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1985

La verdadera liberación

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1985
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El hombre, sujeto de la liberación. (Referencia a los denominados «derechos humanos»)

EL HOMBRE, SUJETO DE LA LIBERACION
(REFERENCIA A LOS DENOMINADOS "DERECHOS HUMANOS")
POR
JUAN V ALLET DE GOYTISOLO
l. En una de las últimas, o tal vez la última, de estas Reunio­
nes nuestras, a las que asistió
y en las que tanto llenaba y aoi­
maba, nuestro inolvidable maestro el profesor Michele Federico
Sciácca, en un aparte, entre acto y acto, nos comentaba·· a un r_e­
ducido grupo de amigos, que cuando se hablaba de «li~ación»
-de la falsa liberación se entiende-se pretendía que los seres
liberados dejeran de ser
lo. que eran. Y ponía el ejemplo de la
pretendida «liberación de la mujer» que, en último término, .
pretende que la mujer deje de serlo, que se desprenda de lo más
excelso que tiene como mujer, la «carga¡,>, entre comillas, de sil
maternidad.·
Es un
recuerdo que, por asociación de ideas, enlaza en mi
mente
co.n el tema de esta Reunión y con esté homenaje al maes­
tro. Pero hay otros reéuerdos, de él, que me afloran.
En Stresa, los días del verano de 197 4, el año anterior a su
muerte, cuando asisú al último curso que allí desarrolló, le
planteé el tema de nuestra XIV Reunión,
La sociedad a la deriva.
Ralees de sus
err<>res, y le propuse que desarrollara, en ella, el
tema
El laicisfno, crisis de fe y de razón, que era la tesis de su
maravilloso libro L'ora di Cristo. La muerte .se lo llevó al Padre,
impidiéndole componer
y exponer su esperada conferencia. Perc>
su comunicación no faltó y fue leída por nuestro también inol­
vidable Jerónimo Cerdá Bañuls.
La cosí con fragmentos que ex­
traje, con Verdadera devoción, de su L' ora di Cristo.
Entre estos recortes reproduje -tomándolo del epígrafe El
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antihumanismo del humanismo ateo del materialismo dialéctico-­
el ejemplo más patente, sin duda, de esa falsa liberación, que
pretende liberarnos no de aquello que nos impide alcanzar nuestro
fió, sino precisamente de nue5tro propio ser, para convertimos
en otro ·génetb de ser distinto. El hombre, una vez alcanzada la
sociedad µomogén,ea -soñada por Marx-, ya desalienado de
Dios,
'aicanzaría la autosuficiencia absoluta, liberándose de todos
los males, de modo tal, que, en adelante,
ya no sentirá dolores
físicos y morales, no -tendría fracasos, ,dudas ni tormentos itite­
riores; y, por tanto, debería superar su mayor !imitación y la
más honda de las angustias, sin solución reconfortante para quien .
no cree en Dios y niega la vida futura: la muerte corporal, que
es .Ja . muerte. absoluta en una concepción materialista, conforme
la cual significa el paso del ser al no ser .. El hombre nuevo -no
según San P"blo, sino según Marx y Hegels-que debe liberar­
se de toda necesidad
y, por tanto, de todo mal y dolor; debería,
para ello, liberarse incluso del de
la muerte. Y ahí viene el di­
lema que Sciacca nos muestra.
Un hombre tal no
seda ya un hombre, sino un ser desco­
nocido; lo cual, consiguientemente, comportaría que aquel ser vi­
viente, que hoy llamamos hombre, evolucionara hasta el punto de
convertirse en un ser que hoy se llama Dios; y, por lo tanto,
cesaría de ser hombre en cuanto
habría perdido su ser propio.
Así,
el· advenimiento del humanismo ateo -maxista o no-­
se resuelve en la negaci6n del hombre y de lo humano, tal como
capt6 bien Nietzsche, teorizando al «superhombre». Dándose
cuenta de que, por ahí, camina hacia lo absurdo,
el ideólogo mar­
xista trata de responder a esos reparos.
El hombre nuevo mar­
xista será susceptible
de dolores morales y morirá; pero; dada la
nueva condición en la que se encontrará llegada IA sociedad ho­
mogénea, en la cual todas sus necesidades materiales quedarán
satisfechas, perderá la conciencia de esta insuficiencia suya.
Concluye el maestro:
« ¡caemós de cabeza!: pues de perder
esa conciencia, tesaría de ser hombre, en cuanto, precisamente se­
gún la definición de Feuerbach, el cuerpo que es el hombre, es
de hombre en cuanto es también consciente. Y, una de dos: o
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en la sociedad homogénea el hombre evolucionará hasta el punto
de convertirse en una beatísimo inmortal, un dios, o bien evolu­
cionará hasta
el punto de perder la conciencia de su invencible
insuficiencia, o de su miseria, como
diría Pascal, y · quedará sin
conciencia, al igual que los otros animales, esto es, perderá inclu­
so su grandeza: en el uno o en el otro caso --dios o bestia­
cesará de ser hombre».
2.
Su Santidad Juan Pablo II habla continuamente del hom­
bre. Pero del hombre entero; contemplado desde su principio a
su fin, Dios, y
en todas sus dimensiones, que sólo en Dios al­
canzan su salvaguardia. Diferenciado de las demás criaturas
--como ha explicado el Papa ( Discurso a los jóvenes participan­
tes en el Meeting 82, de Rimini, el 29 de agosto de 1962)--«El
hombre
es grande por su inteligencia, mediante la cual se cono­
ce a sí mismo, conoce a los demás, conoce el mundo y conoce
a Dios; el hombre es grande por su voluntad, por la que se da
en el amor hasta alcanzar cotas de heroísmo. Sobre estos re­
cursos se fundamenta el anhelo insuprimible de1 hombre: el anhe~
lo que tiende a la verdad -he aquí la vida de la inteligencia-­
y el anhelo que tiende a la libertad -he ah/ el hálito de la vo­
luntad~ ... ».
¿Qué es, pues, el hombre?
En su
Perspectiva de la metafísica en Santo Tomás de Aqui­
no, nuestro maestro Sciacca nos ayuda a seguir las explicaciones
del Aquinatense para entender
ese hombre real, al que el mundo,
moderno falsea queriéndolo «liberar» de su aspiración a cono-
·
cer
a Dios y el orden por El ínsito; invitándole a construir él
mismo todo
según sus propias ideas inmanentes; erigiéndose en
superhombre, después de proclamada «la muerte de
Dio,;». Ese
hombre
al que hoy vemos cada vez más dominado por un he­
donismo materialista, un terrorismo inhumano o un creciente pa­
sotismo, sumido en la náusea, la desesperanza
y la drogadicción,
último recurso de una falsa liberación soñada.
Estamos
-scribe d maestro (ib!d., cap, VII, pág. 150)-­
«ante un mundo enfermo de corporeísmo y materi.Jismo, el cual,
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JUAN V ALLET DE GOYTISOLO
a falta de verdaderos ''contactos" humanos que pasen de ser
meras "relaciones" epidérmicas, cuyo principio y fiti no son más
que el vientre y el sexo, trata de evadirse, desesperado, entre
"bufido" y "bufido", por la tangente de un espiritualismo vacuo,
igualmente egoísta. Todo
es discurso a nivel fenomenológico, so­
ciológico y psicológico, pero de crianza animal.
»Puesto que
la forma sustancial es forma del todo y de cada
una de
sus partes, y que el alma está unida a su cuerpo in toto
y en cada una de sus partes, el hombre total e integral es el todo:
un cuerpo animado
y un alma a él incorporada; un cuerpo que
recibe el ser del alma
y un alma que se manifiesta a través del
cuerpo, pero que lo trasciende por la actividad intelectual de
que está dotada.
»Este hombre integral, único ente visible que tiene concien­
cia de su participación del ser, ente
máximo del mundo visible
y mínimo del invisible, puesto entre el confín de dos mundos,
en el l!mite entre eternidad y tiempo y, por eso, constitutiva­
mente, ó según su estatuto ontológico, orientado y abierto al ser
imparticipado, esti, hombre, siempre en equilibrio inestable, es
el hombre, es cada uno de nosotros. Suppositum o sustancia in­
dividual perfectamente incomunicable y subsistente en el orden
ontológico, es suppositum racional, autónomo en su obrar; es,
como tal, persona, punto culminante de la sustancia en el orden
de naturaleza».
Siempre con Santo Tomás, responde (pág.
159), «que la muer­
te es
la separación de alma y cuerpo al que ella da ser y, que,
por tanto, en virtud de esta separación, está destinado a la co­
. rrupción; pero el alma no puede ser separada de su ser; por eso
la muerte del animal
y del hombre se parecen, pero no son la
misma ,cosa».
El pensamiento filosófico del Aquitanense, como síntesis a
la vez antropológica y teológica,. gana todavía en interés -sigue
Sciacca, en el capítulo siguiente (pág. 161 )--, «si se le conside­
ra a la luz de la causa final contemplada en
el obrar del hom­
bre;
esto. es, dentro de la. teoría del fin que es el bien o la per­
fección del agente». Todo parte «del principio de la creatio
ex
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EL HOMBRE, SUJETO DE LA UBERACION
nihilo, gobernadá por la ley eterna o del orden del universo exis­
tente en
la mente divina ... ». De ella deriva la /ex natura/is, pre­
sencia de
la ley eterna en la criatura, «por la cual son reguladas
y medidas
todas. las cosas sujet,is a la divina Providencia».
«La ley no
es otra cosa -resume Sciacca (pág. 162)-que
el modo de obrar (
ratio o peris), cuyo · tenor se deduce por orden
al fin» .
. . «Cada
cosa participa de la ley eterna, en cuanto que
todo está ordenado a un fin. La creatura racional participa
de
ella "intellectualiter et raciondliter", y esta participación "se de­
nomina ley en sentido propio" ("propie /ex vocatur"), porque
la ley es algo razonable».
«El hombre tiene conocimiento de su participación de la ley
eterna en cuanto
Dios le ha dado la luz de la razón natural para
discernir lo que es el bien y lo que es el mal. Pero si el ·hom­
bre puede discernir entre el bien y el mal, se sigoe que debe par­
ticipar el bien y evitar
el mal; el bien que se debe hacer es con­
seguir el fin; luego el fin del hombre es su bien».
«Bona humana. El solo bien necesario del hombre es Dios,
pero el hombre vive y existe en el mundo como ser compuesto
de alma y cuerpo; y vive y
existe en relación con sus semejantes.
Por eso, aun manteniendo a. Dios como fin último, que ,hay que
tener presente en cada una de nuestras acciones, l[!s bienes del
hombre son múltiples, ya referidos al cuerpo, ya al espíritu, ya
también a la sociedad en medio de la cual vive.
»Hay, pues, bienes de contemplación y bienes prácticos. De
estos últimos,
el que se refiere a la justicia, en su sentido más
amplio, es el que más esencialmente interesa a la vida de co­
munidad».
La justicia tiene en
la ley natural su primera regla general,
«norma primera
de la razón» y «también el fundamento de la
legislación positiva».
«De donde se sigoe --continúa, mostrán­
donos
las enseñanzas de Santo Tomás (págs. 163 y sigs.)-que
las leyes positivas tienen fuerza de ley en cuanto derivantes de la
natural y con ;,lla conformes. Por tanto, estando ;,llas en relación
con las mudables condiciones históricas y
el progreso de la con­
ciencia histórica de los pueblos, su cambio necesario debe obede-
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JUAN VALLET DE GOYTISOW
cer a una cada vez mejor puesta en práctica de la ley natural,
cuya guarda sería dificultada por unas leyes que no respondie­
ran
ya a las exigencias de las nuevas situaciones creadas».
3. El hombre
se ofusca y descarría en cuanto pierde la no­
ción de su origen y de su fin o cuando olvida -- to hace poco Juan Pablo.
II-que junto a su capacidad de gran­
deza tiene necesidad de ser redimido del mal y del pecado
que
andan en él. Así,. llega hasta olvidar y perder la mejor parte de
su identidad; y de hamo sapiens retrocede a hamo
faber.
«Todo se inicia -volvemos a leer a Sciaq:a, ahora en La
Chiesa e la civilta moderna (parte I, cap. II, 1, págs. 47 y si­
guientes)---en el siglo xvr, en Italia, con el Renacimiento y, en
Alemania, con la Reforma. Se. agrava con el racionalismo y el
empirismo modernos: filosofía, ciencia, política, derecho, etc., son
consideradas como búsquedas, no
sólo autónomas, sino separadas
de la religión, la cual, en cierto senrido,
se separa de sí misma
al propugnarse una religión natural negadora de
los doglnas y
la Revelación. La ruptura tiene lugar en el siglo xvm con la ex­
plosión iluminista que, como ha sido subrayado, determina el
primer momento de
la crisis de la conciencia europea y, seguida­
mente, una verdadera y propiamente dicha revolución: no
ya el
Regnum Dei, sino el
regnum hominis en este mundo; la reali­
zación en éste del reino cristiano
... , sin Cristo y sin Dios. El
polo de la vida se desplaza del cielo a
la tierra: la celeste Civitas
.
Dei agustiniana y medieval es identificada con la terrena civitas
homtnis
del .laicismo racionalista y materialista y, con ello ne­
gada».
El regnum hominis trae consigo que
el hombre se haga me­
dida de todas las cosas; y con ello perdemos nuestros propios
límites
--<:orno observa Sciacca en su obra L' oscuramento dell
intelligenza (parte I, cap. I, 1, pág. 20 y cap. H, 3, pág. 48}-,
y los perdemos por olvidarnos de que somos seres finitos, ni auto­
suficientes, sino suficientes tan sólo dentro.
de nuestros propios
limites.
La pérdida del límite oscurece la inteligencia y, con ella,
la voluntad y los sentinúentos;
y la razón resulta estúpida: El
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EL HOMBRE, SUJETO DE LA UBERACION_
hombre caído en la estolidez queda reducido a la -vida animal y
al cálculo racional; es movido por reflejos condicionados y no
por actos libres; olvida que el mal no lo constituye nuestro li­
mite ontol6gico ni !Os demás lftnites inherentes a todo ente fi­
nito, sino la corrupci6n que nos produce la pérdida de la con­
ciencia de esos lftnites nuestros. Pérdida que nos. hace ver de­
formada la imagen de nosotros mismos, al «no ver»
la profun­
didad
de nuestro ser y «negarla», por la «deposición»; debida a
negligencia o soberbia, de nuestros limites y con
ella del propio
ser. Este, de debajo del
Ser, cae por debajo de la Nada; y, des,
de la inteligencia reducida a cero, a la -estupidez de nada.
Este «acortamiento» de nuestra visi6n
ha penetrado en nu­
merosos cat6licos y en sectores eclesiásticos, produciendo una dis•
locaci_6n de imá¡¡enes; y, con ella, se aíslan dos mundos. Leemos
en
L'ora di Christo -que volvemos a tomar en las manos (ca­
pítulo I, 2, págs. 44 y sigs.)-que, de esos dos mundos: «uno
es social o público, en el que los hombres se unen en torno a
aquello que prácticamente les conviene
y deciden acerca de esto;
y otro, de las creencias y de las opiniones person;ues, de las que
se piensa que es mejor no hablar, porque de lo contrario podría
arruinarse una• conversación.
Incluso los cat6licos que mantienen el principio de que la
. verdad existe, pero que entran en el juego político cuantitativo
del recuento
de votos de la -praxis democrática, fácilmente caen
en
la práctica de ese politicismo -definido por Sciacca en Filo­
so/la e antifilosofla (I, 3, págs. 30 y sigs.) bastante antes de que
la cuesti6n
se replantease aquí en Espafía-, q;,e consiste en la
«reducción de la validez de todo valor a su "funcionamiento"
político,
y en tanto así "funcione"», alistándose «al _solo juego
de las opiniones posibles o probables, oportunas o idóneas,
se­
gún las circunstancias, las situaciones y los intereses». Este no
es un criterio de-verdad, sino únicamente un método desastroso
para la misma praxis política, en cuanto la priva de la verdad
... ».
En esta praxis, no s6lo se acepta como ley lo que resuelve la ma­
yoría, aunque vaya en contra de la moral social cristiana, sino
que, incluso,
se vota de acuerdo con sus criterios, bajo el pre-
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JUAN V ALLET DE GOYTISOLO
texto de que la moral católica debe practicarse individualmente
por cada católico; sin pretender imponerla a
.los no cteyentes,
con
olvido de que la moral. social es básica para el bien común,
afectante a todos, y
al cual .la ley ha de ser ordenación racional.
El viejo 'principio,
Quod principi p/acuit legis habet vigorem,
arrumbado por influjo del cristianismo, revive hoy encarnado en
la voluntad
d~ la mayoría parlamentaria, o plesbiscitaria, por lo
demás manipulada por
1a propaganda.
La pérdida de una visión plena del hombre lleva a todos estos
desvaríos
y a la mayor desorientación en el concepto de la liber­
tad, que
se quiere circunscribir .al de libertad política o al de li­
bertad económica, olvidando que no. se trata de un problema po­
lítico o económico, sino -como leemos en La Chiesa e la dvilta
moderna (I, cap. III, pág. 65)---que forma parte del problema
«integral del hombre, que
.es. problema metafísico-ontol6gico­
moral».
4. Sin embargo, éste
es el mundo en el que hoy vivimos y
debemos servir a Dios realizando nuestra peregrinación terrena,
junto a nuestros ·semejantes, y preparando los caminos para que,
por ellos, la sigan nuestros sucesores.
Con la democracia, convertida
en un absoluto, y con el so­
cialismo, que pretende bajar el paraíso futuro aquí, a la tierra,
el Estado se ha hecho definidor de la justicia y totalitario en un
mundo encerrado
en su inmanencia. No se admiten, frente a fren­
te, en la palestra de la opinión pública, como cosas vivas, sino
las leyes positivas consideradas como expresión de la voluntad
de quien ostenta el poder
~ue siempre se cubre invocando que
representa la voluntad del
pueblo,--y los denominados derechos
humanos, aunque
lio sean jurídicamente sino un residuo · infla­
do
del. derecho natural racionalista de las Luces, de la Ilustra.­
ción.
Cabe, no obstante, y así lo está haciendo sin descanso Juan
Pablo
II, aprovechar la parte de verdad que puede hallarse bajó
esta denominación de derechos humanos, devolverles su verda­
dero fundamento y adecuarlos a una medida jurídica.
Se trata no
s6lo de defender al hombre, en todas sus dimensiones, ante
la
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ba,barie laicista de la plena estatalización del derecho, sino, in­
cluso, para retornar al auténtico significado de éste, conforme la
doctrina clásica del
detecho natural, que nada tiene que ver con
la de la Escuela del derecho natural y
de gentes, idealista, y ra­
cionalista. Imaginemos que casi toda la sociedad cayera en la sordomu­
dez y no entendiera sino signos simples y faltos de precisión
técnica. ¿Cuál sería
el deber de los pastores de la Iglesia frente
a sus -semejantes sordos y mudos? Sin duda, continuar enseñán­
doles la palabra de Dios, aunque fuera con la dificultad de no
poder emplear palabras. Tendrían
que comenzar a hacerse enten­
der con los únicos signos que esos sordomundos comprendieran;
y, a partir de ellos, tratar de alcanzar una mayor expresividad
para conseguir que la palabra de
Dios les llegara lo más próxima
posible a su verdadero significado, sin olvidarse
de que, por sig­
nos, resulta tnás difícil de captar.
Pues
bien; vivimos en un mundo desculturizado por una téc­
nica no
domin~da a nivel humano, del cual, los· hombres, para
salir del laberinto en el que
se ha perdido la :filosofía política y
jurídica modernas, tratan de huir hacia delante o de
refugiarse
en las utopías, montándose en el vehículo de unas palabras cuyo
significado correcto ignorán, confunden y usan mar sus transmi­
sores, sean periodistas, locutores, políticos o autores de
betseiler.
Siendo así, es inútil practicar con hombres la caridad politi­
ca si no es empleando palabras que entiendan o puedan enten­
der.
Se debe utilizar un lenguaje que les sea asequtble y, con él
mismo, tratar de expresar la misma verdad de siempre. Claro
está, limpiándolo de
la adherencia de los errores que conlleva su
mal uso, y la
confusión de palabras que penetra en las mentes,
las desvía y recae en sus -acciones.
Esta obra de titán es la qúe acomete Juan Pablo II. Cuando
se dirige a todos 1os hombres y nos habla de los derechos hu­
manos, trata de purificar esta expresión de las excrecencias ilu­
ministas y de darle una
dimensión. que ningún racionalismo lai­
cista es capaz de alcanzar. A nosotl:'os, juristas, nos corresponde
la tarea de hacer patentes las deficiencias que ese lenguaje tiene
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JUAN V ALLET DE GOYTISOW
para expresar, en una dimensión rigurosamente jnrídica, lo que
realmente
es dereclio; y, de ahí, mostrar el mal uso que com­
porta y las reiteradas deficiencias que, en su no dilatada historia,
ha conllevado y sigue produciendo.
Es sabido que el símbolo instrumetal de
la justicia es la ba­
lanza que ella sostiene para sopesar las pretensiones humanas
en juego, a fin
de hallar su punto de equilibrio en el cual se halla
el derecho. Pues bien, la expresión «derechos humanos», desde
que
se usó por vez primera, se ha empleado como un arma arro­
jadiza para la guerra política o social
de unos contra otros. Di­
gamos, para mejor adecuamos a nuestro tema, que se emplea
con el designio declarado de «llberar» a unos frente a otros en
determinado aspecto, permitiendo que los presuntos «liberados»,
o
sus representantes, o sus «liberadores», impongan sus ideas, su
gobierno,
su poder o sus intereses sobre las ideas y los intereses
de los otros. Así
ha sucedido en Cuba, en el Vietnam, en el Irán,
en Nicaragua
y en tantos otros sitios. A veces, sólo se ha con­
seguido que reinara el caos y la pobreza, en perjuicio de todos,
excepto de obscuros intereses extranjeros. La invocación de
los
pretendidos derechos de la mujer ha permitid~ la impune ma-.
tanza de los inocentes que llevan en su seno, ¡vergüenza de los
tiempos modero os! Y la invocación de los derechos humanos
ha facilitado, por doquier, de eclosión expansiva del terrorismo
más inhumano y cruel.
Juan Pablo
II exclamarla -dirigiéndose a los cardenales de
la curia romana el 22 de diciembre de 1979-: «Nunca se ha
oído exaltar tanto la dignidad y el derecho del hombre a una
vida hecha a medida del hombre,
pero también nunca como hoy
ha habido afrentas tan patentes a estas declaraciones».
Tales paradojas no son una novedad.
Ya para Locke, el primero de los . derechos naturales, que
--confotme
su construcción del contrato social-no sólo res-­
petó sino que potenció, es el derecho de propiedad, conllevando
los de guardar sus frutos y heredarla. Ese primer derecho hu­
mano, fotmulado
de modo absoluto; jugaba así en favor de la
clase
social de los propietarios. Y el derecho extrapatrimonial
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EL HOMBRE, SUJETO DE LA LIBERACION
en el que más lúncapié hizo Locke, el de libertad de opini6u, uo
tau s6lo no jugaba -en Inglaterra, donde escribía-para los
cat6licos ---considerados enemigos de la libertad por
el carácter
dogmático de las euseñauzas de la Iglesia
católica-siuo que,
además, prácticamente, sólo podíau ejercerlo quienes dispusierau
de dinero
y uivel cultural suficiente que, eu su tiempo, muy di­
fícilmente era alcanzable por quieues uo fueran hijos de gen­
te/man.
La Declaracióu de los derechos del hombre y del ciudadano
de 1789, eu el apartado 2.º de su artículo 2, enumeró, como de­
rechos uaturales e imprescriptibles del hombre, «la libertad, la
propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresióu». En el ar­
tículo 10 remachó, en garantía de la libertad y la seguridad:
«Nadie debe ser iuquietado por sus opiniones, incluso religiosas,
con
tal de que su mauifestacióu uo turbe el orden público esta­
blecido por la ley». Siu embargo, el 14 de julio de 1792
comen­
zaron las matanzas de sacerdotes y se exbibierou por las calles
sus
cabezas ensaugrentadas. Como hizo notar Pío VI, en su alo­
cucióu al consistorio el 17 de juuio de 1793, la libertad de re­
ligión -declarada «tuvo por consecuencia iumediata que sólo la
religión católica fuese proscrita». No habíau llegado a trauscu'
rrir tres años desde aquella solemne declaración de 1789, cuando
se wmeru:ó a guillotinar a los sospechosos de ser mouárquicos:
a partir de la
ley de 17 de septiembre de 1793 la guillotiua se
aplicó también a quienes, «uo habiendo hecho uada contra la li­
bertad, siu embargo, tampoco habían hecho nada por ella». En
fiu, uo tardarían los propios revolucionarios a guillotinarse en­
tre sí; Se sumaría la cifra de 40.000 ejecutados, muy pequeña al
lado de las alcanzadas en las matanzas practicadas, en este siglo,
por nazis y comunistas, rusos, chinos o indochinos, e inferior a
los colaboracionistas franceses ejecutados, cuyos asesiuos · fuerou
amnistiados por
De· Gaulle, después de la victoria de quieues
se proclamaron defensores de la libertad
y que, en 1948, ada­
marían la Declaración uuiversal de los derechos humanos de las
Nacioues Unidas.
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JUAN VALLETDE GOYTISOLO
5. El expresado mal uso de la denominación «derechos h~­
manos» corresponde a los que podríamos denominar de su pri­
mera generación,. en
la que aparecen, como correlativos del con-·
cepto de derecho subjetivo, como poder de voluntad, no sólo
incoercibles por
el poder público, sino que deben ser protegidos
y asegurados por
éste. Se trata de un ámbito que, segÚn su con­
cepción, el denominado derecho objetivo, o sea, la ley, no puede
invadir, sino que ha de salvaguardar de toda inmisión.
Significa
una igualdad formal ante la ley, que garantiza a cada cual lo que
tiene,
y nada al que nada tiene mientras por sí mismo nada
consiga.
Pero, al lado de esa concepción formal del derecho subjetivo,
otra concepción lo
ha enfocado substancialmente como un inte­
rés jurídicamente protegido; y, como los intereses humanos nó
se colman sólo formal, sino substancialmente, la igualdad innata
ya predicada en las primeras declaraciones, reclama unos dere­
chos humanos substanciales. Esta nueva concepción requiere del
Estado algo
más que una acción formalmente arbitral y policial.
Con arreglo
a. ella, se entiende que ha de transformarse en dis­
pensador y distribuidor de esos pretendidos derechos sustancia­
les;
y, para realizarlo con plena eficacia, resulta que, el conteni­
do substancial de éstos viene a ser estatalizado
con el fin de que
sea distribuido o redistribuido por el propio Estado.
Lo cual
implica que
éste -como dispensador omnipotente-mide a cada
individuo, le asigna un puesto y le raciona sus pretensiones, sea
· detrayéndole lo que tenga en exceso o bien dispensándole lo que
no tenga en suficiente medida. Si los priineros derechos circuns­
cribían la esfera de poder de Leviatán, estos otros la extienden
de modo tal que éstos y aquéllos resultan en ineludible contra­
posición. Por otra parte, cuando se proclaman como derechos humanos
aspiraciones que no son ni pueden ser satisfechas,
se contradice
el
propio concepto de derecho como interés jurídicamente pro­
gido. ¿Para quién
se halla protegido? ¿Frente a quién pueden
. ejercitarlo las poblaciones sedientas del Sahel? ¿Con qué posi-
bilidades cuentan para conseguir
el agua mediante su resistencia
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EL HOMBRE, SfJ]ETO DE LA UBERACION
a qué opresor? ¿Pueden conseguirla sm emigrar, remedio con
lo cual
se verían impelidos --en contra de su voluntad, violán­
dose
así de otro declarado derecho--a cambiar de residencia?
A simple vista
se observa la confusión de un deber moral de
solidaridad hacia ellos, con unos pretendidos derechos, a los
cuales, para serlo, les falta todo cuanto jurídicamente caracteriza
a un derecho,
segón cualquiera de sus más diversas definiciones.
Y entonces,
los invocados derechos resultan transformados en
un egaño.
¿ No resulta un sarcasmo para la población del Líbano o del
Afganistán asegurarles,
como dice el artículo 28 de la Declara­
ción de 1948: Toda persona tiene derecho a que reine, en el
plano
social y en el plano internacional, un orden tal que los
derechos y libertades enunciadas en la presente Declaración pue­
den encontrar
una realización plena?
Toda persona tiene derecho al trabajo, a
la libre elección
de su trabajo, en condiciones equitativas
y satisfactorias .. ,, pro­
clama el artículo 23, 1, de
la Declaración de 1948. La Consti­
tución española de 1978
también declara ese «derecho». Sin
embargo, después de
su proclamación, no sólo no fue reducido el
paro, sino que se incrementó en alarmante progresión creciente.
Los socialistas, en su programa electoral «por el cambio», pro­
metieron 800.000 nuevos puestos de trabajo,
y el resultildo ha
sido más
de 800.000 puestos menos, a pesar de su pol!tica de
transformar el paro -remediable. por hipótesis-en la jubila­
ción
-legalmente irremediable, una vez producida-. ¡He ahí
otra enunciación de derechos humanos que resulta fuente de en­
gaños!
Una vez más, se confunden deberes morales de solidaridad
con derechos .que jurídicamente no existen. El contenido del
de­
recho se reduce a la percepción del subsidio de paro que, en
circunstancias de paro
generaliza~o, constituye una carga social
que incrementa, a su
vez, el peso de l¡¡s causas productoras del
propio paro
y contribuye a extenderlo.
6. Sin embargo, el positivismo imperante es consecuente
con
la proclamación de que «la voluntad del pueblo es el fun-
341
Fundaci\363n Speiro

JUAN VALLET DE GOYTISOLO
damento de la autoridad de los poderes públicos», como enun­
cia el artículo 20, 3, apartado l.º, de la Declaración del 48.
Por ello,
para remediarlo es necesario oponerle algo que trans­
cienda esa voluntad, para que no
ocurra -como ya advirtió
Cicerón-que el latrocinio, el adulterio, la suplantación de tes­
tamentos sean
derecho si los respalda el sufragio de la volun­
tad de la multitud.
¡
He ahí la necesidad de agarrarse a la única invocación que
hoy
se acepta frente al positivismo imperante, los denominados
-bien o mal--derechos humanos! Pero, es necesario también
reconducirlos a una significación ontológica, moral
y jurídica­
iriente correcta.
Antlgona vino a enunciar bien los ·· justos límites de todo
poder humano
--sea el de un rey, de una asamblea o del pue­
blo
entero-al decirle a su tío Creón que, por encima de sus
decretos, estaba el derecho no escrito de los dioses: No le in­
vocó derecho subjetivo ni huinano alguno; le recordó algo que
trascendía a todbs los decretos humanos; lo fundamentó en
el
derecho no escrito de los dioses que impone deberes de piedad,
y lo· hizo con referencia al caso concreto en que su tío los violaba.
Desde entonces, si hemos avanzado algo ¡ha sido como los
can­
grejos ... !
Hay que explicar, pues, el fundamento de esos principios
que han de informar todo
el derecho humano; el porqué de su
trascendencia sobre cualquier norma positiva;
qué requieren el
ciunplimiento de unos deberes en gobernantes y gobernados; y
que de derecho' sólo puede hablarse correctamente en cada
re­
lación humana concreta, después de sopesarla en todos sus aspec­
tos y 'en relación a todos y cada uno de los sujetos a quienes,
dírecta e incluso inderectamente, afecte.
Tenemos, pues,
petfectamente diferenciadas, una perspectiva
teológico-filosófica, otra moral y una tercera jurídica de los .de­
rechos humanos. Sin · duda interdependientes, pero con especifi­
cidad de competencias que
deben coordenarse.
La Declatación de 1789, «en presencia y bajo los auspicios
del Todopoderoso»
·~es decir, mencionándole sólo como una
348
Fundaci\363n Speiro

EL HOMBRE, SUJETO DE LA LIBERACION
especie de testigo cualificado---, ~onsideró, en su preámbulo,
que «la ignorancia, el olvido o el desprecio de
los derechos del
hombre son
las únicas causas de las desgracias y la corrupción
de los gobiernos». La Iglesia no podía admitir, quiéranlo o .na·
sus adversarios -como dijo Lajn XIII, precisamente al invitar
al Raliement (núm. 39), el 16 de febrero de 1892-, sino que
«los verdaderos derechos
del hombre nacen precisamente de. sus
obligaciones para con Dios». La dignidad humana
-ha dicho
Juan Pablo
II-la posee «todo ser humano, no porque le haya
sido adjudicada por otros hombres, sino
porque la ha recibido
de Dios; esta es
la actitud fundamental que debe adoptarse si
se quiere conseguir un progreso social». (Aloe. al Pte. de Kenia
el 7 de mayo de 1980 ). Por eso diría, refiriéodose a los «dere­
chos fundamentales» de toda persona humana: «Proclamar y
defender tales derechos sin anteponerlos a los derechos
de Dios
ni silenciar los deberes que corresponden, es una constante de
la vida de la Iglesia en virtud del Evangelio que le está con­
fiado». (Aloe. al Pte. y utoridades de Brasil de 6 de julio de
1980). Además,
esos denominados «derechos» han de referirse al
hombre· entero, en t_odas sus dimensiones, que antes hemos con~
templado, y enfocarse a su existencia concreta. Así fue recorda­
do por Juan XXIII en Pacem in terfis ( 14, 17, 19) y reiterado
por Juan Pablo
II el 28 de octubre de 1979 en la plaza central
de Nápoles: «para
el hombre concreto que vive y espera, las
necesidades,
las libertades y las relaciones con los demás no co­
rresponden nunca a la una o a la otra esfera de los valores · [ ma­
teriales y espirituales], sino que pertenecen a ambas esferas».
La importancia de esta visión plena del hombre la patenti­
zan las consecuencias de su ol'\7Ído. Juan Pablo II también lo
señala: «no faltan en nuestro tiempo propuestas dirigidas al
hombre, no faltan programas que
se presentan para su bien.
¡Sepamos
examinarlos de nuevo en la dimensión de la verdad
plena sobre
el hombre, de la verdad confirmada por las pala­
bras y con la
cruz de Cristo! ¡ Sepamos discernir bien! Lo que
afirman, ¿se expresa
con la medida de la verdadera dignidad
349
...
Fundaci\363n Speiro

JUAN V ALLET DE GOYTISOW
del hombre? La libertad que proclaman, ¿sirve a la realeza del
ser creado a imagen
de Dios o, por el contrario, prepara a la
privación o consrricción de la misma? Por ejemplo, ¿sirven a la
verdadera libertad del hombre o expresan su dignidad, la infi­
delidad conyugal, aunque esté legalizada por el divorcio, o la
fal­
ta de responsabilidad por la vida concebida, aun cuando la téc­
nica moderna enseña cómo desembarazarse de ella? Ciertamente
todo el «permisivismo» moral no
se basa en . la dignidad del
hombre y no educa al hombre para su
realeza».
7. .Ahí tenemos la segunda perspectiva del contenido ob­
jetivo que hoy se expresa con la denominación de derechos hu­
manos. Su aspecto moral. No es cosa nueva.
Los roaodamiPntos de la ley de Dios ya proclamaron el res­
peto a la vida y a los bienes de toda clase de los hombres. Pero
sin emplear la palabra «derechos», sino imponiendo deberes a
todos para con el prójimo, desde la raíz
de sus violaciones: «no
matarás», «no hurtarás», «no· levantarás falsos tsetimonios». «no
desearás la mujer de tu prójimo», «no codiciarás los bienes aje­
nos». ¡Esta es la primera carta! ¡Dios la dio a Moisés!, y su
planteamiento ¡fue la
proclamación de los deberes necesarios
para el respeto de todo hombre! No hay discriminaciones
en ella.
Y, como corresponde a la moral, se establece a través de deberes.
También son éonocidos los planteamientos medievales de esta
· misma materia moral tanto en el ámbito teológico como en el
filosófico.
Teológicamente se ha remontado al siglo
VIII -¡en plenos
«siglos de
hierro»!-la expresión del fundamento de la digni­
dad humana y
sus consecuencias. En su documentado volumen
La philosophie de la personne chez Alcuin, l'Abbé Vincent Se­
rralda, nos. muestra oómo Al cuino de York dedujo teológicamen­
te la dignidad del hómbre,
el· deber de respetarla, sus potestades
y su dominio sobre la naturaleza de un modo racional, en cuanto
criatura dotada de razón.
Filosóficamente, ese contenido
fue iluminado por Santo To­
más de Aquino, partiendo de nuestras primeras inclinaciones na-
350
Fundaci\363n Speiro

EL HOMBRE, SUJETO DE LA LIBERACION
turales; captadas y valoradas por nuestra razón, que expuso como
primeras leyes naturales (S. Th., I"-lI"', 94, 1, «prima principia
operum humanorum»
que todos debemos respetar. De ellos de­
riva la denominada lex ethica natura/is, que excluye el mal moral,
y
da al derecho su justo significado. Así, como exponía Juan Pa­
blo II al Cuerpo Diplomárico acreditado en la Santa Sede, el 20
de enero de 1980: «El derecho a la libertad, por ejemplo, no
incluye, evidentemente, el derecho al mal moral,
como si se pu­
diese reclamar, entre otros, el derecho a suprimir la vida humana
como en el caso del aborto o
la libertad de usar materias noci­
vas para sí o para los demás».
Esta
/ex ethica natura/is, al ser. paralela a las primeras tenden­
cias de la naturaleza humana captadas y valoradas por la razón,
que comporta un orden moral, a su vez, impone debetes de
res,
peto de cada hombre para con los demás; y, por ende, unos de­
beres sociales. Juan Pablo
II, a este respecto, con la actual ter­
minología, en el mismo
discurso que acabamos de citar señala
que «no
se debería tratar de los derechos del hombre sin tener
en cuenta también
sus deberes correlativos que traducen con
precisión su propia responsabilidad y su respeto de los derechos
de los demás y de la comunidad».
Esta última referencia a la comunidad nos recuerda que el
hombre
es un animal no sólo· racional sino también social; por
lo cual, su perspecriva completa no puede olvidar tampoco este
úlrimo aspecto.
Precisamente incidió en
ese olvido la Declaración de 1789,
que tan sólo atribuía derechos
al _hombre individual, como tal y
como ciudadano, y nada más. Este defecto sustancial es,
en par­
te, salvado en la Declaración de
la ONU de 1948, en el artícu­
lo 1,
3: «La familia es el elemento natural y fundamental de la
sociedad y tiene derecho a la protección de
. la sociedad y del Es­
tado». Con
el corolario --'único expresado-- que declara el ar­
tículo 26, 3: «Los padres tienen derecho prioritario a escoger
el género de educación de
sus hijos».
Sin embargo, ha· señalado con acierto Jean Madiran, en un
recient_e editorial (Itineraires, 295, julio-agosto de 1985), el ve-
351
Fundaci\363n Speiro


JUAN V ALLET DE GOYTISOLO
neno que contenía la Declaración de J 789 en sus artículos 3.º
-«El principio de toda soberanía reside esencialmente en la na­
ción. Ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercitar autori­
dad que
no emane expresamente de ella»-y 6.° -«La ley es
expresión de la voluntad· general»-'-; y que se mantiene en la de
1948, en su
artículo 23, 3 --«La voluntad del pueblo es el fun­
damento de la autoridad de los poderes públicos; esta voluntad
debe expresarse por elecciones honestas que deben tener lugar
periódicamente, por sufragio universal igual
... ». Dejemos aquí
de lado el hecho
de que con el sufragio universal se eleva al po­
der a una oligarquía que teje su programa con promesas,
acon­
sejadas por la práctica del marketing y W!"adas por la propa­
ganda; y que, luego, impone a todo el pueblo su propia volun­
tad. Ahora nos interesa recordar que, ante
la publificación cre­
ciente de todo pode.r, ante la estatificación de todas las relacio­
nes humanas, son cada vez
más los poderes, hasta ahora consi­
derados simpre como privados, que
hoy .se consideran públicos.
Lo cual agrava la observación, que hace · Madiran, de que se tra­
ta de convertir en ilícito todo poder, calificado de público, que
no emane del sufragio universal. Siendo así que, en la sociedad,
existe un abanico de autoridades, unas naturales y otras reli­
giosas, que no emanan del sufragio universal, como son las de
los padres sobre los hijos, de los maestros sobre los disdpulos,
del jefe de empresa,
dé las autoridades eclesiásticas, que así son
«puestas en causa, cada una en su ámbito, por la marcha hacia
adelante de una democratizadón que invoca los "derechos del
hombre". E/instinto, la naturaleza y el buen sentido se resisten
a esta
lógicá infernal».
Juan Pablo II ---al que Madiran no ha leído suficientemen­
te--ve claro que . «no existen sólo derechos del hombre sino
también
deréchos de lá familia y derechos de la nación». Y no
sólo como ehuncia en el texto
-tránscrito por el escritor fran­
cés-de s;, alocudón én Bruselas ·ante fa del cardenal Cardijfi,
en la pasada primavera, sino
t¡¡mbién en sú endclica Familiaris
consortio yii había explicado el signifiéado social de la familia y
de la autoridad' de los
padres.
352
Fundaci\363n Speiro

EL HOMBRE, SUJETO DE LA UBERACION
· «El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como
origen y fundamento de la sociedad humana;
la familia es por
ello la
célula primera y vital de la sociedad ... », «constituye su
fundamento y alimento continuo mediante su función de ser­
vicio de la vida». De ella nacen los ciudadanos, y éstos encuen­
tran en ella la primera escuela de esas virtudes
soci8"es, que son
el alma de la vida y del desarrollo
de la sociedad misma (nú­
mero 42). Por eso mismo, existe el
derecho-deber educativo de
los padres,
«esencial, como relacionado que está con la transmi­
sión de la vida humana»; «original y primario, respecto del
de.­
her educativo de los demás por la unicidad de la relación de
amor que subsiste entre padres e hijos»; y que «por insustituible
e inalienable», «no puede ser totalmente delegado o usurpado
por otros» (núm. 36).
La familia es la «primera y fundamenia/,
escuela de la vida socia/,» (núm. 37).
Tanto es así que, como dice en el apartado A) de la Carta
de los Derechos de la familia, «los derechos de la persona, aun-·
que expresados como derechos
del indiviauo, tienen una dimen­
sión fundamentaltnente social que halla su
éxpresión innáta y
vital en la familia»; por
lo cual, conforme ya había enunciado
en la
Familiaris consortio; «la sociedad, y más específicamente el
Estado, deben reconocer que la familia
es una ''sociedad que
goza de un derecho propio y primordial», y, por tanto, en sus
relaciones con la familia están gravamente obligados a
· atenerse al
principio de subsidiariedad. En virtud del cual, el Estado no
puede ni debe sustraer a las
familias aquellas funciones que pue­
dan igualmente
realizar, bien por sí solas o asociadas libremente,
sino favorecer positivamente y estimular lo más posible la
ini­
ciativa responsable de las familia" .. » (núm. 45).
Vemos
ahí otras enunciaciones de deberes: de los padres de
educar a los hijos; del Estado y los poderes públicos
de respetar,
conforme. el principio de subsidiariedad,
la esfera propia de las
familias y de «favorecer positivamente y estimular lo
más po'
sible la iniciativa responsable de ellas».
No
es enunciando derechos como se puede progresar en el
ámbito moral, sino mostrando los deberes para con los demás y
353
Fundaci\363n Speiro

JUAN V ALLET DE GOYTISOLO ,
con las diversas comunidades sociales. Tiene razón Soljenitsyn en
preconizar --como hizo en 1978, en la Universidad de Harvard,
enunciando
La decadencia del cr,raje-, «la autolimitación libre­
mente consentida, la renuncia
a lo que tenemos por derecho»;
¡,ues, «ha llegado a Oocidente
el momento de no afumar tanto el
derecho de las gentes como sus deberes»; la «educación volun­
taria de
sí misma en una autolimitación radiante» y la salvación
por
«la autorrestrioción de cada individuo y cada pueblo».
8. Sin embargo, esta prioridad de los deberes sobre los
de"
techos -tan formativa para el hombre como para los pueblos~
se circunscribe al concepto moral de unos y otros. En cambio,
jurídicamente constituye una incorrección moderna
-debida al
concepto también moderno
de derecho subjetivo--al contra­
poner los conceptos de derecho y de deber, dando predominio
al uno sobre
el otro. Si derecho es quod iustum est, no puede
haber tal dialéctica; pues, el derecho no es una pretensión sino el
estatuto justo, la solución justa. Si contraponemos· un derecho
objetivo
--expresión de fa voluntad del Estado formulada por
leye&-y derechos subjetivos, el predominio de cualquiera de
ambos enunciados significa un desequilibrio, que
producirá la
anarquía -económica, social. o política-si prevaleoen los lla­
mados derechos subjetivos frente a los deberes que impone el
derecho' objetivo; o bien, e] despotismo de
Leviatán, si predo­
minan los deberes impuestos por éste. Para que haya derecho
ha de haber ajustamiento, solución justa y, como tal, armoniosa.
¿Qué podemos aportar, nosotros los juristas, para clarificar
y enriquecer
lo que se expresa -,-deficientemente cuando no to­
talmente
mal-al hablar de los derechos humanos?
Ante todo, aclarar lo que es derecho. Seguir
--con Aristóte­
les, con Celso, con Ulpiano, con Santo Tomás de
Aquino--'
enunciándolo como.
lo justo y lo equitativo; y, por extensión,
el arte para determinarlo.
Este, como todo arte, requiere
normas y artífices. Aquéllas
-leyes, costumbres, principio&- no son el derecho mismo sino
cierta razón del derecho, como aquellas reglas del arte que pre-
354
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EL HOMBRE, SUJETO DE LA LIBERACION
existen en la mente del artista (Santo Tomás, S. Th., IIª-IIM,
57, 1 ad 1 ), que para ser leyes han de ser justas y que sólo se
refieren de modo genérico a lo que generahnente acontece, y
únicamente con referencia a esto (a su hecho-tipo) son realmente
derecho. Los artífices
-es decir, los jurisconsultos y, específi­
camente, los
jueces-han de buscar lo que es justo en cada caso
concreto, recurriendo a
la. equidad de modo objetivo, exami­
nando rigurosamente.la cosa, en sí misma y en relaci6n a conse-·
cuendas, y confrontando dialécticamente todas las posibles solu­
ciones reales del problema.
En uno y otro caso cabe llamar -en sentido extensivo, aun
que no estricto--derecho a la ley justa con referencia genérica
a los hechos totalmente incluidos
en su supuesto ( es decir, cuan­
do coinciden hecho-tipo y hecho del caso), y -en sentido rigu­
roso,
estricto--a la solución justa. Pero no es correcto aplicarlo
a la ley en cuanto norma, prescindiendo de que resulte justa o
in­
justa; ni tampoco a la pretensión de una parte, cualesquiera que
sean los fundamentos que invoque, sin resolver antes si es o ·no·
es justa.
Entramos en el terreno de la justicia, que clásicamente se ha
distinguido en general o
particular. Aquélla -que consiste en la
ordenación de lo particular a lo general
y tiene como pauta el
bien
común-compete determinarla ,tl legislador. Su redacción
es, según el Aquinatense, función de sabios y prudentes y su
promulgación debe hacerla quien rige la comunidad; por eso,
se la denomina también justicia legal. La segunda tiene por fun­
ción determinar la porción que corresponde a cada uno, suum
quique tribuere, sea en una relación de parte a parte ( contrac­
rual, delictual o de responsabilidad objetiva),
es decir, de justi­
cia conmutativa, que compete determinarla, caso p~r caso, a los
jurisprudentes y, especfficamente, a los jueces y tribun,tles de
justicia; o bien una relación del todo a las partes, si se
trata de
distribuir entre los particulares lo que
es común (bienes, ventajas,
honores o cargas), o sea, de justicia distributiva,. que inicialmen~
te compete realizar a la prudencia política de los gobernantes
355
Fundaci\363n Speiro

JUAN VALLET DE GOYTISOLO
aunque sometida, en caso de estar reglada, al juicio de los tribu­
nales de justicia.
En su sugestivo y esclarecedor libro; Le droit et les droits de
l'homme ------- años viene insistiendo--, nuestro admirado Michel Villey,
en­
tiende que la justicia general, según la expone Aristóteles -bien
se refiera al orden general del mundo o al del microscosmos
que constituye cada individuo que, en ese caso, comprende la ar­
monía de todas las virtudes cardinales----, se halla fuera de lo
jurídico propiamente dicho.
No nos está vedado· .-dice--lla­
mar
«derecho» a la armonía general del. mundo; pero es un de­
recho -advierte--en el que los juristas nada tenemos que ha­
cer. Por lo demás indecible, indefinible. Esa prevención de Vi­
lley está motivada; se dirige contra la pretensión de buena de la
filosofía jurídica
moderna que ha tratado de hacer del derecho
el instrumento para imponer reglas . morales elevándolas a leyes.
Aun reconociendo las confusiones en que esa doctrina incu­
rre, creemos posible, sin embargo, distinguir la justicia general
como virtud moral y la justicia general como buen orden social
determinable, aproximadamente y en concreto, con
la pauta del
bien común (hace años lo intentamos en nuestro estudio
De la
virtud de la ;ustida a lo ;usto iurídico ). No siempre fácil de dis­
cernir aquélla de ésta, su apreciación compete a la función ju­
rídica y prudencial del legislador.
En
materia de justicia general se señalan viejos precedentes
de los que hoy se denominan derechos humanos. Sáochez Agesta
los ha considerado como testimonios prácticos de la aptitud crí­
tica del hombre para enjuiciar la justicia y
la injusticia, que «cons­
tituye el fundamento de la reivindicación casuística en la
histo­
ria de derechos y libertades que son eventualmente reconocidos
por el derecho positivo como necesidades objetivas de
la natu­
raleza humana,
De aqÚí la misma historicidad de esos derechos
que
se enuncian o proclaman con carácter variable cuando los
hombres sufren
1a negación de un bien cuya privación consideran
injusta porque les priva de algo
que exige su naturaleza». La
historicidad está en la negación padecida y lo permanente es el
356
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EL HOMBRE, SUJETO DE LA LIBERACION
juicio crítico basado en la naturaleza del hombre como ser ra­
cional y social.
Algunos de
los que hoy son invocados como derechos humanos
de un modo abstracto
y general, en el Medievo se reclamaban y
muchas veces se obtenían, para grupos concretos de hombres
en su contexto hist6rico
y geopoHtico -liber'tades, franquicias y
exenciones
específicas-que
eran consignadas
en· cartas o fue­
ros; y, en algunos reinos y pricipados, se articulaban para todo
su ámbito territorial, garanúas que salvaguardaran, también de
modo concreto, las libertades solemnemente proclamadas. De este
tipo fueron
el núcleo constitucional de los U satges de Barcelona,
proclamado a
fines de la primera mitad del siglo XII -aun re­
trasando para este núcleo, con arteglo a la crítica hist6rica re­
ciente, la fecha expresada en su texto-; las garanúas dadas por
Alfonso
IX en las primeras Cortes de Castilla y Le6n, en 1188;
la
Carta Magna inglesa, comprometida por Juan sin Tierra con
sus barones; la constituci6n pactada por Pedro el Grande con las
Cortes de Barcelona en 1283; los privilegios aragoneses de 1283,
1287; el pacto suizo de 1291; las cartas de libertad d.e Fexto de
1316 y
de Bravante en 1356; la Carta Magna del Tiro! de 1342.
En general
se formulaban exenciones, libertades, franquicias
o bien deberes del soberano, de los poderosos o de quienes desem­
peñaban funciones públicas;
Narcis de Sant Dionis, en su Com­
pendium Constitutionum
Cfl,fbaloniae, enumer6 en amplios enun­
ciados los preceptos de los
Usatges y de las Constitucions gene­
rals catalanas, clasificando 16 deberes jurídicos que imponían, De
bis quod dominus Rex
facere debet; y 52 que determinaban, De
bis quod dominus Rex /acere non debet. No se proclamaban,
pues, derechos de
los súbditos, sino deberes del rey.
Tampoco Alcuino
ni Santo Tomás llamaron derecho al licito
contenido de
la dignidad, destacada por aquél, ni de los prime­
ros principios expuestos por éste. Propiamente derecho
es . lo
justo en una relaci6n, que ha de determinarse en cada caso, te­
niendo naturalmente en cuenta aquella dignidad "- del hombre que la invoca sino de todos-y esos principios, que
tampoco pueden mirarse desde
la perspectiva de un hombre s6lo
357
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JUAN V ALLET DE GOYTISOLO
o de un grupo de hombres, sino valorando todos los intereses en
juego y teniendo en cuenta las circunstancias concurrentes,
con­
siderando, caso por caso, la cosa en sí misma y en relación a sus
fonsecuencias {S. Th., II•-IIu, 57, 3).
Ni siquiera,
ya en el siglo XVI, los escolásticos españoles con'
sidetados · como pretursores de la doctrina de los derechos huma­
nos, Francisco de Vitoria y Fernando
Vázquez de Menchaca, al
formular
el contenido correspondiente a bastantes de los que
hoy
se llaman derechos humanos, apenas emplearon la palabra
ius ( dr. la nota 8 de nuestro estudio «El derecho a participar en
la vida pública mediante un auténtico sistema representativo», en
Verbo, 195-196, págs. 586 .y sigs., o en Tres ensayos: cuerpos
intermedios ... , II, 1, Madrid, Speiro, 1981, págs. 64 y sigs.).
9.
La piedra de toque jurídica de los denominados dere­
chos humanos
se halla en su aplicación concreta. Es decir, en el
momento del ius suum quique tribuere, cuando se realiza la jus­
ticia particular, distributiva o conmutativa.
Hemos dicho .antes que los hoy denominados derechos huma­
nos llegan
·como el residuo vigente del derecho natural idealista
y racionalista de las Luces o la Ilustración
-aunque tengan un
fundamento
más real y sólido en los primeros principios de la
ley natural enunciados por Santo Tomás de
Aquinq-y ello re­
percute no sólo en su formación abstracta, que los hace impre­
cisos y manipulables en favor de cualquier causa, buena o mala,
sino en
el modo de aplicarlos. Así se dan toda clase de. para­
dojas.
Si se ordenara castrar a los violadores se invocaría sus dere­
chos humanos;
y, en cambio, se aducen los de la violada para eli­
minar el inocente. fruto de sus entrañas cuando
ya la ciencia no
tiene duda alguna de que, desde
el instante de la concepción,
se trata de una vida humana distinta de su madre.
Se defienden los derechos humanos de los terroristas, en de­
trimento de sus víctimas y de las fuerzas de orden público que
difienden contra sus agresiones.
Se maniata a la policía, en be­
neficio de los delincuentes y en perjuicio de futuras víctimas; · es
358
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EL HOMBRE, SUJETO DE LA UBERACION
decir, de quienes resultan secuestrados, atracados, asesinados o
daml)ificados. Los derechos humanos se convierten en un instru­
mento
de la subversión. ·
J;4to
resulta facilitado por su formulación abstracta y su apli­
cación monolineal. Hoy,
ya no por largas cadenas de silogismos,
como hacía el racionalismo, sino
por proyección focal a una sola
persona o grupo y en un único aspecto que
se ilumina y proyecta
ante
la opiniqn pública, dejando en la penumbra todos los de­
más aspectos, personas y grupos, cuando a éstos no se les des­
figura y presenta como malditos.
Con ello, no sólo
se les deniega toda justicia sino que se nie­
ga el derecho mismo, como cosa justa. Ocurre así por no ser ésta
examinada no sólo en sí misma sino en relación a todas las
con­
secuencias dimanantes de la misma, y sin perder de vista el bien
común, tanto de la actual como de las futuras generaciones.
Por otra parte, no es jurídicamente correcto hablar del dere­
cho con referencia a una utopía,
ni pretenderlo sin nombrarla.
La isla Utopía no está. en ninguna parte; y, por eso, no puede
llegarse a ella ni nunca podrá alcanzarse. Marchar hacia
ella no
puede sino perdernos entre
las brumas hiperbóreas o hacernos
naufragar llevándonos alternativamente a
Scylla y a Caribdis,
atraídos por engafiadores cantos de sirena. No confundamos el
ideal, al que moralmente debemos tender
-----apuntando y diri­
giendo a él nuestros
deberes-con la utopía, incompatible con
todo planteamiento jurídico que, para serlo, ha de medir lo
po­
sible y distribuir justamente lo que hay y no falsas promesas en­
gañosas.
Tratándose de los denominados derechos sustanciales o so­
ciales, suele olvidarse que requieren una situación social y eco­
nómica general de la que resulte la posibilidad de satisfacerlos,
y que el Estado, al tratar de proveerlos, coarta las libertades y
ahoga muchísimas iniciativas; acentúa su intervención en la eco­
nomía, en la enseñanza, en la seguridad social, y se adueña de
la dirección de una política de redistribución de los bienes exis­
tentes en la comunidad política sobre la que ejerce su poder
soberano. Así,
Leviathán sigue engordando y su totalitarismo ex-
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JUAN V ALLET DE GOYTISOLO
tiende la omniestatalidad a todas las relaciones de la vida; re­
duce a muy estrechos límites y amenaza con aniquilar la libertad
civil de las personas y las familias; se desentiende del princi­
pio de subsidiariedad; y priva de su esfera autónoma propia a
los cuerpos
y sociedades intermedios, ya sea convirtiéndolos en
sucursales del poder estatal o bien dejándolos inanimados,
im­
potentes y exangües.
Por lo demás, ·esos derechos muchas veces resultan-ilusorios;
pues su satisfacción depende de la situación económico-social del
país, que la intervención socializante del Estado suele agravar y,
más o menos, a la latga, la depaupera, al incrementar cancerígi­
camente
el consumo de cosas superfluas, desalentar la produc­
tividad
pe bienes y castigar d ahorro.
10.
V eritas liberabit vos. ¡ Pero la verdad en la percepción
del hombre entero, en su auténtica
. dimensión, como ser depen­
diente del Ser Supremo que es su principio y su
fin!
Para ello es preciso que nos liberemos de esa falsa concep­
ción_ de nuestro ser que sin cesar renueva la constante tenta­
ción del «seréis como dioses». Unicamente así podremos liberar­
nos de los nuevos ídolos, en especial del moderno Leviathan,
· totalitario y absorbente, que devora nuestras libertades cuanto
más nos despoja de nuestras responsabilidades.
Jurídicamente
es bueno invocar, contra él y contra todo po­
der opresivo, la esfera de nuestras justas libertades y responsa­
bilidades de acuerdo con el principio
de. subsidiariedad. Pero
nada cortseguiremos si moralmente no asumimos generosamente
nuesuos propios deberes, personales y sociales, con espíritu de
solidaridad. Y
para alcanzar ésto, tenemos que recuperar nuestro
lugar en
el mundo, con relación a Dios, al orden de la naturaleza
por El creada
y ordenada, y respecto de nuestros semejantes, se­
gún la ley moral por El establecida. Esto no lo podremos con­
seguir sino con el fervor, y éste requiere esperanza y amor a El
y en El y a su Santísima Madre, la Virgen María.
¡Sólo así nos liberaremos verdaderamente!, ¡en la Verdad!
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