peor, compromiso blando y escurridi­
zo,
¡,ruca construir la gran podredumbre de Occidente degenera­
do como occidentalismo.
El martirio de la inteligencia es el mismo martirio de la
libertad. En su última obra fundamental, titulada El obscureci­
miento de
la inteligencia (2), la trayectoria del martirio que el
pensamiento integral, el hombre integral, debe atravesar y con­
sumar en el mundo moderno, está del todo diseñada. Sciacca
la hace culminar en lo que él llama «democracia cultural», mu­
chas veces · presunta cristiana: «urge abolir· el privilegio del pen­
samiento y de la cultura --escribe Sciacca-para la realización
de la "democracia cultural".
Si tal democracia es insidiada por
algún exaltado, se le compre o se le aísle, se le desanime con el
silencio o el desprecio,
se le abligue a callar»: palabras, como to­
das las suyas, estiladas con la sangre del espíritu. Sciacca ha tra­
zado teorético e históricamente el diseño de la trayectoria recorrida
por
el Occidente hasta la degradada y degrandante «democracia
cultural»: una trayectoria de autodestrucci6n que pasa por las
etapas obligadas de la absolutizaci6n de la raz6n; la cual produce
los monstruos del nihilismo, a los cuales son, equivalentemente,
los cientificismos, tecnicismos y las
más variadas formas de irracio­
nalismo, los entusiasmos programantes y los delirios de disolu­
ción, los futurismos
y los pasotismo,, los revolucionarismos y
los reaccionarismos.
Por esto la empresa ag6nica -lucha hasta la muerte-de
Sicacca consistió en construir la nave cruzada con la cual evitar
los Scillas y los Caribidis de
las reducciones del hombre y de
sus problemas, hasta la más necia autodecapitaci6n del proble­
ma de Dios
y de la metafísica que tanta estúpida impiedad con­
temporánea ostenta orgullosamente como una madura. libertad.
Todavía en
El oscurecimiento de la intelegencia Sciacca llama
con imagen felicísima,
al equilibrio teorético y existencial ( que
coincide con
el pensar como construir, después de las plenitu-
(2) Madrid, Gredos, 1973.
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SCIACCA: MEI'AFISICA E HISTORIA
tu des y las disoluciones de Hegel, Ros mini, Nietszche) lo llama
«_existir en el confín»: no como confinado, sino enraizándose
metafísicamente en su propio «desequilibrio» ontológico, actuán­
dose en su propio limite constitutivo, pero según el absduto
que, creándolo, sólo él puede . darle sentida como positividad,
fundado el finito mismo como positividad, que es la gran em­
presa metafísica de Sciacca. Pero esta existencia en el confin o
cerca del confin, que es, escribe Sciacca, el «pesado y al mismo
tiempo alegre camino hacia
la li/,ertad» es el camino que el
Occidente, desde el iluminista Bacon, ha evitado, a pesar de
tenerlo delante grandiosamente señalado especialmente por
la vóz
de los Padres y Doctores de la Iglesia; y es el camino que evita
sea la vía tentadora hacia abajo de la mundanizaci6n -por lo
cual yo me reduzco a mi naturaleza y no soy mi esencia-sea
la vía tentadora hacia arriba del panteísmo -por la cual yo
soy apariencia o fragmento del absoluto en el cua1 debo desapa­
recer, no
ya ser-: dos formas de naturalismo, relativo el prime­
ro, absolutizado
el segundo, que sólo la metafísica creacionista
puede superar. Ahora,
es precisamente el naturalismo la enfer­
medad mortal que ha atacado
el Oocidente,. degenerándolo hasta
su consecuencia! autodestrucción: más precisamente, el naturalis­
mo ha embestido al mundo moderno -que en este sentido se
puede considerar iniciado con Lutero-creciendo p,¡rasitaria­
mente con él y por él.
En último análisis, la gran empresa de Sciacca de redescubri­
miento y restitución de
la integridad del hombre y ·de sus pro­
blemas es enteramente combativa no ya contra el mundo moder,
no y contemporáneo -como superficialmente ha aparecido a
alguien-, sino a través de él, para que pueda tener un futuro
que no se reduzca a la autodisolución, sino que, al contrario,
incremente el único verdadero progreso, es decir, el crecimiento
de todo el hombre como don de Dios y don a Dios. Por esto,
después de haber profundizado ampliamente el
pensamiento an­
tiguo, especialmente Platón y Agustin, Sciacca dirige su atención
al· mundo moderno y contemporáneo --de Galileo a Pascal, del
idealismo al espiritualismo, de Kierkegaard a Rosmini, de Gen-
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tile a Pirandello, de Blondel a Unamuno--: no limitándose ni
a describirlo ni a
trazar diagnosis de su verdaderas o hipotéticas
enfermedades
y ocasos, ni mucho menos limitándose a conde­
narlo; sino cumpliendo en cambio la operación
más ardua, mar­
tirio del pensamiento precisamente, que es la penetración del
mundo moderno con un
amor histórico integral: para que el
mundo moderno
se desvele a sí mismo, en lugar de ignorarse estú­
pidamente para poder,
más fácilmente, enorgullecerse de las pro­
pias conquistas como si no escondieran a menudo más graves
derrotas, y de sus propios desconciertos como si necesariamente
produjeran
'nuevas formas de orientación.
Sólo después de más de treinta años de estudio y medita­
ción,
Sciacca ha delienado cumplidamente la dialéctica propia y
constitutiva del mundo moderno, por lo tanto,
de sus posibili­
dades,
sea positivas, sea negativas, determinándola -sobre el fun.
dam~to del rosminiano significado metafísico de la intellgencia
como intuición fundante de la idea del ser-como dialéctica
del obscurecimiento de la inteligencia
o, sea, como dialéctica de
la parte que mortifica y al fin excluye lo entero. El pecado mor­
.tal
del mundo moderno es, por lo tanto, la parcialidad, es decir,
el
reduccionismo: su ilusión trágica consiste en querer salvar al
hombre atribuyéndole una libertad absoluta que metafísicamente
no le compete, pero en realidad reduciéndolo absolutamente a
na.turalez/i, a una parte por lo tanto, perdiendo lo entero del
hombre, unidad de naturaleza
y espíritu. Pero sobre una parte,
cualquiera que ella
sea -llámese tanto naturaleza como espíritu,
tanto pensamiento
como corporeidad, tanto individualidad como ·
sociabilidad, tanto creatividad como necesidad-, sobre una parte
no
se puede construir: el mundo y el hombre, encojeados, ter­
minarán con precipitar sobre sí mismos, derrumbándose sobre
el pie de barro de la parte a la cual lo entero se reduzca. · La
dialéctica de · la reducción precisamente del mundo moderno le
hace, por lo tanto, caminar tendencialmente sobre los pies de
barro de una
inteligencia oscurecida y de una libertad reducida,
resultado de un salto o rechazo de la inteligencia y de la liber­
tad integrales, en favor de una inteligencia como absolutización
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SCIACCA: METAFISICA E HISTORIA
científica y tecnológica, y de una libertad como absolutización
del individuo o de la sociedad. Al gigante pesado que es el
Occidente moderno desde
hace siglos le duelen los pies de barro,
que

ahora
ya parece imposible lo sostengan largamente: así, el
Occidente
ya se contenta, nos damos cuenta o fingimos darnos
cuenta de ello, con la
posición horizontal, reduciendo el vir erec­
tus a hamo pronus, reblandecido y satisfecho de su propio re­
blandecimiento, que ahorra tantas energías preciosas, que debe
gastar maniobrando los instrumentos del cuarto de
los botones,
el monolocal del perfecto calculador de todos sus antojos y de
sus satisfacciones, que él llama templo de la libertad. Así
la
libertad occidentalista consuma el estúpido suicidio y la necia
impiedad de liberarse, si, pero de si misma,
dé su propia pleni­
tud y entereza, reduciéndose a
liberación -basta teologizada­
de todos los obstáculos -pues se ha cegado ante los obstácu­
los verdaderos en los cuales
tropieza-: no haciéndose entera
sino reduciéndose a libertad
de hacer hasta liberarse de toda for-
. ma de hacers todo lo escoge con tal que no sea su propia integri­
dad de elección del ser y del bien como el
orden metafísico de
los seres} o sea como eso por lo cual todos los seres, aunque sean
mínimos, tienen total su dignidad y amabilidad. El Occidente
se ha perdido en habiendo perdido la inteligencia del ser: nega­
do u omitido
radiarlmente el mismo significado del problema
del ser, de la metafísica, se ha reducido a estúpida autodestruc-.
ción, a nihilismo. Identificado el hombre con el mundo, reducido
el ser a la naturaleza, el mundo moderno y contemporáneo han
decaído en la
miopía de la pasión de lo concreto, que en reali­
dad a su vez
se ha reducido a lo inmediato y, por Jo tanto, a lo
absolutamente abstracto, una
vez que toda la realidad y la ver­
dad del mundo hayan sido reducidas a su perceptibilidad,
experi­
mentabilidad, inmensurabilidad. Alimentada por tal pasión de lo
concreto, ,la ciencia, a su vez reducida, se convierte en d mito
nuevo que puede imperar dictatorialmente sólo después de ha­
ber hecho tabula rasa de todos los mitos viejos, usados y, por lo
tanto, a eliminar posiblemente sin residuos, como la basura:
desde el de la metafísica a los de Dios, obstáculos a la carrérá
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de la historia, que tiene necesidad de superat, superat y superar­
se, sobre las huellas de la progenie neomítica de
los superhom­
bres hijos· de Fausto, desde el de Nietszche a
los de la ciencia
ficción. Así, el baconiano
regnum hominis, por movimientos pro­
gresivos de evoluci\Sn y revolución, revolución y evolución -des­
de la ilustración a la Bastilla, desde la revolución industrial a
la de octubre, y desde la revdlución tecnológica a las revolucio­
nes incultas de las conspirantes formas de
la degradación plane­
taria-llena al hombre de grandiosísimos nada ( sdentia inflat)
que
terminan con desintegrar, sea al hombre, sea su misma
ciencia, separada de la sabiduría, que puede ofrecerle las con­
diciones de su principio y fundamento. Y cuanto más atraigado
está
ta1 proceso de degradación espiritual y de todo el hombre
-inteligencia y voluntad-tanto más perversamente su nihilis­
mo lleva
máscaras triunfalisticas, haciéndose pasar por un «op­
timismo débil», vitaminizado por estadísticas· y proyecciones, para
poder continuat quemando a ritmo acelerado
la dialéctica pro­
ducción-<:onsumo, la misma de los mass-meclia, que corren a más
no poder hacia su propio fin, sabiendo siempre menos qué pro­
rucir o consumir, y qué comunicar, ni a quién; sin horizonte ·¿e
eternidad se da prisa en destruir el pasado y en proyectarse fu­
turísticamente; sin verdad, se alza como mundo de la imagen,
de la comunicación y de la cibernética, que cree poder gobernarlo
todo con pocos botones porque ni siquiera tiene más indicio
de lo que signifique gobernarse a sí mismo, ser señor de sí;
sin
finalidades integrales, es decir, sin fines que no estén dispuestos
al instante que huye fáusticamente bloqueado por los análisis
y medidas de todo género,
se disuelve en el consumismo, o sea
en el reino de las finalidades reducidas a los mínimos términos.
Desde
la libertad de pensamiento a la libertad del pensa­
miento,
el Ocidente ha adquirido así todas las libertades; ex­
cepto la libertad del tiempo y de la muerte: se ha liberado casi
del mismo hacer
-y hoy es acometido por una nueva plaga bí­
blica peligrosísima: es invadido progresivamente por el tiempo
libre y
va a ser condenado: cuanto más se produce y más se
queda encarcelado, en poder de un vacío incolmable incluso de
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vacíos más radicales, es decir, por la variedad del crimen -el
primer crimen es el gasto de tiempo-crimen que momentánea­
mente cubre aquel vacío en la espera de una nueva forma de
crimen (así se constituye según una dia'.léctica del crimen). La
libertad del neopaganismo occidentalístico -, pecto
al paganismo antiguo-se ha reducldo a libertad no por
las pasiones, sino de las pasiones: de la pasión del poder a Ia de
la droga y de 1a pornografía, las pasiones de la impotencia que
monopolizan el mercado mundial sumergido,
más potente que
el emergente, como si la cloaca hubiese vencido, estallando, en
las calles. De aquí la progenie de los otros castigos del genocidio:
por dictadura, por aborto, por demencia (verdadera o atribuida),
por eutanasia, por tecnología, con ia intención de construit" una
nueva raza genéticamente 5Uperi0r con el pátríinonio Super.pro­
gramado, destinada a enterrar aquella actual envejecida y podri­
da, que en tal modo realizará su propio «noble» suicidio. Tal
camino
el occidentalismo lo recorte, especialmente después de la ·
guetta, privilegiando el compromiso de hecho -ya escondido, ya
ostentado--- entre un socialismo tecnológico · y una tecnocracia
socialista, eucuentro consumado sobre la cabeza de todos los
summit por la paz ----1)ero a menudo dentro de sus alcobas se­
cretas-. De hecho, la nueva santa alianza de modernismo-pro­
gresismo-pacifismo} que en tales summit celeh.~an ·sus -secretas
orgías, engendra los últimos gemelos del oocidentalismo, es decir,
un socialismo vacío ·de la religión del porvenir y convertido en
burguesmente pragmático
-un señor de media edad, con sus
tesoros y sus aventuras bien aseguradas-y el así llamado «nue­
vo cristianismo», hijo de aquel predicado por Saint-Simon a los
ecumenismos occidentalísticos, es decir,
la religión laica de
la hermandad universal por la
paz alimentadora del bienestar,
una especie de
ONU del espiritu, que después resulta ser un
supermercado de las mezquindades
más universalizadas. Este Oc­
cidente decaído señala el cierre de la época histórica del cristia­
nismo, «superado»
~Hegel es padre de mil hijos, en la mayor
parte
bastardos-por un humanismo decapitado: sin verdades
absolutas: decapitado de Dios y, por
lo taíito, decapitado de la
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persona, reducida a animal más o menos social, para un rebaño
más o menos errante.
Ahora, un cuadro de este género podtá aparecer a muchos
excesivamente hosco
y pesimista, y que descuida tantas y tantllS
conquistas modernas que no hacen ,tan orgullosos y, a menudo,
también ferozmente petulantes. Ciertamente aparecerá así a
to­
dos los conniventes con un sistema del compromiso, lo más lejos
posible del
espíritu de la síntesis con el cual se puede identifi­
car la grandeza del auténtico Occidente. Pero nada está más le­
jos de la perspectiva de Sciacca como el pesimismo
--..J contta­
rio, un optimismo metafísico le caracteriza y sostiene-, o de
todas maneras, una desvalorización de las positividades del mun­
do moderno
y contemporáneo: es, en cambio, por amor al mun­
do moderno
y por la vigilantisima atención intelectual y espi­
ritual que
se tiene sólo hacia quien se ama, que Sciacca pone el
dedo sobre aquellas llagas que, llegadas a ser purulentas,
po­
dtian sólo impedir la fructificación personal e histórica de aque­
llas positividades, agotándolas.
Sciacca afirma, con máxima fuer­
za, la verdad de la historia,
según la cual si el error está al prin­
cipio
de la historia -y es por esto que «el error y, el mal tienen
a menudo una fecundidad
hi,;tórica superior a la verdad y al
bien», como escribe rosminianamente en El obscurecimiento de
la inteligencia-, pero el error no es la historia ni es el princi­
pio
de ella, ni hace historia: negar esta verdad de la historia es
negar, sea el error, sea la historia misma. En cambio, la verdad
de la historia está suspendida en la
cruz de la libertad coma el
martirio de construirse interiormente al aceptarse como don y
como gracja, que es el único modo de consttuirse el hombre en
su integralidad: que
es el único auténtico hacer historia.
Si ésta es la verdad de la historia, los remedios a la deca­
dencia del Occidente, de mil partes profetizada, diseccionada y
al mismo tiempo lisonjeada no podrán pertenecer ni al orden de
los gimoteos
más o menos cocodrislescos, ni de las cataplasmas
alrededor de un agonizante:
ningún compromiso de partes o en­
tre partes podrá engendrar nunca
la entereza del remedio para
el Occidente decaído: tales compromisos pueden engendar, en
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SCIACCA: METAFISICA E HISTORIA
cambio, sólo nuevos destrozos, en partes siempre más pequeñas
y mezquinas
-partidos, sectas, etcétera-de las partes mismas
dialogantes; en ottos tétminos, ninguna ciencia, ninguna ideolo­
gía, y
ninguna técnica y ninguna politica tienen intrínsecamente
la capacidad de volver a poner de pie y con vigor al paquidér­
mico envejecido Ocidente: por lo tanto, niguna revolución,
nin­
guna reacción, ninguna restaumción puede hacerlei ni podrá
hacerlo nunca. Uno sólo
es el camino integral: reconocer que es
la hora de Cristo, como dice el título de una obra de Sciacca
de hace treinta años.
Paliativo peligrosísimo, medicina es peor· que la enfermedad,
toda forma de diálogo
-Sciacca lo llama «diálogo muerto»­
entte el occidentalismo presunto católico o cristiano -no im­
porta que se califique más bien como reaccionario o como conser­
vador o como
progresista-y el occidentalismo laicista -no
importa que vista una etiqueta capitalista u otra estatalista, dos
formas de democracia y de politica fracasadas-: a este tipo de
diálogo, al cual quizás la mayor parte del Occidente degenerado
confía el
más grueso paquete accionario de sus restos de espe­
ranzas, Sciacca tiene sólo una respuesta, el evangélico «que los
muertos entierren a
sus muertos»: ni acepta transformar el fu­
neral en la farsa trágica del presunto nuevo cristianismo, que
exige que
sus iglesias y cenáculos se hinchen en más sutiles comer­
cios con todo lo
que en verdad no es otra cosa que consumismo
y hedonismo, de calidad o de submercado. Caminos todos, estos,
que conducen
al hombre de los humanismos decapitados, y así
absolutamente libre de todo absoluto, a aquel hombre absoluto
que es la masa -negaci6n nueva de la historia--sea agregada
en manadas estatales
sea coagulándose en «rebaños espontáneos»
que han poblado ya el planeta, aquellos que por partes y con
las voces más diversas· -rojas · o blancas~ o vercles desentona­
das-celebran el régimen mundial de la estupidez, cuya libertad
suma pronto envidiará la del perro encadenado. Por otro lado,
varias veces Sciacca ha propuesto de nuevo, sin ser escuchado,
la perenne lección platónica, de la cual tan poco el mundo· con­
temporáneo
parece querer acordarse, de la degeneración de la
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PIER PAOW OITONELLO
democracia en anarquía y de la anarquía es tiranía, cada vez que
se absolutiza, con
impía estupidez, la libertad como negación de
todo límite, de donde brota necesariamente toda foma de desor­
den y
de corrupción, de lo cual la sartriana «libertad para nada»
es el bien recitado compromisorio inútil gimoteo. En otros tér­
minos, cada forma de compromiso es, como mínimo, estupidez
y cobardía
-por esto cuesta nada menos que el martirio no
caer en
ello-: por lo tanto, el camino real -en el cual deben
confluir todos los otros
si no quieren reducirse a senderos o
callejuelas interrumpidas (Holzwege}--,
es el de la plenitud del
espíritu de inteligencia, en la inteligencia del ser infinito que
crea los seres finitos:
sólo éste es el camino metafisico de la posi­
tividad del finito -de otro modo es puro correr a la nada­
y del orden de todos los seres, en el cual está el único principio
de
mi absoluto deber de respetarlos todos en su orden y, por
lo tanto, de incrementar su devenir enteramente a sí mismos,
para que sean verdaderos, de cuya verdad alimento el crecimien°
de
mi misma verdad e integridad, por lo tanto de la integtidad
de la inteligencia y de
la libert realizar; y esto sólo
es hacer historia. ·
La fundaci6n metaf!sica del espíritu de la inteligencia, del
finito,
Sciacca, después de haberla asumido de Rosmini, tan la­
boriosa y fructuosamente por todo el arco de su actividad, al
término de este arco, de modo original, inesperado y, sin em­
bargo, coberent!simo, la ;.,elve .a encontrar en Tomás de Aqui­
no, que
él en su último libro ( traducido al castellano por edicio­
nes. Speiro) considera -no ciertamente sólo por amor a la paradoja
ni por polémica-el primer filósofo moderno, sanamente tal y de
un
Occidente vigorosamente constructivo, por lo menos en cuan­
to
él es. --;-escribe Sciacca-«el teórico más profundo, más lú­
cido y genialmente equilibrado» de la conciencia laica, por
lo
t tín, en efecto, h1m atravesado su propio tiempo -no sumisos
pues a
él o por él arrastrados-, consumando el martirio de la
intelig.,;,cia, la cual es t tra la estupidez cuanto más humildemente escuchadora de todas
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SCIACCA: METAFISICA E HISTORIA
las verdades; lo han atravesado por lo tanto sin saltarlo: ni por
nostalgia del pasado, como restauradores,
ni por desprecio del
pasado por pasi6n del futuro, que es lo propio de todos
los destruc­
tores: s6lo al precio de no saltar el pasado ellos han engendrado
un presente alimentador perenne del futuro
-incluso si la ma­
yor parte de los términos es espuria y si Rosmini ha generado
hast~ ahora poquísimos hijos, entre los cua1es está empero
ciertamente
Sciacca~: han hecho pues lo que todos nosotros
siempre de nuevo al menos tenemos ·que intentar empezar, es
decir, la única verdadera revolución, frente a la cual todas las
presuntas en verdad no son otra cosa .que reacciones más o meR
nos enmascaradas: la de la conversio a la integralidad del hom­
bre, actuando integralmente lo universal concreto de sí y de
la
historia.
Tomás y Rosmini, pues, los verdaderos grandes modernos,
trazan
el camino real · del auténtico progreso, del crecer de la
historia, superando la pseudoantítesis de metafísica e historia
que está a la base del mundo moderno: empirismo. e iluminis­
mo, idealismo e historicismo, materialismo y positivismo, neo­
analitismo y neonominalismo han reducido a abstracción el ser,
hasta anularlo; asesinado lo universal como abstracto, queda el
huérfano «particular concreto» (3 ), el único objeto no ya de la
cicutada o desterrada especulaci6n, sino de la· finalmente libe­
rada ciencia: así
la verdad y la historia son el desarfolla~se de
la autoliheraci6n de la ciencia culminante como técnica de la
supervivencia biol6gica y del bienestar hastil la eutanasia. El
ocaso histórico del pensamiento como pensamiento del ser, como
metafísica, ha hecho aparecer y proliferar las ciencias particula­
res como metodologías ( de
la actividad espiritual en el idea­
lismo, de las ciencias en el positivismo, de la historia en el
historicismo) y después como
t~cas a relacionar siempre de
nuevo para los proyectos del siempre nuevo mundo; en realidad
siempre
más apretado en las mordazas de una necesidad histórico­
tecnológica que señala, con la caída en el no sentido de cada ver-
(3) Cfr. la citada Decciones de filoso/la de la historia, págs. 32-33.
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PIER PAOLO OTTONEUO
dad y del problema mismo de la verdad, una reducción a la nada
de verdad y, por lo tanio, una reducción a la nada de la histo­
ria misma del hombre que, autocelebrándose protagonista abso­
luto de la historia, se descubre estéril en el hacer historia; ni la
historia grande, ni, en fin, la historia
más inmediata y vitalmente
individual: primero exaltado por todas las revoluciones que
ace­
leran la historia y, después, sofocado por el terror de la inmi­
nente sombra de su
fin, proyección inexorable del final de su
significado y del significado del hombre mismo. Es esta la auto­
destrucción necesaria de
la historia sin ser, sin verdad, por lo
tanto metafísica: es aquella historia de los «grandes hechos» y
de los infantiles gigantes de todas las ciencias ( 4 ), que enmasca­
ran su vado
-ciencias que se han liberado de la propia inte­
gralidad
y, por lo tanto, ellas mismas ciencias reducidas, pseudo­
ciencias-; es la historia que «se come a sí misma como si es­
tuviese disgustada o asustada de crecer, crecer, crecer»: aquella
historia que «escribe siempre en la arena o en el agua», sobre
la
cual insiste especialmente el último Sciacca. Del nihilismo
implícito
de las metafísicas no creacionistas; que ponen las pseu­
doantítesis maniqueístas
y las reacciones gnósticas -o ser o
ente, o Dios u hombre, o metafísica o historia, o filosofía o
ciencia, o pasado o futuro,
etc.-se engendran, pues, las for­
mas contemporáneas de todos los compromisos, contraseñados
por
una metafisica negada o, reducida, por un Dios negado o des­
naturalizado, por un hombre demediado, por una libertad ins­
trumental, por una
historia estéril.
Al moderno furor mesurandi, descuidado de la leonardesca
«fantasía exacta», corresponde una serie de antítesis a la armo­
nía, productos del rechazo y de la reducción de las místicas nup­
cias del tiempo con la eternidad, de la
libertad con la gracia,
que es la única historia

auténtica, integral
y el único auténtico
progreso, el único sarmiento fructífero de la vid que es el Verbo,
principio, centro
y fin de la histo.ria.
(4) Cfr. M. F. Sciacca, La libertad y el tiempo, Barcelona, Mitades,
1967.
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SCIACCA: METAPISICA E HISTORIA
Ciertamente, de Rosmini a Sciacca no conocemos a ningún
filósofo que, otto tanto, profunda, o
rica o coerentemente, haya
atravesado los obscurecimientos, los de hoy y los de cada día, in­
dicando
más allá de ellos el camino real y positivo para el pen­
samiento occidental, para cada hombre de «buena voluntad»
his­
tórica:, de su eremitorio operosísimo y abierto a toda verdad
donde quiera
se le pueda hallar, han encontrado e indicado el
aliento de la historia, su fuerza entretejida de paciencias y su
rayo
infinito de providencia y de caridad, Por esto, los hombre­
cillos de las historias estériles intentan ofrecer, a
Sciacca como
a Rosmini, sólo frutos de desierto; pero también, de éstos, los
hombres grandes hacen frutos fecundos de eternidad: los solos
por los cuales somos juzgados .

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