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1971

Cristiandad y sociedad pluralista laica

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1971
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La amenaza de la psicología

LA AMENAZA DE LA PSICOLOGIA
POR
RAFAEL GAMBRA.
Me han explicado mU:chas· veces la alta conveniencia de que to­
dos los Centros de Enseñanza posean un laboratorio de Psicología,
donde, mediante complicados «tests», se logre un riguroso controI
del nivel intelectual de cada alumno. Las nuevas Leyes Generales de
Educación «Made in UNESCO» consagran tal exigencia mediante
los sistemas de «evaluación continuada» de los escolares.
La verdad
es qué, aunque pertenezco yo al gremio, nunca he
llegado a comprender esta conveniencia. Toda la vida he experimen­
tado una íntima repugnancia a dejarme medir
la inteligencia, y su­
pongo que a todos los demás les sucederá lo mismo. Determinar
niveles men_tales o contar el dinero de la gente son cosas que s:empre
me parecierÜrt : «meterse demasiado», y el que se trate de niños inde­
fensos no creo que disminuya el delito, sino que más bien lo agrava.
Per? si· prescindo de estos motivos de sensibilidad o de pudor
y me atengo ~ólo a razones objetiVas y pedagógicas, encuentro que
éstas confirman ampliamente lo
qlle me dictó el instinto.
Hay una primera razón teórica :
eso que llamamos inteligencia
es cosa muy complicada que engloba factores muy variados. Quienes
se muestran sagaces en determinados órdenes del saber resultan a
menudo perfectas nulidades en otros; además, cada
inteligencia in­
dividual posee un ritmo de maduración que es propin y no uniforme
ni previsible. Lo que miden los psicólogos es un complejo de pe­
netración, memoria, fijeza y rapidez mental, del que resulta avéntura­
do extraer consecuencias. Los mismos psicólogos discuten eterna­
mente sobre qué
es -ese factor específico que ellos dicen medir. Tengo
para. mí como muy probable que Aristóteles, en
su infanc-ia, hubiera
arrojado
un nivel poco destacado.
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Hay una segunda razón práctica: no pasará de un diez por ciento
el número de Centros de Enseñanza que cuenten en su profesorado
con un licenciado que lo sea precisamente en Filosofía, que son los
únicos que hasta ahora han estudiado Ps_icología. Y de estos licenciados
no pasan tampoco de un diez por ciento el número de los que se hayan
dedicado como especiillidad a psicología experimental y psicometría. En
rigor, no conozco a más de tres o cuatro en el gremio que estén verda­
deramente capacitados para dirigir un laboratorio psicométrico, y no sé
si éstos se encuentran en Centros de Enseñanza. Es decir, que en
la
casi" totalidad de los institutos y colegios, si ese control se inten­
tase, se haría mal, con
lo que, a todos sus probables inconvenientes,
se añadiría el de su imperfección o irrealidad.
Hay una tercera
razón pedagógica: ¿Hasta qué punto es con­
veniente informar a un alumno -o a sus padres-de que su inte­
ligencia
es superior o inferior a la media? Si lo primero, el efecto
será probablemente
escaso, ya que cada uno posee previamente un
alto concepto de sus luces o de las de
su hijo, aunque tamb'én puede
ser que incremente
el contingente de voluntarios para esas «minorías
rectoras>>· que padecemos. Si lo segundo, es decir, si es inferior al nivel
medio, los efectos serán mucho
más graves. El que un maestro ·diga
a su alumno que es tonto mientras l_e propina un coscorrón, no suele
tener mayores consecuencias : el alumno deduce que el maestro
está
de mal humor o que él debe aplicarse un poco más, y ah! termina
el conflicto. Pero
si a ese mismo alumno. le dice un especialista, tras
detenidos experimentos
y con todo el peso de la Ciencia, que es
tonto o inferior al nivel medio, ello puede crearle un complejo de
inferioridad y de resentimiento cósmico que no
se le sacuda en toda
la vida.
Hay, en fin, una cuarta razón de tipo social. A los partidarios
del control escolar psicométrico
y de la orientación profesional se les
puede argüir con este
caso, muy real, por lo demás: Si a un homb~e
mode~to
-un agricultor, un comerciante o_ un artesano-:---se le dice
que su hijo
-el que le ayuda y al que dejará el oficio o el negocio-­
posee una inteligencia destacada, y que debe dedicarse al estudio,
verá frustrado su trabajo o sus esperanzas, y podrá replicar muy le­
gítimamente que
esa inteligencia bien podría aplicarla el hijo al
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oficio en que se encuentra. A esta objeción suelen contestar los psi­
cometristas y planificadores profesíonales exigiendo el
sacrifi~io de
«los intereses
particulares>> en pro de la sociedad, de la nación, del
bien común o de otras abstracciones. Generalmente, el argumento
tiene mayor fortuna cuando se les
a_cerca dándole Wla. formulación
inversa: Si a un profesional u hombre de carrera que vive,. como
vivía su padre, en un ambiente ciuda:dano, se le -comunica oficial­
mente que el nivel mental de su hijo
y sus condiciones psicofísicas
le hacen especialmente
indicado para cargador de muelle o para buzo
en aguls tropicales, ello le causaría ·una situación embarazosa, difícil
de afrontar.
En rigor, todas estas razones resultan tan obvias que los parti­
darios de los métodos psicométricos
se muestran más cautos en la
aplicación del sistema que en la defensa de las teorías.
Sin embargo,
y a pesar de todos estos pesares, la psicometría
y la orientación profesional en ella basada triunfan en el mundo;
todos los países ordenan la legislación de enseñanza para su implan -
tación en los servicios pedagógicos. Diríase que una fuerza misteri.osa,
ajena a sus virtudes y posibilidades, la hace abrirse paso en las men­
tes y en los pueblos.
La unidad de
lo vital ~lo que llaman los alemanes Einsfünlun g­
se realiza de modo eminente en el orden cultural. Sólo los productos
culturales que marchan en la dirección de
ese orden estructural adquie­
ren una rápida difusión, y, si se acomodan plenamente a los impera­
tivos de
esa evolución, conocen el éxito aun a pesar de sus grandes
defectos o Emitaciones.
Tal es el caso, en nuestros días, de prácticas o sistemas como
este de la psicometría pedagógica, que
seguramente años ant~s se
hubieran considerado unánimemente, sobre irrealizables y utópicos,
inconvenientes.
Y es que en nuestra época tales sistemas se adaptan
perfectamente al sentido de
la evolución, .es decir, al estatismo diri­
gista o tecnocracia totalitaria, que es lo que hoy crece impetuosa­
mente en
el suelo histórico. Vivimos la época del socialismo, y cuanto
sirva a
sus fines prospera, como cuando los contradice perece orillado.
Sólo dos entidades
sobreviven a este naufragio: el Estado tecni­
ficado
y los individuos, todos iguales, susceptibles de ser puestos en
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fila formando cola. Un universo centralizado y uniforme, gobernado
por circulares a teletipo, es el esquema de la sociedad socialista; En
ella un cerebro electrónico podrá idealmente sustituir al albedrío
humano_ y-a la providencia divina.
Parecía, sin embargo, previsible que este proceso planificador se
detuviese ante el individuo,
y que, por principio, no intentase pene­
trar en su fuero interno .. Al .fin y al cabo, la revolución centralista se
hizo en nombre del individuo
y de su libertad. A él se sacrificaron
en
.su día las antiguas corporaciones que, se suponía, ahogaban su
iniciativa.
Pero, bien pensado, ¿por qué tal límite, si se considera a la luz
de la razón? (¿Qué hay más irracional que la individu~lidad, esa
extraña concreción de lo real, producto de la herencia y del acaso?)
¿Cómo dejar a su incipiente veleidad decisiones de tanta transcen­
dencia social· como
la propia dedicación profesional o la procreación
y educación de sus hijos? Bastará con identificar. la nación o el Es­
tado con ]a Razón Universal para pader exigir que el individuo se
someta,
·cuerpo y alma, a los superiores intereses de aquellas entida­
des;
es decir, para que la planificación tecnocrática no se detenga
como
h_asta aquí en los límites del individuo y la familia.
Hasta
·hoy, cada uno elegía su profesión dentro de ciertos límites,
o, más bien, se acomodaba a ella desde la infancia, viviéndola en el
seno de su familia paterna. Cuando
la sociedad es sana, cada hom­
bre recibe, con -el ambiente en que
se nace, el medio más adecuado
para
su furura actividad-, así como los incentivos, los fines y la mo­
ral de
la misma. Los hábitos domésticos, las conversaciones que oye,
la mentalidad que le rodea, incluso la ejemplaridad y las relaciones
mucho más profundas
y eficaces que las que pueda proporcionarle
toda la posterior enseñanza.
Es observación habitual · que los buenos
comerciantes son hijos de comerciantes, como los buenos
mi.Jitares
son de familia de miilitares. En una familia realmente intelectual
todos los hijos
lo. son irremediablemente, incluso los peor dotados,
y aun éstos con más facilidad
y más clase que los superdotados pro­
cedentes de medios iletrados. Buen pastor o buen labrador no
se
llega nunca a ser si no se procede de los propios ambientes.
Y el trabajo alegre
y eficaz, la conformidad y el amor a lo pro-
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pio, sólo se dan en una sociedad de fuertes ambientes familiares y
locales, hereditariamente vinculados a una profesión o actividad;
nunca en una sociedad movible e indiferenciada,
· en la que todos as­
piran a los supremos puestos de la administración.
Pero un tal dinamismo selectivo
es cosa inadmisible para una
mentalidad socialista, que
se vería . precisac\a a aceptar realidades tan
oscuras e irracionales como la herencia, el hábito
y, · en. definitiva, la
providencia divina de la que proceden la radicación. familiar de cada
uno
y su ingenio propio. Para el socialismo cada. individuo es una
unidad teórica
~un ciudadano-, cuyo tamaño y. condiciones deben
poder medirse como los de una pieza a
_fin de encajarlo en el puesto
que la máquina estatal precise.
Y
aquí radica precisamente el extraordinario papel que un porvenir
socialista reserva
a. las técnicas_ -psicométricas, y también el secreto de
su
éxito universal y constante. A un recluta se le puede desti_nar a
Infantería o a Artillería con un fundamento .contrastable; que
es su
talla, expresada en centímetros. Pero destinar a un hombre
.a una
escuela de técnicos superiores o a
otra de subalternos resulta más di~
fícil e inobjetivable. Sólo la psicometría puede resolver y hacer que
la máquina del futuro discurra suavemente por cauces perfectamente
determinados y preformados. Ella será el fundamento de
un ya
próximo Organismo de Adscripción Profesional, que precederá a
otro, tampoco lejano,
·de Procreación Dirigida.
Todo lo cual acercará a la Humanidad
a. aquel futnro Estado que
hace más de un siglo entrevió proféticamente Tocqueville:
< una multitud innumerable de hombres semejantes. Cada uno, retirado
al margen de
las cosas, es como extranjero al des-tino de-los demás ... ;
vive con
sus conciudadanos, está a su lado, pero no los ve; los toca y
no los siente en su alma : no existe más que en sí y para sí ... Encima
de ellos
se eleva un poder inmenso ,y tutelar que se encarga de velar
por sus placeres. Es absoluto, detallista, previsor y suave. Gusta de
que sus ciudadanos gocen, con tal · de que no
piensen más que en
gozar. Cubre a la sociedad con
un tejido de pequeñas reglas compli­
cadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales.
los espíritus
más originales o las almas más vigorosas no podrán elevarse sobre
el vulgo.
No tiraniza propiamente-: encadena, oprime, enerva, reduce
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cada pueblo a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo
pastór es el Estado.»
* * *
Pero no radica el mayor peligro para tales resultados en las pre­
t~nsio~~
tecnológicas de una ciencia, ni-siquiera en el poder constric­
tivo de las legislaciones. La prudencia humana puede oponerse a las
primeras, y la resistencia del ambiente al segundo. La verdadera pe­
ligrosidad radica hoy en los nuevos profesionales de la Psicología, fu.
tu.ros ejecutores concretos de tales proyectoS, directamente interesados
en su «puesta a punto» por motivos profesionales. (Sabido
es que aca­
ba de implantarse una nueva carrera, sección de la de Filosofía y Letras,
dedicada exclusivainente a la Psicología experimental. No se trata de
psiquiatras
-rama de la Medicina-cuyo trabajo -muy legitimo y
necesario----consiste en curar o aliviar a enfermos mentales y ner­
viosos, ni de· ·la Psicología como pura ciencia, que se cursaba hasta
aqu! dentro de los estudios de Filosofía. Se trata de psicólogos «cien­
tfficos» con proyección técnica para la organización de la mente y
del medio.) La profesión es aún joven, no tiene arraigo ni salieron
siquiera los primeros licenciados en ella: todavía sería posible atajá.r
el peligro. Cuando lleve detrás unas cuantas promociones que tengan
que ganarse la vida con ella, será demasiado tarde.
Parece que los padres españoles no
se han dado clara cuenta de
la diferencia que existe entre qtie sus hijOS' sean examinados de sus
conoci~entos de una_ 8.Signatura Y que sean evaluados ( como exige
la actual Ley de Educación) de un modo total como seres humanos.
¿Evaluar a un ser humano? ¿Quién tiene derecho a intentarlo,
mas que Dios creador? La psicoterapia o el psicoanálisis están muy
bien -siempre que sean aceptados voluntariamente-para la curá.·
ción de anormalidades. Pero como trámite obligatorio y aplicado a
todos los ciudadanos es la más escandalosa violación del más sagrado
de los derechos : el fuero interno.
Es evidente a quien reflexione sobre el tema que la libertad y la
igualdad son condiciones pol!ticas incompatibles
y contradictorias: a
mayor igualdad, menor libertad. Bien
ló saben y lo utilizan los mo-
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LA AMENAZA DE LA PSICOLOGIA
demos Estados tecnocráticos que hablan retóricamente mientras la suprimen poco a poco utilizando la eficacísima palanca de
la igualdad. En España, por ejemplo, la celebrada «igualdad de
oportunidades»
va a servir, en primer término, para que los padres
se dejen arrebatar sin resistencia el derecho a la educación de sus
hijos; y, en segundo, para que permitan a los psicólogos estatales la
manipulación a sus anchas de las mentes infantiles.
Esto constituye una invasión de la intinll'dad personal que jamás
se habría permitido la más tiránica legislación. Hasta hace muy poco,
incluso al criminal convicto se le reconocía el derecho a recusar la
exploración violenta de
su yo. Y ahora los españoles en bloque son
privados de él mediante una
ley de segundo grado para la reforma de
la
enseñanza-. Se necesita un mandamiento judicial para registrar el
domicilio de un ciudadano, pero no sólo se
autoriza, sino que se
impone con carácter general el registro de las mentes. Porque los
tests psicotécnicos, esotéricos, incomprensibles por principio para el
que los cubre, son ganzúas destinadas
a violar -desdeñando los le­
gítimos límites señalados
por la razón y la voluntad de la víctima-el
terreno
priva,d,o-de la concienci~. (¡Lejanos tiempos de la Inquisición,
que se limitaba a juzgar las doctrinas profesadas públicamente!)
En un futuro muy próximo
-ya legislado y provisto de sus pro­
motores
inexorables-esos tests y «evaluaciones» qlJ.e has-ta hoy no
son más que un folklore más o menos irritante en los
Colegios, se
convertirán en el veredicto del destino personal: un implacable y
(oficialmente) infalible computador electrónico recibirá el dato y lo
conservará para siempre, como
es su costumbre. Cada vez que a lo
largo
de la vida el niño, luego joven, luego hombre maduro, necesite
un certificado o
un informe, los mismos números deformes y fatídi­
cos serán vomitados invariablemente por la -máquina.
Y suponiendo que exista un error (no
ya el colosal error de
base, sino
un error técnico) en el resultado de uno de esos tests,
¿cómo detectarlo e impugnarlo, siendo cónceptos y cifras supuesta­
mente científicos y ajenos al saber
co.mán?
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