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Alberto Ruiz de Galarreta Mocoroa (1922-2019). El último carlista histórico

Cuando le conocí, en 1977, se estaba muriendo. Entusiasta y risueño. Como se mantuvo siempre. Era médico y sabía de lo que hablaba. Pero exageraba: advertía indicios de procesos que pueden llevar a la muerte. La que le ha llegado, finalmente, como a todos, pero más de cuarenta años después, a los casi noventa y siete, tras haber enterrado a innumerables amigos que, en cambio, gozaban de inmejorable salud.

Era un hombre extraordinario. Y la Providencia lo puso en el camino como mi mejor amigo, aunque por edad hubiera podido ser mi padre. Ligado desde su infancia, en la San Sebastián de antes de la guerra, a la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET), se ha mantenido fiel al Carlismo hasta su muerte. Nada de extraño tiene, pues, que el Abanderado de esa Causa, Don Sixto Enrique de Borbón le distinguiera en 2013 con la Gran Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita.

No hizo la guerra por poco, pero recordaba vívidamente aquellos años de terror y heroísmo. Mudada tras ella su familia a Valencia, estudió Medicina y probó su vocación en la Compañía de Jesús. En el noviciado de Veruela, de la provincia de Aragón, los superiores discernieron que no la tenía. Y Alberto, cincuenta años después, emocionado, protestaba: «Yo no fui infiel a Jesucristo». Desde luego que no. Ingresó en el Cuerpo de Sanidad de la Armada, en el que se retiró de Coronel. Se doctoró con una tesis de historia de la medicina. Ejerció con pasión y dedicación sacerdotal la profesión. No se casó y consagró su vida al apostolado tradicionalista. Fue, así, de los fundadores de la Ciudad Católica que Eugenio Vegas Latapie, rival dinástico, y Juan Vallet de Goytisolo traían de ultrapirineos a mediados de los cincuenta y cuya tertulia de los martes animó de modo que no puede describirse. Trabajó intensamente durante la Jefatura Delegada de José María Valiente. Colaboró con un enjambre de noms de plume (que a veces se divertía en hacer polemizar entre ellos) en el semanario ¿Qué pasa?, dirigido por Joaquín Pérez Madrigal, terror del clero progresista en los años del desastre conciliar, y luego en el quincenal navarro

Siempre p’alante, entre una serie no pequeña de revistas y boletines, como apóstol de la «unidad católica de España». Editó la extraordinaria recopilación Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español (1939-1969), en veintiocho tomos, algunos de dos volúmenes, prolongación de la historia canónica que don Manuel Fal Conde encomendó a Melchor Ferrer Dalmau en los años de la posguerra.

Nunca dejó de seguir la actualidad y a todo le sacaba moraleja profundísima, con frecuencia espiritual, aunque era lo más alejado de un beato, pues tenía una capacidad asombrosa de penetración y reflexión. «Individuum ineffabile», dice el clásico. No es mala ilustración, genio y figura, la de Alberto Ruiz de Galarreta.

Miguel Ayuso