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1971

Cristiandad y sociedad pluralista laica

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1971
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La cristiandad medieval y la crisis de sus instituciones

LA CRISTIANDAD MEDIEVAL Y LA CRISIS
DE
SUS INSTITUCIONES
POR
FRANCISCO ELÍAS DE TE JADA.
l. LA CRISTIANDAD: l. Lo que es la Cristiandad.-A) Un espíritu de fe
militante.-B) La Ciudad de Dios.-2. Consideraci.ones finales.
11. LA ('RISIS DE LAS INSTITUCIONES DE LA CRISTIANDAD: 1.---Cristiandad
como unidad.-2. Planteamiento ilel tema.-3. Los factores del lm­
perio.-4. Los cim'ientos del Iniperio.-5. El Imperio de Carlomag­
no.-6. La germin«ción del lmperio.-1. El Papado contra el lmpe­
rio.-8. El Papado y Francia.-9. Conclusiones.
l. LA CRISTIANDAD MEDIEVAL.
Si el uso en la mudanza de los tiempos no hiriera el valor de los
vocablos, la pregunta tendría facilísima respuesta, sea en el plano
puramente histórico del acontecer sucesivo de los hechos, sea en el
terreno valorativo de las realidades humanas; Históricamente, la Cris~
tiandad sería, sin la menot de las dudas, aquella prodigiosa y única
construcción_ que realizó o quiso realizar la ciudad de Dios sobre la
tierra de los hombres, en los años que corren desde la coronación de
Carlomagno en
el 800 hasta la quiebra del título imperial a comien­
zos del· siglo XIX. La Fifosofía de la Historia de la Cristiandad sería
la,·expresión política -suprema del Cristianismo, la· jerarquización de
los pueblos alrededor del Vicario de Cristo
y del Emperador heredero
de Roma, 1-a unidad del orden acompasado de las -gentes en torno ·al
sol y a la luna de u.ha astronomía· vivida en los corazones de los
hombres,. sumisos a
los poHeres qúe Cristo proclamó -por institución
nueva o por respeto
·a· las instituciones antiguas.
· Pero el ·esqueina, tan nítido y tan perfecto, tan claro que no ne-
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
cesita aclaración ninguna porque en su misma virtualidad agota ple­
namente la sencilla significación de su s·entido, ha sufrido alteraciones
diversas que necesitan ser puestas en tela de depuración a fin de que
cualquier interpretación parcial no menoscabe sus alcances.
TaJ es la
tarea de estas líneas escuetas y breves, cuya pretensión no excede al
intento de bosquejar las líneas maestras del alcázar de la Cristiandad
subrayando sus aspectos positivos, ya que los lados negativos de su
dinámica histórica serán luego subrayados por mi entrañable amigo
el profesor Francisco Puy
y por mí· mismo en los casos del pen­
samiento y de las instituciones, respectivamente.
l. Lo que es la Cristiandad.
Hoy en día, con la secularización de los hábitos mentales, que
es signo fatal y casi apocalíptico de nuestros tiempos, tiende a con­
fundirse a
la Cristiandad con la Europa que nace al amparo del Mer­
cado Común entre la ilusión de los tecnócratas
y los alaridos de en­
tusiasmo de los que a su sombra viven, desde la política económica
a los artículos contundentes de los grandes periodistas.
Porque la existencia de diferencias entre la Cristiandad medieval
prolongada en la Cristiandad de las Españas de los Carlos y Felipes,
es algo patente si se considera el carácter masónico, liberal, democrá­
tico a
lo rousseauniano de la Europa de los Seis o de los Diez, tan
contrario a la jerarquía
· de pueblos establecida en la Cristiandad y
que tan perfectamente sentenció San Bernando de Claraval
con· la
imagen del Sol pontifical y de la Luna del Imperio. No bay ni puede
haber mayor contraste que las claúsulas del Tratado de Roma, de­
mocráticas, ateas en cuanto se prescinde de Dios en la vida social
Común europea, liberales y revolucionarias al gusto de los plantea­
mientos liberal-burgués o social-democrático, que vienen a ser la
misma cosa sea desde el ángulo comunista sea desde el ángulo tradi­
cionalista·; puestas en comparación con una Cristiandad como
la que
describieron los teóricos políticos del medievo, cual la que consta en
la pirámide trazada por nuestro genial Francesco Eiximenis en el
folio 9 de la Pastoral, impresa en Barcelona por Pedro Posa en 1495,
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LA CRISTIANDAD MEDIEV A,
al trazar la «figura de memento» en un cuadro cuya cima acupan
parejamente emperador
y Papa, y en la que se suceden de arriba
para abajo los varios cuerpos sociales de
las esferas religiosa y tem­
poral entre sí correspondientes: Papa, cardenales, prelados de la
Iglesia, óidenes relígiosas y toda persona eclesiástica, de un lado;
Emperador,
reyes, magnates benefactores, todo el cuerpo cristiano,
herejes e infieles, de otro lado.
Tal así:
Papa
Cardinales
Omnes Prelati Ecclesiae
Omnes religiones
et tata persona
ecclesiastica Deus
Imperator
Reges
Magnates
Patentes
Benefactores
Populus Christi
Haeretici
Infideles
En lo institucional la contraposición está harto subrayada. El
orden previsto para
1a Europa que nace no tiene nada de común con
el orden que existió en
la Cristiandad. La democracia igualatoria ha
sucedido a la ordenación jerarquizada de los valores.
No hay reye_s
responsables por sí mis~os, sino -reyecillos constitucionales o presi­
dentes de república con
las manos atadas. Si alguna vez se llegan a
superar
las dificultades de los nacionalismos heredados del siglo XIX
será para acabar en un parlamento europeo, resumen y compendio de
los parlamentos de cada uno de los estados integrados. Todo ello bajo
el signo omnipotente de los principios de la declaración francesa de
1789, al amparo de los dos lemas de la Reforma y de
la Revolución.
Porque lo que contará, en suma, para la unificación de
la Europa
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
del futuro, es la economía a secas, un primado de lo económico que
implícitamente viene a reconocer la doctrina marxista del primado
de la economía, tema respecto al cual son superestructuras subordi­
nadas la fe religiosa, el derecho justo, el orden político, las creacio­
nes
del arte o los sistemas de la filosofía. La Europa a que vamos es
marxista, porque lo que importa es la economía, siendo indiferentes
la fe en Dios o
la justicia entre los hombres; de ahí que empiece por
el Mercado Común, por el mercado del trueque
y del negocio.
La Europa a la que vamos
es atea, porque los pueblos que la
forman, aun siendo cristianos en su totalidad, deliberadamente han
eliminado a Cristo de la vida
Social, desde el instante en que ante­
ponen la profesión de fe en la libertad del hombre a la profesión de
fe en las enseñanzas del Redentor, colocando lo divino debajo de
lo humano,
la Verdad de Cristo bajo la libertad de los hombres, al
teocentrismo bajo el antropocentrismo, a las certezas del Evangelio
bajo las opiniones de los individuos, a la 1tto1:7¡ bajo la aoEa. Elude
el momento en que la sociedad como tal, o el Estado como encar­
nación del poder que la regula, no reconoce
la Verdad de Cristo con
la exclusividad que la verdad requiere. Por
fuetps de que no cabe la
existencia de dos verdades de fe, tal sociedad y tal Estado caen en el
agnosticismo de proclamar públicamente no saber quién sea
el verda­
dero
Dios. Agnosticismo que lleva directamente al ateísmo y al an­
tropocentismo; al ateísmo, porque la ignorancia del Dios verdadero
es la afirmación de que Dios como verdad única no existe; al antro­
pocentrismo, porque
hace a la razón humana juez supremo para diri­
mir las contiendas entre los posibles dioses, exaltando a esta razón,
limitada
y falible, a definidora de las. cosas eternales religiosas. Tal
como en la Europa a la que vamos la primacía de
lo económico con­
ducía al marxismo, la
libert~d religiosa tiene por inexorable término
de llegada al ateísmo.
Finalmente, la Europa· a
la que vamos -mejor dicho, a la que
nos
llevan-es la negación de la historia con su fórmula democrá­
tica del voto inorgánico e irresponsable. Voto inorgánico, porque
cuenta a los
individuos como entidades numéricas, como -sujetos abs­
tractos, como granos de cebada en la parva de la era; olvidando que
el hombre
es metafísica que forzosamente labra historia, que entre
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LA CIUSTIANDAD MEDIEVAL
su esencia y su· existencia media el apetito ineludible de la sociabili­
dad ; de suerte que ninguna cualidad o derecho abstracto valen sino
en la medida en que cuajan en realidades históricas. No cabe con­
cebir la esencia metafísica del hombre
más. que como potencia que se
actualiza en la historia que fabrica con sus. actos, ya que entre las rua­
lidades esenciales del hombre está la de ser sociable, la de actualizar
~n verbos circunscritos a una vida, o sea a un lugar y a un tiempo
determinados, aquellas facultades, aquellos derechos y aquellos de­
beres que están inscritos en su peculiar naturaleza. La Europa del
hombres abstracto, a la que parece nos llevan tecnócratas y periodistas,
es la Europa de los derechos abstractos, de las constituciones de papel,
de las declaraciones huecas cuanto solemnes, la Europa liberal en suma,
oscilante entre burguesía decadente
y marxismo vergonzante,
Esta Europa moderna, liberal, marxistizante,- ·capitalista, burguesa,
fraguada por revolucionarios de opereta
reuni cas o supuestamente católicas, atea o agnóstica, es. la antítesis de ·la
Cristiandad que ahora se trata de definir. Es cabalmente lo que no
es la Cristiandad, es la negación de la Cristiandad, Ni sus institucio­
nes ni su espíritu tienen nada de común con la Cristiandad que nos
preocupa.
Es su enemiga y su a1;1-títesis. Y si he querido trazar su
contrarreflejo es porque, saltando por encima- de los engaños a in­
cautos o atolondrados, así bruñen como metal acepillado los verda­
deros caracteres de la -Cristiandad.
Qué es la Cristiandad: a) un espíritu de fe miHtante.
Ante todo una fe: la fe en el Cristo, Dios y hombre verdadero.
El Dios que
se hizo carne. en el seno de una Virgen que permaneció
siendo virgen,
ef hombre que en las tierras de Nazaret y de Jerusalén,
en Samaria
y en Judea, enseñó a los hombres la Verdad de su ver­
dad que era la Verdad eterna de unas palabras que no cambiarán aun­
que cambiasen
los cielos y la tierra. La Cristiandad no podía ser, por
propia definición, ni agnosticismo religioso, ni pluralidad de cielos.
Los «milites Christi» que en la era de las
persecuciones bajo la pa­
ganía de los Nerones
y Dioclecianos habían sabido ser mártires o
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FMNCISCO EL/AS DE TEJADA
testigos de la verdad, eran sencillamente eso: soldados del Cristo,
guerreros humildes de la Cristiandad, precursores de la consagra­
ción de la sociedad entera al Señor, en
lo público igual qne en lo
privado. La propagación del cristianismo fue ya una guerra, la
guerra de la Verdad contra la mentira; donde los mártires, pelearon
con
la santa intransigencia que es patrimonio de la verdad autén­
tica7 la verdad que hace libres.
Pero,_ además, es, en segundo término, una fe militante. Las cru­
zadas fueron expresión de idéntico espíritu al de los mártires del
circo : la lucha armada
por la verdad de una fe que peleaba con el
sacrificio pasivo lo mismo que con
la beligerancia activa que Jesús
había dicho, según refiere San Mateo en los versículos
32 a 34 de su
Evangelio: «Todo el que me confesare delante de los hombres, le
confesaré
yo a él delante de mi Padre Celestial; mas quien me ne­
gare delante de los hombres,
yo .1e negaré a él delante de mi Padre
Celestial. No creaís que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a
traer paz, sino espada».
El capítulo dedicado a la poesía motivada por las cruzadas en las
páginas 43'.i a 4'.i0 de la vieja pero imprescindible Kulturgeschichte
der Kreuzzüge
o Historia cultural de las cruzadas de Hans Prutz (1)
prueba ya cómo, desde las primeras canciones de peregrinos de 1147,
con continuación en prosa no latina
de las estrofas de Prudencia can­
tando la gloria de los mártires de Zaragoza o de Roma, por su ingenua
piedad y la interioridad del sentimiento «durch die naive Fr6mmigkeit
und die Innigkeit des Gefühls» (pág. 436). El
Voyage de fé­
rusalem de Guillaume de Poitou es una canción de exaltación de
héroes, una «Heldengedicht» (pág.
43 7), como lo es asimismo la
Chanson des chétifs de Raimundo de Antioquia, compuesta en tomo
al 1130 (pág. 438) y todas las canciones que exaltan la defensa de
Tiro por Bertrand de
Bom y tantas y tantas otras semejantes. Las
guerras de las cn1zadas es una guerra santa, cual ha demostrado con
exhaustivo
acopio de citas el profes~r Friedrich August Freiherr von
( 1) Edición fotográfica en Hildesheim, Georg Olms Verlagsbuchhandlung,
1961.
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LA CRJSTIANDAD MEDIEVAL
der Heydte en su Die Geburtstunde des souveranen States (2), apa­
rato de pruebas que no es preciso repetir aquí.
Es la guerra santa deducida directamente de la santidad de la fe.
La estructura de la Cristiandad tuvo, porque no
podía por menos de
tenerlo, el doble aspecto de la fe
y de la milicia. Sus cimas humanas
fueron, porque
no cabía concebirlo de otro modo, el monje y el sol­
dado, ambos definidos como dos modos diversos
de la única realidad
sociológic_a que contaba: la fe y da espada, esto es, la pelea por el
Cristo.
Esa es la raíz última de la Cristiandad, más que el juego de las
instituciones supremas del Papado y del Imperio, al fin y al cabo mani­
festaciones más o menos auténticas
del espíritu que ci:-:eó 1a genialidad
de
una edad oscura y sugestiva, empapada de espiritualidad en todas
sus maneras culturales. Es el espíritu de fe combativa que mueve
los pinceles de los primitivos italianos, que es orfebrería de piedra en
las catedrales góticas y orfebrería de conceptos en las Summae esco­
lásticas. Espírihl beligerante sin concesiones ni quiebras, contra los
musulmanes en las expediciones al Oriente, contra los herejes por la
predicación doctrinal dominicana o con la predicación franciscana
del ejercicio de las obras evangélicas, incluso en los cuadros de
la
sustihlción de la guerra < al Beato Iluminado de Mallorca.
Era Cristo hecho ·espada, eran espadas al servicio de la fe del
Cristo. Más allá de todos los pecados en que, por humanos, cayeron
los servidores de aquella empresa creadora
y soñadora de infinitos,
re.sta aquel espírihl que lo llena todo, que se asoma en la filosofía y
en el arte como polémica o como afirmación de verdades ensoñadas ;
que es hierro en los bordes de la Cristiandad desde Tiro a los pasos
del Muradal en la Sierra Morena hispánica. Es una fe que mueve
porque conmueve, que arrastra más que razona. La fe hecha milicia:
esa es la Cristiandad, y quien no quiera ver esto no entenderá nunca
lo que aquí tratamos de entender. Si las grietas que el profesor Puy
y yo mismo anotamos en otro sitio dentro del aparato ideológico e ins­
tihtcional son quiebras deducibles de la debilidad inherente a los
(2) Regensburg, Josef Habbel, 1952, págs. 224-232.
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
quehaceres de los hombres, por encima de ellas, superándolas en una
sublimación inaccesible a
los errores, aletea la ocasión de una fe ser­
vida por la espada y cuyo símbolo supremo sería la cruz, que es el
centro de las espadas en combate.
Ni entenderán tampoco quienes, al socaire de las debilidades ins­
critas en
el que no sé porqué se llama espíritu postconciliar, quieran
pensar que la Europa a que nos llevan
posee algo de común con la
Cristiandad incomparable. Entre ambas
se yergue el dilema de si con­
ceder la primacía a los valores religiosos o a los valores económicos.
La Cristiandad antepuso a todo la enhiesta afirmación de
las verdades
de Cristo
y fue, por ende, intransigente y militante, edad de cruza­
das en Oriente
y de ocho siglos para rehacer la vieja Hispania en
la Península más occidental del orbe entonces conocido. La Europa
a que ahora vamos nace de discusiones sobre tarifas comerciales, de
uniones empresariales para la industria del acero, del establecimiento
o no de un mercado de cambio de divisas, de motivos económicos en
suma. La Cristiandad nació de la pasión en el servicio de Dios;
la nue­
va Europa nace del capitalismo liberal puesto a crear riquezas y del
igualitarismo socialista dado a distribuirlas según los cánones de
esa
cosa tan estúpida ya en el adjetivo innecesario que suele decirse la
justicia social, ¡como
si cupiera una justicia que no fuese social por
su misma esencia! La Cristiandad tuvo por adalides a los soldados de
Cristo, desde los mártires a los cruzados, desde los seguidores de Pe­
layo a los misioneros en América, o a los aventureros gloriosos de
las
«descobertas» lusitanas. Europa tiene por factores a los tecnócratas
en boga, a los economistas que negocian tratados comerciales, a
los
sociólogos que manejan estadísticas, a los políticos que imponen ar­
bitrariamente sus criterios y que tantas veces yerran al imponerlos.
Incluso los tecnócratas cátólicos que olvidan o quieren olvidar las pa ·
labras del Señor en el Evangelio de
San Mateo, capítulo VI, ver­
sículo
24: < y amará a otro, o se interesará por uno y descuidará al otro; no podéis
servir a Dios y a las riquezas».
La Cristiandad
se distingue de la Europa tecnócrata, liberal y
socializante porque hay una barrera establecida por Nuestro Seño-r
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Jesucristo, si es que hemos de dar crédito a lo que relata San Lucas
en los versículos 22 a
34 del capítulo XII de su Evangelio: «Y dijo
.a sus discípulos: «Por esto digo a vosotros: No os angustiéis por la
existencia, qué comeréis, con qué cubriréis el cuerpo. Porque la vida
vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Considerad
los cuervos, que no siembran ni siegan. No tienen despensa ni gra­
nero, pero Dios los alimenta. ¿Quién de vosotros, con angustiarse,
puede añadir un codo a su existencia? Por tanto, si no podéis lo más
pequeño, ¿por qué os angustiáis de lo demás ? Considerad los lirios,
cómo crecen, no trabajan, no hilan. Pero
os digo que ni Salomón en
toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si a la hierba, que hoy está
en
el campo y mañana es artojada al horno, Dios así la viste, ¿cuánto
más a vosotros, hombres de poca fe? Vosotros no busquéis qué co­
meréis y qué beberéis. No os angustiéis. Porque todas estas cosas
buscan
las gentes del mundo y vuestro Padre sabe que las necesitáis.
Busc.id, pues, su reino, y estas cosas se os darán por añadidura. No
temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre quiere daros el reino.
Vended
· lo que tenéis y dad limosna. Haceos sacos que no envejecen,
un tesoro que no se agote en el cielo, donde no llega el ladrón ni
la polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vues­
tro corazón».
La elección queda abierta para los católicos del
siglc,,xx, elección
ineludible por muy católicos o muy postconciliares que sean.
O el es­
píritu de la Cristiandad o el espíritu de Europa. Lo que no cabe es
conciliados ambos, porque quedó bien claro escrito que no es posible
servir a dos señores.
O fe o ·economía. O Cristo o el revoltijo d(;
Montesquieu, Rousseau y Marx. O el retorno a la Cristiandad o la
fabricación técnica de Europa. No caben términos medios, ni es ad­
misible
la disculpa de que las circunstan-cias han cambiado. Porque
las palabras de Cristo son eternas :
«el cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán jamás»
(San Mateo: Evangelio, XXIV, 35).
Qué es la Cristiandad: b) la Ciudad de Dios.
Ha escrito el gran historiador austríaco Heinrich Ritter van Srbik
en su
Geist ttnd Geschichte von deutschen Humanismus bis zur Ge-
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
genwart (3) que «Im Laufe des Jahrtausends, das wir unten dem
Namen Mittelarter zusammenzufassen pflegen, ist die Lehre
des
Augustinus vom Gottestaat und W eltstaat Wandlungen des Inhaltes
und der Form unterworfen werden». Y, en efecto,
la entera proble­
mática de la Cristiandad medieval
es el reflejo de la ciudad de Dios
agustiniana.
En la inmensa bibliografía acerca de este asunto, tal vez las pá­
ginas
más agudas son las que le dedicó Christopher Dawson ( 4) . Y
ello a causa de que analiza la especulación agustiniana en modo que
la presenta como la reducción del afán de sabiduría de las
cosas terre­
nales, imperante en los escritores de la Roma de los primeros siglos
de nuestra era, a
la contemplación de Dios entendida como algo su­
perior a las ciencias de las cosas terrenales.
Igual que en cualquier época de crisis espiritual, en la crisis es­
piritual de la plenitud política del Imperio la educación clásica, ci­
mentada en retóricos, filósofos y científicos helénicos, invade todas
las clases, todos los grupos de la sociedad, todos los centros urbanos
importantes. La ciencia hace insigne a Alejandría,
la filosofía a Ate­
nas,
el derecho al actual Beirut. Pero hay escritores y pensadores por
doquier. En nuestra Hispania el
vasco Quintiliano reina en la retó­
rica, el bético Columela en la
agriculhl.ra, el cordobés Lucano en la
poesía. Hasta los bárbaros pretenden ilustrarse, según los versos 110
a 112 de la Sátira V de Juvenal:
«N une totus Graias, nostraque habet orbis Athenas,
Gallia causídicos docuit facunda Britanos,
de conducendo loquitur jam rethore Thule.»
Lo mismo que en la crisis que en nuestro siglo XX que atravesamos,
domina a
las gentes la ambición de la cultura y todos quieren ser sa­
bios en todos los saberes. Proliferan los doctos, igual que ahora entre
nosotros proliferan los títulos universitarios.
Las escuelas se multipli-
(3) München-Salzburg, F. Bruckenann-Otto Miller, 1950, pág. 31.
(4) En su libro The making of Europe, por mí traducido como Los
orígene1 de Europa.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
caron, tal cual hoy se multiplican las universidades y escuelas poli­
técnicas. La cultura
se masifica, se difunde, deja de ser patrimonio
de una minoría de cabezas bien dotadas. Y con la masificación viene la
vulgaridad, la medianía, el desmedro del ingenio que es principio de
toda decadencia cultural.
Decadencia que empieza por el orgullo de los ignorantes, cual
hoy asistimos a los alumnos pretendiendo dictar a los profesores las
materias
y modo de enseñarlas. Desde el siglo 111 desaparecen las fi­
guras egregias y
el saber se diluye en la mediocridad más irresponsable.
Cualquier abogaducho júzgase Papiniano y
el más burdo de los re­
tóricos émulo de Cicerón. En el orgullo de las vulgaridades endiosa­
das dentro de
la masa oficialmente culta pero a las veras torpemente
ignara,
el hombre clásico créese cada vez más el eje del universo, el
heredero justificado del sofás helénico, el centro de
la universal sa­
biduría. En la ciudad pagana de los hombres la cultura sofisticada de
unas masas ebrias de estupideces superficiales anticipa fa .crisis de nues­
tro siglo xx, la crisis del ignorante que llámase sabio a fuer de repetir
pedanterías mayusculares o a fuer
de concretarse a parcelas minúscu­
las en lo que José Ortega y Gasset definió ya por la barbarie de la
especialización.
Los pensadores cristianos huyeron del bullicio inútil de la cultu­
ra masificada y superficial, borracha de palabras, dominante en el pa­
ganismo de
1a ciudad terrena, para buscar otra cultura más profunda,
menos pedante, más sencilla,
la que va derecha Y urgentemente al en­
tramado vivo de las cosas. Ya
lo percibi6 el ap6stol San Pablo con
aquella agudeza que le caracterizó, al escribir en los versículos 17 a
31 de la Primera Epístola a los Corin.fos el espíritu a lo divino que
luego será realidad en la C:r:istiandad: < Pablo--------no me envió a bautizar, sino a anunciar el Evangelio y no
con sabiduría de discurso, para que no se desvirtúe 1a cruz de Cristo.
Pues
la predicación de la cruz es lorura para los, que se pierden; mas
para los que
se salvan, para nosotros, es poder de Dios. Porque está
escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios
y anularé la ciencia
de los fil6sofos».
¿ D6nde está el sabio ? ¿ D6nde el doctor? ¿ D6nde el
sofista de este mundo? ¿No ha declarado Dios necedad la sabiduría de
este mundo? Y a que el mundo, con la sabiduría, no ha reconocido
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
a Dios por la sabiduría de Dios, plugo a Dios salvar a los creyentes
por la necedad de la predicación. En verdad, mientras los judíos piden
milagros
y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un
Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gen­
tiles, mas poder
y sabiduría de Dios para los llamados, sean judíos
o
griegos, porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres y
lo flaco de Dios
más fuerte que los hombres. Porque mirad, her­
manos, a quiénes ha llamado entre vosotros: no hay muchos sabios,
según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles ; sino que
Dios escogió
.lo necio de este mundo para confudir a los sab~_os, y lo
débil de este mundo, para confundir a los fuertes; lo vil y despreciable
en
el mundo, es lo que Dios eligió; lo que no es, para reducir a la
nada a lo que
es, a fin de que nadie pueda gloriarse d~lante de Dios.
Por
El estáis en Cristo Jesús, el cual ha venido a ser, por parte de
Dios, sabiduría; justicia, santificación
y redención para nosotros; para
que, según está escrito, «el que se gloria, se glorie en el Señor».
En
esas palabras enviadas por San Pablo a los corintios está colo­
cada la primera piedra de la Cristiandad. Pues
en la polarización de las
dos sabidurías, la sabiduría pagana de rétores y filósofos por una parte
y por otra la sabiduría de Dios, reside lo que distingue a la Cristian­
dad de todos los demás sistemas institucionales conocidos: la de ser
la ciudad de Dios sobre la tierra, la de amar a las gentes en el nombre
del Señor, dando de lado a los intereses económicos, al saber inestable
de los científicos, a las ansias
de poder, a los enfrentamientos entre
hermanos, a la pluralidad de religiones, a
la dimensión del hombre
como ser abstracto nahlral con olvido de que vive en sociedad por
exigencias de
la propia naturaleza y que es desde esa sociedad con­
creta en
la que vive desde donde ha de ganar el destino eterno que
es Dios.
Pero quien tal
vez captó con más tajante corte la contraposición
de los saberes humanos, que están en el cogollo de toda paganía, tanto
la grecorromana como la europea, y los saberes cristianos, que son la
clave de la Cristiandad, fue Tertuliano, de quien ha escrito !cilio
Cechiotti en La filosofía di Tertuliano (5) que «si trovera, retorica-
(5) Urbino, Argalia, 1970, pág. 227.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
mente, ad esasperare el rapporto di opposizione fra filosofia e cres­
tianesimo». En efecto, el De testimonio animae, compuesto en los
días en que Septimo Severo se aseguraba el Imperio después de aplas­
tar rivales y enemigos, comienza con las siguientes terminantes frases,
que son un vagido ya de la Cristiandad futura: «Levántate, alma, y da
tu testimonio -exclama Tertuliano-. Pues yo te llamo en estilo
diferente al que
se aprende en las bibliotecas y está de moda en las
escuelas, al que se aspira en las academias y en los pórticos del Atica,
para que vomites tu saber. Yo me dirijo a
tí, sencillo y rudo, ignorante
e inculto, tal como son los que te poseen solamente, la misma verdad
pura
y total de los caminos, de las tiendas y de las calles.»
Es el planteamiento cultural que oculta soterrado el duelo secular
del ·antropocentrismo con el teocentrismo. Grecia y Roma pasean por
el mundo en
las plumas de sus pensador~s o en las espadas de sus
legiones el pluralismo religioso que ahora reaparece en la
nueva Euro­
pa del siglo xx, sacrificando los derechos de la Verdad de Dios a
ambiciones de conquista o a mercados comunes de economía, En
me­
dio de ambos mundos, entre la paganía que acabó con Constantino y
la Europa que preludia Juan
XXIII al enterrar la edad constantiniana,
vibró sobre
el suelo de Occidente la Cristiandad creyente y por cre­
yente triunfalista, en unos hitos que son la apoteosis del cristianismo
verdadero: CarJomagno, Santo Tomás
y los Cruzados, Trento y Fe­
lipe
II de las Españas.
El transfondo doctrinal está en el
De civitate Dei de San Agustín,
precisamente por la universalidad puesta en el empeño. El zarago­
zano Prudencio había incorporado al cristianismo la
< ciudades a través de
la identificación de ellas con sus santos protec:­
tores. Cada una de las estrofas deJ Peristephanon es la exaltación de
un santo que guarde a
la «civitas» respectiva de sus posibles enemigos.
Era
la versión local del cristianismo triunfante, la renuncia a lo uni­
versal como tema esencialísimo, porque las ciudades, guardadas
por
sus santos, se interponen entre la experiencia vital íntima del indi­
viduo
y la universalidad de la Humanidad cristianizada.
San Agustín puede ser
ya el definidor de la Cristiandad que llega
merced a
la índole de su pensar filosófico. San Agustín fue, en efecto,
el filósofo de la experiencia intelectual, única fuente de partida para
255
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FRANCISCO EL/AS DE TEJADA
entender Ia universalidad de lo cristiano, que es la Cristiandad, desde
la condición de creyente cristiano,, que
es 1a experiencia vitad de cada
yo. Sus Confesiones son la biografía más trágica y a la par más dulce,
la más honda intimidad de
un alma grande puesta jamás al descu­
bierto; baste compararla con las necedades con que Juan Jacobo
RÜusseau nos contó su abyecta vida.
Como ha demostrado el -profesor Francisco Pu.y Muñóz en su es­
tudio La me:áfo-ra del corazón en la filosofía jurídica agu.rtiniana ( 6)
la metáfora del corazón equivale a mente y a alma (pág. 52), de suer­
te que las experiencias vitales cobran alcance de racionalidad y vo­
luntad completas. Es lo que desde la psicología, apuntó Guido Man­
cini (7) al demostrar que el San Agustín psicólogo es el conductor
del San Agustín en
las demás ramas de la filosofía. Basta leer La
ci11dad de Dios, libro VIII, capítulo 10 y libro XI, capítulo XXVI,
para comprender cómo lo que de veras preocupó a San Agustín fueron
las dos cuestiones de Dios y del alma, el alcanzar el conocimiento de
Dios mediante el conocimiento aquilatado del alma, de tal
su.erte que
el saber de Dios sea el final de un proceso cuyos pasos
se dan en el
ámbito de la
psicología. Es la necesidad vital y espiritual a un tiempo,
tan evidente en cada una de las páginas de las Confesiones, lo que
produce el método experimentalista que lleva desde el alma humana
finita hasta el Creador omnipotente e infinito. El drama de su con­
versión
es ya ejemplo palpitante de una manera del pensamiento en
cuyo ritmo nada significan los saberes paganos, admitidos apenas en
la medida en que lleven al acercamiento hasta
el Señor.
Pero la experiencia misma enseñó a San
Agustín, al contemplar
al orbe fuera ya de
sus intimidades psicológicas, e;l dualismo entre
Imperio e Iglesia, la existencia de dos polos entrelazados: Roma
y
el Cristianismo. De ahí que atenúe la rigidez tajante de los esquemas
de San Pablo
y de Tertuliano para aceptar la inevitable vigencia de
dos realidades: la ciudad de Dios
y la ciudad de los hombres, la Igle-
(6) Publicado en Augustinus, VIII (1963), págs. 41-59.
(7) En las páginas 35 a 37 de su libro La psicología di S. Agostino e i
suo; elemenú neoplatonici (Napoli, Rondinella, 1938).
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
sia y el Imperio, el cristianismo y el pensar no cristiano, la fe ·y la
razón no iluminada
por la fe.
De ahí, asimismo, que al emplear el vocablo dudad le dé un
sentido místico, que en su decir equivale a significación figurada.
Por eso Etienne Gilsan pudo escribir un certero libro mostrando La
metamorfosis de la ciudad de Dios (8). Tan figurado el sentido que,
pese a denominarse ciudad de Dios, es una realidad entre los hom­
bres. En
De civita:e Dei, libro XV, capítulo I, parágrafo 1, escribe a
la letra:
«He dividido a la humanidad en dos grandes grupos: uno,
el del aquellos que viven según
el hombre, y otro, el de los que viven
según Dios. Místicamente damos a estos grupos el nombre de ciu­
dades, que es decir sociedades de hombres». La ciudad de Dios es así
la reunión
de los hombres que

viven según Dios, que anteponen
lo
divino a lo humano, que están unidos en una sola fe, que son los
nuevos «milites Christi» herederos directos de los mártires.
La Cristiandad no fue
más que la realización en la historia de la
civitas
Dei; por eso también el período fundador de la Cristiandad
está sellado por escritores como Hincmar de
Reims, Smaragdo de
Verdún, Agobardo de Lyon,
Jonás de Orleans, Sedulius Scotus, todos
tan netamente agustinianos que H.-X.
Arquilliere les ha consagrado
un libro titulado
L'augustinisme po!itique (9). Todo cuanto fue en las
instituciones la Cristiandad mayor de Carlomagno hasta Carlos
V,
cuanto la Cristiandad hispánica que la prolonga en la figura impar
de Felipe II, es la realización ilusionada del reinado de Cristo sobre
la tierra.
2.
Consideraciones finales.
Hoy
se ha abandonado este concepto, incluso de una manera oficial
por la Iglesia, aparte de que
~desde el tiempo de Juan XXIII y
del segundo Concilio Vaticano-en amplios sectores adesiásticos han
sido admitidas las teorías anticristianas y antiagustinianas del plura­
lismo religioso y político, de los derechos naturales del hombre, de la
(8) Traducción castellana, Buenos Aires, Troquel, 1954.
2)7
'7
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
libertad como noción abstracta. Pero esto no tiene nada que ver con
nuestro tema. Aquí de lo que
se trata es de definir a la Cristiandad
como fe de cruzada misionera
y de delinear el modo en que supuso
la encarnación institucional de
la ciudad de Dios agustiniana, desde
que nace con Carlomagno hasta que muere con Felipe II, desde la
coronación en la navidad del 800 al Concilio tridentino. Bue la Cris­
tiandad haya sido ahora definitivamente vencida quiere decir que la
«ciudad de los hombres>> ha triunfado sobre la «ciudad de Dios», ha­
blando en lenguaje de San Agustín.
Lo cual no importa -en demasía. Porque está escrito precisamente
para estas horas de crisis de la ciudad de Dios que es la Cristiandad
que «surgirán muchos falsos profetas
y engañarán a muchos; y por
la iniquidad creciente se resfriará la caridad de muchos; mas el que
permanezca firme hasta el fin, ese tal
se salvará». Palabra de Dios
en el Evangelio de San Mateo, capítulo XXIV, versículos 11 a 13.
Tal es la fuente de la esperanza de quienes en la Cristiandad
creemos, siguiendo a Nuestro Señor Jesucristo; que ni fue pacifista
con otra paz que la suya propia, esto
es, una paz cristiana; ni fue
contemporizador con las «razas de víboras» de los fariseos, ni detuvo
su látigo contra los mercaderes que comerciaban en el Templo; ni ad­
mitió diálogos
de arreglos ni transigencias, cuando en el mismo Evan­
gelio de San Mateo, capítulo XII, versículo 30, nos enseñó que «quien
no está conmigo está contra mí,
y 9uien no junta conmigo despa­
rrama».
Por ese Cristo de la Cristiandad mayor carlomágnica y de la Cris­
tiandad menor hispánica lucharon nuestros padres. Por ese Cristo
lu­
charemos nosotros también, ahora que la Cristiandad no existe, fiados
en las palabras de Cristo que
no pasarán aunque pasen los cielos y
la Tierra.
Que por algo nos mueve el amor a «la ciudad católica», última
trinchera de la «ciudad de Dios» agustiniana, cuya realización histó­
rica fue la «Cristiandad» de nuestros padres.
(9) Segunda edición, París, Vrin, 1955.
258
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
JI, LA CRISIS DE LAS INSTITUCIONES DE LA CRISTIANDAD MEDIEVAL.
l. Cristiandad como unidad.
La crisis de las instituciones de la Cristiandad en la Baja Edad
Media
es la consecuencia de la crisis de sus elementos componentes,
primero del Imperio
y luego de la Iglesia. Es una crisis de unidad, la
crisis de la unidad de los pueblos cristianos que había cuajado en la
eficacia de una idea en la que se mezclaban las herencias de una Roma
pagana teñida de aureolas humanas de universalidades y el sentir
teológico de las palabras de Cristo
al fundar una Iglesia instituciona­
lizada en torno a
la figura terrenal de su Vicario, según consta en los
versículos 18
y 19 del Evangelio según San Mateo.
Crisis de únidad en dos pirámides paralelas de instituciones mode­
ladas de acuerdo con
la tensión unitaria de la Iglesia. La Cristiandad
se derrumba cuando la Iglesia entra en crisis al olvidar los mandatos
de su Divino Fundador.
Es que Cristo había fundado una sola Igle­
sia, por la que el deber de sus Vicarios debió
co.Úsistir en mantener
la unidad instituida
por el Señor.
Y entiéndase ello en dos alcances. El primero centrado en la uni­
dad del dogma, según que la autorizada exégesis del Verbo divino
estaba en las interpretaciones formuladas desde lo alto de la cátedra
de San Pedro. El segundo, aprovechando la disciplina jurídica
Ja.
brada por los jurisconsultos de Roma, mediante la edificación de un
cuerpo de instituciones jerarquizadas que van a significar cada
vez
más la Iglesia sobre la primitiva acepción de simple asamblea de cre­
yentes. Y a la que habían de corresponder paralelo sistema de orga­
nizaciones políticas, orientadas hacia la concepción del Imperio,
he~
redada de la tradición política romana.
En mantener, e imponer cuando era preciso, la unidad del dogma,
no fueron ciertamente remisos los primeros apóstoles congregados
al­
rededor de San Pedro. La perennidad de las palabras del Dios-hombre
eran imperecederas, inmutables. Jesús mismo había dicho de sus en­
señanzas que «el cielo
y la tierra pasarán ; pero mis. palabras no pa­
sarán jamás» (San Mateo,
XXIV, 35). Y él mismo había previsto
259
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
las asechanzas engañosas, la aparición de herejes, los falsos. profetas
empeñados en destruir
Ja fÚerza imperecedera de sus enseñinzas.
«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos
de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos les CO·
noceréis» (San Mateo, XII, 15-16). «Mirad que nadie os engañe.
Porque muchos vendrán bajo mi nombre,
y os dirán: (lYo soy el
Mesías",
y engañarán a muchos» (San Mateo, XXIV, 5). «Surgirán
muchos falsos profetas,
y engañarán a muchos» (San Mateo, XXIV,
11). «Si entonces alguien os dice: ºMira, aquí está el Mesías", o
,:,allí", no lo creáis, porque surgiran falsos mesías y falsos profetas,
y harán grandes prodigios y maravillas, hasta el punto de engañar,
si fuera posible, aun a los mismos elegidos. Así es que ya os he
predicho» (San Mateo, XXIV, 23-25). «Pues
se levantarán falsos
cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios para erigañar,
si
fuera posible, a los elegidos. Pero vosotros mirad; os lo he predicho
todo» (San Marcos, XIII,
22-23). «El les dijo: Cuidad no os en­
gañen; vendrán muchos en mi nombre
y dirán: nsoy yo" y "Ha lle­
gado el tiempo".
No les sigáis» (San Lucas, XXV, 8).
Era la previsión contra los falsos profetas para asegurar la unidad
doctrinal de la Iglesia mediante la exclusividad exegética de una
ca­
dena de representantes Suyos en la Tierra. De ello cobraron cuenta
inmediatamente
sus seguidores primeros, quienes ya refieren a los dis­
cípulos de
las generaciones siguientes la desconfianza contra otras
diferentes interpretaciones. Así San Pablo en
la Epístola a los Gá­
latas, I, 6-8: «Me admiro de que tan pronto os paséis del que os
llamó a la gracia de Dios a otro evangelio. No es que haya otro, sino
que hay algunos que
os perturban y quieren pervertir el evangelio
de Cristo. Pero si nosotros o
un ángel del cielo os predica un evan­
gelio distinto del que os hemos predicado,
sea anatema».
Era la recapitulación
de todas las cosas en Cristo, en el plano teo­
lógico. Mas a medida que 1a Iglesia fuera expandiéndose, al lado de
la exigencia de la unidad dogmática, salva gracias a la eliminación
de los herejes, entró la perentoria necesidad de una organización. Y
en este campo, para la Iglesia como para
el Imperio, para la vida re­
ligiosa
terrena~ como para las correspondientes ordenadones políti-
260
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
cas, el modelo de la perfecta estructura jurídica de Roma constituyó
factor inspirador de
la nueva estructura que la Cristiand~d precisaba.
Ambos elementos propendían a 1a unidad, el dogmático en la fe,
el jurídico en la organización. Espíritu del viento que sopla por los
cielos
y armazón sólido de las cosas terrenales. La Iglesia, que mira
de salvar a las almas fuera del mundo terrenal, asentaba sólidamente
los pies en la Tierra y en la historia. Su meta era la Wlidad dentro de
sí misma, informando la unidad del entero cuerpo del conjunto de
los pueblos cristianos. Tal fue la Cristiandad, realización de la unidad
del dogma, entramado de unidad de los pueblos. Unidad y Cristian­
dad coinciden, y ni antes ni hoy ni nunca podrá
pé-nsarse en la uni­
dad de los pueblos cristianos si
no se levanta enhiesta la uni­
dad católica de cada uno de ellos y la unidad de todos ellos alrede­
dor del pilar central que
es Jesucristo.
Cualquiera de las unidades menores de cada pueblo cristiano
que romperse pueda hacen iinposible la Cristiandad; porque Cristian­
dad y pluralismo religioso son cosas incompatibles, como ahora y
con negación evidente
de las palabras del Salvador, palabras eternas
y seguras, pretenden demócratas-cristianos de todos los matices, mari­
tanianos de tercera fila, incluso obispos o sacerdotes
ya profetizados
por
Jesucristo como los falsos profetas del futuro que es hoy. A mí
se me abren las carnes cuando leo o escucho en documentos autori­
zados en la Iglesia hablar de la capacidad «profética» del clero, de las
comunidades
«proféticas>> de base y demás zarandajas por el estilo.
Me da pena, dolor inmenso, por quienes hablan
así en primer lugar y
luego por el pueblo fiel. Tanto más cuanto que tales falsos profetas
de
la «denuncia profética de las estructuras vigentes en la Iglesia»
destruyen
la unidad católica de un pueblo como el ~uestro, cuya sus­
tancia y título de gloria es cabalmente la unidad católica que Cristo
predicara. Y eso sean sacerdotes o legos, republicanos o monárqui­
cos, demócratas o carlistas de baratillo. Porque está escrito: «¡Ay del
mundo por causa de los escándalos!
No puede menos de haber escán­
dalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien venga el escándalo!» (San
Mateo, XVIII,
7). Y hombres somos todos en la tierra, desde el prín­
cipe al vasallo, desde el ministro al bedel, desde el Pontífice sentado
en su cátedra
de Roma ------cuando no habla «ex cathedra»-hasta el
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FRANCISCO EL/AS DE TEJADA
último catecúmeno perdido en las selvas de la más humilde misión
centroafricana.
2. Planteamiento del tema.
El Imperio fue a lo largo de los siglos medios la organiza­
ción secular paralela a la organización eclesiástica en la apetencia de
unidad cabal que es esencia de la Cristiandad. Donde el empeño de
unidad religiosa no podía llegar, sea por tratarse de materias dogmá­
ticas, sea por referirse
al aparato de la organización eclesiástica, venía
el Imperio a llenar en el orbe del laicado el vacío que dejara la Igle·
sia en el cumplimiento de los. afanes unitarios. De suerte que Iglesia
e Imperio componían conjuntamente a la Cristiand~, la que única­
mente
era posible merced a la unión de ambos elementos. Faltando
uno de ellos, la unidad resultaba imposible. Y es por eso por lo cual,
al romperse por manos de Lutero la unidad religiosa del Occidente,
la Cristiandad replegóse a las Españas, las Españas que fueron, desde
Carlos I hasta Carlos II, el bastión postrero de la Cristiandad, aquella
menor Cristiandad hispánica gloria de nuestros abuelos en Trente y
en Lepanto,
en Mühlberg y en Otumba, la menor Cristiandad hispá­
nica que es la razón de ser de los hispanos en la unive:rsa'.l historia.
Cristiandad a un tiempo española
y universa en la que nuestros ma­
yores sacrificaron todo, todo, a la hazaña de reconstruir con nuestros
misioneros
y con nuestros tercios la unidad. católica, literalmente- la
unidad universal, que el protestantismo había destruido en los cas­
tillos ingleses, en las ciudades francesas o en las selvas alemanas.
En
mi tarea de hoy trazaré lo más breve posible el esquema de la
estructura y crisis del Imperio, de la crisis de la Iglesia y del hun­
dimiento de ,la Cristiandad en Occidente, antes de que la sucediera
frente a la modernidad europeizante la gloriosa Cristiandad hispánica.
3. Los factores del Imperio.
Señalaré ·primero los factores del Imperio : el impulso robusto
de los descendientes de San Amulfo, la genialidad de Carlomagno,
262
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
el resol de los derechos de la antigua Roma y el ímpetu de unidad que
ataba a los cristianos del Alto Medievo.
Arnulfo era un franco ripuario del territorio de Austria, carente
de antecedentes familiares conocidos, que entró desde muy joven al
servicio de la corte del rey Teudeberto II, señor de Austrasia entre
los años
596 y 612. Ascendiendo lentamente pero con firmes pasos
en la carrera de las cosas públicas, el mayordomo de palacio Gandolfo
Je va otorgando puestos cada vez más importantes. Ornado de sólido
prestigio, a los treinta años es designado obispo, cuando ni siquiera
era sacerdote, en la navidad del año 611; hasta que, harto del bulli­
cio palaciego, retiróse los quince postreros años de su existencia a cier­
to lugar agreste situado entre las montañas de los Vosgos, cara al
Rhin, a medio camino entre las actuales Mulhouse y Estrasburgo.
Sonaban
las últimas campanadas para la «Sippe» merovingia. El
hijo de Amulfo, Ansegisel, ocupa el cargo de mayordomo palatino.
Varón capacitado, recto y serio cual su padre, aureolado del prestigio
paterno que servía para ensalzar a la familia entera, deja a su hijo
Pipino la tarea de acabar con
la dinástía merovingia.
Entre los años 687
y 714 Pepino, señor de Heristall, va adue­
ñándose de los resortes del mando
en una tarea tenaz que consumará
su nieto homónimo, Pepino
el Breve, al asentar definitivamente en el
trono a la familia de los Arnúlfidos. En el año 752, once más tarde
de que Pepino el Breve asumiera las riendas del poder, un consejo
de jefes francos depone
al último merovingio, bajo el amparo de la
Iglesia de la Galia romanizada. Childerico III, oscuro descendiente del
grande Clodoveo, es encerrado en un convento de Soissons, mientras
Pepino asciende a monarca de los francos. El papa Esteban
III vendrá
a coronarlo en la abadía de San Dionís, en busca del apoyo franco
para asegurar
la hegemonía del poder pontifical en la península ita­
liana.
La alianza entre la Santa Sede y los sucesores de Arnulfo fue
preparando
el Imperio de Occide~te. Roma apoyó con todas sus fuer­
zas la ascensión de la nueva casa real, de quien esperaba escudo contra
lombardos
y bizantinos. Al amparo de Roma Pepino reduce la Aqui­
tania, asegura
sus señoríos, instaura una organización jerarquizada,
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FRANCISCO EUAS DE TEfADA
consolida el poder de la realeza y prepara el Imperio que ha de llegar
con su hijo Carlomagno.
4. Los cimientos del Imperio.
En el campo de las instituciones, u.meo que interesa ahora, el
fortalecimiento del poder real en
la monarquía franca era una co­
rrección o, si se quiere, un desplazamiento de poderes, que deja­
ba intacto el problema cardinal: las relaciones del rey con la nobleza
y con el pueblo. Problema que venía de la antigna concepción ger­
mánica del Estado y del Derecho.
Porque el reino franco no
era reino que ei:icarnase una nación,
antes abarcador de múltiples estirpes. En la undécima edición de la
Deutsche Rechtsgeschichte de Heinrich Mitteis, reelaborada por Heinz
Lieberich, escríbese a
la letra que «das fraiinkische Reich war kein
Nationalstaat mehr, es war ein Nationalitatenstaat geworden» (1).
La novedad que, implícita en las conquistas merovingias, aparece ahora
como realidad indiscutible,
es que el pueblo sujeto a los monarcas
francos no
es ya unidad cerrada y coherente, no pende de la comunidad
de
estirpe cual sucedía en las situaciones sociales de la Germania ~an­
tigua. El derecho germano clásíco era un derecho tribal, mantenido
por una ordenación de príncipes, incluso cuando surgieron las nue­
vas monarquías en los visigodos o e'n los ostrogodos ; el rey era el
símbolo de la unidad popular,
el mediador de los dioses, y por ende
portador de la voluntad de los dioses.
< que procede de «kunne» en el germano antiguo, «k6nnen» en el ale­
mán de hoy, «poder» en lengua castellana.
Con la conversión al cristianismo, los reyes pierden su fuerza mís­
tica, su raíz religiosa ; se secularizan hasta quedar por simples caudillos
de una comunidad que habla la misma lengua, observa idénticos pre­
ceptos
y enciérrase en sí misma sin tolerar igualdad con quienes no
pertenezcan a ella.
Y, al perder aquel carácter sagrado, la monarquía
se transforma en estricto caudillaje, en jefatura militar a secas, en
(1) h.fünchen, G. H. Beck, 1969, pág. 44.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
poder de mando concreto ceñido a fa defensa de los intereses de la
comunidad tribal.
En esta situación las conquistas no unifican a
las comunidades
tribales; simplemente las únen bajo
la hegemonía de una de ellas.
Asoma así
el concepto del «imperium», no en sentido institucional,
pero sí como facultad de mando. Entre los germanos dícese
«Bann»,
noción que nace con carácter personal, pero que va a institucionali­
zarse luego en dos vertientes: la relación feudal de una parte, la
subordinación a un señor o monarca incluso ajeno a la comunidad
tribal en que ha nacido.
El «imperium» como facultad
de mando quiebra las viejas insti­
tuciones comunales del derecho germánico primero. Y toda
la his­
toria franca precarolingia, vista desde el ángulo de las
instiruciones,
consiste en ir destruyendo el sistema político germánico para prepa­
rar
la. institucionalización del Imperio, el que tal noción del mando
imperial funde un sistema de instituciones cada vez
más desprendidas
de lo que fue el derecho germánico primitivo. Los que K. V. Hagberg
en su
Om va.ftegotdrne i forna tider llama «kulturfolk» y < samhiillsforhlliaden» (2), desaparecen delante de la acci6n política
de los sucesores de Amulfo, en una tarea que culminará cuando Car­
lomagno
reduzca a los sajones, postrer reducto del alma de la Germa­
nia vieja.
En efecto, con el correr de
la monarquía franca, el Rey consigue
establecer para la totalidad de sus súbditos, con independencia de su
casta o de su origen, tres clases de· «imperium» o
«Bann» :
a) El «Friedesbann» o mandato de paz, en virtud del cual toma
bajo su protección especial a
determillada persona o ciertos grupos
de personas : viudas, huérfanos, sacerdotes, peregrinos o comerciantes,
por ejemplo. E incluso a señalados lugares, como iglesias,

caminos,
cotos de caza o de pesca. Bien entendido que no se trata de
un de­
recho sagrado ;
aquí, en un mundo que perdió los misterios de la re­
ligión antigua,
es el «imperio» del mona-rea lo que asegura la garan­
tía; trátase de garantías políticas del monarca, sin necesidad
de apo-_
yaturas religiosas.
(2) Falküping, Bondefürbundets Tidnings Tryck.eri, 1922, pág. 79.
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
b) El «Veroi:dnungsbann» o imperio de dictar normas, con in­
dependencia del origen o
círrulo cultural en que sus súbditos se in­
serten. Es el sendero transcurrido en la España visigótica hacia el
475 con el Código de Eurico y consumado por Recesvinto en el año
654. Pero sin consecuencias imperiales por dos motivos: primero, por­
que en la península hispánica se trata de armonizar los hispanorro­
manos
con los visigodos exclusivamente, mientras que en el reino
franco habíanse de armonizar, además, comunidades germánicas asaz
dispares entre sí; segundo, porque la invasión musulmana cortó en
flor
la evolución del mundo visigótico, levantando durante ocho si­
glos la cuestión de la Reconquista en una hazaña que eliminaba las
preocupaciones institucionales que seguían en pie dentro de la mo­
narquía franca.
e) El «Verwaltungsbann» o poder de mando en la administra­
ción, vía por donde penetran los influjos del Imperio romano fene­
cido. La nueva realidad planteaba problemas de organización desco­
nocidos en el mundo prefranco en tierras de Germania.
Las institu­
ciones·
del Consejo real, los mayordomos del < «aula regia» para administrar justicia, son exigencias deducidas de
que la monarquía franca no es ya un principado sobre un solo pueblo,
sino una realeza imperante sin consideración a las comunidades pre­
existentes.
Que tratábase de período de contrastes, que la antigua concepción
germana no desapareció de un solo golpe, indícanlo numerosas tra­
zas, y en primer término la pugna del principio hereditario con el
principio electivo en la sucesión de
la Corona. En efecto, considé­
rase al monarca como
la cabéza de una «Sippe»; de tal suerte que
la designación del
rey tiene lugar dentro de una familia determinada,
pero sin que en el seno de ella quede borrada
la posibilidad de una
elección que altere el orden dinástico según sexos
y primogenituras.
El hecho de que cada monarca, hasta
el mismo Pepino el Breve, re­
serven un reino para los hijos varones menores es una prueba de que
la realeza no encarna en un hombre cohcreto, sino entre los
miem·
bros de una familia, todos llamados en mayor o menor grado al ejer­
cicio del poder político.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
5. El Imperio de Carlomagno.
Así se fueron colocando los cimientos del Imperio como ins­
titución. central de la
Cristian.dad en la Edad Media. Las medidas in­
nov3Jdoras en el interior, las alianzas con la Iglesia romana alimen­
tadas
por mutuas conveniencias que van a traer la bendición sobre
unos
reyes que se prestan a defender al Papado contra lombardos y
bizantinos, los primeros atisbos del feudalismo, son rasgos que in­
dican el alborear de
un mundo nuevo. Falta sólo la oportuna apari­
ción del genio político capaz de sacar las consecuencias de premisas
tan trabajosamente conseguidas, y nacerá la institución del Imperio
que hará posible la Cristiandad en Occidente. Tal hombre genial fue
Carlomagno, por lo dermis continuador de la obra de sus antecesores,
obra a
la que dará debido remate y cumplimiento, ahora que las cir­
cunstancias son propicias.
La visión política de Carlomagno es bien simple: construir W1
Imperio que acunase a todos los cristianos de Occidente, protector y
no súbdito del Papado
roman.o.
La muerte de su hermano Carlomán en el año 771 reunió en sus
manos. el dominio sobre el Occidente, con la excepción de las islas in­
glesas
y de los minúsculos señoríos de la península hispánica. Mas se
trataba de dominios compuestos por pueblos de arraigada persona­
lidad política, sujetos a su mando aun cuando conservaban sus seño­
res propios como el ducado de Baviera e incluso las viejas estructuras
del derecho germánico antigno, tribal
y pagan.o, entre las gentes de
Sajonia. Para realizar
su empresa política tenía que operar en dos
frentes: terminando con los viejos señoríos anclados en las peculiari­
dades de las viejas fórmulas comunales germánicas
y protegiendo a
Roma para recibir del Pontificado el apoyo con que culminar la obra
política dentro de sus territorios.
Por
eso fue atención constante suya liquidar las instituciones sa­
jonas. El problema era clave para la consolidación del poderío impe­
rial, que fue
su meta constante. Las variadas guerras sajonas tuvieron
por objeto acabar con los últimos vestigios del estilo político de la
Germania antigua, el mismo sistema pagano de castas aplastado por
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FRANCISCO EUAS DE TEJADA
Carlomagno, pero que todavía en pleno siglo XX sigue vivo en otros
países' del tronco indogermánico, como la India, resistiendo a Asoka
con una fortuna que los germanos occidentales no tuvieron.
En su monografía sobre Car!omagno y los Estados unidos de
Europa G. P. Baker ha subrayado con claridad la importancia de la
cuestión sajona para la efectiva edificación del Imperio. «Sajonia
-dice Baker-era el país genuino del sistema tribal. La organiza­
ción político-monárquica de Roma se había extendido hacia el norte,
empezando por los godos y modificando luego las instituciones bor­
goñonas, vándalas,
su.evas, normandas, danesas, anglas, sajonas del
Schlewig-Holstein, francas y frisias. Sólo los sajones del sur del Elba
habían resistido, no aceptando las nuevas ideas, ni admitiendo la mo­
narquía. Habían continuado siendo gentiles y republicanos y se afe­
rraban obstinadamente a
sus usos y costumbres. Ninguna unidad po­
lítica o autoridad uniforme era apreciada, admirada o deseada por
los sajones»
(3).
La organización sajona, pareja a la actual india en la jerarquiza­
ción de las castas, componíase de tres estratos sociales a los cuales
cada hombre pertenecía por el nacimiento, separados tan rigurosa­
mente que todavía en
días de Carlomagno aún era castigada con pena
de muerte la unión de un no libre con alguna libre

o de
algún libre con
persona de la casta popular inferior.
No se trataba, pues, de estamen­
tos por razón de profesiones, sí de castas cerradas por motivo de na
-
cimiento, perpetuadas a través de uniones endogámicas harto restrin­
gidas. La asamblea tribal, congregada en
MarkIO, decidía en todas las
cuestiones importantes.
En las guerras contra los sajones se ve por primera vez el modo
en que Carlomagno concebía a la Cristiandad: como
reunión del
dogma verdadero con instituciones sólidas de tipo imperial, ahora
como
el procedimiento para acabar con la organización de clases fun­
dadas en el paganismo. En su primera expedición contra los sajones, al
llegar a la actual Paderborn, mandó cortar en
el 772 el «irmunsul», el
árbol sagrado objeto de seculares veneraciones. y cifra de las raíces
(3) Traducción castellana de J. C. de Ltiaces. Barcelona, Joquín Gil,
1944, págs. 87-88.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
paganas de la Sajonia irreductible. Desarraigar al paganismo era hacer
entrar a aquellas gentes en la comunidad cristiana de pueblos por
Carlomagno identificada con el Imperio. Por ello, en la posterior
cam­
paña del año 777 contra los sajones, al congregar en Paderborn a los
vencidos, impúso1es
la doble obligación de recibir el bautismo y de
que le prestaran juramento de fidelidad. Porque el Imperio no sería
tal
si de un lado, sea como fuere, no trajese a los hombres a la re­
ligión cristiana y si del otro lado no requiriera fidelidad a quien la
sustentaba, a Carlomagno mismo. Es que, en el transfondo de todas
sus concepciones y actos políticos, Carlomagno se inspiró siempre
en el libro que a diario hacía le leyeran: la
Ciudad de Dios de San
Agustín, de donde el bárbaro franco supo extraer su concepción de
la Cristiandad en el dualismo de la Iglesia
y el Imperio.
Con la victoria sobre
los sajones, por más que restasen muchas
huellas en el futuro como ha puesto de relieve Heinrich Mitteis en su
clásico libro
Der Staat des hohen Mittelalters (4), terminó el siste­
ma viejo de las comunidades tribales. Con
la derrota y envío al claus­
tro del duque de los bávaros Tassilo
111 en 788, concluía el último se­
ñorío fundado en la estirpe, postrer ejemplo de un duque señor de
los miembros de su tribu.
Carlomagno
concibie al Imperio obra de su espada, bendecida por
eL Papado, nunca cual concesión generosa de los papas. Cuando llega
a Roma en el año 800, el día 24 de noviembre entra en
la ciudad en
calidad de juez llamado a resolver la injusticia o
la justicia de las
acusaciones lanzadas contra
el papa León III. La reunión en la basí­
lica de San Pedro el 1 de diciembre del 800 constituyó un auténtico
juicio, de tal suerte que León
111 no subió al púlpito a predicar hasta
que Carlomagno le declaró inocente de
las acusaciones contra él lan­
zadas. El juramento del papa el 3 de diciembre era
la subordinación
del pontífice delante del
rey de los francos. El día de Navidad, cuan­
do León
III ciñe la corona-sobre las sienes del emperador romano, ha
cumplido acto de estricto simbolismo. Carlomagno se consideraba juez
del Papa
y sobre el Papa mismo, emperador. Por eso el domingo 11
de septiembre del año 813 no tuvo necesidad ninguna del Papa para
( 4) Cuarta edición. Weimar, Hermann BOhlaus, 1953, págs. 81-82.
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FRANCISCO EL/AS DE TEJADA
coronar por sus manos como heredero del imperio a su hijo Ludo­
vico Pío.
Que el
rey de los francos suba a «Imperator augushls romanum
gubernans imperium» señala
las características que haya de tener el
Imperio en cuanto instimción política: la de ser un conjunto de pue­
blos cristianos, fieles a
un emperador que los gobierna teocráticamen­
te, dictando leyes en materias religiosas igual que en asuntos secula­
res. Para Carlomagno, el Papa de Roma no era otra cosa que la
ca­
beza de los obispos del Imperio.
«Conception plus sacer que politique» dirá H. X. Arquilliere
en su libro L'augustinisme politique (5). El Imperio tiene por sus­
trato una serie de pueblos y solamente en la cumbre se ayuntan en el
emperador, quien dispondrá de facultades para convocar concilios o
para nombrar obispos, ni más
ni menos que designa condes que le
representen o duques que gobiernen a las comunidades
germánic;s,
aunque semejantes duques sean extrafíos a las mismas. Carlomagno
cree encarnar a la Cristiandad, imponiendo
su voluntad al pontífice
de Roma e imponiendo su voluntad a las tribus germánicas. La rues­
tión está en
si los sometidos de hoy perseverarán mañana en sus su­
misiones. La Iglesia cuenta por siglos y, en efecto, pocos años des­
pués de la muerte de Carlomagno el propio Papa coronaba en Reims
a su hijo y sucesor Ludovico Pío. La Iglesia, bajando la cerviz cuaodo
era débil, sabría contar
con el tiempo y presenciará la calda de la casa
carlovingia dispuesta a coronar
y a bendecir a-los triunfadores nue­
vos : a los Otones.
De suerte que en la obra de los descendientes de Amulfo, con­
sumada por Carlomagno
al crear en 800 al Imperio como institución,
latían
ya los factores que lo van a destruir en los tiempos del Bajo
Medievo. El primero de ellos, su ansia de imponerse
al pontificado
romano,
más tenaz, más dúctil y con una capacidad de espera impo­
sible para
los reyes seculares. En segundo lugar, porque en su seno
latían las contraposiciones entre los
gn1.pos domefiados ; más que un
señorío, el Imperio forjado por Carlomagno era la hegemonía de una
casa o de una estirpe sobre otras estirpes que se consideraban sus
(5) París, J. Vrin, 1934, pág. 114.
270
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
iguales, por más que ahora cedieran delante de su poderío de pre­
sente.
Desde Carlomagno hasta su acabamiento son mil años los que pre­
sencian esta pugna, sea en las relaciones con la Iglesia, sea en la es­
tructura de un cuerpo político variopinto, con fuerzas políticas siem­
pre agazapadas, constantemente
al acecho de la oportunidad que las
permita levantar cabezas de rebeldía. La crisis del Bajo Medievo tiene
aquí sus orígenes. Lo único nuevo será cómo, al romperse la unidad
católica en
el Occidente, desaparezca la Cristiandad con el debilita­
miento del Imperio y con el desgarre interno del Papado, para dar lu­
gar a
la nueva realidad de la Europa del 1500. Empero el remoto ori­
gen
de las quebraduras del Bajo Medievo está ya en las estructuras
políticas
y en las temáticas religiosas de que Carlomagno se valió para
crear la Cristiandad en tierras de Occidente.
Es que, si la Cristiandad es unidad, la unidad no había sido con­
seguida.
6. La germinación del Imperio.
Tras la crisis que desmenuzó el Imperio carlomágnico, rota la
universalidad por la independencia de los Capetos franceses, el Im­
perio cobra un cariz radicalmente germánico.
Es la universalidad re­
cortada desde
la hegemonía a la mera precedencia. De ser reyes de
reyes, los emperaclores pasan a ser los más altos· señores de Alemania.
De Enrique el Pajarero, que impera entre los años 919 y 936, pudo
escribir Heinrich von Sybel en su
über die neueren Darstellungen der
deutschen !(.aherzeit, que «er wollte, ist tnit Recht gesagt worden,
auch ausserlich kein romanischer Kaiser, er wollte der deutsche
K0nig
des deutschen Volkes sein» (6). Opónese a ser coronado por el Papa,
pretende dotar al Imperio de aquel «nationale Grundlage» que, según
el mismo Sybel, le faltó en los días
de Carlomagno. Es que Enrique I
( 6) En la colección de los trabajos de sus polémicas con Julius Ficker,
publicados por Friedrich Schneider. Innsbruck,
Universitiits-Verlag Wagner,
1941, pág. 12.
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FRANCISCO EUAS DE TEJADA
fue el primer monarca en sacar las consecuencias aleccionadoras dedu­
cidas de las crisis anteriores: la de que, mientras en Francia había
una sociedad unificada por el puño de los Capeto, el Imperio consis­
tía en
una serie de ducados apoyados en multiplicidad de estirpes, du­
cados y estirpes apellas si amalgamados entre si. Su tránsito de la
noción de
un Imperio universal cristiano en Occidente a un Imperio
alemán a secas, fue ya la primera quiebra de la Cristiandad, ·quiebra
dimanada
de la hermosa y díscola Francia.
La política seguida por sus sucesores, los tres Ottos, en los cua­
renta años que corren del 962 a1 1002, insiste en la concepción del
Imperio germánico.
«Das von den sachsischen Herzogen neugegrün­
dete Reich war seinem Wesen nach. keine einfache Fortsetzung des
karolinischeo Reiches und des friinkischen Leheostaates, sondem ein
Gebilde eigeneo Wuchses, das aus
den alteo Wurzeln germanischer
Staatlichkeit neu geschaffen wurde», informa Joseph Otto Plassmann
en su Prínceps und Populus. Die Gefolgschaft im ottonischen Staats­
aufbau nach den sachfischen Geschitssreibern des 10. /ahrbun­
derts
(7).
Pero la Iglesia fue reforzando sus posturas. Si los Otones insisten
en la vieja fórmula, al par romana y germánica, de que los empe­
radores son hechos por el ejército, que «den Kaiser macht das Heer»,
con
lo cual indepeodizaban al Imperio de la tutela por Roma pre­
tendida,
la reforma dictada por el Papa Nicolás II en 1059 sobre la
manera
de elegir pontífices era el repudio de la concepción carlomág­
nica según
la cual el. Papa no pasaba de ser el mayor de los obispos
del Imperio.
La
pugna estalló en ocasión del conflicto de las investiduras. Gre­
gario VII sustentará la supremacía pontificia con el argt.UD:ento de que
los reyes son sagrados al ser consagrados y de que la sola fuente sa­
cralizadora reside en el Vicario terrenal de Cristo. El concordato de
Worms en 1122, reinante ya Enrique V, aplica la doctrina de las dos
espadas, otorgando al
Papa la investidura espiritual de la cura de
almas,
al emperador la investidura de las regalías, bienes eclesiásticos
y potestades de gobierno. Era la edad dorada del feudalismo, porque
(7) GOttinger, GDttinger Verlagsanstalt, 1954, pág. 136.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
en los planteamientos feudales radicaba la única posibilidad de reorde­
nar la estructura interna del Imperio, una vez que los Papas habían
derrocado la concepción teocrática alrededor del emperador que Car­
lomagno había elaborado.
El problema estaba en que en el feudo
se unían dos principios
e instituciones, uno de procedencia romana o prerromana, otro de
pura raigambre germánica. El principio prerromano era el de
la en­
trega o encomendación por decirlo en lenguaje galorromano, de la
«devotio» según las fuentes hispánicas; merced a él un hombre se co­
locaba bajo el patrocinio de otro hombre, poniéndose a su servicio.
El principio germánico estaba en la noción de la «Gefolgschaft» y en
su virtud un hombre seguía a otro hombre a quien reconocía por
caudillo o «Führer», sea por motivos de adhesión personal, sea en la
mayor parte de las veces por lealtad nacida en el seno de la comu­
nidad tribal.
La solución dada por el concordato de Worms en 1122
jugaba con ambos conceptos, por lo cual podía repartir la doble fide­
lidad separando lo político como séquito o «Gefolgschaf» del obispo
respecto al emperador, de
lo l'eligioso o entrega sumisa al Papa.
Empero la germanización del Imperio, unido al auge siempre
cre­
ciente de las pretensiones papales, dio a la Cristiandad de los siglos
IX al XI carácter totalmente dispar del que tuviera en los tiempos car­
logmáticos. Lejos de estar sobre
el pontífice, qtiedábale el emperador
subordinado.
No es que ya el emperador intervenga en el gobierno
de la Iglesia;
es el Papado quien se entrnmete en el gobierno del Im­
perio.
De ser el único, al menos legal y teóricamente, entre los prín­
cipes cristianos, el emperador queda recortado al derecho de simple
precedencia.
Ha caído por tierra todo cuanto había de universalidad y
de que el Imperio fuera el esqueleto secular de la Cristiandad. Los
gérménes nocivos de la descomposición, que ya alentaban en el seno
de
la Cristiandad carlomágnica, han ido cobrando fuerzas. Los des­
gastes internos del Imperio, sujeto a intromisiones políticas eclesiás­
ticas e incapaz de subordinar a la totalidad de los pueblos cristianos,
van a dar al traste con el pilar secular de la Cristiandad. Bastará que
en
el siglo XIV la crisis descomponga a la Iglesia para que, derruido el
otro pilar eclesiástico, la Cristiandad carezca de razón de ser.
273
>8
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FRANCISCO EL/AS DE TEJADA
7. El Papado contra el Imperio.
El afán de los Staufen por rehacer el Imperio al estilo cario·
mágnico fue un fracaso total, sea con Federico Barbarroja, que im­
pera entre 1155
y 1190, sea con Otón IV, emperador de] 1209 al
1218, sea con Federico II, del 1220 al 1250. Bien que, además, las
pretensiones sean mucho más modestas que retornar a la situación de
los días de Carlomagno. Heinrich Mitteis insiste en que los suabos
buscan siquiera la igualdad, «die Gleichstellung des sacrum imperium
Romanwn mit der sancta ecclesia» (8).
Con Federico Barbarroja tienen lugar dos acontecimientos signi­
ficativos: la erección definitiva del ducado de Austria como primer
ducado carente de fundamentos comunales básicos, y el aprovecha­
miento del Derecho romano en sus polémicas contra el Papado.
El
reconocimiento a la casa Bebenburg del ducado de Austria era un
hecho insólito, porque por primera
vez se forjaba un ducado sin bases
comunitarias, un.ducado que comprendía gentes diversas. La evocación
de la gloria de Roma, puntualizada por este emperador Federico que
se intituló ya desde su coronación en Aquisgrán en 1152 «divus
augustus», que fechaba sus actas «ab urbe conclita» y que tomó por
enseña el águila romana, llevóle en
la dieta de Roncaglia en 1157
a apelar a
los magnos resucitadores del Derecho romano, a_Búlgaro,
Martino, Coscia, Santiago y Hugo de Portaravegnana, a fin de que
definiesen
sus derechos y regalías de acuerdo con los que los anti­
guos emperadores romanos poseyeron.
Con Federico
II de Suabia el emperador es otra vez, igual que en
los textos justinianeos, «lex animata in terris»; entendiendo con esta
fórmula que le toca la salvaguardia
de la paz y del derecho, según
la interpretación de A. di Stefano en L'Idea imperiale di Federi­
co 11 (9). Porque es él, a fuer de emperador, quien establece la paz
en
la Cristiandad, bien supremo cantado por Dante en el Convivium
274
(8) H. Mitteis: Der Staat des hohen Mittelalten, 260.
(9) Firenze, Vallecchi, 1927,
pág. '57,
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1 LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
'j' (IV, 4) y que servirá, dada su postura ideológica, para que Marsilio
de Padua titulase su famoso libro con el título de Defensor
pacis.
Pero sus esfuerzos se estrellaron contra el .mu.ro sólido de la Roma
de los Papas. Y entretanto el Imperio se disolvía, ya que no contaba
con el apoyo de la Iglesia. El doble destino político del Imperio y de
Francia tiene aquí su clave interpretativa.
Ya lo señaló César Cantú en
su Historia ttniversal. con palabras que han venido repitiendo, de
un modo u otro, los historiadores ulteriores. He aquí cómo explica
la quiebra interna del Imperio: < rique III, la larga regencia y el medio siglo de borrascas sucesivas,
restituyeron su audacia a los barones, quienes trocaron
sus feudos en
hereditarios, usurparon las regalías, consolidaron la superioridad terri­
torial, poco diferente de
la soberanía, y añadieron su propio nombre
al del castillo o pueblo que dominaban. Así
se organizó la Alemania.
La corona imperial continuó electíva, aunque despojada de
sus más
ricas joyas. Los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia se levan­
taron al nivel de los duques de Sajonia, Baviera, Franconia
y Suabia,
así
-como de los condes palatinos; y en vez de luchar entre sí como
Otón se
lo había imaginado, se dieron las manos para despojar al
rey»
(10). Mientras que en Francia, merced al amparo de la Igle­
sia, los planteamientos eran diferentes: «Cuando luego
triunfó el
poder real de los barones en Francia e Inglaterra, el dero ayudó a
este cambio en el derecho público. aproximándose al trono: no fue Io
mismo en Alemania, donde los obispos se mantuvieron al nivel de los
vasallos, que
se puede decir habían llegado a verdaderos sobera­
nos» (11
).
El retorno al sueño imperial de Carlomagno era ya para siempre
irrealizable.
Los emperadores posteriores no supieron superar aquellas
«tiefe Graben» de anarquía que media entre los carlovingios y los
sajones, en frase de Adolf Waas
en su Herrschaft und Staat im deut­
schen Mittelalter
(12). La germanización del Imperio no vino a pro­
porcionarle solidez interna, Ia solidez que iba adquiriendo la monar-
(10) Traducción castellana. Barcelona, Francisco Nacente, V (1891), 329.
(11) Cesar Cantú: Historia Universa/1 V, 332.
(12) Darmstadt, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1965, pág. 364.
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FRANCISCO ELIAS DE TEJADA
quía francesa por ejemplo. Toda-la crisis posterior de la Cristiandad
reside en la debilidad del Imperio
y en los fracasoo por robustecerle
por parte de los emperadores de la casa de Suabia. A mediados del
siglo
XIII el Imperio no es centro de poder político efectivo, poder
político efectivo. que reside en los ducados
y señoríos que le integran.
Es cúmulo de Estados,-no un Estado.
Nuestro Ramón Llull fue
el primero en percibirlo en forma da~
rísima, como he_ mostrado en uno de mis libros, con textos que es
imposible aportar aquí ahora. Para Llull el emperador es un prín­
cipe en sus estados, igual que .cada rey lo es en sus reinos. Ya no se
observa entre ellos más que leves diferencias de niatiz, valiendo para
cada uno
lo que para los otros se diga. Cuando Llull habla del em­
perador o del príncipe, refiriéndose en ambos casos a lo mismo: al
poder gobernante en una comunidad, sea más o menos efectivo (13).
En el doblar del 1300 la clara agudeza del Beato Iluminado percibió
el hundimiento de uno de los dos pilares en que la Cristiandad podía
asentarse
y certificó con ojo agudísimo el epitafio del Imperio que
moría. La Bula de Oro
de 1356 es la institucionalización de la inexis­
tencia efectiva del Imperio.
8. El Papado y Francia.
· La victoria del Papado quedó patente desde el siglo XIII, por
más que algún emperador alemán, por ejemplo, Luis de Baviera, pro­
siguiera
en la siguiente centuria la pugna con los pontífices. Los Papas,
actuando en negocios terrenos, equivocáronse por completo. Para
poder triunfar sobre el Imperio hubieron de echarse en manos de los
reyes de Francia, los cuales no dejaron de aprovechar la ocasión para
repetir en provecho propio la misma aspiración de los emperadores
germánicos:
la dci transformar a los Papas en los primeros obispos de
sus señoríos.
Ya la elección
de Martín IV, en la persona de Simón de Brie, el
(13) Francisco Elías de Tejada y Gabriela Percopo: Historia del pensa­
miento politico catalán, Sevilla, Montejurra, 11 (1963), 127-130.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
22 de febrero de 1281, supuso la primera sumisión de-la política pon­
tificia a los deseos franceses ; ahí dan testimonio de sus roces con
Pedro el Grande de Aragón, el vencedor del Coll de Panisars, exco­
mulgado por no ceder ante las pretensiones de Carlos de Anjou.
Siendo la influencia francesa la que quebró el entendimiento entre los
cardenales a la muerte de Nicolás IV, en el largo cónclave duradero
desde
el 4 de abril de 1292 hasta el 5 de julio de 1294, cuando fue
elegido Celestino V. Ante la renuncia de este varón santo e ingenuo,
la subida al trono de San Pedro de Benedicto Gaetano, varón de fa­
milia oriunda de España y que llevó a Roma toda la radicalidad de
nuestras gentes, bajo
el nombre de Bonifacio VIII, todo quedó en
compás de espera.
Bonifacio VIII no podía admitir los planteamientos franceses.
Grande pontífice, situado en la línea de los que sostuvieron la unión
de la totalidad de los príncipes cristianos bajo la égida de la Santa
Sede, no era del temple de someterse a nadie. De otro lado, estaba
decidido a corregir los abusos de los monarcas de Francia, especial­
mente
en lo tocante a las imposiciones sobre los bienes de la Iglesia,
bajo el especioso pretexto de utilizarlos para cruzadas que nunca se
emprendían. Así lo define en la bula Clericis laicos del 25 de febre­
ro de 1296, emplazando a Felipe el Hermoso para que optase entre
emprender la cruzada o devolver a la Iglesia los impuestos cobrados
bajo
tal motivo.
Herederos los Capeto de las pretensiones de
los Barbarrojas y Ca­
rolingios, aunque sin la grandeza que podían otorgar a éstos su ca­
lidad de emperadores renovados, convocó Felipe en París, el 10 de
abril de 1302, una asamblea en
la que prácticamente se colocaba en
rebeldía contra Roma; contestándole Bonifacio VIII en 18 de no­
viembre de 1302 cqn la célebre bula Unam sanctam, postrer signo de
autoridad que la Iglesia conociera en la Edad Media .
. Tras el intervalo de Benedicto XI, la elevación al solio pontificio
del arzobispo de Burdeos, Bertrand de Got en 5 de junio de 1305
selló
el triunfo de las ambiciones francesas y preparó el desplome del
segundo pilar
de la Cristiandad: la mengua de la autoridad del Pon­
tífice romano. Bajo el nombre de Clemente V, en lugar de ser co­
ronado en Roma, lo fue en la Iglesia de San Justo de Lyon, delante
,277
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FRANCISCO EUAS DE TEJADA
de Felipe el Hermooo y, por dedrlo con el Cardenal Hergenréither
en su Historia de la Iglesia, consagró su pontificado al «exclusivo ob­
jeto de aparecer en todo favorable a los intereses de la monarquía
francesa» (14).
La lamentable declaración del 1 de febrero de 1306
quitaba todo valor a la Unam sanctum,· abre proceso contra la me­
moria insigne de su predecesor Bonifacio VIII
para servir a las ven­
ganzas del rey Felipe; en 27 de de abril de 1311 proclama la extra­
vagante y lacayuna declaración de que Francia
es el Israel de la Nueva
Alianza. Al someter la Iglesia
al yugo francés, abre la lista de los
pontífices del cautiverio de Aviñón que concluirá en el grande cisma
de Occidente.
El predominio de los cardenales franceses en el Sacro Colegio
sigue haciendo del Papado instrumento de la política francesa con
los Papas, todos de origen galo, Juan XXII, Benedicto XII, el servil
Clemente VI, Inocencia VI, Urbano V y
Gregario XI. Tal llegó a ser
la preponderancia francesa que el cónclave que eligió a este último,
estaba formado por quince -cardenales, de los cuales quince eran
franceses.
Al fenecer Gregario XI se produjo el Gran Cisma, cuyos avata­
res no voy a tr8.Zar aquí, limitándome a señalar tuvo su origen en el
empeño francés de seguir subordinando la Iglesia a los intereses de la
monarquía francesa, motivo por el cual negóse la obediencia a Ur­
bano VI y levantóse contra él al antipapa Clemente VII.
Las pugnas conciliares dieron al traste con el prestigio del Pon­
tificado.
Dos o tres pontífices que mutuamente se excomulgan, conci­
lios que anulan decisiones pontificias, las herejías de Wycleff bus­
cando la seguridad en la autoridad real o las de Jan Huss democrati­
zando las estructuras _eclesiásticas, privan a los Papas de su prestigio;
y con él caído, cae también la Cristiandad fundada en los dos poderes
bernardianos
· del sol y de la luna sobre el horizonte de Occidente.
Después vendrán las cinco rupturas completas:
la religiosa, por
Lutero; la ética, por Maquiavelo; la política, por Bodino; la filosó­
fico-jurídica, por Grocio y
per Hobbes; la institucional, en los tra­
tados de W estfalia. Con esas rupturas muere la Cristiandad y nace
(14) Madrid, La Ciencia cristiana, IV (1887), 267.
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LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
la modernidad europea. Con ellas nace un derecho internacional me­
canicista, frente a
un sistema de ordenaciones jerárquicas. Con ellas
se rompe el equilibrio interior de los pueblos, para sustituir los sis­
temas de las tradiciones cristianas de libertades concretas por las
abstracciones revolucionarias
de un rey omnipotente o de unas masas
omnipotentes. Pero esto cae fuera de mi tarea de hoy.
9. Conclusiones.
Lo que sí me interesa subrayar como conclusiones son:
a) Que la Cristiandad nació en un ansia de unidad, unidad de
intransigencias dogmáticas prevista en
los textos evangélicos por el
mismo Salvador del mundo.
b) Que tal ansia de unidad se trueca realidad histórica gracias
al genio de Carlomagno, en el afán de que la unidad rígida de in­
transigencias dogmáticas viniera a ser unidad viva
y operante.
e) Para que semejante unidad fuera eficaz era necesaria la je­
rarquización de los pueblos cristianos alrededor del Papado y del
Imperio, coordinados estos últimos en el reparto de las esferas polí­
ticas y religiosas.
d) La quiebra vino de la imposibilidad de aunar ambos ejes
cardinales. En Carlomagno mismo el emperador juzga al Papa por
el
primero entre los prelados del Imperio, tesis que con mayor o menor
templanza o acomodos procuran traducir
en realidades los Suabos de
Alemania
y los reyes de Francia cuando decaiga el Imperio a me­
diados del siglo
XIII. Las reacciones pontificias quedaron debilitadas
por la flaqueza del poderío militar
de los Papas en Italia y porque, al
sacudir las pretensiones imperiales, lo que hacen
es cambiar de amos)
echándose en brazos de Francia.
e) El predominio francés a partir de Clemente V trajo con­
sigo una situación insostenible que desemboca en el gran
·Cisma de
Occidente, del cual sale malparado
el prestigio del Pontificado. Lo que
sucedió al Imperio a mediados del siglo
XIII, acontece al Papado en eI
recodo del 1400. Porque aunque más tarde recupere su prestigio, las
crisis tremendas del Gran Cisma dejarán estelas que solamente llega-
279
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FRANCISCO EL/AS DE TE/ADA
rán a superarse con la clarificación que acarreó la Reforma luterana
y cuando los reyes hispánicos asumen de hecho la herencia de la
Cristiandad.
f) Pues en el 1500 habrá distintos planteamientos, dado que los
reyes de las Españas, sin título de Imperio, asumieron las funciones
imperiales, con arreglo a la vieja manera castellana dentro de la
Península, que ahora se repetirá en
el más ancho horizonte del Oc­
cidente europeo.
g) La decadencia de las instituciones de la Cristiaodad, y aun de
la Cristiandad misma, fue debida a las divisiones internas, a la im­
posibilidad de que el Imperio se convirtiera en Estado, a la eotrega
del Pontificado a los franceses. Con ello cayeron Imperio y Ponti­
ficado abrazados a sus rencillas,
ya que ni uno ni otro podía por sí
solo cumplir su papel directivo ni domeñar las pugnas intestinas.
O sea que en
la crisis de la Cristiandad cumpliérouse las palabras de
Nuestro Señor Jesucristo en San Mateo, XII,
25 y San Lucas, XI, 17:
< dad o casa dividida contra sí misma, no podrá subsistir».
Desde estas cumbres del Evaogelio, que no las hay más elevadas
en la historia, he buscado explicar la decadencia de
la Cristiandad en
Occidente.
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