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1985

La verdadera liberación

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1985
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Lo que Hispanoamérica necesita para su liberación

LO QUE IDSPANOAMERICA NECESITA
PARA SU LIBERACION
POR
FEDERICO MlJGGENBURG
Preámbulo.
El espíritu del hombre móderno maniiéne una clara anjmad,
versión
por la precisión en los conceptos, pero, en cambio, pa­
rece totalmente apasionado por la· precisi6n en lo niensurable. ·
En este contexto, para la mayoría de las personas, la palabra
«herejía»
sólo evoca disputas del pasado, cosas ya olvidadas o
casi totalmente pasadas
de nioda.
Sin embargo, el concepto «herejía» tiene un sentido muy
preciso; deriva del griego haireo, que al principio signifu:6 «aga­
rro» a· «me opcdero de» y luego pasó a significar «quito».
Herejía es la dislocación de alguna construcción éompleta
que pretende sostenerse por
sí misma, mediante la introducción
de una negación posterior
de alguna de las partes esenciales.
Herejía
significa, pues, la construcción de un sistema por
«excepción», por «elección» de una parte
de la unidad, de una
parte de la estrucrura integral.
La negación de un sistema en su totalidad no es herejía, ni
tiene tampoco el peder creador de una herejía. Es de la esencia
de la herejía dejar en pie gran parte de la estructura a la que
ataca. De
ahí es que se puede decir que las herejías «sobreviven
por las vérdades que cónservan».
Recientemente nos ha dicho el Cardenal Joseph · Ratzinger:
«Hay que tener presente que un error no puede existir, si no
contiene un núcleo de verdad. De hecho·, un error es tanto má.s
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peligroso, cuanto mayor es la proporción del núcleo de verdad
recibida. En efecto,
el error no podía apropiarse de aquella par­
te de verdad si esta verdad fuera suficientemente vivida en un ·
testimonio auténtico, ah! donde está su lugar, es decir, en la
fe de la Iglesia».
Lo cierto
es que la herejía origina una nueva vida propia
y afecta vitalmente a
la sociedad a la que ataca.
La motivación por la que los hombres combaten la herejía
no
es única y principalmente por «conservadurismo» ( devoción
por la rutina, desagrado por
la perturbación en sus hábitos de
pensamiento),
es mucho más que eso; es por la percepción cla­
ra de que la herejía, en cuanto gana espacio, origina una forma
de vida
y un carácter social contrarios y lesivos a la forma de
vida
y al carácter originario del sistema ortodoxo.
La herejía, por lo tanto, no es un tema fósil, no es un far­
do despreciable, es algo vital, de una presencia lacerante, que
obliga en conciencia a buscar, encontrar y rescatar la verdad
que ella esconde
y recuperarla en toda su plenitud
Precisamente,
es por este motivo que estamos congregados
en
este XXIV· Congreso de los amigos de la Ciudad Católica,
para hacer una aportación
y rescatar, para que resplandezca en
la plenitud de su ubicación armónica en· la unidad de doctrina
y la acción, el concepto liberación.
La -''teología de la lihera.ción''.
Es bien sabido por todos que uno de· los temas·· más con-·
trovertidos que agitan a la Iglesia en. Hispanoamérica es el de
esa ideología que, no dudaría en señalar como herejía, la lla­
mada «teología de la liberación».
Esto
ha sido puesto de manifiesto con el documento per­
sonal .del Cardenal Ratzinger de otoño de 1983, y más aún por
la instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de
la
fe de agosto de 19S4. Sin embargo, es de lamentar que aún
se manifiesten reticencias y resistencias de grupos de seglares
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radicalizados y de clérigos, de obispos y de más de un cardenal
sudamericano, quienes todavía incurren en lamentables obscuri­
dades, gravísimas confusiones y
perntlsivismos culpables, a pro­
pósito
de esta materia.
La causa de esas
obscuridades. parece radicar en la indisci­
plina,
. el · afán de novedades o el afán de . figurar y en el aban­
dono· de la sana filosofía o
en una extraña combinación de estos
elementos,
cuyo resultado . es la imprecisa. distinción entre el
plano de lo natural y el de lo sobrenatural, as! como entxe los
órdenes temporal y espiritual.
Esto fue claramente advertido a su tiempo por
Su Santidad
Paulo
VI, cuando en la exhortación apostólica post-sinodal
Evangelii Nuntiandi dijo: «La Iglesia asocia, pero no identifica
nunca, liberación
humana y salvación en Jesucristo, porque· sabe
por revelación, por experiencia histórica y por reflexión de fe,
que no toda noción de liberación es neoesariamente coherente
y compatible con la visión evangélica del hombre, de las C<>Sas
y de los acontecimientos; que no es suficiente instaurar la libe­
ración,
crear el bienestar y el desarrollo para que llegue el Reino
de Dios»
(E. N. 9).
Esto, en
el. caso distinto, por no decir contrario, de los as!
llamados «teólogos liberacionistas», no es sólo cuestión de for-.
ma; todo parece indicar que, como efecto de su acelerada invo­
lucración en el «compromiso revolucioanrio», en. su mal disimu­
lado y poco discreto esfuerzo para dar unidad a sus opciones
entre
J. fe de su pasado y la política socialista recién abrazada,
.
han confundido lo sobrenatural· y lo natural, lo espiritual y lo
temporal, con
el resultado de .la asimilación de los términos
superiores de estos binomios a los inferiores, en un franco y
desastroso naufragio,
eh un mar de ambigüedades del que· ha­
bla 1a Evangelii nuntiandi en los n6meros 38 y 39; y de aquí,
primero, la igualación del concepto de Salvación
con el de Libe­
ración en genérico y, después, la reducción de éste a
·su parti­
cularización· política.
La imprecisión de conceptos campeó libremente por nuestro
continente y produjo
el indistinto uso de los términos salvación
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y liberación, a veces con tenues agregados de algún calificativo al
aegundo, para significar en realidad el concepto que corresponde
al primero; tales calificativos ni. bastáron, ni bastan, sin em­
bargo, para disipar la confusión que se fue formMdo en· el. áni­
mo de los fieles. Así, a la postre, no se presentó cl,tta · la dife­
rencia entre
la «liberación temporal» y la «liberación aplena»,
que es la salvación en Jesucristo; ni tampoco · qué éÓndiciones
debe tener la liberación temporal para que sea eso, gcnuinámen­
te, una verdadera liberación.
Respecto al sentido del
térn¡ino liberación aplicado a la sal­
vación, es también Paulo VI, quien dejó la directriz a seguir:
«la. salvación supóne una situación infeliz, una situación. de 'ruiná
y de condena, que, era y sigue siendo la del hombre d~spués
d~ la caída de Adán, y desp11és de la trMsmisión del pecado
original a toda s.u descendencia. Sabemos cuál es la obra de
Cristo:
la Salvación, que El nos ha traído, es.una redención me­
diMte el sacrificio de la ctuz y mediMte su ~.,;.ur~eccióii¡ El
nos ha 'justificado', asociándonos, por medio _del bautismo, a
s'u muerte y a su nueva vida resucitada».
Y . continúa dicendo: «por tMto, la obra de Cristo es una
liberación; ¿liberación de qué?: liberación
de la muerte, a la
que nos había destinado el pecado, que es el alejamiento de
iiuestra vida con respecto al -mMatiaJ primero, auténtico ·y ne­
cesario de la vida divina»c {aloe. de 3l de julio de 1974.). , ·
Como se ve, Paulo VI no aplic6 jamás el término indiscri­
minadamente,
ni lo tomó sin más para identificarlo con la sal­
vación, sino que en distintas ocasioes {confrontar aloe. de 16
de agosto de 1972, 11 de enero.de 1973, 31 de julio de 1974
y otras),
lo explic6 en sus distintos sentidos en forma suficien'
temente clara para su aplicación en cada caso, todo lo cual fue
en su momento y lo
es actualmente importMHsimo, ya que des­
de los · movimientos márxistas de liberación, hasta obispos y al­
gunos cardenales de HispMoamérica, pasMdo por . todos lcis so­
cios de Gutiérrez Merino, Boff, Assman, · Ellacuría, Sobrino y
oftOs, por no mencionar más que a los más-conspicuos, todos
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hablan de liberación, usando el mismo término para expresar
conceptos e
intenciones radicahnete distintos.
De
ahí que algunos podrían sugerir que, o se esclarecen los
conceptos propios por
su explícita diferenciación con otros que
se · encubren bajo el mismo vocablo,. denunciando ·· como erróneas
las falsas teorías liberacionistas, o para no aumentar la confu­
sión y prestarse
«a ser acaparado y manipulado por los siste­
mas ideológicos y partidos políticos» (E. N. 32), se abandone
el uso de términos que han venido a ser tan equívocos.
La verdadera liberación,
Creo pqder asegurar que, al haber organizado esta XXIV
Reunión
de amigos de la Ciudad Católica, titulada La verda­
dera liberaci6n, hemos optado por lo primeJ:o; ya que hoy lo
mismo que ayer, con la libertad, la justicia,
la lgualdad, etc., al
estarse
mixtificando el concepto liberación, nó. quiere decir que
no exista
un concepto legítimo, un signífícado auténtico que
haya
que reivindicar. ·
La verdad no tiene por qué ceder terreno frente al error;
mas, para ello,
se debe valientemente denunciarlo.
Denunciar lo errado siempre y
áfirmar lo verdadero, . debe
hacerlo
el cristiano sacramentalmente confirmado, a base _de .. h!i,
hitos virtuosos de fortaleza, que culminan en el testimonio que
se confirma con la propia vida, que se firma y se rubrica , con
la propia sangre, en el martirio, como es el caso de nnestros
amigos Carlos Alberto Sacheri y Ramón Plata Moreno, que nos
han precedido con este privilegiado e incomparable don
de Dios.
Por lo tanto, no
se trata aquí de unirse al coro de los fal­
sos liberadores, o de los herejes liberacfonistas, ni de asumir
consignas en boga, sino de afirmar rotundamente que no hay
más Libertador que Cristo Jesús, nuestro Salvador; el Verbo de
Dios encarnado; porque
El. es rió sólo el fin supremo del orden
espiritual, sino también el Señor de lo temporal. Y que todas
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las construcciones liberacionistas que desechen esta piedra angu­
lar son, por lo mismo, falsas
y engañosas.
Para fortuna nuestra, la
doctrina católica, enriquecida con
las aportaciones de sus
grandes doctores, el Aquinatense, el pri­
mero; e iluminada indefectiblemente
por el Magisterio autén­
tico, da siempre y, repito, siempre, todos los elementos para
re­
solver estos problemas.
Como aquí bien todos sabemos, hay dos órdenes esencial­
mente distintos: el orden temporal, que
es el que relaciona a las
creaturas entre sí, y el orden espiritual, que
es el de relación
de las creaturas a Dios. El primero
correPonde a la vida terrena,
el segundo, teniendo su culminación en la ultraterrena, empieza
desde el presente.
Ambos órdenes
denen sentido de finalidad, en el que los
fines mediatos se ordenan al último.
La asignación de
tales nombres a estos órdenes, que quedan
definidos como se menciona antes, pues decir orden es hablar
de relación, no
significa, en modo alguno, que el orden espiritual
esté referido sólo a las
·almas y el. temporal a los cuerpos. No,
en esta concepción, la persona humana es una, materia y espí­
ritu;
mas en el orden espiritual, es el otro término de la · rela­
ción,
Dios, el que es espfritu puro.
Ahora bien, aunque estos órdones son esenicalmente
distin­
tos, el hombre es, en definitiva, el mismo en ambos, lo que los
relaciona forzosamente; y hablar
de relación es hablar de orden
entre ellos
· Ciertamente, sólo quienes sostengan que una <;reatura, para
el caso sea el hombre, puede ser el .fin último y absoluto al que
se ordenan todas
las demás; podría concluir falsamente que el.
orden temporal goza de auto11omfa absoluta. Quienes, con la fe
católica sostenemos que el hombre nci tiene su fin último en
las creautras,
ni en sí mismo, sino sólo en Dios, debemos con­
cluir que: el orden temporal, teniendo su propia consistencia y,
gozando de una autonomía relativa a su ámbito interno propio,
a su vez está. ordenado
al espiritual, como la vida terrena a la
ultraterrena.
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LO QUE HISPANOAMERICA NECESITA PAR4 SU UBERACION
As!, pues, aplicando el aforismo de que hay que distinguir
sin separar y armonizar sin confundir, decimos: distinción, pero
también armonía entre ambos planos. Eliminar cualquiera de
estos criterios acarrea funestos extravfos.
La liberación y la salvación.
El concepto de la salvación se ubica en el ordén espiritual;
abarca, pues, a toda la persona humana y «comienza ciertamen­
te en esta vida, pero tiene su cumplirniento en la eternidad»
(E. N. 27). Mas se refiere a la relación de la creatura con Dios,
su fin último; y sólo atiende a las otras creaturas
en cuanto
que sean ayudas u obstáculos para esta relación. En este senti­
do, a la salvación se le puede
llamar, «liberación plena», en
tanto que lo es de los
v!nculos obstaculizantes que impiden
alcanzar
a Dios, es decir, el pecado. ·
Esto,
además, quiere decir que hay otros· factores de opre­
sión o sujeción muy reales;
mas, sin no obstruyen la relación
del que los padece con Dios,
no son en si objeto de la acción
salvadora. Por lo rnismo, el pobre, el cautivo, el ignorante, ·el
enfermo, el hambriento, el marginado, pueden estar oprirnidos,
y
a pesar de ello, salvarse.
Su salvación no está condicionada a verse liberados de tales
males y tal situación; si no
es la causa de pecado para él, puede
también ayudarle a
al= a Dios.
Por ello, nuestro Salvador, para irritación de los zelotas, no
se hizo líder político, o emancipador de un pueblo, el suyo, de
la dominación rOmana. «En las apariencias humanas, las prome­
S-as quedaron decepcionadas por la figura y por la misión que
Jesús desempeñó
... » (Paulo VI, aloe. de 4 ,de diciembre de.
1974).
As! se deben comprender tantos pasajes de la escritura en
el Nuevo Testamento, en donde se aprecia claramente que para
San Pablo, los opresores,
en tanto que escollos para la obra
evangelizadora, son: el
esplritu mundano, el demonio y la con-
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cupiscencia, precisamente· aquellos tres elementos a los que re­
nunciamos en el bautismo y lo ratificamos en la primera comu­
nión; todos ellos entendidos desde esta perspectiva, como siem­
pre los comprendió la piedad sacramental cristiana por siglos y
siglos. Y
¿ qué decir de las opresiones a que someten unas creatu­
turas a otras?
V ale aclarar que
se hace referencia a las verdadera opresio­
nes, no a las legítimas dependencias que están en el recto orden
de gobiemo del universo por el que Dios providente gobiema,
El en lo general, y a unas creatur;,. por otras en lo particular,
en una admirable gtadación que refleja
el plan del Creador, se­
gún la luminosa enseñanza del Aquinatense en la Suma Teolo­
gica (Cfr. I, 22, 3c; 63, 7c; 102, 2 ad 1; 103, 6, etc.), ni tam­
poco al justo ejercicio de la legítima autoridad, que incluso
coactivamente puede operar, pues no toda sanción es «viola­
ción de los derechos humanos», como la saturante y asfixiante
propaganda
marxista, además de parcial -pues· cuela el mas-·
quito al respecto de ciertos regímenes hispanoamericanos y tra­
ga el camello cuando se trata de los socialistas y comunistas-,
quisiera hacer
creer a los que de ella viven y piensan.
Lo que
es incuestionable, es que en el mundo ha habido
y habrán injustas opresiones que contrarían y deterioran el recto
orden temporal y exigen· correcciones liberadoras.
~
Con lo cual no se comprenden sólo las inhumanas políticas
de los auténticos tiranos o los atropellos que a la sociedad co­
mete el terrorismo subversivo, sino todo el abanico múltiple de
injusticias en las relaciones entre las creaturas, que atentan en
contra del mencionado orden querido por Dios Creador. Eviden­
temente, en estas situaciones, se da por supuesto una vertiente
que mira hacia el orden espiritual del que ya se habló antes, y
que amerita una
obra de salvación, no de liberación temporal:
es aquella en la que, por el perfil moral
de sus actos, el hombre
se alej.a de Dios. ·
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El pecado, objeto de la liberación.
El objetivo de esta acción salvadora, en tales circunstancias,
son evidentemente los pecadores, pues se trata de salvarlos· del
pecado que bloquea la relaci6n del hombre con Dios.
Y
allí, los pecadores a salvar de su pecado de irijüsticia no
son · 1os oprimidos, víctimas de ella, sino los opresores y taro·
bién los oprimidos, si la situaci6n de opresión les hubiera pro­
ducido odio, envidia o desesperación, que también
son pecados
y muy graves.
Aquí
es en donde encaja en plenitud, la misión reconcilia­
dora, como un don de Dios; «porque
si siendo enemigos fuimos
reconciliados con Dios por la muerte
de su Hijo, mucho más,
reconciliados
ya, seremos salvos en su vida» (R. P. 7).
Hagamos referencia ahora, aunque sea en forma breve, a la
otra vertiente totalmente distinta de tales
casos, que mira aL
orden temporal, el de las creaturas entre sí, y que requiere de
la liberaci6n humana.
Resulta imposible,· por
raz6n del tiempo asignado, entrar
en detalles
sobre ei orden temporal.
La filosofía tomista, encarecidamente reconmendada por el
Magisterio, ofrece terreno
firme y recursos poderosos y seguros
para abordar todos y
cada. uno de los problemas que implican
la reconstrucción o restauración cristiana y
natural · del ámbito
temporal.
Hay que decir
ta111bién algo al respecto del papel que toca
en esta reconstrucción y en esta reconciliación a la liberación
humana, toda
vez-que, aunque la Buena Nueva, «las promesas
de la Nueva Alianza en
Cristo, las enseñanzas del Señor y de
los Apóstoles, la Palabra de Vida, las fuentes de la gracia (
... )
son ni más ni menos el contenido del Evangelio y, por consi­
guiente, de la evangelizaci6n»
(E. N. ·15), éstaclleva consigo «un·
mensaje, especialmente vigoroso, sobre la liberación» (E. N. 29).
¿La liberación temporal, según Paulo VI, resulta púes;· ob­
jeto propio de la obra evangelizadora? No, no hay tal: en su
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discurso de apertura al III Sínodo, afirma y ratifica: «la nece­
sidad de reafirmar claramente la finalidad
específicamente re­
ligiosa de la · evangelización. Esta última perdería su razón de
ser si se la desviara del eje
religioso que la dirige: ante todo el
Reino de Dios, en su sentido plenamente teológico» (E. N. 32).
Y
en la misma exhortación apostólica escribe: «Este reino y esta
salvación
-palabras claves de la evangelización de Jesucristo»-
(E. N. 10). .
El Reino de Dios; he aquí el. meollo del mensaje evangélico:
«tan importante que, en relación. a él, todo se. convierte en 'lo
demás', que
es dado por añadidura. Solamente el reino es, pues,
absoluto
y todo el resto es relativo» (E. N. 8).
De esta prístina enseñanza se deriva el mensaje de la evan­
gelización sobre la liberación: si la consecusión del reino, esto
es, la salvación,
es el objetivo absoluto de la vida humana, en
el plano de sus relaciones con el ser absoluto, Dios,
Iá verda­
dera liberación en el
de sus relaciones con Iás creaturas, será
aquella que respecto de la salvación esté
en ordenada armonía.
Dicho
de otra manera: sólo es auténtica liberación humana
aquella que está ordenada
finalísticamente a la salvación. Bien
entendida
la distinción esencial entre salvación y liberación, en
tanto que todo el orden temporal está, a su vez,
ordenado teleo­
lógicamente al orden espiritual, la salvación, que pertenece a
éste, es subordinante
de Iá liberación, que pertenece a aquél.
As! lo
expresó Su Santidad Paulo VI en la Evangelli Nun­
tiandi: «La Iglesia considera ciertamente importante y urgente
la edificación de estructuras más humanas, más justas, más res­
petuosas
de los derechos de Iá persona humana, menos opresi­
vas y menos avasalladoras;
pero es consciente de que aún las
mejores estructuras, los sistemas
más idealizados se convierten
pronto
en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre
no son saneadas,
si no hay una conversión de co_razón y de
mente por parte de quienes viven en esas estructuras o los rigen»
(E.
N. 36).
Es decir,
si no se ordena su acción a la consecusión del Rei­
no Eterno.
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Por · ello, Paulo VI afirma: «La Iglesia asocia, pero no
identifica nunca, liberación humana y salvación de Jesucristo»
(E. N
.. 35).
«No identifica:» he
alú el criterio de distinción; «asocia»,
he aquí el de armonía.
Resultan pues,
rorundamente falsas y engañosas liberaciones,
las vociferadas por matxistas y socialistas, así como las postula­
das por
la ideología, y diría mejor herejía, encubierta bajo el
ombre de «teología de la liberación», los movimientos de «cris­
tianos por el socialismo» y «la iglesia
populruc» que le son feu­
datarios, por un motivo profundo que no· pasó inadvertido al
desaparecido Pontífice Paulo
VI y señalado en las últimas fra­
ses de la siguiente cita:
«Toda
liberación política, por más que se esfuerce en encon­
trar su justificación en
tal o cual página del Antiguo o del Nue­
vo Testamento -por más que acuda, para sus posrulsdos ideo­
lógicos
y sus normas de acción, a la autoridad de los datos y
conclusiones teológicas; por
más que pretenda ser teología de
hoy-, lleva dentro de si misma el germen de su propia negación
y decae del ideal que ella misma se propone, desde el momento
en que sus
motivaciones profundas no .son las de la justicia en
la caridad, la fuerza interior que la mueve no entraña una di­
mensión verdaderamente espiritual y su objetivo final no es la
salvación
y la felicidad en Dios» (E_. N. 35).
En definitiva, el criterio maestro para juzgar sin un movi­
miento liberador es genuino, es que: auténticamente «su obje­
tivo final sea la salvación
y la felicidad en Dios», aunque, en
tanto que hecho liberador, se de en el orden temporal y
gooe,
por tanto, de la autonomía relativa, · a:! ámbito propio de éste,
según la enseñanza del Vaticano II (Cfr. Gaudium et spes, 36
y Apostolicam Actuositatem 7 ).
Lás na.ciones católicas y su auténtica liberación .
. Con este criterio ya es posible juzgar tanto los mov1tnten­
tos pasados en la historia, por .ejemplo, la conquista de América
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en el siglo xvr, o los contemporáneos, como la «Cristiada» en
México, o la
«Cruzada» española, y su proclamación del reíno
temporal de Cristo
Rey, frente a los movimientos de liberación
socialista de nuestros días.
Dios, en su infinita sabiduría, dispone los acontecimientos
en
orden a su mayor gloria y para provecho de nuesttas almas.
Por
esto debemos ver en la elección de Juao Pablo II un signo
de
pre~6n divina hacia el pueblo polaco, que al igual que
mÚchos de Hispaooamérica, hao sufrido secular persecución pre­
cisamente por ser católicos.
Quiero pensar
que en Polonia como en nuestras naciones
hispánicas e Irlanda,
el alma nacional nace · con la conversión
a la
fe; y que es desde esta· fe explicada, ·enseñada y confirmada
por el
Magisterio de la Iglesia, que deben juzgarse las vicisitu­
des cotidiaoas, y por la que se sufre basta
el martirio.
Fe
· que en Polonia y en Hispaooamérica nos dice que lo im­
portaote, verdaderamente importante, es el Reino de Dios y· .su
justicia, anunciado por la evangelización, y que las «añadiduras»,
como· serían los hoy llamados «cambios de estructuras», devie­
nen·. en la exacta medida en que el orden temporal reconoce a:
Cristo Rey; en tanto que la caridad se traduce en obras, ailll en
los ámbitos contrarios creados . y forzados por el poder político
comunista
comó. en el caso ·de Polonia; · o sócialistas, liberales y
1aicizad0s, como en casi todas Ia·s naciones hispanas, que· si nó
también comunistas, como son los casos de Cuba y Nicaragua.
· Los católicos po!ácos y con ellos su jerarquía -Wyszynsky
y Wojtyla-por citar s6lo algunós, han dado al mundo una
lección de firme2a en la fe para evangelizar; por esto mismo,
vemos en su Santidad Juao Pablo
II, el ol.ter Christus de hoy,
el agente evaogelizador inusitado
·para Hispanoamérica, pues·
aúna la evaogelizaci6n que contiene el mensaje de salvación eter,
na en Cristo, con el mensaje de liberación, por la reconciliación,
en lo temporal, sin que
la búsqueda de ésta, condicione o me­
noscabe a aquélla.
Con esto quiero
enfatizar que la Iglesia en Polonia predica
el reino por la evangelización, que está daodo frutos en abun-
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dancia, más claramente a partir del magno novenario de evan­
.
gelización preparatorio al primer milenio de cristiandad; prueba
de ello es el enorme crecimiento de la Iglesia, reflejado, entre
otros elementos, en el aumento
de las vocaciones sacerdotales,
en la vida sacramental y
.muy especialmente en el culto a la
Virgen Morena de
Chzestokowa, lo que da Ta convergencia en
el vértice final que es Cristo y
la salvación en El, por El, y
con El.
Y simultáneamente, pero sin
condicionar la salvación espi­
ritual, se promueve también la liberación temporal. Aquélla
operada por la jerarquía
y ésta, puesto que se refiere a la rela­
ción entre
las creaturas entre sí, operada por los seglares. Pero,
si el fiel a la Iglesia
es simultáneamente ciudadano de lo tem­
poral, sin dicotomías maniqueas, sin falacias como las· del
lla­
mado «realismo crítico moderado», sin estériles confrontaciones
entre «fariseos» y «saduceos», sino
en la unidad armónica de· la
persona humana, debe darse: la salvación en Cristo, qúe es la
verdadera liberación, y también la liberación temporal.
Algunos quizá no ubican,
por temporalistas, que en Polonia
se adviertan signos más claros de liberación· temporal. Pero esto
no podrá significar que la jerarquía católica se haya desentendido
de la liberación temporai, sino que, predicando la evangeliza­
ción, se quiere
.
también el cambio de estructutas, pues no· cabe
duda alguna, que si en el mondó actual algún cambio de 'estruc­
turas se impone, es precisamente en favor de lá Iglesia del: si­
lencio, a quien la mala política y podetíÓ militar y policiaco de
los comunistas, ahoga la voz liberadora que también trae apare­
jado el mensaje de salvación.
Y
si no, díganlo con Jos · hechos los testigos del crimen' ·Y
martirio del Padre J erzy Popieluszko y más aún, el fracasado
intento magnicida en la persona
del Papa Juan Pablo . II.
La peculiar peto muy ilustrativa situación de nuestros her­
manos católicos en Polonia, resulta para todos nosotros, en
ver­
dad, «una revelación contenida en los signos de los tiempos»,
ya que es ejemplo patente del cómo ha de armonizarse, distin­
gniéndose, la salvación plena en Cristo, y por la
reco11cilación,
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la liberación temporal, aunque ésta 'última, por circustancias par­
ticulares entre las que pueden estar:
la gradual maduración de
los . participantes, el arraigo firme del compromiso, o la pres<:0,­
cia saboteadora de residuos . trotzkistas, · piasekianos y pilsud­
skianos, aún no
se produzca, pues todo queda en este terreno,
a la
aplicación de una auténtica «prudencia política» de. los se­
glares católicos, que ilustrados· por el Magisterio y la Doctrina,
logren los presupuestos para una genuina transforroación polí­
tica.
Lo que sí resulta claro es que la salvación plena en Cristo
a pesar
de que· no pudiera darse la· liberación temporal, y no por
ello deja ésta de buscarse, es en Polonia
un rotundo mentís a
quienes desde Hispanoamérica predican
1~ contrario, y condicio­
nan,
y· de hecho supeditan, la salvación plena en Cristo sin re­
conciliación, hasta· que se haya operado la liberación temporal.
La liberación plena eti Jesucristo, que es la salvación, está
operando en Polonia, y al mismo tiempo que la Jerarquía
Ca­
tólica promueve, explicitando la doctrina, la liberación tempo­
ral,
· ésta habrá de operar por los seglares que sí descienden al
terreno de
la acción programática, que es su campo específico.
Así, la Jerarquía predica
el Reino y Ja Doctrina para la ac­
ción, y los seglares, en sus derechos y obligaciones concretas, se
esfuerzan por crear un orden temporal cristiano, y juntos cons­
tituyen
el pueblo de Dios en marcha en Polonia, que busca la
vida
eterna, iniciándola en esta . vida, sin claudicaciones de espe­
cie alguna, pero sin
rehuir jamás el martirio.
La reconciliación en Hisponoamérica.
En Hispanoamérica, en todas las naciones hispánicas, nues­
tro. ser nacional nace de la evangelización y reconoce en ella, y
gracias a
ella, su palpitar como pueblo único, peculiar, con su
propio estilo.
Distinguiendo sin separar, pero arroonizando sin
confundir,
los campos de su propia acción, Iglesia docente y seglares con-
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LO QUE HISP4NOAMERICA NECESITA PARA SU LIBERACION
quistadores, cuya epopeya estamos en los albores de conmemo­
rar en su Quinto Centenario, se empeñan en llevar el mensaje
de salvación que, mediante
la reconciliación, los conlleva a ins­
taurar, desde el origen, una liberación temporal, que produce
nada menos que la «añadidura» de un orden social de principio
evangélico, que florece en la expresión
cultural y artística del
barroco integrador y reconciliador.
Posteriormente,
es el .embate masónico el que disgrega la
unidad y
hace proliferar en la gran Patria Hispanoamericana
muchos Estados novedosos, que son, desde el siglo pasado, como
en Polonia, auténticos usurpadores que viven a espaldas
del. pue­
blo, pues
contradicen y no coinciden con las esencias nacionales
que
se enraízan, no en el mestizaje racial, sino en la fe católica.
Verdad
es que se han dado muy circunstanciales y honrosas
excepciones en contrario que,
por su proclamación católica, han
sido vilmente atacadas e infiltradas por la conspiración publici-
taria de masones, socialistas y comunistas.
·
Por propias ~eriencias, sabemos que nuestr']" pueblos más
caen en las idolatrías .del poder, el dinero, el sexo, con sus se­
cuelas de
tiranía, avaricia, terrorismo, drogadicción, lujuria, vio­
lencia, ·envidia, corrupción, etc., todas situaciones de pecado,
cuando
más se apartan de la verdad; luego, se impone un .re­
.torno del mundo a Dios, se impone una genuina conversión, una
genuina reconciliación, que, para ser plena, «exige necesariamen­
te la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raí­
ces más profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna
viene a unir conversión y reconciliación; es imposible disociar
las dos realidades o
hablar de una silenci De ser
así el retorno a Dios, con sentido genuinamente cris­
tiano, que deviene
en la liberación temporal, vale decir, en «las
añadiduras», será el rescate de los modernos ídolos con los que
el maligno seduce a nuestros pueblos.
Este reencuentro, esta conversión, esta reconciliación de la
gran Nación Hispánica con su Creador y Redentor,
es y será
obra
de la Evangelización.
A la reconciliación con Dios, consigo
mismo, con los demás,
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FEDERICO MUGGENBURG
se suma la reconciliación del hombre con todo lo creado. De la
recta aceptación del Plan de Dios surge la ordenación del mun­
do. al recto servicio del ser humano. Es por medio de la acción
de los hombres reconciliados con Dios
cjue el universo entero
puede
ordenarse· hacia Cristo Jesús (d. Apostolicam Actuosita­
tem; 2).
Es la restauración de la unidad que habrá de darse, es la
reconciliación, en tantoº que se reconozca y se haga vivencia, el
sustrato radicalmente católico
de nuestros pueblos; y lo será en
la medida
en que la Iglesia docente -no podría ser de otra ma­
nera-la reconozca y promueva. «En esta imprescindible tarea de
edificar una sociedad fraterna, no se debe. olvidar la diversidad
de funciones que los clérigos, los religiosos y los seglares tienen
en
la Iglesia» ( efe Lumen gentium, 31 ). «Constituye una tan la­
mentable como paradójica resurrección de clericalismo el que
los clérigos asuman un compromiso activo e incluso el liderazgo
en campos temporales, en una · época que denominamos. como la
de la madurez del seglar. Cuando,junto con gravísimas miserias
materiales, hay una inmensa indigencia espiritual, no
es compren­
sible
y, más aún, resulta injusto, que quienes tienen específica­
mente el ministerio y el
poder de la reconciliación· con Dios, no
aportén a la integridad de la liberación lo que sólo ellos pueden
aportar, entregados mientras
tanto a tareas que son propias del
seglar en el
mundo y, éon frecuencia, de la misma sociedad civil
en cuanto tal. El mismo principio, según sus propias
circuns-
.
tandas, puede aplicarse a quienes están llamados a la vida. reli­
giosa»
(T. T. R., 18).
No podrá darse la unidad en nuestra gran nación; sin el re­
conocumento al Padre común, que nos hace ver hermanos en
cada uno
de nuestros prójimos y con la caridad fraterna de la
Iglesia.
Lejos deben quedar, muy lejos, pues, los
falsos igualitaris­
mos democratoides de origen
anticristiano; los mitos p_seudorre­
ligiosos y el panteísmo político que se expresan en la soberbia
popular, la voluntad .general y
el sufragio universal igualitario.
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LO QUE HISPANOAMERICA NECESITA PARA SU UBERACION
Los sufragios deberi ser según los niveles de competencia
reales. Lejos, también, debe quedar
el ácido corrosivo de la dialéc­
tica hegeliana y su lucha de clases que, a través del odio, divide
para hacer chocar
y subdivide hasta lograr pµlverizar los más
elementales
lazos de unión natural.
Conclusión. Mas
toda esta· cuestión, que aunada a la historia de la evan­
gelización y

a otros temas vertebrales de vital importancia como
«la Historia de la Salvación
-tanto la de la humanidad entera
como la de cada hombre de cualquier
época~, es la historia ad'
ntirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que :es Pa­
dre, reconcilia al mundo consigo
en la Sangre y en la Cruz .de
su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva
familia de
reconciliados» (R. P., 4 ), desbordan el tiempo de esta
presentación, pero deben servir como pistas para una sistemá­
tica elaboración teológica
y filosófica en el marco forntidable de
la novena
de años proclamada por el Papa Juan Pablo II, .el 12
de octubre de 1984
en Santo Domingo.
Novena de años propuesta a
la Jerarquía de la Iglesia por
un grupo de seglares inspirados
en el modelo polaco de tan ex­
traordinarios frutos.
Ahí está lo que Hispanoamérica necesita para su verdadera
liberación. Una evangelización renovada
y vigorosa que durante nueve
años prepare
la magna conmemoración del Quinto Centenario,
predicando el gran misterio de la
Salvación. que, como humus
espiritual, genere las condiciones para la auténtica liberación
temporal, que
es obra de nosotros los seglares.
Así como «no
se nos puede dar otro nombre por el cual
podemos ser salvos que Cristo Jesús», así también, el Dios
nti­
sericordioso nos ha dado una Madre común, reconciliadora, bajo
cuyo manto todos somos cobijados,
y bajo el cual nos sabemos
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hermanos y además sus hijos: ¿Qué temes, hijo mío, acaso no
estoy
yo aquí que soy tu Mame?; así nos dijo desde el Tepeyac
a todos, representados en Juan
Diego,la Virgen Morena de Gua-
dalupe.
·
Buscad priml'to el Reino de Dios y su justicia y todo lo
demás
se os datá por añadidura.
El Reino de Dios es la Salvación en Cristo Jesús, y la «aña­
didura» es la Restauración
de la Ciudad Católica y la liberación
temporal de las actuales estructuras anticristianas. Así sea.
«LA LIBERACION,
POR LA RECONCILIACION,
PARA LA
SALVACIONi.
Batcelona, 3
de noviembre de 1985.
Festividad de San
Martín de Potres.
(E. N.) Exhortación Ápostólica Evangelii nuntiandi, S. S. Paulo VI,
8 de diciembre de 1975.
(R. P.) Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenítentia, S. S. Juan
Pablo II, 2 de diciembre de 1984.
(T. T. R.) Temas para una teolog/a de la reconciliaci6n. Conclusiones del
Congreso Internacional sobre la Reconciliaci6n,_ Arequipa, Perú,
11, 12 y 13 de enero de 1985.
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